Los demás retrocedieron vociferando y amenazadores siempre, pero quedándose á prudente distancia, después de destrozar el cuerpo del infeliz escudero; acto de crueldad que vengó Tristán abalanzándose sobre la chusma y asiendo con sus nervudas manos á dos villanos, cuyas cabezas golpeó una contra otra con fuerza tal que ambos quedaron tendidos en el suelo, sin dar señales de vida.
—Ahora organicemos la defensa de la torre, dijo Duguesclín. El barón y yo al pie de la escalera; Inglaterra y Francia pelearán hoy juntas contra el enemigo común. El señor Otón de Reiter y el joven escudero de Morel ahí, en el primer escalón; los arqueros algo más arriba, para que puedan manejar sus arcos. ¡Atención!
Á la primera señal de ataque por parte de la furiosa multitud se oyeron silbar dos flechas, lanzadas por Tristán y Simón, y los dos que parecían jefes de los bandidos quedaron revolcándose en su sangre á la entrada de la torre. Otros dos tuvieron igual suerte y entonces los sitiadores desesperados se lanzaron en tropel al ataque. Poco hubiera durado la resistencia sin la estrechez de la puerta y de la escalera, que impedían los movimientos del enemigo, en tanto que cuatro espadas incansables hacían tremendo estrago en aquella apretada masa de hombres mal armados. Porfiada fué la lucha, pero terminó con la retirada del enemigo, no sin que los sitiados tuvieran que deplorar la muerte de Reiter, el caballero bohemio, á quién alcanzó en la cabeza un golpe de maza.
—Primera etapa, dijo tranquilamente Duguesclín. Parece que por ahora tienen bastante.
—Y no deja de haber entre esos perros algunos muy valientes y que se baten bien, comentó el señor de Morel. Pero ¿qué hacen ahora?
—¡Nuestra Señora de Rennes nos valga! dijo el paladín francés. Se proponen pegar fuego á la torre y asarnos en ella. Me lo temía. Duro en ellos, arqueros, que ahora de nada nos sirven nuestras espadas.
Una docena de sitiadores se adelantaron escudándose con enormes haces de leña y ramas secas, que colocaron contra los muros. Otros les pegaron fuego con antorchas y pronto estuvo la torre rodeada en su base por un círculo de llamas. El humo obligó á sus defensores á refugiarse en el primer piso, pero pronto empezaron á arder las tablas del suelo, se llenó de humo espeso aquella estancia y á duras penas pudieron subir sin ahogarse el último tramo y llegar á lo más alto de la torre.
Imponente era el cuadro que desde aquella elevación se divisaba. Prados y bosque iluminados dulcemente por la luz argentada de la luna; oíase á lo lejos el tañido penetrante de una campana; á un lado de la torre se desmoronaban los muros del castillo, presa de las llamas, y al pie de su último refugio agitábase con ademanes furiosos y roncos gritos la multitud de sus enemigos.
—¡Por el filo de mi espada! exclamó Simón. Paréceme, amigo Tristán, que de este viaje no veremos á España; ni tampoco mi cobertor de pluma, que por fortuna se halla en buenas manos. Trece flechas me quedan y que me ahorquen si una sola de ellas no da en el blanco. La primera para el maldito aquel que agita el manto de seda de la pobre castellana. ¡Ensartado por la cintura, un palmo más abajo de lo que yo esperaba! Número dos: regalo de despedida al condenado aquel que lleva una cabeza clavada en la pica. Ya está tendido panza arriba. ¡Buen flechazo también el tuyo, Tristán! Has hecho caer á ese buen mozo de narices en el fuego. ¡Allá va otra!
Mientras ambos arqueros se despachaban á su gusto, Duguesclín y su esposa consultaban con el barón y Roger, y reconocían lo desesperado de su situación.
—Por ella lo siento, decía el famoso guerrero francés.
—No te apesadumbre mi suerte, contestó la amante y valerosa dama, que pues la muerte me amenaza, nunca tan bienvenida como recibiéndola contigo á mi lado.
—Bien, señora, dijo el barón; esa es sin duda la respuesta que en iguales circunstancias me hubiera dado mi inolvidable esposa, para quien son mis últimos pensamientos.
—¿Qué es esto, señor barón? exclamó en aquel momento Roger con fuerte voz, desde el lado opuesto de la terraza.
—¿Esto? ¡Por San Jorge! dijo el barón acudiendo presuroso, un montón de proyectiles para bombardas. Y aquí está la caja de hierro destinada á la pólvora. Ahora veréis el destrozo que vamos á hacer en la canalla. Tú, Tristán, levanta esa caja y ponla sobre el parapeto. Y tú, Simón, alza la tapa. Bien, está casi llena. Ahora dejad caer la caja al pie de la torre, entre las llamas.
No bien quedó cumplida la orden resonó una detonación espantosa. La torre tembló y quedó cuarteada, amenazando desplomarse de un momento á otro. Los sitiados, pálidos y mudos de terror, se asieron al parapeto y contemplaron los estragos de la explosión. Desde el pie de la torre hasta una distancia de cincuenta varas se veía una masa confusa de cuerpos destrozados, de heridos que lanzaban pavorosos gritos, muchos de ellos envueltos por las llamas que consumían sus harapos. Más allá de aquella escena de destrucción numerosos grupos de gentes aterrorizadas que huían á todo correr, ansiosos de alejarse cuanto antes de la funesta torre y de sus temibles defensores.
—¡Una salida, Duguesclín! gritó el barón. Aprovechemos su confusión para salir de aquí y huir si posible es.
Dicho esto desenvainó la espada y comenzó á bajar rápidamente la escalera, seguido de sus compañeros, pero antes de llegar al piso inmediato se detuvo, con el desaliento reflejado en el rostro.
—¿Qué pasa?
—Mirad. La explosión ha derribado la pared, cuyos escombros interceptan por completo la escalera. Y más abajo el fuego continúa minando la torre.
—Estamos perdidos, dijo Duguesclín.
Volvieron todos lentamente á la terraza superior y apenas llegados lanzó Simón una exclamación de alegría.
—¡Albricias! exclamó. ¿Oís? Es el canto de guerra de la Guardia Blanca. Antes de bajar me pareció oirlo también como un eco lejano, pero no estaba seguro de ello. Nuestros amigos llegan. ¡Oid!
Todos se pusieron á escuchar. La duda no era posible. Del valle se elevaba un canto marcial y sonoro, más grato para los sitiados que la más armoniosa melodía.
—¡Allí, allí! prosiguió Simón. Vedlos que salen del bosque y toman el camino del castillo. Han visto las llamas y también la turba de esos condenados y cantan como siempre que la Guardia Blanca se prepara á dar y recibir testarazos. ¡Ah, valientes! ¡Á mí, Yonson, Roldán, Vifredo!
—¿Quién va? preguntó una voz potente.
—¡Simón Aluardo, voto á bríos, que no quiere morir asado! ¡Y aquí en la torre tenéis también una dama á quien rescatar, junto con vuestro capitán el barón de Morel! ¡Pronto, bergantes! ¡La flecha y la cuerda, Vifredo, como en el sitio de Maupertuis!
—¡Viva Simón! se oyó gritar á los arqueros y poco después la voz de Vifredo, que decía: ¿Estás pronto, camarada?
—¡Tira! contestó Simón.
El arquero tendió su arco y la flecha cayó dentro del parapeto. Atado á su extremo tenía un largo bramante del que Simón se apoderó con avidez.
—¡Salvados! dijo, y luégo inclinándose hacia sus camaradas, gritó: ¡Atad ahora la cuerda, larga y fuerte!
Á los pocos momentos tenía en sus manos la gruesa cuerda salvadora. Con su auxilio bajaron primero á la noble dama y no tardaron en verse todos al pie de la torre, rodeados de los valientes arqueros de la Guardia Blanca.
—¿DÓNDE está el capitán Claudio Latour? fué lo primero que preguntó el barón de Morel, apenas sus pies tocaron el suelo.
—En nuestro campamento de Montpezat, señor barón, á dos horas de camino de aquí, dijo respetuosamente Yonson, el sargento que mandaba á los arqueros.
—Pues en marcha sin pérdida de momento, muchachos, que quiero veros á todos en el cuartel general de Dax, á tiempo para marchar á la vanguardia del príncipe.
En aquel instante trajeron al señor de Morel y á Roger sus caballos, así como los de Duguesclín y su esposa, abandonados por los villanos en su precipitada fuga. La despedida de los dos guerreros fué por manera afectuosa.
—Gran ventura ha sido para mí, dijo Duguesclín, la de haber conocido y tratado en tan excepcionales circunstancias al caudillo famoso cuyo nombre tantas veces me anunciara la fama. Pero es fuerza separarnos, porque mi puesto está al lado del rey de España, á cuyas órdenes debo ponerme antes de que vos crucéis las montañas de la frontera.
—Á la verdad, yo os creía en España con el valiente Enrique de Trastamara.
—Allá estuve, barón, y á Francia vine con la misión de reclutar gente en su auxilio. En España me hallaréis, al frente de cuatro mil lanzas francesas escogidas, para hacer á vuestro príncipe una acogida digna de él y de sus valientes caballeros. ¡Dios os guarde, amigo barón, y nos permita volver á vernos en circunstancias más propicias!
—No creo que exista caballero más cumplido en toda la cristiandad, dijo el de Morel mirándole alejarse en compañía de su animosa consorte. Pero ¿estás herido, Roger? ¿Qué palidez es esa?
—Lo único que tengo, señor barón, es pesar amargo por la desdichada muerte de mi buen compañero de Pleyel.
—¡Ah, sí! dijo tristemente el noble. Dos valientes escuderos he perdido ya y me pregunto por qué la implacable suerte arrebata de mi lado á esos jóvenes de brillante porvenir, dejando intactas las blancas cabezas como la mía. ¿Pero no recuerdas, Roger, cómo Doña Leonor nos predijo todos estos peligros y desgracias de la pasada noche?
—Así es en efecto, señor.
—Lo cual renueva mis temores de ver cumplida también su otra visión profética sobre el asedio de Monteagudo. Pero no puedo creer que haya llegado hasta Salisbury una fuerza enemiga francesa ó escocesa bastante numerosa para atacar el castillo. Convoca á esa gente, Simón, y en marcha.
Al primer toque de clarín acudieron presurosos los arqueros blancos, cargados de botín, y el barón no ocultó una sonrisa de satisfacción al recorrer con su penetrante mirada las filas de aquellos aguerridos soldados. Pocos jefes podían enorgullecerse de mandar una fuerza tan temible y tan marcial como aquella. No faltaban allí algunos veteranos de las grandes guerras de Francia, pero en su mayoría formaban la Guardia Blanca jóvenes arqueros, robustos mocetones ingleses, sobre cuyos petos lucían ricas bandas de seda y oro y brillaban las piedras preciosas, muestra evidente del abundante botín recogido en su larga campaña del sur. Perfectamente armados y protegidos con sus cascos de acero, cota de malla recubierta por el coleto blanco con la cruz roja de San Jorge en el pecho, el largo arco á la espalda y la maza ó el hacha de combate colgada del cinto, sentíase el barón capaz de grandes empresas al frente de aquellos hombres denodados.
Dos horas de marcha por la orilla del Aveyron los llevaron al campamento de la Guardia Blanca, formado por unas cincuenta tiendas, y entre los primeros en acudir á su encuentro figuraba un jinete ricamente vestido, que saludó al barón con entusiasmo.
—¡Por fin! exclamó estrechándole las manos. Más de un mes hace que os esperamos ansiosos, señor de Morel. ¡Bienvenido seáis! ¿Recibísteis mi carta?
—Sólo á ella se debe mi presencia aquí. Pero me admira, en verdad, señor de Latour, que no hayáis tomado vos mismo el mando de estos valientes arqueros.
—¡Imposible, mi noble amigo! exclamó el jefe gascón. Ya sabéis cómo son estos ingleses y no hay medio de que acaten como jefe á quien no sea compatriota suyo. Yo mismo no he podido conquistarme su confianza y obediencia; tuvieron como de costumbre su conciliábulo y los muy tercos, dirigidos por ese cabeza dura que ahí traéis, Simón Aluardo, resolvieron que habíais de ser vos y no otro quien los mandara. Pero vuestro plan era reforzar la Guardia con un centenar de reclutas, barón. ¿Dónde están?
—Esperándonos en Dax, donde no tardaremos en reunirnos con ellos.
—Venid á mi tienda, donde descansaréis y vos y vuestro escudero repondréis un tanto las fuerzas con lo poco que aquí puedo ofreceros.
En el curso de la conversación no tardó Claudio Latour en exponer su proyecto de atacar á Montpezat y Castelnau, villas cercanas y mal defendidas, en la primera de las cuales aseguró al barón que hallarían más de doscientos mil ducados ocultos en la fortaleza, amén de otro botín nada despreciable.
—Muy diferentes son mis planes, señor de Latour, dijo irritado el de Morel. He venido aquí para capitanear á esos arqueros, poniéndolos al servicio del rey nuestro señor y del príncipe su hijo, que necesita de todo nuestro auxilio para reinstalar á su aliado Don Pedro en el trono de Castilla. Hoy mismo me propongo seguir la marcha en dirección á Dax.
—Pues por mí, repuso Latour con evidente sorpresa y disgusto, estoy muy satisfecho con la vida que aquí llevo, no tengo el menor interés en esa guerra de que habláis y desde luego no me veréis en Dax.
—En tal caso, señor mío, tendré el disgusto de ponerme al frente de la Guardia Blanca sin vos.
—Si la Guardia os sigue, barón, cuando sepa que pensáis sacarla de esta comarca, donde vive en la abundancia, sin más ley que su voluntad.
—Pues á averiguarlo en seguida, replicó impetuosamente el barón. Si soy su jefe, se vienen conmigo á Dax en este momento; y si no lo soy ¡por mi nombre! entonces no sé qué hago yo en Auvernia, en vez de ocupar mi puesto en la escolta del príncipe.
No tardaron en hallarse congregados los arqueros, á quienes el barón, con voz firme y ademán enérgico, dirigió la palabra en estos términos:
—Me dicen, arqueros, que os habéis aficionado á esta regalada vida que aquí lleváis, hasta el punto de no querer salir de Auvernia. Pero ¡por San Jorge! que no he de creerlo de tan valientes soldados, sobre todo cuando sepáis que vuestro príncipe prepara una gran empresa y necesita de vosotros. Me habéis elegido por jefe y lo seré para guiaros á España; os juro que el estandarte de las cinco rosas ondeará siempre allí donde haya más lauros que conquistar. Pero si es vuestro deseo cambiar gloria y renombre por vil lucro y seguir en esta comarca entre la molicie y el saqueo, buscad otro jefe, que yo he vivido honrado y con honra he de morir. Entre vosotros hay muchos hijos del condado de Hanson; que hablen los primeros y digan si están prontos á seguir la bandera de Morel.
Inmediatamente se destacó de la columna un numeroso grupo de arqueros, montañeses robustos de Hanson, que aclamaron al barón con entusiasmo.
—¡Por la cruz de mi espada, muchachos! gritó en aquel punto Simón saltando sobre un tronco caído. ¡Sería una vergüenza para la Guardia Blanca permitir que el príncipe cruzase las montañas del sur sin que le abriésemos camino con nuestros arcos! La guerra está declarada, el estandarte real ondea al viento, y bajo sus pliegues se hallará al viejo Simón, aunque tenga que ir solo hasta Dax....
—¡No, no! ¡Viva Simón! ¡Iremos todos! gritaron los arqueros, que en su mayor parte no necesitaban del ejemplo dado tan oportunamente por el popularísimo veterano.
—¡Que hable el capitán Latour! se oyó decir en las filas.
—¡Sí, oigamos también al gascón! apoyó otra voz.
—¡Soldados! exclamó Claudio Latour sin hacerse de rogar. No haré más que recordaros lo mucho y bueno que aquí dejáis y la triste recompensa que váis á buscar en lejana guerra. La libertad y el rico botín en Auvernia, la severa disciplina y mísera paga en el ejército. Ya sabéis lo que han ganado vuestros camaradas de la Guardia Blanca que fueron á Italia; el saco de Mantua y el rescate de seiscientos nobles. Yo os proporcionaré aquí golpes de mano tan brillantes como ese....
—¡Que los convertirán en una gavilla de ladrones! vociferó Tristán, furioso con aquella arenga.
—Sin embargo, no va del todo descaminado el capitán gascón, dijo tímidamente un arquero de torva mirada.
—¡Tú has sido siempre un cobarde y un traidor, Marcos! rugió Simón enseñándole el puño.
—Haya paz, dijo el barón con voz tranquila. Los que prefieran servir al señor de Latour, libres son de seguirle. Los demás, conmigo á donde nos llaman el deber y el patriotismo.
Una docena de arqueros se deslizaron avergonzados en dirección á la tienda del gascón, despedidos por la rechifla de toda la columna, que poco después se ponía en marcha con el barón, camino del cuartel general inglés.
En toda la comarca, de ordinario tan tranquila, que se extiende desde el Adour hasta la frontera de Navarra, vivaqueaban los numerosos cuerpos del magno ejército; por todas partes se veían las tiendas de jefes y soldados de Aquitania, gascones é ingleses. Acababa de llegar de Inglaterra el duque de Lancaster, hermano del príncipe, con séquito de cuatrocientos caballeros y numerosa fuerza de arqueros, último refuerzo que se esperaba y todo estaba pronto para la marcha.
Los desfiladeros de Navarra seguían en manos del vacilante Carlos, que había tratado de negociar á la vez con Enrique de Castilla y con Eduardo de Inglaterra; pero la mano de hierro del Príncipe Negro le obligó á ceder y dejar libres los pasos de la cordillera. Para conseguirlo comisionó el príncipe al capitán Hugo Calverley, quien al frente de su compañía entró rápidamente en Navarra y pegó fuego á Puente la Reina y Miranda. Aquel reto bastó para que el rey Carlos desistiese de toda oposición al paso del fuerte ejército invasor por territorio navarro.
Á principios de Febrero, tres días después de la llegada del barón de Morel y su Guardia Blanca á Dax, recibió el ejército inglés la orden de marcha en dirección á Roncesvalles. Los primeros en obedecerla, por disposición expresa del príncipe, fueron los trescientos arqueros de Morel, elegidos para abrir el camino y situarse en el último tramo de la cordillera, á fin {de} esperar y proteger allí el paso de todo el ejército. Orgulloso en verdad cabalgaba el barón á la cabeza de su gente, armado de punta en blanco y seguido de Roger, Simón y Reno, portando este último el estandarte del famoso guerrero.
—Á fe mía, Roger, dijo éste, que hubiera preferido ver á Carlos de Navarra disputarnos el paso de esos montes, que tengo entendido fueron teatro de un reñido combate en el que perdió la vida cierto valeroso Roldán.
—Si me lo permitís, señor barón, repuso Reno, os diré que conozco bien el país por haber servido á las órdenes del rey de Navarra. Aquel edificio cuyo techo véis entre los árboles es un asilo y monasterio y señala el lugar donde pereció Roldán. El pueblo que á la izquierda mano queda es Orbaiceta, tierra del buen vino.
—Y á la derecha veo un caserío....
—Es el pueblo de Los Aldudes, y más allá los picachos de Altavista.
El barón hizo notar á Roger, que contemplaba admirado tan hermoso cuadro, el contraste que desde aquella altura presentaban las áridas llanuras gasconas del norte con las verdes praderas y las colinas pintorescas de la tierra navarra. Tampoco dejaban de ver aquí y allá, en lo alto de las rocas ó al torcer de un camino, pequeños grupos de caballeros y soldados del rey Carlos, que los contemplaban en silencio; vista que ponía de muy mal humor al barón, quien hablaba nada menos que de caer espada en mano sobre aquellos soldados neutrales. El veterano echaba de menos los días en que, según él decía, jamás se compraba con oro ni tratados el paso por tierra extranjera, sino que se ganaba á punta de lanza ó se perecía en la demanda. Por fin llegaron los arqueros á un lugar de la sierra desde el cual se divisaban en el lejano horizonte las torres de Pamplona, y allí se detuvo la Guardia Blanca, en cumplimiento de las órdenes del príncipe. Los altos montes estaban cubiertos de nieve y los arqueros se acomodaron lo mejor que pudieron en una aldea vecina. Roger dedicó el resto de aquel día y parte del siguiente, á ver desfilar el brillante ejército reunido para aquella expedición bajo las banderas del rey de Inglaterra. No tardó en reunírsele Simón, que tomó asiento á su lado sobre una elevada roca.
—Hombres, caballos, armas y arreos, todo esto es magnífico, Roger, y digno de la atención que le dedicas, dijo el veterano. Nuestro valiente capitán está furioso porque hemos cruzado los montes sin andar á flechazos ni lanzadas, pero ó mucho me engaño ó esta campaña de Castilla le proporcionará tantas ocasiones de combatir como pueda pedirle el cuerpo, antes de que volvamos á emprender la marcha hacia el norte. Dicen en el ejército que Enrique de Trastamara puede lanzar contra nosotros cuarenta mil soldados, sin contar las lanzas francesas de Duguesclín y que todos ellos han jurado morir antes que ver á Don Pedro otra vez en el trono de Castilla.
—Pero nuestro ejército es también numeroso y aguerrido.
—Veinte y siete mil hombres por junto y en tierra extraña. Pero atención, mon petit, que aquí llega Chandos en persona con su compañía y tras ella pendones y escudos entre los que reconocerás á lo mejor de nuestra nobleza.
Mientras hablaba Simón había desfilado ante ellos fuerte columna de arqueros, seguidos de un portaestandarte que llevaba en alto el pendón de Chandos. Cabalgaba éste á corta distancia, revestido de armadura completa á excepción del casco con luengas plumas blancas, que sostenía sobre el arzón uno de los escuderos de su escolta. Cubría sus blancos cabellos un birrete de terciopelo color de púrpura y un paje le llevaba la poderosa lanza. Sonrióse complacido al ver el estandarte de las cinco rosas que ondeaba sobre la aldehuela y con una señal de despedida tomó tras sus arqueros el camino de Pamplona.
Á corta distancia de él iban mil doscientos caballeros ingleses, cuyos almetes, petos y armas relucían al sol, formando deslumbrador escuadrón, escoltado por Lord Audley en persona con sus seiscientos arqueros y los cuatro renombrados escuderos que tamaña gloria conquistaran en Poitiers. Doscientos jinetes pesadamente armados precedían al duque de Lancaster y su brillante séquito, en el que descollaban cuatro heraldos cuyos luengos tabardos llevaban bordadas sobre el pecho las armas reales. Á uno y otro lado del joven príncipe cabalgaban los dos senescales de Aquitania, Guiscardo de Angle y Esteban Cosinton, portando el primero la bandera del ducado y el segundo la de San Jorge. Más allá, en cuanto del camino abarcaba la vista, se extendía sin cesar columna tras columna, como un río de acero, dominado por airosas cimeras, gonfalones y blasonados escudos.
Gran parte de aquel día permaneció absorto el buen Roger en la contemplación de los lúcidos escuadrones y compañías que ante él desfilaron, á la vez que escuchaba atento los nombres que citaba y los interesantes comentarios que hacía el veterano Simón, hasta que los últimos hombres de armas hubieron desaparecido en los profundos desfiladeros de Roncesvalles, con dirección á los llanos de Navarra.
En compañía del duque de Lancaster llegaron á Pamplona, con la vanguardia inglesa, los reyes de Mallorca y de Navarra y el impaciente Don Pedro de Castilla. También se contaban allí apuestos caballeros gascones, procedentes de Aquitania y de Saintonge, de La Rochelle, Quercy, el Lemosín, Agenois, Poitou y Bigorre, con los pendones y fuerzas de sus distritos respectivos. Y no es de omitir el numeroso contingente del país de Gales, bajo la bandera escarlata de Merlín. Allí también el anciano duque de Armagnac con su sobrino el señor de Albret, los de Esparre, Breteuil y tantos más.
Al cuarto día todo el ejército quedó acampado en el valle de Pamplona y el príncipe inglés convocó á sus jefes á consejo en el palacio real de la antigua capital de Navarra.
MIENTRAS se celebraba el consejo de guerra en Pamplona hallábase acampada la Guardia Blanca en las afueras de la ciudad, entre las compañías del jefe gascón La Nuit y del flamenco Ortingo, y allí se divertían tirando la espada, luchando cuerpo á cuerpo como antiguos gladiadores ó mostrando su habilidad en el manejo del arco, para lo cual les servían de blanco escudos colocados sobre las cercanas eminencias del terreno. Los arqueros bisoños se adelantaban formados en filas y tendían cuidadosamente los grandes arcos, en tanto que los veteranos como Yonson, Reno, Simón y otros seguían con atención el vuelo de las flechas, comentando, aplaudiendo ó corrigiendo los esfuerzos de los tiradores. Tras ellos se agrupaban muchos ballesteros de La Nuit y del Brabante, que observaban con interés el ejercicio á que se entregaban sus aliados ingleses.
—¡Bravo, Gerardo! dijo el viejo Yonson á un mocetón de ojos azules y rubio cabello que con labios entreabiertos y fija mirada, seguía la dirección de la flecha que acababa de lanzar. Ahí la tienes en el centro del blanco, y así lo esperaba desde que la ví salir de tu mano. ¡Buen arquero, muchacho!
—Tirad siempre de la cuerda lentamente y por igual y soltad la flecha sin mover la mano, pero de pronto, dijo Simón. Y acordaos de que esas reglas son ley lo mismo cuando tiréis al blanco que cuando tras del escudo se os venga encima un jinete lanza en ristre ó espada en alto, dispuesto á partiros el alma. Pero ¿quién es ése que agarra el arco como un cayado y que hace tantas muecas para apuntar?
—Es Sabas, de Bristol. ¡Oye tú, Sabas! gritó Vifredo, no dobles el espinazo, hijo, ni saques la lengua, que maldito lo que eso te ayudará para poner la flecha en el blanco. Levanta esa cara tan fea que Dios te ha dado, tente tieso, y extiende bien el brazo izquierdo, sin moverlo; ahora tira despacio de la cuerda con la derecha.
—Á fe mía, que más entiendo yo de manejar la espada y la pica que el arco, dijo Reno, pero he llevado tantos años entre arqueros que recuerdo haber presenciado prodigios. Buenos tiradores hay aquí, pero no como algunos que recuerdo.
—¿Ves aquello? preguntó Yonson al veterano, extendiendo el brazo hacia una bombarda que á no gran distancia se alzaba sobre su poco airosa cureña. Pues la culpa la tienen esos armatostes, con sus humaredas y sus rugidos. Ante ellos van desapareciendo poco á poco los arqueros de la buena escuela. Y es maravilla que tan gentil guerrero como nuestro príncipe lleve consigo esas sucias máquinas, que ojalá revienten todas con mil demonios.
—Para arqueros de primer orden algunos que teníamos en el sitio de Calais, observó Simón. Recuerdo que en una de las muchas salidas un genovés levantó el brazo y lo agitó como amenazándonos. Diez de nuestros muchachos le soltaron en el acto otras tantas flechas, y cuando descubrimos después su cadáver se vió que tenía ocho de ellas clavadas en el antebrazo.
—Pues yo os diré, repuso Vifredo, que cuando los franceses nos cogieron el galeón Cristóbal y lo anclaron á doscientos pasos de la playa, dos arqueros de marca, Robín y Elías, no necesitaron más de cuatro flechas para cortar el cable del ancla como con un cuchillo, de suerte que por poco se estrella el galeón contra las rocas y á los de á bordo los asaeteamos de lo lindo.
—Buenos tiempos aquellos y mejores arqueros, en verdad, dijo Reno, pero á bien que ahí está Simón Aluardo, tan perito como el que más; y cuanto á tí, Yonson, como si no te hubiera visto yo ganarte el buey gordo allá en Fenbury, cuando te lo disputaron en el tiro al blanco los primeros arqueros de Londres.
Habíalos estado escuchando muy atentamente, apoyado en su ballesta, un robusto flamenco de penetrante mirada y atezado rostro, cuyo traje y porte revelaban á un oficial subalterno de las tropas del Brabante.
—No comprendo, dijo dirigiéndose á los arqueros ingleses, por qué os gusta tanto la percha esa de seis pies de largo, que os hace tirar y esforzaros como mulos de carga, cuando yo con el molinete de mi ballesta obtengo sin molestia los mismos resultados.
—Buenos tiros de ballesta han visto mis ojos, contestó Simón, pero permitidme deciros, camarada, que comparando vuestra arma con el arco me parece una bicoca propia de mujeres, que pueden dispararla con tanta facilidad y tanto acierto como vos.
—Mucho habría que decir sobre eso, repuso bruscamente el flamenco. Pero desde luego aseguro que con mi ballesta hago yo lo que ninguno de vosotros con el arco.
—¡Bien dicho, mon garçon! exclamó Simón. El buen gallo canta siempre alto. Pero á los hechos me atengo y como yo he practicado muy poco con el arco en estos últimos tiempos, ahí está el viejo Yonson, que sabe hacer bien las cosas y sostendrá contra vos el honor de la Guardia Blanca.
—Un galón de vino del Jura apuesto por el arco, dijo Reno, y por mis barbas que preferiría apostarlo de buena cerveza de Londres si tal hubiera por estas tierras.
—¡Apostado! exclamó el ballestero. Lo que no veo, continuó mirando rápidamente en derredor, es un blanco que merezca tal nombre, pues yo no he de perder el tiempo tirando á esos escudos, buenos para ejercitar reclutas.
—El tío ese es el mejor tirador de las compañías aliadas, dijo en voz baja á Simón un hombre de armas inglés. Esta misma mañana oí decir de él que fué quien derribó malherido al condestable de Borbón.
—Respondo de Yonson, á quien he visto manejar el arco durante veinte años, contestó Simón. ¿Qué tal, viejo mío? ¿Te resuelves á demostrar á este camarada lo que vale un arco inglés?
—Á buena parte vienes, Simón, como si para lances tales valiera más un arquero machucho, por bueno que haya sido, que uno de esos zánganos mozos con ojos de lince y puños de hierro. Pero en fin, déjame tomarle el tiento á ese arco tuyo, Roldán, que me parece de los buenos. Escocés de construcción, no hay más que verlo, ligero y flexible á la vez que poderoso. No, esas flechas no; una de aquellas, tres plumas por banda y punta estrecha y larga.
—Esas son las que á mí me gustan, marrullero, dijo Simón.
—¿Estáis pronto? preguntó el ballestero, poniendo cuidadosamente en su arma un grueso dardo.
La noticia de la prueba que se preparaba había cundido por el campo y numerosos espectadores de las diferentes compañías formaban extenso semicírculo detrás de los dos justadores. La mirada del ballestero se fijó de pronto en una cigüeña que trasponiendo lejana colina continuó su perezoso vuelo en dirección al campamento. Al acercarse divisaron todos un punto negro que se cernía á grande altura, y que muy pronto conocieron era un milano en seguimiento de su víctima. Aterrorizada la cigüeña llegó á unos cien pasos de los arqueros y el ave de rapiña empezó á trazar pequeños círculos, como si se preparase á caer sobre ella, cuando el ballestero, apuntando rápidamente, atravesó con su dardo á la pobre cigüeña. Casi al mismo tiempo tendió Yonson su temible arco y la flecha detuvo en su vuelo al milano, que empezó á caer velozmente; alzóse gran clamoreo de los espectadores, que aplaudían ambas proezas; pero la aprobación de todos se trocó en asombro al ver que Yonson ponía apresurado otra flecha en su arco apenas disparada la primera y apuntando horizontalmente clavaba á su vez una saeta en la infeliz cigüeña, casi en los momentos de dar ésta con su cuerpo en el suelo. Un grito unánime de los arqueros, resonante expresión de triunfo, acogió aquella doble hazaña de su camarada, á quien abrazó estrechamente Simón, que danzaba de gozo.
—¡Ah, viejo lobo! gritó. Esta la celebraremos juntos vaciando un azumbre de lo bueno. No contento con el milano habías de ensartar también la cigüeña. ¡Por las barbas del gran turco! ¡Otro abrazo!
—Buen tirador sois, á fe mía, dijo gravemente el ballestero, pero no habéis probado serlo mejor que yo. Apunté á la cigüeña y dí en el blanco; nadie hubiera podido hacer más.
—No pretendo aventajaros como tirador, repuso Yonson, pues conozco vuestra fama; pero sí quería demostrar que con el arco es posible hacer lo que no hubierais podido realizar con vuestra ballesta en igual tiempo, dado el que necesitáis para armarla y disparar por segunda vez.
—Cierto es ello, pero ahora me toca á mí enseñaros una ventaja de la ballesta sobre el arco. Tended el vuestro cuanto podáis y lanzad la flecha lo más lejos que alcance. Mi dardo la dejará muy atrás. Marca las distancias, Arnaldo, clavando en tierra una pica á cada cien pasos y espérate junto á la quinta para recoger y traerme mis dardos.
Hízolo así el soldado y momentos después partía silbando la flecha de Yonson.
—¡Más allá de la cuarta pica! gritó Simón.
—¡Bravo, Yonson! exclamaron los arqueros.
—¡Cuatrocientos veinte pasos! dijo un ballestero que con Arnaldo acababa de medir la distancia exacta y llegó corriendo al grupo.
—Pues ahora veréis cómo vuela un buen dardo del Brabante, dijo tranquilamente el ballestero.
—¡Por la cruz de Gestas! gruñó Tristán, ha caído cerca de la quinta pica.
—¡No, más allá, más allá! gritaron entusiasmados los flamencos.
—¡Quinientos ocho pasos! voceó Arnaldo y repitieron todos con asombro.
—¿Cuál de las dos armas vence ahora? preguntó orgullosamente el ballestero.
—En el tiro á distancia, la vuestra lleva la ventaja, lo confieso, replicó Yonson cortésmente.
—¡Poco á poco! gritó en aquel punto nuestro amigo Tristán con un vozarrón tremendo y adelantándose hasta llegar junto al engreído ballestero. Este arco que aquí véis alcanza más lejos que esa maquinaria vuestra, con molinillo y todo, y os lo voy á probar ahora mismo. ¿Preferís tirar otra vez?
—Me atengo á los quinientos ocho pasos de mi último dardo.
—Pues allá va el mío camino de los seiscientos, dijo el gigantesco arquero tendiéndose en el suelo, poniendo un pie en cada extremo de su arco y tirando vigorosamente de la cuerda, después de colocar en ella larguísima flecha.
—Vas á hacer un pan como unas hostias, gandul, le dijo Simón. ¿De cuándo acá pretendes tú superar á los arqueros veteranos?
—Calma, Simón, que esta es una treta mía y yo sé lo que me hago.
—¡Bien por Tristán! ¡Rompe el arco si es preciso, camarada! vocearon los arqueros.
—¿Quién es aquel imbécil que está allí plantado, camino de mi flecha? preguntó Tristán alzando la cabeza y mirando hacia la última pica.
—Es mi soldado Arnaldo, que marca el lugar donde cayó mi dardo y sabe que allí nada tiene que temer de vos, dijo el ballestero.
—¿No? ¡Pues que Dios lo perdone! exclamó Tristán tendiéndose de nuevo en el suelo, afirmando los pies y tirando de la cuerda hasta hacer crujir el arco. ¡Allá va!
El silbido de la flecha se oyó á gran distancia; el medidor del terreno se arrojó de cara al suelo y levantándose enseguida echó á correr en dirección opuesta al grupo que formaban los tiradores.
—¡Aprieta, Tristán! ¡Si no se tira al suelo no lo cuenta! ¡Bien, muchacho! exclamaron los arqueros.
—¡Mon Dieu! No he visto jamás proeza igual, dijo el de Brabante.
—Lo dicho, es una treta mía con la cual me he ganado muy buenos cuartillos de cerveza allá en las ferias de Hanson, repuso Tristán levantándose y sonriendo satisfecho.
—La flecha ha caído á ciento treinta pasos más allá de la quinta pica, dijeron varios arqueros y soldados.
—¡Seiscientos treinta pasos! Es un tiro descomunal, pero nada prueba á favor de vuestra arma, robusto amigo, porque para llegar á tal distancia os habéis convertido vos mismo en arco y eso no era lo pactado.
—¡No deja de ser verdad lo que decís! asintió Simón riéndose. Pero probados ya el tiro al blanco y el de distancia, voy á demostraros á mi vez cómo el arco gana á la ballesta en fuerza de penetración. ¿Véis aquel escudo, en la altura? Es de roble recubierto de cuero. Clavad en él vuestro dardo lo más profundamente que podáis.
—Allá va, dijo el ballestero, á quien imitó Simón después de ensebar con cuidado la punta de su flecha.
—Tráeme el escudo, Elías, dijo Simón á un arquero.
Cariacontecidos quedaron los ingleses y grande fué la risa de los de La Nuit y Brabante al ver que el sólido escudo sólo tenía el dardo del ballestero clavado profundamente y ni señales de la flecha de Simón.
—¡Por vida de los tres reyes! exclamó el flamenco. Ni siquiera habéis dado en el blanco, seor inglés.
—¿No, eh? replicó el veterano con sorna; y dando vuelta al escudo señaló en la cara interior de éste un pequeño agujero. ¿Véis esto? Pues es que ha sucedido lo que yo esperaba; vuestro dardo ha quedado atarugado en el roble á poco de atravesar el cuero, en tanto que mi flecha ha horadado el escudo de parte á parte.
El semblante del oficial reveló su humillación y su disgusto, pero antes de que pudiera despegar los labios llegó al galope Roger, que dirigiéndose á los arqueros les dijo:
—Nuestro capitán el barón de Morel me sigue de cerca y quiere hallar reunidos á sus soldados para darles en persona una buena noticia.
Arqueros y hombres de armas se calaron á toda prisa los cascos, endosaron cotas de malla y coletos, asieron sus respectivas armas y en dos minutos quedó perfectamente formada la Guardia Blanca. Poco después llegó el barón al trote de su brioso corcel y contempló con evidente satisfacción el marcial aspecto de su gente.
—Soldados, les dijo, vengo á anunciaros que la Guardia Blanca acaba de ser objeto de un alto honor. El príncipe nos ha elegido para formar la vanguardia y seremos los primeros en atacar al enemigo. Si alguno de vosotros vacila en este momento....
—¡Os seguiremos hasta el último! ¡Viva nuestro capitán! gritaron á una los arqueros.
—Bien está. ¡Por San Jorge! no esperaba menos de vosotros. Nos pondremos en marcha mañana al despuntar el día, y montaréis los caballos de la compañía Loring, que por ahora queda incorporada á la reserva. Hasta mañana.
Los arqueros rompieron filas con mil exclamaciones de contento, palmoteando y abrazándose como si acabasen de ganar una victoria. Contemplábalos sonriente el barón cuando cayó sobre su hombro una pesada mano y volviéndose halló el rostro coloradote y mofletudo de Sir Oliver Butrón.
—¡Aquí tenéis otro recluta, caballero andante! le dijo el rollizo guerrero. Acabo de saber que seréis el primero en marchar camino del Ebro y con vos me largo aunque no queráis.
—¡Bienvenido, Oliver! Vuestra compañía, á más de gustosa, es honra para mí.
—Pero debo confesaros con franqueza que tengo para ello una razón poderosa....
—Sí, vuestro deseo de hallaros siempre donde hay peligros que correr y lauros que conquistar.
—No precisamente....
—¿Qué buscáis, pues?
—Gallinas.
—¿Eh?
—Os explicaré. Hasta ahora hemos debido de tener por vanguardia una partida de gentes famélicas, á juzgar por la limpia de vituallas que han hecho en todo el camino. Desde que salimos de Dax trae á la grupa mi escudero un saco de exquisitas trufas, pero estad seguro de que no hallaremos una sola gallina ni un mal pollastre con que comerlas mientras no dejemos atrás á esos voraces merodeadores. Y hé aquí por qué, mi buen León, me alisto desde ahora bajo vuestra bandera, con trufas y todo.
—¡Siempre el mismo, Oliver! dijo el barón riéndose de la salida de su amigo é invitándolo á entrar en su tienda.
DOS días de acelerada marcha llevaron al barón y su gente á la orilla opuesta del rápido Arga y más allá de Estella, hasta dejar atrás los valles y las cañadas de Navarra y hallarse frente al anchuroso Ebro, en cuyas riberas se alzaban numerosos caseríos. Durante toda una noche contemplaron los sorprendidos habitantes de Viana el paso del río por aquella tropa, que hablaba una lengua extraña á sus oídos y cuyas armas y equipo llamaban no menos poderosamente su atención. Desde aquel momento se hallaba la Guardia Blanca en tierra de Castilla y la próxima jornada los dejó en un pinar cercano á la ciudad de Logroño, en el cual se detuvieron para tomar hombres y caballos el muy necesitado descanso, mientras los jefes celebraban consejo presidido por el barón.
Tenía éste consigo á los señores Guillermo Fenton, Oliver de Butrón, Burley, llamado el caballero andante de Escocia, Ricardo Causton y el conde de Angus, distinguidos todos ellos entre los primeros caballeros del ejército. Componían el resto de la fuerza sesenta hombres de armas veteranos y trescientos veinte arqueros. Don Enrique de Trastamara, rey de Castilla, se hallaba acampado con su ejército á unas diez leguas de distancia en dirección á Burgos, según informes suministrados al barón por numerosos espías. Por éstos supo también que el monarca castellano mandaba poderosa hueste de cuarenta mil infantes y veinte mil caballos.
Largas fueron las deliberaciones del consejo, y aunque Fenton y Burley sostuvieron que la misión de la vanguardia quedaba bien cumplida por entonces, pues habían averiguado la posición y número del enemigo, y que era temeridad continuar allí con sólo cuatrocientos hombres, entre un ejército de sesenta mil y un caudaloso río, prevaleció la opinión del señor de Morel y otros caballeros, que no querían repasar el Ebro sin ver á un solo enemigo ni intentar hazaña ó aventura por arriesgada que fuese.
Continuaron, pues, la marcha, protegidos por la obscuridad de la noche y guiados por un pastor de cuya guarda se encargó Reno, empezando por atarle sólidamente una muñeca con recia cuerda cuyo otro extremo aseguró al arzón de su silla. Momentos después de amanecer, cuando ya el paso por aquellas breñas iba haciéndose harto difícil, les anunció temblando su guía que en la obscuridad había perdido el camino; palabras que indignaron á los arqueros más próximos, sospechosos de una traición y que á punto estuvo de costar la vida al pastor, cuando repentino toque de cornetas y tambores reveló á los expedicionarios la inmediación del enemigo.
—¡Habla, villano! ¿Qué significa ese rumor? preguntó en buen castellano el señor de Fenton al tembloroso guía.
—¡Ya sé dónde estamos! exclamó éste. El ejército acampa en aquel valle. Salgamos de esta cañada y desde esa altura que á la izquierda queda veréis las tiendas del rey.
Tomó Fenton ladera arriba, siguiéronle sigilosamente los otros y al llegar á la cumbre miraron con precaución el barón y los caballeros por entre rocas y matorrales.
El cuadro que el inmediato valle ofreció á su vista los dejó atónitos. Frente á ellos se extendía una gran llanura cubierta de verde hierba y por la que serpenteaban dos riachuelos. En todo el valle, hasta donde alcanzaba la vista, millares de blancas tiendas, adornadas muchas de ellas con enseñas y pendones de los altivos señores castellanos y leoneses. Á gran distancia, en el centro de aquella improvisada ciudad, una tienda mayor y más vistosa que todas las restantes era sin duda la vivienda del monarca. El toque que habían oído los ingleses era la primera llamada matutina; el campamento despertaba, numerosos soldados salían de las tiendas, dirigiéndose unos al riachuelo más cercano y preparando y encendiendo otros multitud de fogatas que empezaron á desprender columnas de humo.
Largo rato continuaron en acecho los ingleses y vieron que algunos grupos de nobles castellanos, montando sus hermosos corceles y seguidos de pajes que llevaban halcones y azores adiestrados, se preparaban á entregarse á su ejercicio favorito de la caza. Á su lado corrían y saltaban grandes lebreles.
—Arrogantes galanes, á fe mía, dijo Simón á Roger, que olvidado de todo contemplaba con embeleso espectáculo tan nuevo para él.
—Lo que yo pienso, dijo á su vez Tristán, es que si pudiera apoderarme de uno de aquellos alegres jinetes y hacerle pagar rescate, podría también comprarle a mi madre un par de vacas....
—No seas cernícalo, Tristán, repuso Simón. Dí más bien que con el rescate podrías comprar una hermosa granja inglesa y diez aranzadas de terreno á orillas del Avón.
—¿Sí? Pues allá voy á traerme uno de ellos, exclamó Tristán haciendo ademán de bajar al valle y en voz tan alta que llamó la atención de Morel.
—Nadie se mueva, ordenó éste. Quitáos los cascos y bajad las armas para que el brillo del acero á los rayos del sol no llame la atención del enemigo. Aquí hemos de aguardar ocultos hasta la noche.
Así lo hicieron, temiendo verse descubiertos y aniquilados de un momento á otro, cosa que pareció inevitable cuando á eso de mediodía vieron subir por el sendero del valle á un apuesto caballero, ligeramente armado, que montaba un caballo blanco y llevaba posado sobre el puño izquierdo un halcón. El cazador siguió trepando hasta llegar á la cumbre, obligó á su caballo á trasponer la valla natural que formaban los arbustos y cuando menos lo esperaba se halló rodeado de los extraños guerreros allí ocultos. Lanzando una exclamación de sorpresa y despecho hizo volver grupas á su caballo, derribó éste á los dos arqueros que intentaban detenerlo é iba ya á lanzarse al galope hacia el valle, cuando caballo y caballero se vieron detenidos bruscamente por las férreas manazas de Tristán. Un momento después yacía el jinete derribado en el suelo.
—Rescate tenemos, dijo Tristán.
—Si no me engaño, arquero, dijo el barón adelantándose después de mirar atentamente al sorprendido cautivo, acabas de hacer prisionero al noble caballero español Don Diego de Álvarez, á quien tuve la honra de ver un tiempo en la corte de nuestro príncipe.
—Don Diego soy, repuso el caballero, y preferiría mil veces la muerte á verme hecho prisionero en una emboscada y por las villanas manos de un arquero.... Tomad vos mi espada, señor capitán.
—Poco á poco, caballero, dijo el barón. Sois prisionero del soldado que os ha hecho cautivo, mozo valiente y honrado. Potentados de más alto rango que vos hanse visto antes de ahora prisioneros de arqueros ingleses....
—¿Qué rescate pide ese hombre? interrumpió el castellano.
—Pues yo, dijo titubeando Tristán cuando le hubieron traducido la pregunta, quisiera unas cuantas vacas, y una casita aunque fuese pequeña, con su huerto y....
—¡Basta, basta! dijo el barón con gran risa. Déjame arreglar este asunto por tí, arquero. Todo lo que el soldado quiere, Don Diego, puede comprarse con dinero, y creo que cinco mil ducados no es mucho pedir por la libertad de tan renombrado caballero.
—Le serán pagados.
—Me veo obligado, eso sí, á reteneros entre nosotros por algunos días, y á pediros permiso para usar vuestra armadura, escudo y caballo en una expedición que proyecto.
—Mi arnés, armas y caballo vuestros son por la ley de la guerra.
—Pero os serán devueltos. Coloca centinelas, Simón, ahí en la entrada del paso y una guardia de arqueros con armas preparadas por si algún otro caballero nos visita.
Pasaron las horas y los ingleses siguieron vigilando todos los movimientos de la gran hueste enemiga. Al caer la tarde se notó gran agitación en el campo y luégo fuertes clamores y el toque de cien cornetas. No tardó en descubrirse la causa; por el camino más lejano del punto donde se hallaban agazapados los arqueros llegaba una fuerte columna, nuevos refuerzos para el ejército castellano.
—¡El diablo me lleve, dijo por fin Burley, si al frente de esos caballos no ondea el estandarte con la doble águila de Duguesclín!
—Así es, dijo el de Angus, y con él los caballeros franceses alistados en Bretaña y Anjou.
—Cuatro mil jinetes lo menos, repuso Guillermo Fenton. Y allí veo al gran Bertrán en persona, junto á su bandera. El rey Enrique sale á su encuentro con heraldos, caballeros y pendones. Vedlos que juntos se dirigen hacia la tienda real.
En tanto el barón de Morel había revestido la armadura de su prisionero Don Diego y tan luego se puso el sol dió orden á su gente de preparar las armas.
—Señor de Fenton, dijo, he resuelto intentar no pequeña empresa y os he elegido para mandar á nuestros soldados en una salida y sorpresa al campamento castellano. Antes saldré yo con dirección al centro del campo, con sólo mi escudero y dos arqueros. Caed sobre el enemigo cuando me veáis llegar á la tienda del rey. Dejaréis veinte hombres aquí, en el sendero que parte de la cañada, y regresaréis apresuradamente á este mismo lugar después de vuestro rápido ataque.
—¿Qué proyectáis, Morel?
—Después lo veréis. Roger, me seguirás llevando por la brida un caballo de repuesto. Que vengan con nosotros, bien montados, los dos arqueros que nos acompañaron en nuestro viaje por Francia, y en quienes tengo confianza absoluta. Dejarán aquí sus arcos y ni ellos ni tú diréis palabra, aunque os hablen en el campo. ¿Estás pronto?
—Á vuestras órdenes, señor barón, dijo Roger.
—¡Y también nosotros! exclamaron Simón y Tristán, montando y adelantándose á su vez.
—En vos confío, Fenton, dijo el barón. Si Dios nos protege hemos de vernos reunidos otra vez aquí antes de una hora. ¡Adelante!
Montó el barón el blanco caballo de Don Diego de Álvarez, y salió tranquilamente de su escondite seguido de sus tres compañeros. Llegados al valle hallaron multitud de grupos de soldados y caballeros castellanos y franceses que fraternizaban, por entre los cuales pasaron sin que su presencia llamase la atención, y deslizándose entre las filas de tiendas no tardaron en hallarse frente á la que ostentaba el estandarte real. En aquel momento estallaron grandes gritos de sorpresa y terror á la izquierda del campo, hacia donde se dirigieron velozmente millares de infantes y jinetes y muy pronto se oyó á lo lejos el rumor de furioso combate. Á excepción de algunos centinelas y pajes, cuantos se hallaban cercanos á la tienda real habían desaparecido, voceando y arma en mano, en dirección al lugar de la lucha.
—¡He venido aquí á apoderarme del rey! dijo entonces el barón á los suyos; y lo conseguiré ó pereceré en la demanda.
Roger y Simón cayeron en seguida sobre los hombres de armas que guardaban la puerta y los tendieron á los pies de sus caballos. Desmontaron rápidamente, como ya lo había hecho el barón y los tres se precipitaron en la tienda espada en mano, seguidos un momento después por Tristán que se había encargado de asegurar los cinco caballos cerca de la puerta. Oyéronse gritos y choque de armas dentro de la tienda y á los pocos instantes volvieron á salir los audaces guerreros, tintas en sangre las espadas y llevando Tristán á cuestas el cuerpo ricamente ataviado de un hombre desvanecido ó muerto, que en un abrir y cerrar de ojos quedó asegurado sobre el caballo de repuesto. Poco costó al barón y sus soldados, una vez montados, dispersar á los pajes y servidores del rey que los rodeaban, y se lanzaron al galope en dirección á la colina donde esperaban refugiarse.
El inesperado y furioso ataque de Guillermo Fenton con sus cuatrocientos arqueros había llevado á medio campamento una confusión espantosa y sembrado la muerte á su paso. Multitud de jinetes castellanos corrían en todas direcciones, sin hallar al enemigo, confundiéndolo en la obscuridad con sus aliados los franceses. En tanto el barón, Roger y los dos arqueros con su cautivo salían del campo por otro lado, sin hallar á su paso más que dos á tres grupos de soldados, que sorprendieron y dispersaron fácilmente. Los pocos que dieron en perseguirlos retrocedieron á toda prisa al llegar á la cañada y oir las cornetas y atabales que allí tocaban furiosamente los veinte arqueros emboscados al efecto. Los perseguidores, como lo había previsto el barón, creyeron que una gran fuerza inglesa, quizás todo el ejército del Príncipe Negro, había tomado posesión de aquellas alturas. Lo mismo sucedió cuando poco después llegaron á escape y perseguidos los jinetes mandados por Sir Guillermo Fenton, sin que el enemigo se atreviera á continuar la persecución en la espesura, donde evidentemente se hallaban emboscados los ingleses en considerable número.
—¡Contemplad mi conquista, Morel! gritó apenas llegado Oliver de Butrón, agitando sobre su cabeza un enorme jamón que había arrebatado al enemigo. Os convido, amigo barón, aunque es lástima que no tengamos una botella de buen vino con que rociarlo....
—Más tarde hablaremos, Oliver, dijo el barón jadeante. Por ahora lo que importa es marchar á toda prisa hacia el Ebro, por lo más cerrado del bosque.
—¡Paciencia! dijo el señor de Butrón. Pero ¿quién es ese individuo que ahí traéis?
—Un prisionero que acabo de hacer en la tienda real y que á juzgar por su ropaje y el escudo con las armas de Castilla bordado sobre el pecho espero sea el mismísimo rey Don Enrique.
—¡El rey! exclamaron asombrados sus oyentes, rodeando al desconocido.
—Os engañáis, barón, dijo Fenton, que miraba atentamente al cautivo. Dos veces he visto al de Trastamara y este hombre en nada se le parece.
—Pues entonces ¡por el cielo! juro volver ahora mismo al campo y traerme al rey, vivo ó muerto.
—Sería una temeridad inútil, barón. El campo enemigo está todo sobre las armas. ¿Quién sois vos? preguntó bruscamente Fenton en castellano, dirigiéndose al desconocido. ¿Y cómo no siendo el rey ostentáis el escudo de Castilla?
El prisionero había vuelto en sí del desmayo que le ocasionaran los vigorosos puños de Tristán, que le habían apretado el pescuezo sin compasión ni miramientos.
—Formo parte, dijo, de la guardia de nobles encargados de velar por la persona del rey. Mi soberano se hallaba por fortuna en la tienda destinada á Duguesclín cuando vos me sorprendisteis. Soy Don Sancho de Penelosa, caballero aragonés al servicio de su alteza Don Enrique de Castilla y pronto estoy á pagar el rescate que se me exija.
—Guardaos en buenhora vuestro dinero, dijo el barón, profundamente disgustado con el fracaso de su atrevida empresa. Libre estáis. Decid á vuestro señor que un noble inglés, el barón León de Morel, ha hecho esta noche todo lo posible, aunque inútilmente, por ofrecerle sus respetos en persona. Otra vez será. ¡Y ahora, amigos míos, á caballo y en marcha! Había creído poder quitarme esta noche el parche que cubre mi ojo, pero por lo visto tengo que llevarlo puesto algún tiempo todavía. ¡En marcha!
LA mañana siguiente, desapacible y fría como muchas del mes de Marzo en aquellos contornos, halló á nuestros arqueros en un terreno pedregoso y al pie de elevadísimas rocas, cuyas cimas empezaba á dorar el sol naciente. En uno de los grupos que apresuradamente disponían el desayuno figuraban Reno, Simón y Yonson, más atentos á preparar sus flechas y afilar sus espadas que á vigilar el guiso, del cual cuidaba solícito el voraz Tristán. Roger y Norbury, el silencioso escudero de Sir Oliver, procuraban calentar al fuego de la hoguera sus manos ateridas.
—¡Ya hierve el guisote! exclamó Yonson poniendo á un lado el espadón. ¡Á comer, antes de que nos den la orden de marcha ó nos caiga encima un nublado de castellanos y franceses!
—¡Por vida de! dijo Simón mirando á su amigo Tristán, ahora que este cernícalo está en vísperas de recibir el cuantioso rescate de su prisionero desdeñará quizas comer con pobres arqueros. ¿Eh, Tristán? No más cubiletes de cerveza ni medias raciones de cecina, cuanto te veas otra vez en Horla, sino vino gascón á diario y carne asada hasta que te hartes.
—Lo que en Horla haré, sargento, si allá llego otra vez, está por ver; lo que sí sé es que por ahora voy á meter mi casco en esa caldera y á comer cuanto pueda, por si no volvemos á ver un guiso en todo el día.
—¡Bien dicho, muchacho! ¡Ea, cada cual para sí! ¿Á quién buscas, Robín?
—El señor barón desea veros en su tienda, dijo á Roger un joven arquero.
Apenas llegado Roger á presencia de su señor entrególe éste un abultado pergamino, diciendo:
—Acaba de traérmelo un mensajero de Su Alteza, quien me dice que fué portador de ese y otros pergaminos un caballero recienllegado de Inglaterra al cuartel general.
—Está dirigido á vos, señor barón y escrito, según aquí reza, "de mano de Cristóbal, siervo de Dios y Prior del monasterio de Salisbury."
—Lee pronto, Roger.
El joven escudero recorrió con la vista las primeras líneas, palideció y lanzó una exclamación de sorpresa y dolor.
—¿Qué es ello? preguntó el barón. ¿Vas á darme malas noticias de la señora baronesa ó de mi hija Constanza?
—¡Mi hermano, mi desgraciado hermano! exclamó Roger. ¡Hugo ha muerto!
—Te trató en vida como á mortal enemigo, Roger, y no veo fundado motivo para que tanto sientas su muerte.
—Era el único pariente que me quedaba en el mundo. Pero ¡qué noticias! ¡Cuánto inesperado desastre! Oid, señor barón.
El prior escribía que poco después de la partida de Morel se había congregado en la granja de Munster y puéstose á las órdenes del díscolo Hugo de Clinton numerosa fuerza compuesta de aventureros, bandidos y gente perdida de toda la comarca, quienes después de derrotar á las gentes de justicia y soldados del rey enviados contra ellos, habían puesto sitio al castillo de Monteagudo, habitado por la esposa é hija del barón. Que la baronesa, lejos de entregar la fortaleza, había organizado y dirigido la defensa con tantos bríos y acierto tal que al segundo día, después de empeñados y mortíferos asaltos, había perdido la vida Hugo, el jefe de los sitiadores, y huído y dispersádose éstos. La carta terminaba dando las mejores noticias sobre la salud de ambas damas é invocando sobre el barón las bendiciones del cielo.
—¡La profecía! dijo el barón tras larga pausa. ¿Recuerdas, Roger lo que nos dijo aquella noche memorable y fatal la esposa de Duguesclín? El asalto del castillo, el jefe de la barba rubia, todo, todo. ¡Es portentoso! Y á propósito, Roger; nunca te he preguntado por qué la noble profetisa dijo de tí que tenías el pensamiento puesto en el castillo de Monteagudo con más constancia y cariño que yo mismo....
—Quizás tuviera también razón al decirlo, señor, replicó el escudero ruborizándose, porque os confieso que en aquel castillo pienso todo el día y con él sueño de noche.
—¡Hola! exclamó el barón. ¿Y cómo es eso, Roger?
—Debo confesároslo. Amo á mi señora Doña Constanza, vuestra hija, con el más puro y profundo amor....
—Me sorprendes, doncel, dijo el barón frunciendo el ceño. ¡Por San Jorge! ¿sabes que es muy noble nuestra sangre y muy antiguo nuestro nombre?
—También lo es el mío, señor barón, y muy noble la sangre heredada de mis mayores.
—Constanza es nuestra única hija y cuanto tenemos le pertenecerá algún día.
—También soy yo ahora el único Clinton, y muerto sin hijos mi hermano soy dueño y señor de Munster.
—Cierto es. Pero ¿cómo no me has hablado antes del caso?
—No podía hacerlo, señor barón, porque ni aun sé si vuestra hija me ama y no media entre nosotros oferta ni promesa.
Quedóse pensativo el famoso guerrero y por fin se echó á reir.
—¡Juro por San Jorge no tomar cartas en el asunto! exclamó. Mi muy amada hija es árbitra de su elección, pues la juzgo muy capaz de mirar por sí misma y elegir con acierto. La conozco, amigo Roger, y si como me figuro está ella pensando en tí como tú en ella, ni Enrique de Trastamara con sus sesenta mil soldados puede impedir que mi Constanza haga su voluntad y deje de amar á quien ame. Lo que sí me toca recordar aquí es que siempre he deseado para esposo de mi hija á un caballero valiente y cumplido. Tú, Roger de Clinton, estás en camino de ser una brillante lanza si Dios te protege. Sigue haciendo méritos y conquistando lauros. Pero basta de este asunto, que volveremos á tratar cuando veamos otra vez las costas de Inglaterra. Nos hallamos en situación gravísima é importa salir de ella cuanto antes. Hazme la merced de llamar al señor de Fenton, con quien deseo conferenciar antes de que nos alcance el enemigo en esta desventajosa posición.
Obedeció Roger inmediatamente y sentándose después sobre apartada roca trató de recordar una á una las palabras del barón y su propia confesión; comparó también las desfavorables circunstancias que le rodeaban cuando por primera vez vió á su amada, novicio indigente y sin hogar, con la holgada posición que le creaba la prematura muerte de su hermano. Además, había sabido ganarse el aprecio y la confianza del barón, sus compañeros de armas lo consideraban como valiente entre los valientes de la Guardia Blanca, á pesar de sus pocos años, y sobre todo, el barón acababa de oir la revelación de su amor más complacido que enojado. El resultado de sus meditaciones fué la resolución de no abandonar aquellas montañas sin conquistar lauros brillantes, que acabaran de hacerle digno de merced tan alta y felicidad tan cumplida cual podía prometerse el futuro esposo de la encantadora Constanza de Morel.
En aquel instante oyó Roger, tres veces repetida, la nota penetrante de un clarín, y saltando de la roca en que estaba sentado vió que los arqueros empuñaban sus armas y se dirigían apresuradamente hacia los caballos. Llegó en pocos momentos al grupo que formaban los jefes y oyó al señor de Fenton que decía:
—No me queda duda, es el toque del clarín enemigo. Pero es imposible que las tropas de Enrique nos hayan dado alcance tan pronto.
—Olvidáis, dijo el barón, los informes del villano á quien sorprendimos anoche. Un hermano del rey castellano, nos dijo, se había adelantado al grueso del ejército para hostigar á nuestras avanzadas con un cuerpo de seis mil jinetes y mucho me temo que nuestra precipitada marcha nos haya alejado de un peligro para hacernos caer en otro.
—Así es, en efecto, dijo el de Angus. ¿Qué hacer?
—Tomar posiciones en aquella altura y vender caras nuestras vidas, ó salvarlas si nos llegan refuerzos. La más alta de aquellas colinas, de difícil subida por todos lados y con una planicie bastante extensa en la cumbre, nos ofrece una admirable fortaleza natural. Dad, Fenton, la orden de marcha sin perder momento. Conservad, señores, vuestros caballos, pero que abandonen los suyos los soldados. Si vencemos nos sobrarán caballos del enemigo. Puesto que el jefe castellano nos ha descubierto y no se oculta, enseñémosle también los colores de nuestra bandera. Nuestras almas están en manos de Dios, nuestros cuerpos al servicio del rey. ¡Desenvainemos las espadas, por San Jorge é Inglaterra!
El entusiasmo del barón se comunicó á sus soldados, y la Guardia toda escaló con resuelto paso la ladera menos pendiente, erizada de peñascos y cubierta de rocas sueltas que rodaban á su paso é iban á perderse, rebotando, en el fondo del valle. La altura á que por fin llegaron los arqueros ingleses constituía en efecto una posición fortísima, un enorme cono truncado desde cuya base superior podían barrer con sus flechas el pendiente camino que ellos acababan de recorrer con gran dificultad, al paso que por los otros lados la roca cortada á pico hacía la posición inexpugnable.
La niebla que hasta entonces cubriera el valle comenzó á disiparse, flotando en grandes jirones que rozaban por un momento las copas de los árboles y luégo se elevaban desvaneciéndose en el espacio. El sol iluminó entonces los alrededores de la roca convertida en fortaleza y nobles y arqueros contemplaron con admiración la vasta fuerza que los cercaba. Brillaban los cascos y corazas de numerosos escuadrones y las voces que dieron y el toque de las cornetas y atabales indicaron también que habían descubierto el refugio de sus enemigos y que se preparaban para el ataque. El barón y sus jefes se reunieron ante los cuatro estandartes de su fuerza, que eran el de las armas inglesas, el de Morel y los de Butrón y Merlín, enseña este último de unos sesenta arqueros del país de Gales.
—¿Véis, barón, aquella hermosa bandera bordada de oro que ondea al frente de las otras? preguntó Fenton. Pues es la de los famosos caballeros de Calatrava, y no lejos de ella la de la Orden de Santiago. En el centro el estandarte real, y ó mucho me engaño ó hay también en esa fuerza muchos caballeros franceses. ¿Qué decís á ello, Don Diego?
El prisionero de Tristán de Horla contemplaba con alegría y entusiasmo las brillantes cohortes de sus compatriotas.
—¡Por Santiago! exclamó. Vos y vuestros amigos váis á caer al empuje de los más afamados caballeros de León y Castilla. Manda esa fuerza un hermano de nuestro rey, y sin contar los gloriosos pendones de Calatrava y de Santiago, veo allí los de Albornoz, Toledo, Cazorla, Rodríguez Tavera y tantos otros, amén de los de muchos nobles aragoneses y franceses.
No se hizo esperar el ataque. Los brillantes escuadrones de las dos grandes órdenes militares se adelantaron en formación perfecta, y cuando ya los arqueros preparaban sus armas vieron con sorpresa que sus enemigos se detenían, blandiendo lanzas y espadas, y que de sus filas se adelantaban dos guerreros armados de punta en blanco, caladas las viseras y con grandes penachos blancos que sobre los relucientes yelmos ondeaban al viento. Alzados ambos sobre los estribos y blandiendo las lanzas, era evidente que dirigían un reto á los caballeros ingleses.
—¡Un cartel, por vida mía! gritó el barón, brillándole el único ojo que tenía descubierto. No se dirá que el barón de Morel ha rehusado tan cortés propuesta. ¿Y vos, Fenton?
La contestación del caballero inglés fué saltar sobre su caballo, y empuñando, como el barón, la lanza y embrazando el escudo, ambos jinetes descendieron con peligrosa rapidez la enhiesta pendiente, en dirección á los dos campeones castellanos, que á su vez les salieron al encuentro. Era el contrincante de Guillermo Fenton un apuesto caballero, joven y vigoroso en apariencia, cuya lanza dió en el escudo del inglés tan recio golpe que lo partió en dos, á tiempo que la acerada lanza de Fenton le atravesaba la garganta, derribándolo moribundo. Impulsado Sir Guillermo por el entusiasmo del triunfo y el ardor del combate, siguió su furiosa carrera y desapareció entre las apretadas filas de los caballeros de Calatrava, que en un abrir y cerrar de ojos dieron cuenta del valeroso campeón inglés.
El barón en tanto había hallado un competidor digno de su esfuerzo y bríos en guerrero tan famoso como Don Sebastián de Gomera, lanza escogida de los caballeros de la Orden de Santiago. Acometiéronse con tal furia que al primer encuentro quedaron rotas ambas lanzas, y empuñando los aceros se atacaron con denuedo sin igual. Largo fué el combate, brillantes los golpes y paradas que demostraron la pericia de ambos, hasta que impaciente el de Santiago hizo saltar á su caballo hasta tocar al del inglés, y abalanzándose sobre el barón le rodeó el cuerpo con sus brazos. Cayeron al suelo ambos enemigos estrechamente unidos, logró el castellano dominar á su adversario, de cuerpo más endeble que el suyo, y posándole una rodilla en el pecho alzó el brazo armado para poner de una estocada fin al furioso combate. Pero nunca llegó á dar el golpe mortal. La espada del barón, rápida como el rayo, entró oblícuamente por debajo del levantado brazo de su enemigo, y éste cayó pesadamente en tierra, lanzando ahogado grito. Confusa gritería de aplauso y de despecho se dejó oir en uno y otro bando y el barón, saltando sobre su caballo, se lanzó hacia la altura, á la vez que los sitiadores emprendían el ataque de la posición inglesa.
Los arqueros los recibieron con una granizada de flechas que hicieron morder el polvo á filas enteras de los asaltantes. Inútiles fueron los esfuerzos denodados de éstos por llegar hasta la altura; la estrechez y la pendiente del camino y los obstáculos que añadían á su paso los cuerpos de hombres y caballos hacinados y revolcándose en sangrientos montones sólo les permitían avanzar lentamente, haciéndolos fácil blanco de las flechas enemigas, y muy pronto se oyó el toque de retirada.
Felicitábanse los arqueros cuando descubrieron otro enemigo aun más temible que las impotentes lanzas de los jinetes. Numerosos honderos castellanos habían tomado posesión de otras alturas cercanas y desde ellas lanzaron mortíferas piedras, con fuerza y acierto tal que en pocos momentos quedaron tendidos sin vida el veterano Yonson y algunos otros arqueros y malheridos quince de éstos y seis hombres de armas. Parapetáronse los ingleses lo mejor que pudieron detrás de los peñascos, tendiéronse muchos en el suelo y dirigieron sus certeras flechas contra los honderos.
—¡Barón! exclamó en aquel momento el señor de Burley; acaba de decirme Simón que no nos quedan más de doscientas flechas por junto. ¿Qué hacer? En mi opinión ha llegado la hora de parlamentar ó de morir casi indefensos.