CAPITULO LVII
DE LOS VALLES QUE SE SIGUEN

Siguiendo la costa adelante al Sur, llegamos luego al valle nombrado Pachacámac, no muy ancho, aunque en partes tiene dos leguas y más de fértil suelo; hay en él muy pocos naturales; las borracheras los han consumido el dia de hoy. A la entrada del valle vemos aquel famoso adoratorio ó guaca, que es un edificio poco menor que el de la guaca de Trujillo, dedicado por los indios al demonio, que les hacia creer era el criador de la tierra, y así llamaron Pachacámac, que quiere decir criador de la tierra. Es fama en esta guaca haber gran suma de tesoro aquí enterrado y ofrecido al demonio. Han algunos cavado en ella, empero no han dado en él, sino sacado plata de la bolsa; es necesaria mucha suma de plata y muchos años para atravesarla. Hoy la vemos casi cubierta de arena que los aires sobre ella han amontonado. A este valle, cinco leguas adelante, se sigue el valle de Chilca, que son unas hoyas naturalmente cercadas de arena, en las cuales se da mucho maíz y demás mantenimientos de la tierra; de nuestras fructas, uvas, higos, granadas, membrillos y melones, los mejores del mundo, y las demás fructas muy sabrosas, porque la tierra pica en salitre. Este valle ni hoyas tienen agua con que se rieguen, ni del cielo ni de la tierra, pero tiene bastante humedad con el agua que por debajo de la tierra se trasmina, la cual es poderosa para que las comidas crezcan, se multipliquen y lleguen á sazon; hállanse en estas hoyas jagüeyes, que son unos pozos poco fondos, con la mano alcanzamos á ellos, de agua salobre; otros, y éstos pocos, de agua un poco mejor que se puede beber y con ella se sustentan los indios y los españoles que por aquí caminan. Para sembrar el maíz usan los indios una cosa extraña: el grano de maíz lo meten en una cabeza de sardina, y así lo ponen debajo de la tierra; es mucha la que da en la costa (donde muy cerca están estas hoyas) huyendo de los peces mayores, si no dan en la costa, tienen cuidado de pescarlas. La costa es abundantísima de pescado, lizas, corbinas, lenguados, tollos y otros. Los indios usan sus balsas de junco como los demás desta costa y valles; puerto ninguno tiene. Los naturales se van consumiendo por la razon en el otro capítulo dicha.

Luego á cuatro leguas se sigue el valle llamado Mara, á quien corrompiendo la r en l llamamos Mala; de mucha y muy buena tierra, con un rio de la mejor agua destos llanos; es rio de oro, de aquí se sacaba cinco ú seis leguas más arriba para el Inga. Dos leguas el rio arriba de la costa está un pueblo pequeño de cien indios casados, poco menos, nombrado Calango, que lo doctrina nuestra Orden. Doctrinándolo un religioso nuestro, llegó á él un indio con una piedra de metal, que la mayor parte era plata, y díjole que él le enseñaría la mina; sábenlo los caciques; este fué indio que hasta hoy no ha parecido, mas entiéndese lo mataron por que no descubriese aquel cerro, y así se ha quedado. El valle es fertilísimo de maíz, trigo y demás mantenimientos, todo acequiado; cultívase poco, respecto de haberse consumido los indios por las borracheras dichas.

Dos leguas adelante, poco más, se sigue el de Acia, ó por mejor decir el de Coaillo; tiene pocos indios, consumidos por lo dicho, y malas aguas. El rio se sume más de seis leguas antes de la mar, y junto á ella revienta en poca agua en una laguna pequeña que se hace cerca del tambo llamado Acia.

Tiene buenas tierras, aunque es angosto de riego. Fueron los indios deste valle ricos de oro, y ellos entre los naturales destos Llanos, los más nobles de condicion; fué muy poblado; ya son pocos.

CAPITULO LVIII
DEL VALLE DE CAÑETE

Prosiguiendo la costa adelante, á siete leguas andadas entramos en el valle ancho y fertilísimo, llamado Guarco, de los indios, y de nosotros Cañete, por un pueblo que en él se fundó llamado Cañete, de españoles, respecto del marqués de Cañete el viejo, de laudable memoria, que fué quien le mandó poblar; tiene puerto, aunque no muy seguro. Las tierras deste valle son muy apropiadas á trigo, maíz, y es cosa no acreedera lo que acude por hanega. Son bonísimos para viñas, olivares y para los demás árboles frutales y mantenimientos, así de la tierra como nuestros; no tiene rio que por medio del corra; riégase con dos acequias sacadas desde el tiempo de los Ingas, grandes, del rio de Lunaguaná, y el agua es buena; es abundante de ganados nuestros y de crias de mulas muy buenas; aquí no hay uno ni algun indio natural; tiene una fortaleza que guarda el puerto fácilmente. El pan de aquí es de lo bueno del orbe, por lo cual ya es proverbio: en Cañete toma pan y vete, porque como no hay servicio de indios en el meson y muy poco recado para los caminantes, no se puede parar mucho en el pueblo. Parte términos con este valle otro (yo lo he atravesado) de más de tres leguas de ancho y siete de largo, todo acequiado, de fertilísimo suelo, si lo hay en el mundo: el cual no se labra por se haber perdido una acequia con que todo se regaba, que hizo sacar el Inga á los naturales, del rio de Lunaguaná. Derrumbóse un pedazo de una sierra sobre ella y cojó la toma, y nunca más se ha abierto, que si se abriese, sólo aqueste valle era poderoso á sustentar la ciudad de Los Reyes de trigo é maíz; y aunque algunos Virreyes han pretendido desmontar la toma, no se atreven por ser necesarios más de 50.000 pesos. Yo conozco quien daba órden cómo se sacase el acequia, limpiase y desmontase, sin que á Su Majestad, ni á indio, ni á español le costase blanca, aunque se gastaran 100.000 pesos, y era ésta que el Virrey, la renta de los indios que vacasen y se habian de encomendar en beneméritos, como su Majestad lo manda, que encomendase los indios, pero que la renta de un año ó dos la aplicase para esta obra, y desta suerte juntara la cantidad de plata necesaria, y al encomendero no se le hiciera muy pesado, porque como habia estado años sin encomienda, teniéndola ya cierta, y la posesion, de muy buena gana la tomara, y dos años en breve se pasan, y cuando esto se quisiese moderar, para que el encomendero tuviese con qué comer, le diesen el tercio ó cuarto de la renta; lo demás, se aplicase para la dicha acequia.

Tratóse este medio con el ilustrísimo señor arzobispo destos reinos, y parecióle bien; tratólo con don Martin Enriquez, á la sazon Visorrey, y aunque no le pareció mal, respondió que las mercedes que habia de hacer en nombre de Su Majestad no las queria aguar con aquella carga, y fué respuesta de ánimo generoso, y correspondiente á la magnanimidad de nuestro católico rey, y así se quedó hasta hoy, y se quedará si este medio no se toma, porque no hay hombre á quien, aunque le den todo el valle por suyo, se atreva á gastar tanta plata, y desta suerte se desmontaba y abria la acequia, y sacada, cuando su Majestad quisiera vender aquellas tierras, sacara mucha más plata, lo cual es necesario hacerse, porque la gente se va multiplicando, y todos nos habemos de ocupar en cavar y arar, y que á los que se les hiciese merced, con esta carga la tomarian. Es cierto yo conocí un pretensor y benemérito en este reino que vacando un repartimiento lo pidió con esta condicion: que por cinco años los tributos se cobrasen para Su Majestad, y pasados fuesen suyos; dióselo el conde de Nieva, pasáronse los cinco años y él vivió gozando su renta más de otros quince, y á muchos pareció disparate; pues con esta condicion pidió estos indios, mejor los aceptara el que se los dieran por un año ó dos con esta carga, y es así que desde este tiempo acá, digo desde que se trató deste medio, han vacado muchos y muy buenos repartimientos, con que se hobiera sacado la acequia aunque se gastaran en ella ducientos mil pesos; á dicho de los oficiales no son necesarios 60.000.

El valle de Lunaguaná, por donde pasa este rio, dista un poco más la tierra adentro cuatro leguas deste valle; es angosto pero abundante de mucho y muy buen vino, y frutas nuestras y de la tierra; aquí se han conservado los indios un poco más que en los otros valles; con todo eso se van apocando.

CAPITULO LIX
DEL VALLE DE CHINCHA

Síguesele á este valle de Lunaguaná el de Chincha á pocas leguas, muy ancho y espacioso, sino que le falta agua. Cuando los españoles entraron en este reino habia en él 30.000 indios tributarios; agora no hay seiscientos, y porque no tiene agua suficiente para que todos pudiesen labrar la tierra, el Inga señor destos los tenia repartidos desta suerte: los 10.000 eran labradores, los diez mil pescadores, los 10.000 mercaderes. Los pescadores no habian de labrar un palmo de tierra: con el pescado compraban todo lo que les era necesario para sustentar la vida. Los labradores no habian de entrar á pescar: con los mantenimientos compraban el pescado, y entre estos labradores habia algunos oficiales buenos plateros, y el dia de hoy han quedado algunos. Los mercaderes tenian licencia de discurrir por este reino con sus mercadurias, que las principales eran mates para beber, muy pintados y tenidos en mucho, hasta la provincia de Chucuito, que en el Collao no se habia de entremeter el uno en el oficio del otro, no debajo de menor pena que de la vida. Con este concierto se sustentaban en el valle tanta cantidad de indios varones con sus casas, que por lo menos, chicos é grandes, habian de ser más de 100.000; el dia de hoy no se hallan en él 600 indios casados, lo cual causa mucha compasion; la disminucion han traido las borracheras; son dados mucho á ellas, las cuales les abrasan las entrañas; particularmente hacen la chicha de maíz entallecido, que es puro fuego, y no se contentan con ella, sino águanla con vino nuevo; añaden fuego á fuego, y borrachos caen en el suelo; pasa el fervor del sol por ellos, calor en el cuerpo, exterior; fuego en las entrañas, interior, háceselas ceniza; mueren los más súpitamente, y desta suerte se han acabado y consumido y los pocos que quedan se consumirán. Acuérdome que tratando con un Oidor de Su Majestad que se pusiese algun remedio y castigo en esto, respondió que no habia leyes de emperadores, ni de los Virreyes de España, que á los borrachos diesen castigo, ni se señalase. Fundados los que gobiernan en esto, no se ha puesto remedio en cosa que tanto convenia, y es de tal manera el menoscabo de los indios en todos los valles de los Llanos, que de aquí á pocos años no habrá algunos, ni se caminará por ellos.

Los indios deste valle les ha cabido en suerte por la mayor parte religiosos nuestros varones muy esenciales que les doctrinasen, y entre ellos dos grandes siervos de nuestro Señor, y aun tres: el primero el maestro fray Diego de Santo Tomás, de quien habemos comenzado á tratar, que en este valle doctrinándolos gastó lo mejor de su vida con admirable ejemplo y obras y despues fué primer obispo de los Charcas. El segundo fray Melchior de Los Reyes, varon, cierto, apostólico, gran siervo de Dios, libre de todo vicio, que es contrario á la predicacion del Evangelio; paupérrimo, castísimo, abstinentísimo, varon de grandes partes. El tercero, el venerable fray Cristóbal de Castro, el cual, aunque no era tan docto como los dos referidos, no le hacian ventaja en religion y caridad para con los indios; todos tres grandes lenguas. A este padre fray Cristóbal, cuotidianamente, y aun hasta que murió el ilustrísimo fray Hierónimo de Loaysa, porque conocia la entereza de su vida, le ocupaba en visitar todo su arzobispado, por lo cual los indios le llamaban el hermano del señor arzobispo; todos tres acabaron loablemente. Otros religiosos han tenido los indios deste valle, pero no de tanto nombre. Pero paréceme se puede arguir diciendo: si estos indios tuvieron religiosos tan esenciales, ¿cómo se hizo tan poco fruto en ellos? á esto responderé dos cosas: la primera, que estos indios y todos los demás reciben muy mal las cosas de la fe, y esto por sus pecados y por los nuestros, y como es gente que se ha de gobernar con mucho castigo, faltándoles el gobierno del Inga, que por muy leves cosas mataba á los delincuentes é inocentes, gobernándolos como á hombres de razon y políticos, no viendo el castigo, no acudian sino cual ó cual cosa de virtud; y para confirmar esto diré lo que pasó al padre maestro fray Domingo de Santo Tomás en la ciudad de Los Reyes. Este padre maestro, siendo provincial fué á España á un capítulo nuestro general, donde todos los provinciales se habian de hallar; volvió; llegado á nuestro convento de Los Reyes viniéronle á ver muchos indios de los de Chincha, de los principales. A uno dellos preguntóle la doctrina; no la supo, ó no quiso responder; díjole el padre maestro: Pues cómo, ¿no te enseñé yo la doctrina cristiana, y la sabias muy bien? respondió el indio: Padre, enseñándosela á mi hijo se me ha olvidado. He dicho esto para que se vea la calidad desta gente.

Lo otro es lo que acabé de decir, que como les faltó el rigor y castigo del Inga, facilísimamente se vuelven á sus malas costumbres y inclinaciones, y borracheras, y no hay otro Dios sino su vientre, y mientras no se les castigare con mucho rigor, no se espere enmienda, sino su total disminucion y destruicion, y lo mismo, aunque no tanto, en los indios de la Sierra.

Los indios, particularmente los señores, eran riquísimos de oro, y los que agora son señores, creo lo son: tiénenlo enterrado, y hay en este valle muchas guacas en algunas de las cuales españoles han cavado, mas han sacado dellos tierra y plata de la bolsa. Cuando andaba la grita dellas, como arriba dijimos, un curaca, el principal deste valle de Chincha, dijo al padre fray Cristóbal de Castro (teníanle en gran veneracion por su cristiandad y ejemplo), que si queria, le daria tanto oro y plata que cargase un navio; el buen religioso díjole: un hábito roto me basta, sácalo para ti y para tus hijos, que eso es vuestro, é yo no lo truje de Castilla, ni me es necesario; y por importunacion del curaca no quiso recibir más de un cáliz de oro para la iglesia, el cual tiene hoy, y es el primero que vi en este reino, bastante argumento de su ninguna cobdicia; si lo sacaron ó no, no lo sé; lo más cierto es hasta hoy estar enterrado y oculto.

A cinco ó seis leguas llegamos al valle de Yumay, de las mismas calidades del de Chincha, no tan espacioso; no fué tan poblado, y en él hay muy pocos naturales; pasa por él un rio caudaloso, que pocas veces se vadea.

CAPITULO LX
DEL VALLE DE PISCO

Seis leguas adelante llegamos al valle de Pisco, ancho y espacioso, con puerto y agua bastante, sacada en acequias del rio de Yumay; fué poblado de muchos indios; hanse consumido como los demás de los Llanos y por las mismas razones. Es abundante de todo mantenimiento y de muchas heredades, donde ya casi está fundado un pueblo de españoles; abunda tambien en pescado; entre este valle y el de Ica puso Dios aquellas hoyas que llamamos de Villacori, muy mayores que las que dijimos haber en Chilca, donde se da mucho vino, granada, membrillo, higos, melones y demás fruta, sin riego alguno, ni del cielo ni de la tierra; hay en estas hoyas algunos jagüeyes de agua razonable, porque por la mayor parte es salobre; vemos aquí hoyas donde se plantan 4.000 cepas, y es cosa de admiracion que en medio de unos médanos de arena muerta pusiese Dios estas hoyas tan fértiles. En estos arenales de Villacuri desbarató el tirano Francisco Hernandez Giron al capitan Lope Martin, y es fama algunas noches oirse pífanos y atambores y grita de batalla, tropel de caballos con cascabeles, que pone no poca grima.

Por estos arenales no se puede caminar sin guia yendo[24] ó viniendo á Ica y de noche, por los muchos calores, y los indios de guia, oyendo estas gritas y voces animan á los españoles, diciéndoles que el demonio por espantarlos causa aquellos temores.

CAPITULO LXI
DEL VALLE DE ICA

Otras seis leguas dista el valle anchísimo y largo de Ica, doce leguas de la costa de la mar, pobladísimo de muchos algarrobos muy gruesos, con un rio no muy grande, con muy buena agua, y fuera mucho mayor si no se trasminara por todo el valle; por lo cual las heredades que hay en este valle, muchas y muy buenas, de viñas y demás mantenimientos, no tienen necesidad de mucho riego. El vino, que aquí se hace alguno, es muy bueno, de donde, porque en el meson del pueblo no hay tanto recaudo para los caminantes, ya es comun sentencia: En Ica, hinche la bota y pica. Fundóse aquí un pueblo de españoles; algunos dellos son ricos de viñas y chácaras, sus casas llenas de todo mantenimiento. Era valle de muchos indios; agora no hay sino dos ó tres pueblos dellos; vanse consumiendo como los demás destos Llanos y por las mismas razones.

Todos los Llanos y la tierra que se habita desde las vertientes de la sierra y cordillera nevada, hasta lo último del reino de Chile, es grandemente combatida de temblores de tierra, y este valle lo es mucho; ya dos veces lo ha derribado un temblor de tierra, y la iglesia del convento de San Francisco, que era buena, dos veces ha dado con ella en el suelo, lo cual desanima mucho para que aquel pueblo no pase muy adelante.

CAPITULO LXII
DEL VALLE DE GUAYURI

De aquí al vallecillo de Guayuri se ponen quince leguas de despoblado y sin agua; á las cinco leguas, á la salida del valle de Ica, solia haber un jagüey y una ventilla; cególo un temblor y despoblóse la venta. Guayuri es muy angosto, de poca agua, pero buena; plantáronse en él solas dos viñas; no hay espacio para más; la una de 500 cepas y la otra de 1.500; cargan tanta uva y dellas se saca tanto vino, que si no se ve no se puede creer; de las 500 se cogen 1.500 botijas de vino, y de las otras, 4.000; fuera desto, danse muy bien nuestros árboles fructales, grandes membrillos, higos y melones y otras legumbres. El vino es el mejor de todo el reino.

CAPITULO LXIII
DEL VALLE DE LA NASCA

Saliendo deste vallecillo, á nueve leguas adelante, entramos en el gran valle de la Nasca, muy ancho y largo; fué muy poblado de indios; agora le faltan, por las causas arriba dichas; es fértil, como los demás destos Llanos, de vino y demás cosas. El cacique dél fué siempre tenido en mucho de los indios y de los españoles.

Por este valle y el de Chincha, así por la multitud de los indios como por la fertilidad, cuando alguno de los antiguos pretensores, por sus servicios, queria encarecerlos, decia: Chincha ó Nasca ó nada, lo cual ha quedado como en proverbio. Es falto de agua al invierno, que es el tiempo que en la Sierra no llueve, y acá el de las garúas; pero al verano, que es el tiempo de las aguas en la Sierra, es rio grande y aun peligroso. Hame sucedido llegar á este valle en tiempo que en la madre del rio no se hallaba una gota de agua, y un solo dia que allí holgué, á otro pasé el rio por tres brazos; aprovéchanse los indios, para el tiempo de la seca, de pozas hechas á mano, á trechos, y en lugares altos, como estanques grandes de agua, de las cuales sacan acequias para comenzar á sembrar y sustentarse dellas hasta que viene el rio; dista de la mar más de catorce leguas, todas arenales y sin aguas. Con todo eso en carretas llevan el vino al puerto, que es seguro.

CAPITULO LXIV
DE OTROS VALLES SIGUIENTES

Quince leguas se ponen desde este valle á Acari, de despoblado, grandes arenales y sin agua, si no es en una pequeña quebradilla, muy angosta, á las siete leguas, de muy poca agua, gruesa y cenagosa. Es Acari buen valle y de las calidades de los demás; habia en él muchos indios; hanse consumido, como los de los otros valles y por las mismas causas.

Desde donde á Ariquipa (que dijimos ser casi sierra) hay catorce leguas de despoblado, sin agua y arenoso; luego se sigue el valle de Atico, estrecho y no tan abundante como los demás. Luego el de Ocaña, angosto, pero de buenas fructas y viñas y abundante de maíz. Los indios son pocos y se van disminuyendo.

CAPITULO LXV
DEL VALLE [DE] CAMANÁ

Síguese á éste, ocho leguas adelante, el valle de Camaná, de las mismas calidades de los pasados, donde se fundó un pueblo de españoles; su trato es vino, pasa, higo, de lo bueno deste reino; es abundante de pescado; el puerto es playa; pasa por él un rio grande que pocas veces se deja vadear. El año de 604, víspera de Santa Catalina mártir, lo destruyó casi todo un temblor de tierra. Desde aquí á Arica y aun hasta Chile, ya fenecieron los valles grandes y fértiles y se siguen vallecillos angostos y no de las calidades de los pasados; por eso haremos dellos poca memoria. Desde aquí nos comenzamos á meter la tierra adentro, caminando para la ciudad de Arequipa, distante dél veintidós leguas y más, en las cuales hay dos valles, uno llamado Ciguas, de muy buena agua y mejor vino; ya casi sin indios, por se haber consumido, como habemos de los demás referido. Cinco leguas adelante entramos en el valle llamado Víctor; éste es más ancho y donde los más de los vecinos de Arequipa tienen sus heredades; cogen mucho vino y muy bueno, que se lleva al Cuzco, 65 leguas, y á Potosí, más de 140, y se provee todo el Collao.

Esta ciudad fué los años pasados de mucha contractacion, hasta que don Francisco de Toledo, visorrey destos reinos, le quitó el puerto y lo pasó á Arica; digo mandó que todas las mercaderias que se desembarcaban en el puerto de Arequipa para Potosí se desembarcasen en el puerto de Arica, por lo cual la contractacion ha cesado, porque no llega allí navio, sino el que forzosamente va fletado para el puerto de aquella ciudad, con mercaderias para ella misma ó con algun balumen, hierro, jabon, aceite y otras cosas así llamadas, para el Cusco, de donde se lleva por tierra con carneros. Los navios surgen más de una legua en el mar, lejos de la Caleta, donde se embarcan y desembarcan, que dista de la ciudad diez y ocho leguas no de muy buen camino y faltísimo de agua, y es cosa de admiracion que con surgir tan en la mar, en aquel paraje nunca hay tormenta ni los navios han garrado, y aunque es así que en el tiempo del ivierno, que es en el de las garúas, anda la mar tan brava, que no se puede entrar ni salir de la Caleta, la mar donde el navio tiene echadas sus anclas no se alborota.

Despues de entrado el batel en la Caleta, la mar es llanísima, y es tan angosta que se recogen los marineros los remos de una parte y otra por que no se hagan pedazos con las peñas, hasta que se abre un poco más, y así llegan á tierra ó salen á lo ancho; pero en cualquier tiempo es peligroso entrar ó salir della si los marineros no bogan con mucha fuerza. Tiénese este cuidado en comenzando á entrar en lo peligroso: que viendo venir la ola de tumbo, antes que quiebre se dan mucha priesa á bogar, porque la ola no quiebre en el batel, porque si en él quiebra, lo aniega y se pierde sin remedio. Conocí en este puerto un hombre extranjero, residente en él, el cual tenia ya tanta experiencia y conocimiento cuándo se podía desembarcar y venir á tierra, que en surgiendo el navio levantaba una banderilla blanca, y si no, los marineros no venian hasta verla. Empero en cualquier tiempo, como sean aguas vivas, por tres dias antes y tres despues es muy peligroso desembarcar. Tiene este asiento poca agua; una fuentecilla hay en él, que para deshacer la piedra de los riñones es muy aprobada. Es combatido de muchos temblores de tierra, y lo que más admira, que la mar tambien tiembla.

CAPITULO LXVI
DE LA CIUDAD DE AREQUIPA

Volviendo á la ciudad de Arequipa, es del mejor temple deste reino, por estar fundada á la falda de la sierra, de buen cielo, aunque un poco seco; dentro del pueblo se dan muchas uvas, y todas las frutas nuestras, en particular peras no mayores que cermeñas; son malsanas; en conserva son buenas: El agua del rio es malsana por ser crudia; deciende de la tierra, y pasa por lugares salitrosos. Fundóse al pie de un volcan llamado de Arequipa, á cuya causa, y por ser la tierra cavernosa, es combatida por frecuentes terremotos, y tantos, que acaesce tres ó cuatro veces temblar al dia, otras tantas á la noche, unas veces con más violencia que otras. Los años pasados, gobernando don Francisco de Toledo, sucedió uno, y tal que arruinó toda la ciudad; á nuestro convento echó todo por el suelo, sin quedar celda donde se pudiese vivir, ni donde poder decir misa; las casas que no cayeron quedaron peores que si totalmente dieran consigo en el suelo. Hase tornado á edificar, aunque mal; es faltísimo de madera para edificios. Cuotidianamente la puesta del Sol es muy apacible por la diversidad de arreboles en los celajes á la parte del Poniente. Comiénzanse á plantar olivares, y son bonísimas las aceitunas; es abundante de pan, vino y carnes y demás mantenimientos, y todo de riego; llueve poco y no con mucha tempestad.

Los indios deste asiento, que son en cantidad, usan del trébol en lugar de estiércol, con lo cual los maices crecen y multiplican mucho; siémbranlo de propósito, y maduro lo cogen y entierran en la tierra que han de sembrar; fertilízala mucho, en lo cual nosotros no habemos advertido, y la razon lo dice: porque el trébol es calidísimo; y antes, aunque sus chácaras estercolaban con otras cosas, no eran tan fértiles; críanse gran cantidad de pájaros dañosísimos al trigo ya granado; el enemigo es muchos muchachos con voces y hondas ojearlos, y no aprovecha tanto como quisiéramos. Porque no haya cosa sin alguacil, si no fuera tan combatida de temblores hobiera crecido mucho. Sustenta cinco conventos: Santo Domingo, San Francisco, San Augustin, la Merced; los Teatinos, que aunque llegaron tarde, tienen el mejor puesto. Los vecinos viejos eran ricos; sus hijos son pobres, porque no siguen la prudencia de sus padres, y los nietos de los conquistadores y vecinos serán paupérrimos. El año de 604 otro temblor lo destruyó; el mismo que á Camaná.

CAPITULO LXVII
DEL PUERTO ARICA

Desde esta ciudad al puerto, ó por mejor decir playa de Arica, hay más de cuarenta leguas, en el camino de las cuales hay algunos valles angostos, donde se dan las cosas que en los demás, pero no en tanta abundancia, por ser estrechos; viven en ellos algunos españoles que allí tienen sus haciendas, donde como mejor pueden pasan su trabajo. La Playa de Arica es muy grande y muy conocida por un morro (así lo llaman los marineros) blanco, que desde muchas leguas en la mar se parece. Es blanco por respeto de los muchos pájaros que en él vienen á dormir, cuyo estiércol le ha vuelto tal. Es valle muy angosto, y de poca agua, y no muy buena. En la misma playa, junto al cerro, cuando es baja mar, y baja poco, se muestran dos ó tres manantiales de agua dulce y buena, y en creciendo la mar los cubre; han sido para poco los corregidores en no haber hecho cavar y limpiar un poco más arriba á donde la marea no llega: hobieran descubierto aquellas fuentes y tuviera el pueblo buen agua. Desta playa hizo don Francisco de Toledo, siendo Virrey, puerto (como arriba dijimos) para las mercaderias y azogue que va á Potosí; la ocasion que tuvo para quitar la contratacion de Arequipa y pasarla á Arica fué acrecentar los derechos á Su Majestad de las ganancias de los mercaderes, diciendo que, aunque ya los hobiesen pagado en Lima, porque las mercaderias las sacaban de un puerto á otro, habian de pagar los de las ganancias; hacia este reino tres: el de Los Reyes por todo el distrito de las apellaciones para el Audiencia: el de las Charcas por el suyo, y el de Quito por el suyo; y porque si en Arequipa, que es distrito de la Audiencia de Los Reyes, se desembarcaran las mercaderias de las ganancias, por ser dentro de un mismo reino, no se debian derechos (creo son dos y medio por ciento), pasó la contratación á Arica y puso allí Casa Real y oficiales. Los mercaderes fuéronse á la Audiencia de Los Reyes por via de agravio, trujeron pleito con el Rey; condenáronle por dos sentencias, declarando la Audiencia no deber derechos, teniendo por todo un reino y sólo de Quito á todo el distrito de los Charcas; sacaron los mercaderes su ejecutoria, notificáronla á los oficiales reales (y en ella como presidente firmó el Virrey don Francisco de Toledo), los cuales escriben al Virrey la notificacion, y que allí viene su firma si han de cobrar ó no; respondióles que cobre de las ganancias los derechos señalados, y que si allí firmó fué como presidente, que lo demás mandaba como gobernador, y así se ha quedado hasta hoy se cobran los derechos como se impusieron. Por esta razon se ha poblado aquesta playa y es frecuentada de navios que llevan allí las mercaderias y los azogues de Su Majestad para Potosí.

Reside allí el corregidor cuotidianamente y es necesario, porque en este pueblo (helo visto tres veces) viven de todas las naciones que sabemos; aquí hay griegos, frisones[25], flamencos, y ojalá no hobiese entre ellos algunos ingleses y alemanes, luteranos encubiertos, y siendo como es escala donde los navios que vienen de Chile paran, y los luteranos, que desde el año de 78 acá han entrado, que han sido tres piratas ingleses, han venido á reconocer y han surgido en él, ¿cómo dejan vivir allí tanto extranjero? hay más de 150 hombres, y no creo son los cuarenta meros españoles; esto ya es tratar de gobierno; cesemos, porque acá se recibe mal.

No se puede desembarcar en él sino es en una caletilla donde no pueden entrar ni salir dos bateles juntos, sino uno á uno, y es necesario saber la entrada por unos peñascos que á una y otra mano tiene, en los cuales asentándose los bateles fácilmente se trastornan. Los navios surgen más de tres cuartos de legua desta caletilla. Vemos en él una cosa admirable: que ningun navio puede llegar al surgidero, sino es de medio dia para abajo, hasta las cinco de la tarde, porque en todo tiempo la marea del aire comienza á las nueve de la mañana, y cuando son las cinco ya ha cesado. Puesta una atalaya sobre este morro, como ya la hay, descubre más de diez leguas de mar, por una parte y por otra, y antes que llegue cualquier vela al puerto, de más de seis leguas ya le ha descubierto, por lo cual de noche pueden dormir segurísimos que enemigo no entrará en él; hay en él cuatro ó cinco piezas gruesas de artillería muy buena, que alcanzan una legua y más, bastante para defender la entrada al enemigo. Tres leguas el valle arriba se dan muchas uvas y buen vino y frutas de las nuestras muy buenas. El trigo, maíz y harina se trae de fuera parte, y por esto sale caro. Al tiempo del verano es abundante de pescado, y bueno. Es muy enfermo; siempre hobo en él pocos indios; agora no creo hay seis.

CAPITULO LXVIII
DE LOS DEMÁS VALLES HASTA COPIAPÓ

Desde aquí se va prolongando la costa derecha al Sur, con algunos valles angostos, en ella, y despoblados, de quince y más leguas; el camino, arenales, y pasadas creo sesenta leguas, luego se entra en el valle de Atarapacá; éste solia ser muy buen repartimiento y rico de minas de plata, de donde se camina por un despoblado de ochenta leguas hasta Atacama, por el cual sin guia no se puede caminar. Los indios de Atacama han estado hasta agora medio de paz y medio de guerra; son muy belicosos, y no sufren los malos tratamientos que algunos hombres hacen á los de acá del Perú; no dan más tributo de lo que quieren y cuando quieren. Al tiempo que esto escribo dicen se ha domado un poco más. Es fama ver en su tierra minas de oro riquísimas, y á su encomendero, que es vecino de Los Charcas, Juan Velazquez Altamirano, á quien han tenido mucho amor, dos ó tres veces le han inviado á llamar para descubrirse; las más en llegando allá se arrepienten, y no se les puede apremiar; esto el mismo encomendero me lo dijo.

Desde aquí se entra luego en el gran despoblado de 120 leguas que hay de aquí á Copiapó, que es el primer repartimiento del reino de Chile; el camino es de arena no muy muerta, y en partes tierra tiesa; en este trecho de tierra hay algunas caletillas con poca agua salobre, donde se han recogido y huido algunos indios pescadores, pobres y casi desnudos; los vestidos son de pieles de lobos marinos, y en muchas partes desta costa beben sangre destos lobos á falta de agua; no alcanzan un grano de maíz, no lo tienen; su comida sola es pescado y marisco. Llaman á estos indios Camanchacas, porque los rostros y cueros de sus cuerpos se les han vuelto como una costra colorada, durísimos; dícen les previene de la sangre que beben de los lobos marinos, y por esta color son conocidísimos.

Volviendo al camino, unas veces es por la playa, otras á tres, cuatro y seis leguas y más la tierra adentro, á causa de los muchos peñascos que hay en la costa, á donde proveyó. Nuestro Señor, sus jornadas de seis y siete leguas y la que más de ocho, de vallecillos muy angostos, con agua no muy buena y leña delgada y alguna yerba; no es camino que sufre mucha compañia ni de hombres ni de caballos; camínanse estas 120 leguas de Atacama á Copiapó en veinte dias, dos más ó menos, si las nieves no lo impiden, porque en algunas partes se mete el camino hacia la cordillera, donde por Junio, Julio y Agosto suele nevar; el matalotaje de los caminantes es biscocho, queso y tocino; los indios de guia, que son dos, se pagan primero que se pongan en camino, doce pesos á cada uno; llevan galgos y porque no se les despeen, con sus zapatillas, con las cuales cazan venados y guanacos, y son tan diestros en esto, que como lo columbren es cierto le han de cazar; desta carne, que es buena, se sustentan.

Este camino pocas veces se anda, porque si no es algun desesperado ó fugitivo homiciano no se pone á tanto trabajo.

Caminando por aquí se llega á un rio que en la lengua de los indios se llama Anchallullac, que quiere decir rio gran mentiroso, porque verémosle correr particularmente á la tarde y parte de la noche, y si luego no se toma el agua necesaria y da de beber á los caballos, dende á poco rato no hay gota de agua, y no es rio pequeño.

La causa es que con el calor del sol se derriten las nieves de la cordillera Nevada, y corre el agua á la tarde y parte de la noche, y cuando resfria á la noche cesa la corriente; por lo cual los que piensan á la mañana hallar agua, hállense burlados y la madre del rio seca. Hay otro rio, que como viene corriendo el agua se va cuajando en sal. Por esta parte se mete mucho la mar hacia la cordillera, y en los tres meses dichos hace mucho frio y suelen caer nieves.

Los indios pocos que habitan en las caletillas desta costa desde Arica á Copiapó, que es el primer pueblo del reino de Chile, salen á pescar en balsas de cueros de lobos marinos llenos de viento; cósenlos tan fuertemente que no les puede entrar gota de agua; la costura está para arriba y el ombligo en medio de la balsilla, en el cual cosen una tripilla de dos palmos de largo, por donde la hinchan, y luego la revuelven ó tuercen y enroscan. Cuando sienten que la balsilla está floja, desenroscan la tripilla y tornan á hinchar su balsa, usando de canaletes por remos, y no sufre cada balsilla sino una persona; la que sufre dos es muy grande; entran la mar adentro, en ellas, seis leguas y más.

En medio deste gran despoblado de Atacama á Copiapó hay un cerro muy conocido, llamado morro Moreno de los marineros, al cual llegando por tierra parece ser el que divide los términos del Pirú de los de Chile, y comenzar los de Chile, otra nueva region.

Aquí casi fenecen los arenales y la tierra es ya dura, pero inhabitable por ser muy seca, sin aguas ni leña más de la que habemos dicho; desde este morro comienzan á ventar á su tiempo los Nortes, que es de mediado Abril hasta Noviembre, unas veces un poco más temprano, otras más tarde, y en este tiempo, no cada dia, sino á veces, porque el Sur es el que más reina, y desde Payta hasta este morro en la mar, á lo menos en la costa, muchas, y la mar adentro no alcanzan Nortes.

En la sierra del Perú corren y muy recios; pero desde este morro ya vientan, y mientras más nos vamos llegando al polo Antártico, más vehementes. Como diremos tractando del reino de Chile, sucede una cosa, cuya causa no se alcanza, y la he visto dos veces que de Chile por mar he bajado á la ciudad de Los Reyes, y es: que en llegando al paraje del morro Moreno, el vino que de Chile se saca, aunque sea añejo, y lo hay muy bueno, da vuelta y se pone turbio y de tal sabor que no se puede beber, y desta manera persevera más de seis meses; despues vuelve á su natural.

Esto, á los que no lo han experimentado les parecerá fábula; no lo es, sino que es mera verdad. Por lo cual, aunque los navios se hallen con alta mar, viendo vuelto el vino, conocen llegar al paraje de morro Moreno, y luego poco á poco van declinando á tierra, si han de hacer escala en Arica.

Este viaje por mar del puerto del Callao á Chile, agora veinte años, solia ser muy tardio, porque no hacian cada dia más que dar un bordo á la mar, otro á la tierra y surgir en la costa, y así están toda la noche, á cuya causa tardaban un año y más en llegar á Chile; conocí en aquel reino un español, que embarcándose sus padres para aquel reino, se engendró y nació en la mar y tornó su madre á se hacer otra vez preñada, y no habian llegado al puerto de Coquimbo; agora se navega en veinticinco dias y á lo más largo treinta, porque en saliendo el navio del puerto del Callao se arrimarán el bordo á la mar quince dias y más, y luego vuelven sobre la tierra otros tantos, y se hallan en el puerto, algunas veces adelante del puerto en cuya demanda navegan. La primera vez que fuí á Chile, agora 27 años, no tardamos en llegar al puerto de Coquimbo más que veintidós dias en solo dos bordos, que fué el mejor y más breve que se ha hecho; y esto cuanto á la descripción [26] de la costa del Pirú desde Puerto Viejo á Copiapó, en toda la cual costa hay muy pocos puertos, y esos no muy seguros, que es la fuerza destos reinos. Agora volvamos á las ciudades deste nuestro Perú por el camino de la Sierra, y luego trataremos de la calidad de los indios della y sus costumbres.

CAPITULO LXIX
DE LA CIUDAD DE QUITO

La ciudad de Quito es pueblo grande, cabeza de Obispado, y donde reside una Audiencia real; su comarca es fértil, así de trigo como de maíz y demás mantenimientos de la tierra y nuestros, abundantísima de todo género de ganados mayores ó menores; dista de la línea Equinocial un tercio de grado, y con distar tan poco es muy fria y destemplada, lluviosa, que casi todos los meses poco ó mucho llueve, y á su tiempo, que es desde diciembre á abril, es de muchas aguas, muchos truenos y rayos; oí decir á los conquistadores, que cuando venian conquistando la tierra desde Riobamba á Quito, que son veinticinco leguas, mataban los caballos y se metian dentro para guarecerse del frio, porque desde Guayaquil se subieron á la sierra, á donde hay páramos bastantemente frios y destemplados; agora parece se han moderado los tiempos.

Fundaron la ciudad entre cuatro cerros; los de la parte del Septentrion son altos, los otros pequeños; dentro del mismo pueblo se da maíz y legumbres, muchas y muy buenas, duraznos, membrillos y manzanas, que no so pensó tal se dieran en ella.

Hase augmentado mucho esta ciudad; reside en ella la Audiencia real; tiene muchos indios en su comarca, y las tierras muy abundantes, los campos llenos de ganados mayores y menores, de donde hasta la ciudad de Los Reyes, que son más de trescientas leguas, traen ganado vacuno, y aun carneros.

Lo que han multiplicado yeguas y caballos parece no creedero. Hay fundados en esta ciudad conventos de todas órdenes y un monasterio de monjas.

Nuestros religiosos tienen provincial por sí, y los del glorioso San Francisco, divididos desta provincia del Perú; los padres de San Agustin y Teatinos, subjectos á los provinciales de Los Reyes.

El convento del seráfico San Francisco fué el primero, y la ciudad se fundó el dia de San Francisco, por lo cual se llama San Francisco de Quito.

Esta sagrada religion, como más antigua, comenzó á doctrinar los naturales con mucha religion y cristiandad, donde yo conocí á algunos religiosos tales, y entre ellos al padre fray Francisco de Morales, fray Jodoco y fray Pedro Pintor. El sitio del convento es muy grande, en una plaza de una cuadra delante dél, á donde encorporado con el convento tenian agora cuarenta y cuatro años un collegio, así lo llamaban, do enseñaban la doctrina á muchos indios de diferentes repartimientos, porque á la sazon no habia tantos sacerdotes que en ellos pudiesen residir como agora; demás de les enseñar la doctrina les enseñaban tambien á leer, escribir, cantar y tañer flautas; en este tiempo las voces de los muchachos indios, mestizos, y aun españoles, eran bonísimas; particularmente eran tiples admirables.

Conocí en este collegio un muchacho indio llamado Juan, y por ser bermejo de su nacimiento le llamaban Juan Bermejo, que podía ser tiple en la capilla del Sumo Pontífice; este muchacho salió tan diestro en el canto de órgano, flauta y tecla, que ya hombre lo sacaron para la iglesia mayor, donde sirve de maeso de capilla y organista; deste he oido decir (dése fe á los autores) que llegando á sus manos las obras de Guerrero, de canto de órgano, maeso de capilla de Sevilla, famoso en nuestros tiempos, le enmendó algunas consonancias, las cuales venidas á manos de Guerrero conoció su falta. Esto no lo decimos sino por cosa rara, y porque no ha habido otro indio semejante en estos reinos.

Combaten á esta ciudad, y toda su comarca, grandes y violentos temblores de tierra, á causa de que la ciudad á la parte del Septentrion tiene uno ó dos volcanes, y el uno dellos que casi siempre humea; toda aquella provincia tiene muchos, tantos, que en lo restante del Perú no se ven sino cual ó cual allí á cada paso. Los años pasados, debe hacer 23 ó 24, salió tanta ceniza deste volcan cercano á la ciudad, que por algunos dias no se via al sol, y el pueblo, campos y pastos llenos de ceniza, por lo cual todos los ganados se venian á la ciudad á buscar comida bramando. Hiciéronse procesiones y de sangre; fué Nuestro Señor servido proveer de algunos aguaceros que limpiaron la ceniza, y se descubrió la yerba para el ganado. En este tiempo la ciudad era combatida de frecuentes temblores y muy recios, de tal manera que pensaban ser las señales últimas del dia del Juicio; reventó este volcan, y declinó á la mar del Sur; arruinó algunos pueblos de indios y se los llevó el agua que salió dél, y porque por esta parte del Septentrion no dista muchas leguas el volcan, de la mar del Sur, hacia el paraje de Puerto Viejo, bahia de Caraques y de San Mateo, alcanzó parte desta ceniza, que el viento la llevaba, y en alta mar en el mismo paraje los navios que en aquella sazon navegaban viniendo de Panamá á estos reinos, veian la claridad de la lumbre del volcan.

Oí decir á persona fidedigna que entonces se halló en Quito, que salieron muchas personas, y entre ellas ésta, á ver una laguna junto al volcan, que ardia como si fuera de tea.

El edificio de la iglesia mayor es de adobe, la cubierta de madera muy bien labrada; labróla un religioso nuestro, fraile lego, de los buenos oficiales que habia en España. En medio de la plaza hay labrada una fuente muy buena y de muy buena agua, y en la plaza de San Francisco otra; las casas para sus huertas no tienen necesidad de acequias; el cielo les da abundantes pluvias, y á las veces no querrian tantas.

CAPITULO LXX
DE LA PROVINCIA DE LOS QUIJOS

A la parte del Sur desta ciudad demora la provincia llamada de los Quijos, ó por otro nombre de la Canela, por se hallar en ella y de allí se trae ya por estas partes tan buena y mejor que la que viene de la India, porque, como más fresca, pica y quema más. Hay en esta provincia tres ciudades de españoles; es tierra cálida y lluviosa, y en ella un rio muy grande; los indios no son tan bien agestados como los de por acá; es gente pobre; los años pasados, gobernando don Francisco de Toledo, al fin de su gobierno se quisieron alzar y lo hicieron; mataron algunos españoles, y creo dos religiosos nuestros; estaban concertados con los de Quito, y si no se descubriera el alzamiento en Quito, fuera el daño muy mucho mayor, y cómo en Quito se descubrió fué desta manera: para el servicio de las ciudades hay señalados indios que se reparten tantos en número como jornaleros, porque sin esto no se podrian sustentar las ciudades; señálaseles por cada dia un tanto por su trabajo, que se les paga infaliblemente; estos indios repártense por los repartimientos, rata por cantidad, y vienen á sus tiempos algunos curacas de los menos principales, á los cuales si algunos de los indios jornaleros faltan, ó se huyen (no los pueden tener atados), les echan los corregidores ó alcaldes en la cárcel, y veces azotan y trasquilan (si es bien hecho ó mal esto, no me entremeto en ello); sucedió que á uno destos curacas le faltaron ó se le huyeron parte de los que habia de dar, la justicia envióle á llamar con un indio lengua; trújole; el pobre curaca veníase afligiendo, temiendo los azotes y cárcel; el indio lengua, que le llevaba preso y sabia del alzamiento, consolóle diciendo: No tengas pena, que para tal dia nos habemos de alzar y matar todos estos españoles y quedaremos libres, y los Quijos han de hacer lo mismo; sucedió (Nuestro Señor lo ordenó así) que iban en pos de los indios acaso dos españoles, á los cuales no vieron los indios; oyeron y entendieron lo que el indio lengua dijo; callaron su boca y fueron siguiendo los indios; llegados delante de la justicia, declararon lo que oyeron; la justicia prende al indio, pónele á cuestion de tormento, declaró la verdad, y los conjurados; hicieron[27] justicia de algunos; á los Quijos no pudieron avisar por ser corto el tiempo. Los Quijos, no sabiendo lo que pasaba en Quito, y entendiendo que no faltarian, alzáronse al dia señalado, y hicieron el daño que habemos dicho. Pero castigáronlos, y el dia de hoy sirven pacíficos como antes.

CAPITULO LXXI
DE RIOBAMBA Y TUMIBAMBA

Saliendo de la ciudad de Quito, por el camino real del Inga, para venir por acá arriba, á 25 leguas desta ciudad llegamos al valle llamado Riopampa, antes del cual hay cinco pueblos de indios, buenos. Este valle no tiene una legua de largo, poco más; de ancho no alcanza á media legua; no era poblado de indios, pero muy fértil de pastos para ganados; aquí comenzaron dos ó tres españoles que conocí en él á hacer sus estancias de ganados; multiplicaban admirablemente, lo cual visto por otros, se metieron en él, y agora es un razonable pueblo de españoles, rico de todo género de ganados y de trigo; es falto de leña, y algun tanto destemplado, porque hace frio; en el mismo asiento del pueblo nacen unos caños de agua buena, que como sale debajo de tierra son templados.

En este valle y pueblo (creo gobernando don Francisco de Toledo) andaba un hereje luterano, extranjero, en hábito de pobre y sustentábase de limosnas que como á pobre le hacian, y en este estado vivió tres ú cuatro años, que sin duda debia esperar algunos otros de su secta, y como se tardaron, un dia de fiesta, estando la iglesia llena de gente oyendo misa, el impio luterano arriba, junto á la peana del altar mayor donde el cura decia misa, así como el sacerdote consagró la hostia y la levantó para que el pueblo, consagrada, la adorase, se levantó, y con un ánimo endemoniado la quitó con sus manos sacrílegas de las manos del sacerdote y la hizo pedazos; echando mano á un cuchillo carnicero que tenia escondido, creo hirió livianamente al sacerdote; el pueblo, viendo esta maldad sacrílega, admirado, los que se hallaron más cerca se levantaron, las espadas desnudas, y llegando al luterano le dieron de estocadas y mataron, sin advertir que fuera muy mejor cogerle vivo á manos y echalle en una cárcel á muy buen recaudo y dar aviso á los inquisidores que residen en la ciudad de Los Reyes, para que supieran dél qué fué la causa de su hecho endemoniado y si por ventura habia otros como él en el reino; empero en semejante caso ¿qué católico puede tener reportacion?

Otras 25 leguas adelante entramos en el valle, muy espacioso y abundante, llamado Tumipampa, donde ningunos naturales dejó el Inga, porque cuando iba conquistando estos reinos, llegando aquí le hicieron mucha resistencia; pero, vencidos, á los que dejó con la vida, que fueron pocos, los trasportó por acá arriba. En el valle de Jauja, que dista deste mas de 300 leguas, puso algunos pocos, descendientes[28] destos; llámanse Cañares, y este valle está casi en medio de la provincia. Corren por él dos ríos en tiempo de aguas, grandes, y no distando mucho el uno del otro; en el uno se crian peces, en el otro ninguno.

Antes de llegar á este valle, una jornada ó dos, vivia, con un apacible asiento, el señor desta provincia de los Cañares, en su pueblo formado, el cual, cuando Guainacapac, que fué el más poderoso señor destos reinos y penúltimo dél, conquistaba la tierra, llegando aquí los Cañares le vencieron en batalla campal y prendieron, é preso lo pusieron en un pozo poco hondo; yo he visto el lugar; de donde, sacándole una mujer suya con una faja que las indias se ceñian, llamada chumbi, de noche, los Cañares, borrachos, le puso en libertad; volvió á rehacerse y vino con tan poderoso ejército sobre esta provincia, que, no se hallando los Cañares poderosos para resistirle, le inviaron 15.000 niños con ramos en las manos, pidiendo paz; el cual á todos los mandó matar, y haciendo grandes crueldades y muertes á los Cañares despobló este valle Tumipampa, y al pueblo del gran señor de los Cañares, que era el principal, donde le tuvieron preso, le dejó con tan pocos indios, que, agora 43 años, no eran ochocientos los vecinos, y al presente tienen muchos menos.

Son estos Cañares hombres muy belicosos y muy gentiles hombres, bien proporcionados, y lo mismo las mujeres; los rostros aguileños y blancos; son muy temidos de todos los indios del Perú, y grandes enemigos de los Ingas; sucedió así: que cuando se alzó toda la tierra contra los españoles, á pocos años despues de conquistada, y muerto el señor della, Atabalipa, tuvieron los indios serranos y Ingas cercada la ciudad de Los Reyes, y en no poco estrecho, y en el valle de Jauja mataron más de treinta españoles, y en otras partes los que podian haber, y al Cuzco tambien cercaron: un vecino, de Quito (conocílo), llamado el capitan Sandoval, encomendero, si no de toda esta provincia, de la mayor parte della, sabiendo el aprieto en que estaban los nuestros, juntó cuatro ó cinco mil indios Cañares y vino en favor de los españoles. Púsose en camino con ellos, y prosiguiéndolo, sabido por los indios cercadores que venian los Cañares contra ellos, alzaron el cerco, y los cercados, saliendo contra ellos, les hicieron volver á sus tierras, y desde entonces hasta hoy no se han atrevido á se rebelar, aunque lo han procurado.

El dia de hoy, donde hay fuera de sus tierras Cañares, las justicias se sirven dellos así para prender indios fugitivos como españoles facinorosos; sácanlos de rastro, aunque se metan en el vientre (como dicen) de la ballena.

En este valle Tumipampa comenzaron á hacer sus estancias algunos españoles de todo género de ganado, el cual ha crecido y multiplicádose tanto, que él solo es poderoso á dar carnes á todo el Perú, lo cual he visto; se fundó en él un pueblo de españoles, y bueno, rico destos ganados, donde muchos millares de novillos se sacan y vienen á Los Reyes para el sustento desta ciudad; pues la abundancia de ganado ovejuno, porcuno y caballuno parece no tener número, y los caballos é yeguas valen tan poco, que se compran á cuatro ó cinco pesos, escogidos, que son á 32 ó 40 reales; llámase la ciudad Cuenca; el temple es bueno, donde se dan las fructas nuestras, si no son uvas. Sustenta tres conventos, no de muchos frailes: Santo Domingo, San Francisco y San Augustín, habrá que se fundó treinta años.

CAPITULO LXXII
DE LA CIUDAD LLAMADA LOJA

Prosiguiendo el camino adelante, del Inga, á 35 ó 40 leguas entramos en el valle donde la ciudad de Loja se fundó, llamado en la lengua del Inga Cusipampa, que es tanto como decir: valle de placer, y así lo es realmente; es alegrísimo, de grata arboleda, por medio del cual corre un rio de saludable agua; casi en todo el año se siembra y cógese el trigo y maíz: uno en un mismo tiempo está en berza, otro se riega; en otras partes aran para sembrar; no es muy ancho el valle, pero bastante para sustentar la ciudad, que no es muy pequeña; tiene muchos indios de encomienda, la comarca fértil é más templada que la de Quito, y más lluviosa; en su distrito caen las minas de oro que llaman de Caruma; sustenta tres monasterios de las Ordenes mendicantes, aunque no de muchos religiosos; el nuestro es el más antiguo.

Desta ciudad, declinando al Oriente la tierra adentro, se camina á la ciudad de Zamora, y gobernacion que llamamos de Salinas, donde hay tres ó cuatro pueblos de españoles, algunos dellos ricos de oro; particularmente lo fué, y agora no le falta á Zamora, en cuyas minas se hallaron dos granos, uno que pesaba 1.600 pesos, y otro la mitad, 800.

Para ir á esta gobernacion se pasan uno ó dos páramos despoblados y muy frios; los cuales pasados, lo demás es tierra muy cálida, montuosa y de muchas aguas del cielo, llena de sabandijas ponzoñosas.

A esta provincia no he visto, por eso trato brevemente della.

CAPITULO LXXIII
DE LA PROVINCIA DE CAJAMARCA

Saliendo desta ciudad y valle por el camino real del Inga, de la Sierra, hasta llegar á la provincia de Cajamarca, no sé las leguas que hay, ni las particularidades del camino; no lo he visto; la ciudad de Loja si vi, porque viniendo de Quito para la ciudad de Los Reyes, desde la de Loja bajamos á Tumbez, por un camino, mejor diré sin camino, íbamoslo abriendo; haria dieciseis años no se caminaba por él, y desde entonces no se ha caminado, ni bajado á Tumbez otra vez, y porque á nuestro intento hace poco, no tractaré dél. Lo que he oido desta ciudad á Cajamarca, que quiere decir tierra ó provincia de espinas ó cardones espinosos, es que por la mayor parte el camino es áspero, de muchas piedras, cuestas y de algunos despoblados, hasta llegar á esta provincia, donde fué preso Atabalipa, señor de todos estos larguísimos reinos, desde Pasto, 40 leguas más abajo de Quito, hasta la ciudad de Santiago de Chile y aún 18 leguas más adelante y todo el reino de Tucumán; en esta provincia se enseña (no lo he visto) el lienzo ancho y largo de pared con quien dieron los indios del ejército de Atabalipa en el suelo, huyendo de un caballo y caballero, empujándose los unos á los otros.

Es bien poblada esta provincia de indios y abundante de todo mantenimiento, porque aunque es por la mayor parte fria, tiene algunos valles templados donde se coge mucho maíz y trigo, y en los altos, abundante de papas, que son como turmas de tierra, empero, de mejor nutrimiento. Los padres de San Francisco la han doctrinado desde el principio y la doctrinan con mucho ejemplo de cristiandad y religion.

CAPITULO LXXIV
DE LA CIUDAD DE CHACHAPOYAS

A las espaldas de Cajamarca, la tierra adentro, caminando hácia el Oriente, se fundó la ciudad llamada comunmente Chachapoyas, á los principios rica de oro y poblada de gente más bien dispuesta que la del Perú, más gallarda y de mejor dispusicion, pero grandes ladrones. Es region más cálida que fria, los valles son cálidos, lluviosos y con abundancia de víboras y otros animales sucios y ponzoñosos; oí decir á un portugués que habia residido en el Brasil y sabia un poco de la lengua de aquella tierra, que viviendo en un valle destos salieron allí unos indios, y conociéndoles por el traje, y pareciéndole eran del Brasil, les habló en la lengua de aquella tierra, y le respondiendo en ella, preguntándoles de dónde eran y venian, le dijeron ser del Brasil y que acaso se habian entrado la tierra adentro huyendo de sus enemigos, y habian aportado allí no siguiendo camino, sino do la ventura les guiaba, que yo seguro anduvieron más de 900 leguas y pasaron rios muy caudalosos, á los cuales no temen por ser grandes nadadores. En la provincia de Bracamoros, que está más hacia el Norte, se fundó otra ciudad llamada Jaen; no tiene mucho nombre, porque no es más que abundante de comida: es el paraíso de Mahoma; tiene las calidades la tierra que la de los Chachapoyas.

CAPITULO LXXV
DE LA CIUDAD [DE] GUÁNUCO

Volviendo, pues, á nuestro camino por la sierra adelante desde Cajamarca, dejándolo á mano derecha llegamos á la ciudad de Guánuco, nombrada de los Caballeros porque se pobló de hombres muy nobles.

Esta ciudad tiene buena comarca, y muchos indios de repartimiento; no la he visto, pero sé lo que voy diciendo por relacion y tracto de los que en ella han vivido; es fértil y abundante. En el mismo pueblo se da todo el año higos, naranjas, limas, unos están recién nacidos, otros un poco más gruesos, otros maduros; danse muy bien membrillos y manzanas con las frutas de la tierra. Es el temple ni caluroso ni frio, y más declina al calor. Es abundante de muchas carnes, á causa de tener en su distrito muy buenos pastos. Los edificios buenos; de medio dia para abajo, en el verano, son tan recios los vientos, que no se puede andar por las calles.

Sustenta monasterios de todas Ordenes bastantemente, no de muchos frayles. El que más tiene hasta doce. De aquí salieron el capitan Serna y Juan Tello, los cuales teniendo rendido á Francisco Hernandez Giron, que fué tirano, llegó el capitan Juan de la Serna, echóle mano y prendióle y llevóse la honra de la prision; con lo cual se acabó aquella rebelion, y desde entonces acá, que han pasado más de 42 años, no ha sucedido otra ni se espera sucederá, si Nuestro Señor por nuestros pecados no nos quiere castigar, porque las cosas ya están tan bien asentadas, y tanta justicia en el reino, que los españoles no quieren sino ganar de comer. Saliendo desta ciudad y volviendo al camino real, á 30 leguas andadas entramos en el valle de Jauja, donde al presente escribimos este breve compendio, uno de los mejores y más poblados deste Reino; es abundantísimo de trigo, maíz y otros mantenimientos de la tierra, y carnes. Pasa por medio dél un rio grande y caudaloso al tiempo de las aguas, pero el más desaprovechado del mundo, porque no se puede sacar dél una sola acequia para regar los sembrados; lleva pescado y bueno; susténtanse en él trece pueblos de indios, los siete por la una banda y los seis por la otra, poblados con sus cuadras, las iglesias de adobes y tejas, adornadas de razonables ornamentos. Vanse diminuyendo estos indios, á lo menos los varones, por estar tan cerca de Guancavilca; la causa diré en el capítulo siguiente. Cásanse en algunos pueblos pocas indias solteras, en particular en el que agora resido doctrinándolos, llamado Chongos, porque dicen que si, casados, los maridos las han de tractar mal, como lo hacen estando borrachos, que más quieren su libertad y buen tractamiento, y es así, que como para los indios varones no hay castigo por las borracheras, ni por estos malos tractamientos, que á veces llegan á matar las mujeres, como soy testigo, no hay de qué maravillarnos. Tiene de largo este valle nueve leguas tiradas, y por lo más ancho dos; es falto de leña, que si la tuviera ya se hobiera poblado en él un pueblo de españoles; es templado, aunque no sufre naranjos ni limones; danse algunos membrillos y duraznos, y de las legumbres nuestras algunas.

CAPITULO LXXVI
DE LA VILLA DE OROPESA, LLAMADA POR OTRO NOMBRE GUANCAVILCA

Cuatro jornadas deste valle, no muy grandes, se descubrieron, creo en tiempo que gobernaba el Marqués de Cañete, de buena memoria, ó al fin de su gobierno y principio del Conde de Nieva, las minas que llaman del azogue, en un valle llamado Guancavilca, asaz fria, porque está en medio de la cordillera de las Sierras Nevadas que atraviesan todo este reino de Perú y Chile, hasta el estrecho de Magallanes, á donde se pobló un pueblo de españoles gobernando don Francisco de Toledo, por cuyo respecto se nombró Oropesa, con título de villa. Descubrieron estas minas unos indios de la encomienda de Amador de Cabrera, vecino de Guamanga, en cuyo distrito[29] se hallaron, de donde sacó y se vió prosperísimo en riqueza; no murió con tanta, y su mujer y hijos agora padecen necesidad. Al principio repartióse el cerro en minas á hombres particulares, como si fueran minas de plata; ellos las labraban pagando su quinto al Rey; despues acá, Su Majestad, y justísimamente, las quitó y aplicó para sí; sólo dejó con propiedad de su mina al descubridor, Amador de Cabrera, y á sus herederos.

Arrienda estas minas Su Majestad á cierto número de españoles, con condicion que todo el azogue que sacaren lo metan en el almacen, y Su Majestad les paga el quintal á quarenta pesos ensayados; Su Majestad les reparte indios de los comarcanos, pagándoles su trabajo los arrendadores conforme á lo que el Virrey señala. Este cerro de azogue ha sido la vida deste Perú, porque si no se hobiera descubierto, fuera el más pobre y más costoso del mundo. Con los azogues ha revivido, porque toda la plata que en Potosí y en Porco se saca, como tractando dellos diremos, es por azogue y con azogue. Los que comenzaron á labrar el azogue fueran poderosísimos de plata si tuvieran juicio para guardar y gastar; faltóles, y el dia de hoy están alcanzadísimos, porque como el azogue se va en humo, así sus riquezas se han resuelto en él. Que haya uno solo que se entienda está rico, aunque lo disimula, no es contra lo que decimos, porque una golondrina no hace verano. Solíase labrar el cerro, como dicen, á tajo abierto, y labrándolo así no era dañoso á la salud de los que entraban á labrar y quebrar el metal; de pocos años á esta parte, no creo son ocho, labran por socavon, lo cual es la total destruicion de los miserables indios; que á labrar en tierra, al socavon no le hicieron respiraderos para que por ellos el humo ó polvillo del metal exhalase; todo aquel humo entrase por la boca, ojos, narices y orejas de los indios, el polvo del azogue es azogue y el humo del azogue es azogue; salen los pobres azogados, no los curan; luego viénense á sus tierras así enfermos; ninguno escapa que venga enfermo de Guancavilca; viven seis y ocho meses y un año y año y medio, con gran apretamiento de pecho, y así enferman y acaban la vida.

Esta es la causa de la diminucion destos naturales y de los que se habian de multiplicar dellos; yo confieso verdad, que en dos años que vivo en este pueblo de Chongos, los más que llevo enterrados son deste azogue. Avisamos dello, no creo se nos da crédito, y lo que es deste valle es de los demás que de más cerca y lejos van á trabajar á las minas, y desto son testigos tambien los repartimientos de Guamanga, y en particular el del primer descubridor, era uno de los buenos del reino, del Cuzco para abajo; agora está menoscabadísimo. Que si al socavon hobieran hecho sus respiraderos, ó se labraran las minas como antes, no padecian este detrimento la vida de los naturales, lo cual viendo los miserables huyen por no ir á Guancavilca, como es justo se huya de la muerte.

No se puede dejar de creer, sino que si Su Majestad deste menoscabo de sus vasallos fuese informado, que mandaria, ó cesar la labor, ó que se labrase como antes, porque el rey sin vasallos es como cabeza sin miembros, sin pies, sin manos, sin ojos, etc., y quien tanto cela el bien destos pobres, con tanto amor y cristiandad, no es posible no lo mandase remediar, y aun castigaria á quien no lo pusiese luego en ejecucion.