IV

CORRO PELIGRO DE CAER EN RIDÍCULO Y AÚN PRESUMO QUE HE CAÍDO

Los sábados comía, pues, en casa de Reyes. Después me llevaban consigo al teatro, unas veces al Real, otras al Español o a la Zarzuela; porque en los principales de Madrid tenía la familia del General un turno de platea. En estas ocasiones yo echaba el resto en la ornamentación de mi persona. Me había encargado un traje de frac y unas botas de charol, compré el sombrero de copa más reluciente que pude hallar en la capital y celebré largas conferencias con la planchadora que me había recomendado Doña Encarnación acerca de la pechera y los puños de mi camisa, conjurándole por lo que más amase en este mundo a que pusiera en ellos los recursos de su arte, el alma y la vida.

No bastaba esto. Era necesario además que el peluquero del entresuelo me frotase la cabellera con aguas perfumadas, me la peinase y me la rizase con tenacillas, que me diese brillantina y un toque de cosmético al bigote. Mi cabeza era un puro rizo y debía semejar bastante a la de un negrito de Angola; pero yo estaba satisfecho de ella y me parecía una verdadera obra de arte.

El que lea estos renglones habrá ya adivinado para quién se preparaban estas armas mortíferas. Sin embargo, tal vez se haya pasado de suspicaz, porque yo mismo no estaba bien seguro de lo que pretendía y si me dijesen en aquellos días que aspiraba a seducir a la bella señora del general Reyes me hubiera ruborizado y rechazaría la especie con indignación. Lo único de que estaba cierto era de que aspiraba a mostrarme ante ella con todas las ventajas físicas con que a Dios plugo favorecerme.

Debo confesar, aunque me duela el hacerlo, que mis proyectiles caían en la plaza, pero no estallaban. Yo no podía atribuír este resultado a defecto de fabricación, porque estaba perfectamente seguro de mi planchadora, de mi zapatero, de mi sastre y de mi peluquero. Tal vez la Providencia, velando por la seguridad de aquella preciosa mujer, evitase milagrosamente su explosión.

En casa de Reyes me recibía todo el mundo con cordialidad. El General se alegraba mucho de verme y reía y tosía hasta reventar contándome repetidas veces los graciosos episodios de sus días de pesca en compañía de mi padre. Natalia me acogía con su habitual franqueza un poco ruda pero siempre cariñosa. Y en cuanto a Guadalupe, me trataba siempre como una verdadera madre.

Pues bien, esto era precisamente lo que yo no podía sufrir. Aquel tono maternal que conmigo usaba en vez de infundir gratitud en mi corazón lo llenaba de despecho. Porque hablemos claro, ¿qué motivos existían para ello? Aunque contase diez o doce años más de edad que yo, por ley natural no podía ser mi madre. Además, mi barba precoz alejaba de la mente de cualquiera este ridículo supuesto y pensaba que merecía alguna mayor consideración. Guadalupe se obstinaba en hacer caso omiso de ella. Yo me desesperaba.

Un catarro feliz vino a esclarecer un poco este tenebroso asunto. Un día me sentí indispuesto, tuve un poco de fiebre y me vi obligado a quedarme en la cama. Doña Encarnación temió una pulmonía y llamó al médico. Si no mereció el nombre de pulmonía, algo logró parecérsele y pasé algunos días molesto y abatido. El sábado, no pudiendo ir a comer a casa del General, rogué a Moro que le enviase una tarjeta en mi nombre haciéndole saber la causa.

En la mañana del domingo me encontraba bastante aliviado: la fiebre había desaparecido por completo; tenía mi cabeza despejada y departía placenteramente con mi amigo Moro cuando apareció de improviso Doña Encarnación anunciándome, no sin cierta emoción, que dos señoras pedían permiso para verme.

No dudé un instante que fuesen Guadalupe y Natalia, porque no trataba otras en Madrid. La noticia me produjo una increíble agitación, mezcla de temor, de alegría y de vergüenza. ¡En qué desventajosa situación iba a contemplarme la hermosa señora del General! ¡Sin corbata, sin pechera almidonada, con el pelo lacio, sin cosmético, ojeroso y desmadejado! Sixto Moro quiso retirarse, pero yo le rogué que no lo hiciese, tanto por buscar apoyo contra la vergüenza que me embargaba como por el secreto orgullo de mostrarle mi amistad con personas tan principales.

Venían de misa y entraron ambas con mantilla en la cabeza, el devocionario en la mano y el rosario de oro y nácar arrollado a la muñeca. No necesito añadir que Guadalupe en esta forma ataviada parecía más hermosa que nunca. Yo siempre la encontraba mejor. Ambas se mostraron conmigo afectuosísimas, me hicieron infinitas preguntas, me dieron infinitos consejos higiénicos y encargaron muy especialmente a Doña Encarnación «que de ningún modo permitiese que me acatarrase de nuevo». Después se sentaron y charlaron animadamente de diversas cosas, casi todas ellas relacionadas con el arte dramático que ha sido en Madrid, y sigue siéndolo, la tabla de salvación de todas las visitas.

Les presenté a Sixto Moro; pero contra lo que yo esperaba éste apenas pronunció una palabra. Se mostró tan reservado y tímido que hizo aumentar aún mi embarazo. No pude menos de imaginar que se hallaba estupefacto, fascinado como yo por la belleza de la señora de Reyes. Comprendí sus impresiones, pero me disgustó aquella actitud, porque me había hecho lenguas en casa del General de su ingenio y elocuencia. Ambas le dirigían con disimulo escrutadoras miradas donde yo creía leer cierta sorpresa mezclada de ironía. Guadalupe se alzó al cabo de la silla y, acercándose a mí, dijo:

—Nuestra charla, si se prolonga, puede hacerte daño. Nos vamos.

Al mismo tiempo comenzó a arreglar con sus preciosas manos el embozo de la cama, y al hacerlo puso una de ellas casualmente sobre mis labios.

¿Casualmente? Yo era fatuo como lo son en esta edad casi todos los hombres, pero no lo bastante para pensar otra cosa. Así que me abstuve de hacer lo que contando diez años más y siendo menos fatuo hubiera hecho seguramente.

¡Qué delicioso desengaño! Aquella linda mano se sintió molesta, irritada por mi deplorable equivocación y me apretó con impacientes sacudidas los labios reclamando la ofrenda que le era debida. Yo deposité en ella un beso tan leve que a la hora presente aun no estoy seguro de que mereciese este nombre. Sin embargo, ella se dió por satisfecha: retiróse dulcemente y dió otros tres o cuatro toquecitos alegres a las sábanas mostrando su contento.

—No deje usted de darle por la noche, antes de dormir, una tacita de tila con una cucharada de azahar. Es un remedio inofensivo que en nada contraría las prescripciones del médico. A mí me prueba muy bien en todos los catarros.

Doña Encarnación prometió ejecutar fielmente este y otros encargos que le hicieron. Cuando al cabo se marcharon dejando embalsamada la estancia con un suave perfume de violeta yo no sabía dónde estaba, había perdido por completo la noción del mundo exterior y erraba por las regiones más altas de los espacios cerúleos.

La voz de Moro me sacó de mi estupor hipnótico.

—¡Qué hermosa! ¡qué hermosa! ¡Es una aparición celeste!

—¿Verdad que sí?—exclamé impetuosamente fuera de mi sentido.

—He visto pocas jóvenes que puedan comparársele.

—¡Ninguna, ninguna!

Yo debía de tener las mejillas encendidas, los ojos brillantes.

Sixto me miró con sorpresa.

—Es realmente una obra perfecta de la Naturaleza. ¡Qué delicadeza de facciones!, ¡qué cutis terso y nacarado, qué graciosos ademanes, qué voz penetrante!...

—¡Qué manos divinas!—exclamé paladeando interiormente aquel esbozo de beso que había gozado.

—Además hay en sus ojos una expresión de firmeza y candor al mismo tiempo que la hace por extremo interesante. Se adivina detrás de aquellos ojos un espíritu sincero, altivo, leal. Sus palabras y sus gestos manifiestan una gran vehemencia de sentimientos y una dignidad inflexible. Cuando ame, amará de una vez y para siempre. ¡Feliz el hombre que logre hacer suyo ese tierno capullo de rosa!

Estas últimas palabras me sorprendieron.

—Pero, ¿de quién estás hablando?

—¿De quién he de hablar? De la hija de Reyes.

—¡Yo pensé que te referías a su mujer!

Nos miramos los dos un instante y soltamos a reír.

—Soy mejor persona que tú—me dijo Moro—, porque amo lo lícito no lo prohibido.

Convine en ello y proseguimos todavía largo rato cantando alternativamente la belleza de aquellas singulares mujeres.

Se habían despedido hasta el día siguiente, y Moro me pidió permiso para asistir a esta segunda entrevista. Yo se lo concedí con tanto más gusto cuando que ya conocía sus preferencias y no podía existir rivalidad entre nosotros.

Con la alegría de dos niños traviesos comenzamos a disponer los preparativos para recibirlas dignamente. Obligamos a Doña Encarnación a que nos prestase su concurso: se cambió la colcha de mi cama, exageradamente modesta, por otra de seda que Doña Encarnación guardaba en el armario desde sus buenos tiempos de novia; se trasladó un tapiz de la sala a mi cuarto; se limpió con esmerada prolijidad el gabinete; Moro compró flores y se colocaron en dos macetas sobre la mesa; yo envié por una caja de bombones y también se puso abierta y como al descuido al lado de la maceta.

¡Cuánto gozábamos! ¡Cómo reíamos al disponer estos homenajes! Moro invitaba a Doña Encarnación a que se vistiese el traje de gala y saliese al portal a recibirlas; otras veces le proponía que alfombrase el pasillo; otras que hiciese venir un clarinete amigo suyo para que tocase un solo mientras durase la visita. La pobre mujer tomaba en serio alguna de estas proposiciones y nos hacía estallar en carcajadas.

Aquella noche dormí agitadamente. Sin embargo, me encontré muy bien por la mañana, limpio de fiebre y con deseos de levantarme. No lo hice, como puede presumirse, y desde las ocho ya estaba preparado a recibir la celestial visita. No se efectuó hasta las once. El pobre Moro sufrió una decepción. Vino solamente Guadalupe. Natalia no había podido salir de casa por hallarse ocupada en copiar ciertos escritos que su papá necesitaba con urgencia.

La visita de la hermosa dama fué brevísima. Se informó afectuosamente del estado de mi salud, se mostró muy satisfecha de la mejoría y para consolidarla me prohibió que me levantase aquel día. Luego se sentó, y levantándose al instante se acercó a mi lecho con ademán de despedirse. Me puso la mano sobre la frente como si quisiera cerciorarse de que estaba completamente limpio de calentura y después la colocó tranquilamente sobre mis labios y la mantuvo allí un segundo. Pero en este segundo tuve tiempo a darle más de cuarenta besos.

Renuncio a expresar qué ensueños alados, qué locas imaginaciones ocuparon mi cerebro en los días siguientes. Viví en un estado tal de agitación feliz, que llegó a causarme daño. La dicha cuando es demasiado intensa se hace dolorosa.

Me puse bueno rápidamente. Cuando llegó el sábado tomé las precauciones que juzgué indispensables respecto a mi cabellera, mi camisa y mis puños, y me presenté en casa de Reyes como el general que penetra en una plaza que acaba de capitular.

Sin embargo, mi rostro expresaba, cuando penetré en el comedor, no la insolencia de un grosero advenedizo a quien el azar pone en las manos una fortuna inmerecida, sino la dulce serenidad del héroe acostumbrado a vivir en compañía de la victoria.

Todos me acogieron con alegría. Hasta el frío Grimaldi me dirigió una leve sonrisa de felicitación por mi restablecimiento. Aunque yo participase ya de la antipatía que inspiraba a Guadalupe (como estaba dispuesto a participar de todas sus opiniones y sentimientos), no pude menos de corresponderle con efusión.

Porque la efusión rebosaba de mi alma en aquellos momentos. Mi corazón triunfante, desbordando de felicidad, contemplaba la creación entera, los hombres y las cosas con un igual sentimiento de benevolencia generosa.

Mi primera mirada a Guadalupe fué rápida, discreta, pero de una intensidad tal, que debió iluminar su alma como un brillante relámpago.

La que ella me dirigió fué mucho más discreta aún. Si hubo iluminación, fué tan rápidamente extinguida, que no dejó señales. No pude leer otra cosa en ella que aquel tierno y molestísimo sentimiento maternal que desde un principio me había dedicado.

La segunda, menos rápida, menos discreta y más intensa aún, no obtuvo tampoco resultados visibles. La hermosa señora de Reyes me miró atentamente al rostro y me preguntó con interés:

—Supongo que seguirás tomando por las noches la tacita de tila con azahar que te he recomendado.

—¡Señora, déjese usted de tila y azahar, y recordemos los besos que le he dado!

Esto respondí, no con los labios, sino con el pensamiento.

En efecto, había tomado la tila y me había probado perfectamente. Después se informó si llevaba sobre el pecho una franela, como me había recomendado igualmente. Sí; llevaba sobre el pecho aquella franela. Cuando se hubo enterado de estos pormenores pareció quedar enteramente satisfecha.

Pero yo no lo estaba, ¡rayo de Dios, no lo estaba! Al contrario, me sentí repentinamente tan triste y desmayado, que mi rostro debió expresarlo claramente.

—No has adelgazado mucho—dijo Natalia mirándome—; pero estás abatido.

En fin, se dejó de hablar de mi persona, y la conversación giró sobre otros asuntos más importantes. Guadalupe tomó parte en ella con la perfecta naturalidad que la caracterizaba, sin que yo pudiese observar en su actitud ni en sus miradas nada que indicase la presencia en su corazón de un secreto amor. En vano quise adoptar actitudes lánguidas e interesantes para hacerla comprender lo que pasaba en el mío; en vano procuré dar a mis ojos una expresión cada vez más intensa; en vano comencé resueltamente a arquear las cejas, a alargar los labios y ejecutar otros signos que me parecían adecuados a despertar en ella el recuerdo de aquel delicioso momento de abandono cuya memoria esclarecía mi alma. Nada; ni la más leve señal que denotase su existencia.

Entonces quise probar a llamarle la atención por medio de una tosecilla seca y discreta, a fin de que advirtiese que yo no olvidaría jamás la prueba de amor que me había dado y que sería fiel hasta la muerte.

—¡Cuando digo que no estás curado por completo y que no debieras salir aún por la noche!

Es horrible. Estas caritativas palabras hirieron mi corazón como un dardo envenenado. Sentí que me abandonaban las fuerzas y estuve a punto de llorar allí mismo, en presencia de todos, mis ilusiones perdidas.

Hasta me acometió repentinamente la sospecha de que aquellos inolvidables besos no habían existido más que en mi imaginación, que acaso los había soñado. La duda hizo presa en mi alma, y quedé triste, triste hasta la muerte.

El tiempo transcurría; terminamos de comer; la conversación siguió girando sobre varios asuntos. Y yo no obtuve ningún indicio que pudiera hacerme pensar que el suceso que había llenado mi corazón y trastornado mi cerebro durante algunos días no fuese un delirio de mi mente acalorada por la fiebre. Al sábado siguiente pasó lo mismo, al otro, igual...

Aquellos besos, caso de haber existido, se perdieron en los abismos del tiempo y del espacio, y jamás ningún químico los hallará en su retorta analizando los componentes del planeta.

V

MI AMIGO PÉREZ DE VARGAS, GEÓLOGO

Mi vida académica se deslizaba paralela y más tranquila que esta otra de que acabo de dar noticia.

Entre mis condiscípulos de la Facultad de Ciencias intimé particularmente con uno llamado Martín Pérez de Vargas. Era un joven de singular talento y aplicación. Trabé con él amistad un día en que, por encargo del catedrático, hizo el resumen de las explicaciones de la semana. Llevó a cabo su cometido con tanto acierto y claridad y palabra tan elegante, que cuando salimos de clase no pude menos de felicitarle calurosamente.

Soy vehemente para expresar mi opinión adversa cuando cualquier cosa o persona me disgusta. Quizá por eso habré pasado alguna vez por envidioso. Juro, sin embargo, que jamás maldecí de aquello que me pareció bien, y que, por el contrario, creo haber pecado casi siempre por exceso de entusiasmo tratándose de aquellos amigos en quienes reconocía algún mérito.

Pérez de Vargas unía a su claro talento un gran atractivo físico. Era rubio y tenía hermosos ojos azules, donde se leía a la vez la inteligencia y la lealtad de su espíritu. Sus facciones correctas, su tez delicada y tersa, su figura esbelta. Vestía con elegancia y sus modales eran distinguidos, revelando una educación esmerada. Pertenecía a una aristocrática familia muy conocida en Madrid y habitaba un viejo palacio en una de las calles próximas a la de San Bernardo donde se halla situada la Universidad.

Nuestra amistad se satisfizo al principio con pasear juntos por los corredores en los intervalos de las clases. Muy pronto, sin embargo, advirtiendo mi inclinación al estudio y mi entusiasmo por la ciencia me llevó a su casa y me mostró los tesoros científicos que había acumulado.

Era su casa, como he dicho, un viejo palacio bastante deteriorado y sucio por fuera. Dentro era otra cosa. El portal adornado con plantas, la escalera alfombrada. El portero era un enano imponente con luenga y espesa barba gris, larga levita azul y sombrero de copa; los criados vestían de frac y corbata blanca.

Pero mi amigo, aunque pertenecía a la casa, no disfrutaba mucho de sus suntuosidades ni gozaba de gran preeminencia en ella a lo que pronto logré entender. Marchando sigilosamente sobre la punta de los pies y recomendándome el mismo silencio me condujo, después de atravesar algunos amplios pasillos del piso principal, por una estrecha escalera a una especie de camaranchón o desván con dos ventanillas sobre el tejado y una claraboya en el techo.

Pérez de Vargas había hecho de esta pieza su cuarto de estudio y su museo. Estaba amueblado con un sofá viejo y cojo, algunas sillas viejas y cojas también, una mesa-escritorio vieja, y adornado con algunos cuadros viejos. Los tesoros científicos de que he hablado se hallaban esparcidos sin orden ni clasificación alguna por el suelo. Se componían de algunos frascos llenos o mediados de disoluciones viscosas de diferente coloración, muchos y grandes pedruscos de fea catadura, y de un gato disecado de más fea catadura aún.

Pérez de Vargas era apasionado de las ciencias naturales, particularmente de la Geología, y aprovechaba los domingos para hacer excavaciones por los alrededores de Madrid. Casi siempre venía cargado de piedras preciosas, no para el adorno de las damas, sino para el conocimiento de los diferentes aspectos que había presentado en su evolución nuestro planeta mirado desde Vallecas y para el estudio de la vida y milagros de nuestros antepasados trogloditas. Pérez de Vargas había descubierto que el arroyo Abroñigal había sido en tiempos prehistóricos un río caudaloso tan grande como el Misisipí. Desde que me comunicó tan importante descubrimiento yo no podía saltar este reguero sin sentirme penetrado de respeto.

Además había encontrado en las afueras de la villa, cerca de la Moncloa, algunas capas de lava porosa que en su opinión era de origen ígneo. Esto le hacía presumir que en Madrid había existido un volcán en los tiempos siluriano o devoniano. Nada tendría de extraño, porque los periódicos conservadores decían todos los días que vivíamos sobre un volcán.

Acontecía que los criados, no versados en tales estudios, y que ignoraban enteramente la génesis de nuestro planeta, le tiraban a la calle algún trozo de roca plutónica o de esquisto cristalino como si se tratase de cualquier vulgarísimo canto rodado. Pérez de Vargas experimentaba un vivo dolor y protestaba con toda la indignación de sus convicciones científicas. Pero aquellos malhechores de corbata blanca apenas le escuchaban o lo hacían con sonrisa de conmiseración despreciativa.

¿Por qué esta sonrisa desdeñosa aparecía en los labios del servicio doméstico de la casa de Pérez de Vargas cada vez que tropezábamos con uno de sus individuos en los corredores?

No por otra razón sino porque Martín era el último vástago de aquella noble familia.

Su hermano mayor se acercaba ya a los cuarenta años y era comandante de artillería; el segundo, que pasaba de los treinta, era capitán del mismo cuerpo facultativo; después venía una cola del género femenino, compuesta de cinco niñas, Rosalía, Caridad, etc., hasta llegar a Mercedes que contaba veintiún años, tres más que mi buen amigo y condiscípulo.

Esta familia hacía algún papel en la alta sociedad madrileña. Particularmente las cinco ninfas brillaban y centelleaban como claros luceros en los teatros, paseos y conciertos y en todos los bailes, tes bridge y five o clock, del gran mundo. Los cronistas de los periódicos no omitían jamás sus nombres.

Que estas cinco jóvenes tenían el propósito firme de encontrar cinco maridos no era un secreto para nadie. La razón de por qué no los habían hallado hasta entonces, ya estaba más oculta.

Sin embargo, en la Universidad, donde no sólo se aprenden teorías y clasificaciones científicas, sino que hay tiempo de averiguar los recursos pecuniarios con que cuentan las familias de los estudiantes, se decía que la casa de Pérez de Vargas estaba arruinada y que si no venía pronto un marido rico a ponerle algunos puntales no tardaría en desmoronarse.

Al mismo tiempo, aunque todo el mundo reconocía que vestían con elegancia, ninguna de ellas llamaba la atención por su hermosura. Un estudiante bromista me dijo un día al oído que la más bonita de las niñas de Pérez de Vargas era Martín, nuestro condiscípulo. En efecto, su belleza era tan acabada, y al mismo tiempo tan femenina que si hubiese cambiado su rostro por el de una de sus hermanas ésta hubiera realizado un negocio magnífico.

Pero si su frente era tersa y pura como la de una Venus helena, los pensamientos que bajo ella germinaban no podían ser más viriles. Mi amigo Pérez de Vargas aspiraba nada menos que a dejar huellas profundas en la historia de la ciencia: hablaba de hacer viajes exploradores por el Africa Central, de reconocer por sí mismo los estratos terciarios de los Andes chilenos y los silurianos de Noruega, de estudiar concienzudamente los fósiles marinos pertenecientes a especies extinguidas. Sobre todo tenía en su corazón el propósito inquebrantable de dar a conocer al mundo los restos de un colmillo de elefante y de algunos molares del mismo animal que había tenido la dicha de encontrar en el cerro de San Isidro.

Allá en las soledades de su estudio-desván pasábamos a veces largos ratos hablando de estos y otros proyectos, haciendo experimentos de física o trasegando disoluciones de un frasco a otro. Hasta nosotros llegaban las notas alegres del piano y el ruido del bailoteo del salón, que escuchábamos con indiferencia desdeñosa. Eramos unos sabios y aquel mundo frívolo que allá abajo se agitaba no excitaba en nosotros más que desprecio y compasión.

Pero el mundo frívolo pagaba con creces nuestro desdén y hasta sospecho que se reía de nuestro ardiente deseo de saber. Un mozalbete de los que bailaban y representaban charadas en los salones de Pérez de Vargas, un día que nos tropezó en la calle habló a mi amigo con tal tono de superioridad protectora, que me sorprendió y me irritó lo indecible. Esta sorpresa aumentó notablemente cuando Martín me hizo saber que aquel mequetrefe, que sólo contaría cuatro o cinco años más que nosotros, había intentado seguir tres carreras y en todas tres se había quedado atascado a la puerta sin lograr aprobar el primer curso. Aún no había averiguado que en una sociedad brillante, pero inculta, el hombre culto es objeto siempre de aversión y desprecio.

Nos hallábamos a la sazón en un período bastante agitado. Las manifestaciones políticas y los motines eran frecuentísimos en Madrid. Nosotros los estudiantes no nos substraímos a este humor turbulento; antes al contrario, éramos los primeros en participar de todas las algaradas que se sucedían casi sin interrupción y aun promover algunas por nuestra cuenta. Por la cosa más insignificante nos encrespábamos, salíamos a la calle furibundos y gritando como energúmenos. Un día era porque cierto profesor había expulsado de la cátedra a un alumno sin razón alguna; otro día porque exigíamos que se nos concediesen las vacaciones antes del tiempo reglamentario; otro porque el catedrático de Historia, según noticias de sus discípulos, había defendido el tribunal de la Inquisición en sus explicaciones. Por todo nos alborotábamos y todo nos servía de pretexto para no entrar en clase y hacer ruido. La Policía nos tenía sobre ojo y nos detestaba cordialmente. Y en cuanto se presentaba una ocasión propicia, ya se sabía, nos zurraba la badana de lo lindo.

Tanto Pérez de Vargas como yo abominábamos de estos ridículos alborotos, que nos parecían engendrados las más de las veces por la necedad y la holgazanería.

Acaeció que un día, como ya había acaecido otros varios durante aquel curso, llegaron los estudiantes de la Escuela de Medicina de San Carlos a las puertas de la Universidad en furioso tropel, lanzando alaridos lamentables para solicitar nuestra ayuda en un caso verdaderamente grave. Se trataba de que el decano de la Facultad, en un alarde de feroz despotismo, había decretado que no se expusiera en la sala de disección más que un cadáver por semana para el estudio de los alumnos. Esta resolución arbitraria y desacertada hirió en lo más vivo la dignidad de aquellos que creían tener derecho a dos cadáveres por lo menos. Se agitaron, se arremolinaron y decidieron reclamar de los Poderes públicos por medio de una manifestación en que tomasen parte todas las Facultades de la Universidad, los cadáveres que de antiguo les correspondían.

Los estudiantes de Derecho, como es natural, tratándose de sujetos consagrados al cultivo de la Justicia, tomaron parte inmediatamente en la vindicación de la ofensa y se lanzaron a la calle gritando tanto o más que los directamente agraviados. Las demás Facultades fueron arrastradas también por esta gran marejada y se decidieron igualmente a solicitar con el mayor ruido posible la destitución del infame decano. Algunos no se daban por satisfechos con verle destituído y expresaban sin rebozo alguno su deseo ardiente de hacerle la autopsia el primer día que se presentase ante ellos en clase.

Con estos sentimientos crueles, en mayor o menor grado de intensidad, se formó delante de la Universidad una manifestación imponente. Antes de ponerse en marcha hicieron uso de la palabra algunos oradores, que arengaron a las masas encaramados sobre los hombros de sus compañeros En todos sus discursos resplandecía un amor entrañable a la libertad y todos expresaron el propósito firme de dar por ella hasta la última gota de sangre.

Mi amigo Pérez de Vargas y yo, ignorábamos la relación que existía entre la libertad y los cadáveres reclamados; pero seguimos por curiosidad la manifestación, aunque de lejos, haciendo comentarios poco halagüeños para sus tribunos.

—Me parece—decía Martín, riendo,—que lo que están dispuestos a dar, no es la última gota de su sangre, sino la de sus cadáveres.

La masa de estudiantes descendió por la calle de San Bernardo, lanzando gritos de guerra, con el propósito de llegar hasta la Puerta del Sol y asaltar el Ministerio de la Gobernación.

—¡Qué manifestación macabra!—exclamaba Pérez de Vargas.

Pero al llegar cerca de la plaza de Santo Domingo, una sección de guardias de orden público les salió al encuentro y les obligó a retroceder precipitadamente. Esta retirada precipitada se convirtió pronto en huída vergonzosa; porque los guardias, exasperados por los insultos antiguos y modernos que de los estudiantes recibían, comenzaron a repartir sablazos con verdadera prodigalidad. Para que la ola no nos arrastrase tuvimos necesidad de arrimarnos al muro de las casas. No nos parecía ni conveniente ni decoroso el huir, ya que nosotros no habíamos tomado parte en la manifestación. Pasaron, pues, nuestros compañeros como un vil rebaño perseguidos de los guardias; pero al aparecer éstos con los sables desenvainados, nosotros, en vez de seguir tranquilos, no pudimos reprimir un movimiento instintivo de miedo y dimos la vuelta y nos pusimos a correr como los otros. Fué nuestra perdición. A los pocos pasos que dimos, Martín cayó herido de un sablazo en la cabeza. Yo me detuve y felizmente me bajé para socorrer a mi amigo y esto me salvó de otro sablazo igual o mejor.

La calle había quedado desierta. Las tiendas y las puertas de las casas se habían cerrado hacía tiempo. Los comerciantes y porteros, sabiendo ya por experiencia en lo que paraban estas manifestaciones estudiantiles, en cuanto vislumbraban una se apresuraban a echar el cerrojo.

En un principio imaginé que Martín había caído al suelo por virtud de un golpe de plano; pero al levantarle observé con horror que estaba cubierto de sangre. Entonces llamé con todas mis fuerzas en la puerta de la tienda que tenía cerca, pidiendo socorro. Al cabo de unos momentos, un dependiente asomó la nariz por una estrecha rendija y paseando sus ojos investigadores por el ámbito de la calle y cerciorándose de que el peligro había desaparecido, abrió a medias la puerta, alzamos entre los dos al herido y lo metimos dentro. No había perdido el conocimiento, pero soltaba bastante sangre y como ésta le corría por la cara, el efecto no podía ser más aflictivo. Después que hicimos vanos esfuerzos por restañársela con un pañuelo y con una toalla, el dueño del comercio y sus dependientes opinaron que debíamos conducirlo a la botica más próxima.

Así lo hicimos, y el farmacéutico, que ya tenía abierta la puerta, aunque no el escaparate, se apresuró a bañarle la herida con un líquido astringente que detuvo la sangre; pero me aconsejó que lo llevase a la Casa de Socorro. Echadas mis cuentas, vi que ésta se hallaba bastante más lejos que la suya y en consecuencia decidí transportarle a su propio domicilio, y él así me lo rogó también. Corrí a la plaza de Santo Domingo donde había puesto de coches de punto, me metí en uno, vine a la farmacia y acomodando en él a mi amigo, di las señas al cochero del palacio de Pérez de Vargas.

En pocos momentos llegamos delante de la puerta. El enano hirsuto y severo de la portería nos recibió sin conmoverse ni ceder un punto de su severidad. Hizo sonar un timbre, bajó un criado y tampoco éste pareció dar señales de sobresalto y dolor viendo a su joven señorito con la frente vendada y con señales de sangre en la venda. Lo que hizo fué subir apresuradamente la escalera y enterar a la familia de que Martín había sido herido por un guardia en un motín de estudiantes.

Cuando llegamos arriba salieron la señora de Pérez de Vargas, mamá de mi amigo, y dos de sus elegantes hermanas. La mamá se conmovió al verle tan pálido y herido.

—Hijo mío, ¿qué has hecho?—exclamó poniéndole las manos sobre los hombros.

—¿Qué había de hacer? ¡Alguna tontería de las suyas!—respondió agriamente una de sus hermanas.

—¡Como si lo viera!—corroboró la otra con no menos acritud.

—¡A ver, Gabino, corre inmediatamente a casa de Huerta!... No, no avises a Huerta, que está muy lejos... Aquí en el número siete hay un médico. Pregunta al portero. Dile que venga contigo sin pérdida de tiempo—profirió la señora temblando de emoción dirigiéndose al criado mientras besaba a su hijo y le empujaba suavemente hacia las habitaciones interiores.

Pero en aquel momento salieron al ruido las tres ninfas que restaban, se pusieron al tanto de lo que ocurría, y sin compasión alguna comenzaron a pronunciar ásperas palabras contra mi pobre amigo.

—¡Bien empleado te está!—decía una.

—¡Eso es!—replicaba otra—. Estos chicuelos son insufribles, siempre armando alborotos.

—Y faltando al respeto a los profesores.

Yo estaba escandalizado de aquella dureza injustificada. Quise hacerles entender que nosotros no habíamos tomado parte en el motín, y sólo por una circunstancia fortuita había sido herido mi amigo. Aquellas elegantes arpías me atajaron con unas miradas tan furiosas y despreciativas que las palabras expiraron en mis labios. Avergonzado y confuso, cuando vi que todas me volvían la espalda, me puse el sombrero y bajé apresuradamente la escalera.

Cuando llegó el fin del curso, repasamos juntos nuestras asignaturas: en los últimos días resolvimos velar hasta la madrugada. Al efecto, después de cenar me iba a su casa. Sobre la mesa de su cuarto se hallaba, a más de los libros, una maquinilla para hacer café.

Es cosa sabida por todos que este producto ultramarino desvela y aguza la memoria. Lo confeccionábamos, pues, con prolijo esmero y bebíamos algunas tazas. El resultado no correspondía siempre a nuestro propósito. Más de una vez y más de dos a la media hora de ingerirlo roncábamos ambos de bruces sobre la mesa.

Aquel fué el primero y último curso que estudiamos juntos. En uno de los primeros días del segundo llegó a la Universidad triste y abatido, y me comunicó con voz apagada, que por exigencias de su familia se veía obligado a dejar la carrera de Ciencias y prepararse para entrar en la milicia. Con prudente vaguedad me dió a entender que los negocios de su casa no marchaban muy bien y que necesitaba pronto ponerse en condiciones de ganarse la vida por sí mismo. Había elegido la carrera de ingeniero militar como más compatible con el cultivo de las ciencias que amaba y no quería abandonar.

Pronto averigüé, como averiguó todo Madrid, la ruina y caída de la Casa de Pérez de Vargas. Sus acreedores se habían echado sobre ella, y no sólo sus bienes, sino hasta el mismo viejo palaciote había quedado en su poder. Sus hermanos varones permanecieron en Madrid, pues aquí tenían sus destinos: los papás y las hijas se habían ido a vivir a cierto lugarcillo de una provincia lejana donde un hermano de la señora les había dejado una casa y algunas pequeñas rentas para sostenerse. Allí fueron a refugiar su desnudez aquellas cinco elegantes que tanto esplendor habían dado a la corte.

Martín quedó aquel año en Madrid preparándose para el ingreso en la escuela. Después se fué a Guadalajara y no volví a verlo en muchos años.

VI

LA GLÁNDULA DEL ATEÍSMO

Bien; quedamos en que la rosa espléndida que brotó en la mañana de mi vida se marchitó apenas brotada. No acaeció otro tanto con la que embalsamó la existencia de mi amigo Sixto Moro. He de contar su historia en estas memorias con la esperanza de producir algo digno de ser conocido.

Y ¿por qué he de maldecir de mi fracaso? Al contrario; quiero alegrarme como si fuese uno de los sucesos más dichosos de mi vida. Cuando un hombre, a punto de cometer una mala acción, tropieza con cualquier obstáculo que se lo impide, esto significa que no está dejado de la mano de Dios. El ángel de su guarda le ha suscitado aquel impedimento para salvarle. Yo bendigo a la Providencia porque el mío en aquella ocasión me haya hecho caer de bruces. A la hora presente no me atormenta el remordimiento de haber engañado vilmente a un amigo de mi padre.

Ya sé que esto no es completamente moderno, que existe en la actualidad una moral más perfeccionada; pero soy viejo ya y no tengo tiempo ni humor para ponerme al tanto de los nuevos descubrimientos.

La aventura de Moro se desarrolló desde un principio con la mayor inocencia. Los cortos momentos que pudo estar cerca de Natalia y las pocas palabras que con ella había cruzado causaron sobre él tan profunda impresión, que durante algún tiempo apenas sabía hablarme de otra cosa. Quería averiguar no solamente los rasgos de su carácter, sino también los pormenores referentes a su vida y costumbres, y me saeteaba con preguntas que la mayor parte de las veces no podía yo satisfacer. Me confesaba ingenuamente que la imagen de aquella niña le seguía a todas partes y turbaba la marcha hasta entonces tranquila de su vida.

Yo comprendía el estado de su alma por lo que en la mía pasaba: hubiera tenido placer en ayudarle a conquistar el corazón o la mano de aquella bella criatura, mas vi prontamente lo absurdo de tal empresa. Moro era un joven de extraordinario talento, de una maravillosa facilidad de palabra, que a no dudarlo se abriría camino en la sociedad y alcanzaría los primeros puestos de la política. Pero su mérito hasta ahora se hallaba inédito: sólo sus condiscípulos de la Universidad y sus compañeros de la Academia de Jurisprudencia podían apreciarlo. En el mundo no se cotizan las esperanzas, y a la hora presente mi amigo no era otra cosa que el hijo de un pobre zapatero de Alcalá y un aprendiz de abogado. ¿Cómo poner los ojos en la hija única de un tan encumbrado personaje como el general Reyes?

Demasiado lo comprendía él. Por eso jamás, ni directa ni indirectamente, salió de sus labios en nuestras conversaciones una palabra que pudiese significar alguna remota esperanza de ser correspondido. En cambio, se entregaba libremente a los goces del amor platónico, buscando las ocasiones de dar satisfacción a los ojos con la imagen de su adorada.

No le faltaban, ciertamente, porque yo conocía bien las costumbres de las damas; sabía en qué iglesia y a qué hora oían misa los domingos y cuáles los teatros que frecuentaban durante la semana. El pobre Moro, aunque disponía de escasísimos recursos, encontraba de vez en cuando una peseta en su bolsillo para procurarse una entrada de paraíso. Yo le prestaba mis gemelos y desde aquellas alturas se saciaba contemplando toda la noche a su ídolo.

Más de una vez, cuando yo tenía el honor de acompañarlas, al levantar los ojos desde nuestra platea a la galería tropezaron con los de mi amigo ávidamente posados en nosotros. Yo le hacía un signo, él me hacía otro, y nada más. Me había suplicado con mucho encarecimiento que jamás diese a entender a Natalia aquel amor que le había inspirado, y le cumplía la promesa. Más de una vez también, hallándole por la mañana con los ojos enrojecidos, he comprendido que había pasado la noche anterior con ellos pegados a los cristales de los gemelos en algún teatro. Yo le embromaba con aquellas manchas sanguinolentas y él no me negaba el hecho.

Natalia me dijo un día:

—Tu amigo Moro debe de ser muy aficionado al teatro: le he visto ya diferentes veces.

—Sí—le respondí con alguna vacilación—; le gusta mucho la música y la literatura... pero le habrás visto en las alturas, porque todavía no puede permitirse el lujo de una butaca.

—Eso demuestra que es un sincero aficionado—replicó graciosamente—. La mayoría de los que vamos a butacas y a palcos no asistimos al teatro por el drama o por la ópera que representan, sino por ver gente, por exhibirnos, por pasar el rato.

Repetí estas palabras a Moro y le causaron muy grata impresión. El espíritu grave, recto y sincero de Natalia se adivinaba al través de ellas.

—¡Ya ves cómo no adoro a una muñeca!—exclamó con los ojos brillantes de alegría.

Se hizo más cauto, sin embargo, y redobló sus precauciones para no ser visto por ella.

¡Qué placer infinito le causé un día que le traje la rosa que Natalia había llevado sobre el pecho en el teatro! Se le había caído cuando salimos. Yo la recogí del suelo y quise entregársela.

—Tírala, no sirve ya para nada.

—Es lástima—le respondí—; me quedo con ella.

—¡Con tal que no te sirva para hacer alguna conquista!

—Bueno, se la regalaré a mi patrona Doña Encarnación, a ver si consigo que se ablande.

—¿Qué estás diciendo?—exclamó, mirándome con espanto.

—Sí; que se ablande el beefsteak que nos sirve en el almuerzo.

Soltó una fresca carcajada. El General y Guadalupe se volvieron, y mi palabrita, repetida por Natalia, obtuvo un gran éxito.

El pobre Moro quiso volverse loco de alegría cuando le entregué esta rosa. Me hizo jurar que no le engañaba, que había estado, en efecto, sobre el pecho de su amada. Una vez convencido se entregó a tan graciosos extremos de alegría, que pasamos un rato delicioso. La colocó en un pequeño florero, se arrodilló delante de ella, se puso a cantar el Tantum ergo y a guisa de incensario quemó en su honor algunas hojas de papel de Armenia. Después la llevó con toda solemnidad a su cuarto y, haciendo previamente grandes y repetidas genuflexiones, la encerró en su armario, prometiéndome que de vez en cuando la «pondría de manifiesto», sonando antes la campanilla para que todo el mundo de la casa viniese a adorarla.

¡Cuánto nos hacían reír estas bromas! Nos hallábamos en la edad dichosa en que se ríe con las alegrías y también con las penas.

Como ejemplo igualmente de que el humor jocoso de Moro no se había extinguido por la pasión sin esperanza que le había cogido, contaré una chanza que por aquellos días nos hizo reír mucho.

Algunas noches, después de comer, los primos Mezquita solían arrastrarnos consigo al Café de Madrid.

En aquel tiempo se juntaban por las noches en este café los enemigos más caracterizados que el Sér Supremo tenía en la capital de España. La mayor parte eran estudiantes de Medicina. Había también muchos dependientes de comercio y algún que otro borracho sin profesión conocida.

Se hallaba situado entonces frente al Ministerio de Hacienda. A un lado de la puerta de éste aparecía un gran letrero en negro, trazado con brocha gorda, que decía: «Cayó para siempre la raza espúrea de los Borbones.» Al otro lado decía: «Justo castigo a su perversidad.» Estos renglones fatídicos, que podían leerse a la luz de los faroles, contribuían no poco a mantener vivo el espíritu revolucionario en el café.

Todo el mundo era rebelde en el Café de Madrid: el dueño, los mozos, la clientela. Si por casualidad se deslizaba allí algún incauto monárquico, pronto se marchaba escandalizado por los conceptos sediciosos que se vertían en voz alta.

Verdad que en aquella época no se corría peligro amenazando a lo existente en voz alta. Nos hallábamos en plena revolución. Los ministerios se sucedían unos a otros alzados y derrocados por la presión del populacho y de los periódicos que mejor lo representaban. El Ejército se cruzaba de brazos, presenciando con desdeñosa indiferencia la agitación de las masas; la Policía ejercía su ministerio tan tímidamente, que no se la sentía, como si tuviese vergüenza de sí misma.

Con todo, no podía dudarse de que los clientes del Café de Madrid eran hombres indómitos y peligrosos, y el más feroz de todos su mismo propietario, un hombrecillo gordo, barrigudo, que acostumbraba a situarse en una mesa próxima al mostrador, rodeado siempre de una camarilla o guardia negra que comentaba sus hazañas y bebía sus licores. Corría, como válido en el café, que Don Pancracio (así se llamaba su dueño) se había batido heroicamente en las barricadas y había entrado en todas las conspiraciones fraguadas diez años antes de la revolución, por lo cual había sido condenado cinco veces a muerte, sin que estas condenaciones hubiesen alterado poco ni mucho sus facultades digestivas.

Don Pancracio era hombre feroz por convicción más que por temperamento. Todo el mundo convenía en que tenía un corazón bondadoso y tierno y se contaban de él algunos rasgos de generosidad muy laudables. Pero había llegado a imaginar que era un sér temeroso y esto le lisonjeaba hasta un punto indecible. Se susurraba que en los barrios bajos de Madrid había dos mil hombres de pelo en pecho que no aguardaban más que una señal suya para empuñar el trabuco y lanzarse a la barricada.

Aunque esto no fuese cierto, los clientes así lo creían y él debía de creerlo aún más firmemente que ellos, a juzgar por su entrecejo siempre fruncido y la manera temerosa de hacer rodar sus ojos sanguinarios por todo el ámbito del café. Cuando allá en una mesa lejana se producía una disputa demasiado violenta y los contendientes se hallaban próximos a venir a las manos, esto despertaba inmediatamente los instintos guerreros del propietario quien, soltando una terrible blasfemia, tomaba una botella por el cuello y, mirando hacia los perturbadores del orden de un modo provocativo, murmuraba amenazas capaces de hacer estremecerse al Cid en su tumba. Pero sus genízaros se apresuraban a calmarle: «—¡Don Pancracio! ¡Don Pancracio!... ¡Un hombre como usted ensuciarse las manos en esos peleles!»

El propietario se calmaba con estas o semejantes razones, soltaba el cuello de la botella y no tardaba en bebérsela en compañía de su estado mayor. No puedo medir la capacidad estratégica que éste alcanzaba, porque nunca le he visto a la hora de la batalla, pero sí puedo certificar de la que poseía para los líquidos espirituosos.

Todas las horas eran trágicas para este café de conspiradores; pero la más trágica de todas era aquella de la noche en que aparecía un periódico revolucionario titulado El Combate. Cuando se abría la puerta y el vendedor se presentaba con su gran paquete debajo del brazo, los clientes todos como un solo hombre se ponían en pie, se agitaban convulsos, gritaban, gesticulaban y el orden no quedaba restablecido hasta que todos se veían poseedores de la preciosa hoja que devoraban con espasmos de alegría. En esta hoja se llamaba todos los días «granuja» al presidente del Consejo de Ministros, se le desafiaba y se empleaban las palabras más sucias del diccionario para calificar a los ministros.

¿Cómo podía consentirse esto?, preguntará tal vez el lector. Sencillamente, porque habíamos concluído con la ominosa tiranía y gozábamos de todos los derechos individuales.

No pudiendo reprimir legalmente la injuria, el Gobierno acudía al recurso de pagar a unos cuantos bravucones que entraban de improviso en las redacciones de los periódicos, apaleaban a los redactores y rompían y deshacían cuanto encontraban. Todo el mundo habrá oído hablar de la famosa partida de la porra. De un día a otro se esperaba que estos terribles apaleadores penetrasen en la redacción de El Combate. Si no lo habían hecho hasta entonces era porque los redactores se hallaban prevenidos y escribían con un par de revólveres delante de las cuartillas. Pero en cuanto se demoraba un cuarto de hora la salida del periódico, una gran impaciencia reinaba en el café, algunos salían a la calle, circulaban noticias alarmantes y sólo respirábamos cuando aparecía el enorme paquete por la puerta.

Una noche no apareció. ¡Noche terrible, noche aciaga en los fastos de aquel memorable café! A medida que el tiempo transcurría la consternación se pintaba en todos los semblantes. Al principio se gritaba mucho, se gesticulaba, había gran movimiento de entradas y salidas: los clientes más jóvenes se lanzaban en descubierta por las calles y volvían pálidos sin poder dar noticias concretas. Más tarde una desesperación sombría se apoderó de todas las cabezas. Las voces comenzaron a sonar más roncas. Después se apagaron por completo y un silencio heroico se extendió por todo el café.

Don Pancracio ordenó cerrar las puertas como estaba prevenido, pero sus camareros recorrieron como agentes ejecutivos todas las mesas, advirtiéndonos que podíamos permanecer allí el tiempo que tuviéramos por conveniente.

Nadie se movió en efecto. Allí permanecimos todos hasta que rayó la luz del día, convencidos de que el dios Morfeo no tenía poder para prender nuestros párpados si antes no habíamos leído las fulgurantes amenazas de El Combate.

Es de saber, no obstante, que en el Café de Madrid no todos eran hombres de acción. Había también pensadores. Y siento verdadera satisfacción al declarar que los que correspondían a la mesa donde se sentaban los Mezquita con otros estudiantes eran los más conspicuos.

Después que se había injuriado suficientemente a los Poderes constituídos se discutía indefectiblemente el tema de la espiritualidad del alma. En realidad no se discutía, porque aquellos estudiantes no admitían discusión sobre este punto; pero servía de blanco para sus burlas más ingeniosas y para sus sarcasmos más sangrientos. Había un profesor de la Facultad de Medicina que les decía: «—Entre los centenares de cerebros que he disecado, jamás tropezó mi escalpelo con el alma.»—Y esta frase se repetía a menudo y cada vez con más unción por los tertulios.

En cuanto a Dios, no contaba allí más que con una minoría irrisoria. Sólo dos o tres nos atrevíamos a sostener que no estaba completamente sepultado y putrefacto. Si alguna vez se nos ocurría pronunciar su nombre, inmediatamente se nos atajaba: «—Perdón, amigo, ¿no podrías decir en vez de Dios, la Naturaleza?»

Sin embargo, nosotros nos obstinábamos en nombrarle. Decentemente no podíamos dejar abandonado un sér indefenso.

Esto producía terribles contiendas teológicas, en las cuales alguna vez tomaba parte el mozo que nos servía, llamado Fariñas. No sé si algún día escribiré un estudio sobre este mozo, pero sí estoy seguro de que debiera hacerlo. Serio, reflexivo, conciliador, mediano filósofo, pero gran matemático. Cuando le debíamos cuatro cafés y siete botellas de cerveza nos demostraba con el lápiz en la mano que le debíamos cinco cafés y nueve botellas. Se escuchaba siempre su opinión con deferencia más por respeto a su lápiz que a sus conocimientos.

Por supuesto era cosa averiguada para aquellos jóvenes que el pensamiento no es otra cosa que una secreción del cerebro, como la orina de los riñones. Se repetían estas y otras frases de Cabanis y Carlos Vogt como si fuesen el fin y el compendio de toda la sabiduría humana. No existían aún los mecanistas, los energéticos, los pansensacionistas, los cientistas, y se atenían, por lo tanto, a la forma más primitiva del monismo materialista.

Otra verdad inconcusa era que todo lo referente a la religión entraba en los dominios de la patología interna. El que creyese en otro mundo más que el que veíamos y palpábamos era un enfermo. Si afirmábamos la existencia de Dios y del alma era porque teníamos atascados los conductos biliares. El misticismo, una forma aguda del histerismo; el ascetismo, un síntoma manifiesto de degeneración.

Como consecuencias de tales premisas los santos fueron todos unos perturbados, histéricos y degenerados. Con quienes más se ensañaban aquellos jóvenes era con san Francisco de Asís y santa Teresa. ¡Pobre santa Teresa! No la dejaban intacta ninguna parte de su organismo. Se investigaban, se estudiaban minuciosamente sus más recónditas dolencias femeninas, se sacaban a relucir despiadadamente las imperfecciones de sus conductos interiores. Yo protestaba en nombre del pudor; pero mis protestas quedaban sofocadas por sus carcajadas.

La elocuencia y donaire de Sixto Moro, sus ingeniosas observaciones, con que a veces los desconcertaba, de nada servían tampoco. Sus conocimientos sobre la trompa de Falopio, la placenta y los ovarios eran, como los míos, rudimentarios.

Sin embargo, una noche entró en el café y se sentó a la mesa con ademanes tan altaneros y provocativos que a todos nos sorprendió. Inmediatamente procuró entablar discusión con los jóvenes fisiólogos y comenzó a saetearlos con su inagotable repertorio de burlas. Cuando logró ponerlos exasperados, dió el golpe de gracia que tenía preparado. Sacó del bolsillo el último número de El Siglo Médico, que acababa de aparecer, y, poniéndolo sobre la mesa, profirió con acento triunfal:

—¡Leed este artículo y edificaos!

Uno de los tertulios tomó la revista y se puso a leer; pero Sixto le atajó:

—No, no; exijo que se lea en voz alta.

Reinó un silencio profundo, y el que tenía entre manos la revista comenzó a leer. Se trataba del extracto de una Memoria que el célebre fisiólogo francés Claudio Bernard presentaba a la Academia de Medicina, dando cuenta de una experiencia curiosa efectuada por él en los hospitales de París. Habiendo necesitado hacer para sus investigaciones anatómicas sobre la laringe y faringe algunos estudios detenidos, pudo observar en dos cadáveres, cuya disección hizo simultáneamente, un desarrollo anormal de la llamada glándula tiroides. Esta masa glandular que se encuentra en la parte inferior del cuello detrás de la traquearteria siempre es más voluminosa en el niño que en el adulto. Por eso le llamó la atención su extraordinario desarrollo en dos hombres que habían fallecido después de los cuarenta años. Informándose de los antecedentes de estos dos sujetos pudo averiguar que se habían señalado por una impiedad recalcitrante. No sólo se habían negado a recibir los sacramentos de la Iglesia, sino que habían escandalizado constantemente a las religiosas que los asistían con sus burlas y blasfemias. Excitada la atención del observador con esta experiencia, procuró verificarla en casos sucesivos. Al efecto, estudió en los dos últimos años la laringe de cincuenta y siete sujetos manifiestamente ateos y sólo en dos casos la tiroides dejó de presentar un volumen anormal.

El artículo cayó como una bomba en la mesa. Todos quedaron con una cara larga y melancólica que recordaba las figuras del Greco. El lector soltó la revista con desaliento. Los demás guardaron silencio. Sólo uno se aventuró a decir en voz baja y balbuciente:

—Mucho me sorprende de Claudio Bernard...

Sixto Moro recogió la revista, la guardó en el bolsillo y porque no sufriese menoscabo su victoria se levantó del diván y se despidió muy cortésmente diciendo que iba al teatro. Yo le seguí alegando el mismo motivo.

Cuando hubimos salido del café, Moro se detuvo y comenzó a reír de tan buena gana, con tan estrepitosas carcajadas, que me sorprendió un poco, pues no hallaba razón para tanta algazara.

—Es gracioso—le dije por seguirle el humor.

—¡Y tan gracioso! ¡Mucho más gracioso de lo que puedes imaginar!

Y vuelta a reír hasta querer reventar. Al fin, cuando se hubo sosegado, pudo articular:

—Has de saber que todo ha sido una farsa.

—¿Cómo una farsa?

—Sí; que no hay tal Memoria de Claudio Bernard.

—No lo entiendo.

—Ese artículo está escrito por mí.

—Ahora lo entiendo menos.

—Soy amigo del regente de la imprenta donde se imprime El Siglo Médico y me ha hecho el favor de tirar un solo ejemplar con mi artículo, prometiéndole que lo inutilizaría así que hubiera dado la broma a mis amigos... Y es lo que voy a hacer en este momento.

Sacó en efecto el periódico del bolsillo y lo hizo menudos pedazos sin dejar de reír.

—Pero ¿cómo has podido escribir este artículo? ¿Quién te ha enseñado ese fárrago de términos técnicos?

—Los he extraído de sus mismos libros, que los Mezquita dejan esparcidos sobre la mesa de su cuarto.

Celebré como merecía la broma, que era realmente chistosa; y seguimos riendo al recordar el gesto de estupefacción de nuestros contertulios.

Al cabo, poniéndose repentinamente serio, Moro exclamó:

—¡Vamos a ver! Después de todo, si hay glándulas para la fe, ¿por qué no ha de haberlas para la impiedad?

VII

MI AMIGO JÁUREGUI, ESPIRITISTA

¿Por qué le miraban todos con tan declarada hostilidad? Hay que escrutar los senos recónditos del orgullo humano para explicarlo. Cuando se mentaba su nombre en la mesa, hasta el mismo Pasarón, tan pacífico, tan indiferente, se encogía de hombros con displicencia.

Don Carlos de Jáuregui, nuestro compañero de pensión, huésped del gabinete frontero al mío y copropietario de la sala que nos separaba, era un joven que podría contar veinticinco años. Alto, delgado, esbelto, de facciones delicadas y expresivas, la tez pálida, los ojos negros y rodeados de un círculo azulado que acusaba un temperamento nervioso y enfermizo. Vestía con exagerada elegancia y sobre el costado izquierdo del frac, que indefectiblemente se ponía todas las noches, ostentaba bordada la cruz roja del hábito de Calatrava. Un bigotito negro con las puntas enhiestas, los cabellos esmeradamente peinados, las manos breves y cuidadas, la marcha arrogante y majestuosa, todo quería pregonar su esclarecida estirpe.

En efecto, aquel joven pertenecía a una aristocrática familia de la provincia de Alicante y estaba próximamente emparentado con algunos títulos que residían en Madrid. Sabíamos por Doña Encarnación que era huérfano de padre y madre, que tenía o había tenido por tutor al marqués de la Ribera del Fresno; sabíamos igualmente que poseía una mediana fortuna y sabíamos también que estaba dando buena cuenta de ella entre los placeres de la vida cortesana.

No hacía más que dormir en casa. Almorzaba, según nuestras noticias, en un Círculo de la calle de Alcalá y a la hora del crepúsculo venía a casa, se vestía de etiqueta y salía después a comer en alguna de las muchas residencias aristocráticas que frecuentaba. Cuando le tropezaba casualmente en el corredor o en la sala me hacía un reverente saludo, al cual yo correspondía con idéntica ceremonia. Lo mismo efectuaba con todos nuestros compañeros. Su actitud no podía ser más correcta, pero tampoco más fría.

Pues esta corrección y frialdad era precisamente lo que escocía a los huéspedes de Doña Encarnación. Sospechaban, no sin fundamento, que aquel joven aristócrata se consideraba por encima de nosotros en la escala de los seres vivos, y que si en los órganos externos y visibles parecíamos todos iguales, existía realmente entre su naturaleza y la nuestra un abismo infranqueable. Particularmente los primos Mezquita le habían dedicado un odio africano, como africanos que eran en cierto grado, odio que crecía todos los días al observar las muestras de acatamiento que nuestra patrona Doña Encarnación le prodigaba. Porque si nosotros no estábamos absolutamente ciertos de que Jáuregui estableciese teóricamente una diferencia radical entre su organismo y el nuestro, a nadie ofrecía duda que prácticamente Doña Encarnación la instituía.

Por eso cada vez que se hablaba del calatravo (así se le conocía entre nosotros), los primos Mezquita sonreían con amargura y rechinaban los dientes.

He aquí que un día, al abrir la puerta del gabinete para salir por la sala, como lo hiciese sin ruido acerté a presenciar un espectáculo que me llenó de confusión. El caballero Jáuregui se hallaba en pie frente al espejo ejecutando una serie de movimientos desordenados, de gestos convulsivos que me pusieron en suspensión y espanto. Tenía el sombrero en una mano y lo agitaba frenéticamente y sacudía al mismo tiempo la cabeza con extraño furor, clavando una mirada de extravío sobre su propia imagen pintada en el cristal.

Me detuve un instante estupefacto. No sabía qué hacer; si llamarle la atención, ya que él no me veía, o dar la vuelta y meterme otra vez en el gabinete. Opté por esto último y con rápido ademán cerré la puerta; pero no pude llevarlo a cabo de tal manera que no hiciese algún ruido.

Me dejé caer sobre el sofá y me puse a pensar, no sin inquietud, que mi vecino se había vuelto loco o estaba en camino de volverse. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tan grotescas maniobras?

No tuve tiempo a hacerme muchas más reflexiones. En aquel momento llamaron suavemente a la puerta.

—¡Adelante!—dije con no poca zozobra, por no dudar un punto de quién era el que llamaba.

Se abrió la puerta. Apareció Jáuregui. Su rostro, ordinariamente pálido, estaba ahora teñido de carmín. Yo me puse al verle más colorado aún que él.

—Perdone usted... Me creo obligado a darle algunas excusas por la situación extravagante en que hace un momento me ha encontrado...

Yo levanté el brazo con un gesto que sin duda aspiraba a significar que aquella situación era, a mi juicio, la más natural del mundo.

—Sí, sí, muy extravagante—prosiguió él sin prestar asentimiento a aquel gesto—. Todo depende de una enfermedad nerviosa que desde hace tiempo padezco y que me obliga a menudo a ejecutar movimientos involuntarios.

Fingí de palabra, como lo había hecho con el gesto, no dar importancia alguna a tales movimientos y haberlos visto sin sorpresa. Luego le expresé mi sentimiento por su dolencia y el deseo de verle pronto restablecido.

Le invité a sentarse. Cedió gustoso y comenzamos a departir amigablemente. Pocos minutos después todas mis prevenciones desfavorables, las prevenciones que me habían infundido mis compañeros, se habían desvanecido por completo. Aquel joven era un dechado de cortesía, de franqueza y cordialidad. Ni sombra del orgullo que le habíamos supuesto. Me habló de la vida cortesana y de sus amistades en un tono de modestia e indiferencia que dejaba suponer que se hallaba lejos de conceder extremada importancia a los timbres de nobleza y a las prerrogativas sociales. Se enteró con visible interés de mi vida y mis estudios y me hizo amables preguntas también sobre mis compañeros. Nos despedimos y nos apretamos la mano como verdaderos amigos.

Cuando di cuenta de esta conversación (aunque ocultando su origen) a mis compañeros y les expresé el juicio favorable que nuestro vecino me había merecido, recibieron mis declaraciones con duda y hostilidad. Sin embargo, poco a poco se fueron rindiendo a ellas, y aunque no logré por entonces que se le mostrasen propicios, su ojeriza mermó notablemente.

Mis relaciones con Jáuregui se fueron estrechando. Al principio hablábamos solamente cuando por casualidad nos tropezábamos en la sala o en el pasillo. Después nos fuimos buscando. Me invitó a pasar a su gabinete. Quedé asombrado de la elegancia con que estaba amueblado. Pronto averigüé que ninguno de aquellos preciosos artefactos, ni siquiera el lecho, pertenecían a Doña Encarnación: todo estaba comprado por él. Y a pesar de eso, por lo que pude colegir, pagaba casi tanto por su habitación como yo por la pensión completa. Razón tenía, pues, nuestra huéspeda para mostrarse con él tan reverente.

Jáuregui, aunque haciendo una vida cortesana de placer, era más culto de lo que yo había supuesto. Pero no pude menos de observar en seguida que su cultura se reducía casi enteramente a un ramo, el ramo más extraviado de la ciencia, el que se refiere a la magia y al ocultismo.

—¡Cómo! ¿llama usted ciencia a la magia?—me preguntará cualquiera inmediatamente. No soy yo quien así la llama sino sus adeptos modernos. Actualmente todo tiende a convertirse en ciencia y lo maravilloso reviste apariencia científica. Tiene sus libros, sus Revistas, sus Sociedades sabias y Congresos. Los augures y profetas no visten ya la túnica de estrellas, sino la levita del profesor.

De todos modos Jáuregui poseía una copiosa colección de libros ocultistas que guardaba en un armario de caoba destinado al efecto. Me la mostró con cierto orgullo y de una en otra vino a confesarme que él era un entusiasta espiritista, que había leído y meditado mucho sobre este asunto y que en un viaje que había realizado a París hubo de ponerse en relación con los partidarios más conspicuos de esta teoría y asistió a algunas de sus sesiones prácticas.

¡Cosas sorprendentes, milagrosas, había logrado presenciar! Bajo la influencia del espíritu de Copérnico, había visto escribir páginas brillantes sobre astronomía a un sujeto que ignoraba por completo esta ciencia, y, guiado por el de Abelardo, otro había dibujado la espléndida casa que este filósofo posee en el planeta Venus, donde vive en compañía de Eloísa.

Además, había hablado con adivinos, luciferanos, quirománticos; había presenciado casos milagrosos de materialización de fantasmas; no sólo materialización de manos y brazos aislados que flotaban en el aire y cuyo contacto sintió en el rostro, sino verdaderos fantasmas de sujetos fallecidos hacía mucho tiempo, apariciones increíbles de dos o tres personas al mismo tiempo que marchaban por la sala vestidas con túnicas blancas, mostraban sus brazos desnudos y daban apretones de manos a los circunstantes. Había visto a un famoso medium traer repentinamente a sus manos pájaros y flores de climas apartados, mover los objetos sin contacto, levantar las cortinas y trasladar los muebles; había visto tomar fotografías de los objetos pensados y casos estupendos de transmisión del pensamiento.

Era de noche, a las altas horas de la noche, cuando Jáuregui me contó estas increíbles maravillas. Confieso que me sentí impresionado y aun puedo añadir un poco inquieto y medroso. Aquel joven tan pálido, de ojos tan grandes y negros, narrándome conmovido y con voz temblorosa tales espantos era cosa realmente para aterrar a cualquiera.

—Y usted por sí mismo, ¿no se ha puesto jamás en relación con algún espíritu?—me atreví a preguntarle.

Jáuregui vaciló un instante y balbució algunas palabras de excusa. Después, súbitamente resuelto, me declaró con toda franqueza que hacía ya mucho tiempo que se hallaba en estrecha comunicación con el mundo de los espíritus. Había tenido un trato muy íntimo con Napoleón, Felipe II y Pedro el Grande de Rusia, si bien hacía tiempo que no hablaba con ellos por negligencia; pero así que los evocaba, inmediatamente acudían a responderle. Yo no pude menos de hacerle observar la gran diferencia que existía entre el mundo de los espíritus encarnados y el de los desencarnados; porque era bien seguro que aquellos señores, en vida, no se hubieran dignado concederle una audiencia, cuanto más acudir a las suyas.

—Cierto, cierto—manifestó Jáuregui gravemente.

—Además, prueba que en el otro mundo los reyes y emperadores andan muy desocupados cuando pueden venir a conferenciar con cualquiera que les llame en éste.

—Exacto—volvió a murmurar Jáuregui.

Sin embargo, a pesar de tan sorprendentes prerrogativas, no estaba satisfecho. Jamás había logrado materializar a un espíritu y esto le tenía desalentado y triste. Desde hacía largo tiempo apenas se comunicaba con otros que con el de Sócrates y el de su novia, una novia que se le había muerto tísica hacía dos años. A estos dos espíritus les había hecho los consultores y guías de su existencia. Con ellos conferenciaba todos los días por medio de un veladorcito rotativo con abecedario parecido a una ruleta donde una aguja movida por impulso inconsciente de sus dedos señalaba las respuestas. Esta mesita giratoria la guardaba misteriosamente en su armario y me la mostró con gesto solemne.

También me hizo ver unos cuadernos donde se ejercitaba en la escritura automática escribiendo con los ojos cerrados bajo el soplo de la inspiración. Tenía asimismo un diccionario con el cual se consultaba: fijaba de antemano con el pensamiento la columna y la línea en que había de hallar la respuesta, abriéndolo después al azar por medio de una plegadera. Me narró casos sorprendentes. En cierta ocasión, escribiendo automáticamente, estampó más de cien veces una sola palabra, la palabra veneno. Aquella misma tarde se envenenó con una gaseosa. Otra vez abrió el diccionario para averiguar la enfermedad que padecía una de sus parientas y se encontró con la palabra vapor, que nada significaba. Pocos días después, no obstante, el médico diagnosticó que lo que aquella señora padecía eran vapores.

Naturalmente, con tales maravillas Jáuregui se hallaba absolutamente persuadido de la verdad de la teoría espiritista que para él era una verdadera religión. Pero, sobre todo, estaba entusiasmado con la acertada dirección que Sócrates imprimía a la conducta de su vida y la manera airosa con que le sacaba de todos los atolladeros que en ella se le presentaban.

—Claro está—hube de manifestarle—; como que Sócrates está reputado lo mismo en la antigüedad que en la edad moderna por el hombre más juicioso que ha existido. Y en verdad que es caso asombroso y digno de toda alabanza el que un filósofo tan glorioso venga a departir amablemente con una persona cuyos méritos no desconozco, pero que no ha alcanzado celebridad en el mundo.

—¿No es cierto?—exclamó Jáuregui con los ojos brillantes de triunfo y alegría—. Pues casi todos los días se está dos horas lo menos conmigo. Por cierto—añadió bajando la voz y sonriendo—que la otra noche nos ocurrió un lance singular y bastante cómico. Verá usted. Nos hallábamos charlando hacía un rato largo y yo le consultaba sobre ciertas materias delicadas, cuando de pronto, ¡zas!, oigo un chasquido en el aire. Quiero continuar mi conferencia, pero Sócrates no responde. Le llamo repetidas veces, y nada. Al día siguiente, cuando acudió a mi llamamiento me confesó que su mujer Jantipa le había sorprendido en conversación conmigo y le había dado una bofetada.

—¡Una bofetada!—exclamé en el colmo del asombro—. ¿No decía usted que jamás había logrado obtener una materialización? Pues ahí la tiene usted... Porque me parece que una bofetada es algo bien material.

—¡Sí, pero no la he visto!—exclamó con aflicción.

—Eso acontece casi siempre con las bofetadas: se las oye, se las siente... pero no se las ve venir.

Después de esta conferencia tuvimos otras varias y entramos en gran intimidad. Casi todas las noches, cuando ya la gente de la casa reposaba, me hacía pasar a su gabinete y charlábamos un rato más o menos largo. Al cabo me propuso que nos tuteásemos, a lo cual, como es de suponer, cedí con el mayor gusto.

En realidad, aquel joven aristócrata, con su erguida cabeza y su imponente cruz de Calatrava, era lo que suele llamarse un infeliz. Yo llegué pronto a cobrarle afecto, pero no logré que mis otros compañeros le concediesen su simpatía. Verdad que Jáuregui seguía mostrándose con ellos tan frío y ceremonioso como antes y sólo conmigo abandonaba su empaque.

Pues después que yo me iba a la cama, porque debía madrugar, todavía él, que no estaba obligado a hacerlo y podía dormir a su sabor la mañana, solía quedarse largo tiempo en conferencia con los espíritus.