Y últimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de América, la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y ha publicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de títulos de nobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por los monarcas españoles á muchos señores indios á raíz de la conquista.
En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrar que en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los españoles en América, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados. Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se dé á la superioridad de nuestra caballería, de las armas de fuego y de la pericia militar, no se comprende cómo unos pocos españoles pudieron vencer y sujetar con crueldades á grandes muchedumbres y á poderosos imperios. Esto se comprende mejor, entendido como debe entenderse: asegurando que los españoles triunfaron porque fueron allí como libertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de los indios mal contentos, los cuales lograron sacudir así la tiranía más espantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernán Cortés tantos indios como en el ejército contrario. Y no sin razón nos auxiliaron, porque salieron ganando en todo. «Antes, como dice Gomara, pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos á la esclavitud ó sacrificados á los ídolos; servían como bestias de carga y no había año en que no muriesen sacrificados á millares por sus fanáticos sacerdotes». Después de la conquista, añade Gomara, «son señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las manos. Nadie los fuerza á llevar cargas ni á trabajar. Viven bajo la jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así que, nadie piense que les quitasen los señoríos, las haciendas y la libertad, sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los cristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para que se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida. Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que deben y lo que tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamente hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados».
Yo entiendo que la cándida y sencilla apología que acabo de citar, basta para prueba de cuán benéfico fué para los indios el triunfo de España sobre ellos. Dicha sencilla y cándida apología vale más que las declamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente. Desde el Norte de Méjico hasta el extremo Sur de Chile y de la República Argentina, sería fácil demostrar que en el día de hoy hay más indios que hubo nunca y son más felices, mejores y más civilizados que jamás lo fueron; que bajo el dominio de España los indios que se distinguían ó lo merecían podían ser cuanto se podía ser entonces en España; generales, arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahora pueden ser, y son á veces, presidentes de las Repúblicas. En los Estados Unidos tal vez habrán sido más humanos con los indios. Pero yo no he visto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellos figure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por su posición ó por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de la nación. Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados como en España solemos tener toros bravos en una dehesa ó jabalíes en un coto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugal ocuparon, ya presiden las Repúblicas como jefes supremos, ya brillan como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, ya recorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama y aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó elegantes é inspiradas poesías é interesantes libros en prosa, cuyo valer y mérito somos los primeros en reconocer nosotros los españoles, no escatimándoles la alabanza, sino complaciéndonos en darla, acaso y á veces más allá de lo justo.
Las tremendas acusaciones de Draper contra España están puestas en su libro con mero intento teórico, á fin de que en su ramplona filosofía de la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y á fin de que, en el drama cuya acción es el desenvolvimiento de la inteligencia humana y el paso de la edad de la fe á la edad de la razón, haga España el papel más odioso. Pero en el día se renuevan y se exacerban estas acusaciones, no ya para filosofar, mas ó menos burdamente, sino para sacar muy duras consecuencias prácticas contra nosotros. En los Estados Unidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escribía, siendo lo más gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin de ensalzar á los cubanos y de afirmar que deben ser independientes y libres. Acaso el más feroz de estos escritores anti-españoles sea un cierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista The Forum un articulo titulado ¿Ha de ser Cuba libre? Un amigo mío anglo-americano me envió hace un mes dicho artículo, excitándome á que le contestase y hasta brindándome con que insertaría mi contestación en una revista de su tierra.
Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables aún que las de Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los Estados Unidos el odio y el desprecio contra España y de favorecer á los rebeldes de Cuba, auxiliándolos y declarándolos beligerantes, creo que algo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensa que haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el articulo del Sr. Clarence King no merece refutación más seria y detenida. Lo que diga yo sobre él será como remate y complemento de la impugnación que la salida de tono y los anatemas de Draper contra España me han inspirado.
Empezando ahora por contestar á la acusación que nos dirige el Sr. Clarence King de haber exterminado la población india de Cuba, que llega á suponer se elevaba á un millón de almas, diré que parece imposible que con seriedad se insinúe, ya que no se afirme, semejante disparate. Si á nosotros, fundándose en él, se nos dice: ¿Qué habéis hecho de ese millón de almas? ¿Caín, que has hecho de tu hermano?, con la misma razón podemos suponer nosotros que, en la inmensa extensión de territorio ocupado hoy por la gran república, había lo menos cuarenta millones de indios, y preguntar luego con voz fatídica: ¡Caínes! ¿qué habéis hecho de ellos?
De todos modos, á mí no parecería razonable dirigirme á los ingleses pidiéndoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pediría en todo caso á los que se han apoderado de sus bienes después de matarlos y viven hoy en el territorio que ellos tranquilamente poseían. Porque es absurdo é irracional, suponiendo que gente de casta española mató á un millón de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos y con los que se aprovechan aún de la matanza y del robo, y condenar por ese robo y por esa matanza á los españoles de por acá, que desde el descubrimiento y la conquista de América hasta hoy no han hecho más que predicar y legislar en favor de los indios.
Es cosa de risa citar á Hatuei, que dijo que preferiría ir al infierno á ir al cielo con los españoles, para aplaudir á los descendientes de esos españoles porque se rebelan contra otros españoles, que no sacaron el menor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio. Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendría muy á propósito si hubiese aún en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indios que apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba á los españoles intrusos, lo mismo á Weyler, que á Maceo ó que á Máximo Gómez.
Otra no menos chistosa acusación del Sr. Clarence King contra nosotros se funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbrados nosotros á mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece, al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca. Dice también el articulista que España se vió forzada á dar libertad á sus negros ¿Y quién le hizo tal fuerza? España dió la libertad de grado y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las armas á esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, más perjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos, aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tan numerosa como la blanca. No fué, pues, en España, fué en los Estados Unidos, ó al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron forzados á dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla á regañadientes, y donde al que la dió, al libertador glorioso, no faltó quien en premio le matase de un tiro.
Por lo demás, la compasión hacia los negros esclavos acaso se pudiese probar que ha sido más tardía que en nuestra raza en la raza anglo-sajona, que bastante tiempo ha sido negrera, y donde aún, en el presente siglo, se inventan teorías tan filantrópicas y consoladoras, como la de Malthus y la del Struggle for life.
No en el día en que los españoles estamos harto abatidos, sino en los momentos ó en los siglos en que preponderábamos en el mundo, se le ocurrió á ningún español, que tuviera séquito y que valiera algo, el considerarse de una raza superior á las demás razas humanas, y el despreciarlas y humillarlas. Ni cuando el Gran Capitán se enseñoreó de Italia arrojando á los franceses; ni después de Lepanto, de San Quintín y de Pavía; ni cuando en Trento prevalecieron nuestros teólogos y reformando la iglesia oponían fuerte valladar al protestantismo y trataban de conservar la virtud que informaba y que unía la civilización europea; ni cuando desde principios del siglo xv, con tenacidad admirable y con fe constante, agrandábamos experimentalmente el concepto de las cosas creadas, circunnavegando el planeta, cruzando mares incógnitos y tenebrosos y descubriendo nuevos mundos y nuevos cielos, jamás hemos menospreciado á las otras naciones ni las hemos tratado con insolente orgullo, ni las hemos insultado como en el día se nos insulta.
A la verdad, ni ahora ni nunca habrá un solo español que rebaje la gloria de Lincoln; todos ensalzaremos esa gloria, pero alguna, aunque sea menor, nos toca colectivamente, porque dimos de buena voluntad y no por fuerza libertad á los esclavos negros de Cuba; y alguna gloria también, anterior y á mi ver más clara y con algo de divino, nos toca por haber sido de nuestra raza santos varonescomo Alonso de Sandoval y Pedro Claver, que hicieron por los negros, en un siglo en que aún se ignoraba hasta el nombre de filantropía, movidos de caridad cristiana, obras maravillosas por amor de Dios y de los negros de Africa.
Supone el Sr. Clarence King que en el carácter español (ya se entiende que en el de los españoles peninsulares, pues en el de los cubanos, sobre todo si son rebeldes, ha de haber habido una transformación dichosa), supone, digo, que en nuestro carácter persiste, en combinación diabólica, la crueldad pagana de Roma, reforzada y sublimada con feroz intensidad por la Inquisición. De aquí resulta que el más blando y humano de nosotros es un Calígula-Torquemada. Y que á fin de evitar que sigamos haciendo atrocidades contra los pobrecitos é inofensivos insurrectos, los Estados Unidos tienen el deber moral de reconocer la beligerancia de dichos señores que no talan, ni incendian, ni saquean, ni cometen atrocidad alguna.
Lo de la Inquisición es una cantaleta que nos están dando los extranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos, que casi justifica que algunos españoles se pongan fuera de sí y en apariencia se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez y juicio. Así es que, sin duda por chiste y para lucir la agudeza de su ingenio, alguien defienda la Inquisición todavía, como por ejemplo, lo hace con mucha gracia el catedrático D. Juan Manuel Orti y Lara, el cual llega á exclamar: «¡Oh dichosas cadenas del Santo Oficio, que tan fuertemente sujetaban al monstruo de la herejía, que no le dejaban libertad alguna para impedir á los ingenios españoles el vuelo que tomaron desde las alturas de la fe por las regiones del saber y de la poesía!»
Claro está que el monstruo de la herejía, que hoy anda suelto en España sin que la Inquisición le encadene, no impide al Sr. Orti y Lara que vuele por donde se le antoje y hasta que haga la apología de la Inquisición. Pero yo no quiero ni puedo hacerla, y convendré con el señor Clarence King en que la Inquisición era una infernal maquinaria muy á propósito para atormentar y matar á la gente. En lo que no convengo con el Sr. Clarence King, sacando una consecuencia opuesta á la suya y muy favorable á los españoles, es en que nosotros, poseedores de la maquinaria susodicha, hayamos atormentado y asesinado jurídicamente á más personas que las atormentadas y asesinadas jurídicamente en no pocas naciones extranjeras, donde tal vez y sin tal vez no hubo Inquisición nunca. Jamás la Inquisición de España se regaló ajusticiando víctimas tan ilustres como Servet, Vanini y Bruno. Jamás la Inquisición de España condenó, sino que aplaudió, defendió y ensalzó á Copérnico, á Galileo y á otros sabios, á quienes en tierra donde no había Inquisición condenaban. Y en lo tocante á la muchedumbre de gente menuda, quemada, ahorcada ó muerta por otros medios á manos del fanatismo religioso, nada tienen que envidiarnos los pueblos más cultos que en el día hay en Europa. Sólo de brujos y brujas, si hemos de creer á Michelet, en Tréveris quemaron siete mil; pocos menos en Tolosa de Francia; en Ginebra quinientos en tres meses; en Wurtzburgo, ochocientos de una sola hornada, y mil quinientos en Bamberg. Convengamos en que jamás hubo en España tan espléndidas y colosales chamusquinas. Y es lo más chistoso, si yo no recuerdo mal (porque no doy ahora para comprobarlo con una Historia de los Estados Unidos que contenga el periodo colonial), que en esos Estados se quemaron y se ajusticiaron también brujos y brujas con profusión pasmosa. Por donde yo me inclino á sospechar que en toda la América, dominada por España durante los sigos xvi y xvii, no hizo la Inquisición tantas víctimas, contando judíos, mahometanos, y herejes relapsos y hechiceros de todo linaje, como las víctimas que por sólo el delito de brujería fueron sacrificadas en los Estados Unidos cuando aún eran colonias.
Otra de las razones que tiene el Sr. Clarence King para desear que Cuba no sea española, es que Cuba es un paraíso muy fecundo y que en otras manos más trabajadoras y hábiles produciría mucho más. Este argumento, no obstante, no vale nada en favor de los cubanos. Es probable, es casi seguro que si los dejásemos en libertad, Cuba no prosperaría más de lo que hoy prospera. Si prevaleciesen los negros, Cuba sería como Haití, y si prevaleciesen los blancos y mulatos, Cuba sería como es Santo Domingo. Los cubanos, que de buena fe y de corazón estén con los rebeldes, si quieren entrever y columbrar el porvenir que siga á su triunfo, bien pueden mirarse en el citado espejo. Harto lo comprenderá el señor Clarence King, coincidiendo con mi parecer; pero por cierta púdica delicadeza no deja ver el fondo de su pensamiento. El fondo de su pensamiento es que Cuba llegue á ser una estrella más en la bandera de su patria. Adiós entonces idioma, casta, sangre y linaje españoles en la Isla. En ella, al cabo de veinte ó treinta años ó de menos, no se hablaría más que inglés. Todo hombre de origen español desaparecería de la Isla más pronto que desaparecieron los indios cuando se apoderaron de la Isla los españoles.
¿Pero qué mal, qué daño, qué terribles ofensas hemos hecho los españoles de la Península á los españoles de Cuba, para que á ser unos con nosotros prefieran algo á modo de suicidio colectivo?
Nada prueba menos que el exceso de prueba. Figurémonos que el Sr. Clarence King tiene razón; que los españoles no sabemos gobernarnos; que nuestra administración es absurda y corrompida. Con esto no probará sino una cosa: que si los cubanos toman muy á pecho su desgobierno, no deben separarse de España, sino separarse de ellos mismos y ser otros de los que son, y convertirse, por ejemplo, en yankees. ¿En una nación tan democrática como es y ha sido siempre la nuestra, qué diferencia puede haber ni hubo nunca entre un español de Cuba ó un español, v. gr., de Málaga, de Loja ó de Logroño? ¿Los que alternan, en España, en el poder, con turno más ó menos pacifico, los Narváez, los Cánovas y los Sagastas, ¿no pudieron ser cubanos? ¿Qué inferioridad hemos supuesto nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de por acá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos los españoles de la Península y de Ultramar ha sido proclamada siempre en leyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclamó solemnemente con palabras citadas por el mismo Sr. Clarence King. Si esta unidad legal existió bajo un poder absoluto, lo mismo era para los peninsulares que para los cubanos, y estos últimos no podían pretender entonces ser más libres que nosotros. Pero no bien hubo en España una Constitución liberal, en 1812, la Asamblea que formó esta Constitución declaró, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nación española es el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios. Las libertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares las debieron gozar también los cubanos. No fué culpa nuestra que Fernando VII, el Deseado, diese al traste con todas esas libertades, no bien volvió á España en 1814. Renacieron dichas libertades en 1820, en virtud, por desgracia, de un motín militar, que puede considerarse como el pronunciamiento inicial en la larga serie de pronunciamientos que después ha habido. Y menos culpa nuestra es aún que, en 1823, así los peninsulares como los cubanos, perdiésemos de nuevo las mencionadas libertades, por obra de los cien mil hijos de San Luis, sostenidos moralmente por la Santa Alianza, ó sea por Rusia, Prusia y Austria, con el beneplácito sin duda de la libre Inglaterra.
De cuantas crueldades y tiranías y de cuantas muestras de grosero, torcido y falso celo religioso hizo y dió entonces un partido fanático por el afán de extinguir en España la civilización moderna y de retroceder á una edad de ignorancia y barbarie, que jamás existió y fué completamente soñada, más culpa que dicho partido fanático y servil tuvieron la Santa Alianza, los franceses que ejecutaron sus órdenes y casi toda Europa, abrumando con su peso al pueblo español y desatando las manos de Fernando VII para que, en premio de haber peleado por su trono, cargase á este pueblo de cadenas. Pero aun así, justo es confesar que los cubanos fueron los que menos padecieron, si es que algo padecieron, de este último absolutismo de los diez años.
Una prueba más de que no son los españoles peninsulares tan culpables de este absolutismo de los diez años, sino de que nos le impusieron las más poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo en España un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron á reconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, rey de los fanáticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocido en España, por Prusia y Austria hasta después de la revolución de 1848, y por Rusia hasta 1857.
Y como yo no quiero condenar á nadie en más de lo justo, y menos á naciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampoco injuriar al partido absolutista español, diré que alguna explicación y hasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos á las modernas libertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, la primera Revolución francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfos guerreros, no bastaban á atenuar las atrocidades de Dantón, Marat y Robespierre, y los espantos del Terror y de la guillotina; y fue lo peor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda, pero á la vez un déspota, que humilló y ensangrentó la Europa entera, sin que el más hábil y sutil profesor de filosofía de la historia pueda descubrir, fuera de la ambición personal, del prurito de elevar á la familia y á los amigos, y del afán del predominio de un pueblo sobre los otros, propósitos y fines altos y providenciales, parecidos á los que más ó menos conscientemente tuvieron Alejandro y César.
Será pensamiento mío, que tal vez escandalice á muchas personas, pero que ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primera Revolución francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertad verdadera y los progresos del linaje humano, vino á atajarlos, poniéndoles, como obstáculo que tienen que saltar en su curso, el miedo y la repugnancia que los desórdenes y crímenes de la Revolución inspiraron.
Como quiera que ello sea, pues sería muy largo discutirlo aquí, vuelvo á la cuestión de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienen también como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento en nuestras Cortes. Allí defienden sus intereses, allí piden reformas, allí concurren á legislar con los demás representantes del pueblo, y aun son más considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelión ha sido menos justificada que en el día por motivos políticos.
¿Lo será acaso por motivos económicos? Menos aún. Los cubanos no pagan tanta contribución como nosotros. Apenas pagan contribución territorial. Pagan en las aduanas. Y si algún empleado de los que van de la Península, se enriquece por allá, bien puede afirmarse que no es á costa sino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.
En lo tocante á la solicitud con que el gobierno de la metrópoli procura el fomento de la producción agrícola, de la industria y del comercio de Cuba, se llega á un extremo casi increíble. En prueba de ello, baste citar el Tratado que los señores Foster y Albacete negociaron en Madrid, siendo Presidente de la República el Sr. Arthur, y que el Sr. Cleveland, no bien entró en la Casa Blanca, retiró sin consentir que se ratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azúcares de Cuba hubieran ido á la gran República libres ó casi libres de derechos, y de la misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnes y muchos productos de la industria anglo-americana. Inútil es ponderar la prosperidad y el auge que esto hubiera traído á la perla de las Antillas. Para lograr este fin, hubiéramos sacrificado nosotros con buen ánimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podido resistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de la industria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.
Alguna queja tengan acaso los cubanos de que, á fin de proteger la industria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho de introducción la azúcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja es aparente cuando se considera el corto consumo que España puede hacer y hace de azúcar, en comparación de lo que totalmente produce la Isla, que por otra parte cuenta con más ricos, favorables y cercanos mercados.
Dice el Sr. Clarence King, que por codicia, por la riqueza que de la Isla sacamos, y por lo que esperamos sacar, nos resistimos á que sea independiente y libre. A mi ver, nada hay más falso; y creo que de los dieciocho millones que hay de españoles, sólo no pensarán como yo mil ó dos mil á lo más. Todos sabemos que en los cuatrocientos años que hace ya que poseemos á Cuba, sólo durante quince ó veinte ha habido sobrantes en las Cajas de Ultramar. En los otros trescientos ochenta y tantos años, Cuba no nos ha valido sino gastos, sacrificios y desazones. ¿Pues entonces—dirá el Sr. Clarence King—por qué España no abandona á Cuba? La pregunta equivale á la que pudiera hacerse á una buena madre, cuya hija mimada no le trajese más que gastos, si se le aconsejara que la dejase en plena libertad para que ella se ingeniase y buscase quien con más lujo la mantuviera. Conservar á Cuba no es para nosotros cosa de provecho, sino punto de honra de que España no puede prescindir.
La nación que ha descubierto, colonizado, cristianizado y civilizado á América, tiene más derecho que ninguna á ser y á llamarse americana, aun dentro de las doctrinas de Monroe, y tiene el deber sagrado é ineludible de sostener este derecho con razones y con armas, hasta donde sus fuerzas alcancen y mientras su sangre, su dinero y su crédito no se agoten.
No se comprenden los argumentos que se puedan alegar en los Estados Unidos para proclamar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar acaso á otras potencias á que también la declaren. No hubiera habido menos motivo para pedir ó declarar hace años la beligerancia del Tempranillo, del Chato de Benamejí ó de los Botijas. No se conducen mejor Máximo Gómez y su cuadrilla ni atinan con más habilidad á escabullirse de sus perseguidores. Las diferencias que hay son favorables á aquellos antiguos bandidos de la Península, porque no eran incendiarios, y porque, cuando se acogían á indulto, cumplían como caballeros y no volvían á las andadas, engañando y burlando á los que los habían indultado.
En la pasada guerra civil cubana, el conde de Valmaseda, ofendido de estas villanías con que era burlada y pagada la generosidad española, dió un bando, no he de negar que harto violento; pero esto no basta para justificar la nota dirigida por el Sr. Fish, secretario de Estado, al ministro de España en la gran república.
Esta nota es una dura reprimenda hecha en nombre de la civilización cristiana y de la humanidad, por alguien que debió de creerse, sin el menor interés, representante y Encargado de Negocios de dicha civilización y aun del linaje humano, y con autoridad para dirigirse á nosotros como á un subordinado suyo. Fueran las que fueran las faltas cometidas por el conde de Valmaseda, el Sr. Fish cometió al dirigir la nota un atentado contra la soberanía, la autonomía y el decoro de España, cuyo ministro, si su gobierno no hubiera sido tan débil y le hubiera prestado apoyo, lo menos que hubiera debido hacer es devolver la nota sin contestación, dándola por no recibida, como alguna otra nota, menos insolente y soberbia, se devolvió en Madrid á un ministro anglo-americano.
Ahora, por fortuna, si de algo han pecado el noble general Martínez Campos y los demás jefes y autoridades de España en Cuba, ha sido de lenidad, de espíritu de conciliación y de generosa confianza. Repito, pues, que no se comprenden los argumentos que pueden alegarse en los Estados Unidos para declarar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar á otras potencias á que la declaren.
Ni el gobierno español ni sus agentes han cometido ni cometerán en Cuba crueldad alguna. Aunque los foragidos que están asolando el llamado, por el Sr. Clarence King, fecundo paraíso, no merecen que las potencias cultas de Europa los amparen ó los protejan, no contra nuestra saña, sino contra nuestra justicia, yo espero que ésta se temple y mitigue con la mayor misericordia; mas no por eso acierto á explicarme que á los cabecillas rebeldes, á los principales al menos y á los que no tienen siquiera la excusa de ser cubanos y de estar cegados por un mal entendido amor á la patria, se les perdone si llegan á caer en poder de nuestros soldados. Justo y necesario será algún saludable escarmiento.
Difícil es, cuando no imposible, descubrir el motivo de queja que, en nación tan grande y generosa como los Estados Unidos, pueda haber contra España, bastante á mover á mucha parte de su ilustrada prensa periódica, al Sr. Clarence King y á una respetable comisión de senadores, á que pidan, valiéndose de mil injurias contra España, que el gobierno de la gran república declare beligerantes á los insurrectos, procure que otras potencias también los declaren, y garantice así la impunidad de todos ellos para el día en que depongan las armas, cansados de andar á salto de mata y de perpetrar toda clase de delitos. Por el contrario, España es quien puede quejarse por no pocos motivos: porque la acogida y el favor que reciben en aquel país los ingratos y rebeldes hijos de España excede sobremanera á la más franca hospitalidad, y porque bien puede recelarse que excitado por ellos el gobierno anglo-americano ha mostrado con frecuencia cierto prurito de vejarnos y lastimarnos.
Hay una, en mi sentir, detestable costumbre, fundada en torcidos principios de Derecho internacional, que prevalece en todas las naciones cultas, y no lo negamos, también en España. Hablo de la exagerada obligación en que se creen los gobiernos de proteger á sus súbditos en país extraño y de pedir, hasta con amenazas, que reciban indemnización de perjuicios que se les causen ó pérdidas que tengan.
Los gobiernos, movidos por la opinión pública, extraviada ó violenta, reclaman, tal vez sin mucha gana y por cumplir, pero reclaman, y suelen nacer de las reclamaciones, tirantez, enfriamiento de amistad y hasta conflictos. Y es lo más deplorable, que cuando la potencia que reclama es fuerte, humilla á la débil, en ocasiones la atrepella y casi siempre le saca el dinero. Y en cambio, cuando es más débil la potencia reclamante, en vez de salir airosa, es desdeñada en su reclamación, y su súbdito ofendido se queda burlado en vez de lograr ser indemnizado.
Cuando por cualquiera circunstancia se equilibran las fuerzas de las potencias reclamante y reclamada, suelen originarse hasta guerras, aunque para declararlas se busque ó se invente otro fundamento. Así, por ejemplo, si bien se rastrea y aun se escarba hasta llegar á la raíz de algunas expediciones belicosas, se verá que nacen de reclamaciones poco atendidas de particulares. Probablemente, si Francia y España no hubieran reclamado algo en balde para súbditos suyos, tal vez nunca hubieran tenido la ocurrencia de favorecer en Méjico á un partido monárquico y un tanto aristocrático y de ir allí á levantar el trono, que pagó más tarde muy caro un príncipe egregio y bondadoso. Tampoco sin reclamaciones hubiera habido guerra del Pacifico, ni bombardeo de Valparaíso y del Callao.
Cuando la nación de quien se reclama es débil, sin duda que no hay guerra, pero suele haber violencia y atropello. Así, pocos años ha (y prescindo de todo disimulo diplomático) Italia contra Colombia.
Véase, pues, con cuánta imparcialidad reconozco que apenas hay potencia, incluso España, que no adolezca de esta manía de reclamar exageradamente en favor de sus súbditos, establecidos ó de paso, en país extranjero, aunque cristiano y civilizado como aquel de que son naturales. A mi ver, sería bueno y provechoso decidir en el primer gran Congreso diplomático que haya, que esa protección del súbdito en país extranjero no la ejerza ninguna potencia cristiana y culta, sino cuando dicho súbdito vaya á vivir á un país bárbaro ó resida en él, y que, si reside en un país culto y cristiano, como el país de que procede, se someta á las leyes, usos y costumbres del país de su nueva residencia, sufra las molestias y se exponga á los peligros que allí sufren ó á que allí se exponen los demás, y reclame contra cualquier agravio ó daño, no por la vía diplomática, sino por los medios y recursos que le preste la legislación del país adonde voluntariamente ha ido.
Así se evitarían muchos males. Así se evitaría que, en ocasiones, en vez de ser una ventura que venga un extranjero, con capital ó con inteligencia ó con ambas cosas, á un país pobre y débil, sea una calamidad ó un ominoso preludio de vejámenes y sobresaltos, y así se evitaría que el extranjero que pasa de un país débil á un país fuerte sea desatendido y acuda en balde, en cualquier reclamación, á su legación, á su cónsul ó directamente á su gobierno.
Hasta hoy no se ha pensado en esta reforma del Derecho internacional, que ligeramente dejo indicada. No clamo, pues, contra la costumbre protectora. No protesto del uso, sino del abuso. Y lo que más lamento es que en los Estados Unidos se haya sutilizado y alambicado tanto el uso ó el abuso, que no reclaman sólo en favor de legítimos, castizos y nativos anglo-americanos, sino en favor de cualquier cubano rebelde que se va á la gran república huyendo de la autoridad española por delitos políticos que su nueva patria adoptiva no considera como tales. Han procedido de aquí muchas reclamaciones, que hemos satisfecho con longanimidad lastimosa, por donde los rebeldes, al ver la protección triunfante que se les otorga y la condescendencia con que España la acepta y paga, desdeñan á España y reciben alicientes y estímulos para rebelarse contra ella.
A despecho de tanta dificultad, entre las cuales, como se ve, cuentan por algo las que los Estados Unidos nos suscitan, todavía espera la mayoría de los españoles, y yo con ella, que Cuba, por ahora, no ha de ser libre, como el Sr. Clarence King ansía y propone. Esperemos que Cuba siga siendo libre, pero española, como la metrópoli desea, pero tenga por seguro el Sr. Clarence King que, si por desgracia y lo que Dios no permita, se agotasen nuestros recursos y tuviésemos que abandonar la gran Antilla, no hay español peninsular que sueñe por espíritu vengativo con que aquello se vuelva ó yankee ó merienda de negros. Por cima del patriotismo y más allá del patriotismo, vive y alienta en nosotros el amor de casta ó de raza. Ojalá, primero, que Cuba siga siendo española; pero si Cuba deja de serlo, ojalá que sea pronto, para gloria y satisfacción de la antigua madre patria, una gran república cultísima y floreciente. Entonces, Máximo Gómez, por ejemplo, á quien ahora fusilaríamos ó ahorcaríamos sin escrúpulo y para cumplir con una penosa obligación, brillaría con aplauso nuestro, á la altura de los egregios libertadores; podría ponerse al nivel de Simón Bolívar y de Jorge Washington y tener estatuas y monumentos como los que ellos tienen. Lo malo es que bien se puede apostar uno contra mil á que ese estado de florecimiento y de grandeza no llegará para Cuba, ni en muchos siglos, si prematuramente y con marcada y notoria ingratitud, lograra separarse ahora de la metrópoli. Queden, pues, tranquilos los anglo-americanos y los hispano-americanos, y no recelen, que ni á Jorge Washington ni á Simón Bolívar le suscite el cielo ó el destino un rival de gloria.
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DESDE que empezó la funesta guerra de Cuba hasta el día de hoy, en medio de los enormes disgustos y cuidados que nos afligen, algo hay que celebrar, sirviéndonos de consuelo y dándonos esperanza de un éxito dichoso.
Celebremos pues, en primer lugar, el acendrado y generoso patriotismo del pueblo español que, por una causa que no puede traernos provecho, pero en la que está interesada la honra nacional, sufre con resignación y hasta con gusto los grandes sacrificios de sangre y de dinero que se le han impuesto y que se le impondrán en lo futuro. Y celebremos además, prescindiendo de todo interés de partido, la enérgica y atinada actividad con que el general Azcárraga, ministro de la Guerra, ha logrado enviar á la grande Antilla, con extraordinaria rapidez, los hombres y los recursos que allí se requieren, para que la rebelión pueda ser sofocada.
Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna á nuestros generales, cuando consideramos la magnitud de los medios que la nación y su Gobierno les suministran; pero España no debe ni puede censurarlos, antes conviene que los elogie y aun los bendiga porque no desesperan de la salud de la patria.
De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia en las cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lícito culpar á nadie de que le falte, es aquella inspiración maravillosa que el genio de la guerra infunde á veces en el alma de los grandes capitanes y por cuya virtud obtienen triunfos que todas las ciencias bélicas y las estrategias más profundas jamás explican. En Gonzalo de Córdoba y en Hernán Cortés, por ejemplo, hay un no sé qué de sobrenatural que nos pasma y con lo que sería delirio contar para todas las ocasiones.
En la ocasión presente y desistiendo de exigir como obligación ó como deber las inspiraciones ó los milagros del genio, nuestros generales, antes Martínez Campos y ahora Weyler, merecen aprobación y aun aplauso. Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir el combate, escapar á la persecución y escabullirse y esconderse. En la gran extensión de la isla, en sus bosques y ciénagas, en lo quebrado y áspero del terreno á veces y en lo insalubre y mortífero de aquel clima para los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldados obstáculos harto difíciles de superar. Si recordamos que en la primera mitad de este siglo hubo en Andalucía foragidos como el Tempranillo, el Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y que teniendo cada cual una cuadrilla de diez ó doce hombres á lo más, en campo raso, donde, si á veces el terreno es quebrado, no hay selvas tupidas ni lugares pantanosos, todavía burlaron las persecuciones y se sustrajeron durante largos años á las batidas que dió el poder público para cazarlos, no debemos extrañar que, á pesar de nuestro valeroso y valiente ejército, recorran la isla Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros malhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueen sin que se haya logrado aún capturarlos é imponerles el castigo que merecen.
La disculpa del poco éxito alcanzado hasta ahora no puede tener fundamento más sólido ni más claro.
En cambio son dignos de omnímodas alabanzas, singularmente en el general Martínez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegación con que fué á Cuba, exponiéndose en una lucha sin gloria á la mengua ó á la pérdida de su crédito, que ya no podía ser mayor. Y no menos alabanza piden la lenidad, la dulzura y el espíritu de conciliación con que el general Martínez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en la isla, ha tratado á los diferentes partidos políticos que en ella hay, sin excluir á los que llenos de imperdonable ingratitud hacia la metrópoli y ciegos por ambición ó por falso y torcido amor al suelo natal, anhelan y buscan la separación de Cuba y de España.
A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general Martínez Campos, en nada desmentida hasta el día por su sucesor el general Weyler, y á pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija ni guarida permanente, sino que andan á salto de mata, más que como soldados como ladrones, ha ocurrido lo que á nadie sorprende, porque se preveía; pero lo que á toda persona honrada y juiciosa escandaliza y aturde. El Senado anglo-americano, después de larga discusión, en que muchos de sus más notables individuos se han desatado en groserísimas injurias contra España, ha estimulado y autorizado al presidente Cleveland para que, en el momento que considere más oportuno, declare la beligerancia de los insurrectos.
Durísimo, feroz es el ultraje que el Senado anglo-americano ha hecho á España y que la Cámara de representantes de la misma República casi por unanimidad ha confirmado luego; pero aunque los periódicos más acreditados de la Península miran con calma la ofensa que hemos recibido y recomiendan al pueblo español prudencia y sufrimiento, todavía quiero yo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oída, recomendar prudencia y sufrimientos mayores.
Es innegable que en la resolución que se ha tomado y en los motivos que se han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto más sangriento que hacer se puede. Un sujeto cualquiera, medianamente celoso de su honra, ofendido así por otro sujeto, quedaría afrentado, humillado y escarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo á muerte. Pero ¿qué paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se trata de particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potencias soberanas?
Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyes del honor y del duelo, no consienten que nadie riña en él con ventaja, ni uno contra cuatro, ni con mejores ni más poderosas armas éste que el otro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad de fuerzas ó de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno y deseable sería que no hubiese riñas sino paz entre los hombres; pero ya que hay riñas, es laudable y extraordinario progreso el desafío bien ordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones, á pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres, y á pesar de los decantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tan desordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por más que esto se vele ó disimule con refinamientos hipócritas. Una nación, aislada como lo está España, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienen los Estados Unidos y con muchísimos menos recursos pecuniarios para comprar ó fabricar los costosísimos medios de destrucción que hoy se emplean, incurriría en un heroico delirio y cometería un acto de inaudita temeridad en provocar á dichos Estados, pidiéndoles, con sobrada energía, satisfacción de una injuria, que, en mi sentir, se puede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengo para aconsejar este prudente disimulo, por parte de los poderes públicos, se entiende, y quedando á salvo la lengua y la pluma de cada ciudadano español, para devolver con creces agravio por agravio y para desahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.
Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamos tratando, es disculpable, aunque á poco ó á nada conduzca: pero cualquiera manifestación colectiva en ofensa y en odio de la gran República Norteamericana sería hoy por todos estilos perjudicial y contraproducente, y nos quitaría mucha parte de la razón, de que debemos cargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspección y el juicio con que casi todos los periódicos de España aconsejan al pueblo que se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energía con que el Gobierno se apercibe á prevenirlas ó á reprimirlas.
Pero yo aún voy más allá en excitar al Gobierno á la longanimidad y á la paciencia. Creo que el Gobierno no debe siquiera pedir por la vía diplomática satisfacción al gobierno de Washington por las groseras injurias y calumnias que han lanzado contra España varios senadores desde el Capitolio de Washington.
Hay que tener en cuenta que en aquella gran República no suelen ser los politicians las gentes más estimadas, mejor educadas y más sensatas: que por allí no se guardan en las discusiones públicas el mismo decoro y la misma cortesía que en los Parlamentos europeos, y que en el estilo y hasta en los modales se advierte cierta selvática rudeza, por influjo acaso del medio ambiente, por cierto atavismo, no transmitido por generación como el pecado original, sino por el aire que en aquellos círculos políticos se respira. Cuando en los escaños de un Cuerpo colegislador se masca tabaco, se colocan los pies más altos que la cabeza, y cada senador se entretiene con un cuchillito y un tarugo de madera en llenar el suelo de virutas, no es de extrañar que se digan y se aplaudan las mayores ferocidades, como si oradores y oyentes estuviesen tomados del vino.
No prueba esto, ni mucho menos, que la mayoría de aquella gran nación piense y sienta como sus apasionados politicians; antes es de esperar que esa mayoría, si con quejas violentas no la solevantamos nosotros y no nos enajenamos su voluntad, proteste, al ver nuestra serenidad y nuestra cordura, contra los agravios que los senadores nos han inferido y dé con su protesta el conveniente vigor y el indispensable apoyo al presidente Sr. Cleveland, para que él proteste también sin que nosotros lo pidamos ó lo exijamos y para que no se prevalga de la insinuación y del permiso con que le excitan y facultan á reconocer la beligerancia.
Claro está que el Gobierno español debe estar prevenido para todo evento, sin que ninguno por peligroso que sea, le sorprenda ó le asuste; pero, al mismo tiempo, nos atrevemos á recomendarle placidez y calma.
Aun suponiendo al Sr. Cleveland amigo de España ó amigo al menos de la justicia, no comprendo qué nos propondríamos lograr si de oficio pidiera satisfacción nuestro Gobierno de las injurias que nos han dirigido los senadores. Inútilmente pondríamos al Sr. Cleveland en el mayor apuro, ya que él no tiene fuerza para castigar á los senadores que se han insolentado contra nosotros ni para moverlos á que se retracten y canten la palinodia. Lo más que el Presidente podría hacer, sacrificando acaso un poco de su popularidad é indisponiéndose con los senadores para estar fino y amable con nosotros, sería decir que deploraba que nos hubiesen injuriado. Tal función de desagravios es tan triste y tan incompleta que lo mejor es que no la haya. Lo mejor es que el Gobierno español no aspire á que el Sr. Cleveland declare que nos tiene algo á modo de lástima.
En suma, á pesar de las ofensas que se nos han hecho hasta ahora en el Senado, y á pesar de que yo doy por seguro que no han sido menores las que se nos han hecho en el Congreso, yo creo que el Gobierno de la nación española no debe darse por entendido, ni considerarse herido de semejantes ofensas, ni formular contra ellas en documento oficial la queja más mínima. Esta queja sería una confesión de que nos han tocado y maltratado, sería poner á la nación española al nivel de sus detractores, sería confesar que los tiros de éstos han subido muy alto y han tenido fuerza para atravesar el escudo del soberano desprecio con que España debe desdeñarlos.
España, prescindiendo de la resolución que en pos de los insultos puede venir, arrastrándonos fatalmente á una guerra sangrienta y ruinosa, y considerando sólo los insultos, conviene que los juzgue y condene con las palabras mismas del gran poeta inglés: «Tales told by idiots, full of sound and fury, signifying nothing».
En los momentos difíciles en que se halla en el día la nación española, es antipatriótico todo espíritu de oposición contra el Gobierno. Debemos desear que acierte, y para su acierto debemos coadyuvar en la medida de nuestras fuerzas, sin poner el menor estorbo y sin apelar á la censura ni mostrar disgustos sino en casos extremos. A fin de no precipitar al Gobierno á un rompimiento prematuro con los Estados Unidos, lo primero que importa comprender es que no se debe ligeramente pensar que el honor de España está ofendido y comprometido por aquello y en aquello por lo que no puede estarlo. Válganos una comparación para aclarar este concepto. Si un solo hombre se viese acometido por cuatro ó por más locos furiosos, mejor armados y con mayores medios de defensa y de ofensa, y los cuatro le insultasen, y además quisiesen con amenazas intervenir en los negocios de él y hasta disponer y apoderarse de su hacienda, el hombre así atacado lo primero que haría sería prescindir de los insultos y procurar pidiendo auxilio y por todos los medios rechazar las injustas pretensiones y exigencias de sus poderosos agresores. En último resultado, si permaneciese solo y nadie acudiese en su ayuda, lo noble y lo heroico sería combatir él solo contra los cuatro hasta vencerlos ó morir; pero también sería delirio, y vanidad y pundonor mal entendido el combatir solo y desde luego sin intentar que alguien viniese en nombre de la equidad y de la justicia á poner á raya á su enemigo y á evitar la desigual é injusta contienda con que su enemigo le amenazaba si no cedía ó se humillaba á su capricho, á su soberbia y á su codicia acaso.
Quiero significar con esto que, á mi ver, el Gobierno español, sin dirigir la menor queja al de Washington, en lenguaje tan templado y circunspecto como firme, en nota circular dirigida á las principales naciones de Europa, debe escribir una protesta contra la resolución tomada por el Senado y por el Congreso de los Estados Unidos, demostrando con razonamientos y autoridades y citas que los mencionados Cuerpos Colegisladores han infringido el derecho de gentes al declarar beligerantes á unos foragidos, han faltado á las buenas relaciones de amistad con España fomentando y favoreciendo el espíritu de rebelión de algunos cubanos, y han desconocido la autonomía y soberanía de España osando amenazarla con intervenir en sus interiores asuntos y excitándola á que se desprenda de gran parte de su territorio y de la población que hay en él, lo cual es todo suyo legítimamente desde hace cuatro siglos.
Yo no puedo creer que Francia, Inglaterra, Alemania y otras grandes potencias de Europa dejen de darnos la razón: no se pongan de nuestro lado á fin de impedir que violentamente se nos veje y se nos quiera despojar de lo que poseemos, amenazándonos con una guerra injusta y harto poco gloriosa para el que con ella nos amenaza, confiado en la descomunal superioridad de sus fuerzas en hombres y en dinero.
Durante siglos España ha demostrado su valor, y bien puede ahora, sin recelar que la acusen de pusilánime, llegar al último extremo de la prudencia y de la cordura y pedir apoyo y favor contra un enemigo reconocidamente más fuerte que ella y que trata de abusar de su fuerza. Asimismo es muy humano y muy conveniente á la civilización evitar hasta donde sea posible la efusión de sangre, los estragos, la paralización del comercio y las grandes pérdidas de riqueza que una guerra trae consigo. Nadie nos podría zaherir por esquivar esta guerra, dejando á salvo nuestra independiente soberanía y conservando, sin acudir á las armas y merced al apoyo de grandes potencias, la integridad de nuestro territorio.
Enorme desventura sería si después de dar este paso nadie nos acudiese y permaneciésemos tan aislados como estamos ahora. Para entonces es para cuando conviene tener nuestra energía como contenida y represada y hacer brioso alarde de ella con viril serenidad, arrostrando todos los peligros, confiando en Dios y en nuestro derecho, y combatiendo solos contra los Estados Unidos, aunque fuesen mil veces más poderosos de lo que son, sin desesperar del triunfo, ó sin hacerle pagar muy caro al menos.
Lo pasado ya no tiene remedio. De lo pasado no debiera hablarse si no encerrara una lección y un escarmiento para el porvenir.
Menester es confesarlo. En el aislamiento de España hay de nuestra parte no pequeña culpa. Cuantos gobiernos y cuantos partidos han estado en España en el poder, desde hace muchos años, han propendido al aislamiento, movidos por una prudencia mal entendida y por un concepto equivocado y mezquino de la importancia y del valer de la nación cuyos destinos dirigían. Deberes hay que España no puede desatender y hay aspiraciones y propósitos que el alma de la nación no puede ahogar en su centro, aunque se esfuerce por ahogarlos. Son los deberes la conservación de las Antillas y de los archipiélagos que poseemos en el Pacífico. Nuestras aspiraciones, providencial ó fatalmente impuestas por nuestra misma historia, están en que nadie sin contar con nosotros domine en Marruecos; en estrechar cada vez más nuestras relaciones con los portugueses; y en conservar, ya que los lazos políticos están rotos, la unidad de civilización, de idioma y de casta entre esta península y las que fueron sus colonias y hoy son repúblicas independientes, procurando y anhelando, con poco menos ahinco é interés que nuestra prosperidad y auge los de las repúblicas hispano-americanas, hacia las cuáles nos inclina un orgullo paternal que no quisiéramos ver abatido y burlado.
Con tales propósitos y miras, el retraimiento de España es imposible: el afán de sus gobernantes de no exponerla lanzándola en aventuras, la ha expuesto más dejándola sola. Hasta nuestro desmesurado proteccionismo ha contribuído á enajenarnos la voluntad ó á entibiar al menos el afecto que pudieran sentir por nosotros algunas potencias de primer orden. No nos ha valido para estímulo el ejemplo de otras naciones, que buscando alianzas y aventurando algo han alcanzado bienes que parecían inasequibles y como delirios de un ensueño. Así el Piamonte, vencido y ruinosamente multado, después de Novara, ha venido á lograr lo que en balde se pretendía desde hace siglos: la unidad de Italia, sólo momentáneamente lograda bajo el cetro del rey bárbaro Teodorico. Austria, para tener apoyo y alianza, se ha unido en estrecha amistad con los dos pueblos que más la han agraviado: con los italianos, que han conseguido arrebatarle el Milanesado y el Véneto, y con los prusianos, que la vencieron y la despojaron de la hegemonía en Alemania. Francia misma, desechando antiguas enemistades, busca con fina y constante solicitud la amistad de los rusos y los lisonjea y los encomia, poniendo de moda hasta las rarezas y excentricidades de sus escritores. Tal vez España sea la única nación que por el afán de no comprometerse ha esquivado toda amistad y se ha quedado sola. Si sigue así, si nadie acude á sostenerla, escarmentará al verse en tan cruel abandono.
Por fortuna, aun sin contar con alianzas que no hemos buscado y con simpatías que no hemos procurado crear ni fomentar, todavía nos queda alguna esperanza de que las grandes potencias de Europa se pongan de nuestro lado, vuelvan por nosotros y hagan respetar nuestro derecho. Sería extraño que sufriese en silencio el presuntuoso descaro con que los diputados y senadores yankees se constituyen en tribunal del humano linaje, en hierofantes de la filantropía y la cultura, reprobando y anatematizando la conducta de una nación soberana en su gobierno interior, sometiéndola á su fallo y tratando de imponerle castigos infamantes, de desmembrarla á su antojo y de despojarla de parte de sus bienes. Todavía es más odiosa y ridícula esta pretensión al notar que se apoya en la necia doctrina de Monroe. ¿Qué significa racionalmente que América ha de ser para los americanos? ¿Dónde están los americanos á quienes América en todo caso pertenece? Los que han dejado vivos los yankees están acorralados como toros bravos en una dehesa ó como jabalíes en un coto. Fuera de esto, América es y seguirá siendo, durante muchos siglos, de los europeos. La religión, la ciencia, la cultura, los idiomas en que se habla y se escribe, todo es allí de Europa. Si ha habido allí algunos historiadores ilustres, algunos poetas inspirados, y tal cual mediano pensador, en inglés, en portugués ó en español han escrito; si algo han inventado, no ha sido lo bastante, ni para torcer el rumbo, ni para acelerar el paso y aumentar el vigor y la firmeza con que la humanidad sigue su marcha progresiva elevándose á superiores esferas. Todo cuanto los yankees han pensado, inventado ó escrito, podrá ser un brillante apéndice; pero no es más que un apéndice de la civilización inglesa. Será una cola muy lucida, pero no es más que la cola. El núcleo, el foco, el centro luminoso, el primer móvil, cuanto ilumina y mueve aún á la humanidad en su camino, está en Europa y no ha pasado á América ni es de temer que pase. La antorcha del saber y de la inteligencia, la férula del magisterio, el timón de la nave, el cetro de la soberanía mental están en Europa desde hace tres mil años.
Ni los persas, ni los cartagineses, ni los árabes, ni los tártaros, ni los turcos, lograron arrebatárnoslos en sus ingentes y tremendas expansiones. Es, pues, cosa de risa el prurito de los yankees, su mal disimulado deseo de arrebatárnoslos ahora. Y si no pretenden esto, si no aspiran sino á un nuevo divorcio entre ambos hemisferios ¿qué significa la doctrina de Monroe? Todavía en las Repúblicas hispano-americanas, si la suerte les hubiera sido más favorable y si no estuvieran tan abatidas, la doctrina de Monroe tendría explicación, tendría fundamento justificado. Allí hay un elemento indígena: allí hay americanos de verdad. Hasta de la mezcla de la sangre española con la sangre india, se podría suponer que ha nacido y que se desenvolverá una raza distinta y acaso superior á la europea. ¿Pero en los Estados Unidos hay algo más que el suelo que sea americano? ¿Qué significa pues la manoseada frase «para los americanos América?» ¿Con qué razón, con qué derecho, á no ser por la fuerza cuando la tengan, tratarán los yankees de echar de América primero á España, y después á Inglaterra, á Francia, á Holanda y á Dinamarca, que son tan americanas como los yankees y han merecido y merecen más aplauso y gratitud de América, porque la han colonizado, civilizado y cristianizado, implantando en ella todo el saber, toda la virtud y todos los gérmenes de poder y de grandeza de que los yankees andan ahora tan orgullosos?
Al redactar este escrito me dejo llevar por un impulso involuntario, reconociendo lo poco que importa mi protesta y lo débil que es este alarde de patriotismo al lado de los que hacen y seguirán haciendo muchos generosos y nobles españoles, como, por ejemplo, los que residen en Méjico, y en la Península el sabio Obispo de Oviedo y el noble Marqués de Comillas. Avergonzado por ellos de mi insignificancia, he vacilado, durante algunos días, en dar á la estampa este escrito.
Igualmente me han hecho vacilar el respeto y el afecto que profeso aún á la nación anglo-americana, á pesar de las injurias de que sus representantes nos han colmado, porque yo no quisiera por ningún estilo, al devolver á dichos representantes agravio por agravio, que alguien imaginase que yo trataba de ofender á su nación aunque por ser nosotros calumniados y engañada ella por vulgares prejuicios que han difundido y difunden rastreros escritores, estuviésemos empeñados en una lucha que no tiene razón de ser. Estos rastreros escritores se han complacido en pintarnos á los ojos del vulgo de sus compatricios como una nación de fanáticos y de malvados. Casi les hacen creer que tenemos Inquisición todavía y que hemos asesinado jurídicamente, cuando la tuvimos, centenares y centenares de hombres. Se han callado muy bien, ó por mala fe ó por ignorancia, que en cualquiera de las naciones más cultas y urbanas de Europa, y sin tener Inquisición, se han cometido más crueldades, se han elevado más cadalsos, se han encendido más hogueras, y ha hecho más víctimas que en España la superstición religiosa. En Inglaterra, metrópoli de los Estados Unidos, cuentan autores ingleses sobre treinta mil brujos y brujas ajusticiados; víctimas del fanatismo han perecido allí reyes y reinas, y mártires tan gloriosos como Tomás Moro.
Lutero, Calvino y Knox sólo pedían libertad religiosa cuando estaban en minoría. En Escocia aún se quemaban brujas en el siglo pasado. Y en los mismos Estados Unidos, sólo en Salem (Massachusetts), se han cometido más atrocidades y asesinatos jurídicos, únicamente á causa de la brujería, que por causa ó pretexto de religión cometió el Santo Oficio en toda la América entonces española desde Texas y California hasta el estrecho de Magallanes.
Yo no creo que los mulatos rebeldes y los negros cimarrones de Cuba despierten profundas simpatías en el alma de los legisladores yankees, ni que les den esperanza de que, declarados ya independientes, formen una República superior á la de Haïti, y contribuyan más que nosotros al progreso y al bienestar del linaje humano y al florecimiento y auge de la agricultura, de la industria y del comercio. Para mí, pues, es evidente que no por amor de ellos, sino por odio á nosotros, ambas Asambleas de la Unión los protegen. Y este odio, que deploro, es el que yo quisiera ver disipado. Tengo por innegable que en ningún corazón español, á pesar de los ultrajes recibidos, existe tal odio. Sin él, y sólo por necesidad, iremos á la pelea, si se nos acosa: si se nos pone, como vulgarmente se dice, entre la espada y la pared. Doloroso será entonces tener que pelear contra un pueblo, en quien no podemos menos de admirar excelentes prendas y elevados impulsos, enteramente contrarios á los que le exciten á esta injusta contienda.
Lo que yo admiro más en los Estados Unidos, hasta por el candor juvenil y casi infantil del sentimiento, es su prurito de acometer portentosas y difíciles empresas y de ver si logran sobrepujar en todo á los europeos. Hay en Europa casas de siete pisos, pues los yankees las construyen de catorce; hay en Europa monumentos altísimos, pues los yankees los construyen cincuenta codos más altos; hay en Europa regios alcázares, cuya base se extiende sobre centenares de metros cuadrados, pues los yankees harán que se extiendan sobre millares de metros cuadrados sus alcázares republicanos. Todo en América ha de ser más alto y más grande que en Europa. ¿No está, por consiguiente, en contradicción con este empeño de superioridad; con el Excelsior, tan hermosamente cantado por un poeta yankee y tomado como lema y santo y seña de su nación, el querer intimidar con amenazas y fieros á una nación que se cree débil, para fomentar la rebelión de gente á quien no es posible que se estime y para atropellar legítimos derechos? El mismo Presidente Cleveland y todo el pueblo anglo-americano debieran protestar, sin que nadie abogase por nosotros, contra los arrebatos violentos y ciegos de que se han dejado llevar sus Cuerpos Colegisladores.
Hubo en los Estados Unidos, y hay aún, porque supongo que vive, un cierto coronel Ingersoll que quiso, en su especialidad, como otros compatriotas suyos, ir más allá que todos los europeos. Era su especialidad un terrible aborrecimiento á Dios y un decidido empeño de expulsarle del universo, á fin que libre del despotismo divino fuese más dichoso el humano linaje. Para esta expulsión de Dios alegaba el coronel la crueldad con que Dios castiga en el infierno á los pecadores. Decía él que si su mujer, un tío suyo ó cualquiera de sus camaradas, estuviese sufriendo las penas eternas, y él estuviese en el cielo, le diría á Dios cuatro frescas y se iría también al infierno con su gente. Pero á esto se me ocurre objetar: ¿no sería mejor y más prudente en vez de pelearse con Dios, insultarle y llamarle tirano, creer que es bueno y hasta que todo eso de las penas eternas puede ser una calumnia que le han levantado á Dios en las Edades Tenebrosas, como el coronel Ingersoll las llama? Pues aplíquese el cuento al caso presente, y en vez de querer arrojarnos de Cuba y de insultarnos por lo crueles que somos, reconózcase y confiésese que no hay tal crueldad de nuestra parte, sino exagerada blandura con los mambises depredadores é incendiarios. Esto sería lo razonable y lo justo: que el coronel Ingersoll dejase á Dios en paz en el cielo y se contentase con poner las peras á cuarto á Moisés y con demostrar que no supo tanta química y tanta geología como él sabe, y que sus compatricios nos dejasen á nosotros en paz en Cuba, reconociendo que la hemos de cuidar mejor que los insurrectos si llegan á ser independientes, aunque no acertemos á hacer de Cuba el Paraíso que harían de ella los yankees, más sabios que nosotros en artes mecánicas y mejor iluminados y obsesos por los genios del comercio y de la industria.
En suma, yo tengo cierta vaga esperanza, y pido fervorosamente al cielo que se realice, de que las grandes potencias de Europa, que forman tácita confederación para dirigir y ordenar la marcha civilizadora de nuestra especie, no contemplen con indiferencia la atroz iniquidad de que pretenden las Cámaras anglo-americanas hacernos blanco y objeto. Hasta confío aún en que la masa del pueblo de la Unión vuelva en sí, retroceda del camino por que quieren lanzarla, se llene de honrados escrúpulos, y vea y note cuanto hay de cobarde, de ruín y alevoso, en querer aprovecharse para humillarnos de nuestra verdadera ó aparente postración y de los disturbios que nos abruman. Yo no me atrevo á creer que ese pueblo, hoy en toda la lozanía, crecimiento y vigor de su mocedad, pretenda lucirse haciendo el feo papel de sacudir la coz del asno contra el león que juzga moribundo. Por todo esto, es tan posible como deseable que el conflicto que se ha promovido no acabe por estallar, con horroroso estrago, como bomba de dinamita, sino que se quiebre y se desvanezca en el aire como ténue bola de jabón y de agua.
En vista de lo que queda expuesto, apenas es creíble que Inglaterra, Francia y las demás naciones de Europa que en América tienen colonias se crucen de brazos, y sólo por la culpa de que somos débiles, ó de que consideran que somos débiles, dejen sin chistar y sin mostrar el menor enojo que los Estados Unidos nos insulten, nos vejen y nos despojen.
Pongámonos, sin embargo, en lo peor. Demos ya por seguro que nadie acude á nuestro lado y que sin freno que los contenga, los yankees persisten en sus exigencias y en su furia. Aun así, yo afirmo que debemos pasarnos de modestos, de pacíficos y de prudentes. El límite de nuestro sufrimiento debe ser el último límite. El Gobierno español, con paternal cuidado y amoroso desvelo, debe evitar cuanto sea posible los crueles sacrificios de vidas y de haciendas á que una guerra desigual nos obligue; pero llegados ya al último límite, nos conviene entender que es consejo y no precepto evangélico aquello de que: si te piden la capa da también la túnica. No, no debemos dar ni túnica ni capa; no debemos entregar á la codicia ó á la soberbia de los yankees ni un palmo de terreno en la isla de Cuba; ni debemos tampoco continuar pagándoles tributos como por virtud de injustas y arbitrarias reclamaciones de indemnización nos los han hecho pagar durante muchos años, humillándonos al pagarlos. Antes de sufrir tanto oprobio y tan honda caída, desvanecidas ya todas las esperanzas de paz honrosa, declaremos la guerra á los Estados Unidos, hagámosla con valor, y aunque nuestro triunfo definitivo parezca milagro, confiemos y creamos en que la era de los milagros no pasó todavía.
¿Quién sabe si el sacudimiento terrible que tendrá que producir esta guerra no será una crisis saludable que nos levante de la postración en que estamos y nos coloque de nuevo entré las grandes naciones del mundo? Unidos todos en un esfuerzo común, olvidaremos nuestras divisiones de partidos, nuestras rencillas políticas y nuestros desventurados regionalismos. No seremos republicanos, ni carlistas; canovistas, ni sagastinos; pero seremos ministeriales todos; y no nos jactaremos de ser aragoneses, catalanes, castellanos ó vascos, porque todos seremos españoles.
Nuestro ejército, lejos de lamentar la guerra, se alegrará de que, merced á la guerra, podrá luchar con alguien que dé la cara, que no sean foragidos que huyen y se esconden, y en cuyo vencimiento se puede alcanzar alguna gloria. Nuestros generales, por último, se alegrarán más aún, porque tendrán ocasión de mostrar lo que valen, en vez de jugar al escondite con enemigos que se ocultan y de sacrificar á sus soldados, no por exponerlos á las balas de esos enemigos y á sus celadas y sorpresas, sino por las inclemencias y las fiebres de un clima mortífero para ellos.
Aunque soy optimista, aunque no pierdo nunca la esperanza, aunque creo que ahora tienen los españoles el mismo gran ser que tuvieron á fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI, cuando fué el apogeo de su gloria, si bien no temo la guerra, tampoco la deseo. No tienen la culpa los ciudadanos de los Estados Unidos en general de la soberbia disparatada, de la ignorancia y de la codicia de sus representantes y de sus senadores. Y yo, sin poderlo remediar, no excluyo de mi amor por el linaje humano al pueblo de los Estados Unidos, donde hubo y hay hombres y cosas que me son simpáticos: elegantes é inspirados poetas como Longfellow, Russel-Lowell y Whitier; algunos pensadores, si poco originales, discretos é ingeniosos como Emerson, imitador de Tomás Carlysle; varios historiadores, aunque poco profundos, amenos y agradables de leer, salvo cuando tratan de sus propios asuntos, porque entonces suelen ser más pesados que el plomo; varios divertidos novelistas, y sobre todo, hombres de tan aguda inventiva que ya brillan como Edison, empleando la electricidad en no pocos útiles y pasmosos artificios, ya producen la máquina de coser, que siempre que la contemplo me deja embobado. Yo admiro además la belleza, el talento y la refinada cultura de las mujeres anglo-americanas, las cuales son la más preciosa y segura garantía de que si se llevase á su práctica huraña la doctrina de Monroe y se volviese á establecer el divorcio entre el antiguo y el nuevo mundo, no volverían los habitadores del último á andar vestidos de plumas y de pieles, á sacrificar seres humanos á los ídolos y á comerse unos á otros. Yo admiro el salto del Niágara, la riqueza y prosperidad de los Estados Unidos, la magnificencia y esplendor de sus grandes ciudades, como Nueva York, Boston y Filadelfia; la facilidad y comodidad con que por allí se viaja en ferrocarril, y lo amables y hospitalarios que son los yankees con los extranjeros cuando el amor propio no los ciega y cuando no se les pone en la cabeza que los extranjeros les son muy inferiores, porque entonces suelen ser harto poco amorosos y son muy desprovistos de caridad. Díganlo si no los pobres chinos, harto duramente zurrados porque trabajan por muy corto salario. Para no cansar, lo que es yo, á pesar de los insultos que nos han inferido, celebraría en el alma que nos reconciliásemos, nos estimásemos en más, y acabásemos por querernos bien en vez de venir á las manos.
Pero si esto no es decorosamente posible ¿qué le hemos de hacer? Pecho al agua y adelante. No hay mal que por bien no venga. Casi estoy por decir que de todos modos saldremos gananciosos. Si somos vencidos, perderemos pronto á Cuba sin aburrirnos y cansarnos durante tres ó cuatro años en perseguir á nuestros enemigos trashumantes, contra los cuales, en vez de enviar soldados, debiéramos enviar perros y hurones. Y si salimos vencedores, que todo es posible con el favor del cielo, donde aún conserva y cuida Santiago su caballo blanco y sus armas, entonces se corregirán muchísimo los yankees, porque se les bajará el orgullo que es su mayor falta; y yo, aunque estoy abrumado por las enfermedades y los años, me regocijaré al contemplar á los yankees más apacibles y benignos, menos duros é insolentes con nosotros, renegando de su tontería de doctrina de Monroe, y alargándonos sin rencor y como Dios manda la mano de amigos.
Entonces cantaría yo un magnífico Te Deum allá en el fondo de mi alma, y exclamaría remedando al viejo Simeón: Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum.