HAY pocos hombres con los cuales me agrade tanto el encontrarme como con el doctor Mediavilla. Es afable, despreocupado, culto, observador, ingenioso y siempre ameno. No es frecuente que nos tropecemos, pues gravitamos en órbitas distintas; pero cuando esto sucede, pasamos largo rato departiendo en medio de la acera, o bien me invita a entrar en el café más próximo, y bebemos una botella de cerveza.
Sólo tiene para mí una desventaja su conversación. Nunca discurre acerca de lo que más sabe y pudiera instruirme, de las ciencias físicas y naturales, en las cuales está reputado como sabio eminente. O por la necesidad de reposarse de estos estudios y cambiar momentáneamente la dirección de sus ideas, o impulsado por una cortesía mal entendida, suele hablarme de literatura y de política. Lo hace muy bien, mejor que muchos literatos y políticos de profesión; pero no hay duda que sería para mí más provechosa si la plática versara acerca de las ciencias que cultiva.
Otro reparo pudiera acaso oponer a su amenísima charla. El doctor Mediavilla es un pesimista convencido, y presiento que si le tuviera siempre a mi lado concluiría por fatigarme. A largos intervalos, y sazonado por un ingenio sutil y penetrante, su pesimismo interesa y convence.
No hace muchos días, la casualidad me hizo dar con él no muy lejos de la puerta de su casa, hacia la cual se encaminaba. Caían algunas gotas de lluvia, y no habiendo por allí ningún café próximo, y no queriendo privarse del gusto de charlar un rato, me invitó a subir a su domicilio. Resistí un poco: las presentaciones a la familia me molestan. Comprendiólo él, y me aseguró que no entraríamos en sus habitaciones, sino que subiríamos directamente al laboratorio que tenía instalado en el cuarto tercero de la misma casa.
Era ésta suntuosa: portero de flamante librea, amplia y tapizada escalera, etc. Bien se echaba de ver que el doctor poseía una extensa y opulenta clientela. Pero una buena parte de las ganancias que sus visitas le reportaban servía para el sostenimiento de su famoso laboratorio.
—Mi mujer odia de muerte el laboratorio—decía mientras ascendíamos lentamente la escalera—. Yo odio de muerte las visitas y consultas. Para las mujeres, todo lo que no se traduzca inmediatamente en especies sonantes, es, sencillamente, aborrecible. Temblando estoy que el día menos pensado suba y haga pedazos mis frascos e instrumentos. Aunque ustedes los poetas no se harten de llamarlas ángeles y cantar su idealismo, yo no conozco nada más prosaico y mezquino que el alma de una mujer.
—Las mujeres no son poetas ni comprenden casi nunca la poesía, es cierto; pero consiste en que son ellas mismas poesía. El conocimiento no puede conocerse a sí mismo.
—¡Hombre, tiene gracia la explicación!—exclamó riendo—. Sin embargo, mi mujer ha dejado ya de ser poesía por dentro y por fuera.
Llegamos al tercero, apretó el timbre, y salió a abrirnos un joven flaco metido en un blusón que le llegaba a los pies.
—¡Señor doctor! ¡Buenos días, señor doctor!—balbució deshaciéndose en genuflexiones.
Mediavilla apenas se dignó responderle. Pasamos por delante de él, entramos en un amplio salón cuyas paredes estaban guarnecidas por armarios con puertas de cristal, al través de las cuales se veían redomas, frascos, alambiques y no pocos instrumentos de física; atravesamos luego otro semejante, y penetramos, al cabo, en un gabinete lindamente amueblado, donde el doctor se despojó de su levita y sombrero de copa, vistiéndose en su lugar una bata chinesca y un gorro turco.
—Es increíble lo que contribuyen estos dos sencillos aditamentos—dijo sonriendo maliciosamente—para infundir veneración a mi fámulo.
—¿Qué fámulo?
—Ese que usted acaba de ver. También yo tengo mi Wagner como el doctor Fausto, tan sediento de ciencia, tan pedante y tan crédulo. Cuando me pongo esta bata y este gorro, me juzga capaz de levantar todos los velos de la Naturaleza y de evocar los espíritus activos y misteriosos que trabajan dentro de ella.
Le dirigí una mirada, y no pude menos de excusar el respetuoso temor del fámulo; porque Mediavilla, de aquella forma ataviado, con sus gafas de oro y su barba tallada en punta, semejaba, en efecto, un nigromántico.
—Ea, charlemos un rato—dijo arrellanándose frente a mí en una butaca—. ¿Qué me cuenta usted del drama de Romillo?... Un tiro, ¿verdad? Estos jóvenes satánicos concluirán por quitar también a Satanás la opinión de listo.
—Doctor—respondí yo un poco vacilante—, perdone usted..., pero en este momento..., dentro de un laboratorio y al lado de un hombre de ciencia tan notable, no puedo menos de sentir alguna curiosidad científica. ¡Si usted fuese tan amable que me mostrase alguna preparación... o me hiciese presenciar cualquier experimento!...
Mediavilla se puso serio repentinamente, me miró con sorpresa y atención, y exclamó, al cabo, sacudiendo la cabeza:
—¡Hombre, un literato!... Vamos, usted es como mi fámulo, sabe muchas cosas, pero desearía saberlo todo.
Luego, alzándose de la butaca y abriendo la puerta, gritó:
—¡Morlesín!
—Señor doctor.
—¿Qué estaba usted haciendo cuando entramos?
—Estaba filtrando las ondas lumínicas.
—¿Y para qué hacía usted eso?
Morlesín tardó algunos instantes en responder.
—Me preocupa mucho la constitución de la materia—dijo al cabo—. Quisiera saber lo que hay dentro de los átomos.
—Lo sabrá usted.
—¿Cree usted, señor doctor...?
—Sí, sí; lo sabrá usted.
Y gravemente pasó por delante de él, invitándome a seguirle.
—Es un experimento antiguo, pero siempre curioso—me dijo—. Física recreativa... Morlesín, haga usted delante del señor el experimento.
El fámulo se apresuró a obedecer. Cerró los balcones, y con una pequeña lámpara de arco voltaico produjo el espectro, haciendo atravesar el rayo luminoso por un prisma de cristal. Entonces pude ver cómo el espectro se extendía más allá de los límites del rojo, haciendo subir el termómetro, y más allá del violeta, haciendo surgir la luz en un papel impregnado de sulfato de quinina. Los rayos invisibles tenían, pues, una eficacia superior a los visibles. Después, por medio de soluciones adecuadas, me mostraron la causa determinante de los colores. Unos cuerpos absorben ciertas ondas luminosas, y dejan pasar libremente las otras. Estas últimas son las que prestan su color a los cuerpos. Por fin, pude observar que este poder de elección que los cuerpos tienen para las ondas luminosas, no solamente se extiende al espectro visible, sino también al invisible. El agua, por ejemplo, era perfectamente transparente para la luz, y opaca para los rayos caloríferos. Otros líquidos, viceversa, eran opacos para los rayos visibles, y dejaban pasar los invisibles ultrarrojos o ultravioletas.
Morlesín, rojo y hasta ultrarrojo de placer, me dió una explicación acabada de estos fenómenos. El éter lumínico, substancia imponderable e infinitamente elástica que llena los espacios interestelares, penetra en todos los cuerpos, rodea los átomos, que nadan en él como nuestra tierra nada en la atmósfera. Las vibraciones de este éter son la causa de la luz y del calor. Estas vibraciones u ondulaciones del éter difieren en el período de duración. Las más cortas son las ultravioletas, que se llaman también rayos químicos, porque su rapidez las hace más aptas para la descomposición de los cuerpos; las más largas, las ultrarrojas, generadoras del calor. Pues la causa de la opacidad o transparencia de los cuerpos para unas u otras ondas consiste en que el movimiento de estas ondas coincida o no con el movimiento de los átomos. Si el período de vibración de una onda coincide con el período de vibración de los átomos que componen un cuerpo, los dos movimientos se acumulan, y el cuerpo absorbe aquella onda, o, lo que es igual, resulta opaco para ella. En cambio, dejará pasar libremente las otras.
Mediavilla, que había escuchado con sonrisa burlona la disertación de su fámulo, exclamó:
—Ya ve usted que el amigo Morlesín habla de las cosas que pasan ahí dentro como si fuese un gnomo testigo de todas las operaciones misteriosas de la madre Naturaleza.
Morlesín dió las gracias ruborizado. El doctor me echó el brazo por la espalda y me llevó de nuevo a su gabinete.
—Acaba usted de presenciar un experimento de física—me dijo—. ¿Quiere usted ver este mismo experimento transportado al mundo psíquico?...
—No entiendo...
—Sí; esta misma filtración de las ondas lumínicas al través de los cuerpos, voy a hacérsela a usted ver al través de las almas.
Le miré con estupefacción, sin comprender. Mediavilla, sin explicarse más, se acercó a un aparato telefónico que tenía cerca de la mesa y llamó a su casa.
—¿Está la señorita Luisa?—preguntó al criado—. ¿Sí?... Pues dile que, si no le sirve de molestia, tenga la bondad de subir un momento.
—Es mi hija mayor—dijo colgando el auditivo—. Tiene veintidós años. Será la redoma al través de la cual vamos a filtrar la luz de esta lámpara.
Y llevó la mano a un estante de su biblioteca y sacó de él un libro. Yo le miraba cada vez con mayor sorpresa.
No tardó en aparecer una joven más baja que alta, más gruesa que delgada, de rostro fresco y sonrosado. El doctor me presentó a ella como gran literato, y le endilgó la patraña de que estaba escribiendo un libro sobre el arte de la lectura, y tomaba notas y hacía observaciones en cuantos sujetos me era posible, hombres, mujeres, jóvenes, niños y viejos.
—¡Si tú fueses tan amable que leyeses en alta voz un capítulo de esta novela!
—¡Oh! ¡Yo leo muy mal!—exclamó la joven poniéndose encarnada como una cereza.
—No es exacto. Pero aquí no se trata de la mayor o menor perfección en la lectura, sino de ciertas observaciones que el señor está efectuando acerca del acento, del timbre de la voz, del ritmo, etc., etc.
Luisa tomó ya sin replicar el libro de manos de su padre, y se puso a leer en el sitio que éste le designó.
Era una novela histórica de los tiempos primeros del cristianismo en Roma. En el capítulo señalado por el doctor se describía con brillantes colores y lujo de detalles la mansión de un patricio. Leyó la joven la descripción de los suntuosos peristilos de mármol, las estatuas, los bronces, las pinturas, las alfombras de Persia, las sederías de la China, las telas bordadas de la India, con indiferencia y entonación monótona. Pero al llegar a una escena en que la hija del patricio, altiva e irascible, disputa con una esclava cristiana, la cubre de burlas y denuestos porque cree en la inmortalidad del alma, y, por fin, la hiere cruelmente con un puñalito, la voz de la lectora se mudó ostensiblemente, la respiración se le cortó varias veces, y sus ojos se rasaron de lágrimas. Luego, la orgullosa patricia, arrepentida al ver correr la sangre en abundancia, manda curar a la esclava y le regala en compensación un rico anillo de esmeraldas. Mas al domingo siguiente el precioso anillo apareció en una iglesia entre las limosnas recogidas para los pobres. Este último rasgo hizo brillar los ojos de la lectora con alegría y admiración.
—Está bien, hija mía. Muchas gracias. Puedes bajar cuando gustes; y si tu hermana Consuelo está desocupada, dile que suba un instante.
Despidióse la primogénita de Mediavilla besando a su padre y alargándome la mano con timidez y cordialidad al mismo tiempo.
—Ya ve usted que mi hija mayor deja pasar libremente las ondas luminosas de corto período, los brillantes colores del iris, y sólo absorbe las vibraciones invisibles ultrarrojas, las que engendran calor en los corazones.
—Lo he observado con placer. ¡Dichoso el hombre que tropieza en el mundo con uno de estos seres, cuya alma sólo vibra con el amor y el perdón!
—Sí; pero ¡desgraciados estos seres si tropiezan con un hombre deslumbrado, cuyos ojos no son capaces de percibir las ondas preciosas e invisibles que remueven su alma!—repuso el doctor mientras una arruga surcaba su frente.
Comprendí que aquella joven era la hija preferida de su corazón, y que su felicidad le inspiraba un cuidado ansioso y vigilante.
Consuelo, su hija segunda, se presentó. No pude menos de sentirme subyugado inmediatamente. Un rostro blanco, ovalado, cabellos negros, ojos rasgados de largas pestañas, alta, flexible y aérea como una hada. Me saludó con la soltura un poco impertinente de las jóvenes persuadidas de su hermosura y que la ven celebrada. Su padre le repitió la misma demanda que había hecho a Luisa, poniéndole el libro delante. La hermosa joven me dirigió entonces una penetrante mirada de curiosidad, donde se mezclaba la inquietud y la burla. Luego se puso a leer, y su voz era también de timbre delicioso. Cuando la Naturaleza decide formar un ser bello, parece que muestra empeño en no olvidar ningún toque.
No tardé en advertir que la descripción de las riquezas acumuladas en la casa del patricio romano lograba interesarla; que tanta obra de arte, tanta joya y tanta elegancia le causaban profunda admiración. En cambio, cuando llegó a la escena de la disputa entre la esclava cristiana y la señora pagana, su tono se hizo más indiferente y monótono. Ni aun logró alterarlo el bárbaro castigo que ésta la infligió. Sus ojos brillaron, no obstante, cuando la patricia regaló a su esclava el magnífico anillo de esmeraldas. Pero al leer que este anillo se había encontrado al domingo siguiente en el cepillo de los pobres, quedó un instante suspensa sin comprender. Luego hizo una imperceptible mueca de desdén, y se puso seria.
—Como usted habrá advertido—me dijo su padre cuando partió—, acabamos de operar con una substancia muy diversa. Esta absorbe todos los rayos lumínicos y brillantes del espectro visible; pero deja pasar libremente las ondas más amplias del calor.
Bajé la cabeza sin responder. No me pareció delicado apoyar lo que decía, pues se trataba, al cabo, de una hija suya.
—Entre los fenómenos del mundo físico y los del mundo moral—prosiguió—descubrimos alguna vez una estrecha relación, una simetría que hace pensar involuntariamente en la armonía preestablecida de Leibnitz y en las causas ocasionales de Malebranche...
El doctor comenzó a disertar gravemente, sabiamente, como tenía por costumbre. Yo le escuchaba con atención y placer, pues su palabra clara, sus variados conocimientos y su ingenio prestaban verdadero encanto a su discurso. Mas hete aquí que cuando nos hallábamos enteramente abstraídos en nuestra plática metafísica, hizo irrupción en la estancia un chico de diez y ocho a veinte años, vivaracho, ruidoso, que guardaba extraordinario parecido con el doctor.
—Adolfito... Mi único hijo varón—dijo aquél presentándomelo.
Traía unos cuantos libros debajo del brazo, y me enteré de que estaba terminando la carrera de Filosofía y Letras, con todas las notas de sobresaliente y muchos premios. Luego que se hubieron cambiado algunas frases, quedó el doctor suspenso un instante, y me dijo en voz baja:
—Todavía podemos hacer otro experimento.
Y acto continuo invitó a su hijo en la misma forma, esto es, anunciándole mi libro imaginario sobre el arte de la lectura, a que leyese el capítulo de la novela que ya habían leído sus hermanas.
Adolfito tomó el libro y comenzó a leer admirablemente, como quien desea lucirse. Pero de pronto levanta la cabeza y exclama:
—¡Hombre, esta descripción me parece muy amanerada! El autor acumula en una casa todos los cachivaches que se hallan descritos en los manuales de antigüedades romanas.
—Bien... Sigue, sigue—repuso su padre sonriendo.
Al llegar a la disputa filosófica entre la patricia y su esclava, de nuevo se interrumpe para afirmar:
—Todo esto es de una inocencia paradisíaca. ¡Una esclava que habla como un profesor de metafísica!
—Sigue, sigue, hijo mío—le dijo su padre, haciéndome al mismo tiempo un guiño malicioso.
Llegó al final del capítulo, y al leer lo del anillo regalado a la esclava, y entregado después por ésta a los pobres, cerró el libro con ademán desdeñoso.
—¡Bah! ¡Bah!... Este golpecito de efecto es de lo más pueril y ridículo que he leído en mi vida.
El doctor Mediavilla dejó escapar entonces una sonora carcajada, y exclamó dirigiéndose a mí:
—Amigo mío, por esta redoma pasan libremente todas las ondas del espectro, menos las ultravioletas, que son los rayos químicos... ¡Los rayos de descomposición!
Adolfito, amoscado por la risa de su padre, se levantó de la silla, y, haciendo un frío saludo, salió de la estancia.
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«TODO hombre tiene derecho a ser feliz como mejor le parezca», decía Federico el Grande. O lo que es igual: todo hombre está facultado por los dioses para entregarse a la manía que le plazca, siempre que no haga daño a los demás. Corrales tenía la suya, no perjudicaba a nadie, y, sin embargo, nosotros le tratábamos como si nos infiriese con ella alguna ofensa. Todas las noches alusiones picantes, bromitas de mejor o peor género, sonrisas desdeñosas, etc., etc.
Corrales era un hombre de sport. Había escrito y publicado en las revistas del ramo artículos muy luminosos sobre los caballos sementales ingleses y sobre la caza del zorro; era el encargado en un periódico de dar cuenta a sus lectores de las carreras de automóviles y velocípedos; el año anterior había dado a luz un tratado de Gimnástica racional, con profusión de grabados en el texto, y tenía escrito, y en prensa ya, un libro sobre El juego de la espada.
Pero Corrales era un ser raquítico y patizambo que en su vida se había subido a un trapecio o a unas paralelas, que no había montado ningún caballo ni velocípedo, ni disparado una carabina, ni asido ninguna espada francesa o española. Y he aquí lo que despertaba nuestra indignación y nos tenía sobresaltados y furiosos.
El pobre diablo recibía nuestros sarcasmos con humilde sonrisa, procuraba suavemente desviar la nube hacia otro lado, y cuando no podía, nos dejaba entender a medias palabras que todo el mundo necesitaba vivir, y que él se ganaba la vida escribiendo artículos y libros sobre los juegos atléticos. Pero nosotros no escuchábamos sus gemidos, y, cada día más implacables, le tiroteábamos con refinada crueldad: «Corrales, el conde de Rebullida tiene un potro que no puede hacer carrera de él. Yo le hablé de un amigo que en cuanto le echase los calzones encima le dejaría como una seda, y mañana nos espera en la cuadra.» «Corrales, me ha sorprendido no ver tu nombre en el programa del asalto del Círculo Militar.» «Corrales, ¿no es cierto que tú levantas setenta kilos a pulso con un brazo? Ayer me lo negaba un chico del gimnasio de la calle de la Reina.»
Llegó un día, no obstante, en que, acorralado como una fiera antes de morir, nos enseñó las uñas.
He aquí cómo sucedió:
Hacía ya una hora larga que le disparábamos las saetas más envenenadas de nuestro carcaj, cuando le vimos ponerse pálido y dibujarse en su boca una sonrisa amarga.
—Pero vamos a cuentas: ¿soy yo el primero que no vive con arreglo a sus ideas o teorías? Tú, Jiménez, eres un cristiano convencido, un creyente severo de todos los dogmas de la Iglesia. ¿Cuántas veces te confiesas y comulgas? ¿Cuánto tiempo pasas en oración cada día? ¿Qué penitencias son las que haces? ¿Has presentado la mejilla izquierda alguna vez cuando te abofetearon la derecha? ¿Practicas la caridad, la humildad y la pobreza?... Tú, Olivares, eres un político, un representante del país. Hablas mucho de decadencia y de corrupción administrativa en el Congreso, truenas contra los abusos del caciquismo, y sostienes con gran calor que mientras los funcionarios públicos no sean inamovibles y no haya pureza en las elecciones España no podrá regenerarse. Y, sin embargo, yo veo que recibes todos los días una balumba de cartas de tu distrito, y corres por los Ministerios con la lengua fuera recomendando a los hijos de tus electores para que les den algún destino, sin pararte a investigar si pueden desempeñarlo o hay que dejar cesante a un desgraciado que cumple con su obligación, influyendo para que adjudiquen ciertas marismas a uno que no tiene derecho a ellas, obligando al Tesoro a que pague a tus amigos créditos que no paga a otros acreedores más antiguos, solicitando el indulto para cualquier bribón que está merecidamente en presidio, etc., etc.... Tú, Jacinto, presumes de filósofo; pero en vez de retirarte del mundo para meditar sobre los grandes problemas metafísicos, paseas tus cabellos perfumados y tu monocle por todas las reuniones aristocráticas, cenas en el Ideal Room con las damas elegantes, asistes a las tertulias de los hombres políticos, aspiras a que te den un distrito, y mientras tanto aceptas la cruz de Isabel la Católica, te irritas y vociferas cuando hacen ministro a cualquier zascandil o cuando la prensa elogia a cualquier majadero. Yo había oído decir que los filósofos son los hombres que miran las pequeñeces de este mundo desde lo alto y con desdén superior... Y tú, Rivera, eres un poeta. ¿Qué vida poética haces? ¿Dónde están tus aventuras románticas? ¿Dónde están esos viajes por el Oriente sobre un camello? ¿Dónde están esas góndolas venecianas, y esas noches de luna, y esas dagas damasquinas? Te levantas tarde, generalmente; la patrona te sirve la consabida tortilla de finas hierbas y el conocido beefsteak con patatas; vienes al café, fumas dos tagarninas, dices algunas chirigotas; vas a la redacción y dices otras cuantas; después a comer los garbanzos soñadores; después, al café otra vez; luego, a escuchar una piececita en Lara o en Apolo, y a la cama. ¡Vaya una existencia bañada de luz y de color!
Quedamos estupefactos. Aquella inesperada y briosa acometida nos dejó callados y suspensos por algunos instantes. Olivares fué el primero que rompió el silencio.
—Venga esa mano, Corrales—dijo alargándole la suya—. Sea enhorabuena. Cuatro veces te has tirado a fondo, y las cuatro has tocado en el pecho. De hoy en adelante nadie podrá decir que no conoces la esgrima. Yo acepto la lección y te la agradezco; pero me vas a permitir que te diga una cosa, y es que lo mismo tú que nosotros somos unos infelices, porque las ideas que no se viven, sólo sirven, en último resultado, para escribir algún artículo.
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TENGO un amo, tengo un tirano que, a su capricho, me inspira pensamientos tristes o alegres, me hace confiado o receloso, sopla sobre mí huracanes de cólera o suaves brisas de benevolencia, me dicta unas veces palabras humildes, otras, bien soberbias. ¡Oh, qué bien agarrado me tiene con sus manos poderosas! Pero no me someto, y ésa es mi dicha. Le odio, y le persigo sin tregua noche y día. Él lo sabe, y me vigila. ¡Si algún día se descuidase!... ¡Con qué placer cortaría esta funesta comunicación que mi alma, que mi yo esencial mantiene con la oficina donde el déspota dicta sus órdenes! Quisiera ser libre, quisiera escapar a esos serviles emisarios suyos que se llaman nervios. Mientras ese momento llega, me esfuerzo en dominarlos. Los azoto con agua fría todas las mañanas, les envío oleadas de sangre roja por ver si los asfixio, y me desespero observando su increíble resistencia. Cuantos proyectos hermosos me trazo en la vida, tantos me desbaratan los indignos. He querido ser manso y humilde de corazón, y hasta pienso que empecé la carrera con buenos auspicios. Me pisaban los callos de los pies, y, en vez de soltar una fea interjección, sonreía dulcemente a mis verdugos; cuando alguno ensalzaba mis escritos, me confundía de rubor; sufría sin pestañear la lectura de un drama, si algún poeta era servido en propinármela; leía sin reirme las reseñas de las sesiones del Senado; ejecutaba, en fin, tales actos de abnegación y sacrificio, que me creía en el pináculo de la santidad. Mis ojos debían de brillar con el suave fulgor de los bienaventurados. Me sorprendía que tardara tanto en bajar un ángel a ponerme un nimbo sobre la cabeza y una vara de nardo en la mano. Pero, ¡oh dolor!, bastó que un oficial de peluquería me dijese con sonrisa impertinente que esta barba apostólica que gasto era cosa ya pasada de moda y cursi, para que le respondiese con denuestos gritando como un energúmeno, y estuviese a punto de arrancarle las tijeras de la mano y arrojarme sobre él como un lobo hambriento. Mi santidad se disipó en un instante como el humo. El tirano tuvo la culpa; el tirano, que aquel día, según mis noticias, tenía el estómago sucio. ¿Será necesario que el hombre, antes de decidirse a ser virtuoso, se mire la lengua al espejo?
Aun para los goces más honestos y más puros he necesitado contar siempre con mi amo. ¿Cuál más honesto y más sencillo goce que el de levantarse un día de madrugada, ir de paseo a los Cuatro Caminos y comer allí una tortilla presenciando la salida del sol? Pues bien: jamás me lo ha consentido el infame. Parecía natural que, siendo del temperamento de Satanás, su poder terminase a la entrada del templo. Tampoco es así. Muchas veces me he acercado al altar de Dios lleno de fe, con el corazón contrito, y a los pocos momentos, con el fútil pretexto de que le dolían las rodillas, o sentía debilidad, o le crispaban las muecas del monaguillo, me arrancó de allí a viva fuerza. Entonces me acordé de Jesús. También Nuestro Señor quiso someterse por nosotros al capricho del tirano; también sintió la cruel impresión de sus garras en el huerto de Getsemaní y en el Calvario. Este recuerdo endulza mi pena y humillación. Sin embargo, confieso que siento un placer maligno en darle de vez en cuando un susto. Cuando paso por el viaducto de la calle de Segovia, suelo decirle, guiñando un ojo: «Eres muy arrogante y te consideras bien seguro de tu poder; pero si yo quisiera en este momento, ¿eh?... Ya sabes...» Y el tirano, que es cobarde como todos los tiranos, se estremece y tiembla.
Hasta he pensado que si la misericordia de Dios, olvidando mis muchos pecados, me llamase a Sí después de la muerte y me diese a escoger un puesto en el cielo, yo le diría, confundido de temor y respeto: «Hágase siempre tu voluntad, Señor; pero, si es posible, no me des la naturaleza angélica, porque los ángeles tienen alas, y temo que un día me duela una de ellas y no pueda libremente volar hacia Ti, soberano Rey de los cielos.»
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MI padre acostumbraba a decir que las conciencias de los hombres eran tan diferentes como sus fisonomías. Yo tenía pocos años entonces, y no era capaz de discutir tal opinión. Ahora tengo muchos, y tampoco sé bien a qué atenerme.
Porque esta sencilla proposición arrastra consigo nada menos que el gran problema del bien y del mal. ¡Un grano de anís!
Si no existe la unidad de la conciencia en el género humano, dicho se está que la justicia, el honor, la caridad, son cosas convencionales que se hallan a merced de la opinión, que cambian con el transcurso de los años como cambian las mangas de las señoras, unas veces estrechas, otras, anchas. En otro tiempo era de moda el asesinato. Ahora ya no lo es. Quizás mañana vuelvan otra vez las mangas anchas.
Estoy seguro de que mi padre no se daba cuenta de las graves consecuencias metafísicas que sus palabras engendraban. De todos modos, no era hombre que emitiese sus opiniones en abstracto como un profesor de filosofía, sino que, invariablemente, las apoyaba en algún ejemplo bien concreto. Para sostener la proposición enunciada, tenía siempre a mano varios casos interesantes. Pero el que usaba más a menudo era el caso de don Robustiano.
Don Robustiano era un notario que vivía en la casa contigua a la nuestra; un hombre alto, anguloso, blanco ya como un carnero. A mi hermano y a mí nos inspiraba un terror loco. Jamás le habíamos visto sonreir. Tenía tres hijos de la misma edad, poco más o menos, que la nuestra, a los cuales trataba con despiadada severidad. Se decía que los azotaba con unas correas hasta hacerles saltar la sangre. En efecto, raro era el día en que no oíamos lamentos al través de la pared. Y una vez en que, por casualidad, me llevó uno de sus hijos hasta el cuarto de su padre, vi colgadas de un clavo las fatales disciplinas, que me hicieron dar un vuelco al corazón.
¡Qué diferencia entre aquel pálido demonio y mi buen padre, tan cariñoso, tan tierno, tan indulgente!
Mas el terror que inspiraba a todos los chicos de la población no era comparable al que infundía a los labriegos de los contornos. Así que se mentaba el nombre de don Robustiano, no había paisano que no quedase repentinamente serio, por alegre que se hallase.
Había motivo para ello.
Cuando había cerrado los ojos un labrador medianamente acomodado, si la partición no se hacía a puertas cerradas, y bien cerradas, esto es, si algún malaventurado heredero tenía la torpeza de no conformarse y daba lugar a que don Robustiano se presentase en la casa, ya podían todos ellos decir adiós a los mejores prados y tierras del difunto. Don Robustiano era el águila que caía sobre aquel rico vellón y lo arrebataba por los aires. Mejor, era el lobo hambriento que penetraba en la casa y no salía hasta saciarse.
De este modo y de otros había logrado hacerse considerablemente rico. Era dueño de bienes territoriales en casi todas las parroquias del contorno. Sus colonos, modelos de exactitud en el pago. ¿Quién sería osado a no pagarle la renta el mismo día que venciera?
Cuando algún tunante poseía una finca indebidamente, y su dueño legítimo se disponía a reclamársela, ya sabía que no tenía más que traspasarla por la mitad de su valor a don Robustiano, y el pleito quedaba segado en flor. No había en todo el partido judicial un valiente que se atreviese a pleitear con don Robustiano.
Aquel hombre exprimía a sus semejantes, como si fuesen manzanas, hasta la última gota. En cierta ocasión tuvo una idea feliz. Se le ocurrió vender todas sus propiedades a los mismos arrendatarios. No había que apurarse; se las pagarían en dos plazos: la mitad, de presente, la otra, a los cuatro años, con el rédito consiguiente. Los infelices cayeron en el lazo: buscaron dinero para pagar el primer plazo; pero al llegar el segundo, muchos de ellos, o se descuidaron, o no hallaron quien se lo diese, y don Robustiano se quedó otra vez con sus propiedades y con el dinero percibido. De este paso heroico salió con las costillas molidas cierta noche al retirarse a casa.
Otra vez oímos altas voces en la calle; nos asomamos al balcón y vimos a un hombre que salía de casa del escribano con las manos en la cabeza, gritando: «¡Oh, qué ladrón!, ¡oh, qué ladrón!» La gente se agolpó en torno suyo, le hacía preguntas; pero él, convulso, horrorizado, no sabía más que repetir: «¡Oh, qué ladrón!, ¡oh, qué ladrón!» Después supimos que era un hermano de don Robustiano, a quien éste había seducido para que pusiese a su nombre una finca heredada de sus padres con objeto de librarle de un embargo. Así que la vió a su nombre, se quedó con ella.
Sin embargo, ésta fué la única ocasión en que las hazañas de don Robustiano hicieron ruido en la calle. Generalmente, desollaba vivas a sus víctimas, o las asaba en parrilla, apagando cuidadosamente sus gritos. Era un hombre decoroso en todos los actos de su vida, decoroso en su marcha, en sus saludos, en su pechera almidonada y en sus botas de campana.
Para este hombre decoroso llegó, no obstante, el fin, como llega para todos los que tienen o no tienen decoro.
Un día fuimos sorprendidos con la noticia de que le iban a traer el Viático. No sabíamos que se hallaba enfermo. Verdad que nuestras relaciones de amistad no eran muy estrechas. A pesar de eso, mi padre se dispuso a recibir a Nuestro Señor a la puerta de la calle con un cirio en la mano, me hizo tomar otro, y le acompañamos hasta el cuarto mismo del moribundo.
Jamás olvidaré aquella espantosa visión. Don Robustiano, ordinariamente feo, pálido y anguloso, estaba ahora, a punto de dejar la vida, tan horrible, que recuerdo su figura como una pesadilla que no puede borrarse de la imaginación.
En torno suyo se hallaban su mujer y sus hijos y unos cuantos vecinos. Se incorporó con entereza para recibir la comunión, y dijo las oraciones con voz firme, sin asomo alguno de miedo. Cuando el sacerdote hubo partido, dijo, paseando su mirada siniestra por todos nosotros y fijándola después en sus hijos:
—Vais ahora a ver cómo muere un cristiano. Traedme ese crucifijo...
Se hizo como pedía, se abrazó al crucifijo de metal, y comenzó a repetir oraciones, unas en latín, otras en castellano. Al cabo de media hora dejó de pronunciar palabras, comenzó el estertor, y poco después expiró.
Yo estaba asombrado de no ver en torno suyo las consabidas sabandijas y alimañas de los cuadros que representan la muerte del pecador.
—¡Muere como un santo!, ¡muere como un santo!—oí murmurar a un vecino.
Y he aquí por qué mi padre sostenía que cada cual tiene una conciencia para su uso particular.
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EL sol se puso rojo. La negra, horrible nube se acercó, y las tinieblas invadieron el cielo, momentos antes sereno y transparente.
Entonces los camellos se arrodillaron, y los hombres se volvieron de espalda y se prosternaron también. Los caballos se acercaron temblando a los hombres, como buscando protección.
El furioso khamsin comenzó a soplar. No hay nada que resista al impetuoso torbellino. Las tiendas, sujetas al suelo con clavos de hierro, vuelan hechas jirones, y la arena azota las espaldas de los hombres; sus granos se clavan en los lomos de los cuadrúpedos, haciéndoles rugir de dolor.
Aguardaron con paciencia por espacio de dos horas, y la espantosa tromba se disipó. Entonces el sol volvió a lucir radiante; el aire adquirió una transparencia extraordinaria.
Los pacientes camellos se alzaron con alegría, los caballos relincharon de gozo, y los hombres lanzaron al aire sonoros hurras. Estaban salvados.
Habían salido de Río de Oro hacía algunos días, y, audaces exploradores, se lanzaron por el desierto líbico para alcanzar el país de los árabes tuariks. Les faltaba el agua; pero esperaban llegar aquel mismo día al gran oasis de Valatah. Así lo pensaba y lo prometía su guía Beni-Delim, un hombre desnudo de medio cuerpo arriba, de tez rojiza, nariz aguileña, cabellos crespos y mirada inteligente.
—¡Beni-Delim! ¡Beni-Delim! ¿Dónde está Beni-Delim?
Beni-Delim había desaparecido.
Entonces la consternación se pintó en todos los semblantes. El traidor había aprovechado los momentos de obscuridad y de pánico para huir, dejándolos en el desierto sin guía. Estaban perdidos.
El jefe de la expedición, un italiano hercúleo de facciones enérgicas y agraciadas, les gritó:
—¡No hay que acobardarse, amigos! Cuando ese miserable ha huído, el oasis no debe de estar lejos. ¡En marcha!
Caminaron todo aquel día, sufriendo horriblemente; pero la noche se llegó, y no había señales del oasis. Se tendieron sobre la arena silenciosos, esperando que el sueño les libraría por algunas horas de aquel tormento.
Cuando amaneció el jefe dió la orden de marcha. Algunos le dijeron:
—Pietro, déjanos aquí. No podemos más. Más vale morir de una vez que prolongar algunas horas nuestra agonía.
El italiano lanzó un juramento espantoso y les obligó a levantarse pinchándoles con su cuchillo.
Y volvieron a caminar jadeantes y silenciosos bajo un sol abrasador. Poco tiempo después un hombre cayó al suelo. El jefe le vió caer; pero siguió caminando como si no le hubiera visto; los demás hicieron como él. Una hora después cayó otro; luego, otros dos. La caravana seguía marchando, mejor dicho, seguía arrastrándose sobre la candente arena. El sol comenzaba a declinar. De pronto suena entre ellos un grito de alegría:
—¡Mirad! ¡El oasis!, ¡el oasis!
En efecto, el oasis se hallaba enfrente de ellos. No muy lejos se divisaban las crestas azuladas de sus montañas. Los exploradores se abrazan llorando de alegría.
—¡Animo, compañeros!—grita Pietro—.¡Un esfuerzo más, y estamos salvados!
Pero en aquel instante un hombre enjuto, de barba rala y canosa y ojos penetrantes revestidos de gafas, avanza algunos pasos sobre la arena, saca de su mochila unos gemelos de mar, y escruta el horizonte por todos lados. Era el sabio de la expedición.
—¡Esperad! ¡No os alegréis tan pronto, desgraciados! Eso que percibís no es el oasis, sino la imagen de las montañas que dejamos muy atrás. La capa de aire en contacto con la arena se hace, por el calor que ésta irradia, menos refractiva que las que están sobre ella. Los rayos de los objetos distantes, que caen oblicuamente sobre esta capa, no la atraviesan sino que resbalan antes de penetrarla, y se reflejan totalmente a lo alto. Ese fenómeno de espejismo ha sido fatal a muchos en el desierto.
Estas palabras alzaron un coro de lamentos e imprecaciones en la caravana. Pietro le enseña los puños, gritando:
—¡Maldito seas, sabio!, ¡maldito seas!—Y dirigiéndose a sus amigos, les dice:—Ya lo oís: no nos queda ninguna esperanza. Sepamos morir como hombres, y ya que tenemos en nuestras manos la carga de pólvora que puede librarnos de algunas horas de agonía, utilicémosla en nuestro provecho.
—¡Todavía no!—gritó una voz alegre.
Era un estudiante aficionado a la filosofía, que se había unido a ellos por el gusto de viajar y hacer observaciones psicológicas.
—Efectivamente—continuó—, allí no hay oasis: la ciencia lo demuestra. Mas ¿por qué abatirse? Caminad como si lo hubiera, y esa esperanza os sostendrá largo rato todavía. Durante algún tiempo viviréis consolados, no lo pasaréis del todo mal, y, ¡quién sabe!, tal vez, al cabo, tengamos la buena suerte de tropezar con una fuente.
Los exploradores quedaron un instante suspensos. El jefe dejó escapar una carcajada, y los demás le imitaron. Por algunos momentos reinó la alegría en aquella gente infeliz.
—¡Gracias, filósofo!—exclamó Pietro—. Gracias por el buen rato que nos has hecho pasar antes de morir.
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EL guapo Curro Vázquez, de tierra de Jaén, tuvo ocasión de comprobar estas palabras del filósofo americano hace ya bastantes años.
Curro Vázquez, aunque no tenía corazón, estaba enamorado. Es ésta una paradoja que se repite con frecuencia gracias a la confusión lamentable en que al Supremo Hacedor le plugo dejar lo físico y lo moral.
Pepita Montes, su novia, estaba completamente engañada respecto a él. Le veía joven, hermoso, sonriente, humilde, rendido; y de esto deducía que era un ángel sin alas. Le amó a despecho de sus padres, que apetecían para ella un labrador acomodado, y no un mísero dependiente de un chalán. Porque Curro era un pobrecito muchacho que hacía tiempo había tomado a su servicio Francisco Calderón, el famoso tratante de caballos de Andújar. Lo recogió, se puede decir, del arroyo cuando sólo tenía catorce o quince años, le hizo su criado, y últimamente había llegado a ser su hombre de confianza. Le pagaba con verdadera esplendidez, le hacía frecuentes regalos, y gustaba de que vistiese con elegancia y fuese bienquisto de las bellas.
Curro se aprovechaba de estas ventajas y las enamoraba, y las abandonaba después de enamorarlas. Mas al llegar a Pepita Montes, quedó preso de patas como una mosca en un panal de miel. ¿Cómo hacer para casarse con ella, dada la oposición violenta del bruto de su padre? Este era el objeto de sus meditaciones más profundas desde hacía tres o cuatro meses.
Al cabo de ellas, no pudo sacar otra cosa en limpio más que la necesidad imprescindible de hacerse rico, salir de su estado de criado más o menos retribuído, negociar por su cuenta, etc.
Cuando un hombre siente la necesidad imperiosa de hacerse rico pronto, y no tiene corazón, está expuesto a hacer lo que hizo Curro Vázquez.
Era una tarde lluviosa de primavera. Francisco Calderón y su criado regresaban de la feria de Córdoba y atravesaban la sierra sobre sus jacos, envueltos en capotes de agua. Calderón estaba de alegrísimo humor porque había vendido cinco caballos a buen precio. De vez en cuando desataba el zaque que llevaba pendiente del arzón de la silla, bien repleto de amontillado, bebía largamente, y daba de beber a Curro. Como la lluvia arreciase, y pasasen cerca de una concavidad de la peña, determinaron detenerse allí unos momentos y esperar a que escampase. Descendieron de sus monturas, guareciéndolas también del mejor modo posible. Curro desató su carabina de dos cañones y la puso cerca.
—¿Para qué has bajado la carabina?—le preguntó su amo sorprendido.
—Ya sabe usted que el Casares y su partida merodean por aquí.
—¡El Casares, el Casares!... El Casares merodea muy lejos de aquí, y en su vida se le ha ocurrido venir por estos sitios.
Calderón rió a carcajadas del miedo de su criado.
Se sentaron, y fumaron tranquilamente un cigarro. Cuando Curro tiró la colilla, se puso en pie, tomó la carabina, se la echó a la cara, y, apuntando a su amo, le dijo tranquilamente:
—Señor Francisco, prepárese usted a morir.
Calderón respondió que no le gustaban bromas con las armas de fuego.
—Rece usted el credo, señor Francisco.
—¿Qué estás diciendo?—exclamó tratando de alzarse. Un tiro en el pecho le hizo caer de espaldas.
—¡Me has matado, miserable!
—Todavía no; pero voy a hacerlo—profirió Curro avanzando hacia él.
—¡Asesino, a ti te matarán también!
—Si hubiese testigos, no lo dudo.
—Las burbujas del agua serán testigos de este... Otro tiro le cerró la boca para siempre.
Curro le registró los bolsillos, se apoderó de todo el dinero que llevaba, cargó de nuevo su carabina, montó a caballo y se alejó al galope.
Cuando hubo llegado a un sitio conveniente, se apeó de nuevo y enterró cuidadosamente el dinero, dejando señal para encontrarlo. Después atravesó su sombrero de un tiro, se descerrajó otro en la parte blanda del muslo, y se presentó en el primer pueblo con señales de terror. La partida del Casares los había sorprendido cuando descansaban y se disponían a emprender otra vez el camino. Él estaba ya montado, y gracias a eso había podido escapar. Su amo estaba aún a pie: no sabía si le habían matado: había oído muchos tiros: a él mismo le habían herido en su huída, etc.
Todo aquello dió que sospechar al juez, y, después de curado en el hospital, se le encarceló. Pero como no se le halló ningún dinero, y no había testigos, al cabo se le puso en libertad.
Pidió prestada una cantidad a un chalán de Sevilla, según dijo, y se puso a trabajar en el mismo trato que su amo, y comenzó a prosperar. Algo se murmuraba, y no faltaba quien sospechase la verdad; pero esto acontece muchas veces en los pueblos, sin que tenga transcendencia.
Y como, en realidad, ya no había motivo que justificase la oposición, el padre de Pepita Montes consintió al fin en la boda. Se celebró con pompa, y la esplendidez del novio concluyó de captarle la benevolencia pública.
El comercio marchó viento en popa. En poco tiempo Curro se hizo un chalán de importancia, porque era inteligente y activo; pero saciada su pasión bestial, fué con la hermosa Pepita lo que era en realidad, un perfecto infame. Sin motivo alguno, comenzó a maltratarla cruelmente de palabra y de obra.
La pobre niña soportó aquel cambio más sorprendida que indignada. Como estaba perdidamente enamorada de él, los cortos momentos de buen humor y de expansión conyugal la indemnizaban de sus amarguras.
Pero estos momentos fueron cada día más cortos, y la vida de Pepita se hizo al cabo insoportable. En uno de ellos pasó lo que sigue:
Curro había hecho una magnífica venta de un jaco. Había engañado como a un chino a un inglés. Estaba de alegrísimo temple, aunque el día fuese de los más tristes que pueden verse en la Andalucía, encapotado y lluvioso como si estuviésemos en Santiago de Galicia. Había hecho traer dos botellas de manzanilla, y habían almorzado, y habían retozado y charlado por los codos. Curro encendió un tabaco y vino a apoyarse en el alféizar de la ventana. Pepita, enternecida y mimosa, vino a apoyarse junto a él. Ambos, con los ojos brillantes y el rostro inflamado, miraban caer la lluvia pausadamente. Del techo de la casa corrían fuertes goteras, que formaban ampollitas en el pavimento de la calle.
Curro dejó escapar resoplando una risita burlona.
—¿De qué te ríes?—le preguntó su mujer.
—De nada—respondió con el mismo semblante risueño.
—Sí, sí, guasón; te estás riendo de mí.
Y al mismo tiempo le dió con mimo un pellizquito cariñoso.
—Escucha, Pepa—siguió él, riendo—. ¿Te parece que las burbujitas del agua pueden ser testigos en algún asunto?
—¡Qué ocurrencia!
—Pues el señor Francisco Calderón lo creía.
—¡El señor Francisco! ¿Qué tiene que ver aquí el señor Francisco?
—Sí; antes de rematarlo de un tiro me dijo que las burbujitas del agua serían los testigos que me acusaran.
—Debiste de haberlo presumido, hija. ¿Piensas que las monedas que están en el bolsillo de un hombre pasan al bolsillo de otro por sí mismas, como en las funciones de escamoteo?
Y, acometido de súbito e irresistible deseo de confesión, narró a su esposa el crimen con todos sus detalles.
La mujer estaba horrorizada; pero supo disimular su turbación. Por un lado el miedo, por otro la pasión frenética que aquel hombre todavía le inspiraba, lograron acallar los gritos de su conciencia. Curro describía la escena de su horrible crimen con la misma tranquilidad que si refiriese los incidentes de una cacería.
Transcurrieron los días, y Pepita hacía enormes esfuerzos por olvidar aquel terrible secreto, que semejaba para ella una pesadilla. Era imposible. Curro, por su parte, pesaroso de haberlo dejado escapar, la miraba receloso y sombrío. Un abismo parecía abierto entre los dos.
La cortísima afición que por ella conservaba se había huído con el temor. Llegó a aborrecerla cordialmente. Sin embargo, se abstuvo desde entonces de maltratarla.
Una noche, estando en la cama, sacó la navaja que tenía debajo de la almohada, le puso la punta en el cuello, y le dijo:
—Si se te escapa una palabra de aquello, puedes estar segura de que te siego el cuello como a una gallina.
Pepita no pensaba en semejante cosa.
Pero el odio hizo al cabo su tarea. Cierto día, por un pormenor insignificante de la comida, Curro se arrojó sobre su esposa, la apaleó bárbaramente, y tal vez hubiera acabado con su vida (lo que en el fondo de su alma sin duda deseaba), si la desgraciada no hubiera logrado escapar de sus manos, lanzándose a la calle y refugiándose en casa de su cuñado.
Este, al verla en tal estado, no pudo menos de exclamar:
—¡Pero ese bandido quería matarte!
—¡Sí; quería matarme, como al señor Francisco Calderón!
—¡Ah! ¿Le ha matado él?
—Sí, sí; le ha matado...
Y narró puntualmente la escena, tal como se la había descrito. Después quiso volverse atrás; pero ya no era tiempo. Su cuñado, que aborrecía de muerte a Curro, la dejó encerrada en su habitación y se fué desde allí a ver al juez.
Se le encarceló de nuevo.
El juez, cuyas sospechas, nunca desaparecidas, se trocaban ahora en certidumbre, trabajó el asunto con tanto celo y energía, que al fin le obligó a cantar de plano.
Algunos meses después subía al patíbulo en la plaza de Sevilla. Cuando se le puso al cuello la corbata fatal, murmuraba sin cesar:
—¡Las burbujas! ¡Las burbujas!
Los que le rodeaban creían que el terror le hacía desvariar.
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HAY horas para mí negras, amargas como la del huerto de Gethsemaní. Al contemplar la lucha incesante y cruel de todos los seres vivos, al tropezar dondequiera con la hostilidad y el egoísmo, me siento desfallecer como el Hijo del Hombre. Entonces, en este minuto aciago de desaliento y de duda, cuando miro caer pieza por pieza y derrumbarse ese mundo que la fe en Dios y el amor entre los hombres había levantado en mi conciencia, no me bastan los filósofos, no me bastan los poetas. Las palabras, por hermosas y concertadas que sean, no penetran en mi corazón. Quiero oír el acento de Dios, quiero ver su mano poderosa. Y me refugio en los conciertos de Weber o en las sinfonías de Beethoven, o bien corro al Museo y me coloco delante de los cuadros de Rafael y de Tiziano. Si esto no puedo, saco del armario un precioso grabado que allí guardo y representa un naufragio. Un buque de alto bordo, repleto de pasajeros, se va a pique por momentos. Los tripulantes, locos de terror, se encaraman por la borda sobre el aparejo y tratan de apoderarse todos al mismo tiempo de un bote salvavidas. Los más fuertes consiguen tocarlo ya con sus manos. Pero en aquel momento vacilan y vuelven la cabeza hacia un grupo de mujeres y niños que elevan hacia ellos sus débiles brazos suplicantes. Debajo de este admirable grabado hay estampadas en inglés las siguientes palabras:
«¡NIÑOS Y MUJERES, DELANTE!»
Es el grito generoso que se alza en aquel momento por encima de las olas y los vientos embravecidos. Es la voz que se escucha sobre esta pérfida y brutal Naturaleza, que nos tritura sin piedad, prometiéndonos la inmortalidad. Es nuestra carta de nobleza, rubricada por la mano de Dios.... Contra ella no hay Epicuros y Lucrecios que valgan. Este grito penetra en el fondo de mis entrañas como una revelación. Mi inteligencia se ilumina. Las piezas de aquel mundo derrumbado vuelven a juntarse. Mis ojos se llenan de lágrimas. Me siento repentinamente tranquilo, y, enjugando mi sudor de agonía, prosigo sereno el camino que el Cielo me ha trazado en este mundo.
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SI mi amigo Aldama no me hubiese animado con empeño, y al cabo no se hubiese brindado a acompañarme, nunca me atrevería a visitar al poeta Rojas, estoy seguro de ello. Envidio la osadía de esos mancebos que, apenas llegados a Madrid, llaman a la puerta de un grande hombre, le interrumpen cuando está tomando su chocolate, le dan la mano con toda franqueza y le asan con preguntas impertinentes. No era yo de ésos, no, aunque ardía en deseos de conocer a algunos.
En Madrid existían entonces, como ahora, muchos grandes hombres, pero yo no sentía curiosidad de conocerlos a todos, sino a tres o cuatro solamente. Y entre éstos, el poeta Rojas era el que más me fascinaba. Sus leyendas incomparables, sus versos fragantes y armoniosos me habían enloquecido. Sabía muchos de ellos de memoria, y me placía recitarlos a la cocinera cuando mi madre, aburrida, se marchaba a la cama... Es más, en las horas de estudio, cuando mi padre me veía absorto delante del libro de texto, yo estaba muy lejos con el pensamiento del libro de texto, porque componía versos imitando los de Rojas, y los apuntaba con lápiz en un papel que tenía para el caso oculto entre sus hojas.
Por eso cuando mi amigo Aldama tiró de la campanilla con la misma negligencia que si tirase de la de su casa, yo pensé desfallecer de emoción.
Salió a abrirnos una criada vieja que saludó a mi amigo como a antiguo conocido y nos pasó sin ceremonia al despacho del gran hombre. Era una pieza pequeña, triste, amueblada con refinada vulgaridad.
Paseé atónito la mirada por ella, y creí encontrarme en el escritorio de algún honrado almacenista de la calle de Toledo.
Pero salió Rojas del gabinete contiguo, y aquel pensamiento tétrico se desvaneció. No que apareciese vestido con gregüescos acuchillados, valona y sombrero de plumas; todo lo contrario. Vestía el poeta un chaquetón de color indefinible, gorra de paño y zapatillas suizas. Pero estos prosaicos atavíos quedaban ennoblecidos y sublimados por aquella cabeza de bardo medioeval que la naturaleza, secundada por el arte, habían asignado al poeta Rojas.
Nos acogió con exagerada alegría, abrazó a mi amigo Aldama estrechamente, y le dedicó una porción de piropos a propósito de sus últimos artículos en El Imparcial, de sus versos, de su elegante gabán y de su vistosa corbata. Porque el poeta Rojas había nacido para esparcir piropos por doquier, y cuando no podía echárselos a una náyade o a una ondina, se los echaba al primero que llamaba a su puerta.
Yo me sentía cohibido a pesar de todo, porque pensaba en las octavas reales y en los romances inimitables que aquel hombre del chaquetón y de la gorra había hecho. Poco a poco, sin embargo, los fuí olvidando, entré en confianza y perdí el miedo, de tal manera, que a la media hora de estar allí, sólo faltaba que le llamase Luisillo y le posase la mano sobre el hombro.
Pero él se encargó de recordármelos y anonadarme y volverme a la tímida admiración de mi adolescencia. Instado por Aldama, comenzó a recitarnos la leyenda de El encapuchado con una maestría en la dicción, con tal voz insinuante y armoniosa, que no podré olvidarlo mientras viva.
Aún no se hallaba a la mitad de la leyenda cuando hizo irrupción en la estancia una señora con los cabellos grises, más bien gruesa que delgada, más bien baja que alta, que debió ser hermosa en su tiempo. Nos hizo un saludo afectuoso inclinando la cabeza, y, pidiéndonos perdón al mismo tiempo, se encaró con el poeta, diciéndole:
—La Juanita se acaba de ir. Ha venido a decirme que aquella cocinera de que me ha hablado ya está colocada.
—Y ¿qué le vamos a hacer, hija?
—Es una verdadera contrariedad, porque, al parecer, era lo que nos convenía. Yo lo siento por ti.
—Pues no lo sientas; ya nos arreglaremos sin ella—repuso alegremente Rojas.
Y de nuevo cogió el hilo de su leyenda, y la terminó felizmente.
Su esposa, que le había escuchado más distraída que interesada, se despidió de nosotros cortésmente.
Entonces yo me atreví a suplicarle que nos recitara su famosa composición titulada La barca a pique. Lo mismo que él, me la sabía yo de memoria, pero quería tener el gusto y el honor de oirla de labios del mismo poeta que la había forjado. Cedió a ello amablemente. El que no haya oído recitar a Rojas La barca a pique, no sabe lo que es poesía ni música. Antes de terminarla, de nuevo entró en la estancia su esposa, esta vez sofocada, roja de emoción, casi saltándosele las lágrimas.
—Perdonen ustedes, señores, que les interrumpa... ¿Sabes lo que acaba de hacer la Mariana, Luis?... Pues ha roto una taza del juego de Sèvres que estaba sobre el aparador. Le había prohibido que tocase a esa porcelana, porque conozco sus manos; pero como es más testaruda que una mula, bastó que se lo prohibiese para que se empeñara en limpiarla.
—Vaya, no te sofoques, hija mía... ¿Qué se va a hacer?... No vale esa taza el disgusto que tú te tomas—respondió dulcemente Rojas.
Aldama y yo cambiamos una mirada de sorpresa y de burla. Rojas sorprendió esta mirada y, cuando su mujer hubo salido, nos dijo sonriendo:
—¡Qué mujer tan vulgar!, ¿verdad? Parece mentira que el poeta Rojas esté casado con ella.
—¡Don Luis!...—exclamó Aldama.
—No me lo nieguen ustedes: eso se estaban diciendo a sí mismos en este momento, y se lo comunicarían uno a otro en cuanto bajaran la escalera... No me sorprende. Pero es el caso que donde ustedes observan vulgaridad, yo veo encantadora inocencia; donde ustedes encuentran rudeza, yo encuentro graciosa espontaneidad; donde ustedes ven prosa, yo veo poesía... ¿Saben ustedes por qué? Pues por una razón muy sencilla, por la única que existe en el mundo para explicar todas las cosas buenas: porque la amo. Y como la amo, la comprendo. Adoro su increíble candidez, su ternura, sus cóleras infantiles, sus caprichos, hasta su indiferencia por el arte. Tal como era a los veinte años, lo es ahora que tiene sesenta. Como la amo, he penetrado su esencia angelical, y vivo unido a ella en perpetua y beata adoración. Para comprender cualquier cosa en este mundo, amigos míos, es necesario amarla. Sin amor, no hay comprensión, no hay inteligencia. Vosotros tenéis madres, que para vuestros amigos acaso aparecerán como seres vulgares; pero vosotros sabéis bien que no lo son. Y cuando vais de paseo con vuestro padre, que no ha escrito libros, ni dramas, ni poesías, ni siente la pasión del estudio como vosotros, camináis a su lado con más alegría que si fueseis con un sabio o con un poeta eminente, acogéis sus palabras con respeto, aprobáis sus observaciones, reís con sus chistes... ¿Quiénes son los equivocados, los que juzgan a nuestros padres y a nuestras esposas como seres insignificantes, limitados, indignos de parar la atención en ellos, o nosotros, que los veneramos y admiramos? Indudablemente, ellos. La esencia divina, la bondad y la belleza inmortales se hallan esparcidas por todos los seres humanos, y aquel se acerca más a Dios y participa de su inteligencia soberana, quien se une a sus criaturas con más amor... Nadie puede ahondar en una ciencia sin amarla; nadie puede descollar en las bellas artes sin ser su apasionado. Para ser devoto, es necesario amar la religión. Cuando yo leía el Camino de perfección de Santa Teresa, recuerdo que me pareció pueril aquel encargo que hace de no hablar ni oir hablar con desprecio de ninguna cosa que se refiera a la religión. Más tarde comprendí que estaba en lo cierto. No es posible ver el lado obscuro de una cosa y ligarse a ella de corazón. Cuando una mujer empieza a encontrar defectos a su marido, es que ya no le ama. Y, en realidad, ¿tenemos defectos los seres humanos?, me he preguntado muchas veces. ¿Es posible que las criaturas salgan malas de las manos de su Creador? El defecto, como la misma palabra indica, no es algo substancial, sino negativo; es un no ser. Nuestro verdadero ser, lo que hay de substancial en nosotros, es siempre bueno. Por eso, repito, el que ama a otro, es quien sabe lo que este otro es, quien penetra su esencia. O lo que es igual, el amor no quita el juicio como el vulgo supone, sino que lo da... Pero, sin darme cuenta de ello—añadió riendo y cambiando de tono—, les estoy espetando un sermoncito. ¡Menos mal que no es de pasión, sino de resurrección!... Vamos otra vez a La barca a pique.
Y don Luis de Rojas terminó de recitar su hermosa poesía. Pero yo le escuché distraído.
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