Miranda y Ulloa abrieron el ojo, presintiendo un buen negocio. Comenzaron negándose a enajenar las minas. Eran las mejores que existían en toda la provincia: no necesitaban decírselo, puesto que él mismo las había reconocido como tales por el hecho de gestionar su compra. Terminaron pidiendo por ellas tres millones de pesetas.

Hubo largas conferencias, consultas a la casa, regateos y amenazas de abandonarlo todo y marcharse. Ulloa y Miranda se mantuvieron firmes. Por fin, míster Burke aceptó el precio. Se convino en celebrar el contrato tres días después, cuando la casa hubiera girado el millón y medio de pesetas del primer plazo, pues había de pagarse en dos, uno de presente y otro a los seis meses.

Pero aquella misma tarde, antes que Ulloa y Miranda hubieran avisado a Morales (¡y lo hacían con harto dolor de su corazón!), míster Burke les llamó a la fonda, y con semblante hosco y en español chapurrado les dirigió este discurso:

Señores, tengo el sentimiento de anunciar a ustedes que nuestras negociaciones quedan definitivamente rotas. Acabo de enterarme casualmente de qué clase de persona es el socio que representa el cuarenta por ciento en la propiedad de las minas. La casa cuyos intereses gestiono no me perdonaría jamás el haberla rebajado hasta el punto de celebrar contratos con un hombre que sin escrúpulo alguno la arrastraría a un pleito o la molestaría por cuantos medios se le ocurrieran. Nosotros estamos acostumbrados a tratar con personas honorables, y desde el instante en que tenemos duda de la buena fe de alguna nos apartamos inmediatamente de ella. Aquí no hay duda ninguna. El socio de ustedes goza de una reputación pésima, se acumulan contra él cargos gravísimos. Lo que ha hecho hace tiempo con algunos compatriotas míos le hubiera imposibilitado, en cualquier otro país que no fuese España, para seguir habitando en él.

Ulloa y Miranda quedaron consternados. En vano trataron de demostrarle que, una vez celebrado el contrato, la casa nada podía temer de Morales. Míster Burke se hizo el sordo. Se hallaba resuelto a abandonar el negocio, con tanto más gusto, cuanto que las minas seguían pareciéndole carísimas.

Entonces los banqueros, en el colmo de la desesperación, le ofrecieron arreglar el asunto, quedándose ellos como únicos propietarios del coto de Santa Bárbara, si dilataba su marcha cuatro días. Míster Burke se lo otorgó. Le pidieron asimismo que no hablase con nadie del asunto durante estos cuatro días. Míster Burke se lo otorgó igualmente.

Enviaron acto continuo un emisario a Morales, con orden de traerle, si fuese necesario, por los pelos. No fué indispensable. Morales se presentó al día siguiente en el despacho de Miranda tan sucio y tan torvo como solía andar en los últimos tiempos. Miranda le acogió con sonrisa afectuosa y campechana.

—Vamos a ver, Morales, nos hemos enterado de que usted persiste en la idea de que Ulloa y yo hemos querido arruinarle intencionadamente, para aprovecharnos de su ruina y quedarnos con las minas por un pedazo de pan. Nos han dicho que en todas partes y ocasiones nos recrimina usted con palabras insultantes. Es preciso que esto concluya de una vez. Juzgamos el negocio malo, y hemos ofrecido a usted una cantidad que, en realidad, parece irrisoria. Tal vez nos hallemos equivocados, y el coto tenga un gran porvenir. El presente, bien lo sabe usted, no puede ser más desastroso. De todos modos, como usted ha hecho sacrificios enormes, y para arrancar a usted de la cabeza la idea de que hemos pretendido arruinarle, estamos dispuestos a sacrificar nuestros intereses entregando a usted la cantidad que por las minas ha dado; esto es, doscientas mil pesetas.

Morales permaneció silencioso y movió la cabeza lentamente, haciendo un signo negativo.

—¿No acepta usted?—preguntó Miranda con sorpresa.

El mismo silencio y el mismo signo negativo.

Hubo una pausa.

—¿Pues qué es lo que usted quiere por su parte en el coto?

—Dos millones de pesetas—repuso Morales en el tono más natural del mundo.

Miranda se puso pálido.

«Este bribón lo sabe todo», se dijo inmediatamente. Por unos segundos se miraron ambos a la cara en silencio y con los ojos muy abiertos.

—Si es broma, puede pasar—dijo al cabo el banquero riendo—. Ya sé que ustedes los andaluces las gastan muy alegres.

—Hablo en serio, don Rafaé; usted no sabe lo que son esas minas, don Rafaé—repuso Morales en tono candoroso—. Si usted supiese qué tesoro tenemos en ellas, no hubiera usted hecho lo que hizo, abandonar los trabajos y dejar que algunas galerías se viniesen abajo y las máquinas se echasen a perder. Yo estoy completamente seguro de que más tarde o más temprano ese coto nos ha de hacer ricos a todos.

Miranda le clavó una mirada penetrante, tratando de investigar si aquel sujeto se estaba burlando, o nada sabía de lo ocurrido.

El aspecto tranquilo, inocente, de Morales le aseguró, aunque no por completo.

—Vamos, no sea usted niño, Morales. Sólo con una imaginación tan exaltada como la que usted tiene se pueden concebir esas locas esperanzas. Deje usted la fantasía, vuelva a la razón, y acepte usted el negocio que le proponemos, porque si ahora lo rehusa, acaso no vuelva para usted la ocasión.

—Le repito, don Rafaé, que usted no sabe lo que son esas minas. ¡Hay que haber oído a los capataces!, ¡hay que haber visto trabajar a los mineros!... ¡Una seda!, ¡un tarro de manteca, don Rafaé!

Éste sacudía la cabeza riendo, como si se tratase de las palabras de un niño o de un loco.

De pronto el semblante de Morales cambió de expresión. Su frente se contrajo, sus ojos relampaguearon, su voz temblaba de indignación.

—¡Parece mentira, don Rafaé, parece mentira que usted y su compañero Ulloa sean dos personas apreciadas y respetables! ¡Después de haberme dejado en la miseria, después de haberme puesto entre la espada y la pared, ahora que Dios quiere sacarme de la ruina y hacerles a ustedes también un favor, todavía intentan ustedes engañarme miserablemente y despojarme de lo que me pertenece!... Que eso lo hiciese un petate como yo, podía pasar; ¡pero un senador!, ¡un millonario!

Miranda tenía la cara dura, pero así y todo le salieron los colores a la cara.

—Puesto que usted lo sabe todo—manifestó al cabo con enfado—, no hay más que hablar. Sin embargo, debo advertirle que la casa inglesa que desea adquirir las minas no quiere tratos con usted.

—Es igual—repuso tranquilamente Morales—. O conmigo tiene que tratar, o no puede adquirirlas. Por tanto, ustedes me darán los dos millones de pesetas.

A pesar de su calma habitual, Miranda experimentó una terrible sofocación, que contrajo y encendió su rostro de modo alarmante. Por un momento pudo temerse que le iba a dar una apoplejía. Dejó escapar unas cuantas interjecciones que no suelen oirse en el Senado; pero, al fin, logró dominarse y discutir el asunto con relativa tranquilidad.

Morales no insistió mucho tiempo en los dos millones de pesetas. Después de disputar algunos minutos se avino a percibir el cincuenta por ciento del precio, esto es, millón y medio. Y como esta cantidad no la recibiría sino en dos plazos, porque así entregaría el precio la casa adquisidora, se convino, por fin, en que Ulloa y Miranda le comprasen su parte por un millón doscientas mil pesetas, entregado en el acto de celebrarse el contrato.

Celebróse éste en la mañana del día siguiente. Morales cobró el cheque del Banco y se partió.

Ulloa y Miranda se dirigieron acto continuo a la fonda donde se alojaba míster Burke. El dueño del hotel les enteró de que míster Burke y míster Smith, después de pagar su cuenta, habían salido en el rápido de las once.

Esta vez la apoplejía no se contentó con amagar. Miranda cayó al suelo. Le transportaron a casa, y aunque salió del ataque, toda su vida renqueó un poco de la pierna derecha y habló con más dificultad. Ulloa, que no era sanguíneo, sino bilioso, pagó el disgusto solamente con un fuerte cólico.

Ambos eran envidiados y aborrecidos en la ciudad, como suele serlo todo el que se eleva sobre los demás. Así, que el ingenioso artificio de Morales, o el timo del inglés, como se decía, produjo en toda ella una risa indescriptible. Han pasado veinte años desde entonces, y yo creo que todavía están riendo.

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PITÁGORAS

ENTRE los muchos filósofos con quienes tropecé en las casas de huéspedes que he recorrido mientras seguí la carrera de Ciencias, ninguno más enamorado de la Filosofía que mi amigo Amorós. Puede decirse que no vivía más que para esta dama de sus pensamientos. El duro catre de la patrona, sus garbanzos no mucho más blandos, sus albondiguillas, sus insolencias, eran para él sabrosas penitencias que ofrecía en holocausto a su adorada Metafísica. Los demás murmurábamos; a veces rugíamos de dolor e indignación: él sonreía siempre, no comprendiendo que se diese tanta importancia a que las sábanas nos llegasen a la rodilla o un poco más abajo, que el agua de la jofaina tuviese cucarachas, y otras niñerías por el estilo.

Primero faltaría el sol en su carrera que él a sus cátedras de la Universidad, y el que quisiera poner el reloj en hora no tenía más que atisbar sus entradas y salidas en el feo y sucio portal de la Biblioteca Nacional. Unas veces leía a Platón, otras a Aristóteles; pero el mayor filósofo, a su entender, que había producido el mundo era Krause, porque había resuelto el problema de armonizar el panteísmo con el teísmo por medio de una lenteja esquemática, que nos mostraba poseído de profunda admiración. Inútil es decir que a los que estudiábamos Derecho, o Ciencias, o Farmacia, nos despreciaba, mejor dicho, nos dedicaba un desdén compasivo que a algunos hacía reir, y a otros montar en furor. Porque éramos seis o siete los que, bajo el yugo ominoso de doña Paca, estudiábamos en aquel cuarto tercero de la plaza de los Mostenses diversas carreras liberales. De su desdén nos vengábamos llamándole siempre Pitágoras, negándole la existencia del espíritu, y pellizcando en su presencia a la doméstica que nos servía a la mesa. Esto último era lo que más desconcertaba al bueno de Amorós, que era casto como un elefante y se enfurecía de que se tomase a la Humanidad como medio, y no como fin.

Hay que decir que el pobre Pitágoras había tenido que padecer graves persecuciones de la familia por esta su manía de filosofar. Destinábalo su padre allá en Pamplona, donde residía, al noble arte de la peluquería, que él mismo cultivaba, no sin brillo. Amorós se negó con obstinación a rapar barbas y cabellos, creyéndose destinado por la Naturaleza a investigar los principios esenciales de las cosas. Ni los ruegos de su madre, ni las burlas de los parroquianos, ni los zurriagazos de su padre lograron disuadirle. Arrojáronle de la casa: vagó algunos meses medio desnudo y hambriento por la ciudad. Por fin, una prima de su padre, mujer devota que poseía algunos ahorros, lo recogió, y oyendo que su sobrino tenía ganas de estudiar, y ser hombre de carrera, se obligó a pagársela, enviándole a Madrid, pero a condición de que, una vez licenciado, tomaría las órdenes y se haría sacerdote.

De lo que menos se acordaba Amorós era de la promesa que había hecho a su tía. Estudiaba firme, es cierto, pero sólo por el placer de averiguar quién había hecho el mundo, cómo y por qué lo había hecho, y, en último resultado, si este mundo tenía una realidad absoluta, o sólo relativa. En cuanto a lo de vestir sotana, parecíale que era hacer traición al librepensamiento y romper de una vez y para siempre con Krause. Nadie le haría cometer tal felonía.

Mas si el sobrino no se acordaba de la promesa que había hecho a su tía, ésta la recordaba admirablemente. Y como ya hacía cuatro años que le pagaba su cortísima pensión (imposible vivir con ella otro hombre que no fuese Amorós), y como nada hablaba de seminario ni de órdenes, empezó a desazonarse, vino a Madrid, averiguó que su sobrino, aunque de conducta intachable, era grande amigo de algunos profesores herejes que enseñaban en la Universidad, entre ellos de un cura apóstata, y, alarmada y enfurecida hasta un grado indecible, se volvió a su pueblo después de maldecirle.

Aquella noche observé que Amorós había llorado. Era hombre sensible, de ánimo apocado, y las consecuencias de tal escena harto graves para cualquiera. Su tía alzó la pensión: no le quedaba al mísero otra disyuntiva que fenecer de hambre o irse a Pamplona a pelar barbas. Se pasaron varios días. Amorós se hallaba profundamente triste y preocupado, pero no por eso dejaba de asistir puntualmente a sus cátedras. Cuando llegó el fin del mes, escuché en su cuarto fuertes gritos de doña Paca, que, sin duda, le reclamaba el pupilaje. Al otro día escuché gritos más altos aún, y al otro, cuando llegué a las once de mi cátedra de Química, vi un corro de gente delante de la casa y algunos guardias. Pitágoras se había dado un tiro en su cuarto con el revólver de un teniente que con nosotros se hospedaba. Subí la escalera a saltos, y me encontré a mi pobre amigo yacente en su lecho y rodeado de los huéspedes, del médico y de doña Paca, que se portó en aquella ocasión mejor de lo que hubiéramos presumido. Amorós, según la declaración del médico y lo que pudimos observar, no estaba muerto: respiraba y dejaba escapar débiles gemidos, pero no recobró el sentido hasta algunas horas después. La bala estaba alojada en los huesos del cráneo; una vez que cediese la fiebre, se le podría salvar mediante una operación. Doña Paca no quería que lo llevasen al hospital, pero el médico la convenció de su necesidad, porque la operación era costosa y los cuidados harto delicados para una casa de huéspedes.

Lo llevaron, pues, al hospital, y yo puse un telegrama patético a su tía, que se presentó dos días después. La pobre mujer, juzgándose causante de aquella desgracia, estaba inconsolable, y no me costó trabajo persuadirla de que siguiese concediendo la pensión a su sobrino, sobre todo cuando le insinué la amenaza de que éste volvería a darse otro tiro en el caso de que no lo hiciese. Tanto le espantó la idea, que hasta me prometió subirle el sueldo. A menudo iba a verle, y nosotros también, y sólo cuando la operación se efectuó felizmente, y estaba ya en plena convalecencia, se decidió a regresar a Pamplona.

Dos meses después Pitágoras se hallaba entre nosotros disfrutando de los amenos garbanzos de doña Paca. Pero Pitágoras ya no era Pitágoras, esto es, ya no era un hombre que mirase al lado permanente de las cosas. Su enfermedad le había arrancado, no solamente la afición al estudio, sino también aquel respeto acendrado y veneración que profesaba a la Metafísica y a todos los que con brillantez la habían cultivado. Empezó riéndose de los profesores krausistas de la Universidad, y concluyó por ir con el teniente de jolgorio por las noches. Por fin, un día me declaró en la mesa que estaba resuelto a dejar la carrera de Filosofía y Letras y emprender la de Veterinaria, para lo cual contaba ya con la autorización de su tía.

Aquel repentino cambio de sus ideas y conducta nos sorprendió a todos, pero más a mí que a ninguno. Aunque profano a la Metafísica, me agradaba oírle cuando disertaba sobre los problemas capitales de la existencia, porque hablaba correctamente y parecía versado en todas las ciencias, y, además, tenían sus discursos un dulce sabor idealista conforme con mis tendencias. Por eso, una tarde que estábamos en el café bebiendo una botella de cerveza mano a mano, me aventuré a preguntarle:

—¿En qué consiste, amigo Amorós, que te veo tan cambiado de poco tiempo a esta parte? Antes asistías a tus cátedras con puntualidad, y ahora pareces muy descuidado. Antes pasabas las horas en la Biblioteca tragando libros, y ahora te agrada más venir con cualquiera de nosotros al café. No hace siquiera tres meses idolatrabas a tus profesores de la Universidad, y ahora te burlas de ellos.

Amorós se encogió de hombros y dejó escapar un leve bufido displicente.

—Psch... Estoy cansado de la Filosofía...

—Y ese cansancio, ¿te ha acometido repentinamente?

—Sí, repentinamente.

—¡Es extraño!

Amorós quedó silencioso, como si le molestasen mis preguntas, y cambió de conversación. Pero no tardó en quedar otra vez silencioso y taciturno. Al cabo de un momento, me dijo con cierta solemnidad, que me sorprendió:

—Si me prometes guardarlo fielmente, te confiaré un secreto que hasta ahora no ha salido de mis labios.

—Puedes estar seguro...

—Sobre todo a los compañeros de la casa, ¿entiendes?... Bastante se han reído de mí.

Yo me llevé la mano al pecho, prometiendo eterno silencio.

Amorós bebió lo que quedaba en el vaso y, limpiándose los labios con el pañuelo, comenzó a hablar de esta suerte:

—Has de saber, amigo, que yo he estado en el otro mundo... (Si haces esas muecas, dejaré de hablar...) No sé cuánto tiempo he estado, pero certifico que he estado. Cuando me dí el tiro en la frente perdí el conocimiento, como todos sabéis, y estuve unas cuantas horas sin él... En efecto, no oí el disparo siquiera, pero al cabo de un instante desperté trabajosamente de mi sopor y pude darme cuenta de que estaba vivo y pensaba, pero me hallaba en completa obscuridad. Ya podrás comprender el terror y la angustia que se apoderarían de mí. Quería gritar, y no podía; quería moverme, y tampoco. Por fin, al cabo de algún tiempo, percibí una luz lejana, muy lejana, allá en lo profundo, y entonces me fué dado levantarme y bajar hacia ella. Oía al mismo tiempo un débil rumor de voces extrañas que tan pronto semejaban las notas de un piano, como palabras de cólera, risas y lamentos... Entonces me dije sin vacilar: «Estoy en el otro mundo.» Por caso extraño, esta idea, ni me horrorizó, ni me entristeció siquiera. Me puse a caminar, como te digo, hacia aquella luz tan lejana, y observé que, según iba descendiendo, las voces extrañas que había oído se iban haciendo más distintas. Era un rumor de muchedumbre que se agita y habla, pero no como se agitan y hablan las muchedumbres en la tierra, sino de un modo musical; parecía como si recitasen al piano alguna poesía. Acerquéme más; la luz se iba haciendo cada vez más intensa, y al cabo de un momento llegaron a mis oídos algunas palabras sueltas; después, frases enteras. «¡No somos nada; no somos nada!», oí repetidas veces...

Al llegar aquí Amorós, me costó trabajo contener la risa, pero la contuve. Doña Paca, cuando su huésped estaba yacente, sin dar señales de vida, había repetido diferentes veces la misma exclamación mientras un pianillo tocaba en la calle los aires de las zarzuelas más conocidas.

—El camino que yo llevaba se iba esclareciendo. Era un túnel estrecho cubierto de estalactitas que brillaban como diamantes. Por fin desemboqué en una gruta inmensa, de una techumbre cuya altura me parecía prodigiosa. Esta techumbre era toda fosforescente y esparcía una claridad suave por el recinto, cuyos límites no alcanzaba a distinguir. Vi unos hermosos jardines adornados de fuentes y estatuas, bosquecillos de naranjos y limoneros, y percibí un aroma embriagador, en el que predominaba la violeta...

(No pude menos de recordar que doña Paca le había rociado las sienes con esta esencia.)

—Una muchedumbre hormigueaba por aquellos jardines, paseando unos, formando corro otros, y todos hablando. Vestían los allí congregados de muy diverso modo: había persas, hebreos, griegos, egipcios, romanos, caballeros de la Edad Media y ciudadanos de la presente. Parecía un baile de trajes. Me acerqué a dos árabes que venían discutiendo con calor, y les pregunté cortésmente: «Estoy en los Campos Elíseos, ¿verdad?» «Así es, amigo—me respondió uno de ellos—, y ésta es la morada feliz de los filósofos. Más allá se extienden los jardines de los poetas y los músicos.» En efecto, a lo lejos se oía siempre música deliciosa. Una alegría inmensa se apoderó de mí. Me hallaba para siempre en los Elíseos, y el Eterno me había colocado en el sitio que yo hubiera elegido. Frotándome las manos de gozo, me puse a recorrer aquellos encantadores campos, siempre verdes, esmaltados de flores, ricos en amenas florestas y en sazonados frutos, que pendían de los árboles dulces y perfumados, ostentando vivos colores. Todos los rostros que encontraba expresaban dulce serenidad, y en todos los ojos brillaba una dicha inmortal. Como ya te he dicho, los filósofos formaban a veces corrillos más o menos grandes, y, por lo que pude observar, era para escuchar la palabra de alguno más señalado. Me acerqué prontamente al corro que me pareció más numeroso, y vi en seguida que se componía de griegos en su mayor parte. Todos escuchaban con atención y aplaudían a un hombre que hablaba sobre un pequeño pedestal. Tenía este hombre el torso atlético, la frente espaciosa, la mirada imponente. Su palabra fluía sosegada y majestuosa de su boca, y con tal gracia y corrección que en cuanto escuché algunas me dije sin vacilar: «Este es Platón.» Abríme paso como pude hasta aproximarme a él, y escuché.

»—¿Acaso, hijos míos, pensaríais que lo intelectual puede separarse de lo corporal? Jamás, jamás esto puede acaecer, porque lo intelectual y lo corporal son dos aspectos de la naturaleza humana obrando y reobrando profundamente el uno sobre el otro. El antagonismo artificial que una falsa filosofía dualística y teológica había creado entre el espíritu y el cuerpo, entre la fuerza y la materia, ha desaparecido ante el progreso de las ciencias naturales. Esa alma de que nos sentimos tan orgullosos no viene de un falso cielo mitológico en quien nadie cree ya; tiene un origen animal, se desenvuelve necesariamente con el cuerpo, y es el resultado de una larga evolución de los elementos primordiales de la materia. La aparición en la Naturaleza de un nuevo cuerpo, ya sea un cristal, un infusorio o mamífero, no significa otra cosa sino que diversas partículas materiales, que preexistían bajo cierta forma, han adoptado, a consecuencia de modificaciones sobrevenidas en las condiciones de su existencia, una nueva forma, otro modo diverso de agruparse. Nosotros no conocemos el origen de esta materia, pero sí sabemos de un modo evidente que ni una sola molécula puede añadirse o arrancarse a ella, y que por sí misma es el origen de todo lo que vemos, de todo lo que tocamos, de todo lo que pensamos y de todo lo que sentimos...

»—¡Este no es Platón!—exclamé yo entonces en voz alta, sin darme cuenta de lo que hacía.

»—¡Silencio, silencio!—oí gritar por todas partes—. ¡Dejad hablar al divino Platón!

»Y cien miradas iracundas se clavaron en mí. Aléjeme de aquel sitio, y me dirigí a otro círculo menos numeroso, donde peroraba un viejo de aspecto noble, vestido con sencillez a la moda del siglo XVII.

»—Es preciso que os persuadáis, señores—decía el viejo—, de que el conocimiento metafísico, esto es, el conocimiento de la esencia y de la última razón de las cosas, no es posible sino por las ideas, y que el problema de las ideas es el problema fundamental de la ciencia. No examinemos este problema desde el punto de vista puramente psicológico, porque esto sería mutilarlo. Buscar el origen de las ideas en la sensación conduce indefectiblemente al materialismo más grosero. Tratemos de averiguar lo que significan las ideas, cuál es su valor ontológico y objetivo, sea que se las considere en sí mismas, o en su relación con las cosas. Yo os afirmo, señores, que sin el idealismo no hay verdadera ciencia. Toda doctrina que no sea idealista, concluye necesariamente en la negación del conocimiento. ¿Cuál es la condición esencial de la ciencia sino el estar fundada sobre leyes inmutables, sobre principios necesarios y absolutos? Que se supriman los principios, y no quedará más que el fenómeno, esto es, un elemento contingente, relativo, que, no bastándose a sí mismo, tampoco puede proporcionar una base firme e invariable al conocimiento...

»—¿Quién es este viejecito tan simpático?—pregunté en voz baja a uno que tenía cerca.

»—¡Cómo! ¿No conoce usted a míster Locke, al más grande de los filósofos ingleses?

»—¡Locke!—exclamé yo a mi vez, en el colmo de la sorpresa. Y me alejé de allí persuadido de que aquel viejo era un farsante como el otro que había suplantado a Platón.

»En el centro de otro grupo numeroso vi a un hombre, anciano también, con el pecho cubierto de bandas y condecoraciones, que peroraba con palabra solemne. Hablaba en latín, como el otro. Ya sabes que yo conozco regularmente esta lengua, y, por tanto, nada tiene de particular que comprendiese lo que decían. Pero Platón, o el falso Platón, hablaba en griego, y, a pesar de no tener más que un conocimiento muy superficial de este idioma, le entendía igualmente a la perfección. Esto es maravilloso, y me convence más y más de que, en realidad, me he hallado en la región de los muertos.

»—El solo hecho psicológico—decía el anciano de las condecoraciones—que sea primitivo e irreductible, es la sensación. La idea no es más que una sensación continuada o debilitada. La volición no es más que un movimiento producido por la sensación dominante. La libertad, esto es, el poder determinarse a sí mismo, pura ilusión; todo se encadena en nosotros según las leyes de sucesión uniformes. La espontaneidad y la actividad sólo son apariencias que se reducen a sensaciones sucesivas. Cuando creemos percibir en nosotros una acción motora de nuestros órganos no percibimos, en realidad, más que una sensación de movimiento que sucede a un sentimiento de deseo. Igualmente, cuando pensamos ejecutar un acto de voluntad independiente no hay en nosotros sino un deseo más fuerte o una idea más poderosa seguida de ejecución. Siendo, pues, la esencia de la vida sensación, y nada más que sensación, los fenómenos placer y dolor es lo único que en ella importa. Sensaciones dolorosas o placenteras, ésta es nuestra vida, ésta es la vida del mundo. Pero el placer es negativo, mientras el dolor es positivo. El placer se origina de una necesidad satisfecha, esto es, de la desaparición de un dolor; pero como la satisfacción que el ser experimenta con esta desaparición no puede ser permanente, pues apenas satisfacemos una necesidad otra nace en seguida, podemos afirmar que el dolor es la verdadera esencia del mundo. El mundo más perfecto es aquel en que las sensaciones son más complicadas y más intensas; luego el mundo más perfecto será el más doloroso. El último mundo, creado por Dios, será, pues, el peor de todos. Nosotros, en la tierra que ya dejamos, hemos vivido en el peor de los mundos posibles...

»No necesité escuchar más, supuesto lo que me había acaecido con los otros. Así, que dije al que tenía a mi lado:

»—Este es el barón de Leibnitz.

»—Justamente—me respondió.

» Apartéme de aquel grupo, cada vez más confuso y asombrado, y comencé a dar vueltas por los amenos jardines, sin pretender acercarme a ningún otro. Viendo cruzar a mi lado un griego, de rostro agradable y franca mirada, me aventuré a dirigirle la palabra (en griego, por supuesto).

»—Amigo, si tienes espacio y no te molesta conversar con un recién llegado, yo te ruego que me saques de la confusión y perplejidad en que me hallo. Acabo de escuchar a tres de los más grandes filósofos que hemos tenido allá en la Tierra, y los tres han expresado ideas contrarias a las que en vida sostenían. ¿Qué significa esto?

»—Con todos te pasará lo mismo—me respondió sonriendo—. Los filósofos que aquí llegan, cambian de opinión y se pasan resueltamente a la opuesta en un período que fluctúa entre los ochenta y cien de vuestros años. Algunos, mucho primero. Ahí tienes un poco más lejos a Schopenhauer, que, recién venido, no cesa de cantar himnos a la vida y de narrarnos prolijamente lo bien que lo pasaba en ella con su flauta, con sus libros y sus fáciles conquistas.

»—Te digo, en verdad, que esto es asombroso.

»—Pues en verdad te digo también que no hay motivo para que te asombres. Qué; ¿no has observado allá entre los mortales cómo los filósofos, si Dios les otorga larga vida y acomodo para filosofar, van modificando lentamente sus ideas? No hablemos de los nuestros, que apenas conocéis, si se exceptúan Platón y Aristóteles. Dirige una mirada hacia los tuyos. ¿Es lo mismo Kant en sus primeros tiempos que en los últimos? Pregúntaselo a Schopenhauer. ¿Es el mismo Fichte en la Doctrina de la Ciencia que en el Método para la vida feliz? ¿No ha modificado Schelling profundamente sus opiniones en los últimos escritos? Y Goethe, hablando en su vejez con tal benevolencia del Cristianismo, ¿es el furioso irreconciliable enemigo de la Cruz que en su juventud? Por fin, vivo está todavía el filósofo más notable que hoy tenéis, Herbert Spencer, y sabes bien que ya no es, ni mucho menos, el materialista intransigente de sus primeras obras. Así, pues, amigo, deja de admirarte de que aquí esos grandes filósofos hayan cambiado de opinión hasta pasarse a la contraria, porque en la Tierra, de haber continuado viviendo, hubiera acaecido otro tanto más tarde o más temprano. Si hay cambio, si hay modificación, por leve que sea, a la larga, los resultados serán enormes. Ya ves que el alzamiento de una pulgada en el espacio de un siglo en el fondo del mar ha causado la aparición de nuevos y grandes continentes... Mira—añadió con su fina sonrisa enigmática—, ése es el único ser que no cambia jamás.

» Volví los ojos hacia donde me señalaba, y acerté a ver una gran estatua de bronce que representaba la Fe sobre alto pedestal. En las gradas de este pedestal vi también algunos hombres que parecían dormir.

»—¿Qué hacen ahí esos hombres tumbados a los pies de la estatua?—pregunté a mi interlocutor.

»—Esperan tranquilamente a que se le caiga la venda de los ojos; esperan que llegue el día en que, como dice vuestro Malebranche, la fe se convierta en inteligencia.

»A mí me atacó en aquel instante un fuerte deseo de dormir también. Me acerqué a ellos, me acosté a su lado, y quedé traspuesto... El vivo dolor que me produjo la sonda del médico al hacerme la cura fué lo que me despertó, trayéndome de nuevo a la vida.

Calló Amorós, y yo también guardé silencio, meditando sobre su relato. Al cabo, mi compañero profirió, alzando los hombros con ademán desdeñoso:

—¿Para qué estudiar Metafísica a sabiendas de que lo que hoy juzgas verdad te parecerá mañana mentira?

No repliqué, porque me hallaba profundamente preocupado. Al fin, dejé de pensar en aquellas arduas cuestiones, y le pregunté maliciosamente:

—Dime: tu gran maestro Krause, ¿había cambiado también de opinión?

—¡Krause!—exclamó mirándome con los ojos muy abiertos—. ¿Sabes que he preguntado a mucha gente, y nadie me ha dado cuenta de él? ¡Nadie le conocía!... Es curioso, ¿verdad?—añadió soltando una carcajada.

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EXPERIENCIAS Y EFUSIONES

LOS niños escuchan con prevención y hostilidad los consejos de los maestros. En cambio, una palabra sensata, vertida por un compañero en medio de sus juegos, suele hallar eco en su alma.

¿Serán distintos los hombres? No lo sé; pero yo, cuando quiero insinuar una verdad, lo hago poniéndoles familiarmente la mano sobre el hombro y diciéndosela al oído.

  *    *    * 

Nuestra sociedad está hecha de una materia tan fluida, que los cerebros llenos se van al fondo. Sólo pueden flotar los huecos.

  *    *    * 

Si con sinceridad se observa uno a sí mismo, conviene fácilmente en que el móvil interesado es el más poderoso, el más absorbente, el que unas veces presentándose con la cara descubierta, otras ocultándose detrás de velos espesos, decide de casi todas nuestras acciones. Pero en este casi se encuentra la llave que nos abre el santuario de la verdad. Por dicha, hay actos que, como valerosos pajaritos, se escapan y burlan algunas veces las garras del buitre y vuelan al cielo. Y cuando uno de estos pajaritos logra burlar al ladrón, los genios invisibles que guardan y presiden nuestra vida estallan en aplausos. Todo hombre los escucha y su corazón late alegre y triunfante.

  *    *    * 

El pasado no nos pertenece; el porvenir, tampoco. Agarrémonos al presente, que es nuestra propiedad. Si gozamos, pensando que es por algo; si sufrimos, pensando que es para algo.

  *    *    * 

Hay que respetar en todo hombre la posibilidad, no la realidad, que en la mayoría de los casos no existe.

  *    *    * 

Cuando nos hayamos elevado a nosotros mismos, podremos elevar a los demás. Cuando nos hayamos hecho felices a nosotros mismos, podremos hacer felices a los demás. Y todavía es condición precisa que nuestra acción sobre ellos no sea violenta y afanosa.

El poeta Shelley, de naturaleza ardiente y generosa, aspiraba a hacer felices a los hombres a toda costa. Lucha impetuosamente contra las preocupaciones e injusticias, esparce su actividad y derrocha sus fuerzas sin conseguir resultado alguno. Por el contrario, en el fragor de la batalla escandaliza y hiere a muchas buenas almas; hace derramar lágrimas a las personas más queridas: últimamente, su misma esposa, abandonada por él, se suicida en un acceso de celos.

El poeta Goethe, de temperamento más egoísta, por su actividad continua y serena, por el hábil aprovechamiento de las facultades con que Dios le había dotado, sin pensar mucho en los demás, les hace, sin embargo, más felices. Su influencia benéfica no sólo se ejerce sobre los que le rodean, sino que se extiende al través de las generaciones.

  *    *    * 

La vida es un misterio; pero tiene un resorte por donde se descubre, como los tesoros de los cuentos árabes. El hombre bueno aprieta el botón sin vacilar y penetra en el palacio encantado. El egoísta pasa la vida tanteando y no logra dar con el secreto.

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He observado que los que son locos en las palabras lo son menos en las acciones, y viceversa, los que parecen cuerdos en sus discursos, obran algunas veces como dementes.

¿Será que a todos los humanos nos haya tocado una cantidad igual y determinada de locura, que cada cual distribuye a su modo?

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No tomes demasiadas posiciones en la vida, porque de todas te arrojará pronto el enemigo. Clava tu tienda en cualquier paraje y espera tranquilo el toque de retirada.

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El hombre serio es quien triunfa en la vida; pero el hombre que no es serio es quien triunfa de la vida.

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Asciende si puedes con la inteligencia y el corazón a las más altas cimas, paséate sobre las crestas nevadas, comunícate con las nubes y las aves del cielo. Para vivir escoge la falda de la montaña.

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En la guerra contra la estupidez es menester conducirse como hábil general. Atacándola de frente, hay seguridad de ser arrollado. Se toman posiciones, se combinan movimientos, se la ataca por los flancos, se la pica por la retaguardia, y entonces es posible obtener buen resultado.

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Conocí a un general a quien, después de hallarse largos años obscurecido, se le confió de pronto un mando importante. Rebosando de alegría y entusiasmo se viste el uniforme para dar las gracias a la reina. Mas de pronto observa que apenas puede marchar: una viva molestia en los pies le advierte de que la gota le tiene encadenado.

—¡Oh, Dios mío!—exclama, dejándose caer en un sillón—. ¡Qué desgracia! ¡Mi carrera ha concluído!, ¡Pobre de mí, que vivía confiado sin saber que tenía ya al enemigo dentro de la plaza!

Y maldice de su suerte, vomita imprecaciones contra la gota fatal, y se lamenta en altas y terribles voces.

La familia desolada rodea su sillón sin atreverse a proferir una palabra. De pronto uno de sus ayudantes, que tiene la vista fija en sus pies, exclama:

—¡Pero, mi general, si lleva usted las botas cambiadas!

En efecto; el general se descalza, pone las botas en su sitio, y se siente de nuevo feliz y triunfante.

A todos los hombres nos pasa en la vida algunas veces lo que a este general. Cualquier circunstancia adversa nos abate, nos sume en la desesperación o en el tedio. Pero cambiamos de postura, nos vamos a otro lugar, hablamos con un amigo que nos demuestra que nuestra desgracia es pura aprensión, depende de la fantasía, y repentinamente el tedio se disipa, y nos encontramos otra vez satisfechos y activos.

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Para estimar a un hombre, es menester que él no se estime demasiado a sí mismo.

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El principio de variedad en el Universo, considerado en sí mismo, no sólo es una desgracia, sino que resulta odioso. No de otro modo podemos explicarnos la vergüenza que acompaña siempre a los placeres venéreos. Considerado como medio de volver a la unidad y producir la armonía, es infinitamente bello y amable. El niño, que apenas parece desprendido de las manos del Único, nos conmueve, nos interesa de extraña manera: su egoísmo nos causa alegría. Unido todavía irremediablemente a las fuerzas generales de la Naturaleza, se considera el ser total y absoluto. Mas cuando averiguamos que no somos todo, sino partes infinitamente pequeñas y despreciables, seguir amándonos a nosotros mismos eso es lo ridículo y lo odioso. Por eso el egoísmo del viejo nos parece repulsivo. A éste le exigimos que sacrifique su independencia volviendo los ojos a la eterna Unidad. El niño es la melodía que se lanza al espacio pura y vibrante. El viejo es el acorde que resuelve el sublime contraste volviendo al tono fundamental.

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Toda música, en el fondo, no es más que la expresión de un sentimiento religioso. Si no lo expresa, no merece llamarse música; y si lo expresa y le añaden palabras impuras, como en ciertas óperas, se realiza una triste profanación. Es una vestal a quien por fuerza se introduce en un lupanar.

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En los momentos críticos de la vida una manía puede salvarnos.

Fuí a visitar en cierta ocasión a un personaje político que acababa de perder a su hijo. Era hombre sensible y cariñosísimo padre: su dolor, inmenso, desesperado. Le rodeaban en aquellos momentos aciagos amigos íntimos y compañeros de Parlamento. Pues, sin saber cómo, llegó a entablarse una discusión política, y le vi tomar parte en ella con extraordinario calor, olvidándose en un punto de que el cadáver de su hijo aún no había salido de casa.

Conocí otro hombre de negocios que, aunque tenía para ellos disposición maravillosa, perdió en una operación bursátil toda su fortuna. El día en que se declaró la quiebra se hallaba por la noche en el comedor de su casa con su familia y los pocos amigos que fuimos a verle. Se comentaba el amargo suceso. Los individuos de su familia se mostraban abatidos y silenciosos; él estaba locuaz y quería a todo trance persuadirnos de que el negocio estaba perfectamente calculado, y que él había tomado todas las disposiciones conducentes para que saliese bien. Sacó papel y un lápiz, y por más de una hora estuvo trazando cifras y ejecutando operaciones matemáticas. Cuando nos hubo demostrado que no había habido equivocación por parte suya, y que el negocio había fallado únicamente por un cúmulo de circunstancias fortuitas, su faz resplandecía de satisfacción: pidió la cena, y nunca le vi comer con más apetito.

Por último, tropecé una vez en la calle con un amigo mío, famoso escritor y trabajador infatigable. Venía conducido por un criado, pues había tenido la inmensa desgracia de perder la vista hacía poco tiempo.

Pensé hallarle afligidísimo y desalentado; mas con verdadera estupefacción observé que estaba tranquilo y contento. La razón era porque había averiguado que podía dictar sus libros, y que eso, en vez de producirle molestia, le facilitaba el trabajo.

Sin embargo, por mi parte, en las grandes tristezas de la vida no apetezco que me consuelen la política, ni los negocios, ni el arte. Otro numen más alto quisiera que guardase mi alma de la desesperación.

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Con el corazón podemos unirnos a todos los hombres. Cualquier ser humano puede ser amado. Aun podríamos decir que cualquier ser creado, pues nos encariñamos con las bestias. Mas con la inteligencia sólo podemos unirnos a un número reducidísimo de personas. Los juicios de la inmensa mayoría de los hombres son absolutamente despreciables.

Y, sin embargo, por un misterio inescrutable, de todos estos juicios despreciables se forma al cabo el único juicio apreciable. Así la sabiduría divina transforma sin cesar el lodo en hombre y el hombre en lodo.

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Marcho por el áspero camino sombreado de hayas de la campiña vasca con un periódico en la mano. ¡Un periódico bien provisto de crímenes y de interviúes! Suena una carreta: levanto la cabeza. Delante de las vacas uncidas marcha un hombre con la aijada en la mano: a su lado la esposa con una cesta al brazo. ¡Oh, qué bien cargado va el carro de hierba crujiente y olorosa, tesoro del labrador! Pero no; el tesoro del labrador está más arriba. Allá en lo alto, medio hundidos en el heno, aparecen dos niños que inclinan sus cabecitas para verme. «¡Adiós!», me dicen. «¡Adiós!», respondo. La carreta pasa rechinando y deja en pos de sí una estela perfumada. Me detengo y la miro alejarse. Mi corazón va con ella.

Es la hora del crepúsculo. La campana de la iglesia lejana deja escapar un tañido melancólico. El padre detiene la carreta y se despoja de la boina: la madre deposita su cesta en el suelo: los niños se arrodillan sobre la hierba y rezan el Angelus.

—He aquí—me digo—el emblema de la dicha humilde: paz, salud, trabajo, esperanza, amor. He aquí los seres amados de Dios y necesarios a los hombres.

El periódico bien repleto de crímenes y de interviúes se desprende de mis manos. No me bajo a cogerlo.

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Los contemporáneos se ponen siempre del lado de los enfáticos. Pero la posteridad pertenece a los sinceros.

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Los moralistas nos dicen que debemos perdonar las ofensas y ser tolerantes y pacíficos, porque nuestro ejemplo influirá favorablemente en los demás, y, por tanto, en la obra de la civilización.

No se puede aceptar esto de un modo absoluto. Para que el ejemplo de un hombre tolerante y pacífico influya beneficiosamente en la sociedad, es necesario que se le considere capaz de obrar el mal; y cuantos mayores medios se le supongan para realizarlo, tanto más influirá en los demás su ejemplo. Un hombre bondadoso, pacífico, humilde, pero débil, esto es, sin medios interiores ni exteriores para hacer daño, influye más bien perniciosamente, porque se le desprecia, y al despreciarle a él se desprecia el bien que reside en su persona. Además, por arcano y horrible misterio se observa que en el mundo los hombres buenos, pero débiles, provocan la crueldad de sus semejantes. ¿No recordáis todos que en la escuela siempre había un pobrecito niño sobre el cual caían las burlas más pesadas y odiosas de sus compañeros? Pues eso mismo acaece en el mundo.

Esto hace pensar desde luego que la libertad es el don precioso sin el cual nada valen los otros en el hombre. San Bernardo decía: «Sin la libertad nada puede ser salvado.» Nosotros podemos afirmar también: «Sin la libertad nada puede ser estimado.»

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Si quieres ser feliz, aparenta ser desgraciado.

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Cuando vuelvo la vista atrás, y repaso el tejido de mi existencia, observo con sorpresa que no son los instantes llamados dichosos las horas de ruidosa alegría las que me atraen y cautivan. En esas horas de placer me acompañó siempre un sentimiento vago, inexplicable, de miedo; una voz misteriosa parecía resonar dentro de mi corazón anunciándome su fragilidad. Creo haber sido más feliz en los días de hastío, cuando meditaba, cuando soñaba, cuando veía claramente la vanidad de la existencia y no esperaba nada de ella. Me sentía melancólico, abatido, pero tranquilo.

Hay indudablemente en este abatimiento y resignación cierta dulzura; sentimos que estamos pisando terreno seguro, que no nos hallamos ya a merced de los vaivenes bruscos de la fortuna y hemos dejado un mar cambiante y proceloso por la tierra firme.

¿Concluiré de aquí que la única felicidad que puede gustarse en este mundo se halla en la tristeza?

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¿Por qué despreciar tanto la materia? De la materia se han formado los hombres y se formarán los ángeles.

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Última vanidad de los hombres vanidosos: disponer en el testamento que no se pongan coronas sobre su féretro.

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¿Pensáis que no hay nada más frágil que el rico cristal de Bohemia? Decid a un fraternal amigo que no tiene ortografía.

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Los hombres sólo son dignos de amor cuando padecen.

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La religión nos hace ver la deficiencia de nuestra naturaleza. El arte nos hace ver su belleza. Por eso no comprendo ni una religión optimista ni un arte pesimista.

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Los hombres que no recelan de nadie, los que creen en la bondad de sus semejantes, inspiran siempre gran simpatía. Pero se les ama por inocentes, como se ama a los niños. En el fondo, todo el mundo sabe que viven engañados.

Yo confieso que los niños me seducen, pero no tanto los hombres-niños. Prefiero aquellos que, no confiando en los demás, conociendo todo el egoísmo y maldad que existen en el mundo, tienen ánimo para proceder rectamente y suficiente grandeza de alma para devolver bien por mal. Jesús amaba mucho a sus discípulos, pero no creía en su lealtad. «En verdad te aseguro—respondía a las fervorosas protestas de Pedro—que tú, hoy mismo, en esta noche, antes que el gallo cante segunda vez, tres veces me has de negar.»

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Todo hombre, por menesteroso que sea, guarda en el fondo de su arca un pequeño gato de amor y belleza. Es necesario sacárselo: es necesario ser ladrones del espíritu.

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El hombre es un ser tan maravilloso, su naturaleza es tan excelente, que cuando se la considera serenamente, las diferencias entre unos y otros hombres aparecen bien pequeñas. Del mismo modo que los altos y los bajos de nuestro planeta desaparecen al mirarlo de cierta distancia.

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Admirar una obra de arte es participar del talento de quien la ha producido, como admirar una obra de caridad es compartir la bondad del ser humano que la ha ejecutado. Quien admira de corazón un hermoso cuadro, se hace digno de pintarlo. Quien siente sus lágrimas correr al relato de un acto de heroísmo, virtualmente ya ha ejecutado aquel acto.

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El que se juzga amado, acaba por ser amado. El que se juzga perseguido, acaba por ser perseguido. Somos los hombres copartícipes de la esencia divina, somos rayos refractados del mismo sol, y nos acompaña también su poder de hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza.

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Vive solitario; vive solitario... No vivas demasiado solitario.

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Cuando jóvenes, somos siempre más o menos paganos. De viejos somos más o menos cristianos. Es que cuando jóvenes pensamos que el mundo es nuestro. Luego advertimos que no es nuestro, sino de Otro.

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«¡Oh dulce Niño! ¡Oh Madre feliz! ¡Cómo se regocija ella en Él y Él en ella! ¡Qué voluptuosidad despertaría en mí esta noble imagen, pobre y todo como soy, si no me fuera preciso mantenerme frente a ella piadosamente como el santo José!»

Así exclama Goethe, en hermosos versos, ante un cuadro de la Santa Familia.

«¡Oh dulce niño! ¡Oh madre feliz! ¡Cuán poco significaríais para mí si no fueseis más que la hembra que da de mamar a su cachorro; si no hubiese algo de divino en vosotros!»

Así exclamaría yo, que soy infinitamente más pobrecito, ante una familia que no es la Santa.

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Díme, amigo; si reniegas de Dios y del alma, ¿a qué te ha sabido el beso que te dió tu madre al morir?

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El arte es la forma más noble de vivir para sí. Por eso, ni aun el arte puede darnos la dicha.

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En un estado de egoísmo completo no puede existir el arte. En un estado de abnegación absoluta, tampoco. El arte refleja el estado de transición entre la ausencia y la presencia de la ley moral, las interesantes peripecias de la lucha entre el ángel y la bestia que en el hombre coexisten.

De aquí se infiere que el artista, trabajando por espiritualizar la naturaleza humana, trabaja por la destrucción del arte.

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Aconsejarnos que en medio de los goces de este mundo amemos a nuestros semejantes, es inútil. Nuestro egoísmo es un árbol demasiado frondoso para consentir que otra planta prospere cerca de él. Podemos primero el árbol, descarguémosle de su ramaje, y entonces el sol del amor podrá pasar a vivificarla.

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Si no existe algo psíquico fuera de la conciencia humana, la vida más pura como la más perversa me producen un efecto cómico.

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Cuando un hombre deja de ser un dios para su esposa, puede tener la seguridad de que ya es menos que un hombre.

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Para ser un buen literato es necesario no ser literato, esto es, se necesita vivir todas las vidas posibles, excepto la vida literaria.

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Como no voy al Parlamento hace años, pregunté a un diputado amigo mío por los oradores que hoy hacen más figura.

—¿Qué tal N***?

—¡Oh, N***! Es un hombre de mucho talento, perspicaz, erudito..., pero carece de sonoridad.

—¿Y X***?

—X*** ya tiene más sonoridad, y logra algunos éxitos.

—¿Y Z***?

—¡Oh, Z***! Ese es un inmenso orador. ¡Admirable de sonoridad, encantador, avasallador!

Y mi amigo arqueaba las cejas y elevaba las manos al cielo en acción de gracias.

Yo también las elevé para bendecirlo porque, al fin, había un país en el mundo en que la política se rige, como había soñado Pitágoras, por las leyes sublimes y matemáticas de la música.

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La grandeza de los hombres depende de una monstruosidad espiritual, de una protuberancia o joroba en su inteligencia. Son grandes hombres aquellos que han visto con exagerada intensidad una verdad parcial, hasta el punto de no ver otra cosa más que ella en el campo del pensamiento. Pero el espíritu general, que es más seguro, hace entrar cada verdad en sus límites, admirando, sin embargo, el ingenio soberano de quien le ha sacado de ellos.

De aquí deduzco que los hombres razonables no pueden nunca ser grandes hombres.

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Los que defienden su vida a tiros y los que la entregan voluntariamente a las fieras, como los primeros cristianos, quieren por igual perseverar en el ser, obedecen al instinto de conservación. Los unos quieren conservarse unos cuantos días más. Los otros quieren conservarse eternamente. Lo primero es mucho más seguro, pero más limitado. Lo segundo, más halagüeño, pero más incierto.

Tan sólo en aquellos que renuncian a toda vida, a ésta y a la otra, falta por completo el instinto de conservación. Pero ¿existen tales seres? O lo que es igual, si a estos hombres fatigados del vivir, que no pueden más, se les pusiera en la mano una vida feliz, ¿la dejarían escapar?

Y aun suponiendo que tal milagro acaeciese, ¿no es el instinto del reposo lo que les empujaría a ello? ¿Y qué es el reposo sino una necesidad fisiológica del ser, que aspira a acumular nuevas fuerzas para vivir?

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En cierta ocasión preguntaba yo a un novelista amigo mío cómo era que, profesando principios religiosos tan arraigados, no combatía por ellos abiertamente en sus novelas.

Me respondió sonriendo:

—Yo no arrojo el arpón a las almas, como a las ballenas, para desangrarlas. Me contento con sonar la flauta para atraerlas. Además, el arte es un país neutral: en cuanto se entra en él, hay que entregar las armas.

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No basta hacer bien en el mundo: es menester hacer el bien con prudencia. Esto no es apartarse de la doctrina cristiana ni falsificar el imperativo categórico de la conciencia. Es, sencillamente, aplicar la idea de arte a la ejecución del bien. Y el arte es aplicable a toda nuestra actividad. Debemos procurar que el bien se extienda, que cada bien engendre otro bien. Tampoco esto significa que el fin justifica los medios, sino que, al cumplir con los mandamientos de la conciencia, que son absolutos y apremiantes, tenemos el deber, por el hecho de ser inteligentes, de que nuestra actividad se produzca mediante las leyes de la razón.

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Desde que se cesa de luchar por ella, la vida ya no tiene sabor.

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Por más que se aprieten, los hombres como los átomos, no consiguen jamás tocarse.

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Donde empieza el odio, empieza el error.

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Cuenta Camila Selden en su libro Les derniers jours de Henri Heine que al terminar éste sus memorias, poco tiempo antes de morir, soltó una carcajada de cruel satisfacción.

—¡Los tengo!, ¡los tengo!—exclamó levantando la cabeza—. Muertos o vivos, ya no me escaparán. ¡Ay del que lea estas líneas si se ha atrevido a atacarme! Heine no muere como un cualquiera: las garras del tigre sobrevivirán al tigre mismo.

Penosa impresión causan estas palabras. Aquel moribundo, postrado en el lecho desde hacía varios años como tumba anticipada, y atormentado de dolores, todavía escupe hiel contra sus enemigos. Es el ejemplo más triste de la influencia venenosa que los ataques de la envidia producen sobre los temperamentos exaltados, por más que nativamente no sean malos. Heine era un poeta: por tanto, un hombre de corazón delicado, piadoso, capaz de todas las emociones buenas.

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Los que sólo admiten en el hombre la naturaleza bestial, no dejan de exigir alguna vez a sus esposas y a sus amigos la naturaleza angelical.

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Ni los hombres ni los dioses se entregan sino al que persiste.

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Ver el aspecto afirmativo de las cosas, es, sin disputa, más noble, más espiritual y santo, tal vez más razonable, y desde luego mucho más higiénico, que ver el aspecto negativo. Pero ¿está en nuestra mano? ¿No depende del grado de viveza de nuestra imaginación, de la constitución misma de nuestro cuerpo?

En todo caso, debe uno esforzarse porque así sea.

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Una tarde, paseando por el parque del Retiro, me paré a escuchar a un ruiseñor que cantaba sobre un árbol. Poco después otro paseante solitario como yo detuvo el paso también; luego otro también, y otro, y otro. Al poco rato formábamos un grupo, casi un público. El ruiseñor, como se sintiese admirado, redoblaba sus trinos y los hacía cada vez más dulces y armoniosos. Los paseantes nos mirábamos los unos a los otros extasiados y sonreíamos con admiración. Uno de ellos no pudo reprimirla más tiempo, y exclamó: «¡Bravo!» Otros exclamaron también: «¡Bravo!»; y estalló un aplauso.

El ruiseñor calló repentinamente y se alejó volando, y no volvió a parecer por allí.

Fué el único artista modesto de verdad que he conocido en mi vida.

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Algunas veces la soberbia individual se transforma en colectiva, y entonces se llama patria.

Yo soy un desdichado que habita el barrio más sucio y más infecto de Londres. Sólo tengo harapos por vestido; carezco de alimento y de lumbre. Pero mi país es el más rico y poderoso de la tierra. Donde la Gran Bretaña pone el peso de sus libras, allí está la victoria.

Yo soy un comisionista de vinos de Bordeaux. No tengo en el cerebro más que ideas vulgares y ramplonas. Toda la ciencia, toda la literatura y toda la filosofía que poseo las he aprendido en Le Petit Journal... Pero Francia es la maestra de las naciones. París es el cerebro del mundo.

Yo soy un escribiente con mil pesetas anuales en el Ministerio de Hacienda. Todo el mundo se ríe de mí por lo infeliz que soy. Mi mujer me llama calzonazos y Juan Lanas. Días pasados un compañero en la oficina me dió una bofetada, y me quedé con ella... Pero ¡hay que ver la Infantería española! ¡Qué sobriedad!, ¡qué coraje!, ¡qué cargas a la bayoneta!

No lo dudes, lector: la patria es el maná maravilloso que la misericordia divina ha enviado para los desheredados de la gloria, para los que en este mundo padecen hambre y sed de adulación.

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Repaso los crímenes, las iniquidades de que está llena la historia del género humano, contemplo la profunda tristeza, la duda, la miseria, la perfidia que por todas partes nos rodea, y mi corazón desfallece, y encuentro la existencia absurda y odiosa.

Me acuerdo de las alegrías de mi infancia, me acuerdo de los sueños hermosos de mi adolescencia, veo de nuevo ante mí el rostro de aquellos seres que he adorado, leo en su corazón; y el mío, medio asfixiado, salta otra vez alegre en el pecho, como un pobre pajarillo que en su jaula recibe un rayo de sol.

Así mi espíritu se columpia sin cesar, pasando del más alto optimismo al pesimismo más desesperado.

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Asegura un filósofo que nuestras existencias no son más que sueños de la Divinidad.

Si así fuese, ¡qué dulce sueño el de Dios, amor mío, mientras tú has pisado la tierra!

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Cuando era muy joven, viendo al bueno morir y al malo vivir, al bueno padecer y al malo gozar, observando la cruel indiferencia con que la Naturaleza tritura lo mismo al inocente que al malvado, me hice esta reflexión: «O la bondad, la inocencia y el heroísmo no son más que ilusiones que los débiles se han forjado para contrarrestar la fiereza de los fuertes y hacer más llevadero su dolor, o esta misma Naturaleza es una ilusión, un símbolo que oculta una realidad superior.»

Ya soy viejo, he leído muchos libros, he pasado por muchas cátedras, y todavía no he podido salir de esta alternativa.

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Me dediqué con ahinco al estudio: mi cuerpo se debilitó, mis nervios se alteraron, huyó de mí la felicidad. Quise ser bueno: cada paso que daba en el camino de la virtud vigorizaba mi cuerpo, inundaba de paz mi corazón, acrecía mi dicha.

Esto me hizo pensar que yo he nacido para conocer pocas cosas y para amarlas todas.

Ignoro si a los demás les sucederá otro tanto, aunque presumo que sí.

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Vivo placenteramente en medio de la indiferencia de los que me rodean. Viviría inquieto con su admiración y su aplauso. Pero la vida me sería insoportable con su hostilidad.

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Hay hombres en los cuales lo mismo simpatía que antipatía, cariño que aversión, engendran fatalmente odio, porque no cabe otra cosa en su pecho.

Los hay en quienes tanto el amor como el odio despiertan amor, porque su alma sublime no puede vibrar con otro sentimiento.

Ambas categorías son excepcionales. En la inmensa mayoría de los hombres el amor engendra amor, y el odio, odio.

Y en este promedio vulgar se encuentra, por desgracia, este pobre hombre a quien llaman el doctor Angélico.

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Porque no voy al café ni a las librerías ni a los saloncillos de los teatros a desollar a mis amigos y compañeros me llaman misántropo. Yo pensaba que eso era ser filántropo.

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«El mundo no es más que un inmenso deseo de vivir y un inmenso disgusto de vivir», afirma Heráclito.

Ignoro si eso será el mundo, pero puedo asegurar que eso soy yo.

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Dios está en todas partes, es verdad, pero yo tengo la desgracia de no verlo más que en el alma de los seres nobles.

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«El alma se une al cuerpo sólo para contemplar la Naturaleza y conocerla—dice el filósofo indio Kapila—. Una vez adquirido este conocimiento, el alma ya nada tiene que hacer en este mundo. Puede permanecer en él como la rueda del alfarero sigue dando vueltas algún tiempo después que cesan de impulsarla; pero ya ha cumplido su destino.»

Esto será verdad para los otros; pero yo sé, hermosa mía, que sólo he nacido para unirme a ti. ¡Y si tú te murieses!... ¡Oh, entonces sí que mi vida daría vueltas sin objeto como una rueda loca!

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Sólo sentí la certidumbre cuando me he sacrificado.

Cuando ríes, veo brillar en tus ojos el amor, la felicidad y la inocencia. ¿Qué son el amor, la felicidad y la inocencia más que el mismo Dios? Cuando ríes, Dios se asoma a tus ojos, y me llevo la mano al sombrero como si exhibieran el Santísimo.

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En la fraseología religiosa de los Vedas los dioses son llamados Dêva, que en sánscrito significa brillante, por ser la luz el atributo que mejor les convenía en la imaginación de los poetas védicos. La reforma de Zoroastro hizo empalidecer el brillo de estos dioses; aún más, los obscureció por completo para dar paso a Ormuz, divinidad más pura y espiritual. En el Zend-Avesta la palabra dêva significa espíritu maligno. Los sectarios de Zarathustra miraron con horror los dioses del Rig-Veda. Pero llega al cabo la reforma del Budha, más profunda, más serena, más piadosa, y los dêvas ya no son dignos de horror, sino seres legendarios, héroes fabulosos, a quienes se mira con tranquila benevolencia, porque no son ya ni temidos ni adorados.

Tal acaeció a mi corazón. Alcé en la juventud ídolos brillantes, ante los cuales me prosterné desfallecido de amor y entusiasmo. Luego, en la edad madura, miré con horror y desprecio estos ídolos, porque mi espíritu, depurado de la sensualidad juvenil, tendía a elevarse a regiones más altas. Ahora llega ya la vejez, y, volviendo tranquilamente la vista atrás, dejo de avergonzarme de aquellos dêvas radiantes y falaces de mi juventud. Un sentimiento de piedad hacia ellos invade mi alma. Mis ojos, fatigados, se iluminan con una sonrisa, y después de contemplarlos un instante sin amor y sin miedo, los guardo de nuevo en el corazón como héroes legendarios de la aurora de mi vida.

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Vivo contigo, y tus palabras, tus gestos, tus caprichos, tus caricias y tus cóleras brotan tan espontáneas, que vivo en éxtasis profundo, como si asistiese a la perpetua creación de un alma.

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Hay una pequeña iglesia en el ensanche de Madrid adonde suelo encaminar mis pasos cuando el sol declina. Es pequeña, recogida, solitaria. En el fondo, una estrella de luces alumbra la Sagrada Hostia. Postrado de rodillas, la adoro en silencio. Cerca de mí, a la tenue claridad, distingo algunas figuras también postradas: una señora lujosamente ataviada, un obrero, un caballero joven, otro anciano, una pobre mujer del pueblo con su cesta delante. Son los de siempre. Suena una hora en el reloj. Déjanse oir desde el coro las notas suaves de un pequeño órgano, y una voz de timbre claro, dulcísimo, eleva una plegaria al Señor. El anciano sacerdote, allá junto al altar, responde con voz apagada. Un coro entona el himno del Sacramento. El sacerdote lo exhibe con manos temblorosas. Suena la campanilla. Todo queda de nuevo en silencio. Nos alzamos; salimos del templo cuando la noche ha cerrado ya, y nos apartamos en distintas direcciones. La gran metrópoli nos traga. No nos conocemos: apenas nos vemos. Sin embargo, seres desconocidos, a la hora de mi muerte quisiera teneros al lado de mi lecho.

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«En los viajes que he realizado—dice Confucio—no he hallado ningún objeto precioso: la piedad y el amor de los padres ha sido lo único que encontré de precioso.»

Yo he hallado además otra cosa preciosa. ¿Te acuerdas de aquel beso que te robé mientras tapaba los ojos a tu hermanito?

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La hostilidad, la envidia y hasta la aversión de los hombres, manifestada en los pormenores más insignificantes de la vida, me han causado mucha pena. El único pensamiento que pudo aliviarla es el de que todos los hombres padecemos desde la cuna una enfermedad crónica, la enfermedad del yo. En unos aparece con más gravedad que en otros, pero a todos nos atormenta y amarga durante los cortos días de nuestra existencia. Los pinchazos del envidioso son caprichos de enfermo que debemos perdonar.

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Mi fe, mi esperanza y mi caridad penden de un hilo bien delgado; pero si Dios lo tiene, es bastante fuerte.

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Como la aguja imantada señala al Polo Norte, así mi alma señala al bien. Pero, ¡ay!, la proximidad de una insignificante raspadura de acero la perturba y la hace cambiar de dirección.

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Pasé por la vida pidiendo con afán la felicidad a cuantos tropezaba en mi camino. Como ninguno podía dármela, me enfurecía, me desesperaba, los llenaba de injurias.

A la única persona que pudiera hacerme ese favor la he dejado tranquila.

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