—¡Ah! pues... sí... bien... y á Madrid á escape.
—Como gustéis.
—Pues en marcha—dijo Quevedo—, ya estoy listo.
—Esperad, esperad un momento á que yo esté listo también. Quiero daros resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede acontecer de aquí á Madrid, que hay media legua larga.
Y Juara entre tanto se ponía apresuradamente unas medias y unos zapatos que le había dado el ventero.
—Saca los caballos—dijo á este último Juara—, y toma un ducado.
El ventero tomó la moneda y sacó dos caballos.
Quevedo y Juara montaron y se encaminaron á Madrid.
—¡Oh! ¡y cómo arde la quinta!—dijo Juara—no entráis en parte donde no hagáis daño.
En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera.
—Oblíganme—dijo Quevedo—, malo me hacen culpas ajenas; la maldición me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar á Madrid cuanto antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos trae el viento.
—¡Las nueve!—dijo Juara.
—Pues pica largo, y gracias que aún están abiertas las puertas; enderecemos á la de Segovia.
—Me place; que así podremos dejar en el mesón del Bizco los caballos.
—A caballo iré yo hasta el alcázar, que así llegaré más pronto.
—Como queráis.
—Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenías cogida una palabra.
—Sí por cierto: á prima noche, cuando os libré de los alguaciles que os llevaban á Segovia, para entregaros á cierta dama, me ofrecísteis si os soltaba dinero y una compañía en los tercios de Nápoles. Yo dije para mí: ahora no puedo soltar á don Francisco, porque la condesa de Lemos no me lo perdonaría nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no la tema; pero después que yo haya entregado á don Francisco, es distinto. En efecto, apenas entrásteis en el coche, dije á aquel criado de la condesa, amigo mío, si sabía á dónde os llevaban y aun tuve que darle algún dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no sé á dónde irá la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he oído allá en la casa que se había mandado arreglar la cámara de la señora en la quinta que tiene el señor junto al río.
—Bueno—dije para mí—; ya sabemos algo; y despidiéndome de mi compadre, me metí en Madrid y me fuí en derechura á casa del conde de Lemos. Yo esperaba que habiéndole sido levantado el destierro á su excelencia, y estando cerca, hubiese llegado á Madrid, y no me engañé. El conde de Lemos había llegado al obscurecer, y no encontrando á la condesa en su casa, se había ido á la del duque de Lerma; entonces, me metí en la primera taberna que encontré, escribí una carta al conde avisándole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un galán en la quinta del río, llevé la carta á casa del duque de Lerma, la entregué con un doblón á un criado para tener seguridad de que la carta había llegado á manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era para esperada, fuíme de allí al mesón del Bizco, alquilé dos caballos, y por lo que pudiera tronar me fuí á rondar la quinta.—Ya veis que si no es por mí no escapáis, y que he ganado bien todo el dinero que queráis darme, y á más mi compañía de los tercios de Nápoles.
—Rico serás y capitán, Juara, y perdónenme los soldados á quienes en ti tal capitán he de darles.
—Tendrán en mí una cabeza valiente.
—No lo dudo; ni tampoco de que les darás buen ejemplo; pero llegamos á la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alcázar.
Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco después Quevedo, echando pie á tierra en la puerta de las Meninas, dijo á Juara dándole las bridas:
—Desde ahora estás á mi servicio.
—Muy bien, don Francisco, y me alegro.
—Despídete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta misma noche marchamos á Nápoles.
—Todos los cuidados los llevo conmigo.
—Bien; busca un buen coche de camino, ajústalo para Barcelona y llévalo al mesón del Bizco.
—Muy bien.
—Después busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados á la jineta y con arcabuces, que no están los caminos muy buenos para ir desprevenidos.
—¿Y dinero para todo eso?
—Ya se te dará.
—¿Y para cuándo ha de estar todo preparado?
—Para las doce de la noche.
—Estará.
—Pues adiós, que me importa no perder tiempo.
—Quede vuesa merced con Dios.
Juara se alejó, y Quevedo se metió en el alcázar y se encaminó en derechura á la habitación de doña Clara Soldevilla.
Doña Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entró en su cuarto Quevedo.
La joven le recibió con alegría.
—Pláceme—la dijo Quevedo—, encontraros tan bien entretenida...
—Sí; he llegado á cobrar miedo á la corte.
—Y habéis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacén de peligros; ¿conque nos vamos?
—Sí por cierto; sólo necesitábamos saber de vos para marchar, pero esperábamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os ha buscado.
—Tened á milagro el verme, porque á punto he estado de perdido.
—¿Qué os ha pasado?
—Cosas que solo por mí pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo.
—Don Juan también ha estado preso.
—Lo esperaba, lo temía; pero vos le habréis soltado.
—No por cierto; el rey no quiso oírme, ni la reina ha conseguido nada; pero al fin, cuando menos lo esperábamos, el rey ha llamado á su majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo.
—¡El rey, que se había negado á oíros, y que había desoído á la reina, os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan!
—Sí; él y vos habéis sido declarados libres.
—¡El y yo! ¿y no adivináis quién ha podido alcanzar esa gracia del rey?
—Indudablemente ha sido el duque de Lerma.
—¡El duque de Lerma!—dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y poniéndose pálido—; el duque de Lerma no hace nada de balde.
Pero recobrando su expresión impenetrable, añadió:
—Sin duda el duque de Lerma, después de haber meditado, ha conocido que le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague á su excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan, ¿dónde anda que junto á vos no le veo?
—Ha salido—dijo doña Clara fijando su mirada tranquila y profunda en Quevedo—; ha salido á las ocho sin decirme á dónde iba...
—¿Y no le habéis preguntado?
—Yo jamás pediré cuentas de nada á mi marido.
—Sois la perla de las mujeres. ¿Pero no ha indicado al menos?...
—Nada, y estoy con sumo cuidado: salió á las ocho, son las nueve y media, él no conoce á nadie en Madrid... como no sea á esa comedianta con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero pensar en ello.
—Ni hay para qué—dijo Quevedo—; amores de un día han sido, ó por mejor decir, conocimiento de un día, y aun así conocimiento simple.
—Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no está en su casa.
—¡Cómo! ¿os habéis metido en averiguar?...
—Sí, don Francisco, sí... he tenido celos... los tengo... no hace ni más ni menos tiempo que me conoce á mí don Juan, que el que hace que conoce á esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; ¿tendrá algo de extraño que esa mujer, que le ama también, sea su amante?
—¡Blasfemia! ¡suposición negra que sólo puede engendrar los celos, que con llamarse celos está dicho que son locos! vos no debíais haber llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa mujer.
—Tengo el presentimiento de que mi marido está con ella.
—¿Pero no sabéis nada de cierto?
—No; Juana, mi doncella, fué á buscar á la comedianta con un pretexto: con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa mujer no estaba en casa... es decir, no recibía á nadie.
—Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, señora, que hemos de marchar esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de media hora á don Juan.
Y Quevedo, saludando á doña Clara y evitando prolongar la conversación, salió, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio.
—Y es muy posible—decía encaminándose hacia la casa de la Dorotea, bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento—; es muy posible que los celos de doña Clara sean verdades; se prende á don Juan, no bastan las lágrimas de una mujer como doña Clara para que le suelten, ni aprovechan para nada las súplicas de la reina. Después y de motu proprio, el rey nos pone en libertad. Veo detrás del rey á Lerma, detrás de Lerma al bufón, y detrás del bufón á la Dorotea. ¿Quién había de haber creído que esa muchacha era capaz de un amor tal? ¡pecador de mí! de modo que si le sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doña Clara, yo tengo también un presentimiento. ¡Dios quiera que quede en imaginación y en miedo, que tal podría suceder, que no lo olvidásemos en mucho tiempo!
Y don Francisco apretó cuanto pudo el paso, y llegó al fin casa de la Dorotea.
Llamó con la misma desenvoltura que si á la puerta de su casa hubiera llamado.
Pedro contestó desde arriba.
Quevedo intimó que le abriesen.
Pedro replicó que su señora no estaba en casa.
Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama dispensaba á Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir.
—Entrad y os convenceréis—le dijo—: si queréis esperar á la señora, esperadla.
—Dejadme, sin embargo, subir, hija.
—Subid enhorabuena.
Quevedo subió, y con su audacia acostumbrada, lo registró todo, hasta la alcoba.
—Pues es verdad—dijo.
—¡Qué! ¿había creído vuesa merced que le engañábamos?—dijo Casilda.
—Todo pudiera ser. Pero veamos si me decís también ahora la verdad.
—Veamos—dijo Casilda.
—¿Dónde está tu señora?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Ha venido por ella el bufón del rey y se la ha llevado en una silla de manos.
—Tú sabes dónde está tu señora—dijo Quevedo encarándose de repente á Pedro.
—¡Yo!
—Sí, tú: te estás rascando una oreja.
—Porque me pica.
—No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podría decir dónde está mi señora.
—No; no, señor, yo no lo sé.
—¿A dónde has ido con un recado de tu señora?—dijo á bulto Quevedo, pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan dominadora, que Pedro se turbó.
—¡Pero don Francisco!...—dijo Casilda.
Quevedo no la dejó continuar.
—Vendrá la justicia, y se sabrá todo—dijo—, y os llevarán á la cárcel y... lo pasaréis mal... porque no sabéis de lo que se trata.
—¿Pues de qué se trata?
—¿Por qué nos han de llevar á la cárcel?—dijeron á un mismo tiempo los dos domésticos.
—Por encubridores.
—Nosotros no encubrimos nada—dijo Casilda.
—Yo no sé nada—añadió Pedro.
—Sabéis demasiado: peor para vosotros si no queréis declarar, porque todavía sería tiempo de impedir un gran crimen.
Quevedo, sin saberlo, decía la verdad.
Los criados de Dorotea se aterraron.
—Yo sólo sé que la señora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes de obscurecer se ha vestido como una diosa—dijo Casilda.
—Yo sólo he ido á llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal á una casa de la calle de Don Pedro.
—¡Vajilla! ¡copas! ¡botellas! ¿y dónde?... ¿hacia dónde de la calle de Don Pedro está esa casa?
—Hace esquina á la calle de la Flor.
Quevedo no esperó á saber más.
Una intuición poderosa le decía que habiendo salido Dorotea en silla de manos, vestida como una diosa, según el dicho de Casilda, no podía haber ido á otra parte que á aquella casa á donde Pedro había llevado vajillas de plata y de cristal.
Allí donde estuviese Dorotea, allí debía estar don Juan.
Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre ésta y el bastardo de Osuna, en que intervenía el tío Manolillo, asustaba á Quevedo.
Por la primera vez de su vida procuró correr.
No pudo; pero por la primera vez de su vida, á pesar de la defectuosa configuración de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa.
La calle á donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid.
Apenas había salido Quevedo del cuarto de doña Clara Soldevilla, cuando uno de sus criados la anunció que el bufón del rey quería hablarla.
En otras circunstancias doña Clara se hubiera negado á recibir al tío Manolillo; pero el tío Manolillo era una persona allegada á la comedianta Dorotea, á aquella mujer que la hacía probar la amargura mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su orgullo, en su dignidad; doña Clara, pues, mandó que introdujesen al tío Manolillo.
Entró lentamente el bufón, abarcando en una mirada sombría el aposento.
Sus ojos estaban encarnados, parecían arrojar el fuego de una calentura horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprimía á impulsos de una respiración poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y seca, produciendo un silbido ronco y débil, á veces un ruido semejante al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, á lo largo de los cortos miembros del tío Manolillo, corría una convulsión rápida, fuerte, instantánea.
Detúvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral, terrible, que estremeció á doña Clara:
—¡Estáis preparando vuestra marcha! ¡quedáos! ¡pensáis iros!... ¡iros... y con él! ¿para qué queréis partir ya, si él se quedará aquí?
Doña Clara no palideció ni tembló; pero sus ojos inmóviles, incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del bufón, con toda la expresión funesta de odio, de desesperación, de horrible alegría.
—¿Qué decís?—dijo marcando fuertemente su pregunta doña Clara.
—Digo que sois viuda.
—¡Viuda!—gritó doña Clara, salvando de un salto la distancia que le separaba del bufón y asiéndole con violencia: ¡viuda habéis dicho!
—Sí, viuda—contestó el bufón desasiéndose de doña Clara con un ligero sacudimiento—; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podéis daros por viuda porque os lo roban.
—¡Que me le roban!
—¡Sí, no volverá!
—Explicáos, ó por mi alma, llamo...
—Y si me prenden, ¿quién llevará á la hermosa doña Clara á que vea por última vez á su hermoso don Juan?
—¡Está con ella!
—Sí, con Dorotea.
—¡Mentira!
—Aún tendréis un manto fuera de esos baúles; aún os quedará valor; ese valor que hace pocas noches demostrásteis para salvar á la reina, para venir á salvaros á vos misma; yo os guiaré.
—¿Dónde están ellos?
—Sí; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el mundo más hombre que él, ni más mujer que ella; ¡oh! tembláis de cólera y de celos; yo también tiemblo de celos y de desesperación; mirad, mis ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la amo... la amo... y quiero... quiero venganza.
Doña Clara no le escuchaba.
Buscaba apresuradamente un objeto.
Al fin levantó de entre sus ropas un manto y se envolvió rápidamente en él.
—¿Decís, Manuel—exclamó con voz concentrada y breve—, que sabéis dónde están juntos ese hombre y esa mujer?
—Sí—dijo el bufón.
—Venid.
Doña Clara abrió con un llavín una puerta de servicio, y seguida por el tío Manolillo, atravesó un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar, como quien conocía perfectamente el sitio, y á obscuras siempre se oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rápidamente por una escalera de caracol.
El bufón, sin vacilar, sin dudar, como ella, la seguía.
Escuchábase sobre el pavimento de mármol el fuerte ruido de sus zapatos guarnecidos de clavos.
Al fin de la escalera se oyó el ruido de una llave en una cerradura; salieron doña Clara y el tío Manolillo, y volvió á cerrarse la puerta.
A la luz de un turbio farol que ardía en aquel lugar, que era el zaguán de la puerta de las Meninas, se vió á doña Clara envolverse completamente en su manto, y al bufón rebujarse en su capilla.
El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zaguán, se detuvo un momento, y al desaparecer, lanzándose en la calle, doña Clara y el bufón volvió á su paseo.
—Llevadme donde están—dijo doña Clara.
—Seguidme—contestó el bufón.
Y tiró adelante.
Doña Clara le seguía con esa rapidez incomprensible de las mujeres cuando andan de prisa.
Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la joven, la ponía al otro lado del arroyo.
Luego él y ella seguían su rápida marcha.
En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.
De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío Manolillo y doña Clara:
—¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.
El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió.
—¡Quevedo!—exclamó doña Clara.
Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del cual al parecer había salido la voz.
—¡Doña Clara!—exclamó Quevedo—, ¿con quién venís?
—Con el tío Manolillo.
—A mis espaldas, á mis espaldas, señora—exclamó Quevedo poniéndose rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.
—¡Ah! ¡ah!—dijo soltando una horrible carcajada el bufón—; ¿conque habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por medio?
Y acometió hierro en mano á Quevedo.
—Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara—dijo Quevedo parando los primeros golpes del tío Manolillo—; las habemos con un gato garduño, tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.
El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza de su rabia.
—Ved que me canso, tío—repitió Quevedo.
El tío Manolillo redobló su ataque.
—¡Ah!—dijo Quevedo—; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor, descansemos.
Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de debajo de los pies.
Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo, apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba jadeante.
Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y se preparó.
Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á la carrera.
—¿Quién va?—dijo Quevedo.
—El cocinero de su majestad—contestó una voz angustiosa.
—¿Y quién más?—repitió Quevedo.
—Fray Luis de Aliaga—contestó otra voz.
—¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía amigos.
Pero doña Clara no contestó.
Helósele la sangre á Quevedo.
Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón.
—¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo—. ¿No traéis con vosotros una luz para ver lo que ha acontecido á doña Clara?
—¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?—dijo el padre Aliaga.
—La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara.
—¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!—exclamó el padre Aliaga—. Pero socorrámosla; ¿dónde está?
—Vamos—dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña Clara—; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos.
—¿A dónde vais?
—A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos, Montiño.
—Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.
—Os ayudaremos los dos y es más breve—dijo el padre Aliaga.
Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido.
Después de algunos minutos doña Clara estaba recibida en una casa que se abrió al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre Aliaga.
A aquel nombre no había puerta que no se abriera en aquellos tiempos en España.
Y ninguna persona más competente para usar de él que el inquisidor general.
Nadie vió á doña Clara, que fué introducida envuelta en su manto.
En efecto, sólo estaba desmayada.
Aquel rudo combate la había aterrado, porque si bien doña Clara era valiente, su valor era el valor de la mujer.
El cocinero mayor se quedó encerrado con ella.
Pero antes dijo á Quevedo:
—Si habéis matado al tío Manolillo, importa que le quitéis unos papeles que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuráos y entrad cuanto antes en la casa á cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa casa están de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato envenenado.
—¡Ah!—exclamó Quevedo, y escapó.
Y llegó al lugar donde estaba el bufón y le registró.
Quitóle unos papeles que encontró bajo su ropilla y una llave.
El bufón no se movía.
Quevedo guardó los papeles, se alzó, se volvió á la puerta que estaba tras él, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le había seguido:
—Entremos, fray Luis, entremos.
Poco después el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta volvió á cerrarse.
Hora y media antes de los últimos sucesos podía verse en la casa donde acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso salón magníficamente engalanado.
Tapices de Flandes cubrían las paredes, una gruesa alfombra el pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y caprichos admirables, pendía una araña de cristal cargada de bujías de cera encendidas.
Debajo de esta araña había una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de la estación, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y adornada con un lazo rojo y negro.
A los dos extremos de la mesa había un bosque, por decirlo así, de botellas de riquísimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas.
A la derecha y á la izquierda de esta mesa había otras dos cubiertas de otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente contrahechas, salían las bujías.
Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa; una hilera de sillones dorados alrededor del salón junto á los tapices, y espejos y cuadros cubriéndolos á éstos.
Ultimamente, delante de la mesa había un brasero de plata con fuego.
Gran parte de aquellos efectos habían sido llevados de la casa de la Dorotea; el resto comprado acá y allá, donde se había encontrado y por lo que habían pedido.
Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de ducados.
¿Pero qué importaba esto? quería presentarse hermosa y grande ante su amante en una habitación rica y bella.
Como á las ocho de la noche se levantó un tapiz y entró una mujer envuelta en un manto.
Tras ella entró un hombre pequeño y ancho, embozado en una capa.
La mujer se desprendió el manto y le arrojó al hombre, que había echado abajo su embozo.
Eran Dorotea y el bufón.
Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta que por orgullo enriquecía el duque de Lerma, la niña de los grandes ojos azules y del seno de nácar, que enloquecía á los galanes de Madrid; la reina de las entretenidas, como diría un francés de nuestros días; la tentación viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella á quien si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el público, aplaudía con frenesí, por inimitable comedianta y por incomparable en hermosura.
La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo.
Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la horrible decisión que á aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la lucidez de su mirada, un no sé qué portentoso que emanaba de la dolorosa contracción de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mórbidos, en que la vista parecía tocar una suavidad dulcísima; de aquel seno cuya parte superior no cubría el escote, agitado por una respiración poderosa, por un aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin, emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea parecía divinizada, sobrenatural, hija de la imaginación, no real y efectiva; una de esas bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como una sombra al ser tocadas.
Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos; estos rizos, de un tono obscuro, ceñidos en la frente por una corona de rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea, contrastando con su blancura, que la palidez había llevado hasta el último punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado por las múltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetón de brillantes y encendidos rubíes.
Los brazaletes eran del mismo género: perlas y rubíes, y del mismo género también los herretes y el ceñidor de su magnífico traje de raso blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho, flotante, maravilloso, que aún no había estrenado Dorotea, que aún no había visto nadie.
Jamás se había presentado de tal modo al público, por más que fuesen famosos por su lujo sus trajes y sus joyas é hiciesen que muchos tuviesen lástima del duque de Lerma y la mayor parte envidia.
Aquello lo pagaba España, como ha pagado tantas otras cosas.
Pálida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelantó hasta la mesa; la examinó y luego miró en torno suyo.
—Gracias, Manuel—dijo dirigiendo la palabra de una manera fría al bufón—; habéis hecho más de lo que yo quería; esto es magnífico.
—Ha costado mucho y se ha trabajado bien—dijo el tío Manolillo con la voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea.
—¿Qué hora es?—dijo la joven.
—Ya es hora de ir en su busca.
—Pues id; tengo grandes deseos de acabar.
—¡De acabar! ¡de acabar! ¿y qué ha de acabar?
—Esta agonía que me devora, esta muerte en vida.
—Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer.
—¿Qué?—dijo Dorotea sonriendo tristemente—¡vengarme!
—¡No, tú no le matarás!—dijo el bufón—; ¡le amas demasiado! ¡no te atreverás!
—¿Dónde está el dulce envenenado, Manuel?—dijo Dorotea sin contestar á la observación del tío Manolillo.
—Aquí, en este plato del centro—dijo el bufón estremeciéndose—; esa pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero ¿para qué quieres ese veneno?
—Para un último caso.
—¿Pero qué último caso es ese?
—Que don Juan no quiera seguirme.
—Mientes; no hay nada preparado para una marcha.
—Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se hará.
—Me espantas, Dorotea, yo no sé por qué tiemblo, yo, que no tiemblo por nada; yo que no me aterro; tú no eres franca conmigo, Dorotea; y debías serlo... porque yo soy... tu padre... á mí me debes la vida.
—Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temáis; no sucederá nada; don Juan me debe la vida también.
—Don Juan no te ama.
—Peor para él.
—Doña Clara le tiene loco.
—¡Oh! ¡doña Clara! aborrezco á mi pesar á esa mujer; porque ella, ella no tiene la culpa de que él la haya amado; hay momentos en que mataría á esa mujer.
—Y eso, eso es lo que debía hacerse; pero no tú... tú no debías matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye, Dorotea: voy á quitar de ahí esa pera...
Y el bufón tendió su mano hacia el plato.
—Dejadla, dejadla ahí—dijo Dorotea—; en cuanto á doña Clara, mirad, Manuel: yo quisiera que doña Clara me viera junto á él aquí...
—¡Oh!—dijo con alegría el bufón—, la traeré.
—Sí; que vea cómo su marido cae á mis pies... porque caerá, Manuel, caerá; no me ama, pero me desea... cuando esté á mi lado algún tiempo, se embriagará en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero... quiero que doña Clara vea que desprecio á ese hombre á quien ama ella... quiero...
—¡Oh! tú no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me espanta... ¿para qué te has engalanado de ese modo? ¿para qué te has puesto tan hermosa como un ángel?... ¡pobre niña! tu alma, tu corazón, tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo hombre á quien has amado; ¡terrible Dios, que has dado al hombre amor y caridad, sangre y lágrimas, y no le has dado poder!... ¡mañana me pedirás cuenta de lo que yo haya destruído, arrastrado por mi desesperación, y no tendrás en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada, muerta, apurando la hiel más amarga que tú has destinado para probar á las criaturas! ¡oh! ¡yo estoy loco! ¡mi cabeza se rompe! ¡mi corazón revienta! ¡Maldito sea ese hombre! ¡maldito! ¡maldito!
Y el tío Manolillo se paseaba iracundo, terrible, á lo largo de la estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del león enjaulado.
Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo rojo y negro.
Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos.
Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal.
—Don Juan estará esperando—dijo al bufón.
—¡Oh! ¡no piensas más que en él!—dijo el tío Manolillo sin detenerse en su paseo.
—Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por él.
—¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo.
—Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego, Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis?
—Nadie te escuchará, hija mía—dijo dolorosamente el bufón.
—Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa, dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis.
—¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído?
—El.
—¡El!
—Sí, él.
—¡Pero entonces ese veneno!
—No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho.
—Lo haré; pero no te comprendo.
—Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más.
—Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara?
—No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad á doña Clara en paz.
—¿Pero no habías pensado vengarte?...
—Me vengaré, Manuel, pero noblemente. Aborrezco á esa mujer, pero sólo como á una cosa que me hace daño... no quiero ser infame... que nada sepa doña Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa él.
—¿Pero qué es lo que ha de saber él?—exclamó el tenaz bufón.
Dorotea hizo un movimiento de colérica impaciencia.
—¿Sois mi señor ó mi amigo?—exclamó—¿pretenderéis que os diga lo que cuando no os he dicho ya, debíais comprender que no quiero, ó que no puedo deciros?
—Estás loca y es necesario perdonártelo todo, Dorotea. Pero tienes razón; no soy tu señor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti.
Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia.
—Sí, sí, voy... perdóname, porque no sé ni lo que digo ni lo que hago. Voy por don Juan.
Y el bufón salió.
Aquel hombre singular, que sólo vivía por Dorotea, que por Dorotea era capaz de todos los crímenes y de todas las grandezas; de matar y de morir, lloró cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de Moros.
Cuando llegó vió paseándose delante de la cruz á un hombre.
Se acercó á él y le dijo:
—¿Esperáis á una persona?
—Sí.
—¿Os llamáis don Juan?
—Sí.
—Seguidme, os esperan.
—Guiad.
El bufón tiró adelante; no quería hablar ni una sola palabra más con aquel hombre que hacía tan infeliz á Dorotea, con aquel hombre á quien aborrecía, porque no amaba á la comedianta.
Y así, el tío Manolillo delante y don Juan detrás, llegaron en muy poco espacio á la calle de Don Pedro.
Abrió el bufón la puerta de la casa y se dejó ver un fondo tenebroso.
—No receléis en entrar—dijo el tío Manolillo procurando dar á su acento el tono más amistoso posible—; venturas os esperan, que no desgracias; el amor os llama, no la traición.
—Adelante—dijo don Juan.
—Seguid mis pasos—dijo el bufón entrando y cerrando la puerta—; cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora á la izquierda, ahora á la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien—dijo el bufón deteniéndose—, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan. Adiós.
El bufón se volvió.
Don Juan entró.
Cuando don Juan hubo entrado, el bufón se detuvo.
—No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre—dijo—; ella está fuera de sí; yo no sé lo que intenta; es necesario que yo observe; observaré, comprimiré mis celos... seré capaz de ser testigo de su alegría si se comprenden... y seré capaz de alegrarme. ¡Oh, Dios mío! ¿por qué no soy yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? ¿ó por qué don Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo?
Y quitándose los zapatos, se acercó silenciosamente al tapiz y se puso en acecho.
Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.
Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente bello y fuertemente voluptuoso.
Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.
Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión.
A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor.
Don Juan no veía entonces más que á Dorotea.
Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa, tembló, se deslumbró.
Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano.
De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano de Dorotea y quiso llevarla á sus labios.
Pero Dorotea la retiró.
—Perdonad, señor mío—le dijo sonriendo—; pero me hacéis mucho daño, y no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para no volverse á ver.
—¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo?
—Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos.
Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de Dorotea, y se sentó.
Dorotea retiró su sillón.
Don Juan dijo para sí:
—Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.
Entrambos guardaron por un momento silencio.
Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se espiritualizaba más y más, se hacía irresistible.
-¿Cuándo os vais?—le dijo Dorotea.
—Nunca—respondió el joven—; me quedo con vos.
—¡Conmigo! ¿sabéis si yo quiero que os quedéis?
—¡Oh, vos me amáis!
—Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra.
—¿No más que el alma?
—No más.
—¿Es decir, que pretenderéis que apuremos una vida desesperada?
—¡Desesperada! ¿y por qué?
—Un deseo voraz que crecerá con el tiempo; un deseo contrariado; un volcán comprimido...
—¿Y qué queréis? no somos libres: no nos pertenecemos.
—Tratándose de vos, yo soy enteramente libre.
—Pertenecéis á doña Clara.
—Decidme... apartáos de ella... no es necesario que me lo digáis...
—Yo no os diré eso jamás.
—Harélo yo... os seguiré.
—No me seguiréis... os lo juro.
—¿Y por qué?
—Porque no debéis seguirme.
—No me habléis de deber, cuando se trata de amaros... ¿no os debo la vida?
—Me debéis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no añade ni un quilate más á la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha tenido doña Clara.
—Vos sois más hermosa... vuestro amor más ardiente.
—Ya que os amo, don Juan, no procuréis perder mi aprecio.
—¡Vuestro aprecio!
—Sí por cierto. No me demostréis que el amor en vos es un devaneo; que al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidáis de otra mujer que es más hermosa que yo, y que si no os ama más que yo, os da á lo menos un amor más puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y desengañáos; si yo aceptase esa promesa que me habéis hecho en un momento de embriaguez, seríais mío durante ocho días; pero á los ocho días veríais á doña Clara, porque doña Clara os buscaría, os embriagaría, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os iríais con ella; pero habiéndola lastimado, habiendo turbado su alma con un recuerdo que no perdería nunca. No hagamos infeliz á esa señora, ya que nosotros no podamos ser felices.
—Será esta una lucha que durará mientras vivamos; hay en vos, Dorotea, una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es un amor tal que me enloquece; os miro, y paréceme que no sois una criatura mortal; para una fría despedida yo no hubiera venido, os lo aseguro, y os aseguro también, que si no alcanzo completamente vuestro amor, vuestra confianza, vuestra alegría, vuestra posesión... mirad, Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperéis hasta el punto de que ponga á prueba vuestro amor.
—¿Y cómo le pondríais á prueba?
—Perdonad; pero al sólo pensamiento de perderos, pasan por mí horribles tentaciones.
—No... no moriréis...—dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano y dejándosela besar.
Dorotea sufrió sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de que don Juan cubrió su mano.
—Basta de locuras, don Juan—dijo Dorotea—; os he llamado para cenar con vos antes de separarnos para siempre.
—¡Separarnos! pero eso no puede ser.
—¿No veis que estoy vestida de una manera particular?
—Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes, que vuestra hermosura domina á todas las riquezas.
—No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.
—¡Ah! ¡para casaros conmigo!
—No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión; nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión.
—¿Es decir, que me olvidaréis?
—Sí.
—No os creo.
—Cuando sepáis con quien me caso, lo creeréis.
—¿Habláis formalmente, Dorotea?
—¡Oh! ¡sí!
—¿Y quién es ese afortunado esposo? Me estáis atormentando, Dorotea.
—Os juro que no tendréis celos del esposo que he elegido.
—¿Vais á meteros á monja?
—¡Llevar yo á Dios un corazón lleno del amor impuro de un hombre! ¡No, don Juan! no soy tan impía. Podrá faltarme valor para el martirio, podré ser criminal, podré llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de Dios sobre mi cabeza; pero no cometeré un sacrilegio, ¡no, no tomaré á Dios por esposo, amando á un hombre! ¡otro es el esposo que he elegido, don Juan!
—No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos, en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me espanta. Encuentro en vos no sé qué calma fría, horrible.
—Sí, el resultado de una decisión irrevocable.
—Pero explicáos. ¿No os inspiro yo confianza?
—Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.
—Si vos cenáis—dijo sonriendo don Juan—, cenaré yo.
—Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca, que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma, el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada respiro más que el amor que siento por vos.
—¿Y á qué entonces esa extraña mentira?
—¿Qué mentira?
—La de vuestro casamiento.
—Quisiera que no fuese una horrible verdad.
—Os repito que no os comprendo.
—Dentro de poco me comprenderéis.
—¿Y me amáis?
—Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego. Suponed, don Juan, un pobre náufrago que flota sobre una débil barca, sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorífera, que le llama, que le convida; suponed que el náufrago ha tocado á esa ribera, que se ha creído salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El náufrago, acostumbrado antes á la tempestad, sostenido por su débil esquife, se adormía al bramar de las olas, le era indiferente que éstas le llevasen acá ó allá, estaba seguro de que un día le tragaría el mar, y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese náufrago; el mundo, el mar tempestuoso en que flotaba á la ventura el esquife, que me sostenía, mi ingenio como cómica, mi belleza como mujer; el día en que una enfermedad me imposibilitase para la escena, ó los años destruyesen mi hermosura, estaba previsto por mí; un hospital era mi destino, sin parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no había amado nunca; no creía en el amor: pero os vi; vos habéis sido para mí la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir, acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos... bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la locura, y yo estoy loca.
Dorotea se levantó y llenó dos copas.
Luego vino con una salvilla, y sirvió una copa á don Juan.
—Por mi amor—dijo don Juan bebiendo.
—Por mi vida—dijo bebiendo también Dorotea.
Y dejó la salvilla con las dos copas vacías sobre la mesa, y volvió á sentarse en el sillón.
Don Juan acercó el suyo.
Por aquella vez Dorotea no se retiró.
Don Juan rodeó la cintura de Dorotea.
Dorotea se alzó radiante de dignidad.
—La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que vendía sus favores—dijo—; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma.
Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado.
Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio.
—Dorotea—dijo al fin don Juan—, ¿queréis que hablemos seriamente?
—¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo?
—Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en que estamos colocados.
—Hablemos.
—¿No hay un medio de unirnos?
—Ninguno.
—¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos?
—Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.
—Vivamos como amantes.
—¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid?
—Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos.
—Y bien; suponiendo que yo consienta...
Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan.
—Escucha, alma de mi alma—la dijo don Juan—; una casita bella, apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...
—¡Sin celos!...
—¡Qué amante puede tenerlos de una esposa!
—¡Ay de mí!—exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho.
—¡Bebamos, luz de mi alma!—dijo don Juan, y se levantó y llenó las copas y las trajo en la salvilla, y se arrodilló sonriendo para que Dorotea tomase la suya.
Dorotea se inclinó para levantar á don Juan.
Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus ojos se sintieron atraídos por la mirada dulce, apasionada, saturada de amor y de deseo del joven.
Aquellos dos semblantes se unieron y resonó el estallido de un doble beso.
Y entonces el bufón se separó del tapiz, se alejó y dijo bajando las escaleras:
—¡Oh! ¡gracias á Dios! el veneno es inútil: el veneno no matará á nadie. Pero es preciso... sí... sí... es preciso que doña Clara se separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y sólo de Dorotea; es preciso que doña Clara los vea aquí juntos, enamorándose, acariciándose, embriagados de amor.
Y el bufón bajó silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos, abrió la puerta, salió, cerró y se encaminó al alcázar en busca de doña Clara.
Don Juan y Dorotea, sin embargo, no habían cambiado de situación: tras aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo así, Dorotea se había rehecho de nuevo.
—Sentáos, don Juan—le dijo—, y hablemos por último con seriedad; hemos vuelto á caer en las locuras. Tenéis sobre mí un poder maravilloso: ya lo sabía yo, y me he prevenido; lo que me habéis propuesto es imposible.
—¡Imposible!
—Sí; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros tampoco, y no os diré: abandonad á vuestra esposa; os debéis al gran nombre que lleváis, y no podéis deshonrarle; aunque queráis yo no permitiré que le deshonréis por mí. Veámonos por la última vez.. y tened mucho valor si me amáis.
—¿Qué queréis decirme con esas palabras?
—Que cuando salgáis de aquí llevaréis de mí tal recuerdo, que no me olvidaréis jamás.
—¿Qué misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos, que os defiende de mí, que me desespera, que me mata?...
—Mi amor.
—Extraño amor que se complace en despedazarme.
—Amor desdichado, muerto apenas nacido.
—Dorotea, no me obliguéis á ser villano.
—Conmigo no podéis ser más que lo que sois.
—Un hombre burlado, por no sé qué intención que no comprendo.
—¡Ah! no hay ningún hombre que merezca el amor de una mujer; no hay ninguno que comprenda el alma de una mujer.
Don Juan calló confundido.
—Oye, don Juan—dijo Dorotea asiéndole las manos con acento triste y con los ojos arrasados de lágrimas—: yo no comprendo el amor como tú le comprendes; para mí el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni la embriaguez, ni el entretenimiento; para mí el amor es más, mucho más; tiene algo de divino; para mí el amor es ser el pensamiento entero de un hombre, el espíritu poderoso que le engrandezca, que le impulse á las grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada, cuando se trata de un hombre como tú, que se llama Girón, que es hijo del gran duque de Osuna, que debe su espada á sus abuelos y á su patria, y el corazón á una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no puedo ser para ti más que la amante oculta y misteriosa, que te sonría apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre, porque... tu nombre pertenece entero á los hijos de la mujer con quien te has unido: yo sólo puedo ser para ti un sueño embriagador durante algún tiempo; después... después, cuando hasta el misterio hubiera perdido para ti su encanto, yo sería una carga para ti..
—¡Una carga!
—Sí, una carga enojosa.
—¿Crees tú que yo reparé jamás en...?
Don Juan se detuvo, porque lo que iba á decir era inconveniente.
Pero Dorotea oyó con el alma las palabras que don Juan no había pronunciado; las oyó dentro de su corazón.
—No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender á las necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso; el dinero hace daño al amor; yo cómica, yo cortesana, no he pertenecido á un amante sino á trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazón sino por otro corazón; de otra carga más pesada he querido hablarte: de la carga que consiste en tener que sacrificar algún tiempo todos los días á una mujer á quien no se ama, á quien nunca se ha amado, por quien sólo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y á la que se sigue fingiendo amor por compasión; carga que acaba por hacerse insoportable, porque el sacrificio más pequeño se hace insoportable cuando es continuo; yo sería dentro de poco una carga para ti y después un remordimiento, porque me abandonaríais...
—Te he dejado seguir porque quería saber á dónde ibas á parar. ¡Que yo no te amo!
—Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo estás; estás loco...
—No vivo más que para ti.
—Es necesario que vivas para los demás; no eres dueño de ti mismo.
—¿De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver á mi libertadora, me encuentro con una especie de hermosísimo fraile que me predica un sermón de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como dices, con el deseo antes de hoy: te amé de ese modo desde el punto en que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado á amarte; tú me has procurado la libertad, y con la libertad la vida, no sé á precio de qué sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo á mi mujer: «tú, su esposa; tú, la dama hermosísima, noble, rica, favorita de la reina, no has podido salvarle; y yo, la cómica, yo, su querida, le he salvado»; y tú no has hecho eso, Dorotea; tú has sufrido tu despecho, tu desesperación, y has hecho llegar por las manos del rey á mi mujer la orden que me ponía en libertad; tú sabías que yo libre había de partir de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; ¿cómo quieres que no te ame, á no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable, ¿por qué me amas?
—¡Don Juan!—exclamó Dorotea con la voz trémula, ardiente, opaca, y la mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven—; ¡don Juan! ¡mira no mientas involuntariamente!
—No, no; te amo—dijo don Juan estrechándola contra su seno.
Dorotea pugnó por desasirse.
—Sólo á ti amo—murmuró el joven en su oído.
Dorotea rompió á llorar.
—Por ti y para ti viviré—continuó el joven—, y escucha: mi vida es tuya; ¿para qué quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio á ese nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldré de Madrid, pero saldré contigo, todo por ti y para ti.
—¡Separarte de doña Clara!—dijo Dorotea levantando de sobre el hombro de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa—. ¡Ser mío, únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta, contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso!
—¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo!
—¿Y partiremos?
—Sí.
—¿Desde esta casa?
—Sí.
—¿Y no volverás á ver á doña Clara?
—No amo á nadie más que á ti.
Y don Juan la atrajo á sus brazos.
Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma, que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.
En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad, alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una mujer vivamente deseada.
Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un violento esfuerzo para desasirse de ellos.
Su palidez había crecido.
Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante.
Luego volvió á sonreir.
Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía completa.
—La hora de la partida se acerca—dijo apoyándose dulcemente en el hombro de don Juan.
—Partamos—dijo don Juan levantándose.
—Espera, espera un momento—dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre los hombros de don Juan y mirándole frente á frente.
Don Juan exhaló una exclamación de asombro.
Nunca había visto á Dorotea tan hermosa.
Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta.
—Siempre, siempre tu sed—dijo Dorotea—; nunca tu amor.
—¡Cómo! ¿aún dudas?
—No, no dudo ya—dijo la joven.
Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa.
—¿Qué haces?—dijo don Juan.
—¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!—contestó Dorotea fijando una mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se veía en medio de la mesa.
Y tomó una botella y llenó de vino una copa.
—Yo también tengo sed—dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo.
Dorotea llenó otra copa.
Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro y rojo.
Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus mejillas.
Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un frío agudo.
—Estos confites son muy buenos—dijo—; probémoslos antes de beber.
Y tomó la pera envenenada.
Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible.
—Toma—le dijo, y le mostró la confitura.
Don Juan extendió la mano.
Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió exclamando:
—No, no; esta es para mí, para mí sola.
Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de aquel confite mortal, le devoró.
A seguida cayó de rodillas.
—¿Qué haces, Dorotea?—dijo don Juan.
—¡Dejadme! ¡dejadme orar!—exclamó la joven.
—¡Orar!—exclamó asombrado don Juan.
—Sí; orar por mi alma—respondió Dorotea.
Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho.
En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de espadas.
Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en sus brazos.
La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera embriagadora.
—¡Oh! ¡no me olvidarás!—exclamó.
—¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía!
Y don Juan, embriagado, la besó en la boca.
—¡Adiós!—exclamó Dorotea entre un beso ardiente.
—¿Por qué me dices adiós, alma mía?
—Me llama mi esposo—dijo sonriendo siempre Dorotea.
—¡Tu esposo!
—Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo eternamente con él.
—Sí, sí—exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea—; no nos separaremos jamás.
—Sí—dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan—; vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme.
—¡Con la muerte!—gritó don Juan.
—Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.
—¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!—gritó don Juan, llamando.
—¡No hay nadie! ¡estamos solos!—exclamó Dorotea.
Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante.