[39] Moreto, en la primera escena de su No puede ser guardar una mujer, hace la siguiente brillante descripción del gusto artístico de Felipe IV y de su liberalidad con los poetas:
¿Y qué ingenio en nuestra edad
Nuestro Rey no ha enriquecido?
¿Qué pluma empleo no ha sido
De su liberalidad?
¿El retor de Villahermosa,
Góngora, Mesa y Enciso,
Mendoza y otros, que quiso
Por su elección generosa?
Después, congratulándose del caso poco común de que los grandes y los ricos favorecieran y cultivaran la poesía, añade:
. . . . . . . . . .
¿No fué el de Villamediana
Rico y señor?
. . . . . . . . . .
¿No ha habido muchos señores
Que ilustraron la poesía?
. . . . . . . . . .
¿No hay uno de los mayores
. . . . . . . . . .
Que hoy, sin ser lisonja, son
Sus dulces versos discretos? etc.
[40] Oportuno parece referir aquí esta anécdota: reunidos un día muchos poetas en palacio, propuso el Rey que se improvisase una comedia sobre la creación del mundo, y encargó á Calderón que escribiera el papel de Adán, reservándose él el del Creador. Adán, en un largo discurso, trazaba las bellezas del Paraíso; y al notar que Dios daba señales de impaciencia, preguntó la causa.—¿Cuál ha de ser?—replicó el Rey:—que me arrepiento de haber creado un Adán tan elocuente.
[41] Journal du voyage d'Espagne: París, 1669.
[42] Esta Infantita era María Teresa, la prometida de Luis XIV.
[43] Esta comedia era probablemente La conquista de Orán por el cardenal Cisneros, arzobispo de Toledo.
[44] Además de las antiguas relaciones de viajeros, ya citadas, las cartas de Mme. de Villars, esposa del embajador francés, que vivió en Madrid de 1679 á 1681, contienen algunas noticias acerca del teatro. (Lettres de madames de Villars, de la Fayette et de Tencin: París, 1823.) Escribe con fecha 6 de marzo de 1680:
«J'ai été assez souvent à la comédie espagnole avec elle (la Reine): rien n'est si detéstable. Je m'y amusais à voir les amans regarder leurs maitresses et leur parler de loin avec des signes qu'ils font de leurs doigts; pour moi je suis persuadée que c'est plutôt une marque de leur souvenir qu'un langage; car leurs doigts vont si vite, que, si ces amants s'entendent, il faut que l'amour d'Espagne soit un excellent maître dans cet art. Je pense que c'est qu'il y voit plus clair qu'ailleurs, et qu'il ne se soucie guère de faire plus de Chemin.
»Il y eut dimanche au Retiro une comédie de machines où les deux reines et le roi étoient. Il y falloit être à midi. L'on y mouroit de froid.»
[45] Ortiz, Compendio cronológico de la historia de España, tomo IV, pág. 401.
[46] Obras líricas y dramáticas de D. Antonio de Mendoza. Segunda impresión: Madrid, 1728, pág. 145.
[47] En La cosaria catalana, de Matos Fragoso, aparece una tropa de comediantes, cautiva en poder de moros. Preguntado el director qué comedias trae consigo, contesta así:
«................ famosas
De las plumas milagrosas
De España; si escuchar quieres
Los títulos, estos son:
La bizarra Arsinda, que es
Del ingenioso Cervantes;
Los dos confusos amantes,
El conde Partinuples,
La española, de Cepeda,
Un ingenio sevillano;
El secreto, El cortesano,
La melancólica Alfreda,
Leandro, La renegada
De Valladolid.»
De éstas, sólo La bizarra Arsinda, El conde Partinuples y La renegada de Valladolid se encuentran en el catálogo de la Huerta.
[48] Una descripción muy animada del bullicio y del tumulto, inseparable de las representaciones públicas teatrales, se encuentra en El día de fiesta, su autor D. Juan de Zabaleta. Dos partes: Coimbra, 1666. Véase lo siguiente, que extracto de este libro:
Tomo II, pág. 3. «La Comedia.—Cualquiera, que desea ir al teatro un día de fiesta por la tarde, come apresuradamente al mediodía y no se detiene mucho tiempo en la mesa, temeroso de no encontrar asiento. Llega á la puerta del teatro, y lo primero que procura hacer es no pagar. Muchos son los que trabajan, y sólo de pocos reciben su paga: la primera desdicha del actor. No sería lo peor que hubiese veinte personas que pagasen con cuatro ochavos, si no diesen motivo para que otros muchos los imiten. Porque uno solo no pague, hay otros que tampoco quieren pagar: todos pretenden gozar de este privilegio para que no se crea que son indignos de él. Por consiguiente, se empeñan de tal manera en gozarlo, que surgen de aquí altercados y disputas, y con tanta mayor razón, cuanto que así consiguen su objeto. Quien quiera, pues, que, sin pagar, conquista de esta suerte su entrada, prosigue después, por regla general, asistiendo al teatro sin gastar nada. ¡Donoso motivo de suscitar quimeras y privar del premio que merece su trabajo á quienes se afanan en distraerlo! ¿Se creerá, acaso, que el que no paga es por esto más tolerante? Al contrario: cuando el actor no se viste como debe, lo insulta ó lo silba. Desearía yo saber con qué derecho, así éste como todos los demás que lo imitan, piden que el actor, á quien privan de su dinero, haya de presentarse con el traje conveniente.
»Pero, en fin, nuestro hombre invade de este modo el teatro y pide su asiento á los que ya están sentados en sus bancos; dícenle éstos que no lo hay para él, pero que probablemente faltará alguno de los espectadores que han pagado ya el suyo, y que espere, por tanto, hasta que salgan los tocadores de guitarra, y que entonces ocupe el asiento que quede libre. Hecho este pacto, nuestro amigo se traslada al vestuario para entretener de este modo el tiempo. Encuentra ya á las actrices, que se despojan de sus vestidos ordinarios y se ponen los que exige la representación de la pieza; estando tan desnudas en ocasiones como antes de meterse en la cama. Preséntase delante de una, que, por haber venido á pie, muda entonces de calzado con ayuda de su criada. Esto no puede hacerse sin ofensa del decoro, y la pobre actriz se ve muy contrariada; pero no se atreve á impedirlo porque, como su objeto principal es conseguir aplausos, tiene interés en no disgustar á nadie. Cualquier silbido, por injustificado que sea, desacredita á los representantes, porque todos se inclinan más bien al parecer del que censura que á su propio juicio. La actriz, por este motivo, no interrumpe la mudanza de calzado, y sufre paciente al importuno. Mientras tanto, nuestro majadero no separa de ella los ojos. Después mira desde el escenario lo que sucede con el asiento dudoso que ansía. Lo ve libre, y pareciéndole que no vendrá su legítimo poseedor, lo ocupa corriendo. Pero apenas lo hace, llega el propietario y quiere defender su derecho. El otro hace lo mismo; ambos se acaloran, y vienen á las manos. Pero el último, ¿no ha venido al teatro para divertirse? ¿Es diversión vocear y disputar? Si el primero no hubiese encontrado asiento, debiera mejor haber estado de pie, porque es preferible llevarse así tres horas á andar á la greña un solo momento... Finalmente, se aplaca la disputa: el que ha pagado su asiento se retira, y ocupa otro que le proporcionan los que han intervenido en la contienda y la han apaciguado. Poco después de cesar este desorden se tranquiliza nuestro intruso, echa una ojeada á la cazuela, pasa revista á cuantos la llenan, siente repentina inclinación por alguna que le agrada, y comienza á manifestárselo por señas. Pero ¡buen amigo! si al teatro no habéis ido á ver la cazuela, sino la comedia. Las cuatro han dado ya, y todavía no ha comenzado la función. Mirando vagamente, ya aquí, ya allí, siente de pronto que alguno le tira de la capa: se vuelve, y observa un vendedor de naranjas que, inclinándose hacia él entre dos espectadores, le dice al oído que aquella dama que golpea con el abanico las rodillas, ha tenido un verdadero placer en ser testigo de su valor en la disputa sostenida antes, y que hará bien en comprarle por su amor una docena de naranjas. Nuestro amigo mira otra vez á la cazuela, y averigua que la dama es la misma que le gustó antes; paga las naranjas, y dice además al naranjero que ponga en noticia de la señora, que de la misma manera pagará cualquiera otra cosa que se le antoje. En cuanto desaparece el naranjero con esta embajada, ya no piensa en otra cosa que en acercarse á la dama á la salida del teatro, y maldice á la comedia, y le parece eterna porque le obliga á esperar tanto tiempo. Expresa en voz alta su desagrado, y gruñe sin reparo por esta causa, excitando así á los mosqueteros que están debajo á imitarlo en seguida, y á prorrumpir en voces ofensivas. Además de la indecencia y la grosería que revela esta conducta, adolece también de la ingratitud más monstruosa, porque los actores son, entre todos los hombres, los que más empeño tienen en conquistar el ajeno aplauso. ¡Cuántos malos ratos no pasan, trabajando sin cesar, mientras ensayan una comedia! Cuando llega el día de la representación, cualquiera de ellos daría de buen grado sus ganancias de todo el año, sólo por ser aplaudido cuando desempeña su papel. Cuando se presentan en la escena, ¡qué ansia, qué indecible afán de agradar al público! Cuando han de precipitarse desde algún peñasco, se lanzan en lo hondo como desesperados desde las decoraciones que figuran las montañas; cuando desempeñan papeles de algún moribundo, que ha de retorcerse en la agonía, se ensucian y se hieren con los clavos que sobresalen en las tablas y con las astillas de las mismas, sin hacer caso de sus vestidos, que á veces les han costado mucho dinero, etc., etc.»
[49] Caramuel, Primus Calamus, tomo II, pág. 690.
[50] Pellicer, tomo I, pág. 216.
[51] No se vaya á creer que las palabras de esta corte indican que el autor tiene con ella relaciones íntimas, porque la corte, en general, significa sólo la residencia del Monarca.
[52] V., como ejemplo, la que lleva el título de Vida y muerte de San Cayetano, de seis ingenios de esta corte, en el tomo XXXVIII de la gran colección de las Comedias nuevas escogidas.
[53] De un manuscrito de la Real Academia de la Historia, copio la Real orden siguiente, no publicada:
«Quando permití que volviesen las comedias (que se avían suspendido por los desórdenes y relaxación de trajes y representaciones que se avían experimentado), fué con orden precisa que eso se executase con atención muy particular á la reformación de los trajes y á la decencia de las representaciones que se havrá de obserbar, de suerte que no hubiese, ni en lo uno ni en lo otro, cosa alguna que ofendiese la pública honestidad. Y porque he entendido que en esto se falta gravemente en las partes donde se representa, y que los trajes no son con la moderación y ajustamiento que se deve, os ordeno que embiéis órdenes á la Corona en todo aprieto (de suerte que se observen precisa y indispensablemente), que ninguna mujer pueda salir al teatro en hávito de hombre, y que si huviese de ser preciso para la representación que hagan estos papeles, sea con traje tan ajustado y modesto, que de ninguna manera se les descubran las piernas ni los pies, sino que esto esté siempre cubierto con los vestidos ó trajes, que ordinariamente usan, ó con alguna sotana, de manera que sólo se diferenzie el traje de la cintura arriba; imponiéndoles las penas que os pareciere y disponiendo que inviolablemente se executen en las que contravinieren al cumplimiento de la orden referida.—Rubricado de la Real mano de S. M.—Madrid á 1.º de enero de 1653.—Al Vicecanciller de Aragón.»
[54] «Mille comoedias fertur composuise unus, quibus plura peccata invexit in orbem quam mille daemones.» (Un solo, según dicen, compuso mil comedias, desatando con ellas más pecados que mil demonios.)—El gobierno eclesiastico pacífico, y unión de los dos cuchillos pontificio y regio, por D. Gaspar de Villarroel, parte 1.ª, pág. 368.
[55] La condesa d'Aulnoy, con ocasión de una visita, que hizo en Toledo al cardenal Portocarrero, se expresa de este modo: «Cuando volvimos á la habitación del Cardenal, nos llevaron á un salón espacioso, parte del cual estaba ocupado por muchos caballeros, y la otra parte por muchas damas. Levantábase allí un escenario. Extrañé que los caballeros y las damas estuviesen separados por una cortina, que les impedía verse unos á otros, y que, desde la mitad del salón, llegaba hasta la escena. Se nos esperaba para comenzar la comedia, cuyo título era Piramo y Thisbe. La pieza era nueva, y peor que todas las demás que había visto hasta entonces en España. Por último, los actores bailaron muy lindamente, y á las dos no había terminado la función.»—Relación, ya citada, tomo III, pág. 171.
[56] Respecto á las comedias representadas en los conventos, cuenta el compañero del mariscal de Grammont (Journal d'un voyage d'Espagne: París, 1669):
«J'allay à la Messe de Minuit aux Cordeliers, où je me consolay de la perte que j'avois faite de n'estre pas à Madrid, pour voir les comèdies que les Moines représentent chez eux dans le Choeur de leur Eglise cette nuit-la pour se réjouir de la naissance de nostre Seigneur.
»J'avois peine de croire ce qu'un libraire chez qui j'achetai des Livres me dit, qu'il avoi donné la comedie du Mareschal de Biron en vers burlesques à un Moine qui le devoit reprèsenter dans son convent, et que sa femme avoit presté de ses habits à un d'eux pour cela.»
[57] Así lo refiere la condesa d'Aulnoy en sus Memoires de la cour de Espagne, traducido al alemán con el título de Spanichen Staats Geschichte: Leipzig, 1703, página 289: «La Reina madre permanecía en el Buen Retiro (1680), y como se proponía particularmente conciliarse el favor del pueblo, dispuso que se representasen tres comedias con música en los entreactos en la plaza pública, para que pudiera presenciarla mucha gente. Los comediantes representaron tres días seguidos, y fué tanta la concurrencia y tan grandes las apreturas, que algunos murieron sofocados. Gran deleite, según parece, recibe este pueblo de tales espectáculos, sin duda porque los españoles son los más aficionados á ellos en todo el mundo.»
[58] Los versos que siguen prueban que esta comedia pertenece al período posterior:
«.................. del imperio
Es ya nuestra infanta Aurora,
Cuyo divino portento
Las águilas la juraron
Por su Emperatriz; muy presto
Por Francia hará su jornada,
Dando á París rayos bellos,
Porque su hermana y su tía,
Cristianísimos luceros
Del orbe, esmalten sus luces
Con tan glorioso trofeo.»
Estas palabras aluden evidentemente á Doña Margarita, hija segunda de Felipe IV, que en su viaje á unirse con su esposo, el emperador Leopoldo I, hizo una visita á su hermana la reina de Francia: el drama es, por tanto, del año 1665 ó 1666.
[59] Obras posteriores á ésta, y especialmente las de Ticknor y Rivadeneyra, dan más detalles sobre la vida y escritos de Calderón, y corrigen y amplían á nuestro historiador alemán.—(El T.)
[60] Calderón, según indica un escrito de poco mérito, y que no corresponde á su pomposo título (Biografía de Calderón, redactada en presencia de un crecido número de documentos inéditos, por Antonio de Iza Zamácola y Villar: Madrid, 1840), nació, como decimos, en 17 de enero de 1600. Sus restos se trasladaron en el año de 1841, de la iglesia de San Salvador, en donde estaban sepultados, á la de San Nicolás.
La casa en que murió Calderón, el 25 de mayo de 1681, está situada cerca de la antigua Puerta de Guadalajara, en la calle Mayor, manzana 175, núm. 4 antiguo y 89 moderno. Esta casa, según dice Mesonero Romanos, en el Semanario pintoresco de 1853, existía y existe hoy probablemente, con la misma distribución interior que tuvo cuando el gran poeta vivía en su cuarto principal, y, al visitarla, sorprende á todos por su modestia y casi por su pobreza, porque su superficie total es sólo de 849 pies, y la fachada de 17½, con un solo balcón en cada piso á la calle Mayor; y cuando reflexionamos que aquel gran genio de la corte de Felipe IV, aquel capellán octogenario de los Reyes nuevos, el noble caballero de Santiago, el ídolo de la corte y del pueblo, subía los empinados peldaños de aquella estrecha escalera, y habitaba en el reducido espacio de esta pobre vivienda, en donde exhaló el último suspiro, sentimos respeto y admiración profunda hacia el inmortal dramaturgo, que, desde una morada tan modesta, difundió los rayos de su genio por todo el mundo civilizado.
[61] Tres poesías, escritas por él, con este motivo, están insertas en las Obras sueltas de Lope de Vega, tomo XI, págs. 432 y 491, y tomo XII, pág. 181.
[62] Así lo refiere Vera Tassis; pero esta edición ha de ser muy rara, porque yo no he podido encontrarla.
[63] Boisel, Journal du voyage d'Espagne: París, 1669, pág. 298.
[64] Esta es la fecha señalada por Vera Tassis; Dieze, y los escritores posteriores, hacen vivir á Calderón siete años más.
[65] No faltaron en su vida (dice el Sr. Menéndez Pelayo en Calderón y su teatro, págs. 50 y 51), como en la de ningún poeta del siglo XVII, lances de amor y fortuna, cuchilladas, y aquello de tomar iglesia; que era de índole brava y sacudida, lo demuestra la pendencia que tuvo cerca de las Trinitarias, persiguiendo espada en mano al comediante Pedro de Villegas, que había herido alevosamente á un hermano de nuestro dramaturgo, y la noticia dada en los Avisos, de Pellicer, de que en el ensayo de una de sus comedias, en el Buen Retiro, se levantaron unas cuchilladas y salió herido D. Pedro Calderón.—(N. del T.)
[66] A. G. Schlegel.
[67] Conviene ampliar la indicación que hemos hecho de haber utilizado Calderón, con frecuencia, los trabajos literarios de otros, pudiendo asegurarse que muchas comedias suyas, y algunas de las mejores y más famosas que compuso, son tan sólo arreglos de obras de poetas anteriores. Robusta prueba de este aserto ofrece La venganza de Tamar, de Tirso, la cual, para facilitar su cotejo, se ha impreso en la nueva edición de Calderón, al lado de Los cabellos de Absalón, del mismo; la segunda jornada de la comedia de Calderón, desde el principio hasta el fin, no es más que una repetición literal de la tercera de Tirso. Más aún me ha llamado la atención otro descubrimiento de la misma especie, que yo he hecho en El médico de su honra. Aun cuando sabía que todos los catálogos atribuyen también á Lope de Vega un Médico de su honra (aunque también Hartzenbusch, en su edición de Calderón, tomo IV, pág. 669, señala á El médico, como de este poeta, en el año de 1633); pero en la biblioteca del duque de Osuna encontré un Médico de su honra bajo el nombre de Lope, del año 1633, con la adición de representóle Avendaño, muy distinto del de Calderón. El Don Gutierre, que conocemos, se llama en él Don Jacinto; Mencía, Doña Mayor; una criada lleva el nombre de Mencía. La fábula y el orden de las escenas, casi en todo, concuerdan, sin duda, con las de Calderón; pero el diálogo, los versos y la dicción dramática son enteramente diversas, y del estilo, más sencillo, de Lope. No hay más remedio que suponer que Calderón, en El médico de su honra, ha hecho un arreglo de la comedia más antigua, conservando su plan é invención, y limitándose á reformarla en su versificación y sus palabras; porque no puede admitirse que fuera un arreglo anterior de esta comedia, escrita en su juventud, por cuanto el estilo, en lo general, no es el suyo, esto es, el que se observa en las obras suyas de esta edad. Para que se compare con la célebre tragedia de Calderón, copio de la comedia original del mismo título, que lleva el nombre de Lope, y que probablemente es suya, la escena en que el celoso Don Jacinto (Don Gutierre) sorprende á su esposa, al escribir la carta al Infante:
Don Jacinto. ¿Cielos, qué estoy mirando?
¿No está Mayor escribiendo?
Los sentidos voy perdiendo
Y el alma se va turbando.
Confuso, por Dios, estoy;
Llego, ¿qué es esto, señora?
(Corre una cortina, aparece Mayor sentada y escribiendo, y, en
viendo á su marido, se desmaya.)
Mayor. ¡Oh, qué desdichada hora!
¡Válgame Dios, muerta estoy!
Don Jacinto. Desmayóse; ¿qué procuro
Saber ya más en mi ofensa?
Derribe esta bala inmensa
De mi honor el fuerte muro
Si culpada no estuviera,
Aquí no se desmayara;
Ella su disculpa hallara;
Y si es ya justo, que muera.
Bien el delito acrimina
Lo escrito deste papel;
La sentencia escribió en él,
Si bien mi mortal ruína. (Toma el papel.)
Aquí dice: si el amor,
Señor, que me aveys tenido,
Y el que os tuve ha merecido
Que no os vays, cesse el rigor...
Pasar no puedo adelante.
¿Qué de desdichas, qué heredan
Mis desdichas, que sucedan
Dos muertes en un instante?
¡Ay, honor! ¡Y quién pudiera
Aquesta muerte excusar?
Yo el pecho te he de pasar,
Y á mí la congoja fiera:
Aquesto ha de ser assí;
Que me mate á mí el dolor,
Y el hacero del honor,
Mayor, que te mate á ti...
Este quarto he de cerrar,
Pues ya es noche, hasta bolver,
Que un modo nuevo ha de ver
El mundo para matar.
(Cierra la puerta y vase, y despierta Mayor.)
Un monólogo angustioso de Doña Mayor, diverso en las palabras del de la Doña Mencía de Calderón, pero muy semejante en los pensamientos, y en seguida la escena de la sangría suelta:
Don Jacinto. Ya estás en seguro; espera,
No te descubras.
Barbero. No haré.
¿Qué es esto?
Don Jacinto. Yo avisaré.
Barbero. ¿Esta es fantasma ó quimera?
(Don Jacinto se ponga una máscara y saque una pistola, y pónesela á los pechos al Barbero quando le manda descubrir.)
Don Jacinto. ¡Descúbrete!
Barbero. Ya lo hago.
¡Cielos! ¿Señor, qué te he hecho
Que así quieres en mi pecho
Hazer tan bárbaro estrago?
Don Jacinto. Aquí tienes de morir,
Si contradices mi gusto
Aunque te parezca injusto.
Barbero. Sólo te intento servir.
Don Jacinto. ¡Pues entra, y esa mujer
Haz que en líquidos corriente
De carmín derramen fuentes
Sus brazos, hasta que el sér
Pierda, perdiendo la vida,
Ó quitarétela á ti!
Barbero. Harélo, señor, así. (Vase.)
Don Jacinto. Entra; el alma está afligida,
Que aquesto por mí suceda.
Mas en naciendo la ley
De humano el pobre y el Rey
Por primer blasón hereda.
El alma penosa queda
En este forçoso trato
De honor, y me llama ingrato;
No más que á Mayor adora,
Y se enoja, porque agora
Rompo su hermoso retrato, etc.
La última escena, en que el Rey aprueba expresamente la terrible acción de Don Jacinto, es aún más desnuda y sin rebozo que la de Calderón.
Rey.
Jacinto, no ignora
El alma lo que aveys hecho;
Mas, pues los indicios forman
Tanta culpa, errores tantos
Que en vuestro honor se acrisolan,
Lo hecho está muy bien hecho,
Y por mi palabra heróyca
Os prometo de pagaros
El respeto á la persona
De Enrique, siendo desde oy
Vos dueño de mi corona,
Siendo mi amigo, mi amparo,
Siendo mi privança toda,
Siendo un exemplo de vida,
Siendo archivo de la honra, etc.
Terminando así:
Y aquí, senado famoso,
Se da fin á aquesta historia
De el honor en la sangría
Y médico de su honra.
También en El alcalde de Zalamea aprovechó Calderón una comedia del mismo título, de Lope de Vega (que poseía D. Agustín Durán), apropiándose la traza entera de la fábula, los caracteres de los personajes y las escenas más conmovedoras, de suerte que sólo la dicción poética quedó propiedad suya. No puedo decir, por no haberme sido posible examinarlo con detenimiento, cuáles sean las relaciones de esta especie que haya entre El mayor prodigio ó el purgatorio en vida, de Lope (también de Durán), y El purgatorio de San Patricio, de Calderón, siendo el mismo el asunto de ambas.
En La fortuna adversa del infante D. Fernando de Portugal, de Lope, sólo pudo hallar Calderón un débil bosquejo de su Príncipe constante; pero aunque su drama aventaje singularmente al de su predecesor, se notan en él muchos rasgos que el último poeta ha hecho suyos, pulimentándolos. Así, en el de Lope hay los amoríos entre la Princesa mora (llamada en él Arminda), y Muley; el acto generoso de Don Fernando con aquél, y, finalmente, la admirable aparición del Príncipe, aunque no para guiar á los cristianos á la victoria, sino para exhortar á sus compañeros de cautiverio á que lleven sus restos mortales á Portugal.
La niña de Gómez Arias, más antigua, obra indudable de Luis Vélez de Guevara, puesto que dice al fin:
Y aquí os presenta Luis Vélez,
En esta humilde comedia,
La niña de Gómez Arias
Por historia verdadera,
contiene también mucha parte, que se halla luego en la de Calderón, no sólo la traza del argumento, en ambas muy semejante, sino también existen en la primera, aunque en germen, escenas aisladas que se reproducen en la segunda más desarrolladas y perfectas. Así, en la comedia de Guevara se nota el modelo que sirvió para el celebrado diálogo de Dorotea (llamada allí Doña Gracia):
Mi vida, que culpa
Grave cometí,
Que merezca pena
¿Qué es más que morir?
Por daros el alma
¿Fué agravio que ansí
La tratáis agora,
Sin más advertir
Mi honor ni mi amor?
¿No miráis que os di
De entrambos las llaves?
¿No habláis? ¿qué decís?
Señor Gómez Arias,
Duélete de mí,
Que soy niña y muchacha:
Nunca en tal me vi.
[68] Calderón expresa de este modo su veneración hacia Lope de Vega:
Aunque la persecución
De la envidia teme el sabio,
No reciba de ella agravio,
Que es de serlo aprobación:
Los que más presumen, son,
Lope, á los que envidias das,
Y en su presunción verás
Lo que tus glorias merecen,
Pues los que más te engrandecen
Son los que te envidian más.
Véanse las Obras sueltas, de Lope de Vega, tomo XII, pág. 15.
[69] V. esta Historia, tomo III, pág. 424.
[70] Este monólogo nos hace recordar la comedia de Tirso, no sólo por sus pensamientos, sino también por su versificación, porque se intercalan también algunos versos yámbicos entre los trocáicos.
[71] Digamos de paso aquí, que ha de agradecerse el trabajo empleado por algunos historiadores de literatura (como, por ejemplo, el nuevo y excelente editor de Garcilaso), llamando la atención hacia los pasajes paralelos á los comentados por ellos, porque su ilustración es mayor de esta manera. Otra cosa muy distinta sucede á esos críticos modernos, que rebuscan con maligna alegría en las obras de los poetas, con el propósito de averiguar si encuentran algún pensamiento, algún giro ó expresión, tomada de otros, ignorando que su botín sería mucho más considerable si examinaran las obras de los grandes poetas de los tiempos pasados, y si supieran que, al hacerlo así, eran también grandes y verdaderos poetas. Recuérdense las innumerables acusaciones de plagio que hicieron á Lord Byron los escritores de revistas de su tiempo, no pudiendo negarse que, no sólo se apropió pensamientos aislados é imágenes, sino también pasajes enteros, escenas y situaciones de obras ajenas (siendo la más notable prueba de lo expuesto la semejanza que hay entre el Don Juan y las Novelle galanti de Casti); pero á los que aprovechaban este pretexto para rebajar el mérito de ese poeta eminente, replicaba Walter Scott en estos términos: «Es una ocupación favorita de estúpidos pedantes hacer resaltar esas reminiscencias, juzgando que con ellas hacen descender á los genios de primer orden á una esfera vulgar, y colocan al autor en la misma categoría que á sus críticos.»
[72] Véase el artículo «Gil Vicente» en el apéndice á este tomo.
[73] Calificamos de plagio verdadero y censurable el hecho de publicar comedias ajenas enteras, conservando casi todos sus versos y sin hacer en ellas alteraciones esenciales, como hizo, por ejemplo, Felipe de Godínez con La venganza de Tamar, de Tirso, que, con ligeras alteraciones, ofreció en el teatro como suya. Al hablar de Moreto trataremos de otros casos iguales.
[74] En la Nueva idea de la tragedia, de González de Salas, impresa en 1633, se encuentra el notable pasaje siguiente:
«Alto es su spíritu, i atrebido á la maior empresa; felices son también en las invenciones, floridos en el Stilo, i que naturalmente acometen siempre á enriquecerle i dilatarle. Pero no sé de qué mal astro tocados le han pervertido en estos años postreros de nuestra edad, obscureciéndole, i afeándole de manera que monstros son ia muchos de los partos de sus ingenios, que necessario es religiosamente expiarlos; y consultar para su interpretación los Oráculos, no de otra suerte que si fueran Libros Sibylinos. Con esto los Poetas Lyricos nuestros, que en mi opinión son bentajosos á los Griegos i Latinos, assí se hallan deformados, que en pocos se conosce ia la hermosura i elegancia primera. Los Cómicos están más preservados hasta hoi de esta pestilente influencia, quiera el Hado propicio librarlos de su contagio, quando tienen ia en aquel grado la Comedia, á donde con no pequeña distancia de ninguna manera llegó la de los Antiguos.»
[75] Federico Zimmermann.
[76] Son excepciones de esto, de época anterior, las que se encuentran en algunas comedias de Tirso de Molina, por ejemplo, en la de Escarmientos para el cuerdo, y en algunas de las de Lope de Vega, como en Las bizarras de Belisa.
[77] Véase el siguiente diálogo, especie de duo:
Adolfo. De parte de la nobleza
Yo...
Celio. Y yo de parte del pueblo...
Adolfo. Vengo á saber de los dos...
Celio. Saber de los dos pretendo...
Los dos. En que os habéis convenido.
(Mujer, llora y vencerás.—Jornada tercera.)
En los versos siguientes el diálogo se distribuye de la
misma manera entre cuatro personas:
Rey. Hombre, aborto de la espuma,
Que esa marítima bestia
Sorbió sin duda en el mar
Para escupirte en la tierra...
Licanor. Parto de aquesas montañas,
Que, equivocando las señas,
Para ser fiera eres hombre,
Para ser hombre eres fiera...
Fencis. Racional nube, que el viento
Para rayo suyo engendra,
Pues el trueno de tu voz
Espeluzna y amedrenta...
Irene. Prodigio, ilusión y asombro,
Que ha bosquejado la idea
De algún informe concepto
De soñadas apariencias...
Rey. Qué mal entendido rumbo...
Licanor. Qué derrotada tormenta...
Fencis. Qué deshecho terremoto...
Irene.. Qué fantástica quimera
Rey.. A estos puertos,
Licanor. A estos montes,
Fencis. ¿Te trae?
Irene. ¿Te arroja?
Rey. ¿Te echa?
(Cadenas del demonio.—Jornada primera.)