De aquí al puerto de Paita debe haber diez leguas, poco más ó menos. Es muy bueno y seguro; no le he visto; es escala de todos los navios que bajan del puerto de la ciudad de Los Reyes á Panamá y á México y de los que suben de allá para estos reinos; si tuviera agua y alguna tierra frutífera se hobiera allí poblado un pueblo grande; empero, por esta falta, y de leña, hay en él pocas cosas; el suelo es arena; traen en balsas grandes el agua de más de diez leguas, los indios pocos que allí viven.
Las balsas son mayores que las de Tumbez y la Puna; atrévense con ellas á bajar hasta la Puna y hasta Guayaquil, y volver doblando el cabo Blanco, que es uno de los trabajosos de doblar, y ninguno más de los desta costa del Pirú; aprovéchanse de velas en estas balsas, y de remos en calmas.
De aquí nos metemos un poco la tierra adentro, deben ser otras doce leguas, á la ciudad llamada San Miguel de Piura; ésta fué la primera que edificaron los españoles en este reino. Era ciudad de razonables edificios, casas altas y los vecinos ricos; participaban de los indios de los llanos y de la sierra. Llueve en esta ciudad, aunque poco; es abundante de mantenimientos, así de los de la tierra como de los nuestros, y de ganados; es muy cálida, por estar lejos de la mar, y la tierra produce muchas sabandijas sucias, y entre ellas víboras, culebras y arañas; de las frutas nuestras, cuales son membrillos, granadas, manzanas y otras de muy buen sabor y grandes, son las mejores del mundo. Pero tiene esta ciudad un contrapeso muy notable, que es ser enfermísima de accidentes de ojos, y son incurables, porque al que no le salta el ojo queda ciego, con unos dolores incomportables; apenas vi en aquella ciudad hombre que no fuese tuerto. Esta enfermedad es comun en todos los valles que desta ciudad hay á la de Trujillo, aunque no son tan continuos ni ásperos, y á quien más frecuente les da es á los españoles: á los indios raras veces. En estos valles vi á hombres con semejantes accidentes, encerrados en aposentos oscurísimos, y con el dolor renegaban de quien les habia traido á estas partes; los vecinos desta ciudad, dos ó tres veces, por esta enfermedad la han despoblado y pasándose á vivir los más dellos á un valle llamado Catacaos (no le he visto); es muy fértil y libre de toda enfermedad, pero todavia han quedado algunos en la ciudad por no dejar sus casas y heredades, aunque de pocos años á esta parte se han mudado seis ú ocho leguas más cerca del puerto de Paita, á la barranca del rio de Motape.
De aquí se camina la tierra adentro á doce, diez y menos leguas de la costa de la mar hasta la ciudad de Trujillo, que son ochenta leguas tiradas, en cuyo camino hay un despoblado de doce leguas y más sin agua hasta el valle de Xayanca; éste es muy fértil y de muchos indios, y el señor dél, indio muy aespañolado; vístese como nosotros, sírvese de españoles, con su vajilla de plata; es rico y de buenas costumbres.
El valle es tan abundante de mosquitos zancudos, cantores, y de los rodadores, que es como milagro poderlos sufrir los indios, ni los españoles; yo he caminado veces por los Llanos, y aunque en todos los valles hay mosquitos, no tantos como en éste.
Y para que se entienda qué llamamos Llanos y Sierra, adviértase que desde este valle Xayanca, y aun más abajo, desde Tumbez, aunque allí alcanzan (como dijimos) algunos aguaceros hasta Copiapo, que es el primer valle del distrito del reino de Chille, á lo menos desde el valle de Santa hasta Copiapo no llueve jamás, ni se acuerdan los habitadores dellos haber llovido. Todo el camino, diez leguas en algunas partes, en otras ocho, en otras seis y cuatro leguas en otras, hasta la costa de la mar, es arena muerta, aunque hay pedazos de arena ó tierra fija en algunas partes y á trechos. Entre estos arenales proveyó Dios hobiese valles anchos, unos más que otros, por los cuales corren rios, mayores ó menores, conforme á como tienen más cercana, ó vienen de más adentro de la sierra su nascimiento; la tierra de todos estos valles es de buen migajon, la cual regada con las acequias que los naturales tienen sacadas para regarlos, es abundantísima de todo género de comidas, así suya como nuestra; cógese mucho maíz, trigo, cebada, fríjoles, pepinos, etc.; tienen muchas huertas, con mucho membrillo, manzana, camuesa, naranjas, limas, olivos que llevan mucha y muy buena aceituna, la grande mejor que la de Córdoba, porque tiene más que comer; en muchos dellos se da vino muy bueno, y la caña dulce se cria mucha y gruesa, por lo cual son cómodas para ingenios de azúcar, en muchos de los cuales los hay, como en su lugar diremos. Extiéndense estos Llanos que llamamos (aunque hay grandes médanos de arena) desde el puerto de Paita hasta el valle que dijimos de Copiapo por más de 700 leguas ó poco menos, siguiendo la costa, sin que en ellas llueva; pero desde Mayo comienzan unas garúas, llamadas así de los marineros, que duran hasta Octubre; son unas nieblas espesas, que mojan un poco la tierra, mas no son poderosas á hacerla fructificar; son con todo eso necesarias para las sementeras, porque las defiende de cuando está en berza de los grandes calores del sol; con estas garúas en los cerros y médanos de arena se cria mucha yerba y flores olorosas, las cuales son admirable pasto para el ganado vacuno y yeguas; pero tiene un contrapeso grande, porque no falte á cada cosa su alguacil. Cuando éstas garúas son muchas críanse grande cantidad de ratones entre estas yerbas, y venido el verano, como se sequen y no tengan que comer, descienden ejércitos dellos á buscar comida á los valles, viñas y heredades, y cómense hasta las cáscaras de árboles; esta plaga es irremediable.
El aire que corre por estos arenales es Sur, algunas temporadas muy recio, y es cosa de ver que remolina en estos cerros de arena y levantando la arena la trasporta á otro lugar, y ha subcedido estar durmiendo en estos arenales, porque por ellos va el camino, el pasajero, y viniendo un remolino destos caer sobre el pobre viandante y quedarse alli enterrado en la arena. Fuera de la abundancia que los valles tienen de mieses, son abundantes de árboles frutales, como son guayabas, paltas, plátanos, melones, ciruelas de la tierra y otras fructas, mucho algarrobal; con la fructa de los árboles engordan los ganados abundantísimamente, haciendo la carne muy sabrosa; pero hay en algunas partes unos algarrobos parrados por el suelo, que llevan una algarrobilla, la cual comida de los caballos ó yeguas, luego dan con la crin y cerdas de la cola en el suelo, y porque en el valle de Santa hay más que en otros valles, se llama la algarrobilla de Santa, de donde, cuando algun hombre por enfermedad se pela, le dicen haber comido la algarrobilla de Santa. El rey desta tierra, á quien comunmente llamamos el Inga, para que en estos arenales no se perdiesen los caminantes y se atinase con el camino, tenia puestas de trecho á trecho unas vigas grandes hincadas muy adentro en el arena, por las cuales se gobernaban los pasajeros. Ya esto se ha perdido por el descuido de los corregidores de los distritos, por lo cual es necesaria guia.
Entrando en el valle, por una parte y por otra iba el camino Real entre dos paredes á manera de tapias hechas de barro de mampuesto, de un estado en alto, derecho como una vira, porque los caminantes no entrasen á hacer daño á las sementeras, ni cogiesen una mazorca de maíz ni una guayaba, so pena de la vida, que luego se ejecutaba.
Estas paredes están por muchas partes ya derribadas, y los caminos no en pocas partes van por detrás de las paredes; en tiempo del Inga no se consintiera. Por los arenales ya dijimos no se puede caminar sin guia, y lo más del año se ha de caminar de noche, por los grandes calores del sol; los guias indios son tan diestros en no perder el camino, de dia ni de noche, que parece cosa no creedera.
Lo que llamamos y es sierra son unos cerros muy altos, muchos de los cuales, por su altura, aunque están en la misma línea equinoctial, como es Quito y mucha parte de aquel distrito, y desde allí á Potosí, que son 600 leguas incluidas entre el trópico de Capricornio, porque Potosí está en veinte grados, es muy frio siempre y no pocas las sierras llenas de nieve todo el año, y otros lugares por el frio inhabitables; lo cual los antiguos filósofos tuvieron por inhabitable respecto del mucho calor por andar el sol entre estos dos trópicos, de Cancro á la parte del Norte y de Capricornio á la parte del Sur, veinte é dos grados y medio apartado cada uno de la línea.
En esta sierra hay muchas y muy grandes poblaciones en valles que hay, y en llanos muy espaciosos, como son los del Collao; corre esta cordillera comunmente de 17 á 20 leguas de la mar, y lo bueno deste Perú es esta tierra que dista de la cordillera á la mar, y aun de Chile, como en su lugar diremos.
Volviendo á nuestro propósito, desde Xayanca á Trujillo, agora 43 años, poco más ó menos, se caminaba á la tierra adentro ocho leguas y diez de la costa de la mar, ó se declinaba á la costa; yo vine por la costa, donde las bocas de los ríos eran pobladas de muchos pueblos de indios, muy abundantes de comida y pescado; aquí hallábamos gallinas, cabritos y puercos, de valde, porque los mayordomos de los encomenderos que en estos pueblos vivian no nos pedian más precio que tomar las aves y pelallas, y los cabritos desollarlos, y el maíz desgranarlo. Todos estos indios se han acabado, por lo cual ya no se camina por la costa, que era camino más fresco y no menos abundante que el otro. Los indios que quedaban, porque totalmente no faltasen, los han reducido el valle arriba, donde los demás vivian. Era realmente para dar gracias á Nuestro Señor ver unos pueblos llenos de indios y de todo mantenimiento, el cual se daba á todos de gracia. La causa de la destruicion de tanto indio diré cuando tratare de sus costumbres, y para aquí sea suficiente decir, las borracheras. Bajando, pues, de Xayanca á la costa y caminando por ella se venia á salir á siete leguas de Trujillo, á un valle llamado Licapa.
Volviendo, pues, á Xayanca, y continuando el camino la tierra adentro, á pocas leguas unos de otros, se va de valle en valle, lo cual, si bien se considera, no parece sino que desde Xayanca á Trujillo es todo un valle en diversos rios, empero todos de muy buena agua, que los fertiliza en gran manera. Entre ellos hay uno llamado Zaña, abundantísimo, á donde de pocos años á esta parte se ha poblado un pueblo de españoles de no poca contratación, por los ingenios de azúcar y corambre de cordobanes y por las muchas harinas que dél se sacan para el reino de Tierra Firme; el puerto no es muy bueno; dista del pueblo algunas leguas; ni en toda esta costa, desde Paita á Chile, que es lo último poblado de Chile, los hay buenos; los más son playas. Con el que tienen embarcan sus mercaderias para la ciudad de Los Reyes y para Tierra Firme. Esta población de Zaña destruye á la ciudad de Trujillo, porque dejando sus casas los vecinos de Trujillo se fueron á vivir á Zaña.
[Es el valle de Chicama] abundante, ancho y largo, donde habia muchos indios dotrinados por religiosos de nuestra Orden, encomendados en el capitan Diego de Mora, varon muy principal en este reino. Entre otros religiosos nuestros de mucha virtud y cristiandad que en la doctrina de aquel valle se han ocupado, fué uno el padre fray Benito de Jarandilla, el cual, despues que entró en él nunca dél salió para vivir en otra parte; aquí se consagró á Nuestro Señor, predicando el Evangelio á los indios con admirable austeridad de vida en todo lo tocante á su profesion, sin jamás se conocer en él cosa de mal ejemplo, sino gran celo á la conversión de aquellos naturales, donde vivió más de 55 años, y ha pocos años, no ha dos cuando escrebí esto, que Nuestro Señor le llevó, como piadosamente creemos, á pagarle sus trabajos. Los indios deste valle tienen dos lenguas, que hablan: los pescadores una, y dificultosísima, y otra no tanto; pocos hablan la general del Inga; este buen religioso las sabia ambas, y la más dificultosa, mejor. Su caridad para con los indios era muy grande, porque curarlos en sus enfermedades, repartir con ellos su racion y quedarse ó contentarse para su mantenimiento con un poco de maíz tostado ó cocido, era como natural. Varon de mucha oracion y penitencia, doquiera que estaba se habia de levantar á media noche á rezar maitines, y á cualquiera hora que le llamaban para confesar al enfermo, con toda el alegria del mundo se levantaba, y aunque el rio viniese muy crecido, no le temia más que si no llevara agua, y es muy grande al verano. Este es comun lenguaje entre los indios, que decian pasaba el rio en un macho que la Orden le habia concedido á uso, por cima del agua, á cualquier hora y cuando más agua traía el rio. Esto no lo escribo por milagro, sino como cosa comunmente dicha entre los indios.
En este valle tiene nuestra sagrada Religion un convento priorato que este religioso venerable fundó, donde se sustentan de ocho á diez religiosos, y favoreciéndolo Nuestro Señor se sustentarán más, porque las haciendas van en crecimiento. El valle es abundantísimo de pan, vino, maíz y demás mantenimientos; danse en él admirablemente los olivos, que cargan de aceituna muy buena. Los demás mantenimientos á la tierra naturales, bonísimos; es famoso por un ingenio de azúcar que allí plantó el capitan Diego de Mora; una cosa que por ser peregrina la diré, que hay en este ingenio, y es que con ser cálido el temple en todo tiempo y todos los valles de los Llanos abunden en moscas y éste las tenga dentro y fuera de las casas de los indios y de los españoles, en la casa que llaman del azúcar y donde se hacen las conservas y están las tinajas llenas de todo género dellas no se halle ni se vea una ni más.
Helo visto, por eso lo digo, pues la miel y el azúcar, madre es de las moscas.
Dista la ciudad de Trujillo del valle de Chicama cinco leguas tiradas.
La primera vez que la vi era muy abundante y muy rica; los vecinos, conquistadores, unos hombrazos tan llenos de caridad para con los pasajeros, que en viendo en la plaza un hombre no conocido ó nuevo en la tierra (que llamamos chapeton), á mia sobre tuya lo llevaban á su casa, lo hospedaban, regalaban y ayudaban para el camino, si allí no le daba gusto hacer asiento; un vecino de aquellos, cuando salia de su casa ocupaba toda la calle; no habia meson entonces, ni en muchos años despues, ni carneceria; á todos sobraba lo necesario y aun más, y el que no lo tenia no le faltaba, porque los encomenderos les enviaban el carnero, vaca y lo demás cada dia. Liberalísimos para con los pobres; sus casas muy hartas y sus cajas muy llenas de oro y plata. Ya todo ha cesado y sus hijos han quedado pobres, porque no siguen la cordura, y raras veces retienen las sillas de sus padres.
Dista esta ciudad del puerto, si así se ha de llamar siendo costa brava, dos leguas; surgen los navios más de legua y media de la playa; en el desembarcadero hay mares de tumbo, unas tras otras, con tanta violencia cuanta experimentan los que allí se desembarcan. Aquí hay un poblezuelo que del puerto toma el nombre, llamado Guanchaco. Los indios son grandes nadadores y pescadores; no temen las olas, por más que sean; entran y salen en unas balsillas de juncos gruesos, llamados eneas, que no sufren dos personas, y las que las sufren han de ser muy grandes. En llegando á tierra, cuando vienen de pescar, toman la balsa á cuestas y la llevan á su casa, donde, ó en la playa, la deshacen y enjugan, y cuando se quieren aprovechar della tórnanla á atar.
Conoscí en esta ciudad, entre otros vecinos y encomenderos, al capitan don Juan de Sandoval, hombre muy amigo de los pobres, gran cristiano, muy rico, casado con una señora muy principal de no menores partes que su marido, nascida en el mismo pueblo, llamada doña Florencia de Valverde, hija del capitan Diego de Mora y de doña Ana de Valverde. Este caballero tenia antes que muriese capellanias instituidas en todos los monasterios; su enterramiento escogió en el de San Agustin, cuya capilla mayor edificó; aunque no quiso, el altar mayor fué suyo; al lado del Evangelio hizo un altar advocacion de los Angeles, que adornó con retablos famosos y muy ricos ornamentos labrados en España; dejó mucha renta y poca carga de misas, con la cual se va edificando el convento, ó por mejor decir se ha edificado. En el convento de nuestro padre Santo Domingo se le dice perpétuamente la misa de Nuestra Señora todos los sábados del año, y cada dia la Salve cantada, despues de Completas, como es antiguo uso en la Orden desde su fundación; dejó bastante renta.
En el convento de San Francisco tambien tenia su memoria de misas, y dejó renta para que se pague la limosna dellas.
Mucho tiempo del que vivió tenia en el puerto desta ciudad indios pagados á su costa, para que en llegando el navio al surgidero, que ya dije es de la playa más de legua y media, saliesen en sus balsillas, fuesen al navio y avisasen saliesen ó no saliesen á tierra, porque como el navio surge tan lejos, no venia quebrazon de las olas en tierra; avisados no corren riesgo. Antes de que este caballero tuviese pagados indios para esta bonísima obra perdianse muchos bateles, y los que en ellos venian, porque viniendo á desembarcar, metianse en tierra, no viendo el peligro, y cuando querian volver al navio no podian, por lo cual era necesario zozobrar y perderse. Solia esta ciudad ser de buena contractacion respecto del mucho azúcar y corambre que los vecinos tenian, y por el ganado porcuno que della se llevaba á la de Los Reyes; ya se va perdiendo.
Aunque dije arriba que desde Xayanca á Copiapo no llueve, añidí que á lo menos desde el Puerto de Santa, lo cual es así, porque de cuando en cuando suele llover en estos valles y arenales que hay desde Xayanca y aun más abajo hasta Trujillo y un poco más arriba; y tan recio, y con sus truenos, y en tanta abundancia, que saliendo los rios de madre destruyen los valles, pastos y heredades, como subcedió agora 16 años, poco más, que llovió tanto desde Trujillo para abajo, que se destruyeron muchas haciendas y hobo mucha hambre; oí certificar en Trujillo, donde llegué acabada de pasar esta inundacion, que se temió mucho no se llevase el rio la ciudad; hicieron los reparos posibles, pero como eran sobre arena, permanecian poco tiempo; llegó á tanto, que ya se habia apregonado que, oida la campana, cada uno se pusiese en cobro como mejor pudiese. Proveyó nuestro Señor con su misericordia que el rio divertió por otra parte. Perdióse mucha cantidad de vestidos; arruináronse muchas casas, porque como no se cubren con tejas, ni son á dos aguas, sino terrados y éstos muy leves, llovianse todas y no habia donde guarecer la ropa y comida. Los ornamentos de las iglesias, con dificultad se guardaron. Oí decir á personas que se hallaron en Trujillo en aquella sazon, y á los que en ella habia, que desde el valle de Chicama á Trujillo, que dijimos poner cinco leguas, corrian tres rios que no se podian vadear. Las madres dellos de muy antiguo se ven y se conocen haber por allí corrido rios; los nuestros decian haber quedado desde el diluvio. Los indios afirmaban haber oido á sus viejos que de muchos en muchos años acontecian semejantes aguas é inundaciones, y ahora un año subcedió tal azote, aunque no tan pesado.
Viviendo yo agora 15 años en Trujillo en nuestro convento (celebramos allí la fiesta de Nuestra Señora de la Visitacion con toda la solemnidad posible), cuando salíamos con la procesion ya se habia revuelto el cielo; tronó, relampagueó, llovió, y si las cubiertas de las casas fueran de tejas, corrieran las canales por un poco de tiempo.
Empero estos aguaceros no llegan al valle de Santa. Pasadas estas aguas, son tantos los grillos que se crian en los campos y tierras de pan, y en las casas, que es otro azote y plaga no menor; cómense lo sembrado y lo no sembrado, y en las casas hacen no poco daño. Demás desto, con la putrefaccion de la tierra con las aguas, críanse muchos ratones, que es otra peor plaga. Llueve tambien en esta costa más continuamente que por estos llanos de Trujillo para abajo, en un asiento llamado, mejor diré en unas lomas llamadas de Ariquipa; pero esto es porque la mar, haciendo un grande ensenada, se mete casi á las faldas de la tierra, donde alcanzan muchos aguaceros, por lo cual los indios que aquí habitan más son más serranos que yungas. Visten como serranos. Lo uno y lo otro he visto muchas veces.
Es esta ciudad, como las demás de los Llanos, combatida de terremotos, aunque no tan recios como desde ella para arriba.
Hállanse en estos reinos, y particularmente en los Llanos, unos enterramientos, comunmente llamados Guacas, que son unos como cerros de tierra amontonada á manos, debajo de la cual los señores destos Llanos se enterraban, y con ellos, segun es fama, y aun experiencia, ponian gran suma de tesoros de oro é plata y la mayor cantidad de plata, tinajas grandes y otras vasijas y tazas para beber, que llamamos cocos. La guaca más famosa era una que estaba poco más de media legua de la ciudad de Trujillo, de la otra banda del rio, de un edificio en partes terrapleno, en partes de ladrillos grandes, ó por mejor decir de adobes pequeños.
Este edificio era muy alto, y en circuito ó de box (si como marineros nos es lícito hablar) debia tener poco menos de media legua.
Quien lo edificase no hay memoria, ni los indios tal oyeron decir á sus antepasados. Para edificarlo es imposible, sino que se pasaron muchos años y labraban en él suma de indios. Si no se ve no se puede creer. Siempre se entendió era enterramiento, y aun enterramientos ó sepultura de muchos señores, cuales fueron los de aquel valle de Trujillo, que se entiende fueron mucho antes que los Ingas, y poderosísimos así en riquezas como en ánimos para subjetar mucha parte deste reino, porque á cuatro leguas de la ciudad de Guamanga se ha hallado otro edificio, aunque diferente, pero figuras de indios como las de los deste valle de Trujillo, de donde se colige hasta allí haber llegado el señorío destos señores, y aun pasado hasta el Collao. Porque en un pueblo deste Collao, Tiaguanuco, se ve otro edificio de canteria, y piedras muy grandes, muy bien labradas, semejantes á este cerca de Guamanga, que los que allí hacen noche lo iban á ver á maravilla; la primera vez que por allí pasé, habrá 29 años, con otros dos religiosos, lo vimos y nos admiramos, porque no habiendo tenido estos indios picos ni escodas, ni escuadras, para labrar aquellas piedras, verlas labradas como si canteros muy finos las hobieran labrado, causaba admiracion; habia puertas de tres piedras y grandes: las dos que servian á los lados, la otra de umbral alto. Vimos allí una figura de sola una piedra que parecia de gigante, segun era grande, corona en la cabeza y talabarte como los anchos nuestros, con su hebilla.
Preguntar qué noticia se tiene desta gente no hay quien la dé, y porque este edificio es semejante al de junto á Guamanga, se cree haberlo hecho un mismo señor, y que este era señor de Trujillo, que para memoria suya donde le parecia lo mandaba edificar. Cosa cierta no hay.
Los señores principales deste valle de Trujillo se llamaban, como propio nombre, Chimo, y de uno hasta el dia de hoy hay memoria deste nombre, añidiéndole otro como por sobrenombre, Capac, que, junto se nombraba Chimocapac, que quiere decir chimo riquísimo. Lo que se colige es que destos Chimos era la guaca de Trujillo enterramiento. Los vecinos de Trujillo, viendo aquel famoso edificio y teniendo noticia haber allí gran tesoro enterrado, sin que hobiese rastro ni memoria quien allí lo puso, ni á qué herederos les hobiese de venir, juntárose algunos vecinos de indios y no vecinos, y hecha compañía determinaron de cavar á la ventura como dicen; dieron en algunos aposentos debajo de tierra, y finalmente, dieron en mucho tesoro, y no en el principal como se tiene por cierto. Cúpoles á más de 160.000 pesos, pagados quintos, pero no sé qué se tenia aquella plata, que ninguno la gozó; fuéseles como en humo. Verdad sea que gastaban á su albedrio y sin órden alguna; otros cavarian en otras partes, sacaron alguna plata, no tanta como los desta compañia. Comenzando á sacar plata desta guaca, todos los valles de los Llanos se hundian cavando guacas, y registrando sacaron plata de la bolsa pagando jornaleros cavadores y mucha tierra; nunca, empero, hallaron lo que deseaban. Hobo en este tiempo en el valle de Lima un famoso hereje, creo inglés, que junto al pueblo de Surco él solo cavaba una guaca, que llaman de Surco, y por lo que despues, cuando preso y descubierto ser hereje se entendió, aguardaba otros de su herejia que habian de venir; allí se estaba de dia y de noche cavando y sacando la tierra él propio, mal vestido; venia á la ciudad, que dista de la guaca una legua, pedia por amor de Dios y llevaba poco que comer, hasta que se descubrió ser hereje, preso por el Santo Oficio justísimamente. Le quemaron en el primer aucto que los señores inquisidores hicieron.
Desde esta ciudad de Trujillo, 18 leguas más adelante, la costa en la mano, llegamos al valle y puerto llamado Sancta, abundante mucho de todo género de mantenimientos, donde se comienzan á hacer trapiches de azúcar y muy bueno; muy cerca del puerto se ha poblado un pueblo de españoles, el cual si tuviera indios de servicio fuera en mucho crescimiento; tiene pocos indios naturales; bajan los de la sierra de la provincia que llamamos Guailas; es en notable daño de los indios; son serranos y corren gran riesgo sus vidas, como en todas partes é todas las veces que á los Llanos bajan. Tiene muchas y muy buenas tierras, todas de riego, con acequias de un rio de bonísima agua, y muy grande, que pocas veces se deja vadear; pásase en balsas de calabazos, y es lo más seguro. Estas balsas las hacen los indios mayores ó menores, como es la gente ó hato que se ha de pasar. Los calabazos son muy grandes y redondos; ponen en una red á la larga ocho ó diez, otros tantos en otra, y así la ensanchan conforme son los que han de balsear; hácenla de seis, siete y ocho hileras de calabazos. Las redes atan unas con otras; atadas, encima echan leña y rama porque no se mojen las personas y el hato. Luego dos indios, grandes nadadores como lo son todos los de los Llanos, atan unas sogas á la balsa, y ciñiéndosela por el hombro toma cada uno su calabazo grande, y echándose sobre él nadan, y desta suerte llevan y pasan la balsa de la otra parte del rio, por poco precio que se les da. Este rio desemboca viniendo de Trujillo, un poco más abajo del puerto, por cuya boca no se puede entrar ni tomar agua; empero, de la acequia principal que pasa por cima del pueblo, sale una pequeña que cae en la playa del puerto.
Desde este valle al de Chancay ponen cincuenta leguas, en las cuales á trechos pasamos por seis valles, todos abundantísimos, si los naturales no hobieran faltado, que los labraban, para todo género de mantenimiento, con agua bastante de riego; sus acequias sacadas, pero ya perdidas.
El primero es Cazmala baja y Cazmala alta, donde han quedado pocos indios, que apenas pueden sustentar un sacerdote; de aquí vamos á Guarme, mejor valle y de más indios, con puerto no muy seguro por la mar de tumbo que hay al desembarcar; tiene mucho pescado, mucha arboleda, algarrobas que se llevan á los Reyes para las carretas, é yo vi desde este valle llevarse navios cargados á Los Reyes de carbon, que no era poco provecho á la ciudad y al señor del navio, llamado el Carbonero.
Ocho leguas siguiendo la costa por do se caminaba es el de Parmunguilla, valle estrecho, de bonísima agua el rio, y que en su nacimiento se halla oro; abundante de trigo é maíz; ya no se camina por la costa, porque haberse consumido los indios fué causa de cerrarse con mucho cañaveral bravo; rodéanse más de cuatro leguas metiéndonos la tierra adentro, el cual pasado, parte términos con el de la Barranca, que le es muy cercano; las pocas tierras que tiene son muy buenas.
Luego entramos en el de la Barranca, fertilísimo de trigo é maíz, y de tierras muchas y muy gruesas; de aquí se lleva la mayor parte del trigo que en Los Reyes se gasta; hay en él dos ingenios de azúcar bonísimo; el rio no es tan grande como raudo y pedregoso, por lo cual en todo tiempo es dificultoso de pasar; tiene puente tres leguas arriba, á la cual por no ir, algunos se han ahogado.
Aquí hay unos pocos de indios poblados; pasado el rio, luego se sigue el de Gaura, que tiene las mismas calidades que éste, con otros pocos de indios, y de donde se lleva mucho maíz y trigo á Los Reyes por mar; tiene puerto no muy seguro.
Prosiguiendo por la costa adelante (si no nos queremos meter cuatro ó cinco leguas la tierra adentro) llegamos, once leguas andadas, al valle de Chancay, donde hay un pueblo de españoles llamado Arnedo. Este valle es muy ancho y de bonísimas tierras para todos mantenimientos, vino y olivares; de aquí se provee la ciudad de Los Reyes del mucho maíz y otras cosas, y aun melones de los buenos del mundo. Hácese buen vino, y fuera mejor si el vidueño fuera del que llamamos torrontés.
Tiene puerto, donde los vecinos de Arnedo embarcan sus harinas para Tierra Firme, y trigo é maíz para Los Reyes.
El rio es no de tan buena agua como los precedentes. De aquí á la ciudad de Los Reyes ponen once leguas, en cuyo camino se atraviesa la sierra de la arena áspera, y larga, por ser arena muerta; en tiempo de verano no se puede caminar sino de noche, con riesgo de negros cimarrones.
Ocho leguas andadas entramos en el valle de Carvaillo, donde hay muy buenas estancias ó chácaras de maíz é trigo, con un rio de buena agua con que las tierras se riegan; este valle dista de la ciudad de Los Reyes tres leguas, desde donde aun podemos decir comienza aún el valle desta ciudad, que tiene dos ríos, porque en medio de un valle y otro no hay arenales que los dividan, sino todo este trecho son tierras de pan, maíz, viñas, aunque pocas, pobladas con sus casas de los señores de las heredades. Hay en este valle de Carvaillo un poblezuelo de indios el rio arriba, donde se sustenta un sacerdote con las chácaras anejas.
El valle donde se fundó la ciudad de Los Reyes, llamado Rimac en lengua de los indios, sin hacer agravio á otro, es uno de los buenos, y si dijere, uno de los mejores del mundo, muy ancho, abundante, de muchas y muy buenas tierras, todas de riego, pobladas de chácaras, como las llamamos en estas partes, que son heredades donde se da trigo, maíz, cebada, viñas, olivares (á las aceitunas llamamos criollas, son las mejores del mundo), camuesas, manzanas, ciruelas, peras, plátanos y otros árboles frutales de la tierra, membrillos y granadas, tantos é tan buenos como los de Zahara; las legumbres, así de nuestra España como las de acá, en mucha abundancia en todo el año.
El agua del rio no es tan buena como la de los demás valles destos llanos, respeto de juntarse con el rio principal otro no de tan buena que la daña. Pero proveyóle Dios de una fuente á tres cuartos de legua de la ciudad, de una agua tan buena que los médicos no sé si quisieran fuera tal. Oí decir á uno dellos, y el más antiguo que hoy vive, que la fuente desta agua le habria quitado más de tres mil pesos de renta cada año, porque despues que el pueblo bebe della, las enfermedades no son tantas, particularmente las cámaras de sangre, que se llevaban á muchos.
Esta agua se trujo á la ciudad, y en medio de la plaza hay una fuente muy grande, bastante para dar la agua necesaria; pero porque es grande y más sin costa se aprovechase della, en los barrios hay sus fuentes, como en la placeta de la Inquisicion, en la esquina de las casas del licenciado Rengifo, en el barrio de San Sebastian y en todos los monasterios y en casas de hombres principales, y en las cárceles y en el palacio hay dos, porque como las calles sean en cuadro, y el agua vaya encañada por medio de las calles, es fácil de la calle ponerla en casa.
Llamaron los fundadores, que fueron el marqués don Francisco Pizarro y sus pocos compañeros, á este pueblo, la ciudad de Los Reyes, porque en este dia la fundaron; diéronle, aunque acaso, auspicatísimo nombre, porque si muchos Reyes la hobieran ennoblecido, en tan breve tiempo como diremos, no hobiera crecido más, ni aun tanto; mas como el favor del cielo sea mayor que el de los hombres, Nuestro Señor, por intercesion de los Santos Reyes, la ha multiplicado; es la silla metropolitana de todo este reino de Quito á Chile; aquí reside el Virrey con el Audiencia, la Santa Inquisicion, y aquí se fundó la Universidad.
De todo diremos adelante más en particular lo que á esto toca, cuando tractaremos de los Virreyes y perlados eclesiásticos.
El rio desta ciudad, en tiempo de aguas en la Sierra, que llueve como en nuestra España, es muy grande y extendido; no tiene madre, como no la tienen los demás destos llanos; corre por cima de mucha piedra rolliza; antes que tuviese puente, muchas personas se ahogaban en él queriéndole vadear, porque aunque tenia un puente de madera hecho de horcones hincados en el suelo, estaba tan mal parada, que no se atrevian á pasar por ella, y no podian pasar sino uno solo, y con sus pies. Lo cual visto por el marqués de Cañete, don Andrés Hurtado de Mendoza, de buena memoria, llamado el limosnero, gran amigo de pobres, dió órden cómo se hiciese puente toda de ladrillo y cal, de siete ó ocho ojos, que comenzase desde la barranca del rio á donde casi llegaban las casas Reales, y desde los molinos del capitan Jerónimo de Aliaga, secretario que fué de la Audiencia, que hacen casi calle con las casas Reales; al cual diciendo los oficiales maestros de la obra que mejor se fundaría más abajo, donde estaba la puente de madera que acabamos de decir, aunque habia de ser más larga, porque haciéndola allí el rio se iba su camino, sin echarlo á la ciudad, lo cual forzosamente se habia de hacer haciéndola donde el Virrey mandaba, y que la barranca era señal evidente ya el rio habia llegado una vez allí y habia de llegar otra, por el comun refran, al cabo de los años mil vuelve el rio á su carril, respondió la mandaba hacer en aquel sitio porque los pasajeros que viniesen de abajo, y pliegos de Su Majestad de España, por tierra, entrasen á una cuadra de las casas Reales donde el Virrey viviese, y por la calle derecha á la plaza una cuadra della, y cuanto á echar el rio á la ciudad, que no habian de ser los Virreyes tan flojos quel rio la hiciese daño; palabras realmente de gran republicano, como lo era.
Con todo eso, como diremos, ha hecho daño el rio si los Virreyes no tienen ánimo para remediarlo.
No creo ha habido en el mundo ciudad que en tan breve tiempo haya crecido en número de monasterios, ni iguale á los religiosos que en ellos sirven á Dios, alabándole de dia y de noche, y ejercitándose en letras para el bien de las ánimas, como esta de Los Reyes, habiendo ayudado muy poco ó nada los príncipes y gobernadores destos reinos al edificio dellos.
El más principal y el primero della es el nuestro, llamado Nuestra Señora del Rosario; no ha 68 años que se fundó; el primer fundador fué el padre fray Juan de Olias; su sitio es una cuadra de la plaza y muy cercado al rio. Oí decir á los viejos lo que aquí refiriré de su fundación.
Llegado el marqués Pizarro con los demás conquistadores á este valle, despues de haber preso en Cajamarca á Atabalipa y habiéndole muerto, vinieron con él dos religiosos, uno nuestro, el sobredicho, y otro de la órden del glorioso padre San Francisco; eligieron para fundar su ciudad el sitio que agora tiene, que es el mejor del valle junto al rio, á la parte casi del Oriente; á la del Sur por la parte de arriba, una acequia de agua ancha que atraviesa todo el valle de Oriente á Poniente. Por la parte del Poniente, el puerto llamado el Callao, dos leguas de la ciudad de Los Reyes; carreteras, por la parte del Norte el camino real para Trujillo, y dende abajo, señalaron sus cuadras y sitios para casas, y á los dos religiosos dijéronles: vosotros no sois más que dos, vivid agora juntos en este sitio que os señalamos, que es el que tiene agora nuestro convento; llana la tierra, y conquistados los indios del valle (que á la sazon eran muchos), el que se quisiese quedar con ese sitio se quedará con él; al otro le daremos el que más cómodo le pareciere. Sucedió así, aceptando los dos religiosos el partido, que un dia vinieron todos los indios del valle, y otros llamados, sobre los nuestros, los cuales dijeron á los religiosos: Padres, vosotros no habeis de pelear; tomad en esas botas vino y biscochos, y á los que estuvieren cansados y flacos dadles de comer y beber, y á los heridos recogedles y lavadles las heridas con vino. Los indios llegaron donde los nuestros les esperaban, con gran vocerío, así pelean; el padre de San Francisco, pareciéndole no le convenia esperar el fin de la batalla, ni hacer lo encomendado, que en aquel trance le era muy lícito, puso faldas en cinta, tomó la via del puerto, llega cansado, lleno de polvo, sudando, y á los pocos de los nuestros que allí habia dejado el Marqués con dos navios y no muchos soldados con dos caballos, dales nueva quel Marqués y los demás eran muertos, y sólo él se habia escapado. El capitan de los navios (creo era el capitan Juan Fernandez, de quien abajo haremos mencion), con los demás, hicieron el sentimiento justo, tuvieron por perdido el mejor reino del mundo, y perplejos no sabian qué se hacer, si por ventura desamparaban el puerto y se volverian á Panamá ó á Trujillo, ó aguardarían otra nueva; el buen padre instaba en ser verdad lo por él afirmado; finalmente, resolviéronse en que dos soldados, los más valientes, con sus armas tomasen los caballos, y caminando para la ciudad fuesen á ver si era así, y cuando lo fuese, no era posible todos quedasen muertos, algunos se escaparian y encontrarian en el camino, ó fuera dél, y á éstos recogiesen y volviesen al punto, y entonces deliberarían lo que más conviniese. Salen nuestros dos valientes soldados en sus caballos, armados, llenos de tristeza é no con menos temor; en el camino, que muy poblado era de arboleda, á lo menos la legua y media, cada hoja que se meneaba les parecia ejércitos de enemigos; pero prosiguiendo su camino, sin encontrar hombre viviente llegan á la ciudad y hallan á los nuestros, alcanzada la vitoria, curando á los heridos, y los sanos descansando del trabajo de la batalla.
Su alegria fué muy grande cuando vieron cuán al contrario era lo que el padre de San Francisco dijo, de lo que por sus ojos vieron; llegan donde estaba el Marqués, dan cuenta de lo dicho, y la razon por que vinieron, el cual con los demás estaban cuidadosos qué hobiese sido de aquel padre, no imaginando que se hubiese huido, sino que por ventura los indios se lo hubiesen llevado. Empero, sabida la verdad del hecho, el Marqués mandó embarcarlo, y en el primer navio que despachó á Panamá lo llevaron, con juramento que hizo que mientras viviese no le habia de entrar fraile de San Francisco en su gobernacion, y así se cumplió, no siendo bien hecho ni lícitamente jurado. Aquel no fué defeto sino de un fraile particular, pusilánime, y por este defecto no se habia de perder ni carecer del bien grande que la religion del seráfico padre San Francisco donde quiera que vive hace. Si los del puerto le desamparan, creyendo lo dicho por este religioso, en gran riesgo ponian al Marqués y á los demás de perderse, porque como el reino sea muy grande y muchos los indios, si les faltaran navios con que enviar á pedir socorro á Tierra Firme, totalmente se perderia. Nuestro religioso puso tambien sus faldas en cinta, arrebató su bota, biscocho y queso; no tenian conservas, ni regalos, y á los cansados dábales de beber y un bocado, á los heridos curaba como mejor podía, y así andaba en medio de los que peleaban. Desta suerte quedamos con el sitio que agora tenemos, el cual, aunque entonces pareció el más cómodo, agora no lo es, por no poderse extender tanto cuanto es necesario, y por el rio, que es mal vecino en todas partes.
Despues muchos años poblaron los padres de San Francisco y tienen el mejor sitio del pueblo, y más que todos los conventos juntos, aunque del rio corren un poco de riesgo, como nosotros, y se correrá más si no se remedia.
Quedando, pues, con este sitio, que es de cuadra y media de largo; de ancho no tiene cuadra entera (porque la barranca del rio no da lugar á ello, por correr al sesgo), se comenzó á edificar el convento; empero, quien con más ánimo, fué el valeroso, y no menos religioso, gran predicador, gran servidor de Su Majestad, fray Tomás de San Martín, á quien por otro nombre llamaban el Regente, por haberlo sido en la Española ó isla de Santo Domingo.
Este religiosísimo padre, siendo provincial en esta provincia, y el primero, á quien dió por nombre San Juan Baptista, comenzó el edificio de la iglesia de bóveda, de tres naves, y hizo la mitad de la iglesia, dejando los cimientos de lo restante sacados.
Oí decir al padre fray Antonio de Figueroa, un religioso nuestro muy esencial, gran siervo de Dios, verdadero hijo de Santo Domingo, que fué mi maestro de novicios, que le acaecia á este ínclito religioso, siendo como era provincial, salir de casa por la mañana con un bordon á pie, é ir una legua, poco más ó menos, á la Caleta, y estar allí todo el dia en peso hasta la noche, en que se venia al convento, sin comer, y lo que hallaba en el convento era un poco de capado fiambre, porque entonces no se habia multiplicado el ganado nuestro mayor ni menor, que hobiese carnero, ni se comia en la ciudad, y con tanta alegria pasaba este trabajo como si tuviera todo el regalo del mundo. Parecia adevinaba el augmento que nuestro Señor habia de hacer en breve tiempo, de religion, cristiandad y letras, en aquella casa. Despues fué este varon heróico primero obispo de la ciudad de La Plata, aunque no llegó á sentarse en su silla, llevándole la majestad del muy alto primero á gozar de su gloria.
El dia de hoy ya se ha acabado la iglesia con la buena diligencia del maestro fray Salvador de Ribera, hijo deste convento, aplicando justísimamente todo cuanto puede de los religiosos que se ocupan en doctrinar á los indios, y tan bien acabada, que en Indias ninguna hay mejor: sola una falta se le pone, y sin invidia, que la capilla mayor es pequeña, la cual tiene un retablo muy aventajado.
Las capillas colaterales por la parte del Evangelio. La primera se llama del Crucifijo; ésta es del capitan Diego de Agüero, varon famoso entre los conquistadores deste reino, el segundo despues del marqués Pizarro; dotóla bastantemente; dícensele dos misas cada semana, rezadas, sin vísperas, y misa mayor el dia de Santiago, en el cual dia tiene un jubileo plenísimo, y sin los aniversarios. Dejó demás desto la renta de unas casas, para reparos de la capilla, que hoy rentan más de quinientos pesos cada año. Su hijo el capitan Diego de Agüero la ha ennoblecido mucho; puso en ella un retablo grande á proporcion de la capilla, con un crucifijo de muy buena y devota figura, y en el retablo muchas reliquias de santos en sus medallas que le dió el convento.
Luego se sigue la capilla nombrada de San Juan de Letran, donde tiene un enterramiento junto al altar al lado del Evangelio el capitan Juan Hernandez, quien dijimos era el capitan de los navios que estaban en el puerto cuando el padre de San Francisco se huyó de la batalla que tuvo el marqués Pizarro con los indios en la plaza.
Dotóla su dueño muy aventajadamente con limosna para dos misas rezadas cada semana: en las octavas de Todos Sanctos, vigilia y misa cantada, y el dia de San Juan Baptista, vísperas é misa con sermon, con bastante limosna, y dejó para reparos de la capilla y ornamentos buena renta que la cobra el convento y la gasta en el uso dicho.
El arcediano de la sancta iglesia desta ciudad viene cada año, por nombramiento del señor de la capilla, á tomar cuenta en qué se distribuye la renta para el ornato de la capilla, y se le da un tanto señalado por el capitan Juan Fernandez por este cuidado y trabajo. Helas visto tomar á un provincial nuestro, Fr. Salvador de Ribera, susodicho, con poco acuerdo y aun con no poca nota; quiso quitar esta capilla y la advocacion della y darla á no sé qué otras personas; súpolo el heredero, salió á la contradiction, y viendo el provincial el agravio, á lo menos avisado lo hacia por el señor arzobispo de México, Bonilla, la volvió á sus herederos. Y no sé cómo tal cosa, no quiero decir injusticia, pretendió hacer, ni cómo los padres de consejo en ello vinieron. Porque esto oí decir muchas veces al padre fray Antonio de Figueroa, que fué mi maestro de novicios, y si no fué el primero, á lo menos el segundo hijo deste convento, varon verdaderamente hijo de Santo Domingo, que el capitan Juan Fernandez trujo en sus navios la tierra desta capilla desde[22] Panamá, porque en ella todos los que se quieren enterrar se les da sepultura de gracia, y para que los cuerpos se comiesen presto trujo esta tierra; vi un año de un catarro pestilencial que la capilla, con ser espacio de dos los que en ella se enterraban, que fueron muchos, al tercero dia los cuerpos estar consumidos, y queria un provincial quitar esta capilla á su dueño y darla á otros. Pero Dios volvió por la verdad y la justicia.
Todos los que aquí se entierran ganan indulgencia plenaria, y las gracias que los que se entierran en San Juan de Letran en Roma, y para el dia de San Juan Baptista hay jubileo plenísimo. Muchos años vi que el día deste gloriosísimo sancto, Virrey, Audiencia y toda la ciudad venian á nuestra casa á celebrar en este dia la fiesta de San Juan; ya por descuido de los padres prelados se ha caído, digo el venir los virreyes. El oficio se celebra este dia en esta capilla.
Luego se sigue la capilla de Santa Caterina de Sena, muy bien aderezada con retablo y imágen desta gloriosa sancta; los tintoreros desta ciudad la tomaron para su enterramiento y la tienen muy bien adornada; celébrase en ella la fiesta de la gloriosa virgen Caterina con mucha solenidad y con un jubileo plenísimo, que los fundadores trujeron para los cofrades, todo el pueblo con sus cofrades, y si no me engaño los tintoreros instituyeron la cofradia de los nazarenos que el Miércoles sancto de noche sale de nuestra casa con túnicas de buriel y cruces á los hombros, grandes, y muchos llevan consigo sus hijos niños con sus cruces. Gástase mucha cera.
Por la parte del lado de la Epístola, la primera capilla es de San Hierónimo; dotóla el capitan Hierónimo do Aliaga con dos misas rezadas cada semana, vísperas y misa el dia de San Hierónimo y sus aniversarios; dejó bastante limosna, pero como al tiempo de la rebelion de Francisco Hernandez fuese á España por procurador destos reinos, y no volviese más á ellos, muchos años la vimos muy mal parada, que no decíamos misa en ella, por no tener ornato, hasta que habrá seis años que una nieta suya, doña Juana de Aliaga, hizo un retablo al ólio, grande á proporcion de la capilla, con una imágen de la Concepción arriba, que le costó más de tres mil pesos, añadiendo paños de seda para las paredes y ornamentos para el altar; empero Nuestro Señor la llevó para sí á pagarle lo que en su servicio habia hecho, la cual si más vida le fuera concedida hiciera más.
A esta capilla se sigue la del Rosario, con un retablo hecho en España, bueno, y una imágen de bulto de Nuestra Señora en el cóncavo del retablo, de las buenas piezas que hay en todo España, porque en Indias ninguna llega. A la redonda de la imágen los quince misterios del Rosario, de bulto, cuanto la proporcion del retablo lo sufre. En el pedestal la muerte de los niños inocentes, que parece cosa viva, con la adoracion de los Reyes al niño Jesús en el pisebre; fuera desto tiene en cuatro encasamentos cuatro santos de la Orden, de bulto, de muy galana proporcion y figura.
Lo alto de la capilla es dorado con unas piñas de yeso pendientes, grandes, todas escarchadas de oro. Adórnase la capilla en las fiestas del Rosario con paños de damasco y terciopelo carmesí unas veces, otras con paños de damasco verde y terciopelo verde. Tiene tres lámparas de plata grandes, que por lo menos la una arde perpétuamente.
Todo esto ha hecho la cofradia del Rosario con la industria de los devotos y mayordomos. Los primeros domingos de cada mes se hace una procesion por el claustro, que para los que en ella se hallaren confrades (creo confesados) se les concede indulgencia plenaria. Sácase una imágen de bulto de Nuestra Señora, muy devota, que llevan diáconos. Sírvese de mucha cera de cirios que llevan los veinticuatro sin la demás para los demás confrades religiosos. Concurre mucha gente por la devocion grande que se tiene particularmente á la imágen puesta en el altar. El segundo domingo se hace procesion con el niño Jesús por la confadria de los Juramentos, fundada en nuestra casa, ni puede fundarse en otra parte, por concesion de los sumos pontífices, ó con licencia del provincial donde no hobiere convento de la Orden, de la imágen de Nuestra Señora puesta en el altar. Si no fuéramos descuidados hobiera muchos milagros escriptos que ha hecho.
Siendo yo prior deste convento pretendí, dándome los señores inquisidores licencia para ello, sacarlos á luz, haciendo las diligencias necesarias; empero, el provincial que á la sazon era, no sé por qué respeto lo impidió.
Luego más abajo se sigue la capilla de las Reliquias; llámase así porque tiene un retablo con sus vidrieras tan grande como un guadamecí, lleno dellas, traídas de Roma. Trújolo el reverendísimo fray Francisco de Victoria, primer obispo de Tucumán, hijo de esta casa, varon docto; fuimos novicios juntos y condiscípulos en las Artes y Filosofía.
Esta capilla de las Reliquias es celebrada por la multitud que dellas hay, mayores y menores en cantidad, de famosísimos sanctos; hay entrellas un poquito del verdadero lignum crucis, donde Cristo murió, y un cabello de Nuestra Señora. El provincial que quiso mudar ó quitar la capilla de San Juan de Letran dió esta capilla á los ministros del Santo Oficio, con una carga pesadísima, que fuese el convento por sus cuerpos y sacerdotes los trujesen en hombros, como si fueran sacerdotes, cosa bien excusada, si se diera á los señores inquisidores y en ella se enterraran, pasara, pero darla á oficiales no se puede tolerar, y sin ninguna limosna. Y aunque entre ellos hay personas nobles, hay familiares que tienen oficios bajos, y á éstos enterrarlos, como vi á uno, como si fuera inquisidor, es igualar lo alto con lo bajo y la nobleza con los que no la tienen, y con todo esto, alguno destos familiares se entierran en otras partes y la capilla está sin marido, como las demás lo tienen, dotadas con muchas ventajas.
Luego se sigue la del glorioso San Jacinto, con retablo dorado y figura del sancto muy buena; la capilla bien adornada; hízose una solenísima fiesta el dia que en esta ciudad se celebró la canonizacion del santo, con admirable adorno de la iglesia y más del claustro, con un coloquio famosísimo de la vida de este santísimo hermano nuestro, con tanta riqueza que parecia incomparable, y con ser tanta, no se perdió ni un alfiler.
Aquí se ha juntado la imágen de San Raimundo, agora nuevamente canonizado por el mismo Clemente octavo, que canonizó á Jacinto, en cuya fiesta fué mucho más el ornato admirable del claustro y iglesia que en tres dias no se pudo impedir al pueblo que no viniese á verlo, y no se hartaban; tampoco faltó cosa de momento.
Debajo del coro al uno y otro lado hay dos capillas; al de la Epístola, una de los indios, con imágen de nuestra Señora, de bulto, y otra de los negros, asimismo con imágen de bulto, de la misma Señora, que, conforme á su posible, no estan mal aderezadas.
Los mulatos toman otra, que es por donde se sale al claustro; ésta es la menos adornada; será nuestro Señor servido se adorne á su servicio y de su santísima madre.
Dijimos arriba que el principal fundador deste convento fué el religioso y no menos valeroso padre fray Tomás de San Martin, primer provincial, el cual, despues de haber comenzado la obra de la iglesia fué el que buscó y atrajo á todos aquellos capitanes y otras personas á que tomasen las capillas y las dotasen; buscó y atrajo al convento mucha renta de otras partes, como fué que á su persuasion el capitan Gabriel de Rojas hizo limosna á este convento de 6.000 pesos ensayados, con no más obligacion de que le encomendasen á nuestro Señor en los capítulos, lo cual perpétuamente so hace y en las misas, como á principal bienhechor nuestro; ganó chácaras y tierras de pan y solares para casas, con no poco trabajo de su persona, á quien subcedió en provincial fray Domingo de Santo Tomás, maestro en sancta Teología, varon realmente apostólico, castísimo, libre de toda cobdicia y ambicion, gran predicador, así para los españoles como para los indios, y más dado á la predicacion y conversión de los indios que á la de los españoles; fué el primero que imprimió y redujo á arte la lengua general deste reino. Varon de grande entendimiento y prudencia cristiana, ferventísimo en el celo del bien y aumento de los naturales deste reino, por lo cual era de algunos aborrecido; empero decia lo que San Pablo: si agradase á los apetitos dañados de los hombres, no seria siervo de Dios. En el convento no sé qué haya aumentado, porque siendo provincial le fué forzoso ir á España y dende allí pasar en Italia al capítulo general que se celebraba de provinciales, y por esta razon no pudo augmentar como quisiera la casa, aunque, por no dar nota de aplicar más para su casa que para otras partes, hizo una cosa donde mostró el poco amor que á los bienes temporales tenia, ni para su convento, que para sí, ninguno.
Esto la ciudad toda lo vió y los religiosos, porque estábamos en el convento. Habia en la ciudad un mercader llamado Nicolaso Corso, hermano de Juan Antonio Corso, el rico; estando para se ir á España con 80.000 pesos y más, ensayados, dióle el mal de la muerte; envia á llamar al padre nuestro fray Domingo de Santo Tomás, que habia pocos dias llegado de España; dice le confiese y que allí tiene 80.000 pesos y más, ensayados; que como le fia el ánima, le fia y entrega la hacienda para que haga della lo que quisiere, en bien y descargo de su conciencia, porque no tiene heredero forzoso.
No creo otro que este apostólico varon hiciera lo quel hizo. Toda la hacienda repartió entre pobres, y particularmente al Hospital de los naturales desta ciudad dejó la mayor cantidad, donde hizo una capilla y la dotó; no á su convento, con poderle dejar toda, instituyendo un colegio para bien de todo el reino, con renta, al modo de los de San Gregorio, de Valladolid, y no fuera esta obra menos acepta á nuestro Señor que dejarlo al Hospital de Santa-Ana. Porque no se dijese aplicaba para su casa, huyendo esta nota, lo dejó al Hospital de los naturales, y no dejó á su convento más que á los otros, que fueron 100 pesos corrientes de limosna para cien misas, ni en el acompañamiento del difunto que de aquella enfermedad murió, pidió más religiosos de un convento que de otro. Bastante argumento es del poco amor que á la plata tenia. Luego dende á poco le hizo merced Su Majestad de la silla episcopal de la ciudad de La Plata; lo que allí hizo y su muerte, cuando tractaremos de los señores obispos destos reinos lo diremos.
A este excelentísimo varon sucedió el gran fray Gaspar de Carvajal, religioso de mucho pecho y no menos virtud carretera y llana, el cual á todos los conventos que llegaba, cuando los iba á visitar, en lo espiritual y temporal, favoreciéndolo el Señor, dejaba augmentados. Varon abstinentísimo, de gran ejemplo, de una simplicidad extraña. En su tiempo, en parte dél fué prior desta casa el muy religioso fray Tomás de Argomedo, varon docto, de mucho ejemplo, buen predicador y acepto, el cual, el año de 60 me dió el hábito: á quienes, si no era cual ó cual, nos quitaba los nombres y nos daba otros, diciendo que á la nueva vida, nuevos nombres se requerian. Yo me llamaba Baltasar; mandóme llamar Reginaldo, y con él me quedé hasta hoy.
Este religiosísimo varon y padre fué el primero que en nuestro convento comenzó á poner órden en el coro; hasta entonces no la habia, por no haber religiosos que lo sustentasen; en pocos meses tomamos el hábito más de treinta, con los cuales y los demás sacerdotes del convento se comenzó de dia y de noche, como en el más religioso de España, á guardar la observancia de la religion, y lo mismo se comenzó en los demás desta ciudad, porque hasta este año de sesenta muy pocos religiosos habia en los conventos, los cuales faltando, no puede haber tanto concierto en el coro, ni en lo demás; de suerte que podemos decir, y justísimamente, que desde este año de 60, ó cuando mucho del 58, comenzaron los conventos á se aumentar; para que se vea cuán en breve tiempo la mano del Señor ha venido favorabilísima sobre todos ellos. Dióme la profesion el padre provincial fray Gaspar de Carvajal, cumplido mi año de noviciado, que ojalá y en la simplicidad que entonces tenia hobiera perseverado.
A este bonísimo varon sucedió el padre fray Francisco de San Miguel, venerable por sus canas y vida ejemplar, gran predicador, conforme á lo que entonces se usaba, que era (creo lo mejor) no tantas flores como agora, ni vocablos galanos; no se daba tanto pasto al entendimiento como agora se da, pero dábase más á la voluntad y más la aficionaban á la virtud; dióle nuestro Señor este don: tenia en su mano el auditorio para le alegrar y para le compungir y hacer derramar lágrimas; era de su natural grave, mas acompañaba á su natural gravedad mucha humildad y no menos sufrimiento; ninguna cosa aumentó en el convento, por no haber cómodo para ello.
Despues del cual fué provincial el padre fray Alonso de la Cerda, hijo de este convento, varon recto, de unas entrañas humanísimas y muy llanas, gran religioso y de muy buen ejemplo, libre de toda cobdicia y muy observante; siendo prior compró el retablo para el altar mayor, de madera talla de bonísimas figuras, que costó 3.500 pesos puesto en el altar; fué el primero que comenzó á edificar el convento, haciendo una enfermeria muy buena, con muy alegres celdas altas y bajas, como se requieren para el regalo de los enfermos. Ayudó mucho á esto una legítima que dejó, siendo novicio, para edificarla, el padre fray Tomás de Heredia, que al presente vive, maestro en sacta Teología y Lector que ha sido della, hombre religioso y de muy buen ejemplo, nacido en Guánuco, de nobles padres. La ligítima mandó se echase en renta, y así se echó y permanece, y no se puede gastar en otra cosa que en el regalo de los enfermos.
Todos los que en esta enfermeria mueren ganan indulgencia plenaria, como yo he visto las letras apostólicas que están guardadas en el archivo del convento. Siendo provincial el padre fray Alonso de la Cerda, fué prior el padre fray Antonio de Ervias, doctísimo varon y maestro mio en la Teología y no menos religioso; hizo el refectorio, que es muy buena pieza; despues fué obispo de Cartagena en el reino de Tierra Firme, como despues diremos.
Esta enfermeria se edificó en aquella parte del convento que cae sobre el rio, la cual con una avenida que el rio trujo se llegó tanto á la barranca, que rompiendo por ella se llevó un poco, y desde este tiempo no se puede pasar por detrás de nuestra casa entre la barranca del rio y nuestras paredes, por donde muy descansadamente podian ir dos carretas á la par. Otra vez, siendo yo prior en este convento, me vi en gran riesgo de que el rio rompiera por nuestra porteria que llamamos del rio. Fuí á pedir favor de indios para remediar mi casa y buena parte de la ciudad, al Virrey, que era el conde del Villar, y no le pedia sino indios para amontonar piedras y reparar el daño que se esperaba; la paga de los jornales yo la daba, y respondióme con mucha flema: ¡ah, este rio! ¡ah, este rio! Empero, viendo el poco remedio que se me daba, todas las noches destas avenidas, que son las mayores en Cuaresma, hice que despues de maitines á media noche se rezase la letania de Nuestra Señora, mediante el favor de la cual una noche que creí el rio habia de romper por el convento, por ser la avenida muy crecida y el ruido de las piedras que traía notable, fué Nuestro Señor servido, por intercesion de su santísima madre, que nos amontonó mucha piedra frontero de nuestra porteria, y recodando hacia el Rastro, derribó parte dél y nuestra casa hasta hoy, gracias á Dios, quedó libre; ya aquel año no hobo más avenida; luego con ayuda de la ciudad, que nos dió mil y quinientos pesos de limosna, la cual ayudé á pedir, y con otros tantos que el convento gastó, hicimos un reparo de cal y canto, con que al convento y á la ciudad habemos librado del rio, el cual, si hasta entonces el marqués de Cañete, de buena memoria, viviera, no nos pusiera en tanto estrecho; pero no le mereció el reino y llevóselo Nuestro Señor para sí.
Volviendo á nuestro provincial fray Alonso de la Cerda, en los cargos que en la Orden tuvo fué muy bien quisto de los religiosos por su llanísima condicion y bondad. Fué despues obispo de Puerto de Caballos, y luego de Los Charcas, como escribiremos en su lugar.
Sucedióle en el provincialato el padre fray Andrés Velez, hombre docto y buen predicador, de agudo ingenio; fuese á España, y por eso no tenemos nada que tratar dél en el augmento deste convento.
A quien sucedió el padre fray Gaspar de Toledo, varon, cierto, religioso, de bueno y galano entendimiento, pero no amplió cosa en el convento, como se pensó, y en su eleccion lo prometió el virrey don Francisco de Toledo, deudo muy cercano suyo; á cabo su cuadrienio, fué electo el padre fray Domingo de la Parra, tambien varon religioso y muy observante, aunque nimio en algunas cosas muy menudas en que los provinciales no se han de entremeter, sino avisar se guarden; donde no, castigar á los prelados. El tiempo que fué provincial hizo guardar en este convento nuestra constitucion que no se coma perpétuamente carne en el refectorio, y él la guardaba infaliblemente. Si no la guardábamos era por dispensacion que para ello tenemos en estos reinos, respecto de ser la tierra de los llanos enferma y la de la sierra falta de pescado, y en este convento haber cuotidianamente muchos enfermos, y la costa ser mucho mayor; y con decirle los médicos el riesgo de la salud de los religiosos, respondia un poco secamente: mueren en lo que profesaron. Fué á España y no volvió más; en acabando fué electo en el Cuzco el padre fray Domingo de Valderrama, maestro en sancta Teología, buen predicador, el cual comenzó la casa de novicios, de las buenas que hay en la Orden y fuera della; tiene casi 50 celdas altas y bajas, frescas y alegres, porque así lo pide la tierra. Hizo este edificio, digo la mayor parte dél, porque en su tiempo no se pudo acabar, con lo que aplicaba de los salarios que se dan á los religiosos que se ocupan en la doctrina de los naturales.