Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló en voz baja de este modo:

—Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre ustedes; veo allí á Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese á morir en tierras extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no merezco. Después de Dios á ustedes se lo debo. Quisiera poder demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo que la mejor manera será haciendo á su hija feliz y á esto me comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente que sabrá mientras viva querer á su esposa y respetarles á ustedes.

El viejo Cardenal aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera:

—No creas que te entrego á mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la conozco y sé que si la contrariase se enfermaría. Á mí no se me olvidan los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar seguro de que no volverías ahora tan satisfecho á Cádiz.

—¡Silencio, mujer!—interrumpió el padre con energía, y volviéndose á Velázquez añadió gravemente:—Las mujeres perdonan mejor los agravios que las hacen que los que hacen á sus hijos. Eres hombre de juicio y sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de que haciendo feliz á Mercedes no tardará en desaparecer.

Llegaron al fin á la mar libre. La Esperanza izó algunas velas y su tripulación dejó los botes para subir á bordo. Los remeros de las lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con mucha gritería del capitán é inmediatamente pusieron proa á la ciudad.

El sol iba á ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el zenit, fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo, resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo. La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos á tierra y su gozo aumenta viendo á Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona gigantesca del dios de los mares.

En aquel momento, Soledad preguntó á Uceda en voz baja:

—¿Sigues en tu idea de marcharte á Sevilla?

—Sí.

—Yo también me voy.

—¿A qué?—dijo el caballero fingiendo sorpresa.

—No lo sé—replicó la joven pugnando por no llorar.

Guardaron silencio unos instantes. Uceda la dijo al fin con sonrisa benévola tomándole una mano:

—Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va á desaparecer? Tú sabes que mañana volverá á lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor, pero el capricho sólo engendra al hastío. Á pesar de tus locuras te he seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil á quien no se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy te quiero con toda mi alma, pero...

—Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada... tu esclava—interrumpió Soledad con ímpetu.

—¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me ha dicho siempre que existe.

Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con alegría y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos resplandores. La Esperanza izaba á lo lejos todas sus velas que se hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo alto del puente, saludaba todavía con su gorra blanca.





ÍNDICE
    Páginas   
PRÓLOGOV
I.—El viajero 1
II.—Los majos13
III.—Soledad35
IV.—Velázquez.51
V.—Celos61
VI.—Disputa81
VII.—El columpio93
VIII.—Crisis121
IX.—El Carnaval133
X.—Rebelión161
XI.—Sumisión171
XII.—La maga181
XIII.—Antoñico197
XIV.—La boda de Pepa       213
XV.—Noche gaditana241
XVI.—Despedida267