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QUEJAS DE LOS REBELDES
DE CUBA

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DON Rafael María Merchán es uno de los escritores de más saber y talento que hay en el día en la América española. No he de negarle yo esta alabanza, porque él sea tan descastado y tan acérrimo enemigo.

Años há, me envió un libro suyo titulado Estudios críticos. Yo le celebré en mis Cartas americanas. Después creo que tuvimos cierta polémica y que el Sr. Merchán escribió un folleto contra varias de mis afirmaciones.

Desde entonces hasta hoy, ni yo he hablado al público del Sr. Merchán, ni supongo que él ha hablado de mí; pero ni yo le he olvidado ni él me ha olvidado tampoco. Para probarlo me acaba de hacer la fineza, que le agradezco, de remitirme desde Bogotá, donde reside, la obra reciente, de 250 páginas, titulada: Cuba. Justificación de su guerra de independencia.

La obra es curiosísima y tan llena de interés en la actualidad, que bien merece se dé noticia de ella. Voy, pues, á hacerlo, si El Liberal, hospitalaria y bondadosamente, inserta mi escrito en sus páginas de tan popular y difundida lectura.

Tan enfurecido está el Sr. Merchán contra España y tan deseoso de sacudir su yugo, que con tal de que sea libre Cuba, aplaude á los que incendian sus sembrados y plantíos y arrasan sus cortijadas indefensas, lamentando sólo que no hayan podido hasta ahora incendiar también sus ciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo. Para hacer patentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamaña destrucción, aduce el Sr. Merchán multitud de ejemplos históricos, desde Sagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar más vigor á su apología, cita una octava de la Lamentación de Byron, de Núñez de Arce, donde el poeta aconseja á los griegos que talen é incendien y lo conviertan todo en ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, una distinción que hacer, y de no pequeña importancia. Los griegos iban contra los turcos, gente de muy distinta raza, civilización y creencias religiosas; y los griegos, cuya historia es gloriosísima y antigua, como del pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de las letras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas con que los humillaba otro pueblo, rudo y bárbaro, venido del Norte del Asia, y de harto menos nobles historia y origen. ¿Qué tiene que ver esto con los españoles y los cubanos, ya que los últimos, si no son españoles ó negros, no son nada? En el porvenir podrán ser todo lo que anhelen y sueñen: por el invencible amor á mi raza deseo yo que sus sueños no sean absurdos, sino que se realicen; pero lo que es ahora, ó no son nada, ó son españoles, ó son negros. Hay además otra notable diferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de su capa un sayo. Heróicos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificio de los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos; pero cuando alguien destruye ó quema lo que no le pertenece ó se queda con ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de héroe, sino de bandido.

Veamos ahora los argumentos de que se vale el Sr. Merchán y la multitud de crímenes que atribuye á los españoles peninsulares para justificar y aun glorificar á los rebeldes de Cuba y para calificar de indispensables, de nobilísimas y de santas sus fechorías.

Hablaré primero de las acusaciones más generales y vagas que lanza contra nosotros el señor Merchán, y pasaré luego á las más concretas.

Según él, todo español que va á América podrá conseguir cuanto desee, menos una cosa: tener hijos españoles. Si fuese verdadera la afirmación, que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo el desdén que supone el Sr. Merchán que los españoles peninsulares tenemos á los españoles criollos, estarían, hasta cierto punto, fundados. Don Marcelino Menéndez y Pelayo hubiera podido entonces decir sin rencor, hablando de América, en su obra titulada Ciencia española, que la ingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra. El mismo Sr. Merchán da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que no hay español que pueda engendrar en América un hijo que no reniegue de su casta y que no se rebele contra la nación á que pertenece. Por dicha el Sr. Merchán se equivoca, y también se equivocó el señor Menéndez y Pelayo, y yo lo reconozco, aunque disculpo la última equivocación, enmendada ya. El Sr. Menéndez incurrió en ella siendo muy joven é inexperto todavía.

Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, ni sombra de enojo contra los hispano-americanos. Ni uno solo de los casos que aduce el Sr. Merchán tienen el menor valor.

Don Antonio de Trueba, al apellidar á Bolívar El Libertador, dice: Nombre que uso por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia. Y yo afirmo que, sin desdén ni odio, el Sr. Trueba hizo muy bien en no llamar por su cuenta Libertador á Bolívar. Los españoles peninsulares, sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar á Bolívar gran capitán, héroe, eminente político, ilustre y valeroso personaje; en suma, todo lo que se quiera menos Libertador, porque esto sería confesar y creer lo que no creemos; que nosotros somos unos tiranos inícuos de quienes conviene libertarse.

La señora doña Soledad Acosta de Samper fué en España tan obsequiada y celebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todavía se queja (en su Viaje á España) de que no pongamos por las nubes á Bolívar, y de que no nos entusiasmemos con él. Pues si Bolívar nos venció, ¿cómo quiere la señora doña Soledad que nos entusiasmemos? ¿No hay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegación tan dolorosa? Fuera de esta cruda mortificación de amor propio que el Sr. Merchán y la señora doña Soledad Acosta pretenden imponernos para probar que los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado á los hispano-americanos las mayores pruebas de estimación y de cariño. Y esto desde los tiempos más antiguos hasta el día de hoy. Americano era Alarcón, y no hay español que no le cuente entre nuestros grandes y gloriosos poetas dramáticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope, de Calderón y de Tirso. Americana era doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, y figura en España como la primera de nuestras poetisas líricas desde que empezó á escribirse en lengua española hasta el día. Y la poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera, si la Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, también americana.

No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni á Gorostiza, ni á Ventura de la Vega, ni á Rafael María Baralt, ni á José Heriberto García de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de Estado y popularisimos caudillos han pasado en España otros varones ilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el marqués del Duero.

Cuantos personajes se han distinguido en la América española por su saber, por su ingenio, ó por sus hazañas, desde que la América española se declaró independiente, han sido en España tan celebrados y queridos como en la República misma donde ellos nacieron. Así D. Andrés Bello, á quien admiramos como filólogo y como autor de Derecho internacional, y cuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria; y así D. Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso. No nos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar con fundamento las poesías de ambos Caros, de Mármol, de Andrade, de Obligado, de Restrepo, de Oyuela, de Ruben Darío y de algunos otros.

El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiración se difunda mucho más. Y, francamente, nos parece hasta cómica la censura dirigida contra la Antología de poetas hispano-americanos del Sr. Menéndez y Pelayo, porque no incluya en ella, desdeñándolos, á no sé cuántos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el Sr. Menéndez y Pelayo, que es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esos grandes poetas. Y si los conocía, es inverosímil que no insertase en su colección ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, con indulgencia pasmosa, tantísimo verso insignificante y menos que mediano. El empeño de agradar á nuestros hermanos de América y el afán de mostrar que sabe mucho, disculpan al Sr. Menéndez y Pelayo; pero, hablando con franqueza, su Antología hubiera valido más, si en vez de constar de cuatro gruesos tomos hubiera constado sólo de dos, y aun de uno: su Antología se asemeja á los libros proféticos que la Sibila de Cumas vendió á Tarquino el Antiguo. Primero eran nueve y Tarquino no los quiso comprar; luego la Sibila los redujo á seis, y Tarquino no los compró tampoco; y por último, la Sibila los redujo á tres y pidió por ellos tres veces más de lo que por los nueve había pedido. Tarquino los compró entonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido á uno solo, Tarquino hubiera dado por él más dinero. Mutatis mutandis lo propio puede decirse de la Antología del Sr. Menéndez y Pelayo.

En lo expuesto hasta aquí, no creo yo que haya razón suficiente para que los rebeldes de Cuba nos hagan la guerra á sangre y fuego, poniéndonos en idéntica situación en que Dionisio, tirano de Siracusa, puso á un filósofo crítico que había en su corte. Como el filósofo no gustó de los versos del tirano, éste le trató muy mal; se apiadó luego de él y le sacó del calabozo en que le tenía encerrado; le leyó, por último, otros versos suyos, y entonces dijo el filósofo: que me vuelvan á encerrar en el calabozo. Aplíquese el cuento y conste que si la guerra civil cubana, cuya terminación fervorosamente deseamos, hubiese de terminar aplaudiendo nosotros muchos versos de por allí, un involuntario é indomable espíritu crítico nos forzaría á exclamar: que nos vuelvan al calabozo; que siga la guerra; signa canant, suenen las trompetas, como dijo Augusto á Fulvia cuando le amenazó con la guerra civil, si amorosamente no se le rendía.

Basta ya por hoy. Otro día hablaré de otras razones menos disparatadas que alega el señor Merchán en favor de la guerra de Cuba.

II

Ciencia exacta es la estadística. Yo no lo niego. Lo único que me atreveré á decir es que siempre que de estadística se trata, acude á mi memoria este cuentecillo.

De vuelta á su lugar cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados por agua, que había en un plato, escondió uno con ligereza. Luego preguntó á su padre.—¿Cuántos huevos hay en el plato?—El padre contestó:—Uno. El estudiante puso en el plato el otro, que tenia en la mano, diciendo:—¿Y ahora, cuántos hay?—El padre volvió á contestar:—Dos.—Pues entonces—replicó el estudiante—dos que hay ahora y uno que había, antes, suman tres. Luego son tres huevos los que hay en el plato. El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se quedó atortolado y no atinó á desenredarse del sofisma. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba á afirmar que había tres. La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se le comiera: tomó otro huevo para ella, y dijo á su sabio vastago:—El tercero, cómetele tú.

Tercer huevo es casi siempre el superávit de los presupuestos y no corta porción de las rentas y recursos de los particulares y de los Estados.

Traigo esto al propósito de que recibamos con escepticismo prudente todos los datos estadísticos que el Sr. Merchán presenta para demostrar cuánto produce á España la isla de Cuba.

Según muchos políticos y estadistas españoles, entre los cuales cita el Sr. Merchán á D. Francisco Silvela, en un discurso que pronunció en el Congreso el 12 de Febrero del año pasado, Cuba, desde hace tiempo, es una carga para España.

Contra esto se encoleriza extraordinariamente el Sr. Merchán y siente herida su vanidad de cubano. Según él, Cuba nos produce tanto, que el día en que la perdamos, casi todos los españoles nos moriremos de hambre ó poco menos. Por interés y no por punto de honra, anhelamos, pues, conservar á Cuba. El Sr. Merchán no quiere comprender ó no comprende, que, hasta prescindiendo del interés y del punto de honra, la conservación de la grande Antilla nos importa mucho. Su pérdida no podría menos de dolernos, como duele á cualquiera que le saquen una muela picada, aunque la muela para nada le sirva. De aquí que tratemos de empastarla ó de orificarla, y procuremos resistir á los sacamuelas de los Estados Unidos, que desean su extracción y tienen ya preparado el gatillo.

Pero vamos á la estadística del Sr. Merchán.

Confiesa que, desde 1868, no vienen á España sobrantes de Ultramar. Los insurrectos de Yara, dice con júbilo, cerraron este vasto desagüe. Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, según el Sr. Merchán, viene á España por otros conductos.

Según él y según el Sr. Dolz, á quien cita, nuestros empleados en aquellas aduanas defraudan al Tesoro, y sin duda envían á España cada año la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo: pero, como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuba lleven la tontería hasta el extremo de concurrir en balde y de balde á este robo, dando á los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerza es afirmar que, si dan á los empleados ocho millones se quedan ellos con doce, ó siquiera con otros ocho, para que el robo sea á medias. Yo me resisto á creer que el comercio de exportación y de importación dé en Cuba para tan desaforado latrocinio. Aceptemos, no obstante, que el resguardo y los vistas ciegos envían á España los ocho millones.

En todo lo demás que pone el Sr. Merchán como rendimiento de Cuba á España, es evidente que el Sr. Merchán delira.

Cuba, dice, exporta cada año para España seis millones de pesos fuertes en frutos, que pagan por derecho de importación tanto como valen. Supone luego que estos seis millones, que salen del bolsillo de los peninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son también tributo ó dádiva que Cuba nos envía; y suma catorce millones.

El estanco del tabaco rinde diecinueve, según manifestó recientemente el director de la Compañía Arrendataria, D. Eleuterio Delgado. Aunque no se comprende por qué, el Sr. Merchán se los aplica también á Cuba y ya tenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.

España manda á Cuba cada año, en mercancías, por valor de veinticinco; pero como de allí vienen seis, la balanza de comercio sólo da en nuestro favor diecinueve. Y como si todas las mercancías que enviamos á Cuba no valiesen un pito y fuesen una basura grandísima, que nosotros hiciésemos tragar y pagar por fuerza á los infelices y tiranizados cubanos, el Sr. Merchán pone también estos diecinueve millones en la cuenta de lo que Cuba nos tributa, haciéndola subir á cincuenta y dos millones de pesos anuales. Tal es la renta clara y paladina que da Cuba á España. La renta misteriosa y oculta es inmensa, según el Sr. Merchán. Los empleados, los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de España á Cuba no se cansan jamás de enviar dinero de Cuba á España.

En su afán de ponderar lo que cuesta á Cuba el ser española, pone y suma el Sr. Merchán los sueldos principales del alto clero y de los funcionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta suma por cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco á considerar que si Cuba llegase á ser República independiente, no había de suprimir al arzobispo, al obispo, á la clerecía, á los empleados todos, y hasta se había de quedar acéfala y sin presidente. Ya saldría á los cubanos bastante más caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Y esto sin meternos á vaticinar ni á recelar que en Cuba pudiera haber presidentes, como los ha habido en otros puntos de América, que han tenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como la prensa hidráulica más poderosa. Con todas las violencias tiránicas, con todas las ferocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanes generales ha enviado España á América, desde el reinado de Felipe II hasta hoy, si pudiéramos ponerlas en un alambique y destilar la quinta esencia de ellas, créame el Sr. Merchán, no sacaríamos un espíritu equivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.

Es el Sr. Merchán, ó aparenta ser, contrario á la anexión de Cuba á los Estados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo que él llama profecías siniestras, el florecimiento y prosperidad de Cuba si llega á ser un Estado más de la Unión. El Sr. Merchán no aspira al suicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba continúe siendo latina, que es el epíteto que gustan de darse ahora muchos hispano-americanos, para no llamarse españoles. Todos han de ser latinos, aunque no hayan pasado del quis, quæ, quod vel quid.

El odio á España del Sr. Merchán y de otros insurgentes es tan feroz y desapiadado, que más que la prosperidad y auge de Cuba, harto problemáticos si llega á ser independiente, los encanta y seduce la tremenda ruina en donde, según ellos, se hundirá España si perdemos aquella ísla. Como si fuera tan malo cuanto en la Península se produce, que nadie quisiese comprarlo sino por fuerza, entienden que, separada Cuba de España, no tendremos á quien vender. Los diecisiete y medio millones de españoles peninsulares, asegura el Sr. Merchán que estamos amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de 1.200.000 blancos y 400.000 negros sus compatriotas.

Por lo visto, entra también en el plan de los insurrectos el despojar á los españoles penínsulares de las propiedades territoriales que en Cuba tienen, y hasta el expulsarlos de allí. «Toda esta población—decía en 1869 La Voz de Cuba, en artículo que el Sr. Merchán reproduce y celebra—vivirá errante y miserable en el mundo.»

Para que tal cosa no suceda, para defender á esa población, á la que tenemos obligación de defender; para conservar la integridad de nuestro territorio, para que la nación española no sea de nuevo mutilada, y no porque Cuba nos produzca todos esos millones fantásticos, deseamos conservar á Cuba, y es de esperar que la conservemos. Los diecisiete millones y medio de españoles peninsulares, salvo muy pocos, no temen perder el mercado para su industria, y perder el fomento de su comercio y de su marina mercante, si llegasen á perder la perla de las Antillas. No nos faltaría entonces sitio y gente á donde enviar nuestros productos y nuestros barcos. La pérdida de Cuba nos traería, sin duda, perturbación, mas no por la utilidad que Cuba nos trae ó nos ha traído nunca. Si atendiésemos solo á esta utilidad, apenas habría español que no estuviese deseando que nos quedásemos sin Cuba.

No tendría entonces que decir el Sr. Merchán, citando los arrogantes versos de Núñez de Arce, y dirigiéndose á Cuba:

  «Y si ser grande y respetada quieres,
de tí no más la salvación esperes.»

Consejo que Cuba, ó mejor dicho, los rebeldes en armas no siguen, porque solos ni se hubieran rebelado, ni persistirían en la rebelión, que los yankees atizan, fomentan, patrocinan y pagan para echar de allí al cabo, no sólo á nosotros los españoles, sino también á todos los latinos, sin excluir al Sr. Merchán, que regresaría por corto tiempo á su patria y que tendría que volverse á Bogotá, porque en Cuba, yankeeficada, le mirarían como mueble incómodo é inútil y no le harían caso. No le valdría la adulación con que proclama la omnipotencia de los Estados Unidos.

Si quisieran apoderarse de Cuba, dice, «¿quién se opondría? ¿Inglaterra? El Leopardo puede aceptar luchas con el Águila, pero no la provoca á ellas. ¿Francia? Mientras no arregle cuentas con Alemania, evitará contiendas con otras naciones fuertes y civilizadas. ¿Alemania, Rusia? No tienen intereses coloniales en América; y Rusia, de desenvainar la espada, lo haría á favor de su antigua amiga la Unión Americana. En cuanto á una coalición de las grandes potencias, los Estados Unidos no la temen. Recuérdese cómo desbarataron la Santa Alianza con un Mensaje de Monroe».

¿Tendrá razón el Sr. Merchán y lo podrán todo los Estados Unidos? ¿Se atreverán á intervenir en Cuba y á intentar despojarnos de cuanto allí legítimamente poseemos, sin que por impotencia ó por imprevisor egoísmo se interponga en nuestro favor ninguna grande potencia europea? Entonces sí que no será á Cuba, sino á España, á quien tenga que decir el poeta, y esperemos en Dios que sea oído:

  Y si ser grande y respetada quieres,
de tí no más la salvación esperes.

III

Algo arrepentido estoy de haber tomado por asunto de un escrito mío el libro del Sr. Merchán. Hay muchísimo que decir sobre él, y yo me canso, y, lo que es peor, temo cansar á mis lectores. Sin embargo, como ya emprendí la tarea, no quiero dejarla sin terminar, si bien procuraré ser muy conciso.

Lo más grave de que el Sr. Merchán acusa á España, es de su corrupción administrativa en Cuba. Nada hay que decir contra los datos que aduce. Todos están tomados de discursos, informes, folletos y Memorias, suscriptos por los señores Romero Robledo, Moret, marqués de la Vega de Armijo, Balaguer, Doltz, general Pando, general Salamanca y bastantes otros hombres políticos peninsulares de la primera importancia.

No quiero entrar en pormenores, porque son cansados y además harto feos. Convengo, pues, con el Sr. Merchán en que en Cuba la corrupción administrativa es deplorable: es un mal que requiere pronto y enérgico remedio. ¿Pero le hallará la rebelión, si triunfa y establece en Cuba una República independiente? Lo dudo, y no digo rotundamente lo niego, porque no me precio de profeta, porque mi optimismo no tiene limites y porque no he perdido la fe en lo sobrenatural y milagroso.

Mal hemos administrado á Cuba en el siglo presente; pero lícito es presumir que los cubanos libres la administrarían mil veces peor. Libres son y constituídas están en Repúblicas todas nuestras antiguas colonias en el continente americano. ¿Hay alguna de ellas que desde que conquistó su libertad hasta hoy haya sido mejor administrada que Cuba? Esto es lo primero que sería necesario demostrar.

Yo reconozco desde luego que el desarrollo del comercio, de la industria y de la riqueza en general, mil ingeniosas invenciones y los más fáciles medios de comunicación entre las gentes han hecho progresar y han llevado como á remolque hasta á los pueblos más atrasados. Pero estas causas debieran influir más en los pueblos libres que en pueblos como el de Cuba, que gime aún bajo el abominable yugo de España. Cuba, no obstante, apenas tenia á principios de siglo más población que 400.000 almas. Hoy pasa la población de Cuba de 1.600.000. La población, pues, está cuadruplicada, sin que á esto contribuyan, ni la abolida trata de negros, ni una gran corriente de emigración europea ó asiática. La riqueza y el bienestar han aumentado también, á pesar de las guerras civiles. No estarán, pues, tan oprimidos y miserables los cubanos, cuando así crecen y prosperan. ¿Crecen en la misma proporción en las Repúblicas hispano-americanas, las gentes, el bienestar y la riqueza?

Ya he dicho que no he de negar yo la corrupción administrativa de Cuba, para cuya prueba aduce el Sr. Merchán tanto testigo; pero tenga por cierto que, si fuese tal como él la pondera, Cuba no hubiera prosperado. La extraordinaria fecundidad de su suelo no hubiera podido prevalecer contra la rapacidad que en los peninsulares supone el Sr. Merchán. Si de los cuatro siglos que hace que poseemos á Cuba hubiéramos sacado de ella y enviado á España durante cuarenta años siquiera, á diez años por siglo, la mitad no más de lo que anualmente robamos á Cuba, ó sean veinticinco millones de pesos fuertes y esto sin contar las remesas misteriosas é infinitas que hacen los peninsulares, tendríamos que, en poco tiempo, habrían ingresado de Cuba en España nada menos que mil millones de pesos fuertes. ¿En qué Pozo Airón, en qué sumidero, en qué insondable abismo ha venido á precipitarse y á hundirse este Misisipí, este Amazonas de oro? ¿Dónde están los palacios, las soberbias quintas, los hadados jardines, el lujo sardanapálico y los sibaríticos deleites de los peninsulares que trajeron de Cuba todo ese dinero? ¿Dónde están los templos, los obeliscos y las pirámides que hemos levantado con el áureo vellocino de nuestra Colcos? Ambas Castillas están pobres y desoladas. Los palacios de los peninsulares enriquecidos en Cuba son más difíciles de hallar que los de Dulcinea. Y no hay monumento de algún valer que no se haya erigido con dinero nuestro y no cubano. Para que sea más evidente la prueba, los monumentos más nobles y grandiosos, hasta son anteriores al descubrimiento de América, y por consiguiente, de Cuba; los muros ciclópeos y las ingentes torres y arcos triunfales de Avila; las catedrales, como las de Burgos y Toledo, y los alcázares, como el de Segovia.

América no ha enriquecido, ha empobrecido y despoblado á España. España, en su gloriosa expansión, no se dilató por el mundo para saquearle y para traer á la Península los despojos ópimos, sino para difundir por doquiera su cultura, su religión, su idioma y sus artes. Si en la misma Italia, maestra de ellas, cuando en Italia dominamos, levantamos templos, castillos y palacios, erigimos monumentos y fundamos obras piadosas, hospicios y colegios, como de ello dan testimonio Napóles, Palermo, Mesina, Bolonia y otras ciudades, sin excluir á la misma Roma, ¿qué no haríamos y qué no hicimos en América, donde en resumidas cuentas no había nada, ó si había algo, respondía á un estado incompletísimo é inicial de cultura, como podría ser el del centro del Asia, tres ó cuatro siglos antes de que saliese Abraham de su patria, Ur de los caldeos?

Desengáñese el Sr. Merchán; la nación española poco ó nada ha traido de Cuba que no haya pagado con creces; nada debe á Cuba. Cuba es quien se lo debe todo á España; salvo lo que da la Naturaleza en su estado primitivo y selvático. Por eso, aunque el Sr. Merchán se enoje, tiene España razón para llamar ingratos á sus rebeldes hijos de Cuba. ¿Qué habrá quitado España para enriquecerse á Maceo, á Máximo Gómez ó á Quintín Banderas?

En cuanto á los fraudes y depredaciones de nuestros empleados, no poco hay también que objetar. Mucho crédito, por ejemplo, merece D. Eduardo Dolz; pero ¿acaso no puede equivocarse ó exagerar involuntariamente? En los últimos veinticinco años, afirma que nuestros empleados han defraudado, en las aduanas de Cuba, doscientos millones de pesos fuertes. Supongamos que es exacta la cantidad, y ya es mucho suponer. Todavía no es posible la suposición de que sean tan necios los mercaderes y contrabandistas cubanos que hayan tenido el capricho irracional de dar á los empleados los doscientos millones, en vez de darlos al Tesoro. Lo probable sería que, en este hurto hecho al Tesoro, saliesen ganando los comerciantes y contrabandistas ciento cuarenta millones y que los empleados se contentasen con sesenta y con enviarlos á España. Pero como estos sesenta millones no lucen ni parecen por aquí, yo me atrevo á presumir que son fantásticos. En España no abundan tanto los ricos que no nos sean todos conocidos y que no sepamos de dónde ha salido y cómo se ha formado el caudal de cada uno. Seguro estoy de que sigilosamente y al oído, para no delatar á nadie, sin suficientes pruebas, no nos declara, ni el más zahorí en estos asuntos, dónde están veinte millones siquiera, el tercio de los sesenta que de Cuba han de haber venido á la Península. Los doscientos millones, pues, ó no se le quitaron al Tesoro ó casi todos ellos se quedaron en Cuba.

Pretende el Sr. Merchán, apoyado en las delaciones que aquí mismo hemos hecho, que todos estos empleados que van á Cuba á defraudar la Hacienda pública, tienen, entre los más altos personajes políticos, sendos padrinos á quienes pagan tributo. Poco aprovecha á dichos padrinos riqueza tan mal adquirida. Por eso me inclino yo á creer que los más criminales han de haber recibido muy poco; y que los medianamente criminales han de haber recibido algunos cajoncillos de cigarros puros, pinas en conserva y pasta de guayaba, con ó sin tropezones. Lo cierto es que yo he conocido y conozco gran multitud de nuestros personajes políticos. Los que son ricos sabemos perfectamente de dónde procede su riqueza. Y los pobres, que forman la mayoría, contándose entre ellos no pocos que han sido ministros de Ultramar, me atrevo á sostener que no han tomado un céntimo de peseta al hacerse el reparto de los doscientos millones de pesos fuertes. A algunos, cuyos nombres pudiera citar y á quienes traté y visité hasta que murieron, fue menester venderles los libros y las ropas para poder enterrarlos.

En suma; por donde quiera que yo lo miro, no noto en España esa horrible corrupción que el Sr. Merchán nos achaca, y que en todo caso no sería igual, ni con mucho, á la que de otras grandes naciones, como Francia é Italia, nos dejan presumir escándalos recientes, y como la que de los propios Estados Unidos por mil indicios también se presume.

Yo infiero de todo, empezando por conceder que en la administración de Cuba hay desórden y despilfarro, necesitados de enmienda, ó que la corrupción no es tan enorme como se dice, ó que son cubanos interesados y poco escrupulosos los que la fomentan, más en detrimento del Tesoro de la Metrópoli que en detrimento de la prosperidad de la isla.

La rebelión, por consiguiente, no queda así justificada. Los saqueos y los incendios perpetrados por los rebeldes no remediarán nada, ni contribuirán á la prosperidad de Cuba. Y contribuirán aún mucho menos, si los Estados Unidos, según ya se prevé, nos exigen indemnización por esos saqueos y esos incendios, que sin el favor y aliento que dan á los rebeldes, no se perpetrarían, y si el Gobierno español tiene la debilidad de someterse y de pagar. Esperemos, aunque se resista y no pague, que no haya violencia ni guerra internacional. Y en todo caso, aunque esa guerra sobreviniese y aunque nos fuese adversa la fortuna, siempre sería preferible á la humillación y á la ignominia; y sobre todo, si la ignominia y la humillación resultasen inútiles y al cabo hubiese guerra, á no ser que resignadamente nos dejásemos despojar de todo.

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LAS ALIANZAS

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Sr. Director de El Liberal.

MI distinguido amigo: Al leer lo que dice La Época sobre política internacional, siento ciertos escrúpulos de haber contribuído, con el folleto que publiqué pocos días ha, á promover la cuestión de alianzas, que muchos periódicos tratan ahora. Esto me induce á comentar lo que ya dije, á fin de que, sino tiene usted inconveniente, me favorezca publicando esta carta, aunque impugne luego su contenido.

Lamentábame yo de que España, en la presente ocasión de apuros y peligros, estuviese aislada: pero mi lamento no implicaba oposición á determinado partido ú hombre político. No iba contra nadie: iba contra todos. Y por otra parte, como los aliados y los amigos no se buscan ni se ganan en el momento en que se necesitan, sino que se tienen á prevención y de antemano, también estuvo muy lejos de mi mente, y lo hubiera estado, aunque mi insignificancia no lo estorbase, el aconsejar al Gobierno actual que buscara depriesa y corriendo lo que antes de él, desde hace ya medio siglo, nadie había buscado.

Limitada así la intención que tuve al hablar de alianzas, sigo sosteniendo, sin que La Época me convenza de lo contrario, que las alianzas son buenas y que sin alianzas nada útil é importante se ha conseguido en el mundo, desde que Hiran y Salomón se aliaron, hasta el día de hoy. Cuando Salomón, que era sapientísimo, buscaba alianzas, no será el buscarlas tan gran disparate. Sin la que contrajo, ni él hubiera construído el admirable templo de Jerusalén, ni desde Aziongaber hubiera enviado á Ofir sus naves para que volviesen cargadas de marfil y sándalo, oro y perlas, perfumes, especias, papagayos y otros mil primores. Y prescindiendo de ejemplos vetustos, hay uno muy reciente que muestra cuán fecundas en bienes son las alianzas urdidas con arte. Si consideramos lo que ha ganado el Piamonte desde Novara hasta el día, nos asombramos como del milagro más pasmoso. El pequeño sacrificio de enviar cuarenta mil hombres á Crimea, y más tarde el sacrificio algo mayor de ayudar á Prusia y de sufrir por mar una derrota en Lysa y por tierra otra en Custozza, han valido al Piamonte, primero el Milanesado y después el Véneto; que nadie se oponga á que arroje de Sicilia, de Nápoles, de Toscana y de otros Estados á sus soberanos legítimos; que, á pesar del enojo de muchos millones de católicos, despoje al Papa de su poder temporal, y que constituya la unidad de Italia, que parecía sueño. Pedir más sería gollería; sería imitar á aquel monarca aprovechadísimo que pedía y alcanzaba tantas cosas por medio de su hijo, casado con el hada Parabanú, hermana del rey de los genios, que el rey de los genios se hartó al verle tan exigente y pedigüeño, y le aplastó descargando sobre él su tremenda clava. La habilidad, por grande que sea, tiene su limite, sobre todo cuando no hay en ella magia ó hechizo. Y magia sería, si por virtud de la triple alianza diese Italia también cima y dichoso remate á sus tal vez prematuras empresas en remotos países.

La de Saavedra Fajardo, que cita La Época, y el texto latino de cierta fábula de Fedro, que todos sabemos, lo único que prueban es que cualquier obra de alguna transcendencia, como no se haga bien, lo mejor es que no se haga. Sin duda que hay peligro en aventurarse, pero quien no se aventura no pasa la mar.

Nosotros, los españoles, desde hace años pecamos de desconfiados y formamos de nosotros mismos muy pobre concepto. Pensamos y decimos sin ironía ni broma algo parecido á lo que por chiste oí yo decir una vez al Sr. D. Antonio Cánovas con general regocijo de cuantos le escuchaban. Decía que él se había venido de Málaga huyendo porque allí todos le engañaban ó trataban de engañarle. España, con la mayor formalidad, está diciendo y haciendo lo mismo: huye del trato y familiaridad de todas las potencias de Europa por temor de que la engañen.

Mientras más lo recapacito, mejor noto que la desconfianza que nos arrastra al retraimiento y al separatismo está en nosotros muy arraigada y conviene librarnos de ella. Por esta desconfianza echamos á los judíos y á los moriscos; por esta desconfianza se rompió nuestra unión con Portugal, y al romperla perdió Portugal lo mejor de su imperio en la India; por esta desconfianza estuvo á punto de separarse de nosotros Cataluña; en parte, por esta desconfianza se han emancipado prematuramente todas las colonias españolas del continente americano; y por esta desconfianza brotan hoy ominosos chispazos de regionalismo, ya en la misma Cataluña, ya en las provincias vascongadas, ya en Galicia.

Claro está que los negros y mulatos de la clase más ruda y humilde que hay en Cuba entre los rebeldes, están allí por merodear; que los aventureros de países extraños están para ganar importancia y dinero en la contienda; y que algunos ambiciosos, nacidos en la propia tierra, están porque sueñan con ser ministros ó presidentes de la República futura; pero si hay cubanos de arraigo y buena fé que conspiren ó luchen contra España y anhelen la independencia de Cuba, esa desconfianza secular, ese vicio inveterado del separatismo, es quien los mueve. Y es tan pernicioso para ellos el movimiento, que si España no logra pararle, los llevará al suicidio colectivo, ó á gemir bajo el yugo de un presidente ó de un emperador negro ó á la desaparición en la isla, de su lengua y de su casta, cuando toda, si triunfan, sea yankee, dentro de poco.

A fin de impedirlo, sacrifica hoy España sus hombres y su dinero. Y no es el interés quien la impulsa, sino una obligación sagrada. No podemos consentir en que retroceda á la barbarie lo que durante cuatro siglos hemos cuidado con amor y cultivado con esmero, ni podemos consentir en que desaparezcan de Cuba los hombres de nuestra lengua y casta, por ingratos y discolos que sean, para que se extiendan y dominen en ella los anglo-americanos.

De esperar es que nos saquen airosos de este empeño la constancia patriótica de la nación y el valor de nuestros soldados. De esperar es que se evite el conflicto con los Estados Unidos, donde, aunque proclamen la beligerancia, tal vez no se atrevan á intervenir á mano armada en favor de los insurrectos. Y de esperar es, en último extremo, que si los Estados Unidos intervienen, contra razón y derecho, se interpongan las grandes potencias europeas y no permitan, ó una guerra injusta y terrible, ó el violento despojo de lo que nos pertenece, apoderándose la gran República de la llave del seno mexicano, por donde ha de abrir el camino que ponga en comunicación los dos grandes mares. Tales son las esperanzas que podemos tener. Con ellas debemos contentarnos, aunque no sean muy seguras. Ya no es tiempo de buscar alianzas. Solos estamos en el gran conflicto, y con nuestra propia energía tendremos que salir de él, si en los Estados Unidos no ceden, pues al cabo la mayoría de aquel pueblo no es como Shermann, Mórgan y Mills, ó si las grandes potencias europeas, movidas por el propio interés, no nos prestan apoyo.

Pero si España hubiese contado con amistades y alianzas y no hubiese estado tan sola, no hubiera tenido que aguardar hasta el último extremo; hubiera inspirado más respeto en Washington, y no hubiera tenido que ceder á tantas humillantes é injustas reclamaciones y que pagar tanta indemnización con longanimidad lastimosa y que sufrir con paciencia tanto vejamen y tantos vituperios de senadores y diputados yankees. Estos, de seguro, jamás se hubieran atrevido á despotricarse tan ferozmente si España hubiese estado más enlazada y sostenida en el concierto de las naciones civilizadas de Europa.

En mi sentir, pues, las alianzas no solo son convenientes, sino indispensables para España, que tiene aún, y no puede menos de tener, tanto que conservar y tanto á que aspirar, si no se arroja en el surco y se declara muerta y prescinde de su historia.

La Época citaba contra las alianzas á Saavedra Fajardo. Yo citaré en favor de ellas á otro político de más fuste y recámara: al propio Nicolás Machiavelli. Precisamente en el capítulo XXI, donde explica cómo se ha de gobernar un príncipe para conquistar reputación, y donde hace tan hermoso elogio de Fernando de Aragón, marido de Isabel la Católica, á quien declara por fama y por gloria el primer rey entre los cristianos, se decide en favor de las alianzas, diciendo que un príncipe no es estimado sino cuando es verdadero amigo ó verdadero enemigo; que el descubrirse es más útil que el quedarse neutral, y que el príncipe irresoluto, cuando, por huir compromisos y peligros, sigue el camino de la neutralidad, las más veces se hunde en vergonzosa ruina, teniendo que salir de la neutralidad por fuerza y no de grado.

Como ya he dicho que las alianzas convienen y hasta son indispensables, quisiera decir también de qué suerte me parece que deben buscarse y celebrarse; pero como hoy me he extendido mucho, lo dejo para otro día, si no fatigo á los lectores de El Liberal con nueva carta.

II

Sr. Director de El Liberal.

Mi distinguido amigo: En cuestión de alianzas tal vez sería lo mejor, después de afirmar que convienen, abstenerse de decir con quién y cómo. Los usos diplomáticos prescriben no hablar de tales conciertos hasta después de ya celebrados. Pero, á pesar de todo, me parece que no hay imprudencia ni falta de sigilo en que alguien, como yo, que está alejadísimo del poder público y de todo centro oficial, y que no compromete á nadie ni se compromete, diga sobre el asunto lo que se le antoje. Lo que yo pienso decir, además, no puede ofender á ninguna nación. Y no porque yo me valga de rodeos y perífrasis, sino porque quizás á causa de mi optimismo y de mi indulgencia afectuosa, apenas condeno á nadie y hallo disculpa para todo.

Triste cosa es que, al llegar casi á su término el siglo xix, llamado de las luces, la humanidad haya adelantado tan poco, moral y políticamente, que, en el mismo centro de su más alta civilización, todos los hombres capaces de empuñar las armas anden cargados con ellas, haciendo el ejercicio, reuniendo con grandes gastos los más eficaces medios de destrucción, aprendiendo á matar y perdiendo en maniobras, revistas y paradas el tiempo que pudieran emplear en divertirse ó en producir cosas útiles y agradables, y teniéndose de continuo unos á otros en jaque y alerta; pero esto no tiene remedio y no hay para qué censurarlo.

Muy costosa es la paz armada, pero más costosa y terrible sería una nueva guerra europea. Dios quiera, pues, que no la haya, y que, pasando años, se harten las grandes potencias de consumir dinero y de convertir á todos sus ciudadanos en soldados, y se decidan á deponer las armas.

Por ahora, y sabe Dios hasta cuándo, la amenaza de guerra es constante, y en vez de ser segura la paz en la tierra á los hombres de buena voluntad, estamos amenazados siempre de una estupenda y colosal conflagración belicosa, en que luchen por un lado Alemania, Austria é Italia, y por otro Francia, tal vez auxiliada por Rusia.

Si por desgracia llegara este caso ¿qué le convendría hacer á España? Los alemanes no nos han hecho ni bien ni mal; de los italianos no tenemos agravios que vengar y los queremos bien, salvo algunas damas elegantes y devotas y cierto número de católicos muy fervorosos, que desean que se lleve el diablo aquella monarquía para que recobre el Padre Santo su poder temporal, y con Austria estuvimos unidos por lazos dinásticos en la mejor época de nuestra historia, hemos vuelto á estarlo en el día, y aun yo creo posible y conveniente que se aumenten estos lazos. Nada tendríamos que ganar con hacer la guerra á la Triple Alianza; pero como también sería duro pelear contra nuestros simpáticos vecinos los franceses, amables difundidores por el mundo de las letras amenas y de las artes elegantes y deleitosas, lo mejor y lo más cómodo sería permanecer neutrales, á pesar de lo que he citado de Machiavelli. Este gran político hablaba en muy distintas circunstancias, para muy otra edad del mundo, y siempre con la mira de libertar á Italia de los que él llamaba bárbaros, cuyo yugo le apestaba, sin que hubiese atrocidad, crimen ni peligrosa aventura á que para sacudir aquel hediondo yugo no excitase él á su Príncipe.

Nosotros tenemos también que sacudir algo á modo de yugo, que no me atrevo á condenar ni por de bárbaros ni por hediondo; pero que sí calificaré de pesado y de vergonzoso, y que nos convertirá en Nación-Job, si hemos de seguir sufriéndole. Ya se entiende que este yugo es el que en Cuba nos imponen los yankees, porque sin el favor, amparo y aliento que dan á los que se rebelan, y sin la mengua de autoridad que nos causan, y sin el descrédito que vierten sobre nosotros, pidiéndonos cuenta de todo, como si fueran nuestros jueces, y sin la facilidad con que convierten en ciudadanos de su gran República á nuestros más acérrimos enemigos, renegados de su casta, obligándonos á darles dinero en vez de fusilarlos ó de enviarlos á presidio, es casi seguro que en Cuba no habría insurrección y es seguro que no sería ni con mucho tan importante y duradera como es hoy. Lo milagroso es que en vista de las ventajas que ofrece á los insurrectos la descarada protección de los Estados Unidos, no acudan á Cuba á combatirnos todos los aventureros sin patria y toda la gente perdida que hay en el mundo.

No creo yo, sin embargo, que el mejor camino para libertarnos del yugo mencionado sería salir de la neutralidad en una posible guerra europea. La neutralidad nos conviene; pero, á fin de que sea respetada y no se encierre en egoísmo estéril, importaría concertarnos, para este fin solo, con alguna gran potencia que no estuviese comprometida ni en favor de Francia ni en favor de Alemania. Este nuevo grupo, de que pudiéramos formar parte, no sólo nos valdría para que nos respetasen durante la guerra, sino tal vez para contribuir á la conservación ó restauración de la paz, y no sólo nos valdría para que el vencedor no nos atase al carro de su triunfo, sino también para concurrir á moderar las exigencias del que hubiese obtenido la victoria, y á restablecer, en lo posible, el equilibrio de las fuerzas.

Otro es el camino que para remediar el mal estado de nuestras relaciones con la gran República nos hubiese convenido ó nos conviene seguir: haber buscado á tiempo aliados y amigos ó buscarlos en lo venidero, si ahora, sola y abandonada como está España, logra conjurar la tormenta ó salir de ella salva.

Lo que nos pasa con los Estados Unidos, á cuya independencia y formación contribuímos un poco, se parece á la más desventurada aventura de Simbad el Marino, que aupó sobre sus hombros al endiablado vejete para que cogiera los frutos en los hermosos árboles de su fértil isla, y el vejete endiablado no quería luego apearse, y seguía montado en Simbad, insultándole y procurando ahogarle para mostrar su agradecimiento.

A fin de quitarnos de encima tan insufrible carga, ¿no hubiera sido conveniente, ó no lo sería en lo futuro, ganar la voluntad de las primeras potencias coloniales de Europa, celebrar tratos y concertarse de algún modo con ellas? Cualquiera promesa, cualquiera sacrificio que hiciésemos, sería mucho menor que los sacrificios que estamos haciendo hoy y que tendremos que hacer en adelante.

A un concierto, á un Tratado de alianza, exclusivamente para asuntos coloniales ó de Ultramar, no creo yo que se negasen, si se negociaba bien, ni Francia, ni Inglaterra, ni Holanda. España ha sido la primera nación colonizadora del mundo; todavía, á pesar de su decadencia, es la tercera ó la cuarta, y no la desdeñarían como inútil peso, y de algo podría servir á sus más poderosos aliados, que también pueden hallarse en ocasiones de empeño y de peligro, y necesitar entonces ó al menos tener por provechoso el auxilio nuestro.

Si no lo recuerdo mal, de algo valió España á los franceses no hace mucho tiempo, cuando, para vengar á nuestros misioneros mártires, ayudamos gratis y con las armas á crear una Francia amarilla en el extremo Oriente. ¿Quién duda de que aún podríamos servir y valer á franceses, ingleses y holandeses, en otras semejantes empresas ó en casos y lances de mayor importancia, sobre todo si ellos nos ayudaban á quitarnos de encima el ingrato estorbo de que hemos hablado y que tan sin piedad y tan sin conciencia nos abruma?

Tendría esto además la ventaja de que los politicians extraviados y los senadores farwestinos y cincinatescos, al vernos en tan buena compañía, arrojasen de sus cerebros el feísimo y bellaco concepto que los sabios y catedráticos yankees les han hecho formar de España, considerándola, por su afición á las corridas de toros y al Santo Oficio, Nación Calígula-Torquemada, como la llama Clarence King, y, por haber destruido, según Draper, no sé cuántas civilizaciones, podrido esqueleto entre las naciones vivas y prueba terrible de la justicia de Dios, que no quiere dejar sin ejemplar castigo nuestras ferocidades y nuestros crímenes.

En fin, tal vez lograríamos así que no apareciese España á los ojos de los yankees como un tirano difunto, en el que se pueden cebar sin gran peligro, ó como un tirano cachazudo y sufrido, semejante á los tiranos de las tragedias de Alfieri, que están, durante los cinco actos, oyendo y aguantando las más desaforadas desvergüenzas, si bien acaban por perder los estribos y por hacer una barrabasada. Tal vez así se conseguiría también que no se le antojase en Washington á ningún senador remedar á Catón Censorino y, en vez de llevar higos en un pliegue de la toga y de exclamar delenda est Carthago, llevar en un faldón de la levita azúcar mascabada ó catite, y exclamar: delenda est Hispania.

Y aquí pongo término á esta prolija carta, prometiendo no escribir la tercera, pues basta con lo dicho.