Una noche, cuando me hallaba sumido ya en el más profundo sueño, oigo llamar a mi puerta con fuertes golpes.

—¿Quién va?—pregunté, incorporándome despavorido.

—¡Jiménez! ¡Jiménez!

Era la voz de Jáuregui.

—Entra. ¿Qué ocurre?

Jáuregui se presentó en mi alcoba con la palmatoria en la mano, tembloroso, el rostro descompuesto, los cabellos erizados.

—Pero ¿qué pasa?—exclamé yo, asustado también.

—¡Una cosa horrible!

Y colocó la palmatoria sobre mi mesa de noche y se dejó caer sobre una silla sin acertar a articular más palabras. Yo llené un vaso de agua, que tenía al alcance de mi mano, y se lo di a beber. Se calmó un poco y profirió velozmente:

—He logrado materializar a mi novia.

—¡Anda!—exclamé yo súbitamente tranquilizado—. ¿Y por eso te asustas? Pues, al contrario, debías estar muy satisfecho.

—Es que... ¡es que tú no sabes!... Se me presentó en una forma espantosa, envuelta en un sudario blanco, los cabellos sueltos, el rostro amarillo, los ojos inflamados...

—No tiene nada de particular, porque la has cogido desprevenida y no ha tenido tiempo a arreglarse... Pero ya verás más adelante cómo se te presentará en traje más adecuado.

Me dirigió una mirada recelosa. Yo permanecí serio. Al fin se tranquilizó por completo.

Pocos momentos después se alzó de la silla y se retiró, pidiéndome perdón por haberme despertado de tan dramática manera. Me volví del otro lado y no tardé muchos segundos en quedar de nuevo profundamente dormido.

VIII

LOS ÁNGELES DE LA BUHARDILLA

Acaeció que en los últimos meses del curso académico vino a instalarse en el cuarto cuarto de aquella misma casa una modesta familia compuesta de una mamá, dos niñas ya casaderas y un chico de catorce o quince años. Bien modesta necesitaba ser, porque aquel cuarto cuarto, si se le despojase de su tarjeta de visita, se llamaría sencillamente buhardilla.

No tenía vistas a la calle, sino tan sólo tres ventanas al patio, enfrente y un poco más altas que las de nuestras habitaciones interiores. En estas habitaciones alojaban Moro y los primos Mezquita. Así que éstos se dieron cuenta de la llegada de aquellas jóvenes, se sintieron cada día más y más apegados a la vida sedentaria. Y comenzó el imprescindible tiroteo de miraditas, señas y sonrisas. Las niñas eran lindas y trabajaban la mayor parte del día arrimadas a una de las ventanas. Y los primos Mezquita, acometidos súbitamente de un ansia irresistible de saber, estudiaban casi las mismas horas pegados a la suya.

Pronto supimos todos en la casa que una de las niñas, la más bella y pizpireta, se llamaba Lolita; la otra, Rosarito; el chico, Perico, y la mamá, Doña Enriqueta. Era ésta viuda de un comandante de infantería fallecido hacía ya algunos años y se sostenía con la módica pensión que le quedara y con el trabajo de sus hijas. Las dos eran bordadoras, ocupación mal recompensada como todos saben. Para ganar lo indispensable, nada más que lo indispensable, necesitaban las pobrecitas aplicarse duramente todas las horas del día y quizá también algunas de la noche.

Doña Encarnación, nuestra patrona, no tardó en hacer conocimiento con ellas. Se hallaron primero en la escalera. Doña Encarnación era exageradamente comunicativa. Subió después a su cuarto; bajó doña Enriqueta al nuestro; por último, las bellas ninfas, sus hijas, también se dignaron descender envueltas, como diosas que eran, en una espesa nube que las ocultó a nuestras miradas profanas. Acaso no sería la nube. Acaso aprovecharan astutamente el momento en que todos los huéspedes nos hallásemos en la calle. De todos modos, el hecho fué que no logramos verlas. En otras de sus apariciones celestiales sucedió lo mismo.

Los primos Mezquita se torcían las manos, se mesaban los cabellos, se dejaban caer desfallecidos sobre las sillas, pensaban vagamente en el suicidio cuando al llegar a casa adquirían conocimiento de tan sublime epifanía. Aspiraban después con delicia el aire embalsamado por las bellas y tocaban con respeto los objetos donde ellas habían puesto sus torneadas manos.

Doña Encarnación, sonriente, implacable, coadyuvaba a su desesperación relatando minuciosamente los incidentes de la aparición: cómo se habían presentado, si peinadas o con el cabello suelto, los lindos pies calzados o solamente con babuchas, qué palabras habían pronunciado, qué risas divinas habían fluído de sus rosados labios. Doña Encarnación gozaba cruelmente como una divinidad infernal con la aflicción de sus huéspedes.

El cerebro del hombre apretado por las circunstancias puede engendrar ideas muy fecundas. La que brotó de la mente de uno de los Mezquita en esta ocasión fué maravillosa. Nada menos se le ocurrió que despedirse en voz alta de Doña Encarnación cada vez que salía a la calle, dejar la puerta entornada, volverse desde la escalera, penetrar de nuevo en la casa y encerrarse traidora y solapadamente en su cuarto espiando como un sátiro la entrada en escena de las ninfas de la buhardilla.

Repetida esta maniobra diferentes veces, al fin aquéllas cayeron en el lazo. Se hallaban en el comedor holgándose alegremente en compañía de Doña Encarnación, narrando los dulces incidentes de su vida poética, inmarcesible, engullendo al mismo tiempo algunas galletitas con que aquélla las obsequiaba, cuando aparece repentinamente por la puerta Bruno Mezquita. El impostor tuvo la audacia de fingirse sorprendido, de balbucir algunas frases de excusa y hasta de intentar retirarse. Pero no lo hizo, ¡ya lo creo que no lo hizo! Venía solamente a participar a Doña Encarnación que se le había caído un botón del chaleco y a suplicarle que tuviese la amabilidad de pegárselo.

¡Un botón! ¡Qué pretexto ridículo y prosaico! Sin embargo, aquellas preciosas niñas se ruborizaron como si entrase cantando una trova de amor. Y después de todo, aquel botón, bajo su sórdida apariencia, no era otra cosa que un madrigal. El que no lo reconozca así no dará pruebas de gran perspicacia.

Doña Encarnación salió en busca de los enseres necesarios para realizar la operación que se le encomendaba. Bruno Mezquita quedó solo unos instantes con aquellas ninfas, y si no las abrazó y las besó y las arrastró por la fuerza al paraje más sombrío del bosque como un sátiro que era, no fué porque le faltasen deseos de hacerlo.

Llegó Doña Encarnación al punto de impedirlo. Traía en la mano la aguja y la hebra de seda; pero en el momento de colocar el botón en su sitio observó con disgusto que le faltaban las gafas. Trató de ir a buscarlas, pero Lolita, la primera y más bella de las dos divinidades, se ofreció con graciosa condescendencia a pegar el botón con sus manos inmaculadas.

Entonces le tocó al primo Mezquita ruborizarse. Lo hizo como si fuese un tierno colegial y no un sátiro empedernido. El botón quedó pegado al instante con perfección inimaginable. Bruno Mezquita se hubiera arrancado de cuajo todos los que tenía en su ropa, a riesgo de quedar desnudo, por sentir tan cerca de sí más tiempo las manos de la deidad.

Aunque es fuerza confesar que existen en el mundo seres tan egoístas que no agradecen o agradecen débilmente los servicios que se les presta, no fué este el caso del primo Mezquita. Al contrario, dió las gracias de un modo tan apasionado y vehemente, que todo su cuerpo se retorció al hacerlo como si repentinamente hubiera caído en un ataque epiléptico. Doña Encarnación no pudo menos de preguntarse con inquietud si su huésped iba a experimentar la dislocación de alguno de sus miembros más importantes.

Al fin quedó asegurada con gusto de que esta seria calamidad no se efectuaría. Bruno se calmó, y después de dar algunas docenas más de gracias anunció su intento de subir a la mansión cerúlea de su bienhechora para ponerse a los pies de la autora de sus días, en el caso de que ésta consintiera en recibir la visita de un mortal tan desprovisto de mérito. Lolita manifestó que su mamá era toda afabilidad, toda benevolencia, y, por lo tanto, acogería la visita con el mayor agrado.

La visita se efectuó al día siguiente. Bruno Mezquita nos lo hizo saber por la noche a la hora de la cena y nos hizo su relación con exasperante prolijidad. Exasperante para su primo Manuel, que empalideció de envidia. En cuanto al pequeño Albornoz, que secretamente alimentaba ya una pasión incurable por Lolita, quedó anonadado.

Por espacio de algunos días el más anciano de los Mezquita tronó y relampagueó solo en lo alto de la buhardilla sin que nadie osara hacerle la competencia. Poco tiempo le bastó para adquirir gran confianza en aquella región luciente. Iba y venía con pasmosa frecuencia llevando y trayendo recaditos para Doña Encarnación, subiendo unas veces periódicos de modas, bajando otras algún dibujo de bordado, un pañuelo olvidado, una novela prestada, etc. Doña Encarnación enviaba por su conducto de vez en cuando a aquellos ángeles algunas almendras y galletas que cercenaba de nuestro postre y hasta hubo sospechas de que en una ocasión no tuvo reparo en hacer cargar a Bruno con una fuente de arroz con leche. Pero tal extremo nunca se pudo esclarecer por completo; aunque Pepito Albornoz lo daba por seguro y lo contaba con una sonrisa amarga que revelaba su despecho.

Todo tiene su fin en este mundo. Aquella odiosa dictadura terminó cuando Manolo Mezquita, guareciéndose bajo el manto protector de Doña Encarnación, que gustaba de extenderlo sobre todos los desesperados, se hizo presentar en la morada gloriosa a la imponente divinidad que la regía.

Doña Enriqueta acogió con benignidad los homenajes del nuevo devoto, como no tardó en hacérnoslo saber el mismo interesado. Pepito Albornoz, que ardía en ansias de obtener el mismo honor, alentado por estos precedentes, no tardó mucho en conseguirlo, merced igualmente a la graciosa intervención de nuestra patrona. Por último, ésta, en un rapto de su inagotable caridad, encarándose con Sixto Moro y conmigo, nos dijo:

—¿Qué es eso? ¿No quieren ustedes que les presente en casa de mis amiguitas como a estos señores?

Sixto Moro y yo nos miramos y en los labios de uno y otro se esbozó la misma sonrisa. Porque admirábamos la belleza de aquellas niñas, sobre todo la de Lolita, que era en realidad quien lo merecía, mas sus gracias no habían logrado causar un efecto mortífero en nuestro corazón. Sixto Moro tenía el suyo prisionero en otra parte, y el mío yacía también por los mismos parajes maltrecho y ensangrentado.

Nos mostramos, sin embargo, agradecidos, dimos nuestro asentimiento, y, en efecto, a la noche siguiente fuimos presentados en el casto asilo de las bordadoras con toda la solemnidad que el caso requería.

Era un verdadero nido de golondrinas, una casa de muñecas. Se componía de una salita de regulares dimensiones, dos alcobas para la mamá y las niñas, un comedorcito, en él un pequeño agujero para el chiquillo, y una cocina.

Doña Enriqueta nos acogió con gravedad benévola. Era una señora de prócer estatura, cabellos blancos, nariz aguileña, tez pálida y ojos bellos y severos. El conjunto no podía ser más imponente y majestuoso.

—¡Ah! es usted del norte de España—me dijo con sonrisa condescendiente—. Allá en América les tenemos en mucha estima por su honradez y laboriosidad. Es gente que sabe abrirse camino y aprovecha bien las circunstancias para hacerse una posición más o menos brillante. En la Habana hemos tenido dos criados, uno asturiano y otro montañés, tan fieles, que yo les entregaba la llave de la caja de las joyas cuando necesitaba sacar algunas para ir a los bailes de la Capitanía o de los marqueses de la Reunión.

Si he de confesar la verdad, no me sentí muy halagado en aquel momento por el testimonio generoso de la fidelidad de mis paisanos. Hubiera deseado verles en posición más desahogada, aunque su virtud no fuese tan ostensible. Pero esta ligera humillación quedó bien compensada por la satisfacción orgullosa que sentí al verme tan bien acogido de una dama que había brillado en otro tiempo en los salones de los magnates americanos.

Esta satisfacción creció de un modo desmesurado cuando a los pocos momentos me hizo saber que sus años juveniles se habían deslizado en un ingenio de azúcar propiedad de sus papás, donde trabajaban seiscientos esclavos. Cada vez que ella, la más joven de las señoritas de la casa, entraba o salía del ingenio en su coche, aquellos esclavos le hacían una ovación estruendosa. Porque había sabido captarse su cariño y admiración.

Yo asentí con todas mis fuerzas insinuando al mismo tiempo la idea de que aquellos esclavos poseían una perspicacia nada común, muy superior a lo que podía esperarse de su condición y de su raza.

Con esto doña Enriqueta me miró aún con más benignidad.

—En lo que se refiere a la condición es posible que no esté usted equivocado, porque los trabajos a que se dedican les impiden toda instrucción, aún la religiosa. Yo, sin embargo, he trabajado muchísimo y con buen éxito por inculcarles las ideas más necesarias para nuestra salvación eterna. Logré de mi papá que todos los viernes les dejasen una hora de descanso, en la cual yo les explicaba el catecismo. También conseguí que se celebrase los domingos una misa al aire libre para que la negrada la oyese. Yo misma preparaba el altar y lo adornaba con flores que hacía cortar de nuestro jardín... Porque teníamos un jardín... ¡qué jardín, madre mía! Era casi tan grande como el parque del Retiro y mucho mejor cuidado. El jardinero que dirigía los trabajos había estado en Inglaterra al servicio del príncipe de Gales y había logrado cultivar tal número de flores, tan raras y tan hermosas, que no se celebraba ningún baile aristocrático en la Habana sin que viniesen a suplicarnos que les cediésemos algunas cestas de ellas. Pero yo prefería enviarlas a las iglesias y que adornasen el altar de nuestra capilla. Por esta razón, mis hermanas se reían de mí y me llamaban siempre la monjita, aunque mis papás las reprendían; porque yo era la niña mimada de la casa. Mi mamá decía muchas veces: «—Todas vosotras juntas no valéis lo que vale mi Enriqueta.» Y el obispo de la Habana, una vez que vino a visitarnos, me dijo: «—¡Enriqueta, eres un apóstol!»—y me dió particular y especialmente su bendición.

Yo estuve también por dársela y marcharme después de hacerlo; pero como no era obispo y pudiera interpretarse mi conducta como una usurpación de funciones, resolví quedarme quieto.

—En cuanto a la raza, no puedo estar conforme con usted—prosiguió Doña Enriqueta—. Entre la gente de color se encuentran tipos de una inteligencia muy despierta. Las dos doncellas que yo tenía a mi servicio (porque mi papá quería que cada una de sus hijas tuviese dos doncellas) eran mulatas y no puede usted figurarse qué rara penetración la suya. En los ojos me adivinaban los pensamientos. Si observaban que tenía deseos de dormir, bajaban los estores silenciosamente, me ponían un cojín debajo de la cabeza y comenzaban a darme aire con los abanicos; si venía de algún baile un poco agitada, en seguida notaban mi inquietud y a los pocos momentos me servían una tacita de tila con azahar; si comprendían que una visita me era molesta se presentaba una de ellas previniéndome que mi papá me hacía llamar, y de este modo me permitían salir de la habitación...

—¡Qué lástima!—exclamó Sixto Moro.

—¿Cómo lástima?—preguntó Doña Enriqueta.

—Sí; qué lástima y qué tristeza para aquellos señores el verse privados tan pronto de su presencia.

—Muchas gracias, es usted muy galante—replicó Doña Enriqueta, y prosiguió inmediatamente—. El cochero que yo tenía era cuarterón: un hombre muy notable; un verdadero talento. Ya quisieran aquí en Madrid el Duque de Osuna o el de Fernán Núñez tener un hombre parecido a su servicio. Jamás he sufrido un percance con él, y eso que mi tronco de caballos era de lo más vivo y rozagante que pudiera verse; como que lo había comprado mi papá en Nueva York a un banquero inglés que levantaba su casa y se marchaba a Italia, porque no le sentaba bien el clima de los Estados Unidos. En cambio, dos de mis hermanas han tenido más de un accidente con los suyos... Porque cada una de nosotras tenía su coche y su cochero. Mi papá no quería que hubiese disputas entre nosotras sobre las horas de paseo o de tiendas, y deseaba que cada cual pudiera salir con su doncella cuando quisiese sin verse obligada a esperar por las otras.

—¿Y cuántas eran ustedes, si la pregunta no es indiscreta?—dijo Moro.

—Éramos cuatro hermanas y un hermano. Éste era un calavera deshecho y no sólo tenía coche, sino varios caballos de silla; pero no hacía caso; en vez de usar el suyo se apoderaba de cualquiera de los nuestros, porque se complacía en hacernos rabiar. ¡Qué cabeza! Pero tenía mucho ángel, como aquí se dice: todo el mundo le quería en la Habana; nosotras mismas, a pesar de sus bromitas, le adorábamos. Verdad que era generoso y espléndido como nadie. Cuando nos había enfadado un poco más de lo ordinario, para ponernos contentas nos traía cualquier regalito, una sortija, un relojito de oro, unos peinecillos de concha...

Esta interesante descripción del carácter y costumbres de su único hermano fué interrumpida desgraciadamente por la aparición de un gato que llevaba en la boca un trozo de bacalao. Verlo Doña Enriqueta, exhalar un gemido lastimero, que nos hizo dar un salto, y lanzarse en su persecución fué todo uno.

Pero el gato no estaba en humor de dejarse atrapar y comenzó a saltar de un rincón a otro y por fin se escapó de nuevo a la cocina, que era el paraje mismo donde había perpetrado su crimen.

—Mamá, ¿qué le vas a hacer ya?—exclamó avergonzada Lolita.

—¿Qué le vas a hacer tú, estúpida, cuando te quedes sin cenar?—gritó enfurecida Doña Enriqueta, clavando en su hija una mirada iracunda.

—¡Mamá!—exclamaron a un tiempo las dos niñas.

Entonces Doña Enriqueta hizo un esfuerzo inverosímil sobre sí misma y recobró súbito toda su majestad.

—¡Pobrecito! Dejarle que se regale un poco esta noche... Después de todo no tiene la culpa él, sino yo, que me he olvidado de guardar el pescado.

—Lo mejor que podías hacer—manifestó Lolita, que continuaba ruborizada—es ir a guisarlo.

La mamá alzó la cabeza como hubiera hecho la reina Isabel de Inglaterra en su caso, dirigió una larga y seria mirada a su hija y, por fin, giró lentamente sobre sus talones y salió con dignidad por el foro.

Pocos minutos después se sintió el chirrido del aceite y llegó a nuestra nariz su ingrato olor peculiar.

Por razones de delicadeza que todo el mundo comprenderá, hubiera sido procedente que su familia le enviase uno de los seiscientos esclavos para guisar el bacalao.

Las niñas eran extremadamente simpáticas. Lolita, una linda morena de ojos vivos y picarescos, toda alegría y movilidad. Rosarito, morena también, pero del género sentimental, con grandes círculos azulados en torno de los ojos, lánguidos ademanes y aspecto un poco enfermizo. No era hermosa como su hermana, pero nadie con justicia pudiera llamarla fea.

Naturalmente, Bruno Mezquita, su primo Manolo y Pepito Albornoz cayeron a los pies de la primera, le rindieron pleitesía y le dedicaron una fervorosa adoración, que en Pepito Albornoz adquirió caracteres alarmantes. En el espacio de quince días perdió tres kilos de peso. Verdad que después ganó dos; pero inmediatamente perdió uno y así sucesivamente. Siendo cada vez mayores las salidas que las entradas llegó a fin de curso con la piel y algunas piltrafas.

Doña Encarnación estaba desesperada porque su mamá le había recomendado con lágrimas en los ojos el cuidado de su alimentación. ¿Qué iba a decir al verle llegar tan desnutrido? Pensaría que no le daba de comer más que lechugas. Doña Encarnación maldecía del momento en que había tenido la ocurrencia de presentarle en casa de las bordadoras.

Lolita gozaba recibiendo el incienso de sus devotos, tenía para cada uno una palabrita amable o una bromita salada, pero no acababa de entregar el corazón a ninguno, como un niño que se encuentra enfrente de tres pastelitos y no sabe por cuál optar. Hubiera preferido comerse los tres, claro está, pero comprendía que esto no era posible. Después que Sixto Moro y yo fuimos presentados, tal vez nos hubiera engullido también de buen grado a juzgar por las miradas rapaces que nos dirigía. Esto era más imposible aún, porque repito que Sixto y yo llevábamos ambos clavado en el corazón un dardo envenenado.

Bruno Mezquita, su primo y Albornoz no se sintieron regocijados con nuestra llegada: disimulaban su malestar difícilmente. Los tres pensaban que íbamos a competir con ellos en el corazón de Lolita. Pero el primero se sentía más molesto que los otros porque ejercía en aquellas alturas el monopolio del humorismo. No se hartaba Doña Encarnación de celebrar lo bien que se pasaba allá arriba con sus chistes y sus invenciones felices. Unas veces haciendo juegos de manos, otras con disfraces cómicos, otras narrándoles historias graciosas o haciéndoles reír con dichos agudos, tenía, al parecer, casi siempre en grata suspensión a la tertulia.

Así que aparecimos nosotros se encerró en una hosca reserva, donde se advertía el mal humor y la inquietud. Desde luego que esta actitud no era yo quien la provocaba, sino Sixto Moro, hacia el cual sentía un miedo vecino del terror.

Pasado largo rato sin que dejase advertir su presencia, Moro le clavó una mirada risueña.

—¿Qué es eso, Bruno; cómo no das suelta ya a ese raudal de chistes con que alegras esta tertulia todas las noches?

—Esperamos que tú sueltes el tuyo—respondió de malísimo talante Mezquita.

—Mi ingenio está pasado ya de puro viejo, pero el tuyo es una verdadera novedad, de la cual ni Jiménez ni yo teníamos la menor noticia. Venga, pues, alguna gracia para compensarnos del mucho tiempo que nos has estado privando de ellas.

Bruno Mezquita se enfurruñó todavía más y murmuró algunas frases impolíticas que Moro y yo hicimos ademán de no escuchar.

Rosarito, que era dulce y amable más que su hermana, atajó la disputa.

—Bruno es una persona muy agradable que se esfuerza en hacernos pasar bien un rato sin presunción alguna.

—Todos lo sabemos, señorita—replicó Moro inclinándose—; pero yo sé también por qué sale usted con tal solicitud a su defensa.

—¿Por qué?—dijo la niña ruborizándose.

—Porque la magnetiza.

—Sí que me magnetiza—manifestó Rosarito, ruborizándose todavía más—. ¿Y cómo sabe usted eso?

—Porque Bruno es un hombre excesivamente cargado de flúido y no puede menos.

IX

LOS AMORES DE MI AMIGO PASARÓN, BIBLIÓFILO

Cierto, Bruno Mezquita se dedicaba desde hacía algún tiempo a magnetizar a todos los adultos que se prestaban a ello.

El hipnotismo, recientemente importado del extranjero, se hallaba como novedad en plena boga. En todas les reuniones de la clase media, a falta de otros atractivos, los tertulios se hipnotizaban los unos a los otros; los jóvenes dormían a las jóvenes y hacían con ellas pruebas maravillosas; los maridos dormían a sus esposas y pretendían descubrir sus pensamientos más íntimos.

Era un entretenimiento agradable que a veces no resultaba perfectamente honesto.

Habíamos vuelto a los buenos tiempos del mesmerismo. Así que entrábamos en cualquier tertulia no era raro hallar a un joven magnetizador sentado enfrente de la niña de la casa o de cualquiera de sus amiguitas, las rodillas tocando con las rodillas, los ojos fijos sobre sus ojos, las manos sobre el epigastrio, haciendo pases y describiendo semicírculos con los dedos. Esta faena interesante, que provocaba gritos de admiración reprimidos, terminaba algunas veces en la Vicaría, otras, en el juzgado de guardia.

Digo que Bruno Mezquita, atacado de furor hipnótico, se empeñaba en dormir a cuantas personas estaban a su alcance. Había intentado dormir a su primo sin resultado alguno, después a Doña Encarnación, a Pepito Albornoz, a la criada y a mí mismo con idéntico éxito. La criada fué la única persona que pareció ceder un poco a la influencia de su mirada fascinadora. No era extraño, porque se levantaba demasiado temprano. Pero a las preguntas capciosas que Bruno le dirigía con voz insinuante y misteriosa sólo contestaba con ronquidos estridentes. Y no se pudo obtener de ella otra cosa.

Con Rosarito acaeció algo muy distinto. Esta joven, si no era histérica, tenía por lo menos un temperamento neurópata, como se adivinaba fácilmente por su aspecto, y fué un sujeto admirablemente adecuado para la experiencia hipnótica.

Bruno quiso volverse loco de alegría al poder realizar con ella los experimentos que había leído en los libros o había oído en la cátedra. Como hombre de ciencia, sabía a qué atenerse en lo referente al flúido magnético. Esta antigualla estaba desechada. Se conocían en la escuela de San Carlos los trabajos de Faria, de Braid y de otros, y el sueño hipnótico no se producía como el vulgo imaginaba arrojando puñados de flúido a los ojos, sino por la sugestión o por el cansancio de la vista.

Rosarito a los pocos días llegó a dormirse sólo con ponerle la mano sobre la frente y decirle en tono imperativo: «¡Duerma usted!» No solamente contestaba a las preguntas del hipnotizador, sino que obedecía a sus mandatos. Le ordenaba, por ejemplo, frotarse las manos, diciéndole: «No puede usted ya detenerse.» Y la pobre chica continuaba frotándolas sin tregua, a pesar de todos los esfuerzos de su voluntad. Ejecutaba con ella las sorprendentes sugestiones sobre el gusto y el olfato, tan conocidas en el mundo extracientífico, haciéndole morder una patata cruda con la misma delicia que si fuese un fragante albaricoque o dándole a beber agua por jerez. Llegó también a producir con ella durante el sueño hipnótico las aún más sorprendentes sugestiones visuales, verdaderas alucinaciones en que trocaba a las personas, hablando a su madre como si fuese Doña Encarnación o dirigiéndose a Albornoz como si fuese su hermana Lolita.

Pero lo que más nos sorprendía era que ejecutaba las órdenes del hipnotizador no sólo inmediatamente después de despertar, sino a distancia, esto es, uno o dos días después. Le decía Mezquita: «Mañana, a las doce, abrirá usted la ventana y sacará usted la mano fuera para cerciorarse si llueve.» Y en efecto, a la hora indicada y a presencia de nosotros, que la espiábamos desde nuestro comedor, Rosarito abría la ventana y extendía el brazo para ver si llovía, aunque no hubiese una nube en el firmamento.

Estos últimos experimentos hicieron surgir en la mente de Sixto Moro la idea de dar una broma a nuestro amigo Pasarón. Era el único de los huéspedes que no había subido aún a casa de las bordadoras. Se lo habíamos propuesto diferentes veces, pero siempre se negó a ello resueltamente, a mi entender no sólo porque esto podía distraerle de sus estudios incesantes, sino porque, como la mayoría de los sabios, era de una extremada timidez con las mujeres.

Ignoro cómo Moro se arregló para convencerle, pero el hecho fué que al cabo cedió a ser presentado. Designóse para tal ceremonia la noche de un sábado, pues alguna que otra vez, no siempre, Pasarón se autorizaba en estas noches apartarse algunos momentos de sus libros y dar una vueltecita por las calles.

Una vez fijado el día, Moro hizo que Bruno Mezquita durmiese a Rosarito y le ordenase lo siguiente: Cuando mañana sea presentado en esta casa nuestro amigo José Luis Pasarón, usted al verle entrar se levantará de la silla, se dirigirá a él, le tenderá la mano y le dirá: «Buenas noches, señor Pasarón. ¡Cuánto me alegro de ver a usted por aquí! Es usted el joven más guapo y más simpático de la casa.»

Aprovechamos un momento en que Doña Enriqueta se ocupaba en freír algo allá en la cocina para que Bruno durmiese a Rosarito y le intimase la orden. Lolita quiso protestar, pero la argüimos que era una inocente broma sin consecuencia alguna y la permitió, no sin haberle prometido descubrirla después al mismo Pasarón.

Subió éste por fin, con poquísima gana, al cuartito de las bordadoras. Veíamos claramente que necesitaba hacer un esfuerzo grande sobre sí mismo para vencer su imponderable timidez. Es seguro que en el fondo le halagaba la visita, porque asomadas a las ventanas y de refilón en los pasillos de la casa había tenido ocasión de ver aquellas lindas muchachas, y al fin era hombre y tenía pocos años; pero la idea de verse frente a frente de ellas le sobrecogía.

Moro y yo subimos con él. Ya estaban en la salita acompañando a las bordadoras y a su magnífica mamá nuestros amigos los Mezquita y Albornoz.

Cuando entramos yo clavé mis ojos en Rosarito, que se hallaba sentada al lado de su madre, y observé con viva curiosidad que se ponía fuertemente colorada. Después la vi agitarse en la silla, bajar la cabeza, levantarla, mirar con ojos extraviados a todas partes; por último, como movida por un resorte, alzóse del asiento, y tendiendo la mano al nuevo visitante repitió con voz alterada las palabras mencionadas.

Pasarón se puso aún más rojo que ella, lo que realmente parecía imposible, y balbució algunas palabras que no pudimos entender. Pero Doña Enriqueta se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso en pie desplegando su majestuosa figura, que nos dominaba a todos, y sacudiendo a su hija por un brazo profirió con voz irritada.

—¡Cómo! ¿Qué palabras son esas? ¿Te parecen dignas de una joven bien educada? ¿Dónde está la modestia y el recato que te ha enseñado tu madre? Si mi papá te hubiera escuchado en este momento te hubiera enviado a la Piñata lo menos por ocho días... Pida usted ahora mismo la bendición... ¡y a la cama!

Rosarito, en un estado de alteración indescriptible, cruzó los brazos sobre el pecho y pidiendo la bendición a su mamá, en la forma que al parecer usan los niños en Cuba, se retiró a la alcoba sollozando perdidamente.

Lolita, roja también y alterada, nos dirigió una mirada suplicante de angustia y se llevó el dedo a los labios implorando nuestro silencio. Se lo concedimos de buen grado porque comprendimos que la broma no era tan inocente como habíamos imaginado y podía traer consecuencias enfadosas. Doña Enriqueta se hallaba fuertemente excitada, y necesitó hacer un gran esfuerzo sobre sí misma para saludar a Pasarón. De todos modos lo hizo tan fríamente y en actitud tan altanera, que aquél, confuso y tembloroso, dirigía miradas ansiosas a la puerta mostrando vivos anhelos de emprender la fuga.

El embarazo de todos era grande. Moro, principal responsable de aquella escena, supo no obstante disiparlo al cabo iniciando una conversación indiferente que pronto, con sus habituales donaires, se convirtió en jocosa. Doña Enriqueta permaneció todavía algún tiempo silenciosa y enfoscada, sin querer tomar parte en ella. Pero Moro, como profundo psicólogo que era, logró, cuando menos se esperaba, desarrugarla por medio de una pregunta habilísima.

—Diga usted, Doña Enriqueta (y perdone si la pregunta es indiscreta), ¿la Piñata es una prisión de la Habana?

La poderosa y alta señora, al escuchar tal disparate, se dignó sonreír levemente y respondió con graciosa condescendencia.

—No, querido, la Piñata no es una prisión. La Piñata era un ingenio de poca importancia, pues no trabajaban en él más de doscientos esclavos, que mi papá poseía bastante lejos de la Habana. Era el sitio donde acostumbraba a confinarnos cuando alguna de nosotras cometía alguna falta que mereciese castigo. Nos enviaba a allá con algunos criados y nos tenía varios días desterradas sin gozar de ninguna de las diversiones de la capital. Para nosotras era un castigo terrible, sobre todo cuando sucedía que por aquellos mismos días hubiese un baile en la Capitanía o en el palacio de los marqueses de la Reunión.

Por qué ocultos y silenciosos pasos, a partir de esta escena, se introdujo el amor en el alma erudita y bibliográfica de nuestro amigo Pasarón, es cosa que nunca podrá saberse. Fué un hecho averiguado pronto por todos nosotros, por nuestra patrona Doña Encarnación, por la misma Doña Enriqueta, cuya cabeza a larga distancia de la tierra parecía traspasar las mismas nubes y vivir solamente en relación con sus alcázares flotantes. Pero fué asimismo una sorpresa para todos.

Pasarón comenzó a subir a la buhardilla con notable regularidad, con la misma asiduidad que si allí existiese una biblioteca de veinte mil volúmenes y entre ellos algunos raros y preciosos. Y sin embargo, en aquel cuartito yo no había visto más libros que dos novelas sentimentales con la pasta deteriorada y las hojas grasientas. Si se forzase la cerradura de los cajones de la cómoda que existía en la alcoba de las niñas y la del viejo armario de Doña Enriqueta, seguro estoy de que no se encontraría tampoco ningún incunable, sino tal vez tres o cuatro devocionarios y la novena de Santa Rita de Casia.

No sólo ejecutaba estas maniobras, que contrastaban con sus antiguos hábitos de estudio y retiro, sino que ponía en práctica aun otras más insólitas entrando y saliendo infinitas veces en el comedor, desde cuyos balcones se veían las ventanas de las bordadoras y espiando a éstas por detrás de los visillos.

En suma, a los pocos días Pasarón había conquistado el corazón de Rosarito y ésta era señora absoluta del albedrío de Pasarón. Pocas veces se había visto unos novios más tiernos y acaramelados; pero pocas también más grotescos.

Pasarón, por completo ignorante de los artificios con que el amor se vela y de los usos consagrados por todos los novios que hasta ahora han sido en el mundo, se mostraba tan extravagante en sus pasos y ademanes, que nos hacía reír a carcajadas. Era ridículo como un salvaje del Africa del Sur, que para saludar a sus amigos se arroja al suelo y se palmotea las nalgas.

Si Pasarón a la vista de Rosarito no hacía otro tanto, poco le faltaba. Causaba risa, sin duda, pero compasión también ver a aquel joven de tan superior inteligencia colocado en tan ridículas actitudes. Aunque si bien se hurgase en el fondo de nuestra alma quizá se hallasen huellas de cierta malévola alegría. Porque en el fondo de casi todos, sino de todos los seres humanos, se alza un grito más o menos clamoroso contra la superioridad ajena y nos place verla humillada.

Era cosa divertida contemplar a nuestro sabio amigo departiendo en un rincón con Rosarito. Aquellos vivos colores que habían nacido en las mejillas de ambos en el punto en que se conocieron allí habían quedado fijos. Lo único que hacían era cambiar un poco de intensidad, pero siempre compensándose. Unas veces eran las mejillas de Rosarito donde el rojo se ostentaba más brillante, otras eran las de Pasarón.

A nadie podía ofrecer duda que los dos se hallaban profundamente enamorados. Sin embargo, Bruno Mezquita, que pretendía ejercer el monopolio de la seducción, se autorizaba el dudarlo; sonreía compasivamente cuando se tocaba a este punto, dando a entender con esta sonrisa que, en su opinión, Rosarito se hallaba aún bajo la influencia del sueño hipnótico que él la había comunicado.

¡Falso de toda falsedad! Rosarito no sólo le miraba con profunda indiferencia, sino que se había negado a dejarse dormir por él nuevamente. Si algo lograba magnetizarla ya era el brillo de los lentes de Pasarón. Y si esto no era bastante, ¿cómo escapar al influjo de unos sáficos adónicos y una silva en verso blanco, estilo horaciano, que aquél había compuesto en su honor? En estas composiciones de clásica inspiración la llamaba Lidia en vez de Rosarito y hablaba del fuego de Vesta, de las umbrosas faldas de Helicona, del Pindo, de Febo y de los Dióscoros.

X

EN QUÉ PARÓ EL IDILIO CLÁSICO DE MI AMIGO PASARÓN

Terminamos al fin nuestro curso académico. Todos los huéspedes de la casa de la calle de Carretas salieron airosamente de los exámenes: algunos con extraordinaria brillantez. Pasarón obtuvo el premio extraordinario del doctorado de Letras y Moro el de la licenciatura de Derecho. Luego nos diseminamos marchando cada cual a reunirse con su familia. La del general Reyes se fué a veranear a San Sebastián.

Sin embargo, Pasarón, con pretexto de consultar algunos libros y manuscritos de la Biblioteca Nacional para su discurso del doctorado, permaneció más tiempo en Madrid; pero al cabo también se fué en los últimos días del mes de julio para volver en los primeros de septiembre. En los cuarenta y cinco días que residió en su tierra envió a Rosarito cuarenta y cinco cartas, alguna de las cuales tuve ocasión de ver más adelante. Por el aliño y la galanura de la dicción, tanto como por la nobleza de los pensamientos, estas misivas, aunque del género amoroso, serían si se publicasen de tan sabrosa lectura como las de Plinio el Joven.

Aquel idilio clásico prosiguió tan suave como una égloga de Virgilio y tan vehemente como una elegía de Tíbulo. Pasarón dejaba transcurrir las horas dulcemente al lado de Rosarito viendo cómo sus dedos ágiles imprimían en relieve sobre la batista guirnaldas de hojas y flores. Y cuando los respetos sociales le obligaban a apartarse un mínimo espacio de tiempo, era todavía para sentarse en el comedor al lado del balcón con un libro en la mano, que recibía menos de la mitad de las miradas que la ventana de la bordadora.

Y en verdad que ésta merecía tan rendida pasión. En este punto todos estábamos de acuerdo. Rosarito, por su carácter dulce y humilde, por la bondad que reflejaban sus ojos, por el timbre insinuante y afectuoso de su voz había conseguido cautivarnos a todos. Se empezaba admirando a su hermana y se concluía por prendarse de ella. Por eso nada nos sorprendía el amor de Pasarón; y aunque su manera de expresarlo nos pareciese ridícula, lo aprobábamos de todo corazón y deseábamos que terminase felizmente.

No obstante, Sixto Moro se autorizaba algunas dudas; nos decía riendo que los amores de Pasarón eran una pasión greco-romana y que, más tarde o más temprano, concluiría por la intervención fatal y dolorosa del Destino, como las tragedias clásicas.

Esta broma profética se verificó desgraciadamente. Cuando llegué a casa una tarde a la hora de comer hallé a Doña Encarnación profundamente consternada; la criada también parecía estarlo; en los rostros de los Mezquita, de Albornoz y del mismo Sixto Moro se percibían igualmente señales de mal humor.

—Sabrás—me dijo este último sentándose a la mesa—que nuestro sabio amigo nos ha dejado.

—¿Pasarón se ha ido?—pregunté sorprendido.

—Sí; Pasarón nos ha soltado con la misma indiferencia con que echaría a un lado una edición moderna del Quijote impresa en Barcelona con muchas erratas.

Entonces levanté la cabeza interrogando con los ojos a Doña Encarnación.

—Esta tarde, poco después del almuerzo, me pidió su cuenta y me dijo que se trasladaba a otra casa donde está de huésped un primo hermano suyo porque su familia así lo quiere. Comprendí que era un pretexto y le pregunté si estaba descontento del servicio o de los huéspedes. Me respondió que no y hasta me aseguró que se marchaba con gran sentimiento, que todos ustedes le eran muy simpáticos, que se hallaba muy satisfecho del trato que yo le daba... Pero, en fin, lo cierto es que se ha ido. Hace un momento que ha venido un mozo de cuerda por su equipaje.

Guardamos silencio todos por unos instantes. Al cabo, Bruno Mezquita profirió en voz baja con señales de irritación:

—La verdad es que la cortesía no parece por ninguna parte.

—La cortesía, amigo Bruno—respondió Moro—, no tiene el mérito de haber estado tres siglos llena de polvo y telas de araña en el archivo de algún convento. Por lo tanto, no hay que hacer caso de ella.

Sin embargo, antes de que hubiéramos terminado de comer, llamaron a la puerta y Doña Encarnación entregó a Moro una carta que para él traían.

—La letra es de Pasarón—dijo éste echando una mirada al sobre—, por lo tanto, le devuelvo la honra que le he quitado.

En efecto, era de nuestro amigo, y aunque venía dirigida a Moro como huésped más antiguo, el contenido estaba dedicado a todos. Se despedía de nosotros con palabras corteses y bien aliñadas. Yo eché de menos en su misiva un poco de cordialidad y franqueza. Pienso que los demás opinaron lo mismo, pero nadie lo expresó en voz alta y se dieron por satisfechos en la apariencia. La prueba mejor de que este sentimiento latía en todos los corazones al mismo tiempo, fué que se habló poquísimo de Pasarón aquel día y en los siguientes casi nada.

Doña Encarnación me comunicó después confidencialmente que había roto bruscamente sus relaciones con Rosarito enviándole una carta fría de despedida como había hecho con nosotros. La pobre niña había experimentado un disgusto tan fiero, que había caído enferma en la cama. En vista de ello no intenté siquiera subir a su cuarto. Bruno Mezquita y su primo, que se aventuraron a hacerlo, no fueron recibidos.

Así transcurrieron algunos días, cuando una mañana al llegar de la Universidad salió a abrirme la puerta la misma Doña Encarnación. Observé en su rostro señales de preocupación. Me tomó de la mano con cierto misterio y hablándome en voz baja, casi imperceptible, me dijo:

—Tiene usted en su cuarto una visita.

—¿Una visita?, ¿quién es?

—Entre usted; ya lo verá.

Seguí por el corredor lleno de curiosidad, abrí la puerta del gabinete y vi sentada en el sofá a Rosarito. Se puso en pie vivamente y una sonrisa de vergüenza y confusión se dibujó en sus marchitos labios. Porque estaba realmente desfigurada. Era cosa asombrosa que unos cuantos días de enfermedad dejasen huellas tan visibles en su rostro.

—Perdone usted esta visita que no podrá menos de importunarle—me dijo con voz apagada.

—Usted no puede importunarme jamás, Rosarito—me apresuré a decirle, apretándole la mano—. Siéntese y dígame en qué puedo servirla.

Se sentó de nuevo y ruborizándose aún más de lo que estaba, empezó a balbucir:

—Ya estará usted enterado de que José Luis...

—Sí, sí; ya sé que se ha portado con usted de un modo bien poco correcto.

—No me quejo. Ningún compromiso formal había contraído conmigo. Nuestras relaciones han sido como las de tantos otros novios que comienzan y se rompen con igual facilidad. Usted ha sido testigo del comienzo de ellas. Me dijo que me quería y yo le entregué mi corazón. Quizá alguno de ustedes me habrá tildado de presuntuosa, porque es evidente que nuestras posiciones son muy distintas. El es hijo de una familia rica, un joven de extraordinario provecho y gran porvenir; yo no soy más que una pobrecita huérfana que necesita vivir del trabajo de sus manos... Pero le juro por la sagrada memoria de mi padre que al aceptar sus relaciones no me ha movido cálculo alguno de interés. Me sentí atraída hacia él desde que le conocí. Luego, su trato tan cortés, tan dulce; su talento, que ustedes mismos admiran, me llegaron a seducir. Le quise entrañablemente... le quise como no es posible querer más..., le quise, le quise y ¿por qué no he de confesarlo si es verdad? ¡le quiero todavía con todo mi corazón...!

Aquí Rosarito rompió a sollozar. Yo, fuertemente impresionado, traté de calmarla.

—Tranquilícese usted, Rosario... Acaso no sea más que una mala inteligencia... Seguramente harán ustedes las paces.

—Perdóneme usted... Comprendo que le estoy molestando... No, no espero nada. Estoy segura de que hemos concluído para siempre... Y después de todo ¿qué tiene de particular? ¿Qué importa que una pobre chica se enamore de un hombre, y que este hombre no le corresponda y que sufra, y que llore, y que enferme? Es cosa que se está viendo todos los días.

—Importa mucho, Rosario. Los empeños del corazón deben ser más sagrados aún para el hombre que los que están amparados por la ley. Yo he sido testigo de sus amores como lo han sido mis compañeros; todos sabemos que José Luis entraba en casa de ustedes como un prometido oficial, como una persona de la familia...

—Es cierto; yo había depositado en él toda mi confianza y mamá le consideraba ya como un hijo... Pero yo estaba ofuscada y mamá lo estaba también. ¿Cómo hemos podido tan pronto hacernos la ilusión de que un joven de la posición y del mérito de José Luis iba de buenas a primeras a ligar su suerte a la de una pobrecilla desvalida, a una miserable artesana?

—¡Rosario, es usted exageradamente humilde!

—Nada, nada; ha sido una verdadera aberración por nuestra parte... Pero no se trata ahora de eso. Un sueño es un sueño y la claridad del día lo disipa. Lo único que me importa en este momento es saber si la ruptura de nuestras relaciones ha sido por su parte una resolución espontánea o si ha sido inducido a ella por alguna falta que yo haya cometido sin darme cuenta o por algo que contra mí le hayan dicho. En el primer caso me resigno con mi suerte. Que no se me hable, que se me deje tranquila y Dios me dará fuerzas para soportar mi dolor...

Otra vez Rosarito volvió a romper en sollozos, mostrando claramente que Dios todavía no le había concedido el don de la fortaleza. Al cabo de unos momentos levantó de nuevo la cabeza, se secó las lágrimas y prosiguió:

—Pero si puede quejarse de mí por algún motivo o alguien se lo ha hecho creer, me parece que tengo derecho a saberlo.

—¿No se lo ha preguntado usted por carta?

—Sí; me ha contestado con cuatro líneas. No es bastante. Quiero saberlo de un modo más claro. Ese favor vengo a pedir a usted suplicándole me perdone el atrevimiento. Me dirijo a usted con preferencia a los demás amigos, porque me inspira usted más confianza que ninguno. Además, me consta, porque se lo he oído muchas veces, que José Luis le estima a usted de veras y estoy segura de que le escuchará con respeto y satisfará a sus preguntas.

—Agradezco mucho su confianza, que me esforzaré en merecer, pero se me figura, Rosarito, que padece usted un error. José Luis no es hombre pródigo de estimación y no creo que haya malgastado demasiado en mí. Sin embargo, para dar a usted una prueba de la afectuosa amistad que me inspira, estoy dispuesto a conferenciar con Pasarón a riesgo de sufrir algún desaire.

—¡Dios se lo pague!—exclamó la pobre niña estrechando fuertemente mi mano.

Pocas más palabras hablamos. Rosarito, enternecida de nuevo, lloraba.

—¿Sabe usted, Rosario—la dije al cabo—, que si su mamá se enterase del paso que acaba de dar la enviaría a usted lo menos por quince días a la Piñata?

Rosarito levantó la cabeza y sonriendo al través de sus lágrimas, exclamó:

—¡Pobre mamá!

El encargo de conferenciar con Pasarón acerca de este delicado asunto no era placentero. En primer lugar, yo no tenía derecho alguno a mezclarme en él, puesto que no era pariente de Rosarito ni me ligaba con José Luis una amistad muy íntima. Verdad que vivíamos en la misma casa y nos tratábamos con bastante familiaridad, pero nuestra intimidad era puramente accidental e impuesta por las circunstancias. No estudiábamos la misma Facultad, no éramos paisanos, y sobre esto Pasarón me llevaba tres o cuatro años de edad y muchos grados de superioridad intelectual.

Además, debo confesarlo, Pasarón era un joven de trato fácil y correcto; pero no lograba inspirar confianza. Sus palabras y ademanes eran suaves y afables; rara vez contradecía y cuando se veía obligado a hacerlo era siempre guardando excesivos respetos: aun en las más vivas discusiones con Moro jamás se descomponía. Y sin embargo, todos advertíamos secretamente que le faltaba cordialidad. Fuese por virtud de un temperamento nativamente frío o por la distracción que engendraba en él su absorbente pasión por el estudio, no hallábamos en él ese gracioso abandono que en la edad juvenil hace tan grata y tan firme la amistad. No parecía que en esta reserva tuviese parte su reconocida superioridad, porque repito que era un hombre afable y modesto, pero se echaba de ver pronto su indiferencia hacia las personas y su desdén por los asuntos que no tocasen directamente a sus estudios.

Me dirigí, pues, a su casa con poca gana y solamente arrastrado por la promesa que había hecho, quizá demasiado ligeramente, a mi afligida vecinita. Cuando ya iba a tirar del cordón de la campanilla, abría Pasarón la puerta para salir a la calle.

—¿Tú por aquí?—me dijo mostrando alegría y apretándome afectuosamente la mano.

—Veo que la visita es importuna.

—Nada de eso. Si quieres entraremos y pasaremos a mi cuarto. No tengo prisa.

Como esto debía contrariar sus planes le respondí:

—No; mejor será que te acompañe hasta el sitio donde te dirijas y así podremos charlar unos momentos; te haré la visita al aire libre... Por supuesto, en el caso de que esto no sea una indiscreción...

—Ninguna—replicó satisfecho—. Voy solamente al almacén a dejar estos libros.

Llevaba un paquete de ellos en la mano. Salimos, pues, a la calle, que era la de la Montera, y siguiendo la de Jacometrezo y pasando por la plaza de Santo Domingo entramos en la de San Bernardo, donde se hallaba el almacén que había mencionado. Entonces me enteré de que un comerciante de productos alimenticios paisano suyo y muy relacionado con su familia le había cedido una habitación en el sótano de su casa para guardar los muchos libros que ya tenía.

Llegamos a la tienda sin que yo me hubiese decidido a tocarle el asunto objeto de mi visita. Cuando ya no vi otro remedio, esto es, cuando comprendí que íbamos a separarnos traté de detenerle a la puerta.

—Pasa conmigo—me dijo poniéndome amablemente la mano sobre el hombro—. Te mostraré mi biblioteca.

Entramos en la tienda, me presentó a su dueño y bajamos acto continuo por una estrecha escalera al sótano. Había allí un olor asfixiante a chocolate; como que era el sitio donde se fabricaba. Sacó Pasarón una llave del bolsillo y penetramos en una gran estancia bastante bien esclarecida por algunas claraboyas. Las cuatro paredes estaban revestidas de estantería de pino donde se apilaba una cantidad enorme de libros. Me produjo admiración; pues aunque tenía noticia de que mi amigo adquiría muchos, no podía imaginar que fuesen tantos.

Pasarón gozó un momento de mi sorpresa y paseando una mirada de propietario satisfecho por los estantes me preguntó:

—¿Qué te parece mi biblioteca?

—¡Asombrosa! ¿Cuántos volúmenes hay aquí ya?

—Cerca de cuatro mil.

—No comprendo cómo has podido llegar a esta cifra, si no dispones de más recursos que los que solemos poseer los estudiantes.

—Todas mis economías están aquí. Me he privado durante la carrera de muchas cosas, he engañado algunas veces a mi familia, he fingido enfermedades, hasta he simulado vicios, he sacrificado en fin a esta biblioteca todos los goces de la juventud.

No pude menos de pensar que aquella colección de libros no merecía tan enorme sacrificio, porque estaba lejos de sentir tan furiosa pasión hacia ellos; pero me guardé de expresarlo advirtiendo el deleite, la extraña voluptuosidad con que Pasarón los contemplaba.

Me mostró con orgullo algunas ediciones raras de libros famosos. Su adquisición era un poema de habilidad, de paciencia, de esfuerzos heroicos. Al narrarme las peripecias de aquellas jornadas en busca y captura del ambicionado vellocino de oro, las manos de Pasarón temblaban y su voz se alteraba por la emoción.

Confieso que todo aquello me producía un efecto casi cómico. No comprendía su significado interior, que era el de una victoria personal, el recuerdo de una lucha tenaz por la posesión de un objeto para él precioso.

Por otra parte, deseaba llenar mi cometido, cumplir el encargo de Rosarito. Estaba inquieto, impaciente; no sabía por dónde ni cómo embocar el asunto. Y como sucede casi siempre en estos momentos de ansiedad empecé de la peor manera posible.

—Amigo Pasarón—le dije repentinamente—, ayer he hablado con Rosarito.

—¿Rosarito?—me respondió mirándome al través de los lentes con sus ojos apagados, como si aquel nombre no despertase en él recuerdo alguno.

—Sí, con Rosarito. Tu repentino traslado de casa y el modo perentorio con que has cortado las relaciones la ha llenado de estupor. No acierta a comprender qué pudo haberte empujado a esa resolución que no ha tenido preparativo alguno, pues el día anterior a tu marcha nada pudo hacerle sospechar en tus palabras ni en tu actitud que ibas a tomarla. Aparte del sentimiento natural que esto le ha producido, pues tú no puedes dudar de que te quiere, se encuentra en un estado triste de agitación y de duda; toda se vuelve hacer cálculos sobre los motivos que habrás tenido para tan brusca y misteriosa ruptura.

Pasarón cerró el libro que me estaba mostrando y fué silenciosamente a colocarlo de nuevo en su sitio. Temí haberle ofendido con mi repentina interpelación y le dije:

—Comprendo que no tengo derecho alguno a mezclarme en tus asuntos y así se lo hice entender a Rosarito; pero ésta se empeñó en que te hablase fiando demasiado en la buena amistad que siempre me has mostrado... Si te he de confesar la verdad, acepté el encargo por la compasión que me inspira... Está verdaderamente afligida y desea con anhelo saber si te ha ofendido en algo.

—Absolutamente en nada—contestó resueltamente sin volver la cabeza.

—Si tienes alguna duda de su fidelidad.

—Ninguna.

—Si alguien te ha insinuado cualquier especie que la desacredite.

—Nadie me ha hablado de ella.

—Entonces... a la verdad, no comprendo...

Pasarón guardó silencio y siguió examinando con atención los lomos de los libros. Yo comencé a sentirme embarazado y aún corrido de aquel silencio y tomé la resolución de despedirme bruscamente. Pero Pasarón se volvió de pronto, vino hacia mí y poniéndome una mano sobre el hombro me dijo con grave expresión:

—Escucha, Jiménez; los hombres siguen caminos muy diferentes en el curso de su vida y el de cada cual se halla trazado por su naturaleza misma. Cuando nos apartamos de él sufrimos las consecuencias enfadosas que acompañan a la violación de toda ley natural. El mío se me ofreció bien determinado desde que llegué a la adolescencia. Nadie en el seno de mi familia ni entre las personas que me rodeaban ha dudado de mi vocación. Yo he nacido para esto (apuntando a los libros) y a esto he consagrado mi juventud y consagraré mi vida en adelante. Hasta ahora he marchado derecho a mi objeto y a él he sacrificado, como acabo de decirte, los goces que más nos seducen a los jóvenes; porque bien sabes que si las sirenas cantan dulcemente en todas las edades de la vida, en la nuestra cantan aún con acentos más melodiosos. Ulises, el más sabio y prudente de los helenos, necesitó que le amarrasen con cuerdas y cadenas al mástil del barco para no acercarse a sus praderas esmaltadas de flores. Grandes, colosales esfuerzos de voluntad he necesitado hacer yo, pobre niño arrojado desde los diez y seis años en la corte, para sustraerme a sus instancias. ¡Cuántas veces pasando por delante de los cafés atestados de gente bulliciosa y alegre, contemplando los escaparates repletos de tantos manjares sabrosos al paladar y de objetos preciosos a la vista, mirando iluminadas las puertas de los teatros y a la muchedumbre penetrar regocijada por ellas, cuántas veces sentí mis fuerzas flaquear! Y sin embargo, apartando la vista de aquellas alegrías tan contagiosas y que estaban a mi alcance iba a depositar mis pobres pesetas en algún puesto de libros y a encerrarme en mi oscuro cuarto de estudiante para pasar la noche con la cabeza bajo el hediondo quinqué de petróleo... Pero llegó un día, amigo Jiménez, tú lo sabes bien, en que las sirenas hicieron sonar en mis oídos un canto celestial, un canto al cual ni los mortales ni los inmortales han podido resistir jamás. Y mi corazón se estremeció, la brújula de mi existencia comenzó a dar saltos cual si se le aproximasen raspaduras de acero, todas mis ideas se trastornaron de golpe. El Amor es fuerte como la muerte. Ni hombre ni dios ni su misma madre la hermosa diosa de Chipre han estado jamás a cubierto de sus flechas de oro. El mismo Júpiter, que pretendió aniquilarlo al nacer previendo todo el mal que al universo haría este rapazuelo, se rindió al cabo a sus encantos y le recibió en el Olimpo entre los dioses patricios. ¡Qué mucho que yo me entregase a él atado de pies y manos! Vosotros todos pudisteis apreciar los efectos que en mí causó aquel sueño... Desgraciadamente, los sueños no son de mucha duración. Desperté y en medio del camino de mi vida me hallé como el Dante en una floresta oscura. Me sentí extraviado, perdido, comprendí que aquella pasión me alejaba del polo magnético hacia donde había orientado mi existencia y que jamás conseguiría alcanzar el objeto hacia el cual han tendido mis esfuerzos hasta ahora. Tuve el valor de volverme atrás y buscar de nuevo el sendero que había perdido. No puedes siquiera sospechar la violencia que he tenido que hacerme para ello, cuánta batalla librada en mi cerebro, cuánta noche de insomnio, cuanto desfallecimiento, cuánta lágrima... Pero al fin he vencido. Vuelvo a ser lo que era. Necesito aprovechar el tiempo que he perdido. Mis estudios hasta ahora no han sido verdaderamente serios. Tengo en perspectiva las oposiciones a una cátedra en Madrid, y para conseguir la victoria a mi edad se necesita un esfuerzo casi sobrehumano... Y ahora, amigo Jiménez—añadió después de una larga pausa—, te ruego encarecidamente que no hablemos una palabra más de este asunto. Deploro el disgusto que ha producido mi momentáneo extravío, pero hay que apartar los ojos y el pensamiento de lo que ya no tiene remedio.

Comprendí que era inútil insistir y me callé. Seguimos hablando de libros y al poco rato me despedí de él.

¡Pobre Rosarito!

XI

CÓMO LOS ESPÍRITUS JUGARON UNA MALA PARTIDA A MI AMIGO JÁUREGUI

Mi amigo Jáuregui gastaba el dinero a manos llenas. Su tío el marqués de la Ribera del Fresno era un viejo escéptico, volteriano, que se había ocupado poco de él mientras estuvo bajo su tutela. Ahora, que desde hacía algunos meses había salido de ella, no se ocupaba poco ni mucho.

Era por naturaleza espléndido, y como yo le había entrado por el ojo derecho se complacía en hacerme cada pocos días un regalito: una caja de jabones, una boquilla, un bastón y otras chucherías por el estilo. Cuando alguna vez íbamos juntos al café era imposible que yo pagase el servicio. Casi a diario tenía a la puerta un coche del Círculo aristocrático donde almorzaba y a menudo me llevaba en él de paseo a la Castellana. En estas ocasiones le veía hacerse señas con las beldades libres más a la moda y, por lo tanto, más caras. Las propinas que vertía en manos de los cocheros y los mozos de café eran escandalosas por lo crecidas.

Gastaba el dinero y gastaba la vida al mismo tiempo. Su organismo se marchitaba velozmente por la combinación antihigiénica de las comunicaciones carnales y espirituales. De un lado Antonia la Gallega, Paca la Serrana. Del otro, Sócrates y Pedro el Grande. Era imposible resistir a este conjunto de fuerzas tan opuestas. El pobre chico ya no tenía más que ojos en la cara.

Un suceso inesperado, fulgurante, vino a turbar, sino a precipitar, aquella marcha lenta y metódica hacia el cementerio. He aquí cómo se desenvolvió tan extraño acontecimiento, según los datos que el mismo interesado me suministró.

Se hallaba nuestro joven una tarde celebrando su acostumbrada conferencia con Sócrates cuando se le ocurrió preguntar al célebre filósofo si estaba destinado por Dios a ser casado o soltero y en el primer caso quién sería la mujer a la cual había de llamar esposa. La respuesta del filósofo fue terminante: «La primera mujer que veas y te hable, esa será tu esposa.»

Como puede inferirse, este oráculo produjo mucha turbación en el ánimo de Jáuregui. ¿Quién no se sentiría trastornado al saber que la desgracia o la felicidad de su vida se hallaba pendiente de un hilo tan delgado? Por esta razón, Jáuregui se apresuró a repetirla pregunta temiendo no haber comprendido bien. Sócrates respondió con la misma precisión, aunque variando un poco los términos: «La primera mujer a quien vean tus ojos, a esa debes elegir por esposa.»

En aquel mismo instante llamaron con la mano a la puerta de escape de su alcoba. Toda su sangre fluyó al corazón.

—¿Se puede?—dijo una voz femenina desde fuera.

Era la de la criada de su planchadora que solía traerle dos veces por semana la ropa. Jáuregui, sin responder, se precipitó a echar el cerrojo. No llegó a tiempo. La chica, viendo que no la respondían, coligió que el señorito no estaba en casa, como de ordinario acontecía, y empujó la puerta. Al hacerlo tropezó con Jáuregui, que retrocedió espantado.

—¡Celedonia!—exclamó fuera de sí.

Gruesas gotas de sudor frío le resbalaban por la frente.

La muchacha, sorprendida a su vez, dió unos pasos atrás contemplando con espanto la fisonomía descompuesta del joven.

—¡Señorito!

Se miraron ambos con el mismo terror por espacio de algunos segundos. Al cabo, la chica balbució toda confusa:

—Perdone, señorito..., creí que no estaba en su habitación.

—No hay de qué... Pase usted—murmuró Jáuregui con la respiración jadeante, pasando repentinamente del terror a la resignación, mejor dicho, al abatimiento.

Esta Celedonia, criada y aprendiza de su planchadora, era una moza de veinte años, frescachona y razonablemente fea, la boca grande, la nariz ancha, los ojos saltones. Su ilustración al mismo tiempo no dilatada. Sumaba por los dedos bastante bien, pero no había abordado otros misterios de las matemáticas. Hablaba con todos como si estuvieran del lado de allá del río; sus fuerzas, hercúleas; sus discursos, pintorescos; su risa, formidable.

Jáuregui no había podido comprobar estos extremos, porque rarísima vez había hablado con ella; pero Doña Encarnación, que la conocía mejor, los había divulgado.

Por aquellos días hallé a mi elegante amigo hondamente preocupado. Hablaba poquísimo, no reía jamás y parecía huírme. Al fin una noche, encerrado conmigo en su gabinete, me confesó con labio balbuciente lo que acabo de referir.

—¿Y qué es lo que piensas hacer?—le pregunté picado por la curiosidad.

Tardó algunos instantes en responder y al cabo profirió con voz sorda:

—Seguir el camino que los espíritus que me asisten han querido trazarme en este mundo.

—¡Pero hombre!—exclamé en el colmo de la estupefacción.

—¡Es forzoso!—replicó bajando la cabeza.

De sus ojos saltó una lágrima que bajó rodando por sus mejillas.

Yo estaba como quien ve alzarse delante de sí un fantasma.

—¡Es forzoso!—replicó con más fuerza—. Para comprobar el mandato de Sócrates acudí a la escritura automática. Con los ojos cerrados y sin pensar en lo que hacía llené un pliego entero de papel. Cuando fuí a mirar lo escrito, hallé repetido noventa y tres veces el nombre de Celedonia. Después consulté todavía al diccionario. Introduje la plegadera en él, lo abrí, miré en la columna y en la línea convenidas conmigo mismo y leí la palabra lavandera... Ya ves que la orden de los espíritus es bien clara...

Lo que veía claramente es que aquel pobre joven estaba loco y pensaba vagamente en ir a comunicar la noticia a su tío el marqués de la Ribera del Fresno, cuando él mismo se me adelantó profiriendo con firmeza:

—Mi resolución está tomada. Me caso con Celedonia. Así se lo he comunicado a mi tío.

—¡A tu tío!

—Sí, hoy mismo se lo he participado.

—¿Y qué te ha dicho?

Jáuregui entornó la cabeza hacia otro lado con disgusto, frunció el entrecejo y tardó bastante en responder. Al cabo profirió con entonación colérica:

—Mi tío es un botarate.

—Pero ¿qué te ha dicho?

—Al saber que estaba resuelto a casarme con una planchadora se contentó con decirme: «Hijo mío, vas a proporcionarte un placer muy caro. Vas a comer un bocado exquisito; pero considera que detrás de ese vendrán otros bien amargos... Porque supongo que tu planchadorcita será una preciosidad.» Y sus ojuelos de viejo verde brillaron de un modo perverso. Cuando le dije que Celedonia era fea le acometió tal ataque de risa, que se puso negro. Tuve que llamar al criado; le echamos agua en la cara y al fin logramos que volviese en sí... Lo primero que hizo fué llamarme jumento y echarme a la calle.

Yo disimulé también cuanto pude la risa, que me retozaba en el cuerpo, porque no tenía ganas de ponerme negro ni que me echasen agua, y le dije:

—¿Has consultado el caso con tu novia?

—¿Querrás creer—me respondió levantando la cabeza con asombro—que la he llamado repetidas veces todos los días y jamás ha querido acudir?

—¡Es natural, hombre!... La pobre chica debe de estar celosa.

Calló Jáuregui unos instantes; sus ojos se humedecieron de nuevo y dijo al fin suspirando:

—La verdad es que no tiene motivo alguno para eso. Ella debe saber que sólo me caso por obedecer las órdenes de lo Alto y que llevo a cabo el mayor sacrificio que un hombre puede hacer en esta vida... Mi tío es un iluso. Se le figura que todo es lujuria en este mundo. No tiene idea de nuestro destino inmortal ni menos de la comunicación que existe entre los espíritus encarnados y los desencarnados.

—Pero bien, después de todo no me has dicho si has hablado ya con la planchadora y si te has puesto de acuerdo con ella.

—No la he vuelto a ver—respondió pasándose la mano por la frente con abatimiento—. No quiero dirigirme a ella porque me causa tal vergüenza y repugnancia, que temo no poder llevar a cabo mi sacrificio. Me parece que lo mejor será que tú arregles el asunto...

Di un salto en la silla.

—¿Qué estás ahí diciendo?

—Sí; el medio más adecuado para resolverlo pronto y bien y que yo no tenga que sufrir una serie de humillaciones y tristezas es que tú vayas a hablar con su familia, les expongas mi pretensión y si aceptan y ella me acepta también...

—Date por aceptado—interrumpí.

Jáuregui me miró con infinita tristeza y continuó:

—Que todo se resuelva lo más pronto posible y sobre todo sin ruido. Me propongo marchar el día mismo de mi matrimonio para mi finca de la Enjarada en Alicante.

Quise rehusar aquella misión delicada. No me fué posible. Mi pobre amigo se manifestó tan afligido que llegó a derramar lágrimas. Hay que confesar que las tenía siempre a punto. Por fin me decidí a complacerle siempre con la esperanza de que al cabo por cualquier circunstancia se desbaratase tan descabellado y ridículo proyecto.

Heme aquí, pues, en busca de la familia de aquella moza favorita de los espíritus. Fuí a casa de su ama la planchadora y allí me dijeron que la Celedonia habitaba en el Puente de Vallecas y que no tenía más familia que su madre y una tía con las cuales vivía. Con las señas que me dieron me dirigí al día siguiente por la tarde a este punto, indagué dónde estaba la vivienda y me encaminé a ella entre pesaroso y contento de mi cometido diplomático.

La madre y la tía de la Celedonia habitaban en una choza o barraca de madera situada dentro de un solar cercado por tablas.

Vi una mujer delante de la barraca sentada al sol remendando una camisa y me dirigí resueltamente a ella.

—¿Es usted Doña Ramona Fernández?

—No tengo ninguno, señorito. Esta mañana me los han llevado todos—me respondió con acento triste.

Yo la miré estupefacto y ella a mí.

—¿Pero no es usted la madre de una planchadora que se llama Celedonia?

—Sí, señor, sí; pero ya le digo que no me queda ninguno. Esta mañana se ha llevado los que había la criada del teniente de la Guardia civil, porque su ama está bastante malita y no toma más que huevos y leche.

Entonces comprendí y le dije:

—No, señora, no vengo a comprar huevos. Vengo a hablarle de un asunto importante y de mucho interés para su hija Celedonia y para usted.

—¿De mucho interés?—preguntó mirándome con evidente satisfacción.

—Sí, de mucho interés... Vengo comisionado por un amigo que vive conmigo en la calle de Carretas y al cual le lleva la ropa planchada todas las semanas su hija.

—¡Ah, sí!... el marquesito.

—No sé si es quien usted supone. Mi amigo se llama Don Carlos de Jáuregui.