EL Gobernador Bellingham, vestido en traje de casa, que consistía en una bata no muy ajustada, y gorra, abría la comitiva y parecía ir mostrando su propiedad á los que le acompañaban, explicándoles las mejoras que proyectaba introducir. La vasta circunferencia de un cuello alechugado, hecho con mucho esmero, que proyectaba por debajo de su barba gris, según la moda del tiempo antiguo, contribuía á darle á su cabeza un parecido á la de San Juan Bautista en la fuente. La impresión producida por su rígido y severo semblante, por el que habían pasado algunos otoños, no estaba en armonía con todo lo que allí le rodeaba y parecía destinado al goce de las cosas terrenales. Pero es un error suponer que nuestros graves abuelos,—aunque acostumbrados á hablar de la existencia humana y pensar en ella como si fuese una mera prueba y una lucha constante, y aunque se hallaban preparados á sacrificar bienes y vida cuando el deber lo requería,—hicieran caso de conciencia rechazar todas aquellas comodidades, y aun regalo, que estaban á su alcance. Semejante doctrina no fué nunca enseñada, por ejemplo, por el venerable pastor de almas Juan Wilson, cuya barba, blanca como la nieve, se veía por sobre el hombro del Gobernador Bellingham, mientras le decía que las peras y los melocotones podrían aclimatarse en la Nueva Inglaterra, y que las uvas de color de púrpura podrían florecer si estuvieran protegidas por los muros del jardín expuestos más directamente al sol. El anciano ministro tenía un gusto legítimo y de larga fecha por todas las cosas buenas y todas las comodidades de la vida; y por severo que se mostrase en el púlpito en su reprobación pública de transgresiones como las de Ester Prynne, sin embargo, la benevolencia que desplegaba en la vida privada le había grangeado mayor cantidad de afecto que la concedida á ningún otro de sus colegas.
Detrás del Gobernador y del Sr. Wilson venían otros dos huéspedes: uno el Reverendo Arturo Dimmesdale, á quien el lector recordará tal vez por haber desempeñado, no voluntariamente, un corto papel en la escena del castigo público de Ester; y á su lado, como si fuera su compañero íntimo, el viejo Rogerio Chillingworth, persona de gran habilidad en la medicina, y que hacía dos ó tres años había fijado su residencia en la colonia. Se decía que este sabio anciano era al mismo tiempo el médico y el amigo del joven eclesiástico, cuya salud se había deteriorado mucho últimamente á causa de su abnegación sin límites y su consagración completa á los trabajos y deberes de su sagrado ministerio.
El Gobernador, adelantándose á sus huéspedes, subió dos ó tres escalones, y abriendo una de las hojas de la gran ventana del vestíbulo, se encontró cerca de Perla. La sombra de la cortina ocultaba parcialmente á la madre.
—¿Qué tenemos aquí?—dijo el Gobernador mirando á la figurita color de escarlata que estaba delante de él. Confieso que no he visto nada parecido desde los días de mis vanidades, allá en mis tiempos juveniles, cuando consideraba inestimable favor ser admitido en los bailes de disfraces de la Corte. Había entonces un enjambre de estas pequeñas apariciones en los días de fiesta. ¿Pero cómo ha entrado este huésped en mi antecámara?
—Sí, en efecto, exclamó el buen anciano Sr. Wilson, ¿qué pajarito color de escarlata podrá ser éste? Me parece haber visto algo semejante cuando el sol brilla al través de los cristales de una ventana de variedad de colores, y dibuja imágenes doradas y carmesíes en el suelo. Pero eso era allá en nuestra vieja patria. Díme, niña, ¿quién eres, y qué ha movido á tu madre á aderezarte de un modo tan extraño? ¿Eres una niña cristiana? ¿Sabes el catecismo? ¿Ó eres acaso uno de esos petulantes duendes ó trasgos que creíamos haber dejado para siempre en la alegre Inglaterra?
—Yo soy la hija de mi madre, respondió la visión escarlata, y mi nombre es Perla.
—¿Perla?—más bien Rubí, ó Coral, ó Rosa encendida por lo menos, á juzgar por tu color, respondió el anciano ministro extendiendo la mano, inútilmente, para acariciar la mejilla de Perla.—¿Pero dónde está tu madre? ¡Ah! Ya comprendo, agregó; y dirigiéndose al Gobernador le dijo en voz baja:—Esta es precisamente la niña de que hemos hablado; y ved ahí á esa infeliz mujer, á Ester Prynne, su madre.
—¿Eso dices? exclamó el Gobernador. Sí, deberíamos haber pensado que la madre de tal niña tenía que ser una mujer escarlata, y un tipo digno de Babilonia. Pero á buen tiempo llega, y trataremos de este asunto inmediatamente.
El Gobernador entró en la antecámara seguido de sus tres huéspedes.
—Ester Prynne, dijo clavando la mirada naturalmente severa en la portadora de la letra escarlata, en estos días se ha hablado mucho de tí. Hemos discutido con toda calma y seso, si nosotros, que somos personas de autoridad é influencia, cumplimos con nuestro deber confiando la dirección y guía de un alma inmortal, como la de esta criatura, á quien ha tropezado y caído en medio de los lazos y redes del mundo. Habla, tú que eres la madre de esta niña. ¿No crees que sería mejor, tanto para el bienestar temporal como para la vida eterna de tu pequeñuela, que se te prive de su cuidado, y que vestida de una manera menos vistosa, se la eduque en la obediencia y se la instruya en las verdades del cielo y de la tierra? ¿Qué puedes hacer en pró de tu niña en este particular?
—Yo puedo instruir á mi hija según la enseñanza que he recibido de esto,—respondió Ester tocando con el dedo la letra escarlata.
—Mujer, esa es tu insignia de vergüenza, replicó el severo magistrado. Precisamente en consecuencia de la falta que indica esa letra, deseamos que tu hija pase al cuidado de otras manos.
—Sin embargo, dijo la madre tranquilamente, aunque volviéndose cada vez más pálida, esta insignia me ha dado, y me da diariamente, y hasta en este momento, lecciones que harán á mi hija más cuerda y mejor, aunque para mí no sean ya de provecho.
—Ahora lo sabremos, dijo el Gobernador, y decidiremos lo que hay que hacer. Mi buen Señor Wilson, os ruego que examinéis á esta Perla, pues tal es su nombre, y veáis si tiene la instrucción cristiana que conviene á una niña de su edad.
El anciano eclesiástico se sentó en un sillón é hizo un esfuerzo para atraer á Perla entre sus rodillas. Pero la niña, acostumbrada solamente al tacto familiar de su madre y no al de otra persona, se escapó por la ventana abierta y se plantó en el escalón más alto, pareciendo entonces un pájaro tropical silvestre, de brillante plumaje, dispuesto á emprender el vuelo en los espacios. El Sr. Wilson, no poco sorprendido de esto, pues era una especie de patriarca favorito de los niños, trató sin embargo de proceder al examen.
—Perla, le dijo con gran solemnidad, tienes que recibir instrucción para que, á su debido tiempo, logres llevar en tu seno una perla de gran precio. ¿Puedes decir, hija mía, quién te ha creado?
Perla sabía perfectamente qué responder, porque siendo Ester la hija de una familia piadosa, poco después de la conversación que había tenido con su niña acerca de su Padre Celestial, había comenzado á hablarle de esas verdades que el espíritu humano, cualquiera que sea su estado de desarrollo, oye con intenso interés. Por lo tanto Perla, aunque solo contaba tres años de edad, podría haber sufrido con buen éxito un examen en algunas materias religiosas; pero la perversidad más ó menos común á todos los niños, y de la cual la chicuela tenía una buena dosis, se apoderó de ella en el momento más inoportuno, y la hizo cerrar los labios ó proferir palabras que no venían al caso. Después de llevarse el dedo á la boca, y de muchas negativas de responder á las preguntas del buen Sr. Wilson, la niña finalmente anunció que no había sido creada por nadie, sino que su madre la había recogido en un rosal silvestre que crecía junto á la puerta de la cárcel.
Esta respuesta fantástica le fué probablemente sugerida por la proximidad de los rosales del Gobernador, que tenía á la vista, y por el recuerdo del rosal silvestre de la cárcel, junto al cual había pasado al venir á la morada de Bellingham.
El viejo Rogerio Chillingworth, con una sonrisa en los labios, murmuró unas cuantas palabras al oído del joven eclesiástico. Ester dirigió una mirada al hombre de ciencia, y á pesar de que su destino estaba colgando de un hilo, se quedó sorprendida al notar el cambio verificado en las facciones de Rogerio, que se había vuelto mucho más feo, su cutis más atezado, y su figura peor formada que en los tiempos en que le había conocido más familiarmente. Sus miradas se cruzaron un instante, pero inmediatamente tuvo que prestar toda su atención á lo que estaba pasando respecto á su hija.
—¡Esto es horrible!—exclamó el Gobernador volviendo lentamente del asombro que le había causado la respuesta de Perla. He aquí una niña de tres años de edad, que no sabe quién la ha creado. No hay duda de que en la misma ignorancia se encuentra respecto á su alma, su actual perversidad y su futuro destino. Me parece, caballeros, que no hay necesidad de proseguir adelante.
Ester tomó entonces á Perla y la estrechó entre sus brazos, mirando al viejo magistrado puritano casi con una feroz expresión en los ojos. Sola en el mundo, arrojada de él como fruto podrido, y con este único tesoro que era el consuelo de su corazón, tenía la conciencia de que poseía derechos indestructibles contra las pretensiones del mundo, y se hallaba dispuesta á defenderlos á todo trance.
—Dios me ha dado á esta niña, exclamó. Me la ha dado en desquite de todo aquello de que he sido despojada por vosotros. Es mi felicidad, y al mismo tiempo mi tormento. Perla es quien me sostiene viva en este mundo. Perla también me castiga. ¿No véis que ella es la letra escarlata, capaz solamente de ser amada y dotada de un poder infinito de retribución por mi falta? No me la quitaréis: primero moriré.
—Pobre mujer, dijo con cierta bondad el anciano eclesiástico, la niña será muy bien cuidada, tal vez mejor que lo que tú puedes hacer.
—Dios la confió á mi cuidado, repitió Ester esforzando la voz. No la entregaré.
Y entonces, como movida de impulso repentino se dirigió al joven eclesiástico, al Sr. Dimmesdale, á quien, hasta ese momento apenas había mirado, y exclamó:
—¡Habla por mí! Tú eras mi pastor, y tenías mi alma á tu cargo, y me conoces mejor que estos hombres. Yo no quiero perder á mi hija. Habla por mí: tú sabes,—porque estás dotado de la conmiseración de que carecen estos hombres,—tú sabes lo que hay en mi corazón, y cuáles son los derechos de una madre, y que son mucho más poderosos cuando esa madre tiene sólo á su hija y la letra escarlata. ¡Mírala! Yo no quiero perder la niña. ¡Mírala!
Á este llamamiento frenético y singular que indicaba que la posición actual de Ester casi la había privado del juicio, el joven eclesiástico se adelantó pálido y llevándose la mano al corazón, como era su costumbre siempre que su nervioso temperamento le ponía en un estado de suma agitación. Parecía ahora más lleno de zozobra y más extenuado que cuando lo describimos en la escena de la pública ignominia de Ester; y bien sea por lo quebrantado de su salud, ó por otra causa cualquiera, sus grandes ojos negros revelaban un mundo de dolor en la expresión inquieta y melancólica de sus miradas.
—Hay mucha verdad en lo que esta mujer dice,—comenzó el Sr. Dimmesdale con voz dulce y trémula, aunque vigorosa, que resonó en todos los ámbitos del vestíbulo;—hay verdad en lo que Ester dice, y en los sentimientos que la inspiran. Dios le ha dado la niña, y al mismo tiempo un conocimiento instintivo de la naturaleza y las necesidades de ese tierno sér, que parecen muy peculiares, conocimiento que ningún otro mortal puede poseer. Y, además, ¿no hay algo inmensamente sagrado entre las relaciones de esta madre y de esta niña?
—¡Ah! ¿cómo es eso, buen Sr. Dimmesdale?—interrumpió el Gobernador,—os ruego que aclaréis este punto.
—Así tiene que ser,—continuó el joven eclesiástico,—porque, si pensamos de otro modo, ¿no implicaría que el Padre Celestial, el Creador de todas las cosas de este mundo, ha tenido en poco una acción pecaminosa, y no ha dado mucha importancia á la diferencia que existe entre un amor puro y uno impuro? Esta hija de la culpa del padre y la vergüenza de la madre ha venido, enviada por Dios, á influir de varios modos en el corazón de la que ahora con tanta vehemencia y con tal amargura reclama el derecho de conservarla á su lado. Fué creada para una bendición, para la única felicidad de su vida. Fué creada sin duda, como la madre misma nos lo ha dicho, para que fuera también una retribución; un tormento de todas las horas; un dardo, una congoja, una agonía siempre latente en medio de un gozo pasajero. ¿No ha expresado ella este pensamiento en el traje de la pobre niña, que de una manera tan eficaz nos recuerda el símbolo rojo que abrasa su seno?
—¡Bien dicho, bien dicho! exclamó el buen Sr. Wilson. Yo temía que la mujer pensaba solo en hacer de su hija una saltimbanquis.
—¡Oh! no, no; continuó Dimmesdale. La madre, creédmelo, reconoce el solemne milagro que Dios ha operado en la existencia de esa criatura. Pueda también comprender,—lo que es para mí una verdad indiscutible,—que este don, ante todo, tiene por objeto conservar el alma de la madre en estado de gracia y librarla de los abismos profundos del pecado en que de otro modo Satanás la hubiera hundido. Por lo tanto, es un bien para esta pobre mujer pecadora tener á su cargo un alma infantil, un sér capaz de eterna dicha ó de eterna pena,—un sér que sea educado por ella en los senderos de la justicia, que á cada instante le recuerde su caída, pero que al mismo tiempo le haga tener presente, como si fuera una sagrada promesa del Creador, que si la madre educa á la niña para el cielo, la niña llevará también allí á su madre. Y en esto, la madre pecadora es más feliz que el padre pecador. De consiguiente, en beneficio de Ester Prynne, no menos que en el de la pobre niña, dejémoslas como la Providencia ha considerado conveniente situarlas.
—Habláis, amigo mío, con extraña vehemencia,—le dijo el viejo Rogerio con una sonrisa.
—Y tiene gran peso lo que mi joven hermano ha dicho,—agregó el Reverendo Sr. Wilson. ¿Qué dice el muy digno Gobernador? ¿No ha defendido bien los derechos de la pobre mujer?
—Seguramente que sí,—respondió el magistrado,—y ha aducido tales razones, que dejaremos el asunto como está; por lo menos, mientras la mujer no sea objeto de escándalo. Hemos de tener, sin embargo, cuidado de que la niña se instruya contigo en el catecismo, buen Sr. Wilson, ó con el Reverendo Sr. Dimmesdale. Además, á su debido tiempo es preciso ocuparse en que vaya á la escuela y á la iglesia.
Cuando el joven ministro acabó de hablar se alejó unos cuantos pasos del grupo, y permaneció con el rostro parcialmente oculto por los pesados pliegues de las cortinas de la ventana, mientras la sombra de su cuerpo, que la luz del sol hacía proyectar sobre el suelo, estaba toda trémula con la vehemencia de su discurso. Perla, con la viveza caprichosa que la caracterizaba, se dirigió hacia él, y tomándole una de las manos entre las suyas, apoyó en ella su mejilla: caricia tan tierna, y á la vez tan natural, que Ester, al contemplarla, se dijo para sus adentros: "¿Es esa mi Perla?" Sabía, sin embargo, que el corazón de su hija era capaz de amor, aunque éste se revelaba casi siempre de una manera apasionada y violenta; y en el curso de sus pocos años apenas si se había manifestado dos veces con tanta suavidad y ternura como ahora. El joven ministro,—pues excepto las miradas de una mujer que se idolatra, no existe nada tan dulce como estas espontáneas caricias de un niño, que son indicio de que hay en nosotros algo verdaderamente digno de ser amado,—el joven ministro arrojó una mirada en torno suyo, puso la mano en la cabeza de la niña, vaciló un momento, y la besó en la frente. Aquel tierno capricho, tan poco común en el carácter de Perla, no duró mucho tiempo: se echó á reir, y se fué á lo largo del vestíbulo saltando tan ligeramente, que el anciano Sr. Wilson se preguntó si había tocado el pavimento con la punta de los pies.
—Este pequeño traste tiene en sí algo de hechicería,—le dijo á Dimmesdale: no necesita del palo de escoba de una vieja para volar.
—¡Extraña niña!—observó el anciano Rogerio. Es fácil ver lo que hay en ella de su madre. ¿Creeréis por ventura, señores, que esté fuera del alcance de un filósofo analizar la naturaleza de la niña, y por su hechura y modo de ser adivinar quién es el padre?
—No: en tal asunto, sería pecaminoso atenerse á la filosofía profana,—dijo el Sr. Wilson. Vale más entregarse al ayuno y á la oración para resolver el problema; y mucho mejor aún dejar el misterio como está, hasta que la Providencia lo revele cuando lo tenga á bien. De consiguiente, todo buen cristiano tiene el derecho de mostrar la bondad de un padre hacia esta pobre niña abandonada.
Resuelto así el negocio de una manera satisfactoria para Ester, ésta partió con su hija para su cabaña. Cuando descendían las escaleras, se cuenta que se abrió el postigo de la ventana de uno de los cuartos, asomándose el rostro de la Sra. Hibbins, la iracunda hermana del Gobernador, la misma que algunos años después fué ejecutada por bruja.
—¡Eh! ¡Eh! dijo,—dejando ver un rostro de mal agüero que contrastaba con el aspecto alegre de la casa. ¿Quieres venir con nosotros esta noche á la selva? Tendremos allí gentes muy alegres; y he prometido al Hombre Negro que Ester Prynne tomaría parte en la fiesta.
—Servíos disculparme,—respondió Ester con una sonrisa de triunfo. Tengo que regresar á mi casa y cuidar de mi Perlita. Si me la hubieran quitado, entonces habría ido con gusto á la selva en tu compañía, firmando mi nombre en el libro del Hombre Negro, y eso con mi propia sangre.
—Ya te tendremos allí antes de mucho,—dijo la dama bruja, frunciendo el entrecejo y retirándose.
Pero aquí,—si suponemos que este diálogo entre la Sra. Hibbins y Ester es auténtico, y no una fábula,—aquí tenemos ya una prueba de la razón que tuvo el joven eclesiástico en oponerse á que se cortaran los lazos que unen una madre delincuente al fruto de su fragilidad. Ya en esta ocasión el amor de la niña salvó á la madre de las asechanzas de Satanás.
COMO el lector recordará, el nombre de Rogerio Chillingworth ocultaba otro nombre, cuyo antiguo poseedor había resuelto que no se mencionara jamás. Ya se ha referido que en medio de la muchedumbre que presenciaba el castigo ignominioso de Ester, un individuo de edad provecta, recién llegado de las tierras ocupadas por los indios, contempló de repente, expuesta á los ojos del público, como si fuera una imagen viviente del pecado, á la mujer en quien había esperado hallar encarnados la alegría y el calor del hogar. La honra de su esposa la veía pisoteada por todos los circunstantes. Su infamia palpitaba allí, en la plaza pública. Si la noticia llegaba alguna vez á oídos de los parientes y de las compañeras de infancia de aquella mujer, ¿qué otra cosa les quedaría sino el contagio de su deshonra, tanto mayor cuanto más íntimas y sagradas hubieran sido sus relaciones de parentesco? Y en cuanto á él, cuyos lazos de unión con la mujer delincuente habían sido los más estrechos y sagrados que puedan darse, ¿por qué presentarse á reclamar una herencia tan poco apetecible? Resolvió, por lo tanto, no dejarse exponer en la picota de la infamia al lado de la que en un tiempo fué su esposa. Desconocido para todo el mundo, excepto para Ester, y poseyendo los medios de que ésta guardara silencio, escogió borrar su nombre de la lista de los vivos, considerar completamente disueltos sus antiguos lazos é intereses, y, en una palabra, darse por segregado del mundo como si en realidad yaciera en el fondo del océano, donde el rumor público hace mucho tiempo lo había consignado. Una vez realizado este plan, surgirían inmediatamente nuevos intereses y á la vez un nuevo objeto á que consagrar su energía, tenebrosa, es verdad, y acaso criminal, pero de incentivo bastante absorbente para que dedicara á su realización toda la fuerza de sus facultades.
Para llevar á cabo este proyecto, fijó su residencia en la ciudad puritana, bajo el nombre supuesto de Rogerio Chillingworth, sin otra recomendación que sus conocimientos científicos y su inteligencia, de que poseía una suma no común. Como los estudios que hizo en otros tiempos le habían familiarizado con la ciencia médica del día, se presentó como físico, y como tal fué cordialmente recibido. En la colonia eran muy raros los hombres hábiles en medicina ó cirugía. La salud de los vecinos de la buena ciudad de Boston, por lo menos en lo que se refiere á la medicina, había estado hasta entonces confiada á la tutela de un anciano diácono y farmacéutico, cuya piedad y rectitud eran testimonios más convincentes en favor suyo, que los que podría haber presentado bajo la forma de un diploma en regla. El único cirujano era un individuo que unía al ejercicio casual de esa noble profesión, el manejo diario y habitual de la navaja de afeitar.
Para semejante cuerpo facultativo fué Rogerio Chillingworth una adquisición brillante. Pronto manifestó su familiaridad con la ponderosa é imponente maquinaria de la antigua medicina, en la que cada remedio contenía una multitud de extraordinarios y heterogéneos ingredientes, compuestos con tanto trabajo y esmero como si se tratara de obtener el Elixir de Vida. Durante su cautiverio entre los indios, había adquirido un notable conocimiento de las propiedades de las hierbas y raíces indígenas; ni ocultó á sus pacientes que estas simples medicinas, que la sabia naturaleza había dado á conocer al inculto salvaje, merecían su confianza en el mismo grado que la farmacopea de los europeos, en cuya formación se habían empleado tantos siglos y tantos sabios doctores.
Era este erudito extranjero una persona ejemplar, por lo menos en cuanto á las formas externas de la religión, y poco después de su llegada á la colonia escogió al Reverendo Sr. Dimmesdale como guía espiritual. El joven eclesiástico, que había hecho sus estudios en la Universidad de Oxford, donde se conservaba su memoria con respeto, era tenido por sus más ardientes admiradores casi como un apóstol consagrado por el cielo y destinado, si podía trabajar y vivir el término ordinario de la existencia humana, á hacer mucho en beneficio de la Iglesia de la Nueva Inglaterra. En el período en que estamos de nuestra historia, su salud, sin embargo, había empezado evidentemente á decaer. Aquellos que estaban más familiarizados con los hábitos y costumbres de Dimmesdale, creían que la palidez de sus mejillas era el resultado de su celo intenso por el estudio, del escrupuloso cumplimiento de sus deberes religiosos, y más que todo de los ayunos y vigilias que con tanta frecuencia practicaba para impedir que la materia terrenal obscureciera ó disminuyese el brillo de su lámpara espiritual. Algunos declaraban que si el Sr. Dimmesdale estaba realmente á punto de morir tan joven, consistía en que el mundo no era digno de ser hollado por sus pies. Por otra parte, él mismo, con característica humildad, decía que si la Providencia juzgaba conveniente llevárselo de este mundo, sería á causa de su poco mérito para desempeñar la más humilde misión en la tierra. Pero á pesar de la divergencia de opiniones en el particular, lo cierto era que su salud estaba muy quebrantada. Había adelgazado mucho; su voz, aunque todavía sonora y dulce, tenía cierta melancólica expresión de decaimiento; con frecuencia se le veía, al menor ruido ó accidente de poca importancia, llevarse la mano al corazón, con una súbita rubicundez del rostro, seguida de palidez, indicio de dolor.
Tal era el estado del joven Dimmesdale, y tan inminente el peligro de que se extinguiera esa naciente luz del mundo, antes de tiempo, cuando Rogerio Chillingworth llegó á la ciudad. Su primera entrada en escena, sin que se supiera de dónde venía, si era caído del cielo ó si procedía de las regiones inferiores, le daba cierto aspecto de misterio, que fácilmente se convirtió en algo casi milagroso. Se sabía que era un hombre hábil é inteligente; se había observado que recogía hierbas y flores silvestres, que arrancaba raíces, que cortaba ramas de los árboles del bosque, como persona familiarizada con las ocultas virtudes de lo que no tenía ningún valor á los ojos del vulgo. Se le había oído hablar de Sir Kenelm Digby[15] y de otros hombres famosos, cuyos conocimientos en asuntos científicos se consideraban casi sobrenaturales, con quienes se había asociado ó tenido correspondencia. ¿Por qué, ocupando tan alto puesto en el mundo de la ciencia, había venido á la colonia? ¿Qué podría buscar en un país semisalvaje este hombre cuya esfera de acción estaba en las grandes ciudades? En respuesta á esta pregunta, empezó entonces á circular un rumor,—al que, por absurdo que fuera, hasta personas sensatas le daban crédito. Se decía que el cielo había operado un verdadero milagro transportando por el aire, desde una Universidad de Alemania, á un eminente Doctor en Medicina, depositándolo á la puerta del estudio del Sr. Dimmesdale. Personas mucho más sensatas en materias de fe, y que sabían que el cielo alcanza sus fines sin lo que se llama intervención milagrosa, se hallaban inclinadas á ver algo providencial en la llegada tan oportuna de Rogerio Chillingworth.
Daba consistencia á esta idea el gran interés que el físico, como se decía en aquellos tiempos, manifestó desde el principio por el joven eclesiástico, á quién se apegó como uno de sus feligreses; y á pesar de la reserva natural de aquel, trató de ganarse su amistad y su confianza. Manifestó gran alarma por el estado de la salud de su pastor, y también grandes deseos de probar si podía curarle, y no desesperaba de conseguirlo si se emprendía la obra en tiempo. Los funcionarios de la iglesia del Sr. Dimmesdale, así como las damas casadas y las jóvenes y bellas señoritas, sus feligreses, le instaron para que se aprovechara de la habilidad del médico, que tan generosamente se había ofrecido á servirle. El Sr. Dimmesdale, rehusó con dulzura sus instancias.
—No necesito medicina, dijo.
Pero ¿cómo podía hablar así el joven ministro, cuando con cada domingo que pasaba sus mejillas se volvían más pálidas, su rostro más delgado, y su voz más trémula; y cuando ya se había convertido en hábito constante oprimirse el corazón con la mano? ¿Estaba fatigado de sus labores? ¿Deseaba morir? Estas preguntas le fueron solemnemente hechas al Sr. Dimmesdale por los ministros más ancianos de Boston y por los dignatarios de su misma iglesia quienes, para emplear su propio lenguaje, le amonestaron acerca del pecado que cometía en rechazar el auxilio que la Providencia tan manifiestamente le presentaba. Los oyó en silencio y finalmente prometió consultarse con el médico.
—Si fuere la voluntad de Dios,—dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale cuando en cumplimiento de su promesa pidió al anciano Rogerio Chillingworth los auxilios de su profesión,—estaría contento con que mis labores, y mis penas, y mis pecados, terminaran pronto junto con mi existencia, y lo que en mí es terrenal se enterrase en mi sepultura, y lo que es espiritual me acompañara á mi morada eterna, antes que poner á prueba vuestra habilidad en beneficio mío.
—¡Ah!—replicó el médico con aquella calma que, natural ó impuesta, distinguía todas sus maneras,—así es como un joven eclesiástico habla por lo común. La juventud, por lo mismo que no ha echado aun raíces profundas, con facilidad renuncia á la vida. Y los hombres devotos y buenos que siguen en la tierra los preceptos de Dios, con gusto dejarían este mundo para estar á su lado en la Nueva Jerusalén.
—No,—replicó Dimmesdale llevándose la mano al corazón, con una rápida rubicundez en la frente y una contracción de dolor en el rostro,—si yo fuera más digno de ir allí, tendría más satisfacción en trabajar aquí.
—Los hombres buenos siempre se forman de sí propios una idea demasiado mezquina,—dijo el médico.
De esta manera el misterioso Rogerio Chillingworth se convirtió en el consejero médico del Reverendo Sr. Dimmesdale. Como no solamente la enfermedad despertaba el interés del médico, sino también el carácter y cualidades de su paciente, estos dos hombres, tan diferentes en edad, gradualmente llegaron á pasar mucho tiempo juntos. En beneficio de la salud del eclesiástico, y para facilitar al médico la mejor manera de recoger las plantas con propiedades medicinales que le eran necesarias, daban largos paseos á orillas del mar ó por el bosque, mezclando su variada conversación con el rumor y cadencia de las olas, y el solemne murmullo del viento en la copa de los árboles. Con frecuencia también, uno era el huésped del otro; y para el joven ministro había una especie de fascinación en la sociedad del hombre de ciencia, en quien reconocía un desenvolvimiento intelectual de un alcance y profundidad nada comunes, juntamente con una liberalidad y amplitud de ideas que en vano trataría de buscar en los miembros de su profesión. En realidad de verdad, se quedó sorprendido, si no escandalizado, al descubrir esta última cualidad en el médico.
El Sr. Dimmesdale era un verdadero sacerdote, en la significación vasta de esta palabra: un hombre verdaderamente religioso, con el sentimiento de la reverencia muy desarrollado, y con un género de inteligencia que le obligaba á no desviarse de los senderos estrechos de la fe, que cada día se volvía en él más profunda. En ningún estado de la sociedad habría sido lo que se llama hombre de ideas liberales; siempre hubiera necesitado, para la paz de su espíritu, sentir que la fe le rodeaba por todas partes, sosteniéndolo, al mismo tiempo que estrechándolo en un círculo de hierro. Á pesar de esto, si bien con trémulo gozo, experimentaba una especie de desahogo temporal en poder contemplar el universo al través de una inteligencia del todo diferente á aquellas con que habitualmente estaba en contacto. Era como si se hubiere abierto una ventana por donde penetrara un aire más puro en la atmósfera densa y sofocante de su estudio, donde su vida se iba consumiendo á la luz de la lámpara, ó á los rayos del sol que allí penetraban con dificultad, y donde aspiraba solamente el olor enmohecido que se desprende de los libros. Pero aquel aire era demasiado sutil y frío para que pudiese respirarse con seguridad por mucho tiempo; de consiguiente, el eclesiástico, así como el médico, volvieron á entrar en los límites que permite la iglesia para no caer en herejía.
De este modo examinó á su paciente con el mayor esmero y cuidado, no solo como le veía en su vida diaria, sin desviarse del sendero de las ideas y sentimientos que le eran habituales, sino también como se le presentaba cuando, en otro medio diferente tanto moral como intelectual, la novedad de ese medio hacía dar expresión á algo que era igualmente nuevo en su naturaleza. Parece que consideraba esencial conocer al hombre antes de intentar curarle; porque donde quiera que existen combinados corazón é inteligencia, tienen estos cierto influjo en las enfermedades del cuerpo. La imaginación y el cerebro eran tan activos en Arturo Dimmesdale, y tan intensa la sensibilidad, que sus males físicos tenían seguramente origen en aquellos. Por lo tanto, Rogerio Chillingworth,—el hombre hábil, el médico benévolo y amistoso,—trató de sondear primero el corazón de su paciente, rastreando sus ideas y principios, escudriñando sus recuerdos y tentándolo todo con cautelosa mano, como quien busca un tesoro en sombría caverna.
Pocos secretos pueden escapar al investigador que tiene la oportunidad y la licencia de dedicarse á semejante empresa, y posee la sagacidad de llevarla adelante. El hombre que se siente abrumado bajo el peso de un grave secreto, debe evitar especialmente la intimidad de su médico; porque si éste se hallare dotado de natural sagacidad y de cierto no sé qué, á manera de intuición; si no demuestra vanidad importuna, ni cualidades características desagradables; si tiene la facultad innata de establecer tal afinidad entre su inteligencia y la de su paciente, que éste llegue á hablar, con llaneza y por descuido, lo que se imagina haber pensado solamente; si tales revelaciones se reciben en silencio, con una simple mirada de simpatía, ó á lo más con una que otra palabra en que se dé á entender que todo se ha comprendido; y si á estas cualidades necesarias á un confidente se unieren las ventajas que presta la circunstancia de ser médico,—entonces, en un momento inevitable, el alma del paciente se abrirá descubriendo á la luz del día sus más ocultos misterios.
Rogerio Chillingworth poseía todas, ó casi todas las condiciones arriba enumeradas. El tiempo sin embargo transcurría; una especie de intimidad, como ya hemos dicho, se había establecido entre estos dos hombres instruídos é inteligentes; discutían todos los temas relativos á asuntos morales ó religiosos, así como los negocios públicos ó de carácter privado; cada uno hablaba también mucho de materias que parecían puramente personales; y sin embargo, ningún secreto, como el médico imaginó que debía de existir, se escapó de los labios del joven ministro. Tenía, no obstante, la sospecha de que ni siquiera la naturaleza exacta de la enfermedad corporal del Sr. Dimmesdale le había sido revelada. ¡Era una extraña reserva!
Al cabo de algún tiempo, debido á una indicación del médico, los amigos del Sr. Dimmesdale arreglaron las cosas de modo que los dos se alojaran bajo un mismo techo, de manera que el facultativo tuviese más oportunidades de velar por la salud del joven eclesiástico. Gran alegría causó en la ciudad este arreglo. Se creía que era lo más acertado para el bienestar del Sr. Dimmesdale; á menos que, como se lo habían aconsejado repetidas veces los que tenían autoridad para ello, se decidiera á escoger por esposa á una de las muchas señoritas que espiritualmente le eran adictas. Pero por el presente no había esperanzas de que Arturo Dimmesdale se decidiera á hacerlo; había respondido con una negativa á todas las indicaciones de esta naturaleza, como si el celibato sacerdotal fuera uno de sus artículos de fe.[16] Hallándose las cosas en tal estado, parecía que este anciano, sagaz, experimentado y benévolo médico, sobre todo si se tenía además en cuenta el amor paternal y el respeto que profesaba al joven ministro, era la única persona y la más apta para estar constantemente á su lado y al alcance de su voz.
Los dos amigos fijaron su nueva morada en la casa de una piadosa viuda, de buena posición social, la cual asignó al Sr. Dimmesdale una habitación que daba á la calle, bañada por el sol, pero con espesas cortinas en la ventana que suavizaban la luz cuando así se deseaba. Las paredes estaban colgadas con tapices que se decía provenir de los Gobelinos, y representaban la historia de David y de Betsabé, y la del profeta Nathán, como se refiere en la Biblia, con colores aun vivos que daban aspecto de horribles profetisas de desgracias á las bellas figuras femeninas del cuadro. Aquí depositó el pálido eclesiástico su biblioteca, rica en enormes libros en folio forrados en pergamino, que contenían las obras de los Santos Padres, la ciencia de los Rabinos y la erudición de los monjes, de cuyos escritos se veían obligados á servirse con frecuencia los clérigos protestantes por más que los desdeñasen y hasta vilipendiasen. Al fondo de la casa arregló su estudio y laboratorio el anciano médico, no como un hombre científico moderno lo consideraría tolerablemente completo, sino provisto de un aparato de destilar y de los adminículos necesarios para preparar drogas y sustancias químicas, de que el práctico alquimista sabía hacer buen uso. Con una situación tan cómoda, estas dos sabias personas se fijaron cada una de asiento en su respectivo dominio, pero pasando familiarmente de una habitación á otra, manifestando cada uno sumo interés en los negocios del otro, sin llegar sin embargo á los límites de la curiosidad.
Los amigos más sensatos del Reverendo Arturo Dimmesdale, como ya hemos indicado, se imaginaban, muy fundadamente, que la mano de la Providencia había hecho todo esto con el objeto,—demandado en tantas preces, así públicas como privadas,—de restaurar la salud del joven ministro. Pero es preciso decir también que cierta parte de la comunidad había comenzado últimamente á considerar de un modo distinto las relaciones entre el Sr. Dimmesdale y el misterioso y anciano médico. Cuando una multitud ignorante trata de ver las cosas con sus propios ojos, por su cuenta y riesgo, corre grave peligro de engañarse. Sin embargo, cuando forma su juicio, como acontece comunmente, guiada por las enseñanzas de una gran alma, las conclusiones á que llega son con frecuencia tan profundas y tan exactas, que puede decirse que poseen el carácter de verdades reveladas sobrenaturalmente. El pueblo, en el caso de que tratamos, no podía justificar su prevención contra Rogerio Chillingworth con razones ningunas dignas de refutarse. Es verdad que un antiguo artesano que había vivido en Londres treinta años antes de los sucesos que narramos, afirmaba haber visto al médico, aunque con un nombre distinto, que no recordaba, en compañía del Doctor Forman, el famoso y viejo mágico implicado en el asunto del asesinato de Sir Tomás Overbury, que ocurrió por aquel entonces y causó lo que hoy se llama gran sensación. Dos ó tres individuos decían que el físico, durante su cautiverio entre los indios, había aumentado sus conocimientos médicos tomando parte en los encantamientos ó ceremonias mágicas de los sacerdotes salvajes; quienes, como se sabía de fijo, eran hechiceros poderosos que á veces realizaban curas casi milagrosas merced á su pericia en la Magia Negra. Un gran número de individuos,—y muchos de ellos dotados de sensatez, y observadores prácticos, cuyas opiniones en otras materias hubieran sido muy valiosas,—afirmaban que el aspecto externo de Rogerio Chillingworth había experimentado un notable cambio desde que se había fijado en la población, y especialmente desde que vivía bajo el mismo techo que Dimmesdale. La expresión de su rostro tranquila, meditativa y de hombre dedicado al estudio que le caracterizaba al principio, había sido reemplazada por algo maligno y desagradable, que antes no se notaba, pero cuya intensidad se iba aumentando á medida que se le observaba más de cerca y con más frecuencia. Según la idea vulgar, el fuego que ardía en su laboratorio procedía del infierno, y estaba alimentado con sustancias infernales; y por lo tanto, como era de esperarse, su rostro se iba también ennegreciendo más y más con el humo.
Para resumir diremos, que tomó cuerpo la creencia de que el Reverendo Arturo Dimmesdale, á semejanza de otros muchos personajes de especial santidad en todas las épocas de la religión cristiana, se veía tentado por Satanás mismo, ó por un emisario suyo en la persona del viejo Rogerio Chillingworth. Este diabólico agente tenía el permiso divino de gozar por algún tiempo de la intimidad del joven eclesiástico, y de conspirar contra la salvación de su alma; aunque ningún hombre sensato podía dudar por un momento de qué lado quedaría la victoria. El pueblo esperaba, con fe inquebrantable, ver al ministro salir de aquella lucha transfigurado con la gloria que le proporcionaría su triunfo inevitable. Entretanto, era sin embargo muy triste pensar en la mortal agonía por que tenía que pasar antes de salir vencedor.
¡Ay! á juzgar por la tristeza y terror que se revelaban en las miradas del pobre eclesiástico, la batalla estaba siendo muy ruda sin que pudiera decirse que la victoria fuera segura.
EL anciano médico había sido durante toda su vida un hombre de temperamento tranquilo y benévolo, aunque no de afectos muy calurosos, y siempre puro y honrado en todos sus tratos con el mundo. Había comenzado ahora una investigación con la severa é imparcial integridad de un juez, como él se imaginaba, deseoso tan sólo de hallar la verdad, como si se tratara de un problema geométrico, y no de las pasiones humanas y de las ofensas de que él era víctima. Pero á medida que procedía en su labor, una especie de terrible fascinación, una necesidad imperiosa é ineludible se apoderó del anciano Rogerio, y no le dejó paz ni reposo mientras no hubo hecho todo lo que creía de su deber. Sondeaba ahora el corazón del pobre ministro como un minero cava la tierra en busca de oro; ó un sepulturero una fosa en busca de una joya enterrada con un cadáver, para encontrar al fin solamente huesos y corrupción. ¡Ojalá que, para beneficio de su alma, hubiera sido esto lo que Chillingworth buscaba!
Á veces en los ojos del médico brillaba un fulgor ominoso á manera del reflejo de una hoguera infernal, como si el terreno en que trabajaba este sombrío minero le hubiese dado indicios que le hicieran concebir fundadas esperanzas de hallar algo valioso.
—Este hombre,—se decía en tales momentos allá para sus adentros,—este hombre tan puro como lo juzgan, que parece todo espíritu, ha heredado una naturaleza animal, muy fuerte, de su padre ó de su madre. Ahondemos un poco más en esta dirección.
Entonces, después de escudriñar minuciosamente el alma del joven clérigo, y de descubrir muchos materiales preciosos en la forma de elevadas aspiraciones por el bienestar de la raza humana, amor ferviente de las almas, sentimientos puros, piedad natural fortalecida por la meditación y el estudio, é iluminada por la revelación,—todo lo cual, si bien oro de muchos quilates, no tenía valor ninguno para el escudriñador médico,—éste, aunque desalentado, empezaba sus investigaciones en otra dirección. Se deslizaba á hurtadillas, con pisadas tan cautelosas y aspecto tan precavido como un ladrón que penetra en una alcoba donde hay un hombre medio dormido, ó quizá completamente despierto, con el objeto de hurtar el tesoro mismo que este hombre guarda como la niña de sus ojos. Á pesar de todas sus precauciones y cuidado, el pavimento crujía de vez en cuando; sus vestidos formaban ligero ruido; la sombra de su figura, en una proximidad no permitida, casi envolvía á su víctima. El Sr. Dimmesdale, cuya sensibilidad nerviosa era frecuentemente para él una especie de intuición espiritual, tenía á veces una vaga idea de que algo, enemigo de su paz, se había puesto en medio de su camino. Pero el viejo médico poseía también percepciones que eran casi intuitivas; y cuando el ministro le dirigía entonces una mirada de asombro, el médico se sentaba tranquilamente sin decir palabra como su amigo benévolo, vigilante y afectuoso, aunque no importuno.
Sin embargo, el Sr. Dimmesdale acaso se habría dado más perfecta cuenta del carácter de este individuo, si cierto sentimiento mórbido, á que están expuestas las almas enfermas, no le hubiera hecho concebir sospechas de todo el género humano. No confiando en la amistad de hombre alguno, no pudo reconocer á un enemigo cuando éste realmente se presentó. Por lo tanto, continuaba manteniendo su trato familiar con el médico, recibiéndole diariamente en su estudio, ó visitándole en su laboratorio, y, por vía de recreo, prestando atención á los procedimientos por medio de los cuales se convertían las hierbas en drogas poderosas.
Un día, con la frente reclinada en la mano, y el codo en el antepecho de la ventana que daba á un cementerio cerca de la casa, hablaba con el médico, mientras éste examinaba un manojo de plantas de fea catadura.
—¿Dónde,—le dijo, contemplando de soslayo las plantas, pues rara vez miraba ahora frente á frente ningún objeto, ya fuera humano ó inanimado,—dónde, buen Doctor, habéis recogido esas hierbas de hojas tan negras y lacias?
—En el cercano cementerio,—respondió el médico continuando en su ocupación. Son nuevas para mí. Crecían sobre una fosa sin lápida sepulcral, ni sin ningún otro signo que conserve la memoria del muerto, excepto estas feas hierbas. Parece que brotaban de su corazón, como si simbolizaran algún horrible secreto sepultado con él y que habría hecho mucho mejor en confesar durante su vida.
—Quizá,—replicó el Sr. Dimmesdale,—lo deseó ardientemente, pero no le fué dado hacerlo.
—Y ¿por qué?—dijo el médico,—¿por qué no hacerlo, cuando todas las fuerzas de la naturaleza demandan de tal manera la confesión de la culpa, que hasta estas hierbas negras han salido de un corazón enterrado, para que quede manifiesto un crimen que no se reveló?
—Eso, buen señor, no pasa de ser una fantasía vuestra. Si no me equivoco, solo el poder de la Divinidad alcanza á descubrir, ya por medio de palabras proferidas, ó por signo, ó emblema, los secretos que pudieran estar sepultados en un corazón humano. El corazón que se hace reo de tales secretos, tiene por fuerza que conservarlos, hasta el día en que todas las cosas ocultas se revelarán. Ni he leído ó interpretado las Sagradas Escrituras de modo que me hagan comprender que el descubrimiento de los hechos ó pensamientos humanos que entonces ha de verificarse, deba formar parte de la retribución. Esto sería seguramente una manera muy superficial de ver las cosas. No; estas revelaciones, á no ser que yo me equivoque muy mucho, sirven sólo para aumentar la satisfacción intelectual de todos los seres racionales que en ese día estarán esperando ver la explicación del sombrío problema de la vida. Para que sea completa en todas sus partes la resolución de ese problema, será necesario un conocimiento del corazón de los hombres. Y yo creo, además, que los corazones que encierran esos tristes secretos de que habláis, lo darán á conocer en ese día postrimero, no con repugnancia, sino con alegría inexplicable.
—Entonces ¿por qué no revelarlos aquí?—preguntó el médico mirando de soslayo y tranquilamente al ministro—¿por qué los culpables no se aprovechan cuanto antes de este gozo indecible?
—La mayor parte lo hacen,—dijo Dimmesdale llevándose la mano al pecho como si fuera presa de repentino dolor. Más de una infeliz alma ha depositado en mí su secreto, no solo en el lecho de muerte, sino en la plenitud de la existencia y del goce de una buena reputación. Y siempre, después de una confesión semejante, ¡oh! ¡qué aspecto de interna tranquilidad he visto reflejarse en el rostro de esos hermanos que habían errado en la senda del deber! Y ¿cómo podría ser de otro modo? ¿Por qué habría de preferir un hombre culpable, por ejemplo, de asesinato, conservar el cadáver enterrado en su propio corazón, más bien que arrojarlo lejos de sí de una vez y por siempre, para que el mundo lo tome por su cuenta?
—Sin embargo, algunos hombres entierran sus secretos de esta manera,—observó el tranquilo médico.
—Sí, es cierto; existen semejantes hombres,—contestó el Sr. Dimmesdale. Pero, por no presentar otras razones más obvias, pudiera ser que no desplieguen los labios á causa de la constitución misma de su naturaleza. Ó—¿por qué no suponerlo?—por culpables que fueren, como todavía abrigan verdadero celo por la gloria de Dios y el bienestar de sus semejantes, les arredra acaso la idea de presentarse manchados y culpables ante los ojos de los hombres, pues temen que en lo futuro nada bueno podrá esperarse de ellos, ni podrán redimir por medio de buenas obras el mal que hubieren hecho. De consiguiente, para su propio é indecible tormento, se mueven entre sus semejantes, al parecer puros como la nieve recién caída, mientras sus corazones están todo tiznados y manchados con iniquidad de que no pueden deshacerse.
—Estos hombres se engañan á sí propios,—dijo el médico con alguna más vehemencia de la que le era natural, y haciendo un signo ligero con el dedo índice,—temen echarse sobre sí la ignominia que de derecho les pertenece. Su amor á los hombres, su celo en el servicio de Dios, todos estos santos impulsos, pueden ó no existir en sus corazones á la par de las iniquidades á que sus faltas han dado cabida, y que necesariamente engendrarán en ellos productos infernales. Pero no eleven al cielo sus manos impuras si trataren de glorificar á Dios. Si quieren servir á sus semejantes, háganlo dejando ver de un modo patente el poder y realidad de la conciencia, humillándose voluntariamente y haciendo penitencia. ¿Querrás hacerme creer, ¡oh sabio y piadoso amigo! que un falso exterior puede hacer más por la gloria de Dios ó el bienestar de los hombres, que la pura y simple verdad? Créeme, esos hombres se engañan á sí mismos.
—Tal vez sea así,—dijo el joven ministro con aire indiferente, como esquivando una discusión que consideraba poco del caso ó no muy razonable; pues poseía en alto grado la facultad de desentenderse de un tema que agitara su temperamento demasiado nervioso y sensible. Tal vez sea así, continuó, pero ahora quiero preguntar á mi hábil médico si cree en realidad que me ha sido de provecho el bondadoso cuidado que viene teniendo de esta mi débil máquina humana.
Antes que el médico pudiera responder, oyeron la risa clara y alocada de un labio infantil en el cementerio contiguo. Mirando instintivamente por la ventana entreabierta, pues era verano, el joven ministro vió á Ester y á Perla en el sendero que atravesaba el recinto sepulcral. Perla lucía tan bella como la luz de la aurora, pero se encontraba precisamente en uno de esos accesos de alegría maligna, que cuando se presentaban, parece como que la segregaban por completo de todo lo que era humano. Iba saltando sin respeto alguno de sepultura en sepultura, hasta que llegó á una cubierta con una gran lápida en que había grabado un escudo de armas, y se puso á bailar sobre ella. En respuesta á las amonestaciones de su madre, la niña se detuvo un momento para arrancar los espinosos capullos de una cardencha que crecía junto á la tumba. Tomando un puñado de capullos, los fué prendiendo á lo largo de las líneas de la letra escarlata que decoraba el pecho de su madre, á la que se quedaron tenazmente adheridos. Ester no se los arrancó.
El médico que, entretanto, se había acercado á la ventana, dirigió una mirada al cementerio, y sonrió amargamente.
—En la naturaleza de esa niña,—dijo tanto para sí como dirigiéndose á su compañero,—no hay ni ley, ni reverencia por la autoridad, ni consideración á las opiniones y costumbres de los demás, sean buenas ó malas. Días pasados la ví rociar con agua al Gobernador mismo en el bebedero para el ganado. ¿Qué es esta niña, en fin, en nombre del cielo? ¿Es un trasgo completamente perverso? ¿Tiene afectos de alguna clase? ¿Tiene algún principio patente?
—Ninguno, excepto la libertad que proviene del quebrantamiento de una ley,—respondió el Sr. Dimmesdale con reposado acento, como si hubiera estado discutiendo este asunto consigo mismo. Si es capaz de algo bueno, no lo sé.
Probablemente la niña oyó la voz de estos hombres, porque alzando con inteligente y maliciosa sonrisa los ojos hacia la ventana, arrojó uno de los capullos espinosos al Reverendo Sr. Dimmesdale, quien con nerviosa mano y cierto temor trató de esquivar el proyectil. Perla, notando su inquietud, palmoteó con la alegría más extravagante. Ester también había alzado los ojos involuntariamente; y todas estas cuatro personas, viejos y jóvenes, se miraron unos á otros en silencio, basta que la niña prorrumpió en una carcajada, y gritó:
—Vámonos, madre; vámonos, ó ese viejo Hombre Negro que está ahí te atrapará. Ya se ha apoderado del ministro. Vámonos, madre, vámonos, ó te atrapará también. Pero no puede atrapar á Perlita.
É hizo partir á su madre, saltando, bailando, retozando fantásticamente entre los túmulos de los muertos, como criatura que nada tuviese de común con las generaciones allí enterradas, ni aun el más remoto parentesco con ellas. Parecía como si hubiera sido creada de nuevos elementos, debiendo por lo tanto vivir forzosamente una existencia aparte, con leyes propias y especiales, sin que pudieran considerarse un crimen sus excentricidades.
—Ahí va una mujer,—prosiguió el médico después de una pausa,—que sean cuales fueren sus faltas, no tiene nada de esa misteriosa corrupción oculta que creéis debe ser tan dura de llevar. ¿Pensáis acaso que Ester Prynne es menos infeliz á causa de esa letra escarlata que ostenta en el seno?
—Así lo creo,—replicó el ministro. Sin embargo, no puedo responder por ella. Hay en su rostro una expresión de dolor, que hubiera deseado no haber visto. Creo, no obstante, que es mucho mejor para el paciente hallarse en libertad de mostrar su dolor, como acontece con esta pobre Ester, que no llevarlo oculto en su corazón.
Hubo otra pausa; y el médico empezó de nuevo á examinar y á arreglar las plantas que había recogido.
—Me preguntásteis, no ha mucho, dijo, mi opinión acerca de vuestra salud.
—Así lo hice,—respondió Dimmesdale,—y me alegraría conocerla. Os ruego que habléis francamente, sea cuál fuere vuestra sentencia.
—Pues bien, con toda franqueza y sin rodeos,—dijo el médico ocupado aun en el arreglo de sus hierbas, pero observando con circunspección al Sr. Dimmesdale,—la enfermedad es muy extraña; no tanto en sí misma, ó en su manera de manifestarse exteriormente, á lo menos hasta donde puedo juzgar por los síntomas que me ha sido dado observar. Viéndoos diariamente, mi buen señor, y habiendo estudiado durante meses los cambios de vuestra fisonomía, podría quizás consideraros un hombre bastante enfermo, aunque no tan enfermo que un médico instruído y vigilante no abrigara la esperanza de curar. Pero—no sé qué decir,—la enfermedad parece serme conocida, y sin embargo no la conozco.
—Estáis hablando en enigmas, mi sabio señor, dijo el pálido ministro mirando por la ventana hacia afuera.
—Entonces, para hablar con más claridad,—continuó el médico, y os pido perdón, si es necesario que se me perdone la franqueza de mi lenguaje,—permitidme que os pregunte,—como amigo vuestro, á cuyo cargo ha puesto la Providencia vuestra vida y bienestar físico,—si me habéis expuesto y referido completamente todos los efectos y síntomas de esta enfermedad.
—¿Cómo podéis hacerme semejante pregunta?—replicó el ministro. Sería ciertamente un juego de niños llamar á un médico y ocultar la llaga.
—Me dais, pues, á entender que lo sé todo,—dijo Rogerio Chillingworth con acento deliberado y fijando en el ministro una mirada perspicaz, llena de intensa y concentrada inteligencia. Así será; pero aquel á quien se le expone solamente el mal físico y externo, á veces no conoce sino la mitad del mal para cuya curación se le ha llamado. Una enfermedad del cuerpo, que consideramos un todo completo en sí mismo, puede acaso no ser sino el síntoma de alguna perturbación puramente espiritual. Os pido de nuevo perdón, mi buen amigo, si mi lenguaje os ofende en lo más mínimo; pero de todos los hombres que he conocido, en ninguno, como en vos, la parte física se halla tan completamente amalgamada é identificada, si se me permite la expresión, con la parte espiritual de que aquella es el mero instrumento.
—En ese caso no necesito haceros más preguntas,—dijo el ministro levantándose un tanto precipitadamente de su asiento. No creo que tengáis á vuestro cargo la cura de almas.
—Esto hace,—continuó el médico sin alterar la voz, ni fijarse en la interrupción, pero poniéndose en pie frente al extenuado y pálido ministro,—que una enfermedad, que un lugar llagado, si podemos llamarlo así, en vuestro espíritu, tenga inmediatamente su manifestación adecuada en vuestra forma corpórea. ¿Quisiérais que vuestro médico curara el mal físico? Pero ¿cómo podrá hacerlo sin que primero le dejéis ver la herida ó pesadumbre de vuestra alma?
—¡No!—¡no á tí!—no á un médico terrenal!—exclamó el Sr. Dimmesdale con la mayor agitación y fijando sus ojos grandemente abiertos, brillantes, y con una especie de fiereza, en el viejo Rogerio Chillingworth. ¡No á tí! Pero si fuere una enfermedad del alma la que tengo, entonces me pondré en manos del único Médico del alma; él puede curar ó puede matar según juzgue más conveniente. Haga conmigo en su justicia y sabiduría lo que crea bueno. Pero ¿quién eres tú, que te mezclas en este asunto? ¿Tú, que te atreves á interponerte entre el paciente y su Dios?
Y con ademán furioso salió á toda prisa de la habitación.
—Me alegro de haber dado este paso,—se dijo el médico para sus adentros, siguiendo con las miradas al ministro y con una grave sonrisa. Nada hay perdido. Seremos amigos de nuevo y pronto. Pero ved ¡cómo la cólera se apodera de este hombre y lo pone fuera de sí! Y lo mismo que acontece con un sentimiento acontece con otro. Este piadoso Sr. Dimmesdale ha cometido antes de ahora una falta, en un momento de ardiente arrebato.
No fué difícil restablecer la intimidad de los dos compañeros, en el mismo estado y condición que antes. El joven ministro, después de unas cuantas horas de soledad, comprendió que el desorden de sus nervios le había hecho incurrir en una explosión de ira, sin que en las palabras del médico hubiera habido algo que pudiera disculparle. Se maravilló de la violencia con que había tratado al bondadoso anciano, cuando no hacía más que emitir una opinión y dar un consejo que eran parte de su deber como médico, y que él mismo había solicitado expresamente. Lleno de estas ideas de arrepentimiento, no perdió tiempo en darle la más completa satisfacción, y en suplicar á su amigo que continuase con su tarea y cuidados, que si no llegaban á restablecer completamente su salud, habían sido indudablemente parte á prolongar su débil existencia hasta aquella hora. El anciano Rogerio accedió fácilmente, y continuó su vigilancia médica, haciendo cuanto podía en beneficio del ministro, con la mayor buena fe, pero saliendo siempre de la habitación del paciente, después de una entrevista facultativa, con una sonrisa misteriosa y extraña en los labios. Esta expresión era invisible en la presencia de Dimmesdale, pero se volvía más intensa cuando el médico cruzaba el umbral.
—¡Un caso extraño!—murmuraba. Necesito escudriñarlo más profundamente. ¡Rara simpatía entre alma y cuerpo! Aunque no fuera más que en beneficio de la ciencia, tengo que investigar este asunto á fondo.
Poco tiempo después de la escena arriba referida, aconteció que el Reverendo Sr. Dimmesdale, al mediodía, y enteramente de improviso, cayó en profundísimo sueño mientras, sentado en su sillón, estaba leyendo un volumen en folio que yacía abierto sobre la mesa. La intensidad del reposo del ministro era tanto más notable, cuanto que era una de esas personas de sueño por lo común ligero, no continuado, y fácil de interrumpirse por la menor causa. Pero su espíritu no estaba tan hondamente aletargado, que le impidiera moverse en el sillón cuando el anciano médico, sin ningunas precauciones extraordinarias, entró en el cuarto. Chillingworth se dirigió sin vacilar á su enfermo amigo, y poniendo la mano en el seno de éste, echó á un lado el vestido que lo había mantenido cubierto siempre, aún á las miradas del facultativo.
Entonces fué cuando el Sr. Dimmesdale se estremeció y hasta se movió ligeramente.
Después de una breve pausa el médico se retiró. ¡Pero con qué feroz mirada de sorpresa, de alegría y de horror! ¡Con qué siniestro placer, demasiado intenso para que pudiera hallar plena expresión en sus miradas y facciones, y que por lo tanto se esparció por toda la fealdad de su rostro y cuerpo, manifestándose por medio de extravagantes gestos y ademanes, ya levantando los brazos hacia el cielo, ya golpeando el suelo con los pies! Si alguien hubiera podido ver en aquel momento de éxtasis al viejo Rogerio Chillingworth, no tendría que preguntarse cómo se comporta Satanás cuando logra que se pierda un alma preciosa para el cielo y la gana para el infierno.
Pero lo que distinguía el éxtasis del médico del que experimentaría Satanás, era la expresión de asombro que lo acompañaba.
DESPUÉS del suceso últimamente referido, las relaciones entre Dimmesdale y el médico, aunque en apariencia las mismas, eran en realidad de un carácter distinto al que habían tenido antes. El médico veía ahora una senda bien sencilla que seguir, aunque no precisamente la que él se había trazado. Á pesar de lo tranquilo, apacible y frío que parecía, era de temerse que existiera en él un fondo de malignidad, hasta entonces latente, pero ahora activa, que le impulsaba á imaginar una venganza más íntima que la que ningún otro mortal hubiera tomado jamás de su enemigo. Aspiró á convertirse en el amigo fiel á cuyo corazón se confiara todo el temor, el remordimiento, la agonía, el arrepentimiento inútil, la repetida invasión de ideas pecaminosas que en vano había querido rechazar. Todo aquel dolor culpable, oculto á las miradas del mundo y del que éste se habría compadecido y le habría perdonado, debía revelársele á él, el Implacable, á él, que no perdonaría jamás. ¡Todo aquel tenebroso secreto tenía que mostrarse precisamente al hombre á quien ninguna otra cosa podría colmar, como esta y de una manera tan completa, el deseo de venganza!
La natural reserva y esquivez del joven ministro había sido un obstáculo para este plan. El médico, sin embargo, no estaba dispuesto á darse por satisfecho con el aspecto que, casi providencialmente, tomó el asunto en sustitución á los negros planes que él se trazara. Podía decir que se le había hecho una revelación; y poco le importaba que su procedencia fuera celestial ó infernal. Gracias á esa inesperada revelación, en todas sus relaciones subsecuentes con el Sr. Dimmesdale, parecía que lo más recóndito del alma del joven ministro estaba visible á los ojos del médico para que pudiese observar y estudiar sus más íntimas emociones. Desde entonces se convirtió, no sólo en espectador, sino también en actor principal de lo que pasaba en lo más recóndito del pecho del pobre ministro. Podía hacer de él lo que quisiera. Si se le antojaba despertarle con una sensación de agonía, ahí estaba su víctima sobre el potro del tormento. Sólo necesitaba mover ciertos resortes de su alma, que el médico conocía perfectamente. ¿Quería estremecerle con un súbito temor? Como si obedeciese á la varilla de un mágico prodigioso, surgían mil visiones de formas diferentes, que giraban en torno del infeliz eclesiástico con los dedos apuntando á su pecho.
Todo esto lo ejecutaba con tan perfecta sutileza, que el ministro, aunque constantemente con una vaga percepción de que algo maligno le estaba vigilando, nunca pudo darse cuenta exacta de su verdadera naturaleza. Es cierto que miraba con duda y temor, y aun á veces con espanto é intensa aversión, al viejo médico. Sus gestos, sus movimientos, su barba gris, sus acciones más insignificantes é indiferentes, hasta el corte y la moda de su traje, le eran odiosos: señal todo de una antipatía en el corazón del ministro más profunda de lo que él se hallaba dispuesto á confesarse á sí mismo. Y como era imposible asignar una causa á tal desconfianza y aversión, el Sr. Dimmesdale, con la conciencia de que el veneno de algún punto mórbido en su espíritu le estaba inficionando todo el corazón, atribuía á esto todos sus presentimientos. Se empeñó, pues, en curarse de sus antipatías hacia el viejo médico, y sin parar mientes en lo que debía haber deducido de ellas, hizo cuanto pudo para extirparlas. Siéndole imposible conseguirlo, continuó sus hábitos de relaciones familiares con el anciano, proporcionándole de este modo oportunidades constantes para que el vengativo médico,—pobre y mísera criatura más infeliz que su víctima,—consiguiese el fin á que había dedicado toda su energía.
Mientras padecía corporalmente, con el alma corroída y atormentada por alguna causa tenebrosa, y entregado por completo á las maquinaciones de su más mortal enemigo, el Reverendo Sr. Dimmesdale había ido alcanzado una brillante popularidad en su sagrado ministerio. En gran parte la obtuvo seguramente merced á sus padecimientos. Sus dotes intelectuales, sus percepciones morales, su facultad de comunicar á otros las emociones que él mismo experimentaba, le mantenían en un estado de actividad sobrenatural debido á la angustia é inquietud de su vida diaria. Su fama, aunque todavía en constante ascenso, había dejado ya en la sombra las reputaciones menos brillantes de algunos de sus colegas, entre los cuales se contaban hombres que habían empleado en adquirir sus conocimientos teológicos muchos más años que los que tenía de edad el Sr. Dimmesdale, y que por lo tanto deberían de hallarse mucho más llenos de sólida ciencia que su joven compañero. Había otros dotados de más tenaz empeño, de mayor peso y gravedad, cualidades que, unidas á cierta dosis de conocimientos teológicos, constituye una variedad eficiente y altamente digna de respeto, aunque poco amable, de la especie clerical. Otros había, verdaderos Santos Padres, cuyas facultades se habían desenvuelto con el paciente, constante é infatigable estudio de los libros, y cuya pureza de vida puede decirse que los había puesto en comunicación espiritual con un mundo superior. Pero todos estos hombres carecían de aquel don divino que descendió sobre los discípulos del Señor en lenguas de llamas el día de Pentecostés, simbolizando, no solo la facultad de hablar en idiomas extraños y desconocidos, sino la de dirigirse á todo el género humano en el idioma propio del corazón. Todos estos ministros, por lo demás muy apostólicos, carecían de ese don divino de una lengua de llamas. Vanamente habrían procurado, dado el caso que lo intentaran, expresar las verdades más sublimes por medio de voces é imágenes familiares.
Probablemente que á esta clase pertenecía el Sr. Dimmesdale tanto por temperamento como por educación. Se habría remontado á las altas cimas de la fe y de la santidad, á no habérselo impedido el peso del crímen, de la angustia, ó de lo que fuere, que le arrastraba hacia abajo. Este peso,—no obstante ser él un hombre de etéreos atributos cuya voz hubieran escuchado tal vez los mismos ángeles,—le mantenía al nivel de los más humildes; pero al mismo tiempo le ponía en más íntima relación con la humanidad pecadora, de modo que su corazón vibraba al unísono del de ésta, comprendiendo sus dolores, y haciendo compartir los suyos propios á millares de corazones, por medio de su elocuencia melancólica y persuasiva, aunque á veces terrible. El pueblo culpable conocía el poder que de tal modo lo conmovía. Las gentes pensaban que el joven ministro era un milagro de santidad: se imaginaban que por su boca hablaba el cielo, ya para consolarlas, ya para reprobarlas ó bien para decirles palabras de amor ó de sabiduría. Á sus ojos, el terreno que pisaba estaba santificado. Las jóvenes doncellas de su iglesia se volvían cada vez más pálidas en torno suyo, víctimas de una pasión tan llena de sentimiento religioso, que imaginaban ser todo solamente religión, y la ofrecían públicamente al pie de los altares como el más aceptable de los sacrificios. Los miembros ancianos de su feligresía, contemplando la delicada constitución física del Sr. Dimmesdale, y comparándola con el vigor de las suyas, á pesar de la diferencia de edad, creían que les precedería en su viaje á la región celestial, y recomendaban á sus hijos que enterrasen sus viejos restos junto á la santa fosa del joven ministro. Y mientras tanto, cuando el infortunado Sr. Dimmesdale pensaba en su sepultura, se preguntaba si sería posible que la hierba creciera sobre ella, puesto que allí había de enterrarse una cosa maldecida.
¡Es inconcebible la angustia de que le llenaba esta veneración pública! Adorar la verdad era en él un impulso genuino, así como considerar vacío, vano y completamente desprovisto de todo peso y valor, lo que no estaba vivificado por la verdad. ¿Qué era él, pues? ¿Algo corpóreo, ó la más impalpable de las sombras? Anhelaba, por lo tanto, hablar una vez por todas desde lo alto de su púlpito, y decir en alta voz, ante todo el mundo, lo que él en realidad era:—"Yo, á quien veis vestido con este negro traje del sacerdocio;—yo, que asciendo al sagrado púlpito y levanto hacia el cielo el rostro pálido tratando de ponerme en relación, en nombre vuestro, con el Todopoderoso;—yo, en cuya vida diaria creéis discernir la santidad de Enoch;—yo, cuyas pisadas, como suponéis, dejan una huella luminosa en mi sendero terrenal, que servirá á los peregrinos que vengan después de mí para guiarlos á la región de los bienaventurados;—yo, que he puesto el agua del bautismo sobre la cabeza de vuestros hijos;—yo, que he repetido las últimas preces por las almas de los que han partido para siempre;—yo, vuestro pastor, á quien tanto reverenciáis y en quien tanto confiáis, yo no soy más que una mentira y una profanación."
Más de una vez el Reverendo Dimmesdale había subido al púlpito con el firme propósito de no descender hasta haber pronunciado palabras como las anteriores. Más de una vez se había limpiado la garganta, y tomado largo, profundo y trémulo aliento para librarse del tenebroso secreto de su alma. Más de una vez,—no, más de cien veces,—había realmente hablado. ¡Hablado! Pero ¿cómo? Había dicho á sus oyentes que él era un sér completamente abyecto, el más abyecto entre los abyectos, el peor de los pecadores, una abominación, una cosa de iniquidad increíble; y que lo único digno de sorpresa era que no viesen su miserable cuerpo calcinarse en su presencia por la ardiente cólera del Todopoderoso. ¿Podía darse un lenguaje más claro que éste? ¿No se levantarían los oyentes de sus asientos, por impulso simultáneo, y le harían descender del púlpito que estaba contaminando con su presencia? No; de ningún modo. Todos oyeron eso, y todos le reverenciaron mucho más. No tenían la menor sospecha del terrible alcance de estas palabras con que él mismo se condenaba. "¡El excelente joven!—se decían unos á otros. ¡El santo sobre la tierra! ¡Ay! si en la pureza de armiño de su alma puede él percibir semejante iniquidad, ¡qué horrible espectáculo no verá en la tuya ó en la mía!"
Bien sabía Dimmesdale,—hipócrita sutil, aunque lleno de remordimientos,—de qué modo se consideraría esta vaga confesión. Había tratado de forjarse una especie de ilusión, exponiendo al público el espectáculo de una conciencia culpable, pero consiguió solamente recargarse con un nuevo pecado, y agregar una nueva vergüenza á la antigua, sin obtener siquiera el momentáneo consuelo de engañarse á sí mismo. Había hablado la pura verdad, transformándola sin embargo en la falsedad más completa. Y no obstante esto, por instinto, por educación, por principios, amaba la verdad y aborrecía la mentira como pocos hombres. Pero ante todas cosas, y más que todo, se detestaba á sí propio.
Sus angustias íntimas le habían llevado á adoptar prácticas más en armonía con las de la iglesia católica, que no con las de la protestante en que había nacido y se había educado. Encerrándose en su alcoba, bajo llave, se entregaba al empleo de la disciplina en su enfermo cuerpo. Con frecuencia este ministro protestante y puritano se las había aplicado á las espaldas, riéndose amargamente de sí mismo al mismo tiempo, y fustigándose aun más implacablemente á causa de esta risa amarga. Como otros muchos piadosos puritanos tenía por costumbre ayunar; aunque no como ellos para purificar el cuerpo y hacerlo más digno de la inspiración celestial, sino de una manera rigorosa, hasta que le temblaban las rodillas, y como un acto de penitencia. Pasaba también en vela noche tras noche, algunas veces en completa obscuridad; otras alumbrado sólo por la luz vacilante de una lámpara; y otras contemplándose el rostro en un espejo iluminado por la luz más fuerte que le era posible obtener, simbolizando de este modo el constante examen interior con que se torturaba, pero con el cual no podía purificarse.
En estas prolongadas vigilias su cerebro se turbaba, y entonces creía ver visiones que flotaban ante sus ojos; quizás las percibía confusamente á la débil luz que de ellas irradiaba, en la parte más remota y obscura de su habitación, ó más distintamente, y á su lado, reflejándose en el espejo. Ya era una manada de formas diabólicas que hacían visajes al pálido ministro, mofándose de él é invitándole á seguirlas; ya un grupo de brillantes ángeles que se remontaban al cielo, llenos de dolor, tornándose más etéreos á medida que ascendían. Ó eran los amigos de su juventud, ya muertos, y su padre, de blanca barba, frunciendo piadosamente el entrecejo, y su madre, que le volvía el rostro al pasar por su lado. ¡Espíritu de una madre! Creo que habría arrojado una mirada de compasión á su hijo. Y luego, al través de la habitación que hacían tan horrible estas visiones espectrales, se deslizó Ester Prynne, llevando de la mano á Perlita, en su traje color de escarlata, y señalando con el índice, primeramente la letra que brillaba en su seno, y luego el pecho del joven eclesiástico.
Ninguna de estas visiones le engañó jamás por completo. En cualquier instante, con un esfuerzo de su voluntad, podía convencerse de que no eran sustancias corpóreas sino creaciones de su inquieta imaginación; pero á pesar de todo, en cierto sentido, eran las cosas más verdaderas y reales con que el pobre ministro tenía ahora que hacer. En una vida tan falsa como la suya, el dolor más indecible consistía en que las realidades que nos rodean, destinadas por el cielo para sustento y alegría de nuestro espíritu, se veían privadas de lo que constituye su propia vida y esencia. Para el hombre falso, el universo entero es falso, impalpable, y todo lo que palpa se convierte en nada. Y él mismo, mostrándose bajo un falso aspecto, se convierte en una sombra, ó acaso cesa de existir. La única verdad que continuaba dando al Sr. Dimmesdale una existencia real en este mundo, era la agonía latente en lo más recóndito de su alma, y la no disfrazada expresión de la misma en todo su aspecto exterior. Si hubiera hallado una vez la facultad de sonreir, y presentar un rostro alegre, no habría sido el hombre que era.