IX

LA DELINCUENTE HONRADA

Sobre las once de la mañana me desperté. Había llegado tarde del teatro: todavía me quedé dormido algunos minutos. Al fin, dominando la pereza, me planté de un salto fuera de la cama, hice las abluciones acostumbradas; me vestí y me dirigí al comedor para almorzar.

El periódico estaba, como siempre, al lado de mi plato. He tenido toda mi vida la antihigiénica costumbre de leer los periódicos a la hora de las comidas. Lo recorrí lentamente mientras masticaba distraído lo que me ponían delante, y ya iba a soltarlo cuando entre los sucesos del día, colocados al final y que rara vez leo, tropezaron mis ojos con un epígrafe en letra grande que decía: «Las vitrioleras».

«Ayer noche se desarrolló en la casa de la calle de Toledo, número..., una escena que, por desgracia, se repiten con alguna frecuencia. Natalia de los Reyes, de veintiséis años de edad, después de una acalorada disputa con su marido Rodrigo Céspedes, de cuarenta y cinco, le arrojó al rostro un frasco lleno de ácido sulfúrico, que le produjo graves heridas. El herido fué llevado a la Casa de Socorro y desde allí al hospital. La esposa criminal huyó del domicilio y hasta la hora presente no pudo ser habida.»

Quedé sin gota de sangre en las venas. Dejé caer el periódico sobre la mesa y mi consternación fué tal, que permanecí largo tiempo inmóvil sin acertar a levantarme de la silla. Por fin tomé de nuevo el papel entre las manos y volví a leer la noticia, imaginando vagamente que pudiera haberme equivocado en los nombres. No, no; eran bien exactos: Natalia de los Reyes, Rodrigo Céspedes. Seguí leyendo, sin saber lo que hacía, y al final de la columna me encontré con otra noticia referente al mismo asunto.

«Al cerrar nuestra edición tenemos noticia de que la autora del atentado de la calle de Toledo, Natalia de los Reyes, se ha entregado voluntariamente a la autoridad esta madrugada. Según hemos podido averiguar los protagonistas de este drama son personas de buena sociedad que por reveses de fortuna han llegado casi a la indigencia. Natalia de los Reyes es hija del difunto general Don Luis de los Reyes, que hace años representó un papel importante en la milicia y la política. Su marido es un antiguo oficial del ejército, separado de él hace tiempo. Tendremos a nuestros lectores al corriente de las fases de este suceso, que por tratarse de personas conocidas llamará seguramente la atención pública.»

Recordé la actitud extraña en que había hallado a Natalia y sus palabras enigmáticas en el día anterior y comprendí que alguna nueva infamia de Céspedes había venido a llenar la medida de su paciencia. Mi primer pensamiento fué volar a la cárcel y hacer por mi desgraciada amiga cuanto humanamente me fuese posible.

Cuando bajaba la escalera del hotel la subía Sixto Moro. Nuestras miradas se cruzaron y nos entendimos. Nos estrechamos las manos en silencio.

—¿Vas a la cárcel?—me preguntó.

—En este instante.

—Tengo el coche a la puerta. Vamos juntos.

Mientras rodábamos por las calles le expliqué lo que sabía y lo que sospechaba de las relaciones de Natalia con su marido y le referí las últimas conmovedoras palabras que habían salido de su boca cuando nos despedimos el día antes.

En la cárcel nos dijeron que Natalia se hallaba incomunicada por orden judicial.

—Vamos a ver al juez: es mi amigo—dijo Sixto.

Y de nuevo, más tristes e impacientes todavía, volvimos a rodar por las calles.

El juez nos recibió atentamente, y nos manifestó que la incomunicación sólo duraría hasta que tomase nueva declaración al herido. Sixto le dijo que él se encargaba de la defensa de la procesada. Yo le hice saber que era redactor de un periódico importante. En vista de ello nos dió un permiso escrito para que pudiéramos verla particularmente una vez levantada la incomunicación.

Cuando lo logramos era ya cerca de la noche. El jefe de la prisión se mostró cortés en extremo con nosotros, nos hizo pasar a su despacho y él mismo fué a informar a Natalia de mi visita. Le rogamos que nada dijera de la presencia de Moro. Este se quedó en el despacho con él mientras yo, guiado por un dependiente, llegué hasta la celda. Al abrirme la puerta, Natalia salió a mi encuentro con las manos extendidas. Sentí mi corazón tan oprimido al estrechárselas, que me saltaron las lágrimas a los ojos.

—No llores, Angel. Por mala que sea mi situación en este momento, era peor la que antes ocupaba.

Tenía los ojos secos, las mejillas encendidas y en su mirada había un cierto extravío de locura.

Yo no podía hablar.

—No vayas a creer que estoy arrepentida—profirió sacudiéndome las manos—. Nada de eso. ¡Estoy contenta, contentísima!

Y bruscamente, atropellándose para hablar, me dió cuenta de la forma en que había llevado a cabo su acto. Le había arrojado el frasco entero de vitriolo, ¡zas!, a la cara y se había hecho pedazos en ella.

—¡No estoy arrepentida, no! Cien veces volvería a hacer lo mismo con ese miserable.

Comprendí que se hallaba presa de una gran excitación nerviosa y traté de calmarla. Cuando le dije que Sixto Moro se había ofrecido a ser su abogado defensor quedó repentinamente paralizada. Guardó silencio unos instantes y dijo al cabo con voz demudada:

—Pero ¿es verdad lo que dices?

—Tan verdad, Natalia, que está ahí fuera esperando que yo le llame para entrar.

—¡Oh, no, por Dios!—exclamó tapándose la cara con las manos—. ¡Qué vergüenza!

—Sí, sí, Natalia, debe entrar. Lo está deseando ardientemente y va a ser tu salvación.

Y sin más esperar me apresuré a salir de la estancia, fuí al despacho del jefe y traje a Sixto conmigo. Antes de entrar éste se llevó la mano al pecho y me dijo:

—Déjame un instante. Mi corazón parece que quiere salir de su sitio.

Cuando entramos Natalia estaba tan roja que daba miedo. Se adelantó sonriente hacia Moro, que casi estaba tan rojo como ella. Pero al estrecharle la mano le sucedió lo que a mí, no pudo reprimir las lágrimas. Entonces Natalia, lanzando un grito sofocado, se dejó caer sobre el pobre lecho que tenía cerca y estalló en sollozos. Fué una crisis terrible de lágrimas. Sixto quería salir para llamar al médico; pero yo le retuve.

—Déjala; este llanto le ha de venir muy bien.

En efecto, pocos minutos después se incorporó. Su fisonomía se había serenado por completo: tenía otra vez aquella inocente expresión infantil que la hacía tan adorable.

—Gracias, Moro—dijo alargándole la mano—. No merezco esas lágrimas ni puedo pagárselas, pero Dios se las pagará... A mí ya me ha dado lo que merecía.

—Nadie conoce sus designios, Natalia—repuso Moro gravemente—. Confiemos en Él y apresurémonos a hacer lo que esté en nuestra mano para salir de este mal paso.

Sus ojos inteligentes brillaron con firme resolución preparándose al combate. Me invitó a sentarme en la única silla que allí había, salió un momento a pedir otra y acomodándose con enérgica actitud frente a Natalia, que se hallaba sentada sobre el borde del lecho, le dijo con autoridad:

—Necesito saber todo lo que ha pasado: necesito saber también los antecedentes del hecho.

—¿Es necesario que cuente mi historia?

—Sí; es necesario.

—¿Que lo cuente todo?

—Absolutamente todo.

—Pues bien, ustedes saben que después de mi boda estuvimos unos días en Piedra, que volvimos y que poco después embarcamos en Cádiz para Cuba. Por recomendación de papá, Rodrigo en vez de salir al campo de operaciones, se quedó en La Habana a las órdenes del Capitán general. Los primeros meses de mi matrimonio fueron los únicos felices. Mi marido salía poco de casa y casi siempre conmigo: parecía haber abandonado sus hábitos de juego: se mostraba deferente, afectuoso y alegre. Sin embargo, en ciertos momentos aparecía taciturno y respondía a mis preguntas en un tono sarcástico que no dejaba de herirme vivamente. Como duraba poco tiempo, no eran más que leves nubecillas que no lograban empañar mi dicha. Pero estos momentos de mal humor se fueron repitiendo con alguna frecuencia y empezaron a darme que sentir y que pensar. Sobre todo, vuelvo a decir, lo que más me hería y lo que más me ha hecho sufrir toda la vida, aún más que otras cosas peores de que hablaré, era su acento displicente, su actitud despreciativa. Pensando en la manera de remediarlo imaginé ¡pobre de mí! que Rodrigo estaba demasiado habituado a una vida divertida y frívola para soportar fácilmente esta otra un poco monótona de familia. Y yo misma le insté para que se fuese más tiempo con sus amigos y procurase distraerse. No se lo hizo repetir. Comenzó de nuevo a hacer la vida de soltero y calavera. Llegaba tarde a casa y alguna vez con señales de haber bebido en demasía. Pero estaba alegre y me trataba con amabilidad: era suficiente para que yo estuviese contenta. Más tarde quiso que yo también participase de esta vida alegre y me llevó a varias casas donde se bailaba, se cantaba y se jugaba. Pronto advertí que aquella sociedad equívoca no estaba hecha para mí. Se hablaba con una libertad a la cual no estaba acostumbrada; se usaban bromas subidas de color; las señoras fumaban como los caballeros y jugaban a los naipes; los caballeros juraban como carreteros cuando perdían y las damas, en vez de indignarse, reían. A altas horas de la noche se salía algunas veces formando pandilla, se recorría la ciudad y por fin se entraba en cualquier café que estuviese abierto y allí continuaba la jarana hasta que amaneciera...

Me hallaba tan avergonzada de esta sociedad poco honrosa y de esta vida sin recato que a los pocos días le signifiqué a Rodrigo que estaba resuelta a no entrar más en ella. Esto ocasionó el primer altercado serio que habíamos tenido. Me trató con dureza y dejó escapar palabras que me hirieron profundamente trayendo a cuento a mi padre y algunos antecedentes de mi familia. Me mantuve firme y guardé de aquella disputa un resentimiento que con el tiempo fué creciendo. Rodrigo, en vez de apagarlo, le fué echando más leña con su actitud despegada y su conducta libertina. Venía a casa cada noche más tarde; algunas veces no venía hasta la madrugada. Yo me pasaba las horas llorando en una butaca.

Después vinieron los apuros de dinero. Rodrigo jugaba y cuando perdía transcurrían algunos días sin entregarme ninguno para las necesidades de la casa. Pasaba unos momentos crueles, unas vergüenzas increíbles cuando me veía precisada a pedir prórroga para mis compras. ¡Ay!, después tuve tiempo para acostumbrarme a estas penas, que no son las menos insufribles para una persona decente. Un día Rodrigo se mostró conmigo más afectuoso que de ordinario; al día siguiente igual, al otro lo mismo. Yo acepté aquellas caricias como moneda de buena ley y me puse a imaginar con alegría que había vuelto sobre sí, que estaba arrepentido de su vida disoluta y que para nosotros comenzaba una nueva luna de miel. Pronto vinieron al suelo mis ilusiones. Al cuarto día, con no pocos preámbulos de caricias y palabras melosas, me hizo saber que se hallaba en un compromiso de honor muy apremiante, que había jugado bajo su palabra y que había perdido, que había prometido saldar su deuda en el plazo de dos meses cuando le llegase el dinero que tenía en España y que si no lo hacía quedaría deshonrado y no tenía otro recurso que darse un tiro. «—¿Bien, y qué es lo que quieres de mí?»—le pregunté sospechando inmediatamente de lo que se trataba y apreciando en su justo valor ya las caricias de los días anteriores. Ante esta pregunta se hizo el avergonzado, hasta quiso ruborizarse y me insinuó después de largas vacilaciones que debía escribir a mi padre pidiéndole diez mil pesetas. Me negué rotundamente a hacerlo. Insistió, rogó, se puso de rodillas delante de mí y tanto hizo que al cabo logró ablandarme. Escribí a mi padre con una repugnancia invencible. Yo conocía perfectamente su situación, que su sueldo apenas bastaba a cubrir sus gastos personales y que los de la casa pesaban todos sobre la fortuna de mi madrastra. En efecto, a vuelta de correo me envió una carta severísima doliéndose de que le pusiera en el trance de manifestarme su posición un poco humillante, pues Guadalupe, por estipulaciones matrimoniales, guardaba la libre administración de sus bienes. Le era imposible enviarme un céntimo; apenas tenía para sus gastos de representación; pedir el dinero a su mujer le parecía vergonzoso. Sin decirlo claramente dejaba traslucir que sabía perfectamente a qué se destinaban las diez mil pesetas que le pedía. Presenté la carta a Rodrigo; la leyó con gesto avinagrado, pues veía que no venía letra alguna dentro de ella, y dibujándose en sus labios una sonrisa amarga, me la entregó diciendo con sarcasmo:—Muchas gracias al papá y a la hija.

Desde entonces cambió la decoración. Empezó a tratarme con el mayor desprecio y a hacerme la vida muy dura.

—¿Llegó a maltratar a usted de obra?—preguntó Moro.

—Todavía no, pero me hablaba ya sin consideración alguna, paraba poquísimo en casa, dejaba sobre su mesa para que yo las viese cartas de mujeres. A tal extremo llegó en sus desprecios, que un día hice un paquete de mi ropa y dejándole una carta sobre la mesa de noche salí de la casa y me fuí a la de una amiga, señora de un coronel de artillería a quien había conocido en Madrid. Entonces Rodrigo vino inmediatamente a buscarme, se hizo el sorprendido ante mis amigos de mi decisión, procuró quitar importancia a los agravios, me pidió perdón de ellos y, en fin, se reconcilió conmigo. Todo aquello era pura hipocresía. Temía que el coronel diese publicidad a su conducta, que llegase a oídos de mi padre, el cual era hombre bien capaz de tomar venganza de ella y sobre todo que se enterase el Capitán general, a quien le convenía tener propicio. Volviendo, pues, sobre su acuerdo me trató desde entonces relativamente bien. No logró, sin embargo, disimular lo bastante para que yo no comprendiese que en el fondo de su corazón me guardaba rencor.

En esto llegó la fatal noticia de la muerte de papá. El Capitán general y todo el elemento militar de la Habana me dieron en aquella ocasión pruebas inolvidables de aprecio. Mi dolor fué tan vivo que quise volverme loca. Yo quería a mi padre apasionadamente, pero desde que advertí el despego de Rodrigo le quise mucho más. Ahora entendí bien que me hallaba verdaderamente sola en el mundo: este pensamiento me dejó abatida, aniquilada. Pronto vino a añadirse un nuevo dolor a este abatimiento. El Capitán general estaba perfectamente enterado de la conducta disoluta de Rodrigo, de sus escándalos y sus trampas. Hasta entonces había cerrado los ojos por respeto a mi padre; pero tres meses después de la muerte de éste le llamó a su despacho y le intimó la orden de volver a la Península. Fué necesario obedecer. Vinimos destinados a Barcelona. Como no había cumplido el plazo reglamentario en Ultramar para consolidar su ascenso, Rodrigo volvió a ser capitán. Yo estaba ya encinta de mi hijo Luisito. La vida volvió a ser muy dura para mí; teníamos escasísimos recursos: Rodrigo estaba siempre de un humor endiablado. Como ustedes presumirán, todas mis joyas habían desaparecido ya desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, conservaba colgado al cuello siempre un retrato de mi madre orlado de perlas y brillantes que papá me había regalado el día de mi primera comunión. Rodrigo me lo pidió, primero con muy amables súplicas, después con amenazas. Me negué a dárselo. Entonces se desató en injurias y por fin me dio un fuerte empellón que me hizo caer sobre la chimenea hiriéndome en la cabeza...

—¿Ha habido testigos de ese acto?—preguntó Moro.

—En aquel momento no había allí nadie, pero la patrona de la casa de huéspedes donde nos hallábamos estaba escuchando la disputa y acudió al grito que yo di y me restañó la sangre recriminando duramente a mi marido, porque yo estaba embarazada de siete meses.

Moro sacó la cartera y apuntó las señas de la casa y el nombre de la huéspeda.

—Yo me hallaba tan preocupada con mi estado y era tan feliz con la esperanza que ya casi había perdido, de tener un hijo, que no di gran importancia a aquel acto. Nació mi niño y poco después Rodrigo fué destinado a Filipinas y ascendió otra vez a comandante. Allí pasamos algunos años. No me trataba bien, pero sólo en contadas ocasiones puso la mano sobre mí. Por otra parte, las caricias de mi niño me compensaban de todas mis desdichas. Pero llegó un momento en que se mezcló en cierto asunto muy sucio de contrabando y sólo el recuerdo de mi padre, que el Capitán general guardaba religiosamente, le salvó del presidio. Se contentaron con expulsarle del ejército: quedamos a la gracia de Dios; salimos de Filipinas; vinimos a Barcelona donde Rodrigo tenía amigos de su misma calaña. Desde entonces mi vida fué un verdadero martirio. Rodrigo, agriado por la miseria, viviendo entre gente crapulosa, sirviendo de crupié en las casas de juego: pasé hambre algunas veces porque mi hijo no la pasara; estuve encerrada en casa temporadas porque no tenía zapatos que ponerme. Fuimos a Sevilla y mi vida aun fué peor... No tengo fuerzas en este momento para contar los malos tratos que sufrí de ese hombre. Fuí golpeada, humillada, privada de alimento y de ropa con que abrigarme...

—¿Por qué no has huído de su lado?—exclamé yo—. Más valía para ti morir en la calle.

—No huí porque me amenazó con que en ese caso se apoderaría de mi hijo, a lo cual le daba derecho la ley, y le haría sufrir a él los martirios que estaban destinados para mí.

Moro dejó escapar un rugido; saltó de la silla y se puso a dar vueltas por la estancia como si estuviera loco, mesándose los cabellos, rechinando los dientes.

Por fin se sentó otra vez y dijo con voz ronca:

—Siga usted.

Natalia le clavó una mirada de asombro y reconocimiento que él no pudo sostener. Bajó la cabeza y observé que sus manos temblaban.

—No quiero entrar en los detalles de las maldades con que me ha atormentado.

—¡Es necesario!—profirió Sixto.

—Dispénseme usted... No puedo en este momento... Me encuentro muy excitada. Acaso más adelante... El amor de mi hijo me ha sostenido en esas duras pruebas. Pero hará pronto tres meses que este ángel subió al cielo comprendiendo que aquí no le aguardaban más que desdichas.

Al llegar a este punto rompió de nuevo en sollozos. Cuando se hubo serenado prosiguió de esta manera:

—Con la muerte de mi hijo todo concluyó. Rodrigo sabía perfectamente que éste era el único lazo que me ligaba los pies. No le convenía que yo me marchase; le era necesaria. Así que desde entonces se abstuvo de maltratarme; aun más, comenzó a mostrarse conmigo deferente, respetando mi dolor: parecía interesarse por mi salud; me trajo algunos medicamentos para la anemia que según él padezco. Por fin anteayer domingo por la mañana me dijo con acento cariñoso: «—¿Quieres que pasemos hoy el día en el campo? A ti te conviene respirar el aire puro, distraerte un poco.»—Como ya todo me tenía sin cuidado en este mundo y lo mismo me importaba quedarme en casa que salir, le dije que sí. Tomamos el tranvía y nos fuimos a la Moncloa, nos paseamos, nos sentamos después sobre el césped. Rodrigo se durmió: yo mientras tanto pensaba en mi hijo y lloraba. Cuando despertó me propuso ir a almorzar a uno de los restauranes de la Bombilla, pues había ganado el día anterior algún dinero. Entramos, pues, en uno de ellos y Rodrigo me hizo elegir amablemente en la carta lo que más me apetecía. Antes de concluir de almorzar se presentó por allí un caballero que vino a saludar muy afectuosamente a mi marido. Este me lo presentó como uno de sus mejores amigos. Era un hombre joven todavía, grueso, no mal parecido, pero de aspecto ordinario; vestía bien y lucía en el dedo meñique un enorme brillante, uno de esos brillantes que llamamos «de jugador». No era otra cosa, al parecer, aquel sujeto. Se sentó a nuestro lado, charló mucho, se mostró galante conmigo, bebió dos copitas de cognac y regaló a mi marido con algunos cigarros. Cuando nos levantamos de la mesa observé que se dirigió al mozo y pagó todo el gasto que habíamos hecho. Esto me sorprendió y me ofendió: se lo dije por lo bajo a mi marido; él se echó a reír diciendo: «—¡Déjale, es rico!» Este sujeto nos acompañó después en el paseo y por último nos dejó en el tranvía. Rodrigo continuó mostrándose conmigo amable. Por la noche después de cenar, en vez de salir, como siempre, se quedó en casa charlando. De pronto me dice sonriendo: «—¿Te gusta Manolo López?» «—¿Quién es Manolo López?»—le respondí, aunque sabía perfectamente a quién se refería. «—Anda, pues el amigo con quien hemos paseado esta tarde.» «—¡Ah! sí, se me había olvidado su nombre... Ni me gusta ni me disgusta.» «—Pues tú a él le has chiflado.» «—¡Qué raro! ¿Cuándo te lo ha dicho?» «—Pues en un momento en que tú estabas distraída.» Yo callé porque algo extraño y terrible comenzaba a moverse en mi corazón. Guardamos silencio algunos minutos y al cabo Rodrigo comenzó a decir como si hablase consigo mismo y no para mí: «—Manolo López ha heredado hace algunos meses un millón de pesetas de un tío prestamista. Manolo López es generoso: si quisiera podía sacarnos de apuros. ¿Y por qué no había de querer? ¡Vaya si quiere! Bastaría con que una personita que yo conozco hiciese una seña para que todo su dinero se pusiese a nuestra disposición.» Una ola de fuego subió a mi cara en aquel momento. Me levanté de la silla como si me hubieran pinchado. «—¡Ni una palabra más, Rodrigo!» Pero él se obstinó en hablar y entonces yo perdí la razón y le cubrí de denuestos. El los sufrió mientras supuso que con la blandura podría conseguir algo; pero una vez convencido de que todo era inútil se volvió a mostrar lo que siempre ha sido, una hiena. Me insultó con las palabras más inmundas y me golpeó bárbaramente. Entonces yo juré interiormente que no volvería a poner la mano sobre mí. Por la mañana en cuanto salí a la calle compré en la droguería un frasco lleno de vitriolo y lo guardé en mi seno. Cuando tú me has encontrado ayer, Angel, lo llevaba ya. Rodrigo no me dirigió la palabra en todo el día. Por la noche llegó temprano, contra su costumbre; se conocía que le pedía el cuerpo reyerta; estaba despechado, furioso: los planes que, sin duda, había trazado, se le venían abajo. Comenzó por dirigirme indirectas y burlas y concluyó por insultarme. Yo le respondí, porque estaba resuelta a no sufrirle más: él me dió una bofetada que me batió contra la pared; entonces yo le grité: «—¡No me tocarás más en tu vida, malvado!» Y sacando el frasco del pecho se lo arrojé con todas mis fuerzas a la cara. Se hizo mil pedazos en ella y Rodrigo cayó al suelo dando gritos horribles. Yo me di a la fuga instintivamente, sin saber lo que hacía; abrí la puerta del cuarto y me precipité por la escalera. Cuando estaba en el portal todavía llegaban a mis oídos sus gritos. Salí y emprendí por las calles una carrera loca: recorrí calles, muchas calles ¡muchas! y por fin salí al campo; seguí una carretera: estaba muy oscura; al poco rato salió la luna y pasé junto a unas casas; había algunos hombres delante de una de ellas que me chichearon y viendo que yo no les respondía me insultaron. Seguí la carretera que estaba llena de polvo; después atravesé un puente: el río era poco caudaloso, más bien un arroyo; me detuve un instante a mirarle y tuve intención de tirarme; pero comprendí que no conseguiría privarme de la vida, sino herirme. Seguí mi marcha anhelante por la carretera; volví a encontrar algunas casas; salí de nuevo al campo; me sentí al fin tan abatida como si fuese a morir; me dejé caer debajo de un árbol y me quedé dormida. Cuando desperté, la luna se había ocultado de nuevo; estaba muy oscuro: no sabía dónde me hallaba. El pensamiento de lo que había hecho me asaltó de pronto; volvieron a sonar en mis oídos los gritos desgarradores de mi marido. Otra vez corrí desalada y otra vez caí rendida al cabo de unos instantes. Me levanté en cuanto me fué posible y seguí marchando aunque más lentamente. Al fin tropecé con casas elevadas, vi una calle alumbrada con faroles y me sentí más tranquila porque comprendí que había llegado a un pueblo. Seguí aquella calle, luego otras y otras. Por fin, cuando ya rayaba el día me encontré a la puerta de mi casa. Un guardia me apresó, me llevó primero a la Inspección y después a esta cárcel.

Calló. Nos hallábamos tan conmovidos que no pudimos decir una palabra. Después de un corto silencio, Moro levantó la cabeza y con resuelto ademán profirió:

—Por hoy basta. Lo importante ahora es la salud de usted. De lo demás que necesito saber tenemos tiempo a hablar más adelante.

Y se puso a hablar de la salud de Natalia como si estuviese en visita, haciéndole minuciosas recomendaciones, proponiéndole remedios preventivos. En cuanto se fuese hablaría con el médico de la cárcel y le enviaría también el suyo. Estaba muy excitada: luego vendría la depresión: era necesario prevenirse contra ella. Y después de haberla animado con afectuosas palabras haciéndole comprender que había obrado con perfecto derecho y en legítima defensa de su honor y de su vida dió con extremada habilidad otro giro a la conversación; habló de los países donde Natalia había vivido; le pidió noticias, hizo observaciones jocosas; en suma, logró distraerla hasta el punto de que por un momento la joven se olvidó de donde estaba y lo que había hecho.

Sin embargo, era necesario separarse. Moro se alzó de la silla bromeando. La visita había sido demasiado larga. ¡Buena cansera le habíamos dado! Y le tendió la mano sonriente como si se despidiese en una visita ordinaria. Natalia se la apretó y se la retuvo unos momentos sonriente también. Ambos se miraron a los ojos con una larga, intensa mirada en que sus almas se besaron.

Pero Natalia volvió bruscamente la cabeza, se llevó las manos al rostro y estalló nuevamente en sollozos. Moro volvió también la suya para ocultar las lágrimas y se precipitó fuera de la estancia.

En el despacho del director convinimos los medios conducentes para hacer más llevadera a nuestra amiga su posición. Aquél nos prometió proporcionarle todas las comodidades compatibles con el Reglamento. Moro dispuso que se le sirviesen las comidas de un restaurán próximo. Cuando iba a decir que los gastos corrían por su cuenta, yo le toqué en el brazo con disimulo. Comprendió bien lo que mi seña significaba. Natalia no hubiera aceptado de su parte estos regalos. Bajó tristemente la cabeza y me dejó la iniciativa y el privilegio de costearlo todo.

Nos retiramos tristes y silenciosos de aquel paraje. La alegría que en los últimos momentos habíamos mostrado era una comedia destinada a divertir de su aflictiva situación el espíritu de nuestra amiga. Cuando nos despedimos a la puerta de su casa me estrechó la mano con fuerza y me dijo:

—Hasta mañana. Tengo la seguridad de que Natalia será absuelta... Pero si no fuese, procuraría hacer mejor la puntería que la vez pasada.

X

EN QUE SE DECLARA EL JUICIO DE LOS HOMBRES.

Aquellas palabras de mi amigo me inquietaron bastante. No soy un optimista convencido; la vida nunca me demostró que debía serlo. Era justo que Natalia fuese absuelta; ¿pero se impone la justicia en este mundo?

De todos modos comenzamos con gran ardor la preparación de la defensa. Rodrigo se hallaba en el hospital. Me informé de los médicos; las heridas eran gravísimas: quedaría ciego y desfigurado. Tales noticias me aterraron porque hacían peligrosa la situación de Natalia. En cambio a Sixto le impresionaron agradablemente. Nadie quede sorprendido: así como su amor por Natalia era mayor que el mío, el odio que profesaba al malvado de su marido era cien veces más vivo.

Pocos días después hice un viaje a Barcelona con instrucciones de Moro para obtener el testimonio de la patrona en cuya casa se hospedaron los esposos en otro tiempo. Fuí dichoso en mis investigaciones; no sólo adquirí este testimonio y la promesa de venir a Madrid cuando el juez la llamase, sino también el de otras dos personas que habían presenciado las violencias de Rodrigo. Sixto hizo otro viaje a Sevilla, también afortunado.

Pero lo que había acaecido en Cuba y Filipinas era igualmente de gran importancia. En este último punto algunas escenas habían sido particularmente repugnantes. Los testigos eran criados. ¿Cómo averiguar su paradero? ¿Cómo hacerles venir a España?

En esta ocasión la Providencia quiso ayudarnos por modo maravilloso. Un día recibí una tarjeta de mi amigo Pérez de Vargas invitándome a almorzar. Durante el almuerzo, que se efectuó en completa intimidad, esto es, entre su esposa, él y yo, me manifestó que estaba interesadísimo en el proceso de Natalia, no sólo porque yo lo estaba y por la parte que tomaba en él un hombre a quien admiraba tanto como Moro, sino por la simpatía y la compasión que le inspiraba la procesada, a cuyo padre había conocido. Por lo mismo quería contribuír en la forma que pudiese, con su influencia y con su dinero, al buen éxito del asunto y se ponía desde luego a nuestra disposición. Entonces yo viéndole tan propicio le hice saber nuestro embarazo. Testigos muy importantes y que podían influír notablemente sobre el Jurado se hallaban en Filipinas. Apenas hube pronunciado la última palabra exclamó:

—¡Cosa resuelta! Yo me encargo de buscar a esos testigos aunque se escondan en el centro de la tierra.

Fuimos juntos a ver a Moro; celebramos algunas conferencias. Pocos días después dos hombres hábiles y de toda confianza salían embarcados el uno para Filipinas el otro para Cuba con amplios poderes y todo el dinero necesario. Costase lo que costase era necesario traer a Madrid los testigos que Moro les había designado.

La confianza de éste seguía siendo absoluta. Y sus ojos no sólo expresaban la confianza, sino una secreta y concentrada fecilidad que yo sabía bien de donde manaba. Esta misma expresión dulce y expansiva la advertía en el rostro de Natalia cada vez que iba a visitarla una vez por semana. Moro celebraba con ella frecuentes conferencias prevalido de su cualidad de abogado defensor. Yo no podía dudar de lo que acaecía en el alma de estos dos seres para mí tan caros y esto me causaba una mezcla de alegría y de inquietud que no podría bien definir.

La preparación de la defensa no se limitaba solamente a la busca de testigos. Empecé a trabajar también con todas mis fuerzas a fin de crear en el público una atmósfera favorable a mi desgraciada amiga. En los cafés, en los saloncillos de los teatros, en el Ateneo, a todas partes donde iba me esforzaba en poner de nuestra parte a mis amigos y conocidos. Fuí a visitar a todos los que lo habían sido del general Reyes, les pinté la situación de su hija, los martirios que había sufrido, y logré pronto que se convirtiesen en otros tantos ardientes defensores de ella. Pero lo principal, como debe suponerse, era la Prensa. Mis compañeros me dieron prueba en aquella ocasión de un afecto que jamás agradeceré bastante. Hicieron una campaña discreta y formidable. Dios se lo pague.

Dos meses después desembarcó en La Coruña el emisario que Pérez de Vargas había enviado a Cuba, trayendo consigo una negra que había sido doncella de Natalia. Cuarenta días más tarde hizo lo mismo en Cádiz el que había enviado a Manila. Éste traía a dos indios, cochero y cocinero que habían servido en casa de Céspedes. La instrucción del proceso se desenvolvía, a no dudarlo, en sentido favorable.

Todo se hallaba preparado. Llegó por fin el gran día, el día del juicio oral, que yo esperaba a la vez con ansiedad y temor. No podía desechar éste de mi alma. Por más que me representaba las probabilidades de buen éxito con que podíamos contar dada la naturaleza de los testimonios que se ofrecían, el talento y la pericia de Moro, la simpatía que había llegado a inspirar Natalia, no obstante, el hecho brutal estaba allí, imborrable, incontrovertible: una mujer que hiere gravemente a su marido, le desfigura, le deja ciego para siempre. No era fácil dejar esto sin castigo.

Puede inferirse que la noche precedente dormí mal. Me levanté temprano, di algunas vueltas por las calles, y, por fin, me personé en casa de Moro. Estaba durmiendo aún. Volví a pasearme otro rato y cuando presumí que ya estaría levantado llamé de nuevo a su puerta. El criado me dijo que todavía se hallaba en la cama. Entonces, no pudiendo reprimir la impaciencia, tomé sobre mí la responsabilidad de despertarle y me dirigí a su dormitorio. En efecto, Sixto se hallaba sumido en profundo sueño. Cuando abrí las maderas del balcón volvió la cabeza, abrió los ojos y me miró un instante con vaga expresión sin darse cuenta de lo que mi visita significaba. Por fin, comprendiendo, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Perdona que te despierte, pero ya son las ocho... El juicio es a las diez y...

—¿Y qué?—preguntó incorporándose y mirándome con la misma sonrisa.

Yo no sabía qué decir. Me puse a dar vueltas agitadamente por la estancia.

—No puedo reprimir mi inquietud desde ayer, te lo confieso. Temo que ocurra una cosa mala.

—¿Y por qué lo temes?—me preguntó con calma.

—No lo sé, pero lo temo... Francamente, no comprendo tu flema.

—Para vencer, querido Jiménez, es necesario creer en la victoria.

Y dando un salto fuera de la cama se dirigió a su bañera y se dispuso a tomar una ducha.

Yo estaba admirado de aquella calma. Me trajo a la memoria la de Napoleón cuando la noche víspera de la batalla de Austerlitz, después de recorrer las posiciones de sus tropas, sacó el reloj y dijo:—«Voy a dormir cuatro horas.» Y las durmió sin faltar un minuto. ¡Cuánto he admirado siempre a estos hombres dueños de sí mismos! ¡Cuánto me he despreciado a mí mismo y maldecido de mis nervios alborotadores!

—Bueno, ahora mientras me desayuno y preparo mis papeles, te vas a la cárcel, le encargas bien a Natalia que se atenga estrictamente a las instrucciones que le he dado y le infundes ánimo... si es que puedes.

—Procuraré tenerlo.

Volvió a mirarme sonriente y me apretó la mano.

—Hasta luego, poltrón.

Hallé a Natalia serena y confiada como él. Procuré, como había prometido, hacerme el valiente y me desbordé en palabras de aliento que sobre ser innecesarias debían de sonar a falso. Cuando llegó el momento de separarnos para ir a la Audiencia, mi mano, al estrechar la suya, temblaba. Natalia me miró con sorpresa.

—¿Tiemblas, Angel?... No temas, amigo mío. Venceremos probablemente, pero si no vencemos marcharé al presidio tranquila porque hay todavía en el mundo algunos corazones que se interesan por mí.

Me volví rápidamente para ocultar la emoción que me embargaba. Bajé a la calle y esperé su salida. La vi montar en el coche de la cárcel. Yo monté en el mío de punto y la hice seguir. Cuando llegamos al palacio de la Audiencia, donde debía efectuarse el juicio quise hablar con ella, pero me lo impidieron. La llevaron a la estancia reservada desde donde pasaría a su tiempo a la sala. Yo me introduje en ésta, que se hallaba ya llena. El proceso había despertado vivo interés. No sólo muchos señores de la alta sociedad, sino también un gran número de damas habían solicitado y obtenido entradas para presenciar el juicio y ocupaban los mejores puestos. Yo lo tenía especial por mi condición de periodista. Encontré ya sentados a algunos de mis compañeros. Éstos conocían el interés que yo tenía por la procesada y se mostraban desde luego partidarios resueltos de ella, expresando sus sentimientos en voz alta y con poca discreción. Tuve que llamarles alguna vez al orden porque temía que comprometiesen el éxito del negocio.

Se constituyó el Jurado después de las formalidades acostumbradas. Moro ocupó su puesto y el fiscal el suyo. Todo el mundo sabía que éste pedía para Natalia la pena de doce años de presidio. Era un funcionario de los que juzgan que su deber es mostrarse en toda ocasión, con razón o sin ella, implacables acusadores del procesado y hacen cuestión de amor propio el que sea condenado. Yo le temía porque era hombre influyente y hábil.

Se declaró abierto el juicio y apareció Natalia. Todas las miradas se clavaron sobre ella con intensa curiosidad. Vestía el mismo traje negro y la misma pobre mantilla con que la había visto la primera vez en la calle. Su semblante estaba pálido, pero sus hermosos ojos brillaban sobre él dulces y serenos sin arrogancia y sin confusión.

Hubo en el público un movimiento de simpatía. «—¡Qué hermosa es! ¡qué hermosa es!», oí repetir en voz baja a los que estaban cerca.

Se sentó en el banquillo de los acusados y un guardia se colocó en pie detrás de ella. Desgraciadamente, casi al mismo tiempo se presentó Céspedes. Un ujier le conducía y fué a sentarle en el sitio que le estaba designado. Tenía el rostro horriblemente desfigurado por las quemaduras: los ojos habían casi desaparecido. Un rumor producido por el horror y la compasión se esparció por toda la sala. Yo temblé y miré a Natalia. Ésta bajó la vista y ni por casualidad volvió a mirar a su marido mientras duró el juicio. Después volví los ojos a Moro: éste tenía clavados los suyos en el verdugo de su adorada con expresión de odio.

Fueron examinados los testigos de la acusación. No eran más que tres o cuatro vecinos de la casa que habían escuchado los gritos de Céspedes y habían presenciado la huída de Natalia.

Vinieron los de la defensa. Sus testimonios fueron terribles, abrumadores: los malos tratamientos de Céspedes allí relatados despertaron viva indignación en la asamblea. La sevicia quedaba perfectamente probada; yo volví a recuperar la calma. Sin embargo, el fiscal hizo lo posible por desvirtuarlos dirigiendo preguntas insidiosas a los testigos, procurando ponerlos en contradicción, hasta mostrando hacia algunos ostensible desdén a causa de su raza, pues los de Filipinas eran indios y la doncella de Cuba, negra. Con Natalia también se mostró desconsiderado y duro. Felizmente, ésta supo manifestarse tan serena y animosa que no logró poco ni mucho turbarla: su modestia, el acento sincero de sus palabras, su voz insinuante y dulce, causaron grata impresión en el público. Por otra parte, Moro dirigió hábiles preguntas a Céspedes. Éste respondió a ellas en forma tan altanera, con aquel tono sarcástico en él congénito, que en un instante perdió la simpatía que su lamentable estado inspiraba. Todo el mundo quedó persuadido de que aquel hombre era bien capaz de cometer las maldades que se le atribuían.

El juicio tomaba un giro evidentemente favorable para mi amiga. Sin embargo, a medida que se desenvolvía aumentaba mi agitación. ¡Oh los nervios! ¿Quién sabe lo que podía ocurrir? Cierto que Natalia había sufrido crueles tratamientos, pero al mismo tiempo era evidente que había cometido un delito y que a este delito no fué empujada por una necesidad irremediable. Por otra parte, las inteligencias de los hombres son tan diversas, pesan sobre ellas móviles tan varios... En fin, mi imaginación daba tantas vueltas que concluí por sentirme mareado.

El informe del fiscal vino todavía a turbarme y afligirme más. Fué despiadado, cruel: parecía que advirtiendo las simpatías que Natalia había despertado ponía empeño en contrariarlas y desvanecerlas. Pintó a la acusada como una joven frívola, caprichosa, que habiendo sido demasiado mimada por su padre como hija única y dotada por la Naturaleza de un carácter altanero había contraído hábitos insufribles de dominación. Forzosamente tenía que chocar con su marido, hombre de temperamento rudo y violento. Cierto que éste se había excedido en los medios de corrección; pero debía tenerse presente que era un militar y que en éstos ciertos actos de violencia no son tan vituperables como en los civiles por lo mismo que la férrea disciplina del ejército y los excesos de la guerra los prepara para ellos. Por otra parte, su mujer, por todas las leyes divinas y humanas, estaba obligada a respetarle y obedecerle. ¿Lo había hecho siempre? No; por el contrario, se complacía en contrariar sus gustos y aficiones. El delito que había cometido era odioso, repugnante y sobre todo injustificado. Si se sentía maltratada ¿por qué no daba parte a la autoridad? ¿Por qué no huía de su marido? Se dice que estaba retenida a su lado por el amor de su hijo. ¿Y después de muerto éste? Por el contrario, en vez de abandonar el domicilio conyugal se pone a meditar friamente su venganza.

«¡Vedla ahí!—exclamaba—. Ved ahí a esa perversa mujer marchando solapadamente a comprar el frasco de vitriolo, guardándolo un día entero en su seno, esperando como el tigre pacientemente a que la víctima se mueva para caer sobre ella, ejecutando, al fin, ese acto inconcebible de crueldad y de barbarie que priva de la luz del sol y deja para siempre desfigurado al hombre a quien había jurado fidelidad y amor ante el altar.»

Natalia, al escuchar estas palabras, se puso horriblemente pálida y comenzó a sollozar. Una voz gritó en el público:

—¡Eso es indigno!

Yo conocía bien aquella voz. Se alzó un fuerte rumor. El presidente, airado, convulso, tartamudeando por la cólera, gritó:

—¡Inmediatamente! Inmediatamente los guardias detendrán al sujeto que ha dado esa voz y lo pondrán a disposición de mi autoridad.

Los guardias y los ujieres se lanzaron con solicitud a buscarlo, pero no lograron dar con él, mejor dicho, nadie quiso denunciarlo. Sin embargo, el mismo Pérez de Vargas, que no era otro el delincuente, se entregó voluntariamente y fué trasladado al interior. Allí hizo valer su calidad de diputado y fué puesto inmediatamente en libertad. Pocos días después se envió al Congreso por el irritado presidente un suplicatorio para procesarle, que fué denegado.

La interrupción había producido fuerte conmoción en el público y desconcertado un poco al fiscal, quien terminó su discurso al cabo pidiendo que se declarase culpable a la procesada y se le impusiera la pena por el código señalada.

El presidente concedió la palabra al abogado defensor. Moro comenzó a hablar en medio de una gran expectación.

»Si alzo mi voz en este momento no es para añadir algo nuevo al proceso ni para esclarecerlo, sino para dar cumplimiento a uno de los trámites que la ley determina en estos casos. Después de lo que acaba de oír, por boca de los testigos, el Jurado quedará convencido de que el delito se halla perfectamente probado, un delito que se ha perpetrado por espacio de diez años y que ha terminado por el castigo del culpable sin intervención de las leyes, por la misma mano de Dios, de la cual sólo ha sido instrumento la desgraciada mujer que por caso extraño hoy se sienta en el banquillo de los acusados.

»En un día nefasto ese hombre, que la ira de Dios ha cegado, condujo al altar a una niña de diez y seis años. ¿Qué es lo que ese hombre aportaba a esa niña en cambio de su amor, de su inocencia, de su belleza, de la alta posición que ocupaba en el mundo? Un corazón gastado, una vejez prematura labrada por los vicios y por toda fortuna un honroso uniforme que ya deshonraba. Arrebatada por las dulces ilusiones de un corazón que se abre al primer llamamiento del amor como una rosa de abril al primer rayo del sol de la mañana, esa niña inocente abandona gozosa los tibios regalos de una casa espléndida, los placeres que la sociedad brinda a los que se hallan en su cima, las lisonjas y el aplauso de los salones, las caricias de un padre noble y apasionado para seguir al través de los mares la fortuna precaria y compartir las estrecheces de un modesto oficial del ejército. Todo para ella era nada; los peligros, los azares de la vida militar, las molestias de los viajes, la sordidez del hospedaje, la escasez de recursos; todo era alfombra de flores porque en su tierno corazón reía y cantaba el primer amor con delirio de alegría. La fuerza del amor es superior a los embates de la mar y a la amargura de sus olas, convierte en fragantes azucenas los abrojos de la tierra. ¡Ay! no tardó mucho tiempo en despertar de su mágico sueño de oro. Hay un cuento titulado El Lobo y Caperucita que muy pocos habrán dejado de leer en su infancia. Una niña tropieza en el bosque con un lobo el cual la engaña con palabras melosas, la lleva a su madriguera con promesa de regalarle juguetes y golosinas y concluye por devorarla. Pues bien, esta Caperucita también había encontrado su lobo. En los primeros tiempos los ojos de la fiera eran dulces, atractivos: Caperucita se dejaba guiar por ellos llena de fe y entusiasmo. Poco a poco comienzan a tornarse burlones y sarcásticos, y, por fin, se hacen feroces. Pero aun no había llegado la hora de saciarse en su sangre. Aquella fiera era como todas, cobarde: temía la venganza de un padre irritado y poderoso. Si el bravo general Don Luis de los Reyes contase entre los vivos es bien seguro que ese hombre no se sentaría hoy delante de nosotros.

»En los primeros tiempos se limitó a degradar a su inocente esposa introduciéndola en una sociedad de hombres viciosos y mujeres frágiles, haciéndola presenciar los desórdenes de una vida crapulosa y a compartir los apuros y miserias que el vicio arrastra consigo. Exige de ella que escriba a su padre pidiéndole dinero y porque el General lo niega como era justo sabiendo a lo que se destinaba, la injuria, la hiere en sus más caros sentimientos de familia, de tal modo que, indignada y aterrada a la vez, corre a refugiarse en casa de una amiga, esposa de un pundonoroso jefe del ejército. Otra vez la fiera vuelve a poner los ojos dulces, se muestra arrepentida y logra que la perdonen. No le convenía que aquellas injurias fuesen a oídos del general Reyes ni menos que se enterase el Capitán general de la isla de Cuba a cuyas órdenes se hallaba. Pero llega por fin, en medio de estas tristezas y penalidades, la noticia del fallecimiento del general Reyes. Su desgraciada hija, privada de tal protección, queda a merced del abominable monstruo que la fatalidad le había dado por compañero. La última paletada de tierra echada sobre los restos inanimados del héroe fué la señal del comienzo de su martirio.»

Y Moro, con calma aterradora, comenzó a referir uno por uno los tratamientos crueles que Céspedes infligió a su esposa en Filipinas, en Barcelona y en Sevilla sin omitir un detalle por repugnante que fuese. Su voz acusadora resonaba con eco profundo en la sala y la frialdad implacable de su gesto comunicaba frío y terror a cuantos le escuchaban. Los hombres arrugaban la frente y apretaban los dientes; las señoras se llevaban el pañuelo a los ojos para secarse las lágrimas.

Cuando terminó el relato hizo una pausa, permaneciendo algunos instantes con la cabeza baja mirando a la mesa. De pronto la levanta, sacude su melena como un león que advierte el peligro y se dispone a defender a sus cachorros. Entonces dió comienzo la oración más fogosa y elocuente que se ha escuchado en el foro español. ¡No la olvidaremos, no, los que hemos tenido la fortuna de oirla; no olvidaremos aquellas palabras vibrantes que sin rozarse jamás caían como gotas de fuego sobre nuestras cabezas! Su lógica era abrumadora, sus imágenes deslumbrantes. ¿Cómo es posible que con tal pasión y vehemencia en el alma las palabras fluyan de los labios artísticas, formando períodos de una belleza acabada? Es un misterio de la oratoria; es un privilegio del cielo.

Cerca de una hora nos tuvo pendientes de sus labios, maravillados y seducidos por aquel terso y luciente manantial de generosa elocuencia. La misma Natalia, olvidando su situación, le miraba estupefacta con los ojos muy abiertos, arrebatada a los intereses de su vida por el mágico poder del arte.

«¿Por qué esa mujer odiosamente maltratada no se substraía a sus tormentos? ¿por qué no huía de una vez del domicilio conyugal?, nos preguntaba el representante del ministerio fiscal. ¡Que respondan por mí las madres que en este momento me hacen el honor de escucharme! Ese monstruo había prometido a su infeliz esposa proseguir en su hijo los martirios que a ella le infligía si algún día le abandonaba. Y ésta no era una vana amenaza ¡no! Ella sabía bien de lo que era capaz porque ya se había asomado al abismo de su corazón y conocía sus negruras.»

Después, aludiendo al acto criminal que le había expulsado del ejército, decía:

«Si todo el peso de la ley cayera en aquella ocasión sobre ese hombre hubiera quedado en el presidio con una cadena al pie y su víctima no gemiría todavía largos años bajo el tormento de sus crueles tratamientos. Mas por un sarcasmo de la suerte el recuerdo venerado del general Reyes le arrancó del calabozo donde debería purgar su delito. El padre desde la tumba protegía al verdugo de su hija.»

Y cuando llegó a la escena final que dió origen al acto de Natalia tuvo frases aceradas que impresionaron hondamente al auditorio.

«En este momento aparece el rufián, el hombre de los diamantes en los dedos, que después de una noche de crápula viene todavía babeando de lujuria a comprar de ocasión la honra de una desgraciada mujer. Y el vendedor está allí, solícito, risueño, obsequioso, tratando de sacar el mejor partido de su mercancía. El ceñudo mercader de Damasco cuando lleva la esclava al mercado se desarruga, se muestra blando con ella para hacerla subir de valor. El comprador la examina atentamente mientras se come, se bebe y se fuma y al final desliza en los dedos del hediondo traficante algunos billetes que son el precio del honor de aquella mujer que un día, revestida del blanco velo de las vírgenes, ceñidas sus cándidas sienes con la corona de azahar, le hizo entrega de su cuerpo inmaculado y de su inocente corazón ante el altar.»

Por fin terminó su discurso con estas palabras que quedaron grabadas a buril en mi cerebro:

«Algunos de vosotros, señores jurados, tendrán o habrán tenido la dicha de ser padres. Vuestro corazón habrá saltado de gozo cuando al trasponer la puerta de casa escucháis la voz adorada de una niña que con gritos de alegría corre a recibiros; la levantáis en vuestros brazos, cubrís de apasionados besos su rostro amasado con rosas y leche, la sentáis sobre vuestras rodillas, acariciáis sus cabellos murmurando en su oído palabras de amor mientras ella os tiene pendientes y embelesados con su charla infantil y os hace olvidar por algunos instantes vuestras penas y cuidados. Allí está vuestro tesoro. Ninguna vigilancia os parece suficiente, ningún trabajo duro, ningún sacrificio bastante grande para asegurar a aquel ángel un porvenir dichoso... Pues bien, señores jurados, pensad por un momento que ese ángel caerá tal vez mañana en las garras de un sér diabólico que va a satisfacer sobre ella sus feroces instintos de crueldad, pensad que aquel afectuoso corazón, en vez de saltar de alegría como ahora al escuchar el ruido de la puerta se estremecerá de terror, pensad que aquellas cándidas mejillas donde tantos besos habéis depositado serán cobardemente abofeteadas, que aquellas tiernas manos que se introducían en vuestra barba acariciándola se verán cubiertas de sangrientos cardenales, que aquellos celestiales ojos en que os miráis retratados nunca dejarán de estar enrojecidos por el llanto, que de aquellos labios donde fluían frescas carcajadas que os inundaban de placer ya no saldrán más que gemidos. Y cuando esa criatura llegando al término de sus sufrimientos ya no pueda más, cuando un día impulsada por el instinto de conservación, que no abandona jamás a los seres vivos, pues hasta las aves más tímidas del cielo se defienden con su inofensivo pico, cuando un día sedienta de justicia arme su brazo con el arma de los débiles para inutilizar a su verdugo, entonces como un vulgar criminal se verá arrastrada a la cárcel y el representante de la justicia pública pedirá para ella la pena infamante del presidio... Pues bien, señores jurados, esa inocente criatura que os recibía con gritos de alegría, que saltaba sobre vuestras rodillas y acariciaba con sus dedos de rosa vuestras mejillas y gorjeaba en vuestros oídos palabras de amor, esa hermosa niña que en un día de ofuscación entregasteis a un miserable indigno de poseerla, esa joven escarnecida, martirizada, ultrajada de cuantos modos es posible, ya ha sido arrastrada a la cárcel, ya está en vuestro poder... Ahí la tenéis (apuntando a Natalia). ¡Condenadla!»

Un escalofrío corrió por toda la sala cuando sonaron estas vehementes palabras. El público guardó un silencio profundo y los ojos de todos se clavaron con ansiedad en los jurados. Estos, inmóviles y pálidos, tenían los suyos en el suelo. A mi lado oí murmurar a mis compañeros: «¡Está salvada, está salvada!» El corazón me dijo también: «¡Está salvada!»

—¿Tiene alguna otra cosa que alegar la acusada?—preguntó el Presidente.

—Nada, señor Presidente—respondió Natalia.

—Yo soy el que tengo algo que decir todavía—profirió una voz áspera, estridente, la voz de Céspedes.

Todas las miradas se volvieron con sorpresa hacia él.

—¿Qué es lo que usted tiene que decir?

—Tengo que decir que ese señor que de tal manera me acaba de insultar ha sido novio de mi mujer y ahora es su amante.

Se produjo un fuerte rumor en la sala, casi un tumulto. Moro y Natalia empalidecieron. Yo sentí que toda mi sangre fluía al corazón. «¡Está perdida!», me dije pasando en un instante de la alegría a la desesperación.

El Presidente hizo sonar la campanilla.

—¿Puede usted probar la acusación que acaba de formular?

—No puedo probarla, pero es cierta.

El Presidente se encogió levemente de hombros.

—Señor Presidente, deseo decir solamente unas palabras—manifestó Moro irguiéndose fieramente.

—El señor Abogado defensor no necesita responder a una acusación que no trae aparejada prueba alguna. No obstante, puede hablar, aunque brevemente.

—Como hijo que soy de un humilde obrero que a costa de enormes sacrificios ha logrado procurarme un título académico, me he visto necesitado en mi primera juventud a dar lecciones particulares. El general Reyes me llamó para dárselas de francés a su hija. Que he cumplido fielmente mi cometido lo prueba el que jamás me faltó su estimación hasta su muerte. Si hubiera osado poner los ojos en su hija, no sólo no la hubiera obtenido, sino que me hubiera arrojado de su casa. Después de celebrado el matrimonio de la procesada no he vuelto a verla, como me es fácil probar, ni siquiera a tener noticia de ella hasta después de realizado el acto que la ha conducido a la prisión... Por lo demás—añadió con gesto arrogante—si hubiera tenido el honor de hacerla mi esposa no sería ciertamente para infligirla un bárbaro martirio de diez años y concluir ultrajándola villanamente.

«—¡Muy bien! ¡muy bien!»—dijeron algunas voces.

El Presidente agitó la campanilla. Después de las formalidades reglamentarias el Jurado se retiró a deliberar.

No es fácil representarse en qué estado de inquietud y congoja permanecí cuando los jurados hubieron traspuesto la puerta. Mis esperanzas batallaban con mis temores un combate sin tregua. El discurso maravilloso de Sixto, la actitud abiertamente favorable del público me hacía esperar un veredicto absolutorio; pero la corta inteligencia de muchos hombres, el espíritu rutinario, tan poderoso en la sociedad, la falta de valor que nos acomete a todos cuando debemos romper con el derecho constituído y tradicional me hacían temer un fallo condenatorio. Sobre todo, la flecha envenenada que aquel malvado había disparado a la conclusión ¿qué efecto produciría en el ánimo de los jurados?

Transcurrieron diez minutos; transcurrieron quince. Mi angustia había llegado al extremo límite: mis manos y mis pies se movían sin cesar convulsivamente; los compañeros me hablaban y no les oía; en fin, me sentía inundado de sudor y estaba a punto de ponerme enfermo.

En cambio, Moro, con el codo apoyado sobre la mesa y la mejilla sobre la mano, con los cabellos sobre la frente y los estáticos ojos clavados en el vacío parecía la estatua del reposo. ¡Quién hubiera podido sospechar que en tal momento se estaba decidiendo, no sóla la dicha, sino la vida misma de aquel hombre! Natalia, igualmente inmóvil, con la vista fija en el suelo, no acusaba agitación alguna. Eran dos almas del mismo temple.

Transcurrieron veinte minutos; transcurrió media hora. Por fin, la puerta se abrió y apareció el tribunal y tomó asiento. ¡Momento supremo!

El Secretario se puso en pie y leyó el veredicto:

«¿Natalia de los Reyes Giráldez es responsable de haber arrojado un frasco conteniendo ácido sulfúrico al rostro de su marido Rodrigo Céspedes y Sotolongo ocasionándole graves heridas y la pérdida absoluta y definitiva de la vista?

Hizo una pausa, durante la cual se hubiera podido escuchar el vuelo de una mosca en la sala, y dijo con voz recia:

—¡No!

Un aplauso estruendoso, atronador, inmenso, que hizo vibrar los cristales de los balcones y retemblar las paredes acogió este monosílabo. Yo, por un movimiento automático, salté de mi silla y me lancé a abrazar a Moro; pero éste había saltado también de la suya para socorrer a Natalia que había caído desmayada. Fué tan grande la confusión que se produjo que apenas se oyeron las restantes preguntas del veredicto. Un médico que se hallaba en el público acudió a Natalia que fué transportada fuera de la sala. Yo también salí y estuve presente hasta que recobró el conocimiento. Cuando abrió sus ojos extraviados, al tropezar con los míos sonrió dulcemente y me tendió la mano murmurando: «Gracias, Angel». Después paseó la vista por la estancia con inquietud buscando otra persona. Yo le dije al oído: «No puede venir ahora. Espera unos instantes.»

El fiscal, abrumado por la unanimidad de la opinión, se abstuvo de pedir la revisión del juicio por nuevo Jurado. La sentencia del Tribunal de derecho absolviendo libremente a la procesada quedó firme. Moro consiguió que se diesen inmediatamente las órdenes para ponerla en libertad. Al cabo entró en la estancia donde nos hallábamos. Natalia extendió sus dos manos y sus pálidas mejillas se tiñeron levemente de carmín.

—Gracias, Moro.

—He cumplido con mi deber—respondió éste con noble sencillez.

Esperamos todavía largo rato allí dando tiempo a que el público evacuase el edificio y se llenasen las últimas formalidades necesarias. Yo bajé un momento a la calle para explorar los alrededores y ver si el coche de Moro estaba en su sitio. Cuando pude cerciorarme de que la salida de Natalia no llamaría la atención, subí de nuevo y se lo comuniqué a Moro.

Bajamos, al fin, la escalera. Natalia, entre los dos, apoyada en el brazo de ambos. Sixto hizo montar a Natalia; después, juntándose a ella, gritó al cochero:

—¡A casa!

Los caballos, cual si participasen del gozo y el triunfo de su amo, partieron arrancando chispas de los adoquines. Yo me arrimé a la pared del edificio sofocado por la alegría.

XI

EL CORO DE LAS EUMÉNIDES

No podían ser más felices. Su vida, en los primeros meses, fué un verdadero éxtasis, la apoteosis del amor triunfante. Sixto experimentó una transformación que el más indiferente no dejaría de observar: su marcha era más resuelta, su voz más clara, sus ojos, hasta entonces melancólicos, brillaban siempre risueños. Y como suele acaecer, a esta exaltación feliz de su naturaleza correspondió inmediatamente el resultado exterior de su actitud. El éxito resonante del proceso de Natalia contribuyó no poco a acrecentar su popularidad y la importancia de su bufete. Los negocios fluyeron abundantes y lucrativos; ganaba cuanto dinero quería, y este dinero le parecía aún poco para proporcionar a Natalia una vida opulenta. Vivían con un lujo que me iba pareciendo escandaloso.

Pero la transformación de Natalia fué mucho más visible. Volvieron las rosadas tintas a sus mejillas, volvieron aquellas antiguas redondeces de niña obesa a sus hombros y a sus caderas, volvió aquella dulce expresión infantil a sus ojos, aquella graciosa impetuosidad a sus gestos. La flor de su hermosura se abrió por completo, llegó al apogeo de su atractivo.

Yo les acompañaba algunas veces a almorzar. Sixto me enviaba también con frecuencia un billetito diciéndome el teatro a que pensaban asistir y me reunía con ellos en un palco y pasábamos los tres la noche deliciosamente entretenidos. Otras veces, las menos, porque Sixto trabajaba como un negro, me llevaban de paseo en su coche por los alrededores de Madrid. Natalia huía de la gente; vivía en alejamiento absoluto de la sociedad sin una sola amiga. Esto me causaba pena; me dolía verla separada del mundo como si fuese una réproba, la sentía humillada y pensaba de buena fe que no había motivo para ello. Por eso un día en que Sixto nos dejó solos en el comedor para ir a su despacho, donde le reclamaba un cliente, me atreví a decirle:

—¿Por qué vives tan retirada, Natalia? ¿Por qué no anudas alguno de tus antiguos conocimientos? Debes de tener amigas de colegio. En tu casa entraba en otro tiempo mucha y buena gente. Yo creo que lo que te ha ocurrido y te ocurre no puede deshonrarte a los ojos de ninguna persona que tenga corazón.

Una arruga surcó su frentecita tersa. Quedó unos instantes silenciosa mirando al vacío y me dijo con acento grave:

—Hay desgracias, Angel, que son irremediables: es en vano luchar contra ellas.

—Yo pienso que la tuya no lo es.

—Pues no piensas bien. El mundo actualmente me mira con malos ojos. Si pretendiese de nuevo entrar en sociedad, segura estoy de que sería rechazada y humillada. Es posible que no haya motivo para ello como tú imaginas; puede ser que muchas de las mujeres que me rechazasen hayan tenido en su vida faltas menos disculpables que la mía; pero el mundo es así y nosotros no podemos cambiarlo.

—Pienso, Natalia, que son aprensiones tuyas. El público se puso resueltamente de tu lado desde un principio, te ha compadecido, te ha disculpado, te ha estimado. No es posible que ahora te rechace. Aún suenan en mis oídos aquellos aplausos clamorosos, aquellos gritos de entusiasmo con que se acogió tu absolución.

—Sí; los hombres cuando se reúnen son buenos—replicó con sonrisa triste—. ¿No ves lo que ocurre en el teatro? O porque les complazca aparecer justos y nobles ante los demás o porque en realidad se les hiera en la cuerda sensible, que todos o casi todos tenemos, es lo cierto que en las grandes reuniones basta que alguno pronuncie palabras de justicia y de bondad para que los demás aplaudan. Por un momento todos se creen seres nobles, excelentes; en realidad puede que lo sean. Pero se separan, se marcha cada uno a su casa y aquella cuerda delicada deja de vibrar y vuelven a sonar otras muy distintas, la de la vanidad, la de la envidia, la de la crueldad.

—Quizá tengas razón: no está mal observado lo que me acabas de decir. Sin embargo, en este caso hay circunstancias que desvirtúan tu observación, mejor dicho, que se oponen a ella. Sixto es un hombre tan respetado y admirado en Madrid a la hora presente, que su nombre basta para protegerte y te serviría de escudo contra cualquier humillación.

—¡Qué inocente eres, Angelito! Precisamente el nombre y el prestigio de Sixto atraería sobre mi cabeza todas las humillaciones posibles. Parece mentira que no sepas por experiencia que lo más difícil de hacerse perdonar en el mundo es la superioridad de la inteligencia. ¿No has visto las fieras? El domador se impone, se hace respetar; pero es a la fuerza y por el temor. Las fieras rugen de cólera y al menor descuido se arrojan sobre él y le clavan los dientes. Esto mismo pasa con el hombre de genio en nuestra sociedad: se le respeta, se le adula, pero siempre de mal grado y espiando con afán la ocasión de poder tirarle un zarpazo. ¡Cuántos le tirarían a mi querido Sixto, con qué placer aprovecharían la ocasión de humillarle si se atreviese a presentarse en público conmigo!... Es decir, él sí se atreve y me lo ha suplicado muchas veces, pero yo me niego y me negaré siempre, porque antes de exponerle a la más leve molestia me dejaría despedazar resueltamente.

No insistí mucho tiempo porque le daba la razón en el fondo de mi alma.

Así continuaron viviendo tranquilos, gozando de una íntima y envidiable felicidad, que aún vino a acrecerse con el nacimiento de una niña. Sixto estaba loco de alegría; Natalia dejaba traslucir en su rostro la dicha más pura. Yo apenas era menos feliz que ellos. Aquella niña, que se parecía asombrosamente a su madre y se llamó como ella, fué nuestro dulce recreo: pasábamos los tres largos ratos espiando sus progresos con embeleso; cuando empezó a dar los primeros pasos, yo fuí su maestro paciente y asiduo; cuando empezó a balbucear las primeras palabras, también me puse al frente del curso de filología. De tal suerte, que la pequeña Natalia apenas hacía diferencia entre su mamá, su papá y yo: a todos nos quería por igual.

Pero he aquí que cuando contaba ya poco más de un año y correteaba por la casa sin necesidad de ayuda y pronunciaba con mediana corrección hasta docena y media de palabras comencé a observar con inquietud un cambio en el carácter de su madre. Se hizo más seria, la encontré más triste. Ella, cuyas carcajadas fluían de su boca tan frescas y espontáneas que provocaban en cuantos la escuchaban la gana de seguirle el humor, rara vez nos las dejaba oír: le agradaba estar sola; aun de mí parecía retraerse: a menudo observé en sus ojos señales de haber llorado.

Sixto observaba como yo y con mayor pena, como era natural, tales modificaciones, pero se abstenía de comunicarme sus inquietudes. Aparentaba no darles importancia. Si con tal motivo había tenido con ella alguna explicación yo no lo supe. Una vez me dijo, sin embargo, que Natalia sufría del sistema nervioso, que acaso estuviese débil y que desde luego no le convenía seguir lactando a la niña. En efecto, dejó de hacerlo, lo cual no causó a ésta quebranto alguno porque ya tenía quince meses. La madre tomó algunos tónicos; pero su tristeza y decaimiento, a pesar de todo, fueron en aumento. Yo sospechaba algo de su causa, pero no me atreví a insinuarlo a Sixto. Al fin, éste se espontaneó un día conmigo.

—Pienso, Jiménez, que la enfermedad de Natalia es de naturaleza psíquica y pienso también que no radica en las facultades superiores de su espíritu, sino en el psiquismo inferior. Tú sabes que fué educada en un convento por monjas. En esa edad recibió inspiraciones religiosas, ideas de perfección, anhelos místicos que se fueron depositando en su cerebro y quedaron almacenados en aquella región donde, según los psicólogos, se localiza nuestra actividad inconsciente. Dormidos por largo tiempo, cualquier incidente, que yo ignoro, ha venido a despertarlos, se alzaron con nuevo vigor, hicieron irrupción en su actividad consciente y la trastornaron por completo. Mi tarea (y espero que tú me ayudarás en ella) es contrarrestar esos impulsos ciegos que parten del lugar oscuro donde se alojan los escrúpulos. Natalia es una mujer sensata y si se la hace ver la vanidad de ellos su razón volverá a recobrar el imperio que ha perdido.

—Querido Sixto—le respondí con un poco de amargura—, esa explicación que acabas de dar es, en efecto, la más flamante, la de última hora, la que está a la moda entre los sabios en estos momentos. Pero mañana vendrá otra, y después otra... Y a pesar de todo, tratándose de la vida del alma, el misterio se alzará siempre delante de nosotros como un muro infranqueable.

—Pero ésta es la explicación más natural.

—Para mí nada hay natural en este mundo; todo es sobrenatural, porque todo es incomprensible. ¿Qué es esa actividad inconsciente? ¿Qué es la actividad consciente? ¿Dónde está el lazo que las une? Nuestra alma, una e indivisible, existe siempre. Lo que hay es que muchos la ignoran, viven cerca de ella como al lado de un ser extraño sin conocerla. Pero los vaivenes incesantes de la vida les sacuden un día con más rudeza; la muerte de un ser querido, una enfermedad peligrosa, una separación, una lectura, un espectáculo... Y de repente el alma despliega sus alas, las bate sobre ellos y les grita: «¡Aquí estoy! ¡aquí estoy!...» Por el contrario, otros viven cerca de ella en íntimo consorcio, son seres buenos, amables, virtuosos... Pero en un instante aciago cometen una acción reprobable, hieren, desgarran aquella misma alma con la cual vivían dulcemente unidos y entonces ésta se retira, gimiendo, al fondo más obscuro y misterioso de su sér.

—¿Qué quieres decir con eso?—profirió alzando vivamente la cabeza y mirándome con ojos irritados.

Yo comprendí inmediatamente mi indiscreción. Me apresuré a tranquilizarle. La dolencia de Natalia, aunque tuviese una procedencia psíquica, no había duda que radicaba en un estado momentáneo de debilidad.

¿No había duda? ¡Ay! para mí sí la había.

Moro bajó la cabeza nuevamente y permaneció un rato silencioso; después profirió sordamente:

—De todos modos, mi corazón está triste, muy triste, y vivo agitado por negros presentimientos.

Hice lo posible por disiparlos, aunque yo participara abundantemente de ellos y no pudiese menos de pensar que la felicidad de aquellos dos seres para mí tan queridos había concluído.

«La alegría que proviene de que imaginemos que el objeto aborrecido ha sido destruído o alterado de algún modo, no viene jamás sin mezcla de tristeza.»

Una vez más este sublime teorema de Spinosa quedó demostrado en el corazón de un sér humano. Sixto me confió más adelante cómo se fué desarrollando. Aquellas fatales Euménides que atormentaron a Orestes después del asesinato de su madre vinieron también tumultuosas, aullantes, con la pupila sangrienta, agitando en sus manos el látigo, a torturar el alma de Natalia. Orestes, al sacrificar a Clitemnestra para vengar el asesinato de su padre, había obedecido las órdenes del dios Apolo, pero ella sólo había obedecido al odio y este dios infernal jamás deja una rama de olivo en las almas por donde pasa.

Comenzó por una vaga tristeza que se iba mezclando a los placeres de su vida, una secreta amargura que los envenenaba todos. Nada se representaba en los primeros tiempos: sólo le acometía repentinamente en los momentos álgidos de diversión y alegría. Por eso se retrajo obstinadamente del teatro y de todo otro recreo, encerrándose exclusivamente en la vida de familia, en el amor de Sixto y de su hija, donde se veía segura y pensaba estarlo para siempre. Pero aquellas implacables sacerdotisas del Destino, olfateando su presa no tardaron en seguirla allí también. Su tristeza se fué acentuando; se hizo profunda, mezclándose hasta en las caricias de su hija. Y una voz de lo profundo comenzó a argumentar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»

Sus noches eran agitadas. En el lecho, en los momentos que preceden al sueño se le aparecían repentinamente cabezas gesticulantes haciéndole muecas espantosas, escuchaba voces estridentes. Se estremecía, dejaba escapar un grito que asustaba a Sixto ya dormido y después permanecía largas horas despierta sin poder conciliar el sueño. Con esto su salud descaecía a ojos vistas; empezó a sufrir del estómago y las consultas y remedios con que Sixto pretendió atajar la enfermedad sirvieron de muy poco.