[399] D. Francisco Sanchez de Feria en su obra inédita Descripcion moderna y antigua de Córdoba, que hemos citado otras veces, dice solamente que era propia del vínculo que poseía en su tiempo D. Manuel Serrano de Rivas, abogado de los Reales Consejos.
[401] Nada dice de esta restauracion el minucioso Bravo en su Catálogo de los obispos, etc. Solo nos hablan de ella el capellan Moreno en su obra inédita ya citada Antigüedad y grandezas, etc., y el Sr. Casas-Deza en su Indicador cordobés, quien no nos dice de dónde ha tomado tal noticia. Conviene advertir que la obra de Moreno, como escrita muy á la ligera, contiene varias inexactitudes; sin embargo, hay una circunstancia que en el caso presente puede dar fuerza á su aserto, y es, el añadir que en la clave del arco principal de la referida capilla mayor antigua se hallan esculpidas las armas del obispo D. Iñigo. Nuestro descuido en verificar este hecho cuando visitamos la catedral, nos impide sacar al lector de dudas.
[402] Hemos tenido la curiosidad de contar las veces que para impetrar del cielo lluvias ó serenidad fué llevada la Vírgen de Villaviciosa desde su ermita á la iglesia mayor solo en el decurso de los 170 años que median del 1529 al 1699; y resulta que esta traslacion tuvo lugar una vez bajo el reinado de Cárlos V, nueve veces bajo el de Felipe II, dos en tiempo de Felipe III, doce reinando Felipe IV, y cinco durante el reinado de Cárlos II, en cuyo último año de vida se hizo la postrera traslacion.
[404] Ahlu-dh-dhimmah era el nombre que daban los sarracenos á los cristianos y judíos mozárabes, y significa pueblo constituido en patrocinio ó protegido.
[405] Escribiéronle, enviando tambien cartas para los obispos y próceres de aquel reino. La dirigida al rey llevaba, segun los Anales Bertinianos, la data del año 847.
[406] No era dificil que estos concilios fuesen autorizados con metropolitanos, porque estos estaban bajo la jurisdiccion del rey de Córdoba, como lo esplica Florez, España Sagrada, trat. 33, cap. 10.
[407] Acaeció este hecho memorable el año 883 con motivo de la irrupcion que hicieron en los dominios cristianos los ejércitos sarracenos, bajo el califato de Almundhyr, cumplida la tregua pactada entre D. Alfonso y Mohammed.
[408] La basílica ó iglesia de S. Jorge, de que habla el moro Rasis, debia ser una de estas, atendidas las robustas presunciones que hay de que fuese el actual monasterio de religiosas de Sta. Clara aquel templo fuerte donde se defendieron por espacio de tres meses los cristianos de Córdoba contra las huestes sitiadoras de Mugueith, despues de la muerte de D. Rodrigo. Véase la nota de la pág. 91, al final.
[409] Salviato en la Vida de S. Martin de Soure, y el árabe Al-Makkarí en su Historia tantas veces citada; ambos hacen memoria de una iglesia dedicada á la Vírgen María, que no nombran S. Eulogio, ni Alvaro, ni el abad Sanson.
[410] Son de esta opinion el P. Roa, el Dr. Gomez Bravo, y otros diligentes conservadores de las memorias sagradas de Córdoba. Pero no son solo razones de autoridad las que nos inclinan á su sentir. La sana crítica no buscará en vano fundamentos que persuadan la grande antigüedad de los referidos templos. Sea el primero esa como marca ó señal gloriosa que parece providencialmente conservada en ellos para que puedan en todo tiempo ser reconocidos; á saber, el desmoche ó demolicion de sus torres acaecido bajo las sangrientas persecuciones de Mohammed, hecho singularmente notable que S. Eulogio testifica en dos de sus obras. Han trascurrido siglos y siglos; pudo la brillante época de S. Fernando haber erigido en su lugar nuevas torres, y aun parecia necesario hacerlo; las basílicas sin embargo han subsistido con sus torres desmochadas, como en memoria de aquella tempestad terrible suscitada contra la verdadera fé que tronchó los sagrados mástiles de las naves del Pescador sin sumergir estas; y si alguna se ha reedificado, ha sido, como la de S. Lorenzo, en tiempos muy posteriores, sin temor de que atribuya nadie á una época misma el cuerpo de la iglesia y su torre.
Otro fundamento es la clase de construccion que en los muros maestros de dichas parroquias se advierte, donde por rara casualidad la ha dejado descubierta la manía rebocadora de los señores rectores y obreros que de tiempos atrás se han venido sucediendo, la cual cubre hoy indistintamente con una capa de cal y ocre de medio pié de espesor así los rústicos y lisos paredones, como las antiguas, menudas y prolijas esculturas de las archivoltas, capiteles, cenefillas, repisas, etc. Este género de construccion es por hiladas de sillares, en las que alternan uno por largo y otro ú otros dos como de canto; y el escrupuloso observador Diaz de Rivas lo hace peculiar de las fábricas arábigas. Adviértese en S. Lorenzo, de la cual hay tradicion que ocupa el sitio mismo de la basílica erigida en 262 por escitacion de S. Sixto II en el solar donde habia nacido el santo mártir. Ahora bien, si esta práctica es una importacion de los árabes, ¿cómo suponer que estuviese en uso en tiempo de la reconquista, esto es, cuando ya apenas quedaba en Córdoba un puñado de mudéjares, y cuando el nuevo estilo occidental triunfante tenia mas proporcion de ostentar sus medios particulares? ¿No es mas natural y sencillo colegir que los cristianos mozárabes la aprendieron de sus dominadores, y la introdujeron en sus construcciones con todas las otras innovaciones de carácter oriental que tambien tomaron de ellos?
Otro fundamento por fin pudiera ser la ornamentacion arquitectónica de las citadas parroquias, no como hoy se manifiestan al primer golpe de vista, sino despues de buscar y contemplar sus partes mas antiguas. Porque sucede con frecuencia hallar un edificio de estos medio encubierto por defuera con miembros en diversos tiempos añadidos, dejando apenas ver por encima de un tejado, ó donde menos se esperaba, los indicios de una fachada inutilizada, los restos de un primitivo ábside semicircular, ó cosas semejantes. Dicha ornamentacion es por sí misma motivo de grandes dudas en Andalucía; no lo seria en cualquiera de las provincias del norte ó del centro de España. Aquellas portadas de una porcion de archivoltas concéntricas, de molduras grandemente rehundidas, formando arco abocinado, y revestidas de dientes de sierra, de puntas de diamante, de zig-zags, de graciosos pometados y de menudísima follagería que deja modestamente campear las líneas sin encubrirlas; aquellos capitelitos en forma de dados, aquellos lisos y sencillos fustes que son como la prolongacion misma de los gruesos resaltos ó molduras de la archivolta; aquellos cordones ó funículos que á manera de collarines ciñen los fustes por debajo de los capitelillos, sin interrumpirse de una á otra esbelta columnilla; aquellas lindas repisas, todas trabajosamente esculpidas con caras, ó figurillas, ó follage, que suelen ser el sosten de otros capitelillos intermedios que forman con los de las columnas una faja contínua y apretada de preciosos dados; finalmente, aquellos rústicos tejaroces que coronan las antiguas portadas, y cuyos caprichosos y variados canes, á veces de espantables monstruos, á veces de lisas y toscas molduras horizontales, casi nunca caen simétricamente sobre las puertas: todos estos son caractéres inequívocos del mas puro gusto bizantino segun se practicó en España desde los tiempos de los sucesores de Carlomagno hasta fines del siglo XIII. Pero son sumamente equívocos en toda Andalucía, dominada y aleccionada por las gentes de levante, primero en el siglo VI por el vergonzoso pacto de Athanagildo, luego desde el VIII en adelante por el gran desastre de que fué causa la sensualidad de D. Rodrigo. Cabalmente en ambas épocas despedia la mas codiciada luz, difundiéndola hasta las gélidas regiones septentrionales, la escuela artística de Bizancio: Justiniano y los Porfirogénitos fueron en ellas verdaderos faros para los otros reyes de Europa. Ahora bien, si esta ornamentacion, cuyos caractéres todos son neo-griegos, sin mas mezcla en apariencia occidental que el arco levemente apuntado (que vimos en la catedral empleado tambien por los arquitectos árabes como mero motivo de decoracion mucho antes de formularse el gran sistema ojival en Occidente); si esta ornamentacion, repetimos, era la que se usaba, tomada de Oriente, por los españoles andaluces del siglo de S. Eulogio; en este caso, no habria inconveniente para contar entre las antiguas basílicas mozárabes las cuatro de que vamos hablando. Y no solamente estas cuatro, sino tambien la que es hoy parroquia de Santiago, donde se observa el mismo estilo decorativo que hemos ligeramente bosquejado.
Es cierto que el estilo que hemos denominado bizantino y neo-griego, y que otros llaman románico y romano-bizantino, no empezó á prevalecer en la generalidad de los Estados europeos hasta el XI siglo, perpetuándose despues, en unos hasta fines del XII, en otros hasta el último tercio del siglo XIII, como sucedió en muchas provincias de España. Pero ¿quién negará por eso que las provincias del mediodia de nuestra península pudieron bajo la influencia arábiga adelantarse en las prácticas del estilo bizantino mas de dos siglos á las demas naciones de Europa, apegadas á sus usos antiguos? ¿Se ignora por ventura que Córdoba y Bizancio daban leyes de cultura y buen gusto al Occidente todavía semi-bárbaro en la época floreciente de Abde-r-rahman el Grande? Nótese que el siglo de S. Eulogio fué aquel en que el arte arábigo, hijo primogénito del bizantino, segun queda latamente demostrado en el capítulo anterior, alcanzó su mayor grado de esplendor; y que el arte mozárabe, cualquiera que fuese, no podia permanecer estraño á sus atractivos.
Pero supongamos que se mantuviese puro é incontaminado en sus antiguas prácticas romanas: todavia quedan en pié los dos primeros fundamentos que hemos esplanado para persuadir la antigüedad de las cuatro parroquias referidas; y en este caso lo único que concederemos será, que esa ornamentacion bizantina (practicada en casi toda España durante el siglo XIII juntamente con la ojival primaria) ha sido añadida despues de la reconquista para engalanar mas las basílicas ó parroquias que ya existian. De todas maneras, cualquiera que compare la portada de la fachada antigua de Santiago con la lateral de Sta. Marina publicada en este tomo, advertirá desde luego una gran diferencia: la de Santiago con sus capitelitos cúbicos esculpidos, con aquel funículo corrido que sirve de astrágalo á los fustes de las columnillas, con aquella rusticidad de canes fantásticos colocados sin ninguna simetría, revela al primer golpe de vista una época muy anterior á la de la reconquista. La de Sta. Marina al contrario está pregonando su orígen septentrional: las columnillas que sostienen la sencilla archivolta llevan esbeltos capiteles de follages como los que se ven en las construcciones ojivales del siglo XIII, y la portada se corona con un alto y agudo gablete, muy sencillo y muy saliente, flanqueado de dos estribos á modo de agujas que rematan en una especie de flor de lis, formando un conjunto que constituye una muestra perfecta del primer estilo ojival implantado en España. Esta sí que es una restauracion hecha en la basílica antigua despues de la reconquista.
Pero ¿quién se atreverá hoy á clasificar con seguridad la arquitectura de las interesantísimas parroquias de Córdoba? El indiferentismo artístico, y las mas de las veces una crasa ignorancia, oponen dificultades inmensas al observador concienzudo para reconocer, desenmascarar y examinar cómoda y detenidamente sus partes. A los señores rector y beneficiados poco les importa que su iglesia sea ó no visitada y elogiada por los arqueólogos. Con tal que esté bien enjalvegada por fuera, y por dentro bien blanqueada y clara, les es de todo punto indiferente que se vean ó no los antiguos ornatos esculpidos; que pueda ó no estudiarse en ella el aparato de la construccion, su corte de piedras, etc.; que se le atribuya ó no una remota antigüedad (cuando no es para ellos esta antigüedad la causa misma de su indiferencia). ¡Como si fuera negocio de poca monta y sin influencia para avivar el celo religioso de sus feligreses, el saber de positivo que esas mismas paredes y ese mismo recinto habian albergado en otro tiempo á aquellos ilustres mártires de los siglos IX y X, y resonado con los himnos de dolor y de júbilo de la desgraciada grey mozárabe, unas veces atribulada por las persecuciones, otras regida en paz y justicia al cesar aquellas!
[411] D. Francisco Sanchez Feria en su obra inédita citada: Descripcion moderna y antigua de la ciudad de Córdoba, pág. 40.
[412] Dos iglesias hay en la villa ó parte alta muy curiosas por lo claramente que indican haber servido de mezquitas: es la una aquella misma iglesia de S. Jorge, hoy monasterio de Sta. Clara, en cuya torre se advierte por la parte inferior la manera de construir de los árabes, con sillares alternados á lo largo y de canto; otra es la iglesia de S. Miguel, que conserva de estilo morisco una lindísima fachada lateral con portada de ojiva túmida, ceñida por un arrabá de bellas fajas esculpidas, y flanqueada de esbeltas columnillas con capiteles bizantinos; y además una magnífica claraboya de arquitos de herradura sobre columnitas que parten del centro como otros tantos radios.
[413] Lo demuestra el sabio anticuario romano Ciampini en varias obras de grande erudicion, una de las cuales se titula Vetera monimenta: en dos tomos en folio.
[414] L. May: Des temples anciens et modernes.
[415] El pueblo longobardo, que era menos civilizado que el nuestro, vió en el siglo VI, en tiempo de su reina Teodelinda, cubrir de pinturas las paredes de la basílica de Monza, representando las proezas de todos los reyes de aquella raza hasta Agilulfo. Paul. Diac. Historia de los longobardos, cap. 23, lib. 4.º
[416] Habia particulares que fundaban iglesias y monasterios, y los dotaban, y estos conservaban en la España mozárabe los mismos derechos de patronato que les habian reconocido las leyes visigodas. Como ejemplos de monasterios fundados por particulares, solo en la Sierra de Córdoba y sin salir del IX siglo, podemos citar dos: el Tabanense y el de Peñamelaria, costeados, el primero por los piadosos cónyuges Jeremias é Isabel, y el segundo por los padres de la mártir Sta. Pomposa.
[417] En cuanto á esta dependencia subsistia el mismo régimen de la España goda. El obispo era el principal administrador de todas las rentas eclesiásticas, que se componian: de los diezmos y oblaciones gratuitas de los fieles, y del producto de las haciendas y demas inmuebles. Cuidaba de ellas un ecónomo, nombrado por el obispo. Los diezmos y oblaciones se dividian en tres partes: una para el prelado, otra para los presbíteros y diáconos, otra para los subdiáconos y demas clérigos. Otras tres partes se hacian del rendimiento de los inmuebles: la primera para el obispo, la segunda para los beneficiados, la tercera para la manutencion y conservacion de la iglesia de que procedian, estando particularmente prevenido que si alguna parroquia necesitaba hacer obra y no tenia bastante dinero, la costease el obispo. Para impedir que los prelados se apoderasen de cosa alguna de la iglesia, ó apropiasen á su catedral lo que era de las parroquias ó monasterios, estaba mandado que todo obispo despues de su consagracion se hiciese cargo con inventario formal y delante de cinco testigos de lo que se le entregaba en bienes raices y muebles, y en su archivo tuviese nota auténtica de las haciendas y haberes de todas las iglesias de su diócesi.
[418] «Cada cura, dice Masdeu (Hist. crít. etc., tomo XI, España goda, lib. III), tenia para el servicio del coro y de su iglesia un número de clérigos á proporcion de las rentas, pues con estas debia vestirlos y mantenerlos con la debida decencia, teniendo derecho al mismo tiempo para castigarlos y aun azotarlos si no cumplian con su obligacion.» Esta costumbre de la España goda persistió bajo la dominacion sarracena, y en todas las iglesias, fuesen ó no monasterios, hacia el clero vida regular y conventual bajo la direccion de su cura ó rector, llamado tambien abad. Así lo aseveran Morales y otros diligentes historiadores.
[420] Ibid., nota 2.
[421] S. Isidoro: Operum, tomo 2. De Ecclesiasticis officiis, lib. II, cap. 2.
[422] Esta creemos sea la interpretacion que deba darse al pasage en que S. Eulogio refiere (Mentor. Sanctor., lib. II, cap. 10) que los Stos. Aurelio y Félix resolvieron declarar abiertamente su fé haciendo que sus esposas fuesen á la iglesia sin llevar cubierto el rostro. Es claro que esta mera circunstancia las hacia aparecer cristianas, puesto que todas las mujeres entre los sarracenos, casadas, solteras y viudas, llevaban tapado el rostro con solos los ojos descubiertos.
[423] En la Galia Narbonense, menos modestos, solian los clérigos cubrirse de púrpura, distintivo de los magistrados. Los nuestros no incurrieron jamás en semejante vanidad, si bien fué necesario que el presbítero Leovigildo con su libro de habitu clericorum pusiese correctivo á ciertos abusos en no mantener como era debido la insignia de los órdenes mayores.
[424] Los legos dejaban crecer la barba; los eclesiásticos la raían segun la costumbre antigua del clero de Occidente, contraria á la del clero griego; así lo afirma S. Gregorio VII, lib. 8, Epist.
[425] Cerca del pueblo de Trasierra, que pertenecia al antiguo condado de Espiel, se encontró limpiando un pozo una campana del tiempo de que vamos hablando. Era un donativo ofrecido por el célebre abad Sanson, rector de la basílica de S. Zoil y abad del monasterio pinamelariense, á una iglesia titulada de S. Sebastian, de la cual no queda hoy mas memoria sino que estaba en la Sierra de Córdoba á tres leguas de la ciudad. Consérvase esta campana en el Museo provincial de la misma: es de bronce, tiene un solo palmo de diámetro y no tanto de alto; por de fuera es próximamente hemisférica, y tiene en su borde una inscripcion grabada con muchas abreviaturas, que dice así: Offert hoc munus Sanson abbatis in domum Sancti Sabastiani martyris Christi. Era DCCCC et XIII. Esta campana singular, que se conserva sin badajo, de seguro no tiene mas sonido que un buen cencerro de los llamados zumbones, y es materialmente imposible que pudiese servir para el oficio que hoy entre nosotros tienen las campanas, no estando acompañada de otras varias y formando con ellas una cosa parecida al juego de repique que los franceses llaman carrillon.
[426] Alvaro: Indículo luminoso, núm. 3.
[427] Así lo testifica S. Eulogio en su Epist. 2.ª á Alvaro.
[428] La legacía de S. Juan Gorziense es uno de los sucesos mas curiosos que puede presentar la historia diplomática de la edad media. Labbe, Mabillon y Pagi nos dan de ella estensas noticias, que hallará el lector habilmente recopiladas en Gomez Bravo, Catálogo de los obispos, etc., tomo I, pág.ª 206 y siguientes.
[429] Llamábase monasterio dúplice ó mixto aquel en que hacian vida reglada y monástica personas de ambos sexos, si bien con la debida separacion interior, la cual era sumamente rigurosa, como se verá mas adelante. Estos monasterios fueron muy comunes en la Bética, y aun en toda España, desde que se introdujo la vida monacal en ella. En el concilio segundo hispalense celebrado bajo el reinado de Sisebuto, esto es, en el primer tercio del siglo VII, se dictaron reglas muy prudentes sobre esta clase de monasterios.
[431] Ibid., nota 1.
[432] «Vastissimam horret inter deserta montium solitudinem.» (S. Eulogio. Memor. Sanctor., lib. II, cap. IV.) Ambrosio de Morales en sus escolios á esta obra dice que cerca de este antiguo monasterio se edificó despues el de S. Francisco del Monte, distante veinticuatro millas de Córdoba, á la márgen del Guadamellato. Bien advierte Florez en su España Sagrada que esta distancia no concuerda con la de treinta millas, que es la que asigna S. Eulogio al monasterio Armilatense; pero haciéndose cargo de que podria tal vez haber error en los números, añade «que aunque el lugar no sea idéntico, es tan notable la observancia de los venerables padres franciscanos en aquella soledad, que pueden decirse herederos del espíritu y vigor de los antiguos.»
[433] Acerca del sitio que ocupaba este insigne monasterio nada se sabe de positivo. Hay tradicion de que estuvo en el mismo lugar donde floreció despues otro famoso santuario, titulado de Sta. María de las Huertas, que existia en pié cuando la ciudad fué conquistada por S. Fernando en 1236, y que adquirió tierras en el ruedo ó repartimiento hecho por este rey, segun puede verse en Gomez Bravo, Catálogo de los obispos, etc., al año 1250. No todos los que han escrito de antigüedades cordobesas se acomodan con esta tradicion. Morales, Gomez Bravo y otros la sostienen; D. Bartolomé Sanchez Feria en su Palestra Sagrada (nota 2 al dia 7 de junio) la impugna; y despues de esplicar la inteligencia que debe darse al breve texto de S. Eulogio que sirve á aquellos de fundamento: in vico Cuteclara non longe ab urbe in parte occidentali enitescit: concluye que Cuteclara estuvo donde hoy Córdoba la vieja. Esta conclusion de Sanchez Feria es errónea, porque, como mas adelante veremos en el capítulo sobre Medina Az-zahra, ni Córdoba la vieja está al occidente de Córdoba, ni hubo jamás en ese terreno otras construcciones que las de aquel famoso palacio árabe cuyas ruinas se ven todavía. D. Pedro de Cárdenas y Angulo (Vida del ermitaño Francisco de Sta. Ana), describiendo el sitio de la Albayda, dice: Aquí fué el antiguo convento de Sta. María de Cuteclara. Tambien esta aseveracion es equivocada: en primer lugar la Albayda está al norte de la ciudad, no al occidente, como era menester que estuviese para dejar ileso el texto de S. Eulogio; en segundo lugar, en la Albayda no se han descubierto jamás rastros de edificacion que puedan suponerse de aquella fecha. Allí no hay mas edificio que un castillo, hoy propiedad del conde de Hornachuelos, cuya construccion es moderna comparativamente á la época de que se trata, aunque en él se descubran cimientos y muros del tiempo de los árabes.
A falta, pues, de mas sólidas razones con que destruir la piadosa tradicion, séanos dado seguirla.
El santuario de las Huertas y la imágen que en él se veneraba eran objeto de una muy asídua y particular devocion de parte de los cordobeses al tiempo de la reconquista, y de este culto hay abundantes memorias en los siglos siguientes, así en mandas de testamentos, como en procesiones y plegarias motivadas por varias necesidades públicas. De uno de estos instrumentos, que es la disposicion testamentaria del dean D. Ruy Perez otorgada en 1391, se colige que el santuario de la Vírgen de las Huertas, sin mudar su título, se habia convertido ya en beaterio y clausura de mujeres devotas, que llamaban emparedadas; y así se le nombra constantemente en otros testamentos posteriores. Luego vemos establecida en este santuario una cofradía con el título de Nuestra Señora de Roque-Amador ó Rocamador, fundada en época incierta. Ultimamente, en 1510, por donacion hecha á los religiosos de S. Francisco de Paula ó de la Victoria, de esta santa casa con todas sus pertenencias, la cofradía de Rocamador se trasladó al hospital de S. Hipólito, dentro de la ciudad, hoy ermita de Nuestra Señora de la Alegría; las emparedadas pasaron tambien á otra casa, y la iglesia del antiguo santuario se conservó unida á modo de capilla al nuevo templo que los religiosos de la Victoria levantaron. Tienen este templo y convento de Mínimos, ya desierto, su situacion extramuros de la ciudad, cerca de la puerta Gallegos y Almodovar, y en la escritura de donacion á que debió su existencia se lée la condicion de que habia de titularse Monasterium Sanctæ Mariæ de Victoria de hortis, para que se perpetuase la memoria de santuario tan antiguo. Así pues, segun la piadosa tradicion, la iglesia del antiguo y célebre monasterio cuteclarense habia estado donde estaba ahora la del nuevo convento.
Hasta la entrada de los franceses en el presente siglo subsistió al lado del altar de S. Francisco de Paula, donde se habia colocado tambien la antigua imágen de Nuestra Señora, una tabla que á la letra decia así: «Por la mucha humedad y oscuridad de la capilla que está á espaldas de esta obra, y por el poco culto y escasa decencia con que en ella se servian el depósito del Santísimo Sacramento y las sagradas imágenes de Nuestra Señora de las Huertas ó de Cuteclara, y de nuestro glorioso padre S. Francisco de Paula, se sacaron y colocaron en este retablo y altar, que se les construyó el año de 1715.» Al cerrarse esta iglesia al culto con la supresion de los regulares, la imágen de Nuestra Señora fué llevada á la colegial de S. Hipólito y puesta en el altar de Jesus Crucificado.—Nosotros hemos tenido ocasion de contemplarla de cerca y detenidamente en la sacristía del referido templo, donde se hallaba no sabemos por qué motivo; y observamos en ella algunas de las incorrecciones que caracterizan las obras de escultura de los mas remotos siglos de la edad media. Estremos grandes y desproporcionados, formas cuadradas y sin esbeltez, miembros cortos y abultados que hacen aparecer las figuras enanas, pliegues en cuya disposicion se advierten reminiscencias del clásico antiguo, y por lo tanto mucho mas correctos que los de la escultura de los siglos X, XI y XII, puramente convencionales y bárbaros: todas estas son facciones propias de una creacion goda, y confirman hasta cierto punto la tradicion de ser aquella imágen la misma que veneraron los santos mártires del monasterio cuteclarense. Es de piedra, está sentada con el niño Jesus en el regazo, en el cual por cierto se halla el divino infante como hundido; y parece escusado añadir que ambas figuras han sido repetidamente acariciadas en estos últimos siglos por las brochas de los pintadores.
[434] Así lo atestiguan Beda y Mabillon.
[435] Véase Flores, España Sagrada; Masdeu, Hist. crít., etc.
[436] Véase el comentario á los cánones ó capítulos del concilio de Aquisgran que publicó Yepes al fin del tomo III de su interesante Crónica de S. Benito: en el cual se citan de contínuo ejemplos de prácticas y usos observados en los monasterios de España, en especial en el de S. Benito de Valladolid, en cumplimiento de lo preceptuado en dichas constituciones.
[437] Téngase presente que una cosa es la regla de S. Benito y otra cosa las constituciones y reglamentos particulares de cada congregacion. En el siglo de que vamos hablando no existian aun aquellas famosas abadías matrices de Cluni y del Cister, que por efecto de la inmensa importancia política y religiosa que adquirieron, no pueden en manera alguna compararse con los monasterios anteriores á la primera reformacion. Fuera de España sin embargo hubo abadías de gran cuenta desde el tiempo de Carlomagno hasta el X siglo; pero las mayores nuestras no llegaron al apogeo de su poderio feudal hasta despues de adoptada en ellas la reforma cluniacense. Esto se esplica facilmente: las gentes que habitan á la parte de acá del Danubio y del Rhin, la Suiza, la Baviera, la Alsacia, el Austria occidental, las provincias de Colonia y Tréveris, y toda la tierra baja de Flandes, vivian sin industria y sin artes, casi puede decirse sin poblaciones fijas, y mucho mas por consiguiente sin centros de cultivo cientifico y literario, cuando los monges benedictinos empezaron á evangelizarlas. Las pocas ciudades que en esta parte de Alemania habia, estaban destruidas con las irrupciones continuas de otros bárbaros bajados del Septentrion. Asi como la de Salisburgo tuvo principio en el monasterio de S. Pedro erigido por el monge S. Ruperto, y las de Argentina y Worms por los que edificó S. Amando favorecido del rey Dagoberto; del mismo modo otros monasterios de la regla de S. Benito fueron el principio de la restauracion de otras ciudades, y como el núcleo de las principales que en Alemania se fundaron de nuevo. A la parte de allá de los dos citados rios, y al otro lado del Báltico, donde la gente era todavia mas bárbara é inculta, se fueron asimismo agrupando en torno de los monasterios benedictinos muchas poblaciones, que andando los tiempos llegaron á un alto grado de esplendor y riqueza. Suevia, Turingia, Sajonia, Dania, Gocia, Suecia, Noruega, Polonia, Rusia, deben sus mas famosas universidades y sus ciudades mas opulentas á los monasterios. Quien dude de este aserto puede consultar á Beato Renano en su libro II de las cosas de Alemania, á Alberto Crancio en su Metrópoli, á Jorge Braun en su Teatro de las ciudades, á Munstero en su Geografía, á Bocio en su libro 22 de las Señales, á nuestro P. Yepes en su Crónica de S. Benito, centuria 2.ª al año 640, y en otros muchos escritores tan respetables como estos. Fulda, Escafusa, Lucerna, San Galo, Wisemburgo, Sechingen, Amerbaquio, Campidonia, Blamberg, se glorían de su orígen monástico; y la insigne ciudad de Muster ha querido perpetuar la memoria de él en su propio nombre, que en lengua alemana significa monasterio. Ahora bien, como estos centros religiosos no solo enseñaban á aquellas gentes la doctrina de Jesucristo, sino tambien todas las ciencias y artes de utilidad, las matemáticas, la astronomía, la aritmética, la música, la retórica, las lenguas sabias, la poesía, etc.; como ellos, además de difundir la luz de la civilizacion en aquellas regiones, eran los defensores de los intereses legítimos de los reyes, de los grandes y de los pueblos en medio del caos espantoso que habia sucedido á la caida del imperio romano de Occidente; los únicos que sabian desarmar la petulancia de los magnates oponiendo la resistencia moral á la fuerza bruta, y contener la ferocidad de las hordas hambrientas con la mansedumbre y la caridad, y hacer prosperar la causa de los reyes con el ejemplo de una sociedad sabiamente ordenada y tranquila; no debe estrañarse que estos grandes servicios alcanzasen su recompensa, y que desde el siglo IX hubiese en Europa establecimientos monásticos espléndidamente enriquecidos con donaciones de tierras, libertades, exenciones, privilegios especiales, y oblaciones de todo género. Los que habian enseñado á la Europa septentrional á sacudir la corteza de la barbarie roturando tierras, desecando pantanos, desmontando bosques, regularizando las corrientes, construyendo hornos, abriendo escuelas y talleres, merecian bien de todas las clases y gerarquías: ellos daban ejemplos de abnegacion, protegian á los débiles, socorrian á los necesitados, respetaban á sus semejantes; á ellos son debidos los primeros gérmenes de libertad é independencia; á ellos se debieron despues los primeros bosquejos de organizacion central que en los siglos posteriores adoptaron los reyes. Muy natural era, pues, que la gran familia benedictina alcanzase mayores beneficios allí donde mas servicios habia prestado, y que en las naciones de Europa mencionadas llegase á haber monasterios como el de S. Galo, el de Fulda, el de Murbaquio, el de Campidonia, el de Wisemburgo, el de Hirsfelden, etc., que mas que casas conventuales pareciesen, á semejanza de la de Monte Casino, verdaderas ciudades. La abadía de S. Galo conserva aun en los archivos de su suprimido monasterio el plano que para el mismo edificio se supone trazó por los años de 820 el famoso Eginhardo, á peticion del piadoso abad Gozberto que la gobernaba. Este plano, que publicaron Mabillon en sus Anales Benedictinos, t. II, p. 571, y recientemente M. Fr. Keller con una memoria descriptiva, que puede verse en las Instrucciones sobre la arquitectura monástica de M. Albert Lenoir, dá una idea cabal de lo que era una abadía de la órden de S. Benito en la primera mitad del siglo IX. Es pues este documento un grande auxiliar para nosotros. La iglesia ocupa en él un grande espacio: presenta dos abaides, uno á oriente y otro á poniente, perfectamente semicirculares; dos exedras, dos coros, gran número de altares aislados en las naves principal y colaterales; ambones como en las primitivas basílicas para leer la Epístola y el Evangelio; la pila bautismal en la nave mayor, junio al coro de occidente; sacristía á la derecha del coro de oriente; sala para los escribas á la izquierda del mismo coro, con biblioteca en la parte superior; narthex á la entrada destinada al pueblo; vestíbulo para los familiares del convento; otro vestíbulo para los huéspedes y estudiantes; y por último varios departamentos pegados al muro del norte de la iglesia para los maestros de las escuelas, y para asilo de los refugiados en ellas. El templo está por todas partes rodeado de edificios; aquí se ve la escuela, con sus patios á la manera del impluvium de los romanos y sus cátedras repartidas en las cuatro bandas; mas alla otro edificio en que se comprenden la cillerezía, la panadería y las cocinas de los huéspedes; al mediodia del templo el refectorio, con el vestuario encima; allí cerca la despensa; luego baños; luego el dormitorio pegado á la pared de mediodia del crucero, con sus letrinas; luego las cocinas de la comunidad en comunicacion con el refectorio y con los lugares escusados (por medio de corredores sabiamente trazados en planta angular para impedir el paso á los malos olores); últimamente una oficina esclusivamente consagrada á la elaboracion del pan azimo para el Sacrificio. Añádanse á estas dependencias una huerta, en cuyas divisiones se indican los nombres de las verduras que allí se cultivan, la casa para el hortelano, el huerto de los árboles frutales, el edificio para noviciado y enfermería, con sus capillas, claustros y salas separadas, los gallineros y corrales con habitacion para el que cuida de ellos, el alojamiento del médico, un jardinillo de plantas medicinales, la botica, el aposento del abad, con cocina, baños, y cuartos para sus domésticos; hospedería, con cuadras y cochiqueras y habitaciones para criados, pastores, porqueros y demas sirvientes; un edificio separado para toneleros, cordeleros, boyeros, etc., con sus cobertizos y establos; graneros, oficinas para tostar grano y fabricar cerveza; departamento para los esclavos, talleres para zapateros, cojineros, armeros, torneros, guarnicioneros, plateros, cerrageros, etc.; lagar, molino, habitaciones para peregrinos y mendigos, cocina y refectorio para los mismos.
Todo esto comprendia una abadía de las principales en el siglo IX. Es claro que en España, donde la órden de S. Benito, aunque muy favorecida de los Alfonsos y Ordoños, preponderó menos, quizas por no haber sido como en los Estados de Alemania la única maestra de la civilizacion del pais en aquella ominosa edad de hierro, no serian tan poderosas las abadías, ni tan numerosas sus oficinas y dependencias. Los derechos señoriales y feudales de nuestros abades son muy posteriores á la época por cuya zona discurrimos; al paso que los abades franceses, italianos y alemanes, ya entonces habian comenzado á adquirir aquella prodigiosa influencia, que despues desde el siglo X fué la causa principal de la decadencia de la disciplina monástica. No busquemos pues en nuestros anales eclesiásticos memorias de grandes abadías émulas de las que hemos nombrado; todo por el contrario induce á creer que para citar algo de lo conocido que dé una idea aproximada de lo que podrian ser los monasterios nuestros en las provincias dominadas por los infieles, en la época misma en que se trazaba el suntuoso plano de la abadía de S. Galo, habria que acudir á las primeras casas de la reforma cisterciense, en las cuales, prescindiendo de toda constitucion y reglamento particular, se vivia estrictamente segun la regla de S. Benito, consagrando el dia á la oracion, al estudio y al trabajo corporal, labrando los monges la tierra por sus propias manos, y empleándose personalmente en toda clase de faenas dentro y fuera de la casa, sufriendo las inclemencias de las estaciones, sin criados y familiares que les llevasen la pesada carga del servicio cotidiano y mecánico. No habia en España en la época á que nos referimos abadías de las que se llamaron luego inmediatas á la Sede Apostólica por no reconocer mas superior que el Papa, y tener libertad plena en la eleccion de abad sin sujetarse á la jurisdiccion del obispo. Todas dependian de sus respectivos prelados, y las grandes mercedes hechas por los monarcas á aquellas célebres casas de Compludo, de S. Pedro de Montes, del real monasterio de Sahagun y otras por el estilo, se reducen generalmente á donaciones de tierras, que suelen ser cotos redondos con montes, valles y heredades, deslindados por sus términos y mojones; y de vasos sagrados, relicarios, cruces, coronas, ornamentos y frontales, y otros objetos á este tenor, todos los cuales se especifican menudamente. Algunas veces los monarcas reedificaban á su costa estas cosas y adornaban sus templos con columnas, mármoles y jaspes; pero es preciso llegar al siglo X por lo menos para hallar documentos en que se conceda á los monasterios jurisdiccion feudal sobre las villas y pueblos del contorno. Véase la historia del monasterio de Sahagun que bosqueja Yepes en su Crónica (centuria 3.ª, fol.º 167 y siguientes), donde se corrige la fecha que atribuye Morales al famoso privilegio concedido por D. Alfonso el Magno á esta grande abadía.
[438] Así se espresan las referidas constituciones de la órden del Cister, escritas en el año 1119 por Hugo de Macon, S. Bernardo y otros diez abades benedictinos, al tratar de la fábrica de los templos.
[439] De un hermano del rey Pipino y tio de Carlomagno, refiere Leon Hostiense que hacia en el monasterio de Monte Casino el oficio de mozo de cocina, ayudando en los ministerios mas viles que allí habia. Véase su historia de aquella célebre abadía, lib. I, cap. 7. Suponemos que para los niños ofrecidos, llamados por otro nombre oblatos, habria mas laxa disciplina, y mas adelante tendremos ocasion de señalar alguna de las consideraciones que con ellos se tenian por razon de su tierna edad.
[440] De aquí el haber llamado á los benedictinos por espacio de muchos siglos, los monges negros.
[441] Es curioso el cánon 22 del concilio de Aquisgran, que previene todo lo que constituye el vestuario del monge. Encárgase en él al abad que dé á cada religioso los efectos siguientes: dos camisas, dos túnicas, dos cogullas, dos escapularios, cuatro pares de calzas, dos de calzoncillos, dos de zapatos. Hasta aqui todo es conforme con el capitulo 55 de la Regla; pero añade el cánon, sin duda haciéndose cargo de la inclemencia de algunas regiones, que se les dé tambien un ropon de pieles largo hasta los talones, dos cintos, guantes forrados y sin forro, para el invierno y para el verano (lo cual, segun la edicion de Plantino, solo debia entenderse respecto de los que iban de camino; dos pares de calzado de dia, y dos de chinelas para la noche (subtalares), con las cuales acudian al rezo de maitines para no detenerse en mudar de calzado; zuecos en invierno; y jabon para lavarse ellos mismos su ropa.
El citado capítulo 55 de la Regla esplica el objeto y uso particular del escapulario y de la cogulla: «Bastará á cada uno de los monges, dice, una cogulla y una saya (túnica); la cogulla sea en el invierno vellosa, en verano raida ó vieja, y un escapulario para los trabajos.» De modo que el escapulario venia á ser como una cogulla ó capa abreviada. La palabra cogulla viene de la latina cuculla, que propiamente significa capilla: esta es la parte principal del hábito, y de tal manera que no se daba á los religiosos hasta profesar; entonces el que recibia sus votos, que era el abad, al ponérsela en la cabeza se la sujetaba con unas puntadas debajo de la barba como si le amortajase, y el nuevo profeso no podia quitársela por espacio de tres dias, al cabo de los cuales recibia la comunion, y el que se la administraba le soltaba la cogulla.