—Estoy desesperada.
—¿Y si prendo á don Francisco?
—Sabréis todo lo que suceda en el cuarto de la reina.
Meditó un momento el duque.
—Le prenderé—dijo al fin.
—¿Al momento?
—Al momento.
—Y yo, señor, os serviré con el alma. Empiezo á serviros: guardáos de mi hermano.
—¡Ah! ¡esto es terrible!
—El duque de Uceda tiene el pecado de la soberbia y de la ambición.
—Y vos, hija, manchando así un nombre...
—No lo sabe nadie.
—Lo sabe el que lo mancha.
—No lo puedo remediar... y vos, padre, debéis comprender cuán resuelta á todo estaré cuando me he atrevido á dar este paso.
—Y además mi hijo... pero ¿con qué pretexto?...
—Las ciudades se quejan de los tributos, del abuso de los empleos; piensan acusarnos de inteligencias con los ingleses... y la reina...
—¡La reina!
—Se ha propuesto dar con vos en tierra.
—Sin embargo, yo... he cedido.
—Habéis cedido tarde... después de haberla insultado.
—Yo volveré á reducir á su majestad al estado á que estaba reducida.
—Y yo os ayudaré... yo diré al rey...
—¿Qué puedes tú decir al rey?...
—Mucho.
—Y... ¿qué le puedes decir?...
—Despacio... quiero tener armas reservadas...
—¿Tú también te vuelves contra mí?
—¿Porque procuro ser fuerte? No; no, señor. Yo os he dicho... como si no fuera vuestra hija: amo á un hombre, tengo empeño por él, ese hombre huye... detenedle, servidme... en cambio yo os serviré.
—Pues bien; detendré á ese hombre... detened vos, evitad, avisadme de lo que pueda hacerme daño.
—¿Cuándo prendéis á Quevedo?
—Al momento.
—Pues desde el momento empiezo yo á serviros. Adiós, señor.
—Id, id en paz, doña Catalina, y que Dios os perdone.
La condesa salió.
La escena que acaba de tener lugar entre el padre y la hija no podía ser más repugnante.
El duque de Lerma lo posponía todo á su ambición, hasta su dignidad de padre.
Llamó á su secretario Santos, y le mandó extender y llevar para su cumplimiento á un alcalde, una orden de prisión á Quevedo.
No se sabía por qué se prendía á Quevedo.
Pero era necesario prenderle y se le mandaba prender.
El duque quedó profundamente agitado.
Había pasado poco tiempo desde que doña Catalina había salido de la casa de su padre, hasta que un criado anunció á su excelencia la duquesa de Gandía.
Maravilló esto al duque, porque doña Juana jamás había ido á su casa.
Cambió precipitadamente de traje y fué á su cámara á recibir á la duquesa.
Doña Juana estaba conmovida, pálida, ojerosa.
—¿Qué sucede, mi buena amiga—la dijo el duque después de los saludos—, que así me alegráis y asustáis al mismo tiempo, viniendo á mi casa?
—Sucede... sucede mucho...—dijo la duquesa—muchísimo.
—Adverso debe ser, porque tenéis señales de haber sufrido.
—Me he reconciliado con doña Clara Soldevilla.
—¡Cómo! ¿con nuestra eterna enemiga?
—Desde hoy, duque, doña Clara es mi mejor amiga: es mi hija.
—¡Duquesa!
—No os quiero engañar... desde hoy...
—¿Qué...?
—Dejo de ser camarera mayor.
—Meditad lo que hacéis—dijo el duque alarmado...—fuera vos de palacio, no podéis ayudarme á hacer el bien del reino.
—Estoy cansada, don Francisco... sufro mucho... lo que pasó anoche en palacio...
—¿Pero qué pasó anoche?
—Anoche... ¡pasaron tantas cosas...! el padre Aliaga estuvo en audiencia particular con sus majestades... don Francisco de Quevedo anduvo enredando por el alcázar...
—¡Ah! no enredará más. He dado orden de prenderle y en cuanto me avisen de haberle preso, le envío bien asegurado al alcázar de Segovia.
—Haríais muy mal—dijo alarmada la duquesa, que no se olvidaba un momento de que importaba á su hijo la libertad de Quevedo.
—¿Que haré mal en prender á un tan encarnizado enemigo mío? ¿Ignoráis lo que ha hecho don Francisco?
—De ningún modo.
—Nos ha hecho mucho daño.
—No importa, es preciso que don Francisco esté seguro en Madrid.
—¡Para que nos haga libremente la guerra...!
—Os lo pido yo.
—Pues os digo que no os entiendo.
—Ni yo me entiendo tampoco.
—Os quejáis de lo que ha pasado anoche en palacio, y entre las cosas de que os quejáis, es una de ellas el que Quevedo ha andado enredando.
—Es que ha sucedido mucho más.
—¿Mucho más?
—Don Juan Téllez Girón, se ha casado con doña Clara Soldevilla.
—¿Don Juan Téllez Girón? ¿pariente del duque de Osuna?
—Su hijo...
—¿Hijo suyo...?
—Bastardo, pero reconocido...
—¿Y qué tiene que ver con nosotros...?
—Y tanto como tiene que ver. ¿Ignoráis que ese don Juan Téllez Girón es el que ha herido á vuestro secretario don Rodrigo?
—¡Cómo! ¡si quien hirió á don Rodrigo, ayudado por Quevedo, fué un tal Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor de su majestad!
—Es que ese Juan Montiño es don Juan Girón.
—Me estáis maravillando.
—Lo que debe maravillaros, es que siendo vos secretario de Estado universal, no sepáis cosas que han pasado en palacio delante de todo el mundo. No tenéis un sólo amigo junto al rey; entre tanto yo me he visto obligada á ser madrina en nombre de su majestad la reina de los recién casados, cuando era padrino á nombre de su majestad el rey, el conde de Olivares.
—¿Y este matrimonio lo ha hecho don Francisco de Quevedo?
—Sin él no se hubiera efectuado.
—¿Y queréis que á un hombre que así me sorprende y que así de mí se burla, no le prenda y le sujete? Preso he de tenerle todos los días de su vida.
—¿Aunque yo os ruegue que no le prendáis?
—Vos no debéis rogármelo.
—Os lo suplico.
—Pero yo no entiendo ni una palabra de esto. Creo que todo se vuelve en contra mía: mis hijos, mis amigos... vos... en quien yo confiaba ciegamente.
—¡Yo...!
—Sí, vos; me habéis dicho que os retiráis de la servidumbre de la reina... y vos me hacéis mucha falta al lado de la reina... no contenta aún, os hacéis amiga de nuestra enemiga doña Clara, y amparáis á mi enemigo don Francisco.
—¿Queréis que yo continúe desempeñando el cargo de camarera mayor?
—¿Que si quiero? os lo suplicaría de rodillas.
—Pues bien, continuaré siéndolo.
—¡Ah! ya sabía yo que no me abandonaríais.
—Pero con una condición.
—Hablad.
—Don Juan Téllez Girón no será molestado por la estocada que tiene en el lecho á don Rodrigo.
—Os lo juro.
—Don Francisco de Quevedo no será preso.
—¿Pero qué causa hay que os obligue á proteger á esas gentes?
—No me preguntéis la causa, porque no os la diré.
—¿Y estáis empeñada?
—Empeñada de todo punto.
—¿Y si prenden á don Francisco?...
—No sólo dejo de ser camarera mayor, sino que ofendida de vos...
—¿Ofendida de mí?...
—Sí por cierto; porque habréis desatendido mi recomendación... ofendida por vos, dejaré de ser vuestra amiga.
—No se prenderá á don Francisco—dijo trasudando Lerma, porque al decirlo, recordó el irritado empeño con que su hija pretendía que se le prendiese.
—Gracias, muchas gracias—dijo la duquesa levantándose—; no esperaba menos de vos. Y ya que me habéis complacido, me vuelvo á mi casa.
—¿Pero seguiréis en palacio?
—Sí.
—¿Y me ayudaréis?
—Os ayudaré... y en prueba de ello, desconfiad del duque de Uceda y de la condesa de Lemos. Vuestros hijos son vuestros mayores enemigos.
—Será necesario destruirlos.
—Obrad con energía.
—Obraré, pero decidme: ¿qué os ha dado don Francisco de Quevedo que así os ha vuelto en su favor?
—Nada, no me preguntéis nada. Pero tened en cuenta que amo mucho á doña Clara Soldevilla, y que llevo vuestra palabra de que Quevedo no será preso.
Y saludando al duque salió.
El duque salió acompañándola y murmurando:
—Ese Quevedo debe de ser brujo.
Apenas el duque se volvió de haber acompañado á la duquesa hasta las escaleras, cuando un criado le dijo:
—Señor, Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.
Lerma mandó que le introdujesen, y le recibió en su despacho.
Volvemos á tener en escena al mísero cocinero mayor.
Parecía haber enflaquecido desde la víspera, y sus cabellos, antes entrecanos, estaban completamente blancos.
Alrededor de sus ojos hundidos y excitados por una fiebre ardiente, había un círculo rojo.
Francisco Martínez Montiño había llorado mucho.
Primero por su dinero: después por su mujer y por su hija.
—Os he esperado con impaciencia, Montiño—le dijo con severidad el duque.
—Señor, excelentísimo señor, poderoso señor...—dijo todo compungido y trémulo el cocinero mayor.
—¿Qué os mandé ayer? ¿qué me prometísteis ayer?
—¿Qué me mandó vuecencia?—dijo espantado Montiño—¿qué prometí á vuecencia?
Se detuvo asustado, como quien no encuentra una contestación satisfactoria á una pregunta importante.
Y luego rompió á llorar, y dijo en una de sus tremendas salidas de tono:
—Haga vuecencia de mí lo que quiera; pero yo no me acuerdo de nada.
—¿Que no os acordáis? ¿habéis perdido la memoria?
—Lo he perdido todo, señor: mi dinero... mi mujer... mi hija...
Y entre otra nueva y más violenta salida de tono, añadió:
—¡Me han robado! ¡Me han perdido!
—¡Que os han perdido!
—¡Qué, señor! ¿quién ha dicho que me han perdido?... ¡mienten! ¡mienten! ¡bah! ¡la reina está sana y buena!
—¡Montiño! ¡qué decís de la reina!
—¡Yo! ¡bah! ¡yo no digo nada de la reina!
—Sí, sí... hay algo en vos que me aterra, no sé por qué... vuestros ojos... vuestra voz...
Y el duque se levantó, salió, cerró todas las puertas de modo que de nadie pudiesen ser oídos, y se volvió al lado del cocinero mayor, á quien asió violentamente de un brazo.
Había recordado aquellas palabras que le había dicho poco antes la duquesa de Gandía: «sucede... sucede mucho... lo que pasó anoche en palacio...» y una relación misteriosa, terrible, se había establecido en la imaginación del duque, entre aquellas palabras de la duquesa, y las que acababa de oír, vagas, reticentes, respecto á la reina, al cocinero de su majestad.
—Oye...—le dijo el duque—, estamos solos: yo soy omnipotente en España.
—Lo sé, señor, lo sé...—dijo Montiño.
—Puedo... ¿qué sé yo lo que puedo hacer contigo?... puedo, por un lado destruirte... por otro, enriquecerte.
—¡Señor!... ¡señor!... ¡que me lastimáis!
—Y si no me respondes á lo que te pregunto, claro, muy claro... mira: mando que traigan aquí mismo una silla de manos, que te metan en ella, y que te lleven á la Inquisición...
—¡A la Inquisición!...—exclamó trémulo, acongojado, el cocinero mayor.
—Y allí, encerrado yo contigo, á quien mandaré poner en el potro, te haré pedazos si no me contestas...
—¡Ah, señor, señor!—exclamó Montiño, cayendo de rodillas á los pies del duque—. ¡Esto sólo me faltaba!
—Y oye—añadió el duque soltando á Montiño y yendo á la mesa y escribiendo y trayendo después el papel escrito á Montiño—, si me respondes con verdad y lo que me dices vale la pena, te doy este vale para que al presentárselo te pague mi tesorero mil ducados.
—¡Mil ducados, ó la Inquisición y el tormento!
—Elige.
—Sí... sí... señor... pues... elijo... ¡los mil ducados!
Y tendió las manos al vale.
—Despacio, despacio, señor Francisco Montiño—dijo el duque sentándose en el sillón—; antes es necesario que me respondáis á lo que voy á preguntaros.
—Si puedo responderos, señor, lo haré con toda mi alma.
—Decidme: ¿por qué habéis dicho con terror que la reina, que su majestad, está sana y buena?
—¡Yo!... ¿he dicho yo eso?... Sí, señor... la reina está muy buena... su majestad goza de muy excelente salud.
—Montiño, estáis pálido, aterrado cuando me decís eso; hablad, hablad, por Dios; os lo mando, os lo suplico. Tengo antecedentes...
—¡Cómo! ¡sabéis, señor!...
—Sí... sí... sé que en palacio han mediado cosas graves.
—Pero sabréis también, señor, y si no lo sabe vuecencia yo lo puedo probar, que en tres días no he parecido por las cocinas, y que soy inocente.
—¡Inocente! ¿Luego era verdad? ¿Luego se ha cometido un crimen?
—Señor... ¡yo no he dicho eso!
—Será preciso para que habléis que yo me encierre con vos en la inquisición.
Y el duque se levantó.
—¡Ah, no! ¡no, señor!—exclamó el cocinero agonizando de terror, sudando, estremeciéndose—; yo lo diré todo.
—Hablad, pues.
—Habéis de saber, señor, que mi mujer...
—Pero si no se trata de vuestra mujer—exclamó con impaciencia el duque.
—Sí, sí; ya sé, señor, que no se trata de mi mujer; pero es necesario empezar por mi mujer.
—Veamos, veamos; seguid.
—Pues... mi mujer ha sido seducida por el sargento mayor don Juan de Guzmán.
—¡Oh! ¡Don Juan de Guzmán enamora á vuestra mujer!... Seguid, seguid.
—Y mi mujer se ha dejado enamorar de don Juan de Guzmán.
—¿Y qué tiene que ver eso...?
—Tiene que ver mucho. Don Juan de Guzmán es ó era servidor de don Rodrigo Calderón.
—¡Ah!
—Y como don Rodrigo Calderón ayudaba á los unos y á los otros, á vuecencia contra la reina...
—¡Montiño!
—Vuecencia me ha mandado decir la verdad.
—Seguid.
—Pues... ayudaba á vuecencia contra la reina, y al conde de Olivares contra el duque de Uceda y contra vos, y al duque de Uceda contra vos y contra el conde de Olivares, y traía enredado á todo el mundo, de cuyo enredo ha resultado el lance que le tiene en el lecho mal herido, y un delito horrible.
—¡Un delito!...
—Oigame vuecencia y llegaremos á ese delito.
—Seguid, seguid.
—Seducida mi mujer por don Juan de Guzmán, ella sedujo á uno de los galopines de cocina... estoy seguro de ello... á Cosme Aldaba... y á un paje de la reina... amante de mi hija, como don Juan de Guzmán era amante de mi mujer.
—Acabad de una vez.
—Llegamos al crimen. Hoy por la mañana, apenas me vi libre de negocios, me fuí á las cocinas... á cumplir con mi obligación... y me encontré en ellas á ese infame Cosme Aldaba...
—No os entiendo bien... Al resultado... al resultado.
—El resultado ha sido que se ha servido en el almuerzo de su majestad la reina una perdiz envenenada.
El tío Manolillo, revelando aquel crimen al cocinero mayor, había cometido una imprudencia gravísima; Francisco Montiño, que en otra ocasión, por interés propio, hubiera guardado la más profunda reserva, enloquecido, aterrado, fuera de sí, había roto el secreto.
El duque de Lerma, pálido y desencajado, estuvo algunos momentos sin hablar después de haber oído la frase una perdiz envenenada.
Se levantó y se puso á pasear á lo largo del despacho.
Temblaba; estaba aterrado.
—Pero no, no es esto lo que me indicó la duquesa de Gandía; no, no puede ser—decía paseándose—; y luego... no me han llamado á palacio... este hombre está fuera de sí... se engaña sin duda... veamos... dominémonos.
Y se detuvo delante de Montiño.
El cocinero mayor le miró de una manera que quería decir:
—Yo no he tenido parte en ese crimen.
—¿Y decís... que su majestad está buena?—preguntó al cocinero mayor.
—Sí; sí, señor—contestó Montiño—; y el padre Aliaga también... acabo de hablar con él... y está bueno, y tiene buen color... y eso que el padre Aliaga almorzaba con su majestad la reina.
—¿Es decir, que no han comido de la perdiz?...
—No; no, señor... yo creo que no... pero quien puede deciros eso... es... el tío Manolillo... el bufón del rey, que fué quien me lo dijo á mí.
—¿Pero cómo se sabe que esa perdiz estaba envenenada?
—Porque ha muerto un paje que se comió lo que había quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga.
—Pero si quedó en los platos, debieron comer...
—No, porque el tío Manolillo asustó á la reina...
—Yo creo que estáis loco, Montiño; que lo que os sucede os ha trastornado el seso.
—Puede ser, puede ser, señor.
—No habléis de eso á nadie, porque si de eso habláis con otras personas, podéis dar en la horca... yo me informaré... aunque de seguro estáis equivocado.
—¿Y por qué ha huído mi mujer con mi hija y con el sargento mayor don Juan de Guzmán, y con Cosme Aldaba, pinche de la cocina, y con Cristóbal, paje de la reina... robándome?...
—Yo me informaré, me informaré... y veremos. Si se ha intentado el crimen, por lo que sucede... es decir... por lo que no sucede, es casi seguro que ese crimen se ha frustrado... si ha habido crimen, estoy seguro que estáis inocente de él... se os conoce... y á más... yo os conozco hace mucho tiempo; por dinero sois capaz de engañarme y de engañar á todos los que os paguen; de servir á personas enemigas, las unas contra las otras, á un mismo tiempo... pero no cometeríais un asesinato por dinero... estoy seguro de ello... callad, pues, acerca de este atentado; yo lo averiguaré todo, sabré lo que hay de cierto y castigaré á quien deba castigar.
—¿Y no correré yo ningún riesgo?
—No, si sois inocente como creo.
—¿Y mandaréis buscar, señor, á mi mujer y á mi hija, y al dinero que me han robado?
—Sí; sí... pero volvamos al principio. ¿Recordáis lo que os mandé?—dijo el duque cambiando la conversación.
—Me han sucedido tantas desdichas, señor... que estoy aturdido.
—Pues yo recuerdo perfectamente lo que os mandé. En primer lugar, os dije que fuéseis á visitar á cierta dama de quien se vale el duque Uceda para pervertir, á pesar de sus pocos años, al príncipe don Felipe.
—Sí; sí, señor, doña Ana de Acuña.
—Os dí una gargantilla de perlas para ella.
—Sí, señor, y la gargantilla está en poder de esa dama.
—¡Ah! ¿la habéis visto?
—Sí, señor.
—¿Y cuándo la vísteis?
—Con gran trabajo, porque se negaba á recibirme, anoche, ya tarde.
—¿Y qué pasó en vuestra visita?
—Díjela que un altísimo personaje me enviaba á ella, y en prueba de su estimación me mandaba entregarla una alhaja de gran precio. Entonces la dí la gargantilla. Alegráronsela los ojos; pero puso dificultades... me dijo que no conociendo á quien aquél regalo la hacía, no debía recibirle...
—Pero al fin...
—Díjela yo que quien la deseaba era tan alto personaje, que sería necesario, para que no le conociese, que le recibiese sin luz.
—¿Y qué dijo á eso?
—Quiso echarme rudamente de su casa... hizo como que se irritaba... pero no me echó... al fin de muchas réplicas me dijo: no hay persona que no pudiera ofenderme con una solicitud tan extraña sino el rey.
—¿Eso dijo?—exclamó el duque.
—Eso dijo.
—¿Y vos?...
—La dejé en su creencia.
—Habéis hecho bien; ¿y en qué habéis quedado?
—Doña Ana aceptó... y cuando vuecencia quiera, yo la avisaré que... el rey... irá á verla, y la hora en que irá.
—Pues bien; avisadla que iré á verla esta noche. Después vendréis y me diréis á qué hora y qué seña... y me acompañaréis...
—Muy bien, señor.
—Estoy satisfecho de vos por lo tocante á esa dama: pero os mandé además que diéseis una encomienda de Santiago á vuestro sobrino...
—Es que mi sobrino, no es mi sobrino...
—Sí, sí; ya sé que es hijo bastardo del duque de Osuna; pero esto no impide que le hayáis dado de mi parte la encomienda que os dí para él.
—Os diré, señor; estaba tan turbado con lo que me sucedía, que se me olvidó; aquí está la encomienda (y sacó del bolsillo el estuche que le había dado el duque de Lerma, conteniendo una placa con la cruz de Santiago), y además, señor, hubiera sido inútil.
—¡Inútil! ¿por qué? ¿hubiera despreciado don Juan un favor del rey hecho por mi medio?
—No digo yo eso... pero don Juan es caballero del hábito de Santiago desde que nació por merced del señor don Felipe II.
—¡Ah!—dijo el duque con asombro—; sin embargo, no hubiera estado de más que don Juan hubiera sabido que tenía en mí un amigo.
—Perdonad mi olvido, señor; ¡pero me sucedían cosas tan terribles!...
—Guardad... guardad de nuevo esa cruz; llevadla de mi parte á don Juan, y decidle que venga á verme para recibir la cédula real. En este negocio habéis andado torpe...
—¡Señor! ¡me sucedían tales cosas!
—Veamos si habéis hecho otro encargo mío. Os dí una carta para la madre Misericordia...
—Y la contestación está aquí...—dijo con suma viveza Montiño—, la tengo en el bolsillo desde ayer.
El duque leyó aquella carta.
En ella, por instigación del padre Aliaga, como dijimos en su lugar, la madre Misericordia desvanecía todas las sospechas del duque acerca del género del conocimiento que podía existir entre su hija y Quevedo.
Pero como el duque sabía ya por su misma hija que era amante del tremendo poeta, no pudo menos de fruncir el gesto.
—¡Conque es decir que también mi sobrina la abadesa de las Descalzas Reales me engaña!—dijo para sí—; ¡conque es decir que todos me abandonan, y que ahora sé menos que nunca en dónde estoy! Es necesario atraernos decididamente á Quevedo, y si nos pone por condición perder á don Rodrigo, hacer una de pópulo bárbaro, la haremos... aprovecharemos después la primera ocasión para dar al traste con Quevedo... ó cuando menos... sirviéndole, conservaremos nuestra dignidad exterior... Esto es preciso, preciso de todo punto.
Y luego añadió alto, tomando el vale de los mil ducados, y dándoselo al cocinero:
—Hasta cierto punto me habéis servido bien; seguidme sirviendo y os haré rico.
—¡Ah! bastante falta me hace, señor, porque la infame de mi mujer me ha dejado arruinado—exclamó Montiño volviendo de una manera tremenda á su pensamiento dominante.
—Yo haré que prendan á vuestra mujer. Dejadme su nombre, sus señas, las de vuestra hija y las de esos otros.
El cocinero escribió con cierto sabroso placer, y entregó el papel que había escrito al duque.
—En cuanto á lo que sospecháis respecto á ese crimen que decís intentado contra su majestad, guardad por vos mismo el más profundo secreto.
—¡Oh! no temáis, señor; yo no sé cómo lo he dicho á vuecencia; ¡estaba loco!.., pero ahora, con el amparo de vuecencia, es distinto... distinto de todo punto... empiezo á vivir de nuevo.
—Id, pues, á ver á doña Ana, y convenid con ella á qué hora podré verla esta noche.
—Iré, señor.
—Y volved á avisarme.
—Volveré.
—Buscad á don Juan Téllez Girón, y dadle de mi parte esa cruz.
—Le buscaré.
—Podéis iros, Montiño, confiando en mí.
—Perdonad, señor; pero antes tengo que deciros algo.
—¡Qué!
—¡La Dorotea!...
—¡Dorotea!
—Sí; sí, señor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta carta.
El duque la leyó.
—¡Dorotea!—exclamó para sí el duque—; Dorotea es... yo no sé lo que Dorotea es del bufón del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro... pues bien... me conviene ir á verla... Tranquilizáos é id en paz—dijo en voz alta dirigiéndose á Montiño.
—Beso las manos á vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como me hace.
—Id, id con Dios, buen Montiño—dijo el duque abriendo una puerta para que el cocinero saliera—, y confiad en mí.
Montiño salió haciendo reverencias al duque.
Cuando el duque quedó solo, mandó poner una litera, y cuando ésta estuvo corriente, salió de su casa, sin acordarse de revocar la orden de prisión que á instancias de su hija había dado contra Quevedo.
Lerma estaba tan trastornado con lo que le acontecía, como con sus asuntos el cocinero mayor.
La duquesa de Gandía, por el momento había interpuesto en balde, respecto á Quevedo, su influencia para con el duque.
Este se hizo conducir en derechura á casa de la Dorotea.
Dijimos al final del capítulo LV, que cuando Casilda, la doncella de Dorotea, anunció á su señora la llegada del duque de Lerma, la Dorotea escondió á Quevedo en su dormitorio, á fin de que pudiese oír su conversación con el duque de Lerma, y que luego, quitado de en medio cuanto podía parecer extraño al duque, se sentó en el hueco de un balcón, y se puso á estudiar su papel de reina Moraima.
El duque entró al fin, grave, espetado y con el sombrero puesto como tenía de costumbre.
Al verle la Dorotea se levantó, arrojó el papel sobre una silla y se inclinó ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado amante.
—Mil gracias, señor—le dijo—, pues al fin os dejáis ver de esta pobre mártir.
Y puso un sillón al duque.
—¿Cómo os va, Dorotea?—dijo éste sentándose y extendiendo hacia la joven una mano, que ésta estrechó con respeto.
—Me va muy mal—dijo la Dorotea sentándose bruscamente en un taburete á los pies del duque—, y esto no puede continuar así.
—¿Qué decís, señora?
—No me llaméis señora—dijo la Dorotea—; yo no soy señora, soy una comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pájaros, cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar... para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate con esos insoportables miramientos con que vos me tratáis... que no se pase los días sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea obligada á llamarle señor, más que de su alma... y esto dulcemente... en fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie.
—Indudablemente estáis de muy mal humor, Dorotea.
—Tenéis razón, estoy de un humor endiablado.
—¿Y qué queréis?...
—Que acabemos de una vez; yo no sé aún lo que soy para vos.
—¿Que no lo sabéis?
—Quiero no saberlo, aunque vos me lo decís claramente con vuestra conducta.
—Pero en fin... ¿qué creéis vos?
—Creo que yo para... vuecencia... soy... así, como una cosa que se tiene por vanidad... porque cuesta muy cara.
—¡Oh! ¡oh!
—Ni más ni menos; vos supísteis que había en la corte una mujer que había despreciado las ofertas, los regalos, las súplicas de los señores más principales, y os dijísteis... por vanidad, por pura vanidad: es necesario que esa mujer sea mía, cueste lo que cueste, valga lo que valga; es necesario que, como soy el dueño de la primera persona del reino, lo sea también de esa dificultad viviente. Es necesario que yo humille la vanidad de los demás.
—¿Y me habéis llamado para esto?
—Cierto que sí; para deciros que de vanidad á vanidad, la mía es mayor que la vuestra.
—¡Ah! ¡vuestra vanidad!
—Ciertamente; ¿habíais creído que yo os amaba?
A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto imposible de describir, en que lo que más se determinaba era una contrariedad terrible.
La Dorotea soltó una larga carcajada.
—Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar—dijo inmediatamente después de la carcajada.
—¡Señora!—dijo el duque pálido de cólera.
—No me llaméis señora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os irritéis tampoco; debéis apreciar el que yo os diga la verdad. Y además, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo merecéis.
—¡Que no lo merezco!
—No, porque no me amáis. El corazón se rinde al amor, y el amor es tan libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; ¿cómo he de amaros yo, si desde que os conocí estoy quejosa de vos?
—¡Quejosa! ¿Qué habéis querido que no lo hayáis tenido?
—¡Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra vanidad hace por mí.
—¡Sacrificios! ¿creéis que me he visto obligado á hacer sacrificios para complaceros?
—Sí.
—Os equivocáis.
—Cuando se me ocurrió tener una casa mía, amueblada á mi gusto, ostentosamente, como la de un grande de España, con bodega y despensa provistas de los mejores vinos y de los mejores manjares del mundo, os vísteis apurado.
—Os juro que no.
—No me dijísteis ni una palabra en contra, ni hicísteis nada, ni siquiera un gesto que pudiera indicar que mi petición os disgustaba; por nada del mundo hubiérais pronunciado la palabra no quiero. Yo lo sabía, pero quería que la vanidad de decir, de que supiese todo el mundo que yo era vuestra querida, os costara muy caro; y no me contenté con la casa, y con los muebles, y con la cocina, y con los criados, y con la carroza, y con el camarín forrado de raso en el coliseo; no, no, señor: os pedí diamantes, y perlas, y brocados, y sedas, y plumas, y encajes... habéis gastado conmigo un tesoro, sólo por hacer rabiar á los otros grandes y decirles: yo soy más que vosotros, mucho más que vosotros; yo tengo todo lo que vosotros no podéis tener, desde el rey hasta la cómica... y ellos rabian... y como lo que me habéis dado es el precio de la rabia que hacéis tener por mí á más de tres, no os agradezco lo que me habéis dado, y lo doy á mi vez á quien quiero.
—Si sé para lo que me llamábais, no vengo.
—Y yo creo que vos no habéis venido porque os he llamado; que os he llamado otras veces, y no os ha faltado pretexto para no venir: creo que habéis venido para algo que os conviene... sobre todo de día y viéndoos las gentes...
—Dejemos esta conversación, Dorotea.
—Por el contrario, sigámosla para que lleguemos á donde debemos llegar.
—¿Pues qué, tenemos que llegar aún á alguna parte?
—¡Vaya...! pero continuemos. A mi no me hacía falta, absolutamente falta nada de lo que me habéis dado; me trataba muy bien antes de conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos de quedar.
—¡Qué decís!
—Digo... que... si no sois enteramente mío como el rey lo es vuestro, tomo ahora mismo por amante... ¿á quién diré yo...? á un aposentador muy rico que anda enamorado de mí, y á quien puedo arruinar en tres días.
—¿Pero estáis loca?
—Y todo el mundo dirá, conociéndoos, al ver que os dejo: mal debe de andar el duque de Lerma; su querida, que es una cómica interesada donde las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos; ved de qué modo una cómica puede poner á vuecencia, secretario de Estado universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de un aposentador.
—¿Y seríais capaz...? ¿habláis seriamente?
—Tan seriamente, que voy á empezar á deciros lo que quiero.
—Veamos, veamos lo que queréis.
—Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde.
—¿Pues qué, no le ocupáis?
—No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son ó deben ser más que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad, deben ser omnipotentes. ¿Qué importa que la querida sea una cómica? al elegirla, el grande hombre la ha igualado á sí; esto no admite réplica, porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no lo es, algo hay de vano en el hombre á quien todos tienen por grande.
—Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura...
—No me extraviéis, no me respondáis. No será muy grande su hermosura, si no enloquece al grande hombre.
—Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para los hombres.
—Decís bien, cuando los hombres no son torpes.
—¡Cuando los hombres no son torpes! explicáos mejor; ¿me tenéis por torpe, Dorotea?
—Por torpísimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me mortifica que mi poderoso amante sea burlado.
—¡Burlado!
—Como que no sabéis dónde estáis de pie.
—¡Vos también! ¡vos también os habéis convertido en esa voz que por todas partes me avisa!
—¡Sí... sí por cierto: yo os aviso con más interés que nadie!
—¿Pero de qué me avisáis?
—Os aviso de que... debéis mudar de amigos.
—¡De amigos!
—Porque los que os fingen amistad, os venden.
—Hablad más claro.
—Don Rodrigo...
—¡Herido!... ¡medio muerto!...
—A causa de sus traidores enredos.
—Creo que érais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo más que amiga.
—Pues ahí veréis: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendió robaros la querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor de su majestad.
—Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepáis.
—Para abreviar, sólo os diré que desconfiéis de todos los que hasta ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquéis para ayudaros, porque no hay hombre sin hombre, á alguno que os haya dicho frente á frente que es vuestro enemigo.
—¿Habéis querido que os pregunte quién es ese hombre?
—Puede ser.
—Pues bien, decidme cómo se llama.
—¿No conocéis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que no pueda confundirse con ninguno otro?
—¿El duque de Osuna?
—Sí, pero no os hablo de él; aunque el que yo digo anda cerca de él.
—¡Quevedo! ¡Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo!
—Mereced su amistad.
—¡Merecer su amistad!—dijo con orgullo el duque.
—Sí por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se merezca su ayuda.
—¿Conocéis también á ese hombre?
—Sí por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos podréis debérselos también, si conseguís que os trate con la buena amistad que á mí me trata.
—Ese hombre es tenebroso.
—Para los que no tienen ojos para mirarle.
—Le temo.
—Hacéis mal en temerle, porque es el único hombre que os puede salvar.
—Pero, señor, ¿qué ha dado don Francisco á todo el mundo, que así todo el mundo me habla de él, y las personas que más estimo, que más quiero, se ponen de su parte?
—Eso consiste en que tenéis personas que os aman, que saben que vuestro favor con el rey está amenazado, que quieren salvaros y que no encuentran otro mejor medio de salvación que don Francisco de Quevedo.
—¿Dónde vive don Francisco?—dijo Lerma profundamente pensativo.
—En mi casa.
—¡En vuestra casa!
—Sí por cierto; aquí le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha á Nápoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuréis á atraérosle.
—¿Y está por acaso en casa?
—No por cierto.
—¿Pero vendrá?
—Vendrá indudablemente á la tarde.
—A la tarde vendré yo. Entre tanto, y ya que en tal asunto nos hemos entremetido, Dorotea, voy á deciros francamente la razón de haber yo venido á veros.
—¡Ah! ¡ya sabía yo que no veníais porque yo os había llamado!
—Hubiera venido más tarde, á la noche.
—Veamos á qué habéis venido.
—¿Qué es vuestro el bufón del rey?
—¿El tío Manolillo? Es mi padre.
—¡Vuestro padre!
—Es decir, padre en toda la extensión de la palabra, no; pero ¿qué nombre queréis que dé al que me ha criado á costa de privaciones de todo género, al que vela por mi, al que me ama como ninguno es capaz de amarme?
—Tenéis razón; y decidme: ¿cómo haré yo para atraerme ese hombre?
—Siendo desde ahora todo mío; haciéndole creer que me hacéis feliz.
—Lo creerá. Decidle que vaya esta noche á verme encubierto á mi casa, al obscurecer.
—No le dejarán entrar.
—Que presente esta sortija en mi casa—dijo el duque, quitándose una del dedo y entregándola á Dorotea.
La joven conoció á primera vista que aquella sortija era de gran valor.
—Procuraré dejaros tan satisfecho de mí—dijo el duque levantándose—, que no queráis poner en mi lugar á ese aposentador.
—Lo veremos...¿Pero os vais?
—Sí, es ya tarde y voy á palacio.
—No quiero deteneros, señor; ¿pero volveréis?
—Sí, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco, cuento con que me le tendréis entretenido.
—Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os trataré bien, y sobre todo, Quevedo comerá con nosotros.
—Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adiós.
—Id con Dios, señor duque.
Lerma salió, y Dorotea le acompañó hasta la puerta. Cuando oyó el ruido del carruaje del duque, volvió á la sala.
En ella estaba ya Quevedo.
—Confieso que merecéis mucho, hija Dorotea—exclamó—; habéis evitado que me prendan, del modo que más me convenía á mí, y que menos os compromete á vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que se os ha metido por el alma, que es lo que más necesitáis y lo mejor que se puede hacer por vos.
—¡Ay, don Francisco, que creo que este amor me va á costar la vida!
—El amor no mata más que en las comedias de autor tonto; no se despega á tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos de comer juntos, el duque, vos y yo.
Y Quevedo salió.
—Casilda—dijo Dorotea cuando se quedó sola—, que vaya Pedro al coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy enferma.
Con tanto accidente habíasele olvidado al duque de Lerma revocar la orden que había dado á Santos, su secretario, para que prendiesen á Quevedo.
Y esto no tenía nada de extraño.
El pobre duque estaba tan acosado por todas partes de recelos, tan asustado por avisos; y era tan grave lo que acerca de la reina le había dicho Francisco Martínez Montiño, que su cabeza se había convertido, como decimos los españoles, en una olla de grillos.
El único, el exclusivo pensamiento de Lerma cuando salió de casa de la Dorotea, fué encaminarse á palacio en busca de algo exacto, de algo que ver por sí mismo.
El duque de Lerma no había visto nunca nada, por más que había procurado ver, y sin embargo, reincidía en poner á prueba su mala vista.
Pero si el duque de Lerma se había embrollado, no aconteció lo mismo á su hija doña Catalina.
Ella tenía muy buena vista, y además, tenía concentrada toda su atención, todo su cuidado en un objeto: en que no se le escapara Quevedo.
Y como no confiaba demasiado en su padre, no dejó abandonado á su padre el negocio, ni se fió de otra persona que de sí misma.
Doña Catalina estaba enamorada, y á más de enamorada, irritada.
Temía haber sido burlada por Quevedo, y esto la hacía temblar de indignación.
Le había abierto su alma y sus brazos, y la condesa de Lemos era demasiado altiva, demasiado honrada, demasiado pura, para permitir que el único hombre por quien se había olvidado de todo, se desprendiese de sus brazos riendo.
Así, pues, cuando salió de casa de su padre y se metió en su silla de manos, se hizo llevar á una tienda inmediata, donde tomó una silla y se ocultó tras de la puerta.
—Rivera—dijo á un hombre embozado que acompañaba á la silla de mano—; id, entrad casa del duque, buscad á su secretario Santos, y decidle de mi parte que venga.
Rivera, criado de confianza de la condesa, fué á cumplir las órdenes de su señora; poco después entró en la tienda con Santos.
La condesa se dirigió entonces á la tendera, que estaba admirada y aun enorgullecida por tener á una tan gran señora y tan hermosa en su casa:
—Necesito—la dijo—un lugar donde hablar á solas con este hidalgo.
La tendera abrió la compuerta del mostrador, y manifestando servicialmente á la condesa que su casa, ella y su familia estaban á su disposición, la llevó á la trastienda.
Siguió Santos á la condesa, y cuando quedaron solos entre sacos de garbanzos, castañas y judías, la condesa dijo al secretario del duque:
—¿Os ha dado mi padre alguna orden?
—Su excelencia me da muchas todos los días, señora—contestó respetuosamente Santos.
—Una orden de... prisión.
—Efectivamente, señora: su excelencia me ha dado orden de que mande en su nombre á un alcalde de casa y corte, que prenda á...
—¿Don Francisco de Quevedo?
—Sí, señora.
—Don Francisco es caballero del hábito de Santiago y no puede ir á la cárcel—dijo doña Catalina.
—Se le prenderá en su casa.
—Don Francisco no tiene casa en Madrid... por ahora.
—Se le llevará á una torre del alcázar.
—Estaría demasiado cerca del rey.
—La torre de los Lujanes...
—Es demasiado honor para un simple caballero que le encierren donde ha estado encerrado un rey de Francia.
—Le llevaremos á un convento.
—Quevedo se serviría de los frailes.
—Consultaré, pues, á su excelencia.
—¿El duque no os ha indicado el lugar de la prisión de Quevedo?
—No, señora.
—Ha sido un olvido. Mandad al alcalde que le envíe resguardado por una guardia de cuatro hombres al alcázar de Segovia.
—Su excelencia no me ha dicho eso.
—Mejor... mucho mejor.
—No comprendo á vuecencia.
—¿Creéis que merece la pena el servirme á mí?
—¡Oh, señora! vuecencia puede disponer de mí como de un esclavo.
—Gracias, Santos, gracias: de mi cuenta corren vuestros adelantamientos: por lo pronto guardad esto en memoria mía.
La condesa se sacó del seno un relicario de oro guarnecido de perlas y diamantes y del hermoso cuello la cadena de que pendía.
Había algo de tentación en dar á un hombre una prenda tan íntima, cuando podía haberle dado una de las ricas sortijas que llevaba en las manos.
Aquello podía tomarse por un favor.
Santos era joven, buen mozo é hidalgo, y las mujeres, aun las de más alto coturno, han dado en todos tiempos tales ejemplos...
Santos, á quien doña Catalina parecía deliciosa como lo parecía á todo el mundo, porque en efecto lo era, y mucho más cuando ella tenía interés en parecerlo de una manera enérgica, se turbó, se puso pálido, guardó el relicario en lo interior de su justillo por la parte del corazón, y tartamudeó algunas palabras.
Doña Catalina le había dado un golpe rudo.
Y para hacer más terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doña Catalina, medio velados por sus sedosas pestañas negras, arrojaban sobre él fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera más clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotísimamente, algo.
Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible.
—¿Estáis enterado de lo que debéis hacer? dijo doña Catalina cuando vió que tenía á Santos rendido á discreción.
—Sí; sí, señora—contestó Santos reponiéndose—; pero suplicaría á vuecencia me dijese claramente punto por punto...
—Oíd: iréis á buscar al alcalde de casa y corte más duro, más valiente, más á propósito para no dejarse engañar por Quevedo.
—Ruy Pérez Sarmiento, es que ni pintado.
—Bien: diréis á ese señor... le mandaréis que sin perder un momento, suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos por si Quevedo arrastra de espadas.
—Es decir, que le prendan muerto ó vivo.
—¿Quién ha dicho eso?—exclamó la condesa con impaciencia y cólera—que le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle.
—¡Ah! muy bien, señora.
—En seguida... si es de día, que le metan en una litera y le lleven á una de mis casas desalquiladas... mi criado Rivera os llevará á ella...
—Muy bien, señora.
—Luego... cuando sea de noche y en la misma litera, que le saquen resguardado por cuatro alguaciles á caballo, para Segovia.
—¿Cuatro alguaciles no más? ¿y si se escapa?
—Que sean buenos los cuatro.
—Ahora bien; vuecencia comprenderá que sobre mí carga la responsabilidad del envío á Segovia de don Francisco.
—No importa: si el duque de Lerma os hace cargo, decidle que habíais entendido la orden de llevarle á Segovia.
—Su excelencia tiene muy buena memoria.
—Y bien: todo puede reducirse á que os despida, y á que si ahora sois secretario de mi padre, lo seáis después mío.
—¡Oh, noble condesa!
—Conque ¿habéis comprendido bien lo que os he dicho?
—Sí; sí, señora; prender á don Francisco sin herirle ni maltratarle, aunque resista; llevarle á donde Rivera me diga, y á la noche enviarle en una litera, cerrada, con una guarda de cuatro alguaciles á caballo, al alcázar de Segovia.
—Al punto de obscurecer.
—Muy bien, señora.
—Recordad que esto es lo primero que os mando.
—Soy enteramente vuestro, señora.
—Pues no perdáis tiempo.
—Guarde Dios á vuecencia.
—Adiós.
Santos salió embriagado, fascinado, loco, porque la condesa, sin concederle nada, sin dar lugar á ninguna suposición de parte de Santos, había sido con él una gran coqueta.
Después salió de la trastienda doña Catalina, dió algunas monedas de plata á la tendera, se metió en la silla de manos y mandó que la llevasen á su casa.
Cuando entró en ella, se encerró en su recámara con Rivera.
—Voy á encargaros—le dijo—de una comisión muy reservada, y tanto, que si cumplís bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos años os hago capitán de infantería.
—Sin eso, señora, podéis mandar.
—¿Qué casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid?
—Vuecencia tiene una á la malicia en la calle de la Redondilla.
—Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos á acompañar, encubierto, á Pelegrín Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que él os mande.
—Muy bien, señora.
—En seguida, buscad un hombre bravo y de puños, que tenga conocimiento con algunos como él, y avisadme cuando le tuviéreis.
—Muy bien, señora.
—Idos, pedid las llaves de esa casa y buscad en seguida, con ellas, á Pelegrín Santos.
Rivera se inclinó y salió.
La condesa de Lemos, sobreexcitada, trémula, enamorada, se quedó profundamente pensativa y devorada por la impaciencia, paseándose á lo largo de su recámara.
Entre tanto, el buen ingenio había salido de la casa de la Dorotea, pensando para sus adentros, mientras atravesaba las calles en derechura del alcázar, bajo la tenaz lluvia que no había cesado hacia tres días:
—Esa pobre chica me da compasión y me siento además agradecido; confiésola una gran mujer; deberémosla, por los buenos oficios que nos hace, el salir de este atolladero, sin sacar de él más que el lodo; pero con arrojar en Nápoles las botas, hemos concluído; paréceme que resurrezco, que por envuelto me he dado y á pique de desconfiar de mí mismo: el médico de su majestad dice que no hay que tener cuidado alguno; que Margarita se encuentra en muy cabal salud... por aquí la divina Providencia ha evitado un crimen... un crimen horrible; Lerma está confiado y sigue durmiendo; Dorotea, aleccionada por mí le engañará de tal modo, que tendré tiempo para llevarme á los recién casados; después... si mi doña Catalina me ama... vamos, no hay que pensar en ello... llevármela sería tocar á badajo perdido la campana del escándalo... será necesario que se cure, y yo también necesito curarme... el tiempo y la paciencia y la conformidad... bendito sea Dios, que nos ha criado para pelota, en manos de chicos... vamos adelante, vamos... yo haré que la Dorotea se cure... y olvide... doña Catalina olvidará... y yo... yo... ¡bah! ¿qué importo yo? Seguiré vengándome de lo que el mundo me hace sufrir, obligando al mundo á que se ría, como un necio, de sí mismo.
Llegaba entonces al alcázar y entróse resueltamente en él, con la frente descubierta y alta, como quien no tiene por qué temer.
Sin embargo, reparó en que en el zaguán de la puerta de las Meninas, por donde se había metido en el alcázar, había dos alguaciles de corte.
—¿Cuervos tenemos?—exclamó—; cerca anda carne muerta... tormenta está aparejada para alguno. Dios le ayude.
Y se encaminó con su forzada lentitud á la primera escalerilla.
No sabía Quevedo, no podía pensarlo, después de lo que había oído en la casa de la comedianta, entre ésta y el duque de Lerma, que la tormenta se preparaba para él; que él era la carne muerta; esto es, el hombre preso á cuyo olor iban aquellas aves de rapiña.
Apenas se perdió Quevedo por las escalerillas, cuando uno de los alguaciles se echó fuera del alcázar más ligero que un rehilete.
Entre tanto Quevedo, atravesando callejones y galerías, se entró en el aposento de doña Clara Soldevilla.
Don Juan se calentaba al brasero y doña Clara escribía.
—Consuela este olor—dijo Quevedo entrando.
—¡Ah, mi buen amigo!—dijo don Juan.
—¡Ah, don Francisco!—exclamó doña Clara—: ¿de qué olor habláis?
—Huele aquí á contento, á paz, á alegría, á amor... Dios os bendiga, mis amigos, que tenéis sol claro en día de lluvia, y que vivís mientras otros se aperrean. ¿Y qué bueno hacéis, diosa?
—Escribo á mi padre largamente: antes habíale escrito una brevísima carta, pero no me basta. Estoy impaciente porque mi padre sepa punto por punto...
—¿Es decir que os habéis metido á letrado?
—No os entiendo.
—Explicaréme: la historia de vuestro casamiento, mis buenos amigos, es un proceso. Largo habréis de escribir si de todo habéis de dar cuenta, y es grande lástima que la tinta ponga negros unos dedos tan rosados. Dejadlo eso para mí, señora, que todo lo tengo negro, hasta la esperanza, y veníos aquí al amor de la lumbre y escuchadme, que tenemos harto que hablar.
Dejó doña Clara la pluma y luego la mesa, y fué á sentarse junto al brasero entre su marido y Quevedo.
—¡Vive Dios!—exclamó Quevedo—, que estoy viendo en vos una experiencia, doña Clara.
—¡Una experiencia!
—¡Sí pardiez! los ojos y la razón engañan.
—Explicáos.
—¡Si sois más doncella hoy que ayer!—dijo Quevedo mirando de una manera profunda á doña Clara.
Púsose la joven vivísimamente encendida.
—Con las mujeres me reconciliáis, señora; yo las tendría á todas por partículas del diablo, y confiéseme engañado: si queréis ser más feliz, don Juan, sois usurero, y no merecéis respeto, que en vuestra mujer tenéis un cielo.
—¿Sabéis que venís muy adulador, don Francisco?
—Adulado me vea yo, que es el mayor desabrimiento que puede probar el que no ha nacido tonto, si no son borbotones del corazón mis palabras, y fálteme aire si no es verdad que el corazón no me cabe en el pecho. ¡Ah, manos de marfíl vivo!—exclamó tomando entre las dos suyas una de las hermosas manos de doña Clara—; y qué corona de gloria habéis puesto sobre la frente de mi amigo!
—Pues no soy completamente feliz—dijo don Juan.
—Alumbradme ese concepto á fin de que yo le vea, que tenebroso es y encrucijado y capaz de hacer perderse en un laberinto al más diestro. ¿Mayor felicidad pedís que una mujer toda alma, tan delicada como el alma el cuerpo, y tan hermosa como el cuerpo el alma? ¿qué más blancura que la de la nieve que nadie ha pisado? ¿qué calor más dulce que el de este sol de primavera al que no empañan nubes?...
—Muy poeta andáis, don Francisco, amigo mío—dijo doña Clara—: ¿me hacéis la merced de que hablemos de otra cosa?
—Poeta de verdades soy cuando os admiro, hija mía, y dígoos hija, porque aunque casi soy mozo en años y negros tengo los cabellos, péinome hace mucho tiempo canas en el alma, y desengaños padezco y experiencias lloro. Ni he tenido yo como don Juan la fortuna de encontrarme dentro de un jardín tal como vos, que si encontrádome hubiera, echado me habría á su sombra sin que cosa en el mundo fuera bastante á despertarme del sueño. Espántame, pues, y razón tengo, de que don Juan pida más felicidad teniéndoos á vos, y conjúrole á que su concepto me explique, porque tanto le quiero que me dolería haberle de tener de aquí en adelante por tonto ó por malo.
—No soy completamente feliz—dijo don Juan—, porque me creo de poco valor comparado con mi doña Clara.
—¡Ah!—dijo la joven.
Y aquella exclamación era protesta dolorosa.
—Perdonarse deben las necedades á los que aman, porque el amor ciega; escrupuloso andáis más que monja, y os metéis á apreciar lo que á vos no toca. Bien me sé yo que doña Clara no piensa otro tanto.
—¡Oh! ¡no!... pero os ruego, don Francisco...
Sí, sí por cierto... vamos á lo que importa: es el caso que yo tengo mucho sueño.
—¡Oh! ¡tenéis sueño, amigo mío!... pues bien, en vuestra casa estáis; voy...
—Estáos queda... tengo mucho, muchísimo sueño: necesito urgentemente dormir, y en Madrid no duermo... es decir, no paso en Madrid esta noche, á lo menos por voluntad mía.
—¿Cómo? ¿nos dejáis?
—¡Dejaros! ¡dejárame yo primero las antiparras, sin las cuales soy hombre muerto! ¡buena cuenta daría yo al duque de Osuna! llévoos conmigo, y por lo tanto, os dije que cartas eran vanas; que la mejor carta para el duque, lo serán sus hijos: asunto es no más que de algunos cientos de ducados y de camisas limpias. Dejemos á Madrid á obscuras, amanezcamos muy lejos, y veamos á Neptuno dentro de ocho días, embarcados con rumbo á Nápoles: que os afirmo que mientras aquí estemos, ni duermo, ni descanso, ni vivo: cerrado está el cielo, de llover no cesa, y temo que esto pare en diluvio que nos ahogue. Conque sus, y en vez de hacer procesos, señora, haced cofres, y mientras se pide licencia á sus majestades, el coche se apareje y huyamos, antes de que llegue el caso de que cuando queramos huir, no sea tiempo, y creedme y no disputemos, que allí tenéis entrambos los padres, y si vos dejáis de ser dama de la reina, doña Clara, seréis señora en vuestra casa; y á falta de la tercera compañía de la guardia española, tendréis vos allí, don Juan, los no menos bravos alabarderos de la guarda del virrey.
Quedáronse atónitos los dos jóvenes á estas palabras de Quevedo, y guardaron por algún tiempo silencio.
—¡Tan pronto! ¡tan de repente!—dijo al fin doña Clara—. ¿Qué motivo puede haber?...
—Motivo y aun motivos. Es el primero, que yo no estoy muy seguro, y tanto, que si no estoy preso, en engaños consiste que no pueden durar mucho tiempo.
—¿Pero esos motivos?
—¿Olvidáis que don Rodrigo Calderón está malamente herido, y que es vuestro esposo quien así le ha maltratado?—dijo Quevedo de una manera profunda.
—Pero hasta ahora...—dijo don Juan.
—Sí, hasta ahora... y gracias á que el duque de Lerma está mareado, nadie nos ha dicho una palabra; pero en la corte, los mareos salen por donde entran; se amaña en minutos lo que parecía imposible, y el viento cambia de tal modo, que el que era céfiro blando para alguno, se le convierte de repente en huracán que le echa por tierra; particularmente yo, si paro algunas horas más en Madrid, dóime por embargado, y por algún tiempo, porque yo no he de hacer ni puedo hacer lo que sería necesario hacer para no ser encerrado. Y si me encierran, yo no respondo de nada; porque enemigos crueles tenéis vos, doña Clara; y vos, don Juan, aunque sólo hace tres días que estáis en la corte, no los tenéis menos. Creedme, que yo nunca hablo en balde, y pienso mucho en lo que digo antes de decirlo, y cuando pienso mucho, no me engaño. No disputemos, por Dios uno y trino; improvisemos nuestro viaje salvador, y no nos chanceemos con la fortuna, que como mujer es mudable, y suele dar sinsabores tales como ha dado dulzuras.
—¡Pero dejar abandonada á su majestad!...—dijo doña Clara.
—Dios vela por los reyes... ¿creéis vos que la reina tiene en vos un escudo?
—Tengo valor, y mi vida es de su majestad.
—Pues bien; mientras vos estábais entregada á vuestra felicidad, Dios ha salvado de una manera extraordinaria á Margarita de Austria.
—¡Salvado!
—Sin la misericordia de Dios, su majestad hubiera sido villanamente asesinada.
—¡Asesinada!
Quevedo contó punto por punto á los dos esposos la tentativa de asesinato contra la reina, y el modo extraño y providencial de su salvación.
—¡Oh!—exclamó doña Clara—, ahora menos que nunca me separo de su majestad.
—Dejad, dejad á Dios que la proteja; tened fe en la misericordia divina, y además, por salvar á la reina, no expongáis á perecer á vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya á ser de vuestras entrañas; que sin duda vive ya, porque os amáis demasiado, y sois harto buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor.