Ya para este tiempo había llegado á su morada, cerca del cementerio, y subiendo apresuradamente las escaleras se refugió en su estudio. Mucho se alegró el ministro de verse al fin en este asilo, sin haberse vendido él mismo cometiendo una de esas extrañas y malignas excentricidades, á que había estado continuamente expuesto, mientras atravesaba las calles de la población. Entró en su cuarto, y dió una mirada alrededor examinando los libros, las ventanas, la chimenea para el fuego, y los tapices, experimentando la misma sensación de extrañeza que le había acosado durante el trayecto desde la selva á la ciudad. En esta habitación había estudiado y escrito; aquí había ayunado y pasado las noches en vela, hasta quedar casi medio muerto de fatiga y debilidad; aquí se había esforzado en orar; aquí había padecido mil y mil tormentos y agonías. Allí estaba su Biblia, en el antiguo y rico hebreo, con Moisés y los Profetas que le hablaban constantemente, y resonando en toda ella la voz de Dios. Allí, sobre la mesa, con la pluma al lado, había un sermón por terminar, con una frase incompleta tal como la dejó cuando salió á hacer su visita dos días antes. Sabía que él era el mismo, el ministro delgado de pálidas mejillas que había hecho y sufrido todas estas cosas, y tenía ya muy adelantado su sermón de la elección. Pero parecía como si estuviera aparte contemplando su antiguo sér con cierta curiosidad desdeñosa, compasiva y semienvidiosa. Aquel antiguo sér había desaparecido, y otro hombre había regresado de la selva: más sabio, dotado de un conocimiento de ocultos misterios que la sencillez del primero nunca pudo haber conseguido. ¡Amargo conocimiento por cierto!

Mientras se hallaba ocupado en estas reflexiones, resonó un golpecito en la puerta del estudio, y el ministro dijo: "Entrad"—no sin cierto temor de que pudiera ser un espíritu maligno. ¡Y así fué! Era el anciano Rogerio Chillingworth. El ministro se puso en pie, pálido y mudo, con una mano en las Sagradas Escrituras y la otra sobre el pecho.

—¡Bienvenido, Reverendo Señor!—dijo el médico.—Y cómo habéis hallado á ese santo varón, el apóstol Eliot? Pero me parece, mi querido señor, que estáis pálido; como si el viaje al través de las selvas hubiera sido muy penoso. ¿No necesitáis de mi auxilio para fortaleceros algo, cosa de que podáis predicar el sermón de la elección?

—No, creo que no,—replicó el Reverendo Sr. Dimmesdale.—Mi viaje, y la vista del santo apóstol, y el aire libre y puro que allí he respirado, después de tan largo encierro en mi estudio, me han hecho mucho bien. Creo que no tendré más necesidad de vuestras drogas, mi benévolo médico, á pesar de lo buenas que son y de estar administradas por una mano amiga.

Durante todo este tiempo el anciano Rogerio había estado contemplando al ministro con la mirada grave y fija de un médico para con su paciente; pero á pesar de estas apariencias, el ministro estaba casi convencido de que Chillingworth sabia, ó por lo menos sospechaba, su entrevista con Ester. El médico conocía, pues, que para su enfermo él no era ya un amigo íntimo y leal, sino su más encarnizado enemigo; de consiguiente, era natural que una parte de esos sentimientos tomara forma visible. Es sin embargo singular el hecho de que á veces transcurra tanto tiempo antes de que ciertos pensamientos se expresen por medio de palabras, y así vemos con cuanta seguridad dos personas, que no desean tratar el asunto que más á pecho tienen, se acercan hasta sus mismos límites y se retiran sin tocarlo. Por esta razón, el ministro no temía que el médico tratara de un modo claro y distinto la posición verdadera en que mutuamente se encontraban uno y otro. Sin embargo, el anciano Rogerio, con su manera tenebrosa de costumbre, se acercó considerablemente al particular del secreto.

—¿No sería mejor, dijo, que os sirvierais esta noche de mi poca habilidad? Realmente, mi querido señor, tenemos que esmerarnos y hacer todo lo posible para que estéis fuerte y vigoroso el día del sermón de la elección. El público espera grandes cosas de vos, temiendo que al llegar otro año ya su pastor haya partido.

—Sí, á otro mundo,—replicó el ministro con piadosa resignación.—Concédame el cielo que sea á un mundo mejor, porque, en verdad, apenas creo que podré permanecer entre mis feligreses las rápidas estaciones de otro año. Y en cuanto á vuestras medicinas, buen señor, en el estado actual de mi cuerpo, no las necesito.

—Mucho me alegro de oírlo,—respondió el médico.—Pudiera ser que mis remedios, administrados tanto tiempo en vano, empezaran ahora á surtir efecto. Por feliz me tendría si así fuere, pues merecería la gratitud de la Nueva Inglaterra, si pudiese efectuar tal cura.

—Os doy las gracias con todo mi corazón, vigilante amigo,—dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale con una solemne sonrisa.—Os doy las gracias, y sólo podré pagar con mis oraciones vuestros buenos servicios.

—Las preces de un hombre bueno son la más valiosa recompensa,—contestó el anciano médico al despedirse.—Son las monedas de oro corriente en la Nueva Jerusalén, con el busto del Rey grabado en ellas.

Cuando estuvo solo, el ministro llamó á un sirviente de la casa y le pidió algo de comer, lo que traído que fué, puede decirse que despachó con voraz apetito; y arrojando á las llamas lo que ya tenía escrito de su sermón, empezó acto continuo á escribir otro, con tal afluencia de pensamientos y de emoción que se creyó verdaderamente inspirado, admirándose sólo de que el cielo quisiera transmitir la grande y solemne música de sus oráculos por un conducto tan indigno como él se consideraba. Dejando, sin embargo, que ese misterio se resolviese por sí mismo, ó permaneciera eternamente sin resolverse, continuó su labor con empeño y entusiasmo. Y así se pasó la noche hasta que apareció la mañana, arrojando un rayo dorado en el estudio, donde sorprendió al ministro, pluma en mano, con innumerables páginas escritas y esparcidas por donde quiera.

XXI

EL DÍA DE FIESTA EN LA NUEVA INGLATERRA

MUY temprano, en la mañana del día en que el nuevo Gobernador había de ser elegido por el pueblo, fueron Ester y Perla á la plaza del mercado, que ya estaba llena de artesanos y otros plebeyos habitantes de la ciudad en número considerable. Entre estos había muchos individuos de aspecto rudo, cuyos vestidos, hechos de piel de ciervo, daban á conocer que pertenecían á algunos de los establecimientos situados en las selvas que rodeaban la pequeña metrópoli de la colonia.

En este día de fiesta, como en todas las demás ocasiones durante los siete últimos años, llevaba Ester un traje de paño burdo de color gris, que no tanto por su color como por cierta peculiaridad indescriptible de su corte, daba por resultado relegar su persona á la obscuridad, como si la hiciera desaparecer á las miradas de todos, mientras la letra escarlata, por el contrario, la hacía surgir de esta especie de crepúsculo ó penumbra, presentándola al mundo bajo el aspecto moral de su propio brillo. Su rostro, por tanto tiempo familiar á las gentes de la ciudad, dejaba ver la calma marmórea que estaban acostumbrados á contemplar. Era una especie de máscara; ó mejor dicho, era la calma congelada de las facciones de una mujer ya muerta, y esta triste semejanza se debía á la circunstancia de que Ester estaba en realidad muerta, en lo concerniente á poder reclamar alguna simpatía ó afecto, y á que ella se había segregado por completo del mundo con el cual parecía que aún se mezclaba.

Quizás en este día especial pudiera decirse que había en el rostro de Ester una expresión no vista hasta entonces, aunque en realidad no tan marcada que pudiese notarse fácilmente, á no ser por un observador dotado de tales facultades de penetración que leyera, primero, lo que pasaba en el corazón, y luego hubiese buscado un reflejo correspondiente en el rostro y aspecto general de esa mujer. Semejante observador, ó más bien adivino, podría haber pensado que, después de haber sostenido Ester las miradas de la multitud durante siete largos y malhadados años soportándolas como una necesidad, una penitencia, y una especie de severa religión, ahora, por la última vez, las afrontaba libre y voluntariamente para convertir también en una especie de triunfo lo que había sido una prolongada agonía. "¡Mirad por última vez la letra escarlata y á la que la lleva!"—parecía decirles la víctima del pueblo.—"Esperad un poco y me veré libre de vosotros. Unas cuantas horas, no más, y el misterioso y profundo océano recibirá en su seno, y ocultará en él para siempre, el símbolo que habéis hecho brillar por tanto tiempo en mi pecho!"

Ni sería incurrir en una inconsistencia demasiado grande, si supusiéramos que Ester experimentaba cierto sentimiento de pesar en aquellos instantes mismos en que estaba á punto de verse libre del dolor, que puede decirse se había encarnado profundamente en su sér. ¿No habría quizás en ella un deseo irresistible de apurar por última vez, y á grandes tragos, la copa del amargo absintio y acíbar que había estado bebiendo durante casi todos los años de su juventud? El licor que en lo sucesivo se llevaría á los labios, tendría que ser seguramente rico, delicioso, vivificante y en pulido vaso de oro; ó de otro modo produciría una languidez inevitable y tediosa, viniendo después de las heces de amargura que hasta entonces había apurado á manera de cordial de intensa potencia.

Perla estaba ataviada alegremente. Habría sido imposible adivinar que esta brillante y luminosa aparición debía su existencia á aquella mujer de sombrío traje; ó que la fantasía tan espléndida, y á la vez tan delicada, que ideó el vestido de la niña, era la misma que llevase á cabo la tarea, quizá más difícil, de dar al sencillo traje de Ester el aspecto peculiar tan notable que tenía. De tal modo se adaptaba á Perlita su vestido, que éste parecía la emanación ó el desarrollo inevitable y la manifestación externa de su carácter, tan imposible de separarse de ella, como al ala de una mariposa desprenderse de su brillantez abigarrada, ó á los pétalos de una espléndida flor despojarse de su radiante colorido. En este día extraordinario, había sin embargo una cierta inquietud y agitación singular en todo el sér de la niña, parecidas al brillo de los diamantes que fulguran y centellean al compás de los latidos del pecho en que se ostentan. Los niños participan siempre de las agitaciones de aquellas personas con quienes están en íntima relación; experimentan siempre el malestar debido á cualquier disgusto ó trastorno inminente, de cualquier clase que sea, en el hogar doméstico; y por lo tanto Perla, que era entonces la joya del inquieto corazón de la madre, revelaba en su misma vivacidad las emociones que nadie podía descubrir en la impasibilidad marmórea de la frente de Ester.

Esta efervescencia la hizo moverse como un ave, más bien que andar al lado de su madre, prorrumpiendo continuamente en exclamaciones inarticuladas, agudas, penetrantes. Cuando llegaron á la plaza del mercado, se volvió aún más inquieta y febril al notar el bullicio y movimiento que allí reinaban, pues por lo común aquel lugar tenía en realidad el aspecto de un solitario prado frente á la iglesia de una aldea, y no el del centro de los negocios de una población.

—¿Qué significa esto, madre?—gritó la niña.—¿Por qué han abandonado todos hoy su trabajo? ¿Es un día de fiesta para todo el mundo? Mira, ahí está el herrero. Se ha lavado su cara sucia y se ha puesto la ropa de los domingos, y parece que quisiera estar contento y alegre, si hubiese solamente quien le enseñase el modo de estarlo. Y aquí está el Sr. Brackett, el viejo carcelero, que se sonríe conmigo y me saluda. ¿Por qué lo hace, madre?

—Se acuerda cuando tú eras muy chiquita,—hija mía,—respondió Ester.

—Ese viejo horrible, negro y feo, no debe sonreirme ni saludarme,—dijo Perla.—Que lo haga contigo, si quiere, porque estás vestida de color obscuro y llevas la letra escarlata. Pero mira, madre, ¡cuántas gentes extrañas, y entre ellos indios y también marineros! ¿Para qué han venido todos esos hombres á la plaza del mercado?

—Están esperando que la procesión pase para verla,—dijo Ester,—porque el Gobernador y los magistrados han de venir, y los ministros, y todas las personas notables y buenas han de marchar con música y soldados á la cabeza.

—¿Y estará allí el ministro?—preguntó Perla,—¿y extenderá las dos manos hacia mí, como hizo cuando tú me llevaste á su lado desde el arroyuelo?

—Sí estará,—respondió su madre,—pero no te saludará hoy, ni tampoco debes tú saludarle.

—¡Qué hombre tan triste y tan raro es el ministro!—dijo la niña como si hablara en parte á solas y consigo misma.—En medio de la noche nos llama y estrecha tus manos y las mías, como cuando estuvimos juntas con él sobre el tablado. Y en el bosque, donde solo los antiguos árboles pueden oir á uno, y donde sólo un pedacito de cielo puede vernos, se pone á hablar contigo sentado en un tronco de árbol. Y me besa la frente de modo que el arroyuelo apenas puede borrar su beso. Pero aquí, á la luz del sol, y en medio de todas estas gentes, no nos conoce, ni nosotros debemos conocerle. ¡Sí, un hombre raro y triste con la mano siempre sobre el corazón!

—No hables más, Perla,—le dijo su madre,—tú no entiendes de estas cosas. No pienses ahora en el ministro, sino mira lo que pasa á tu alrededor y verás cuán alegre parece hoy todo el mundo. Los niños han venido de sus escuelas, y las personas crecidas han dejado sus tiendas, sus talleres y los campos con el objeto de divertirse; porque hoy empieza á regirlos un nuevo Gobernador.

Como Ester decía, era mucho el contento y alegría que brillaban en el rostro de todos los presentes. En un día semejante, como sucedió después durante la mayor parte de dos siglos, los puritanos se entregaban á todo el regocijo y alborozo público que consideraban permisibles á la fragilidad humana; disipando solo en el espacio de un día de fiesta, aquella nube sombría en que siempre estaban envueltos, pero de manera tal, que apenas si aparecían menos graves que otras comunidades en tiempo de duelo general.

Pero tal vez exageramos el aspecto sombrío que indudablemente caracterizaba la manera de ser de aquel tiempo. Las personas que se hallaban en la plaza del mercado de Boston no eran todas herederas del adusto y triste carácter puritano. Había allí individuos naturales de Inglaterra, cuyos padres habían vivido en la época de la Reina Isabel, cuando la vida social inglesa, considerada en conjunto, parece haber sido tan magnífica, fastuosa y alegre como el mundo pueda haber presenciado jamás. Si hubieran seguido su gusto hereditario, los colonos de la Nueva Inglaterra habrían celebrado todos los acontecimientos de interés público con hogueras, banquetes, procesiones cívicas, todo con gran pompa y esplendor. Ni habría sido difícil combinar, en la observación de las majestuosas ceremonias, el recreo alegre con la solemnidad, como si el gran traje de gala que en tales fiestas reviste una nación, estuviese adornado de una manera brillante á la vez que grotesca. Algo parecido á esto había en el modo de celebrar el día que daba comienzo al año político de la colonia. El vago reflejo de una magnificencia que vivía en el recuerdo, una imitación pálida y débil de lo que habían presenciado en el viejo Londres, no diremos de una coronación real, sino de las fiestas con que se inaugura el Lord Corregidor de aquella gran capital, podría trazarse en las costumbres que observaban nuestros antepasados en la instalación anual de sus magistrados. Los padres y fundadores de la República,—el hombre de Estado, el sacerdote y el militar,—creían de su deber revestirse en esta oportunidad de toda la pompa y aparato majestuoso que, de acuerdo con las antiguas tradiciones, se consideraba el adminículo indispensable de la eminencia pública ó social. Todos venían á formar parte de la procesión que había de desfilar ante las miradas del pueblo, comunicando de este modo cierta dignidad á la sencilla estructura de un gobierno tan recientemente constituído.

En ocasiones semejantes se le permitía al pueblo, y hasta se le animaba, á que se solazara y dejase sus diversos trabajos é industrias, á que en todo tiempo parecía se aplicaba con la misma rigidez y severidad que á sus austeras prácticas religiosas. Por de contado que aquí no podía esperarse nada parecido á lo que se hubiera visto en las fiestas populares de Inglaterra en tiempos de la Reina Isabel; ni rudas representaciones teatrales; ni ministriles con sus arpas y baladas legendarias; ni músicos ambulantes con un mono bailando al son de la música; ni jugadores de mano y titiriteros con sus suertes y artificios de hechicería; ni payasos y saltimbanquis tratando de alegrar la multitud con sus chistes, quizás de varios siglos de antigüedad, pero surtiendo siempre buen efecto, porque se dirigen á los sentimientos universales dispuestos á la alegría y buen humor. Toda esta clase de profesores de los diferentes ramos de diversión y entretenimiento habían sido severamente suprimidos, no sólo por la rígida disciplina de la ley, sino por la sanción general que es lo que constituye la vitalidad de las leyes. Sin embargo, aún careciendo de todo esto, la honrada y buena cara del pueblo sonreía, quizás con cierta dureza, pero también á quijada batiente. Ni se diga por eso que faltaban juegos y recreos de la clase que los colonos habían presenciado muchos años atrás, en las ferias campestres de Inglaterra, en los que acaso tomaron parte, y consideraban sería conveniente conservar en estas nuevas tierras; por ejemplo, se veían luchas á brazo partido, de diferentes clases, aquí y allí en la plaza del mercado; en una esquina había un combate amistoso al garrote; y lo que más que todo llamaba la atención, en el tablado de la picota á que ya se ha hecho referencia varias veces en estas páginas, dos maestros de armas comenzaban á dar una muestra de sus habilidades con broquel y espadón. Pero con gran chasco y disgusto de los espectadores, este entretenimiento fué suspendido mediante la intervención del alguacil de la ciudad, que no quería permitir que la majestad de la ley se violase con semejante abuso de uno de sus lugares consagrados.

Aunque los colores del cuadro de la vida humana que se desplegaba en la plaza del mercado fueran en lo general sombríos, no por eso dejaban de estar animados con diversidad de matices. Había una cuadrilla de indios con trajes de piel de ciervo curiosamente bordados, cinturones rojos y amarillos, plumas en la cabeza, y armados con arco, flechas y lanzas de punta de pedernal, que permanecían aparte, como separados de todo el mundo, con rostros de inflexible gravedad, que ni aun la de los puritanos podía superar. Pero á pesar de todo, no eran estos salvajes pintados de colores, los que pudieran presentarse como tipo de lo más violento ó licencioso de las gentes que allí estaban congregadas. Semejante honor, si en ello le hay, podían reclamarlo con más fundamento algunos de los marineros que formaban parte de la tripulación del buque procedente del Mar Caribe, que también habían venido á tierra á divertirse el día de la elección. Eran hombres que se habían echado el alma á las espaldas, de rostros tostados por el sol y grandes y espesas barbas; sus pantalones, cortos y anchos, estaban sostenidos por un cinturón, que á veces cerraban placas ó hebillas de oro, y del cual pendía siempre un gran cuchillo, y en algunos casos un sable. Por debajo de las anchas alas de sus sombreros de paja, se veían brillar ojos que, aun en momentos de alegría y buen humor, tenían una especie de ferocidad instintiva. Sin temor ni escrúpulo de ninguna especie, violaban las reglas de buen comportamiento á que se sometían todos los demás, fumando á las mismas narices del alguacil de la población, aunque cada bocanada de humo habría costado buena suma de reales, por vía de multa, á todo otro vecino de la ciudad, y apurando sin ningún reparo tragos de vino ó de aguardiente en frascos que sacaban de sus faltriqueras, y que ofrecían liberalmente á la asombrada multitud que los rodeaba. Nada caracteriza tanto la moralidad á medias de aquellos tiempos, que hoy calificamos de rígidos, como la licencia que se permitía á los marineros, no hablamos sólo de sus calaveradas cuando estaban en tierra, sino aún mucho más tratándose de sus actos de violencia y rapiña cuando se hallaban en su propio elemento. El marinero de aquella época correría hoy el peligro de que se le acusara de pirata ante un tribunal. Por ejemplo, poca duda podría abrigarse que los tripulantes del buque de que hemos hablado, aunque no de lo peor de su género, habían sido culpables de depredaciones contra el comercio español, de tal naturaleza, que pondrían en riesgo sus vidas en un moderno tribunal de justicia.

Pero en aquellos antiguos tiempos el mar se alborotaba, se henchía y se rizaba, según su capricho, ó estaba sujeto solamente á los vientos tempestuosos, sin que apenas se hubiera intentado establecer código alguno que regulase las acciones de los que lo surcaban. El bucanero podía abandonar su profesión y convertirse, si así lo deseaba, en hombre honrado y piadoso, dejando las olas y fijándose en tierra; y ni aun en plena carrera de su existencia borrascosa se le consideraba como individuo con quien no era decente tener tratos ni relación social, aunque fuera casualmente. De consiguiente, los viejos puritanos con sus capas negras y sombreros puntiagudos, no podían menos de sonreirse ante la manera bulliciosa y ruda de comportarse de estos alegres marineros; sin que excitara sorpresa, ni diese lugar á críticas, ver que una persona tan respetable como el anciano Rogerio Chillingworth entrase en la plaza del mercado en íntima y amistosa plática con el capitán del buque de dudosa reputación.

Puede afirmarse que entre toda aquella multitud allí congregada no había figura de aspecto tan vistoso y bizarro, á lo menos en lo que hace al traje, como la de aquel capitán. Llevaba el vestido profusamente cubierto de cintas, galón de oro en el sombrero que rodeaba una cadenilla, también de oro, y adornado además con una pluma. Tenía espada al cinto, y ostentaba en la frente una cuchillada que, merced á cierto arreglo especial del cabello, parecía más deseoso de mostrar que de esconder. Un ciudadano que no hubiera sido marino, apenas se habría atrevido á llevar ese traje y mostrar esa cara, con tal desenfado y arrogancia, sabiendo que se exponía á sufrir un severo interrogatorio ante un magistrado, incurriendo probablemente en una crecida multa ó en algunos cuantos días de cárcel: pero tratándose de un capitán de buque, todo se consideraba perteneciente al oficio, así como las escamas son parte de un pez.

Después de separarse del médico, el capitán del buque con destino á Brístol empezó á pasearse lentamente por la plaza del mercado, hasta que, acercándose por casualidad al sitio en que estaba Ester, pareció reconocerla y no vaciló en dirigirle la palabra. Como acontecía por lo común donde quiera que se hallaba Ester, en torno suyo se formaba un corto espacio vacío, una especie de círculo mágico en el que, aunque el pueblo se estuviera codeando y pisoteando á muy corta distancia, nadie se aventuraba ni se sentía dispuesto á penetrar. Era un ejemplo vivo de la soledad moral á que la letra escarlata condenaba á su portadora, debido en parte á la reserva de Ester, y en parte al instintivo alejamiento de sus conciudadanos, á pesar de que hacía ya tiempo que habían dejado de mostrarse poco caritativos para con ella. Ahora, más que nunca, le sirvió admirablemente, pues le proporcionó el modo de hablar con el marino sin peligro de que los circunstantes se enteraran de su conversación; y tal cambio se había operado en la reputación de que gozaba Ester á los ojos del público, que la matrona más eminente de la colonia en punto á rígida moralidad, no podría haberse permitido aquella entrevista, sin dar margen al escándalo.

—De modo, señora,—dijo el capitán,—que debo ordenar á mi mayordomo que prepare otro camarote, además de los que Vd. ha contratado. Lo que es en este viaje no habrá temor de escorbuto ó tifus; porque con el cirujano de abordo, y este otro médico, nuestro único peligro serán las píldoras ó las drogas que nos administren, pues tengo en el buque una buena provisión de medicinas que compré á un buque español.

—¿Qué está Vd. diciendo?—preguntó Ester con mayor alarma de la que quisiera haber mostrado.—¿Tiene Vd. otro pasajero?

—¡Cómo! ¿No sabe Vd.,—exclamó el capitán del barco,—que el médico de esta plaza,—Chillingworth como dice llamarse,—está dispuesto á compartir mi cámara con Vd.? Sí, sí, Vd. debe saberlo, pues me ha dicho que es uno de la compañía, y además íntimo amigo del caballero de quien Vd. habló, de ese que corre peligro aquí en manos de estos viejos y ásperos gobernantes puritanos.

—Sí, se conocen íntimamente,—replicó Ester con semblante sereno, aunque toda llena de la más profunda consternación,—han vivido juntos mucho tiempo.

Nada más pasó entre el marino y Ester. Pero en aquel mismo instante vió ésta al viejo Rogerio de pie en el ángulo más remoto de la plaza del mercado, sonriéndole; sonrisa que,—al través de aquel vasto espacio de terreno, y en medio de tanta charla, alegría, bullicio y animación, y de tanta diversidad de intereses y de sentimientos,—encerraba una significación secreta y terrible.

XXII

LA PROCESIÓN

ANTES de que Ester hubiera podido darse cuenta de lo que pasaba, y considerar lo que podía hacerse en vista de este nuevo é inesperado aspecto del asunto, se oyeron los sones de una música militar que se acercaba por una de las calles contiguas, indicando la marcha de la procesión de los magistrados y ciudadanos en dirección de la iglesia, donde, de acuerdo con una antigua costumbre adoptada en los primeros tiempos de la colonia, el Reverendo Señor Dimmesdale debía predicar el sermón de la elección.

Pronto se dejó ver la cabeza de la procesión que, procediendo lenta y majestuosamente, doblaba una esquina y se abría paso al través de la muchedumbre que llenaba la plaza del mercado. Primeramente venía la banda de música, compuesta de variedad de instrumentos, quizás imperfectamente adaptados unos á otros, y tocados sin mucho arte; sin embargo, se alcanzaba el gran objeto que la armonía de los tambores y del clarín debe producir en la multitud; esto es, revestir de un aspecto más heroico y elevado la escena que se desarrollaba ante la vista. Perla, al principio, empezó á palmotear, pero luego, por un instante, perdió la agitación febril que la había mantenido en un estado de continua efervescencia toda la mañana: contempló silenciosamente lo que pasaba, y parecía como si los sonidos de la música, arrebatando su espíritu, la hicieran, á manera de ave acuátil, cernerse sobre aquellas oleadas de armonía. Pero volvió á su antigua agitación al ver fulgurar á los rayos del sol las armas y brillantes arreos de los soldados que venían inmediatamente después de la banda de música, y formaban la escolta de honor de la procesión. Este cuerpo militar,—que aun subsiste como institución, y continúa su vieja existencia con antigua y honrosa fama,—no se componía de hombres asalariados, sino de caballeros que, animados de ardor marcial, deseaban establecer una especie de Colegio de Armas donde, como en una Asociación de Caballeros Templarios, pudieran aprender la ciencia de la guerra y las prácticas de la misma, hasta donde lo permitieran sus ocupaciones pacíficas habituales. La alta estimación en que se tenía á los militares en aquella época, podía verse en el porte majestuoso de cada uno de los individuos que formaban la compañía. Algunos, en realidad de verdad, por sus servicios en los Países Bajos y en otros campos de batalla, habían conquistado perfectamente el derecho de usar el nombre de soldado con toda la pompa y prosopopeya del oficio. Toda aquella columna vestida con petos de luciente acero y brillantes morriones coronados de penachos de plumas, presentaba un golpe de vista cuyo esplendor ningún despliegue de tropas modernas puede igualar.

Y sin embargo, los hombres de eminencia en lo civil, que marchaban inmediatamente en seguida de la escolta militar, eran aun más dignos de la observación de una persona pensadora. Su aspecto exterior tenía cierto sello de majestad que hacía parecer vulgar, y hasta absurdo á su lado, el altivo continente del guerrero. Era aquel un siglo en que el talento merecía menos estimación que ahora, reservándose ésta en mayor grado para las cualidades sólidas que denotaban firmeza y dignidad de carácter. El pueblo, por herencia, era respetuoso y deferente; y los colonos ingleses que habían fijado sus moradas en estas ásperas costas, dejando tras sí, rey, nobles, y toda la escala de la jerarquía social, aunque con la idea de respeto y obediencia todavía muy arraigada en ellos, la reservaban para las canas y las cabezas que los años hacían venerables; para la integridad á toda prueba; para la sólida sabiduría y amarga experiencia de la vida; en fin, para todas aquellas cualidades que indican peso, madurez, y se comprenden bajo el calificativo general de respetabilidad. Por lo tanto, aquellos primitivos hombres de Estado, tales como Bradstreet, Endicott, Dudley, Bellingham y sus compañeros, que fueron elevados al poder por la elección popular, no parece que pertenecieron á esa clase de hombres que hoy se llaman brillantes, sino que se distinguían como personas de madurez y de peso, más bien que de inteligencias vivas y extraordinarias. Tenían fortaleza de ánimo y confianza en sus propias fuerzas, y en tiempos difíciles ó peligrosos, cuando se trataba del bienestar de la cosa pública, eran como muralla de rocas contra los embates de las tempestuosas olas. Los rasgos de carácter aquí indicados se manifestaban perfectamente en sus rostros casi cuadrados y en el gran desarrollo físico de los nuevos magistrados coloniales; y en lo que concierne á porte y autoridad natural, la madre patria no se habría avergonzado de admitir á estos hombres en la Cámara de los Pares ó en el Consejo del Soberano.

Después de los magistrados venía el joven y eminente eclesiástico cuyos labios habían de pronunciar el discurso religioso en celebración del acto solemne. En la época de que hablamos, la profesión que él ejercía se prestaba mucho más que la política al despliegue de las facultades intelectuales. Los que veían ahora al Sr. Dimmesdale, observaron que jamás mostró tanta energía en su aspecto y hasta en su modo de andar, como la que desplegaba en la procesión. Su pisada no era vacilante, como en otras ocasiones, sino firme; no iba con el cuerpo casi doblado, ni se llevaba como de costumbre la mano al corazón. Sin embargo, bien considerado, su vigor no parecía corporal sino espiritual, como si se debiera á favor especial de los ángeles; ó quizás era la animación procedente de una inteligencia absorbida por serios y profundos pensamientos; ó acaso su temperamento sensible se veía vigorizado por los sonidos penetrantes de la música que, ascendiendo al cielo, le arrastraban y hacían mover con inusitada vivacidad. Sin embargo, tal era la abstracción de sus miradas, que podía pensarse que el Sr. Dimmesdale ni aun siquiera oía la música. Allí estaba su cuerpo marchando adelante con vigor no acostumbrado. ¿Pero dónde estaba su espíritu? Allá en las profundidades de su sér, ocupado con actividad extraordinaria en coordinar la legión de pensamientos majestuosos que pronto habían de verter sus labios; y de consiguiente ni veía, ni oía, ni tenía idea de nada de lo que le rodeaba; pero la parte espiritual se apoderó de aquella débil fábrica y la arrastró consigo adelante, inconscientemente, y convertida también en espíritu. Los hombres de inteligencia poco común, que han llegado á adquirir cierta condición mórbida, poseen á veces esta facultad de hacer un esfuerzo poderoso en el cual invierten la fuerza vital de muchos días, para permanecer después como agotados durante mucho tiempo.

Ester, con los ojos fijos en el ministro, se sentía dominada por tristes ideas, sin saber por qué ni de qué provenían. Se había imaginado que una mirada, siquiera rápida, tenía que cambiarse entre los dos. Recordaba la obscura selva con su pradillo solitario, y el amor y la angustia de que había sido testigo; y el tronco mohoso del árbol donde, sentados, asidos de las manos, mezclaron sus tristes y apasionadas palabras al murmullo melancólico del arroyuelo. ¡Cuán profundo conocimiento adquirieron entonces de lo que eran en realidad uno y otro! ¿Y era éste el mismo hombre? Apenas lo conocía ahora. ¿Era acaso él, ese hombre que pasaba altivo al compás de la hermosa música, en compañía de los venerables y majestuosos magistrados, él, tan inaccesible en su posición social, y aún mucho más como ahora le veía allí, entregado á los poco simpáticos pensamientos que le preocupaban? El corazón de Ester se entristeció á la idea de que todo había sido una ilusión, y que por vívido que hubiera sido su sueño, no podía existir un verdadero lazo de unión entre ella y el ministro. Y había en Ester tal suma de sentimiento femenino, que apenas podía perdonarle,—y menos que nunca ahora cuando casi se oían, cada vez más próximas, las pisadas del Destino que se acercaba á toda prisa,—no, no podía perdonarle que de tal modo le fuera dado abstraerse del mundo que á los dos les era común, mientras ella, perdida en las tinieblas, extendía las manos congeladas buscándole, sin poder hallarle.

Perla, ó vió y respondió á los pensamientos íntimos de su madre, ó sintió por sí misma también el alejamiento del ministro y creyó notar la especie de barrera inaccesible que los separaba. Mientras pasaba la procesión, la niña estuvo inquieta, moviéndose y balanceándose como un ave á punto de emprender el vuelo; pero cuando todo hubo terminado, miró á Ester en el rostro, y le dijo:

—Madre, ¿es ese el mismo ministro que me besó junto al arroyo?

—Calla ahora, mi querida Perla,—le contestó su madre en voz baja,—no debemos hablar siempre en la plaza del mercado de lo que nos acontece en la selva.

—No puedo estar segura de que sea él, ¡tan diferente me parece!—continuó la niña;—de otro modo habría corrido hacia él y le hubiera pedido que me besara ahora, delante de todo el mundo, como lo hizo allá, bajo aquellos árboles sombríos. ¿Qué habría dicho el ministro, madre? ¿Se habría llevado la mano al corazón, riñéndome y ordenándome que me alejara?

—¿Qué otra cosa podría haber dicho, Perla,—respondió su madre,—sino que no era esta la ocasión de besar á nadie, y que los besos no deben darse en la plaza del mercado? Perfectamente hiciste, locuela, en no hablarle.

Hubo otra persona que expresó igualmente sus ideas acerca del Sr. Dimmesdale. Esta persona era la Sra. Hibbins, cuyas excentricidades, ó mejor dicho, locura, la llevaban á hacer lo que pocos de la población se hubieran atrevido á realizar, esto es: sostener una conversación, delante del público, con la portadora de la letra escarlata. Vestida con gran magnificencia, con un triple cuello alechugado, talle bordado, bata de rico terciopelo y apoyada en un bastón de puño de oro, había salido á ver la procesión cívica. Como esta anciana señora tenía la fama (que después le costó la vida) de ser parte principal en todos los trabajos de nigromancia que continuamente se estaban ejecutando, la multitud le abrió paso franco y se apartó de ella, pareciendo temer el contacto de sus vestidos, como si llevaran la peste oculta entre sus primorosos pliegues. Vista en unión de Ester Prynne,—á pesar del sentimiento de benevolencia con que muchos miraban á esta última,—el terror que de suyo inspiraba la Sra. Hibbins se aumentó y dió lugar á un alejamiento general de aquel sitio en que se encontraban las dos mujeres.

—¿Qué imaginación mortal podría concebirlo?—dijo la anciana en voz baja, confidencialmente, á Ester.—¡Ese hombre religioso, ese santo en la tierra como el pueblo lo creía, y como realmente lo parece! ¿Quién que le vió ahora en la procesión podría pensar que no hace mucho que salió de su estudio,—apostaría que murmurando algunas frases de la Biblia en hebreo,—á dar una vuelta por la selva? ¡Ah! Nosotras, Ester Prynne, sabemos lo que eso significa. Pero, en realidad de verdad, no puedo resolverme á creer que ese sea el mismo hombre. He visto marchando detrás de la música á más de un eclesiástico que ha bailado conmigo cuando Alguien, que no quiero nombrar aquí, tocaba el violín, y que tal vez sea un hechicero indio ó un brujo laponés que nos saluda y estrecha las manos en otras ocasiones. Pero eso es una bicoca, para quien sabe lo que es el mundo, ¿Pero este ministro? ¿Podrás decirme con seguridad, Ester, si es el mismo hombre á quien encontraste en el sendero de la selva?

—Señora, no sé de qué me estáis hablando,—respondió Ester, conociendo, como conocía, que la dama Hibbins no tenía todos sus sentidos cabales, pero sorprendida en extremo, y hasta amedrentada, al oir la seguridad con que afirmaba las relaciones personales que existían entre tantos individuos (entre ellos Ester misma) y el enemigo malo.—No me corresponde á mí hablar con ligereza de un ministro tan piadoso y sabio como el Reverendo Sr. Dimmesdale.

—¡Ja! ¡ja! ¡mujer!—exclamó la anciana señora alzando el dedo y moviéndolo de un modo significativo.—¿Crees tú que después de haber ido yo á la selva tantas veces, no me sería dado conocer á los que han estado también allí? Sí; aunque no hubiera quedado en sus cabellos ninguna hojita de las guirnaldas silvestres con que se adornaron la cabeza mientras bailaban. Yo te conozco, Ester; pues veo la señal que te distingue entre todas las demás. Todos podemos verla á la luz del sol; pero en las tinieblas brilla como una llama rojiza. Tú la llevas á la faz del mundo; de modo que no hay necesidad de preguntarte nada acerca de este asunto. ¡Pero este ministro!... ¡Déjame decírtelo al oído! Cuando el Hombre Negro ve á alguno de sus propios sirvientes, que tiene la marca y el sello suyo, y que se muestra tan cauteloso en no querer que se sepan los lazos que á él le ligan, como sucede con el Reverendo Sr. Dimmesdale, entonces tiene un medio de arreglar las cosas de manera que la marca se ostente á la luz del día y sea visible á los ojos de todo el mundo. ¿Qué es lo que el ministro trata de ocultar con la mano siempre sobre el corazón? ¡Ah! ¡Ester Prynne!

—¿Qué es lo que oculta, buena Sra. Hibbins?—preguntó con vehemencia Perla.—¿Lo has visto?

—Nada, querida niña,—respondió la Sra. Hibbins haciendo una profunda reverencia á Perla.—Tú misma lo verás algún día. Dicen, niña, que desciendes del Príncipe del Aire. ¿Quieres venir conmigo una noche que sea hermosa á visitar á tu padre? Entonces sabrás por qué el ministro se lleva siempre la mano al corazón.

Y riendo tan estrepitosamente, que todos los que estaban en la plaza del mercado pudieron oirla, la anciana hechicera se separó de Ester.

Mientras esto pasaba, se había hecho la plegaria preliminar en la iglesia, y el Reverendo Sr. Dimmesdale había comenzado su discurso. Un sentimiento irresistible mantenía á Ester cerca del templo. Como el sagrado edificio estaba tan lleno que no podía dar cabida á ninguna persona más, se situó junto al tablado de la picota, hallándose lo bastante cerca de la iglesia para poder oir todo el sermón como si fuera un murmullo vago, pero variado, lo mismo que el débil acento de la voz peculiar del ministro.

El órgano vocal del Sr. Dimmesdale era de suyo un rico tesoro, de modo que el oyente, aunque no comprendiera nada del idioma en que el orador hablaba, podía sin embargo sentirse arrastrado por el simple sonido y cadencia de las palabras. Como toda otra música respiraban pasión y vehemencia, y despertaban emociones ya tiernas, ya elevadas, en una lengua que todos podían entender. Á pesar de lo indistinto de los sonidos, Ester escuchaba con atención tal y con tan profunda simpatía, que el sermón tuvo para ella una significación propia, completamente personal, y sin relacionarse en manera alguna con las palabras; las cuales, si las hubiera podido oir más claramente, sólo habrían sido un medio materializado que hubiera obscurecido su sentido espiritual. Ya oía las notas bajas á semejanza del viento que se calma como para reposarse; ya se elevaba con los sonidos, como si ascendiera por gradaciones progresivas, ora suaves, ya fuertes, hasta que el volumen de la voz parecía envolverla en una atmósfera de respetuoso temor y solemne grandeza. Y sin embargo, á pesar de lo imponente que á veces se volvía aquella voz, tenía siempre algo esencialmente quejumbroso. Había en ella una expresión de angustia, ya leve, ya aguda, el murmullo ó el grito, como quiera concebírsele, de la humanidad sufriente, que brotaba de un corazón que padecía é iba á herir la sensibilidad de los demás corazones. Á veces lo único que se percibía era esta expresión inarticulada de profundo sentimiento, á manera de un sollozo que se oyera en medio de hondo silencio. Pero aún en los momentos en que la voz del ministro adquiría más fuerza y vigor, ascendiendo de una manera irresistible, con mayor amplitud y volumen, llenando la iglesia de tal modo que parecía querer abrirse paso al través de las paredes y difundirse en los espacios,—aún entonces, si el oyente prestaba cuidadosa atención, con ese objeto determinado, podía descubrir también el mismo grito de dolor. ¿Qué era eso? La queja de un corazón humano, abrumado de penas, quizás culpable, que revelaba su secreto, cualquiera que éste fuese, al gran corazón de la humanidad, pidiendo su simpatía ó su perdón,—á cada momento—en cada acento—y nunca en vano. Esta nota profunda y dominante, era lo que proporcionaba gran parte de su poder al ministro.

Durante todo este tiempo Ester permaneció, como una estatua, clavada al pie del tablado fatídico. Si la voz del ministro no la hubiese mantenido allí, habría de todos modos habido un inevitable magnetismo en aquel lugar, en que comenzó la primera hora de su vida de ignominia. Reinaba en Ester la idea vaga, confusa, aunque pesaba gravemente en su espíritu, de que toda la órbita de su vida, tanto antes como después de aquella fecha, estaba relacionada con aquel sitio, como si fuera el punto que le diera unidad á su existencia.

Perla, entretanto, se había apartado de su madre y estaba jugando como mejor le parecía en la plaza del mercado, alegrando á aquella sombría multitud con sus movimientos y vivacidad, á manera de un ave de brillantes plumas que ilumina todo un árbol de follaje obscuro, saltando de un lado á otro, medio visible y medio oculta entre la sombra de las espesas hojas. Tenía movimientos ondulantes, á veces irregulares, que indicaban la inquietud de su espíritu, mucho mayor en aquel día porque reflejaba la de su madre. Donde quiera que Perla veía algo que excitara su curiosidad, siempre alerta, allí se dirigía rápidamente, pudiendo decirse que la niña tomaba plena posesión de lo que fuere, como si lo considerase su propiedad. Los puritanos la miraban y si se sonreían; mas no por eso se sentían menos inclinados á creer que la niña era el vástago de un espíritu malo, á juzgar por el encanto indescriptible de belleza y excentricidad que brillaba en todo su cuerpecito y se manifestaba en su actividad. Se dirigió hacia el indio salvaje y le miró fijamente al rostro, hasta que el indio tuvo conciencia de que se las había con un sér más selvático que él mismo. De allí, con innata audacia, pero siempre con característica reserva, corrió al medio de un grupo de marineros de tostadas mejillas, aquellos salvajes del océano, como los indios lo eran de la tierra, los que con sorpresa y admiración contemplaron á Perla como si una espuma del mar hubiese tomado la forma de una niñita, y estuviera dotada de un alma con esa fosforescencia de las olas que se vé brillar de noche bajo la proa del buque que va cortando las aguas.

Uno de estos marinos, el capitán seguramente, que había hablado con Ester, se quedó tan prendado del aspecto de Perla, que intentó asirla para besarla; pero viendo que eso era tan imposible como atrapar un colibrí en el aire, tomó la cadena de oro que adornaba su sombrero, y se la arrojó á la niñita. Perla inmediatamente se la puso al rededor del cuello y de la cintura, con tal habilidad que, al verla, parecía que formaba parte de ella y era difícil imaginarla sin ese adorno.

—¿Es tu madre aquella mujer que está allí con la letra escarlata?—dijo el capitán.—¿Quieres llevarle un recado mío?

—Si el recado me agrada, lo haré,—dijo Perla.

—Entonces dile,—replicó el capitán,—que he hablado otra vez con el viejo médico de rostro moreno, y que él se compromete á traer á su amigo, el caballero que ella sabe, á bordo de mi buque. De consiguiente, tu madre sólo tiene que pensar en ella y en tí. ¿Quieres decirle esto, niña brujita?

—La Sra. Hibbins dice que mi padre es el Príncipe del Aire,—exclamó Perla con una maligna sonrisa.—Si vuelves á llamarme bruja, se lo diré á ella, y perseguirá tu buque con una tempestad.

Atrevesando la plaza del mercado regresó la niña junto á su madre y le comunicó lo que el marino le había dicho. Ester, á pesar de su ánimo fuerte, tranquilo, resuelto, y constante en la adversidad, estuvo á punto de desmayarse al oir esta noticia precursora de inevitable desastre, precisamente en los momentos en que parecía haberse abierto un camino para que ella y el ministro pudieran salir del laberinto de dolor y de angustias en que estaban perdidos.

Abrumado su espíritu y llena de terrible perplejidad con las noticias que le comunicaba el capitán del buque, se vió además sujeta en aquellos momentos á otra clase de prueba. Se hallaban allí presentes muchos individuos de los lugares circunvecinos, que habían oído hablar con frecuencia de la letra escarlata, y para quienes ésta se había convertido en algo terrífico por los millares de historias falsas ó exageradas que acerca de ella circulaban, pero que nunca la habían visto con sus propios ojos; los cuales, después de haber agotado toda otra clase de distracciones, se agolpaban en torno de Ester de una manera rudamente indiscreta. Pero á pesar de lo poco escrupulosos que eran, no podían llegar sino á unas cuantas varas de distancia de ella. Allí se detenían, merced á la especie de fuerza repulsiva de la repugnancia que les inspiraba el místico símbolo. Los marineros, observando la aglomeración de los espectadores, y enterados de lo que significaba la letra escarlata, vinieron con sus rostros ennegrecidos por el sol, y de hombres de alma atravesada, á formar también parte del círculo que rodeaba á Ester; y hasta los indios se vieron contagiados con la curiosidad de los blancos, y deslizándose al través de la multitud, fijaron sus ojos negros, á manera de serpiente, en el seno de la pobre mujer, creyendo acaso que el portador de este brillante emblema bordado tenía que ser persona de alta categoría entre los suyos. Finalmente, los vecinos de la población, á pesar de que no experimentaban ya interés alguno en este asunto, se dirigieron también á aquel sitio y atormentaron á Ester, tal vez mucho más que todo el resto de los circunstantes, con la fría é indiferente mirada que fijaban en la insignia de su vergüenza. Ester vió y reconoció los mismos rostros de aquel grupo de matronas que habían estado esperando su salida en la puerta de la cárcel siete años antes; todas estaban allí, excepto la más joven y la única compasiva entre ellas, cuya veste funeraria hizo después de aquel acontecimiento. En aquella hora final, cuando creía que pronto iba á arrojar para siempre la letra candente, se había ésta convertido singularmente en centro de la mayor atención y curiosidad, abrasándole el seno más dolorosamente que en ningún tiempo desde el primer día que la llevó.

Mientras Ester permanecía dentro de aquel círculo mágico de ignominia donde la crueldad de su sentencia parecía haberla fijado para siempre, el admirable orador contemplaba desde su púlpito un auditorio subyugado por el poder de su palabra hasta las fibras más íntimas de su múltiple sér. ¡El santo ministro en la iglesia! ¡La mujer de la letra escarlata en la plaza del mercado! ¿Qué imaginación podría hallarse tan falta de reverencia que hubiera sospechado que ambos estaban marcados con el mismo candente estigma?

XXIII

LA REVELACIÓN DE LA LETRA ESCARLATA

LA elocuente voz que había arrebatado el alma de los oyentes, haciéndoles agitarse como si se hallaran mecidos por las olas de turbulento océano, cesó al fin de resonar. Hubo un momento de silencio, profundo como el que tendría que reinar después de las palabras de un oráculo. Luego hubo un murmullo, seguido de una especie de ruido tumultuoso: se diría que los circunstantes, viéndose ya libres de la influencia del encanto mágico que los había transportado á las esferas en que se cernía el espíritu del orador, estaban volviendo de nuevo en sí mismos, aunque todavía llenos de la admiración y respeto que aquel les infundiera. Un momento después, la multitud empezó á salir por las puertas de la iglesia; y como ahora todo había concluído, necesitaban respirar una atmósfera más propia para la vida terrestre á que habían descendido, que aquella á que el predicador los elevó con sus palabras de fuego.

Una vez al aire libre, los oyentes expresaron su admiración de diversas maneras: la calle y la plaza del mercado resonaron de extremo á extremo con las alabanzas prodigadas al ministro, y los circunstantes no hallaban reposo hasta haber referido cada cual á su vecino lo que pensaba recordar ó saber mejor que él. Según el testimonio universal, jamás hombre alguno había hablado con espíritu tan sabio, tan elevado y santo como el ministro aquel día; ni jamás hubo labios mortales tan evidentemente inspirados como los suyos. Podría decirse que esa inspiración descendió sobre él y se apoderó de su sér, elevándole constantemente sobre el discurso escrito que yacía ante sus ojos, llenándole con ideas que habían de parecerle á él mismo tan maravillosas como á su auditorio.

Según se colige de lo que hablaba la multitud, el asunto del sermón había sido la relación entre la Divinidad y las sociedades humanas, con referencia especial á la Nueva Inglaterra que ellos habían fundado en el desierto; y á medida que se fué acercando al final de su discurso, descendió sobre él un espíritu de profecía, que le obligaba á continuar en su tema como acontecía con los antiguos profetas de Israel, con esta diferencia, sin embargo, que mientras aquellos anunciaban la ruina y desolación de su patria, Dimmesdale predecía un grande y glorioso destino al pueblo allí congregado. Pero en todo su discurso había cierta nota profunda, triste, dominante, que sólo podía interpretarse como el sentimiento natural y melancólico de uno que pronto ha de abandonar este mundo. Sí: su ministro, á quien tanto amaban, y que los amaba tanto á todos ellos, que no podía partir hacia el cielo sin exhalar un suspiro de dolor,—tenía el presentimiento de que una muerte prematura le esperaba, y de que pronto los dejaría bañados en lágrimas. Esta idea de su permanencia transitoria en la tierra, dió el último toque al efecto que el predicador había producido; diríase que un ángel, en su paso por el firmamento, había sacudido un instante sus luminosas alas sobre el pueblo, produciendo al mismo tiempo sombra y esplendor, y derramando una lluvia de verdades sobre el auditorio.

De este modo llegó para el Reverendo Sr. Dimmesdale,—como llega para la mayoría de los hombres en sus varias esferas de acción, aunque con frecuencia demasiado tarde,—una época de vida más brillante y llena de triunfos que ninguna otra en el curso de su existencia, ó que jamás pudiera esperar. En aquel momento se encontraba en la cúspide de la altura á que los dones de la inteligencia, de la erudición, de la oratoria, y de un nombre de intachable pureza, podían elevar á un eclesiástico en los primeros tiempos de la Nueva Inglaterra, cuando ya una carrera de esa clase era en sí misma un alto pedestal. Tal era la posición que el ministro ocupaba, cuando inclinó la cabeza sobre el borde del púlpito al terminar su discurso. Entre tanto, Ester Prynne permanecía al pie del tablado de la picota con la letra escarlata abrasando aún su corazón.

Oyéronse de nuevo los sones de la música y el paso mesurado de la escolta militar que salía por la puerta de la iglesia. La procesión debía dirigirse á la casa consistorial, donde un solemne banquete iba á completar las ceremonias del día.

Por lo tanto, de nuevo la comitiva de venerables y majestuosos padres de la ciudad empezó á moverse en el espacio libre que dejaba el pueblo, haciéndose respetuosamente á uno y otro lado, cuando el Gobernador y los magistrados, los hombres ancianos y cuerdos, los santos ministros del altar, y todo lo que era eminente y renombrado en la población, avanzaban por en medio de los espectadores. Cuando llegaron á la plaza del mercado, su presencia fué saludada con una aclamación general; que si bien podía atribuirse al sentimiento de lealtad que en aquella época experimentaba el pueblo hacia sus gobernantes, era también la explosión irresistible del entusiasmo que en el alma de los oyentes había despertado la elevada elocuencia que aun vibraba en sus oídos. Cada uno sintió el impulso en sí mismo y casi instantáneamente este impulso se hizo unánime. Dentro de la iglesia á duras penas pudo reprimirse; pero debajo de la bóveda del cielo no fué posible contener su manifestación, más grandiosa que los rugidos del huracán, del trueno ó del mar, en aquella potente oleada de tantas voces reunidas en una gran voz por el impulso universal que de muchos corazones forma uno solo. Jamás en el suelo de la Nueva Inglaterra había resonado antes igual clamoreo. Jamás, en el suelo de la Nueva Inglaterra, se había visto un hombre de tal modo honrado por sus conciudadanos como lo era ahora el predicador.

¿Y qué era de él? ¿No se veían por ventura en el aire las partículas brillantes de una aureola al rededor de su cabeza? Habiéndose vuelto tan etéreo, habiendo sus admiradores hecho su apoteosis, ¿pisaban sus pies el polvo de la tierra cuando iba marchando en la procesión?

Mientras las filas de los hombres de la milicia y de los magistrados civiles avanzaban, todas las miradas se dirigían al lugar en que marchaba el Sr. Dimmesdale. La aclamación se iba convirtiendo en murmullo á medida que una parte de los espectadores tras otra lograba divisarle. ¡Cuán pálido y débil parecía en medio de todo este triunfo suyo! La energía,—ó, mejor dicho, la inspiración que lo sostuvo mientras pronunciaba el sagrado mensaje que le comunicó su propia fuerza, como venida del cielo,—ya le había abandonado después de haber cumplido tan fielmente su misión. El color que antes parecía abrasar sus mejillas, se había extinguido como llama que se apaga irremediablemente entre los últimos rescoldos. La mortal palidez de su rostro era tal, que apenas semejaba éste el de un hombre vivo; ni el que marchaba con pasos tan vacilantes como si fuera á desplomarse á cada momento, sin hacerlo sin embargo, apenas podía tampoco tomarse por un ser viviente.

Uno de sus hermanos eclesiásticos,—el venerable Juan Wilson,—observando el estado en que se hallaba el Sr. Dimmesdale después que pronunció su discurso, se adelantó apresuradamente para ofrecerle su apoyo; pero el ministro, todo trémulo, aunque de una manera decidida, alejó el brazo que le presentaba su anciano colega. Continuó andando, si es que puede llamarse andar lo que más bien parecía el esfuerzo vacilante de un niño á la vista de los brazos de su madre, extendidos para animarle á que se adelante. Y ahora, casi imperceptiblemente á pesar de la lentitud de sus últimos pasos, se encontraba frente á frente de aquel tablado, cuyo recuerdo jamás se borró de su memoria, de aquel tablado donde, muchos años antes, Ester Prynne había tenido que soportar las miradas ignominiosas del mundo. ¡Allí estaba Ester teniendo de la mano á Perla! ¡Y allí estaba la letra escarlata en su pecho! El ministro hizo aquí alto, aunque la música continuaba tocando la majestuosa y animada marcha al compás de la cual la procesión iba desfilando. ¡Adelante!—le decía la música,—¡adelante, al banquete! Pero el ministro se quedó allí como si estuviera clavado.

El Gobernador Bellingham, que durante los últimos momentos había tenido fijas en el ministro las ansiosas miradas, abandonando ahora su puesto en la procesión, se adelantó para prestarle auxilio, creyendo, por el aspecto del Sr. Dimmesdale, que de lo contrario caería al suelo. Pero en la expresión de las miradas del ministro había algo que hizo retroceder al magistrado, aunque no era hombre que fácilmente cediese á las vagas intimaciones de otro. Entre tanto la multitud contemplaba todo aquello con temor respetuoso y admiración. Este desmayo terrenal era, según creían, sólo otra faz de la fuerza celestial del ministro; ni se hubiera tenido por un milagro demasiado sorprendente contemplarle ascender en los espacios, ante sus miradas, volviéndose cada vez más transparente y más brillante, hasta verle por fin desvanecerse en la claridad de los cielos.

El ministro se acercó al tablado y extendió los brazos.

—¡Ester!—dijo,—¡ven aquí! ¡Ven aquí también, Perlita!

La mirada que les dirigió fué lúgubre, pero había en ella á la vez que cierta ternura, una extraña expresión de triunfo. La niña, con sus movimientos parecidos á los de un ave, que eran una de sus cualidades características, corrió hacia él y estrechó las rodillas del ministro entre sus tiernos bracitos. Ester, como impelida por inevitable destino, y contra toda su voluntad, se acercó también á Dimmesdale, pero se detuvo antes de llegar. En este momento el viejo Rogerio Chillingworth se abrió paso al través de la multitud, ó, tan sombría, maligna é inquieta era su mirada, que acaso surgió de una región infernal para impedir que su víctima realizara su propósito. Pero sea de ello lo que se quiera, el anciano médico se adelantó rápidamente hacia el ministro y le asió del brazo.

—¡Insensato, detente! ¿qué intentas hacer?—le dijo en voz baja.—¡Haz seña á esa mujer de que se aleje! ¡Haz que se retire también esta niña! Todo irá bien. ¡No manches tu buen nombre, ni mueras deshonrado! ¡Todavía puedo salvarte! ¿Quieres cubrir de ignominia tu sagrada profesión?

—¡Ah! ¡tentador! Me parece que vienes demasiado tarde,—respondió el ministro fijando las miradas en los ojos del médico, con temor, pero con firmeza.—Tu poder no es el que antes era. Con la ayuda de Dios me libraré ahora de tus garras.

Y extendió de nuevo la mano á la mujer de la letra escarlata.

—Ester Prynne,—gritó con penetrante vehemencia,—en el nombre de Aquel tan terrible y tan misericordioso, que en este último momento me concede la gracia de hacer lo que, con grave pecado y agonía infinita me he abstenido de hacer hace siete años, ven aquí ahora y ayúdame con tus fuerzas. Préstame tu auxilio, Ester, pero deja que lo guíe la voluntad que Dios me ha concedido. Este perverso y agraviado anciano se opone á ello con todo su poder, con todo su propio poder y el del enemigo malo. ¡Ven, Ester, ven! Ayúdame á subir ese tablado.

En la multitud reinaba la mayor confusión. Los hombres de categoría y dignidad que se hallaban más inmediatos al ministro, se quedaron tan sorprendidos y perplejos acerca de lo que significaba aquello que veían, tan incapaces de comprender la explicación que más fácilmente se les presentaba, ó imaginar alguna otra, que permanecieron mudos y tranquilos espectadores del juicio que la Providencia parecía iba á pronunciar. Veían al ministro, apoyado en el hombro de Ester y sostenido por el brazo con que ésta le rodeaba, acercarse al tablado y subir sus gradas, teniendo entre las manos las de aquella niñita nacida en el pecado. El viejo Rogerio Chillingworth le seguía, como persona íntimamente relacionada con el drama de culpa y de dolor en que todos ellos habían sido actores, y por lo tanto con derecho bastante á hallarse presente en la escena final.

—Si hubieras escudriñado toda la tierra,—dijo mirando con sombríos ojos al ministro,—no habrías hallado un lugar tan secreto, ni tan alto, ni tan bajo, donde hubieras podido librarte de mí,—como este cadalso en que ahora estás.

—¡Gracias sean dadas á Aquel que me ha traído aquí!—contestó el ministro.

Temblaba sin embargo, y se volvió hacia Ester con una expresión de duda y ansiedad en los ojos que fácilmente podía distinguirse, por estar acompañada de una débil sonrisa en sus labios.

—¿No es esto mejor,—murmuró,—que lo que imaginamos en la selva?

—¡No sé! ¡No sé!—respondió ella rápidamente.—¿Mejor? Sí: ¡ojalá pudiéramos morir aquí ambos, y Perlita con nosotros!

—Respecto á tí y á Perla, ¡sea lo que Dios ordene!—dijo el ministro,—y Dios es misericordioso. Déjame hacer ahora lo que Él ha puesto claramente de manifiesto ante mis ojos, porque yo me estoy muriendo, Ester. Deja, pues, que me apresure á tomar sobre mi alma la parte de vergüenza que me corresponde.

En parte sostenido por Ester, y teniendo de la mano á Perla, el Reverendo Sr. Dimmesdale se volvió á los dignos y venerables magistrados, á los sagrados ministros que eran sus hermanos en el Señor, al pueblo cuya gran alma estaba completamente consternada, aunque llena de simpatía dolorosa, como si supiera que un asunto vital y profundo, que si repleto de culpa también lo estaba de angustia y de arrepentimiento, se iba á poner ahora de manifiesto á la vista de todos. El sol, que había pasado ya su meridiano, derramaba su luz sobre el ministro y hacía destacar su figura perfectamente, como si se hubiera desprendido de la tierra para confesar su delito ante el tribunal de la Justicia Eterna.

—¡Pueblo de la Nueva Inglaterra!—exclamó con una voz que se elevó por encima de todos los circunstantes, alta, solemne y majestuosa,—pero que con todo era siempre algo trémula, y á veces semejaba un grito que surgía luchando desde un abismo insondable de remordimiento y de dolor,—vosotros, continuó, que me habéis amado,—vosotros, que me habéis creído santo,—miradme aquí, mirad al más grande pecador del mundo. ¡Al fin, al fin estoy de pie en el lugar en que debía haber estado hace siete años: aquí, con esta mujer, cuyo brazo, más que la poca fuerza con que me he arrastrado hasta aquí, me sostiene en este terrible momento y me impide caer de bruces al suelo! ¡Ved ahí la letra escarlata que Ester lleva! Todos os habéis estremecido á su vista. Donde quiera que esta mujer ha ido, donde quiera que, bajo el peso de tanta desgracia, hubiera podido tener la esperanza de hallar reposo,—esa letra ha esparcido en torno suyo un triste fulgor que inspiraba espanto y repugnancia. ¡Pero en medio de vosotros había un hombre, ante cuya marca de infamia y de pecado jamás os habéis estremecido!

Al llegar á este punto, pareció que el ministro tenía que dejar en silencio el resto de su secreto; pero luchó contra su debilidad corporal, y aun mucho más contra la flaqueza de ánimo que se esforzaba en subyugarle. Se desembarazó entonces de todo sostén corporal, y dió un paso hacia adelante resueltamente, dejando detrás de sí á la mujer y á la niña.

—¡Esa marca la tenía él!—continuó con una especie de fiero arrebato. ¡Tan determinado estaba á revelarlo todo!—¡El ojo de Dios la veía! ¡Los ángeles estaban siempre señalándola! ¡El enemigo malo la conocía muy bien y la estregaba constantemente con sus dedos candentes! Pero él la ocultaba con astucia á la mirada de los hombres, y se movía entre vosotros con rostro apesadumbrado, como el de un hombre muy puro en un mundo tan pecador; y triste, porque echaba de menos sus compañeros celestiales. Ahora, en los últimos momentos de su vida, se presenta ante vosotros; os pide que contempléis de nuevo la letra escarlata de Ester; y os dice que, con todo su horror misterioso, no es sino la pálida sombra de la que él lleva en su propio pecho; y que aun esta marca roja que tengo aquí, esta marca roja mía, es solo el reflejo de la que está abrasando lo más íntimo de su corazón. ¿Hay aquí quién pueda poner en duda el juicio de Dios sobre un pecador? ¡Mirad! ¡Contemplad un testimonio terrible de ese juicio!

Con un movimiento convulsivo desgarró la banda eclesiástica que llevaba en el pecho. ¡Todo quedó revelado! Pero sería irreverente describir aquella revelación. Durante un momento las miradas de la multitud horrorizada se concentraron en el lúgubre milagro, mientras el ministro permanecía en pie con una expresión triunfante en el rostro, como la de un hombre que en medio de una crisis del más agudo dolor ha conseguido una victoria. Después cayó desplomado sobre el cadalso. Ester lo levantó parcialmente y le hizo reclinar la cabeza sobre su seno. El viejo Rogerio se arrodilló á su lado con aspecto sombrío, desconcertado, con un rostro en el cual parecía haberse extinguido la vida.

—¡Has logrado escaparte de mí!—repetía con frecuencia.—¡Has logrado escaparte de mí!

—¡Que Dios te perdone!—dijo el ministro.—¡Tú también has pecado gravemente!

Apartó sus miradas moribundas del anciano, y las fijó en la mujer y la niña.

—¡Mi pequeña Perla!—dijo débilmente, y una dulce y tierna sonrisa iluminó su semblante, como el de un espíritu que va entrando en profundo reposo; mejor dicho, ahora que el peso que abrumaba su alma había desaparecido, parecía que deseaba jugar con la niña,—mi querida Perlita, ¿me besarás ahora? ¡No lo querías hacer en la selva! Pero ahora sí lo harás.

Perla le dió un beso en la boca. El encanto se deshizo. La gran escena de dolor en que la errática niña tuvo su parte, había madurado de una vez todos sus sentimientos y afectos; y las lágrimas que derramaba sobre las mejillas de su padre, eran una prenda de que ella iría creciendo entre la pena y la alegría, no para estar siempre en lucha contra el mundo, sino para ser en él una verdadera mujer. También respecto de su madre la misión de Perla, como mensajera de dolor, se había cumplido plenamente.

—Ester,—dijo el ministro,—¡adiós!

—¿No nos volveremos á encontrar?—murmuró Ester inclinando la cabeza junto á la del ministro.—¿No pasaremos juntos nuestra vida inmortal? Sí, sí, con todo este dolor nos hemos rescatado mutuamente. Tú estás mirando muy lejos, allá en la eternidad, con tus brillantes y moribundos ojos. Díme, ¿qué es lo que ves?

—¡Silencio, Ester, silencio!—dijo el ministro con trémula solemnidad.—La ley que quebrantamos,—la culpa tan terriblemente revelada,—sean tus solos pensamientos. ¡Yo temo!... ¡temo!... Quizás desde que olvidamos á nuestro Dios, desde que violamos el mutuo respeto que debíamos á nuestras almas,—fué ya vano esperar el poder asociarnos después de esta vida en una unión pura y sempiterna. Dios sólo lo sabe y Él es misericordioso. Ha mostrado su compasión, más que nunca, en medio de mis aflicciones, con darme esta candente tortura que llevaba en el pecho; con enviarme á ese terrible y sombrío anciano, que mantenía siempre esa tortura cada vez más viva; con traerme aquí, para acabar mi vida con esta muerte de triunfante ignominia ante los ojos del pueblo. Si alguno de estos tormentos me hubiera faltado, yo estaría perdido para siempre! ¡Loado sea su nombre! ¡Hágase su voluntad! ¡Adiós!

Con la última palabra, el ministro exhaló también su último aliento. La multitud, silenciosa hasta entonces, prorrumpió en un murmullo extraño y profundo de temor y de sorpresa que no pudieron hallar otra expresión, sino en ese murmullo que resonó tan gravemente después que aquella alma hubo partido.

XXIV

CONCLUSIÓN

AL cabo de muchos días, cuando el pueblo pudo coordinar sus ideas acerca de la escena que acabamos de referir, hubo más de una versión de lo que había ocurrido en el tablado de la picota.

La mayor parte de los espectadores aseguró haber visto impresa en la carne del pecho del infeliz ministro una LETRA ESCARLATA, que era la exacta reproducción de la que tenía Ester en el vestido. Respecto á su origen se dieron varias explicaciones, todas las cuales fueron simplemente conjeturas. Algunos afirmaban que el Reverendo Sr. Dimmesdale, el mismo día en que Ester Prynne llevó por vez primera su divisa ignominiosa, había comenzado una serie de penitencias, que después continuó de diversos modos, imponiéndose él mismo una horrible tortura corporal. Otros aseguraban que el estigma no se había producido sino mucho tiempo después, cuando el viejo Rogerio Chillingworth, que era un poderoso nigromántico, la hizo aparecer con sus artes mágicas y venenosas drogas. Otros había,—y estos eran los más á propósito para apreciar la sensibilidad exquisita del ministro y la maravillosa influencia que ejercía su espíritu sobre su cuerpo,—que pensaban que el terrible símbolo era el efecto del constante y roedor remordimiento que se albergaba en lo más íntimo del corazón, manifestándose al fin el inexorable juicio del Cielo por la presencia visible de la letra. El lector puede escoger entre estas teorías la que más le agrade.

Es singular, sin embargo, que varios individuos, que fueron espectadores de toda la escena, y sostenían no haber apartado un instante las miradas del Reverendo Sr. Dimmesdale, negaran absolutamente que se hubiese visto señal alguna en su pecho. Y á juzgar por lo que estas mismas personas decían, las últimas palabras del moribundo no admitieron, ni aun siquiera remotamente, que hubiera habido, de su parte, la más leve relación con la culpa que obligó á Ester á llevar por tanto tiempo la letra escarlata. Según estos testigos, dignos del mayor respeto y consideración, el ministro, que tenía conciencia de que estaba moribundo y también de que la reverencia de la multitud le colocaba ya entre el número de los santos y de los ángeles, había deseado, exhalando el último aliento en los brazos de la mujer caída, expresar ante la faz del mundo cuán completamente vano era lo que se llama virtud y perfección del hombre. Después de haberse acabado la vida con sus esfuerzos en pró del bien espiritual de la humanidad, había convertido su manera de morir en una especie de parábola viviente, con objeto de imprimir en la mente de sus admiradores la poderosa y triste enseñanza de que, comparados con la Infinita Pureza, todos somos igualmente pecadores; para enseñarles también que el más inmaculado entre nosotros, sólo ha podido elevarse sobre sus semejantes lo necesario para discernir con mayor claridad la misericordia que nos contempla desde las alturas, y repudiar más absolutamente el fantasma del mérito humano que dirige sus miradas hacia arriba. Sin querer disputar la verdad de este aserto, se nos debe permitir que consideremos esta versión de la historia del Sr. Dimmesdale, tan sólo como un ejemplo de la tenaz fidelidad con que los amigos de un hombre, y especialmente de un eclesiástico, defienden su reputación, aun cuando pruebas tan claras como la luz del sol al mediodía iluminando la letra escarlata, lo proclamen una criatura terrenal, falsa y manchada con el pecado.

La autoridad que hemos seguido principalmente,—esto es, un manuscrito de fecha muy antigua, redactado en vista del testimonio verbal de varias personas, algunas de las cuales habían conocido á Ester Prynne, mientras otras habían oído su historia de los labios de testigos presenciales,—confirma plenamente la opinión adoptada en las páginas que preceden. Entre muchas conclusiones morales que se pueden deducir de la experiencia dolorosa del pobre ministro, y que se agolpan á nuestra mente, escogemos esta:—"¡Sé sincero! ¡Sé sincero! ¡Sé sincero! Muestra al mundo, sin ambajes, si no lo peor de tu naturaleza, por lo menos algún rasgo del que se pueda inferir lo peor."

Nada hubo que llamara tanto la atención como el cambio que se operó casi inmediatamente después de la muerte del Sr. Dimmesdale, en el aspecto y modo de ser del anciano conocido bajo el nombre de Rogerio Chillingworth. Todo su vigor y su energía, toda su fuerza vital é intelectual, parecieron abandonarle de una vez, hasta el extremo de que realmente se consumió, se arrugó, y hasta desapareció de la vista de los mortales, como una hierba arrancada de raíz que se seca á los rayos ardientes del sol. Este hombre infeliz había hecho de la prosecución y ejercicio sistemático de la venganza el objeto primordial de su existencia; y una vez obtenido el triunfo más completo, el principio maléfico que le animaba no tuvo ya en que emplearse, y no habiendo tampoco en la tierra ninguna obra diabólica que realizar, no le quedaba á aquel mortal inhumano otra cosa que hacer, sino ir á donde su Amo le proporcionase tarea suficiente, y le recompensase con el salario debido. Pero queremos ser clementes con todos esos seres impalpables que por tanto tiempo han sido nuestros conocidos, lo mismo con Rogerio Chillingworth que con sus compañeros. Es asunto digno de investigarse saber hasta qué punto el odio y el amor vienen á ser en realidad la misma cosa. Cada uno de estos sentimientos, en su más completo desarrollo, presupone un profundo é íntimo conocimiento del corazón humano; también cada uno de estos sentimientos presupone que un individuo depende de otro para la satisfacción de sus afectos y de su vida espiritual; cada una de esas sensaciones deja en el desamparo y la desolación al amante apasionado ó al aborrecedor no menos apasionado, desde el momento en que desaparece el objeto del odio ó del amor. Por lo tanto, considerados filosóficamente los dos sentimientos de que hablamos, vienen á ser en su esencia uno mismo, excepto que el amor se contempla á la luz de un esplendor celestial, y el odio al reflejo de sombría y lúgubre llamarada. En el mundo espiritual, el anciano médico y el joven ministro,—habiendo sido ambos víctimas mutuas,—quizás, hayan encontrado toda la suma de su odio y antipatía terrenal transformada en amor.