Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí adquiriendo fuerzas, desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era más que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad apaga el valor y enciende el espíritu.

Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quizá no las entiende bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas vulgares; pero la humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida», «muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así vamos, apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo sugirió la lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas horas, un verdadero estado de gracia.

Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si yo llego a morirme. Su respuesta fué muda, pero elocuente. Nada espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte, pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.

Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna. Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas. Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más estrecho y apretado abrazo.—Marianela.

LAS INQUIETUDES DE PETRONA

Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho, mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla.

Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es digna de un sitio preferente en el santoral.

La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que, entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la ganadería. Hace tiempo escribió una memoria—resumen de otras varias escritas en otros países—sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos, por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.

Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.

Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado; declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y planimetrías en los desiertos.

—¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada?

—Nada.

—Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo, sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica, es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos para hacerles partícipes de su íntima satisfacción.

—Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas.

—Cuando a mí me nombraron presidenta de las «Hermanas de Santa Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin. ¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo.

—¿Crées que lo celebran?

—Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte—¡qué quieres, Marianela de mi alma!—no me explico ese silencio, ni esa reclusión, sin dejarse ver de nadie.

—¿Y qué te importa?

—Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que se puede hacer con la tierra.

—Excepto adquirirla....

—Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.

—¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.

—Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy politiquera—la mujer en su casita—; pero, claro, he tratado de explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de Europa. ¿Qué más dará?

—No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar carne que maíz.

—¡Ah!...

—El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.

—Pero si se lo come, ya no hay maíz.

—Pero queda el chancho.

—Es verdad. ¡Que tonta soy!

—Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...

—Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin... nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio. Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré, supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué. Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.

—El amor es un cristal de aumento.

—Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no tenía derecho Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país necesita de usted»—le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es siempre el mismo hombre de acero.

—El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...

—Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...

—Creo que exageras, Petrona.

—Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin, hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.

—Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.

—Es lo que digo yo.

—Y todo el mundo...

—Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...

—¿Tú crées?...

—¿Y cómo no?...

—¿No están seguros?...

—¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo. ¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?

—¿No tienen posición tus yernos?

—Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá, en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones. ¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano, después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis yernos son buenos y las muchachas lo mismo—ya sabes lo bien que las he educado—pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos, incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona». Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos cuando los demás, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse, aunque haya que clavar a medio mundo...

—No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.

—Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz, ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy.

Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.

—Todo se arreglará—repito, por vía de consuelo.

—Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.

PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION

Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente, victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue resistiendo con toda lozanía la condenación general.

La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos, y la vida sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues, en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social. La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía, más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa memoria.

La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros defectos. Con tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos. De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...

El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no saben que todos murmuran de todos.

Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo son sus ímpetus de malicia, le perdono».

He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se convierte, a su vez, en murmurador.

La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades: hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los demás, se crucifica a sí mismo.

Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica estética dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la murmuración de sus hijos por los siglos inacabables.

LOS SECRETOS

El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines» y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774, leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo a todo el mundo».

En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el secreto de la propagación de los secretos.

¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas, de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza, esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien: para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues, los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito. Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su propio secreto.

La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también «reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra memoria se aligerasen, como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida interior. Respiramos...

Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo. Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto, conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible. Cada historiador, con unas cuantas verdades—si acaso las halla—arma su cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno—no recuerda cuál—que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la historia moderna.

Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro: los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto a voces.

Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada instante. La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto. Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso.

Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona. Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos», contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna, perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el secreto de su vida.

En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La política no da más que disgustos... cuando se cultiva desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto, llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería, puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta, he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.

Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida organización. Y nada más sólido que don Eleuterio.

El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que, alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no saber nada.

Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga. Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.

LA DESVENTURA DE LUISA

Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra «haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas de Luisa.

—¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!

—¿Tanto, tanto?

—¡Mucho, mucho!

—Pues ¿qué te pasa?

—Que Daniel me abandona.

—¡Cómo! ¿Qué dices?

—Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los hombres!...

—Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al cual se debe nada menos que la vida del universo.

—Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te digo es que yo soy muy desgraciada.

—¿Por qué?

—Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en casa—muy pocas—yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi siempre se marcha.

—¿Y a dónde va?

—Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me mortifica y me desespera.

—¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey? ¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los maridos distraídos en devaneos.

—Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo, viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías—porque, eso sí, es de lo más galante—pero, hijita, se queda allí.

—Entonces, tus celos...

—Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?

—No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le querrías tanto. Un marido un poquitín calavera—un poquito nada más ¿eh?—es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los santos—suponiendo que los haya—no están bien más que en el cielo. Aquí, en la tierra, los calaveras—claro, con medida—son más amados que los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.

Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y traduce así mis argumentos:

—Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...

—No he dicho zonzo; he dicho ángel.

—Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...

—Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.

—La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar me regaló el día de mi santo.

Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel no es bueno—agrega—porque me abandona».

—¡Magnífico collar!—exclamo.—La mayor parte de los hombres son más capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no quiero meterme.

—Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo. Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le intereso!

—No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!

—O le interesa más el Jockey.

—Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya mejor tiene que ser obra tuya.

—¿Y cómo?

—Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hípico. ¿Te enojas mucho cuando llega tarde?

—¿Y cómo no he de enojarme?

—Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo, en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás, Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se quiere mucho se transige mucho.

—¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no transijo, ¡no transijo y no transijo!

—Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.

—Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego, ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.

—Tienes que disputárselo al Jockey.

—Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.

—¿Y se lo dijiste luego a él?

—Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas todos los caballos de carreras!...

Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita, que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.

DESAVENENCIA TRASCENDENTAL

Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mi marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que, procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de mi casa, de mis amigas y del centro social en que—por dicha mía—me ha tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.

Jorge, mi marido—lo diré una vez más,—es un hombre adorable. Toda palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi marido.

La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de rulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia transitoria.

Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar, resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras. De pronto dijo mi marido:

—Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.

—No lo creo—respondí.

—¿No lo crees, o no lo quieres?

—Ni lo creo ni lo quiero.

—Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.

—No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos, lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos. Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.

—No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de hombre, no deseas que nuestro hijo se me parezca.

En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor inefable.

—Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes. Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela, no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma, ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras, se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del espíritu que en el ámbito azul las mueve.

Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia natural.

—Pero hablábamos—me dice—del orden moral.

—Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.

—Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?

—Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima personalidad.

—¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más felices?

—Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.

—Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás que se parezca a tí.

—En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...

—No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por tí.

—Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos. ¡Vaya una suerte que espera a la futura!...

Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar. Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.

—Después de todo lo que hemos hablado—dijo Jorge—quién sabe la suerte que le espera en el mundo.

—¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi alma!...

LAS REINAS EN LA GUERRA

En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles en tiempos de Luis XIV.

La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el ajedrez—que es el remedo más perfecto de las batallas,—el desastre definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aún perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se acabó de una manera irremediable y definitiva.

Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo de unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el rey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre así en la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos, puede ocurrir—ocurre con frecuencia—que los deseos y simpatías del rey y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza, de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico escritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su círculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas, cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y los anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada la partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría, alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y errores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen pasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes y la Biblia. Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre un pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.)

Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ninguna reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático, resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la reina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de todos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos de carreras.

El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos, ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las cuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido ocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historia aclara algo.

Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores. Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y rusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido túneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le pusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.

Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado una reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimo del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está muy enamorado, la reina hará lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la reina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de creación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha jugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a la majestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura. Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debían atenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme».

La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey sea tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se mete en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo que el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose las pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno con corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su sentencia, ser destronado.

Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútil me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.

Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «las historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infeliz en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que un puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con más frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas veces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, son muy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de los reinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo no entiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En tal sentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resuelto el problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el marido de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave y reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten con más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no por mandato del rey o por antojo de la reina.

En los magnos sucesos históricos, la reina se diferencia del rey por su menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la reina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir: la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halle en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aún no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer que sean mejores ni más sensatas las que aparezcan sobre la tierra en las futuras edades. La reina, más instintiva siempre que el rey, tiene un juicio más exacto de la posteridad.

Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate esta materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicación reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningún monarca ni a ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que en el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta sociedad. El nombre y la opulencia—más aun la opulencia—determinaron que fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar, cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hice muy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestras conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto, de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeño ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...

FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO

El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mi hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes, pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.

La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas en sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía son mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho esta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para lanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos Aires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido de la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espíritu ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la sociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiere andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelas que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo que tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad. Pero, para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su cerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallen cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación, ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa! ¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»

Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo que ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana deseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad porteña. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos salones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido en el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común, para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estaba descontado que la presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en mi casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mi marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere; ¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las costumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez y que es inútil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy bien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por ser muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas. Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad más profunda.

A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muy lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes: Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles merecen párrafo aparte.

Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados, prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, como hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado, con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de colores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas, en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón remangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores se confunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arco iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas. Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañana con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias odoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino apelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de toda idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un coco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar así el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en sus cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendo perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.

Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de los jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentaban un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigo de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»

—«Forfey»—repuso Pedrito.

Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho.

—«Forfey»—me dijo Jorge—es una palabra inglesa para significar que un caballo se ha retirado de la carrera.

—¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estos jóvenes!

En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrina Lucía preguntó:

—¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía?

—No entraron en el marcador—respondió el joven Evaristo.

Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de los más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».

Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante. «Es cache»—dijo Enriquito, que entiende mucho de modas.

Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Los jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significar cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del espíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un espíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Para sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantos caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su cabeza en un ciprés.

No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo, de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la adquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros, prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores aún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hábitos de trabajo, sin capacidad de adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos? Felizmente para ellos, pocos llegarán a octogenarios.

¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estos sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Y así, durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu varonil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante blanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En aquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una inalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» como dicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer?

Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de mi excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria. Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente y muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo afecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo casarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta, al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estos tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata. Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección de mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿por qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y tan ingeniosa?»—«No—me respondió;—no me atrevo, ni me conviene, porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de marisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola, y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».—«Bien hecho—la dije,—no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. No te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muy hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesilla se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.

Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa de aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por serme molestos. No veía la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en nuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos ocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno está debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con la reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas, sobre todo Carmencita, que es la más frívola.

Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a una salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estos tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos de la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréis sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritus luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo, Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán, por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que habéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en espiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vida dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida de una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad, insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»

Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si me harán caso. Lo dudo...