—¡Ah! ¡me hacéis temblar, don Francisco!—dijo doña Clara.
—Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea huérfano.
—¡Dios mío!
—Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre, están siempre expuestos á morir sin gloria y sin combate, asesinados entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vaciléis más.
—Partiremos—dijo doña Clara.
—Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la licencia á sus majestades, y adiós, que yo voy á otro lugar que me interesa.
Y Quevedo, seguro de que había asustado lo bastante á doña Clara, para que no se dilatase por su parte el viaje, salió.
Iba contento atravesando las calles.
—¿Qué puede suceder—decía—en tan poco tiempo? Iré á comer esta tarde á casa de la Dorotea, y de tal manera me mostraré amigo del duque, que acabará de creerme y me dará tiempo suficiente para dejarle burlado. Ahora volvamos junto á la pobre loca Dorotea, y concluyamos por aquel lado con lo que debemos á nuestro corazón.
Pero al entrar en la calle Ancha de San Bernardo, Quevedo vió venir hacia él un alcalde de casa y corte con sus alguaciles.
—¡Otra bandada de cangrejos!—exclamó—; está de Dios que nunca hayan de dejarme los tales. Y es el bueno Ruy Pérez Sarmiento, asno injerto en lobo, y alcalde de casa y corte por la gracia de Lerma; ¿y qué me querrá éste? paréceme que se arroja á hablarme.
En efecto, un alcalde de casa y corte avanzaba, vara enhiesta, hacia Quevedo. A poca distancia le seguían sus alguaciles, y venía detrás una silla de manos.
—Guárdeos Dios—dijo el alcalde á Quevedo parándose delante de él—, ¿me conocéis?
—Hace mucho tiempo, por el servidor más ciego de la justicia.
—¿Creéis que un alcalde de casa y corte puede prender á toda persona viviente en los reinos de su majestad y por su real mandato?
—Artículo de fe es ese de que no he dudado nunca—dijo Quevedo, al que pasó por los ojos tal cosa, que dió ocasión á que le rodeasen y asiesen de él de improviso los alguaciles.
—¡Eh! ¿qué es esto? ¿habréme convertido en doblón cuando con tal ansia me echáis mano?—dijo Quevedo.
—Os habéis convertido en hombre preso por el rey.
—Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco.
—Metedle en la silla de manos.
—Meteréme yo, que aún no estoy impedido; que si yo rey no respetara...
—¿Qué decís?...
—Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey, que no hay para qué menos.
Y Quevedo se entró en la silla de manos.
Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tenía celosías ni vidrieras, Quevedo se quedó á obscuras.
—Al menos es blanda—dijo sintiendo el almohadón mullido de la silla—, y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y á obscuras nos dejan, durmamos.
La litera echó á andar en aquellos momentos.
Poco después Quevedo, consecuente á su propósito y cansado y trasnochado, roncaba.
Don Francisco de Sandoval y Rojas atravesó las antecámaras de palacio en medio de los más profundos saludos y de las reverencias más profundas de los cortesanos.
Hasta allí todo iba bien: se le consideraba por los pretendientes, que son un barómetro, como señor omnipotente, en el pleno goce del favor del rey.
Los ujieres se mostraron con él, y del mismo modo, profundamente respetuosos.
Los gentileshombres le saludaron con sumo respeto.
Pero cuando entró en la cámara real, la encontró desierta.
El rey acostumbraba á estar siempre en la cámara cuando llegaba Lerma.
Lerma se alarmó al no encontrar al rey en su cámara.
Porque en las raras ocasiones en que se había entibiado para él el favor de su majestad, si bien es cierto que nunca el rey le había hecho hacer antesala ó antecámara, le había hecho hacer cámara.
Tomólo primero su orgullo á casualidad: pero pasó un cuarto de hora, y esto era ya mucho; pasó media hora, y esto era ya demasiado.
Lerma, á quien la cólera hacía audaz, se acercó á la mesa real, tomó la campanilla de oro, y la agitó como si hubiera estado en su casa.
Se presentó un gentilhombre.
—¿Qué manda vuestra majestad?—dijo sin reparar, en su servil apresuramiento, que el rey no estaba en la cámara.
—No, no es su majestad quien llama—dijo Lerma mordiéndose los labios—. Soy yo.
—¡Ah! ¡perdone vuecencia! ¿qué desea vuecencia?
—¿Habéis avisado al rey de mi llegada?
—Sí; sí, señor: en el momento en que llegó vuecencia.
—¿Dónde está el rey?
—En su recámara.
—¿Con quién?
—Con el duque de Uceda.
—¡Con mi hijo!
—Sí, señor.
—Gracias, caballero, gracias.
El gentilhombre salió.
—¿Conque se me hace esperar en la cámara por Uceda, que está en la recámara?—dijo el duque—; ¿con que el rey se olvida al fin de lo mucho que me debe? y... mi hijo... ¿qué hubiera sido de mi hijo sin mí? ¡Esto es infame! Vendido ó abandonado por todos... ¿y qué hacer? ¿qué hacer? Esto de que me lancen del favor del rey, que me reduzcan á una vida obscura... esto no puede ser, y no será... Quevedo... Quevedo tiene ingenio bastante para dar al traste con toda esta falange de cortesanos hambrientos y miserables... Quevedo me impondrá duras, durísimas condiciones... pero no importa... más vale ceder en secreto ante un solo hombre, que no caer en público combatido por tantos. ¡Oh! creo que debo dar una lección al rey, que debo retirarme... mostrarme enojado; si yo hubiera hablado ya con Quevedo, vería si podía atreverme á presentar al rey mi renuncia del empleo de secretario de Estado universal; pero sin contar con don Francisco, sería una locura. Lo que debo hacer indudablemente es irme de aquí. Esto será decir sin palabras al rey que no debe hacer esperar hasta tal punto al duque de Lerma.
Iba Lerma á poner en práctica su propósito, esto es, á irse, cuando se levantó un tapiz, asomó tras él una persona, y sonó una voz que dijo:
—¿A dónde vais, mi buen duque?
Lerma se volvió, adelantó rápidamente, dobló una rodilla ante el hombre que le había hablado, y le besó una mano.
Aquel hombre era su majestad católica, don Felipe III de Austria.
Había cierta quijotesca tiesura en el semblante del rey.
—¿A dónde íbais, pues, duque?—repuso Felipe III.
—Iba... como vuestra majestad estaba tan ocupado...
—Y tardaba, ¿eh?
—¡Señor!
—Hace un siglo que yo estoy esperando—dijo el rey—y no me impaciento; y vos, porque graves negocios me impiden venir cuando me avisan que estáis aquí, ¿os impacientáis?
—¿Y por qué tenéis vos que impacientaros, señor?—dijo Lerma levantándose y permaneciendo de pie junto al rey, que se había sentado en su sillón—; ¿no es ley vuestra voluntad? ¿No os obedecen todos vuestros vasallos?
—No, duque, no, y esa es mi impaciencia; en vano pido á mis vasallos que se avengan, que no luchen, que no se despedacen, porque yo deseo la paz, la concordia; en vano los odios crecen, las enemistades se aumentan, las quejas zumban alrededor mío, y me trastornan. ¿Sabéis que he estado hablando con vuestro hijo el duque de Uceda más de una hora?
—Me lo habían dicho, señor.
—Es verdad, vos lo sabéis todo.
—Señor...
—¿Pero á que no acertáis cuál era la extraña pretensión del duque?
Tembló interiormente Lerma, porque el rey usaba cierto tonillo acre que no acostumbraba mucho á usar.
—Lo ignoro, señor.
—Ya sabía yo que lo ignoraríais. Vuestro hijo se me quejaba de injusticias.
—¿Y por qué el señor duque de Uceda no ha venido á mí, secretario universal del despacho?—dijo ya con alguna irritación Lerma.
—Vuestro hijo sabe que yo no hago nada sin consultarlo con vos, y encaminarse á mí, es punto menos que si á vos se hubiera encaminado.
—¿Pero de qué se queja el duque de Uceda?
—De que se le haya separado del cuarto del príncipe don Felipe.
—¡Ya! su excelencia quiere sin duda privar desde temprano con su alteza, y esto es ya un principio de rebeldía.
—Pues ved ahí lo que dice el duque de Uceda: que al separarle del príncipe se ha dudado de sus intenciones, que se ha supuesto lo que él en su lealtad, no ha pensado; que las gentes creen ver en su separación motivos ocultos y por lo tanto pretende... lo más extraño que puede decirse, duque, es casi una rebeldía lo que vuestro hijo pretende.
—¿Y qué pretende, señor?—dijo Lerma, á quien pinchaban las palabras del rey.
—Pretende que se le haga proceso, que en el tal proceso se demuestren las causas por que se le ha quitado su oficio de ayuda de cámara del príncipe... en fin, el duque dice que se va á presentar preso y á pedir el proceso, si no se lo concedemos, al consejo de Castilla.
—El duque está loco, señor—dijo Lerma—, y como á tal no podéis tenerle al lado del príncipe. Su petición demuestra su locura. ¿Pues qué, vuestra majestad tiene necesidad de decir á un vasallo, por muy alto que éste sea, ni debe decirle las razones que ha tenido para quitarle un oficio que le había dado? Este es un crimen de lesa majestad, señor, que debéis castigar con energía.
—Es que el duque de Uceda protesta hacia mí el más profundo respeto, y dice... dice que sois vos su enemigo.
—Es decir, que el que comete un delito de lesa majestad contra su rey, suponiéndole injusto, comete y debe necesariamente cometer otro no menor delito: el de lesa naturaleza rebelándose contra su padre.
—Pues ved ahí: Uceda dice que no le miráis como hijo.
—Desgracia y grande ha sido para mí, que tal hombre sea hijo mío.
—Y añade, que quiere ese proceso para demostrar las razones que vos habéis tenido para proponerme su separación del cuarto del príncipe.
—¡Razones contra mí!
—Sí; habla de pruebas...
—¿De pruebas de qué?
—Lo mismo pregunté á Uceda; pero pidiéndome perdón por no revelarme lo que yo quería saber, me dijo que sólo presentaría las tales pruebas al juez ó á los jueces que hiciesen el proceso.
—¿Es decir, que el duque de Uceda supone?...
—Que no me servís bien.
—Que presente, pues, las pruebas; que las presente—dijo conteniendo mal su cólera por respeto al rey, Lerma—; entre tanto, señor, yo me retiro á mi hogar, y dejo el honroso puesto que vuestra majestad me ha dado.
—Ved, ved ahí por qué digo yo que hace un siglo estoy teniendo paciencia; en vano me esfuerzo porque haya paz entre los míos; yo bien sé que vos y vuestro hijo y todos los que me rodean, me quieren, son leales, capaces de perder por mí la vida; pero todos reñís, todos os mordéis, todos procuráis parecer los más leales, á costa de los otros; y esto es un zumbar eterno que ya me atolondra, que me cansa, que me hace infeliz.
—Por lo mismo, señor, admita vuestra majestad mi renuncia.
—No hay necesidad; yo no he desconfiado de vos.
—Sin embargo, señor... esas graves acusaciones exigen: ó que yo sea juzgado, ó que lo sea mi hijo.
—¿Qué estáis diciendo, duque? ¿qué estáis diciendo?... ¿meterme queréis en esos cuidados? yo os mando que sigáis ayudándome en el gobierno de mis reinos.
—Y yo, señor, obedezco á vuestra majestad. Pero...
—¿Pero qué?
—Es necesario, para que tengamos paz, apartar de la corte á muchas personas.
—La primera á don Francisco de Quevedo.
—¡Cómo, señor!
—Es muy aficionado á contar cuentos que nadie entiende.
—Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos más leales de vuestra majestad.
—Paréceme, sin embargo, que le hemos tenido preso.
—Dos años. Es un tanto turbulento...
—Por lo mismo, dejémosle que se vaya con su duque de Osuna.
—Por el contrario, yo le guardaría...
—Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No sé qué he oído de unas estocadas... ¡ah! ¡sí! don Rodrigo Calderón...
—En efecto, mi secretario Calderón, hace tres noches fué muy mal herido y está en mi casa.
—Hirióle... ese bastardo de Osuna, ese don Juan, á quien yo no sé quién ha hecho capitán de la tercera compañía de mi guardia española.
—Lo ha hecho, señor, la reina, por amor á su favorita doña Clara Soldevilla.
—Esposa recientemente de ese don Juan... y á quien creo que ama mucho... pues bien, prendamos á ese don Juan para poder prender á Quevedo.
—¡Cómo!
—Como que dicen que Quevedo ayudó á don Juan á herir á don Rodrigo.
—Es necesario andar muy despacio en eso, señor; tales negocios pueden salir al aire si se prende á don Francisco...
—¡Cómo! ¿también por ahí?
—Sí; sí, señor; don Juan, hiriendo á don Rodrigo, ha obrado como bueno y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudándole... esto es... midiéndose con otro hombre que favorecía á don Rodrigo.
—Pues mirad: podré engañarme, pero ese don Juan no me gusta.
—¡Y yo que traía á vuestra majestad para que la firmase una real cédula de merced, para ese don Juan, del hábito de Santiago!
—Pues no; no hay que pensar en ello; ¿con que es decir que se nos lleva la dama más hermosa de palacio, que se nos pone á la cabeza de la compañía más brava de nuestros ejércitos, que nos hacemos los ciegos ante un homicidio intentado por él y todavía queréis que le demos el hábito de Santiago?
—No haríais más que doblárselo, señor, pues lo tiene ya.
—¡Cómo! ¿pues quién se lo ha dado?
—El gran don Felipe II, padre de vuestra majestad, lo concedió al duque de Osuna para su hijo bastardo cuando aún no le había dado su madre á luz.
—¿Y para qué dos mantos á un mismo hombre? eso es decirle que tiene mucho frío y que queremos abrigarle.
—Eso quiere decir que vuestra majestad le cree digno del hábito por sus hechos, como el gran don Felipe II le creyó digno de él por ser hijo de quien era.
—Pero esto no estorba para que le prendamos.
—No; pero vuestra majestad no le debe prender.
—Dad, dad acá esa cédula—dijo el rey.
Lerma sacó un papel arrollado y le extendió delante del rey.
—Ahora—dijo Felipe III—necesito firmar otros dos papeles.
—¿Cuáles, señor?
—Dos órdenes de prisión.
—Creo que sean necesarias más.
—Pues bien, Lerma; decidme vos los que queréis que sean presos, y yo os diré los que quiero tener encerrados y no disputemos más.
—Señor, yo no disputo con vuestra majestad.
—¿Pues qué estamos haciendo hace ya más de media hora? Disputar y no más que disputar. Con que sepamos: ¿á quiénes queréis vos prender?
—Al duque de Uceda.
—Bien, prendámosle en el cuarto del príncipe.
—¡Señor!—exclamó completamente desconcertado por aquella salida del rey, Lerma.
—Sí, sí, volvámosle su oficio al ayuda de cámara del príncipe don Felipe.
—Pues cabalmente eso es lo que el duque desea.
—Pues porque lo desea, y para que nos deje en paz, concedámoselo; mandad extender la provisión y traédmela al momento al despacho.
Lerma desconocía al rey.
El rey mandaba.
Lerma no estaba acostumbrado á aquello.
—Señor—dijo—, yo no puedo seguir siendo secretario de vuestra majestad.
—Os lo mando yo—dijo el rey.
—Obedezco, señor.
—A fray Luis de Aliaga, le nombramos confesor de la reina—dijo el rey.
Estremecióse Lerma.
—Traednos el nombramiento. Al conde de Olivares le reponemos en su oficio de caballerizo mayor.
—¡Ah, señor! ¡Dios quiera que no os pese!
—Al conde de Lemos, vuestro sobrino, levantamos su destierro.
—Todos son enemigos míos, señor.
—¿Y qué os importa, si es vuestro amigo el rey?
—Sea lo que vuestra majestad quiera.
—Envíense correos á don Baltasar de Zúñiga para que se vuelva á su oficio de ayo del príncipe don Felipe.
Lerma, aterrado, se resignó.
Aquel era un golpe mortal.
Sus enemigos triunfaban.
¿Pero de qué medios se habían valido?
Ignorábalo el duque, y esta ignorancia le aterraba.
—Además—dijo el rey—, orden de prisión contra don Francisco de Quevedo y don Juan Téllez Girón. Los enviaréis á Segovia.
Lerma no se atrevió á replicar.
—Id, id; extended todas esas órdenes y traérmelas al momento para que las firme.
Y el rey se levantó y escapó por una puerta de servicio.
El duque quedó aterrado en medio de la cámara.
—¿Qué tal, eh?—dijo una voz detrás de un tapiz.
Miró Lerma al lugar de donde salía la voz, y vió que el tapiz se levantaba y que de detrás de él salía un hombrecillo.
Aquel hombrecillo era el bufón del rey.
Estuvieron mirándose durante algunos segundos el ministro y el bufón.
Los ojos del tío Manolillo relumbraban como brasas.
Sus mejillas no estaban pálidas, sino verdinegras.
Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se irritó.
—¿Qué me queréis?—dijo Lerma con acento duro.
—¡Eh! ¿Qué os quiero yo? nada; vos sois quien me queréis á mí.
—¡Yo!
—Sí, vos me necesitáis.
—¿Que os necesito yo?
—Sí por cierto. ¿No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en cuando ocurrencias insufribles?
—¡Cómo! ¿Sabéis...?
—Vaya si lo sé; como que estaba allí, detrás de aquel tapiz, y no he perdido uno de los gestos, una sola de las convulsiones que os ha causado el ver al rey hecho por un momento rey. Y el bueno de Felipe, traía su lección bien aprendida; no ha olvidado nada; y es que los tontos tienen muy buena memoria.
—¡Ah! ¿Han hecho aprender á su majestad una relación de memoria?
—Sí, excelentísimo señor.
—¿Y quién le ha enseñado esa lección?
—Excelentísimo señor, yo.
—¡Vos! ¿Pero á quién servís?
—Me sirvo á mí mismo.
—Pero si el rey dice que ha hablado con el duque de Uceda...
—Y tiene razón; como que yo le he metido al duque de Uceda en su recámara.
—Venid, venid conmigo, bufón, y hablemos donde de nadie podamos ser escuchados.
—Eso quiero yo.
—Seguidme.
—No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cámara del rey. Sois muy torpe, excelentísimo señor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa ni lo entienda, en vuestro camarín de la secretaría de Estado. Hasta dentro de un momento. Adiós.
Y el bufón levantó el mismo tapiz por el que había aparecido, y desapareció tras él.
—¿Qué sucede en palacio, señor? ¿Qué hay aquí—exclamó el duque—, que me veo obligado á tratar con ese miserable?
El duque hizo un violento esfuerzo, salió de la cámara real, bajó á la planta baja del alcázar, y se entró en la secretaría de Estado.
—¡Ledesma!—dijo á uno de los oficiales que trabajaba en la primera sala—; cuidad de que nadie vaya á interrumpirme, y estad dispuesto para cuando yo os llame.
Ledesma, que se había levantado como todos á presencia del duque, se inclinó profundamente.
Lerma atravesó otras dos salas, en las cuales los oficiales se levantaron con el mismo respeto que los de la primera, llegó á una puertecilla, sacó una llave, abrió la puerta, entró y cerró.
Atravesó después un largo corredor, abrió otras dos puertas, y se encontró al fin en un pequeño aposento, en el cual había únicamente una gran mesa cubierta de papeles y legajos en el testero de la mesa, un sillón de terciopelo carmesí, con las armas del duque bordadas; detrás, en la pared, un retrato de cuerpo entero del rey; á los dos lados, contra la pared, dos secreteres de ébano incrustados de plata, nácar y concha, y delante de la mesa, un sillón más modesto, destinado sin duda á un secretario; una magnífica alfombra y algunos excelentes cuadros, completaban el aspecto de aquel aposento, que era el camarín reservado de despacho del secretario universal del rey.
Al abrir el duque la puerta del camarín, retrocedió y tembló.
Sintió pavor á impulsos de una impresión supersticiosa.
Sentado en el sillón del duque, arreglando unos papeles, estaba el tío Manolillo.
El camarín no tenía más entrada que aquella por donde había ido el duque: una reja le daba luz, y aquella reja tenía vidrieras de colores.
Los hierros de la reja eran demasiado espesos para que pudiese haber entrado por ella el bufón, y las vidrieras estaban cerradas.
—Cierra y siéntate—dijo el tío Manolillo al duque de Lerma—. Aquí no puede oírnos ni vernos nadie. Eres mi secretario, duque.
—¿Qué significa esto?—exclamó Lerma—; ¿en qué poder confiáis para atreveros á tanto?
—Es singular, singularísimo tu orgullo, duque. Cualquiera al escucharte, no viéndote, creería que no tenías miedo. Y estás temblando, Lerma. Temblando como un ratón delante del gato. Sin duda me crees brujo, ¿no es verdad? porque tú guardas como un tesoro las llaves de este camarín, donde escondes todos tus secretos en los secretos de esos secreteres, y sabes que nadie puede entrar aquí si no le das tú las llaves de esas tres puertas; y esas tres llaves no se separan de ti desde hace trece años: desde que eres favorito del rey más desfavorecido de ingenio que ha criado Dios para ejemplo de reyes imbéciles y torpes.
—No comprendo... no comprendo cómo...
—¿Cómo estoy aquí? Yo soy brujo, duque.
Desconcertóse de una manera tal Lerma, que el tío Manolillo soltó una carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresión tal, que se le crisparon los nervios al duque.
—Estoy aquí—dijo el bufón—, porque estoy: te tengo en mis manos, porque eres un traidor, un villano.
El duque se creía delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse; le faltaba completamente el valor.
Adelantó vacilante, y se apoyó en el sillón destinado al secretario.
—Siéntate, siéntate y no tiembles—dijo el bufón dulcificando su voz—; nada te sucederá si tú no quieres que te suceda.
El duque se sentó maquinalmente.
—Yo sé todos los secretos de palacio—dijo el bufón—; como que no hago otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey vuelva á llamar á su alrededor á tus enemigos, puedo hacer que el rey los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte al patíbulo.
—¡Al patíbulo!
—Sí, por traidor al rey y por ladrón.
—¡Ah! ¡ah! ¿y qué pruebas...?
—Oye, tengo preparadas las pruebas; están aquí. Primera: carta de milord, duque de Bukingam, al excelentísimo señor duque de Lerma.
—¡Ah! esa carta...
—¡La España vendida á los ingleses, duque!
—Pero esa no es una carta.
—Es una copia de la carta.
—Pero la carta...
—Está con otras tres de Bukingam y cuatro de milord conde de Seymur y otras varias, que prueban cumplidamente que tú, más que secretario del rey de España, eres secretario del de Inglaterra; estas cartas están tan bien guardadas que no las encontrarás á tres tirones. Se trata, en esta que he traído de muestra, del casamiento de la infanta doña Ana, de ciertos tratos vergonzosos entre Bukingam y tú, de condiciones recíprocas, de infamias... ¿quieres que te la lea, don Francisco de Sandoval y Rojas?
—No, no; pero eso es imposible—dijo el duque abalanzándose al secreter de la derecha y abriéndole.
—Sí, busca, busca; encontrarás ahí alhajas que yo no he querido tomar, á pesar de que soy muy pobre, porque no soy ladrón, pero las cartas de que te hablo y otros importantísimos papeles, no están ahí; los tengo yo: auténticos, con tu firma, porque en todos ellos, ó en todas ellas, porque son cartas, has cometido la torpeza de escribir: «Contestada en tal fecha.—Lerma.» El rey podrá encontrar en esos papeles el secreto de la expulsión de los moriscos, las causas de su desavenencia con Francia, el por qué de los reveses que sufre en todas partes donde hace la guerra España; el rey sabrá que de los tributos que saca á sus vasallos la tercera parte es para el rey, otra tercera parte para los corregidores, alcaldes mayores y demás exactores, y la otra tercera parte para el nobilísimo, el excelente señor don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, del consejo de Estado, su protonotario en Indias, su secretario universal, su favorito, su todo; sabrá el rey... aunque me mates, porque los papeles se presentarán solos al rey, que ha criado en ti un cuervo, que ha levantado á su enemigo, y como el rey, aunque es débil, no es malo y no le gustan los bribones, y como el rey, aunque no es rey, tiene grandes humos de rey y de rey poderoso; y como el rey es del último que llega, nada tendrá de extraño que su majestad retire de ti su protección y te arroje al verdugo; porque tú has hecho lo bastante, mi buen duque, para ser primero degradado y después ahorcado.
—Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas para mucho, cuando así me hablas; ¿qué quieres?
—Creo que nos entendemos. Ahora voy á decirte lo que quiero.
—Si puedo, si está en mi mano...
—Oye; tú conoces á una mujer á quien yo conozco también. Yo quiero que esa mujer sea feliz.
—¡La reina!
—¿Qué me importa la reina? ya la he salvado hoy.
—¿Conque era verdad?
—Verdad, verdad; quisieron envenenarla.
—¡Envenenarla! ¿Pero quién ha querido cometer ese atentado?
—Tu buen secretario don Rodrigo Calderón.
—¡Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo está en el lecho mal herido!
—Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmán, que ha estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de Guzmán era amante de Luisa, la mujer del imbécil cocinero de su majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de su majestad. Quevedo y yo, que éramos muy amigos, nos hemos visto negros para salvar á Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un pobre paje á quien se le apeteció lo que había quedado sobrante en los platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos.
—¡Horrible! ¡horrible!—exclamó el duque.
—Yo no sé si tú has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato, ó si ha sido únicamente cosa de don Rodrigo Calderón.
—¡Yo! ¿me creéis capaz de esa infamia?
—Te creo, por tu vanidad y por tu ambición, capaz de todo.
—¡Oh! ¡oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto.
—La reina te estorba tanto como á don Rodrigo; la reina conspira contra ti, y la temes.
—Pero jamás llegaría á ese punto, jamás; me calumniáis.
—Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrón, no has sido asesino.
—En muestra de ello, quiero las pruebas, las pruebas del crimen de Calderón; las pruebas para enviarle al cadalso.
—No hay pruebas.
—Vive la mujer del cocinero mayor, y aunque prófuga, se la buscará, se la encontrará, se la sujetará á la prueba del tormento.
—Y declarará que don Juan de Guzmán era su amante, que la dió unos polvos, que ella los dió al galopín Cosme Aldaba, que, en ausencia de su marido, le introdujo en la cocina. Siguiendo el hilo, prendiendo á Cosme Aldaba, atormentándole, se sabrá que el tal Cosme envenenó en las cocinas una perdiz destinada al almuerzo de la reina, que la entregó para que la sirviera el paje Cristóbal Cuero, y el paje, preso y sujeto al tormento, declarará que puso en la mesa de su majestad la perdiz envenenada; pero todas las pruebas recaerán en el sargento mayor don Juan de Guzmán.
—Se le prenderá, se le hará pedazos para que declare.
—Eso es imposible.
—¡Imposible!
—Sí; ¿no has reparado en que cuando me he referido al sargento mayor, he dicho: ¿era, no es? El sargento mayor ha muerto.
—¡Muerto!
—A mis manos, á puñaladas.
El bufón, que había crecido de una manera imponderable á los ojos del duque, aumentó otro tanto en tamaño.
Se había convertido para Lerma en un gigante.
—Por lo que toca á la reina—continuó el bufón—, el negocio está perfectamente concluído; un paje ha muerto y se le ha enterrado... nadie ha sospechado... no asustemos á su majestad; sírvate esto para conocer á don Rodrigo Calderón y guardarte de él. La mujer, pues, á quien ambos conocemos y por la que he procurado tenerte en mis manos, por la que he penetrado aquí, en este lugar que tú creías tan seguro, y he abierto valiéndome de mis artes, artes acaso del diablo, esos secreteres, y me he apoderado de esas cartas, obteniendo con ellas armas bastante fuertes para rendirte, para hacerte mi esclavo; la mujer, pues, que á tal punto nos ha traído á los dos, no es la reina, aunque muchas veces represente reinas.
—¡Dorotea!
—Cabalmente, Dorotea; esa pobre niña que es tu querida públicamente, y mi corazón, mi alma en secreto.
—¿Qué sois vos de esa mujer?
—¡Qué soy yo! ¡su padre! ¡su hermano! ¡su mártir!
—¡Ah!
—La amo... más que á mí mismo: la deseo con todo mi deseo, con toda mi sed de gozar, y sin embargo, devoro y comprimo mi deseo. Vivo de su felicidad, y sus lágrimas me despedazan el alma. Dorotea sufre; Dorotea es infeliz. Se han valido de ella como de un instrumento, la han despedazado el alma... ama á un hombre y le roban ese hombre.
—¿Y qué hombre es ese?
—Don Juan Téllez Girón.
—¡Siempre ese hombre!—exclamó con desesperación el duque.
—Sin embargo—dijo el tío Manolillo—, á ese hombre debes el empezar á ser algo.
—¡Cómo!
—Sí, sí ciertamente. Si ese hombre no hubiera venido á Madrid, no hubiera conocido á doña Clara Soldevilla, y no hubiera podido ayudarla, cuando esa mujer servía á la reina con su vida, con su honra; no hubiera encontrado á Quevedo, y sin Quevedo, no hubiera herido á tu buen secretario don Rodrigo Calderón; si no hubiera herido á don Rodrigo, si no le hubiera arrebatado las cartas que tenía de la reina...
—¡Cómo! ¿ese caballero ha quitado á Calderón las cartas?...
—Sí, las cartas que yo acaso no hubiera podido arrancarle. Y don Rodrigo, armado con aquellas cartas, obrando por cuenta propia, era omnipotente: hubiera dictado condiciones á Margarita de Austria, te hubiera vencido, hubiera ocupado acaso ya tu lugar, un lugar que, si no le pones fuera de combate, ocupará algún día; ¿comprendes ahora todo lo que debes á ese afortunado joven?
—¡Oh! ¡oh! ¡y yo ciego!...
—Tú, torpe y confiado, creyéndote en tu vanidad asegurado en el favor del rey y superior á todo... pero continuemos y te convencerás de cuánto es lo que debes al bastardo de Osuna, sin que él, que porque es amigo de Quevedo te aborrece, sepa, ni por pienso, que te ha hecho el más leve servicio. Por otra parte, don Juan Téllez Girón, hiriendo á don Rodrigo, te ha hecho otro inmenso servicio: don Francisco de Quevedo, que conoce la corte, tuvo miedo al ver herido, sin saber si era muerto ó vivo, á don Rodrigo, y como sólo había venido á Madrid por encargo del duque de Osuna para buscar á ese don Juan, y con el sólo objeto de llevársele consigo á Nápoles, quiso ponerle á cubierto de toda eventualidad, y acordándose de Dorotea concibió un terrible pensamiento.
—¡Dorotea!
—Sí por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que deslumbra á las mujeres...
—No le conozco.
—¡Oh! pues es un mancebo hermosísimo; ya ves: cuando en tres días ha llegado á ser marido de doña Clara Soldevilla, á quien todos, menos yo, creían de nieve, y ha enamorado á Dorotea, que no había amado nunca...
—¡Pero Dorotea le ama!—exclamó con cierta celosa impaciencia Lerma.
—Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde muere.
—¿Pero qué se proponía Quevedo al hacer conocer á Dorotea ese hombre?
—Que se enamorase de él, y lo consiguió.
—Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se enamorase de ese hombre.
—Estás cada día más torpe, duque.
—No tenéis razón para llamarme torpe, porque es incomprensible el objeto de Quevedo.
—Lo que á ti te falta de ingenio, le sobra á Quevedo, Lerma.
—Pero en esta ocasión...
—Dime: ¿no es tu querida Dorotea?
—Sí.
—Aún no me comprendes. Será necesario llegar al fin. Dime: ¿no harás tú cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidiéndote?
—Según, según.
—No hay según. Tú eres todo soberbia. Tú hubieras hecho lo que hubiera querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, debía procurar que no le prendiesen por sus heridas á don Rodrigo...
—¡Ah!
—Has comprendido al fin, gracias á Dios y á mi paciencia. Pues bien, Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca á don Juan, le ama más que á sí misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto, porque tiene celos.
—¡Celos!
—¡Oh! ¡si Dorotea no tuviese celos! ¡si la amase don Juan, el primer hombre á quien ha amado, como ella le ama! Entonces yo le amaría también, porque haría feliz á mi Dorotea, y amaría á Quevedo que los había puesto en el caso de amarse, y procuraría que, como don Juan te ha robado el corazón de Dorotea, te robase el corazón del rey. ¡Pero ya se ve! don Juan había visto antes que á Dorotea á doña Clara: habían andado de aventura por esas calles de Dios... y doña Clara es tan hermosa... no es más hermosa que Dorotea, no; pero no es cómica, ni tu querida, ni lo ha sido de nadie: doña Clara... yo he visto á todos, altos y bajos, mirarla con codicia... y el mismo rey...
—¡El rey!
—Sí, el rey ama á doña Clara: tibiamente, eso sí; pero la ama cuanto puede amar, como no ha amado á ninguna mujer... ya ves: cuando siendo tan devoto y tan temeroso de Dios se ha atrevido á arrojarse á pretensiones... la mujer que ha sido capaz de sacar de quicio á su majestad, tiene no sé qué poder, que Dorotea no tiene... Dorotea, pues, amando al marido de doña Clara es una mártir, y ya que no puedo evitar su martirio, quiero vengarla, y la vengaré.
—¿Que la vengarás? ¿y cómo?
—Valiéndome de ti.
—¡Ah! creo que también te vales de otra persona.
—¿Del rey? cierto que sí. Su majestad no puede ver á don Juan desde que sabe que le ama doña Clara. Y anoche, que fueron las bodas, no durmió. Sabe además su majestad que Quevedo ha tenido gran parte en ese casamiento, y no puede ver á Quevedo.
—¡Por eso me ha mandado prenderlos!
—Ya lo creo, como que se lo he aconsejado yo.
—Y si teníais interesado al rey, ¿á qué imponerme condiciones á mí?
—Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro señor, no es más firme que una caña; le mueve hacia un lado el más ligero vientecillo, y otro vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender á don Juan y á Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos serán, porque el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doña Clara, sobrevendrá, se arrojará á los pies del rey, llorará, le besará las manos... y el rey se derretirá y revocará la orden de prisión, y será capaz de honrar á don Juan y á Quevedo por añadidura. Es necesario que el rey no pueda hacer nada.
—¿Y cómo?
—¿Cómo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia ofendida.
—Es decir, ¿formando proceso á don Juan por la herida de Calderón?
—Y por añadidura, á don Francisco de Quevedo.
—Y si todo eso sucede, ¿me devolveréis esas cartas que me habéis robado?
—Cuando Dorotea posea completamente á don Juan, ó cuando yo la haya vengado de él.
—¿Pero no consideráis que si la Dorotea sabe que su amante está preso, interpondrá todo su influjo para salvarle?
—Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasión de demostrar á don Juan hasta qué punto le ama.
—¡De modo que me veo reducido á coaligarme con vos!
—Sí, sí por cierto, noble y poderoso señor duque de Lerma; conmigo el bufón, el loco, el miserable, el despreciable. Conmigo, que he sabido levantarme á vuestros ojos fuerte como un león. Conmigo, comadreja del alcázar, que puedo perderos.
—El duque no estaba en estado de regatear, ni aun podía defenderse; lo que le sucedía, le tenía aterrado; y lo que más le humillaba era verse obligado á ayudar los amores de su querida.
—Haré, haré lo que pueda—dijo al fin.
—Tú harás lo que yo quiera; prenderás á don Francisco de Quevedo.
—En verdad, en verdad que ya he dado la orden de prisión, y á pesar de que una persona, á quien no puedo negar nada, me había comprometido á que no le prendiese, me he olvidado de revocar la orden.
—Adivino cuáles son las dos mujeres que te han pedido la una la prisión y la otra la seguridad de don Francisco.
—Si sabéis eso, es necesario concederos mucho poder.
—Con saber á quien interesa que sea preso y que no sea preso don Francisco, se sabe quién es quien ha obrado en su favor y quién en su contra. Voy á decirte los nombres: La condesa de Lemos, tu hija, te ha obligado sin duda á que prendas á Quevedo, y la duquesa de Gandía, la buena, la inocente doña Juana de Velasco, ha sido, sin duda, quien te ha exigido la promesa formal de no meterte en prenderle.
En vano el duque quiso ocultar su turbación, producida por la sagacidad del tío Manolillo; sin embargo, se dominó y dijo riendo:
—¡Bah! ¿y qué les importa ni á la condesa de Lemos, ni á la duquesa de Gandía que Quevedo sea preso ó no?
—¿Qué si les importa? Voy á revelarte dos secretos.
—¿Dos secretos más?
—¿No te he dicho que soy la comadreja del alcázar, que velo mientras los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razón sé que tu hija es querida...
—¡Querida!—exclamó el duque afectando una explosión de dignidad ofendida.
—Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don Francisco de Quevedo.
—¡Mentira!
—Vamos: lo sabías—dijo el bufón—; debe de habértelo dicho tu misma hija.
—¡Que yo sé esa deshonra!
—¡Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es grande, me prueba que la conocías.
—¡Oh! ¡oh! ¡yo te juro que esa es una calumnia!
—No disputemos. Debe herirte demasiado lo que hago contigo, y yo, que adoro la venganza, reconozco el derecho y la necesidad que tienes de vengarte de mí. Cuando puedas, mátame, hazme pedazos; pero entre tanto, sírveme.
El duque no contestó; estaba lívido de cólera, se le saltaban los ojos de las órbitas.
El bufón continuó:
—Como doña Catalina es una dama muy discreta y tiene mucho ingenio, y es intrigante y enredadora y sagaz donde los hay, nada tiene de extraño que haya averiguado que Quevedo sólo ha venido á Madrid á buscar al hijo del duque de Osuna para llevárselo á Napóles. Y como doña Catalina ama mucho á Quevedo, con toda su alma ardiente, á la que tan mal dueño has dado en tu sobrino el conde de Lemos, naturalmente, para no perder sus amores, te ha obligado, Lerma, porque tu hija puede obligarte, á que prendas á Quevedo.
El duque se movió violentamente en el sillón.
—Por lo que sufres, conozco que he acertado en todo; voy ahora á decirte las razones que tengo para creer que la duquesa de Gandía te ha obligado á que no prendas á Quevedo. La duquesa de Gandía es madre natural de don Juan Téllez Girón.
Dió un salto sobre el sillón Lerma y volvió á caer desplomado.
Aquella noticia le espantó.
Tal concepto tenía formado de la duquesa de Gandía, que le pareció un sacrilegio la revelación del tío Manolillo.
—Eso es imposible; imposible de todo punto; tu lengua ponzoñosa nada respeta; es una calumnia infame. La duquesa de Gandía es una santa.
—Pero cuando una santa se encuentra á obscuras en una galería apartada con un hombre, tal como el duque de Osuna, por lo mismo que es una santa, se encuentra sin saber cómo en la situación en que se halla la duquesa de Gandía. Pregunta á tu hija, que sin ser una santa, es y lo será siempre una mujer honrada, á pesar de ser querida de Quevedo, lo que son tales encuentros: ¡bah!, Lerma, tú te estremeces porque estás en la misma situación que un hombre atado por cada uno de sus remos á cuatro caballos. No te asustes; al pedirte yo lo que te pido, he pensado, primero, en procurarte los medios de hacerlo, porque yo no soy tan insensato que pida imposibles. Por eso he abierto camino al duque de Uceda hasta el rey. Por eso he procurado que tus enemigos, sin vencerte, se crean de nuevo en posición de hacerte la guerra. Para que volviese á la corte el conde de Lemos, era necesario hacer todo eso. Y yo necesito que el conde de Lemos vuelva. Entonces doña Catalina estará más contenida, porque un marido al fin es un marido, y, si pretende hacer algo, yo la haré callar. Del mismo modo haré que la duquesa de Gandía te sirva de cabeza. Conque ayudémonos resueltamente, duque, y no disputemos más. A cambio de tu favor con el rey, la prisión de don Francisco de Quevedo y don Juan Téllez Girón ante la justicia, como homicidas de don Rodrigo Calderón.
—Lo haré...—dijo el duque—¿pero esas cartas, esos secretos?...
—Las unas y los otros los guardo yo como armas preciosas.
—Escucha—dijo el duque—; yo puedo enriquecer á Dorotea, enriquecerte á ti...
—¿Y el oro da la felicidad? la da á los imbéciles, que creen verdades las adulaciones de los miserables; pero la sed del corazón no la calma el oro. Ni un maravedí quiero tuyo. Y escucha: como dentro de un momento no esté preso don Juan Téllez Girón, que está en el alcázar y en el cuarto de su esposa, y ese Quevedo no duerma preso esta noche, obro, duque, obro y ¡ay de ti en el momento que yo obre!
—¡Y no hay medio en lo humano!
—Ninguno.
—Bien; será lo que quieras.
—¡Presos don Francisco y don Juan!
—¡Presos!
—¡Al momento!
—¡Al momento!
—Pues vete y manda extender las órdenes.
—¿Y te quedas aquí?
—Sí, no quiero asustarte desapareciendo delante de ti.
—Debe haber aquí alguna puerta secreta.
—Pues bien; ¿qué importa? bastante seguro te tengo. Mira.
El bufón se levantó, llegó al secreter de la derecha, oprimió un resorte y el secreter giró dejando descubierta una obscura entrada.
—Adiós, duque, adiós—dijo el bufón desapareciendo por ella—, y no te atrevas á desobedecerme.
El secreter volvió á girar.
El duque quedó aterrado.
Parecíale, ó mejor dicho, quería que le pareciese aquello un sueño.
Pasóse la mano por la frente, hizo un violento esfuerzo, se resignó y salió y abrió la primera puerta.
—Que entre Ledesma—dijo á uno de los oficiales.
Y se volvió al camarín y se puso á papelear para disimular su turbación.
Entró Ledesma.
—Sentáos—le dijo el duque—y tomad nota.
Ledesma se sentó.
—Levantamiento del destierro del conde de Lemos—dictó el duque; reposición en su oficio de ayo del príncipe de Asturias á don Baltasar de Zúñiga; reposición en su oficio de caballerizo mayor al conde de Olivares; nombramiento de confesor de su majestad la reina al reverendo padre fray Luis de Aliaga, y por último, reposición en su oficio de ayuda de cámara de su alteza el príncipe don Felipe, al duque de Uceda.
—Ya está, señor—dijo Ledesma.
—Ahora aparte: comuníquese urgentemente orden al alcalde mayor, para que luego haga prender, donde los halle, á don Francisco de Quevedo y Villegas y á don Juan Téllez Girón, como causantes de la herida de don Rodrigo Calderón, y pase de oficio para que sin levantar mano se empiece á formar el proceso; que cada oficial extienda una de esas minutas y traédmelas para el despacho de su majestad.
Ledesma salió asombrado, comprendiendo la razón de la malísima cara que tenía el duque.
Poco después, en vista de las minutas que se estaban extendiendo, se daba por segura en las secretarías de Estado la caída del ministro universal duque de Lerma.
Lerma entre tanto, encerrado de nuevo, buscaba en vano el resorte del secreter que cubría el pasadizo por donde había desaparecido el bufón.
Antes de entrar en la materia de este capítulo, debemos dar algunas noticias á nuestros lectores á la manera de sueltos de periódico:
—Don Juan Téllez Girón fué preso aquel mismo día, en el aposento de su esposa doña Clara de Soldevilla, como acusado del estado en que se encontraba don Rodrigo Calderón, y en el momento en que preparaba un viaje, circunstancia agravante que el alcalde encargado de su prisión hizo constase en la diligencia del escribano que le acompañaba.
—Doña Clara Soldevilla solicitó una audiencia del rey y no pudo conseguirla.
—Dorotea esperó en vano toda la tarde al duque de Lerma y á don Francisco de Quevedo, con la mesa puesta, y ya cerca de la noche se puso verdaderamente mala y se metió en el lecho.
—El cocinero de su majestad fué á avisar al excelentísimo señor duque de Lerma, que doña Ana de Acuña recibiría á obscuras al rey á las doce de aquella noche.
Al salir Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, de casa del excelentísimo señor duque de Lerma, se encontró manos á boca con el tío Manolillo, bufón del rey, que le asió por un brazo y le metió en una taberna, donde se encerró con él en un aposento.
El tío Manolillo hizo vomitar al cocinero de su majestad cuanto sabía acerca de la cita que el duque tenía aquella noche con doña Ana de Acuña.
Al salir de la taberna, separáronse el cocinero mayor y el bufón, y este último se fué en busca de un alcalde de casa y corte.
Conocidas de nuestros lectores estas noticias, entraremos de lleno en el asunto del presente capítulo.
La silla de manos en que había sido metido Quevedo, y en que Quevedo se había dormido, anduvo hasta parar en un lugar de que no podía darse cuenta Quevedo; primero, porque con su cansancio, su largo desvelo y su admirable fuerza de ánimo, dormía profundamente; y segundo, porque aunque hubiera estado despierto, la silla de manos estaba herméticamente cerrada y á obscuras.
Pero de repente Quevedo hubo de despertar al contacto de una mano que le movía.
Abrió los ojos, se los restregó, se desperezó, y... se encontró todavía á obscuras.
—Salid, don Francisco—dijo la voz del alcalde Sarmiento.
—¡Ah! ¡conque hemos llegado! ¡pues me alegro! quitáos de delante no tropiece con vos, licenciado Sarmiento, que lo sentiría por lo que de mí se os pudiese pegar, y dígame vuesa merced, si no le enoja: ¿se han acordado de poner cama?
—Aquí os quedaréis—dijo el alcalde.
—Sea por minutos, amigo. Y como no me contestáis y os despedís, id con Dios.
—Que Dios os guarde.
Sintió Quevedo el ruido de las pisadas de algunos hombres, y luego cerrarse una puerta.
—¿De donde vendrá ese chubasco?—dijo para sí, palpando en torno suyo—; no lo sé... no adivino; una silla... pues señor, estoy en mi casa... una cama mullida... afírmome en lo dicho... y á obscuras... me afirmo más; calabozo tenemos, guardados estamos, y... sueño tengo; dejémonos de suposiciones inútiles, y acostémonos, y continuemos el sueño interrumpido.
Y Quevedo se acostó, no así como quiera, sino desnudándose como si hubiera estado en su casa.
Pero por esta vez no se durmió.
Había descabezado, como suele decirse, el sueño en la silla de manos; la situación en que se encontraba era grave por más de un concepto, y su poderosa imaginación empezó á dar vueltas.
Pero las vueltas de su imaginación se agitaban en un laberinto obscuro, en el que se perdía más y más cuanto más pugnaba por encontrar la salida.
Y como la imaginación es tan libre que se agita más cuanto más pretendemos sujetarla, la cabeza de Quevedo llegó á convertirse en una devanadera.
Pasáronsele muy bien dos horas sin que pudiese atinar con la causa de su prisión, porque para él era indudable que el prenderle no convenía al duque de Lerma, y que siendo el duque tan apegado á su conveniencia, no era ni aun razonable creer que su prisión proviniera de él.
Ocurriósele, y acertó, que doña Catalina podía ser la causante, pero Quevedo tenía, como todos los hombres, dentro del cuerpo, el enemigo mayor del género humano: el amor propio.
Y su amor propio decía á Quevedo que doña Catalina estaba rendida á su voluntad, que lloraría mucho, que buscaría todos los medios imaginables para retenerle á su lado, pero que jamás obraría en contra suya.
Su amor propio, como ven nuestros lectores, engañaba á Quevedo, sobreponiéndose á su sagacidad y á su prudencia, que de una manera instintiva le decía, y le había dicho, que todo debía temerlo de la rabia y el despecho de la condesa de Lemos.
Ni asaltó el pensamiento á don Francisco que el bufón podría tener interés alguno en que le hiciesen preso, ni pudo, por consiguiente, encontrar una solución satisfactoria que justificase su prendimiento.
—Hanme preso—decía—por recelos muchas veces; hánme traído de acá para allá; pero en esas ocasiones, si no he mordido, he conspirado, y si no he conspirado he pensado en conspirar. Ahora no tengo contra mí nada, absolutamente nada, porque, según el viento que corre, lo de la herida de Calderón no hay que tomarlo en cuenta. Temí por don Juan, pero puse en planta lo que sobra para tener descuido, y ó yo me he vuelto tonto, ó mi prisión no entiendo, ó anda por la corte algo que yo no veo. Por fortuna, no hay bien ni mal que cien años dure; alguno ha de hablar conmigo, que no han de tenerme emparedado, y entonces ya sabré yo lo que me pasa, más por lo que no me digan que por lo que me quieran decir.
Interrumpió á Quevedo el ruido de una llave en una cerradura, sintió pasos y una voz desconocida que le dijo:
—Sígame vuesa merced, señor don Francisco de Quevedo y Villegas.
—Del hábito de Santiago, señor de Juan Abad y poeta—contestó Quevedo.
—Espera á vuesa merced quien le ha de llevar á otra parte.
—Pues espérese el que ha de llevarme á que me vista, que yo me creía en casa y habíame desnudado; y si quieren que despache pronto, tráiganme luz, que no se ponen bien las agujetas á obscuras.
—A obscuras habéis de vestiros como á obscuras os habéis desnudado, y á obscuras habéis de ir como habéis entrado á obscuras.
—Obscuridad cerrada tenemos, en el caos andamos; alguna creación anda cerca; y ¿á dónde habéisme de llevar, señor mío?
—No lo sé yo eso; que no traigo orden más que de sacaros de aquí, y hágame vuesa merced la gracia de no preguntarme más, porque tendré el dolor de no poderle responder.
—¿Adolecedor sois? Pues con alguacil no trato; hombre de bien tengo al canto; hidalgo barrunto; huélgome de ello, que siempre es bueno, aun en lo más malo, al dar con gente bien criada.
—Pero vuesa merced se vale de eso para vestirse con gran espacio, y yo rogaría á vuesa merced que abreviara, que la jornada es larga, la noche mala, y los caminos con tanto llover de los diablos.
—¿Es decir que Madrid se me escapa?
—Fuera de Madrid va vuesa merced.
—Pues quien de Madrid me saca debe ser persona que puede.
—Gran secreto se tiene con vuestra prisión—dijo el hombre misterioso, acercándose más á Quevedo—; interés hay en que vuesa merced se pierda...
—Pues no es eso fácil, que no nací yo para perdido.
—Traspapelar quieren á vuesa merced; pero yo, que soy algo dado á papeles, y por algo letrado me tengo, y me he regocijado mucho con los versos de vuesa merced, y aprendido muy mucho más con los discursos de vuesa merced, no soy mío por más que me hayan mandado que calle, y quiero advertir á vuesa merced.
Púsose en guardia Quevedo, á quien parecía un tanto sospechosa aquella facilidad en soltarse de lengua, en quien tan severo había empezado, y dijo:
—Páguele Dios, hermano, la buena voluntad que me tiene, si es que yo no puedo pagársela, que sí podré, que estas son tormentas que pasan, y dígame lo que quiera, que aprovechará.
—Breve tiene que ser, porque esperan y pudieran sospechar.
—Con media palabra entiendo yo. ¿Por quién soy preso?
—Por el rey.
—Eso ya me lo sabía, que á nadie se prende sino á nombre de su majestad; que el nombre de su majestad hace ya mucho tiempo que sirve para embozar cosas malas.
—Os han preso con justicia.
—Cierto es que con alguaciles me prendieron.
—Con razón.
—Tenéis razón, que razón es que los tales prendan, que si no prendieran, no serían corchetes.
—Quiero decir, que vos tenéis la culpa de haber sido preso.
—También decís verdad, que por dejar yo la espada presa, he dado en prisiones.
—No es eso, don Francisco; habéis cometido un delito.
—Estáis echando un río de verdades. Gran delito es, en efecto, el venir en estos tiempos á la corte.
—Habéis malherido á don Rodrigo Calderón.
—No fuí yo... pero quiero tomar mi parte en esa buena acción, porque al fin ayudé á ella. ¿Y por haber sangrado á un pícaro me prenden? ¿Y á esto llaman delito?
—Las cosas han variado.
—¿Priva de nuevo Calderón?
—El alcázar se ha vuelto de arriba abajo.
—Gran suceso y grande espectáculo. ¿Echádose ha el alcázar á volatinero?
—Más de lo que pensáis. En fin, y para abreviar, que ya nos detenemos demasiado, habéis sido acusado por el duque de Lerma, juntamente con don Juan Téllez Girón, de homicidio contra don Rodrigo; y como don Rodrigo se va por la posta...
Pues si se va me alegro, que nosotros por aquí nos quedamos, y á fe mía, que no ha de faltar quien pague las costas. Gran servicio habremos hecho con la ida de tal, al rey y á la patria.
—Pues piden vuestra cabeza.
—Menores cosas he pedido yo, y heme quedado sin ellas; que si á todo el que pide le dieran, pronto se echarían todos á pedir y no quedaría quien pudiera dar. ¿Y á dónde me llevan?
—A Segovia.
—Honrosa cárcel me dan. Y con esto y no tener ya nada que ponerme salvo la daga y la espada que me han quitado, recibid mi agradecimiento, alguacil desalguacilado, y vamos, que el moverme me hará provecho.
—Acercad y asíos de mi capa.
—Téngoos ya.
—Pues marchemos, y silencio.
—Silencio y marchemos.
Tiró para adelante el hombre, á cuya capa iba asido Quevedo, y siguióle éste pensando para sus adentros:
—Póneme más en cuidado que nunca la amistad de éste; paréceme que se han propuesto asustarme... ¡y vive Dios! que lo han conseguido... por mí, acostumbrado estoy á estas aventuras... pero don Juan... preso también... ¡pueden salir de aquí tantas cosas!...
—Señor alcalde—dijo en aquel punto el hombre que guiaba á Quevedo—: aquí tiene vuestra merced al preso.
—¿Sois vos don Francisco?—dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo así, del licenciado Sarmiento.
—Yo soy, á menos que no me equivoque, amigo.
—Entrad en esa litera.
—Pónganme junto á ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y buen viaje.
—¡Si sois vos el que os vais!
—No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de mí... y me alegro. Guardéos Dios.
Estaba ya dentro Quevedo y se cerró la puerta de la litera.
Esta se puso en movimiento.
Durante algún espacio, Quevedo oyó el ruido de las gentes que pasaban, y el viento que zumbaba en los aleros de las calles.
Después, aquel ruido cesó: oíase el zumbar del viento, largo, extendido, como en el campo, y sólo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto á ella.