Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar en sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a darme las gracias por haberla invitado.
—¡Qué dices, muchacha!—exclamé—¡las gracias te las debo a tí por haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!
Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.
—No diga usted eso, señora.
—Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.
—Yo también la quiero a usted mu...
La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su congoja lo que no pudieron expresar sus labios.
—Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno, bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?
—¿Por qué los llama usted cipreses?
—¿No te parece bien puesto el nombre?
—Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso, compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demás árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad, su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario, son todos iguales. Visto uno, vistos todos.
—Como ellos.
—Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste, melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el sentimiento del vacío y de la nada.
—Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas, profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos, atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?
—Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo; el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo agradezco a usted...
—Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.
—Lo dice usted por consolarme.
—Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso, me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los 35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay, Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».
Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:
—¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...
—Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.
—¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?
—Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas. ¡Qué galante!...
—¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!—exclamé, riéndome;—ya noté que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.
—Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.
—Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?
—Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró, en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita—agregó con gravedad imponente:—después de haber estado en Longchamps y en Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y, sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede vivir.
—Y Enriquito, ¿qué te dijo?
—¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.
—Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.
—No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje, pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza de detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».
—¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?
—Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos inconvenientes de la conflagración».
—Y con Ernesto, ¿cómo te fué?
—A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted por los radicales?»—«¡Qué esperanza!—me respondió;—no es gente conocida...»
—¿De manera que te aburriste en grande?
—No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.
—Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada como la inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente, le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto, redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.
—Pues hay uno que...
—¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?
—Sí; estaba aquí anoche.
—¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...
—Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré, porque necesito su consejo. Mamá—ya la conoce usted—en siendo rico y persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...
Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y un poco intranquila.
Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo, límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor. Todo es vitalidad, alegría, florescencia.
La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada, inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses», embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países, tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc., estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos países—un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos en su total existencia—narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura, irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia entre el mar Caribe y el río de la Plata.
También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los «clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.
Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas disparadas por arcos a máxima tensión.
Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas, han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos, los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana. Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado, ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.
En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales, de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba, al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho, sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.
Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de «Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos. La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para abrirse camino en las competencias de la política.
Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo, una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado—repuso éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país—; pero a ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted palpita».—«¡Ay, qué gracioso!»—exclamó la muchacha—«¡Es una declaración en toda regla!»—añadieron a coro los del grupo, celebrando aquel rasgo espiritual.—«¡Aceptado! ¡aceptado!»—decía ella, riéndose y siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito obrigado...».
Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»—pregunté a mi marido.
—El Payo.
—¿El payo Roqué?
—El mismo que viste y calza.
—Viste y calza muy bien.
Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo estaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía y aquel garbo propio de los buenos mozos.
Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.
En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar. Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos, es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta forma de rendir homenaje a la mujer.
La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito «Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta «paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar ganará»—repite todo el mundo;—el jaquet y la galera del propietario son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular. ¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante. «¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»
¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el «dato» del jaquet y la galera!...
Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y... cómo les fué?»
—¡Al tacho!—responde mi marido.
Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan inelegante!...»
Mi protegida Inesilla—ya os he hablado varias veces de ella—vino a verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.
—¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a mí me pasan no le pasan a nadie!...
Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.
—¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...
—¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...
—¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?
—Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...
—¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?
—¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!
—¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna desgracia.
—¿Y le parece a usted poca desgracia?—dijo llorando y riendo a un tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna verdaderamente divina.
—No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.
—Sí, ríase usted...
—Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.
—Gracias, gracias.
—Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...
—Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas Carmen y Lucía?
Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba rápida:
—¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me perseguía y que...?
—¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había olvidado, porque creí que era una broma tuya.
—Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.
—Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?
—¿No lo sabe usted?...
—¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses, como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.
—Pues es Carlitos Nuezvana.
—¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...
—La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted que el pobrecito carece de sal en la cabeza.
—Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha. Sigue...
—Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera, porque sus recursos de palabra son muy pobres.
—El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee, no cultiva su espíritu y...
—Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...
—El ciprés.
—Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un honor ofreciéndome su amor.
—Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...
—Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues... claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...
—El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones para ser feliz.
—Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu eran lo mismo, inmóviles.
—Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?
—Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado. Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»
—Y tú... ¿qué le dijiste?
—Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito pensarlo...»
—Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué dijo ante esa filigrana de respuesta?
—Dijo que él no lo había pensado; que...
—¡Claro! ¡qué va a pensar él!...
—Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí asunto de capital importancia».
—¿Y cómo terminó la escena?
—Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle.
—¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?
—Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés. En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado de usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...
—¿Eh?...
—Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé quién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en Callao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo! Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el propio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada por no irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo... Mis hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me ha tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que mi corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua, romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la gran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...
La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...»
—¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no, estamos del otro lado.
—Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos en casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabeza que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría... ¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en todo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por medio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro, con la boda todo se arreglaba.
—¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.
—Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?
—No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés, todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a disgusto.
—Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...
Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.
—¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?
—¡Con toda mi alma!...
—¿Le conozco yo?
—Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...
—¿Mi cuñado?... ¿Raúl?
Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.
—¿Pero él?...
—También él...
—Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado?
—Casi.
—Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad! ¡claridad!...
—Bueno... sí... se me ha declarado.
—Y tú, ¿qué le has respondido?
Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que sí!!...»
Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida, angelito, hermana mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo, con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna! ¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los espacios del cielo!...»
Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé qué nuevos sonidos arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo; con esta misma te casarás tú».
—Sí, sí, ¡ay de mí!—dice tristemente mi dulce hermanita:—antes de llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas, con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!—¡y que no es orgullosa la señora!—; con los pagarés, con las hipotecas, con...
—¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor. Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar. ¡Firmes!...
Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica, el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada, ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen Bautista, vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería orquestal.
La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos nunca en los asuntos de la casa ajena.
Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y «cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.
El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero, aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán, adonde buena falta haría llevar los registros, los libros y todas las cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía, espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.
Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes. Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto para otra oportunidad.
Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o al no pagarlos—porque de todo hay,—al casarse, al reproducirse y al morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos encomiásticos que dicen, no lo que el difunto fué en vida, sino lo que debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que un sauce.
Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.
Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires está corriendo gran peligro la institución bautismal. No es que la gente deje de bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos, Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc.
Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho», «Chocho», «Cacho», «Gogo», «Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby», «El Bebe», «Nenín», «Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El rubio», «El negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto», «Pototo», «Poroto», «Lalo», «El nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En fin... cuento de nunca acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto: «Mangacha», «Mecha», «Mechita», «Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca», «La gringa», «Neneite», «Nenana», «La Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita», «Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota», «Chiveta», «Matesa», «La gata», «Loló», etc., etc.
Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular en gracia a la exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién nacidos a la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares cimientos reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral, hágase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra, pues ello origina una confusión anárquica por la cual se viene abajo todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles han ido metiendo pacientemente la filiación de las personas.
Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeñables para caer en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyéndolos por apodos caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor. No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles Rodríguez, Sócrates González. También se convierten en nombres algunos apellidos célebres. Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez. Las instituciones civiles y eclesiásticas admiten cualquier nombre, fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se le ha puesto el nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua Grecia filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El gringo».
Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos que los nombres. Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del carácter, a una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la denominación correspondiente; porque si el individuo es tímido como un conejo casero, resulta paradógico ponerle el nombre de Napoleón. Pero el bautismo no tiene por objeto calificar con precisión a los nacidos, sino absolverlos del delito de nacer—porque se delinque naciendo—y evitar que, en el caso de nacer y morir simultáneamente, frecuente desventura doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se han estrenado en la vida con ningún acto molesto para los demás.
El mote tiene, pues, cierta lógica cuando caracteriza al individuo. Pero los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas ñoñerías, que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto contenido filológico.
Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón, giróvago fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina Salomé.
La intervención de varias y bondadosas amigas ha influido de modo decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de unos meses de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en secreto entre los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona padece cierto «tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama excelente, perfecta esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas, sino también de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una buena mujer, cosa difícil, porque, según un filósofo (me lo ha dicho mi marido, que lee filosofía) la mujer es un hombre imperfecto.
Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una malhadada croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio. Yo dije que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma, partícula diminuta del universo, pero con derecho opinante—que un grillo es un grillo y se le oye—el hombre señalado para la cartera de Agricultura por todo el mundo, incluídos los grillos, era Eleuterio, el marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maíz, que debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no debe estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el galicismo): mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto en ridículo a un hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola como Eleuterio. Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se entiende como es debido, es porque en ello interviene más la voluntad que el entendimiento. Por lo demás, cabe en lo posible que mi inexperiencia periodística, en vez de un buen servicio, se lo hiciera flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a la candidatura de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre es mucha.
Felizmente, las paces están hechas, aunque haya costado casi tanto como concertar la paz europea. Las paces—díjelo ya otra vez—son más difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón, muy unida a Petrona por su común afición a la política. No menor influencia han tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos chispeantes y graciosas epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Gámpora, dirigidas desde «Los Carpinchos», de donde no se mueve Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a su pastor en la soledad de los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos preceptos de las geórgicas de Virgilio.
Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho, incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas por el viejo Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y de los afectos.
Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno.
Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té en mi casa, principio del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como sólo se trataba de un armisticio, celebrado con infusión de la China, no asistieron más que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión del primer abrazo reconciliatorio.
Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su aspecto, claro está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna vez las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La de Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió el marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral. Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en silencio a las urnas, el doctor Esquilón enmudeció y echó mano de las más desaforadas violencias. Se discute aún si el tiro partió de la comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto, enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabrá nunca la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de versiones contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón, privando al país de una de las laringes mejor organizadas para emitir sonidos articulados que, a veces, parecían conceptos para hacer felices a los pueblos. Todo terminó con una placa de bronce heroico sobre su sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas líneas laudatorias, resistentes a las lluvias, al sol y a la acción corrosiva del tiempo, que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda, quedóse sola, admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado fervor político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el sufragio universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho. Pero, al fin, todo tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica, la vida, páramo a raíz de la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones. Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y hasta ofrece un continente risueño, cierta alegría discreta, disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos de colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le pegó, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas, por otra más experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna simpatía que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo lo dicho: es muy simpática la viuda de Esquilón.
Su gusto por la política dimana del interés que le merecen las luchas de los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento, los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras. Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el juego de las actividades «partidistas», la maña de cada cual para triunfar, el deporte político, en una palabra. La tragedia de su marido parece que fuera un estímulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a un luchador político.
Petrona, por el contrario, tiene de la política un concepto utilitario. Le interesan los políticos, los que mandan o los que estén a punto de mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego político, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver—ya es hora—eso del maíz.
—Hace ya tiempo—digo a Petrona, para halagarla y también por justicia—que Eleuterio debía ser ministro. ¡Un hombre que sabe tanto!...
—¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda atrás, y el que charla, sigue viaje...
—Para nosotras, para las señoras—salta la de Esquilón—la política está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo no sé qué falta, pero algo falta.
—Falta la presidenta—dice Petrona.—elemento necesario, imprescindible, de toda presidencia completa.
—¡Cierto, Petrona!—exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la tersa frente;—ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más triste y más lúgubre que una capilla protestante.
—Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores—apunta Petrona.
—¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy triste—agrega Margarita.—Además, no se necesita mucha plata para que el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos, murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo he dejado ya el luto—las cosas ¡ay! no tienen remedio—es la fiesta que más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!
—¡Ah, Roque...!—exclama Petrona.
—¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!—dice la de Esquilón.—Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las señoras.
—Mi familia por parte de padre—dice Petrona—siempre fue roquista; pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón, «concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»—añadió, dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.
La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como dice Ponson du Terrail».
—Si Eleuterio me hubiera hecho caso—afirma Petrona, siempre atenta al positivismo político—otro gallo nos cantara; pero se fue con los cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en una bandeja de plata.
—En política hay que moverse—dice la de Esquilón—; si no, no se saca nada.
—¡Claro!—asiente Petrona.—Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié; primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey; después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.
—Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las mujeres—afirma con aire sentencioso la de Esquilón.
—Siempre—sostiene con firmeza Petrona.—Pero lo cierto—agrega—es que falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras, aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo, siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos. Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.
—Así debe ser—digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política, deseo congraciarme del todo con Petrona;—así debe ser: el presidente preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.
—Debía ser como las monarquías—agrega la de Esquilón;—que no hay rey sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la gente del pueblo, o la Constitución—no sé bien—exige que se asegure la sucesión de la corona.
—En las monarquías—dice Petrona—todo marcha sobre seguro. En cambio aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible.
La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe, también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas, preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes, según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse. Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias. ¡Eso, eso es política!—termina la joven viuda, asfixiada por la emoción descriptiva».
Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas, de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud monárquica, en una palabra».
—Y menos mal—arguye Petrona—cuando, aunque viejita, hay presidenta. Pero ahora...
—Tampoco la había—me atrevo a insinuar—cuando mandaba don Victorino.
—Cierto—dice la de Esquilón;—pero era distinto que ahora; entonces estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su conversación espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablábamos de política.
—Pues yo—dice Petrona,—cuando quería saber algo de candidaturas ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no soy amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social; pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con Anita y, por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para estar enterada. Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada.
Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al pie de la letra una sesión política tan importante y trascendental. Y hago punto. Sólo agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...
El portero me trae una tarjeta: «Es una señora vie-jita—dice—, y pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.
Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla que tenga la bondad de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella para que me ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.
Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses, respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me proponga que la ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe lo que ocurre.
Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más eminente o empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios como el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición, colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero ostentoso que imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo Palma en sus apologías de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oiría en Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data aún' de más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que siguen casi lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue capitán de una de las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y Aragón en las exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco, creyendo que eran de oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares, corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los diversos virreinatos de la era colonial, advirtiéndose su andariega presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el antiguo español aprendía la geografía andando.
Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y Ebros—descendientes, naturalmente, de los anteriores—alcanzaron tanto o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la independencia y brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana, licenciado en derecho canónico, orador ampuloso y ergotista, figura entre los que proclamaban la necesidad de una restauración monárquica como régimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas, combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.
Hubo también, así en los tiempos antiguos como en los modernos, otros Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras, en cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros, la gloria de misia Melchora asume cierto carácter de guerra civil, familiar y casi doméstica, en la cual los manes heterogéneos libran gran trifulca e histórica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por línea propia y marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia altivez y de un orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna.
Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los Nuezvanas que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros de los Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de sus conquistas, exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de España, viene a ser «la grande» de Buenos Aires.
Pero todos estos timbres valdrían muy poco socialmente en nuestra democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco se apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las casas de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que realizaron la conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que después han valido un dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un Ebro, casi contemporáneo, hombre de matemáticas, educado en Inglaterra, obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de caminos de hierro, que luego cedió a los ingleses por sendas libras esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino, pero hizo el suyo admirablemente.
Las tres ramas—Nuezvana, Ponce y Ebro—fueron poco fecundas y todo vino a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estériles, ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta excelente señora hubo de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas, casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia Melchora es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a quien le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia Melchora, resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de las trincheras europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio.
Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima matrona. Su defecto principal, el orgullo, está, en parte, justicado por su grande y doble abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre de Carlitos, murió) como sus nietos y yernos—sobre todo los yernos—se desviven por complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de la Mirándola. Todo esto ha estropeado un poco el carácter de misia Melchora, haciéndola adquirir una idea desmesurada de sí misma. Por Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras razones, por ser el único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un duque y grande de España y por la propia misia Melchora.
Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco; pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.
—¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!...
—¿La sorprende a usted mi visita?
—Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con su presencia.
—Muchas gracias, Marianela.
—Está usted cada día más joven—la digo, aunque, en realidad, parece una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo.
—No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques, hecha una ruina. Por un lado, los años—¡76, Marianela!—; por otro, los disgustos, que nunca faltan.
—¿Disgustos, usted, misia Melchora?...
—Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo a pedirla que me ayude a resolver el problema.
—Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.
—Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al asunto. Sabe usted, como yo—mejor que yo quizá—que Carlitos, mi nieto, se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho, porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle, al irse, me ha palmeado a mí—ya sabe usted que Güemes es lo más cariñoso—y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está en el sacramento con música de marcha nupcial.
—El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran psicólogo.
—Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada.
En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas.
—¿Y ella?—preguntó.
—Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...
—Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a parar? Y el desinterés, sobre todo en esta época, es una virtud bastante rara.
—Ya sé que la quiere usted mucho.
—Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.
—Y que la protege usted.
—Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.
—Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»—me ha dicho con una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.
—¡Ah, es encantadora!...
—Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.
—No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser inmortal.
—Además, carece de fortuna.
—El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se la concede—respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres se defienden contra la vanidad de los ricos.
—Carece, igualmente, de apellido.
—No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.
—Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.
—Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no, pregúnteselo usted a su nieto.