De Cochabamba á Pocona ponen quince leguas, en medio del cual cae el valle de Cliza, muy ancho, de más de cuatro leguas, y de largo más de ocho; vice aquí Eolo con todos los vientos (si nos es lícito hablar como los poetas), porque al verano son incomportables, por cuya razon el trigo deste valle es bonísimo y de lo mejor del mundo, y el maíz es lo mismo; no tiene agua, que si tuviera abundancia della era suficiente él sólo á dar trigo é maíz á Potosí, de donde dista más de cuatro leguas, y aun á todo el Collao.
El rio que sale de Cochabamba, y divide estos dos valles, no es provechoso para sacar acequias, porque corre casi al fin dél. Diré lo que hay por muy cierto, que sucedió en este rio á un soldado (así llamamos á los solteros que no tienen casa conocida): el pobre habia jugado y perdido lo poco que tenia en una chácara deste valle, é ya que anochecia, medio desesperado, tomó su camino para Cochabamba; llegando á este rio ya á media noche, hallóle de avenida; no tiene puente; no se atrevió á vadearle, y apeándose del caballo buscaba por donde pasar; no hallando, dijo: ¿No hobiera algun diablo que me pasara? No lo dijo á sordas, y Nuestro Señor, que le quiso castigar, arrebátanle y pásanle de la otra parte por medio del agua y tórnanle á pasar; desta manera lo llevaban y traian de una parte á otra, hasta que finalmente lo dejaron bien mojado de la otra parte del rio, donde halló su caballo. El miserable, medio muerto y no poco temeroso, tomó su caballo y siguió su camino hasta Cochabamba, una legua poco más, donde contó en una posada lo sucedido; otro dia confesó, y despues vivió pocos dias. Esto oí á personas que conocieron á este soldado, y lo nombraban; cuando lo oí no tenia intencion de escrebir esto y así no encomendé á la memoria el nombre. A la ribera de un arroyo que tiene este espacioso valle viven algunos españoles en sus chácaras, donde fuera de las sementeras tienen algunas viñuelas, más para uvas que para vino, con algunos árboles de los nuestros, membrillos, manzanas y duraznos. Cuando descubrimos el valle parece estar lleno de indios que lo labran, y son unos hormigueros tan altos casi como un estado. Críase en él mucho ganado ovejuno, muy sabroso por la yerba que nace en tierra salitral, y el agua es salobre.
No faltan aquí víboras de toda suerte, y en las casas muchas hitas. El temple del pueblo Pocona, siete leguas más adelante, es muy frio, por estar más alto. Hay en él 3.000 indios tributarios; doctrínanlos padres de San Francisco y es guardianato; son indios trasplantados deste valle de Jauja; trasplantólos el Inga; á los cuales llamamos mitimas; son indios muy ricos, así por los ganados como por la coca que sacan de tierra caliente, llamada los Andes de Pocona, y aunque es enferma, no tanto como los Andes del Cuzco. Es fértil de las sabandijas que dijimos haber en los demás Andes. Críanse allí osos muy grandes, que trastornan las mujeres, y ellas viéndoles, ninguna resistencia hacen; hay terribles tigres, y ha sucedido llegar un tigre á la casa donde dormian muchos indios, y de en medio dellos, si habia alguno no baptizado, llevárselo en las uñas sin hacer daño á los baptizados; esto no es fábula.
A ocho leguas de aquí entramos en el valle de Mizque, y antes de llegar á él pasamos por dos vallecillos pequeños, pero de muchos cedros finísimos, donde hay algunas chácaras de españoles; hay viñas en las cuales se coge bonísimo vino, y el agua donde se dan los cedros es tal; parece que no sufre el cedro regarse con agua gruesa.
Mizque es valle ancho, con dos rios, uno mayor que otro; el mayor lleva sábalos grandes y buenos; en él hay un pueblo de indios; es abundante este valle de viñas y vino muy bueno, y frutas de las nuestras y hortaliza; pero lo que mejor se da son cardos, que por no espantar los oidos de los que leyeren estos borrones, no quiero decir cuán grandes los he visto; es abundante de víboras como los demás, y de hormigas á los pies de las cepas, que les roen las raíces y luego se secan; el remedio es en el hormiguero echar agua hirviente; mátalas y salen arriba huyendo, donde á escobazos las matan.
Todos estos valles, con toda la provincia de los Charcas, tienen al cielo por contrario, por los grandes pedriscos que sobre ellos vienen y descargan; la causa natural es ser esta provincia llena de minerales, y como los vapores que dellos saca el Sol sean gruesos, fácilmente se convierten en pedriscos, y si alguno dellos es combatido, es este valle de Mizque, y á la viña que da, ó árbol frutal, en tres años no vuelve en sí. Tiene otra plaga, y es que se crian, así en los indios como en los españoles, papos, que acá llamamos cotos, en las gargantas; yo he visto hijos de españoles nacer con ellos; el remedio experimentado es atarse á la garganta una ó dos cabezas de víboras, y con esto se resuelven.
Conocí á un hombre llamado Simon Albertos, con uno muy grande; y sabiendo este remedio, se echó dos cabezas de víboras al cuello, y le vi sano, como si no hobiera tenido tal en toda su vida. Pues ¿no hay remedio para apocar las víboras? Sí hay, y son los puercos; éstos las apocan; pero en el tiempo de las aguas se crian muchas por la costelacion del cielo y por la humedad y fertilidad de la tierra. Es cosa de admiracion ver pelear un puerco con una víbora. En viéndola, eriza todas las cerdas del cerro; la víbora, en viéndole, levanta la cabeza cuanto naturalmente puede y estáse queda. El puerco rodéala hozando y guardando con la tierra el hocico, no le pique en él; si le pica, como un gamo vase al agua y pone el hocico en ella, hasta que se siente sano; vuelve con la misma velocidad á la batalla; la víbora no se aparta de su lugar; el puerco vásele llegando hozando, y cuando ve la suya, es prestísimo, con la una mano pónela encima de la cabeza de la víbora, y dando con ella en el suelo la aprieta tan fuertemente con la tierra que no la deja volver á picar, y con la boca hácela dos pedazos y luego se la come. He dicho esto para alivio del prudente lector.
Desde este valle Misque se toma el camino, sobre mano izquierda, para la provincia de Sancta Cruz de la Sierra; esta provincia es abundante de maíz y en algunas partes de trigo; el temple de la ciudad es bueno; dista deste valle más de 120 leguas, en partes, de mal camino, falto de agua.
Para ir á esta ciudad se pasa por unas montañas donde viven indios Chiriguanas que comen carne humana, y algunas veces suelen salir hasta bien cerca del valle de Mizque, donde hacen el daño que pueden, y á los caminantes lo hacen saliéndoles de través, y si los cogen descuidados lo pasan mal los nuestros, como lo pasaron ha muchos años, que saliendo de la ciudad de Sancta Cruz la mujer del general Nuflo de Chaves, de quien luego tractaremos, salieron al camino y la quitaron á los soldados que con ellos venian, peleando. Mas viendo los soldados lo subcedido, se concertaron, como hombres nobles y valientes, de morir ó recobrarla, y siguiendo los enemigos los alcanzaron, y sin riesgo de las mujeres quitaron la presa y se volvieron su camino, sin que los indios se atreviesen más á pelear con ellos. Fué capitan Francisco de Montenegro, bien experto entre los Chiriguanas y dellos conocido; y algunos años despues, un buen hombre llamado Romaguera, viviendo en una chácara, no dos leguas apartado de Mizque, de noche dieron en su casa los Chiriguanas y le mataron y se llevaron mujer y dos ó tres hijas y mucho servicio, y hasta hoy, si no las han muerto, se las tienen allá.
Estos indios, aunque comen carne humana, no comen la de ningun español, porque los años pasados, comiendo uno, á todos los que lo comieron les dieron cámaras de sangre y murieron; los restantes, avisados del suceso, no la comen; pero al que toman vivo, para matarle usan de exquisitos tormentos.
Pasadas las montañas destos Chiriguanas, se siguen unos llanos muy grandes, donde hay gran cantidad de miel y mucho ganado nuestro vacuno, cimarron, muy gordo, que se multiplica allí de un poco que se quedó de un pueblo de españoles que hubo á la vera de un rio grande que llamaron de la Barranca. No se pudo sustentar; despobláronle, ó por la guerra continua con los indios comarcanos, llamados los Chiquitos, belicosos y de yerva, aunque no caribes, ó por la pobreza de la tierra; despoblando, no pudieron sacar todo el ganado sin que alguno se quedase, de lo cual se ha multiplicado mucho para proveimiento de los pasajeros, porque de gordo no puede correr, particularmente las terneras, que al primer apreton se quedan estacadas. Agora me dicen se ha tornado á poblar este sitio, que será freno para los Chiriguanas.
De aquí á Santa Cruz de la Sierra, todo ó lo más es despoblado y sin agua, si no son unos jagüeyes, á quien lo más del tiempo falta agua; es tierra llana, y ésta es la causa. Este pueblo pobló el general Nuflo de Chaves, hermano del padre nuestro fray Diego de Chaves, doctísimo, verdadero hijo de Sancto Domingo, varon integérrimo en todo género de virtud, primer confesor del Príncipe nuestro señor don Carlos y despues del Rey nuestro señor Filipe segundo, sin que jamás se le conociese amor á cosa terrena.
El general Nuflo de Chaves, subiendo por el Rio de la Plata arriba, muchas leguas de la Asumpcion, pueblo principal de aquella gobernacion, dió en este asiento, pobló y púsole el nombre susodicho, en medio de muchos indios chiriguanas, porque á la una parte y otra del pueblo los hay. Cercó la ciudad de tres tapias, fortaleció las puertas; en todos estos reinos no hay ciudad cercada; vélase por los enemigos tan comarcanos y malos. De aquí salió en demanda de unos cerros donde se entendia hacer minas de plata, en tierra de guerra; llevaba consigo españoles y mestizos, buenos soldados, y tambien chiriguanas, por amigos, que le ayudaban, por ser gente belicosa.
En un recuentro que tuvo con los indios de guerra, alcanzada la victoria, los chiriguanas pidiéronle parte de los indios captivos y presos para comérselos, diciendo le habian ayudado. El general no se los quiso dar; guardáronsela, y dejando á don Diego de Mendoza, creo cuñado suyo, con todo el ejército, apartóse con doce ó catorce soldados y los chiriguanas 15 leguas, pocas menos, á cierto paraje, en el cual los chiriguanas determinaron de matarle, y no lo trataban tan secreto que no se entendiese su mala intencion; avisaron los soldados á su General; hizo burla de los que lo avisaban, y un dia, que fué el de su muerte, viniendo los chiriguanas determinados de poner en ejecucion lo concertado, estaban con el General tres ó cuatro soldados, Juan de Paredes y Diego de Ocampo Leyton, ambos extremeños y hombres de vergüenza, ánimo y hidalgos, con sus arcabuces y cuerdas en las serpentines; dijéronle: Señor, estos indios vienen con mal pecho. Si vuestra merced manda, aquí los despacharemos. Enojóse el General y díjoles: Quitaos de ahí. ¿Para qué me ponéis esos miedos? Apagad las cuerdas y dejadme con la lengua, un mestizo que servia della. Replicáronle; no aprovechó nada. Apagaron las cuerdas y no fueron cuerdos, y fuéronse á un bohio donde estaban los demás. El General estaba en una hamaca, entre las piernas la celada, encima de una rodilla, y sin espada, vestida una cota; como quedó solo con el mestizo lengua entran los chiriguanas, comienzan á quejarse que no les daba parte de la presa; descuídanle, llega uno por detrás, que el pobre General, ni la lengua lo advirtió, alza la mano y con una macana de palma dale un golpe en la cabeza que le aturdió y dió con él de la hamaca abajo. El lengua salió dando voces ¡Al General han muerto! ¡Al General han muerto! Los pocos soldados túrbanse, y como no tenian mecha encendida, uno de los dos arriba referidos arrebató un tizon y puso fuego al arcabuz; dispara sin saber á donde tiraba y acertó á dar en un caballo y matóle. Los indios pensaron que los soldados venian sobre ellos; retiráronse á una montañuela que cerca estaba, para guarecerse de los arcabuces, que si vinieran sobre los nuestros allí los mataran á todos. Retirados, tuvieron lugar los pocos españoles, pero bravos, de encender sus mechas y hacerse fuertes en la casa y recoger los caballos. El pobre General murió dende á pocas horas, sin poder hablar palabra.
Entre los soldados habia un mestizo, del Rio de la Plata, llamado Juan de Paredes, y por diferenciarle del que habemos tractado le llamo Paizunu; á los dos conocí y tracté mucho, y á éste no tanto, que me dijeron lo que voy refiriendo. Este Paizunu dijo: Aquí estamos perdidos; si me dan un caballo, el que yo pidiere, yo romperé por los enemigos, iré á dar aviso á don Diego, y si esto no hacemos, aquí nos han de matar; y muertos, como don Diego no sepa lo sucedido, luego darán sobre él y los demás, y todos pereceremos y la ciudad asolarán. Y fuera así si Nuestro Señor otra cosa no ordenara por su misericordia: los chiriguanas habianse puesto en medio del camino para que no se fuese á dar mandado á don Diego. Don Diego fué uno de los buenos capitanes para contra indios que habia en estas partes, mestizo del Rio de la Plata; no le conocí, mas por su fama, y despues tractaremos dél, cuando tractaremos de lo sucedido en el tiempo que gobernó don Francisco de Toledo. A los soldados pareció bien el consejo; dan el caballo que pidió, armóse y armaron al caballo; toma una lanza y un arcabuz pequeño, sale, dispara su arcabuz y luego echa mano de la lanza y rompe por medio de los Chiriguanas, y sin parar, aunque con algunos flechazos peligrosos, en él y en el caballo, da aviso á don Diego de Mendoza, que habia quedado donde dijimos. En el real hízose el sentimiento debido. Parte con su ejército luego, da en los Chiriguanas por una parte, los pocos por otra; mató muchos, y á los que hubieron á las manos metiéronlos en un buhio y pusiéronlos fuego; castigo merecido por la maldad cometida, porque el General era noblísimo y valentísimo. Sucedió esta maldad y desgracia gobernando este reino el licenciado Lope García de Castro; Su Majestad le habia hecho merced de aquella gobernacion, para sí, hijo y nieto; dejó dos hijos pequeños y tres hijas. El gobierno encomendóse á don Diego de Mendoza hasta que su sobrino el mayor tuviese edad. Despues quitóselo don Francisco de Toledo, siendo Visorrey destos reinos; proveyó en él á Juan Pérez de Zurita, más para pelear que para gobernar; despues tornóse á proveer en el mismo don Diego, el cual muerto, como diremos, quedó un poco de tiempo el gobierno en los alcaldes; despues de lo cual, no sé si por Su Majestad ó por qué Virrey, se proveyó á don Lorenzo de Figueroa, un caballero muy noble y de muy buenas partes, y no menos cristiano, el cual descubrió una provincia de gente política como ésta del Perú, muy poblada y que fácilmente se le dieron y aun le convidaron con la paz, porque los librase de los Chiriguanas, que los comian. Murió este caballero; agora no sé quién la gobierna.
Volviendo al valle de Mizque, y prosiguiendo el camino, á diez leguas andadas llegamos al rio Grande, que corre por un valle desaprovechadísimo, si no es para víboras, tigres y osos; caluroso y sombrio respeto de la mucha montaña de una parte y otra, y los árboles infructíferos, silvestres, los más espinosos. Aquí no habitan sino las creaturas dichas, y no pocos mosquitos. Al tiempo de las aguas, es el rio muy grande; no se puede vadear, y al de la seca es necesario saber bien el vado. Por el riesgo de los que se ahogaban y por ser camino muy pasajero, el marqués de Cañete, de buena memoria, el viejo, mandó se hiciese una puente, y para ello se cortó mucha madera, juntóse mucha piedra, hízose gran cantidad de cahices de cal, sogas, maromas, acequia para desaguar el rio; todo se perdió, por respecto de un religioso, no de mi Orden, y así se quedó y se quedará por muchos años. La puente no puede ser más que de un ojo, y éste, segun lo afirmaba el artífice, habia de ser de más de sesenta pasos. Luego se siguen otros valles angostos, empero fértiles de maíz en las laderas, y en los altos de trigo, donde jamás entraron indios ni en ellos poblaron; era montaña cerrada, llena de los animales que habemos dicho. Los españoles, acabadas las guerras civiles, como no tenian en qué ocuparse, se metieron, desmontaron, araron y cavaron, hicieron sus chácaras, donde de Potosí les vienen á comprar las comidas; siémbrase aquí el maíz con ceniza; en haciendo el hoyo para echar los granos y echándose en él, luego otro indio anda con una taleguilla de ceniza derramándola á la redonda y dentro, por que las hormigas no coman el grano; llegando á la ceniza no pasan adelante, y nacido el maíz no llegan á la hoja. Así en este valle como en otros tres que hay de aquí á la ciudad de La Plata, las aguas son muy gruesas y salobres, y en todas hay las plagas referidas, con pedriscos á su tiempo; danse tambien en estos valles algunas viñas y fructas de las nuestras. A una parte dellos viven algunos indios llamados Moyos, barbarísimos en extremo, y holgazanes, más bárbaros que los de la laguna de Chucuito; éstos comen cuantas sabandijas hay; culebras, sapos, perros, aunque estén hediendo, y si pueden haber á las manos los potranquillos, no los perdonan, y como tengan un sapo para comer aquel dia, luego se tienden de barriga en el suelo. No creo se ha descubierto, ni hay en este Perú, gente más bárbara. Críanse en estos valles cedros altísimos, gruesísimos.
La ciudad de La Plata fué uno de los ricos pueblos del Perú, y los vecinos della fueron de los más aventajados de todo este reino; aquí fué vecino el general Hinojosa, el general Diego Centeno, el general Lorenzo de Aldana, D. Pedro de Portugal, Gómez de Solís, el general Pablo de Meneses, licenciado Polo y otros muchos capitanes y valerosos varones, de todos los cuales ya no hay memoria, si no es de cual ó cual; fueron todos á una mano riquísimos por las minas que tomaron en Potosí, las cuales entonces acudian á muchos marcos por quintal; su poblacion es en unas lomas llanas no mucho, pero como las requiere la tierra donde llueve. Es cabeza de obispado y muy rico. Agora cuatro años que estuve en ella, estaban los diezmos solamente del districto de la ciudad y algunos pueblos recien poblados de españoles hácia las montañas de los Chiriguanas, en 76.000 pesos ensayados, y el año pasado en 82.000 sin los diezmos de la ciudad de La Paz y provincia de Chucuito; los cuales todos juntos pasan de 100.000 pesos; tiene el señor Obispo, de su cuarta de la mesa episcopal, 25.000 pesos, sin lo que le viene de la cuarta funeral, que yo seguro no le falta mucho para 40.000 pesos, que no es mal bocado para un pobre clérigo ó fraile. Agora 28 años no llegaba la renta del obispo á 7.000 pesos, siéndolo nuestro religioso el Rmo. fray Domingo de Sancto Tomás, porque nunca tal cuarta pidió, ni las cosas se habian subido tanto; despues vinieron clérigos á ser obispos, deseados por los clérigos del obispado, los cuales, cuando vino la nueva y poderes para tomar la posesion por el Rmo. don Fernando Santillán, haciendo grandes regocijos de noche á caballo y con hachas y repiques de campanas, decian: capillas fuera, capillas fuera; empero, sucedióles como á las ranas; entablaron estos señores obispos la cuarta episcopal, y agora lloran las capillas pasadas y reniegan de sus deseos, y más viéndolos cumplidos.
Es cosa de admiracion ver lo presto que los prebendados hinchen las cajas de plata. La iglesia catedral es de bóveda y de una nave bien labrada; es rica de ornamentos, y bien servida en lo que toca á los oficios divinos, con mucha música. Sustenta seis monasterios: uno nuestro, otro de San Francisco, otro de San Augustin, otro de la Merced, otro de Teatinos y uno de monjas subjectas á los padres Augustinos; ninguno hay acabado; el nuestro estuviera en muy buen puesto si se hiciera en él una iglesia moderada, mas quisieron hacerla de tres naves, mayor que la nuestra de Los Reyes, y en hacer y deshacer han gastado priores poco discretos muchos millares de plata.
El monasterio de San Francisco es el que tiene más edificado; la iglesia es cómoda, de una nave, cubierta toda á dos aguas con madera de cedro. En entrando en ella huele muy bien. Los padres augustinos van edificando el convento; la iglesia dejan para la postre. Los materiales para cal son bonísimos, y la piedra para de mampuesto muy cerca del pueblo. Reside aquí Audiencia Real, necesarísima para los pleitos de Potosí, y más para la quietud de la tierra. No tiene rio; tiene un manantial á la parte del Sur, de donde se trujo una fuente á la plaza, bien labrada, y para algunas casas se les repartió agua. El temple es bueno, porque en todo el año no hace tanto frio que sea necesario llegarse al brasero, de donde se vino á decir que esta ciudad excedia á las demás deste reino en templo, temple, fuente y puente, y cascos, etc. La puente se hizo en un rio, legua y media de la ciudad, camino de Potosí, muy bien labraba, de un solo ojo. Está en altura de veinte grados; corren aquí casi todos los vientos; el más cuotidiano es el Oriente; cuando alcanza el Sur en junio y julio, á quien llamamos Tomahavi, se cubre la tierra de una niebla, pero dura pocos dias, cuando llega á ocho es lo sumo, y entonces es desabrido.
Temblores de tierra, por maravilla alcanzan en esta ciudad; viviendo yo en nuestro convento, en ella, pasó uno que en nuestra casa, y dende arriba, no se sintió, y el convento de San Francisco, tres cuadras más abajo, se sintió mucho; era hora de misa mayor, y habia gente en la iglesia, y toda salió huyendo unos en otros tropezando. El año pasado de 602[36] sucedió otro que hizo daño en toda la ciudad, particularmente en el convento de San Francisco derribó el campanario, abrióse el coro y en la iglesia mayor hizo mucho más daño. En la nuestra muy poco, y así en las casas que están de la plaza para arriba, los temblores han hecho poco; de la plaza para abajo se ha recebido mayor. He dicho esta particularidad porque muy de tarde en tarde suele suceder temblor alguno.
Empero, es toda esta provincia tan combatida, á la entrada de las aguas, y salida, de truenos, rayos y pedriscos, que parece temblar los cielos. No sé si hay en el mundo provincia más combatida destas cosas. Diré un dicho discreto del gobernador Castro; visitando el Audiencia una noche (y en las noches son las tempestades mayores) sucedió una tormenta tal; el huésped de la casa donde posaba, á la mañana vínole á ver, y díjole: Poco habrá vuestra señoria dormido esta noche, por los muchos truenos; respondió: ¿Truenos? Uno he oido. El huésped dice: Bien ha dormido vuestra señoria, pues sólo uno oyó; respondió el presidente: No quiero decir eso, sino que toda esta noche ha sido un trueno; y dijo discretísimamente, porque comienza uno, y al tercio otro, y luego otro, y así alcanzándose los unos á los otros no parece sino todo un trueno.
Los rayos son muy frecuentes que hacen daño, y si no fuera por salir de mi intento dijera cosas raras que han sucedido en el tiempo que viví en ella. Llueve poco en toda esta provincia. Es grande y poco poblada de indios. Comienzan las aguas á mediado diciembre, y por abril han cesado. Si el cielo fuera más lluvioso se pudiera comparar con todas las provincias fértiles del mundo. En toda ella no hay casi cosa de riego, si no es en cual ó cual valle á la redonda de la ciudad; juncto á las casas se siembra trigo, cebada, maíz.
La comarca de la ciudad es buena y abundante por los valles que tiene en contorno, donde se da el maíz, y en los altos el trigo. Las chácaras son de mucha tierra, y por ella se han enriquecido no pocos. Conocí en esta ciudad, agora cuatro años, un vecino que vendió una chácara suya con tres ó cuatro piedras de molino en 52.000 reales de á ocho; para ser un chacarero rico no es necesario más que el año sea un poco estéril, y que en su chácara haya llovido. Pocas veces el agua es general; son aguaceros con tanto ímpetu de vientos, truenos, rayos y relámpagos, que es cosa temerosísima; á los que suben de los llanos háceseles muy pesado; veráse ahora, más en particular de noche, el cielo sereno y muy claro y en un instante cubierto de una escuridad que pone grima. Toda esta provincia de los indios Charcas es abundantísima de miel de abejas; no crian en colmenas como en España, porque no las han recogido en ellas, ni de eso se tiene cuidado; crian unas en la tierra, debajo della, y por un agujero entran y salen á su labor; ésta suele ser agria; otras crian en troncos y huecos de árboles: ésta es mucho mejor; otras hacen sus panales (acá llamámosles chiguanas) colgándolos de una rama de un árbol, sobre la cual los fraguan redondos y algunos tan grandes como botijas peruleras: ésta es la mejor, más blanca y para muchas cosas buena.
A cuatro leguas de la ciudad, al Oriente, entramos en el valle llamado Moxotoro, que quiere decir barrio nuevo, angosto, mas tiene algunas anconadas todas de riego con las acequias que del rio sacan; á su tiempo es muy caluroso, y á su tiempo frio. Aquí hay muy buenas chácaras y huertas con todos los frutales nuestros, y muy buenas viñas, adonde de Potosí, que son 22 leguas, vienen los indios con los reales á comprar la fruta, desde las cebollas y ajos hasta las camuesas y peras. Una legua más adelante, en un valle llamado Chuquichuqui, hay un ingenio bonísimo de azúcar y demás cosas, pero es una caldera de fuego de Babilonia.
Todos estos valles desta provincia son abundantes de las plagas arriba dichas: víboras, hitas, chinches y otros animales ponzoñosos; pero proveyó Dios de muchas yerbas medicinales y árboles, más que en ninguna otra parte destos reinos.
Pocas leguas desta ciudad se coge la contrayerba, que dijimos ser una raíz negra que huele á higuera. Otras raíces hay aprobadísimas para cámaras de sangre. Lleva esta tierra mechoacán tan bueno como el que se trae de México. Entre los árboles hay tres muy conocidos y salubérrimos: el uno llamado Tareo, que entre mil de los demás es muy señalado; antes que eche las hojas produce una flor como campanillas, morada, de la cual se hace una conserva probada contra el mal francés. El otro se llama Quinaquina; destila una goma muy olorosa, remedio principal, sahumándose con ella, contra toda tose, catarro y apretamiento de pecho. He conocido personas, á lo menos un religioso nuestro, que cortaba una rama y en la punta colgaba un calabacillo, de suerte que la rama estuviese enarcada; destilaba el bálsamo. Este árbol llora unas pepitas grandes como habas y más largas, llenas de goma, de las cuales se aprovechan para mil enfermedades; tuve la memoria dellas, no sé qué se me hizo; sahúmanse con ello contra la tose, y para la jaqueca no hay remedio más eficaz; tarda en destilar tiempo.
Lo que en más abundancia se cría son molles, aprobadísimos para muchas enfermedades frias; todos estos árboles son como grandes encinas. Los molles, dándole una cuchillada en la corteza, y sin que se les dé, pero dada destilan una goma blanca con un poquito de cárdeno, al gusto poco mordaz; usan della para purgar flegmas; yo la he tomado; pónenla en un paño limpio, mójanla en agua y exprímenla como cuando se hace una almendrada, y cuanto una escudilla, échanle un poco de azúcar, y puesta al sereno, á la mañana se bebe, sin mas preparacion; hace su efecto admirablemente; lleva unas uvillas coloradas que son como las majuelas de España, sino que son todas redondas, sin la coronilla que tienen las majuelas; destas uvillas se hace miel y chicha muy dulce y calidísima. Con la corteza curten suelas y muy buenas. Hay entre estos árboles macho y hembra: el macho es más coposo y más grato á la vista; la hembra crece más y las ramas más extendidas. La fructa del macho jamás madura; quédase como la uva, en cierne; la hembra la llega á sazonar. Pero de lo que más es abundante esta provincia de toda suerte de minerales, á cuya causa son las tempestades tan recias, y si Potosí faltase, no faltarian otros cerros llenos de plata.
Volviendo á Caracollo, de donde proseguimos el camino para la ciudad de La Plata por los valles, y tomándolo por el más seguido, de aquí una jornada llegamos á la venta de las Sepulturas; llámase asi porque se pobló en un llano donde hay cantidad dellas, y en todo el camino, particularmente desde Siquisica; son sepulturas de indios, donde en su infidelidad se enterraban en estos lugares frios; la causa debia ser por que no se corrompiesen los cuerpos; son altas de más de estado y medio, todas, en general, angostas como una vara, de cuatro paredes; unas portezuelas que todas miran al Oriente junto al suelo; aquí se enterraban los indios y sus mujeres; para los hijos hacian otras pequeñas juncto á éstas. Ha sucedido ir caminando por esta tierra llana el español y alcanzarle un aguacero de los buenos, y meterse dentro de una destas sepulturas, sin tener grima de los cuerpos muertos; no la dan como los nuestros.
Algunos indios sacan los cuerpos dellas y abrazaditos marido é mujer los ponen en los caminos, sola la osamenta, entera, sin despegarse de las coyunturas, porque en estas sepulturas no come la tierra los cuerpos, sino consúmese la carne; lo demás queda entero; tampoco se crian gusanos; la frialdad y sequedad de la tierra no da lugar á ello.
Algunas sepulturas vemos más altas y labradas, digo pintadas; éstas por ventura eran de los curacas. Por estar puesta esta venta en un lugar donde habia muchas, se quedó con el nombre de la venta de las Sepulturas. Hácese aquí mucha y muy buena pólvora, y aquí vive un oficial della que con licencia de los Virreyes la hace. Siete leguas adelante es la venta de En Medio, así llamada por ser fundada en parte donde se toma á mano izquierda el camino para la ciudad de La Plata y sobre mano derecha para Potosí; dase en ella buen recaudo á los pasajeros; los caballos á la sabana.
Prosiguiendo para Potosí[37], porque no volvamos más á ella, son cinco jornadas; todas son de ventas, sin que en el camino haya cosa que sea digna de memoria, más de que antes de llegar á Potosí, como legua y media, no se ha de dar más priesa á la cabalgadura de la que ella quisiere; fáltales el aliento, y si se la dan se quedan muertas en el camino.
Tomando, pues, el camino sobre mano izquierda, nueve leguas, si no son diez, dista de aquí el pueblo llamado Chayanta, poblado en una llanada bien fria, antes de llegar al cual, hay en medio del camino un arroyo abajo, de mala agua, con muchos manantiales de aguas calientes, pero una fuente hay en una peña viva que cae sobre este arroyo; la piedra terná en contorno como braza y media; vase arrugando como un pan de azúcar, y por la corona della sale un caño de agua como la muñeca, y para caer en el arroyo hace su charco muy formado; no pasa hombre por allí que no se detenga un poco á mirarla y considerar la fuerza del agua que rompiese aquella peña viva; estas aguas calientes, si son de piedra azufre, dan salud á los enfermos de la ijada y orina, como ya dijimos; las del alumbre les hacen más daño.
De aquí son dos jornadas al pueblo llamado Macha, en distrito del cual hay una mina de plata, que hasta agora no se ha descubierto, ni se espera se descubrirá. Un religioso nuestro, á quien yo conocí en este reino siendo seglar, agora cuarenta años, acaso dió con ella, y conociendo el metal echó alguno en unas alforjas; llevólo á Potosí, fundiólo; acudió mucha plata; luego conoció ser la mina que tanta fama tiene, empero no lo dijo sino á uno ó dos amigos, para ir á ella y registrarla; sucedióle en este tiempo, antes que la fuese á descubrir, hacer un viaje forzoso á Arequipa, donde se metió fraile nuestro, y así se quedó; ya profeso y viviendo en nuestro convento en Huánuco, y estando á la sazon allí nuestro provincial el padre fray Francisco de San Miguel, á quien se lo oí decir muchas veces, llegaron dos hombres que venian de Potosí en busca del religioso para que les descubriese la mina y cerro; encuentran con el provincial, dícenle por qué razon tomaron tanto trabajo, viaje largo, y que si el religioso les descubre el cerro y mina se obligarán á hacer un convento entero en la ciudad que el provincial señalase. Al provincial no le pareció mal el partido; tractólo con el religioso, y con ser un hombre tosco y no de mucho entendimiento, respondió al provincial era verdadero sabia el cerro y mina, pero que no convenia descubrirlo porque los indios de Macha, en cuyo distrito estaba, y cuya era, la labraban (por lo que él vió) para pagar sus tributos y para sus necesidades; la cual si se descubria la habian de quitar á los indios y quedarian privados de su hacienda. La respuesta del religioso pareció bien al provincial, y respondió á los dos compañeros que no la descubriria aunque le hiciesen tres conventos, y así se quedó hasta hoy. Desde este pueblo son tres jornadas á la ciudad de La Plata, de muy mal camino, como lo es todo el desta provincia.
Saliendo de la ciudad de La Plata, entre el Oriente y el Sur, puso Dios muchos valles muy buenos y fértiles, donde los indios nunca habitaron, ni entraron, llenos de montañas calientes, fértiles de trigo y maíz, árboles nuestros y otros mantenimientos, donde en chácaras viven españoles; en los altos pastan sus ganados mayores y menores; allí á sus casas les vienen de Potosí á comprar los mantenimientos, con los costales llenos de reales. De pocos años á esta parte, en dos valles destos se han fundado dos pueblos, recogiéndose los chacareros á ellos: uno en el valle llamado Tomina, otro en el valle de la Lagunilla, fronteras de Chiriguanas, con lo cual se les ha puesto freno para que no hagan el daño que solian hacer antes que se redujesen á pueblos, y aun agora tambien; las casas de las chácaras todas eran fuertes, y de noche los amos y los indios dormian debajo de una puerta y llave, y algunas veces se velaban, por miedo desta mala gente, que por la mayor parte sus saltos son de noche, y por que se sepa qué gente es ésta, en breve diré sus calidades.
Los indios Chiriguanas viven muy cerca destos valles, en unas montañas calurosas y ásperas por donde apenas pueden andar caballos. No son naturales, sino advenedizos; vinieron allí del rio de la Plata; la lengua es la misma, sin se diferenciar en cosa alguna. Son bien dispuestos, fornidos, los pechos levantados, espaldudos y bien hechos, morenazos; pélanse las cejas y pestañas; los ojos tienen pequeños y vivos. No guardan un punto de ley natural; son viciosos, tocados del vicio nefando, y no perdonan á sus hermanas; es gente superbísima; todas las naciones dicen ser sus esclavos. Comen carne humana sin ningun asco; andan desnudos; cuando mucho, cual ó cual tiene una camisetilla hasta el ombligo; usan pañetes; son grandes flecheros; sus armas son arco y flecha; el arco tan grande como el mismo que lo tira, y porque la cuerda no lastime la mano izquierda, en la muñeca encajan un trocillo de madera, y allí da la cuerda. Pelean muy á su salvo, porque si les parece el enemigo les tiene ventaja, no acometen. Pocas veces con nosotros pelean en campo raso, si no es á más no poder, y si les parece han de perder un chiriguano, no acometerán; son grandes hombres de forjar una mentira, tardan mucho tiempo en ella, y enséñanla á todos, de suerte que los niños la saben, y si se les pregunta no difieren de los mayores, particularmente para engañarnos, como adelante diremos. Si han de ir á la guerra es por órden de las viejas, que les traen á la memoria los agravios recibidos, y los afrentan con palabras llamándolos cobades, borrachos, ociosos y flojos. Entre estas viejas hay grandes hechiceras, y hállanse en ellas las pitonisas que dice la Escritura, en cuyo ombligo habla el demonio. El mayor de los pueblos es de cinco casas; lo comun es de tres; mas son muy largas, de más de 150 pasos, á dos aguas, con estantes en el medio sobre que se arma la cumbrera, y de estante á estante vive una parentela. Con los indios que más enemiga han tenido son con una provincia que cae á las espaldas destas montañas, tierra llanísima, falta de agua, que se llama los Llanos de Manso, ó la provincia de los Chaneses; destos, que es gente desarmada, aunque bien dispuesta, de mejores rostros y más bien inclinados que los Chiriguanas, se han comido más de 60.000, y no creo digo muchos, porque aquellos llanos eran muy poblados; agora no hay indios sino muy pocos, y como no tienen quien los defienda, es la carneceria desta bestialísima gente. Son tan subjectos á los Chiriguanas, que en viéndolos no hay más que sentarse, sin resistencia alguna, para que el chiriguana haga dél lo que quisiere; tráenlos como ovejas en manadas; comen los que se les antojan, de los demás se aprovechan para el servicio de sus casas y sementeras. Cuando se quieren comer alguno no hay más que decirle se vaya á lavar al rio, lo cual hace sin replicar; viene desnudo; mandan á sus hijos tomen los arcos y flechas, y el pobre chanés en una plaza huyendo de aquí para allí de las flechas, sin se atrever á salir della, de los muchachos es flechado y muerto con gran alegria de los que le miran; le hacen pedazos y se lo comen, ó asado, ó cocido con maíz y mucho ají. De los que ven valientes y de buenos cuerpos, aprovéchanse para la guerra; hácenlos á sus bárbaras costumbres y cuando han de pelear pónenlos en la delantera, y si no pelean bien, fléchanlos por las espaldas. Es gente traidora y que no guarda palabra, porque como dijimos, no tiene un puncto de ley natural, ni cosa de policia; es poca gente; no llegan á 4.000 indios de guerra; la aspereza de la tierra en que habitan les ha sustentado tanto tiempo contra los españoles; en ella hay rios grandes, poco temidos destos, por ser grandes nadadores. Los rios llevan sábalos, armados, bagres y otros peces los cuales pescan desta suerte: al verano echan un pedazo del rio por otra parte; quedan los peces en el brazo del rio desaguado; en agua hasta la cinta, entran en ella con sus arcos y flechas, allí los flechan, y el que se escapa de la flecha, las mujeres van detrás con unas redes en que caen. Son tambien astutísimos en cazar ó enlazar las víboras, las de cascabel; éstas comen, y cuando un chiriguana halla una dellas y la mata se la echa en el hombro y se viene muy contento á su casa; cómenlas desta suerte: córtanles la cabeza, con dos ó tres dedos más, y otro tanto de la cola; luego la desuellan y hecha trozos ponen encima de las brasas, y así asada con ají la engullen; oí decir á dos personas fidedignas que las habian visto asar, y que olía la carne como si la hobieran lardado con muchos olores, porque al olor de una que asaban sus yanaconas en su chácara, salieron de casa á ver lo que era y hallaron los indios chiriguanas en una gran candelada asando una para se la comer. Toda la tierra que habitan es fértil de muchas víboras de cascabel y de las pequeñas que habemos dicho; hay otras culebras grandes de más de tres varas; éstas no pican, pero en viendo al hombre abalánzasele, cíñele por el cuerpo y luego con una espina acutísima que tienen en la cola es cierta al sieso por donde la meten, y desta suerte le mata, y luego se lo come. Hállanse lagartos de sequera, el cuerpo de una vara y más, sin la cola, que es poco menos; éstos acometen á un muchacho y se lo comen. En Tucumán vi uno destos, como diremos cuando tractaremos de aquella tierra. Entre los árboles tienen muchos cedros, pero hay otros que llevan tanta garrapata, que arrimándose un hombre á él caen á mia sobre tuya sobre el pobre, que le cubren como si una saca dellas le hobieran derramado por encima. Contra éstos más que bárbaros hombres entró don Francisco de Toledo, Visorrey del Perú; lo que le sucedió diremos cuando trataremos de lo que le sucedió en el tiempo que gobernó estos reinos.
Con ser esta gente de la calidad referida y la tierra asperísima, el capitan Andrés Manso, natural de la Rioja, con sólo sesenta hombres los subjectó é repartió; sirviéronle y á sus encomenderos como sirven los indios destos reinos, y no trabajó mucho en la conquista dellos, y menos en la de los Chaneses. Agora 29 años, cuando subí la primera vez á la provincia de Los Charcas, ya era muerto; no creo habria siete años.
Este capitan pobló un pueblo que confina con las montañas de los Chiriguanas y con los llanos de los Chaneses; el sitio, llamado por un nombre Condorillo y por el otro el río de los Sauces. Los que lo han visto, que son muchos, dicen no hay en lo descubierto de las Indias temple más saludable; el suelo fértil y alegre. Viviendo aquí con toda paz, y no distando de la ciudad de La Plata ochenta leguas á lo más largo, estos Chiriguanas le engañaron con una ficcion, de las cuales, como habemos dicho, son grandes hombres para fingirlas; fingen, pues, y engañan al pobre capitan, que á pocas leguas de allí habia un valle donde vivian unos indios de extraña figura, muy ricos de oro (entre los Chiriguanas, ni en toda aquella montaña, ni oro ni plata se ha descubierto); que si quiere, ellos le llevarán allá y se los conquistarán, y de los españoles no es necesario más que la mitad, y la otra mitad se queden en el pueblo. Creyóse (que no debiera) dellos, y salió con treinta soldados; los otros treinta con las pocas mujeres dejó en el pueblo; llevó consigo parte de los Chiriguanas, los cuales dejaron concertado con los demás que para el servicio del pueblo se habian quedado, que para tal dia tomasen las armas, y á tal hora de noche; que ellos en el propio dia y hora darian en Andrés Manso, y sus soldados, y desta suerte los matarian á todos. Al dia, pues, ó por mejor decir, á la hora de la noche señalada, los unos dan en el pueblo, los otros en Andrés Manso; matáronlos á todos sin dejar uno ni ninguno, y desde entonces se han quedado señores como agora lo son, y tan enemigos nuestros como antes, y del nombre cristiano; sólo se escapó un mestizo llamado fulano de Almendras, á quien prendieron en el pueblo, y un cacique destos Chiriguanas le quitó que no le matasen, y puso en salvo, porque tenia con él amistad: cosa nunca entre Chiriguanas guardada. Vínose á la ciudad de La Plata, donde á pocos años murió, estando yo presente, á quien entonces confesé y ayudé lo mejor que supe en aquel trance; escapóse otra mestiza que debia estar amancebada con algun Chiriguana, porque se quedó con ellos hasta hoy, como otra vez della diremos; y esto en suma de los Chiriguanas y sus costumbres; prosigamos agora nuestro viaje.
Volviendo á nuestra provincia de Los Charcas, cansado de tractar de la gente más que bárbara Chiriguana, es esta provincia ancha y larga, empero poco poblada y muy áspera, de malos caminos; los indios son más bien dispuestos que los del Collao, más fornidos, los rostros más llenos y en sus vestidos más bien tractados, hablando en comun; son conocidísimos por el vestido, y muy ricos de plata y de ganados, aunque en ganados les hacen ventaja los del Collao, y oro no les falta, sino que no quieren descubrirlo; es fama en el distrito de Chayanta haberlo, no de río, sino veta, pero guárdanla para sí, y no hacen mal.
El Visorrey don Francisco de Toledo, desde Potosí envió con un yanacona que le prometió descubrir esta mina á un religioso nuestro; fué y halló una veta pobre, aunque trujo una piedra pasada toda con clavos de oro; túvose por cosa que no se podía seguir, y así se quedó. Tambien es fama y comun que entre Potosí y Porco, que son ocho leguas, hay minas de azogue, y no es difícil de creer; empero el que la sabe no la quiere descubrir, diciendo que si luego se la han de quitar, se esté por todos; la cual si se descubriese, Su Majestad aumentaria grandemente sus tributos, porque como el azogue necesariamente bajase, no seria necesario seguir veta, sino á tajo abierto labrar en el cerro, y como fuesen las costas menos y más los mineros, los quintos habian de subir; pero esto es ya salir de nuestro intento; dejémoslo á los Contadores.
De la ciudad de La Plata se ponen á Potosí 18 leguas, divididas en tres jornadas, en las cuales hay cinco ventas, y en la primera dos rios; el primero llamado Cachimayo, que es decir rio de la sal, por la sal que en algunas partes por donde corre se hace, porque no es necesario otra cosa quel agua echar en los lugares señalados, y dentro de pocos dias se congela, y buena sal, con ser el agua no muy gruesa, pero no es salobre ni salada. El otro es rio Grande, y solamente al verano se vadea y conviene saber tomar el vado, porque si no, no parará el que lo quisiere vadear hasta los Chiriguanas. Tiene sus puentes de piedra que mandó hacer el famoso marqués de Cañete, de felice memoria, el viejo; la primera del Achimayo; por descuido de las justicias, con una avenida se la llevó el rio; hase hecho legua y media más abajo otra, que se ha tardado en hacella más que se tardó en las dos, porque las dos en dos veranos se hicieron; esta han pasado más de seis.
Es Potosí de forma de un pan de azúcar; sólo á la parte del Poniente se le desgaja una cordillera de un cerro que no creo tiene una legua de largo, y baja. Por la parte del pueblo tiene un cerrillo pegado á sí, á quien llaman Guaina Potosí, como si dijésemos el grande, el viejo Potosí, y á este otro el mozo. Este cerro es conocidísimo entre mil que hobiera; parece que la naturaleza se esmeró en criarle como cosa de donde tanta riqueza habia de salir; es como el centro de todas las Indias, fin é paradero de los que á ellas venimos. Quien no ha visto á Potosí no ha visto las Indias. Es la riqueza del mundo, terror del Turco, freno de los enemigos de la fe y del nombre de los españoles, asombro de los herejes, silencio de las bárbaras naciones. Todos estos epítetos le convienen. Con la riqueza que ha salido de Potosí Italia, Francia, Flandes y Alemaña son ricas, y hasta el Turco tiene en su Tesoro barras de Potosí, y teme al señor deste cerro, en cuyos reinos corre aquella moneda; los enemigos del magno Filippo y de los brazos españoles y de su cristiandad, en trayendo á la memoria que es señor de Potosí, no se atreven á moverse de sus casas; los herejes quedan como despulsados, y cuando los potentados del mundo se quieren conjurar contra la Majestad católica, no aciertan á hablar. Es el más bien hecho cerro que se ha visto en todas las Indias, y si dijésemos en el mundo, no creo seria exageracion; del pie hasta la cumbre y corona dél hay una legua larga. Vese de más de veinte leguas, porque desde un pueblo llamado Aravati, tres leguas de la ciudad de La Plata, más adelante, se ve, y á la parte del Sur, por el camino de los Chichas, de muchas leguas le conocemos. Por todas partes, Oriente y Poniente y Norte y Sur, es abundante de vetas de plata; las ricas que se labran y siguen son las que miran al Oriente; luego diremos sus nombres. Jamás por los indios, antes que los españoles entrasen en este reino y lo poseyesen, fué conocido tener plata, ni jamás indio lo labró, ni vivió en él; era despoblada la tierra á la redonda dél, y el mismo cerro, por ser frigidísimo con estar en veinte grados; ocho leguas dél se labraba el cerco llamado Porco, como diremos concluido con Potosí. Todo él de arriba abajo era una montaña espesa de unos árboles que llamamos quinuas, torcidos, sólo buenos para leña y carbon, en lo cual puede competir con la encina; para enmaderar nadie se aprovecha dél. Su descubrimiento fué desta suerte, y si no me engaño lo descubrieron unos yanaconas de fulano Zúñiga, hombre antiguo en este reino, y si no fué tesorero de la hacienda Real, á lo menos fué uno de los oficiales, á quien conocí en Potosí, y me dijo lo que referiré. Cuando los españoles entraron en este reino, conquistado el Collao y esta provincia de los Charcas, no la tenian por rica más que de miel, por lo cual muchos rehusaron los repartimientos y encomiendas en esta provincia, diciendo que no querian tributos de miel. Verdad es que se labraba el cerro de Porco, de donde se sacaba plata para el Inga antes de la venida de los nuestros. Acobardábales el temple, en partes desabrido, y el cielo como le tenemos pintado, áspero, con tantas tormentas de truenos y rayos, y que Porco á pocas brazas daba en agua. Con todo eso quedaron algunos de los conquistadores antiguos, pero los más fueron de los que llamaban pobladores, venidos despues de llana la tierra. Porco se labraba, y los vecinos de la ciudad de La Plata, que deste cerro dista 25 leguas, iban y venian á sus minas; tambien sus criados, así españoles como indios, que llamamos yanaconas. El camino era tan cursado como agora, en el cual encontraban ganado silvestre, llamado guanacos y vicuñas; son de la misma figura que el ganado doméstico, sino que la color es bermeja de los guanacos y el hocico que tira á negro. La vicuña es más cenceña, de la misma color; el hocico tira un poco á blanco, y el pecho y pescuezo por la parte de abajo blanco. Pues como todo el camino desde la ciudad de La Plata fuese despoblado hasta Porco, algunos indios y españoles llevaban galgos para si saliese algun guanaco, ó vicuña, cazarlo. Sucedió así que yendo ó viniendo algunos indios yanaconas deste fulano de Zúñiga y de otro compañero suyo, y pasando por las faldas de Potosí (va por aquí el camino), salió un guanaco; échanle los perros; el guanaco tira el cerro arriba, y los perros; siguen los indios á los perros y guanaco, el cual subiendo al cerro arriba hizo fuerza con los pies en una veta en la superficie de la tierra, y derrumbó un poco de metal. Los yanaconas que le seguian, como quien conocia el metal, viéndolo dejan de seguir el guanaco; tomándolo é conociéndolo, en su lengua comienzan á decir: caimí mamacolqui, caimí mamacolqui; que quiere decir: esta piedra es de plata, ó madre de plata. Recogen más piedras, llévanlas á su amo, hacen el ensayo: acudió á muchos marcos por quintal, á más de cincuenta; á la voz vino Zúñiga, y vinieron los demás y registraron minas en el cerro.
Este fué el principio y orígen del descubrimiento de Potosí, y es así verdad; desde entonces dejaron de seguir las minas de Porco con aquella frecuencia que antes. La principal veta que se descubrió se llamó y llama la veta Rica; luego la del Estaño, porque la plata es sobre estaño, y la de Mendieta, y éstas son las que agora principalmente se labran, de las cuales ha salido tanta cantidad de plata que asombra al mundo. Si estas vetas desde fuera las miran, parecen como sangraderas, ó quebradas muy angostas, que vienen de arriba abajo. Agora no hay más memoria de leña en él que en la palma de la mano. Al principio los metales eran muy ricos, porque las vetas lo eran, y acudian cuarenta marcos y más por quintal; agora, como están muy bajas, son mucho más pobres. El quintal que acude á tres pesos ensayados, que es á tres cuartos de marco, es muy rico, que son seis onzas; son todas las minas de plata que en este reino se descubren de cabeza, que es decir la riqueza tiénenla en la superficie; como las tierras que se labran la fertilidad es la superficie, y á esta causa los árboles no echan las raíces sino á la haz de la tierra, y por esto, conformándose las minas con los árboles, mientras más fondas se labran, más pobres.
A la fama de tanta plata, luego se comenzó á despoblar, aunque no del todo, el asiento de Porco y se pasó á Potosí, y poblaron los españoles desta otra parte de un arroyo que pasa al pie del Guayna Potosí; los indios, de la otra parte del arroyo, al pie del cerro; mas como se fué multiplicando la gente, tambien á la parte de los españoles se poblaron no pocos indios, y entre ellos los Carangas á las espaldas de los nuestros. El asiento, así del pueblo de los españoles como de los indios, no es llano, sino en una media ladera, como se requiere en tierra que llueve; el un asiento y el otro lleno de manantiales de agua que Dios nuestro Señor proveyó allí para el beneficio que agora se hace de los metales; si no, ya se hobiera despoblado la mayor parte por falta della, y los manantiales y fuentes, unos están sobre la faz de la tierra, otros á un estado y á menos; el que á dos es muy fondo. El agua en unas partes es mejor que otra, poca para que se pueda beber; guísase con ella de comer y lávase la ropa; no se halla casi cuadra que no tenga muchos manantiales, ni casas sin pozos, y en las calles en muchas dellas revienta el agua. Cuando los metales acudian á mucho más que agora, no los fundian los españoles, sino los indios se los compraban y beneficiaban, y acudian con el precio al criado del señor de la mina. Desta manera el señor de la mina tenia su mayordomo que della tenia cuidado, de hacer los indios ó yanaconas barreteros labrasen, y sacasen el metal á la boca de la mina, adonde cada sábado llegaba el indio fundidor, mirábalo, concertábase por tantos marcos y á otro sábado infaliblemente la traía la plata concertada; estos indios llevaban el metal á sus casas, y lo beneficiaban, y fundian, no con fuelles, porque el metal deste cerro no las sufre; la causa no se sabe; el metal cernido y lavado echábanlo á boca de noche en unas hornazas que llaman guairas, agujereadas, del tamaño de una vara, redondas, y con el aire, que entonces es más vehemente, fundian su metal; de cuando en cuando lo limpiaban y añadian carbon, como vian era necesario, y el indio fundidor para guarecerse del aire estábase al reparo de una paredilla sobre que asentaba su guaira, sufriendo el frio harto recio; derretido el metal y limpio de la escoria, sacaba su tejo de plata y veníase á su casa muy contento. Habia á la sazon en el cerro que dijimos se desmiembra de Potosí, y á la redonda del pueblo, más de 4.000 guairas, que por la mayor parte cada noche ardian, y verlas de fuera y aun dentro del pueblo no parecia sino que el pueblo se abrasaba. La que menos destas fundia salia con un marco de plata, que es riqueza nunca oída. Los indios fundidores ganaban plata, y los señores de las minas no perdian.
El viento con que más cotidianamente fundian era con el Sur, que dijimos llamarse Tomahavi. Proveyó Dios en aquel tiempo deste viento, que casi no faltaba en todo el año, y cuando descansaba algunos dias, luego se hacian procesiones por viento, como por falta de aguas cuando se detienen. Cesaron totalmente las guairas desde que se comenzó el beneficio del azogue, que fué en el segundo año del gobierno de don Francisco de Toledo.
Agora treinta años ya casi Potosí estaba para totalmente perder todo su crédito, si nuestro Señor no proveyera de que se acertase á sacar plata con azogue. Es así, que si en esta sazon llegara un hombre con 200.000 pesos, comprara todas las minas del cerro; las costas muchas, los metales pobres, las minas muy hondas, no parecia se podía sustentar. Empero luego el año adelante se descubre el beneficio del azogue, y torna á revivir de tal manera, que en estos treinta años es casi innumerable la plata que dél ha salido, y pasó así: que muchos años antes, más de diez, llegaron allí unos extranjeros con azogue, y quisieron fundir por él; hicieron las diligencias posibles, y no atinaron á fundir, ó á incorporar, por lo cual las bolas del metal incorporado dejaron con el azogue, desesperados de salir con su intento, y en este tiempo el que las tenia, como por cosa desechada, las tornó á moler y fundir, y sacó plata de donde los otros no atinaron á sacar un grano, que parece prodigio. Despues de hallado este beneficio, y usado muchos años, como los metales fuesen bajando en ley, ya los señores de las minas no se podian sustentar; el ingenio del hombre, dando y tomando, vino un beneficiador á mezclar escoria de los herreros molida con el metal; fundiólo, salióle bien, donde infirió: si la escoria es provechosa, mejor lo será el hierro; da en deshacer el hierro, y con el agua del hierro deshecho incorporó el metal: salióle con más ley y sacó más plata. Pues para deshacer este hierro ¿qué remedio? Eran necesarias muelas de piedra como de barbero, más anchas que altas y de grano más grueso; provee Dios junto á los mismos ingenios tanta piedra désta, que algunos ingenios no á media legua, otros á una, y el que más lejos no la tiene á dos leguas; estas piedras andan con el movimiento del ingenio grande, en el cual debajo de la piedra ponen una artesa bien estanque, con agua, de donde la muela coja agua dando vuelta, y encima de la piedra se pone la plancha del hierro, la cual se va gastando como se gasta el cuchillo en la muela del barbero; de cuando en cuando se requiere verla para que siempre esté encima de la muela; con cada cajon de cincuenta quintales de metal molido y encorporado con azogue se mesclan diez libras de agua, y si á estos cincuenta quintales echan menos, no sacan nada; si más, pierden el agua más que echan, porque no se saca más plata que si echasen las diez libras. Lo necesario á cincuenta quintales es diez libras de agua. En todos los ingenios tienen sus vasos de madera, en que al justo caben diez libras de agua; con éstos las sacan de la artesa donde cae la agua en que se deshace el hierro. Este beneficio es el frecuentado y cierto; algunos han procurado descubrir otros, más sáleles al revés, y si no al revés, no hay quien los siga. En todo este tiempo me hallé en la ciudad de La Plata, que es casi como vivir en Potosí, porque lo malo ó bueno que sucede en aquella villa, luego se publica en La Plata, por la frecuencia de los que van y vienen.
Goza Potosí (á lo menos gozaba) de las mejores mercaderias, paños, sedas, lienzos, vinos y de las demás, de todo lo descubierto de las Indias, porque como en España se cargase lo mejor para la ciudad de Los Reyes, de allí la flor se llevaba á Potosí.
Agora no es así, porque como sea tierra de acarreto, y las mercaderias, que sean buenas que sean malas, se hayan de gastar, no se tiene tanta cuenta como los años pasados. Es pueblo muy abundante de mantenimientos, porque de Cochabamba, que dista dél cincuenta leguas, le llevan el trigo, harinas, tocinos, manteca, y de la ciudad de La Plata, todas las fructas nuestras y mucho trigo é maíz, y de la costa de más de cien leguas el pescado casi salpreso, porque agora cuatro años se obligaron tres ó cuatro de dar pescado salpreso en Potosí, con condicion que otro que ellos no lo pudiese meter, señalándoles la villa el precio, y salieron con ello; tenian en paradas caballos con que lo llevaban; si agora lo hacen, no lo sé. Finalmente, todos los pueblos que se han poblado y se pueblan de españoles en aquella provincia de los Charcas, podemos decir que Potosí los puebla, porque con la confianza de llevarle lo que tienen de labranza y crianza, anima á los españoles á meterse en las montañas de los Chiriguanas, y fundar pueblos en valles calorosísimos, llenos de las plagas referidas, y todo lo allana Potosí.
El pueblo tiene sus plazas donde se venden las cosas necesarias, en cada plaza la suya; la plaza del maíz en grano, la de la harina, la de la leña, la del carbon, la del alcacer y la del metal, y plaza donde se vende el estiércol de los carneros de la tierra, el cual me certificaron se compraba y se vendia cada año en cantidad de 10.000 pesos y más. Pues ¿qué diremos de la de la coca? La plaza principal es muy bien proveida, donde casi todo el año se hallan uvas, las demás fructas, camuesas, manzanas, membrillos, duraznos, melones, naranjas y limas, granadas á su tiempo en cantidad, y hase introducido que no pierde el más estirado nada de su opinion en entrar donde estas cosas se venden, que es una calle larga en la misma plaza junto á la iglesia mayor, hecha por los indios que traen estas cosas, y escoger el propio lo que más gusto le da y enviarlo á su casa; no se repara en la plata. Pues en el mismo cerro hay sus plazas con todas estas cosas, y vino y pan, hasta en la misma coronilla del cerro, que llevan los indios, donde lo venden así á indios como á españoles.
Si no me engaño, deben ser las perroquias de Potosí de ocho á diez, las cuales dividió don Francisco de Toledo, siendo Virrey, cada una con 500 indios tributarios para servicio del pueblo, mejor diré del cerro, que todos con hijos é mujeres llegan á 30.000 indios, y ninguno hay, si quiere trabajar, que no gane plata; hasta los niños de seis á siete años, á mascar maíz para hacer levadura para chicha, la ganan; multiplícanse aquí los niños de los indios que es admiracion; de los españoles, cual ó cual nace, y esos contrechos y luego se mueren. Vanse las españolas á un valle caliente, doce leguas de Potosí, á donde se quedan con sus hijos tres y cuatro meses, hasta que ya el niño tiene un poco de fuerza, aunque como el temple se ha moderado un poco, ya comienzan á nacer y á criar, mas son raros.
La iglesia mayor es buena, de adobe y teja, y de una nave, rica de ornamentos y de servicio de plata para el altar, y de aquella suerte son las demás iglesias de los monasterios de todas Ordenes, ricos de ornamento y plata para el culto divino; susténtanse en cada convento dominicos é franciscos, augustinos, teatinos, de ocho á diez religiosos, unas veces más, otras menos, porque es temple desesperado, á lo menos, desde mayo hasta agosto, y no todos pueden vivir en él, sino los que son recios de complexion ó temperamento; en el de la Merced es donde siempre hay menos.
Tiene buenas carnes y buen agua si la traen de una fuente que llaman de Castilla.
Es pueblo de mucha contractacion, y una de las mayores es la coca, que del Cuzco le viene cada año al pie de 60.000 cestos, y si hay logreros en el mundo, creo son los coqueros, porque segun el tiempo á que fian, así acrecientan el precio, y puesto que se les predique, es cantar á los sordos.
Las Ordenes habian de tener aquí uno ó dos de los más doctos dellas, por las muchas é malas contractaciones que se hacen. En esto han ganado mucha tierra con todas ellas los padres de la Compañía, que han tenido y tienen varones doctos que alumbren á los contractantes. Aquí se hacia una contractacion que llamaban de los aseguros de los metales, aprobada por el Audiencia y por dos teólogos, uno augustino, otro teatino de la Compañía, tres coronistas y juristas, que era usura clara, sino que no se habia entendido bien; fué Nuestro Señor servido que yendo yo á Chile, con su favor, contra todo el torrente del pueblo y letrados, se declaró la verdad della; costóme mucho trabajo; animóme mucho á tomarlo el Rmo. del Paraguay, que á la sazon allí estaba, fray Alonso Guerra, de nuestra Orden, que la tenia por mala; finalmente, de ocho años á esta parte no se ha tractado más della, como si no se hobiere hecho; á Nuestro Señor las gracias, de quien todo bien procede. Los religiosos de mi Orden no la aprobaron, ni los de San Francisco; uno de los juristas que la aprobó, convencido, dijo que ¡ojalá y cuando la firmé tuviera manca ó quemada la mano!
Perdíanse los hombres á remate; conocí quien en ella habia perdido más de 100.000 pesos; otros á 80.000, otros á menos, conforme á las veces que la hacian, lo cual por ser largo de referir, y ser más de escuelas que de relaciones breves, no se tractará más dello. Solamente esto se ha dicho para comprobar que es necesario tener los provinciales en este pueblo hombres doctos, por las muchas contractaciones usurarias que en él se tractan y se inventan, con muy poco temor de Nuestro Señor y menos de sus conciencias, por las cuales debemos, conforme á nuestro estado, mirar y alumbrarlas.