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FINES DEL ARTE

FUERA DEL ARTE

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SIEMPRE fuí yo partidario del arte puro; de que no haya en él otro fin ni propósito que la creación de la belleza; dar pasatiempo, solaz y alegría al espíritu y elevarle á esferas superiores por la contemplación de lo ideal y de lo que se acerca á lo perfecto, cuando logra revestirse de forma material ó bien expresarse por medio de signos, como son los tonos y la palabra hablada ó escrita.

De aquí que yo, en obras de amena literatura, y especialmente en dramas y novelas, guste poquísimo de la tesis, y menos aún de lo que llaman Zola y sus parciales documentos humanos. A mi ver, tales documentos deben coleccionarse en Tratados de estadística y en Memorias de hospitales, presidios, cárceles y manicomios. Y lo que es las tesis, cualquiera que tenga el antojo de demostrar alguna ó de inculcar y difundir doctrinas morales, sociales, políticas ó religiosas, lo mejor es que desista para ello de ser novelista ó dramaturgo, y componga Tratados científicos, disertaciones, homilías ó peroratas.

No he de negar yo por esto que, en todas las edades del mundo y en todas las naciones cultas, la mayoría de los autores de obras de entretenimiento se han propuesto al escribirlas no sólo entretener, sino también enseñar. La novela y el drama han sido para ellos docentes. Así en la teoría como en la práctica han calificado de lecciones morales todo cuanto han escrito, y al escribir han puesto la mira y se han dirigido á un punto completamente fuera del arte.

Este hecho, sin embargo, sólo probará una cosa: que el afán de enseñar fué lo que movió al autor á escribir; mas no que lo escrito valga por lo que enseña, importe por la verdad que contiene, sino por la gracia, el chiste y la hermosura que crea y luce.

El más claro y luminoso ejemplo de lo que digo nos le ofrece Cervantes en el Quijote. Fué su propósito censurar los libros de caballería y hacerlos aborrecibles. Y, á la verdad, si se hubiera limitado á dar en el blanco, si sólo hubiese sido certero y si su ingenio no hubiera volado muy por cima del objeto á que por reflexión quería dirigirse, Cervantes sólo hubiera escrito un libro que ya no leería casi nadie y no el libro inmortal que leerán y releerán siempre todas las personas de buen gusto, ya en lengua castellana, si la saben, ya en cualquiera otra lengua en que se traduzca medianamente.

Persisto, pues, en creer y en afirmar que el propósito de la novela y del drama, y lo más substancial que debe haber en ellos, no es la enseñanza, no es la demostración reflexiva.

El poeta, no obstante (y llamo poeta á quien escribe novelas y dramas, aunque los escriba en prosa), pone ó debe poner en cuanto escribe toda su alma. Y como esta alma no ha de ser vulgar, adocenada ó vacia, sino que ha de estar rica de ideas, de doctrinas y de sentimientos elevados, y han de encerrarse en ella los obscuros enigmas que piden explicación y los temerosos y hondos problemas que se presentan á la humanidad para que los resuelva; todo esto, que está contenido en el alma del autor ó del poeta, aparecerá también y se reflejará en su obra, donde él pone toda su alma.

De las consideraciones que acabo de exponer y que á menudo se ofrecen á mi mente, nace, y yo lo confieso con sinceridad, una contradicción evidentísima: la negación y la afirmación de lo mismo: lo que ahora llaman una antinomia.

Afirmo, primero, que el arte ha de ser sólo por el arte, y afirmo en seguida que el arte, sobre todo cuando es la palabra el medio que emplea para producir la hermosura, contiene en sí y pone, en toda obra suya de algún valer, cuantos problemas y enigmas estimulan la actividad del entendimiento humano, moviéndole á negar ó afirmar y á pronunciarse en uno ó en otro sentido.

Me consuela de mi contradicción y me mueve á creer que no debo ser censurado por escéptico, sino aplaudido por sincero, el notar que la contradicción mencionada no está sólo en mi, sino también en todos los espíritus.

El arte debe ser por el arte. El poeta no debe proponerse la demostración de ninguna tesis: no debe enseñar, sino deleitar. Y, sin embargo, no hay novela ni drama de algún valer donde el poeta no quiera resolver problemas sociales, morales, políticos ó religiosos. Y no hay novela ni drama de algún valer, por lo mismo que es más numeroso y apasionado el público que los oye ó los lee, que no sea vehículo mil veces más eficaz que cualquiera otro libro para propagar doctrinas y para divulgar y difundir novedades, que ya extravían á la gente, ya vuelven á traerla al buen camino.

El poeta se propone á veces demostrar algo: á veces sólo se propone divertir ó entusiasmar: pero, acaso cuando menos conciencia tiene y menos propósito lleva de ser docente, es cuando enseña más, ya que, poniendo el alma en su obra, pone también los enigmas y los problemas que en ella hay y los descifra ó los resuelve á su modo.

A fin de explicar este influjo de las obras literarias, ejercido en ocasiones sin propósito y hasta contra la voluntad del autor, se ha inventado una palabra, para mi gusto nada bonita, pero muy gráfica. La novela y el drama que en alto grado son así, se llaman tendenciosos.

¿Cómo negar, por ejemplo, que son tendenciosas las novelas de Pereda, que lo son también las de Pérez Galdós, que es tendencioso el Juan José de Dicenta, y que Los domadores de Selles son tendenciosos?

Lo que yo no quiero desentrañar aquí es la tendencia de cada una de estas obras, y mucho menos cuál tendencia es buena y cuál es mala.

La intención puede ser distinta y hasta opuesta á la tendencia. Dramas ó novelas hay (y no malos, sino buenos y escritos por autores de grandísimo talento), que pueden producir y que producen en el público un efecto enteramente contrario al que el autor se propone. El público suele ser caprichoso y suele interpretar las obras literarias, en lo tocante á la tendencia, de una manera imprevista para el autor y aun para los críticos más agudos. Una misma persona, según la edad que tiene y la instrucción que posee, al leer un cuento ó al ver un drama, puede y suele juzgarlo de muy distinta manera. Valgan en prueba de esto los Viajes de Guliver de Jonatán Swift. Los leemos cuando niños y nos divierten como cuento amenísimo, lleno de pasmosas aventuras. Y si los volvemos á leer en la edad madura, notamos en ellos amarga sátira, negra melancolía y desconsolador pesimismo. ¿Qué es lo que fundamentalmente había en el alma y en la intención de Swift? No quiero entrar en tales honduras. Voy sencillamente á dar cuenta aquí de dos dramas, representados ahora con grande aplauso en los teatros de Alemania y fruto del ingenio de dos famosos autores: Gerardo Hauptmann y Adolfo Wilbrandt. No trataré de desentrañar la intención de ninguno de los dos, ni los haré responsables de nada. Compararé sus obras con flores hermosas de las que alguien, acaso, extraiga saludable bálsamo y de las que alguien también acaso extraiga mortífera y dolorosa ponzoña. Lo que no se puede negar, es que ambos dramas están inspirados por ideas y doctrinas muy en moda ahora. No acierto á decidir si el público candoroso, los jóvenes sin malicia y las señoritas inocentes, que asisten á la representación de estos dramas, se dejan ó no influir por las doctrinas perversas que los han inspirado, ó si sólo ven en ellos un brillante juego de la fantasía ó bien una leyenda en acción, llena de piedad y de creencias consoladoras.

A mi ver, el fenómeno es tan curioso, que merece detención y estudio. Hannele es el título del drama de Hauptmann. Cabe interpretarle como una leyenda llena de fe religiosa ó como la expresión del pesimismo más ateo y desesperado. Parte del público entiende lo primero, pero otra parte se inclina á ver en el drama lo segundo. Hannele es una niña enfermiza y nerviosa que apenas tiene quince años. Huérfana de madre, vive en poder de su padrastro, menestral rudo y feroz, borracho casi siempre, que maltrata de palabra y obra á la niña, le da mal de comer y la obliga á trabajar de continuo. Hannele llega al extremo de la desesperación, y en horroroso delirio se arroja á un estanque, buscando la muerte. El maestro de escuela, inteligente, bondadoso, joven y guapo, y que siente por la muchacha muy tierna simpatía, la saca del agua y la lleva casi exánime, tiritando con el frío de la calentura, á cierta casa de vecindad de gente pobre, donde ponen á la ñiña en un mezquino camistrajo y vienen el médico á visitarla y una Hermana de la Caridad á cuidar de ella. Toda la acción del drama es la agonía de la niña moribunda. Las visiones de su cerebro salen fuera de él, toman forma y cuerpo y se presentan al público en la escena, merced á la poderosa imaginación del dramaturgo y á la habilidad del tramoyista, de los pintores y de los sastres.

El tirano padrastro aparece aún, en aquel sueño, para atormentar á Hannele. A la Hermana de la Caridad le brotan alas y se convierte en ángel de la guarda. El ángel negro de la muerte sobreviene luego para poner término á la existencia de aquella desventurada. Entonces todas sus más poéticas aspiraciones, todos sus afectos más puros y hasta sus naturales apetitos, nunca satisfechos, de goces materiales, de bienestar y de reposo, y todas sus esperanzas, se cumplen y se logran de un modo ilusorio, en el delirio que precede á la muerte. La madre de Hannele viene á consolarla, como si fuera una santa; el maestro de escuela, que había inspirado á Hannele un delicadísimo amor de adolescente, se convierte en Jesucristo, como para darle la mano de esposo; matizados y luminosos coros de ángeles cantan melodiosamente muy lindas canciones, ofreciendo á Hannele toda clase de regalos y de cosas exquisitas, suculentos manjares y hasta confites. La misma vanidad de la criatura, que empieza á ser mujer, es profusamente lisonjeada. El Príncipe le envía sus emisarios y servidores, y la calzan con preciosos zapatitos, como á la Cenicienta, y la coronan de flores y la adornan con ricas vestiduras de desposada, y la atavían por tal arte que parece hermosa y gallarda. La colocan luego en un resplandeciente lecho de cristal, que ya parece féretro, ya tálamo. Y por último, se abre una senda ó escala, inundada de luz y cubierta de flores, y el maestro de escuela, convertido en Jesucristo, toma de la mano á Hannele y se la lleva al cielo, caminando en triunfo con ella, bajo arcos de verdura que forman dos hileras de ángeles, cruzando los ramos de palmera que sostienen en sus blancas manos.

Al cabo cesa la música, los resplandores se extinguen; la visión celestial se disipa. Vuelve á aparecer la inmunda casa de los pobres y el angosto lecho en que Hannele está postrada. Entra el médico en escena; mira á la muchacha y dice: ¡Está muerta! Así acaba el drama.

Yo me preguntaba cuando le ví y me pregunto hoy: ¿Es culpa del autor ó es culpa de la perversa interpretación que yo doy á su obra?

Sea lo que sea, la impresión que yo recibí fue muy triste. Yo entendí que el autor pinta la vida como abominable para la mayoría de los seres humanos, sin más esperanza de reposo que la muerte y sin más consuelo ni premio que la incoherente fantasmagoría, suscitada por la fiebre, y donde se barajan, en disparatada confusión, los cuentos y consejas vulgares, lo sobrenatural que sabemos por el catecismo, y los bienes y goces que forja la imaginación, cuando la vanidad, el instinto amoroso y hasta el hambre no satisfecha la estimulan.

A mi ver, en el drama del Sr. Hauptmann no quedan, con mayor realidad objetiva que el cuento de la Cenicienta, todas las esperanzas ultramundanas y todas las más altas verdades religiosas.

Otro día analizaré el otro drama que he citado, que se titula El maestro de Palmira, y que aún me parece más extraordinario.

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EL MAESTRO DE PALMIRA

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AL escribir Tirso y Calderón El condenado por desconfiado y La devoción de la Cruz, en todo lo sobrenatural que allí se representa, pusieron la realidad más evidente. Los altos designios de Dios figuran muy por cima de los ensueños que forjan ó pueden forjar los personajes de ambos dramas. Ningún ser sobrehumano aparece y ningún milagro se realiza como ilusión de la mente, entre las sombras de un delirio febril, sino á la luz meridiana, bajo cielo despejado y sin nubes. Así las ninfas y los genios se aparecían á los héroes griegos en las edades divinas. Así los ángeles, in ipso fervore diei, visitaban y hablaban á los antiguos patriarcas.

Sin duda, la falta de fe y la corrupción del siglo presente provocan el desdén hacia nosotros de todos los espíritus puros de más limpia y noble naturaleza; sin duda que ahora, como al declinar el paganismo decía el poeta gentil, puede decir también el poeta cristiano:

Quare nec tales dignantur visere cœtûs.
Nec se contingi patiuntur lumine claro.

Catulo, en su tiempo, en la vida real, hallaba á los hombres indignos del milagro; mas no por eso desterraba el milagro de la poesía: toda la narración que termina con los dos versos que cito, es una larga serie de milagros. En Hannele el Sr. Hauptmann, más cruel que Catulo, no se contenta con desterrar el milagro de la vida real, sino que le destierra también de la poesía, ó le trueca en pesadilla de agonizante.

Si gran parte del público candoroso no cae en la cuenta de tamaña crueldad, y si el poeta mismo no tuvo la intención de ser tan cruel, son puntos que importa poco dilucidar, teniendo como tenemos el convencimiento de que la crueldad está en la obra. Y la crueldad pone grima. En mi sentir, valdría más perder por completo toda esperanza que fundarla en las visiones que acompañan á la enfermedad y que preceden á la muerte.

Y aún es más extraño y más deplorable que, al negar en el día lo maravilloso que consuela y que eleva los corazones, no suele buscarse lo llano y lo sencillo, sino otro maravilloso, que quiere limitarse á ser natural, y que es desconsolador y mil veces más enmarañado que todas las teologías y que todas las mitologías. Negar la realidad objetiva de muchas cosas y convertirlas en productos de nuestro cerebro y de nuestros nervios sobreexcitados no deja de ser inexplicable maravilla. Es convertir nuestro cerebro en organillo que toca diversas sonatas, según el registro que se toca, y en linterna mágica, con movimiento y todo, como la que se ha inventado recientemente, con auxilio de la fotografía, que proyecta escenas, personajes y lances, con la diferencia de que los de la linterna fueron y ya no son, y los de nuestro cerebro acaso no fueron, ni son, ni serán nunca.

Recuerdo á este propósito á cierto singularísimo personaje que conocí en mi mocedad, estando yo en la capital del Brasil. Era un mago ó sabio ambulante. Peregrinaba con una hermosa profetisa de Nueva York, que era su mujer ó cosa parecida, y que, magnetizada por el mago, decía mil cosas estupendas que él le sugería. Aunque él era español, y tenía apellido y nombre bastante vulgares, había adoptado los misteriosos nombre y apellido de Hadado Calpe. Su ciencia ó su arte principal se titulaba la funi-fantasmagoría, sobre la cual había escrito un libro muy grueso. Se fundaba esta ciencia ó arte en que el hombre es el verdadero microcosmo. En su masa encefálica reside la mónada representativa donde están en cifra toda la Naturaleza y cuanto hay ó puede haber más allá: lo existente y lo posible. Había inventado este mago varias pociones que excitaban y movían la tal mónada á desenvolver y á sacar á relucir ya esto, ya aquello de cuanto en ella había envuelto. Poseía el mago un copioso botiquín de estas pociones, y eran las más prodigiosas el elixir diabólico, con el cual se iba al aquelarre y al infierno, se oía la misa negra y se conversaba con los demonios y con los precitos; el elixir místico-celestial, con el cual se veía el cielo cristiano con todos sus purísimos deleites; y el elixir heróico-afrodisíaco, por cuya virtud se lograba el favor de las huríes y se gozaban los placeres del paraíso de Mahoma. Ninguno de los elixires, con todo, hacía el menor efecto, si de antemano no era poderosamente sobreexcitada la médula espinal, valiéndose para ello de la funi-fantasmagórica, nombre que él daba á una horca primorosa é ingeniosísima, de la que se escapaba á tiempo sin morir y donde el ahorcado realizaba por estilo fantástico los ideales todos.

Hannele, en vez de ahorcarse, se remoja. Todo es equivalente, salvo que Hannele no toma antes ningún elixir; se remoja sin precaución y muere.

Pero no divaguemos y digamos algo del maestro de Palmira, que, en punto á extravagancia, echa á Hannele la zancadilla.

El drama de Adolfo Wilbrandt parece fundado en el budismo esotérico, que hoy priva y está en moda bajo el nombre de teosofía.

Palmira, después que el emperador Aureliano venció á la gran Zenobia, decayó de su prosperidad y grandeza; pero tuvo un hijo, llamado Apeles, que ansió y consiguió restaurarla en su antiguo florecimiento. Apeles fué á la vez gran guerrero y gran artista. A la cabeza de sus compatricios y ayudando á las Legiones de Roma, venció á los persas, que habían acudido á apoderarse de su ciudad natal. Luego la hermoseó con templos y palacios espléndidos y con casi inexpugnables fortalezas. Tal fue el maestro de Palmira.

Al volver victorioso de los persas y antes de entrar triunfante en la ciudad, tuvo en el desierto un raro coloquio con dos genios: el de la vida y el de la muerte: y logró la inmortalidad, ó al menos una prolongadísima duración de la existencia propia.

En la misma mágica gruta donde Apeles consigue este don, y en el momento en que le consigue, aparece una virgen cristiana, la cual, impulsada por una voz intima, va á Palmira á predicar el Evangelio. Sedienta de martirio, le predica con generosa imprudencia, insulta á los dioses gentiles, irrita á la plebe, y la plebe la mata en medio de las calles, á pesar de que Apeles la defiende. Sucede esto en tiempo de Diocleciano, cuando la persecución contra el cristianismo era más dura.

Cualquiera creería que la mencionada joven, virgen y mártir gloriosa de la fe de Cristo, se debería ir derecha al cielo; pero nada menos que eso. En el segundo acto (más de veinte años después) Zoe, llamándose Febe, aparece, como una de las heteras, cocottes ó suripantas más elegantes, seductoras y traviesas de Roma. Apeles, por quien no pasan días y que ha estado en Roma una buena temporada, se la trae de allí y la instala en su casa, á pesar de su virtuosísima y severa madre, que vive todavía. La casa de Apeles es un perpetuo holgorio; mucho festín, mucha francachela y mucho brindis. Todos sus amigos, enamorados de Febe, le echan piropos, y ella predica sobre placeres con éxito favorable y no con el mal con que predicó el cristianismo cuando era Zoe. Febe, no obstante, se aburre en aquella remota población y suspira por Roma. Sucede en esto que Apeles, que era muy orgulloso, se pelea con el gobernador, se queda pobre y se aflige al ver que su madre se va á morir de rabia por tener á Febe en casa. Corre, por último, la voz de que las autoridades consideran que la permanencia de Febe en la población causa escándalo y mal ejemplo y que se proponen expulsarla. Febe entonces dice para sí: pues me echaré yo antes de que me echen, y se larga con un señor Septimio, que es muy rico y que se la lleva á Roma.

Háganse ustedes cargo del furor de Apeles. Cae el telón.

Al empezar el tercer acto, han transcurrido unos cuarenta años. El alma de Zoe ó de Febe, alma comodín que se adapta á todos los palos como la espada y el basto en el tresillo, ha tenido ya tiempo de transmigrar y se halla infundida en el cuerpo de una grave matrona, severa y llena de virtudes, mujer legítima de Apeles. Pérsida es su nombre. Y Apeles y Pérsida tienen una hija casadera, llamada Trifena, la cual está enamorada y quiere casarse con un gallardo joven que sigue la religión pagana. Reina Constantino y el cristianismo está triunfante. Apeles es siempre gentil, pero Pérsida es fervorosa cristiana. Su hermano y los amigos de su hermano son sacerdotes celosísimos que entusiasman al pueblo y que llenan de remordimientos el alma de Pérsida, porque no logra convertir á su marido ni se decide á separarse de él. Todo este acto, que no estará, pero que parece compuesto en odio de la religión cristiana, no se puede negar que tiene interés vivísimo y admirable movimiento escénico.

La señora Estela Hohenfels, elegantísima, simpática y eminente actriz, que representa el papel de Zoe, de Febe y de Pérsida, en el Teatro Imperial de Viena, da al drama de Wilbrandt gran realce y poderoso atractivo.

Todo se complica de un modo tremendo. El presbítero, hermano de Pérsida, se ha apoderado de Trifena, no quiere que se case con un pagano y se empeña en que se consagre en los altares y en que viva entre las vírgenes del Señor. Trifena logra escapar y busca amparo entre los brazos de su padre. Amotinado el pueblo cristiano y guiado por el clero fanático, viene en busca de Trifena y quiere llevársela.

Pérsida tiene espantosa lucha en el fondo de su alma, donde combaten por un lado el amor á su marido y por otro los más ardientes sentimientos religiosos. Vencen éstos por último, y Apeles se ve abandonado de Pérsida como lo fué de Febe. Ayudado, no obstante, por su yerno futuro, por el padre de su yerno, y más que nada por su casi inmortalidad y por su valor indomable, se abre camino por entre la muchedumbre furiosa, y salva á su hija, abandonando la patria y buscando refugio entre los persas. Así termina el tercer acto.

Al empezar el cuarto, han pasado ya bastantes años. Juliano el apóstata está en el trono. Su mayor empeño es acabar con el cristianismo y restablecer el culto de los dioses. Antes quiere que reverdezcan con más vigor que nunca los laureles del imperio romano. Con poderoso ejército ha ido contra Ctesifon, ha pasado el Tigris y ha alcanzado una gran victoria sobre las huestes de Sapor, el Rey Sasanida.

Entre tanto, Apeles, que apenas envejece, vive en el desierto, en un oasis, cerca de Palmira. Pérsida, Trifena y el marido de Trifena, murieron tiempo há. Sólo acompañan á Apeles su consuegro y el nieto que de Trifena ambos han tenido. Este nieto es ya un joven gallardo y brioso, que se parece mucho á Zoe, á Febe y á su abuela Pérsida, y que está representado lindamente por la señora Estela Hohenfels, la cual se luce de veras en este drama, representando en cada acto un papel distinto.

Apeles empieza ya á caer en la cuenta, cavila sobre la metempsícosis de Pitágoras y de los indios, y sospecha que el alma de Zoe, de Febe y de Pérsida, era la misma y que ahora está encarnada en su nieto.

Si he decir la verdad, esto me repugna más que nada. Pase porque el alma trasmigre de cuerpo en cuerpo y cambie de condición, de creencias y de carácter, según el cuerpo en que está y según el medio ambiente. Pero que el alma cambie de sexo lo tengo por abominable. Dante y Petrarca bramarían de cólera si topasen, en cualquiera vida ulterior, con Beatriz y con Laura, convertidas en caballeritos, aunque fueran sus nietos.

Sea como sea, no nos detengamos en reflexiones y acabemos á escape.

El nieto de Apeles, que es un furibundo pagano, entra en una conjuración para restablecer en Palmira la idolatría. Apeles sabe á tiempo su propósito, y como no puede disuadirle de que vaya á la ciudad, le acompaña.

En mala hora para los gentiles llega la noticia de la retirada desastrosa del ejército romano y de la muerte del heróico emperador. Los cristianos cobran entonces mayores bríos. En las calles y plazas de Palmira se traba sangrienta y reñida batalla. Quedan en ella vencidos los gentiles y muere el nieto de Apeles.

Este, que ha ido vagando por diversos climas y regiones sin poder morir, llevando en la frente el signo de la vida, como Caín y el judío errante, aparece de nuevo en Palmira, en el quinto y último acto. El genio de la muerte, Pausanias, el que hace cesar todos los cuidados y dolores, le había aparecido á Apeles en los momentos solemnes de los actos anteriores, para arrebatarle las prendas más queridas. Pausanias sale ahora de entre las ruinas. Apeles le pide la muerte, y Pausanias le dice que él no puede morir. Todo muere ó ha muerto, sin embargo, en torno suyo. Palmira está ya casi desierta. Los terremotos y las guerras han derribado sus templos y sus palacios. Los bárbaros invaden por todas partes el imperio y desbaratan ó arrollan las legiones de Roma. La antigua civilización se hunde con el imperio.

Todavía hay en Palmira algunos gentiles que coronan de flores los sepulcros, y que, en aquel día, que es la fiesta de Adonis, cantan el himno de la muerte y de la resurrección, himno que Apeles ha cantado mil veces y que su nieto cantó poco antes de morir:

«Así lo quiere el eterno Zeus: tú debes descender bajo la tierra florida, y besar á la sombría Perséfone ¡oh hermoso Adonis! Al volver la primavera, cuando corran murmurando las fuentes, tú, llorado ahora, resucitarás alegre y besarás á la áurea Afrodite, ¡oh hermoso Adonis!»

La vida es un mal insufrible si no la interrumpe la muerte. Es menester volver á ella bajo nuevas formas y en nuevos tiempos. No basta una vida, por larga que sea, para alcanzar el complemento de nuestro ser. Es inevitable el frió beso de Perséfone para surgir alegre en otra verde primavera y recibir los besos de la áurea Afrodite. Tal es la enseñanza del drama.

Su desenlace es patético.

En Palmira hay una santa mujer llamada Zenobia, portento de caridad, consuelo y amparo de los afligidos y menesterosos. Apeles la ve. Y ella le reconoce y él reconoce en ella á Zoe, á Febe, á Pérsida y á su nieto. Zenobia hace entonces la mayor obra de caridad que jamás ha hecho. Apeles se postra de hinojos á sus plantas, y ella pone la mano en la frente y borra el signo fatídico que le retiene en la vida. El Genio de la muerte, Pausanias, el apaciguador ó libertador de los cuidados, acude entonces, se interpone entre Apeles y Zenobia, y Apeles muere.

Así es, en resumen, uno de los más celebrados dramas del moderno teatro alemán.

Yo diré, para concluir, que es divertido verle y leerle: que es más divertido aún admirar á la señora Estela Hohenfels en sus cinco papeles; pero que, en lo tocante á enseñanza, lo mejor es no sacar ninguna de este drama. Si creyésemos que se saca de él enseñanza, tendríamos que imitar á Platón y desterrar á los poetas de nuestra República. Por dicha, los poetas no valen por lo que dicen, sino por la elegancia, primor y entusiasmo con que lo dicen. Leopardi es ateo, y está desesperado de no tener Dios; Manzoni es un progresista católico; Carducci celebra á Satanás, aborrece á Cristo y cree que el mundo prospera porque el cristianismo acaba; Quintana es un volteriano que pone como hoja de peregil á Felipe II; el duque de Frías se deshace en elogios del rey prudente, y muchos de nuestros poetas mejores, aunque, como Espronceda, sean progresistas en prosa, se lamentan en verso de la funesta manía de pensar y entienden que Dios los castiga porque han querido averiguar muchas cosas que son inaveriguables. En suma; cada poeta se va por su camino y sustenta opinión diversa y contraria á la de los otros. Lo que importa es que la sustenten bien y con brío. Entonces los aplaudimos á todos y cada uno de los que aplauden se queda con la opinión que tenia, si no es un tonto y si no hace como los que se mataban después de leer el Werther de Goethe. Precisamente Goethe le escribió para no matarse y como desahogo.

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LAS RAREZAS DEL «FAUSTO»

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EN cualquiera punto de este planeta en que vivimos, en la prolongación de los tiempos pasados, según lo que por la historia se sabe y también en los tiempos futuros, hasta donde nuestra previsión alcanza, todo ser humano tiene y tendrá no poco que sufrir, gran multitud de cosas en que ejercitar su paciencia, mil peligros que arrostrar empleando su valor, y no corto número de adversidades y disgustos para desplegar y lucir su santa resignación y su conformidad cristiana, compitiendo con Job y hasta venciéndole.

Para consuelo ó alivio de tantas penas nuestro ingenio ha sido fecundo en sutiles y discretas invenciones. Y la mejor de todas es, á mi ver, la poesía narrativa ó dramática.

Las contrariedades menudas y los males pequeños que nacen con frecuencia de la tontería de los hombres ó de las mujeres, representados luego por el poeta en una novela ó en un drama, pierden y deben perder casi toda su amargura; remediándola ó suavizandola con inocentes ó benignas burlas y ahogándola en risa.

Y cuando los males son grandes y terribles, todavía es más discreta y bienhechora la invención que los remedia ó los consuela. El poeta, en la novela ó en el drama trágico, debe representar estos casos con verosimilitud y fidelidad tan extrañas y hábiles, que en vez de producirnos el mal rato, el ataque de nervios ó los sentimientos penosos que nos producirían dichos casos si fuesen reales, nos produzcan un exquisito y espiritual deleite que llaman estético.

Tal era y tal debe ser, desde muy antiguo, el fin noble y redentor del arte.

Aristóteles llamaba á esto la purificación de las pasiones, es á saber: que el terror y la compasión, que en la vida real son tan dolorosos y aflictivos, gracias al encanto divino de la poesía, se convierten en el drama y en el poema narrativo en placer delicado, porque el terror entonces no nos enerva ni nos humilla, y porque entonces son dulces las lágrimas.

¿Cómo he de negar yo el maravilloso talento de muchos autores del día, extranjeros y nacionales? Lejos de negarle, le reconozco y le admiro; pero me quejo de ellos y los censuro y los encuentro más fotógrafos que poetas, porque faltan al precepto aristotélico, que es, en mi sentir, el fin del arte, y porque pintan las miserias y desventuras humanas con tan minuciosa exactitud y con tan científico, experimental y poco poético detenimiento, que se diría que sus libros, en vez de ser de pasatiempo y de recreo, vienen á reemplazar los silicios, las disciplinas y otros medios á propósito para mortificarse y hacer vida penitente.

La diferencia está en que con los medios antiguos se ganaba el cielo, y con la lectura de estos libros ó con el espectáculo de estos dramas no se gana nada.

Aunque á mi no me cabe en la cabeza que los dramas y novelas así escritos puedan y deban considerarse como documentos humanos, como materiales y ripios, con los cuales ha de construirse la ciencia social del porvenir, todavía concedo que el que crea en el valor de tales documentos los reuna y confeccione, atormentándonos con ellos. La letra con sangre entra. Pero lo que no concedo es que esté bien que los documentos sean falsos: que se ponga tragedia donde no hay motivo de tragedia: y que, habiendo tanto infortunio dialécticamente producido, se creen infortunios infundados y disparatados como una pesadilla.

Cuanto queda expuesto se me ha ocurrido recientemente con ocasión de haber oído el Fausto, de Göethe, casi de seguida, primero en dos óperas, ambas de muy hermosa música, y después en los dos magníficos dramas, representados ambos con aparato y lujo portentosos, en el teatro imperial y palatino de la gran ciudad de Viena.

Se cuenta que D. Ventura de la Vega, agobiado ya por las enfermedades y previendo su próxima muerte, llamó un día á sus hijos para confiarles, antes de morir, un misterioso secreto, cuya pesadumbre le abrumaba el alma. Después de recomendarles el sigilo, que ellos han roto, pecado de que creo debemos absolverlos, aquel padre cariñoso les confesó que el Dante le aburría.

A mí no me aburre Göethe. Si me aburriese, no andaría con tapujos, ni lo confesaría sólo in articulo mortis y en lo hondo de mi casa; pero aunque soy fervoroso admirador de aquel glorioso poeta, que era además gran sabio y sutil y razonable filósofo, y aunque le he elogiado pomposamente en varios escritos míos, me sucede ahora que, echando á un lado el prestigio mágico de su estilo, como quien descorre un velo que disimula los defectos y realza las bellezas, he descubierto en el Fausto rarezas tan chocantes, que temo que se me agrien ó se me pudran en lo interior del alma si no las digo y me desahogo.

Poniendo, pues, á un lado y en salvo mi extraordinaria admiración por Göethe, voy á decir aquí algunas de estas rarezas.

En primer lugar, me pasma y me enoja que el Dios de Göethe tenga el capricho, en su conversación con el diablo, de presentar á Fausto como un segundo Job, como un modelo de varón justo, aunque débil y sujeto á error como todo el que aspira.

Verdaderamente, si en la segunda mitad del siglo xv, en que la humanidad dió cima á tan altas empresas, no hubo hombre mejor que Fausto, es menester confesar que la humanidad no vale un pito.

Pero no es esto lo más singular; lo más singular es que Fausto, á quien el poeta nos presenta en las primeras escenas como un sabio de extraordinaria magnitud, resulta luego un tontiloco.

Tengamos la manga ancha. Disculpemos á Fausto por su desesperación al verse viejo, pobre, desatendido, á pesar de su mucha sabiduría, habiendo gozado poquísimo y en resumidas cuentas sin saber nada á punto fijo después de haberse quemado las cejas estudiando día y noche sin divertirse, sin holgarse y sin echar una canita al aire. Disculpémosle también del conato de suicidio, y disculpémosle, por último, aunque se escandalicen mis lectores, de que haga un pacto con el diablo y le firme con la sangre de sus venas.

Harto se entiende que el diablo, que no es estúpido y que debía estar ya escarmentado, celebra este pacto por si topa, como si dijéramos, sabiendo que se expone á quedar burlado y estafado, y á que Fausto por intercesión de algún santo ó santa que abogue por él, se largue al cielo y deje al diablo con un palmo de narices. Casos por el estilo habían ocurrido ya y debían estar consignados en los archivos y anales del infierno. Así, por ejemplo el del monje Teófilo, y el de Cipriano, mágico prodigioso de Antioquía.

Para un sujeto travieso y listo, fundado en la tontería del diablo y envalentonado con tan curiosos precedentes, un pacto con el diablo ha de ser una ganga de la que debe sacar mil provechos y ventajas. Aquí entra, en mi sentir, la inexplicable tontería, el idiotismo perverso del Fausto de Göethe, sobre todo en lo más humano y menos simbólico, en la primera parte, en sus amores con Margarita.

No digo yo un caballero particular cualquiera, que no haya estudiado libro alguno y que se caiga de tonto, sino el propio Pedro Urdemalas no lo hace peor que Fausto lo hizo.

Remozado ya, elegante y guapo, apasionado y discreto, ¿qué necesidad tenía de joyas para enamorar á Margarita? ¿No deslustraba con esto el carácter de su querida, haciéndola aparecer tan comprada como enamorada? A no dudarlo, el regalo de las joyas afea y empequeñece el principio de aquellos amores.

Se ve luego que Margarita, sin que nadie la vigile ni la acompañe, va sola donde quiere. En el jardín de Marta juega al escondite con su amigo, y sin duda en cualquiera otro sitio, todavía más cómodo, podía estar con él á solas todo el tiempo que quisiera hasta hartarse. ¿Qué lujo de perversidad, sin razón que la justifique, no hay, pues, en el empeño de Fausto y Margarita de estar juntos por la noche al lado de la madre de ella, en lo cual hasta hay mucho de repugnante y de asqueroso?

Y crece de punto la perversidad, cuando Margarita, la candorosa y angelical Margarita, excitada por Fausto, y á fin de que su mamá no se despierte, la atiborra de bromuro de potasio, de opio, de láudano y de otros potingues narcóticos, hasta que acaba por matarla.

A veces se diría que Fausto quiere á Margarita. A veces se diría que no la quiere y que es un ingrato y un galopín de siete suelas. Su insensatez incoherente no se presta á clara interpretación.

Convertido en músico, su diablo lacayo va con Fausto á dar serenata á Margarita; y Fausto tiene la impiedad y la poquísima vergüenza de que su diablo lacayo insulte con indecentísimas coplas á la pobre muchacha por la falta que ha cometido en amarle y en consentir en ser suya. Ahora viene lo mejor. Margarita tiene un hermano, soldado, valiente y espadachín y muy celoso de su honra, aunque no era menester serlo mucho para enojarse contra el doctor Fausto, que estaba alborotando la calle y á todos los vecinos con aquella retahila de sucios improperios puestos en solfa.

Nada más natural que la decisión que toma Valentín de pinchar al doctor Fausto como quien pincha á una rata.

Yo convengo en que nadie gusta de que le pinchen así; pero hay medios de evitarlo, sobre todo, cuando se encuentra con el demonio, más ingeniosos y decentes que los que Fausto emplea. Él sabía poco ó nada de esgrima, y distaba mucho de pensar como San Buenaventura, que dice que cuando alguien nos acomete con una espada desnuda debemos dejarnos matar y no matarle, porque sería cruel, matando á nuestro adversario, enviarle al infierno, mientras que si él nos mata, y nosotros nos resignamos á morir, nos iremos derechitos al cielo; pero, sin imitar á San Buenaventura, bien pudo hacer Fausto que el diablo se llevara á Valentín en volandas ó valerse de otro medio cualquiera para no asesinar infame y traidoramente al hermano de su amiga.

Después del asesinato de Valentín, Fausto se queda tan fresco, y para distraerse, se larga al aquelarre á bailar un fandango con varios brujas jóvenes,

altas de pechos y ademán brioso.

Margarita, entretanto, ha acudido con muchas comadres del barrio y otra gente desocupada, á ver morir á Valentín, que le echa un largo discurso, llamándola metze, coram pópulo, por si alguien no se había enterado.

Después de tantas catástrofes, muerta la madre á fuerza de dormir, Valentín asesinado, y deshonrada ella públicamente por las cancioncillas del diablo-músico lacayo de su amigo y por el discurso moral de su hermano moribundo, poco tiene que perder y nada tiene que ocultar Margarita. No se comprende, pues, la determinación que toma de matar á su hijo, arrojándole al agua. Haría tan mala obra en un momento de enajenación mental; pero Fausto debió preverlo, y en vez de ir á retozar con las brujas, poner á Margarita en una buena casa, cuidarla y darle bien de comer, y separar al niño de su lado para que no hubiese aquel estropicio que después hubo.

El diablo no le valió sino para hacer sandeces; ni siquiera se le ocurrió á Fausto que aquella bruja joven, con quien bailó en el aquelarre y la hermosura de cuyos pechos celebra en una copla muy galante, hubiera podido servir de nodriza para su hijo, ya que no quisiese él bajar al seno de las Madres para traer desde allí á la misma cabra Amaltea, nodriza de Júpiter.

Pero nada; el imbécil de Fausto no celebró pacto con el demonio, sino para cometer delitos inútiles é incurrir en más simplezas que el propio D. Simplicio Bobadilla y Majaderano.

Prescindo ahora de la segunda parte ó tragedia de Fausto. Todo allí es fantasmagoría: todo está lleno de enigmas filosóficos y de veladas enseñanzas.

Fausto apenas es allí ser humano: es un símbolo, es como el héroe epónimo de la sociedad y de la edad modernas; lo cual no quita que en la primera parte, en lo que se asemeja más á la vida real, Fausto, sea, si no un malvado, un imbécil.

Y sin embargo, ¿en qué consiste que Fausto y Margarita interesen y enamoren tanto á las almas sensibles y hasta á las niñas honradas, que de seguro no harían todas las atrocidades que hizo Margarita de envenenar á su madre y de matar á su hijo?

Por hoy no sé en qué consiste esto. Otro día trataré de averiguarlo.

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LA MORAL EN EL ARTE

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MI amigo D. Miguel Moya me pide que escriba sobre el asunto que el epígrafe declara. Yo deseo complacerle; pero lo considero harto difícil. El asunto es tan complicado que, para tratarle bien, sería menester escribir un par de volúmenes y no un artículo breve. Mucho aumentaría la extensión del escrito si me empeñase en decir, además de lo que á mí se me ocurre, lo que se ha ocurrido á los otros desde Platón y Aristóteles hasta Hegel, Gioberti, Pictet y demás autores novísimos. Los escondo, pues, á todos y hasta procuro olvidarlos, y voy á decir aquí, sin atender á nadie, y en cifra y resumen, lo primero que acuda á mi mente, ora sea creación suya, ora sea reminiscencia de lo que he leído.

La Naturaleza, ó dígase cuanto hay de sensible y de inteligible, cuanto se ve, se columbra ó se imagina, cuanto cabe en el pensamiento humano, y este mismo pensamiento, todo atrae nuestra atención, nos solicita para que lo contemplemos, lo fijemos con orden y método en nuestra memoria, y hasta procuremos averiguar sus causas y el término, fin y propósito hacia donde se dirige y encamina. Tal parece ser el primer empleo del hombre. Llamémosle teoría. Su fruto ó resultado debe ser la verdad. Su exposición metódica es la Ciencia.

Pero el hombre no es un ser meramente pasivo y contemplativo. No está en el mundo sólo para asistir al espectáculo, gozar de él y aplaudirle, sino que, á más de ser espectador, ha de ser actor. No le basta con formar conceptos, sino que necesita realizar acciones. De aquí que además de la teoría haya la práctica. Y como nuestras acciones deben enderezarse á no perturbar el orden natural de las cosas, sino á conservarle y á mejorarle, resulta que el fin de la práctica ha de ser el bien, y el conjunto de reglas y leyes para que el bien se logre es la Moral en su más amplio sentido.

Todavía tiene el hombre otro tercer empleo no menos digno y elevado. Ora consideremos el Universo, ó sea el conjunto de todas las cosas, como substancia eterna con poder inmanente para desenvolverse y manifestarse en apariencias distintas, ora como creación de una voluntad y de una inteligencia soberanas, el hombre, por un estímulo irresistible que hay en él, y por los bríos y por la virtud que producen ese estímulo, se siente movido á mejorar y adaptar las cosas ya existentes, sacando de ellas algo nuevo, ya para su propia utilidad, ya para su propio deleite. De aquí proviene lo que en su más amplio significado debemos llamar Poesía.

Claro está que en este significado amplio, poesía es toda operación por la cual el hombre añade algo á lo natural para hacerlo más útil, más agradable ó más hermoso. Si la mente humana, si el espíritu no se incluyese como parte de la Naturaleza, bien podría decirse que toda obra del espíritu, transformando ó modificando las cosas naturales, era obra sobrenatural, ya que sobre la Naturaleza venía á ponerse.

En la anterior concepción vastísima de la poesía, que á fin de que no choque demasiado á los que les coja muy de nuevas, declararé aquí que es de Aristóteles, entran todas las artes humanas, desde la del zapatero y la del cocinero, hasta las del escultor, el músico, el pintor y el vate más inspirado.

Tenemos, pues, teoría, práctica y poesía; y como derivación de las tres facultades, ciencia, moral y arte. En estas tres esferas de actividad hay compenetración, cuando no nos elevamos á grande altura. Entonces casi se puede decir que lo útil es el fin y el punto de mira de las tres facultades que se prestan mutuo auxilio. La ciencia, por ejemplo, es útil y presta auxilio á todas las artes, y ya el conocimiento de los astros puede servir para la navegación ó la agricultura, ya el conocimiento de las propiedades químicas de los cuerpos, para preparar medicamentos, para guisar ó para curtir pieles. La moral, dentro de su más rastrero concepto, no traspasa tampoco los límites de lo útil, no aspira sino á lo conveniente; rara vez va más allá de aquello que la prudencia mundana requiere, según puede notarse en las antiguas fábulas y en los refranes. Y el arte, por último, se encierra también en lo útil ó en lo materialmente deleitable; empleándose en vestirnos, en calzarnos, en darnos habitaciones cómodas, y, en suma, en nuestro material bienestar y regalo.

Por el contrario, no bien la ciencia, la moral y el arte alcanzan cierta elevación, dejan de prestarse auxilio, se hacen independientes, ponen y buscan su fin en ellos mismos, y adquieren, digámoslo así, una inutilidad sublime. Dejan de ser serviles y son liberales. La ciencia entonces busca, y tal vez halla, la verdad, meditando desinteresadamente y tratando de descubrir los más hondos arcanos, sin el menor propósito de que el descubrimiento valga luego para nada que no sea la satisfacción misma que de poseer la verdad se origina. De igual suerte la moral elevada, si no prescinde, echa á un lado y pone como en segundo término todas las ventajas que pueda ocasionar ó causar el ejercerla, y tiene por único, ó al menos por principal objeto, la satisfacción semidivina de obrar el bien con la más completa independencia de toda mira interesada, así en esta vida como en la otra, así para el individuo como para la colectividad de cuantos son los seres humanos. Y la poesía, por último, deja ya de atender á lo útil: no teje, ni guisa, ni edifica viviendas; ni trata siquiera de moralizar ni de enseñar verdades, sino que poniendo en ella misma su fin, aunque nada deseche y se valga de todo, tanto de lo creado cuanto de lo increado, tanto de lo real cuanto de lo ideal, como elementos y materia de lo que produce, no tira á producir sino la belleza y no anhela infundir en los ánimos más que el puro y desinteresado sentimiento que nace de verla y de admirarla. Esto es lo que se llama el arte por el arte.

Ha de entenderse, con todo, que los tres separados caminos por donde va el espiritu humano no siguen en divergencia constante y separándose siempre hasta lo infinito, sino que al cabo convergen y vienen á coincidir en un centro ó foco único de perfección absoluta, donde la verdad, el bien y la belleza carecen de distinción substantiva, y son calidades, potencias y atributos de un solo sujeto. Por donde considerada la ciencia en lo sumo de su elevación, es igualmente buena y hermosa, y la moral es la misma verdad y la misma poesía, así como la poesía no puede menos de ser entonces el celestial y purísimo resplandor de la verdad y del bien absolutos. Mirada, pues, la poesía desde su punto más elevado, basta decir que es poesía para afirmar implícitamente que es verdadera y buena, así como toda alta moral y toda ciencia superior y profunda son poéticas en el mayor grado.

Las contradicciones que en lo que afirmamos pueden notarse, provienen de un error de quien las nota y en realidad no existen, estribando sólo el error en algo de incompleto ó de deficiente, que importa tener en cuenta. Supongamos que tal cual sistema filosófico, ora las mónadas y la armonía preestablecida de Leibnitz, ora el idealismo de Schelling, ora el proceso de la idea de Hegel, nos parecen poco conformes á la verdad y hasta desatinos y blasfemias, mas no por eso dejaremos de ver en ellos maravillosa poesía, así porque contienen parte de la verdad en medio de sus extravíos, como porque es tan poética y tan hermosa la verdad, que vierte torrentes de poesía y de hermosura sobre quien por las vías más encumbradas la busca aunque no la halle.

De idéntica manera toda poesía perfecta, hasta donde la perfección cabe en lo humano, es verdadera y moral, contiene verdad y bien, está en plena concordancia con la moral y con la ciencia. Y á mi ver, dicha concordancia aparecerá con tanta mayor claridad y brillantez, cuanto menor sea el propósito del poeta de sostener una tesis, de dar lecciones de moral ó de enseñar científicamente esto ó aquéllo.

Lo que verdaderamente importa para que el poeta sea buen poeta, es que sea sincero y no se empeñe en engañarnos.

Su engaño no prevalecerá ni valdrá de nada para las personas de buen gusto, las cuales no podrán aguantar su obra y la tildarán de falsa y embustera. Y por el contrario, siempre que el poeta es sincero y dice lo que siente, con sencillez y sin afectación, ó no es verdadero y legítimo poeta, ó tiene que ser bueno moralmente, resplandeciendo la bondad moral en su poesía.

Antes de que definiese Quintiliano al orador varón bueno, perito en decir, ya habían declarado los autores griegos que no era posible ser buen poeta sin ser varón bueno antes. El héroe y el santo tienen perpetua y constante voluntad de bien. El poeta sólo es menester que la tenga cuando escribe. De aquí que moralmente el poeta es muy inferior al héroe y al santo, aunque por otras prendas de su espíritu valga más que ellos.

Como quiera que sea, el primer precepto de toda arte poética debiera ser esta discreta frase de Maese Pedro: Muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala.

En mi sentir, tan perverso y tan insufrible es Baudelaire componiendo su letanía diabólica y otras lindezas de las Flores del Mal, como no pocos poetas, que andan por ahí presumiendo de religiosos y de moralistas, y que escriben, sin pizca de verdadero sentimiento, odas á Dios, á la virtud y á la vida monástica, ó narraciones y dramas de severa moralidad aparente, cuyos personajes no pueden menos de ser contrahechos, monstruosos, cursis, y como en la vida real no se estilan ni se estilaron nunca. En cambio, en todo poeta sincero, si es verdadero poeta, resplandece la bondad y se manifiesta en la belleza que ha creado. Y cuando se examina y analiza cuidadosamente, se nota que la belleza que admiramos está en la expresión y manifestación de la bondad, y no en los errores y en los extravíos que por otra parte puede poner el poeta en su obra y tener en sí, como los tiene todo ser humano. De aquí que admiremos á Leopardi, no por su ateísmo y desesperación pesimista, sino por su anhelo ferviente de bondad suprema, por su aspiración á lo divino, que él cree irrealizable. De aquí que admiremos en Carducci, hasta en la oda á Satanás, no el extravagante capricho de llamar Satanás al libre espíritu humano, sino el vehemente amor con que canta el poeta las conquistas de ese espíritu y sus triunfos y victorias sobre el mundo visible, para mejorar nuestra condición, ennoblecer nuestro destino y hacer más digna y más feliz la vida humana. Y de aquí, por último, que en Whittier y en Manzoni admiremos la profunda fe cristiana, la caridad viva y la consoladora esperanza con que ensalzan al ser divino, y su santa religión, que es el Lábaro, en pos del cual piensan que han de elevarse á las más radiantes esferas de bienaventuranza para los hombres, cumpliéndose así los inexcrutables designios del Altísimo y su divina voluntad, en la tierra y en el cielo.

No hay, pues, ni puede haber discrepancia, á no ser superficial, entre la moral y la estética, entre el bien y la hermosura. Lo bueno y lo hermoso coinciden al llegar á cierta altura y se confunden en uno. Y como, á mi ver, la sinceridad es requisito indispensable en toda poesía que merezca tal nombre, esta misma poesía da testimonio fehaciente del valer moral del poeta. Pongamos por caso uno de los libros más sinceros y espontáneos que se han escrito: el Quijote. El alma hermosísima de Miguel de Cervantes se retrata en este libro como en claro y limpio espejo, probando, contra todos los documentos que pudieran hallarse, producirse é interpretarse en contra, que Miguel de Cervantes era un varón bueno.

Para terminar, bajando de las elevaciones metafísicas, viniendo á lo llano y á lo pedestre y juzgando el asunto con el mero sentido común, yo me inclino á creer que es pedantería inocente la afirmación de que el teatro sea escuela de costumbres ó de que se enseñe moral en novelas, comedias, sainetes y otras obras de mero pasatiempo. Sin duda que estas obras deben ser morales. Con el pretexto de divertir, no estaría bien que un novelista ó un dramaturgo recomendase ó disculpase el robo, el asesinato y el adulterio. Pero esto no quiere decir que su obra ha de ser docente, sino que no debe ser perversa ni indecente. Harto bien se nota que los preceptos de moral aplicados al arte nada tienen de exclusivos: no implican la relación entre la moral y la estética. Son los mismos preceptos que se impone toda persona bien educada cuando va de visita, de tertulia ó de paseo. El novelista ó el dramaturgo no enseña más que el paseante ó el tertuliano. La buena educación y el decoro se les presuponen. Sólo hay una diferencia: que el que escribe suele en todos tiempos usar de mayor libertad de lenguaje que el que va de visita. De seguro que, no ahora, cuando en Inglaterra todo parece shocking, pero ni en tiempo de Shakespeare se lamentaría en la buena sociedad ninguna señorita como se lamenta Julieta diciendo:

...I'll to my wedding-bed;
¡And death, not Romeo, take my maidenhead!

Mil veces más crudo aún es el modo brutal con que, en la tragedia de Otelo, Yago da á Brabancio la noticia de que se ha fugado Desdémona:

—Your daughter and the Moor are now making the beast with two backs.

Y aquí termino y no digo más, porque sería prolijo é interminable decir todo cuanto el asunto sugiere.