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Sr. Director de Los Lunes de El Imparcial.
MUY señor mío y amigo: Me pide usted mi parecer sobre si conviene que haya un Teatro libre é independiente, y sobre varios puntos que con esta primera cuestión se relacionan.
Muchísimo tengo yo que decir, pero, como usted me excita á ser breve por el poco espacio de que se puede disponer en el periódico, sólo diré algo de lo mucho que se me ocurre, y procuraré decirlo en compendio.
A mi ver, en España el teatro tiene toda la libertad y toda la independencia que necesita. Yo aplaudo que las tenga, pero no comprendo ni pido más.
Los límites de la libertad mencionada son principalmente dos, que en manera alguna deseo yo que se traspasen. Uno de ellos es el que señalan la moral, la decencia y el decoro. Fija y traza el otro límite el gusto del público, contra el cual es inútil y peligrosa la lucha. El público paga y oye, aplaude ó silba, y en los espectáculos es juez inapelable, y árbitro soberano. En novelas, en poesía lírica, en libros de filosofía, de historia y de otros asuntos, puede un autor prescindir de la corrupción literaria de su tiempo, de la rudeza y del corto saber de sus contemporáneos y de sus tonterías y extravagancias, y componer su obra para un público eterno; para que la posteridad la aplauda, haciéndole justicia: para que gente más instruída y estéticamente mejor educada le comprenda y le admire, allá en los siglos que están por venir, ó bien para que en el día un cortísimo número de personas discretas, refinadas y doctas, se deleiten leyéndole y saboreando todos los primores de fondo y de forma que hay en su producción literaria, convirtiéndola para el vulgo profano en el libro de los siete sellos.
El autor dramático, y en esto se parece al orador, no puede, ni debe ser así. Es menester que su espíritu esté en intima y constante comunicación con el espíritu de un público numeroso: que él y dicho público se comprendan y se compenetren. Sólo de esta suerte puede haber autores dramáticos. Los que de otra suerte escriban, podrán ser todo lo que quieran menos tales autores.
Infiérese de lo expuesto que la libertad del teatro tiene por limite la voluntad y el entendimiento del vulgo. Ya más allá no sería libertad sino delirio. Yo no me explico que se funde un Teatro libre para ir más allá. Si el público tiene un gusto exquisito y un entendimiento cultivado y un juicio seguro, no hay teatro en Madrid, ni en toda España, que no sea libre é independiente y que no tenga completa seguridad de ganar honra y provecho, dando las más atrevidas representaciones, y, siendo éstas buenas, más aplausos y más dinero ganará mientras más originales sean, y más inauditas y más fuera de los caminos trillados.
Justo es advertir que el prurito de originalidad, el engreimiento necio del que cree pensar y decir cosas profundas, y la manía de reformarlo todo y de resolver en cuatro coplas los más obscuros problemas sociales, religiosos ó políticos pueden seducir á los autores dramáticos que tal vez no han estudiado ni meditado nada que los habilite para la resolución de semejantes problemas, y pueden llevarlos á componer un tejido de vulgaridades y zanguangadas, á crear caracteres falsos y á imaginar una acción absurda y sin interés, que sea como el hilo donde ensarten sus insulsos é inaguantables sermones. Después, si el público se aburre de oírlos y no los aguanta, el autor dirá tal vez que el público es atrasado é indocto. Y si el público los aguanta y los aplaude, por aquello de que
Un sot trouve toujours un plus sot qui l'admire,
el mal será mayor; pero en ninguno de ambos casos veo yo que el teatro libre é independiente que trata de fundarse valga como remedio.
Por otra parte, yo noto inmenso cúmulo de dificultades para la creación del teatro libre, en mi sentir inútil. Mas bien le comprendo como teatro normal ó como teatro modelo que como teatro libre. El teatro libre, en virtud de su misma libertad, buscará por todos los caminos modo de agradar y de entusiasmar al público y de obtener de él aplausos y entradas. Así son el Teatro Español, la Comedia, Lara, Apolo y la Zarzuela. Todos, á mi ver, son teatros libres. No se puede pedir mayor libertad sin incurrir en desatino.
Luego lo que quiere fundarse no es un teatro libre, sino un teatro normal ó modelo, donde se procure ilustrar al público, aguzar su facultad estética, abrir para él nuevos horizontes y moverle á que aplauda, ya antiguas obras maestras que hoy desdeña ú olvida, ya nuevas obras, vaciadas en moldes nunca empleados hasta el día.
A fin de que este teatro, y permítaseme lo pomposo de la frase, cumpliese con su misión, sería indispensable que tuviese una junta directiva. Y como esta junta tendría su criterio y querría y debería imponerle, resultaría que el teatro libre sería el menos libre de todos los teatros.
Supongamos que ya existe, y supongamos también que yo soy un autor dramático que aspira á darse á conocer y ofrece una obra suya. Las empresas de la mayor parte de los teatros deben considerarse como meramente mercantiles. Si rechazan la obra que yo presento, no habrá en ello, literariamente, ni agravio, ni sentencia, ora sea injusta, ora justa, que me desaliente ó humille. Las empresas no fallan literariamente contra mi obra, sólo dicen, con acierto ó sin él, que no es aquello lo que pide el mercado y que no deben aceptarlo, porque no tendrá buena salida y será mal negocio. Pero si en el teatro, mal llamado libre, que trata de fundarse, la junta directiva desecha mi obra, al desecharla, aunque afirme que no es tal su intención, literariamente me condena, empezando por someterme á un tribunal literario y á preceptos y reglas en cuya virtud ese tribunal juzga y sentencia.
Es, pues, evidente que el tal teatro libre será el menos libre de todos; será un alto magisterio, un tribunal supremo, un directorio iniciador y propagador del buen gusto en lo tocante á poesía dramática; en fin, será todo lo que se quiera menos un teatro libre. Los teatros libres son los que ahora hay.
Lo dicho hasta aquí contra el falso teatro libre no impide que desee yo, como el que más, que tengamos en Madrid un teatro modelo, con cuantas condiciones y requisitos sean convenientes para representar bien toda clase de dramas.
Antes de explicar de qué suerte me alegraría yo de que se fundase este teatro, voy á hacer algunas declaraciones.
Primeramente, yo no creo que la producción dramática española en el día sea inferior, ni por calidad ni por cantidad, á la de ninguna otra nación del mundo. Sólo Francia compite con nosotros, y en sentir de muchos, aunque no en el mío, nos vence.
Es la segunda declaración que ningún género de trabajo literario está en España mejor retribuido que el del dramaturgo. Y por esto, y por entender yo que para que una literatura sea espontánea y natural, importa que sólo tenga al público por Mecenas, ni pido ni quiero protección y auxilio del Gobierno para los que escriben dramas.
Es la tercera declaración que nuestros actores no me parecen tan malos como asegura la gente, llevada de la manía, hoy muy en moda, de rebajar y hasta de denigrar todo lo nuestro, como si fuésemos la nación más desventurada y más decaída de la tierra.
Poseyendo, pues, como sin duda poseemos, autores y actores, lo que principalmente nos falta es una empresa que pague sin tacañería ni apuros á los artistas y hasta asegure su porvenir y la materialidad de un teatro muy elegante, lujoso y rico en decoraciones, trajes y maquinaria. Si un príncipe poderoso, si un banquero ó si varios capitalistas, ó si una compañía por acciones, fundase este teatro, yo doy por cierto que merecerían aplauso y gratitud de la patria y que no perderían su dinero, porque, si bien no hay mucho en España, la gente es espléndida, gusta de divertirse, y el teatro modelo, ó de lujo, ó como queramos llamarle, estaría lleno siempre.
Como tengo aún muchísimo que decir sobre este asunto y usted recomienda la brevedad, y yo no atino con ella, he guardado esta carta, escrita desde hace días, sin atreverme á enviarsela á usted y casi desistiendo ya de enviársela. Ahora estoy de otro humor y se la envío, en la inteligencia de que la carta tendrá cola, ó mejor dicho, será como cereza en la que se enredan otras por el cabo y la siguen. A esta carta seguirán otras dos. Si á pesar de la inevitable condición que pongo no teme usted que yo peque de prolijo, inserte mi carta en su apreciable periódico y crea que se lo agradeceré.
Muy Sr. mío y amigo: Ya dije á V. que no quiero ni comprendo el teatro libre ó sea más libre que los teatros que hay ahora en España. Esto no se opone á que yo quiera y desee un teatro normal ó modelo. Y como dicho teatro ha de estar en algún punto y no le hemos de fundar en Ovejo, en Churriana ó en la Madroñera, lo natural y razonable será fundarle en Madrid, sin hacer caso de la ruin y disparatada envidia del regionalismo.
Aquí se me ocurre algo que me atrevo á llamar antinomia y que no puede menos de motivar una digresión inevitable aunque prolija. Ojalá que no sea cansada. Mil y mil veces he sostenido que la literatura, sobre todo la amena, si ha de ser natural y espontánea y no artificiosa y criada en invernáculo, conviene que sólo tenga por Mecenas al público que la lea, la pague, la comprenda y la inspire. Nada de protección por parte de principes y de gobiernos para novelistas y poetas. Alfieri compuso un elocuente y hermoso libro sosteniendo esta tesis y yo le he aprobado y aplaudido. Pero aquí surge la antinomia. Trataré de explicarla.
Yo creo á pie juntillas en el progreso indefinido. El término ideal de este progreso es, en mi concepto, individualista.
El linaje humano, constituido en sociedad, puede adelantar tanto en el camino de la perfección que casi ó sin casi no necesite gobierno. En la meta de su carrera triunfante coloco yo, en mis sueños dorados, una pacífica y deliciosa anarquía. El interés de los particulares, la iniciativa y los bríos de asociaciones libres procurarán hacer y conservar caminos y canales, llevar las cartas, cuidar de telégrafos, de teléfonos y de cuanto más tarde se invente, y fundar y sostener escuelas donde cada cual enseñe lo que más verdadero, útil ó bonito le parezca. Y, como progresaremos tanto que los hombres, según determina la Constitución de 1812, serán todos justos y benéficos, los tribunales y los jueces estarán de sobra. El orden público será tan primoroso é inalterable que no será menester fuerza armada que le conserve. Y como las naciones no seguirán amenazándose y tratando de saquearse unas á otras, sobrevendrá la paz perpetua y se suprimirán el ejército y la marina nacional, tan costosos en el día. De aquí que el gobierno no servirá para nada, y los pueblos, por evolución y no por revolución, pacífica y no tumultuosamente, los obligarán á que se jubilen. Tal es el risueño porvenir que yo me finjo, pero no he de negar qué está muy remoto. Todo es relativo, según decia D. Hermógenes. Los sabios modernos dan millones de años de existencia á este mundo en que vivimos. La vida, el protoplasma, la monera, ó como queramos llamarlo, apareció también mucho tiempo ha. Y el hombre, valiéndose ya de la palabra, con organización social, y hasta fundando reinos, imperios y repúblicas, vive, si hemos de creer á sabios profundos, hace veintiséis mil años. Por aquel entonces, afirma Rodier, como si lo hubiera visto, que los arios se disputaron, se dispersaron y se dividieron en indios, iranios y otros pueblos, de quienes proceden las más nobles naciones de Europa.
Aceptado lo dicho, resulta que la humanidad es ya muy vieja, y con todo, yo he leido en un libro de otro sabio más profundo aún, esta sentencia que me ha dejado turulato:
La humanidad, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún.
El sabio echa después sus cuentas, se mete en muy ingeniosas honduras, y averigua, determina y declara la época en que la humanidad empezará á nacer. Será, sobre poco más ó menos, dentro de catorce mil y seiscientos años. Me parece que en período tan amplio bien puedo yo estirar y extender con holgura mis esperanzas hasta su completísimo logro en la anarquía de que he hablado. Suponiendo ahora que con el andar de los siglos subimos á tan gloriosa cumbre y alcanzamos tamaña ventura, todavia no me explico que, suprimidos los gobiernos según son y se conciben hoy, no haya y persistan órganos directores de esa humanidad colectiva que nace y de cada una de las diferentes naciones, que han de permanecer separadas y distintas, á fin de que la monotonía y la uniformidad no aburran á los hombres y no los impulse á ahorcarse.
Imaginémonos llegados á la perfección en cuanto cabe en lo humano. No necesitaremos gobierno que ampare y reprima porque la paz y la seguridad serán completas, ni que nos haga ferrocarriles, carreteras y otros medios de comunicación más ingeniosos que en lo venidero se inventen, porque nosotros lo haremos, ni que procure nuestro bienestar material, porque le procuraremos nosotros, ni que nos enseñe en sus escuelas públicas, porque cada uno de nosotros enseñará y aprenderá lo que se le antoje.
Y sin embargo, hasta dentro de esta soñada perfección, sería ineludible el órgano de que hemos hablado: un gobierno por otro estilo, pero al fin un gobierno. Compongámosle, pues, de un Gran Metafísico, como en la Ciudad del Sol de Campanella, el cual convendría que fuese un rey hereditario, separado secularmente del vulgo, para que tuviese majestad y careciese de una larga parentela ordinaria ó cursi, y asesorado este rey ó gran metafísico de un consejo ó asamblea de varones doctos elegidos por el pueblo.
El ministerio ú oficio de este supremo directorio había de ser ordenar las manifestaciones del espíritu colectivo, sin el cual la nación se desmenuzaría y no sería nación, sino conjunto material, inarmónico y deforme de individuos que en lo tocante á la comunión de los espíritus quedarían aislados, y no con vida sino con muerte colectiva.
Infiérese de todo que, hasta en un ideal inasequible ó sólo asequible dentro de ciento cuarenta y seis siglos, y ya por dicha desgobernados los hombres en cuanto importa á su interés material, no podrían menos de tener un directorio que diese unidad y que ordenase las apariciones, epifanías ó muestras constantes del Genio de la nación, que no muere ni puede morir sin que la nación muera. Por consiguiente, el órgano, vicario ó delegado de este Genio, exento ya de cuidados materiales, sin armas para defenderse y ofender, sólo se emplearía en las cosas del espíritu y éstas serían de dos clases esencialísimas.
Claro está que yo, que soy tan fervoroso amante de la libertad y tan firme creyente en ella, no puedo suponer que entonces no la tuviese completa cada individuo para pensar y decir de Dios lo que mejor le pareciese y para adorarle y darle culto á su manera. Pero la religión es de dos modos. Por uno de ellos, más profundo y más íntimo, pero menos solemne, cada alma humana se pone en relación con su Hacedor y le busca, y tal vez le halla y hasta consigue unirse con él por inefable misterio. Por el otro modo, más solemne y excelso, y en mi sentir ineludible, porque sin él lo más grandioso y bello de la existencia desaparecería, la muchedumbre de los seres humanos concordes todos, y por bajo de ella cada nación separadamente, deben adorar á Dios y tener su culto, sus sacerdotes, sus templos y sus ceremonias y pompas religiosas.
Aun supuesta la religión católica ó cosmopolita, será, valiéndonos del símil de un gran poeta, como la luz, que suscita diferentes colores en los diferentes objetos en que se posa. De aquí que la religión, aun siendo universal y única en su esencia, ha de tener en cada pueblo aspecto distinto en los accidentes y en la forma.
Importa, pues, aunque lleguemos á la perfecta anarquía de mi sueño, que haya una religión del Estado en que aparezcan y den razón de sí la idea y el sentimiento colectivos del Genio nacional, y que haya una dirección para esto, dirección nacional que deberá ponerse y conservarse en perfecta concordancia con el centro directivo y superior religioso, en lo que tiene la religión de universal ó de católica.
Y vea Vd. por donde, hasta realizada ya mi deliciosa anarquía, dejo yo en pie ó reconstituyo sobre más hondas bases y firmes cimientos uno á modo de ministerio de cultos, con Concordatos y todo, y hasta con un seminario ó Universidad católica central, donde se enseñe fundamentalmente la teología del Genio nacional, las creencias religiosas, metafísicas y morales del espíritu colectivo.
La otra epifanía ó manifestación constante y gloriosa del Genio de la nación es el arte. Y del arte, el teatro es lo más sintético y acabado. En él concurren y presiden Apolo y todo el coro de las Musas. La Poesía se alza en el centro como reina, y en torno de ella, acatándola, sirviéndola y cuidando de su ornato y alto decoro, han de estar la Música, la Danza, la Pintura, la Arquitectura y la Indumentaria.
Si es menester que la nación, como nación, rinda culto á la verdad, que en su más alto punto es la religiosa, también es menester que rinda culto, colectivo y unánime, á la belleza, la cual, allá en lo sumo, es atributo divino. Así, pues, aun en mi anarquía, es ineludible otro ministerio al lado del de cultos: el ministerio del teatro y de las otras pompas, espectáculos, procesiones y ceremonias nacionales profanas.
Ahora bien; cuando sin gobierno material, sino ya sólo con una sombra de gobierno ó con gobierno-espíritu, requiere la misma esencia de nuestro ser colectivo humano que haya un teatro que el Estado sostenga, no veo yo contradicción, á pesar de todo mi individualismo, en que, en esta época atrasadísima en que vivimos, haya también un teatro que el Estado sostenga y que sea el teatro normal ó modelo. Es cierto que pudiera fundarle y sostenerle un príncipe rico ó una asociación de capitalistas, pero mejor y más digno es que lo sostenga el Estado.
Ya veremos por qué y cómo.
Perdóneme Vd. que sea tan difuso.
Muy señor mío y distinguido amigo: Ya anuncié á Vd. que tenia yo muchísimo que decir sobre la cuestión del llamado Teatro libre. No extrañe, pues, que le dirija esta tercera carta, procurando que sea la última, si bien acaso no lo consiga. No una serie de breves artículos, sino una obra en dos ó tres gruesos tomos pudiera escribirse sobre la cuestión mencionada.
Cada cual tiene su modo de discurrir, y yo también tengo el mío. Suele éste consistir en presentar, de antemano, extremándolos, los argumentos más poderosos que contra mi tesis pueden dirigirse, y en decir luego, si licet in parvis magnis exemplibus uti, lo que dicen que dijo Galileo: e pur sí muove.
De aquí, sin duda, que el ingenioso y agudo Clarín, lisonjeándome mucho con sus generosas alabanzas, haya impugnado, no mi tesis, sino los argumentos que previamente presenté yo en contra de ella, á fin de saltar luego por cima y desbaratarla. Fueron á modo de obstáculos que yo mismo puse para hacer más lucida la carrera y que tuviese saltos y todo. Clarín ha removido ó allanado los obstáculos. Dios se lo pague. Así mi carrera será por lo llano: si menos lucida, más fácil.
El teatro, repito, es hoy, libre en España, y no puede ni debe serlo más. Lo que importa, por consiguiente, es establecer un teatro normal ó modelo. Clarín mismo se ha encargado de refutar no pocos de los argumentos que se ofrecen en contra. Estoy de acuerdo con él: mejor es someterse al fallo de una junta directiva compuesta de los más entendidos y reputados literatos, que no al capricho de un empresario, tal vez ignorante, y tal vez sujeto al influjo de envidiosos y aduladores que, hasta por no dar la cara, pueden dar, sin temor ni escrúpulo, muy malos consejos.
Con el beneplácito y auxilio de Clarín, establezco el teatro normal ó modelo, y le establezco en principio, para lo cual nuestra voluntad basta y sobra, sin que tengamos necesidad de dinero, ó de lo que en cierto lenguaje picaresco se llama caballo blanco.
A pesar de mi radical individualismo, he tratado de demostrar y creo haber demostrado que, hasta después de llegar á la deliciosa anarquía, término ideal de la perfección humana, conviene que persista algo á modo de gobierno, el cual dirija y ordene las manifestaciones ó epifanías del Genio colectivo: que persistan un ministerio del culto y otro del teatro y demás ceremonias, pompas y fiestas nacionales profanas. Así, sin contradicción con mi individualismo, afirmo yo que el teatro normal ó modelo, debe hoy, con más razón que dentro de ciento cuarenta y seis siglos, cuando la humanidad colectiva nazca, ser sostenido por el Estado. Que le sostengan uno ó varios particulares ricos es menos plausible, menos posible y menos decoroso. Es menos plausible porque el particular ó los particulares se propondrán ganar dinero, como cada hijo de vecino, y entonces el teatro normal ó modelo no lo será en realidad, sino será un teatro, peor ó mejor, libre, aunque sujeto á una empresa particular como las demás que hay ahora. En el día no cabe esperar que salgan á relucir magnates, príncipes, ediles rumbosos, como los que hubo en lo antiguo, que se gastaban millones de sestercios, ya para divertir y entusiasmar á la plebe con espléndidos espectáculos, ya para erigir grandiosos monumentos y hermosear á su patria, como hicieron Heredes Atico y otros. ¡Buenos andan los ediles de ahora para descolgarse con semejantes bizarrías! Y si bien se mira, hasta los ediles de otros tiempos no solían ser desinteresados cuando se descolgaban con ellas, porque, ó se parecían á aquel señor Robres del epigrama, que hizo á los pobres antes de hacer el hospital, ó bien derrochaban el dinero para satisfacer la ambición, ganándose el favor de la muchedumbre y comprando sus votos.
Es poco plausible y es casi imposible que un particular ó varios sostengan el teatro normal, porque debe ser sostenido con desprendimiento y sin que piense ganar dinero ni nada quien gaste su dinero sosteniéndole. Y es además menos decoroso que le sostengan particulares, porque el pueblo no ha menester, en el día, esta á modo de limosna. Decidamos en virtud de todo lo dicho, que sea el Estado quien le sostenga, esto es, la nación ó el pueblo mismo. La junta directiva y los actores, en vez de ser los asalariados de un particular, recibirán su salario de Estado, ó sea del pueblo, lo cual, á mi ver, es más digno y honroso.
No recuerdo bien lo que dice Clarín de que no quiere ó de que no pide lujo. Entendámonos. Si por lujo se entiende lo que yo entiendo, yo le quiero y le requiero. Y si ahora no le pido es porque sería pedir cotufas en el golfo, y porque con esta picara guerra de Cuba no está la Magdalena para tafetanes. Pero supongamos, y Dios nos oiga, que ya se acabó la guerra de Cuba y que volvemos á tener prosperidad y bienandanza. Esto supuesto, ya me tienen Vds. pidiendo el teatro normal ó modelo, sostenido por el Estado, no para ganar, sino para perder anualmente, aunque el teatro esté todas las noches de bote en bote, un millón de pesetas que iguale los ingresos con los gastos.
El emperador de Austria, caballero muy cabal, de gusto delicado, con cuantiosas rentas propias, edil á la antigua sin ambicionar ya nada, y si no Herodes hebreo, porque gusta de los niños y no los mata, nuevo Herodes Atico, porque hermosea á Viena con monumentos magníficos, dicen que se gasta en el teatro más de 500.000 florines al año, lo cual sube por cima del referido millón de pesetas.
¿Por qué, no el monarca, que como particular dista bastante de ser tan rico, sino el Estado cuando salga de guerras y de apuros, no ha de imitar aquí al emperador munífico de que voy hablando?
En pocas cosas podría emplearse el dinero con mayor beneficio del buen gusto, de la general ilustración y de la cultura.
No es feo el teatro del Príncipe. Por esto, porque recuerda grandes triunfos literarios y artísticos, y por otras mil razones, debe conservarse, cuidarse y tenerle abierto siempre que se pueda, con buena compañía. ¿Pero en la nación que se jacta, sin pecar de vanidosa, de poseer la más rica, original y sublime literatura dramática, sin que se le adelanten Grecia, Inglaterra y Francia, á pesar de Esquilo, Eurípides, Sófocles y Menandro, y á pesar de Shakespeare, Corneille, Racine y Molière, es bastante monumento nacional de esta gloria, es digno templo de nuestra Melpómene y de nuestra Talia el antiguo y modesto Corral de la Pacheca, por muy corregido, repintado y revocado que le pongamos?
Lo primero, por consiguiente, había de ser erigir para teatro normal y modelo un edificio grande y hermoso donde se luciesen el arquitecto de más mérito y fama y nuestros más valientes escultores en las estatuas y relieves que adornasen y magnificasen la fachada, los peristilos, los anchos pórticos y las empinadas acroteras. Ya se entiende que este edificio había de estar aislado, no empotrado entre casas como los pobres teatros que ahora tenemos, salvo el teatro Real, tan abominablemente feo en lo exterior, que harto bien merece estar empotrado.
En fin, yo quisiera en Madrid un nuevo teatro Español, que fuese al teatro alemán de Viena (Hofburgtheater) lo que, en proporción geométrica, es la literatura dramática española á la literatura dramática alemana.
Construído ya el teatro, sería menester dotarle de toda la maquinaria, decoraciones, trajes y demás riquezas y esplendores que en el de Viena hay y se lucen.
Luego debería formarse una buena compañía de actores, igual y armónica, digámoslo así; esto es, que no hubiese uno ó dos actores buenos y hasta excelentes, siendo los demás malos ó medianos; sino que todos ellos compusiesen un bien concertado conjunto, y que asimismo no repugnase ninguno representar un papel que le pareciese de poca importancia ó lucimiento, sino que se sometiese al director y á su severa disciplina. De esta suerte saldrían bien representados todos los dramas, y el bueno parecería mejor, y el no muy bueno parecería tolerable.
Otra cosa de que importaría muchísimo que cuidase la junta directiva es de que el personal fuese muy guapo, en particular las mujeres. La educación estética de un pueblo no se forma ni se mejora, sino se corrompe y se vicia, manifestándole lo feo, lo inelegante, lo canijo, lo estropeado, lo ruin y lo plebeyo de la figura humana. Así como la naturaleza influye en el arte, ya que Fidias y Praxiteles no hubieran esculpido las maravillosas imágenes de Júpiter, Minerva y Venus, si no hubieran tenido modelos de gran valer, así el arte influye en la naturaleza, porque las mujeres y los hombres, que contemplan lo bello en las representaciones artísticas, se enriquecen la imaginación, é influyendo esto en todo el organismo vital, hace que nazcan chiquillas y chiquillos preciosos. Está probado que, desde el siglo de Pericles en adelante, las mujeres griegas, á fuerza de contemplar las obras maestras de la escultura y de la pintura, vinieron á ser mucho más hermosas que en los siglos anteriores: Y yo he leído también, en autores muy formales, que esas aéreas, aristocráticas y semi-divinas imágenes de mujer, que en los libros de Keepsake nos deleitan, no son copia de las Ladies y de las Misses más celebradas, sino son como norma ó pauta á la que esas Misses y esas Ladies se han ajustado, y son como molde en que, trascendiendo de lo espiritual á lo físico, las han fundido sus madres.
El entendimiento elevado, la no común habilidad, y sobre todo el genio del artista, no equivalen, sino valen más que la hermosura. Esa portentosa luz interior del espíritu se difunde por todo el cuerpo y le ilumina y hermosea. Claro está, por consiguiente, que en los actores y actrices principales no tendrá la junta directiva que investigar y probar si hay ó no corporal belleza. La dicha investigación, la prueba y el cuidado se ordenan sólo para las figurantas, coristas y otra gente de segundo ó de tercer orden.
Digo esto no en tono de broma, sino con la mayor gravedad. Lo demostraré con un ejemplo.
En el Hofburgtheater de Viena, se representa el Fausto (primera y segunda parte) con todas sus fantasmagorías y con todas sus magias: hasta con el Prólogo en el cielo. Allí, en medio de sonrosadas y luminosas nubes, se adelantan los tres arcángeles, Miguel, Rafael y Gabriel, y declaman, al compás de una música verdaderamente celestial, aquel elocuentísimo himno en alabanza del Criador y en alabanza del Universo, su obra, la cual sigue hoy tan perfecta como en el día en que fué creada. Los tres arcángeles son tres muchachas altas, esbeltas, airosas y tan ligera como elegantemente vestidas. Yo aseguro que parecen de verdad los tres arcángeles, con alas refulgentes, con áureos yelmos y con fulmíneas espadas. Pero si fueran tres hembras de formas exuberantes, paticortas y cabezudas, ¿cómo habían de parecer arcángeles? Desde el comienzo se pondría en ridículo el poema de Goethe, y se haría del empíreo la más ruin y bellaca caricatura. Es indispensable, pues, que sean guapas las actrices de tercer orden. Y aquí debo advertir que no basta para esto el cuidado de la junta directiva. Es menester también que los españoles desechen la propensión que tienen, more turquesco, á retirar del teatro á toda mujer guapa, aunque sea casándose con ella y muy santamente. Yo doy por seguro que rara vez, ó que nunca se le ocurre á un alemán, por enamorado que esté, incurrir en rapto y secuestro tan perjudiciales á la estética y á las artes todas, antes bien se engríe de que la muchedumbre contemple y admire desde lejos lo que él más de cerca y con mayor intimidad acaso contempla y admira.
Es indudable, á mi ver, que si los citados tres arcángeles fuesen tres princesas ó reinas, más ó menos morganáticas, seguirían saliendo á las tablas con beneplácito y satisfacción de sus principes ó reyes.
Me voy extendiendo demasiado. ¡Pero hay tanto de que hablar en estos asuntos teatrales!... En fin, yo pido disculpa, y termino esta carta pidiendo también permiso para escribir otra que será definitivamente la última.
Muy señor mío y distinguido amigo: Me he engolfado tanto en el asunto del teatro que no sé cómo podré salir de él tan pronto como deseo.
A semejanza de Platón, Tomás Moro y otros, que construyen una ciudad ideal, me he lanzado yo, en esfera mucho más chica, á forjar una á modo de utopía teatral dramática ó más bien escénica.
Ya tenemos, cuando no en realidad, imaginariamente, edificio para el teatro; la mejor compañía posible hoy en España, y un abundante, lujoso y escogido material de trajes, muebles, armas y decoraciones.
Para custodia de las cosas materiales, para llevar la cuenta de gastos y de ingresos, y para cuanto es meramente económico y administrativo, establezcamos una oficina dependiente del ministerio de Fomento.
Pronta ya la máquina, démosle cuerda y que eche á andar en la dirección que conviene. Mas como para darle cuerda y dirigirla son menester una voluntad y una inteligencia, concedámoslas á la junta directiva que á este fin creemos.
Harto conozco que voy á disgustar á muchos lectores, que en no pocos voy á suscitar contra mí el desdén ó el enojo. Diré, no obstante, mi leal parecer sobre la composición y constitución de la Junta. La compondrán dos académicos de la Real Academia Española, elegidos por sus compañeros; uno de la sección de música de la Academia de Bellas Artes; otro elegido por las secciones de artes del dibujo que hay en la misma Academia; otro elegido por la Academia de la Historia entre sus individuos de número; y, por último, el primer actor del teatro que ya hemos creado.
Estos seis vocales, legalmente, no han de importar ni valer más unos que otros, aunque cada cual tenga su especial cuidado y oficio. Para presidir la Junta, no quiero decir de repente lo que pienso yo, á fin de que no den un brinco de espanto los que me lean.
Considérese que en España hay, desde hace tiempo, un lamentable divorcio entre las artes y las letras castizas y propias de nuestro suelo y la gente que ha visto y corrido más mundo y que parece más culta y que es ó debiera ser más distinguida y elegante. El bello sexo, sobre todo, y más aún el de la high-life, nos es contrario.
Grosero é injusto sería decir con Iriarte:
| Las mujeres que ahora no despuntan, |
| como en siglos pasados, por discretas, |
| si en el teatro público se juntan, |
| aplauden cuando más al tramoyista, |
| oyen tal cual chuscada del sainete, |
| y sirve lo demás de sonsonete, |
| mientras que están haciendo una conquista. |
Nada; no digamos semejante blasfemia, pero reconozcamos que hay sobrado desprecio por lo nacional é inclinación decidida y admiración exagerada hacia lo extranjero. Se deploran la cancamurria y los hípidos de nuestros actores y, sin caer en la cuenta, parecen deliciosos el inaguantable martilleo de los actores franceses, su remilgada afectación y el continuo subrayar de palabras y frases á fin de que las agudezas sutiles penetren bien en las mentes obtusas del auditorio, lo cual hasta llega á ser ofensivo, ya que presupone tontería en el público y la necesidad de un embudo y de un cazo de bayeta para que trague lo más dificultoso y enmarañado.
Y no es solo contra los actores, sino también contra los autores este desprecio. Ignoran los usos y costumbres de la buena sociedad; cuando la describen se equivocan del modo más deplorable. En fin, todo son cursis.
Lo que llaman en Francia alta comedia no es posible entre nosotros. En cambio las obras dramáticas de Sardou y de Dumas hijo, que tratan de pintar el mundo elegante de París, enamoran, pasman y hechizan á no pocas de nuestras damas. No advierten que aquellos discreteos y tiquis miquis suelen estar confeccionados con una más honda y radical cursería. Con relación á la nuestra es como el aguardiente con relación al vino. Francillon y Le monde où l'on s'ennuie, por ejemplo, son de una cursería pasada por alambique; obras de insufrible afectación, y como entre la moral y la estética hay lazos muy estrechos, obras también de moralidad extravagante y corrompida, por lo mismo que tratan de ser docentes y de corregir las costumbres.
No poco podría yo decir sobre todo esto, pero no tengo espacio. Saltemos, pues, y volvamos á la Junta directiva. Yo aspiro á la perfecta conciliación de nuestra sociedad elegante y de nuestra literatura castiza. Conviene para ello que sea elegante el teatro cuando represente elegancias, y que no se extralimite, ni propagando doctrinas antisociales, ni con sátiras personales y rudas, ni con demasiadas verduras y escabrosidades. Así, pues, y repito que yo estoy fantaseando una utopía, si de mi dependiera, yo elegiría á una dama discreta é ilustrada para presidenta del teatro normal ó modelo. Estoy seguro de que ella velaría para que lo poco decente, lo indecoroso, lo falsamente sentimental y lo inelegante y afectado se desterrasen del teatro modelo, único que no sería libre, pues yo dejaría á los otros en la completa libertad de que gozan ahora, si bien con la esperanza de que por influjo del teatro modelo habían de corregirse y mejorarse.
No se infiera de lo expuesto que yo propenda á que nuestro teatro modelo sea, según dicen los franceses, con frase hecha, honnête mais embêtant. Nada menos que eso; yo gusto del regocijo y del desenfado, con tal de que no traspasen los límites del decoro.
Por esto, por otras razones expuestas ya y por otras muchas que sería prolijo exponer aquí, vendría como de molde una dama discreta para presidenta de la Junta.
De cada cinco funciones había de haber una cuyo producto líquido se consagrase á establecimientos de beneficencia. Buena falta hacen en España. Dos años y medio he pasado últimamente en Viena, y ni en calles, ni en paseos, ni en parte alguna, me ha pedido nadie limosna.
Claro está que el teatro ideal que voy formando es todo lo contrario del teatro libre, y mucho menos es teatro protesta. Yo no niego la razón á Clarín; protestando contra el mal gusto, se consigue á veces que triunfe el bueno. Moratín le hizo triunfar protestando contra Comella; pero no es esto lo que ordinariamente sucede, y todo protestantismo es muy peligroso. El Estado no puede menos de ser conservador. Así como si tiene una religión es porque la cree verdadera, así debe tener también fe en su buen gusto, pero sin alentar á los que buscan en literatura peligrosas novedades. Queden para eso los teatros libres, si se atreven á tanto y les da por convertirse en teatro protesta.
Lo que se llama genio es prenda muy rara, y el afán de hacer creer que le tienen deslumbra y extravía á no pocos incautos y presuntuosos, y los induce á producir disparatadas monstruosidades. Absurdo sería que creásemos el teatro modelo para apadrinarlas. Si cabe comparar lo sagrado con lo profano, sería esto tan ridiculo como si el Estado erigiese un magnifico templo y ensayase en él la religión de Brahma, de Buda, de Zoroastro ó de cualquier profeta flamante, á ver si el pueblo la prefería al catolicismo y se convertía.
Si en la religión hay herejes, en las artes también los hay. Queden en libertad: no los persigamos, pero no los protejamos tampoco.
Recuerdo haber visto en Bruselas una Exposición de pintura y escultura hecha por artistas libres, que protestaban furiosos, en nombre del progreso y del arte del porvenir, contra el arte oficial, ordinario y trillado. Aseguro que no soñaba yo con ver ni he visto jamás delirios más estupendos, pintados y esculpidos, ni más abominables creaciones. Y cuenta que, en medio de su extravío, no podía negarse original y distinguido talento á no pocos de aquellos artistas libres.
Prescindo de la ilación y procedo á brincos y con aparente incoherencia para que esta carta sea la última, y no escribir una docena.
La Junta directiva había de renovarse cada dos años.
Los vocales tendrían sueldo ó dietas. No comprendo que nadie trabaje de balde, humillando ó haciendo competencia invencible al que necesita vivir de su trabajo. Al que no lo necesitase nadie le impediría gastar su sueldo en obras de misericordia ó regalar al teatro mismo, para adorno de sus galerías y salones de descanso, bustos y pinturas que representasen á nuestros mejores dramaturgos, actores y actrices.
Las funciones del teatro modelo habrían de dividirse por igual en tres clases: una sería de composiciones dramáticas de antiguos autores cuyas obras fuesen ya del dominio público; otra sería de composiciones de autores, vivos ó muertos, de cuyas obras conservasen la propiedad ellos, sus herederos ó sus editores; y otra, por último, de composiciones inéditas. Tendríamos, pues, que sólo el tercio de las representaciones de nuestro teatro sería para los estrenos. Así la Junta directiva podría mostrarse severa y aceptar sólo obras excelentes ó que ella juzgase tales. En los teatros libres se daría la protesta ó la apelación al juicio público, aceptando las obras desechadas, obras, por otra parte, que, al no ser aceptadas por nuestro teatro, no recibirían agravio, ya que nuestro teatro no podría ser bastante para muchos estrenos.
En nuestro teatro no habría de hacerse jamás la en mi sentir absurda distinción del género chico y del género no chico. Lo bueno no es chico nunca. Hay no pocos sainetes que valen más que multitud de dramas y de tragedias en cinco actos. Nada es más difícil, más envidiable y más precioso que hacer reir con burlas y chistes urbanos sin desvergüenza y sin chocarrería.
Por esto quisiera yo que volviésemos á la antigua usanza, y que, á no ser un drama extremadamente largo, concluyese toda función con su correspondiente divertido sainete.
En la indumentaria convendría tener el mayor esmero. No sólo los trajes, las armas, el peinado y demás adornos de las personas, sino también los edificios y los muebles habrían de ajustarse siempre con la posible exactitud á la época y al país en que se desenvolviese la acción dramática. Únicamente podrían quedar exceptuados de esta regla algunos dramas antiguos en que hay algo de fantástico y de ideal en el lugar y en el tiempo. Pase v. gr. que en El desdén con el desden no salgan los actores vestidos con trajes de la Edad Media, de cuando había soberanos independientes en Provenza y en Cataluña, sino que salgan vestidos anacrónicamente con trajes del siglo xvi ó del siglo xvii.
Mi indulgencia, no obstante, no llega hasta el extremo de aprobar lo que he visto en Alemania, donde el lacayo, gracioso y agudo, que aconseja el desdén para vencer el desdén de doña Diana, sale vestido como Fígaro en El Barbero de Sevilla, como un majo de Goya. Esto me parece tan extravagante como lo que he oído decir que acontecía hace un siglo entre nosotros, cuando, al ponerse en escena El maestro de Alejandro, salía Aristóteles vestido de abate, con casaca, chupa, espadín, zapato de hebilla y capita veneciana.
No pocos de nuestros antiguos dramas son tan anacrónicos que apenas sería posible ponerlos en escena con trajes de la época en que pasa la acción. Si no recuerdo mal, en La venganza de Tamar, de Tirso, hay damas tapadas, lacayos, mercaderes, genoveses, calle Mayor y todo lo que había en Madrid en tiempo de Felipe III ó de Felipe IV. ¿Cómo, pues, poner en escena La venganza de Tamar con los trajes que se usaban en vida del Rey Profeta? En cambio, yo juzgo conveniente representar El mágico prodigioso con los trajes, edificios y muebles bizantino-orientales que se usaban en Antioquía en los primeros siglos de la era cristiana, y no, como he visto representar en Madrid este drama, con trajes del siglo xvi ó del siglo xvii.
Aun en la representación de los sainetes y entremeses pondría yo no menor cuidado en la indumentaria. Un entremés de Cervantes se representaría con trajes del tiempo de Cervantes, y un sainete de D. Ramón de la Cruz con los trajes que los majos y las manolas gastaban cuando vivía y los retrataba tan á lo vivo aquel escritor ingenioso.
Otro uso antiguo, desde hace años casi perdido, resucitaría yo en nuestro teatro: el indispensable intermedio de baile nacional entre el drama y el sainete.
El arte de la danza es importantísimo y serio. Los antiguos le estimaban como lazo de unión y como centro de todas las artes del espíritu, que llamaban música en su más lato sentido, y de todos los ejercicios corporales, que llamaban gimnástica. La danza además era ensalzada por su complexidad; porque en ella se combinan el sonido y la forma, el dibujo y la melodía, lo plástico y lo aéreo. El rey David no creía perder su dignidad por ir bailando delante del Arca. Los coribantes descendían bailando de la cumbre del Ida, las ménades con sus tirsos bailaban en el Citerón, y los profetas de Israel, en impetuoso coro, descendían bailando del Carmelo. No bailaban menos devota y desaforadamente los salios de Roma. Danzas sagradas ó hieráticas ha habido en todas las épocas y civilizaciones. Todavía, al son de las castañuelas, bailan los seises en la catedral de Sevilla.
No pretendo yo que canonicemos y santifiquemos la danza, pero es un dolor que nuestra danza nacional vaya perdiendo cada día más su carácter propio y castizo ó bien que se avillane, se corrompa y se haga más grotesca, chula y gitana. Ya se bastardea con lo que toma y remeda de las danzas francesas é italianas, ya se corrompe y se impurifica con esto que no sé por qué llaman flamenco. Yo recuerdo todavía con retrospectiva admiración á cierto bailador llamado Ruiz, y á su gallarda, bella, modosa y noble hija Conchita. ¡Qué majestad, qué decoro, qué distinción y qué gracia cuando ambos bailaban juntos el bolero! No es dable danza más aristocrática. Parecían príncipes ó grandes señores. Y aquello era al mismo tiempo español puro y neto. ¿Por qué pues, no hemos de regenerar nuestra danza, hoy pervertida?
Interminable sería el seguir exponiendo aquí todo lo bueno que podría realizar nuestro teatro. Fúndese, si alguna vez hay dinero, paz y humor para fundarle, y ya entonces daré yo los consejos que dejo en el tintero ahora por no pecar de prolijo.
Sólo diré para concluir que en el teatro, durante la representación, deben amortiguarse las luces y quedar el público en misteriosa penumbra, á fin de que la luz y la atención se fijen en la escena: que una vez el telón descorrido, deben cesar las conversaciones y deben abstenerse las damas y los caballeritos de flirteos ó coqueteos: y que terminada la representación, debe haber mucha luz para que las mujeres muestren su hermosura y sus galas. Por último, los entreactos, sin ser tan largos como ahora suelen ser, no deben ser tan cortos como en Alemania, donde no hay tiempo para ver y hablar á las damas bien vestidas y guapas, ni para discurrir sobre el drama que se está viendo, de todo lo cual resulta, á pesar del primor y lujo del espectáculo, algo de apresurado, y de poco ameno que contradice el título de diversiones públicas con que calificamos las del teatro.
Y aquí pongo punto final, deseoso de no haber acabado también con la paciencia de los lectores.