Dijo el sabio Salomón,
con su música cantando:
El c... que quiere fuete,
por sí mismo lo está buscando.

»Y tras la copla venía... ¡el diluvio!

»—¡Por su madre, mayoral!—gritaba el negro.

»—Cada azote que te doy, le quito un día de purgatorio—respondía él.

»—¡Etá bueno ya, mayoral!

»—No está bueno todavía; te he de dar hasta que huelas a ajo.

»Con aquel hombre se podía ir a cualquier parte. Cuando llegó la época de la zafra, le llamé y le dije:

»—Vicente, es necesario que la primera caja de azúcar que salga para Nueva Orleans sea del ingenio de Chirivitas, aunque reventemos.

»—Pierda usted cuidao, mi amo; ninguna otra irá por delante.

»Y, en efecto, cumplió su palabra: despachamos una partida de cajas seis días antes que todos los demás ingenios de la isla. Habíamos calculado que enterraríamos seis u ocho hombres: enterramos diez. Pero, echadas las cuentas y descontadas estas pérdidas, me quedaron aquel año doce mil pesos limpios.

—¡No ha estado mal!—exclamó uno con admiración.

—¡Usted lo entiende, don Pancho!—exclamó otro.

Todos aplauden las palabras viriles y admiran el espíritu libre de aquel anciano.

Después de una pausa, uno de ellos preguntó, haciendo un guiño malicioso a sus compañeros:

—¿Y qué fué de aquella morena con quien usted estaba enredado últimamente, don Pancho?

—¿La Pepa?... La vendí a Manuel Rodríguez cuando me vine... ¡Lloraba la pobre que daba pena verla!

—Era una buena mujer, limpia y hacendosa, y le cuidaba a usted perfectamente.

—¡Ya lo creo que lo era! La hubiera traído si no fuese que aquí se hacía libre... Además, ya sabes que las negras asustan en España.

—Me parece que tenía usted dos hijos con ella.

—He tenido tres... Los vendí también, cuando me vine, a Rafael Alonso.

—Hombre, ¿los ha vendido usted a ese bruto?

—¡Qué quieres, amigo!—repuso don Pancho riendo—. Tenía prisa, y era necesario liquidar lo más pronto posible.

Mi padre se levantó y se despidió cortésmente, llevándome consigo.

Aquélla fué mi última cátedra de energía, porque desde entonces, cuando pasábamos por allí, no volvimos a sentarnos entre los indianos.

una barra decorativa

UNA MIRADA A LO ALTO

I

EN las primeras horas de la noche me place discurrir por las calles céntricas. Uno tras otro los arcos voltáicos se encienden, y mantienen a distancia las tinieblas que la huída del sol convida a descender. Los coches regresan del paseo, y los nobles brutos que los arrastran se muestran impacientes ante la muchedumbre que obstruye la vía.

¡Crepúsculo hermoso el de la gran ciudad! Que otros vayan a gozarse melancólicamente al bosque silencioso, y que miren al sol ocultarse detrás de los montes lejanos, y que escuchen con placer las esquilas del ganado y los dulces sones de la flauta pastoril; que corran a la playa desierta y se deleiten contemplando el romper de las olas espumosas. Yo gozo mirando las telas y las joyas deslumbrantes que se ostentan en los escaparates. Pero gozo más cuando alguna bella, desde lo alto de un coche, como una diosa sobre su trono móvil de seda, me lanza una mirada. ¡Avergonzaos, ricas telas, ocultaos, joyas deslumbrantes!; el sol, al partir, ha dejado en aquellos ojos toda su luz como en depósito sagrado.

Con tranquilo placer mis pasos errantes se deslizan por la calle. La muchedumbre se aprieta en torno mío. ¡Escuchad, escuchad esos gritos gozosos; ved esa larga fila de carruajes que llevan sobre sus ruedas la belleza, la juventud y la alegría de la villa! ¡Mirad a ese joven tembloroso que se acerca, embargado de emoción, al borde de la acera, y recoge al pasar la sonrisa de su amada y una señal de su mano adorada, de esa mano que él besa furtivamente cuando en el Retiro la dama de compañía se distrae..., o se hace la distraída! Mis canas me preservan ya de estos temblores, mas, ¡ay!, no puedo menos de acordarme de ellos.

El tumulto crece por momentos. Todo se agita, todo se mueve. Los caballos piafan de impaciencia, y las mamás, más impacientes aún, quisieran estar ya delante de la mesa, donde humea la sopa confortable. El río de la vida serpentea por las calles.

II

Súbito me lanzo sobre la plataforma de un tranvía que pasa. Este tranvía me conduce al extremo oriental de la ciudad. Doy unos cuantos pasos más, y me encuentro en plena campiña obscura y silenciosa. Mi alma se había alejado de mí en la agitación febril de la vida, y allí se acerca para decirme al oído algunas palabras misteriosas debajo de la gran bóveda estrellada. Me siento sobre una piedra, y mis ojos se pasean por el firmamento, escrutando sus profundos senos.

Allá va la Lira a ocultarse en las lejanías del Poniente. ¡Oh dulce Vega de inmarcesible luz; tú fuiste el astro virginal de mis ensueños infantiles! ¡Cuántas veces, al regresar a casa de la mano de mi padre, mis ojos se levantaban hacia ti! Tú me decías algo divino e inexplicable, mi pequeño corazón palpitaba, mi alma se llenaba de blanca claridad como la tuya, y algunas lágrimas temblaban en mis pupilas. Ahora con velocidad desciendes, arrastrada por tus corceles azulados, y pronto desaparecerás. Mi infancia, ¡ay!, largo tiempo ha que se ha ido. Pluguiera a Dios que al morir volase directamente a tí, y en alguno de los mundos que iluminas volviese a hallar los dulces sueños que me agitaban cogido de la mano de mi padre.

En lo alto del cenit brilla la hermosa Capella, la estrella de mi adolescencia. Esparce su luz tranquila sobre la tierra, y, vestida de rayos luminosos, lleva en su seno tesoros de amor. Mi frente pálida se alzaba hacia ti en otro tiempo bien lejano, y allí ansiaba ir con la niña de ojos azules, de cabellera de oro, que levantaba la punta de la cortina de su ventana cuando yo venía de mi cátedra con los libros debajo del brazo. Allí quisiera también ir cuando me muera.

Aldebarán famoso avanza con rapidez y despliega su cabellera resplandeciente entre las Hiadas. Su ojo fogoso placía a mi juventud, porque le prometía las emociones cambiantes y violentas que ansía un espíritu altanero. Yo amaba entonces las armas y la lucha, y soñaba con la corona del vencedor. Ardiente como tú, avanzaba por la vida arrebatado y sorprendido de mí mismo. ¿De dónde venía aquella embriaguez que me impulsaba a destruir y crear al mismo tiempo? ¿Por qué temblaba de ira, y un minuto después temblaba de amor? Quizás tú, desde lo alto del espacio, enviabas a mi alma esa divina inquietud, ese tormento delicioso que consumía mi corazón y lo hacía florecer. Entonces las crestas azuladas de los montes murmuraban alegrías para mí, los rumores del bosque y el silencio de la noche me infundían ansias locas de voluptuosidades desconocidas, ardores insensatos de amor y de muerte. Allí quisiera también ir.

Descansando sobre el horizonte, el gigante Orión, amo del cielo, ostenta con calma el tesoro de sus luces. Invencible y generoso Orión, tú fuiste la envidia de mi edad viril: a ti demandaba el valor y la abundancia, la paz y la sabiduría de que estaba sediento. Opulento y feliz, gozas de la afluencia gloriosa de tus astros, posees todos los bienes del cielo y conduces tu carro cargado de riquezas, alumbrando la obscuridad de los espacios insondables. Tú eres el primero entre los gigantes que cruzan el firmamento, y tus brazos poderosos se extienden a una distancia que la mente humana apenas puede imaginar. Naces y brillas en diferentes hogares, desarrollas tu inmortal poderío entre millones de globos, y, animado siempre del mismo vigor, eres el símbolo de lo que ha sido mi más constante anhelo en este mundo, eres el símbolo de la fuerza en el reposo.

Pero ya se huyó también mi edad viril. Mi frente fatigada se inclina hacia la madre tierra, mis fuerzas decaen, las luces de este mundo palidecen, mis ojos se preparan a dormir. ¿Qué debo esperar cuando despierte? Un sol mucho más grande, más santo, más luminoso que el que nos alumbra, un sol maestro de pureza que no ilumine la traición, que desvanezca la mentira, que acaricie al inocente y abrase al malvado, un sol de amor y de justicia cuyo aliento envíe a sus hijos una eterna primavera que derrita los hielos del egoísmo y de la envidia. ¡Helo allí ese sol en la región lejana enganchando ya sus corceles para subir! Debajo de Orión, el claro Sirio comienza a rasar con sus fuegos el horizonte. Allí quisiera ir, por fin.

III

Pero la noche agita ya sus alas rápidas, y a las sublimes emociones que me embargan sucede el gozoso recuerdo de mi hogar. Me levanto y busco de nuevo el tranvía, que me conduce rápidamente a él. Subo la escalera de mi casa y abro silenciosamente la puerta; entro en mi gabinete de trabajo, y en medio de él me detengo, contemplando con profundo sentimiento de piedad el retrato de mis padres. Voy al dormitorio de mi hijo, y le veo dormir, y escucho con placer el soplo sosegado de su pecho. Después me dirijo al comedor. Mi esposa inclina su dulce rostro infantil sobre la costura debajo de la lámpara. Por algunos momentos la contemplo en silencio. En ella reposa mi corazón, y la paz serena del amor me inunda de alegría en su presencia. Entonces me acuerdo de aquellos astros suspendidos en el espacio, donde mi espíritu ansiaba volar. Un estremecimiento de horror agita mi cuerpo. ¡Oh, no; no quiero peregrinar solo por esos mundos resplandecientes, no quiero pasar a vuestro lado, seres adorados, sin amaros, tal vez sin conoceros, no quiero otras vidas siderales, no quiero ser el favorito de los dioses! A vuestro lado he gozado horas felices que me envidiarían todas las estrellas del cielo. ¡O con vosotros, amados de mi alma, o a la negra fosa, y dormir allí para siempre!

una barra decorativa

TERAPÉUTICA DEL ODIO

ESTOY persuadido de que lo único que degrada realmente al hombre es el odio, porque es lo único que le hace retroceder velozmente hacia la fiera. El hombre experimenta al sentirlo el dolor por excelencia, el dolor de los dolores. ¡Como que es la ruina de todas sus ilusiones de grandeza, la pérdida de sus fueros más venerados!

El negocio más importante de nuestra vida debe ser, pues, desembarazarnos del odio. Cuanto trabajemos en este sentido, será ganancia para nuestra felicidad.

No basta que nos digan: «Ahí tenéis la religión, ahí tenéis los divinos preceptos del Evangelio. Ama a tu prójimo como a ti mismo, sé generoso, sé humilde, sé caritativo, y te desembarazarás del odio.» Esta es una petición de principio. Desembarázate del odio, y te desembarazarás del odio. Pero ¿cómo? He aquí el problema. Si se nos otorga lo que el Cristianismo llama la gracia, bien al nacer, o bien por un cambio brusco, por un verdadero cataclismo operado en nuestro espíritu, todo está resuelto. ¿Y si no se nos da? Debemos implorarla. Tal creo yo también; pero mientras llega, debemos empuñar todas las armas de que disponemos para combatir al enemigo de nuestra dicha.

Tampoco es suficiente apartar los obstáculos que se interponen entre nosotros y el amor, esto es, los pecados. Se puede vencer la avaricia, y la lujuria, y la gula, y, no obstante, por una disposición enfermiza de nuestra naturaleza, por una depresión invencible de nuestro sistema nervioso, sentir aversión hacia nuestros semejantes, herir y ser herido por ellos. Un hombre humilde y casto y sobrio y liberal, si no tiene los nervios bien equilibrados, cae con frecuencia en arrebatos, suspicacias, antipatías, recelos y rencores que aniquilan su paz interior y le hacen desgraciado. En el transcurso de mi vida he conocido bastantes hombres de recto y generoso corazón que no gozaban de paz interior. La misma religión se convierte en idea fija para las naturalezas débiles, y las hace caer en tristes aberraciones, en verdaderas pesadillas.

¿Cuáles son, pues, las armas que debemos empuñar para combatir el odio? Las que tenemos más al alcance de la mano: nuestras mismas pasiones. Si no podemos vencerlas y ser santos, debemos encauzarlas por medio del principio inteligente que en nosotros reside. Voy, pues, a proponer algunos recursos contra esta inmensa desgracia que los griegos, y nosotros con ellos, llamamos misantropía. Son los míos, son los que a mí me han servido. Antes de desdeñarlos, que cada cual los ensaye en sí mismo.

Lo primero que debemos hacer es observar nuestro carácter con atención e imparcialidad. Y así como para resolver una ecuación se simplifican los términos reduciendo unos a otros, de modo igual debemos esforzarnos en reducir nuestras pasiones a una sola: el orgullo. El orgullo es, en efecto, la cabal posesión de sí mismo, una absoluta confianza en el propio valer. Con un poco de perseverancia y astucia, lo mismo la vanidad que la ambición, la envidia, la ira, etc., pueden fundirse en aquella única pasión. El orgullo engendra legítimamente el desdén, y el desdén es un antídoto poderoso contra el odio.

¿Cómo? ¿Combatir el odio con el desprecio? Sí: simillia simillibus. Todo el mundo habrá observado que aquellos hombres llamados orgullosos, los que están íntimamente persuadidos, con razón o sin ella, de su excelencia y superioridad, son mucho más propensos a proteger que a odiar. ¿Nunca os ha posado el brazo sobre los hombros alguno de estos seres superiores y os ha protegido? Pues a mí sí, y confieso que nunca ha acaecido esto sin que me dijera: «¿Por qué no seré yo como este imbécil? ¿Por qué no he de tener, como él, completa, absoluta confianza en mí mismo?»

He aquí, pues, cómo el orgullo puede ser, si no remedio, un paliativo eficaz contra el odio. Gran parte de los hombres, para no ser aborrecida, necesita ser despreciada.

¡Pero este remedio es inmoral! El desprecio es una falta de caridad, es un pecado.

Despacio. La raza de los hombres, antes de ser moral, ha sido inmoral. Por tanto, las etapas del camino que el género humano ha seguido para pasar de la inmoralidad a la moralidad, no pueden llamarse con justicia inmorales. Son pasos necesarios, pasos trabajosos, donde la fiera primitiva ha ido limando sus dientes y sus uñas. Ni Zamora se hizo en una hora, ni la moral tampoco. Y como la historia de la Humanidad se reproduce infinitas veces en cada individuo (sentiré que esto pueda parecer una idea fija, pero yo la veo en todas partes), el hombre que por la gracia divina no haya tenido la dicha de nacer con moralidad, necesita conquistarla a costa de grandes esfuerzos, empleando para ello todos los recursos con que la Naturaleza le ha dotado. Históricamente, no ofrece duda que el sentimiento poderoso de la independencia, generador del desprecio de los demás, ha precedido al sentimiento de la caridad. No es necesario apelar a los griegos y romanos. El mismo pueblo de Israel no consideraba prójimo sino al compatriota, ni pensaba que Jehová pudiera proteger al extranjero. El pueblo elegido tenía el orgullo de sí mismo y de su Dios.

El orgullo nos hará solitarios. Otra condición inapreciable para no sentir odio. Petrarca y los que han seguido sus huellas en este punto consideraban la soledad como único remedio contra la misantropía. No hay que llegar a tanto; en muchos casos la soledad ejerce una acción deprimente. Mas tomada en dosis cortas y de un modo intermitente, puede contribuir con eficacia a mejorarnos.

El orgullo nos hará indiferentes a la simpatía y la antipatía de los demás. Es la mayor felicidad que puede proporcionarnos. Estoy íntimamente persuadido de que si cien veces sentimos odio, noventa y nueve será ocasionado por el secreto despecho de no haber logrado hacernos amables, o simpáticos, o respetables. Quien logra sobreponerse al fallo de los demás porque se tiene fallado ya a sí mismo con sentencia firme, vive exento de rencores. Si, pues, el orgullo es un pecado, no ofrece duda que es un pecado menor que el odio. En la necesidad imprescindible de elegir entre uno y otro, el más severo moralista no dejará de aconsejarnos que elijamos el primero.

Voy a proponer ahora otro remedio que nadie, seguramente, tachará de inmoral. No sólo no es inmoral, sino que es el principio y raíz de toda moralidad. ¡Como que es la esencia misma del Cristianismo! Me refiero a la piedad. ¿Qué es el Cristianismo, en su esencia, sino un estado de alma, una disposición perpetua a la piedad?

Si quieres no padecer la enfermedad del odio, compadece. Muchos fisiólogos modernos y filósofos tan grandes como Aristóteles y Espinosa aseguran que la piedad es un sentimiento deprimente. No hay que pensarlo. Todos los sedantes son deprimentes en cierto sentido, pero necesarios para que el dolor no aniquile el organismo. ¿Ves ese hombre que acaba de inferirte una ofensa o de robarte algún bien? Considéralo atentamente, examina las circunstancias de su vida, y te persuadirás de que no es feliz, sino un desgraciado como tú, acaso mucho más que tú. O es pobre y necesita luchar por la existencia, o su mujer le es infiel, o le martiriza con su carácter, o tiene un hijo díscolo o pródigo o enfermo, o él mismo padece una enfermedad crónica y dolorosa, o ha visto morir a los seres más queridos de su corazón, o ha experimentado graves quebrantos en su hacienda, o sufre, en fin, las mordeduras de su temperamento atrabiliario o de un carácter altanero y envidioso.

Y si, por rareza, nada de esto existiese, evoca con la imaginación la hora de su muerte. Míralo tendido en el lecho del dolor, tendido para siempre. El rostro amarillo, la nariz afilada, los ojos hundidos y aterrados. Comienza el estertor de la agonía. Dentro de un instante traspasará los umbrales de la muerte para no volver jamás. ¡Jamás! ¿No sientes en tu conciencia que aquel hombre merece compasión? ¿Qué ha ganado con haberte herido? Si disfrutó de los bienes de este mundo, en cambio, murió atormentado por la ambición, por el odio y por la envidia. Y si hay algo más allá de esta vida... ¡Oh!, entonces... ¡Pobre hombre!, ¡pobre hombre! Ninguno existe que, bien considerado, no merezca piedad. Y la piedad es el principio del amor, es el amor mismo. Si logras compadecer, toda tu saña se fundirá inmediatamente, como la nieve al influjo de un rayo de sol.

Tal es la cura antiséptica que propongo contra la úlcera del odio.

Recomiendo además la esponja empapada en agua fría al levantarse de la cama.

una barra decorativa

VIDA DE CANÓNIGO

LAS ideas de mi tío don Sebastián acerca del ascetismo de los canónigos eran mucho más decididas que las de Pachón de la Quintana de Arriba. Nada de vacilaciones en este punto: ya sabía a qué atenerse. Para él la imagen de un canónigo evocaba un sinfín de representaciones cómodas, deleitosas y suculentas.

No es extraño. Si se hablaba de un vino añejo bien confortable, le oía llamar «vino de canónigo»; si se trataba de un chocolate exquisito, «chocolate de canónigo»; si de un colchón blando y relleno, «colchón de canónigo»; etc.

Toda su vida había sentido una envidia ruin por el alto clero, y deploraba amargamente que su padre no le hubiese dedicado al estado eclesiástico, en vez de dejarle al frente del comercio de ferretería que tenían en la planta baja de la casa. Porque si le hubiese enviado al Seminario, tal vez a estas horas sería canónigo. ¿Por qué no? ¿No lo era su primo Gaspar, que pasaba por un zote en la escuela? ¡Y nada menos que arcediano de la santa iglesia catedral de León!

Verdad era que el trato que sus hermanas le daban no era a propósito para ahuyentar de su carne los apetitos concupiscentes. Eran feroces aquellas dos hermanas que su padre le había dejado con el comercio de ferretería. No se sabe si se habían propuesto hacerse ricas a costa de las susodichas carnes de su hermano, o es que pensaban con terror en la muerte de éste y en la necesidad de traspasar el comercio, o, ¡quién sabe!, tal vez en su matrimonio. Porque, si bien mi tío don Sebastián no había mostrado jamás veleidades matrimoniales el día menos pensado podía atraparle cualquier pelafustana. La mujer que se casa con un hombre que tiene dos hermanas solteronas, siempre es una pelafustana. De todas suertes, estas dos hermanas le escatimaban el pan, la carne y el vino, el betún para las botas, las toallas para secarse, y hasta el agua para lavarse.

Y así habían traspasado los tres la edad de cuarenta años. Don Sebastián, a quien la Naturaleza había dotado de un temperamento muelle y voluptuoso, se autorizaba cuando podía, a escondidas de aquellas dos fatales euménidas, algunos regalos. Un día se iba con don Hermenegildo, el piloto, al Moral para comerse una cesta de percebes y beberse algunos litros de sidra, otro se colaba bonitamente a las once en la tienda de la Cazana y tomaba una rosquilla rellena y media botella de vino de Rueda, o bien entraba por la tarde en el café Imperial y pedía un sorbete de fresa.

Pero de todos estos atentados tenían noticia al día siguiente las dos vírgenes agrias. Su policía era más exacta y más fiel que la del Sultán de Turquía. ¡Cielos, qué escándalo!, ¡qué pataleo!, ¡qué imprecaciones temerosas! En cierta ocasión, una de ellas llegó a darle un formidable escobazo en la cabeza.

De todos estos ultrajes supo vengarse bien y de una vez mi tío don Sebastián. No tenéis más que preguntarlo a cualquier viejo de la población, y os lo contará medio sofocado por la risa. El caso fué como sigue:

Un día subió don Sebastián de la tienda con una carta en la mano. Era del primo Gaspar. En ella le decía que se hallaba en Oviedo pasando una temporada con el señor obispo que, antes de ser preconizado, había sido su compañero y amigo íntimo en León; al mismo tiempo le hacía saber que en la diligencia del día siguiente iría a hacerles una visita y pasar un par de días con ellos.

La turbación que esta noticia produjo en las dos solteronas fué indescriptible. ¡Tener por huésped al arcediano de León, a un amigo íntimo del señor obispo, a cuya mesa se sentaba y a quien tuteaba en secreto, según se decía! Ya no se acordaban de aquel primo Gaspar a quien recosían los pantalones para que su madre no le zurrase la badana si llegaba con ellos rotos a casa y a quien habían dado bastantes pescozones llamándole animal. Para ellas ya no existía más que un personaje eminente rebosando de teología y respetabilidad.

Pasada la primer impresión de estupor, hizo explosión en ambas solteronas una cantidad imponente de actividad doméstica. Se quitaron el corsé, se liaron un pañuelo a la cabeza, y dieron comienzo por sí mismas a la limpieza y arreglo del «cuarto de respeto». La gran cama de palosanto, con pabellón y colcha de damasco encarnado, fué objeto de un minucioso reconocimiento. Se batió bien el colchón de miraguano y las almohadas de pluma, se le pusieron sábanas de fina batista, bordadas, que jamás de memoria de hombre habían salido del armario, y a su lado un hermoso tapiz que les había traído de Manila otro primo ya fallecido.

La criada fué expedida en diferentes direcciones. A la confitería de Nepomuceno, para encargar una tarta, mitad de almendra y borraja, a casa de Facunda, la pescadera, para que buscase algunas docenas de ostras y se las llevase a las once en punto de la mañana, a la fábrica de vidrios, para recabar de don Napoleón, el contramaestre, que saliese de madrugada a cazar unas arceas, etc., etc.

Mi tío don Sebastián seguía estos preparativos con respetuosa atención, pero sin osar emitir ninguna palabra. Bastaría la más corta frase para oirse llamar ganso, y no tenía deseo alguno de servir de pretexto a este símil zoológico.

Al día siguiente por la mañana se acicaló convenientemente, y a las once y media salió a esperar la diligencia de Oviedo, que llegaba siempre a las doce. La mesa estaba ya puesta; una mesa deslumbrante, con antigua y rica vajilla atestada de confites y frutas en almíbar. A las doce y cuarto llegó don Sebastián con la cabeza baja, diciendo que el primo Gaspar no había llegado en la diligencia de Oviedo. El abatimiento más profundo se pintó en el rostro de las dos hermanas. Transcurrieron algunos instantes de silencio doloroso. Al cabo, don Sebastián profirió con tono fúnebre:

—Yo pienso que habrá perdido la diligencia de la mañana. Seguramente, llegará en la de tarde...

Bastaron estas sencillas y razonables palabras para que sus dos hermanas se encarasen con él como dos fieras y le llamasen... ¿A qué decir cómo le llamaron?

De todos modos, no hubo más remedio que sentarse a la mesa y comer. Don Sebastián lo hizo lindamente. Sus hermanas charlaban como dos cotorronas que eran, haciendo sobre el caso los más disparatados comentarios. Él engullía en silencio, pausada y sabiamente, alegrando los bocados exquisitos con un trago de vino de las Navas. Después de los postres se levantó de la silla como si hubiese cumplido con un penoso deber, y salió, como siempre, para el Casino. Así que dió la vuelta a la esquina de la calle encendió un cigarro puro de los que había comprado para el arcediano y, chupándolo voluptuosamente, se fué a jugar su partida de tresillo.

En la diligencia de las siete tampoco llegó el canónigo. Don Sebastián comunicó la infausta nueva a sus hermanas con la misma cara que si les leyese la sentencia de muerte. La consternación les paralizó a todos la lengua. No hubo comentarios, no hubo protestas y lamentaciones. Un silencio funeral cayó sobre aquella afligida familia.

Pero la mesa estaba puesta. Salmón, arceas estofadas, riñones al jerez, pechuga de gallina a la besamela, compota de membrillo, bizcochos borrachos, fresas con crema. Don Sebastián dirigía miradas furtivas y ansiosas a tales riquezas. Las hermanas, presas de muda desesperación, no daban señales de acercarse a ellas.

—Vaya, vamos a cenar... De todos modos, el gasto está ya hecho...

Estas palabras provocaron una crisis de lágrimas, pasada la cual se sentaron los tres a la mesa. Ellas comían a la fuerza y exhalando suspiros dolorosos. Él comía con fuerza y absorbiendo tragos exquisitos.

Cuando se levantaron, don Sebastián se tambaleaba. El dolor suele producir estos efectos deprimentes. Para esparcirlo un poco, dijo que iba a dar una vuelta por el muelle. Cuando dobló la esquina volvió a encender otro de los magníficos habanos destinados al arcediano, y fué a sentarse en uno de los bancos del parque, donde se estuvo hasta que el fresquecillo le echó hacia casa.

Sus hermanas se habían encerrado ya en el dormitorio. La casa estaba silenciosa y triste, cual si se hallase bajo el peso de una desgracia.

Mi tío don Sebastián se desnudó lentamente pero, en vez de meterse en su cama, tomó la palmatoria en la mano, se asomó con ella al pasillo, y, después de cerciorarse de que nadie le veía salvó con gran sigilo la distancia que le separaba del «cuarto de respeto» y se deslizó dentro del gran lecho de palosanto.

¡Oh dulce y blando colchón!, ¡oh tiernas almohadas!, ¡oh sábanas finísimas!

Mi tío don Sebastián se sentía inundado de una felicidad celestial. Dió un soplo a la luz, cerró los ojos, y murmuró sonriendo a las tinieblas:

—Ya no me muero sin saber lo que es la vida de canónigo.

una barra decorativa

GLORIA Y OBSCURIDAD

ACAECE a los hombres que han gustado las dulzuras de la gloria lo mismo que a los que frecuentan las salas de juego. Éstos ya no encuentran en el mundo nada que les complazca, sino las fuertes emociones de ganar o perder dinero. Aquéllos ya no pueden vivir sino siendo a todas horas y por todos lisonjeados. Cuando las lisonjas no llegan, se va a buscarlas con mil artificios y violencias. Se adula a los seres más despreciables para obtenerlas; se urden intrigas; se hacen favores a aquellos a quienes se odia; se escuchan dramas soporíferos y se leen libros indigestos; se sube a las buhardillas y se baja a los sótanos; se practican todas las obras de misericordia sin misericordia. Se vive, últimamente, en un estado de perpetua inquietud y vigilancia. ¡Todo para cazar la gacetilla arrulladora!

Esta es la vida feliz que disfrutan la mayoría de los llamados grandes hombres. Voltaire, Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Castelar, no han llevado otra.

Y es que el manjar de la gloria tiene un sabor tan pronunciado, que quita el gusto a todos los demás platos.

  *    *    * 

Siempre y en todas partes la envidia se ha cebado en los hombres de verdadero mérito. Por lo cual ocurre preguntar: «¿Cómo es posible que los necios hayan visto tan claro, siendo necios, el mérito de los hombres superiores?» Solamente porque la envidia es una pasión que en vez de turbar el cerebro, como las otras, lo esclarece. Gracias a ella, cualquiera puede sin esfuerzo separar el oro del similor en los dominios de la inteligencia.

  *    *    * 

Sucede a los escritores muy agasajados de la prensa lo que a los niños mimados. Cuando se les deja solos o no se les hace caso, se afligen horriblemente. Éstos chillan como desesperados. Aquéllos se lanzan de nuevo a la publicidad, con la esperanza de llamar nuevamente la atención, y escriben la serie de fruslerías que todos conocemos.

  *    *    * 

Cuando un hombre aspira a elevarse, con razón o sin ella, sobre los demás, puede tener la seguridad de que se ha captado el odio de todos. Este odio, o se manifiesta brutalmente, o se disimula; pero el que tenga dotes de observador, lo percibirá en los más finos matices de la conversación. Unas veces se mostrará trayendo la plática a algún asunto donde no estéis fuertes o donde hayáis sufrido algún revés. Otras el interlocutor tratará de mostraros su superioridad en algún respecto. Otras afectará absoluta indiferencia por los asuntos que os ocupan, o aprovechará hábilmente la ocasión para manifestar su desprecio hacia aquellos que ejercen la misma profesión que vosotros. Por último, cuando no pueda de otro modo, verterá su gotita de hiel mirándoos con inquietud y fijeza:

—¡Hombre, me parece que está usted más delgado que la última vez que le he visto!

  *    *    * 

¡Cuán engañado vive el que imagina que por alejarse de los hombres y abandonarles la parte de botín, gloria o dinero que nos corresponde, se les aplaca! Si esto hacéis, todo el mundo se dará a pensar que es por un motivo secreto, que obedece a un plan estratégico para atacarles por otro lado y sacarles más ventaja. Y si al cabo de algunos años se convencen de que no existía tal plan, como vuestro desinterés o modestia os ha captado la estimación de una parte del público, todavía os odiarán mortalmente por este beneficio.

  *    *    * 

La gran dificultad que necesita vencer un literato novel es la de convencer a sus compañeros de que es tonto. Los guardianes de la república de las letras son desconfiados. A veces tardan años en reconocer la completa inepcia y poner el marchamo. Pero una vez puesto, las murallas se abaten, las montañas se allanan, los ríos quedan en seco, y el escritor, ostentando su preciosa contraseña, penetra en los jardines perfumados por la lisonja, escala los puestos más codiciados, y sigue su marcha triunfal escuchando los coros de los querubines de la prensa, que eternamente cantan sus alabanzas.

  *    *    * 

¿Por qué enfadarse cuando observamos la reputación inmerecida de un artista o de un escritor? Hay que comprender que la mayoría de los hombres es reata. Basta que un burro suene el cencerro para que los demás marchen detrás.

  *    *    * 

Se dice, generalmente con amargura, que la sociedad no recompensa a los poetas ni a los filósofos. ¿Por qué ha de recompensarles? Sólo merece recompensa la pena; y el trabajo de los poetas y filósofos es placer. Juzgo, pues, que están suficientemente recompensados con que se les deje cantar o disparatar.

Nunca he podido concebir que la filosofía, la poesía o el sacerdocio fuesen profesiones. Y de hecho no lo han sido nunca hasta los tiempos modernos. Todos ellos se han creído remunerados con el gozo que se procuraban y procuraban a los demás, con el renombre, con la aureola divina que les acompañaba a todas partes. Y si extendían la mano para recibir la dádiva del rico, era para sustentarse, no para adquirir comodidades que deben repugnar a un ser espiritual.

Admiro al sacerdote asceta, al que se lanza a remotos y mortíferos climas para iluminar las almas, al que entrega su capa al pobre y su vida al impío; pero me inspira desdén el que aguarda en la antesala de un poderoso para obtener una canonjía o una mitra. Me hace gozar el espectáculo de los rapsodas homéricos, de los trovadores de la Edad Media atravesando solitarios los campos para posarse lo mismo en los palacios que en las chozas, y cantar allí, y recibir solamente el preciso abrigo y sustento; pero me indignan aquellos que hacen de su musa una muñidora de elecciones y una buscona de destinos. Me entusiasman, por fin, los filósofos druidas recorriendo medio desnudos en el invierno los bosques de la Galia en busca del muérdago sagrado; pero no puedo comprender a los filósofos modernos recorriendo los Ministerios en busca de la nónima.

  *    *    * 

Hubo un santo que se fingía idiota para que se burlasen de él, y ganar de este modo un puesto en el cielo. El procedimiento me parece inmejorable para ganar también un puesto en la tierra.

  *    *    * 

El que vive en la obscuridad, aunque no consiga deshacerse enteramente de enemigos, les puede huir más fácilmente, porque son menos en número y menos encarnizados. El hombre famoso no puede: los tiene siempre delante de los ojos. Esta continua presencia excita sus nervios, le obliga a aborrecer, y concluye por desmoralizarle.

  *    *    * 

Sir Nicolás Bacon, padre del célebre filósofo de este nombre, hizo grabar sobre la puerta de su casa de campo esta divisa: Mediocria firma.

En efecto, sólo quien no aspira a sobresalir y renuncia a las ventajas materiales de poder y de riqueza, consigue dar un fundamento firme a su felicidad.

Lord Francis Bacon se encargó de comprobar bien tristemente la enseña paterna.

  *    *    * 

El amor a la soledad, cuando no se exagera, nos conviene, porque engendra la meditación, madre de todos los progresos. Cuando se lleva más allá de sus justos límites indica, si no aversión, por lo menos temor de los hombres, y el verdadero sabio «ni debe temer ni debe ser temido de los hombres», como se dice en el Bhagavad-Gita.

Huir de los hombres en el tiempo presente es casi imposible. No sólo necesitamos aniquilar para ello el instinto de sociabilidad que en todos existe; pero, dadas las condiciones en que ahora se desenvuelve la vida, casi todos los hombres, por su profesión, se ven obligados a relacionarse entre sí. Por otra parte, y esto es lo más importante, sólo en contacto con ellos se les puede hacer bien. Lejos, únicamente el escritor o el sabio.

No huyamos, pues, de ellos, pero guardémonos de despertar su envidia. Pasemos a su lado haciendo el menor ruido posible. Procuremos no ser presa apetitosa para su paladar. Debilitémonos sistemáticamente; soltemos las carnes para que su olor no despierte el apetito de la fiera.

Apenas existe en la Historia hombre elevado a un gran poderío que haya podido sostenerse hasta el fin. Los grandes conquistadores mueren en las batallas que les suscitan o en el destierro; los ricos perecen asesinados; los favoritos de los reyes suben al patíbulo. Aun aquellos que en la obscuridad disfrutan de cierto bienestar, que no se descuiden. Una ligera tentación de vanidad, un instante de desvanecimiento les puede costar enormemente caro.

Oid la historia triste del pobre Fargues. Fargues era un francés que había tomado parte activa y principal en los disturbios de la Fronde contra la Corte y el cardenal Mazarino durante la minoría de Luis XIV. No fué ahorcado, aunque no faltaron deseos de hacerlo. Su partido, aun temible, guardó su vida: fué comprendido en la amnistía. Temeroso, no obstante, de la venganza de la Corte, decidió retirarse al campo y pasar en la obscuridad el resto de su vida. Transcurrieron bastantes años, el cardenal Mazarino había fallecido; pero nuestro hombre, siguiendo los consejos de la prudencia, permanecía retirado. Vivía, pues, tranquilamente en su castillo, no muy lejos de Saint-Germain, al amparo y a la fe de la amnistía, cuando un suceso imprevisto vino a sacarle a luz. Acaeció que en una cacería en que tomaba parte el Rey, cuatro o cinco señores de los que le acompañaban, enardecidos en la persecución de una pieza, se extraviaron en el bosque. Cerró la noche, y se hallaron sin saber adónde dirigirse. Al fin divisan una luz, marchan hacia ella, y se encuentran con una casa de recreo; piden hospitalidad, y el dueño se la ofrece cortésmente. No se limita a esto, sino que los atiende con real esplendidez: exhibe su rica vajilla, su mesa bien provista, su excelente vino, sus lechos de pluma, etc. Los cortesanos quedaron sorprendidos, encantados, llenos de gratitud. Cuando al día siguiente regresan a Saint-Germain, refieren delante del Rey su aventura y se hacen lenguas de la amabilidad y esplendidez de su huésped.

—¿Cómo se llama?—pregunta el Rey.

—Fargues.

—¡Fargues, Fargues!... Me suena ese nombre.

No vuelve a decir otra palabra. Pasa a las habitaciones de la Reina madre; comprueba que el huésped de sus cortesanos es el antiguo y famoso revolucionario amnistiado, y se irrita grandemente de que viva tan cerca de su palacio. Llama al primer presidente, y le encarga que inquiera si, revolviendo los antiguos procesos de la Fronde y examinando la conducta de Fargues, se hallaría medio legal de castigar su insolencia de vivir tranquilo, feliz y opulento próximo a la Corte.

El primer presidente, cortesano ávido y rastrero, resuelve complacerle. Desentierra los procesos, y encuentra medio de complicar a Fargues en un asesinato cometido en París durante los disturbios. Se le prende, se le acusa. Él se defiende perfectamente, y alega además la amnistía concedida. No le valió de nada. Los nobles que había alojado en su casa hicieron toda clase de esfuerzos para salvarle. Todo fué inútil. Fargues fué condenado, y sus bienes confiscados en favor del presidente que dirigió el proceso. Un ligerísimo descuido, un poco de imprudencia o de vanidad bastó para que aquel anciano saliese de la tranquilidad y las comodidades de su casa para subir al patíbulo.

  *    *    * 

Luchamos con empeño por alcanzar la notoriedad, por hacernos populares, conocidos de la multitud. Y, sin embargo, ¿qué ventaja positiva nos ofrece esto? Cuando en otro tiempo tropezaba en mis paseos solitarios con algún hombre público, escritor famoso o magnate, y nuestras miradas se cruzaban, la superioridad estaba siempre de mi parte. Sus ojos, al clavarse en mí, no expresaban más que una vaga e impotente curiosidad. Los míos, en cambio, le decían: «Te conozco; sé tu historia; estoy al tanto de tus triunfos y de tus flaquezas, de tu talento y de tus ridiculeces, del origen de tu fortuna y de tus humillaciones domésticas. Tú, en cambio, nada, nada sabes de mí.»

  *    *    * 

No sólo las obras literarias despiertan mortal envidia. También las de cal y canto. Quien haya tenido medios y gusto de edificar una casa, o aun de reformar la que posee, habrá tropezado con los obstáculos pequeños o grandes que la envidia le opone.

Conocí en otro tiempo a un caballero de Madrid que iba a pasar los veranos en un pueblecillo de la costa septentrional de nuestra península. Transcurridos algunos años, cuando se hubo cerciorado de que el sitio le agradaba enteramente, de que el clima era sano y los habitantes honrados, se decidió a fabricar una mansión para pasar tranquila y dichosamente los últimos años de su vida. Compró terreno adecuado, y edificó un lindo hotel con todas las comodidades imaginables. En su frontispicio hizo esculpir, al estilo francés, esta inscripción: Mi reposo.

Apenas el marmolista había terminado de formar la leyenda, y como si el último golpe del martillo despertase enfurecido al Destino, un vecino le promovió pleito sobre luces. Interesóse el amor propio de nuestro caballero: se encendió más y más el pleito. El vecino tenía numerosos parientes y amigos, que tomaron parte por él: el forastero, influencia sobre los jueces. Hubo injurias y amenazas, y luego palos y pedradas, y hasta un desafío en que el forastero salió con la cara acuchillada.

Por último, después de tres o cuatro años de esta vida reposada, nuestro caballero se vió necesitado a malvender su finca y retirarse de nuevo a Madrid con el hígado enfermo y la cabeza llena de canas.

  *    *    * 

«Los autores se ven necesitados a empujar el carro de su propia fama», ha dicho el poeta Leopardi.

Es cierto, pero a condición de hacerse invisibles, que no sean caballo, sino electricidad.

  *    *    * 

Cuando un escritor principia a comerciar con su ingenio, no tarda en suspender los pagos.

  *    *    * 

Cuando se apura de un trago la copa de la gloria, suele subirse a la cabeza. A veces también produce vómitos. Pero si se la bebe a pequeños sorbos, conforta la existencia, y es fuente de alegría.

  *    *    * 

Los libros son como los hijos; se engendran con placer; luego dan disgustos: por fin amparan la vejez.

una barra decorativa

EL VIAJE DE LA MONJA

EL día de Santa Irene fuí a felicitar, como todos los años, a doña Irene, esposa de mi amigo Requejo. Es éste un médico militar retirado, alegre, bondadoso, gran jugador de tresillo. Doña Irene, una señora igualmente bondadosa, menos alegre y detestable jugadora de tresillo. Esto último era la única causa visible de divorcio que pudiera existir entre los cónyuges. Porque los dos viejos se amaban con pasión idolátrica, sobre todo desde que su única hija Rita les había abandonado para ingresar en la comunidad de las Hermanitas de los Pobres. Yo no gusto de estas niñas que dejan a sus padres ancianos para cuidar a otros ancianos que no son sus padres, pero la verdad me obliga a declarar que Ritita, a quien conocí desde su infancia, era una criatura angelical, tan dulce, tan inocente, que no parecía hecha para este mundo. ¿Por qué esta niña, alegre como su padre y tierna como su madre, se había decidido a hacerse religiosa? No por un desengaño de amor, como bastantes lo hacen, sino porque su alma pura ardía en caridad y ansia de sacrificio. La vida regalada al lado de sus padres, tan mimada por ellos y tan festejada por todos, inquietaba su conciencia. Un verano en que Requejo se trasladó con la familia a Vitoria, huyendo los calores de Madrid, la chica comenzó a frecuentar el asilo de ancianos, que estaba próximo a su casa, trabó amistad con las hermanas, tuvo ocasión de prestarles algunos servicios, y concluyó por ayudarlas en muchas de las tareas de su ministerio. A medida que penetraba más adentro en esta vida de caridad y de servidumbre voluntaria, su alma fervorosa iba gozando delicias ignoradas, transfigurábase su rostro, al decir de sus mismos padres, sus ojos brillaban con una luz celestial. Por fin, cierto día dejó una cartita sobre la mesa de noche de su papá, suplicándole, en términos humildes, que la permitiese ser hermanita de los pobres. Requejo montó en cólera, amenazó con hacer y acontecer, pero fué más fácil de pelar que la mamá. Ésta, con sus lágrimas y sus ataques nerviosos, logró parar el golpe. Regresaron a Madrid; Ritita pareció resignada, pero se la vió pronto triste, apática y notablemente descaecida en su rostro. Requejo se alarmó, tuvo una secreta conferencia con ella, y salió de la estancia exclamando:

—¡Haz lo que quieras! ¡Cada mujer no es más que un capricho con piernas y brazos!

Efectivamente, aquel verano fueron de nuevo a Vitoria, y allí se quedó nuestra Ritita, en el convento, tan gozosa, que a pesar de la mala alimentación y de su trabajosa vida, no tardó en ponerse gorda y colorada como una manzana. El buen Requejo sacudía la cabeza riendo, pero doña Irene no cesaba de verter lágrimas. Aquel rostro marchito, que lejos de ella se había vuelto sonrosado, le causaba celos y pena. Dos años hacía que la niña estaba en el convento, y sus padres habían pasado los dos veranos en Vitoria, cerca de ella.

Los esposos Requejo habitan un pisito confortable en la calle del Pez. Cuando entré en su casa, el marido se hallaba fuera. Recibióme doña Irene con su acostumbrada dulzura. Es una señora gruesa, apacible, que habla con extraordinaria lentitud. Sentados en dos butaquitas, uno frente a otro, en su gabinete, hablamos—¿de qué habíamos de hablar?—de Ritita. La pobre madre no tenía otra conversación.

—Verá usted, Jiménez, cuando mi marido me despertó esta mañana, salía de un sueño delicioso. Soñaba que mi Ritita abría la puerta de la alcoba y se acercaba a mi cama. Estaba preciosa con el hábito de monja, con su cofia blanca ceñida a la cara. Sonreía dulcemente, y acercándose a mí me echaba los brazos al cuello y me besaba con ternura. Yo, apretándola contra mi pecho, le pregunté: «¿Cómo estás aquí, hija mía?» Ella me respondió: «He venido a darte los días con permiso de la superiora.» No me sorprendió mucho, porque creía estar en Vitoria, y no en Madrid. En seguida me invitó a levantarme, y me ayudó a vestir como hacía en otro tiempo. Después me dijo: «Ahora voy a peinarte» (porque antes nadie me peinaba más que ella, ¿sabe usted?) «Pero, hija mía, ¡no podrás con el hábito!» «¡Oh, ya verás como sí!» Y quitándose la capa, y dejándola sobre una silla, me obligó a sentarme frente al espejo, y comenzó a peinarme riendo y charlando alegremente. Yo sentía palpitar mi corazón de gozo. Cuando terminó, me dijo: «Ahora me darás una batatita de Málaga escarchada, ¿verdad? No las he comido desde que tomé el hábito, pero hoy son tus días, y Dios me perdonará el exceso. Es la única golosina con que sueño alguna vez.» Fuí al comedor, le traje una bandeja de dulces, tomó una batata, bebió una copita de jerez, y sacando su relojito de acero, dijo: «Ya son las nueve; me voy.» Y tomó la capa de la silla y se la echó encima de los hombros. «Pero, hija, ¿te vas sin aguardar a tu papá?» «No puedo esperarle; no tengo permiso por más tiempo... Además, mamaíta, esta visita ha sido para ti, exclusivamente para ti.» Y abrazándome otra vez, me dió un sinfín de besos: luego, poniéndose de rodillas, me pidió la bendición, y salió de la alcoba, y todavía, teniendo alzado el portier con una mano, me tiraba besos con la otra... Al ruido que hizo la puerta me desperté. Era mi marido que entraba, y que se rió no poco con mi sueño...

—¡Ya lo creo que me he reído!—exclamó Requejo, que entraba en aquel instante, apretándome la mano—. No sabe usted qué cara de beatitud tenía esta mujer cuando entré a despertarla esta mañana. El placer y el dolor se reparten el mundo de los dormidos como el de los despiertos. ¿Vendrá usted a almorzar con nosotros?

Acepté la invitación. Al cabo de unos instantes nos trasladamos al comedor y nos sentamos a la mesa, bien provista y aderezada. Requejo, muy tolerante en los demás órdenes de la vida, se transforma en feroz intransigente así que se acerca a la cocina. Dió comienzo el almuerzo, y una vez más tuve ocasión de advertir y de interesarme por el contraste que ambos esposos ofrecían. El marido charlaba, gesticulaba, reía, gritaba sin cesar: la esposa hablaba con suavidad quejumbrosa, poniendo los ojos en blanco y elevándolos al cielo.

Antes de llegar a los postres, sonó el timbre de la puerta. La muchacha entró con una carta que doña Irene reconoció de lejos.

—¡Es de Ritita! ¡La esperaba!

Se apresuró a abrirla pidiéndome permiso, aunque su marido la representó que, por bien del apetito y la digestión, nunca deben abrirse las cartas mientras se come.

Doña Irene se puso roja leyendo la epístola de su hija, y, dejando el papel sobre la mesa, juntó las manos con ademán de asombro y alzó los ojos al cielo, exclamando:

—¡Lo estoy viendo y no lo creo!

Requejo tomó el pliego y se puso a leer, y el asombro también se pintó en su semblante.

—¡Vaya un caso extraño!... Tome; lea usted esa carta.

Y me la alargó por encima de la mesa. La carta decía como sigue:

«Mamaíta de mi alma: Mañana son tus días, y no quiero dejar de felicitarte; pero no me contento con hacerlo por carta. Mañana, después de misa, pediré permiso por una hora a la superiora y me trasladaré por los aires a Madrid; te iré a despertar, mamaíta, porque tú siempre has sido dormilona, te daré muchos, muchísimos besos, te ayudaré a vestir, y después te peinaré, como hacía siempre cuando estaba a tu lado, y charlaré y reiré hasta que te ponga alegre. Luego tú, en recompensa, me darás una batatita confitada; ¿verdad que me la darás? Y después de besarte mucho otra vez, sin que se entere papá, se vendrá por donde se ha ido tu hija más sumisa, que te quiere con todo su corazón en el Sagrado y Amoroso de Jesús Nuestro Señor,

»RITA

una barra decorativa

THEOTOCOS

FUÉ una criadita guipuzcoana quien me sugirió la idea de visitar el santuario de la Virgen de Aránzazu. Había nacido en sus cercanías, y en su infancia apacentó un rebaño de ovejas en aquellos montes. Cuando nos daba cuenta de su vida monótona, inocente, al pie de la mole de piedra que guarda la milagrosa imagen, su palabra sonaba dulce, intermitente, como las esquilas del ganado, me traía a la imaginación el amable sosiego y los aromas de la montaña.

—¿Nunca se te apareció la Virgen en alguna gruta, como a Bernardetta en Lourdes?—le pregunté yo con sonrisa de burla.

—¡Oh, no!... La Virgen a mí no quiere... Mala que soy—respondía ruborizándose.

¡Vaya si la quería! No tardó mucho tiempo en arrastrarla a un convento y hacerla fiel servidora de sus altares.

—Si alguna vez voy a tu país, te prometo visitar el santuario de Aránzazu y rezar una salve delante de la Virgen.

—¡Oh, señor!... Hágalo, hágalo...—exclamó con los ojos brillantes de alegría—. ¡Quién sabe! Usted verá algún milagro.

—Soy viejo ya para ver milagros—respondí con poca delicadeza.

—La Virgen es Madre de todos—replicó alzando con gravedad los ojos al cielo.

Pasaron algunos años. La casualidad me llevó un día a las montañas de Guipúzcoa, y en ellas me asaltó el recuerdo de la monjita guipuzcoana que había sido mi criada, y de la promesa que le había hecho. Amigo tanto como Rousseau de los campos y de las excursiones a pie, resolví ir a Aránzazu, no por la carretera, sino por trochas y senderos al través de los montes.

Cuando salí de Mondragón, poco después de almorzar, me hallaba en un estado de sobreexcitación intelectual y sensible que parecía alzarme considerablemente sobre mi ser normal. Lo que pensaba, pensábalo con sorprendente claridad; lo que sentía, penetraba en mi corazón con fuerza avasalladora. «Entre cada una de las horas de nuestra vida—dice Emerson—hay una diferencia de autoridad y de efecto subsiguiente. Nuestra fe nos ilumina por intervalos; nuestro vicio es habitual; sin embargo, hay en estos breves momentos tal profundidad, que nos vemos forzados a atribuirles más realidad que a todas las otras experiencias.»

Estaba en una de esas horas de interna iluminación. Fatigado de tanto y tanto voltear en los abismos de la metafísica, mi alma se inclinaba hacia la fe de Cristo. El Evangelio me aparecía con una nueva luz; los vulgares argumentos de la incredulidad antojábanseme tristes y ridículos: por milagro y favor de la Providencia, en plena madurez de juicio, cuando más sano me encontraba de cuerpo y de alma, volvía a creer como un niño.

Vigoroso y alegre, pues, como jamás lo estuviera, marchaba flanqueando las verdes cañadas que los montes formaban, procurando ganar la altura. Cuando tropezaba con un campesino, le preguntaba para cerciorarme del camino. El camino era largo, pero la tarde lo era también. Fiaba en mis piernas, y tenía seguridad de llegar al santuario antes del crepúsculo.

«¡Cómo reirían mis amigos del Ateneo—iba pensando—si ahora me viesen caminando como un peregrino para rezar una salve a la Virgen de Aránzazu! Podría responderles que Descartes, el padre de la moderna filosofía, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la Saleta, como acción de gracias, cuando terminó una de sus obras. Pero no; no les respondería nada.» Cuando somos felices, nos parecen locos los que argumentan contra nuestra felicidad. Yo era feliz creyendo en la Virgen María.

«¿Por qué asombrarse?—exclamaba en mis adentros—. ¿No ha dicho Goethe, con aplauso de todos, que el Eterno Femenino nos atrae al cielo? Pues el Catolicismo cristiano había expresado ya esto mismo, enseñándonos que la Virgen María nos conduce a Dios. El eterno femenino, que es la esencia de la pureza y la humildad, se halla en el corazón de la Santa Virgen elegida por Dios para madre del Verbo, y cuantas mujeres hay en el mundo puras y humildes llevan en su pecho un pedazo del corazón de María. Si Cristo es el alma de la religión, María es el perfume, es la perpetua revelación de una verdad que ha flotado siempre en el espíritu humano, a saber: que, en el Universo, la suprema piedad se identifica con la suprema justicia.»

Así marchaba distraído, envuelto en una nube de pensamientos suaves. Poco a poco, los caseríos iban haciéndose más raros: caminaba ya en plena montaña, y no encontraba más seres vivientes que los pájaros. Mi dulce monólogo proseguía. Me sentí cansado al fin, y me dejé caer sobre el césped. La ola de mis pensamientos piadosos crecía, me inundaba de dicha. Recordé la bella efigie de María Inmaculada que mi madre había colgado a la cabecera de mi lecho infantil, y sacando la cartera, tracé las siguientes palabras:

«Un estremecimiento de alegría corre por los cielos y la tierra. Los vientos se callan. Las nubes se arrebolan. Los hombres caen de rodillas. Por el ambiente se esparce aroma embriagador. De lo alto llega una armonía dulce y solemne.

»¿Qué pasa?

»Es que cruza la Virgen María. Legiones de ángeles la acompañan extasiados de dicha. Sobre su inmaculada frente brilla una corona, y todo su cuerpo va envuelto en radiosa luz.

»Pero sus oídos no escuchan las músicas celestiales, ni sus ojos ven más que al Eterno Padre, a quien se dirige. El Universo entero canta su gloria. Sólo Ella, en su profunda humildad, la ignora.»

 

Me levanto después, marcho algunos minutos, y me doy cuenta de que he perdido el camino, que no sé adónde dirigirme. La tarde declinaba velozmente, y si la noche me sorprendía en aquellos parajes corría riesgo de no reposar en lecho blando. «¡Qué importa!—me dije, sin la menor inquietud—. La Virgen me acompaña. Por ella dormiré con placer a la intemperie.»

Y, más alegre todavía que antes, prosigo mi marcha al través de la montaña. Al doblar un pequeño repecho vi una zagalita de catorce a quince años que se ocupaba en cortar ramaje para cama del ganado.

—Niña—le dije acercándome—, ¿cuál es el camino de Aránzazu?

Alzó sus ojos serenos y dulces y comenzó a hablarme en vascuence.

—No entiendo; no entiendo tu lenguaje.

De nuevo me habla en vascuence.

—No entiendo. Voy a Aránzazu.

—¡Ah! Bay, bay... Aránzazu.

Y cerrando su navajita, y guardándola en la faltriquera, me hizo seña de que la siguiese.

Me emparejé con ella y me puse a mirarla con curiosidad. Su perfil era de una pureza virginal, como muchas veces suele verse en las imágenes pintadas o esculpidas, aunque pocas en la realidad: llevaba un pañolito azul ciñendo al estilo vizcaíno sus cabellos rubios; camisa de lienzo tosco, y sobre ella, tapándole el pecho y la espalda, otro pañuelo de colores: la falda corta y los pies desnudos.

Yo la examinaba de reojo. Ella miraba al suelo. Intenté hablar otra vez, mas no siendo posible hacerme entender, me determiné a caminar en silencio. Pero aquel silencio me fascinaba, llenábame de una suave inquietud, sin que acertase a comprender por qué me hallaba tan gozoso y tan conmovido al mismo tiempo. Atravesamos bosques, donde ya comenzaba a estar obscuro, subimos por senderos escarpados y solitarios. Y aquella niña caminaba a mi lado confiada, segura, como si una legión de ángeles la guardase. Un respeto profundo se iba apoderando poco a poco de mí. El corazón me palpitaba fuertemente. ¿Qué pensamientos alados comenzaron entonces a revolotear en mi cerebro? Perdonad que no os lo diga.

Después de media hora de marcha, la zagala se apartó bruscamente de mí, subió un poco más arriba por la ladera y, extendiendo su brazo hacia una cruz que se divisaba a lo lejos, dijo solamente:

—Aránzazu.

Me encaminé hacia el santuario embargado por viva y extraña emoción, que estaba a punto de rendirme y hacerme caer al suelo. Mis labios murmuraban:

—¡Salve, Estrella de la mañana! ¡Salve, Madre Inmaculada!...

una barra decorativa

LAS DEFENSAS NATURALES

EL toro, ¿tiene cuernos para defenderse, o se defiende con los cuernos porque los tiene? Goethe se atiene a lo último, y con él casi todos los naturalistas. En cambio, los providencialistas creen lo primero. El asunto vale la pena de ser dilucidado, pero yo no tengo tiempo en este instante.

Lo único que diré es que no sólo nuestras cualidades, sino también nuestros defectos nos son útiles en algunas ocasiones.

Los animales todos utilizan los medios que poseen, fuertes o débiles, para la lucha con la Naturaleza animada o inanimada. El asno tira coces porque no tiene garras, el corzo utiliza sus pies ligeros para huir, el calamar su tinta para enturbiar el agua y ocultarse, y los insectos, que no poseen otro medio de defensa, se hacen los muertos.

Por eso, nada tiene de extraño, digan lo que quieran, que Morales haya utilizado en cierta ocasión la mala fama de que gozaba entre sus vecinos y conocimientos.

Era andaluz, y había llegado al pueblo en compañía de un ingeniero, sirviéndole de criado y de ayudante en sus trabajos de campo. Cuando el ingeniero partió de la comarca, Morales se quedó en ella. Logró que le hiciesen sobrestante en las obras de una carretera, luego fué destajista; ganó algún dinero. Pronto fué un hombre conocido y hasta importante entre el paisanaje. En diez leguas a la redonda no había quien bebiese, quien hablase ni quien mintiese tanto como él. Denunció una mina de carbón, y se asoció con un pequeño propietario del país para beneficiarla. Dos años después los trabajos quedaron interrumpidos y el propietario arruinado. Pero a Morales le vimos tan boyante después de la catástrofe. Compró un hermoso caballo de silla y comenzó a hacer una casa. Este fué el primer golpe serio que recibió su reputación.

No mucho después denunció otra mina de hierro. Hizo un viaje al extranjero, y volvió en compañía de dos blondos ingleses que venían a reconocerla antes de constituirse la sociedad que había de explotarla. Los ingleses eran expertos y la reconocieron con toda minuciosidad. Morales no era tan experto, pero logró engañarles. Los obreros que los acompañaban, amaestrados por él, llevaban en los bolsillos magníficos ejemplares de mineral de hierro. Cuando los ingleses les ordenaban arrancar en los diversos parajes de la mina algunos trozos, al entregarlos, sabían, como hábiles prestidigitadores, sustituirlos por los otros.

Sin embargo, aquellos extranjeros comenzaron a dudar de la buena fe de Morales, o porque advirtiesen sus procedimientos falaces, o porque algún traidor se los denunciase. Arrojaron los pedazos de mineral extraídos al río, y una mañana, ellos mismos, provistos de pico y azada, se dirigieron a la mina, arrancaron los trozos que juzgaron oportuno, los metieron en un saco, lo precintaron escrupulosamente y se lo llevaron a la fonda donde se alojaban. Morales se puso al habla con una de las criadas, le dió un billete de cinco duros, y pudo penetrar de noche en el cuarto donde se hallaba el saco encerrado. Lo descosió por debajo, sacó las piedras minerales, introdujo otras, y de nuevo lo cosió.

Cuando el saco llegó a Londres en compañía de los emisarios, y fué examinado por los técnicos su contenido, causó profunda admiración la riqueza de aquel mineral, y desde luego quedó constituída la sociedad que había de beneficiarlo. Se envió un director facultativo, y Morales fué nombrado administrador gerente.

Grandes preparativos, mucha maquinaria, planos inclinados, pequeñas vías férreas para la tracción, lavaderos, cargaderos, etc., etc. Todo esto duró más de un año. Cuando comenzaron los verdaderos trabajos de explotación no tardó en averiguarse que aquella mina se componía de pequeñas bolsas, y que si el mineral era rico en alguna de ellas, en la mayoría valía muy poco. El resultado fué que, algún tiempo después, la sociedad se vió necesitada a suspender los trabajos, y los ingleses se retiraron a su país con enormes pérdidas.

¿Perdió también Morales? Lejos de eso, se advirtió claramente que su fortuna había crecido como la espuma. Compró un coche con dos caballos, y vivía como un hombre opulento. Los campesinos tasaban su capital en más de cien mil duros. Es posible que no fuese tanto. De todos modos, con tal motivo, Morales fué considerado, no sólo en el pueblo, sino en toda la provincia, como uno de los hombres más inmorales que jamás se hubieran visto. Fué unánimemente aborrecido y despreciado, pero se le quitaba el sombrero de lejos.

Así vivió feliz y respetado en la apariencia algunos años. Pero las leyes morales, vulneradas por su homónimo, exigían una reparación, y al cabo se les fué otorgada. Nuestro flamante capitalista tenía un espíritu inquieto y ambicioso; no le bastaba el dulce bienestar que tan inmerecidamente disfrutaba: apetecía ser un millonario. Vió la ocasión de conseguirlo, quiso aprovecharla, y sucumbió.

A pocas leguas del pueblo donde habitaba existía un coto minero compuesto de varias pertenencias que aún se hallaban por explotar. Todo el mundo se hacía lenguas de aquel coto: se decía que eran las más ricas minas de carbón que había en la provincia: los ingenieros y capataces corroboraban este aserto. Morales supo que se hallaban a la venta y que sus propietarios las tasaban en quinientas mil pesetas. No tenía bastante dinero para comprarlas, pero se trasladó a la capital de la provincia, habló con Miranda y con Ulloa, los dos banqueros más ricos, les hizo ver claramente las ventajas del negocio, y después de repetidos viajes y conferencias se decidió que las comprarían entre los tres. Morales aportó doscientas mil pesetas, y ciento cincuenta mil cada uno de los banqueros.

Miranda y Ulloa no eran dos cándidas palomas. Si algún símil pudiéramos extraer para ellos del reino animal, más bien pudiéramos compararlos a dos zorros viejos. Así, que a todo el mundo sorprendió que se asociaran con aquel aventurero tan desacreditado y peligroso. Ellos sonreían bondadosamente cuando se hablaba del asunto, y respondían que Morales no era tan pícaro como la gente lo pintaba.

Sin embargo, no le concedieron la administración del negocio, como habían hecho los ingleses. Nombraron para este cargo a un yerno de Ulloa. Además, quedó estipulado en el contrato de sociedad que cada uno de los socios aportaría, para comenzar los gastos de explotación, cincuenta mil pesetas, y otras cincuenta mil en el caso de que los beneficios no bastaran a cubrir los gastos.

Ahora bien, setenta mil duros era todo el capital que poseía Morales. ¿Lo sabían Miranda y Ulloa? Hay que suponer que lo sabían. Porque, concluído el segundo dividendo pasivo, como las minas no diesen aún lo suficiente para cubrir los gastos de explotación, se negaron a facilitar más dinero y suspendieron las obras.

Morales se mesaba los cabellos. Aquello era un absurdo. Todos los técnicos afirmaban que no había otras minas más ricas en la cuenca carbonífera. Era seguro que antes de un año comenzarían a rendir enormes ganancias. Miranda sacudía la cabeza con un gesto escéptico.

—Desengáñese usted, Morales. Hemos hecho un mal negocio. Confesemos que nos hemos pasado de cándidos prestando confianza a los ingenieros. Los negocios parecen siempre bien sobre el papel, pero en el terreno son distintos. No hay más que cerrar el portamonedas, y a pensar en otra cosa.

¡Cerrar el portamonedas! Demasiado sabían Miranda y Ulloa que el portamonedas de Morales lo mismo podía estar ya abierto que cerrado. Pero aparentaban ignorarlo y le trataban como uno de sus pares, esto es, como un hombre que tuviese en reserva algunos millones. Si él quería proseguir la explotación por su cuenta, se celebraría entre ellos un nuevo contrato, y les daría por tonelada extraída el tanto por ciento que se conviniese.

Morales no quiso confesar su situación. Hipotecó la casa que había construido, y prosiguió durante un corto tiempo la explotación. Pidió dinero después en todas partes, y en todas partes le cerraron las puertas. Las obras quedaron al fin definitivamente en suspenso.

Entonces Miranda le llamó a su despacho, y en nombre suyo y en el de su compañero Ulloa le propuso... (¡Cuesta trabajo decirlo! Pocas veces se habrá visto en el mundo una burla tan escandalosa.) Le propuso comprarle su participación en las minas por la cantidad de ¡diez mil duros! Morales quiso arrojarse sobre él: los dependientes del banquero se lo impidieron. No pudieron estorbar que soltase por la boca todos los epítetos que la fantasía andaluza y su educación plebeya le sugirieron en aquel instante. Como había testigos, se le podía procesar por injuria; pero Miranda era un hombre práctico y frío. Prefirió esperar, y tomar una venganza más sabrosa. Después de todo, aquel desdichado tenía razón para enfadarse. Acababa de invertir, entre la compra y los trabajos, más de setenta mil duros.

Entonces comenzó para Morales una época bien aciaga. Sin dinero, sin reputación, sin amigos, pasaba la vida del uno al otro café del pueblo vociferando contra Ulloa y Miranda, narrando sus infamias. La gente le escuchaba guiñándose el ojo. Todo el mundo comprendía que aquel hombre había caído en un pozo. En cuanto volvía la espalda, soltaban a reir alegremente.

Descaeció notablemente en su aspecto físico. Andaba pálido, ojeroso, sucio, y últimamente empezó a darse a la bebida. Llegó a faltarle lo necesario para vivir, y apeló entonces a subterfugios y trampas que estuvieron a punto de dar con él en la cárcel. Si alguien le insinuaba la idea de que aceptase los diez mil duros que le ofrecían Miranda y Ulloa, ¡eran de oír sus blasfemias e imprecaciones!

Sin embargo, Ulloa y Miranda, cuando se les hablaba del asunto, dejaban escapar una risita burlona y mostraban completa seguridad de que no tardaría mucho en venir a ellos con el sombrero en la mano demandando las cincuenta mil pesetas.

Mas antes de que esto se realizase, llegó a la provincia un míster Burke, representante de una poderosa Compañía inglesa, acompañado de su secretario, llamado míster Smith, y recorrieron toda la cuenca carbonífera. Cuando lo hubieron hecho minuciosamente, decidieron comprar el coto de Santa Bárbara, que era el de nuestros asociados, y se presentaron a Miranda y Ulloa.