LA Tierra es un ángel: yo he leído eso en alguna parte—me decía el doctor Mediavilla cierta tarde paseando por la Moncloa—. ¡Ah!, sí, ya me acuerdo; era un filósofo alemán llamado Fechner quien lo afirmaba. Y en este momento estoy tentado a darle la razón. ¡Vea usted qué luz irisada se esparce por el cielo!, ¡qué transparencia en el aire!, ¡qué crestas azuladas aquellas del Guadarrama!, ¡qué dulce sosiego en toda la campiña! Considerando la Tierra como un ser cuyas vastas dimensiones exigen un plan de vida completamente distinto del nuestro, no ofrece duda su inmensa superioridad sobre nosotros. La Tierra no tiene piernas ni brazos: ¿para qué los necesita, puesto que posee ya dentro de sí todas aquellas cosas tras de las cuales nosotros corremos anhelantes? ¿Necesita de piernas para caminar con la espantosa velocidad de treinta kilómetros por segundo? No tiene ojos; pero sigue su camino por el espacio insondable sin extraviarse. Para llevar su preciosa carga en todos los momentos, en todas las estaciones—dice aquel ingenioso filósofo—, ¿qué forma podría ser más excelente que la suya, puesto que es al mismo tiempo el caballo, las ruedas y el carro? Hay que pensar en la belleza de este globo luminoso, cuya mitad alumbrada por el sol es azul, mientras la otra mitad se baña en la noche estrellada. Hay que pensar en esta cristalina esfera, que gira bañada en luz, como decía nuestro gran Espronceda; hay que pensar en sus aguas transparentes, en esos millones de luces y de sombras por las cuales los cielos se reflejan en los pliegues de sus montañas y en los repliegues de sus valles. Este globo sería un espectáculo sublime para quien lo viese de lejos. En él se encuentran a la vez todos los contrastes y todas las armonías; es decir, todo lo pintoresco, todo lo que puede producir la emoción estética, la desolación y la alegría, la riqueza, la frescura, los vívidos colores, los aromas delicados. Envuelta en su atmósfera azul y en sus nubes, como una desposada en su velo, la Tierra marcha por el espacio feliz y gloriosa como un ángel.
—Todo eso estaría muy bien—respondí—si la Tierra tuviera conciencia de sí misma.
—Y ¿por qué no ha de tenerla? No será una conciencia individual como la nuestra, pero la tendrá colectiva. Habituados nosotros a la relación y al choque con las conciencias individuales, y observando la unidad que en nuestro interior se ofrece, nos cuesta enorme trabajo suponer que existe otro género de conciencia. Y, sin embargo, a cada momento se nos presenta en la vida. ¿Por qué separamos en una sociedad la intención de ella de la de los individuos que la componen, y decimos, como aquel inglés, «la cabilda, mala; la canóniga, buena»? Y con la nación inglesa constantemente hacemos la misma distinción: decimos que los ingleses suelen ser hombres generosos, caritativos, rectos en su proceder, mientras Inglaterra es la más egoísta y pérfida de las naciones. Pero aún hay más; esta conciencia individual que en nosotros observamos, y de la cual estamos tan ufanos, acaso sea, en último término, también una conciencia colectiva; porque así como nuestro cuerpo se halla compuesto por innumerables células, que todas tienen su voluntad y su iniciativa, así nuestro espíritu puede haberse formado por la agregación de muchos espíritus. La experiencia parece que nos lo está diciendo. En el carácter de cada hombre se hallan unidos los rasgos del carácter de sus abuelos; en los instantes sucesivos de su vida parece que todos ellos van asomando la cabeza uno en pos de otro. Cada ser, según su importancia, tendrá una conciencia más o menos vasta. No negamos que una sociedad tiene su conciencia, que una nación la posee, pero nos irrita que se diga lo mismo de un planeta. Figurémonos que un ser inmensamente mayor que nuestra Tierra la haya venido observando desde que se desprendió del Sol en estado gaseoso, y la siga observando hasta que perezca, bien por virtud de una catástrofe, o porque la vida desaparezca de ella, y su materia, por incesante radiación, se pierda en el éter. Figurémonos que este ser guarda la misma relación con nosotros que un naturalista con un pequeño y efímero animal. Cuando nuestro planeta hubiera desaparecido, este ser, este gran naturalista, ¿no guardaría de él un recuerdo claro y preciso, como el pequeño naturalista lo guarda del pequeño animal? ¿No podría definir su carácter, sus tendencias, el lugar que ocupa en el escalafón de los seres, su grado de espiritualidad, sus cualidades y sus deficiencias? Las conciencias de los seres que existen dentro de nosotros forman nuestra conciencia, nuestras conciencias forman la conciencia de nuestra raza, las conciencias de nuestras razas forman la del planeta, las de los planetas forman la del sistema solar..., y así sucesivamente hasta llegar a la conciencia absoluta, que no puede ser otra que la del gran Universo. La constitución de este Universo es idéntica en toda su extensión. Así como en nosotros, no sólo cada sensación, sino cada conciencia de una sensación contribuye a formar una mayor conciencia que llamamos yo, así nuestras conciencias individuales contribuyen a formar la conciencia de nuestro país, la de nuestra raza, la de nuestro planeta.
—¿De modo que usted cree en el Absoluto de la filosofía alemana?
—Sí; yo creo en un absoluto, pero en un absoluto que pueda mascarse—repuso riendo—; no en un absoluto sobre el cual no se pueda hincar el diente. Es decir, que en materia de absolutos prefiero el sólido al gaseoso, y estoy más por el género inglés que por el alemán. Hago una excepción en favor de Fechner. Por lo menos, el absoluto ángel o animal de este filósofo tiene órganos, que somos todos los seres vivos, y siente y actúa por medio de ellos, mientras el otro, encerrado en sí mismo, como el Atman de los indios, deja transcurrir la eternidad pensando: «¡Si yo fuese varios!» Yo creo que el absoluto debe ser algo más rico, más sustancioso que esa abstracción indigente que nos ofrece, por lo común, el monismo idealista.
—Y dígame usted, doctor: ¿cómo estas experiencias psicológicas que residen en el interior de cada hombre se combinan para formar la experiencia psicológica de ese Absoluto?
Mediavilla soltó una carcajada.
—Veo, amigo Jiménez, que no se anda usted por las ramas, y que de golpe se lanza usted sobre la raíz del tronco... Confieso que eso no es tan claro como fuera de desear. La filosofía de lo absoluto explica la relación de nuestros espíritus con el espíritu eterno afirmando que nuestras experiencias psicológicas se combinan libremente y se separan de igual modo, guardando intacta su identidad. El Absoluto, dicen, crea el mundo por un acto de conocimiento indiviso y eterno. Existir es, pues, ser tales como él nos piensa. Nuestra existencia real es ésta; pero fuera de ella hay otra aparente, por la cual cada uno de nosotros aparece a sí mismo como distinto de los otros. Mas la creencia en esta vida aparente significa ignorancia: nosotros, en el fondo real de nuestro ser, formamos uno con el Absoluto, somos sus partes orgánicas, y no existimos sino en tanto que nos hallamos implicados en su ser. Los filósofos de lo Absoluto comparan esta ignorancia que nos aisla los unos de los otros, a la que un individuo experimenta sobre muchas de sus sensaciones que pasan para él inadvertidas por falta de atención. Estas sensaciones inadvertidas son con relación a nuestro espíritu individual lo que nuestros espíritus individuales son con relación al espíritu absoluto. También comparan nuestras existencias a las sílabas, a las palabras y a las proposiciones, que forman una frase gramatical cuyo verdadero sentido sólo comprende el que las pronuncia. Unos no son más que sílabas en la boca de Dios, otros, palabras, y otros, en fin, proposiciones; pero todos formamos parte del pensamiento eterno... Vea usted cómo pudiera explicarse igualmente la conciencia del planeta que habitamos con relación a nuestras conciencias individuales.
—Pero, doctor, si, como usted me acaba de decir, el Absoluto nos crea por un acto de conocimiento, y no tenemos otra existencia que la que nos comunica este acto, ¿cómo podemos existir de otro modo que como él nos conoce? Existir, en el caso presente, vale tanto como ser conocido. Ahora bien, nosotros nos conocemos de otro modo que como nos conoce el Absoluto, puesto que nos conocemos distintos, aislados... Luego existimos de otro modo. Me habla usted de sílabas y palabras cuyo sentido sólo conoce la persona que las pronuncia. Pero las sílabas y las palabras no se conocen a sí mismas como nosotros. Nosotros, que somos sus partes integrantes, nos hallamos agitados siempre por dudas, por inquietudes e ignorancias, y, sin embargo, él posee en toda la eternidad la ciencia y la calma. El Dios del cristianismo crea los seres proyectándolos fuera de sí, dotándoles de una substancia: por tanto, tienen existencia propia. Pero si estos seres sólo son objeto del pensamiento, sólo son reales para el espíritu que los piensa y en la manera que él los piensa, ¿cómo es posible que puedan vivir y pensar de otro modo que como él los piensa? «Es como si los personajes de una novela—dice un filósofo moderno—saliesen de las páginas del libro y se pusieran a caminar por el mundo y a vivir por su propia cuenta, fuera de la imaginación del autor.»
—Ya le he confesado a usted que el asunto no está claro, y que la solución del problema ofrece más de una dificultad. Sin embargo, estas dificultades no destruyen mi convicción de que debe ser así. Yo no puedo comprender ahora cómo sea posible que lo que es realmente uno sea efectivamente tantas cosas. Porque si nuestros espíritus finitos formasen, por ejemplo, mil millones de hechos, el ser omnisciente formaría con ellos un universo constituído por mil millones de hechos más uno. O hay que admitir un agente distinto de unificación, es decir, un Dios personal, lo cual para mí es absurdo. Pero debe ser así, lo repito. Si hallamos que una cosa debe ser necesaria, y es posible, no cabe duda que existe. El Absoluto, el gran Todo debe resolver estas dificultades que se nos presentan por vías secretas que le son peculiares y que nosotros no somos capaces de adivinar, ni aun de tratar de adivinar.
—¿Sabe usted, doctor, que no deja de ser cómoda esa manera de resolver los problemas? ¡Y luego se burlan ustedes de Bossuet porque, hablando de la predestinación, se contentaba con tener asidos los dos cabos, uno el de la libertad del hombre, otro el de la omnisciencia de Dios, sin saber dónde y cómo estaban unidos!
En aquel momento oímos no muy lejos el toque áspero de una corneta. Nos volvimos a la vez, y vimos a un guarda que nos invitaba a volver a la senda de donde, distraídos, sin duda, nos habíamos salido.
—¡La trompeta del juicio final!—exclamó Mediavilla riendo.
—Cuando suene de verdad esa trompeta—repuse yo bromeando también—, llegará el momento de que resolvamos de una vez estos problemas que tanto nos atormentan.
Mediavilla se puso serio, y dijo después de una larga pausa:
—Tengo la desgracia de no creer en otra vida.
—Pues yo tengo la felicidad de no creer en ésta.
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CUANDO un hombre habita en un pueblo de provincia y no tiene hijos y goza de algunos medios de fortuna, si hay Exposición Universal en París, ¿qué remedio le queda más que ir?
—¿Supongo, Jiménez, que dará usted una vuelta por la Exposición?
—¿Estará usted preparando la maleta, de seguro?
—¡Qué feliz es usted, don Angel!
—¿Qué me traerá usted de la Exposición, don Angel!
No pude resistir más, y me metí en el tren, y me planté en París. Yo no tenía deseo alguno de visitar la Exposición; las artes industriales no ejercen sobre mí gran influencia. Menos lo tenía aún de que me encajasen en un sexto piso, dentro de un cuarto con vistas a la bóveda celeste, chiquito, bajito de techo, calentito.
Así fué, no obstante, y afirmo, con la mano puesta sobre el corazón, que hubiera preferido la habitación amplia de mi casa que da sobre el jardín, mis siestas sobre el viejo sofá y mi chocolate elaborado a brazo con cacao superior.
Pero el hombre se debe a sus conciudadanos, y los míos me han exigido éste y otros sacrificios. Todos los días bajaba de aquel nido encumbrado a la llanura para trasladarme a la Exposición; ocho o diez kilómetros, que recorría unas veces a pie, otras en ómnibus.
Uno por uno iba inspeccionando todos aquellos pabellones que no despertaban en mí el menor interés. Una sala llenita, hasta el techo de botas de montar, luego otra de cables enrollados, en seguida otra de faroles de coche, y así sucesivamente.
Religiosamente las iba visitando, pues comprendía que ese era mi deber. ¿Cómo presentarme en el pueblo sin poder afirmar que había visto la instalación de frenos automáticos, o la de sopas italianas, etc., etc.?
El tedio se iba apoderando de mi corazón. Cuando, al llegar la noche, subía a mi cuarto y me dejaba caer rendido en la cama, sólo Dios sabe qué ideas negras cruzaban por mi cerebro. La existencia, vista al través de aquellas enormes instalaciones de abonos minerales o de ladrillos refractarios, me parecía, como a Schopenhauer, un monstruoso error de la Voluntad.
El viento que soplaba en mi sotabanco hacía aún más horrible mi situación. Toda la noche le oía zumbar, amenazando destruir los frágiles tabiques y lanzarme al espacio.
Por fin, cierta mañana, al despertarme, un instinto feroz de rebelión se apoderó de todo mi ser. Lancé un juramento terrible y exclamé en voz alta: «¡Hoy no he de ver ni los cables, ni los frenos, ni las sopas italianas, así me...!»
¡Silencio! El hombre dice a veces cosas muy feas cuando está solo y desesperado.
Me vestí y me acicalé lenta, muy lentamente, con esa rabia concentrada del hombre que quiere persuadirse a sí mismo de que es dueño y señor de su voluntad.
Bajé a la calle, y me puse a dar vueltas por los bulevares como el azotacalles más desocupado que hubiese en aquel momento en París. Mi actitud era la del que repentinamente vuelve la espalda a todos los deberes sociales, una actitud insolente, agresiva, una mirada que decía a los que cruzaban: «A mí, ¿qué?»
Sin embargo, el remordimiento bullía sofocado en mi alma, como un pájaro a quien se aprieta en la mano.
Entré en un café y pedí un ajenjo. ¿En qué otra bebida podía ahogar mejor mi amargura?
Por contraste, en una mesa contigua bebía leche a menudos sorbos, mojando de vez en cuando bizcochitos en ella, una linda francesita de nariz remangada, de frente estrecha, de ojos picarescos. A su lado había dos hombres canosos, uno de los cuales debía de ser su padre, a juzgar por el parecido que con ella guardaba. Los viejos charlaban animadamente sobre asuntos industriales. La niña se aburría horriblemente.
Ahora bien, cuando una francesita de nariz remangada se aburre, es capaz de mirar con interés a un esqueleto, si el esqueleto pertenece al sexo masculino. Por eso me miró a mí, que, a Dios gracias, aún no lo era.
Me sentí de pronto inflamado, pronto a morir por ella. Mi corazón, cerrado tantos días por la angustia y la impaciencia, se abrió como el cáliz de una flor al rayo de sol de la mañana. Algo extraño me corrió por la sangre, y todas mis tristezas huyeron, unas por la puerta, otras por la ventana, como diablos perseguidos con agua bendita.
Eran sus ojos quienes la esparcían, sus ojos dulces, rientes, en los cuales bebía gota a gota el néctar del amor. Discretamente los míos cantaban sus alabanzas, la ilusión de sus cabellos ondeados, la blancura de su rostro, el encanto de sus labios, la gracia picante de su naricita remangada. ¡Qué inteligencia animaba aquel semblante divino! Era perfecta, y ella lo sabía.
Pero no abusaba de su perfección. Satisfecha de sus ojos, de sus cabellos, de su naricita, entregaba todo ello a la admiración del extranjero, y se ingeniaba para hacerle feliz.
Posaba los labios en el borde del vaso, y, alzando al mismo tiempo sus ojos, me decía con ellos: «Ya sé, joven extranjero, que te complacería aplicar la boca a este mismo sitio para saber mis dulces secretos. No es mía la culpa si no puedes hacerlo.» Otras veces se aliñaba ligeramente los cabellos. «También sé que serías feliz jugando con estos rizos dorados, de los cuales vive en este momento suspendido tu corazón.» Otras, en fin, extendía su manecita blanca y delicada como un capullo de rosa, y la colocaba sobre el respaldo de una silla, muy cerquita de mí. «Te agradaría besar esta mano breve y tersa, ¿verdad? Pues bésala, joven extranjero, bésala con el pensamiento, ya que no puedes con los labios.»
Y yo la besaba obediente, la besaba una y otra vez con ardor, hasta que ella la retiraba al cabo, levemente ruborizada.
«¡Oh niña preciosa, de ojos picarescos, de naricita remangada; yo quisiera volar contigo allá lejos, donde florecen los claveles, bajo los bosques de tilos bañados de sol! Una casita blanca, una pradera que se extiende delante de ella, un arroyo cristalino que la circunda, las esquilas del ganado, el canto de los mirlos... ¡Ven, niña mía, ven!»
La niña se levantó, en efecto, pero no fué a mi conjuro, sino al de los dos viejos, que pagaron al mozo para irse.
Al cruzar por delante de mí retiré galantemente la silla, a fin de que pasase con toda comodidad. Sus ojos risueños me dirigieron una mirada, y sus labios murmuraron dulcemente:
—Merci, monsieur.
«¡Gracias, Señor!—murmuré yo también, elevando mi pensamiento al Cielo—. Esta niña se va, y no volveré a verla más, pero ya ha cumplido la misión que Tú la encomendaste.»
Sentí mi corazón bañado de frescura, penetrado de dulce sumisión. Todos mis deberes me parecieron fáciles de cumplir, y, llena mi alma de una santidad agradecida, salí a la calle y monté en el ómnibus para ver de nuevo los frenos automáticos y los cables enrollados.
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POR qué hablaban los espíritus libres del Arte? ¿Hay arte posible arrancando al artista la noción del bien y del mal? Si se exceptúan tal vez la escultura, las artes todas tienen por base esas telas de araña que se llaman Dios, alma, bien, verdad. La arquitectura sin religión no sería arte bella, sino de pura utilidad, una arquitectura de castor. La música, si quedase plenamente demostrado que no existe más mundo que el de los fenómenos, si no despertase en nuestra alma dulces y vagos presentimientos de otra patria, ¿ejercería encanto alguno? Una vez persuadidos, absolutamente persuadidos de que su influencia es puramente fisiológica, que no tiene otra finalidad que la de activar las funciones vitales por medio del ritmo, acelerando la digestión o la circulación de la sangre, huiríamos como de un veneno de la música de Beethoven. Buscaríamos algún wals de Strauss o un pasodoble de Chueca a título solamente de licor estomacal.
Y si consideramos el arte por excelencia, el arte de la poesía, no hallaremos en todas sus manifestaciones más que esa lucha profunda, desesperada, trágica y cómica a la vez, entre los ciegos apetitos de nuestra naturaleza animal y las aspiraciones elevadas de nuestro ser espiritual.
Figurémonos por un momento que los espíritus libres vencen en toda la línea. Queda absolutamente demostrado (de un modo indudable para todos los hombres, grandes y pequeños) que los llamados valores superiores, el Ser infinito y eterno, el bien y la verdad, son puros fantasmas, un síntoma de la vida declinante; el amor, la compasión, el sacrificio por los otros, enfermedades cerebrales que aparecen cuando los instintos sanos se debilitan. ¿Qué cantarán ya los poetas? ¿Dónde están los himnos, los dramas y las novelas? Excluída la lucha interior, la lucha del mundo moral, la tierra ofrecería un aspecto tan siniestro como monótono. Obrando sólo la voluntad de vivir o la voluntad de dominar, no pudiendo considerarse como cosas serias ni el amor, ni la lealtad, ni la abnegación, la trama de la vida, tan rica y hermosa, quedaría reducida a una serie de peripecias de orden material engendradas por la diferencia de fuerza.
Trasladémonos con la imaginación a esos tiempos amenos de la transmutación de valores. Ya no hay Dios, ni alma, ni compasión, ni moral, ni nada. No hay más que superhombres. Supongamos que éstos conservan todavía la antigualla del teatro (en algo se han de divertir). No sé a punto fijo si predomina el género grande o el chico, pero hay un género predominante. El cual, como acontece casi siempre, comienza a aburrir a los espíritus difíciles. Entonces a un truchimán teatral se le ocurre la feliz idea de exhumar (arreglándola, por supuesto) una obra de dos mil años de antigüedad, El rey Lear, de un tal Shakespeare. Los espectadores encuentran un poco burda, pero graciosa, la escena en que Lear reparte el reino entre sus hijas, y la aplauden. Es original la locura de aquel hombre, que desea ser amado a todo trance. Los caracteres de Goneril y de Regania, desembarazándose más tarde del loco de su padre, les parecen nobles, aunque vulgares. Cordelia es un personaje estúpido, que sirve, no obstante, para realzar la nobleza de sus hermanas. Pero la obra no tarda en aburrirles. La locura del rey se hace pesada. Sus imprecaciones a los elementos desencadenados hacen reir un momento, mas concluyen por fatigar. El auditorio se distrae; luego tose. Los reventadores taconean. Sin embargo, hay algo que logra interesarles. La escena en que Regania y Cornuailles arrancan los ojos al anciano Gloncester les cautiva. ¡Bravo!, ¡bravo! Jamás se ha expresado con más vigor la sagrada voluntad de potencia. El final les parece igualmente noble y grandioso. Todos aquellos asesinatos y envenenamientos son del mejor gusto moderno. Pero queda destruída su fuerza por la última escena, cuando Lear entra con su hija muerta entre los brazos. Un loco y una idiota no son personajes para cerrar dignamente el drama. Luego, aquel duque de Albania, personaje de extremada debilidad, apunta ideas de moralidad tan anticuadas, que no pueden menos de repugnar al noble auditorio. El rey Lear no tuvo un éxito lisonjero, pero se hizo seiscientas cincuenta y nueve veces. Cubrió los gastos y proporcionó algún dinero al arreglador, quien, por consejo de la crítica, suprimió la escena final.
Animado con esto, otro truchimán más arcaico desentierra una obra que no tiene dos mil años de antigüedad, sido cuatro mil: La Orestiada, de Esquilo. La primera parte, Agamenón, alcanzó éxito brillante. El parricidio de Clitenmestra agradó sobremanera. La segunda parte, Las Coéforas, agradó aún más. El parricidio de Orestes era aún más sangriento y conmovedor. Mas la tercera parte, Las Euménidas, ¡oh dolor!, vino al suelo con estrépito. Aquel hijo, después de hundir su puñal en el seno de la que le dió el ser, se ve acometido por los remordimientos, que revisten la forma de Furias. El auditorio, como es natural, se indignó. Un crítico decía al día siguiente:
«¿Cómo? ¿Qué antigualla nos ha desenterrado el señor López? Antes de llevar una obra a las tablas, aunque esté defendida por su alta antigüedad, debiera meditar si esa obra puede herir en lo vivo los sentimientos nobles de nuestra sociedad. Hay enfermedades tan repugnantes, que si en los libros se pueden describir, en la escena no se deben presentar. Quien ataque las bases de la noble moral de nuestros tiempos, no lo hará impunemente. Sentir remordimientos, no sólo es inmoral, sino indecente.»
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SI el ascetismo es consubstancial con el Cristianismo, o, en otros términos, si la mortificación del cuerpo es un derivado indeclinable del Evangelio, yo no soy capaz de decidirlo. Muchos católicos y otros que no lo son, como Schopenhauer y Tolstoi, lo afirman resueltamente; otros, como San Francisco de Sales, Fenelón, Dupanleup y el teólogo protestante Harnack, lo niegan. Hay pasajes en el Evangelio que parecen dar la razón a los primeros: «Si tu mano te hace pecar, córtala; si tu ojo te hace pecar, arráncalo.» «Anda, vende lo que posees y dalo a los pobres, y poseerás un tesoro en el Cielo.» «Si viene a Mí alguno y no aborrece a su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no podrá ser discípulo mío.»
Pero otras máximas de Jesús, las reglas de vida que daba a sus discípulos, y aun su propia vida, indican, por el contrario, que concedía poca importancia a la penitencia corporal: «Como Juan viniera sin comer ni beber, decían ellos: es un hombre endemoniado. El Hijo de Dios ha venido comiendo y bebiendo, y ellos dicen: éste es un tragón y un bebedor de vino.» Nuestro Señor sabía, pues, que se le juzgaba de este modo, y no le importaba. Parecía poner empeño en no distinguirse de los demás exteriormente y en huir del tipo del asceta tradicional. Visitaba a los ricos como a los pobres, asistía a banquetes y bodas, se dejaba perfumar con esencias olorosas. En suma, el Redentor no pedía a nadie que abandonase su estado; a todos pedía únicamente amor y abnegación.
Imposible negar, sin embargo, que la idea de la mortificación corporal va unida en la mente de una gran parte de los cristianos a la de la santidad, muy principalmente entre la gente indocta. Un santo para los obreros y campesinos significa siempre un hombre que se priva de comer y de beber, que duerme en el suelo y que se azota furiosamente. Por eso no sorprenderá a nadie que Pachón de la Quintana de Arriba profesase con toda su alma esta verdad, y que permaneciese dolorosamente sorprendido al observar cuán lejanos andaban de las instrucciones de Nuestro Señor Jesucristo muchos clérigos que él conocía, sobre todo, los canónigos de Oviedo.
La Quintana de Arriba no era una ciudad muy populosa; se componía de siete casas, la mejor de las cuales pertenecía a Pachón. Los siete vecinos vivían casi exclusivamente del pastoreo, porque en aquellas alturas la tierra no producía más que heno.
Pachón disponía lo menos de una docena de cabezas de ganado mayor y de algunas docenas de ovejas. No vivía mal; había en su casa borona para todo el año, judías, cecina y longaniza. Pero viviría mejor, seguramente, si no debiera pagar todos los años cinco fanegas de trigo al Cabildo catedral de Oviedo por el derecho de pastoreo que éste le concedía en aquellas tierras de su dominio.
La renta vencía a mediados de noviembre, pero Pachón la pagaba ordinariamente en diciembre, y la pagaba en dinero, no en especie, porque don Luis Barreiro, el canónigo administrador del Cabildo, así se lo consentía. Pedía el caballo prestado a Martinán, el tabernero de Entralgo, salía de madrugada de la Quintana, y tornaba a la noche con el bolsillo vacío y el corazón satisfecho.
¿Diremos que con el estómago repleto también? Sí, también podemos decirlo, porque doña Tomasa, el ama fiel del canónigo, jamás le dejaba comer solamente la pobre vitualla que traía para el caso. Le sentaba en la cocina con los demás criados, y gozaba como ellos de los relieves de la espléndida mesa del prebendado.
¡Y vaya si era espléndida! Allí el mero con guisantes, allí el salmón con salsa verde, allí la sopa con tropiezos de jamón, allí las perdices estofadas y la compota de peras de don Guindo y las manzanas de reineta. Pachón engullía como un lobo; pero no podía menos de pensar al mismo tiempo que la salvación de don Luis Barreiro era bastante problemática. Había oído exclamar en un sermón al capellán de Rivota: «Y vosotros, miserables glotones, ¿qué habéis de comer en el infierno?» ¡Pobre don Luis!
En cierta ocasión se descuidó algo más de la cuenta para restituirse a su casa: había tenido que hacer un encargo del señor cura de Lorío y otro del capitán de Entralgo. De tal suerte, que cuando vino a despedirse de doña Tomasa, ésta le dijo:
—Pero, criatura, ¿dónde vas ahora, si muy pronto obscurecerá, y tienes que andar siete leguas por esos malos caminos, de noche? Mejor será que te quedes a dormir aquí, y mañana salgas por la fresca.
Pachón no supo resistir a tan amable ofrecimiento, y se quedó.
Después de cenar, la misma doña Tomasa le puso una palmatoria en la mano, le llevó a un cuarto desocupado, y mostrándole una gran cama que allí había, le invitó a descansar.
—Esta es la cama donde duerme el señor magistral de Covadonga cuando viene a Oviedo. No tengo otra en este momento... ¡Pero que no lo sepa el amo, Pachón!
La cama estaba cubierta toda ella con una gran colcha de percal. Pachón no comprendió que era necesario despojarla de esta colcha y meterse entre sábanas. La contempló con admiración unos instantes, y se dejó caer sobre ella con alegría, con gratitud y con respeto. ¡Dios, qué blandura! ¡Si parecía hecha de manteca! Y se durmió como un santo.
Dos horas después se despertó, transido de frío. ¡Dios, qué frío hace aquí! Echó una mirada en torno, por ver si había algo con qué taparse, pero nada halló para el caso. Largo rato estuvo sin poder conciliar el sueño. La luz se hizo en su espíritu en estas horas de insomnio. De repente vió con admirable claridad cuán equivocado había estado al juzgar a los sacerdotes, y particularmente a los canónigos, por las apariencias. Verdad que comían bien y bebían según sus deseos; pero, ¡ay!, de sobra estaban compensados estos regalos con la penitencia que hacían por la noche.
Rezó un padrenuestro fervorosamente para que Dios le perdonase tanto malo pensamiento como había tenido, y trató de dormirse. Imposible. El frío arreciaba por momentos, y él no estaba acostumbrado, como el señor magistral de Covadonga, a estas terribles austeridades.
Nada, nada, no podía resistir más tiempo. Se levantó de la cama y, aunque era todavía noche bien cerrada, bajó a la cuadra con gran cautela para no despertar a nadie, aparejó el caballo, y se salió bonitamente de la casa del canónigo, emprendiendo el trote hacia Laviana. El remordimiento le seguía atenaceando.
Y sucedió que aquella noche Pachón se hallaba entre los suyos cenando alegremente al amor de la lumbre. No faltaba allí buen rescoldo de leña de haya, porque el monte estaba cerca, y los madreñeros, cuando tumbaban un árbol, apenas aprovechaban más que una parte del tronco, dejando lo demás para el que quisiera cogerlo. No faltaba tampoco un buen pote de berzas con tocino y sendas escudillas de leche. Pachón saboreaba estos regalos con mayor placer que nunca había sentido en su vida. Ya sabía a qué atenerse sobre los placeres del clero. ¡Cáspita si lo sabía!
Antes de irse a la cama quiso ver el estado del cielo. Abrió la media puerta superior de su cabaña, y un soplo húmedo y glacial le dió en el rostro. Hacía un tiempo horrible. Caía la nieve copiosamente, y el viento la arremolinaba formando torbellinos en la altura antes de caer sobre el valle. Si seguía unas cuantas horas así, los vecinos de la Quintana tendrían que hacer un agujero en la nieve para salir al día siguiente de sus casas. Pachón se apresuró a cerrar la puerta, y mientras la atrancaba dejó escapar un suspiro, exclamando:
—¡Pobrecitos canónigos, qué frío pasarán esta noche!
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MÁS de una vez me aconteció penetrar en la vieja catedral gótica a la caída de la tarde. Allá en el fondo hay una obscura capilla solitaria, y allá en el fondo un Cristo solitario abre sus brazos doloridos entre dos cirios que chisporrotean lúgubremente.
En pie frente a El, le contemplo, le imploro y muchas veces también le interrogo: «¿Quién te ha enseñado esas dulces palabras que salieron de tus labios? ¿Por qué te has dejado matar? ¿Por qué no has luchado, por qué no has herido y triunfado? ¿Eres Dios, o eres un iluso? ¿Por qué no has sido egoísta y vano y cruel como yo lo he sido?»
El me escucha y murmura palabras de consuelo, y algunas veces sus ojos se clavan en mí con severidad, y alguna vez me sonríen.
Una tarde, de rodillas, apoyé la frente sobre el pedestal de la cruz. Ignoro el tiempo que así estuve. Al cabo sentí que una mano se apoyaba sobre mi hombro. Alcé la cabeza, y vi la figura blanca y radiosa de un hombre por cuya frente corrían algunas gotas de sangre. El Cristo había desaparecido de la cruz.
—Sígueme—me dijo con voz que penetró hasta lo más profundo de mi corazón.
Al mismo tiempo, por detrás del altar surgieron otras figuras de hombres y mujeres, y en un momento se pobló la capilla. La capilla era pequeña, pero la muchedumbre era grande.
—Seguidme todos—dijo el Señor.
Y nos lanzamos a la puerta en pos de Él los que allí estábamos.
—¡Vamos al cielo!, ¡vamos al cielo!—oía murmurar a los que tenía cerca.
Salimos al campo. La luna bañaba con su luz tibia los árboles, las mieses, las praderas. La figura blanca del Cristo se destacaba más pura y más bella que la de la luna. Marchaba delante, y sus pies parecía que no tocaban la tierra. Cercanos a El caminaban algunos hombres y mujeres cuyas figuras creía reconocer. «Ese es Agustín, ése es Bernardo, ésa es Teresa», me decía. Pero tan cerca de El como éstos marchaban otros hombres y mujeres completamente desconocidos para el mundo.
La campiña era de plata; el cielo, de oro. Los árboles inclinaban sus penachos al paso del Señor, murmurando plegarias. El viento dormía. Nada se escuchaba, ni el ladrido de un perro, ni el canto de un gallo, ni el rumor lejano de la mar. La procesión caminaba en silencio.
Transponíamos las colinas, trasponíamos los valles. La campiña era cada vez más amena. Una brisa suave se alzaba del suelo cargada de aromas. Las rosas abrían sus cálices fragantes; las estrellas dejaban caer sobre ellos sus luces temblorosas.
Pero algunos íbamos quedando rezagados.
De vez en cuando el Señor se detenía, volvía su rostro hacia nosotros y nos hacía seña para que nos diéramos prisa. Los demás cumplen sus órdenes, pero yo cada vez voy quedando más atrás. El cansancio se apodera de mi cuerpo, y me place detenerme a menudo para contemplar la belleza de una flor, para escuchar el canto de un pájaro.
Voy quedando solo. Entonces me salen al encuentro hombres guerreros, de labios blasfemos, de ojos sarcásticos, que me cierran el camino. Lucho con ellos; logro vencerlos. La procesión se aleja, y pienso con horror que muy pronto la perderé de vista.
Pero el Señor no se olvida de mí. A menudo se detiene, se empina sobre sus divinos pies para verme, y, por encima de las cabezas de la muchedumbre, me insta con la mano para que camine.
—¡Maestro—le grité—, te sigo de lejos, pero te sigo!
Entonces una sonrisa bondadosa iluminó su rostro. El Señor sonreía de mi petulancia y me hizo con la cabeza un signo de aprobación, permitiéndome seguirle del modo que pudiera.
una barra decorativa
ERA yo en otro tiempo un furioso esteticista. La belleza fué mi guía, mi sostén, el único objetivo de mi vida; el mundo, una gran obra de arte en la cual el Alma Suprema se conoce y se goza. Nuestras almas, órganos de Ella, existen únicamente para la felicidad de esta contemplación. Goethe estaba en lo cierto. Nada hay en la existencia digno sino el culto de la belleza: nuestra educación debe ser esencialmente estética.
Así, juraba yo con fervor, como Heine, por Nuestra Señora de Milo, me descubría al pasar por delante de Las hilanderas de Velázquez, y recorría doscientas leguas para ver unos retratos de Franz Hals. Los campos y las montañas hacían mis delicias. ¡Oh felices excursiones a las más altas cimas cantábricas! Los ojos no se saciaban jamás ante aquellos panoramas espléndidos. El espectáculo de la mar me embriagaba, y el del cielo estrellado me causaba vértigos. Las horas se deslizaban divinas espiando el vaivén de las olas, los vivos cambiantes de sus volutas verdes, los destellos de sus crestas rumorosas. «¿Será posible—me decía—hartarse de contemplar el mar, de escuchar el canto del ruiseñor, de ver los cuadros de Velázquez y los mármoles helénicos?»
Pues bien, sí, me he hartado, me he hartado. En vano hago supremos esfuerzos de imaginación para representarme con toda su intensidad la belleza de los objetos, que tan viva emoción me causaba. Esta emoción no viene. Me coloco frente al mar, y me distraigo mirando el quitasol rojo de una inglesa que recorre descalza la playa: voy al Museo del Prado, y más que las madonnas de Rafael me interesan las niñas flacas que las están copiando: me siento a la orilla del arroyo, bajo los castaños frondosos, y me sorprendo al cabo de unos instantes limpiándome cuidadosamente el polvo de los pantalones: hace pocos días sentí náuseas escuchando un nocturno de Chopin que en tiempos lejanos me producía espasmos de placer.
Pasó el dichoso período de iniciación. El resorte se ha gastado. Cuanto he visto hasta ahora me deja indiferente y frío, no por otra razón sino porque lo he visto demasiadas veces. Me fatiga el mar, y los ríos, y las montañas, y los cuadros notables, y las mieses, y la primavera, y las bellas romanzas de las óperas, porque todo es igual, ¡siempre igual! Necesito otro arte; necesito una nueva Creación.
una barra decorativa
SOLÍA poner cátedra en un banco de piedra del paseo de la villa llamado el bombé, contiguo a la ría. En aquel banco y otros adyacentes se sentaban indefectiblemente por las tardes hasta una docena de indianos, que contemplaban fumando y silenciosos el escaso trajín del muelle, o bien departían animadamente narrando historias de sus años de comercio en las islas Antillas. Todos ellos habían estado en Cuba o Puerto Rico, y, unos más, otros menos, todos habían labrado un capital que disfrutaban holgando de aquella guisa. Eran hombres que pasaban, en general, de los cincuenta, fornidos, rechonchos, algunos apopléticos, con enormes cadenas de oro, para sujetar el reloj, pendientes del chaleco.
Pero el que solía llevar la palabra más a menudo entre ellos no era fornido ni rechoncho, sino un viejecito seco que se acercaría a los setenta, de nariz aguileña, finos labios descoloridos, ojos de duro mirar y espesas cejas ya canosas. Don Pancho Suárez, que así se llamaba, había llegado a la villa hacía más de veinte años con un buen capital, que había duplicado, al decir de sus compañeros, porque estaba soltero y era hombre de cortas necesidades y ahorrador. Muy respetado entre ellos por rico y por filósofo moralista.
Su filosofía era sencilla y expeditiva; su moral, fuerte y audaz. No una moral de mujer, sino una moral hecha para los hombres y comprendida por ellos solamente. Cuando don Pancho hablaba, los compadres se guiñaban el ojo y decían en voz baja: «¡Es fino el viejecito!; ¿verdad, amigo?»
Mi padre solía pasear por aquellos sitios en las horas de la tarde, y tenía gusto en llevarme y charlar conmigo de cosas serias, aunque yo no contase más de doce o catorce años de edad. Tal vez que otra se detenía delante del círculo de los indianos, los saludaba, y descansábamos un rato entre ellos.
Cuando nos aproximamos una tarde y tomamos asiento, don Pancho hablaba a sus compañeros de esta suerte:
—Yo he llegado a esta villa antes de cumplir los cuarenta años, con un capital de doscientos mil pesos. Vosotros habéis venido después de los cincuenta. No sé lo que habéis traído, ni me importa, pero habéis llegado viejos, y si os casasteis con mujeres jóvenes, no fué por vuestra hermosa figura, sino por vuestro repleto bolsillo. A mí me hubiera querido cualquier muchacha sin dinero cuando desembarqué en Cádiz.
—Don Pancho, usted debía de ser lindo cuando joven—apuntó melosamente uno de los tertulios.
—¿Lindo? Cuando tenía veinticinco años, mi cara era la de un querubín—respondió gravemente el viejo.
Y siguió de esta manera:
—Pero yo siempre me he dicho: ¿por qué partir lo que está entero? Cuando seamos más, tocaremos a menos. Más barato me saldrá tirar los calcetines cuando estén rotos, que no poner sombrero y pendientes a una señora que me los zurza. Luego la botica, las comadres, la escuela del niño... Nada, nada, bien se está San Pedro en Roma... Pero si no llegasteis como yo, fué por vuestra culpa. Lo que se hace en un año, se puede hacer en once meses si se aprieta un poco; y si se aprieta otro poco, en diez, o en nueve, o en ocho. La cuestión es arrear, y no ser asno para que le arreen los demás. Yo nunca admití zánganos en mi casa: el que a mí me ha servido, tenía que andar más listo que una rata y dormir con un ojo abierto. Todavía me acuerdo de un dependiente gallego que tuve cuando estaba establecido en Santa Clara. El buen hombre era listo, y en los primeros meses cumplió como ninguno, trabajaba como un camello; pero en cuanto se creyó asegurado, se hizo remolón. Yo le vi venir, y dije para mí: «¡No sabes con quién has tropezado, precioso!» Le dejé algunos días despacharse a su gusto, y una noche, cuando estaba en el primer sueño, fuí a su cuarto, le quité la ropa, que yo le había comprado, y le puse de patitas y en camisa en medio de la calle.
—¿En camisa?—exclamó uno.
—A las doce de la noche.
—¿Y no tenía usted miedo que se acatarrase, don Pancho?—preguntó otro soltando una carcajada.
—Sin duda, quería usted que no lo comiesen los mosquitos—dijo otro riendo también.
Don Pancho no replicó, y prosiguió gravemente de esta suerte:
—Las cataplasmas sirven, cuando le duelen a uno las muelas. A un hombre que no vale para el caso, se le echa a la basura como un trapo sucio. Si hubierais hecho como yo, y no hubierais andado en miramientos, antes habríais venido a disfrutar de vuestro trabajo. Todos vosotros recordaréis a aquel desdichado Perico Barrios, hijo del marqués de Santa Filomena. Había heredado un bonito capital, y lo deshizo prestando a este y al otro amigo, que estaban en un apuro. Regla general: cuando uno tiene dinero, los amigos están todos apurados. Ultimamente no le quedaba ya más que el ingenio de Chirivitas, y vino a mí para que le diese algún dinero sobre él. Se lo dí; lo gastó; vino otra vez; le dí más, lo gastó también. Al fin no tuve más remedio que quedarme con el ingenio. Pues este majadero, después que tiró la última peseta y anduvo rodando por todas las zahurdas de la población, llegó un día a mi casa medio desnudo y muerto de hambre a pedirme cinco pesos para comer. Yo le respondí que no estaba dispuesto a mantener vagos. El hombre se enfadó y hasta quiso ponerse un poco bravo, y me dijo que me había quedado con el ingenio por sesenta mil pesos y que valía más de cien mil, y otra porción de necedades. Yo llamé al criado, y le dije: «Anda, hijo, ve a buscar un guardia, que este sujeto se pone bravo, y no sé si viene a robarme.» Allí le vierais marchar echando por la boca espumarajos...
—Yo creo que el ingenio de Chirivitas valía, en efecto, más de cien mil pesos—manifestó uno.
—Sí que los valía—replicó don Pancho—; pero Dios no manda a nadie ser jumento. Si valía cien mil, ¿por qué lo soltó en sesenta mil? Porque era un mentecato, y cuando un hombre es un mentecato, debe dejar paso a los que no lo son. La finca era buena, pero estaba muy descuidada. La negrada, no tan mala como acostumbrada a la holganza y la buena vida. Perico Barrios tenía allí de mayordomo un pariente que poco le faltaba para dar bizcochos a los morenos y sentarlos a la mesa. En cuanto me hice cargo de la finca, comprendí que era necesario poner aquello en orden. Despedí a los mayorales y contraté otros dos, los más avispados que pude encontrar en todo el departamento. Uno de ellos, sobre todo, llamado Vicente, era fino, ¡fino!, que apetecía comérselo. Donde aquel hombre ponía el látigo ya se sabía que levantaba la piel. Un mozo simpático y gracioso. Mientras arreaba a la gente les improvisaba coplas que a ellos mismos les hacía reir. Recuerdo que solía mascullar con voz cavernosa: