—Adelante, don Francisco, pero tiremos hacia palacio.

—¡Hacia palacio, eh! pues que palacio sea con nosotros.

Y marchando con cuanta rapidez les fué posible, que no era mucha á causa de la deformidad de las piernas de Quevedo, salieron de la calleja.

Poco después entraban en ella muchos hombres con luces.

Aquellos hombres eran los criados que el duque de Lerma había enviado á informarse del suceso.

CAPÍTULO XI

EN QUE SE SABE QUIÉN ERA LA DAMA MISTERIOSA

Quevedo y Juan Montiño tardaron un largo espacio en llegar á palacio, no porque palacio estuviese lejos de la casa del duque de Lerma, sino porque para Quevedo eran largas todas las distancias.

Entrambos iban embebecidos en hondos pensamientos y no hablaron una sola palabra durante el camino.

Cuando vieron delante de sí la negra masa del alcázar, Quevedo dijo á Montiño:

—He aquí que hemos llegado, y que estamos en salvo. Procurad vos no poneros en peligro; ved que palacio es un laberinto en que se pierde el más listo.

—Aunque fuese el infierno entraría en él. Me lo manda mi honra.

—Pues si tan principal señora os manda, no insisto, amigo Juan, y os dejo, porque supongo que necesitaréis ir solo.

—De todo punto.

—Pues vóime á dormir; espéroos mañana en el Mentidero.

—¿Cómo en el Mentidero?

—Olvidábame de que sois nuevo en la corte. Llaman aquí el Mentidero á las gradas de San Felipe el Real.

—¿Y por qué no esperarme en vuestra casa?

—Porque no sé aún si será pública ó privada, mesón de transeuntes ó tránsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan, prudencia, y no os envanezcáis con los favores de la fortuna.

—No sé lo que será de mí—dijo el joven, que estaba aturdido é impaciente.

—Pues procurad saber lo que hacéis, y adiós, que no quiero deteneros.

—Adiós, don Francisco, hasta mañana.

Quevedo se alejó un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo.

—¿Será sino de la sangre de los Girones—dijo—el encontrarse siempre metida en grandes empresas? ¿quién sabe? ¡pero aquí hay algo grave! ¿que no haya leído Lerma delante de mí la carta de la duquesa? ¿que no haya yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que ha estado inclinado sobre don Rodrigo Calderón, entretenido en detener á ese bergante de Juara? pero puedo ver algo... y algo tal, que sea una chispa que me alumbre. Pues procuremos ver.

Y se encaminó recatada y silenciosamente á la puerta de las Meninas, y con el mismo recato miró al interior.

Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montiño.

—¿Conque le esperan? ¿conque le han citado? ¿quién será ella?—dijo Quevedo.

Pasó algún tiempo; Juan Montiño esperando, y don Francisco observándole.

Oyéronse al fin leves pasos que parecían provenir de unas estrechas escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oyó un siseo de mujer.

—¡Ah! ¡ya pareció ella!—dijo Quevedo—; ¿pero quién será?

Entre tanto Juan Montiño se había dirigido sin vacilar á las escaleras, y desaparecido por su entrada.

Sigámosle.

A los pocos peldaños una dulce voz de mujer, aunque anhelante y conmovida, le dijo:

—¡Ah! ¡gracias á Dios que habéis venido!

Era la misma voz de la dama tapada á quien Montiño había acompañado aquella noche.

La escalera estaba á obscuras.

—¡Señora!—dijo Montiño.

—¡Silencio!—replicó la dama—; no habléis, seguidme y andad paso.

—¡Pero si no veo!

—¡Ah! es verdad.

—Si no me guiáis...

—Dadme, pues, la mano—dijo la dama con un acento singular en que se notaba la violencia con que apelaba á aquel recurso.

—¿Dónde estáis?

—Acercad más.

—Ya que me dais la mano, señora...

—Os la presto...

—Pues bien, prestadme la derecha.

—Seguid y callad—dijo la dama, poniendo en la mano de Juan Montiño una mano que hablaba por sí sola en pro de lo magnífico de las formas de la dama.

—¡La que tiene una mano tal...!—dijo para sí Montiño.

Y acarició con deleite en su imaginación el resto de un pensamiento.

Asido por la dama, seguía subiendo.

Terminada la escalera, atravesaron un espacio que debía ser estrecho, porque el traje de la dama, ancho y largo, chocaba con las paredes.

La dama se detuvo y abrió con llave una puerta.

Pasaron y la dama tornó á cerrar.

Y siguieron adelante.

—¡Oh! ¡vuestras espuelas!—exclamó—¡nos hemos olvidado de que os las quitáseis!

—Pues me las quitaré—dijo Montiño.

—No, no, seguid adelante; en esta galería no podemos detenernos; ¡oh Dios mío!

Y la dama siguió andando de prisa.

Al cabo de un buen espacio de marcha por habitaciones obscuras y sonoras, la dama se detuvo y soltó la mano de Montiño.

—¡Ah!—dijo el joven.

—Hemos llegado—contestó ella.

Y sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta.

Al fondo de una habitación, al través de la puerta de otra, vió Montiño el reflejo de una luz.

Vió también que la dama que hasta allí le había conducido, estaba tan envuelta en su manto como cuando la encontró en la calle.

—Entrad—dijo la dama.

Montiño entró.

—Esperad aquí—repitió la dama.

Montiño se detuvo junto á la puerta.

La tapada adelantó rápidamente, atravesó la puerta por donde penetraba el reflejo de la luz, y luego Montiño oyó el ruido de dos llaves en dos puertas distintas.

Luego la dama se asomó á la segunda puerta, y dijo:

—Pasad, caballero.

Montiño pasó.

Y entonces, por la parte de afuera de la puerta, se oyó una voz ronca que dijo:

—¿Quién será ese hombre con quien ella se encierra? Yo no lo creyera á no verlo. ¡Las mujeres! ¡las mujeres!

Y luego se oyeron unos tardos pasos que se alejaban.

Entre tanto Montiño, siguiendo á la dama tapada siempre, había atravesado dos hermosas cámaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se veían las armas reales de España y Austria.

Al fin la dama se detuvo en una cámara más pequeña.

Sobre una mesa había un candelero de plata con una bujía, única luz que iluminaba la cámara, y junto á la mesa un sillón de terciopelo.

—Sin duda que comprendéis por qué os he llamado—dijo con severidad la dama.

Juan Montiño, que se había descubierto respetuosamente dejando ver por completo su simpático y bello semblante y su hermosa cabellera rubia, sacó en silencio de un bolsillo de su jubón el brazalete real de que se había apoderado y que en tantas confusiones le había metido, y le entregó á la dama.

—¡Ah!—exclamó ésta tomándole con ansia.

—Habíais dudado de mí, señora—dijo Montiño con acento de dulce reconvención.

—Habéis hecho mal, prevaliéndoos de la casualidad que puso entre mis manos esta joya.

—Perdone vuestra majestad...—dijo el joven, y la dama no le dejó tiempo de concluir.

—¡Mi majestad!—exclamó con asombro, volviendo con terror el rostro á una puerta cubierta con un tapiz.

—Creed, señora—dijo Juan Montiño, que vió una afirmación en la sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada—, creed, señora, que nada exponéis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha vertido su sangre por sus reyes... y mi lealtad y mi respeto hacia vuestra majestad...

—¡Pero esto es horrible! ¡me creéis la reina!

—Llevábais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de España.

—¿Conocéis á... la reina?

—Ya dije á vuestra majestad...

—Dejáos de importunas majestades—exclamó la dama con un acento en que había angustia, mirando de nuevo á la puerta cubierta por el tapiz—; tratadme lisa y llanamente como á una dama honrada, y concluid. ¿Ha visto alguien esta joya?

—¡Señora!—exclamó con el acento de un hombre profundamente ofendido Montiño.

—Perdonad, pero fuísteis atrevido é imprudente...

—Yo creía que érais otra mujer... una dama principal y nada más, y quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando vi esa joya, ya no tenía remedio... ya habíais desaparecido... entonces me pesó haberos hecho escuchar...

—¿Palabras de amor?...—dijo riendo la dama, que se tranquilizó porque en la turbación, en las miradas del joven había comprendido su alma.

—Os ruego otra vez que me perdonéis.

—¡Pero, caballero, si no me habéis ofendido! únicamente me habéis dado un susto horrible, porque había quedado en vuestro poder esta joya y yo no os conocía. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha sucedido—añadió la dama volviéndose de nuevo á la puerta de los tapices—; yo me vi obligada á ampararme de vos, y vos, que por una circunstancia casual me habíais visto, y habíais dado en el capricho de enamoraros de mí...

—¡Señora!

—Os hablo así porque no soy la reina.

—Y entonces, ¿por qué no os descubrís?

—Ni puedo, ni debo.

—Pues permitidme que dude.

—Venid acá, testarudo y niño: ¿creéis que la reina os hubiese dado como prenda la sortija que os dí?

—Por deshaceros de mis importunidades.

Hizo un movimiento de impaciencia la tapada.

—¿Pero cabe en quien tenga razón que su majestad salga de palacio, de noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con él, y tenga, casi casi, una aventura?

—Cuando la causa es grave... cuando una reina está á punto de ser horriblemente calumniada...

—¿Qué decís?...

—No tembléis señora—dijo Montiño desnudando su daga sangrienta y mostrándola á la dama.

—¿Y qué es eso?

—Sangre de don Rodrigo Calderón.

—¡Ah!—exclamó con alegría la dama.

—Sí; la reina estaba amenazada.

—¿Amenazada? ¿insistís en que yo soy... la reina?

—¿Creéis acaso que he herido ó muerto á don Rodrigo cuando le detuve para que no os siguiese? Entonces le desarmé.

—¿Pues cuándo le habéis herido?

—Hace media hora; cuando salía don Rodrigo de casa del duque de Lerma; era preciso quitarle unas cartas...

—¿Unas cartas?

—Tomad, señora—dijo Montiño, sacando una cartera de terciopelo blanco bordado de oro, sobre la cual se veían manchas de sangre fresca.

La tapada abrió la cartera, sacó de ella un paquete de cartas y las contó.

Contó seis.

—Eran cuatro—dijo—, y éstas... del conde de Olivares... del duque de Uceda.

Juan Montiño no pudo entender estas palabras que la dama había murmurado.

Luego reunió aquellas cartas, las guardó en la cartera y dejó ésta sobre la mesa.

—¿Habéis visto estas cartas?

—No, señora.

—¿Habéis hablado á alguien de ellas?

—No, señora.

—¿Quién os dijo que don Rodrigo tenía estas cartas?

—Mi tío.

—¡El cocinero de su majestad!—exclamó con un acento singular la dama—; ¿y qué os dijo vuestro tío?

—Me llevó á un lugar donde me ocultó y me dijo: ese es el postigo del duque de Lerma; por ahí saldrá probablemente don Rodrigo Calderón; espérale, mátale, y quítale las cartas que comprometen á su majestad.

—¿Pero cómo ha sabido vuestro tío?...

—Lo ignoro.

Quedóse por un momento profundamente pensativa la dama.

—Yo creía no volveros á ver—dijo—, y si os dí como prenda mía una sortija, por la cual no podíais reconocerme, fué por concluir con vuestras importunidades. Yo esperaba que no me volvieréis á ver, porque vivo muy retirada. Pero cuando de tal modo os habéis equivocado...

—¡Oh! ¡dichoso yo, si no sois su majestad!

—¿Por qué?

—Porque si fuérais su majestad... ¡oh! ¡Dios mío! moriría de una manera doble... y perdonadme, señora... pero necesito hablaros de mi amor por la última vez: si sois la reina, mi lealtad, mi deber, me obligan á sufrir, á callar, á guardar para mí solo este amor que yo no he buscado... y luego, ¡al veros de otro hombre!... ¡casada!... ¡oh, Dios mío!...

—¿Pero es posible que me améis de tal modo?...

—Vuestra hermosura... la ocasión en que os vi... la aventura que sobrevino... yo no sé, señora, no sé por qué os amo; pero sé y os lo digo por la última vez, que este amor, que ha sido el primero para mí, será también el último.

Hizo un movimiento de impaciencia la dama.

—¿De modo que—dijo—si no me descubro, dudaréis acerca de mí? ¿es decir, dudaréis acerca de si yo soy la reina ó una dama particular?

—Y si no sois su majestad; si, como me habéis dicho al principio de la noche, no tenéis esposo ni amante, ¿por qué os obstináis en no descubriros?

—Porque quisiera que se os pasase esa mala impresión, que por mi desdicha os he causado en sólo un momento que me habéis visto; porque no quiero que alentéis ninguna esperanza.

—¡Ah! pues entonces, permitidme dudar...

—No dudéis, pues—dijo la dama echando atrás el manto, y dejándose ver á Juan Montiño.

—¡Ah!—exclamó el joven—; ¡sí, vos sois el hermoso sol que me deslumbró!

Y cayó de rodillas, como quien adora, á los pies de la dama.

—Dejáos, dejáos de niñerías—dijo ella—; tal vez nos observan; alzáos, y hablemos aún algunas palabras... pero no de amor. ¿Estáis ya seguro de que no soy la reina?

—Sí, sí; estoy seguro de ello—exclamó con entusiasmo el joven—; aunque no conozco á su majestad; porque estoy segurísimo que la reina no es tan joven ni tan hermosa. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿y no me amaréis?

—Ya os he dicho que no me habléis de amor. Vuestro amor sería una locura... es imposible.

—Porque vuestro corazón me rechaza...

—No, no precisamente por eso... mi corazón ni os acoge ni os rechaza... pero... os lo repito... nuestros amores son imposibles.

Sí; vos sois el hermoso sol que me deslumbró. Sí; vos sois el hermoso sol que me deslumbró.

—Habéis dicho nuestros amores.

—He querido decir—contestó con impaciencia la dama—que el logro de vuestros amores es imposible.

—Os disgusto y lo siento.

—Pues bien, no me habléis más de amor.

—Callaré; pero una palabra, una sola palabra: ¿no podré veros?

—Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como vendréis por esta razón, con frecuencia, á palacio, me veréis de seguro.

—¿Pero vos no haréis nada porque yo os vea?

—No—respondió fríamente la dama.

—¡Ah! perdonad, señora.

—Estáis perdonado; ahora sepamos: ¿habéis muerto á don Rodrigo Calderón?

—No lo sé, señora; sólo sé que le he tirado á muerte.

—¿Os ha conocido don Rodrigo?

—No lo sé, porque un hombre me seguía.

—¿Os acompañaba alguien?

—Sí... sí... señora—dijo vacilando Montiño.

—¿Quién os acompañaba?

—Don Francisco de Quevedo.

—¡Ah! ¿está don Francisco en la corte?—exclamó con precipitación la dama.

—Creo que, como yo, ha llegado á ella esta noche.

—Y... ¿sois amigo de don Francisco?...

—¡Oh! ¡sí! y débole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque y me lleve consigo á Nápoles.

—¡Ah! ¡el duque de Osuna!

Y la dama miró con una profunda atención á Juan Montiño, y se puso pálida; pero sobreponiéndose añadió:

—Y decidme, ¿estaba con vos don Francisco cuando reñísteis con Calderón?

—Tan conmigo estaba, que reñía al mismo tiempo con otro hombre que sin duda servía á don Rodrigo.

—¿Sabe don Francisco lo de las cartas?

—¡Ah! no, señora; por mi boca no lo sabe nadie más que vos.

—Permitidme que os lo pregunte otra vez. ¿No habéis leído esas cartas?

—Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, señora, bastaba con que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no pusiese en ellas los ojos.

—Esperad, esperad un momento, caballero—dijo la dama.

—Esperaré cuanto queráis.

—Vuelvo al punto.

La dama tomó la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareció por la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su tardanza á que Juan Montiño, yendo y viniendo en su imaginación con todo lo que le acontecía, con todo lo que sentía y con la noble, dulce y resplandeciente hermosura de la incógnita, acabase de volverse loco.

Al fin la dama apareció de nuevo.

Traía una carta en la mano, y en el semblante la expresión de una satisfacción vivísima.

—Su majestad—dijo—os agradece, no como reina, sino como dama, lo que habéis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros.

—¡Ah, señora! ¿no es bastante premio para mí la satisfacción de haber servido á su majestad?

—No, no basta. Sois pobre, no necesitáis decirlo...

—Sí, pero...

—Dejémonos de altiveces... recuerdo que me dijísteis que érais ó habíais sido estudiante en teología... pero que os agradaba más el coleto que el roquete.

—¡Ah! sí, señora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y licenciado en sagrada teología y leyes.

—Y bien, ¿queréis ser canónigo?—dijo la dama mirando á Juan Montiño de una manera singular.

—Si soy canónigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro seáis mía.

—Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queréis ser canónigo... ¿os convendría ser alcalde?

—¡Oh! tampoco; soldado de la guardia española al servicio inmediato de su majestad; así os veré cuando haga las centinelas; os veré pasar alguna vez á mi lado.

—Y veréis pasar otras muchas hermosas damas.

—Para mí no hay más que una mujer en el mundo.

—Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana—dijo la joven tendiéndole la mano—; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya es tarde. Tomad esta carta y llevadla á quien dice en la nema.

—«Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.—De palacio.—En propia mano»—leyó el joven.

—¿Y en qué convento mora el confesor de su majestad?

—En el de Nuestra Señora de Atocha... extramuros... ¡ah! y no me acordaba... esperad, esperad un momento.

Y la dama salió y volvió al poco espacio con otro papel.

—Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla, que da al convento de Atocha; bajad á la guardia, buscad al capitán Vadillo y mostradle esta orden; él os acompañará y hará que os abran el postigo, y seguirá acompañándoos hasta Atocha; una vez en el convento, preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado; seréis introducido. Ahora bien; como en vez de ser canónigo ó alcalde, queréis ser soldado, decid al padre Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey.

—¡Capitán á mi edad, cuando mi padre pasó toda su vida sirviendo al rey para serlo!

—¡Ah! ¡vuestro padre no ha sido más que capitán!—dijo con un acento singular la dama, fijando una mirada insistente en Montiño—. Yo creía que fuese más. Pero no importa; si vuestro padre tardó en ser capitán, en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como el que vos le habéis hecho esta noche, porque sirviendo á la reina habéis servido al rey y á España. Decid, pues, á fray Luis de Aliaga que deseáis ser capitán de la guardia española del rey.

—Pero... yo no pedía tanto.

—Se os manda... se necesita que seáis capitán—dijo severamente la dama.

—¡Ah! ¡de ese modo!

—Id, pues.

—Una palabra.

—¡Qué!

—¿Sois dama de la reina?

—No, soy su menina.

—¡Ah! su menina... y vuestro nombre, vuestro adorado nombre.

—Doña Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los ejércitos del rey—contestó la dama.

—¡Ah! no en vano os llamáis Sol...

—Pero concluyamos, caballero. Vos tenéis que ir á Atocha. Yo me he detenido ya demasiado.

—Adiós, pues—dijo Juan Montiño, tomando una mano á doña Clara y besándola.

Y se dirigió á la salida.

—Esperad, están cerradas las puertas—dijo doña Clara, tomando una bujía y precediéndole.

Abrió en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvió y quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de doña Clara.

—Es tarde... adiós, señor capitán, adiós. Hasta otro día—dijo doña Clara, y cerró la puerta.

—¡Hasta otro día!—exclamó el joven—. Noche será para mí y noche obscura el tiempo que tarde en volveros á ver, doña Clara. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! no sé si alegrarme ó entristecerme con lo que me sucede.

Y Juan Montiño tiró la galería adelante, bajó unas escaleras y se encontró en el patio, y poco después, dirigido por un centinela, en el cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitán Vadillo, le mostró la orden.

—Aquí me mandan que os acompañe al monasterio de Atocha—dijo el capitán, que era un soldado viejo—. En buen hora; dejadme tomar la capa y vamos allá, amigo.

Poco después, el joven y el capitán cruzaban las obscurísimas calles de Madrid.

CAPÍTULO XII

LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA

Doña Clara entró en una pequeña recámara magníficamente amueblada. En ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete años, examinaba con ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas.

Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III.

—¡Oh, valiente y noble joven!—dijo la reina—: Dios nos lo ha enviado. Clara, sin él, ¿qué hubiera sido de mí?

—Dios, señora, jamás abandona á los que obran la virtud, creen en él y le adoran.

—¡Oh, mandaré hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta solemne á Nuestra Señora de Atocha y la regalaré un manto de oro! ¡Oh, bendita madre mía, si yo no tuviera estas cartas en mi poder!

Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lágrimas.

—Por estas cartas hubiera yo dado mi vida—añadió—. Y dime, Clara, al saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, ¿no has sospechado de mí?

—He sospechado—dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en la reina—, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen corazón, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos de vuestro esposo, no había meditado bien, no había estudiado al hombre en quien había depositado su confianza, y se había comprometido por imprevisión.

—Explícate, explícate, por Dios, Clara.

—¿Qué explicación se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son citas á don Rodrigo Calderón; citas, no ciertamente de amor, pero que tal vez puedan parecerlo.

—Yo no te había hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te había dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas cartas, pero han venido á tus manos... ¿las has leído?

—¡Señora!—exclamó con el acento de la dignidad ofendida doña Clara.

—Pues bien, léelas.

—¡Ah, no; no, señora!—dijo la joven rechazando con respeto las cartas que le mostraba la reina.

—Te mando que las leas—dijo con acento de dulce autoridad Margarita de Austria.

Doña Clara tomó cuatro cartas que le entregaba la reina, abrió una y se puso á leerla en silencio.

—Lee alto—dijo la reina.

Doña Clara leyó:

«Venid esta noche á las dos; yo os esperaré y os abriré. No faltéis, que importa mucho.—Margarita.»

—Otra—dijo la reina.

«Os he estado esperando y no habéis venido; ¿en qué consiste esto? ya sabéis cuánto me importa que vengáis. Os ruego, pues, que no me obliguéis á escribiros otra vez. Venid por el jardín á las doce y encubierto.—Margarita.»

—Otra—repitió la reina con acento grave.

—Es urgente, urgentísimo, que vengáis esta noche; os espero con impaciencia. Nada temáis contando conmigo; atrevéos á todo. Esta noche, á la una, hablaremos más despacio. Venid.—Margarita.»

—La última—dijo la reina con acento opaco.

«Lo que me pedís es imprudente. Decís que nuestras entrevistas son peligrosas en palacio. Desde el momento conocí el peligro. Pero me interesaba demasiado veros, oíros, hacerme oír de vos, tratar con vos de lo que tanto importa á mi dignidad como mujer, á mis deberes como reina y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad. Pero me exigís que salga fuera de palacio, y esto no lo haré jamás. Yo podría justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi recámara; ¿pero cómo podría justificar mi ausencia de palacio, si por desgracia se notaba, ó mi presencia en un lugar extraño si un accidente cualquiera me descubría? Renunciad á ese peligrosísimo medio, y venid; seguid confiando en mí.—Margarita.»

—Quema esas cartas—dijo la reina.

Doña Clara las quemó una á una á la luz de una bujía.

—Ahora bien—dijo la reina cuando la joven hubo concluído su auto de fe—; después de haber leído esas cartas, ¿qué piensas de mí?

—Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad.

—Más claro, más claro—dijo con impaciencia Margarita de Austria.

—En esas cartas no veo lo que tal vez podrían haber visto otros: una prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco demasiado á vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de su virtud. Veo una conspiración.

—¡Ah! ¡ves una conspiración!

—Sí, por cierto, y una conspiración justa, y más que justa necesaria contra el duque de Lerma. Sólo que vuestra majestad ha elegido un instrumento que le ha hecho traición.

—Un día—dijo la reina reclinándose en su sillón y apoyando su bello semblante en una de sus bellísimas manos—cazaba el rey en El Pardo; entre los caballeros que acompañaban al rey iba don Rodrigo Calderón, que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi carroza, desempeñando accidentalmente el oficio de caballerizo. La carroza se había detenido en una encrucijada, por donde decían los monteros que debía pasar el jabalí. Me rodeaba mi servidumbre, á caballo, y cuatro damas que me seguían estaban detrás en otra carroza. Hacía mucho calor, y yo sudaba. Pedí agua, y don Rodrigo partió y volvió al punto, trayéndomela en un vaso de oro. El vaso era bellísimo, y yo noté que no era de las vajillas de palacio—.¿Este vaso es vuestro?—le pregunté—. Ese vaso no puede ser mío—me contestó—después de haber bebido en él vuesta majestad.—No importa, guardadlo—le contesté—. Don Rodrigo lo tomó, y dijo:—Lo guardaré como un testimonio de honra mientras viva, y después de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo legaré como una reliquia—. Todo esto fué dicho con respeto, en estilo cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco después sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban:—¡El jabalí! ¡el jabalí!—Yo asomé la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grité:—Apartáos, caballeros, apartáos, yo os lo permito—. Unos por miedo, otros por afición á la caza, se apartaron lejos ó siguieron al jabalí; don Rodrigo no se movió de junto á la portezuela, á pesar de que el jabalí pasó tan cerca de él que le hirió, aunque débilmente, el caballo, y quedó solo al lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias, se habían alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo:—¿Puedo alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia?—¿Y para qué, caballero?—le contesté.—Para que yo pueda mostrar á vuestra majestad mi respeto y el interés que me inspira como reina y como dama.—Explicáos—le dije con severidad.—El duque de Lerma es enemigo de vuestra majestad—. ¿Qué queréis decir?—Que vuestra majestad tiene un gran interés de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que será muy fácil á vuestra majestad si se vale de mí.—¡Vos sois secretario del duque de Lerma!—Por lo mismo, señora, porque sé sus secretos, sé que se atreve á todo, y que obra como traidor y villano respecto á vuestra majestad.—Basta; lo que me tengáis que decir me lo diréis en un memorial.—¿Y cómo podré dar á vuestra majestad ese memorial, rodeada como está vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el duque?—Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que están bajo los balcones de mi recámara, en el palacio de El Pardo—. Y me retiré al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habló ni una palabra más. Poco después volvió la servidumbre, acabó la cacería y nos volvimos á palacio.

Aquel día, como otros muchos, comí separada del rey, en mi cámara, y su majestad no vino á pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma me hacía notar, en cuantas ocasiones estaba delante de mí, el peso de su superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es... insoportable de todo punto.

Tú lo sabes, Clara—añadió la reina...—yo no tengo esposo... tú, nadie mejor que tú, sabe que el rey no me ama.

—¡Ah! ¡señora!—exclamó doña Clara—; ¿vuestra majestad duda también?

—No, no; yo no tengo celos de tí, ni puedo tenerlos: primero, porque conozco tu corazón y tu altivez... tu virtud, más bien; segundo, porque si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa tanto el poseer el corazón del rey. Te hablo ahora como te he hablado siempre, desde poco tiempo después de conocerte: como á una hermana. Entre nosotras, Clara, no hay secretos. Tú sabes cuál es mi vida. Tú sabes cuál es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto... No le ruego, pero me ofende que vasallos se atrevan á mandar en mi casa, y nieta, y hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono donde yo me siento esté hollado por traidores; que el rey, á quien estoy unida por la religión y por las leyes, autorice el robo, la tiranía, los cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, y más que secretario del despacho, verdadero rey de España. No puedo sufrir esto sin olvidarme de quién soy yo, y de quién es él; de que tengo esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo está dominado y esos vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que España ha sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin cólera, que hoy está pobre, vendida por todas partes, insultada, á punto de ser deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo otro. Odio á Lerma, y he conspirado, conspiro y conspiraré contra él. Mi conspiración ha estado á punto de costarme la honra, y todavía puede costarme la vida.

—¡Ah, señora! ¿Se atrevería ese hombre?

—A todo, á todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en si me matará él á mí, ó en si yo le mataré á él.

—¡Matarle!

—Sí, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso público; una vez por tierra esa cabeza...

—Se levantará otra más soberbia.

—Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces aventureros, y nada temo; como haya caído el uno caerán los otros; pero sigo la relación de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche, apenas me quedé sola, llamé á mi buena camarera mayor, la duquesa de Gandía, y á pretexto del calor bajé con ella á los jardines. Cuando me retiré, cerca ya de la puerta, mandé á la duquesa que fuese al banco donde había estado sentada por mi pañuelo, que había dejado olvidado de intento. La duquesa se alejó; el lugar á donde la había enviado estaba algo lejos. Entonces fuí al mirto donde al principio de la noche había visto desde detrás de las celosías de mi balcón poner un papel á don Rodrigo. En efecto, encontré un papel doblado entre el ramaje del mirto, y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me quedé sola, retirada en mi dormitorio, leí aquel memorial; en él don Rodrigo manifestaba de la manera más clara, y con la indignación más profunda, el estado en que se encontraban el rey y España, dominado el uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la otra; el golpe que pensaba darse á los moriscos, las descabelladas empresas contra Inglaterra, el descuido con que se veía venir á la Liga contra España sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversación de las rentas reales, la depreciación de la moneda, la corrupción de la justicia, los más altos oficios del reino en la familia de Lerma; su tío, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del príncipe... sus hechuras puestas como espías alrededor del trono; cerrado al vasallo el camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio, convertido el clero por su interés al interés del favorito; alejados de España los buenos españoles; todo vendido, todo profanado, todo enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas, aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por mí misma á Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con desinterés, con lealtad, como conviene á un buen vasallo; don Rodrigo logró interesarme con su memorial, no sólo porque creí ver en él al hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en él también vi al profundo hombre de Estado. ¿Pero á qué cansarme inútilmente?—dijo la reina levantándose, yendo á un secreter, tomando de él un papel y dándosele á doña Clara—: he aquí el memorial de don Rodrigo.

Doña Clara miró aquel papel.

—¡Ah, infame!—dijo—; ni un sólo momento ha pensado en ser leal á vuestra majestad.

—¡Cómo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribió su memorial obraba de buena fe.

—Esta no es su letra, señora.

¡Que no es su letra! ¿Y cómo lo sabes tú?

—Como que me ha escrito más de una y más de tres cartas de amor. Pero yo he sido más cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado, ni las he creído.

—¿Y estás segura de que esa no es la letra de don Rodrigo?

—Segurísima; como que la primera carta que me dió, se la vi escribir en la sala de las Meninas un día que estaba de guardia.

—Bien, no importa—dijo la reina.

—Sí; sí, por cierto—dijo doña Clara—; importa demasiado, y cuando se está en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No, no está escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido que sabe los secretos de vuestra majestad.

La reina se puso levemente pálida.

—Dios nos ayudará, sin embargo—dijo—, como ya ha empezado á ayudarnos procurándonos á ese joven, que indudablemente es leal.

—Y amigo de don Francisco de Quevedo... que está en la corte.

—Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que pronto será también de palacio y además está enamorado como un loco de ti y con razón...

Doña Clara se puso encendida.

—Además—dijo la reina, que había quedado pensativa—; podemos contar con otra persona más importante de lo que parece...

—¡Una persona importante!

—Importantísima.

—¿Y quién es esa persona?

—Ven, ven—dijo la reina—, trae una bujía.

Y marchando delante de doña Clara, fué á su dormitorio.

—Aquí hay una puerta—dijo la reina señalando un lugar de la tapicería.

—Muy oculta debe de ser—dijo doña Clara—, porque no se conoce.

—Sin embargo la hay, y explica cómo han podido entrar hasta aquí las misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponían al corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponían, por último, el castigo de Calderón.

—¿Y cómo ha descubierto vuestra majestad esa puerta?

—Cuando esta mañana encontré sobre la mesa la carta que viste en que se me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre sí mis cartas, y se me ofrecía darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse averiguar quién era el que de tal modo, burlando el particular interés de la duquesa de Gandía y la presencia de la servidumbre, lograba penetrar hasta mi dormitorio. Cuando tú saliste esta noche en busca de los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio, mandé á la duquesa que me dejase sola: entonces apagué las luces del dormitorio, y con una linterna preparada me escondí detrás de las colgaduras del lecho. Pasó bien media hora, y ya empezaba á impacientarme cuando sentí pasos. Preparé la linterna. Pero la persona que se acercaba traía luz: entró precipitadamente en el dormitorio, y miró con avidez: era la duquesa de Gandía, que siguió adelante y entró en el oratorio. Poco después salió pálida, aterrada, murmurando: ¡Dios mío! ¿dónde está la reina?

—¡Ah! ¡señora! ¡ha estado perdida vuestra majestad para la camarera mayor!

—¡Oh, sí! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto.

—Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad... ¡acostada!

—Sí, sí, lo que no ha contrariado poco á la buena doña Juana por su torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de otro mayor.

—¡De otro mayor!

—Sí por cierto: á poco de haber salido la duquesa, volvió á entrar más pálida y más conmovida, fijó una mirada cobarde en el lecho y volvió á repetir, ¿Dónde está la reina? ¡no parece su majestad! ¿qué es esto, Dios mío? Si yo hubiera estado en una situación menos ambigua que escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasión mi acechadero, me hubiera dado á luz y me hubiera reído del terror de la duquesa; pero un no sé qué me retuvo inmóvil. Oí á la duquesa murmurar algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el alcázar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente sonó un portazo; cayóse el candelero de las manos de la duquesa, quedó el dormitorio á obscuras, y oí una voz de hombre que amenazaba á la duquesa con revelar no sé qué secretos suyos si no callaba acerca de lo que sucedía. La duquesa dió un grito y huyó. Luego oí pasos recatados sobre la alfombra en dirección á la mesa. Entonces, encomendándome á Dios, salí de mi escondite y abrí la linterna. Vi un hombre, y en la tapicería una puerta abierta, una puerta que yo no conocía: aquel hombre cayó de rodillas á mis pies. Aquel hombre era... el hombre más despreciado de palacio, el tío Manolillo: el loco del rey.

—¡Ah! ¡el loco de su majestad!—exclamó doña Clara—; ¿y ese hombre era el autor de las cartas que aparecían tan misteriosamente?

—Sí.

—Y al verse cogido...

—Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufón:

—He aquí un loco cogido por una loca; porque tú, mi buena señora, hace mucho tiempo que estás haciendo locuras. ¿Qué te va á ti en que España se pierda ó se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su rosario? En cuanto á lo uno, allá se las compongan ellos, que quien sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto á lo otro, alégrate: así el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti.

—¿Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa?

—Mías han sido hasta que han sido tuyas.

—¿Y cómo sabes tú que don Rodrigo?...

—¡Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya, reina mía, que le tratemos de filo y de punta.

—¿Cómo sabes tú que existen esas puertas?

—¡Bah! es un cuento muy largo; dejémoslo para cuando el rey se ocupe de las cuentas de su rosario.

—¡Tú quieres escapar!

—¡Y vaya si quiero! como que yo y tú, mientras yo esté aquí, estamos en una ratonera.

—¿Pero no me explicarás?...

—Sí, otro día, más despacio: por ahora lo que importa es que busques los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de él... créeme, mi buena señora: Dios es justo, y como se valió de un muchacho para matar á un gigante, se vale de dos locos para matar á un gran pícaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendrá esta noche por esta misma puerta á visitarte.

—¡El rey!—le dije.

—Sí, señora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, quédese en paz y créame, y déjeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya.

Y se me escapó, huyendo por la puerta que se cerró tras él.

—¡Así anda todo!—dijo doña Clara—: cuando un reino está sin cabeza...

La reina frunció un tanto el bello entrecejo.

—El rey es al fin el rey—dijo Margarita con un tanto de severidad.

—Pero cuando sirve de escudo á traidores...

—Dará cuenta á Dios.

—Y al mundo, cuando hace infeliz á una reina tal como vuestra majestad.

Margarita había vuelto á su recámara.

—Afortunadamente—dijo la reina, sentándose de nuevo en el sillón que había ocupado antes—, la lucha podrá ser peligrosa, pero hemos apartado de ella la deshonra, gracias á ese noble joven.

—Noble, y muy noble—dijo doña Clara—: ¿le ha visto bien vuestra majestad cuando estaba hablando conmigo?

—Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta á la vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado.

—¿Y no ha visto más vuestra majestad en ese joven?

—No—contestó con una ingenua afirmación la reina.

—La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, ¿no han recordado á vuestra majestad uno de sus más grandes, de sus más leales vasallos, que por serlo tanto está alejado de España?

—No—repitió con la misma ingenuidad la reina.

—Pues yo he creído, durante algunos momentos, estar hablando con el noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad, sino á sus veinticuatro años.

—¡Parecido ese joven al duque de Osuna!

—Es un parecido vago, en el que es muy difícil reparar cuando el semblante de ese joven está tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se parece más ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en ciertas situaciones el alma sale á los ojos...

—Sí, cuando se ama por primera vez...

—¡Oh, señora! juro á vuestra majestad que me contraría el amor de ese joven.

—Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de mí: la verdad del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difícilmente hubiera hecho otro hombre.

—Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad.

—Es que él creía, y no sin fundamento, que mi majestad eras tú.

—Púsose vivamente encendida doña Clara.

—Una casualidad inconcebible: yo creí llevar más seguro el brazalete en el brazo, y una audacia de ese joven...

—¡Una audacia!...

—Más bien una galantería.

—No es lo mismo, pero me agrada tu declaración; ya le disculpas, y eso significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco...

—Que le hago justicia.

—No, que le amas.

—¡Que le amo! ¡En una hora!...

—En una hora has recibido una impresión de tal género, que no le olvidarás, yo te lo afirmo; que recordándole le amarás... le amarás de seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede decirse que ya le amas.

—No sé, no sé... pero... he causado por mi desdicha una impresión tan profunda en su alma...

—Impresión de que estás orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha hecho bendecir á Dios por la hermosura que te ha concedido.

—No, no—contestó doña Clara con la misma turbación que si la reina hubiera leído en su alma.

—¿Y por qué no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que por ti está en peligro... porque al fin y al cabo ha herido ó muerto á don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traición infame que traerá contra él poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos libertarle. ¿No merece tanto sacrificio que tú le ames?

—Mi amor, señora, sería un tormento para mí, y una desesperación para él.

—El día en que caiga el duque de Lerma, ese joven será tu esposo: te prometo ser tu madrina.

—Más fácil es que el duque de Lerma muera en un patíbulo, lo que por desgracia no deja de ser dificilísimo, que el que yo sea esposa de ese joven.

—¿Y por qué?

—Olvida vuestra majestad que mi padre, tratándose de mi enlace, no prescindirá jamás de su nobleza.

—Ese joven es hidalgo, según he entendido.

—Sí; sí, señora, hidalgo es, pero...

—No importa que sea pobre; es valiente y alentado.

—Sí, es cierto; pero...

—Como valiente y alentado hará fortuna.

—Por mucha que haga...

—Tu padre no es codicioso.

—Pero siempre verá que ese joven es sobrino de Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.

Y doña Clara pronunció la palabra «cocinero mayor» de una manera singular, en que había mucho de repugnancia propia.

—Pero se parece al gran duque de Osuna—insistió sonriendo la reina—, sobre todo cuando se entusiasma.

—Pues peor, señora, peor.

—¡Oh! ¡Peor!

—Sí, por cierto.

—Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy galanteador.

—Pues por eso digo que peor: ¡un bastardo! Ni mi padre ni yo querríamos semejante enlace.

—¿Ni aun interesándome yo por él?

—Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y reverencia la excelsitud del rey.

—¿Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado?

—Yo le desenamoraré.

—¡Ah! Difícil lo veo.

—Le trataré...

—Como tu corazón te deje tratarle...

—He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy bajos; resistiré este también. ¿Cree vuestra majestad que á los veinticuatro años y criada en la corte, no habré tenido ocasión de resistir tentaciones?

—Sí, sí; ya sé que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle... Aunque creo necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti.

—Lo veremos—dijo sonriendo tristemente doña Clara.

—Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta?

—Las doce—dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico reloj de pared.

—¡Oh, las doce!... Ya es hora de que tú descanses y de que yo me recoja; hasta mañana, Clara. Di á la camarera mayor que me recojo.

—Adiós, señora—dijo doña Clara doblando una rodilla y besando la mano á la reina.

Margarita de Austria la alzó y la besó en la frente.

Doña Clara salió, y la reina se quedó murmurando:

—Ve, ve á soñar con tu primer amor. ¡Dichosa tú que amas! ¡Dichosa tú que puedes amar!

Y dos lágrimas asomaron á los ojos de Margarita de Austria, que tuvo buen cuidado de enjugarlas porque se sentían pasos en la cámara.

Se abrió la puerta y apareció la camarera mayor; con ella venían la condesa de Lemos y la joven doña Beatriz de Zúñiga.

La duquesa de Gandía se inclinó profundamente.

—¿Qué os ha sucedido esta noche, mi buena doña Juana?—dijo sonriendo la reina—; creo que me habéis creído perdida y que habéis estado á punto de ofrecer un hallazgo por mi persona.

—¡Ah, señora! Nunca me consolaré de mi torpeza. ¡No pensar que podía vuestra majestad estar recogida en el lecho! ¡Y en qué circunstancias! ¡Cuando su majestad el rey estaba en la cámara!...

—¡Ah! ¡Su majestad!... ¿Y qué mandaba su majestad?

—Me mandaba que le anunciara á vuestra majestad.

—¡Ah! ¿Y ese mandato os causó tanto miedo, que os obscureció la vista y no reparásteis en mí?

—¡Señora!

—¿Y sin duda dijísteis á vuestra majestad que me había perdido?

Nunca la reina había hablado de tal manera á la duquesa de Gandía; y era que la buena aventura de aquella noche le había dado valor, que se creía de una manera tangible protegida por Dios y se sentía fuerte.

La duquesa de Gandía, que había anunciado con mala intención á la reina que el rey había querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y frío por Margarita de Austria, se turbó.

No estaba acostumbrada á tanto...

—Yo, señora—dijo—, dí al rey la excusa de que vuestra majestad estaba acompañada.

—Retiráos, señoras—dijo la reina á la de Lemos y á doña Beatriz de Zúñiga—; vuestro servicio ha concluído, no me recojo.

Las dos jóvenes se inclinaron.

La duquesa de Gandía quedó temblando ante Margarita de Austria.

—Debísteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi cuarto; ¿dónde había de estar, duquesa de Gandía, la reina, sino en palacio y en el lugar que la corresponde...?

—¡Señora!

—Y sin duda, como servís en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habréis avisado de que yo me habría perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dísteis conmigo durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza.

—¿Vuestra majestad me despide de su servicio?—dijo, sobreponiendo su orgullo á su turbación, la camarera mayor.

—Creo, Dios me perdone, que os atrevéis á reconvenirme porque os reprendo.

—Yo... señora...

—Me he cansado ya de sufrir, y empiezo á mandar. Continuaréis en mi servicio, pero para obedecerme, ¿lo entendéis?

—Señora... mi lealtad...

—Probadla; id y anunciad á su majestad... vos... vos misma en persona, que le espero.

—Perdóneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar á palacio y está en estos momentos despachando con el rey.

—Os engañáis, mi buena duquesa—dijo Felipe III abriendo la puerta secreta del dormitorio y asomando la cabeza—; vuestro amigo el duque de Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido.

Y franqueando enteramente la puerta, adelantó en el dormitorio.

La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la tierra. Era orgullosa, se veía burlada en su cualidad de cancerbera de la reina, y se veía obligada á tragarse su orgullo.

—Retiráos, doña Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su majestad. Que vuelva mañana á la hora del despacho... ó si no... dejadle que espere... acaso tenga que darme cuenta de algo grave... Retiráos... habéis concluído vuestro servicio; la reina se recoge.

La duquesa de Gandía se inclinó profundamente y salió.

Apenas se retiró, la reina salió del dormitorio, y cerró la puerta de su recámara, volviendo otra vez junto al rey.

Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirándose frente á frente.

CAPÍTULO XIII

EL REY Y LA REINA

—¿Qué os he hecho yo para que me miréis de ese modo?—dijo el rey, que pretendía en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial de su esposa.

—Hace cinco meses y once días que no pisáis mi cuarto—dijo la reina.

—Dichoso yo, por quien lleváis tan minuciosa cuenta Margarita—dijo con marcada intención el rey.

—Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos.