—Pues estamos en una cruel disyuntiva, tío. ¿Crees que los chinos dormirán en tierra? Yo tengo mis dudas.

—Les obligaré a ello, aunque tenga que emplear la fuerza. Si los salvajes nos ven en gran número, podrán detenerse; pero si sólo se encuentran con nosotros cuatro, no dudarán en asaltar el campamento. Bajemos, Cornelio.

Había cerrado la noche, una noche obscura como boca de lobo, pues la luna se había ya puesto y el cielo estaba cubierto de grandes nubarrones, que un viento cálido empujaba hacia el golfo de Carpentaria.

Los chinos habían ya suspendido el trabajo, y después de cenar se habían agrupado en la playa, discutiendo animadamente con el Piloto y con Hans. No querían pasar la noche en tierra, y todos estaban resueltos a retirarse a bordo del junco.

Cuando el Capitán y Cornelio llegaron al campamento habían ya botado al agua las chalupas y estaban embarcándose en ellas, a pesar de las amenazas de Van-Horn.

La llegada de Van-Stael los contuvo.

—¿Dónde vais?—les preguntó el Capitán amartillando resueltamente el fusil.

—A bordo—dijeron algunos.

—¡A bordo, hato de haraganes! ¿Vais a abandonar el trépang? ¡Desembarcad, o al primero que toque un remo lo mato como a un perro! Aquí nos quedamos nosotros, y aquí os quedaréis vosotros también.

—Es que los salvajes nos amenazan, señor—dijo un cabo de pescadores.

—También amenazan a mi trépang, y no me da la gana de perderlo—respondió Van-Stael—. ¡A tierra, os repito!...

—Defended vos vuestro trépang—dijo una voz.

—¡Eh, tunante; ven aquí a repetir esas palabras, si te atreves, o deja al menos que yo te vea la cara!—dijo el Capitán, perdiendo la paciencia.

Ninguno respondió; pero tampoco ninguno hizo el menor ademán para saltar en tierra.

—¡Ah! ¿Os rebeláis?—exclamó el Capitán—. ¡Van-Horn, Cornelio, Hans, desembarcad las lantacas, y si estos hombres intentan alejarse, haced fuego contra las chalupas!

El Piloto y los dos hermanos no se hicieron repetir la orden. Se agarraron a los bordes de las chalupas y con dos vigorosos empujones las embarrancaron en la playa, sacando a tierra las dos lantacas.

Los chinos, que tenían más miedo al Capitán que a los salvajes, bajaron a tierra, aunque murmurando.

Van-Stael, para animarles un poco, hizo destapar un barrilito de sam-sciú, especie de aguardiente de arroz fermentado que se fabrica en China, y lo distribuyó abundantemente entre todos. Si sabía hacerse temer de aquella gente, sabía también hacerse querer.

—¡Animo!—les dijo—. No somos tan pocos que nos vayamos a dejar comer de un bocado por los australianos, y ni las armas, ni la pólvora, ni las balas nos faltan. Mostremos a estos brutos cómo se defienden los hombres de mar.

Estas animosas palabras produjeron poco efecto en la tripulación china, que, en vez de acampar junto a las fornallas y los toldos, se quedó en la playa, para poderse embarcar más fácilmente. Decididamente, los holandeses no debían contar para nada con aquellos hombres, más dispuestos a huir que a ayudarlos.

Van-Stael tenía que resignarse; pero no dejó de tomar sus medidas para defenderse de los antropófagos.

Hizo colocar las dos lantacas en la playa, de manera que batieran los dos pasos abiertos entre las rocas de la costa y por las cuales podían desembocar los indígenas. Después mandó traer a tierra un centenar de botellas vacías, que hizo reducir a cascos, los cuales esparció alrededor de los toldos de trépang. Aquellas puntas agudas y cortantes eran un serio obstáculo para los pies desnudos de los antropófagos.

Terminados aquellos preparativos, esperó tranquilamente la acometida del enemigo, haciendo él la primera guardia en compañía de Hans y de seis chinos, escogidos entre los mejores. Van-Horn y Cornelio debían relevarle a media noche.

Esta era obscura y muy a propósito para un asalto. Los silbidos del viento, al pasar por entre las peñas, y el ruido del oleaje al batir en las escolleras, bastaban para impedir que pudiera sentirse la aproximación de un ejército de salvajes.

Van-Stael y Hans estaban muy apercibidos y no apartaban la vista de las peñas. De vez en cuando, mientras los chinos, más espantados que nunca, permanecían amontonados junto a las tiendas, llegaban hasta los depósitos de trépang, temerosos de que los indígenas los estuvieran saqueando, o reconocían la playa para asegurarse de que las anclas del junco seguían sólidamente agarradas a los fondos.

Ningún indígena se veía por allí, ni la menor sombra humana se dejaba ver por las escolleras ni por las rocas que rodeaban la bahía. Sin duda los antropófagos no se atrevían aún a dar el asalto.

A media noche, Van-Horn y Cornelio, que sólo habían dormido con un ojo, como suele decirse, entraron a hacer la segunda guardia con diez chinos.

—¿Nada de nuevo, tío?—preguntó Cornelio al Capitán.

—Hasta ahora no; pero no os descuidéis, pues temo que la noche no pase sin alarmas.

Entró en la tienda con Hans, que se caía de sueño, y el piloto y Cornelio se sentaron junto al fuego con los fusiles entre las rodillas.

Media hora llevarían velando cuando oyeron a corta distancia lúgubres aullidos.

—Los warangales—dijo Van-Horn, levantándose—. ¿Cómo se atreven a llegar tanto aquí esos perros salvajes? ¿Qué os parece, señor Cornelio?

—Algún perro hambriento—respondió el joven.

—¡Hum! No me parece eso.

—Pues ¿qué creéis que sea?

—Tal vez una señal.

—Pues a mí me han parecido esos aullidos naturales.

—¿Veis algo?

—No.

En aquel instante se oyó de nuevo el aullido, pero más cercano.

—No es un warangal, señor Cornelio—dijo Van-Horn, palideciendo—. Esto es una señal; no me equivoco.

—¿Se acercarán los salvajes?—preguntó el joven, levantándose con rapidez.

—¡Silencio!

—¿Habéis oído algo?

—Mirad allí, junto a las hornillas. ¿Veis algo?

—Sí, descubro una sombra negra. La noche está obscura; pero la veo moverse.

—Y yo veo otras sombras bajar por las rocas.

—Es verdad. Ahora veremos.

Cornelio salió del espacio iluminado por el fuego, se echó a tierra y apuntó. Iba ya a disparar, cuando entre los hornillos estallaron gritos agudos, a los que respondieron otros, cerca de los depósitos de trépang. No eran gritos de guerra o de triunfo, sino alaridos dolorosos.

—¡Ah!—exclamó Van-Horn—. Los vidrios de las botellas destrozan los pies de los caníbales. ¡Fuego contra ellos!

Se dirigió hacia la lantaca, que tenía cerca, y después de apuntarla hacia las sombras que se movían, la disparó, cubriéndolas de una lluvia de metralla. Al cañonazo siguieron otros siete u ocho disparos de los chinos de guardia.

Los gritos, de dolor se trocaron en tremendo vocerío. Una masa enorme de cuerpos humanos se precipitaba por las rocas con velocidad vertiginosa: eran ciento, doscientos, cuatrocientos; porque parecía que no acababan nunca.

Van-Stael, Hans y los chinos, despertados por el vocerío y los disparos, se pusieron en pie; pero mientras los dos primeros se dirigían hacia los depósitos de trépang, para evitar que fueran saqueados, los chinos huían en tropel hacia la playa para embarcarse en las chalupas.

—¡Adelante, muchachos!—había gritado el Capitán; pero sólo siete u ocho hombres le siguieron.

Eran un puñado de hombres contra un ejército; pero no cabían vacilaciones en aquellos momentos.

El Capitán y los suyos avanzaron descargando los fusiles contra las espesas filas de los asaltantes, mientras el piloto, que se había quedado solo, disparaba la lantaca, sembrando la muerte con una granizada de hierro y de plomo.

De pronto, los antropófagos se detuvieron en su formidable asalto. Los que llegaron primero a los depósitos de trépang, al pisar con los pies desnudos sobre los vidrios, se echaron atrás, dando alaridos. Algunos, que cayeron entre los pedazos de botellas, que les cortaban las carnes, se retorcían desesperadamente, regando el terreno de sangre. Los otros, espantados y no sabiendo de qué peligro se trataba, se detuvieron también vacilantes, hasta que, al fin, optaron por volver las espaldas y huir hacia las peñas.

Una doble descarga de las lantacas y los fusiles apresuró su retirada, y en breve desaparecieron todos por la vertiente opuesta.

—¡Bravo, valientes muchachos!—gritó Van-Stael—. Es una lección que no olvidarán en mucho tiempo. ¡A los depósitos de trépang, amigos míos! Veo algunos indígenas moverse por allí.

Se lanzó hacia las tiendas, entre las cuales se revolcaban algunos australianos en las últimas convulsiones de la agonía; y cuando estuvo cerca dió un grito de furor.

—¡Oh!... ¡Miserables!

—¿Qué pasa, tío?—preguntaron Hans y Cornelio, que habían acudido a la exclamación de Van-Stael.

—¡Que estamos arruinados, hijos míos!

—¿Han saqueado los depósitos?

—Peor que eso. Nos han imposibilitado para pescar más, pues han robado las calderas, y no tenemos otras.

—¡Las calderas!—exclamó Cornelio.

—Sí, sobrino—dijo el Capitán con voz ronca—. ¿Cómo vamos a preparar en adelante el trépang? La estación de pesca apenas ha comenzado y no tenemos aún más que la décima parte de la carga.

—¡Sigámosles, tío!—exclamó Cornelio.

—¿A quiénes? ¿A los ladrones?

—Y ¿por qué no? ¿Vais a volver a Timor con esas pocas olutarias, mientras podemos pescar diez veces más?

—Yo opino lo mismo—dijo Hans—. Aprovechemos los momentos para seguirlos.

—Pero ¿querrán venir con nosotros los chinos?

—No, señor—dijo Van-Horn, acercándose—. Esos cobardes se han embarcado y se resistirán a volver a tierra.

—¡Canallas!—exclamó el Capitán con ira—. ¡Ahora todo se ha perdido!

—Y ¿qué pueden hacer los australianos con nuestras calderas? Estoy seguro, Capitán, de que las han abandonado en la llanura, para no cargar con un peso inútil, que les estorbaría en su fuga.

—Tal vez tengas razón, mi viejo Horn. Vaya, no perdamos tiempo; y si los salvajes están todavía a tiro de fusil, tratemos de aligerar su retirada. Al ser asaltados, quizá abandonen las calderas. ¡Andando; a escalar las rocas!

VI.—LA ORGÍA DE LA TRIPULACIÓN

ERA inútil pensar en seguir pescando mientras no volvieran a su poder las pailas para la preparación del trépang. Cierto es que hubieran podido secar al sol los moluscos; pero esta operación requería mucho tiempo, y no podían disponer de él a causa de la hostilidad constante de los salvajes.

Como había observado el piloto, no era probable que los australianos hubieran transportado muy lejos las pailas, tanto por su peso, relativamente grande, como por su ninguna utilidad para ellos. No podían, con todo, los pescadores perder el tiempo; porque si los fugitivos llegaban a los bosques de eucaliptos sin abandonar su presa, no les quedaba otro recurso al Capitán y los suyos que levar anclas y desplegar las velas, abandonando aquella bahía tan rica en olutarias.

Van-Stael se lanzó a todo correr por una de las gargantas de las rocas, seguido del piloto, de Cornelio y de Hans. Aunque aquel paso era áspero y difícil, lo atravesaron en pocos minutos y bajaron a la llanura.

La obscuridad era tan completa, que no podían distinguir los grupos de caníbales, aunque oían muy bien su salvaje clamoreo, alejándose hacia el Este, en dirección de la colina y el bosque.

—No están a más de una milla de aquí—dijo el Capitán, después de escuchar con atención un rato.

—Tratan de llegar al bosque—dijo Cornelio.

—¿Está lejos?—preguntó Van-Horn.

—Seis o siete millas.

—Hay que darse prisa, Capitán. Ya sabéis que los australianos son buenos andarines.

—También nosotros tenemos buenas piernas. Si logramos ponernos a tiro, les haremos fuego. ¡Adelante, y con cuidado para no caer en emboscadas!

—Y para ver si han abandonado las calderas—añadió Van-Horn.

Siguieron a buen paso, inclinándose hacia el Este; pero los australianos no se dormían tampoco en su marcha, pues la delantera que les llevaban no menguaba un ápice, a juzgar por el rumor de sus voces.

El Capitán, que no estaba tan ágil como los dos jóvenes, maldecía de la ligereza de los salvajes, y Van-Horn seguía a duras penas la marcha, resoplando como una foca.

De pronto, cuando llevaban andadas cerca de dos millas, el viejo piloto tropezó en un cuerpo duro, que despidió un sonido metálico.

El encontrón había sido tan brusco, que estuvo a punto de caerse; pero se repuso al momento, y exclamó:

—¡No me había equivocado!

—¿Qué has encontrado, viejo?—le preguntó el Capitán.

—Ya os decía yo que no tardarían estos caníbales en desembarazarse de un peso inútil. Me ha faltado poco para romperme la cabeza contra una de nuestras calderas.

—¡Qué suerte! ¿Estará la otra por estos alrededores?

—Nada extraño sería. Los mismos motivos que han tenido para abandonar ésta tienen que inducirlos a soltar la otra.

—¡Silencio!—dijo Cornelio.

—¿Qué hay?

—No oigo más los gritos de los salvajes, tío.

—¿Habrán ya llegado al bosque?

—¿Habrán advertido que los seguimos?

—Preferiría que volviéramos a la playa, ahora que tenemos una caldera. Podríamos muy bien pasarnos sin la otra.

—¡Oh, oh!—exclamó Van-Horn—. ¡A tierra todo el mundo!

Oíase en el aire un extraño ruido que se acercaba rápidamente. Los cuatro holandeses se dejaron caer al suelo, aunque Hans y Cornelio ignoraban el peligro que les amenazaba.

Poco después, a pocos pasos de ellos, oyeron un ligero golpe, como si un cuerpo duro hubiera tocado contra el suelo. Después volvieron a oír un ruido semejante; pero esta vez alejándose.

—Es un bomerang—dijo Van-Stael—. Esos tunos se han dado cuenta de que los seguimos.

—¿Es uno de esos palos ligeramente curvados, de que me hablaste?—preguntó Cornelio.

—Sí, y hubiera podido rompernos la cabeza a cualquiera de nosotros.

—Me parece que ha vuelto atrás después de tocar al suelo.

—Ha vuelto a la mano del hombre que lo lanzó.

—¿El bomerang?

—Sí, Cornelio. El bomerang, que es sencillamente un palo de unos tres pies de largo, algo redondo en uno de sus extremos, es un arma sorprendente; pero que sólo los australianos saben manejar. Lo lanzan hacia adelante, y después de dar en el punto a que lo dirigen, vuelve a sus manos, describiendo en el aire una curva parecida a una parábola. Si tiene ese hecho su razón en la forma especial del bomerang, o en la manera de arrojarlo, o en ambas cosas a la vez, no se sabe a ciencia cierta.

—¿Estará muy lejos el salvaje que lo ha lanzado?

—A cincuenta o sesenta pasos. ¿Distingues algo?

—Está tan obscuro, que no se ve a un hombre a quince pasos de distancia.

—Batámonos en retirada, Capitán—aconsejó Van-Horn—. Si se enteran de que no somos más que cuatro, se nos echarán encima. No hay tiempo que perder, porque dentro de media hora empezará a clarear.

—Y ¿qué hacemos con la paila?

—La llevaremos entre nosotros dos. Vuestros sobrinos, que son muy buenos tiradores, se encargarán de tener a raya a los salvajes.

—Tienes razón, viejo mío. Si el alba nos sorprende lejos del campamento, estos tunos se nos echarán encima y tendremos que abandonar la caldera. ¡Hans, Cornelio!: os confiamos nuestra defensa.

—El primero que se acerque demasiado es hombre muerto—dijo Cornelio—. Mis balas van adonde yo las mando.

—Apresuraos, tío—dijo Hans—. Creo percibir sombras negras moviéndose a lo lejos.

—Partamos, Van-Horn.

Cargaron entre los dos con la caldera, que pesaba cerca de un quintal, y se pusieron en marcha, aligerando lo posible el paso, mientras los dos jóvenes, con los fusiles dispuestos, no perdían de vista a los salvajes, los cuales avanzaban en dispersión para presentar menos blanco a los tiros enemigos.

Ya no podía caber duda alguna. Advertidos de que los seguían, se detuvieron, preparándose a un nuevo asalto, pero con gran prudencia, pues ignoraban la fuerza de sus enemigos. De cuando en cuando, algún bomerang sonaba en el aire y volvía a las manos del que lo había arrojado; pero la obscuridad protegía a los cuatro holandeses, los cuales apresuraban su retirada para no ser descubiertos.

No podía tardar en ser de día, y si los australianos llegaban a verlos era segura su acometida, que sólo cuatro hombres, aun armados de fusiles y resueltos a defenderse, no eran bastantes para resistir.

—¡Adelante!—repetía Van-Stael, que trataba de adelantar camino—. Pronto llegaremos al campamento, y, una vez allí, podremos refugiarnos en el junco.

El peso de la caldera les impedía caminar con rapidez; por otra parte, el terreno, pedregoso y cubierto de malezas, les obligaba a dar rodeos, haciéndoles perder un tiempo precioso.

Estaban ya a mil quinientos pasos de la cadena de peñas que limitaban la bahía, cuando los australianos, que hasta entonces los habían seguido andando a gatas, se pusieron en pie. ¿Se habían ya dado cuenta del exiguo número de sus enemigos y se decidían a asaltarlos?

—¡Hans! ¡Cornelio!—exclamó Van-Stael—. ¡Estad muy prevenidos!

Dos tiros de fusil le respondieron. Los dos valientes jóvenes habían comenzado el fuego, y sus balas debieron de hacer blanco, porque a los disparos siguieron rabiosos alaridos y gritos de dolor.

—¡Huíd!—gritó Van-Stael.

—Aún no, tío—dijo Cornelio—. Tira al centro de las filas, Hans, y no desperdicies las balas.

—Están sólo a cien pasos, y los veo muy bien, Cornelio.

—¡Fuego, pues!

Un momento después resonaron otros dos disparos. Los alaridos de los australianos les hicieron ver que también habían acertado en su puntería, poniendo a dos enemigos más fuera de combate.

Los dos jóvenes retrocedieron precipitadamente, cargando los fusiles, y llegaron adonde estaban el Capitán y el piloto, los cuales no habían abandonado la caldera.

—¿Estáis heridos?—les preguntó Van-Stael.

—No, a Dios gracias—respondieron.

—Poneos fuera del alcance de los bomerang. ¿Está lejos la bahía?

—Estamos ya muy cerca; pero empieza a clarear. Las estrellas brillan ya muy poco—dijo Hans.

—¡Un último esfuerzo, Van-Horn!

—Soy de hierro, Capitán.

—¡Helos ahí!—exclamó Cornelio—. ¡A mí, Hans!

Los australianos se acercaban a la carrera, dando gritos y blandiendo sus azagayas de puntas de hueso y sus hachas de piedra verde, sujetas a los mangos con goma xantorrea, que es solidísima.

A los primeros albores pudo distinguírseles fácilmente. Eran como trescientos o cuatrocientos; todos de mediana estatura y miembros débiles, cabezas lanudas y pechos cubiertos de tatuajes. Adornábanse con collares de dientes de animales y llevaban por toda vestimenta pieles de kanguro sobre los hombros. Iban pintados imitando esqueletos, como el jefe de la tribu que estaba preso a bordo del junco.

Guiábanlos tres jefes, fáciles de reconocer por las plumas de cacatúa con que se adornaban la cabeza y por las colas de perro salvaje que llevaban a la cintura.

Tampoco faltaban entre ellos algunos malgara docks, sacerdotes y médicos a un tiempo, que tanto curan heridas o enfermedades como celebran matrimonios.

Aquella turba feroz y hambrienta se disponía a arrojarse sobre los cuatro blancos, con cuyos cuerpos contaba para darse un banquete; pero el temor los tenía vacilantes.

Cornelio y Hans, parapetados tras de unos pedruscos, hacían fuego sin cesar, procurando herir a los jefes y a los sacerdotes, mientras su tío y el piloto se alejaban corriendo para llegar pronto a las peñas, de las cuales distaban ya muy poco. Tenían esperanza de llegar pronto a la orilla del mar si los dos valientes jóvenes conseguían retardar el asalto algunos minutos.

Los australianos, que temían que se les escapara su presa, no cejaban, a pesar de los incesantes disparos de Hans y de Cornelio.

Adelantábanse, aunque lentamente, blandiendo las azagayas, las hachas y los bomerang, vociferando como locos y prorrumpiendo en aullidos feroces cada vez que uno de ellos caía a tierra, muerto o herido por un disparo.

Los dos heroicos jóvenes seguían resistiendo, para dar tiempo a su tío y al piloto de llegar a la costa. Peleaban como soldados veteranos, cargando y descargando sus fusiles sin cesar un punto.

Cuando se vieron dentro del alcance del bomerang fueron retrocediendo paso a paso hasta ponerse a unos seiscientos de la costa, donde se apostaron tras de unas peñas.

—Que apuntes bien, Hans—dijo Cornelio—. El tío y Horn están ya cerca de las rocas, y si podemos retardar el avance de los salvajes unos cuantos minutos, la caldera estará a salvo. ¡Guárdate de los palos volantes y de las hachas!

—No temas, Cornelio; mis balas no se pierden.

—¡Fuego!

Otros dos salvajes, que se distinguían por sus desaforados gritos y que iban delante de los demás, animándolos, cayeron a unos cuatrocientos pasos de nuestros jóvenes. La muerte de aquellos dos hombres, uno de los cuales era brujo o sacerdote, pareció excitar la furia de los salvajes.

Abandonando toda precaución, avanzaron como un torrente impetuoso, dando gritos horribles y arrojando sus azagayas, sus hachas y sus bomerang.

No era ya posible detenerlos: para ello hubiera sido preciso un cañón cargado de metralla. Cornelio y Hans descargaron una vez más sus fusiles, y después huyeron, confiando su salvación a sus piernas.

El Capitán y Van-Horn habían ya llegado a las primeras rocas y las escalaban, empujando la caldera delante de ellos.

—¡Pronto, muchachos!—gritó Van-Stael, al ver a sus sobrinos seguidos por los caníbales.

—No temáis, tío—le contestó Cornelio—; tenemos buenas piernas.

Entre tanto los salvajes, aunque corrían a la desesperada, sin dejar de lanzar sus armas, no lograban alcanzar a los dos jóvenes, que corrían como ciervos.

En pocos momentos llegaron a las rocas y las escalaron sin detenerse.

Iban a volverse para disparar otra vez, cuando vieron al Capitán abandonar la caldera.

—¿Estás herido, tío?—le preguntó Cornelio, corriendo hacia él.

—¡No! ¿Oyes?... ¡Escucha tú también, Van-Horn!

Todos aguzaron los oídos. Mientras por el lado de tierra seguían oyéndose los gritos salvajes de los australianos, hacia la bahía percibíanse risotadas, cantos y gritos proferidos por voces roncas, como de borrachos.

—¡Gran Dios!—exclamó Van-Horn—. ¿Qué han hecho nuestros chinos?

—¿Se habrán vuelto locos de miedo?—dijo Cornelio.

—¡No! ¡Me temo que todos estén borrachos!—murmuró el Capitán, poniéndose pálido—. En mi camarote había cinco barriles de sciam-sciú. ¡Corramos pronto, amigos, o habrá una horrible matanza!

Abandonaron la caldera, que rodó hasta la llanura chocando de roca en roca, y con el corazón oprimido por la angustia y la frente bañada en frío sudor, atravesaron la última línea de rocas y bajaron hacia la playa.

VII.—LOS DEVORADORES
D E   C A R N E   H U M A N A

EL Capitán no se había equivocado: en el campamento reinaba el desorden más espantoso.

La tripulación china, que los había abandonado vilmente en el momento en que iban a emprender la persecución de los salvajes para recobrar las calderas, no estaba a bordo del junco. Todos habían desembarcado, y estaban dispersos entre las tiendas, los depósitos de trépang y las hornillas; ¡pero en qué estado!

Aquellos miserables, en vez de prepararse para hacer frente a los australianos en el caso probable de que volvieran a presentarse, se habían aprovechado de la ausencia de los blancos para saquear la despensa del buque y el camarote del comandante.

Olvidando la más elemental prudencia, todos habían desembarcado, abandonando el junco, con peligro de que el viento o las corrientes lo arrojaran contra la costa, y se entregaron a una desenfrenada orgía.

Después de romper los barriles de carne salada y de comerse las conservas, cuyas cajas se veían esparcidas por el suelo, embistieron con el sciam-sciú del Capitán y se emborracharon por completo.

Unos yacían amontonados; otros seguían bebiendo y cantando con voces roncas y destempladas; los había en estado de verdadero delirio, que se peleaban como fieras, dándose furiosos puñetazos en las peladas cabezas, mientras que otros, que no habían perdido del todo los sentidos, se entregaban al juego en medio de atronador vocerío. El jefe de los pescadores y el contramaestre, agarrados del brazo, bailaban en torno de los barriles, declamando versos chinos.

Ninguno de aquellos beodos se acordaba de los salvajes, ni mucho menos del Capitán y sus compañeros, a quienes daban ya por muertos y asados. Van-Stael, arrebatado de furor, se lanzó en medio de aquella patulea de borrachos, gritando:

—¡Miserables! ¿Qué habéis hecho?

El jefe de los pescadores se le puso delante, vacilando sobre sus altos zuecos de planta de fieltro, diciendo:

—¡Hola! ¡Os creía muerto, Capitán!

—¡Os habéis emborrachado, canallas!—le dijo Van-Stael, amenazándole con el puño.

—¡Sí, sí!—añadió el chino, tartamudeando—. ¡Bebed... el sciam-sciú es... excelente!... Aún... queda... Lo juro...

—Pero, ¡desgraciado!; ¿no oyes los gritos de los salvajes?

—¡Los salvajes!... ¡Ah, sí!... Bebamos sciam-sciú. ¡Bebamos!

—Te van a comer, ¡estúpido!... ¡A bordo! ¡A bordo! ¡Miserables!

El chino balanceó estúpidamente la cabeza y comenzó otra vez su baile alrededor de los barriles, acompañándose con cánticos. Van-Horn lo echó a rodar de un tremendo puntapié.

Entre tanto, Hans y Cornelio se habían precipitado hacia los otros para obligarles a huir en las chalupas; pero aquellos desgraciados ni atendían a razones ni llegaban a comprender el tremendo peligro en que estaban. Uno solo, menos ebrio que los demás, se apresuró a ganar una de las chalupas; pero los demás siguieron jugando, bebiendo, cantando o durmiendo.

—Tío—dijo Cornelio—; están todos borrachos perdidos y no es posible hacerles entrar en razón.

—¡Oh, miserables—exclamó el Capitán, empujando con rabia al maestro y al cabo de pescadores hacia las barcas—. ¡Esto era cuanto me faltaba! ¡Pronto, Van-Horn, Hans, Cornelio: coged a estos bribones y echadlos en las chalupas!

—¿Tendremos tiempo para eso? Oigo ya muy cerca los gritos de los australianos—dijo el piloto.

—Tratemos de salvar a los más que podamos. ¡Pronto, amigos! No perdamos los minutos, que son preciosos.

Lanzáronse los cuatro en medio de aquella turba de borrachos, que no querían atender a razones, y a puñetazos y puntapiés condujeron a diez o doce a la playa, y fueron arrojándolos uno a uno en la chalupa más cercana. Varios de ellos, testarudos, como todos los borrachos, se resistían a embarcarse, tratando de acercarse a los barriles para beber un último sorbo.

Los cuatro holandeses iban ya a traer a las chalupas a los demás chinos, cuando los salvajes, que desembocaban ya por las dos gargantas, entraron en el campamento con ímpetu irresistible.

—¡Huíd!—gritaron Van-Stael, Van-Horn y los dos jóvenes, echando mano de las armas.

Los chinos, al oír el clamoreo de los caníbales y al ver caer sobre ellos una lluvia de azagayas y bomerangs, comprendieron, al fin, el peligro que les amenazaba, y al punto se les disiparon los vapores de la borrachera. Por desgracia, era ya demasiado tarde para que pudieran embarcarse en las chalupas.

Los salvajes los rodearon al momento. El Capitán y sus compañeros habían tenido tiempo de huir hacia la playa, desde donde rompieron el fuego contra los indígenas, apuntando especialmente a los jefes y a los brujos.

¡Vanos esfuerzos! Los salvajes, a pesar de los estragos que las balas hacían en ellos, no retrocedían. Los chinos no caían sin defenderse, luchando desesperadamente a puñetazos y puntapiés y golpeando a los caníbales con las espumaderas, los arpones, los cuchillos y hasta con troncos encendidos que sacaban de las fornallas. Trataban a toda costa de llegar a la playa y ganar las chalupas, donde les esperaban el Capitán y sus compañeros.

Muchos antropófagos yacían en tierra, muertos o gravemente heridos; pero los chinos tenían pocas esperanzas de escapar, y no pocos de ellos habían sido muertos.

Dos veces había disparado Van-Horn las lantacas, aun a riesgo de herir o matar a algunos chinos, y dos veces también intentó Van-Stael abrirse paso por entre los caníbales para socorrer a aquellos desgraciados; pero todo fué inútil.

Al contrario, un centenar de aquellos salvajes intentaron acabar con los blancos y los chinos que presenciaban aquel furioso combate, y se dirigieron tumultuosamente a la playa.

No había que perder un momento. Para los tripulantes que se habían quedado en tierra no había ya salvación posible y los más de ellos habían ya perecido. No era prudente exponer a igual suerte a los que se habían salvado.

—¡A mí, Horn!—gritó el Capitán—. ¡A mí, Cornelio, Hans! ¡Salvemos a los hombres que están en las chalupas!

Manejando los fusiles como mazas, se arrojaron sobre los salvajes, matando a unos cuantos de ellos y logrando contenerlos por algunos instantes; pero los salvajes volvían a arremeter, animándose con gritos feroces.

—¡Huíd!—gritó el Capitán a los chinos de una de las chalupas, que parecían estar medio aturdidos.

En seguida se embarcó en la otra, seguido de Horn, Hans, Cornelio y un joven pescador, que había logrado abrirse paso hasta ellos a arponazos.

Empuñaron los remos y se alejaron a toda prisa, protegidos por los disparos de los dos jóvenes. Los chinos de la otra chalupa trataron de seguirlos; pero los salvajes lograron agarrarla por una de las bandas antes de que se alejara de la orilla y la volcaron con todos los desgraciados que conducía.

—¡A la lantaca, Horn!—dijo el Capitán con acento desesperado—. ¡Apunta bien!

Soltó Horn el remo; cargó rápidamente el cañoncito y regó la playa con una rociada de balines. Siete u ocho antropófagos cayeron; pero los otros se arrojaron al agua, y agarrando a los chinos por las trenzas y por los pies, los sacaron a tierra.

Por algunos instantes se oyeron los desesperados gritos de los amarillos, que a poco fueron sofocados por el espantoso vocerío de los salvajes.

Van-Stael, loco de dolor y de ira, quería volver a tierra para entablar una lucha suprema y morir o vencer; pero Van-Horn, Hans y Cornelio impelieron vigorosamente la chalupa hacia el junco.

Todo se había ya perdido, pues la tripulación había sido aniquilada.

Habría sido, pues, una verdadera locura y un sacrificio inútil entablar combate con enemigo tan numeroso.

—¡Dejadme ir a tierra!—exclamaba el pobre Capitán, mesándose el cabello—. ¡Dejad que vaya a vengar a mi tripulación!

—¿Para haceros matar, señor?—respondía el viejo piloto—. No; hemos hecho todo lo posible por salvarlos, y no debéis seguir exponiendo vuestra vida ni la de vuestros sobrinos.

La chalupa, después de atravesar la bahía, llegó hasta el junco, que había sido abandonado por la tripulación en masa. Subieron al puente, izaron la chalupa para impedir que los salvajes se apoderasen de ella y colocaron la lantaca en el castillo, cargándola de metralla.

—Señor—dijo Van-Horn, acercándose al Capitán, que dirigía miradas feroces sobre los salvajes, esparcidos por la playa—. Creo que nada tenemos ya que hacer en esta bahía.

—¿Qué quieres decir, Horn?

—Que lo mejor sería desplegar velas y hacernos a la mar, antes de que los salvajes encuentren el medio de intentar el abordaje del junco.

—¿Y pretendes que abandone a los chinos?

—No habrán dejado uno vivo, señor. Mirad: encienden grandes hogueras en la playa.

—Es que no debemos dejarles que se los coman tranquilamente, Horn. Tenemos aún una lantaca y nuestros fusiles.

—Y los salvajes se parapetarán detrás de las rocas, poniéndose así a cubierto de nuestras balas.

—¿Y crees tú que los chinos hayan muerto todos? ¿Habrá alguno vivo?

—Se le oiría gritar o lo veríamos. Los caníbales están todos en la playa y en medio de ellos no veo más que muertos.

—Es verdad—murmuró Van-Stael con amargura—. Los han matado a todos y me han inutilizado todo el trépang. ¡Qué pérdida, Van-Horn!

—Nosotros no tenemos la culpa de que se hayan emborrachado nuestros marineros, señor. Si no se hubieran aprovechado de nuestra ausencia para abandonarse a sus instintos rapaces, todos estarían vivos y a bordo de este buque.

—Es verdad. Nosotros lo hubiéramos intentado todo por salvarles. Pero ¿qué dirá nuestro armador al vernos regresar sin olutarias y sin tripulación?

—Peor caso es el de muchos otros pescadores, que perdieron los buques y la vida.

—Es cierto, Van-Horn.

—Partamos, señor. Sólo somos cinco y los antropófagos son, por lo menos, cuatrocientos. Si nos abordan estamos perdidos.

—Bueno, pues levemos anclas y a desplegar velas, Van-Horn. No quiero que mis sobrinos caigan en poder de esos salvajes.

—Señor Hans, señor Cornelio, y tú, Lu-Hang—dijo el piloto dirigiéndose a los jóvenes y al pescador—, ayudadme.

—Levemos el ancla de popa—dijo el Capitán—. El viento sopla del Este, y pondremos la proa hacia la salida de la bahía.

Van-Horn subió al castillo para examinar antes la posición del ancla; pero a poco se le vió palidecer y hacer un gesto de furor.

—¡Capitán!—exclamó con voz descompuesta.

—¿Qué ocurre?—preguntó Van-Stael.

—La cadena está cortada y el ancla perdida.

—¿Cortada? ¡Imposible! Era muy gruesa y además bastante sólida.

—¡También ha desaparecido la de proa!—gritó Cornelio, que había subido también al castillo.

Van-Stael se asomó a la proa y vió que, en efecto, estaba también rota la cadena de la segunda ancla. Sólo había un pedazo de ella pendiente del escobén. El último anillo parecía haber sido roto a hachazos.

Van-Stael se acercó al joven pescador chino y sacudiéndole vigorosamente le dijo apretando los dientes:

—¡Canalla! ¿Qué habéis hecho durante nuestra ausencia? ¿No os bastaba con saquear la despensa de los víveres y la de mi camarote, sino que aun queríais que naufragara el buque?

—No, señor—respondió el chino—. Ninguno de nosotros ha cortado la cadena. Lo juro por Buddha y Confucio.

—¿Estás seguro, Lu-Hang?

—Sí, Capitán. Yo estaba en el puente cuando mis compatriotas tuvieron la desdichada idea de embriagarse con vuestro sciam-sciú, y no vi a ninguno romper las cadenas.

—¿Y quién supones entonces que pueda haber sido?

—No lo sé, señor.

A poco el Capitán se dió un golpe en la frente y lanzó un grito.

—¡Van-Horn!—exclamó.

—¡Señor!

—¿Dónde está el salvaje que hicimos prisionero?

—Debe de estar aún en la cala.

—¡Vamos a ver!

Bajaron a la cámara de proa y pasaron después a la estiba; pero el salvaje no estaba ya allí. En el sitio que había ocupado se veían algunos trozos de cuerda deshilachados, como si hubieran sido roídos por unos dientes fuertes.

—¡Ahora lo comprendo!—exclamó Van-Stael—. El muy pillo, aprovechando la orgía de los chinos, cortó las cuerdas con los dientes y rompió las cadenas a hachazos para que el junco embarrancase en las escolleras de la bahía!

—¿Y por qué no se mueve el barco si no está anclado? El reflujo ha debido llevarle fuera de la bahía.

—Tengo miedo de comprender tus palabras, Van-Horn.

—¿Las comprendéis?

—Sí; estamos embarrancados.

—Tengo ese temor, Capitán.

—Subamos, Van-Horn.

Abandonaron la estiba y subieron a cubierta, asomándose por la amura de babor. Sólo entonces advirtieron que la nave estaba ligeramente inclinada y que su carena se apoyaba a estribor sobre un banco de arena cubierto por media braza de agua.

—Estamos embarrancados—dijo el Capitán, secándose el frío sudor que le bañaba la frente—. ¿Baja la marea?

—Sí, Capitán.

—¿Qué hora es?

—Las once.

—Dentro de cuatro horas será la pleamar. Esperemos con confianza que nos ponga a flote.

—¿Y si no llega la marea a desencallarnos?

—Tenemos la chalupa y nos encomendaremos a Dios y a las olas.

VIII.—EL GOLFO DE CARPENTARIA

ENTRE tanto, los australianos seguían en la playa. No contentos con haber matado a la tripulación china ni con haberse apoderado de los depósitos de trépang, que debían proporcionarles abundantes comilonas, parecían querer apoderarse también de los últimos supervivientes y del junco, creyéndolo cargado de víveres, y, sobre todo, de licores.

Se agitaban vociferando alrededor de las escolleras; medían con sus azagayas la profundidad del agua, esperando encontrar bancos que llegaran hasta el junco, y disparaban sus bomerangs sin resultado alguno, porque aquellos proyectiles no llegaban a su destino, a causa de la distancia, que era de unos dos cables.

Sin embargo, no parecían dispuestos a alejarse, y seguían dando desaforados gritos y blandiendo sus armas en son de amenaza.

Hans y Cornelio no estaban inactivos, y de vez en cuando disparaban contra los más audaces, y sus balas no se perdían, pues a cada disparo veían caer en la playa a un salvaje para no levantarse más. La lantaca se hacía oír también de rato en rato, y la metralla destrozaba las flacas espaldas o los vientres abultados de aquellos salvajes.

—Dejadles que griten a su gusto—dijo el Capitán—. Por ahora no se atreverán a atacarnos. Ocupémonos, pues, en poner el junco a flote, sobrinos míos.

—¿Qué debemos hacer, tío?—preguntaron los dos incansables jóvenes.

—Ante todo, echaremos un ancla a popa para impedir que una ola empuje al junco hacia la playa. Esto no ocurrirá, porque estamos demasiado bien encallados; pero nunca están demás las precauciones.

—Tenemos todavía un ancla—dijo Van-Horn—. Será suficiente para sujetar el barco.

—Luego desplegaremos velas para estar dispuestos a dejar esta bahía apenas estemos a flote.

—Se puede aligerar la nave, Capitán—dijo el piloto—. Tenemos en la estiba más de veinte barriles de agua y quince toneladas de lastre.

—Lo echaremos todo al agua. Que uno de nosotros vigile en el puente, al lado de la lantaca, para que no nos sorprendan los feroces antropófagos.

—Dejaremos a Lu-Hang—dijo Cornelio.

—¿A ése?—exclamó el Capitán arrugando el entrecejo.

—Podéis fiaros de mí, señor—dijo el pescador cayendo de rodillas—. No soy un traidor, os lo juro, y os serviré fielmente.

—Te creo. Está bien; colócate junto a la lantaca y si los australianos se arrojan al agua haz fuego contra ellos.

—Gracias, Capitán—respondió el chino—. Me haré matar si fuera preciso; pero ninguno de esos malditos negros se acercará al junco.

—Pues vete a tu puesto, y en cuanto a nosotros, pongamos manos a la obra.

Los cuatro bajaron a la estiba y fueron trasladando los barriles al pie de la escotilla para subirlos después a la cubierta.

Habían separado apenas tres, cuando advirtieron que todo el lastre estaba mojado.

—¡Calle!—exclamó el Capitán—. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se ha roto algún barril o hace agua el junco?

—Todos los barriles están en perfecto estado, señor—dijo Van-Horn.

—¿Se habrá abierto una vía de agua?

—Imposible, Capitán. No hemos tocado contra ninguna roca y el junco fué muy bien carenado al emprender el viaje.

—Es cierto; pero tú sabes que las naves chinas no suelen estar muy bien construídas.

—Tal vez se trate de una simple filtración—dijo Van-Horn—. Tenemos bomba a bordo y luego la haremos funcionar.

—Subid y echad la cuerda—dijo el Capitán a Cornelio y Hans.

Los dos hermanos echaron desde cubierta a la estiba dos gruesas maromas suspendidas de una garrucha. El primer barril fué izado y arrojado al agua, y la misma operación continuaron haciendo con los demás barriles y con la arena del lastre.

Mientras los cuatro holandeses efectuaban tan penosa maniobra, el chino vigilaba con atención. Era el más joven de los pescadores que embarcaron en el junco, pues sólo tenía diez y ocho o diez y nueve años; pero era uno de los más hábiles y nadaba como un pez.

Nacido en Boccatigris, islote próximo a la boca del río Li-Kiang o "de las Perlas", en cuyas orillas está la ciudad de Cantón, se había embarcado muy joven, y hacía ya tres años que estaba a las órdenes del capitán Van-Stael, el cual supo bien pronto apreciar sus méritos.

Era un perfecto ejemplar de la raza mongólica. Aunque de estatura mediana, era vigoroso. Tenía la piel amarilla, los pómulos salientes, los ojos oblicuos y los labios algo pronunciados. Llevaba la cabeza rapada y adornada con la larga trenza que usan todos los súbditos del Imperio Celeste.

Colocado junto a la lantaca, medio oculto el rostro bajo un monumental sombrero de bambú entretejido, que tenía la forma de un hongo, espiaba los movimientos de los caníbales, dispuesto a derramar sobre ellos una lluvia de metralla.

Al parecer, aquellos salvajes habían abandonado por el momento la idea de apoderarse del junco, en vista de la inutilidad de sus tentativas para atravesar el ancho espacio de agua que los separaba de la playa.

Habían perdido casi todos sus bomerangs, los cuales no volvían a sus manos por no encontrar un buen punto de apoyo en el agua. Emprendiéronla entonces con los depósitos de trépang, devorando las olutarias con bestial avidez.

Al pie de las peñas ardían grandes hogueras, señal evidente de que estaban preparando el festín de carne humana.

A las dos de la tarde todos los barriles de agua y el lastre de arena habían sido arrojados al mar, aligerando al buque de un peso de cerca de cuarenta toneladas. El mismo Capitán, para acelerar una operación que tanto podía contribuír a poner a flote el junco cuando subiera la marea, había trabajado con sus propias manos para efectuarla; después se dedicó, en unión del viejo piloto, a trasladar a la banda de babor los víveres, los baúles y todos los objetos pesados para aligerar la banda de estribor, que se apoyaba en el banco.

Cornelio y Hans habían vuelto a la cubierta y reconocían desde allí el banco de arena, que la subida de la marea iba ocultando por momentos bajo mayor cantidad de agua.

—¿Crees que lograremos ponernos a flote?—preguntó Hans a Cornelio.

—Lo espero—respondió éste—, porque según el tío, no será una pleamar ordinaria la que tendremos.

—¿El agua sube en esta costa más que en otras?

—Sí, Hans, porque esta región está bajo la influencia directa de la Luna.

—Es verdad—dijo el Capitán, que había vuelto a subir a cubierta—. A las cuatro y media tendremos una pleamar excepcional.

—¿Todas las pleamares no son, pues, iguales, tío?

—No, Hans.

—¿Son las mareas efecto de las corrientes marinas o de qué?

—Las produce la Luna, y algo también el Sol, por la atracción que ejercen sobre las aguas.

—No entiendo ese fenómeno, tío. Esto de bajar y subir cada seis horas el nivel del mar es para mí un misterio.

—Lo creo, pues durante muchos siglos no se supo explicar ese hecho. Algunos astrónomos y hombres de ciencia muy antiguos como Cleomedes, Plinio y Plutarco, sospecharon que era debido a la influencia de la Luna; pero no lo aseguraban de un modo terminante. Hasta Galileo y el ilustre Kepler andaban todavía en dudas. Newton fué el primero que demostró la posibilidad de que ese fenómeno fuera debido a la atracción de la Luna. Después de él el astrónomo Laplace ha dejado la cuestión completamente resuelta.

—Pues si tantos hombres ilustres por su ciencia han estado tanto tiempo dudando, me consuelo de mi ignorancia—dijo Hans.

—Y, sin embargo, sobrino, ¡es tan sencillo ese fenómeno! Como sabes, la superficie de nuestro globo está en gran parte cubierta de agua, la cual, por su fluidez, puede moverse. Ejerciendo la Luna una fuerte atracción sobre nuestro planeta, levanta la masa de las aguas. De éstas, las menos sometidas a la fuerza atractiva de la Luna siguen el movimiento, pero más perezosamente, y las que están en el lado opuesto de la Tierra no experimentan los efectos del fenómeno. Tenemos, pues, dos enormes masas de agua sobre la superficie terrestre, de las cuales una mira a la Luna y la otra ocupa la parte de la Tierra opuesta a la atracción lunar.

—Comprendo, tío; pero las mareas cambian. Ahora suben aquí y dentro de seis horas lo hacen en otra parte del globo.

—Eso depende de la rotación de la Tierra. Girando sobre sí misma en el espacio de veinticuatro horas, expone sucesivamente las varias partes de su superficie a la acción de la Luna, obligando a las aguas a un constante movimiento. Ahora nos encontramos nosotros bajo la influencia directa de la Luna y aquí se amontonan las aguas; pero, al girar la Tierra, estas aguas se alejan de esa influencia, que pasa a ejercerse sobre otras.

—Entonces la Luna mantiene a los mares en una perturbación continua—dijo Cornelio.

—Así es; pero no sólo la atracción de la Luna produce las mareas; pues el Sol también tiene su parte en ellas.

—¿A pesar de lo lejos que está de nosotros?—preguntó Cornelio.

—Sí; pero la atracción del Sol es menos intensa que la de la Luna, a causa, sin duda, de la enorme distancia que de él nos separa. Las mareas provocadas por su acción son menos marcadas. Puede decirse que no hace más que modificar las ocasionadas por la acción de la Luna, aumentando o disminuyendo la intensidad de ellas. La atracción del Sol es dos tercios menos enérgica que la de la Luna.

—¿Ocurre alguna vez que se sumen las dos atracciones?

—Sí, Cornelio, y entonces ocurren las grandes mareas. Si la Luna eleva las aguas tres pies, el Sol y ella juntos las hacen levantarse hasta cuatro.

—¿Y a qué se debe que las mareas sean más fuertes en unos lugares que en otros? Porque he oído decir que en algunos puntos de la Tierra llegan a alturas enormes.

—Es cierto, Cornelio, y se explica por la configuración especial de ciertas costas. En medio del Océano las mareas son siempre iguales, salvo en los casos en que se sumen las atracciones de la Luna y del Sol; pero en las inmediaciones de los continentes se advierten grandes diferencias, señaladamente en ciertos mares y golfos, donde sube hasta siete y ocho brazas el nivel de las aguas en la pleamar. En la bahía de Fundy, que está en la costa de Nueva Escocia, sube hasta doce brazas. Las aguas, atraídas por la Luna, se acumulan en ciertas playas; pero, a causa de la velocidad adquirida, continúan su movimiento ascendente, aun después del paso de la Luna por el meridiano, elevándose más de lo normal.

—La Tierra ejercerá también atracción sobre la Luna; eso ni que decirlo hay, ¿verdad tío?

—Sí, y mucho más poderosa que la de la Luna sobre la Tierra, porque la Tierra es mucho mayor que la Luna. Los movimientos que produciría la Tierra en la masa de la Luna cuando estaba, como se supone que estuvo alguna vez, en estado líquido, tenían que ser enormes.

—¡Capitán!—gritó en aquel instante Van-Horn—. Se oyen crujidos en la carena.

—¡Buena señal!—exclamó Van-Stael levantándose apresuradamente—. Aprovechemos estos momentos en que tenemos buena brisa del Este para desplegar las velas.

Los dos jóvenes, el piloto y el chino treparon por las escalas de cuerda y fueron desplegando las velas.

Los salvajes, al notar aquellas maniobras, presumieron que los blancos se preparaban a abandonar la bahía y acudieron a la playa dando furiosos gritos y blandiendo las armas.

Algunos, más audaces, se arrojaron al agua, mientras los otros saltaban hasta los extremos de la escollera; pero un disparo de la lantaca hizo caer a tres o cuatro, refrenando el ardor de los demás.

—¡Preparad la cuerda del ancla!—gritó el Capitán a Van-Horn y al chino—. ¿Sigue la otra a babor?

—Siempre, señor—contestó el piloto.

—¿Crees que resistirá?

—Confío en ello, Capitán.

—Virando algo, creo que podremos ejercer un poderoso esfuerzo por estribor y poner el barco a flote.

—Ayudaremos a la marea.

En aquel momento se estremeció el junco y pareció que tendía a recobrar su nivel. El Capitán se asomó por la amura de estribor y miró al fondo; pero la marea, que seguía creciendo, había cubierto todo el banco y no se le distinguía.

Los crujidos continuaban, y las velas, ejerciendo su esfuerzo hacia babor, ayudaban poderosamente la acción de la marea.

Oyéronse de pronto, bajo la carena, fuertes crujidos, que iban aumentando en intensidad, y el junco, que el viento empujaba hacia en medio de la bahía, se inclinó más.

—¡Resbalamos por el banco!—gritaron Hans y Cornelio.

—¡Y los salvajes adelantan!—exclamó Horn—. ¡Eh, Lu-Hang, mándales unos cuantos confites a esa cáfila de brutos!

El chino disparó la lantaca sobre los salvajes, que avanzaban amenazadoramente dando saltos por las escolleras, para ponerse a tiro de sus azagayas y bomerangs.

Casi al mismo tiempo, el junco, levantado por la marea, salía de su lecho de arena dando un fuerte bandazo.

—¡Pronto, el ancla!—gritó Van-Stael.

Van-Horn, Cornelio y Hans obedecieron rápidamente y maniobrando con vigor en la palanca sacaron del fondo la pequeña ancla.

Van-Stael subió al castillo y empuñó la caña del timón, mientras sus compañeros disponían el velamen para tomar viento en popa y Lu-Hang lanzaba un último disparo contra los australianos, que daban espantosas voces.

Pocos minutos después el junco, ya boyante por efecto de la pleamar, salía a toda vela de la bahía, dirigiéndose al golfo de Carpentaria.

IX.—EL NAUFRAGIO
DURANTE EL HURACÁN

AL ver huir la nave, los salvajes, que contaban que siguiera embarrancada, lanzaron furiosos gritos y se dispersaron por la playa con la esperanza de que los fugitivos se vieran obligados a tocar en tierra. Para aquella gente famélica el trépang no había sido más que un aperitivo. El agradable tufillo que despedían los cuerpos de los chinos puestos a asar en las brasas les excitaba terriblemente el apetito.

Al fin tuvieron que perder sus últimas esperanzas, pues el Hai-Nam, impulsado por el viento que soplaba del Este, filaba rápidamente hacia el amplio golfo de Carpentaria. Las velas, hinchadas casi hasta reventar, lo empujaban hacia el Nordeste, y el Capitán lo dirigía al lejano estrecho de Torres, para entrar en el mar de las Molucas y llegar a la isla de Timor.

A pesar del encallamiento, el junco no parecía tener la menor avería y navegaba gallardamente por las espumosas olas del golfo.

—¡Gritad, gritad, que ya no nos pillaréis!—decía Van-Horn mirando a los salvajes que iban perdiéndose en la distancia—: os desafío a seguirnos basta el estrecho de Torres.

—Veo que ya no te dan miedo, viejo Horn—le dijo Cornelio.

—Ni antes me lo daban tampoco; pero esa canalla puede jactarse de haber hecho una buena presa. ¡Pobres chinos!... A estas horas estarán comiéndose sus cuerpos los caníbales; pero la culpa no ha sido nuestra. Si no se hubieran emborrachado todos estarían a salvo a bordo del junco.

—¿Y lograremos nosotros llegar a la costa de Timor?

—¿Y por qué no, señor Cornelio? Somos cinco solamente; pero las maniobras de nuestras velas no requieren muchos brazos, y, además, atravesado el estrecho de Torres, nada tendremos que temer, porque sólo en ese brazo de mar, sembrado de bancos coralíferos y de bajíos, hay algún peligro.

—¡Quiera Dios que no nos sorprenda alguna tempestad! ¡Mira hacia allá, Horn! ¿No ves las nubes que se elevan a la extremidad del golfo?

—Es verdad, señor Cornelio—dijo el marino arrugando la frente—. Esta noche tendremos viento fuerte; pero el junco parece sólido y está ya probado en varias tempestades.

—No digo lo contrario; pero si al encallar ha quedado algo resentido ... Tú sabes muy bien que la carena de estos barcos no es tan segura como la de los europeos.

—También eso es verdad, señor Cornelio. Todos los juncos chinos, lo mismo los grandes, que llaman ts-as-ch'wan, que los pequeños, o towmang, o que los de solo un palo, o ta-yü-ch'wang, suelen estar mal construídos. Muchos de ellos, a lo que se dice, no pueden afrontar los peligrosos bajíos del mar de la China. Aun se añade que sólo el departamento marítimo de Cantón pierde anualmente sobre diez mil marinos a causa de la mala construcción de los barcos chinos.

—Lo cual no es nada halagüeño para nosotros, tripulantes del Hai-Nam.

—Ya os he dicho que nuestro junco es de los mejores, y que tiene muy buena arboladura y que la maniobra puede hacerse muy fácilmente. Vuestro tío no habría consentido en tomar el mando de una almadía.

—¡Eh, Van-Horn!—gritó en aquel momento el Capitán, que seguía en el timón—. ¿No te parece que el junco está algo tumbado de estribor?

El marino, sorprendido por aquella pregunta, miró al puente y se convenció de que, en efecto, el barco estaba inclinado de estribor, cuando, por la posición de las velas, debiera inclinarse del lado contrario.

—¡Esto es raro!—exclamó—. Si llevásemos carga se diría que estaba mal estibada, pero no hay siquiera una tonelada de lastre.

—¿Y qué me dices, Van-Horn?—preguntó el Capitán.

—No me explico esto, señor Van-Stael—contestó el piloto—. ¡Como no sea que tenga el junco alguna avería!

—Sin embargo, navega bien.

—Perfectamente—dijo Van-Horn.

—Más adelante trataremos de averiguar de qué depende este defecto que no había notado antes. Ponte al timón, Horn.

—¿Qué ruta?—preguntó el marino subiendo al castillo.

—Nornoroeste, derecho a la isla Wessel. ¡Hum! El tiempo se nubla y dentro de pocas horas tendremos mar gruesa.

—También yo lo he advertido, señor Van-Stael. Si el viento aprieta, recogeremos velas.

Los dos lobos de mar no se habían equivocado.

A la extremidad meridional del golfo de Carpentaria se iban amontonando nubes obscuras con los bordes color de naranja, y se extendían por el cielo, amenazando cubrirle hasta los límites del horizonte.

Por aquella dirección soplaban de vez en cuando ráfagas de aire caliente, que procedían, sin duda, de las caldeadas regiones de Australia, tal vez de aquel gran desierto de piedra que ocupa gran parte de ese enorme continente.

El mar comenzaba también a agitarse. Las olas iban tomando un tinte amarillento rojizo y se cubrían de espuma.

A las siete de la tarde, mientras el sol se iba ocultando en el horizonte, comenzaban a oírse hacia el Sur los primeros truenos, y algún que otro relámpago iluminaba aquella masa de vapores. El viento arreció de pronto, silbando entre la arboladura de la nave y levantando las olas, que se precipitaban unas sobre otras con roncos mugidos.

—¡Mala noche!—dijo el Capitán a Cornelio y a Hans, que tenían la vista puesta en las nubes—. Por fortuna, el golfo de Carpentaria es amplio y sólo tiene bancos peligrosos alrededor de las islas de Eduard Pellew. Estamos todavía muy lejos de los escollos y bancos de coral del estrecho de Torres.

—¿Amainamos velas, tío?

—La prudencia lo aconseja. Ayudadme, muchachos, y tú también, Lu-Hang.

Las velas altas, que eran muy grandes, podían hacer que el junco se inclinara a estribor hasta hacerle embarcar agua si el viento arreciaba. Hubo, pues, que recogerlas. El Capitán y Hans se apresuraron a plegar la de trinquete, y Cornelio y el chino la del palo mayor. Esta maniobra se efectuó al punto, a pesar de las sacudidas que daba el junco y de la violencia del viento.

La nave, que estaba muy inclinada por estribor, se enderezó un tanto; pero en seguida volvió a acostarse. Oyóse en esto un ruido sordo en la estiba.

—¿Qué es eso?—preguntó el Capitán, admirado e inquieto—. ¿Habéis oído?

—Sí—dijo Cornelio, poniendo atención—. He oído un ruido extraño. ¿Habrá alguien en la estiba? ¿Tal vez algunos salvajes escondidos?

—No es posible. Los hubiéramos visto cuando sacamos el lastre.

A poco se golpeó la frente y palideció.

—¡Gran Dios!—murmuró.

—¿Qué tienes, tío?—le preguntaron Hans y Cornelio.

—¡Van-Horn!—gritó el Capitán, en lugar de responder—. ¿Te parece que el junco conserva el mismo nivel?

—¿Qué queréis decir, señor?—preguntó el marino.

—Te pregunto si te parece que conserva, siempre el mismo desplazamiento.

Van-Horn se inclinó por el coronamiento del castillo y miró hacia abajo. Un grito se le escapó.

—¡Capitán!—exclamó—. ¡Nos vamos hundiendo lentamente! La popa se ha sumergido en poco tiempo más de tres pies. El agua ha cubierto el timón y llega a la orla inferior del cuadro.

—¡Hans, Cornelio, Lu-Hang, a la estiba!—gritó el Capitán—. ¡Sobre nosotros pesa una triste fatalidad!

Todos bajaron a la estiba con el corazón angustiado y las frentes bañadas en frío sudor.

Escapados a los dientes de los antropófagos, y cuando ya se creían en salvo, veían que les amenazaba el peligro de ser tragados por los abismos del golfo de Carpentaria, precisamente cuando comenzaba una tempestad espantosa.

Al llegar al pie de la escala se detuvieron. Van-Stael, que iba delante de todos, había metido un pie en agua.

—¡Luz!—dijo.

Lu-Hang, que iba el último, subió a cubierta, entró en la cámara de popa y volvió con una linterna encendida.

—¡La bodega está inundada!—exclamaron Hans y Cornelio, poniéndose pálidos.

En efecto; la estiba del junco estaba llena de agua, la cual unas veces se inclinaba a babor y otras a estribor, con sordos y pavorosos mugidos, rompiéndose su obscura masa contra los puntales y contra los pies de los palos mayor y trinquete. ¿Cómo había entrado aquella agua? ¿Se había abierto una vía por la mala construcción del buque o durante el tiempo que estuvo encallado?

Van-Stael, pálido por la emoción, con la frente arrugada, dirigía por todas partes miradas de desesperación, tratando en vano de descubrir la avería.

—Y bien, tío—dijo Cornelio—; ¿podremos todavía salvar el barco?

—¡Imposible!—respondió Van-Stael, haciendo un gesto de rabia—. ¡Es demasiado tarde!

—Tenemos una bomba a bordo.

—¡Pero si tenemos lo menos doscientos barriles de agua en la bodega!

—Si se pudiera tapar el boquete...

—Y ¿dónde está? ¿Por qué no nos habremos dado cuenta antes de este desastre?

—Podemos buscarlo. Hasta ahora no hay más que tres pies de agua, y...

—¡Silencio!

El Capitán se había inclinado hacia el agua, aguzando el oído. Hacia popa se oía un sordo murmullo, que parecía producido por una corriente de agua.

—¡Aquí está!—dijo—. Baja, Lu-Hang.

El pescador se sumergió y se dirigió hacia popa, después de haberse desembarazado de la hen-pu (larga blusa de amplias mangas) y del ken-ku (especie de calzones cortos que usan los pescadores y que forman un doble pliegue sobre el vientre).

—Hacia allí—le dijo Van-Stael, indicándole el sitio donde sospechaba que estaba el boquete.

Se vió al pescador caminar por debajo del agua, llevando fuera la mano con que sostenía la linterna. Pocos minutos después salió, y dijo:

—Capitán, alguien ha hecho traición.

—¿Qué quieres decir?

—Que alguien ha abierto una cala en el barco.

—¿Alguien?

—Sí, Capitán. Mis manos han tropezado con un hacha, clavada aún en la madera.

—Y ¿quién puede haber sido ese criminal?

—El salvaje, señor.

—¡Ah, miserable!—gritó Van-Stael—. Sí; ahora comprendo: aquel infame, después de haber roto las cadenas de las anclas, abrió esta vía para impedirnos huir. ¿Y es muy ancha?

—Las olas deben haberla agrandado, porque tiene como pie y medio.

—¡Estamos, pues, perdidos! Nuestra bomba no basta para desalojar el agua que entra.

Subió a cubierta. La noche había cerrado y el golfo de Carpentaria ofrecía un espectáculo horroroso.

Altas olas, con las crestas cubiertas de blanca espuma, iban hacia el Sur con terribles mugidos, rompiéndose impetuosamente contra los costados del junco.

El viento, cada vez más fuerte, silbaba por entre la arboladura, que crujía fatídicamente. Las velas se agitaban en todas direcciones como trapos puestos a secar. El barco no podía mantenerse en equilibrio, porque el viento no tenía dirección fija, y allá a lo lejos, en las costas de la tierra de Arnheim y de la de Torres tronaba y relampagueaba sin cesar.

A veces las olas, saltando por encima de las bordas, inundaban la cubierta. El agua corría por toda ella y salía con fragor de catarata por los canalones de babor y estribor.

El viejo Horn, aunque estaba solo sobre cubierta, afrontaba el huracán con serenidad admirable. Erguido sobre el castillo, con el cabello y la larga barba sacudidos por el viento y las manos en la caña del timón, guiaba valientemente el buque.