—Sí, señor, sí; el marquesito... ¿Un señorito bien parecido, amarillito él de la cara, que lleva una cruz encarnada sobre el pecho?
—Justamente.
—Pero mi hija nada tiene que ver con la ropa. Si necesita hacer alguna reclamación debe hablar con su ama que vive en la calle de...
—No, no es a propósito de la ropa, sino de otra cosa muy distinta. Verá usted... Mi amigo ha simpatizado con su chica... La encuentra muy agradable... En fin, le gusta mucho... Porque Celedonia... ¡vamos, la verdad... se lo merece todo!...
Yo titubeaba de un modo lamentable. La señá Ramona me miraba con agrado escuchando el panegírico de su heredera.
—Por supuesto—proseguí—, tiene a quien parecerse... Porque usted, señora, debió tener unos diez y ocho años que habría que ver...
La mujeruca sonrió con mayor agrado aún.
—En fin, voy a decírselo de una vez y con toda claridad... A mi amigo Don Carlos de Jáuregui le ha dado golpe Celedonia y si usted no se opone quiere casarse con ella...
La buena mujer me miró unos instantes con los ojos muy abiertos como si no entendiese. Entendió al fin y su fisonomía se contrajo con expresión de cólera. Se levantó del banco donde se hallaba sentada y vino hacia mí furiosa, exclamando con altos gritos:
—¡Cómo! ¿Qué es lo que usted viene a contarme? ¿Que le venda mi hija a ese señorito? ¿Y viene usted para eso a mi casa? ¿Viene usted a insultarme porque somos pobres? Sepa usted que yo tengo tanta vergüenza como la reina de España... ¡Merenciana! ¡Merenciana!
A sus gritos, cada vez más descomunales, salió otra mujeruca de la barraca y viendo a su hermana encolerizada juzgó que debía ponerse al unísono con ella sin saber de lo que se trataba y se dirigió a mí indignadísima llamándome tío silbante y sinvergüenza.
—¡Venir a proponerme que le venda mi hija! Como si yo fuese una cualquier cosa... ¡Una mujer que ha servido diez años en casa de un señor con cuatro títulos!
—¡Señora, tenga usted la bondad de escucharme!—exclamé yo en el colmo de la confusión.
Pero ni ella ni su hermana atendían, cada vez más encrespadas.
—¡Venir a insultarnos porque somos pobres!... ¿Qué se ha figurado usted?
Es cosa averiguada que en España cuando una persona se siente incomodada por lo que otra ha dicho o ejecutado nunca deja de atribuír a ésta una gran fantasía poética y le pregunta con interés qué es lo que se ha figurado.
Si un individuo reclama a otro lo que le debe: «¿Qué es lo que usted se ha figurado?», le responde su deudor. Si nos quejamos de las molestias que nos ocasiona un niño, su papá nos pregunta enfáticamente: «¿Qué se ha figurado usted?» Si exigimos que nos dejen el paso libre en un tranvía, algún viajero nos pregunta indignado: «¿Qué se ha figurado usted?» Hasta he oído a un caballero que recibió una bofetada en el teatro preguntar en tono perentorio: «Pero ¿qué se ha figurado usted?», mostrando gran curiosidad por averiguar qué clase de imágenes flotaban en aquel momento por el cerebro de su agresor.
Yo no podía, ciertamente, describir a aquella buena mujer lo que en aquel momento me representaba, porque todo bullía revuelto y caótico en mi mente. No sabía más que decir:
—¡Pero, señora, escúcheme usted!
—¡Venir a proponer una porquería semejante a una mujer que sirvió en la casa de un señor con cuatro títulos! ¿Qué se ha figurado usted?
Repito que no me figuraba nada, pero sí veía las figuras de una porción de chicuelos que se habían encaramado sobre las tablas del cercado del solar para presenciar la disputa. Veía también las cabezas de algunos vecinos asomarse a la puerta que había dejado entreabierta, Estaba consternado. Maldecía interiormente de mi insensato amigo, de sus progenitores hasta la quinta generación y sobre todo del indecente de Sócrates, causante principal de toda aquella perturbación. Los gritos de las dos furias sonaban como martillazos en mis oídos, pero ya no me daba cuenta de lo que expresaban. Sólo entendía claramente que había cometido la mayor sandez de mi vida y juraba por la gloria de mi madre que jamás me pondría al habla otra vez con una señora que hubiera servido en casa de un caballero con cuatro títulos.
Sin embargo, como no hay nada infinito en nuestro universo y todo es deleznable y perecedero, así la cólera de aquellas mujerucas, después de alcanzar su máximum de desarrollo, comenzó a decrecer paulatinamente. Aproveché este momento para sacar del bolsillo las dos cartas que Jáuregui me había dado, una para Celedonia, otra para su madre, y ponerlas en las manos de ésta.
Las olas quedaron sosegadas instantáneamente. Es indudable que el lenguaje escrito ejerce en el vulgo una impresión infinitamente mayor que el hablado.
La buena mujer aceptó el mensaje con muestras de respeto, dió algunas vueltas en la mano a las cartas, se las pasó después a su hermana, que a su vez las hizo girar suavemente entre sus dedos, y se las devolvió al cabo con la misma unción y recogimiento.
La verdad es que ni una ni otra sabían leer, ni tampoco Celedonia, pero tenían un primo hermano carnicero en la calle de las Veneras que leía perfectamente lo mismo lo escrito que lo impreso.
Yo no dudaba que después que este hombre ilustrado se hubiese hecho cargo de ambos mensajes florecería la calma en el seno de esta familia ofendida. Me despedí de ambas disimulando cuanto pude mi irritación, pero así que llegué a casa manifesté a Jáuregui con bastante aspereza que mi intervención en este asunto había cesado por completo sin posibilidad de que se reanudase jamás.
Continuó él sus gestiones, que como puede suponerse obtuvieron un resultado dichoso. Me participó pocos días después con ostensible abatimiento que su matrimonio estaba concertado y fijado para el mes siguiente. Le aconsejé que se trasladase inmediatamente de domicilio, porque la robusta Celedonia había dejado escapar ya su dulce secreto y entre los huéspedes de Doña Encarnación se había declarado un regocijo tumultuoso que pudiera originarle algún disgusto. Aceptó mi consejo, se trasladó a una fonda de la calle del Arenal y no muchos días después vino a rogarme que le sirviese de testigo en la ceremonia de su boda. Estaba tan descaecido, tan marchito de cuerpo y alma, que inspiraba lástima. Era de temer, en verdad, que el hilo de su vida se quebrase antes de verlo anudado al de la hercúlea planchadora.
Llegó por fin el día feliz. ¿Feliz? No para mi pobre amigo, a quien hallé con los ojos enrojecidos por el llanto cuando fuí a buscarle para trasladarnos a la iglesita del barrio de la Celedonia, donde debía efectuarse la ceremonia. Allí nos esperaba un buen golpe de menestrales en traje dominguero. Jáuregui había exigido que no se invitase a nadie. Sin embargo, fué imposible evitar que la señá Merenciana y el señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, que eran los padrinos, dejasen de avisar en secreto a algunos de sus amigos más considerables.
Celedonia, radiante de alegría y peinada a la moda de las señoritas, vestía un lindo traje negro que Jáuregui le había mandado hacer, lucía pendientes de perlas, regalo también del novio, mantilla, polvos de arroz en la cara, y guantes blancos. Estaba horrible.
Celebróse la santa ceremonia, durante la cual las lágrimas resbalaban silenciosas por las mejillas de Jáuregui. Cuando terminó, la novia, sonriente, apretaba la mano callosa de sus conocimientos y recibía sus felicitaciones calurosas.
Almorzamos en el piso alto de una taberna de aquel barrio. Como era de rigor, el carnicero, el pollero, el carpintero, el trapero, todos aquellos honrados trabajadores se emborracharon concienzudamente. El bello sexo se alegró también, aunque con más modestia. Celedonia soltaba a cada instante estrepitosas carcajadas que hacían asomar las lágrimas a los ojos de su marido.
El señor Indalecio, carnicero de la calle de las Veneras, me tomó aparte y cogiéndome de la solapa me dijo con lengua estropajosa:
—Estoy muy contento, mucho, de que mi sobrina se haya casado con un caballero... pero, la verdad... temo que no sea feliz... porque ese señorito amigo de usted... perdone que se lo diga... es un grandísimo borracho.
—¿Borracho?
—¡Un pellejo de vino! ¿No ve usted que en cuanto lo prueba se pone a llorar como un becerro? Lo misma le pasaba a un amo que tuve yo en el Arco de Santa María.
Cuando llegó la hora, los novios se esquivaron. Yo les acompañé en un coche a la estación y allí me despedí con un abrazo para siempre de mi lacrimoso amigo. Para siempre, no, porque muchos años después tuve la buena suerte de tropezar con él y reanudar nuestra antigua relación. Pero de tal suceso tendrá conocimiento quien lea hasta el fin estas verídicas memorias.
En una de las primeras visitas que hice aquel año a la familia de Reyes, hablando de su estancia cerca de la frontera de Francia, Natalia se dolió de haber olvidado las nociones de francés que había adquirido en el colegio, encontrando dificultad para hablarlo en sus frecuentes excursiones a Biarritz y Bayona.
—Sí, te convendría—dijo su padre—recibir algunas lecciones más, y sobre todo soltarte a hablar con una persona que conociese bien el idioma.
Entonces yo, por súbita inspiración, recomendé para el caso a mi amigo Moro. Había estado tres años en Francia y hablaba el francés a la perfección. Además, lo conocía gramaticalmente y su pronunciación era correctísima.
—Esto es de lo que se trata—manifestó el General—. Yo hablo medianamente el francés: Guadalupe lo habla mejor que yo; pero nuestra pronunciación es defectuosa, sobre todo la mía. Por otra parte, no tengo tiempo para estudiarlo a fondo y Guadalupe repugna el hablarlo entre nosotros.
—Sí—interrumpió aquélla—. Hablar un idioma extranjero en familia, sin necesidad, me ha parecido siempre una afectación.
—Sin embargo, yo creo que tú y Natalia bien pudierais charlar algunos ratitos.
Guadalupe dirigió una rápida mirada a su hijastra y respondió vacilando:
—De nada serviría; yo pronuncio detestablemente el francés.
Natalia quedó seria y en su frente se marcó una arruga. Esto no hizo más que confirmar mi convicción de que las relaciones entre aquellas dos mujeres no eran excesivamente cordiales.
—No dudo que tu amigo será un profesor excelente—manifestó el General—. Es un joven de talento, al parecer, y según nos cuentas es también un orador, ¿Pero crees tú que él se avendrá a desempeñar este papel?
—Yo creo que sí—respondí, sabiendo el enorme interés que Sixto tendría en acercarse al objeto de sus desvelos.
No obstante, después que salí de la casa con el encargo de hablarle me acometieron algunas dudas. Moro había terminado su carrera y a la sazón trabajaba como pasante en el bufete de un famoso abogado. El sueldo que éste le había asignado era cortísimo: apenas si con él podría subvenir a sus más perentorias necesidades; no le vendría mal, por lo tanto, un pequeño suplemento mensual.
Pero su carácter era altivo, y la humildad de su posición le había hecho aún más susceptible. Temí, pues, que no acogiese la proposición con el regocijo que en un principio había imaginado.
Para endulzársela un poco le di cuenta de nuestra conversación y de la manera oportuna que hallé para recomendarle como profesor. Sus mejillas se tiñeron de rojo bajo el golpe de la emoción.
—Pero bien, ¿cómo voy a hablar con ella en francés?... ¿Como profesor remunerado?
—Me parece que así debe ser—repliqué un poco confuso—. De otro modo es más que probable que el General no aceptase este servicio... Porque hasta ahora tú no eres su amigo.
El encarnado desapareció de las mejillas de Moro. En su rostro se dibujó una sonrisa sarcástica, la mala sonrisa de los instantes de cólera.
—¿Es decir, que voy a ser un maestrillo de los que se pagan a tanto la hora? Perdona, querido... Si he de entrar en la domesticidad, prefiero ser lacayo; porque al cabo alguna vez podría tocarme la grata tarea de anudar las cintas de su zapato.
—No hablemos más del asunto—repliqué a mi vez despechado—. Les diré, a tu elección, que no has querido o no has podido aceptar.
—Yo lo dejo a la tuya—respondió secamente.
Ni una palabra más volvimos a hablar de este asunto. Durante aquel día observé en Sixto cierta preocupación que hacía esfuerzos por disimular. Quedaba en ciertos momentos silencioso y pensativo; después se manifestaba excesivamente alegre y bullicioso.
Al día siguiente nos tropezamos en el pasillo cuando nos dirigíamos a almorzar y me dijo rápidamente sin mirarme a la cara:
—Puedes decir al general Reyes que estoy a su disposición.
—Perfectamente, y también se lo diré a Natalia, que se alegrará mucho seguramente—le respondí en la forma que más pudiera halagarle.
Pocos días después fuimos juntos a casa de Reyes, que le acogió con la afectuosa franqueza que le caracterizaba y amablemente le hizo comprender que ya tenía noticia de su talento y que lo estimaba en lo que valía. Moro se sintió aliviado de un gran peso. En su rostro leí la satisfacción que experimentaba. Sin embargo, cuando se llegó a tocar el punto de la remuneración volví a encontrarlo turbado y vacilante. Pero supo desenredarse con habilidad.
—Mi General—dijo imitando el tono resuelto de éste—, yo no soy profesor de francés, ni pienso serlo jamás, porque mis proyectos son otros distintos. Por lo tanto, dejo esta cuestión completamente a su arbitrio. Para mí es un honor que usted me crea digno de prestarle un servicio tan insignificante.
El General tuvo la delicadeza de no insistir. Después nos dirigimos los tres al gabinete donde se hallaban Guadalupe y Natalia. Allí fué distinto. Aunque no hubo necesidad de presentación, porque Moro ya las conocía, se mostró tan tímido y embarazado, que consiguió embarazarme a mí mismo. Me parecía estar leyendo en los ojos de las dos mujeres que adivinaban el secreto de mi amigo y la ayuda que yo le prestaba.
Pura aprensión, sin embargo. Ni a una ni a otra se les pasó por la mente que aquel joven humilde hasta el exceso abrigase en su pecho pasión tan atrevida. Le acogieron con bondadosa protección, que no produjo en él tan buen efecto como la franqueza del General. Tuve ocasión de advertirlo allí mismo y comprobarlo más tarde cuando salimos de la casa. Me habló con extraordinaria animación del carácter simpático de Reyes y de la grata impresión que causaba su rudeza militar impregnada de benevolencia. En cuanto a su esposa, se mostró más reservado y hasta me dió a entender que le parecía su carácter un tanto disimulado, si no falso. Como debe suponerse, le atajé inmediatamente subiendo hasta las nubes la dulzura y constante afabilidad del que continuaba siendo ídolo de mi existencia.
Pocos días después dieron comienzo las conferencias filológicas de Moro. Iba todas las tardes una hora antes de la comida. Los primeros días observé en él una actitud silenciosa y concentrada. Parecía gozar de una intensa felicidad mezclada de confusión. A mis preguntas acerca de las disposiciones de Natalia respondía vagamente, eludiendo la conversación. Paulatinamente, no obstante, se fué haciendo más comunicativo; me dió cuenta de los descubrimientos prodigiosos que iba haciendo, no sólo en el carácter, sino en el talento de su joven discípula. Yo no podía menos de reír interiormente de aquel entusiasmo que cada día iba en aumento.
Después principiaron las confidencias transcendentales. Natalia no tenía por costumbre darle la mano ni cuando entraba ni cuando se despedía. Pues bien, una tarde, como la conversación fuese más animada y más íntima, al tiempo de marcharse se la estrechó amablemente. Moro agradeció este favor como si se la hubiese extendido hallándose en un pozo y a punto de ahogarse. Otro día, en vez de llamarle por su apellido, le dió su nombre de pila: «Adiós, Sixto; no deje usted de traerme mañana el periódico donde viene el cuento de que me ha hablado.» Moro mostró la misma alegría que si careciese de nombre y repentinamente le hubiesen bautizado.
Sin embargo, cuando terminó el mes y el General le llamó a su despacho y le puso en la mano dos monedas de oro, llegó a casa con el rostro más encapotado que un día lluvioso de invierno.
—Mira, el General me ha dado estos diez duros por las lecciones del mes—me dijo llamándome aparte y mostrándome las monedas—. Voy a comprar con ellos una cestita de flores y enviársela a Natalia.
—¿Qué estás diciendo?—exclamé sobresaltado—. Si tal hicieras te cerrarían las puertas de la casa.
—Pienso enviársela sin tarjeta.
—Es lo mismo; adivinarían inmediatamente de quién viene.
Comprendió la razón que me asistía y renunció por el momento a su descabellado proyecto, reservándose, no obstante, llevarlo a cabo más adelante cuando no hubiese peligro de ser descubierto.
Un día le encontré particularmente excitado. Brillaban sus ojos de un modo extraño. Parecía que la más pura felicidad traspiraba por todos los poros de su cuerpo. Hice lo posible por arrancarle su dulce secreto, y aunque sin duda se proponía guardarlo y esquivó en un principio mi curiosidad, no tardó mucho en entregarlo. La dicha de un enamorado es un pajarito que se escapa irremisiblemente de la jaula.
—Verás, Jiménez; esta tarde, Natalia, en el curso de nuestra conversación, que suele ser sobre un tema que de antemano elegimos, quedó un instante silenciosa y pensativa y me dijo de repente:
—No sabe usted, Moro, cuánto gusto tendría en oírle hablar en la Academia de Jurisprudencia. Los hermosos discursos me entusiasman tanto o más que los hermosos versos. Papá me lleva alguna vez al Congreso y he gozado mucho oyendo a nuestros más famosos oradores, a Castelar, a Moret, a Cánovas del Castillo. Entendía poco o nada de los asuntos que trataban, pero aquella manera de expresar las ideas tan fácil, tan elegante, me causaba una sensación deliciosa.
—Conmigo llevaría usted un desengaño—le respondí.—Yo no puedo compararme de muy lejos con esos colosos de la oratoria.
—Es usted demasiado modesto. Son varias ya las personas que me han dicho que habla usted admirablemente.
—Además, bastaría que supiese que se hallaba usted entre mis oyentes para que lo hiciese muy mal.
—¿Por qué?
—Precisamente porque es usted la persona ante la cual quisiera hacerlo mejor.
Natalia bajó los ojos y se ruborizó. Luego cambió de conversación.
Moro me narraba este incidente con emoción increíble. Yo lo celebré también, por hacerle placer, como si fuese un magno suceso, y le dije riendo:
—Sigues con aprovechamiento la carrera de Abelardo. Ten cuidado de que al fin no haga contigo el General lo que el canónigo Fulberto hizo con el seductor de su sobrina.
Moro dejó escapar una exclamación de susto; pero entendí que se mostró halagado con mi comparación.
Esta emoción ansiosa que Moro manifestaba en todo lo que se refería a sus funciones didácticas en la casa de Reyes contrastaba con la indiferencia con que allí se miraban. Natalia, cuando por azar salía el nombre de su profesor en la conversación, solía decir que era «muy simpático, muy simpático». Guadalupe la miraba entonces sorprendida, como si dudase de que hablara en serio. Para una mujer del gran mundo es caso sorprendente que se llame simpático a un joven tímido mal vestido. El General se había olvidado de su existencia. Esto prueba una vez más lo enorme distancia que existe entre lo que creemos ser en el espíritu de los demás y lo que somos realmente.
Un día que Natalia pronunció el nombre de su profesor, el General se volvió hacia mí sonriente y me dijo:
—Pero ese amigo tuyo ¿por qué razón gasta tan larga cabellera? Parece un saboyano de los que tocan el organillo por las calles.
—No será por una razón estética—manifestó Guadalupe sonriendo también.
—Es un capricho—respondí yo, contrariado por aquel tono de burla.
—¡Es un capricho original el de dejarse crecer los pelos!—exclamó el General soltando a reír.
Natalia se puso seria.
—Hay otros caprichos—dijo—mucho más extravagantes y el mundo no sólo no se fija en ellos, sino que los aplaude. ¿No es mucho más ridículo hacerse planchar las camisas en París estando en Madrid? Un hombre puede gastar el pelo largo y ser inteligente, trabajador, digno, y otro puede gastarlo corto y ser holgazán, tonto y maligno.
Como la saeta parecía dirigida a Grimaldi, que enviaba, en efecto, sus camisas a París, el General se puso serio a su vez.
—¡Niña, niña, cuidado con la lengua!
Guadalupe se limitó a sonreír.
Yo aprobé de corazón las nobles palabras de aquella niña, pero guardé silencio.
Desde hacía algún tiempo había observado que el temperamento naturalmente impetuoso de Natalia se había irritado un poco. Si en conversación particular conmigo era siempre franca y cariñosa, cuando nos hallábamos reunidos en familia se mostraba más concisa en sus palabras y más dura en sus observaciones. Sobre todo, notaba perfectamente que al dirigirse a Guadalupe lo hacía empleando las menos palabras posibles y muchas veces sin mirarle a la cara. Hacía ya algunos meses que no las había visto juntas en la calle. Guadalupe salía a menudo con una amiga de la colonia americana y Natalia con una señora viuda de un amigo y compañero del General, a quien éste protegía.
Puede inferirse que aunque Natalia me fuese extremadamente simpática y aún hubiera llegado a inspirarme un afecto casi fraternal, no podía menos de reprobar aquella actitud altanera y agresiva que por días iba creciendo. ¿Por qué serán tan pocas veces cordiales las relaciones entre hijastras y madrastras?—me preguntaba—. ¿Será porque este parentesco lleva ya dentro de sí un virus venenoso? Sin embargo, yo imaginaba que tratándose de seres tan bondadosos y amables como aquellas dos mujeres, ningún pretexto podía existir para que su amistad se envenenase.
Mi adoración por la bella Guadalupe no se había extinguido ni aún mermado con la ruina de mis ilusiones. Pero esta adoración había adquirido un matiz más respetuoso aún, la contemplaba como un ser inasequible, perfecto, y me consideraba feliz sólo con aproximarme a ella y saciarme con su vista. Hasta había llegado a perdonarle aquel tono siempre protector que conmigo usaba: antes me parecía impertinente; ahora lo hallaba sabroso. No podía ofrecerme duda que ella, después de lo que había pasado, leía con toda claridad en mi corazón, y esta seguridad despertaba en mí un delicioso sentimiento, mezcla de confusión y ternura. Adivinaba perfectamente que agradecía mi pasión y aunque no la alentase me prodigaba afectuosas atenciones que algunas veces me conmovían hasta privarme del uso de la palabra.
El General, aunque disfrazándola con sus modales bruscos y sus eternas bromas, me parecía que abrigaba en su pecho una pasión no menor que la mía. Cuando se dirigía a ella, aunque fuese para hacerle alguna burla, sus ojos expresaban tan apasionado afecto, que todos nos dábamos cuenta de lo que llenaba su corazón. Ella misma apartaba alguna vez la vista un poco ruborizada.
Tardó Don Luis en advertir la hostilidad de su hija. No era hombre de espíritu complicado ni fino observador. Además, es seguro que le parecía inverosímil y hasta monstruoso, aun más que a mí, que Natalia dejase de amar a una criatura tan angelical como Guadalupe. Porque, en efecto, nadie podía negar a ésta un carácter singularmente blando y apacible. Parecía imposible reñir con ella. Ni aun cuando se la contrariase abiertamente se lograba verla desazonada ni daba señales siquiera de impaciencia. Hacia su hijastra mostraba tan deferentes atenciones, que dada su posición a mí mismo me parecían excesivas. Por eso cuando al cabo comenzó a sospechar que Natalia la aborrecía, debió de quedar estupefacto. A esta estupefacción sucedió una sorda cólera, que pronto se hizo visible. Estaba inquieto, malhumorado; dejó de tener con su hija aquellas expansiones cariñosas en él tan frecuentes; espiaba a una y otra intranquilo y alguna vez le he visto fijar en Natalia los ojos con signos de irritación.
Por su parte la niña parecía no advertir el malestar de su padre y continuaba mostrando hacia su madrastra una indiferencia cada día más desdeñosa. Yo presentía que aquellos dos caracteres tan semejantes tenían que chocar al cabo forzosamente.
La catástrofe se produjo, desgraciadamente, hallándome yo presente.
Acabábamos de comer y Guadalupe había salido para cambiar de vestido, pues íbamos como de costumbre al teatro. El General, Natalia y yo departíamos tranquilamente en el comedor cuando sonó el timbre de la puerta.
—Ahí está Tonico—dijo el General.
Natalia quedó silenciosa. Don Luis y yo seguimos charlando. Transcurrieron algunos minutos y Grimaldi no aparecía. Natalia se puso en pie y salió de la estancia. Poco después volvió a entrar seguida de Guadalupe y Grimaldi. Quise observar en el rostro de los tres señales de turbación. El de Natalia terriblemente fruncido como jamás lo había visto.
El General recibió a su amigo con la misma ruidosa alegría de siempre. Grimaldi estaba un poco pálido y sus manos temblaban ligeramente; pero un instante después recobró su aplomo, y con el tono frío y grave que caracterizaba su conversación la empeñó con Reyes y su esposa. Ésta parecía más turbada y advertí que disimuladamente seguía con la vista a Natalia y su mirada era humilde y tímida.
Cuando nos levantamos y nos dispusimos para marchar, Guadalupe tomó la delantera. Hallándose ya en el pasillo exclamó:
—¡Ah, mis guantes! Se me olvidaron sobre la mesa.
—Natalia, recoge esos guantes y tráelos—dijo el General a su hija, que se había quedado un poco rezagada.
Ésta, como si no oyese, siguió caminando. Don Luis repitió con impaciencia:
—¿No has oído? Trae los guantes de Guadalupe, que están sobre la mesa.
Natalia los tomó con lento ademán, y dirigiéndose a Guadalupe dijo con acento desdeñoso:
—Ahí los tienes.
Y se los arrojó, sin entregárselos en la mano. Los guantes cayeron en el suelo.
Una ola de sangre subió al rostro del General.
—¡Cómo! ¿Qué es lo que acabas de hacer, insolente? ¡Recoge esos guantes!
Natalia permaneció inmóvil y mirando cara a cara a su padre. Una sonrisa sarcástica se dibujó en su rostro pálido.
Los ojos del General chispearon de furor y abalanzándose a ella vociferó:
—¡Recoge esos guantes y entrégalos de rodillas!
Natalia permaneció en la misma inmovilidad orgullosa mirando a su padre con una extraña intensidad que infundía miedo.
—¡De rodillas! ¡De rodillas, malvada!—gritó Reyes agarrándola por el brazo y sacudiéndola furiosamente.
Natalia hizo un gesto de dolor. Los dedos de su padre debían clavársele como unas tenazas; pero inmediatamente comenzó a reír.
—¿Te ríes, infame?... ¿Te ríes?... ¡De rodillas!
Le dió tan fuerte sacudida que la niña chocó ruidosamente con el pavimento.
Tirada en el suelo siguió riendo cada vez con más fuerza.
—¿Ríes, ríes, miserable? ¡Te voy a aplastar como una víbora!
Hizo ademán de levantar el pie sobre ella y entonces nos precipitamos todos a sujetarle. Grimaldi estaba blanco como un papel. La fisonomía de Guadalupe tan descompuesta igualmente que parecía un cadáver.
—¡Dejadme, dejadme!—gritaba el General—. Yo me he tenido la culpa por haber mimado tanto a una criatura ingrata, a una perversa que se goza hiriendo a su padre en el corazón.
La risa de Natalia se fué haciendo cada vez más fuerte y convulsiva. Entonces comprendimos que sufría un ataque de nervios y acudimos a ella. Yo la levanté entre mis brazos y ayudado por Grimaldi y una doncella la transportamos a su cama.
El ataque fué pavoroso. A la risa sucedieron los gritos, las fuertes contracciones, la retorsión de los brazos y la cabeza. Con dificultad podíamos impedir que se destrozase contra la pared y la madera de la cama. La doncella trajo un frasco con éter y empapando un pañuelo se lo hicimos aspirar, pues no era posible en aquel estado que tragase algunas gotas. Guadalupe ordenó a un criado que montase en el coche enganchado a la puerta y envió por el médico.
Mientras tanto, el General, convulso, con el rostro congestionado hasta el punto de hacer temer una apoplejía, desahogaba todavía su cólera no extinguida con palabras incoherentes, dando paseos agitados.
Cuando el médico llegó, el ataque ya había cedido. Ordenó unos sinapismos y una poción calmante y encargó completa tranquilidad, no dando importancia al accidente.
A mi entender la tenía muy grande. Aquella noche me desperté varias veces agitado por tristes presentimientos.
No quise comunicar a Moro una palabra acerca de tan penosa escena. Ni aun le hice saber que Natalia se hallaba indispuesta para que ésta no sospechase que habíamos hablado de ella. Le dejé ir como todos los días a su tarea y me hice de nuevas cuando me dijo que no se le había recibido por hallarse su discípula enferma.
No lo estuvo más de tres o cuatro días. Sixto volvió a sus conferencias, y ella, que adivinó mi discreción, me lo agradeció visiblemente. Se mostró conmigo tan afectuosa, que no pude menos de perdonarle su feo comportamiento con Guadalupe. Por otra parte, no debo ocultar que ésta se me había hecho sospechosa y que mi adoración descendía rápidamente como la columna de mercurio de un termómetro cuando se le aplica un pedazo de hielo.
Con Moro se mostró también aquellos días, por lo que éste me dejó entender, cariñosa y familiar en extremo. Principió a mantener con él conversaciones más íntimas que las que les proporcionaban los fríos temas que elegían. Le habló de sí misma, de sus años de colegio, le contó algunas anécdotas de aquellos tiempos. Luego mostró también interés por la existencia privada de su profesor, le hacía preguntas acerca de sus estudios, le excitaba a comunicarle sus esperanzas, le alentaba a concebirlas y le auguraba con ostensible satisfacción un brillante porvenir.
Puede alcanzarse la impresión que estas señales de aprecio producían en mi amigo. Vivía en éxtasis perpetuo, y aunque se guardaba de comunicarme sus ocultos pensamientos, yo advertía que éstos subían precipitadamente a las más altas cúspides de la felicidad. ¡Quién sabe lo que soñaba en aquellos días el buen Moro!
Sin embargo, yo conocía las secretas influencias bajo las cuales el corazón de Natalia se abría a un afecto más vivo hacia mi amigo. La pobre niña se sentía menos amada de su padre y cada día más aislada dentro de su propia casa. El General se mostraba con ella reservado: hacía esfuerzos visibles por olvidar la escena pasada, pero como advertía que Natalia no la olvidaba y que sus relaciones con Guadalupe eran cada día más frías, el desabrimiento que esto le producía le brotaba al rostro por momentos. En cuanto a Guadalupe, bien pude observar que la huía y que manifestaba hacia ella, cuando le era indispensable comunicarse, una cortesía exagerada, jamás el natural abandono de la familia.
Nos hallábamos ya en el mes de Mayo. Llegaron los exámenes y de nuevo nos diseminamos. Fuí a reunirme con mi familia. El General con la suya se marchó poco después a veranear, como siempre, a San Sebastián. Moro quedó en Madrid. Desde aquí me hizo saber que se comunicaba a menudo y regularmente con Natalia por medio de cartas redactadas en francés. Era un medio muy adecuado para continuar sus lecciones prácticas sobre este idioma.
Cuando llegué a Madrid en los últimos días de Septiembre la pasión de Moro había crecido tan formidablemente, que me inspiró un poco de temor. El viento que la había hecho adquirir tal violencia era el que soplaba de San Sebastián encerrado en las cartitas mencionadas. Sixto ardía en deseo de comunicármelas, pero me hizo jurar que no me daría por enterado de ellas con Natalia. Las leí con interés y pronto me cercioré de que Moro, utilizando el pretexto de la enseñanza, iba solapadamente deslizando en las suyas lo que guardaba en su corazón.
Las primeras trataban de asuntos indiferentes: Natalia le daba noticias de sociedad, le hablaba del tiempo, de su vida exterior. Después comenzaba a responder ingenuamente a ciertas preguntas un poco más hondas que su profesor formulaba; más tarde daba las gracias por sus frases lisonjeras: «Monsieur, vous êtes trop aimable. Monsieur, je vous remercie infiniment de votre opinion trop flatteuse.» Luego correspondía con palabras cordiales al afecto que Moro le daba a conocer en sus epístolas. Por fin, el tono de éstas debió de subir algo de punto porque Natalia se mostraba más reservada y le llamaba dulcemente al orden. En una de las últimas, si no era la última, se advertía que, apremiada por las palabras vehementes de su profesor, se veía obligada a responder a una verdadera declaración de amor. Y lo hacía con un tacto y una indulgencia maravillosas.
Lo que pude colegir de estas cartas, a pesar de sus reticencias afectuosas, fué que Natalia rechazaba la pasión de mi amigo, si bien, con la nobleza que caracterizaba su espíritu, la agradecía y la estimaba. Esto era lo que exigía el orden natural de las cosas. Lo demás sería el comienzo de una novela romántica, a la cual no se prestaba la naturaleza equilibrada de aquella niña.
Pero esto que a mí se me ofrecía perfectamente claro y lo sería para cualquiera persona despreocupada, Sixto lo hallaba envuelto en una gasa mágica al través de la cual divisaba perspectivas grandiosas y paisajes seductores. Aunque hice lo posible por echar un poco de agua al vino y reprimir su entusiasmo, era éste tan vehemente, que mis sensatas reflexiones no lograron más que mortificarle. Su razón perspicaz se hallaba ausente por el momento; hablaba con tanto fuego y tal incoherencia acerca de lo que él suponía ya sus amores, que a cualquiera haría reír. ¡Cuánto hubiera reído él mismo y cuánto donaire hubiera brotado de sus labios, de haber observado aquella locura en otro! Los hombres que advierten velozmente el ridículo en los demás no son los que con menos facilidad caen en él.
Sin embargo, hacía ya algunos días que la familia del General había llegado a Madrid y nadie se había ocupado de enviar a Moro un mensaje haciéndoselo saber, reclamando de nuevo sus servicios. Con esto empezó a mostrarse sorprendido e inquieto; no sabía a qué atribuír tal omisión. ¡Ay! yo lo supe bien pronto. El primer día que fuí a comer con ellos me encontré con un joven de agradable figura instalado cerca de Natalia y hablando con ella en íntimos apartes. No dudé un punto que era su novio. Vi también claramente que este novio era aceptado por el General. Después advertí que Guadalupe y el mismo Grimaldi no sólo veían con buenos ojos aquella relación, sino que la aplaudían y la alentaban por todos los medios.
Aquel joven se llamaba Rodrigo de Céspedes. Era aragonés como Reyes y Grimaldi; pertenecía a una aristocrática familia; huérfano de padre y madre y capitán del ejército. Entendí que había sido presentado por Grimaldi en San Sebastián. Por lo tanto, sus relaciones con Natalia databan de poco tiempo. No por eso menos estrechas: entraba en la casa a cualquier hora como prometido oficial y todos en ella le festejaban a porfía. Su figura cautivaba a primera vista. Era alto, esbelto, tenía el cabello rubio y los ojos azules. Su rostro, no obstante, había perdido ya la frescura juvenil. Era hombre que en la apariencia pasaba algunos años de los treinta.
No me atreví a descubrir a mi pobre amigo tan lamentable noticia. Esperé que el azar se lo hiciese saber. Me había encargado el primer día que fuí a comer en casa de Reyes que averiguase discretamente si Natalia tenía pensado continuar sus lecciones. Se lo pregunté a Guadalupe y ésta me contestó riendo:
—¡Oh! Natalia no tiene tiempo ahora a hablar en francés. ¡Habla demasiado en español!
Y me señaló con los ojos a la niña que en un rincón del gabinete charlaba animadamente con su novio.
No se pasaron muchos días sin que Moro se enterase de la ruina de sus esperanzas. Una noche, hallándome ya en la cama, llamó a la puerta de mi alcoba.
—Perdona que te haya despertado—me dijo con voz trémula—. Es cosa para mí importantísima... ¿Tú sabes si Natalia tiene novio?
Quedé confuso sin saber qué responder.
—No te lo puedo decir.
—Sí me lo puedes decir... ¡Habla!
—Pues bien, hay un joven que desde este verano le hace la corte.
—¿Un individuo alto con bigote rubio?
—Sí.
—¿Quién es?
—Un capitán amigo de Grimaldi, que fué quien lo ha presentado en la casa.
Quedó silencioso y pude observar su rostro pálido a la luz de la bujía que yo había encendido.
—Está bien, Jiménez. Muchas gracias y perdona.
Giró sobre los talones y se fué cerrándome la puerta. Yo apagué la luz y me entregué de nuevo al sueño pensando que mi pobre amigo no lograría conciliarlo aquella noche.
Las relaciones amorosas de Natalia se prosiguieron con celeridad sorprendente. Dos meses después de llegar a Madrid hubo síntomas declarados de matrimonio. Observé movimiento inusitado en la casa del General, entrada y salida de viajantes de comercio, dibujos y muestras de bordados sobre las mesas, frecuente aparición de grandes paquetes, etc.
Quise también advertir que se había operado una cierta reconciliación entre Natalia y Guadalupe. Esta tomaba parte activa en los preparativos, recorría los comercios en compañía de Natalia, celebraba conferencias transcendentales con las modistas, con los joyeros. Parecía satisfechísima de aquella boda.
¿Provenía del afecto que le inspiraba su hijastra o por el contrario del deseo de perderla de vista? Esta es la duda que se alojaba en mi mente en presencia de tanta alegría. Porque Natalia acababa de cumplir diez y seis años. Su edad no reclamaba afán por lanzarla al matrimonio: al contrario, me parecía que sus padres debieran considerarlo con cierto recelo y tristeza.
La satisfacción era general y la de Natalia le impedía ver las impurezas que tal vez existiesen en la de los otros. Era imposible dudar de su amor: aquel gallardo joven había conseguido apasionarla con todo el ímpetu de los pocos años y de un temperamento extremadamente afectuoso. Se podía asegurar que ya no vivía más que para él, que el mundo entero había desaparecido delante de sus ojos extasiados.
Rodrigo de Céspedes poseía todas las cualidades capaces de seducir a una niña: arrogante figura, modales distinguidos, fama de bravo y una cierta condescendencia displicente que, como signo de elevada alcurnia, rara vez deja de fascinar a las mujeres. Además, era como Natalia un músico consumado. Este nuevo lazo introducido entre ellos contribuía más de lo que pudiera pensarse a estrecharlos. Rodrigo tocaba el violín y poseía una agradable voz de barítono. Las noches se deslizaban gratamente en compañía de estos jóvenes, que cuando no celebraban apartes misteriosos se complacían en hacernos oír hermosos trozos de música. Céspedes interpretaba con el violín algunas piezas de concierto acompañado al piano por Natalia. Otras veces era ésta quien nos dejaba oír las sonatas de Beethoven o los nocturnos de Chopin. Otras, en fin, Rodrigo cantaba alguna romanza de ópera o alguna canción española.
Recuerdo una de éstas cuya letra comenzaba:
Era una canción de la isla de Cuba, graciosa y lánguida. Céspedes la cantaba primorosamente, y como lo sabía y se le festejaba la cantaba a menudo.
Sin embargo, aquel hombre no había logrado hacérseme simpático. Su eterna sonrisa era más sarcástica que amable y sus ojos de un azul acerado carecían de dulzura. Hasta quise observar en ellos, en ciertos momentos, reflejos siniestros como los de las bestias feroces. Pero todo esto podía achacarse, y yo no dejaba de achacarlo sinceramente, a la amistad ya entrañable que me unía a Sixto Moro. El hombre que había venido a destruir sus ilusiones y le había herido tan profundamente en el corazón no debía obtener mi beneplácito.
La casualidad vino a justificar mi antipatía. Una tarde paseando por el Retiro en compañía de un teniente de artillería paisano y amigo mío cruzó a nuestro lado Rodrigo Céspedes galopando en su caballo. Me hizo un ligero saludo y mi compañero me preguntó sonriendo:
—¿De qué conoces a ese perdis?
—Es el novio de la hija del general Reyes... No sabía que fuese un calavera.
—Eso consiste en que no frecuentas los burdeles y casas de juego... ¡Te felicito por ello!—añadió riendo—. Rodrigo Céspedes es una «bala perdida». Pertenece a una buena familia. Jugó y perdió el pequeño patrimonio que le dejó su madre, jugó después la herencia algo más cuantiosa de una tía y es capaz de jugarse las pestañas. Además, entre sus compañeros pasa por un mal sujeto.
Quedé sorprendido y contristado.
—Pues se va a casar el mes próximo con la hija única de Reyes.
—Pues es bien lamentable. Como el General no le meta en cintura, seguramente le ha de ocasionar serios disgustos.
Esta noticia, que vino a dar la razón a mis instintivos recelos, comenzó a pesarme en el alma. Ya no se trataba de Sixto Moro, sino de la misma Natalia, a la cual cada día profesaba mayor afecto. Su rectitud y firmeza se aliaban dichosamente a un corazón sensible y tierno como pocos. El defecto que en ella se descubría era una impetuosidad exagerada; pero este defecto, lejos de rebajarla a mis ojos, le prestaba un nuevo atractivo. Su espontaneidad infantil me hacía reír no pocas veces. ¿Cómo no deplorar que aquella delicada criatura cayese en manos de quien no supiese estimarla? Además, si aquel hombre se hallaba arruinado, si no contaba con otros recursos que los de su carrera, Natalia estaba destinada a padecer las molestias de una vida sórdida después de haber gozado hasta entonces de otra lujosa y regalada.
Tales eran los pensamientos mortificantes que me asaltaban mientras proseguían cada vez más activos los preparativos de la boda.
Durante este tiempo Sixto mostraba una actitud singular, que no dejaba igualmente de preocuparme. Le observaba grave, silencioso y más irritable que antes. Pero lo que me disgustaba sobremanera es que parecía huir de mí como si yo hubiese tenido alguna parte en su infortunio amoroso. No me hablaba de Natalia, ni siquiera mentaba su nombre; yo tampoco aludía directa ni indirectamente a lo que en casa del General estaba ocurriendo.
Un día, hallándome un momento a solas con Natalia, ésta me dijo, afectando una indiferencia que no sentía:
—Pero ¿qué es de tu amigo Moro? Hace un siglo que no le veo. ¿Ha perdido su antigua afición al teatro? En ninguno he logrado echarle la vista encima hasta ahora.
—Moro está muy ocupado—le respondí—. El bufete de Ergueta, cuyo peso lleva casi enteramente, y algunos negocios particulares que comienzan a salirle absorben todo su tiempo.
—Pues salúdale de mi parte y dile que tanto papá como yo tendríamos un placer en que asistiese a la ceremonia el día de mi matrimonio.
Yo me sentí repentinamente afligido y no pude menos de replicarle con cierta amargura:
—¡Natalia, esa invitación es la única que no debieras hacer!
Se puso fuertemente encarnada y después de un instante de vacilación me dijo en el tono resuelto que la caracterizaba:
—Tienes razón. No le digas nada.
Y pasó inmediatamente a hablar de otra cosa.
Llegó por fin el día fijado para la boda. Era el 2 de febrero, fiesta de la Purificación. Celebróse por la tarde en la capilla de uno de los asilos que rodean a Madrid adornada para el caso con profusión de luces, cortinas y flores. Bendijo la unión un canónigo de Toledo, amigo íntimo del General. Fué madrina Guadalupe y padrino el presidente del Consejo de ministros. Testigos por parte de la novia, el ministro de la Gobernación y dos generales; por la del novio, el marqués de C... y dos oficiales de caballería pertenecientes a la más alta aristocracia.
Los desposados entraron en el pequeño templo a los acordes de una marcha nupcial. Eran dos figuras interesantes que desde luego atraían la vista y cautivaban los corazones. Natalia, radiante de hermosura y de dicha, sonreía a los asistentes, que se inclinaban a su paso. Céspedes, cuya prócer estatura se destacaba arrogante, vestía el uniforme de gala de su regimiento y estrechaba con militar franqueza las manos que sus amigos le tendían. Mucha gente y muy escogida perteneciente casi toda ella a la política y a la milicia presenció la ceremonia. Después, en uno de los grandes salones del asilo, se sirvió un refresco a los invitados. Natalia y Céspedes se sustrajeron disimuladamente, montaron en coche y se trasladaron a casa para cambiar de ropa y tomar el tren que debía conducirles al Monasterio de Piedra, donde se había convenido que pasarían ocho días.
También se había convenido que transcurrido este tiempo volviesen a Madrid y se hiciesen los preparativos necesarios para trasladarse a la Isla de Cuba, donde Céspedes estaba destinado. Porque el General había logrado que su yerno marchase a la Habana con el empleo inmediato de comandante y a las órdenes del Capitán general.
No dejará de parecer sorprendente que Reyes se desprendiese voluntariamente y tan pronto de su única hija. Sin embargo, las razones son fáciles de comprender. El General había llegado a percibir con toda claridad que existía siempre un odio latente entre Natalia y Guadalupe y que este odio era irreductible. Su pasión desaforada por ésta le impulsaba a librarla de la presencia de su hijastra sacrificando al amor conyugal el paternal. Por otra parte, no podía ignorar la conducta hasta entonces desordenada de Céspedes, sus vicios y sus trampas. Y aunque como hombre de mundo, un poco desarreglado también y aventurero, no diese a esto importancia exagerada y pensase que el matrimonio lograría reformarle, tal vez juzgara oportuno alejarle lo más posible del teatro donde se habían representado sus calaveradas. Además, sabía bien que Céspedes ya no tenía fortuna, que él no podía ayudarle mucho porque la suya pertenecía de derecho a su mujer, y que era de todo punto necesario empujarle en su carrera.
Natalia, por su parte, no había puesto obstáculo alguno. Tanto por el apasionado amor que había logrado inspirarle aquel hombre como por el vivo sentimiento que tenía de sus deberes le hubiera seguido a sitios peores.
Poco después de los novios me trasladé yo con el General y Guadalupe en su coche a la estación y con algunos íntimos tuve la satisfacción de decirles adiós. Desde allí, por fin, cuando ya había cerrado la noche me volví a pie a casa.
¡Grave, terrible sorpresa al llegar! En la escalera tropecé con alguna gente que bajaba precipitadamente. La puerta de nuestro piso estaba abierta y en ella vi a un guardia de orden público.
—¿Qué pasa?—le pregunté asustado—. ¿Hay fuego?
—Nada de eso. Es un señor que acaba de darse un tiro—me respondió con glacial indiferencia.
No dudé un instante de quién era aquel señor y entré corriendo por el pasillo, donde tropecé con Doña Encarnación, cuyo semblante desencajado denotaba la emoción que la embargaba.
—¿Moro?—le pregunté con ansiedad.
-¡Sí, sí!
—¿Está muerto?
—No, señor; pero su herida es gravísima.
Me dirigí velozmente a su habitación. Estaba llena de gente; el médico de la Casa de Socorro, otro que habitaba en el cuarto principal, el juez, su secretario, los Mezquita, Albornoz y algunos vecinos. Los médicos se hallaban ocupados en extraerle la bala y el herido había perdido el conocimiento. El juez esperaba que lo recobrase para tomarle declaración.
Hacía poco más de una hora, esto es, a la misma poco más o menos en que se celebraba la unión de Natalia, Moro acostado sobre su propio lecho se había dado un tiro apoyando el cañón del revólver sobre el corazón. Felizmente, la bala no penetró en éste: había desviado un poco y quedó alojada en el hombro.
La operación se prolongaba. Afligidos y aterrados por aquel suceso extraño, los huéspedes, sus compañeros, cambiábamos algunas palabras en voz baja.
—Pero ¿por qué se ha querido matar? ¿Tú lo sabes?—me preguntaba al oído Manuel Mezquita.
—No—le respondí.
—No será por la falta de recursos. Su posición ha mejorado en estos últimos tiempos.
—Acaso algunos amores desgraciados—dijo Albornoz apuntando al blanco.
—No le conozco novia.
—Será una mujer casada—replicó apartándose ya mucho.
Al cabo recobró el sentido: la operación estaba terminada. Paseó por la estancia sus ojos extraviados y al tropezar con los míos sus labios quisieron contraerse con una sonrisa triste. El juez le hizo algunas preguntas a las cuales respondió con pocas y espaciadas palabras ratificándose en lo que había escrito en un papel que se hallaba sobre su mesa. Nadie le había herido. Se había querido dar la muerte por su propia voluntad. No quiso explicar los motivos.
Se le dejó descansar, y yo, previa consulta con Doña Encarnación y mis compañeros, telegrafié a su padre. Al día siguiente por la mañana se presentó éste con sus dos cuñados, los mismos que habían subvencionado a la carrera de Sixto.
La escena que se desarrolló en mi presencia fué penosa y risible al mismo tiempo. Su padre, hombre muy rudo, se manifestó sinceramente afectado y le prodigó algunas tiernas caricias; pero sus tíos, alterados hasta un grado indecible, furiosos, comenzaron a recriminarle amargamente.
—¿Es posible que un muchacho de talento como tú, que acaba de terminar su carrera, que ha ganado tantos premios, que tiene un gran porvenir asegurado, cometa la bestialidad de pegarse un tiro?... ¿Por qué, vamos a ver, por qué?
—Cuando comenzabas a ganar algún dinero.
—Nosotros teníamos puesta toda nuestra confianza en ti.
—No es manera de agradecer los muchos sacrificios que por ti hemos hecho.
—Bien sabes que nos hemos quitado el pan de la boca por que tú fueses un caballero.
—Todo cuanto podíamos juntar ha sido para pagarte los estudios.
—No es por echártelo en cara, pero los duros que contigo hemos gastado harían un buen montón si los tuviéramos juntos.
—¿Te ha faltado la buena comida? ¿Te ha faltado la buena cama? ¿Te ha faltado la camisa planchada y la corbata de seda y el reloj de plata y la peseta en el bolsillo?... Entonces ¿por qué quitarse del medio?
Sixto, tendido en su lecho boca arriba con los ojos cerrados, escuchaba en silencio aquellas groseras recriminaciones y en su rostro pálido y contraído se adivinaba el sentimiento de vergüenza que le embargaba.
Quise concluir con su tormento y dando un paso hacia ellos dije con energía:
—Señores, el estado del enfermo no permite discusiones ni que se le altere poco ni mucho. El médico ha prescrito un gran silencio y yo les ruego, si no quieren ocasionar una funesta complicación, que se retiren y le dejen tranquilo.
Aunque gruñendo todavía, se rindieron a mi dictamen. Cuando iban a traspasar la puerta, Sixto abrió los ojos, inclinó un poco hacia ellos la cabeza y les llamó suavemente con el borde de los labios:
—Pss, pss.
Los dos ebanistas se acercaron al lecho. El padre permaneció alejado.
—Pierdan ustedes cuidado—les dijo con voz apagada—. Sólo por darles gusto llegaré a ministro.
Los periódicos habían dado la noticia aquella mañana. En la mayoría de ellos venía concisa y escueta: sólo la apuntaban como uno de los sucesos del día anterior. Pero en algunos se añadían al nombre de Moro algunas frases lisonjeras; se decía que el joven que había tratado de quitarse la vida era conocido ventajosamente en los Círculos forenses y que gozaba ya de envidiable fama de orador en la Academia de Jurisprudencia.
Por la noche fuí a casa del General a enterarme del viaje de los novios y aquél me interpeló bruscamente con su rudeza simpática:
—¿Pero qué diablo ha sido lo de tu amigo? ¿Por qué ha querido matarse?
Le respondí que se trataba de algunos graves disgustos con su familia. Moro era un hombre exageradamente sensible...
—Espero que curará pronto de la herida y que no volverá a empezar. Sería bien deplorable que un joven tan inteligente y simpático se escape ridículamente de este mundo donde sin duda ha de representar un lucido papel. Los jóvenes de imaginación se figuran las contrariedades de la vida como insuperables. Más adelante vemos que todo puede superarse menos la muerte.
Diez o doce días después me anunciaron que Rodrigo y Natalia llegarían a la mañana siguiente. Fuí a comer a casa del General, donde aquella noche había otros tres o cuatro invitados. Se quería festejar la llegada de los novios. Encontré a éstos risueños y felices en su llena luna de miel. Céspedes estaba más locuaz que de ordinario y usaba bromas con todos los comensales, incluso conmigo. Sin embargo, en aquellas mismas bromas, que sin duda él juzgaba inocentes y chistosas, yo percibía un dejo amargo que continuaba haciéndomelo repulsivo. En vano me recriminaba aquella extraña repulsión achacándola ahora más que nunca al afecto y a la compasión que me inspiraba mi amigo Sixto. Me era imposible vencerla: todas las palabras de aquel hombre me sonaban a falso como monedas de plomo.
Después de comer hubo sesión musical. Natalia tocó algunas tandas de valses alemanes y Céspedes también arañó un poco el violín y cantó varias romanzas, entre ellas, por supuesto, la imprescindible «Mal haya la ribera del Yumurí».
Sin embargo, observé que Natalia, en medio de su alegría, padecía algunas distracciones y me miraba de vez en cuando con cierta curiosidad y como si quisiera hablarme. En un momento en que su marido cantaba vuelto de espaldas a nosotros, vino silenciosamente a sentarse a mi lado, me tomó una mano y me dijo al oído:
—¿Cómo sigue nuestro amigo?
—Ya está bastante bien. Creo que el lunes podrá levantarse.
Guardó un instante silencio y al cabo volvió a preguntarme con la misma voz de falsete:
—¿Tú sabes por qué ha querido matarse?
—Sí; y tú también.
Los rasgos de su fisonomía se alteraron; movió los labios como para decir algo, pero no llegó a pronunciar palabra alguna. Por fin, con enérgica resolución y metiéndome la boca por el oído me dijo.
—Supongo que no me juzgarás una despreciable coquetuela que haya procurado con artificios infundir una pasión en Moro sólo para satisfacer la vanidad. Al contrario, me he esforzado, haciéndome violencia, sobre todo últimamente, en mantenerme dentro de una reserva exagerada. Porque tu amigo me ha sido desde el primer día muy simpático: he llegado a cobrarle afecto; le consideraba como un amigo casi tan seguro y fraternal como tú lo eres... Pero otra cosa no podía ser. No necesito decirte por qué. Conoces las circunstancias de mi vida, conoces el carácter de papá... Además, la amistad es una cosa y el amor es otra. Dios no me había destinado para Moro, sino para Rodrigo.
—¿Estás segura de ello?
Apartó su cabeza de la mía como si se hubiese pinchado y mirándome a los ojos con expresión severa dijo secamente:
—Sí; estoy segura.
Se alzó del asiento y se alejó en silencio.
Han transcurrido diez años. Graves mudanzas en ellos. «Todo arde y se consume, decía el viejo Heráclito; no se baja dos veces en el mismo río; es otra agua sobre la cual bajamos.» La vida, como el agua, se disipa y se junta, busca y abandona, se aproxima y se aleja. Y a la postre todo, todo se olvida.
¿Quién se acuerda ya del bravo general Don Luis de los Reyes? Dos años después del matrimonio de su hija, al entrar en casa llegando de una cacería, al poner el pie en su dormitorio, cayó al suelo víctima de una apoplejía fulminante. Su viejo criado Longinos vino a darme la noticia. Cuando llegué, la casa estaba llena de amigos. Don Luis no recobró el conocimiento y falleció en la madrugada.
La hermosa Guadalupe dejó a Madrid y se fué a París a vivir con su madre. Algunos meses después tuve noticia de su matrimonio con Grimaldi.
¿Quién se acuerda de aquella famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas, mansión deliciosa donde, como en el Olimpo, la risa era inextinguible? ¿Qué se hicieron los primos Mezquita y Albornoz? Salieron de Madrid y los unos deben de estar tomando pulsos y recetando jarabes en algún lugarón de Andalucía y el otro trazando carreteras y erigiendo puentes por algún otro rincón apartado.
¿Adónde había llegado Pasarón? Muy alto. Era ya un hombre célebre. Después de unas resonantes oposiciones que los periódicos comentaron largamente, donde logró aplastar bajo el peso de su erudición a hombres encanecidos en el estudio, obtuvo una cátedra en la Universidad Central. Aquel portentoso joven fué al poco tiempo el ídolo de la Prensa. Escribió algunos libros de crítica retrospectiva que produjeron verdadero asombro entre los doctos. Dondequiera que iba se le acogía con señales de respeto y admiración. Tal vez no existiese a la sazón hombre más festejado en España.
¿Qué se hizo de Doña Encarnación, la simpática y bondadosa patrona que tantos maternales cuidados nos prodigaba? Su misma generosidad la perdió. Quedó arruinada, arrastró después algunos años una vida miserable y hambrienta, durante los cuales tuve ocasión de favorecerla, y, por fin, murió en un pueblecito de la provincia de Guadalajara donde había nacido.
¿Quién se acuerda de aquella gentil Natalia, tan bella, tan franca, tan impetuosa? Nadie más que Sixto Moro. La herida de éste nunca había logrado cicatrizar por completo. Tres o cuatro años después de haberse casado aquélla le vi salir de un portal de la calle de la Montera donde un fotógrafo exhibía sus retratos. Yo sabía que allí había uno grande y perfecto de Natalia, y se lo dije riendo. Se puso un poco encarnado y me respondió:
—Es verdad, querido, cuando paso por esta calle no puedo resistir a la tentación de hacer una visita a su retrato.
—Para decirle cuánto la quieres todavía.
—Justamente... ¡Qué le vamos a hacer! Comprendo que es una locura, pero es una locura inofensiva. Soy un romántico digno de haber vivido en los buenos tiempos de Larra y Espronceda... No me falta todo, pues ya poseo la melena, que tanto preocupa a la atención pública.
En efecto, había logrado pronto alcanzar un puesto envidiable entre los abogados de Madrid; pronunciaba discursos en el Ateneo y en otras reuniones públicas, por lo cual empezaba a ser conocido del público. Pero lo que le iba haciendo más popular era su romántica melena. En nuestra nación, exageradamente apegada a la uniformidad, cualquier discrepancia excita la curiosidad. Moro era objeto en la calle de las miradas sorprendidas de los transeuntes. Unos, los que conocían su mérito, le miraban con respeto, pero los más reían. Con el tiempo creció su fama y adelantó en su posición. A la hora presente poseía uno de los bufetes más lucrativos de la capital, acababa de ser elegido diputado y vivía con lujo exagerado, como suele acontecer a los que han atravesado días de penuria y necesitan desquitarse. Ocupaba un magnífico aposento en la calle Mayor, tenía varios criados y recientemente había puesto coche.
Nuestra amistad no se había entibiado nunca. Aunque nuestras ocupaciones eran diversas, nos veíamos a menudo en el Ateneo y apenas se pasaba una semana sin que almorzásemos juntos. Charlábamos mucho del pasado, poco del presente, nada del porvenir. Sin embargo, alguna que otra vez yo le excitaba al matrimonio. Un hombre de su posición debía casarse para consolidarla. Con su nombre, con sus ganancias y su juventud podía aspirar a todo. ¿Por qué privarse de los goces de la familia y del consuelo de transmitir a otros seres el fruto de su esfuerzo y su talento? Moro se ponía serio y me respondía bajando la voz:
—No puede ser, Jiménez. Tú me llamabas Abelardo en otro tiempo y lo soy en efecto. No he quedado como él imposibilitado materialmente para el matrimonio, pero sí moralmente.
Confieso que tanta fidelidad al amor de su juventud me conmovía y me lo hacía aún más estimable.
De Natalia y su marido escasísimas noticias habían llegado a mis oídos durante aquellos diez años. Supe por casualidad que, al cabo de cuatro o cinco, Céspedes había vuelto a la Península y había vivido algún tiempo en Barcelona, después que se había ido a las islas Filipinas. Y nada más. Sixto no debía de tener otras más precisas tampoco y no imagino que tratase de inquirirlas.
En cuanto a mí, después de haber seguido tres carreras diferentes y hacerme doctor en dos, me hallaba a la sazón de redactor en un periódico importante de la mañana. Fuí empujado a ello por la necesidad. Algunos desabrimientos con mi familia me obligaron a prescindir de los recursos que me proporcionaba. Felizmente, la discordia cesó pronto; pude abandonar el periodismo; no lo hice porque me placía. Es alegre la profesión de periodista cuando se ejercita sin apremio de dinero. Yo tenía lo bastante para darme una vida regalada.
Desde los veinticinco a los treinta años de edad estuve alojado en un hotel de la calle del Arenal, que aún subsiste. No sé lo que es hoy: en aquella época era una casa de huéspedes confortable y elegante, con mesa redonda a la cual nos sentábamos quince o veinte comensales, casi todos del sexo masculino. Un general de Marina de la escala de reserva, un senador, un catedrático jubilado, un rentista con su señora y un hijo, un anciano médico, un capitán de artillería. Estos éramos los fijos; los demás, huéspedes que venían por tiempo más o menos largo.
Como yo era el más joven, y aún puede decirse el único joven, pues el capitán, que era quien más se me acercaba, frisaba ya en los cuarenta, se me trataba por aquellos señores con afectuosa predilección. Podría decir sin jactancia que me mimaban un poquito. Joven y periodista sonaba para ellos así como calavera, aturdido, enamorado y trasnochador. No lo era yo por fortuna, pero me embromaban cariñosamente como si lo fuera.
Yo les daba cuenta de los estrenos de los teatros, de las sesiones del Ateneo, de los sucesos de la calle y alguna vez también les anunciaba con anticipación sucesos políticos que el mismo senador ignoraba. Se me dejaba disparatar con toda libertad y yo usaba y abusaba de ella delante de aquel venerable areópago lo mismo que si estuviera en la mesa del café de Fornos entre mis jóvenes camaradas. Aquellos bondadosos señores se limitaban, cuando mi locuacidad subía de punto, a sacudir la cabeza y sonreír con piadosa ironía.
Fué dichosa aquella época de mi vida, o al menos así se me representa al través de los años. Todavía alguna vez, cuando paso por la calle del Arenal y levanto los ojos a los balcones de aquel hotel, dejo escapar un suspiro y murmuro con emoción los famosos versos de Espronceda: