11.º Que en todas las ciudades, villas i lugares en donde hubiere el número de judíos que el diocesano tuviere por conveniente, se predique en público tres sermones en tres distintos dias del año, uno en la segunda domínica de adviento, otro en el dia de Pascua de Resurreccion, i el último en la domínica en que se canta el Evangelio Cum apropinquasset Jesus Jerosolymam videns civitatem, flevit super eam. Que se obligue á todos los judíos que tuvieren la edad de doce años en adelante á asistir á estos tres sermones, cuyos asuntos deberán ser demostrarles en el primero la venida al mundo del verdadero Mesías, sirviéndose para ello de los lugares de la Sagrada Escritura i del Talmud que han sido controvertidos en la asamblea de Tortosa: en el segundo hacerles entender los errores, locuras i vanidades que se encierran en el Talmud; i en el tercero la destruccion de la ciudad i del templo de Jerusalem i lo perpetuo de su cautiverio, segun las palabras de Jesucristo i de los santos Profetas. Al fin de cada sermon se les leerá esta bula para que al ir contra ella no pequen de ignorantes.»
Despues de la famosa disputa entre Gerónimo de Santa Fe i los mas doctos rabís de las aljamas de España, convirtiéronse muchos judíos á la fe de Cristo: en Zaragoza, Calatayud i Alcañiz mas de doscientos: en Daroca, Fraga i Barbastro, unas ciento i veinte familias: en Caspe i Maella quinientas personas: i á mas todos los naturales de las villas de Tamarit i Alcolea[50].
Uno de los que andaba por España converso desde el año de 1390 fue rabí Selomoh Halevi, judío nacido en la ciudad de Burgos. En ella recibió el agua del bautismo i el nombre de Pablo de Santa María. Luego pasó á la universidad de París á estudiar Teología, i tomar él grado de maestro, i así por la fama que todos tenian de sus muchas letras como de sus no vulgares virtudes, logró la dignidad de arcediano de Treviño, de obispo de Cartagena, i despues de Burgos, i á mas la de canciller mayor en los reinos de Leon i de Castilla. Escribió varias obras con propósito de convertir á la fe de Cristo á los judíos i moros, entre las cuales se encuentra una que lleva por título estas palabras: Escrutinio de las Sagradas Escrituras[51].
De esta suerte refiere Esteban de Garibay[52] la vida i hechos de Pablo de Santa María. «Fué mui notable prelado el escelente doctor don Pablo, obispo de Cartagena, que siendo judío no solo de nacion de sus progenitores, mas tambien de profesion, recibió la agua del santo bautismo, dejando el judaismo. Habia tenido este notable prelado antes de su conversion grandes disputas sobre la lei judáica con muchos doctores católicos cuyas razones como para la dureza heredada de sus progenitores no bastasen á la sazón para le sacar del judaismo, sucedió que un dia un doctor no queriendo contender por disputa sino por escrituras, le dió el tratado que el glorioso Santo Tomás de Aquino escribió doctisimamente llamado De legibus, donde admirablemente disputa el santo doctor contra la lei de los judíos. Esta obra leyó con diligencia i atencion grande don Pablo, el cual, hallando en ella muchos secretos del judaismo, que aun él mesmo con ser el rabí de mas letras que en estos reinos había, los ignoraba, fué alumbrado del Espíritu Santo, diciendo en su corazon que sin duda la lei de los cristianos era la de la salvación del mundo. Despues ido al Pontífice romano, i siendo de él persuadido, vino á decir i confesar públicamente, que (pues este santisimo doctor con saber de la lei judáica mayores secretos que el mesmo don Pablo, profesaba la lei evangélica de Jesucristo) era la verdadera lei i carrera de la salvacion la de los cristianos; i así recibió el santo bautismo renunciando espontáneamente la dureza pasada. Desta manera don Pablo vino á ser cristiano por la doctrina de Santo Tomás.»
»Despues este célebre varon con el discurso del tiempo vino meritisimamente á ser obispo de Cartagena, i de allí pasó al obispado de Burgos: de la cual ciudad tenia él mesmo su naturaleza. Fué escelente prelado, grande filósofo i teólogo, i singular predicador i de gran consejo i maravilloso silencio i prudencia. Escribió muchas obras en especial el libro que se llama Escrutinio de las Escrituras, que es de grande volúmen, i las adiciones á la Póstula de Nicolao de Lyra sobre la Biblia, i otro tratado de la Cena del Señor, i otro de la generacion de Jesucristo, con otras obras. No solo él mesmo fué grande letrado; pero en tiempo que en el judaismo fué casado, tuvo tres hijos grandes letrados, de los cuales el mas señalado fué don Alfonso de Cartagena, dean de Segovia, que sucediendo en el obispado inmediatamente al padre fué obispo de Burgos i fué el que escribió la Genealogía de los reyes de Castilla i Leon, que algunas veces se ha citado. El otro hijo fué don Gonzalo, obispo de Palencia, prelado de muchas letras i erudicion. El tercero fué Alvar García de Santa María que refieren haber escrito la crónica deste rei don Enrique, la cual basta agora yo no la he visto, i parte de la crónica de su hijo el rei don Juan el segundo. Este notable prelado don Pablo por haber sido obispo de Burgos es llamado entre los teólogos el Burgense: el cual con ser converso, aconsejó al rei don Enrique por causas notables que á ello le debieron mover, que á ningún judío ni converso, no recibiese en el servicio de su casa real, ni en el consejo, ni en otros oficios públicos reales de sus reinos, ni en la administracion del patrimonio real: Cosa notable que con ser de ellos el mesmo sapientisimo prelado, fuese de este parecer contra su nacion.»
Esto dice Estéban de Garibay. Pero no obstante los muchos judíos que se convirtieron á la fe, todavía quedaron los mas en sus erradas opiniones. Los pueblos por otra parte no cesaban de molestarlos, bien fuesen dirigidos en sus hechos por una piedad bárbara i cruel, bien por el deseo de tomarles, contra toda razon, lei i derecho, las haciendas que heredaron de sus mayores i que luego acrecentaron grandemente con el propio trabajo. En el año de 1473 volvieron á turbar el reino con sediciones, encaminadas ahora contra los judíos que se habian cristianado, i encubriendo sus intentos de oprimirlos i robarlos con decir que judaizaban. Don Miguel Lucas, condestable de Castilla, defendió en Jaen á los desdichados hebreos con todas sus fuerzas, i desbarató las turbas amotinadas, del mismo modo que el Sol rompe i deshace las nieblas que le estorban derramar sus rayos sobre la tierra. Irritados los ánimos de la plebe con el mal suceso que habian conseguido sus propósitos, i llenos de hiel i de veneno contra don Miguel Lucas, determinaron darle cruda muerte en venganza de haber embarazado la destruccion de los judíos, que con pieles de ovejas i capas de cristianos, moraban en aquella ciudad; i asi estando el condestable en la iglesia mayor de Jaen oyendo Misa el dia 21 de Marzo del año referido, varios labradores, sin respetar lo sagrado del lugar, ni la dignidad de su persona, le pasaron el pecho con varias puñaladas. Luego que cayó muerto en tierra alzóse el pueblo contra los judios, i comenzó á meter á fuego i á saco algunas de las casas donde moraban los mas principales, i que mas nombre tenian de ricos entre los naturales de aquel reino. Este dañoso ejemplo fué luego imitado por alguna plebe en varias ciudades de Andalucía, tales como Andujar i Córdoba, i á mas en otros lugares, donde, despues de ser fieramente heridos los judios i robados á mas, i de haber sufrido en sus personas i en las de sus mujeres otros insultos de tan bárbara canalla, no recibieron la mas pequeña reparacion en sus agravios; puesto que la justicia se hizo sorda á sus quejas, prefiriendo al castigo de los culpados, dejar abierta la llaga con la impunidad de un ejemplo tan dañoso, i mas llenos de soberbia i mas codiciosos de nuevas riquezas con el cebo de lo robado á los autores de tales delitos. Es cierto tambien que en aquellos calamitosos tiempos del reinado de Enrique IV todo andaba sin concierto; porque el rei estaba sin fuerzas i vigor para mantener en quietud á los pueblos i sujetos a su obediencia.
Aunque estaba vedado á los judíos ejercer el oficio de jueces, todavía en el reinado de Enrique IV eran mantenidos en él algunos de los hombres mas principales, entre los que á pesar de tantas persecuciones i de tantos tumultos populares contra sus personas i haberes, observaban el rito mosáico. En 1474 fué hecho el repartimiento á todas las aljamas del reino por lo que tocaba pagar á cada una en el servicio i medio servicio que rendian anualmente á la corona de Castilla. El repartidor fué un judío llamado Jacob Aben Nuñes, físico de Enrique IV i su juez mayor; i el repartimiento de lo que cada aljama habia de dar es como sigue:
| Las aljamas del obispado de Burgos | 30.800 | mrs | ||
| Las del de Calahorra | 31.100. | |||
| Las del de Palencia | 54.500. | |||
| Las del de Osma | 19.500. | |||
| Las del de Sigüenza | 15.600. | |||
| Las del de Segovia | 19.500. | |||
| Las del de Avila | 39.590. | |||
| Las del de Salamanca i Ciudad Rodrigo | 12.700. | |||
| Las del de Zamora | 9.600. | |||
| Las del de León i Astorga | 31.700. | |||
| Las del arzobispado de Toledo | 64.400. | |||
| Las del obispado de Plasencia | 56.900. | |||
| Las del de Andalucía | 59.800. | |||
| En junto | 451.000. | [53] | ||
De estos cobraba mil por sus derechos el repartidor Jacob Aben Nuñez, i los cuatrocientos i cincuenta mil maravedís restantes pasaban al tesoro de la corona de estos reinos. El cual con las continuas guerras i con las revueltas de los pueblos andaba mui exhausto. España estaba entonces debilitadisima: echado por tierra su comercio, la labranza de los campos bastante frecuentada; pero por la general pobreza sin producir á los labradores buenas rentas, sino mezquinas cantidades. Lástima grande causa ver á un tan poderoso reino, afligido por la mayor pobreza en tiempos del infeliz monarca Enrique IV[54] i reducido al estremo de trocar los hombres sus mercaderías por vilisimos precios.
Los judíos en tanto por temor de la plebe ocultaban sus riquezas, i se presentaban los mas poderosos como de mediana suerte, i los de mediana suerte como misérrimos: por lo cual miraban con sumo desden el comercio, i sus tráficos eran tan solo en cosas de poco valor, i de ningun provecho. I esto hacian recelosos i con razon, de que la fama de sus dineros no trajese sobre ellos nuevas persecuciones i nuevos tumultos de aquella bárbara i codiciosa plebe. A tal punto de miseria redujeron á estos reinos el temor de los judíos i el afan de esconder en las entrañas de la tierra sus haciendas; que por maravilla corrian monedas de oro i plata. Todas estaban encerradas en las arcas de los hebreos; i las que andaban de mano en mano habian sido compradas en las casas de algunos mercaderes cambistas ó banqueros: los cuales ó eran de los judíos convertidos á la fe, ó de cristianos que estaban comerciando con el dinero que para el caso i para partir el lucro, les habian facilitado los judíos aun no venidos á la religion de Cristo[55]. De haberse retraido de traficar los judíos, nació la ruina de todo el comercio que habia antes en los reinos de Castilla. Todas las mercaderías quedaron reducidas al mas mezquino aprecio. La vara del paño de Echillon valia sesenta maravedís, la del de Lombai i Bruselas cincuenta maravedís viejos: la escarlata de Gante, sesenta; i la de Ipre, ciento i diez: i por último, los paños de Montpeller, Bruselas, Lóndres i Valencia, sesenta maravedís viejos.
Todo lo demás andaba en esta forma. El reino sin fuerzas: el comercio sin brazos: la agricultura sin vigor: los judíos riquisimos i sin comunicar con ninguno sus riquezas: el pueblo miserable: la corona sin haberes: ardiendo España en tumultos contra la persona del rei Enrique: alborotados los ánimos con la presente miseria i buscando en la ruina de este monarca la causa i el modo de remediar todos los males que á todos afligian tan pesadamente; los cuales nacieron de los inconsiderados medios de que se sirvieron tan contra razon i justicia los monarcas i pueblos para convertir al cristianismo á los muchos judíos que en estas tierras moraban. Les fué vedado ejercer la medicina i cirugía, tener abiertas sus casas para comerciar con los cristianos, i en fin disponer de sus bienes i personas del modo mas conveniente á sus intereses i al acrecentamiento de sus riquezas. I de estas tan bárbaras disposiciones cogieron los cristianos el amargo fruto durante el infelicisimo reinado de don Enrique IV en Castilla: pues con ellas dejaron los judíos el comercio, que eran los únicos ó los mas que lo frecuentaban i mantenian, i como de esto naciese su destruccion, vino en pos de ella la ruina de la agricultura, quedando el reino sin los dos principales nervios que sustentan el cuerpo de los estados, reducida á la mayor debilidad i á la mayor pobreza.
Comienza el reinado de los reyes Católicos.—Condicion de Fernando V.—Elogio de la reina Isabel.—Primeros inquisidores para castigar á los judíos conversos que judaizaban. Conjuracion de estos en Sevilla.—Castigo de muchos.—Muerte á fuego dada al tesorero de la catedral de Córdoba, Pedro Fernandez de Alcaudete.—Establecimiento de la Inquisicion.—Lo mucho que los judíos ayudaron á los Reyes Católicos para la empresa de Granada.—Decreto para la espulsion de los judíos no convertidos.—Dádivas que ofrecen estos al rei don Fernando para quedarse en España.—Este vencido de ellas quiere revocar el decreto.—Estórbalo la audacia de Torquemada.—Salen los judíos de España i van á los reinos estraños.—Algunas noticias de su varia suerte en ellos.—Examen de los daños que los Reyes Católicos ocasionaron á España con la espulsion de los judíos i con la persecucion á los conversos.—Mala política de estos monarcas vituperada.
Luego que pasó á mejor vida Enrique IV dejando tan postrados los reinos de Castilla i Leon i reducidos á tanta pobreza, quedó en el trono su hermana doña Isabel no obstante la pretension de doña Juana la Beltraneja, hija que era, ó que se decia, del difunto monarca i esposa del rei de Portugal que con poderoso ejército intentó sustentar en campaña los derechos que se atribuia para la gobernacion de estas tierras. Doña Isabel que estaba casada con el principe don Fernando de Aragon, monarca en quien se juntaron luego las coronas de este reino i la de Castilla, logró superar en gran parte la oposicion que el de Portugal hacia á los derechos de su consorte, i así con mas seguridad continuó rigiendo el cetro de tan vasta monarquía.
El rei don Fernando, segun la opinion del grave historiador Antonio de Herrera[56], era de escelentisimo consejo, i si fuera constante en lo que prometia, no se hallára en él cosa reprensible. Otros escritores lo acusan de que en sus acciones no guardaba mas fe á los confederados que la que pedia su propia comodidad. Tambien le atribuyen que se dejaba regir en todas sus acciones por una ambicion insaciable, i por una desmesurada avaricia[57]. Don fray Prudencio Sandoval, obispo de Pamplona, afirma que este rei avia mucho tiempo que echaba de sí á su confesor como á negociante pesado, diciéndole que atendia mas á despachar memoriales que á las cosas de su conciencia[58]. Por último, el famosisimo político Nicolás Maquiavelo, ciudadano i secretario de Florencia, decia que «á Fernando V se puede mirar como á un príncipe nuevo, puesto que de simple rei de un estado pequeño ha llegado á ser por su grande reputacion i gloria el rei de la cristiandad. Apenas subió al trono dirigió sus armas contra el reino de Granada: guerra que fué todo el fundamento de su grandeza; pues divertidos los grandes de Castilla con las batallas no cuidáran de las novedades políticas, i de advertir la autoridad que el rei iba acrecentando cada dia á costa de ellos, manteniendo con los bienes del pueblo i de la iglesia los ejércitos que le iban dando tanto poderío. Para intentar luego empresas todavía mayores, se cubrió mañosamente con la capa de religion, i por un efecto de piedad bárbara i cruel lanzó á los moros de sus estados: rasgo de política verdaderamente deplorable i sin ejemplo[59].» Todos los traductores de las obras de Maquiavelo están conformes en afirmar que á Fernando V aludia este célebre político cuando dijo: «En el dia reina un príncipe, que no me conviene nombrar, de cuya boca no se oyen mas que alabanzas de la paz i de la buena fe; pero si sus obras hubiesen correspondido á sus palabras, mas de una vez hubiera perdido su reputacion i sus estados[60].»
Si al juicio que de Fernando V hace su contemporáneo el primero de los maestros políticos de la ciencia del gobernar despues de Cornelio Tácito, juntamos las malas acciones que este rei ejercitó en daño de los pueblos de España, á que se allega su casamiento en pos de la muerte de su primera esposa doña Isabel con la reina Germana para tener de ella descendencia, i que se quedasen en una corona los reinos de Castilla i Aragon, se verá que no fué tan grande este monarca como algunos, fiándose de escritores dominados por la adulacion i el miedo, han asegurado inconsideradamente i contra toda razon i justicia.
Es indudable sin embargo que en su reinado se hicieron cosas importantes á la felicidad de España; pero no es suya la gloria, sino del saber i virtudes de su primera esposa la reina doña Isabel; matrona ilustre, digna en todo de haber nacido en un siglo donde no imperase en la mayor parte de los hombres el bárbaro fanatismo, enemigo oculto de Dios, de la cultura de los entendimientos i de la felicidad de los mortales.
Habia bajado la reina doña Isabel á Andalucía en Julio de 1477 en compañía del gran cardenal de España don Pedro Gonzalez de Mendoza, arzobispo de Sevilla, en tanto que Fernando se ocupaba en fortificar con la mayor presteza los castillos i las villas que tenian asiento en las fronteras de Portugal. I esto hacia porque aun duraba la guerra con el rei don Alonso, pretendiente de la corona de Castilla por los derechos de su esposa la Beltraneja.
Isabel en esto comenzó á trabajar ahincadamente en el establecimiento de la santa hermandad, que se habia fundado con el solo objeto de purgar de malhechores todas las tierras incultas, que eran el abrigo de estos forajidos. Viendo frai Alonso de Ojeda, prior del convento de frailes dominicos en Sevilla, este celo del bien público, representó á la reina los perjuicios que recibia la religion cristiana del mal vivir de los judíos conversos; i así para su remedio le suplicó porfiadamente i con elocuentes i vivas razones que diese permiso á los frailes de su órden para ser inquisidores del crímen de herejía; privilegio que gozaban los del reino de Aragon, siendo nombrados entre ellos para semejante cargo unas veces derechamente por el Papa, i otras por sus generales ó provinciales. A las instancias de frai Alonso de Ojeda juntáronse las de muchas personas de gran virtud, i en notable dignidad constituidas; i asi se vió obligada Isabel á dictar una providencia bastante á mitigar, si no á destruir, los daños que al aumento de la fe de Cristo ocasionaban los judíos falsamente conversos; pero su ánimo era mui bondadoso é incapaz de determinarse fácilmente á consentir en una tan notoria vejacion de sus vasallos. I por eso redujo todo lo que de ella se solicitaba con tales razones, á encomendar á los sacerdotes, i con especialidad á los frailes domínicos, que predicasen con gran vigor i fe para reducir á la religion cristiana á aquellas gentes que para su mal andaban descarriadas lejos de la luz de la verdad i de lo conveniente á la salvacion de sus almas. El cardenal don Pedro Gomez de Mendoza ordenó un catecismo para que con él fuesen doctrinados, i tambien hizo algunas leyes para castigo de todos cuantos se separasen de lo que enseña el Evangelio.
Pero como despues se descubriese en Sevilla en el año siguiente de 1478 que varios judíos se habian juntado en la noche del Jueves Santo á judaizar, i que habian blasfemado de Jesucristo i de su religion, i fuesen presos i reconciliados por haber dado muestras de arrepentimiento, comenzaron á hacer entonces nuevas i apretadisimas diligencias cerca del Rei Católico con propósito de que se estableciese en estos reinos el tribunal de la Inquisicion segun estaba constituido en Sicilia. I esto era, mas que devocion, codicia de apoderarse de los muchos i grandes bienes que solian tener los mas principales judíos, convertidos á la fe; puesto que segun las ordenanzas del tribunal establecido en Sicilia, la tercia parte de las haciendas embargadas á los herejes para despues confiscarlas, pasaba á los bolsillos de los inquisidores.
De esta suerte se podia robar impunemente; porque estando interesados los jueces en que el acusado apareciese á los ojos del mundo como reo de cuantas herejías habian existido, para hacer presa de la tercera parte de sus bienes, ¿qué rico podia esperar misericordia de unos hombres que esperaban su muerte ó su deshonra para hacer tan sin riesgo una tan linda grangería?
El rei don Fernando que por tantas empresas militares tenia exhaustas de dinero sus arcas, oprimido al pueblo con gabelas, vendida mucha cantidad de la plata que habia en las iglesias, cargados los eclesiásticos con grandes tributos, nuevamente impuestos i por tanto llevados mui pesadamente, fatigados á los seglares con préstamos que nunca esperaba pagar segun andaba de empeñado su real erario, perdidas todas las esperanzas de repararlo, i en fin, su ánimo embarazado con ignorar el modo de salir de las presentes estrecheces, i evitar las por venir en tiempos que tan porfiadas guerras sustentaba con los enemigos de su corona, vió en el establecimiento del tribunal de la Inquisicion el único medio de fenecer el mal estado de las rentas de su corona. I esto fué la cierta causa de haber consentido el rei Fernando en lo que con tantas i tales i tan grandes instancias los frailes domínicos, llevados de su codicia, le habian suplicado. El era uno de los mas grandes políticos de su siglo, i hombre en fin que caminaba á su propósito sin curarse de los medios que para conseguirlo era necesario emplear.
En el mismo año de 1478 hallábanse los Reyes Católicos en Sevilla cuando les vino la nueva de como habia espedido el Papa una bula dando su consentimiento para establecer el tan deseado tribunal de la Inquisicion. Pero la reina, que seguia en todos sus negocios el parecer del sapientisimo cardenal Mendoza, se opuso á los deseos de su esposo, juzgando i con razon, que si males habia por dejar que viviesen en libertad los conversos, sin haber quien los vejase i oprimiese con pretesto de inquirir sus costumbres, palabras i aun pensamientos; mayores desastres habrian de nacer i se habrian de levantar de la codicia de unos jueces deseosos de hallar culpados para enriquecerse con las haciendas de todos los que para su mayor desdicha cayesen en su jurisdiccion. I así para sosegar los ánimos de los que andaban alborotados con la mucha libertad que tenian los judíos, así de los cristianos nuevos como de los contumaces aun de su lei, dispuso en las Córtes celebradas en Toledo el año de 1480 que todos los observantes de la lei de Moisés viviesen apartados de los que guardaban la de Cristo, i que trajesen las señales prevenidas por las antiguas ordenanzas. Por donde se ve que estas providencias de otros reyes habian perdido ya su vigor i entereza. Tambien se dispuso que los judíos no bautizados se retirasen á sus barrios antes de la hora de anochecer, dejando en supsension sus comercios hasta que volviese la luz del dia. I esto prueba clarisimamente que en aquellos tiempos la lei que vedaba á los hebreos hacer logros i grangerias i tratos i contratos con los cristianos, habia de todo punto caducado. Al fin la reina Isabel, aunque su corazon compasivo i lleno de bondad le estorbaba consentir en el establecimiento del bárbaro tribunal, vino á ser vencida de las instancias de su avariento esposo, i de toda la frailería domínica que al cebo del interés andaba desalada, husmeando los nombres de aquellos judíos conversos que mas fama tenian de ricos, i no viendo la hora en que facultados por el rei deberian hacer presa en los haberes de tantos desdichados que para su mal habian nacido en aquel calamitoso siglo.
Nombraron los reyes don Fernando i doña Isabel el año de 1480 para el cargo de inquisidores al maestro frai Miguel de Morillo i al presentado frai Juan San Martin, i para el de asesor al presbítero doctor en cánones Juan Ruiz de Medina. Dióse órden á los electos para que comenzasen á ejercer su oficio en el arzobispado de Sevilla, i en el obispado de Cádiz, donde habia necesidad de su celo para reducir á la fe de Cristo á los judíos conversos en otro tiempo, i ahora separados del camino de la verdad. Recibieron estos jueces cartas de favor espedidas por los Reyes Católicos, para que las justicias de las ciudades i villas los acreditasen i les diesen posadas i alojamientos. La carta para el concejo de Sevilla comenzaba en esta forma:
«Sepades que Nos catando en nuestros reinos i señoríos avia i ay algunos malos cristianos, apóstatas i herejes i confesos: los cuales, no embargante que recibieron el sacramento del baptismo, i fueron baptizados, i tienen nombre de cristianos, se han tornado i convertido i se tornan i convierten á la secta i supersticion i perfidia de los judíos &c. E deseando é queriendo nosotros proveer en ello é por evitar grandes males é daños que se podian recrecer adelante, si lo susodicho no fuere castigado &c. Suplicamos á nuestro mui Santo Padre que cerca dello proveyesse con remedio saludable, i su Santidad á nuestra suplicacion nos otorgó i concedió una facultad para que pudiésemos elegir, i eligiésemos dos ó tres personas calificadas en cierta manera que fuesen inquisidores i procediesen por la facultad apostólica contra los tales infieles i malos cristianos, i contra los favorecedores i receptadores de ellos é los persiguiesen é castigasen quanto de derecho de costumbre los pudiesen pungir i castigar. Por virtud de la dicha facultad á Nos concedida, i aceptándola, usando de ella elegimos é nombramos é diputamos por inquisidores de la dicha infidelidad, y apostasía y herética pravedad á los venerables devotos Padres frai Miguel de Morillo, maestro en Santa Teología, i frai Juan de San Martin, bachiller presentado en Santa Teología, Prior del monasterio de San Pablo de la ciudad de Sevilla de la órden de predicadores &c.»
Para cumplir esta disposicion no bajaron los inquisidores á Sevilla hasta el año de 1481, por varias dificultades que hubo que vencer: las cuales no serian otras que las que suelen levantarse para dar comienzo á cualquiera novedad. La entrada de estos jueces en Sevilla i la conspiracion maquinada por los judíos para destruirlos se leen en un MS. de aquel tiempo i de incierto autor. Por ser mui curiosas las noticias que contiene, no será fuera de razon copiar algunos pasajes, porque con ellos saldrá mas llena de autoridad mi historia. «Luego que entraron en Sevilla los inquisidores é oficiales del Santo Oficio, la ciudad de Sevilla se dividió en bandos sobre el caso: unos por parte de los inquisidores é otros en contra. Lo que causó mas escándalo é maravilla fué que esta opinion tocó á muchos poderosos é personas constituidas en oficios i dignidades que favorecieron la parte mas dañada de esta opinion.
«Tambien se declaró la nobleza é prebendados por la santa fe de Jesucristo, é sus ministros; pues salieron á recibirles fasta una legua é otros fasta Carmona, faciéndoles agasajo é hospedaje é visitándolos á menudo.»
«Fueron luego los inquisidores al cabildo de la Santa Iglesia, donde presentaron é mostraron las bulas é provisiones reales, é luego fallaron á la puerta del cabildo al regimiento en órden que los llevó á su cabildo, por afuera de las gradas é los sentó en su cabildo é los recibió. E luego se juntaron de ambos cabildos, prevendados é regidores, é decretaron procesion general con la clerecía, é órden para el domingo siguiente, la cual se fizo mui solemne, é fué recibida la Inquisicion por el pueblo.»
«En este medio tiempo se juntaron en uno á cabildo Suson, padre de la Susana que llaman la fermosa fembra: Benadeva, padre del canónigo: Abalofia el perfumado que tenia las aduanas en cambio del rey é de la reina: Aleman, poca sangre, el de los muchos fijos Alemanes.... los Adalfes de Triana que aun vivian en el castillo.... Cristóbal Lopez Mondadura á San Salvador, é otros muchos ricos é poderosos que llamaron é vivian en las villas de Utrera i Carmona.
«Estos dijeron entre sí ¿qué os parece como vienen contra nosotros? ¿Nosotros no somos los principales de esta ciudad en tener i en ser bien quistos del pueblo? Fagamos gente. Vos, fulano, tened tantos hombres de los vuestros: é vos, cetano, tened á punto cuantos pudiéredes allegar: é así fueron repartiendo entre las cabezas, armas, gente é dinero é las cosas que pareció necesarias. E si nos vinieren á prender, con la gente é con el pueblo meterémos en bullicio la cosa; é así los matarémos é nos vengarémos de nuestros enemigos. Dijo entonces un judío anciano que estaba allí:—Fijos, la gente bien me parece estar á punto, tal sea mi vida, pero ¡qué! ¿los corazones donde están? Dadme corazones.»
Esta conspiracion fué patente para los inquisidores, los cuales al punto comenzaron á meter en prision á cuantos eran cómplices en ella, i aun á los que no eran cómplices. I en tanto que formaban ellos sus procesos, la naturaleza entera parecia estremecerse al mirar establecido un tribunal tan bárbaro i tan enemigo del linaje humano. Andrés Bernaldez ó Bernal escritor de aquel tiempo i capellan que fué de uno de los inquisidores que luego existieron[61], habla del horroroso temporal que afligió á todas las ciudades de Andalucía. «Fué este año, (dice)»de mil é cuatrocientos é ochenta é uno al escomienzo desde Navidad en adelante de mui muchas aguas é avenidas, de manera que Guadalquivir llevó é echó perder el Copero que habia en él ochenta vecinos é otros muchos lugares de la ribera, é subió la creciente por el almenilla de Sevilla, por la barranca de Coria en lo mas alto que nunca subió, é estuvo tres dias que no descendió é estuvo la cibdad en mucho temor de se perder por agua. En este tiempo tuvo principio tambien una violenta peste que afligió con gran porfía i rigor estas tierras hasta el año de 1488: i en Sevilla murieron mas de quince mil personas é otras tantas en Córdoba é en Xerez é Ecija mas de ocho ó nueve mil personas é ansí de todas las otras villas é lugares.»
De este modo festejaba la naturaleza el establecimiento del Santo Oficio. Las aguas del Guadalquivir por una parte talaban las riberas, llevando consigo las casas, los árboles, las gentes i los ganados, i por otra la peste destruia las ciudades, cortando con la mayor presteza el hilo de muchas vidas. Teniendo tamaños desastres delante de los ojos, comenzaron los mas que bestiales jueces de la Inquisicion á encarcelar i á apercibir los castigos para los que habiéndose bautizado por salvar las vidas i haciendas de la codicia i el odio de la plebe incitada á destruir á los judíos por algunos malos clérigos, ó por frailes avarientos, guardaban aún con todo secreto la lei de Moisés. «Aquellos primeros inquisidores (dice Bernaldez) ficieron facer aquel quemadero en Tablada[62] con aquellos cuatro profetas de yeso, é en mui pocos dias por diversos modos é maneras supieron la verdad de la herética pravedad, é comenzaron á prender hombres i mujeres de los mas culpados é de los mas honrados, é de los veinticuatros é jurados é bachilleres é letrados, é hombres de mucho favor. E comenzaron á sentenciar para quemar en fuego. E sacaron á quemar la primera vez á Tablada seis hombres é mujeres que quemaron. E predicó frai Alonso Hojeda de San Pablo, celoso de la fe de Jesucristo, el que mas procuró en Sevilla esta inquisicion. E dende á pocos dias, quemaron tres de los principales de la cibdad é de los mas ricos: los cuales eran Diego de Suson, que decian que valia lo suyo diez cuentos é era gran rabí, é segun pareció murió como cristiano[63], é el otro era Manuel Sauli é el otro Bartolomé Torralba. E prendieron á Pedro Fernandez Benedeba que era mayordomo de la iglesia de los señores dean é cabildo, que era de los mas principales dellos é tenia en su casa armas para armar cient hombres é á Juan Fernandez Abalasia que habia sido mucho tiempo alcalde de la justicia, é era gran letrado é á otros muchos é mui principales é mui ricos; á los quales tambien quemaron, é nunca les valieron las riquezas. E con esto todos los confesos fueron espantados é habian gran miedo é huian de la cibdad é del arzobispado, é pusiéronles en Sevilla pena que no fuyesen, só pena de muerte; é pusieron guardas á la puerta de la cibdad. E muchos huyeron á las tierras de los señores é á Portugal é á tierra de moros... Agora no quiero mas escrebir las maldades de esta herética pravedad, salvo digo que, pues el fuego está encendido que quemará fasta que halle cabo á lo seco de la leña que será menester arder hasta que sean desgastados é muertos los que judayzaron, que no quede ninguno, é aun sus fijos los que eran de veinte años arriba é si fueran todos de la misma lepra aunque tovieran menos.» Con tan ardiente i tan bruto celo escribia en loor de la Inquisicion el clérigo Andrés Bernaldez. I en tanto que por Sevilla andaban tan poderosos i bravos los jueces de este tribunal, ya en la vecina ciudad de Córdoba habian comenzado á ejecutar grandisimos rigores.
Una de las primeras personas reducidas á cenizas por judaizantes[64] fué Pedro Fernandez de Alcaudete, tesorero de aquella iglesia. El descubrimiento de su delito se cuenta vulgarmente con mil circunstancias milagrosas, tales como decir que al tiempo i cuando se celebraba la procesion del Jueves Santo de 1483 para poner el Santisimo en el monumento de la catedral de Córdoba, observaron algunas gentes que de un zapato del tesorero salia tanta sangre que en ella iba envuelto todo el pie. Parece que varias personas le avisaron esta novedad i que él se turbó en gran manera i no acertó con su mucha turbacion á proferir la mas pequeña palabra. Entonces dieron los canónigos con él en la capilla de San Acacio (llamada desde entonces de la sangre) i despues de descalzarlo hallaron oculta en un zapato la forma sagrada que debiera haber consumido en la general comunion administrada en aquel mismo día. Pero este suceso es de todo punto falso. La prision del tesorero fué consecuencia del proceso i castigo dado á una manceba que tenia en su casa: la cual acusada de judaizante, negó primero, i despues confesó su delito, terminando con declarar que Pedro Fernandez de Alcaudete su concúbito, á pesar de ser dignidad de tesorero de la catedral, i de vivir con apariencias de cristiano tambien observaba la lei de Moisés. Cuando fueron á prender los inquisidores á Alcaudete, resistióse á mano armada con ayuda de sus criados, los cuales dieron muerte al alguacil mayor del Santo Oficio que era quien mas pugnaba por abrirse paso; pero al fin fueron puestos en huida. Los ministros hicieron entonces presa en el tesorero i asegurando su persona, lo llevaron á las cárceles de la Inquisicion á empellones i cintarazos, donde estuvo metido hasta el sábado 28 de Febrero de 1484.
En este dia fué sacado á auto público i degradado de las órdenes que tenia i despojado de las vestiduras eclesiásticas, quedando en un sayo de paño: con el cual fué relajado al brazo secular, i condenado á sufrir vivo la pena de ser reducido á cenizas. Entonces le fué puesta una aljuba amarilla con mangas largas, una capilla en forma de capuz rematada en una gran borla de colores, i por último un rótulo que con abultadas letras decia:
«ESTE HA JUDAIZADO.»
I en esta forma i cabalgando en un asno fué llevado al lugar diputado para quemadero, donde se cumplió la sentencia.
Con estos i otros castigos siguió la Inquisicion esparciendo el espanto por Andalucía: de tal manera que las gentes huian á las tierras estrañas, temerosas i con razon de los bestiales é inhumanos hechos cometidos tan sin contradiccion por los jueces del tribunal, llamado Santo. El cronista de los Reyes Católicos Hernan Perez del Pulgar, refiriendo los desastres venidos sobre España con el establecimiento de la Inquisicion, dice lo siguiente:—«Falláronse especialmente en Sevilla é Córdoba i en las cibdades i villas del Andalucia en aquel tiempo cuatro mil casas é mas, dó moraban muchos de los de aquel linaje: los cuales se absentaron de la tierra con sus mujeres é fijos. E como quier que la absencia desta gente despobló gran parte de aquella tierra, é fué notificado á la reina que el trato se disminuia; pero estimando en poco la disminucion de sus rentas, é reputando en mucho la limpieza de sus tierras, decia que todo interés pospuesto, queria alimpiar la tierra de aquel pecado de la herejía; porque entendia que aquello era servicio de Dios é suyo.»
Véase hasta qué punto han llevado nuestros historiadores su adulacion á las personas de los reyes. El sabio Hernan Perez del Pulgar afirma que la Reina Católica no se cuidaba de la destruccion del comercio i de los tratos, ni de sus rentas, con tal de estirpar en sus reinos la mala semilla de los cristianos en el nombre, aunque judíos en el corazon. Es indudable que con el establecimiento del Tribunal Santo comenzó á ser derribado nuevamente el comercio, i aunque por su ruina se menguaban las rentas de la corona por una parte, por otra se triplicaban con los bienes confiscados á tanto número de personas acaudaladas. Solamente los de Diego Suson llegaban á la cantidad de diez cuentos que serian de maravedí. I por eso los miserables judíos huyendo de los inquisidores (ladrones en poblado) se salian de las ciudades para salvar sus personas i haciendas, de la voracidad de aquellos lobos en los reinos estraños[65]. Otros desdichados conversos se fueron á Roma á quejarse del mal proceder de los ministros del Santo Oficio. El Papa Sisto IV despachó entonces un breve en 29 de Enero de 1484[66] á los reyes de España don Fernando i doña Isabel para ponerles delante de los ojos las muchas quejas que habian llegado á Roma contra los primeros jueces de la Inquisicion nombrados en Sevilla porque perseguian á una multitud de personas en todo católicas, porque les daban tormentos con grande crueldad, porque las declaraban herejes para despues de condenarlas á muerte, apoderarse de sus haciendas; i en fin, porque con tan bárbaro modo de enjuiciar, las gentes huian temerosas á los reinos estraños, buscando la salvacion de las vidas. I termina el breve con decir que los inquisidores Morillo i San Martin eran merecedores de un notable castigo i de la pérdida de sus oficios, i que solo por respeto á la autoridad de los Reyes Católicos, no tomaba las providencias necesarias á satisfacer á los muchos agraviados del proceder de tan avarientos i malos jueces.
I como prueba i grande de que era voz i fama pública que al establecer los Reyes Católicos la Inquisicion, no llevaban por objeto el acrecentamiento de la fe, sino reparar con las confiscaciones de los bienes de herejes, lo exhausto del erario, voi á copiar un trozo del breve que el mismo Sisto IV espidió en 23 de Enero de 1483 en respuesta á una carta de la reina Isabel, en donde pedia esta señora que en Roma proveyesen la forma i modo de poner en órden i concierto la Inquisicion para que fuesen mas i mejores los frutos que se cogiesen de la ereccion de este tribunal. Notabilisimas son las siguientes palabras que se leen en el citado documento.
«Parece que dudas si Nos, al ver tu cuidado de castigar con severidad á los pérfidos que fingiéndose cristianos blasfeman de Cristo, lo crucifican con infidelidad judáica, i están pertinaces en su apostasía, pensarémos que lo haces mas por ambicion i codicia de bienes temporales que por celo de la fe i verdad católica ó temor de Dios; pero debes estar cierta de que no hemos tenido ni aun leve sospecha de ello; pues aunque algunas personas han susurrado algunas especies para cubrir las iniquidades de los castigados, no hemos podido creer injusticia tuya ni de tu ilustre consorte, nuestro hijo carisimo. Conocemos vuestra sinceridad, piedad i religion para con Dios. No creemos á todo espíritu; i aunque prestemos oido á las quejas de todos, no por eso les damos crédito.»[67]
Pero en todos tiempos siempre ha andado corrompida la verdad por los historiadores, unas veces siendo guiados de la mayor ignorancia, i otras de la adulacion ó del miedo. ¡Cuánto no han loado el celo católico de Fernando V por esterminar á los judíos que con apariencias de cristianos moraban en sus dominios, como si este monarca hubiese llevado por norte en todas sus acciones el acrecentamiento de la fe! ¡Cuánto no han encarecido el haberse apoderado (tan contra razon i derecho) del reino de Navarra (cismático entonces) poniendo en las nubes esta hazaña del Rei Católico, i derramando la voz de que fué dirigida con solo el propósito de mantener en la Península la unidad de la religion! ¡Oh mezquinos mortales! qué flaco es vuestro entendimiento i cuán fácil para el engaño! Lo que fué obra de la codicia i contra la misma piedad cristiana, anda pregonado por vuestras lenguas como servicio hecho á Dios! Lo que fué ambicion de aumentar señoríos á la corona, es llamado por vosotros celo del aumento de la religion!
Don Diego Hurtado de Mendoza, historiador de la guerra de Granada, hecha por el rei Felipe II contra los moriscos sus rebeldes, i uno de los mas sabios políticos no solo de aquellos tiempos, sino de todos, dice en un memorial dado al emperador Cárlos V[68]: «Claro está que si uno tiene dentro de un señorío ó cerca de él una tierra por la que puede recibir daño aquella provincia, justamente le puede quitar el señor de ella la entrada, i darle la equivalencia en otra parte donde pueda estar sin sospecha. I la mas justa causa que los Reyes Católicos juzgaron para tomar á Navarra, fué el daño que por aquella parte pudiera recibir toda España como hizo el rei de Francia en tomar á Borgoña que es la llave de su reino.... Entre los hombres doctos esto se tuvo entonces por mejor derecho que el de la aprobacion é investidura por el cisma.»
De esta suerte cubria su ambicion i avaricia Fernando V con la capa de la piedad cristiana, i de esta suerte engañaba á mucha parte del mundo. Pero la verdad por mas que quieran ocultarla á los ojos de todos los mortales el interés i la conveniencia de los malos, al fin viene á derramar sus luces i á desvanecer las nieblas de la mentira, aunque haya esta logrado prevalecer mucho tiempo sobre ella, i tenga ciegos los entendimientos humanos, siempre bien hallados en la ignorancia i constantes amigos de las vulgaridades.
Yo estoi persuadido que con este modo de discurrir acerca del rei Fernando V i de los inquisidores, atraigo sobre mí el odio de muchas personas que me acusarán neciamente de mal español, tan solo porque no dejo llevar mi pluma en pos de los errores que hasta ahora han manchado la historia de nuestra patria. Pero pregunto á los que me tachen de mal español porque hablo mal de malos españoles, ¿los míseros judíos que por sus desdichas desde el año 70 de la era cristiana estaban avecindados en estas tierras, no eran españoles tambien como nosotros? El ser de diversa religion que los reyes i la mayor parte del pueblo, les podia quitar la patria? Para que hablemos en favor de ellos, no tienen cuando no el título de españoles, el de hombres, i aun mas que el de hombres i el de españoles, el de desdichados? Cómo, pues, he de loar por acciones cristianas la codicia i los latrocinios? Esto seria canonizar las maldades i atribuir á la doctrina evangélica lo que la doctrina evangélica repugna. Pongan en las nubes escritores guiados por el miedo ó la adulacion aquellas hazañas de los reyes i tiranos de la tierra, dignas de ser sepultadas en el polvo, i aun borradas de la memoria de los hombres. Llamen grande al que con daño de mas de cien mil de sus vasallos dicta providencias encaminadas al aumento de su erario, no mirando en las vidas de los mortales mas que estorbos que se oponen á su riqueza, pero que pueden ser echados por el suelo facilisimamente. Ensalcen á aquellos que por acrecentar sus señoríos arruinan el comercio i la cultura de los campos, empobreciendo con tributos á los mercaderes i labradores, i robando á la tierra los brazos que habian de fertilizarla, para que estos en vez del arado i la azada empuñen la lanza i se empleen en la destruccion de sus hermanos. Digan en fin que son reyes sobremanera cristianos aquellos que contra lo que manda Jesucristo, oprimen á las personas en quienes no ha entrado aun la verdad de la fe, creyendo que los entendimientos de los humanos pueden ser llevados por la violencia á lo que les repugna, i sirviéndose para convencer á sus contrarios, no de la razon que nos distingue de los brutos i feroces animales, sino de la fuerza que es la que con ellos nos iguala. Este modo de predicar el Evangelio, es indigno de hombres que se llaman cristianos; porque á él se opuso Jesucristo. Llevar la religion á los entendimientos de los mortales en la punta de la espada quede para Mahoma, i para los que prediquen falsedades. La verdad no necesita de la fuerza para ser creida, i los que se sirven de violentos medios para entronizarla mas que sus defensores son sus enemigos; porque las ofensas que se hacen con el pretesto de que sea creida, llevan tras sí el odio, el desprecio i el vituperio. Porque ¿cómo han de amar los oprimidos la causa de su opresion? ¿Cómo han de creer las gentes que por el camino de las maldades se puede ir derechamente al del bien? ¿Cómo han de dar crédito á la verdad si se presenta á sus ojos con todas las apariencias de la mentira? Es cierto que Fernando el Católico sacó de poder de moros el reino de Granada: que con su política hizo presa de Navarra: que en su tiempo fueron conquistadas las Islas Canarias, descubiertas en el reinado de Enrique III: que ayudó la empresa de Cristóbal Colon para el descubrimiento del Nuevo Mundo profetizado por Séneca en uno de los coros de su Medea[69]: que incorporó la ciudad de Cádiz i el marquesado de Villena en su corona: que confiscó el condado de Pallas: que restituyó al condado de Barcelona el Rosellon i Cerdania, empeñado por don Juan II de Aragon al rei Luis XI de Francia: que conquistó á Mazalquivir, Oran i Bujía: que defendió de los franceses el reino de Nápoles; pero hai un error, i á mi parecer grande en todos nuestros historiadores al narrar las vidas de los reyes, i es que miden las buenas acciones de ellos i el provecho que con el buen gobierno dieron á sus vasallos por las batallas que vencieron, por las ciudades que ganaron, i por las glorias que en sus empresas militares consiguieron. Glorias son estas en verdad, i dignas de ser loadas; pero no de ocupar en las historias no solo el lugar preferente, sino toda la atencion de los lectores, con minuciosas noticias de las marchas i contramarchas de los ejércitos, del asiento de los cercos i planta de los campos militares, de los asaltos hechos á las ciudades, de las embestidas de los enemigos en campo abierto, ó entre ásperas sierras i montañas, del número de los muertos i heridos, i de otras cosas que molestan los entendimientos por ser tan repetidas i tan enfadosas.
Pero no faltará quien diga que el rei Fernando V no redujo su prudencia al aumento de los estados i dominios, sino que les dió la felicidad i la cultura. Cuán vanos son estos argumentos i cuán fáciles de echar por tierra! como mostraré clarisimamente andando por el discurso de esta historia, porque ahora me llaman los sucesos de la Inquisicion i las persecuciones levantadas contra los judíos conversos.
En el año de 1483 fué exaltado frai Tomás de Torquemada, uno de los jueces inferiores del Santo Oficio, al cargo de inquisidor general en los reinos de Castilla i Aragon: el cual para que se duplicasen las confiscaciones i saliese Fernando V mas ganancioso, dispuso la quema de muchos de sus vasallos. Los hijos i familias de estos quedaban reducidos á la mayor pobreza, pero qué importaba á este monarca la despoblacion i miseria de sus pueblos, si con sus conquistas se aumentaban las tierras de sus dominios, i con las guerras que tenia que sustentar para la conservacion de lo conquistado cargaba á la infeliz España con el peso de muchos tributos: los cuales si la hacian poderosa por las armas en los reinos estraños, en los propios la reducian al estremo de pobreza que mas claramente se vió luego en los últimos años del reinado de Felipe II, i en todos los de sus sucesores Felipe III, Felipe IV, i el necio Cárlos II[70]?
Creó Torquemada para perseguir con doblado rigor á los judíos conversos, cuatro tribunales subalternos: uno en Sevilla, otro en Córdoba, otro en Jaen, i el último en un lugar de la Mancha llamado entonces Villa Real (hoi Ciudad Real). Este último fué trasladado luego á Toledo, ciudad en donde comenzaron los inquisidores á predicar á los conversos, incitando á los que hubiesen persistido en judaizar, que se delatasen al Santo Oficio; porque de esta suerte las penas serian pequeñas: lo que no conseguirian despues si fuesen delatados por otros. Parece que ninguno de los judíos se presentó al tribunal á pedir misericordia i á abjurar de los errores en que habia tornado á caer: antes bien es fama que urdieron una conspiracion con propósito de ocupar en el dia del Corpus las avenidas de las cuatro calles por donde solia caminar la procesion, tomar las puertas de la ciudad i la torre de la catedral, matar á todos los cristianos, i declararse contra la soberanía real, en tanto que no se separase de aquel bárbaro modo de oprimir i robar los pueblos. Pero esta conspiracion fué descubierta por el corregidor en la víspera del Corpus, quien prendió algunos conversos, i á fuerza de tormentos logró inquirir cuanto se habia maquinado por los míseros judíos para castigar á los robadores de sus haciendas, á los destructores de sus casas, á los infamadores de su linaje, i á los opresores de sus personas i entendimientos. Sabido esto, ordenó el corregidor que á la hora de la procesion, para escarmiento de los mas, fuese ahorcado uno de los reos, i al dia siguiente sufrieron igual pena el bachiller Latorre (uno de los cabezas de la conjuracion) i otros cuatro conversos. I como el número de los culpados era grandisimo i por tanto imposible para el castigo; porque cómo se iba á condenar á muerte á la mayor parte de los habitadores de una ciudad, sin llevar tras sí su despoblacion i otros males?... determinaron los inquisidores con harto dolor de su mucha codicia reducir las penas á multas pecuniarias i no á confiscacion total de bienes. Pero al fin sacaron grandes sumas de dinero que el rei Fernando V recibió con sumo placer i contento, porque ellas eran bastantes á sustentar por algun tiempo sus ejércitos.
En esta sazon llamaron los señores del Santo Oficio á los rabís de la sinagoga de Toledo, para que jurasen en su presencia i segun el rito mosáico que delatarian al tribunal á cuantos judíos conversos hubieren persistido obstinadamente en judaizar, i además los conminaron con graves penas, i aun con la de muerte si faltaban á su juramento. Fuera de esto les mandaron poner en sus sinagogas unos grandes cedulones DE ESCOMUNION al uso de los observantes de la lei de Moisés, fulminada contra todos los judíos que sabiendo los nombres de aquellos convertidos en otro tiempo que ahora andaban desviados de la religion cristiana, no los delatasen al santo i piadoso tribunal. Tan grande era el afan de escomulgar en los inquisidores, que querian que los mismos judíos se escomulgasen unos á otros.
Con esto se aumentaron el número de los acusados, de los presos, de los reducidos á cenizas, i en fin, de los robados. Andrés Bernaldez, testigo de todas estas fechorías, i amigo de los jueces de la Inquisicion, dice que «desde el año de 88 quemaron mas de setecientas personas los inquisidores de Sevilla, i reconciliaron mas de cinco mil, é echaron en cárceles perpétuas que ovo tales que estuvieron en ellas cuatro ó cinco años ó mas, é sacáronles é echáronles cruces en unos sambenitos colorados atrás é adelante; é ansí anduvieron mucho tiempo; é despues se las quitaron porque no creciese el disfame de la tierra viendo aquello.» Hernan Perez del Pulgar dice en su Crónica de los reyes Católicos que «destos (judaizantes) fueron quemados en diversas veces i en algunas ciudades é villas fasta dos mil é otros fueron condenados á cárcel perpétua.»
I no satisfecha la codicia de los Inquisidores i del rei Fernando con tanto número de confiscaciones hechas en las haciendas de los herejes, discurrieron otro arbitrio para aumentarlas, i fué disponer que contra ciertos judíos conversos i mui ricos, los cuales habian para su bien pasado á mejor vida, se instruyese proceso, i como era natural, de él resultaban culpados; de aquí nació acrecentarse el real erario, i cobrar mas aficion los inquisidores á hacer semejantes presas. El mismo Hernan Perez del Pulgar escribe que «destos (judaizantes difuntos) fué hallado gran número, cuyos bienes i heredamientos fueron tomados é aplicados al fisco del rei é de la reina.»
La avaricia de Fernando V ni aun respetaba á los muertos. Hacíalos desenterrar i ser convertidos en cenizas á impulsos de la voracidad de las hogueras, i al mismo tiempo los hijos i herederos de los difuntos eran despojados de las haciendas que justamente i por la lei habian adquirido, i se veian reducidos en un punto á la mayor pobreza. Esto obraba aquel rei tan celebrado en nuestras historias por hombres aduladores, neciamente engañados ó cobardes. En las confiscaciones estribaba todo el gran celo por el acrecentamiento de la religion cristiana en sus tierras i señoríos: en las confiscaciones aquel deseo de mantener en sus estados la unidad religiosa, accion que tanto nos han cacareado sus panegiristas. Es cierto que las aplicaba á conquistar otras tierras; pero empobreciendo las suyas: i es cierto tambien que fué quien abrió la puerta á sus sucesores para que con la ruina del comercio i de la labranza en España, llevase á los reinos estraños la fama del valor español; el cual, como solo se ejercitó en su daño, i solo en guerras injustisimas, no consiguió mas que la admiracion i la envidia de los vencidos i opresos, i el hacerse entonces aborrecidisimo en todas las provincias del orbe que sintieron el yugo de sus armas, i el tiránico gobierno de sus reyes.
En el año de 1485, ofendidos muchos judaizantes de las disposiciones que contra ellos tomaba Pedro de Arbues (inquisidor entonces i hoi santo) determinaron darle muerte; la cual recibió estando de rodillas en la Iglesia Metropolitana del Salvador en Zaragoza á la hora de maitines, mientras que los demás canónigos rezaban en el coro. Pedro de Arbues iba armado, debajo del vestido, con una cota de malla, i llevaba para defensa de la cabeza un casquete ó cerbellera de hierro, oculto con un gorro sobrepuesto, por donde se ve que el santo iba prevenido para un lance semejante, aunque no le aprovechó en manera alguna ir tan armado i á punto de guerra. Amotináronse los cristianos viejos contra los judíos conversos, prendiéronse á varios, de estos, hiciéronse algunos autos de fe donde salieron á ser quemados vivos los muchos cómplices que hubo en la muerte del Santo inquisidor. I con las riquezas confiscadas á los castigados aumentóse nuevamente el real erario. Hernan Perez del Pulgar hablando de ellos decia: «E fueron aplicados todos sus bienes, para la cámara del rei é de la reina: los cuales fueron en gran cantidad.»
Cualquiera imaginara que con tantas confiscaciones que se llevan referidas, estarian poderosisimos los dos Católicos esposos; pero bien es que sepa que en imaginar tal cosa camina separado de la verdad cien millones de leguas de camino.
Los reyes don Fernando é Isabel, á pesar de la escelente negociacion que hacian por mano de los inquisidores, estaban reducidos á la mayor pobreza. I esto consistia en que encontraron el reino con grandisima miseria, i que ellos en vez de repararla, ocupados en las conquistas gastaban lo poco suyo, i á mas lo mucho ajeno que sacaban de los judíos conversos, castigados por el tribunal que componian los lobos i demás bestias feroces i carniceras que andaban por el mundo encubiertos con las apariencias de hombres.
Para mostrar lo que gastaron los Reyes Católicos en la guerra de Granada, voi á citar lo que acaeció en el cerco de Baza, i la forma que tuvo la reina para mantener todo el campo cristiano, segun se lee en Hernan Perez del Pulgar, pues aunque no soi mui amigo de ingerir en las historias en que pongo la pluma, muchas citas de pasajes de autores antiguos, con todo no será fuera de razon trasladar aquí algunos, porque con ellos correrá lleno de mas autoridad este mi trabajo, i hará enmudecer á los incrédulos con la relacion de muchas verdades que á ir desnudas en la sola narracion andarian en duda á riesgo de no ser acreditadas. Dice, pues, Perez del Pulgar en su citada Crónica de los Reyes Católicos, hablando del cerco de Baza: «E porque ningun mercader se movia á llevar mantenimientos para los vender por su interese propio, por las dificultades é pérdidas que habia en los llevar, la reina á fin de tener bastecida su hueste mandó alquilar catorce mil bestias. Otrosí, mandó comprar el trigo é cebada que se pudo haber en todas las cibdades é villas é lugares del Andalucía, i en las tierras de los maestrazgos de Santiago é Calatrava, é del priorazgo de San Juan fasta Cibdad-Real; é dió cargo á unos que lo recibiesen é á otros que los llevasen á los molinos, solicitando las moliendas.... lo cual (la cebada i harina) recibian oficiales puestos por la reina, é lo ponian en un lugar que se llamaba el alhóndiga. E aquellos que lo recibian, tenian cargo de lo vender á los de la hueste á un precio tasado, que ni bajaba ni subia mas. En esta negociacion, contado el precio que costaba el trigo é la cebada i el precio á como se vendia, i las costas que sobre ello se facian, se falló de pérdida en tiempo de seis meses, mas de cuarenta cuentos de maravedís. Pero allende de los otros gastos que se facian, convenia á la reina facer este gasto, á fin que las gentes del real estoviesen proveidas é no oviesen razon de se quejar de los mantenimientos. Otrosí, porque el cerco que se puso sobre esta cibdad se dilataba i el tiempo avia consumido gran suma de dineros que la reina al principio tenia, ansi de la cruzada como del subsidio é de sus rentas para sostener esta guerra, acordó de echar prestido en todos sus reinos. E luego embió sus cartas á todas las cibdades e villas para que le prestasen cierta suma de maravedís, según el repartimiento que á cada uno cupo. Allende de esto, escribió á perlados é caballeros é dueños é mercaderes é otras personas singulares que le prestasen lo que le podiesen prestar. E todos conociendo que la reina tenia cuidado de pagar bien estos prestidos, le prestaban cada uno lo que podia segun su facultad. E algunos caballeros é dueños é otras personas, conociendo la necesidad en que estaba, é veyendo en que lo gastaba, se movian de su voluntad á le prestar algunas sumas de oro é plata sin se lo demandar. E porque estos prestidos que podian ser en número de cien cuentos, no bastaban á los gastos continos que se recrecian en la guerra, acordó vender alguna cantidad de maravedís de sus rentas para que los oviesen por juro de heredad cualesquier personas que los querian comprar, dando diez mil maravedís por un millar. E destos maravedís que á este precio compraron muchas personas de sus reinos, les mandaba dar sus privilegios para que fuesen situados en cualesquier rentas de las cibdades, villas é lugares de sus reinos, para que los oviesen é llevasen todos los años fasta que les mandasen volver las quantías de maravedís que por ellos dieron. E este empeñamiento de rentas se ovieron asaz quantías de maravedís; pero porque todo este dinero se consumia é no bastaba á los grandes gastos del sueldo contino é otras cosas concernientes á la guerra, la reina envió todas sus joyas de oro é plata, é joyeles é perlas é piedras á las cibdades de Valencia é Barcelona, á las empeñar, é se empeñaron por grande suma de maravedís.»
I así como cada vez se empeñaba mas la guerra de Granada, mayores eran los gastos que tenian los Reyes Católicos, i menos las fuentes de donde sacarlos; i por eso, oprimidos de la necesidad determinaron acudir á muchos de los judíos no convertidos que mas famosos eran por sus riquezas, para que les hiciesen grandes préstamos pagaderos cuando se rindiese Granada. Así consta de muchos historiadores.
Luego que los Reyes ganaron esta ciudad en 2 de Enero de 1492, se vieron en el caso de pagar lo que habian ofrecido á los judíos sus acreedores; pero lo exhausto del erario les estorbaba desempeñar sus palabras, porque eran grandisimas las cantidades de dinero que habian consumido en una guerra tan larga i de curso tan vario i tan estraño, i las rentas menguaban de dia en dia; i andando en este apuro discurrió Fernando V el medio mejor de acabar con la deuda, que fué dar una cédula en 31 de Marzo de 1492 para que los judíos todos que habitaban por las aljamas de sus reinos se cristianasen en el término de cuatro meses, ó que saliesen espulsos del reino.
«Sepades (decian los Reyes Católicos) é saber debedes que porque Nos fuimos informados que hai en nuestros reinos é avia algunos malos cristianos, en las Córtes que fecimos en la ciudad de Toledo en el año pasado de 1480 mandamos apartar los judíos en todas las ciudades, villas é lugares de los nuestros reinos i señoríos, é dándoles juderías é logares apartados en que viviesen en su pecado, é que en su apartamiento se remorderian; é otrosi, ovimos procurado é dado órden, como se ficiese Inquisicion, en los nuestros reinos é señoríos: la cual como sabeis há mas de doce años que se ha fecho é face é por ella se han fallado muchos culpantes, segun es notorio é segun somos informados de los muchos inquisidores é de otras muchas personas religiosas, eclesiásticas é seglares, é consta é paresce ser tanto el daño que á los cristianos se sigue i ha seguido de la participacion, conversacion i comunicacion que han tenido é tienen con los judíos, los cuales se precian que procuran de subvertir de nuestra Santa Fe Católica &c. E porque los dichos judíos é judías puedan, durante el dicho tiempo fasta en fin del dicho mes de Julio, dar mejor disposicion de sí é de sus bienes é hacienda, por la presente los tomamos é recibimos só el seguro é amparo é defendimiento real é los aseguramos á ellos é á sus bienes para que durante el dicho tiempo fasta el dicho dia fin del dicho mes de Julio puedan andar é estén segaros é puedan vender i trocar i enajenar todos los muebles é raices, é disponer libremente á su voluntad é que durante el dicho tiempo, no les sea fecho mal, nin daño, nin desaguisado alguno en sus personas, ni en sus bienes contra justicia, só las penas en que incurren los que quebrantan nuestro seguro real. E asimesmo damos licencia é facultad á los dichos judíos é judías que puedan sacar fuera de todos los dichos nuestros reinos é señoríos sus bienes é faciendas por mar é por tierra, en tanto que no sean oro nin plata, nin moneda amonedada, ni las otras cosas vedadas por las leyes de nuestros reinos, salvo mercadurías que non sean cosas vedadas ó encobiertas.»
I en prueba de que el rei don Fernando V no se dejó llevar al disponer la cédula para la espulsion de los judíos, de mas propósito que el interés, bien quedándose con el dinero que no podia pagar á tantos i tan grandes acreedores, bien obligando á muchos de los judíos á convertirse á la fe, para que luego la Inquisicion formase proceso á los mas acaudalados con que todas sus riquezas pasasen al fisco, voi á contar el suceso mas importante para confirmar nuestro parecer, porque él claramente demuestra que Fernando el Católico no miraba en todas sus empresas mas que el triunfo de su ambicion en conquistar tierras i dominios, i de su codicia en buscar dineros para conseguir sus intentos. Los judíos, pues, conociendo al rei, le hicieron la oferta de treinta mil ducados, con tal que revocase él i su esposa la cédula ordenada para su espulsion; i como estuviese ya dispuesto por el sabor del dinero á dejarse vencer de las instancias de los hebreos, i fuese sabido este propósito por el inquisidor Torquemada, valióse este bellaco de la confianza que le daba la autoridad de confesor del rei, para entrar en el aposento suyo, llevando encubierto en sus hábitos la imágen de Cristo crucificado, la cual descubrió diciendo: Júdas vendió una vez al Hijo de Dios por treinta dineros de plata. Vuestras Altezas piensan venderlo segunda vez por treinta mil. Ea, señores, aquí le teneis, venderlo. Así escriben este suceso Posevino en su Aparato sacro, i Luis de Páramo en su Origen de la Inquisicion, autores antiguos i fanáticos: lo cual prueba bien claramente cuanto se engañan aquellos autores que corrompiendo la verdad creen que este suceso es invencion de los estranjeros para manchar la buena fama de los Reyes Católicos, ó por mejor decir, de Fernando V. El mismo Torquemada, orgulloso con haber estorbado los designios de este favorables ya á los desventuradisimos hebreos, dió un furibundo edicto en que vedaba, conminando con los mas fuertes anatemas á los que caminasen en contrario, que ningun cristiano, pasado el plazo señalado en la real cédula, diese alimento ni otra cosa á los judíos que aun no se hubiesen convertido á la fe de Cristo.
Entonces dicen que los judíos españoles escribieron á los de la sinagoga de Constantinopla pidiéndoles parecer i consejo en lo que deberian obrar en tal lance, i que los de Constantinopla les respondieron con la brevedad que el caso requeria, i que consentian las distancias.
He visto varias copias de estos documentos, i cada una de ellas parece ser de distinto autor. Para que el lector se convenza de esta verdad, voi á trasladar aquí dos de cada una.
«Judíos honrados, salud i gracia: Sepades que el rei de España por pregon público nos hace volver cristianos i nos quiere quitar las haciendas i nos quita las vidas, i nos destruye nuestras sinagogas, i nos hace otras vejaciones, las cuales nos tienen confusos é inciertos de lo que debemos hacer. Por la lei de Moisen os rogamos i suplicamos tengais por bien de hacer ayuntamiento é inviarnos con toda brevedad la deliberacion que en ello habeis hecho.—Chamorro, príncipe de los judíos en España.»
«Como hermanos i personas de nuestra lei á quienes igualmente nuestra desventara toca, os damos parte de lo que acá pasa, para saber vuestro parecer é con él determinarnos á lo que hayamos de seguir; i es que el rei de España de poco acá ha dado en hacernos grandes fuerzas é violencias, especialmente nos profana nuestras sinagogas, mata nuestros hijos, toma nuestras haciendas; i lo peor es que manda que dentro de cuatro meses ó seamos cristianos, ó salgamos de sus reinos. Sobre esto en particular nos enviad vuestro parescer en cada cosa, porque este seguirémos: la turbacion que tenemos no nos deja determinar. El alto Dios Adonay sea con todos.»
«Amados hermanos en Moysen: vuestra carta recibimos: en la cual nos significais los trabajos é infortunios que padeceis, de los cuales nos ha cabido tanta parte como á vosotros. El parecer de los grandes sátrapas y rabíes es el siguiente:—A lo que decís que el rey de España os hace volver cristianos, que lo hagais pues no podeis hacer otro. A lo que decís que os manda quitar vuestras haciendas, haced vuestros hijos mercaderes para que les quiten las suyas; y á lo que decís que os quitan la vida, haced vuestros hijos médicos é apotecarios para que les quiten las suyas; y á lo que decís que os destruyen vuestras sinagogas, haced vuestros hijos clérigos para que les profanen y destruyan su religion y templo. A lo que decís que os hacen otras vejaciones, procurad que vuestros hijos entren en oficios de república para que sujetándoles os podais vengar de ellos. Y no salgais de esta órden que os damos, porque por esperiencia vereis que de abatidos vendreis á ser tenidos en algo.—Usuff, principe de los judíos de Constantinopla.»
«Recibimos vuestra carta y cuanto fué posible nos dolió é dió pena vuestro trabajo é desasosiego; y en cuanto toca al parescer que nos pedís, comunicado con los mas sabios rabís y hombres de buen ingenio desta sinagoga, nos paresce que el mejor y postrer remedio con que todo lo acabais es el baptizar los cuerpos, quedando los ánimos firmes, en lo que se debe á nuestra ley, y con esto os podreis vengar de todos los agravios que os han hecho; porque si os han profanado vuestras sinagogas, haced vuestros hijos clérigos y profanareis sus iglesias; si os han matado vuestros padres, haced vuestros hijos médicos y matareis los padres suyos; si os han tomado vuestras haciendas tratantes sois, tratadlos de manera que presto sean vuestras las suyas; y haciendo esto vengareis lo hecho y por hacer.—El alto Dios Adonay sea con vosotros.»
Pero estos documentos son del todo apócrifos, i su verdadero autor fué el cardenal Siliceo, arzobispo de Toledo, que los publicó como sacados del archivo de aquella iglesia con propósito asi de difundir la noticia de que muchos judíos se habian convertido en clérigos para vivir mas seguros de la Inquisicion, como de conseguir de la corte de Roma el estatuto de limpieza para los que tuvieren prebendas ó beneficios en aquella diócesis. Entonces se esparcieron por España las cartas apócrifas de las que se ha hablado en el libro 1.º de la presente historia en contraposicion de las fingidas por el cardenal Siliceo. De modo que esto fué una guerra hecha con papeles. El cardenal decia que deberian desterrarse de las prebendas, beneficios i dignidades de la Iglesia de Dios á todos cuantos vinieren de linaje de judíos, porque la mayor parte de los que quedaron en España despues de la espulsion, tomaron aquellos cargos que mas les convenían segun los consejos de los rabís de Constantinopla. Los convertidos verdaderamente á la fe, decian que deberian ellos ser admitidos en tales dignidades, puesto que sus ascendientes contradijeron la muerte de Jesucristo, fundando su parecer en aquella carta atribuida á la sinagoga de Toledo. Ser el cardenal Siliceo quien mas apretaba para el estatuto de limpieza en la metrópoli de esta ciudad, i ser la carta atribuida á los judíos que no consintieron en la muerte del Salvador del mundo, escrita por los judíos de la sinagoga toledana, la cual era nada menos que cabeza i primada de las Españas, de la misma suerte que hoi lo es aquella iglesia, me hace sospechar que todos estos documentos así de una parte como de otra son forjados cada cual con el propósito de desvanecer los argumentos de sus contrarios.
Los judíos, visto que no tenian mas arbitrio que cristianarse ó que salir de España ó morir, comenzaron á vender todos sus bienes; i como el plazo concedido para ello era tan corto (pues hasta en él habia pensado Fernando V) tuvieron que malbaratar sus haciendas i darlas por aquello que los cristianos les querian dar, i así, segun Bernaldez, daban una casa por un asno é una viña por poco paño é lienzo.
En el mes de Julio de 1492 salieron de España por Benavente para Braganza de Portugal, tres mil i mas personas: por Zamora para Miranda de Portugal, treinta mil: por Ciudad-Rodrigo para el Villar de Portugal, treinta i cinco mil: por Alcántara para Marban de Portugal, quince mil: por Badajoz para Yelves de Portugal, diez mil: de forma que de Castilla sola salieron para Portugal, noventa mil judíos. De la Rioja para la Navarra, fueron dos mil i aun mas. De las Vizcayas para el puerto de Laredo, trescientas familias, las cuales se embarcaron para Ultramar. De las Andalucías i territorio del maestrazgo de Santiago por Cádiz, ocho mil i mas hebreos. I en fin, así de lo demás de España. Bernaldez afirma que por narracion de un rabino á quien él cristianó supo que pasaban de ciento sesenta mil los judíos espulsos. Zurita aumenta el número hasta cuatrocientos mil: i Juan de Mariana escribe que fueron ochocientos mil. Por último, Pedro de Abarca[71] dice que solas las familias fueron ciento sesenta mil.