Sí; todas las noches me dormía regalado por la música de un piano y un violín. Mi dormitorio tenía una ventana sobre el patio, cubierto de cristales, donde se hallaba establecido un café.
Y mis sueños eran felices también como mis vigilias. Sin haber leído nada de los sueños, había logrado en mi juventud cierto dominio sobre ellos. No que llegase a dirigirlos y conservar dormido mi libertad de espíritu como el ilustre orientalista marqués de Hervey de Saint-Denis, que es quien ha teorizado sobre este asunto; pero sí lograba muchas veces provocarlos apelando a algunos inocentes artificios.
A primera vista parece asombroso y aun disparatado que conservemos dentro del sueño nuestro libre arbitrio. Sin embargo, el esfuerzo tenaz de la voluntad puede llegar a conseguirlo. En el libro curiosísimo del sabio marqués se observa paso a paso cómo se va adquiriendo este dominio.
Inútil es advertir que al buscarlo no me guiaba un fin científico como a aquél, sino puramente el de huir alguna preocupación enfadosa o el de experimentar un placer. Mas como todo placer en este bajo mundo parece que lleva aparejado un dolor, mi manía de provocar sueños agradables me ocasionó una desagradable aventura, que no resisto a la tentación de narrar puntualmente.
Acaeció que un día llegó al hotel y se alojó en él por algún tiempo un matrimonio forastero. Al decir matrimonio no he hablado con suficiente propiedad. No fue un matrimonio, sino la mitad de un matrimonio la causa de mi aventura. El marido podía haberse quedado en la calle, podía haber permanecido en París, de donde llegaba gestionando sus negocios, podía haber ido a pasar unos días a Sevilla en el seno de su familia, podía haberse muerto (mucho mejor, por de contado). Todo esto no hubiera producido en mí la más leve emoción. ¡Pero la esposa! ¡Ah, la esposa! Una cosa increíble, una aparición, un milagro. Jamás he visto ni pienso ver en lo que me resta de vida una belleza más esplendorosa. La piel blanca, nacarada; los ojos negros, rasgados, orientales; los cabellos ondeados; alta y majestuosa como una lady; los dientes africanos, los pies asiáticos.
Cómo aquel hombrecillo menudo, calvo, feo y no muy joven había logrado hacerse dueño de tal portento, es lo que se preguntó inmediatamente todo el personal del hotel, desde el viejo general de Marina hasta el mozo de comedor.
Pronto se averiguó que la dama era rusa y su marido andaluz. Desde entonces se la admiró mucho más a ella y se le despreció mucho más a él. Ignoro por qué, pues la Andalucía es una región española donde abundaron siempre los santos, los héroes y los poetas. Pero es cosa averiguada que en el resto de España se habla demasiado bien de las andaluzas y demasiado mal de los andaluces.
Se hicieron muchos y variados cálculos. Unos pensaban que aquella señora era una nihilista rusa, que perseguida por la policía había logrado escapar uniéndose a nuestro compatriota; otros decían que era una artista ecuestre y su marido un empresario de circo; algunos imaginaban que se trataba de una princesa que viajaba de incógnito y que aquel hombrecillo no era su marido, sino un criado; por fin, hubo quien llegó a suponer que la dama era una esclava circasiana que el andaluz había logrado substraer del harem de un bajá turco.
Fuese lo que fuese, es lo cierto que nos tenía a todos hechizados y que se la miraba y se la volvía a mirar y nadie se hartaba de mirarla.
¿Por qué siendo tantos a contemplarla fuí yo el único que logró alterar los nervios del marido? Seguramente porque era el más joven. Sin embargo, el capitán lo era también en cierto modo y, además, lo confieso sin falsa modestia, me aventajaba en la figura.
Pero el capitán se había hecho amigo de Bellido (así se llamaba el marido de la rusa) desde el día siguiente de su llegada. Cuando todos nos levantábamos y nos marchábamos a nuestros cuartos, ellos dos solos se quedaban de sobremesa y departían todavía largo rato. Y en esta sobremesa el andaluz se desahogaba en el seno de su nuevo amigo refiriéndole los mil desabrimientos que experimentaba desde que llegara a España, a causa de la poca educación que aquí había. El infeliz vivía inquieto y sobresaltado. En la calle requebraban descaradamente a su señora, la seguían, la hablaban al oído; en el teatro la enviaban ramilletes de flores; por el correo interior recibía billetes amorosos. Pero si cruzaba por delante de un grupo de albañiles, estos señores no se limitaban a requebrar a su esposa, sino que le injuriaban a él mismo groseramente. Todas estas cosas iban aflojando los lazos que le unían a su patria y hablaba vagamente de romper con ella de una vez y para siempre. Así nos lo contaba riendo el capitán cuando el pobre hombre no estaba delante.
Pues, como decía, el marido de aquella singular mujer me espiaba y apenas podía posar mis ojos sobre ella sin que los de él me clavasen una mirada recelosa. Yo le hurtaba, sin embargo, las vueltas, la devoraba con los ojos y me nutría de sus encantos. Porque los beesfsteaks y los ragôuts del hotel allá se iban casi siempre a la cocina sin que yo los tocase.
Tal régimen alimenticio era muy a propósito para quedar enamorado. Lo quedé a los pocos días de un modo inverosímil y tuve la inocencia de participárselo al capitán, por ser el único huésped con quien todavía se podía departir sobre asuntos de galantería.
Debo confesar, en descargo de mi conciencia, que aquella señora, fuese princesa, esclava o titiritera, jamás alentó mi pasión amorosa ni aun creo que se haya dado cuenta de ella. Era una estatua, era una diosa; se la podían clavar las miradas más rendidas, más inflamadas; las suyas no expresaban más que una tranquila indiferencia.
Entonces me puse a hacer uso de aquellas facultades oníricas de que antes he hablado. Me puse a soñar. He aquí los medios a que apelé para provocar los sueños deseados.
Compré algunas historias y novelas rusas y leía por ellas una vez metido en la cama por la noche. Mi imaginación con estas lecturas se exaltaba y yo tenía buen cuidado de prestar a la heroína más simpática de cada novela los rasgos fisonómicos y la figura de la esposa de Bellido. Al mismo tiempo, en el instante en que me ganaba el sueño llevaba a la nariz un pañuelo empapado en esencia de reseda, que era el perfume que aquélla usaba, ordinariamente. Con estos sencillos artificios y con fijar mi pensamiento tenazmente en la hermosa dama, al tiempo de dormirme lograba, sino siempre, bastantes veces, soñar con ella.
Recuerdo que una vez soñé que me hallaba al servicio de la Policía rusa en Petrogrado. Habiendo tenido la fortuna de descubrir una vasta conspiración de terroristas, logré capturar a algunos de ellos y averigüé que obedecían las órdenes de una condesa muy conocida en la alta sociedad. Me personé una noche en el palacio de esta condesa y la hice detener. Era, como debe suponerse, la hermosa señora de Bellido. Se puso densamente pálida al saber quién era yo y a lo que venía, pero no pronunció una palabra y se dispuso a seguirme. Tanta hermosura y tanta dignidad me cautivaron. En vez de conducirla a la prisión le facilité la huída. Pero uno de mis compañeros me espiaba. Este compañero, que era un sér perverso y despreciable, tenía el rostro de Bellido. Entonces determiné fugarme con ella. Salimos por la noche bien recatados y nos dirigimos al río, donde yo tenía un bote preparado. Empuñé los remos y bogué hacia la desembocadura, donde pensaba hallar un buque español que mandaba un marino amigo mío. Este marino no era otro que el viejo general, mi compañero de hotel. Cuando me hallé en medio del Newa, me creí salvado. Solté un instante los remos y tomé las manos de la hermosa condesa que llevé a los labios con una mezcla de respeto, de admiración y de amor, que parecía transportar mi alma al paraíso. Porque todo el mundo habrá observado que nuestra sensibilidad espiritual aumenta notablemente durante el sueño: el amor, la compasión, el miedo, los celos son mucho más intensos que en la vigilia. Era una noche oscura de primavera. A nuestra izquierda se destacaban apenas las enormes masas del Palacio de Invierno y a nuestra derecha las Fortificaciones, con su iglesia que sirve de panteón a la familia de los zares. Yo me sentía enajenado y me preparaba ya a caer de rodillas delante de la bella conspiradora, cuando acierto a ver entre las sombras el punto negro de otro bote que navegaba rápidamente hacia nosotros; sentí el chapoteo de los remos y escucho una voz que grita: «¡Para!» Era la voz de mi compañero, esto es, de Bellido. En vez de parar, remo con todas mis fuerzas. De nada me valió. Él traía cuatro marineros y en pocos instantes fuimos abordados. Entonces yo, presa de irresistible furor, me arrojé al cuello de Bellido y ambos caímos al agua. La ira me dió tales fuerzas, que logré estrangularlo y salir después a la superficie. Mas cuando salí, los marineros se habían apoderado ya de la condesa y bogaban con ella hacia el muelle. ¡Mi dolor, mi desconsuelo fueron tan grandes, que desperté!
Soñé otra vez que me hallaba agregado a la Embajada española en Petrogrado. Trabé amistad con un príncipe en cierta reunión aristocrática y este príncipe me invitó a visitarle en una de sus tierras que poseía cerca de Moscou. En los días que allí pasé conocí a algunos señores de los contornos amigos suyos. Entre ellos uno pequeñito, calvo y feo... No debo decir más: Bellido. Ver a su esposa y quedar enamorado de ella fué todo uno. Tampoco era preciso advertirlo. Ella correspondió a mi amor ¿cómo no? y decidimos fugarnos. El príncipe, que odiaba y despreciaba como se merecía al marido, aunque se fingía su amigo, me facilitó los medios. Puso a mi disposición un trineo con seis caballos. Heme aquí corriendo sobre la nieve al través de la llanura desierta. Pero esta vez, como la otra, también fuimos alcanzados. El cochero del marido era más experto que el nuestro. ¡Deteneos! Viéndoles muy cerca yo me vuelvo y disparo mi revólver. El cochero de nuestro enemigo cayó muerto del pescante. El coche se detuvo al cabo de unos instantes y pudimos escapar. Pero mi adorado dueño se sintió mal poco después y me dijo sin preámbulos que se moría, que aquella emoción le había roto el corazón. Y en efecto, tal como lo dijo lo hizo. Me echó los brazos al cuello, me besó apasionadamente y dándome en aquellos últimos instantes pruebas del más heroico amor, despidiéndose de mí con las palabras más tiernas expiró en mis brazos como una flor que troncha el vendaval. Entre el cochero y yo levantamos la nieve, abrimos una fosa y la sepultamos. Yo lloraba todas las lágrimas que puede tener un hombre dentro de sí. Al mismo tiempo, sentía un frío tan intenso que pensaba morir. Este frío me despertó. Se me había caído la ropa de la cama y observé que mi almohada estaba empapada de lágrimas.
Pero no siempre soñaba cosas trágicas y lúgubres. En otra ocasión soñé que me hallaba como espectador en un circo, en la primera fila de sillas tocando con la pista. Después de unos gimnastas que trabajaron en la barra fija, apareció una amazona montando un caballo amaestrado. Era mi bella rusa. ¡Qué cambios elegantes!, ¡qué saltos!, ¡qué primores! El público se mostraba entusiasmado (bien se echa de ver que era un sueño, porque jamás le vi entusiasmado en tales ocasiones) y aplaudía frenéticamente. Pero ella no tenía ojos más que para mí. Cada vez que pasaba delante de mí me dedicaba una sonrisa divina. Los espectadores me miraban con curiosidad y envidia. Yo me hallaba en el séptimo cielo. Por fin, al terminar su trabajo la hermosa amazona se apeó de un salto y vino sonriente hacia mí tendiéndome una mano. Yo se la besé con transporte y ella me dió un beso en la frente. El público rompió en un aplauso estrepitoso... Y desperté.
¿Por qué cada vez que soñaba con su esposa me dirigía Bellido en la mesa tan agresivas y feroces miradas? Sencillamente, porque el capitán de artillería era un traidor, que le narraba punto por punto mi sueño, pues yo creo haber dicho que tenía la inocencia de contárselos. Era un sér perverso que se gozaba en tostar sobre la parrilla al desdichado andaluz.
Mi último y definitivo sueño en aquella temporada fué como sigue:
Yo era un rico comerciante musulmán que habitaba la ciudad de Kabul en el Afganistán. Una tarde fuí al mercado de esclavos y compré por algunas piastras una hermosísima circasiana, que no necesito decir quién era. En pocos días quedé subyugado por los encantos de aquella mujer; rendido a sus pies hasta el punto de hacerla mi favorita y mi primera esposa, pues era polígamo y confieso que no sentía por ello gran repugnancia. Pero he aquí que al poco tiempo se esparció por la ciudad la fama de la hermosura de mi esclava, aunque yo tenía cuidado de mantenerla encerrada, y que llega a los oídos del emir. Era este emir el hombre más lúbrico de todo su Imperio. No tardó en presentarse en mi casa con pretexto de hacerme una visita, pues éramos amigos. Yo me eché a temblar. Se parecía a Bellido como un huevo a otro y esta circunstancia aumentaba mi aversión infinitamente. Le convidé, le agasajé, me mostré con él humilde y servil hasta un grado indecible, todo por amor de mi esclava. No me valió de nada. Cuando nos hallábamos tomando café, me dijo de pronto:
—Enséñame tus mujeres.
—¡Oh!, no tienen valor alguno comparadas con las tuyas, poderoso señor.
—Quiero verlas—respondió secamente.
-Ya sabes, muy poderoso señor, que los creyentes debemos guardar nuestras mujeres de las miradas de los hombres.
—Quiero verlas—replicó en tono imperioso.
No hubo remedio; le mostré todas mis mujeres, claro está, salvo una.
—¿No tienes ninguna otra?—me preguntó mirándome fija y severamente.
—Ninguna otra, alto y poderoso señor.
—Repara bien lo que dices porque va en ello tu cabeza—profirió mirándome con más severidad aún.
Ahora bien, yo siempre tuve extraordinaria afición a mi cabeza lo mismo soñando que despierto. Así que caí a sus pies diciendo:
—Perdón, señor; tengo, además, una esclava circasiana.
Me ordenó mostrársela, le pareció muy bien, como era natural, y me obligó a enviársela al palacio.
Heme aquí desesperado y respirando atroces deseos de venganza por todos los poros de mi cuerpo. Realizo mis riquezas y me voy al Turkestán. Allí entro en relación con el general-gobernador ruso, le convenzo de que debe atacar al emir y me confía el mando de la expedición. Después de una batalla sangrienta en que las huestes del emir fueron derrotadas, logro entrar en Kabul, me apodero del palacio, rescato a mi bella circasiana y hago prisionero al tirano. Entonces yo, que había adoptado las feroces costumbres de los rusos, le hago azotar en uno de los patios del palacio. Mi esposa favorita y yo contemplábamos desde una terraza tan agradable operación. Por cierto que los gritos del infeliz Bellido la hacían reír a carcajadas, mostrando al hacerlo los dientes nacarados de su boca, que me tenía enloquecido.
Por la mañana almorcé mano a mano con el capitán y le conté este sueño. Por la noche, a la hora de la comida, Bellido me clavó una mirada tan agresiva, que me dejó desconcertado. Nos pusimos a comer y sus ojos encarnizados, cargados de odio, apenas se apartaban de mí. Comprendí que se acercaba la catástrofe y me resolví de una vez a precipitarla y hacerla frente. Clavé mis ojos descaradamente en la bella rusa y mantuve la mirada sobre ella con osadía. De pronto Bellido me interpela alzando enérgicamente la voz:
—¿Qué es lo que usted mira?
La sangre se me agolpó a la cabeza y contesto rojo de ira:
—Miro lo que se me antoja.
—¡Es usted un joven bien insolente!
—¡Y usted un viejo mamarracho!
Ambos nos alzamos de la silla y quisimos arrojarnos el uno sobre el otro. Pero a él le retuvieron algunas manos y a mí también.
Reinó un silencio angustioso en el comedor. La comida prosiguió, y en vez de la conversación general que solía entablarse cada cual hablaba con su vecino. Cuando hubo terminado, Bellido salió el primero con su esposa y algunos le siguieron. Pero quedamos otros pocos y se hicieron comentarios. El viejo general de Marina los resumió diciendo gravemente:
—Desgraciadamente, esto se arreglará con algunos sablazos.
—¡Cuanto primero mejor!—exclamé yo encolerizado.
Pero aguardé en mi cuarto hasta las diez esperando la visita de sus amigos y nadie pareció. A la mañana siguiente ni por la tarde, tampoco. Por la noche se presentó en el comedor como si no hubiera pasado nada. Lo único que hizo fué obligar al mozo a que les colocase a él y a su esposa al otro extremo de la mesa, volviéndome la espalda. Los comensales me hacían guiños maliciosos y sonreían.
Así se pasaron algunos días sin que yo, por delicadeza, intentase mirar de nuevo a la bella rusa, cuando una noche, después de comer y estando en mi cuarto preparándome para salir, oigo llamar con la mano en mi puerta.
—Adelante.
Se abre la puerta y aparece Bellido. Yo di un paso atrás y dirigí una mirada codiciosa a la mesa de noche donde tenía el revólver.
Pero Bellido sonreía dulcemente y me dió las buenas noches humilde y ruborizado.
—Siento mucho molestar al señor Jiménez...
Nada, nada, el señor Jiménez no sentía molestia alguna.
—El caso es que hoy debía girarme mi representante de Barcelona cinco mil pesetas y la carta no ha llegado, no sé por qué, quizá debido al mal estado de las vías con motivo de las recientes inundaciones. Y como me encontré de pronto sin dinero, me dije: «Tal vez el señor Jiménez tendrá la amabilidad de prestarme cincuenta pesetas hasta mañana o pasado, si no le sirve de molestia...»
El señor Jiménez, sorprendido y edificado, no vaciló en desprenderse de aquellas pesetas que resolvían de modo tan cómico una espeluznante tragedia. Bellido se partió deshaciéndose en gracias y contorsiones.
Pero al día siguiente en la mesa volvió a mostrarse grave y ceñudo como si no me conociese. Entonces yo no pude resistir a la tentación de contar el lance a los pocos comensales que nos quedábamos siempre algunos instantes de sobremesa. Se rió mucho el paso y se hicieron comentarios muy picantes. El viejo general volvió a resumirlos diciendo gravemente:
—Ya le había anunciado a usted, Jiménez que esto pararía en algunos sablazos.
Aunque tenía muchos y buenos amigos, y el primero de todos Sixto Moro, alguna vez acudía a mi memoria la figura de aquel joven geólogo llamado Martín Pérez de Vargas con quien tanto había intimado el primer año que pasé en Madrid. Supe que salió a teniente de ingenieros, que había estado en Cuba, después en Valencia y que allí se había casado con una mujer extraordinariamente rica. Vino después a Madrid cuando lo mismo él que yo nos acercábamos a los treinta años y al encontrarnos nos abrazamos con efusión. Ya no era aquel lindo mancebillo que semejaba el paje de una princesa sueca, de rostro blanco y nacarado, de cabellos rubios ensortijados y ojos como los de Ofelia. Su belleza había adquirido grato tinte varonil.
Su amor al estudio no se había entibiado con la fortuna. Pronto adquirió fama de hombre de ciencia y geólogo distinguido con algunos ensayos que publicó en diversas revistas. Últimamente había dado a luz un notabilísimo libro acerca de algunos fósiles hallados en el terreno jurásico de la provincia de Navarra.
Nos veíamos poco, pero cuando esto sucedía nos hablábamos con la cordialidad de siempre y si iba arrellanado en su magnífica berlina arrastrada por un tronco de caballos extranjeros y me veía, nunca dejaba de sacar la cabeza por la ventanilla y hacerme un afectuoso saludo.
Un domingo, a la hora de mediodía, le hallé paseando por la calle de Alcalá delante de la Iglesia de San José. La acera rebosaba de gente en aquella hora y mi capitán, en traje de paisano, como casi siempre, marchaba distraído sujetando por medio de cordón de seda a una galguita inglesa, uno de esos animalitos que parecen montados en alambre, friolentos y temblorosos.
Me detuve a saludarle y me dijo que estaba aguardando a su mujer, que había entrado a oír misa de doce en San José.
—Si no tienes prisa—añadió—podemos pasear hasta que salga.
—Acepté con gusto, y pasándole cariñosamente el brazo por la espalda le dije:
—¡Déjame abrazar a un hombre feliz por ver si se me pega algo!
—¿Feliz?... Así, así...
—¡Cómo! ¿No es feliz un hombre joven, fuerte, que ocupa brillante posición en el mundo y disfruta ya de una envidiable reputación como sabio?
—Nada hay en esta vida sin mezcla—dijo sonriendo.
—¿Acaso en tu matrimonio?...—le pregunté un poco indiscretamente.
Pérez de Vargas calló. Al cabo de unos instantes comenzó con semblante distraído a hablar de esta manera:
—La historia de mi matrimonio semeja un poco a la del planeta en que habitamos. Una vez más el microcosmos repite en cierto modo los períodos evolutivos del macrocosmos... Principió como la tierra por la fase estelar, por el período de incandescencia. Los dos estábamos enamorados y nuestra pasión se mantuvo más de un año en el rojo blanco. Terminó la incandescencia y se inició la fase planetaria, pero aun había bastante calor y continuamos siendo felices. La fauna de la edad primaria, los trilobitas y cefalópodos, representada por los pequeños rozamientos de la vida doméstica, no me causaban graves molestias. Pero llegó el período secundario y con él los grandes reptiles. A mi suegra se le ocurrió que debíamos estar aquí muy mal servidos y nos envió a una antigua doncella de la casa con su marido; un par de monstruosos lagartos ¿sabes tú? Esta doncella había visto nacer a mi esposa y ejercía sobre ella una influencia decisiva que presto se convirtió en declarada tiranía. El marido era un redomado bribón. Comenzamos a ser saqueados de lo lindo; pero mi mujer estaba tan ciegamente prendada de aquella doncella, que a pesar de mis representaciones lo veía o no quería verlo, prefiriendo ser robada a privarse de tan raro tesoro...
Al fin, no tuve más remedio que tomar una decisión. Un día cogí con las manos en la masa a aquel ladrón, le di dos puntapiés y le eché a la calle. Con él, como es lógico, se fué su simpática consorte.
Aquí comienza al primer período glacial de mi matrimonio. Grandes témpanos de hielo se acumulan sobre nosotros. Mi mujer se entristece, llora, se llama desgraciada y su amor hacia mí decrece visiblemente. Duró poco tiempo. Un mes después ocurrió la muerte de su padre. Necesitamos ir a Barcelona y con aquel grave suceso se disipó el malestar que entre nosotros reinaba. Algunos días después regresamos a Madrid. Mi mujer había heredado una fortuna considerable. Con arreglo a ella montamos nuestra existencia: alquilé un hotel en el barrio de Pozas, compramos coches y caballos, tomamos criados, etc., etc. Pero una vez instalados, mi suegra se resuelve a venir a vivir con nosotros y con ella importa a una hermana viuda que desde largos años antes habitaba ya en su compañía.
Mi matrimonio con esto entró en el período mioceno de los grandes mamíferos. Mi suegra pesa ciento seis kilos y semeja bastante bien un mastodonte. Su hermana pesa ciento diez y nueve y es un verdadero dinoterio.
Naturalmente, aunque mi casa era espaciosa, yo no cabía ya dentro de ella. El desgraciado capitán Pérez de Vargas veíase obligado a estrecharse, estrecharse, y pronto quedó convertido en un despreciable papel de fumar. Los criados no recibían ni acataban otras órdenes que las que salían de la boca de aquellos monstruos herbívoros; a mi mujer se la tragaron como una píldora. Yo no sabía ya si era en efecto Pérez de Vargas, capitán de ingenieros, o un fantasma impalpable y aéreo que se deslizaba furtivamente por las noches en el lecho de su esposa.
A grandes males grandes remedios. Un día me hallaba tan oscurecido y acongojado, tan envuelto en espesas tinieblas, que me resolví a gritar con toda la fuerza de mis pulmones: «¡Hágase la luz! Una de dos: o salen los elefantes de esta casa y se van con la música a otra parte o ahora mismo toma la puerta el capitán.»
Hubo gritos y lágrimas y formidables trastornos sísmicos. La tierra osciló bajo mis pies como un barco sacudido por la tempestad; brotaron llamas; una lluvia de cenizas cayó sobre mi cabeza; estuve a punto de ser tragado por el volcán. Sin embargo, logré escapar de tan grave catástrofe y pude respirar al cabo con libertad.
Como podrás presumir, a este período de trastornos y erupciones sucedió otro glacial muy intenso. Mi mujer no comprendía que yo tuviese necesidad de más espacio y más oxígeno que el que me dejaban sus monstruosas mamá y tía. No traté de convencerla de lo contrario. Contra el frío glacial me refugié en las cavernas, esto es, en la Peña y el Ateneo todo el tiempo que mis ocupaciones me dejaban libre. Al cabo los hielos se fueron fundiendo por sí mismos, la temperatura se hizo más agradable y pude gozar de un período de bonanza.
Hice mal, no obstante, en vivir confiado. La corteza terrestre era aún más delgada: el elemento sólido no se había afirmado y ofrecía poca seguridad. La catástrofe vino cuando menos podía imaginarlo, en el momento mismo en que mi esposa y yo nos hallábamos tranquilamente sentados en una butaca, ella sobre mis rodillas prodigándome mil caricias apasionadas. No recuerdo cómo fue; no hubo ruidos subterráneos ni relámpagos temerosos, ni aurora sangrienta; ninguno de los síntomas precursores y alarmantes del cataclismo. Éste se produjo súbitamente. Ignoro qué palabras le dije yo a propósito de cierta cuenta exorbitante de la modista que el día anterior había pagado; no sé qué palabras vivas me respondió ella; no sé qué palabras un poco más vivas le repliqué yo. Las que recuerdo con admirable precisión son las que salieron entonces de sus labios y sonaron en mis oídos como otros tantos estampidos: «Tú eres un pobre; todo lo que hay en esta casa es mío.»
—En un caso semejante—dije yo riendo—, San Juan Crisóstomo aconseja que se responda a la esposa: «No comprendo lo que dices, amada mía. Nadie puede dudar de que todo cuanto hay aquí es tuyo, porque yo mismo soy tuyo también.»
—San Juan Crisóstomo era un novato. Yo lo hice mejor. En cuanto escuché tales palabras, sin descomponerme poco ni mucho, me alzo de la butaca, voy con paso solemne a mi despacho y escribo una carta a mi casero manifestándole que desde el día siguiente tenía el hotelito a su disposición. Inmediatamente salgo de casa, me entrevisto con el más rico prendero de Madrid, le traigo conmigo, le muestro todos los muebles y se los vendo por una cantidad alzada. Busco un empresario de coches y le traspaso los míos y los caballos. Después ajusto la cuenta a los criados y los despido a todos. Inmediatamente salgo de nuevo y tomo una habitación con dos camas en una modesta casa de huéspedes. Torno a la mía: eran las seis de la tarde. Subo a la habitación de mi mujer, que se hallaba aterrada sin saber a punto fijo lo que todas aquellas marchas y contramarchas significaban, y le dirijo este elocuente discurso:
«—Querida esposa: has hecho bien en recordarme que nada de cuanto hay en esta casa me pertenece, porque lo había ido olvidando. Te pido perdón por mi falta de memoria. Lo único que aquí me pertenece eres tú y por eso es lo único que me llevo.»
Y diciendo y haciendo le tomo delicadamente la mano, la coloco sobre mi brazo y un minuto después estábamos en la calle. Quiso protestar, lloró, pidió perdón, prometió... Todo fué en vano. «Soy un modesto, pero pundonoroso capitán del ejército—le dije—y debo vivir con el sueldo que la nación me tiene asignado. Pero tú eres la honrada y fiel esposa de este capitán y debes sustentarte con lo que él gana. Lo que te pertenece por herencia pasará íntegro a tu familia si mueres antes que yo o gozarán de ello en caso contrario. El producto del mobiliario y los coches queda depositado a tu nombre en el Banco de España.»
Tres meses y algunos días permanecimos en aquella pobrecita casa de la calle de San Bartolomé. Renuncio a contarte, porque ya lo supondrás, cuanto allí pasó. Lágrimas, suspiros, profundas humillaciones, un desfile constante de deudos y amigos de la familia de mi esposa que me asediaban y me suplicaban sin cesar. Al cabo, cuando entendí que el arrepentimiento era sincero y profundo y que no volveríamos a empezar, me avine generosamente a abandonar el catre y los garbanzos de la casa de huéspedes para instalarme en el hotel que hoy habito en la Castellana y que pongo a tu disposición. Con esto los hielos se retiraron velozmente hacia las regiones boreales; reina en mi hogar una temperatura deliciosa; los campos se vistieron de una flora casi tropical, y en cuanto a la fauna... ya lo ves, está representada por esta galguita, a la que mi mujer y yo mimamos a porfía.
—¿Y tu suegra?
—Mi suegra, hoy por hoy no es más que un cetáceo inofensivo... Ya te hablaré otra vez porque están saliendo de misa. Ven a verme. De tres a cinco estoy siempre en casa.
En lo alto de la escalera de San José apareció la gallarda figura de la señora de Pérez de Vargas. Era una hermosa mujer vestida con refinada elegancia. Derramó una mirada inquieta y escrutadora por la calle y al divisar a su marido su rostro se dilató con una sonrisa tan dulce y afectuosa que instantáneamente quedé persuadido de que el capitán Pérez de Vargas sabía mucho más que San Juan Crisóstomo en achaques matrimoniales.
Algunas días después me decidí a hacer una visita a Pérez de Vargas. El hotel en que habitaba era una espléndida mansión y el tren de su vida verdaderamente fastuoso.
Un criado con chaleco rojo y corbata blanca me introdujo en un despachito tan primorosamente decorado, que más parecía el saloncito de una dama que el escritorio de un hombre de ciencia. Contiguo a él había un vasto salón dedicado a biblioteca.
Pérez de Vargas me recibió con extremada alegría. Vestía traje de casa un poco fantástico, como sólo se autorizan aquí los artistas. Cuando hubimos charlado breves momentos de cosas indiferentes y me hubo mostrado su biblioteca, que era verdaderamente excepcional, tanto por la instalación como por el número de volúmenes, me dijo:
—Espero que me permitirás cambiar de traje, pues algunos amigos vendrán dentro de poco a tomar el té con nosotros...
Quedó algunos instantes silencioso y añadió al cabo sonriendo:
—Tú te quedarás también y pasarás un rato divertido. Es una broma que voy a dar a mi suegra, que llegó ayer de Barcelona a pasar unos días con nosotros. Ya sabes que aquí cerca viven los chinos de la Embajada que reside temporalmente en las principales capitales de Europa.
En efecto, yo conocía su hotelito y los había visto repetidas veces en la calle ataviados con su traje nacional y su coleta. En aquel tiempo los chinos no se habían decidido a trocar su típica indumentaria por la nuestra. Uno de ellos llamaba extraordinariamente la atención de los transeuntes por su talla gigantesca y por la fealdad inverosímil de su rostro. Era el secretario, según mis noticias.
Pérez de Vargas hacía unos días que había entrado en relación con ellos y me hizo un elogio caluroso de su discreción y cortesía.
—El embajador es una excelente persona, un político muy respetado en su país, bondadoso, instruído; pero el secretario... el secretario es un sabio.
—¿Quién? ¿Aquel gigante feo marcado por la viruela?
—El mismo. Es original del Tibet, de raza tártara, y ha sido educado en Calcuta. No sólo habla el inglés como su propio idioma sino el francés y español con bastante soltura. Es doctor en medicina, pero sus aficiones son varias y su lectura inmensa. Conoce la moderna literatura europea como cualquiera de nosotros.
Pérez de Vargas se extendió considerablemente en el elogio de aquel extraño personaje excitando mi curiosidad. Después me explicó cómo había sido presentado a los chinos y había ido a tomar el té en la Embajada dos o tres veces.
—Hallé su compañía en extremo grata. La cortesía de los chinos es proverbial y tan exagerada que para nosotros resulta ridícula. Ninguno permanece sentado cuando alguno de los presentes se pone en pie con cualquier motivo. Esta ceremonia termina por hacerse enfadosa, pues nos obliga a no movernos de la silla. Al revés de nosotros los europeos, estos orientales jamás hablan de sí mismos como no se les pregunte, y en cambio, manifiestan vivo interés, natural o afectado, por lo que atañe a los demás. No imagino medio más seguro para hacerse simpático en el mundo. Sin embargo, no he podido menos de observar cierta inquietud y embarazo en sus ademanes, que por lo que vine a entender depende de un sentimiento de temor de ser menospreciados. Piensan al parecer, y no andan descaminados, que los tenemos por un pueblo bárbaro aún y que sólo por condescendencia nos avenimos a tratarlos como iguales. Esta idea les roe el corazón y para sacudirla de sí afectan hallarse al corriente de todos los usos y ceremonias del mundo civilizado. Sus recepciones y sus tes son exactamente iguales a los que se dan en cualquier otra casa particular española: los criados, el servicio, el mobiliario, todo igual y flamante. Te confieso que este sentimiento de humillación, que se les trasluce, me apena y que desde luego hice cuanto me fué posible por desvanecerlo, mostrando respeto y estimación, no solamente a sus personas, sino también a su país. Con esto tuve la fortuna de hacerme simpático y me lo demuestran por cuantos medios están a su alcance. Hoy, por primera vez, les he invitado a tomar el té en mi casa. No he dicho nada a mi mujer ni a mi suegra para divertirme un poco a su costa, sobre todo de esta última, que no los conoce siquiera de vista.
Martín me invitó a pasar a su dormitorio; hizo sonar un timbre y vino su ayuda de cámara, que en mi presencia le ayudó a vestir. Después me llevó al salón, donde ya estaban su mujer y su mamá política, a las cuales me presentó en términos excesivamente lisonjeros. Pero con ellas se hallaba un viejo general, vecino y gran amigo de la familia, acompañado de su hija. Su presencia contrarió bastante a mi amigo, según me hizo saber en voz baja. Este general era una bellísima persona, pero de mayor corazón que inteligencia: cariñoso en el fondo y brusco en las formas, de ideas conservadoras intransigentes, muy religioso, muy bravo y muy apegado a las costumbres y tradiciones de nuestro país.
En efecto, la visita de tal caballero no podía resultar oportuna en la presente ocasión y comprendí la inquietud de Pérez de Vargas.
Como éste tenía ya advertidos a los criados, poco tiempo después de hallarnos reunidos en el salón, uno de ellos levantó la cortina y profirió en voz alta y solemne:
—El señor Embajador del Imperio chino.
El embajador, su secretario y dos agregados penetraron gravemente en la sala haciendo reverencias a la europea. Pérez de Vargas se apresuró a salir a su encuentro y los presentó con toda ceremonia a su esposa, a su suegra y luego al General, a su hija y a mí.
La sorpresa de las señoras fué grande, pero sobre todo la estupefacción de la mamá no tuvo límites y temí por un momento que se pusiera enferma. Quedó pálida, sobrecogida, y cuando su yerno le fué presentando a sus nuevos amigos, no supo qué decir ni hacer otra cosa que abrir los ojos desmesuradamente.
Pasada la primera impresión, que los chinos fingieron no advertir, porque ya estaban acostumbrados a producir tal efecto, nos sentamos y departimos un rato y la anciana señora se fué serenando.
Poco después los criados entraron con sendas bandejas y algunas mesillas volantes y la bella esposa de Pérez de Vargas nos sirvió el té.
Pero los temores que mi amigo me había manifestado no tardaron en verificarse. Porque el General, que conocía a los chinos de vista, como todo Madrid en aquella época, apenas se dignó corresponder a los muchos y reverentes saludos que le hicieron cuando aquél se los presentó, mostrando con sus pocas y bruscas palabras y con todos sus ademanes que no respetaba mucho su Embajada ni los consideraba casi dignos de alternar con la buena sociedad española.
Con esto el embarazo y la timidez de los chinos subió de punto, y Martín, advirtiéndolo, trató de hacer ver al General de un modo indirecto que no se las había con salvajes como parecía presumir, sino con hombres bien cultos y civilizados.
Después de tomar el té quedamos colocados en la siguiente forma: el Embajador acomodado en un sillón y el General frente a él en otro; el Secretario se sentó en el sofá y Pérez de Vargas y yo también; los dos agregados, en sillas próximas a nosotros. En el rincón opuesto del salón, instaladas en lindas butaquitas de colores brillantes, charlaban la hija del General, la señora de la casa y su mamá. Pero esta última no parecía estar muy embebida en la conversación, porque apenas apartaba los ojos del Secretario, que por su estatura y su fealdad sin duda le inspiraba horror.
—¿De suerte que usted, antes de venir a Europa como secretario de la Embajada, ha servido en la administración de Pekín?—le preguntaba Pérez de Vargas con el objeto ya indicado.
—Sí, señor; he servido en algunas provincias como oficial subalterno. Después pasé a Pekín y fuí empleado en la secretaría imperial y allí conocí al señor Embajador y cuando éste fué nombrado presidente del Hingpon, que es el supremo tribunal encargado de los asuntos criminales, me llevó consigo.
—¿Pero allá en su tierra hay tribunales?—preguntó bruscamente y sonriendo el General.
El Secretario le miró estupefacto.
—¿Que si hay tribunales? Lo mismo, señor, que en todos los países civilizados. Hay un supremo tribunal, que semeja a vuestro ministerio de Gracia y Justicia, con diez y ocho divisiones, que corresponden a las diez y ocho provincias del Imperio, encargadas de los asuntos criminales de cada provincia. Hay además, un Cuerpo de inspectores, un Consejo que prepara las ediciones del Código penal...
—Yo tenía entendido que allá juzgaban ustedes a los criminales de cuclillas en una estera, les mandaban dar tantos o cuantos palos... y en paz.
El Secretario se inmutó visiblemente, se puso más pálido de lo que era y con esto su fisonomía adquirió un grado de fealdad inconcebible. El Embajador, que apenas conocía el español, no se dió cuenta cabal de aquellas palabras ultrajantes; pero advirtiendo la alteración del Secretario comprendió que se les había ofendido y manifestó señales de abatimiento. Pérez de Vargas estaba verdaderamente corrido y maldiciendo sin duda del momento en que a su agresivo vecino se le había ocurrido venir a visitarles.
El Secretario se mantuvo silencioso algunos instantes haciendo esfuerzos por serenarse y luego principió a hablar en tono firme y reposado de esta manera:
—Desde hace más de tres mil años, esto es, desde el tiempo en que el Occidente se hallaba sumido en la más completa barbarie, el Celeste Imperio es un país civilizado donde funcionan regularmente los tribunales, donde hay una Administración prudente y sabia que provee a todas las necesidades de la vida social. Existe un fuerte poder central necesario para dar unidad a un Imperio que cuenta hoy con cuatrocientos millones de súbditos; pero este poder absoluto asumido por el gran emperador está templado por las costumbres que en China tienen una influencia decisiva. El emperador es para nosotros un gran padre de familia. Su autoridad la delega a sus ministros, que transmiten sus poderes a sus subordinados y así se va extendiendo gradualmente hasta los grupos de familia, donde los padres son los jefes naturales. La familia es el tipo por donde se modela la vasta administración del Imperio. Además, el gran contrapeso que tiene entre nosotros el poder imperial consiste en la corporación de literatos, que existe igualmente desde hace tres mil años. El emperador no puede elegir sus agentes civiles más que entre los literatos y conformándose a las clasificaciones establecidas por el concurso. Todos los chinos tenemos derecho a desempeñar los cargos del Imperio, hasta los más altos, con tal que demostremos nuestra suficiencia en los diferentes exámenes que vamos sufriendo y obtengamos el diploma necesario. Porque en China no existe una aristocracia como ha existido siempre en el Occidente, que vincula para sí los puestos civiles y militares. Nuestra sola aristocracia, o clase privilegiada, la constituye la corporación de los literatos, que se recluta cada año por medio de los exámenes. No existen títulos hereditarios sino para los miembros de la familia imperial; pero estos títulos sólo les da derecho a una módica pensión y a gastar como distintivo un cinturón rojo. Ni aun tienen derecho a desempeñar los cargos públicos sino después de haber sufrido los exámenes y haber obtenido el diploma necesario como cualquiera de nosotros. Los títulos y los honores que un hombre por su mérito ha logrado adquirir no los heredan sus hijos, sino sus padres...
El General, al oír esto, soltó una insolente carcajada.
—¡Hombre, no deja de tener gracia! Ya me habían dicho que los chinos lo hacen todo al revés, que principian a comer por los postres y concluyen por la sopa.
El Secretario quedó un instante acortado, pero siguió su discurso dirigiéndose siempre a Pérez de Vargas:
—Ya he dicho que todo nuestro sistema político se modela por el tipo de la familia. El respeto a los padres es el más poderoso resorte de nuestra vida y como estamos obligados a tributárselo aún después de muertos por medio de ciertos ritos y ceremonias fúnebres no podríamos hacerlo de un modo decoroso suponiendo que nuestros antepasados se hallaban colocados más bajos que nosotros en la escala social... Por lo demás, convengo en que nuestras costumbres son muy diversas de las de Europa, pero tienen su razón de ser. La vida no es tan mala allá como aquí se supone. No diré que existen los refinamientos de las naciones occidentales, pero vivimos mejor y con más comodidades que gozaban los europeos hace cien años. El Imperio, con ser tan vasto, se halla cruzado de un cabo a otro por magníficas carreteras y lo surcan un número considerable de canales que ponen en comunicación los dos grandes ríos que lo atraviesan, el río Amarillo y el río Azul. Todo nuestro país está cultivado como un jardín y su población en el centro es más densa que la de Bélgica...
—La China es un país bárbaro donde se asesina a los cristianos y se martiriza a los misioneros—profirió de mal talante el General.
—«El malvado que persigue a un hombre de bien es semejante al insensato que escupe al cielo», dice el Buda en sus enseñanzas. Los chinos se guardarían de contristar el corazón de los cristianos que son hombres de bien, si para ello no hubiera un motivo poderoso. Pero es menester que la verdad sea separada del error. La religión cristiana ha gozado repetidas veces de los beneficios celestes del gran Emperador y si ha sido perseguida en ciertas ocasiones débese, más que a otro motivo, a la arrogancia misma de los cristianos, que no han sabido mantenerse en los límites de la moderación y la prudencia. La China es el país más tolerante de la tierra en materia de religión. Un súbdito chino puede ser, a su capricho, discípulo del Buda, de Confucio o de Mahoma. Si no ha podido serlo de Cristo alguna vez se debe a que hemos sospechado con razón que los misioneros cristianos no venían al Oriente con un fin puramente religioso, sino que eran agentes de sus Gobiernos para introducirse y preparar la conquista. ¿No hemos visto a los españoles en las islas Filipinas, a los holandeses en Java, a los ingleses en todas partes? Es natural que nos defendamos. Cuando en los comienzos del siglo anterior el gran emperador Youngtching proscribió la religión cristiana que su antecesor había permitido, tres misioneros de ustedes fueron a suplicarle que revocase el edicto. El gran Emperador, perfectamente enterado de todo, les respondió: «Yo he proscrito vuestra religión de mi Imperio, porque he sabido que algunos de vosotros querían aniquilar nuestras leyes y sembraban el espíritu de rebelión en los pueblos. Vosotros pretendéis que todos los chinos se hagan cristianos, y vuestra religión, al parecer, así lo exige; pero si así sucediese, pronto seríamos todos nosotros súbditos de vuestros reyes. Los cristianos que vosotros hacéis no reconocen más autoridad que la vuestra. En tiempo de revolución no escucharían más que a vosotros... Ya sé que por ahora nada hay que temer, pero vendrán vuestros barcos por cientos y luego por miles y entonces todo se puede esperar. Habláis mucho de tolerancia y la pedís y la exigís, pero ¿qué diríais si yo enviase a vuestro país una partida de bonzos y de lamas a predicar su ley? ¿Cómo los recibiríais vosotros?»
—¡A puntapiés, y con razón!—exclamó el General—. ¡Tendría gracia que viniesen a predicarnos religión y moral unos hombres ignorantes que viven poco menos que en el estado salvaje, sin ferrocarriles, sin telégrafos, sin ejército regular, sin Marina y que se mantienen con algunos granos de arroz!
El Secretario sonrió tristemente y repuso con calma:
—Es verdad; los hombres de Occidente pueden gloriarse de haber dado pasos gigantescos de cien años a esta parte. ¿Pero es todo gigantesco y digno de admiración en Europa? Entre nosotros se inculcan a los niños desde su más tierna edad las reglas de la urbanidad de tal modo, que aun los rústicos campesinos y los obreros se tratan entre sí con un respeto y una cortesía, que aquí no observo ni en las clases más elevadas. Habéis adelantado mucho en el dominio de la naturaleza exterior, pero la interior no pocas veces ha quedado intacta. Tenéis mayores comodidades que nosotros, ¿pero sois más felices? En los años que llevo en Europa observo en la mayoría de las personas un deseo jamás satisfecho de algo más, un afán y un ardor que turba su existencia como si ésta fuese siempre provisional. No se goza aquí del presente. Se diría que todos tienen ganas de morir. Allá en nuestro país el segundo libro clásico que en las escuelas nos hacen estudiar tiene un título que en español significa El invariable medio. Este libro se halla basado sobre el principio fundamental de que toda exageración es nociva para la felicidad y que en el medio armónico se halla la fuente del bien, de la verdad y de la belleza. Tal principio parece desconocido en Europa y acaso por eso he hallado aquí más hombres desgraciados que en China. «Tratar ligeramente lo principal—dice Confucio—y seriamente lo secundario es un modo de obrar que jamás se debe seguir.» La gran superioridad que las naciones occidentales han adquirido sobre nosotros desde hace un siglo no consiste en otra cosa, si bien lo examináis, que en haber encontrado y haber utilizado dos fuerzas naturales: el vapor de agua y la electricidad, merced a las cuales fabricáis pronto y bien una multitud de objetos, os alumbráis, os comunicáis y os trasladáis de un punto a otro. Este adelanto es puramente exterior. Para ponerse a vuestro nivel bastan pocos años. El Japón ha comenzado ya a marchar y antes de mucho será tan civilizado, en el sentido que aquí se da a la palabra, como vosotros. Los chinos, más apegados a nuestras costumbres y a nuestros antiguos procedimientos industriales, nos mostramos más reacios, pero al cabo también copiaremos vuestra civilización. Tendremos ferrocarriles y telégrafos, navíos de guerra y máquinas y armas primorosas... ¿Y entonces qué sucederá? ¡Ah! entonces puede suceder que la vieja China se acuerde de los agravios que le habéis hecho, de las crueles humillaciones por donde nos hacéis pasar, de vuestros latrocinios, de vuestros desprecios... Somos cuatrocientos millones y más disciplinados que los europeos y tenemos menos miedo a la muerte porque nos educan en el desprecio de ella; somos sobrios y astutos y sufridos...
El Secretario, que había dado señales de agitación al pronunciar las últimas palabras, se alzó del sofá.
—¡Ah, entonces, quién sabe!—continuó—. Ahora nos dicen en las escuelas los maestros: «Mostraos sumisos, bajad vuestra cabeza hasta la tierra, apretad vuestro corazón y haceos pequeños.» Pero entonces quizá alguno nos diga: «Levantad la cabeza porque sois hijos del Cielo, ensanchad vuestros corazones, haceos grandes, acordaos de vuestros padres... No faltará, no, quien haga la señal... ¡Ah! entonces os gritaremos como los ministros inferiores de la justicia gritan allá en China a los acusados cuando entran en la sala del tribunal: «¡Temblad! ¡temblad! ¡temblad!»
—¡Socorro!—gritó la suegra de Pérez de Vargas lanzándose hacia la puerta.
Su esposa y la hija del General la siguieron presas igualmente de terror pánico. No tenía nada de extraño. La estatura, la fealdad, la voz formidable y el ademán airado del Secretario eran bien capaces de infundir grima a cualquiera.
Acudimos inmediatamente en su auxilio para tranquilizarlas. Los chinos, asustados, se alzaron del asiento. El Secretario, pálido, inmóvil como una estatua, no sabía qué hacer ni decir, mientras el General se desternillaba de risa en la butaca lanzando nuevas carcajadas.
Al cabo logramos sosegar a las señoras y las redujimos a que volvieran al salón. El desgraciado Secretario comenzó a balbucir excusas, y ellas también. Todos estaban avergonzados, pero muy particularmente aquél, como debe suponerse.
El Embajador dió al fin la señal de partida y nuestros chinos se despidieron sensiblemente humillados, aunque por su parte Pérez de Vargas hizo los mayores esfuerzos por disipar su molestia.
Cuando la adversidad se empeña en perseguir a un hombre, todo el mundo sabe que no ceja hasta dar buena cuenta de él. Lo que muy pocos saben es que otro tanto sucede cuando la dicha se propone favorecerle.
Este fué el caso de mi amigo Pérez de Vargas.
Quince o veinte días después de la singular aventura de los chinos, recibí de él una tarjeta anunciándome su partida para los Estados Unidos, adonde le llevaba un asunto de interés. Este asunto, como pude enterarme pronto, era el fallecimiento de un tío de su esposa que había muerto dejándola por única y universal heredera.
La herencia era colosal, según comenzó a susurrarse. Unos hablaban de doce millones de dólares; otros la hacían subir a veinte; y había alguno, puesto a disparatar, que no paraba hasta los cuarenta.
De todos modos se trataba de una fortuna verdaderamente fantástica.
Pocos meses después el afortunado Pérez de Vargas y su esposa arribaban a la bahía de Vigo en un soberbio yacht que reunía, al decir del corresponsal gallego de un periódico de la corte, «la mayor suntuosidad y las más exquisitas y refinadas comodidades que pueden verse en esta clase de navíos».
En cuanto se trasladó a Madrid comenzó a ostentar un lujo escandaloso. Porque el amigo Pérez de Vargas era por temperamento liberal y magnífico. Trenes a la Dumont, fiestas espléndidas, palco en todos los teatros, cacerías, banquetes, etc., etc.
Los revisteros de salones sudaban tinta describiendo tanta opulencia.
Fué en esta ocasión cuando los españoles se enteraron de que Pérez de Vargas era un sabio. Salieron a relucir sus trabajos geológicos, sus libros, y se hicieron de ellos hiperbólicos elogios, aunque nadie los había leído ni pensaba en leerlos.
Naturalmente, la Academia de Ciencias le abrió de par en par sus puertas.
Tengo la satisfacción de declarar que, en medio de tanta grandeza, no me olvidó por completo. Repetidas veces me envió su tarjeta invitándome ora a una garden-party, ora a una comida o a un baile. Como el brillo me ofusca y no me agradaba encontrarme en medio de tanto y tanto personaje, rehusé siempre estas invitaciones. Porque la casa de Pérez de Vargas fué durante aquel invierno el sitio de moda donde se daba cita la sociedad más ilustre de Madrid.
Sin embargo, Pérez de Vargas no estaba satisfecho de su casa. Le parecía que ya no cabía dentro de ella. En su consecuencia, determinó edificar otra más amplia, un grandioso palacio en el ensanche de Madrid.
Por esta época fuí a visitarle una mañana. Me dijo que mientras la casa se construía pensaba dedicarse a viajar. Le hallé un poco distraído y agitado. No me sorprendió, pues tantos millones eran bien capaces de marear la cabeza más sólida.
En efecto, salió de Madrid pocos días después acompañado de su esposa, algunos criados y dos o tres parásitos que le servían de secretarios. En un año no se volvió a oír hablar de él. Viajó por Europa y una parte del Asia. Tuve conocimiento de que había estado en la India y había cazado tigres por una fotografía que me envió en traje de musulmán con uno de estos animalitos muerto a sus pies.
Al cabo del año, poco más o menos, se presentó de nuevo en Madrid cargado de objetos raros y preciosos y de una colección de cuadros que desde luego se consideró por los inteligentes como la más rica que un particular poseyera hasta entonces en España. Además, había escrito un libro acerca de sus viajes y lo publicó inmediatamente, revelándose como un escritor ingenioso y ameno. Se hicieron de este libro dos ediciones: una de lujo, otra barata, y las dos se agotaron rápidamente.
Su palacio estaba terminado. En alhajarlo se tardó todavía algunos meses, pero al cabo resultó una maravilla de suntuosidad y buen gusto. Comenzaron de nuevo las fiestas y a la primera de ellas asistieron los reyes en persona. No se habló de otra cosa en Madrid durante algunos días. Se dijo que sólo en flores se había gastado una suma fabulosa. El rey le concedió el título de conde del Malojal, una finca que poseía no muy lejos de Madrid. Poco después fué elegido diputado por un distrito de la provincia de Sevilla.
Yo no asistía a sus famosos saraos, como he dicho, pero una que otra vez iba a sorprenderle por la mañana. Hallábale siempre cordial y afectuoso, charlábamos placenteramente y recordaba con entusiasmo los buenos tiempos en que repasando nuestras asignaturas nos quedábamos dormidos de bruces sobre la mesa, aunque para evitarlo habíamos ingerido unas cuantas tazas de café puro. Yo no podía menos de sonreír oyéndole calificar de buenos aquellos tiempos. ¡Como si los que ahora atravesaba fuesen malos!
No obstante, su rostro no dejaba traslucir tanta prosperidad como en poco tiempo se había amontonado sobre su vida. Si he de decir la verdad, le hallaba más grave y un poco distraído y fatigado. Se me ocurrió que podría experimentar algún desabrimiento en el seno de su familia; pero muy pronto deseché tal idea. No tenía hijos y su encantadora esposa estaba profundamente enamorada de él. Lisonjeado por grandes y pequeños, rodeado de un respeto sincero, no sólo a causa de sus inmensas riquezas, sino igualmente por su reputación de sabio. Nada, pues, le faltaba. Por fin, leí en los periódicos que el rey le había hecho merced de la grandeza de España añadida a su título de conde.
Al día siguiente recibí de su puño y letra el siguiente billetito:
«Querido Angel: ¿Quieres venir a comer mañana conmigo para celebrar la flamante grandeza? Se trata de una comida íntima. Sólo unos cuantos viejos amigos como tú. Ninguna señora más que la de la casa. Traje de calle. A las ocho. Creo que esta vez no rehusarás.—Martín.»
Claro está que no podía rehusar. Aunque receloso siempre, y si he de confesar la verdad un poco cohibido, entré en su palacio a las ocho en punto. Un criado con librea y calzón corto me condujo hasta un salón donde ya estaban reunidos con los dueños de la casa los quince o veinte invitados.
En efecto, Pérez de Vargas no me había engañado. Ninguno vestía traje de etiqueta y por lo que pude entender la mayoría de ellos eran oficiales del ejército. Pérez de Vargas hacía ya tiempo que había pedido la licencia absoluta, pero no dejaba de considerarse como militar y mantenía las mismas relaciones de afectuoso compañerismo con los jefes y oficiales de su tiempo. Nos dijo riendo que había tenido particular empeño en invitar solamente a aquellos amigos a quienes tuteaba. A más de estos militares había algunos paisanos como yo, un escultor famoso, un abogado, dos catedráticos y un agente de Bolsa.
Mi amigo Martín parecía hallarse extremadamente alegre. No obstante, como hacía ya más de dos meses que no le había visto, me sorprendió su palidez y el círculo oscuro que rodeaba sus ojos. No quise preguntarle si había estado enfermo por no alarmarle en caso negativo, pero no dejé de sospecharlo.
Después de un corto rato de conversación, pasamos al comedor. La hermosa señora de Pérez de Vargas, que vestía con elegancia, aunque sin ostentar joya alguna, tuvo la amabilidad de sentarme a su izquierda. Desde el comienzo reinó la mayor alegría y cordialidad. Contra lo que esperaba, me hallé completamente libre y a mi gusto. Todos aquellos señores eran personas sencillas y de buen temple. Se comió, se bebió y se rió como en un festín de Homero.
He oído afirmar más de una vez que no hay fiesta española donde al final no aparezca una guitarra. Es una especie grosera y calumniosa. Podrá ser esto cierto en Andalucía, pero en el resto de España nadie que estime la verdad osará sostenerlo.
Lo único que surge indefectiblemente en toda la península ibérica es un orador. Entiéndase como cantidad mínima.
El que nos tocó en suerte en la ocasión presente fué un comandante de caballería original de Badajoz. Era un hombre risueño y feliz. Parecía gozar con todas las cosas de este mundo, pero muy particularmente con sus propias ideas, a juzgar por la satisfacción con que las dejaba fluir de sus labios. Su palabra era pintoresca, pero tan débil de complexión que necesitaba apoyarse a cada instante en la muletilla «¿estamos, señores?» para no caer.
Otros oradores he conocido que se apoyaban, no en una, sino en dos muletas y, no obstante, así cojeando han llegado hasta el banco azul.
Después de dirigir algunos requiebros subidos de color a la señora de la casa, que tomó el partido de ruborizarse por no verse en el caso de tirarle un tenedor a la cabeza, vino a explicarnos cómo nuestro amigo Pérez de Vargas era un barbián en toda la extensión de la palabra, pariente cercano de María Santísima, que donde ponía el ojo ponía la bala. Por lo tanto, él no se sorprendería demasiado de que un día tuviese el capricho de encajarse una mitra en la cabeza, a pesar de hallarse casado, y obtuviera con aplauso de todos el arzobispado de Toledo. Después de este vaticinio bárbaro y temerario se sentó riendo y todos los demás por complacerle hicimos coro a sus carcajadas.
Otros dos oradores, el uno militar, el otro paisano, que le siguieron en el uso de la palabra, se expresaron en el mismo sentido. Que si la suerte, que si el destino, que si la estrella, etc., etc.
Pérez de Vargas, que había escuchado sus discursos con ostensible displicencia y aun pudiera decir mal humor, se levantó por fin a hablar.
«En efecto, mis queridos amigos, la felicidad ha tomado la resolución de perseguirme con verdadero encarnizamiento. Sobre muy pocos hombres en este mundo habrán llovido tantas prosperidades en menos tiempo como sobre mí. Vosotros conocéis muchas de ellas, pero no todas, y acaso las que no conocéis—añadió dirigiendo una mirada a su esposa—sean las más dulces y penetrantes. A la hora presente disfruto una reputación de sabio superior a mis méritos y que no había soñado alcanzar. Menos aún había pensado en obtener la gloria literaria y por un azar, incomprensible también, me la ha otorgado generosamente el público. Una fortuna cuantiosa me coloca en situación de satisfacer, no sólo mis deseos sino hasta mis caprichos más fantásticos. Me han gustado las obras de arte y poseo la más notable colección de cuadros y objetos preciosos que un particular puede adquirir en España. Quise viajar y he recorrido el mundo en un barco propio y con todas las comodidades apetecibles. Soy aficionado a los libros y mi biblioteca cuenta hoy más de veinte mil volúmenes. Me han apasionado los caballos y sabéis que no hay nadie en Madrid que los posea mejores. Me seduce la caza y he tenido la suerte de cazar osos en Rusia y tigres en la India. Gozo de una perfecta salud, soy conde, soy grande de España, soy académico, soy diputado, mis amigos me quieren, los sabios me estiman, el público me respeta, los reyes vienen a mi casa. ¿No es cierto, queridos amigos, que debe existir a mi lado una hada benéfica y complaciente encargada de satisfacer mis deseos? Apenas nace uno en mi mente, hace vibrar su varita mágica y el capricho se cuaja en el espacio y se transforma en realidad. Soy un Midas moderno que convierte en oro cuanto toca con sus manos... Soy el hombre más feliz de la tierra... Pues bien, amigos míos, soy al mismo tiempo el más desgraciado... No puedo con tanta felicidad... Estoy verdaderamente abrumado... ¡No puedo más! ¡no puedo más!... ¡no puedo más!»
Con gran sorpresa le vimos ponerse rojo y pronunciar estas últimas palabras con creciente exaltación, casi gritando. Sus ojos brillaron siniestros y extraviados y tomando los platos que tenía delante los estrelló furiosamente contra el suelo. Hecho lo cual se precipitó a la puerta y salió del comedor.
Puede cualquiera imaginarse la estupefacción de todos nosotros ante aquel arrebato inaudito. Hubo unos instantes de silencio. El comandante orador soltó una carcajada.
—¡Vaya un vino guasón que tiene nuestro amigo Pérez de Vargas!
Pero los demás no reíamos. Su esposa había salido detrás de él. Al cabo de unos momentos volvió con las mejillas inflamadas y los ojos enrojecidos a decirnos que su marido se hallaba indispuesto. En nombre suyo nos pedía encarecidamente perdón.
Todos nos apresuramos a tranquilizarla no dando importancia alguna al suceso. Era el parecer unánime que sólo se trataba de una exaltación momentánea producida por el alcohol. Con un poco de bromuro y algunas horas de reposo todo quedaría disipado.
Sin embargo, yo salí tristemente impresionado de aquella casa.
Por desgracia, las sospechas, que yo había concebido la noche en que festejamos la grandeza de España otorgada a Pérez de Vargas, se verificaron.
No fué la influencia del alcohol la que determinó aquella singular escena, como pensaron unánimemente sus invitados, sino la enfermedad nerviosa que en él venía incubando desde hacía algún tiempo. Fuí al día siguiente a enterarme de su estado, pero no pude verle. Su esposa me envió una tarjeta haciéndome saber que, según la opinión de los médicos, Martín sufría una neurastenia aguda y que pensaba trasladarse al campo por una temporada.
Tampoco creí por completo en la neurastenia. Sin duda existía una dolencia física, pero ésta era consecuencia de una depresión moral que yo había observado las últimas veces que había tenido ocasión de hablarle.
Pérez de Vargas era un hombre de elevada inteligencia y excelente corazón. Las riquezas y prosperidades de toda suerte acumuladas sobre él en tan poco tiempo le inquietaban, como sucede siempre que entra algo anormal en nuestra existencia. Este sentimiento de temor, unido al hastío, era lo que había originado la crisis a que habíamos asistido. Tal fué, por lo menos, mi opinión entonces.
Cuando regresó del campo fuí a verle. Le hallé perfectamente tranquilo y de mejor color, pero grave y triste. Había desaparecido aquella alegría ruidosa que le caracterizaba, aquel donaire y agudeza que siempre habíamos admirado en él. Nada de proyectos magníficos ni de fiestas o cacerías. Hablamos de política y literatura. Me pareció que en aquellos últimos tiempos se había dedicado a la lectura de filósofos y místicos.
Otras dos veces fuí a visitarle, pero no le encontré o no quiso recibirme. Por lo tanto me abstuve en adelante de acercarme a su casa. Algún tiempo después tropecé casualmente en la calle con uno de sus parientes, a quien conocía, y me dió de él noticias poco halagüeñas. Martín había comenzado a ofrecer señales de perturbación mental. No solamente había suspendido sus fiestas y recepciones, pero no quería tampoco asistir a los de sus amigos; se negaba igualmente a hacer visitas; había cortado toda comunicación con el mundo aristocrático donde antes tanto figuraba; redujo sus gastos personales de un modo repugnante, no por avaricia, si no por ciertas ideas extravagantes que repentinamente le habían acometido: pasaba la vida leyendo y sólo salía por la noche.
Todo aquello, en verdad, no me parecía suficiente para calificar de perturbado a mi amigo. El sujeto que me comunicaba las noticias era un joven evaporado, para el cual huir del mundo y abstenerse de sus placeres poseyendo gran fortuna era una monstruosa locura. Sin embargo, poco más tarde supe que las extravagancias de Pérez de Vargas habían subido tanto de punto que se hallaban ya vecinas de la demencia si no la habían alcanzado por completo.
Me dijeron que había hecho desaparecer los muebles suntuosos de su habitación y los había reemplazado con unos cuantos miserables trastos, sin cortinas ni tapices, que se alimentaba de un modo grosero e insuficiente, que él mismo se aderezaba la comida y se la servía, que vestía de un modo indecoroso hasta el punto de haberle visto en las afueras de Madrid sin corbata y calzando alpargatas, que sólo frecuentaba el trato de la plebe y huía de sus amigos.
Su pobre mujer estaba aterrada: pasaba la vida llorando. Al cabo, no pudiendo sufrir más tiempo aquel ridículo estado de cosas y cediendo a la presión de sus parientes y amigos, consintió en que Martín fuese trasladado a una casa de salud fuera de España.
Antes de que tal resolución pudiera tener efecto, Pérez de Vargas desapareció repentinamente de su casa.
Se dijo que había dejado escrita una larga carta dirigida a su esposa; pero ésta no quiso comunicarla con nadie. Quizá por virtud de tal carta se abstuvo de dar parte a las autoridades y hacerle buscar por medio de la Policía. Sin embargo, privadamente realizó muchas y activas diligencias, empleando varios agentes, no perdonando medio alguno para averiguar su paradero.
Todo fué inútil. Ninguna de sus pesquisas dió resultado alguno. En las tres o cuatro visitas que le hice la hallé siempre abatidísima, pero no dejó escapar palabra alguna que redundase en desprestigio de su marido. Aquella noble reserva confirmó la opinión que de su carácter tenía formada.
Así transcurrieron algunos meses. Ya todo Madrid se había olvidado de tan extraña aventura cuando he aquí que recibo la noticia de que Pérez de Vargas había llegado, o por mejor decir, le habían traído a su casa gravemente herido. Me personé inmediatamente en ella, pero no pude verle. Me enteraron de que se hallaba un poco aliviado. Supe que sus heridas no eran de cuchillo ni de arma de fuego, sino la fractura de dos costillas y grandes contusiones en diferentes partes del cuerpo. Más tarde averigüé que estas heridas le habían sido hechas en una pelea o motín popular, lo cual, como puede comprenderse, me causó viva sorpresa.
Traté de penetrar aquel misterio, aunque sin resultado. Nadie sabía la verdad: todo se volvía conjeturas.
Su esposa, a la cual pude ver al cabo, nada me dijo respecto al particular ni yo osé hacerle pregunta alguna. La encontré alegrísima; me enteró de que Martín se hallaba fuera de cuidado y en vía de rápida curación; quizá no se pasarían muchos días sin que pudiera recibirme.
No se verificó tal promesa. Antes de que pudiera o quisiera dejarse ver, salieron ambos esposos para el Extranjero y tardaron bastantes meses en regresar.
Bien comprendí que aquel viaje inopinado obedecía a la vergüenza y embarazo que le causaba a mi amigo el presentarse nuevamente en sociedad. A su vuelta todo se había olvidado o por lo menos afectaba olvidarse. Se daba por sentado entre los amigos que el conde de Malojal había padecido una neurastenia grave de la cual ya, felizmente, estaba curado.
Yo fuí uno de los primeros en verle y experimenté gran contento al hallarle como antes alegre y locuaz: la misma vena de humor satírico: idéntico temperamento afectuoso.
Restableció su antiguo tren de vida lujoso y pudo vérsele en todas partes feliz, generoso y espléndido como siempre lo había sido. Sin embargo, aunque no dejó de ofrecer a la sociedad fiestas memorables, eran éstas más raras. Recibía con más frecuencia en su casa a los sabios y literatos que a los mundanos y se le vió interesarse con verdadera pasión por los problemas sociales. Habló en el Congreso diferentes veces acerca de ellos y siempre con lucimiento; gastó mucho dinero construyendo escuelas en la provincia de la cual era originario, dotó de material científico a otras, fundó algunas cooperativas y se significó como ardiente partidario de que se aumentase el presupuesto de instrucción pública aun a expensas de otros servicios del Estado.
En las diferentes visitas que le hice nunca aludió directa ni indirectamente a su enfermedad ni a la extraña aventura que le había restituído a su hogar. Como puede concebirse, yo me guardé también de hacerlo.
Una tarde de primavera en que se me ocurrió dar un paseo por la Casa de Campo tuve la buena suerte de encontrarle en una de sus avenidas más extraviadas. Marchaba solo a pie y seguido de su coche. Pareció alegrísimo de tropezar conmigo, me abrazó cariñosamente y desde luego nos emparejamos para continuar nuestro paseo. Hablamos de asuntos diferentes y yo le felicité por el discurso que hacía algunos días había pronunciado en el Congreso sobre la ley del trabajo.
—No he leído más que el extracto que traen los periódicos, pero he oído hacer de él muchos elogios. Todo el mundo alaba la forma y el fondo y está de acuerdo en estimar que un hombre de tu fortuna se interese tan vivamente por la suerte de las clases trabajadoras.
No respondió. Caminamos algunos pasos en silencio. Al cabo, mirando distraídamente al cielo, dejó caer estas palabras con acento displicente:
—Y, sin embargo, yo no siento gran cariño por las clases trabajadoras.
Levanté la cabeza sorprendido.
—¿Cómo es eso?
—Sí; te confieso que me cuesta gran trabajo vencer la aversión que me inspiran las masas...
Calló unos instantes y prosiguió después en tono amargo: