«Si al cazador ó al labriego por esta Cruz preguntares, te harán en frases vulgares pintoresca narración.»

Lamarque de Novoa.

Como á media legua de Sevilla, en el camino que conduce á Alcalá de Guadaira, existe un monumento que fué mandado construir hacia el año de 1482 por el entonces asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, noble y esforzado caballero, cuyas heróicas hazañas en la guerra de Granada le dieron gran renombre entre las huestes cristianas.

Los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, teniendo en cuenta los graves desperfectos que la acción del tiempo había obrado en el acueducto romano conocido vulgarmente por el nombre de Caños de Carmona, mandaron hacer en ellos importantes reparos por inteligentes alarifes y bajo la detenida inspección del Asistente Merlo.

Para conmemorar la terminación de los trabajos realizados en el acueducto erigióse á la terminación del barrio de la Calzada una Cruz, á la que hemos de dedicar hoy las presentes líneas.

Forman el monumento cuatro sólidos pilares de más de trece metros de altura, sosteniendo elegantes arcos de estilo ojival, y coronan la obra una fila de moriscas almenas y una cúpula de regular elevación. Sobre una gradería de ladrillos existe en el interior del monumento la Cruz de mármol, en la que están grabadas las imágenes de Jesús y la Virgen de los Dolores.

En el friso interior que rodea los cuatro arcos puede leerse la siguiente inscripción, que fué restaurada hace poco tiempo con gran esmero.

«Esta Cruz é obra mandó facer é acabar el mucho honrado é noble caballero Diego de Merlo, Guarda mayor del Rey é Reina nuestros señores, del su Consejo é su Asistente de esta ciudad de Sevilla é su tierra, é Alcaide de los sus Alcázares é Atarazanas de ella; la cual se acabó á primer día del año del Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil é cuatrocientos é ochenta é dos años, reinando en Castilla los muy ilustres y serenísimos y siempre augustos Rey é Reina nuestros señores D. Fernando é D.ª Isabel.»

En la Cruz del Campo terminaba la estación de la Vía Sacra que comenzaba á la puerta del magnífico palacio de D. Fadrique Enríquez de Ribera, Marqués de Tarifa, llamado Casa de Pilatos.

Construyó esta Vía Sacra el dicho Marqués de Tarifa á su regreso del viaje que en 1521 hizo á Jerusalén; y cuenta la tradición que eran tan numerosas las personas que asistían durante los viernes de Cuaresma á rezar ante las cruces de la estación, y á propinarse sendos disciplinazos, que muchas veces llegaban los primeros devotos á la Calzada cuando los últimos aún no habían salido del palacio.

La costumbre de recorrer esta estación fué decayendo poco á poco; y aunque las cruces permanecían en medio del camino, eran pocos los que ante ellas rezaban y tenían la devoción de azotarse las carnes.

Á mediados del siglo XVIII empezaron á concurrir muchas gentes á los alrededores del monumento levantado por D. Diego Merlo; pero ya no era con fines tan santos, pues iban á celebrar alegres giras y campestres bailes, en los cuales corría con abundancia el vino y se promovían á menudo escándalos y riñas, que terminaban de manera bien lamentable.

En el presente siglo se han llevado á cabo algunas obras en la Cruz del Campo; pero la más notable es la que se verificó en 1882. Entonces se restauró el monumento, y actualmente se encuentra en el mejor estado de conservación, habiéndose colocado en derredor una sencilla verja para evitar que el público suba á las gradas que se alzan en el centro de los cuatro pilares.

Desde la Cruz del Campo se divisa un hermoso panorama, que difícilmente resistiríamos á describir; gran parte de la ciudad se presenta á nuestros ojos, y sobre aquella multitud apiñada de azoteas, tejados torres y campanarios se alza la Giralda, el más preciado de nuestros monumentos históricos.

En los alrededores de la Cruz del Campo han tenido lugar algunos sucesos curiosos de nuestra historia moderna, entre los que sólo recordaremos los recibimientos hechos por el Cabildo de Sevilla, al rey José en 1810, y á Fernando VII en el memorable año de 1823.

XVIII

COLÓN EN SEVILLA

«Es América... sí, logré mi intento, grita el piloto audaz, y en voz sonora exclaman cielo, tierra y mar profundo. ¡Viva Colón, descubridor de un mundo!»

El Duque de Rivas.

La capital de Andalucía es una de las poblaciones que con más razón está en el deber de honrar la memoria del insigne navegante que, oscuro y pobre, llegó á España para llevar á cabo uno de los hechos más grandiosos que la historia de la humanidad en sus anales registra.

Cuatrocientos años se han cumplido del descubrimiento del Nuevo Mundo; y si todos los pueblos celebraron festejos para solemnizar dignamente esta fecha inolvidable, ¿cómo había de permanecer Sevilla indiferente en tal ocasión, si ella albergó en su recinto al genovés ilustre, alentó el gigantesco proyecto, construyó la escuadra para el segundo viaje, fué el centro para el arreglo de los negocios de Indias, y guardó durante largos años en el monasterio de Las Cuevas los restos de Colón y de su hijo don Diego?

Probado está por los eruditos é historiadores que el gran descubridor llegó á España á principios del año 1484, siendo nuestra ciudad uno de los primeros puntos que visitó antes de celebrar su famosa entrevista con el Prior de la Rábida, puesto que ésta se verificó en los últimos días de Agosto de 1491.

Buscó Colón en Sevilla apoyo para el proyecto que iba á presentar á los Reyes Católicos, y no tardó en encontrar favorable acogida entre varios sevillanos de alta posición, y entre los muchos mercaderes italianos que aquí desde largo tiempo había establecidos.

Vivía por entonces en la ciudad andaluza un florentino llamado Juan Berardi, dueño de una importante casa de comercio, que trabó en poco tiempo estrecha amistad con Cristóbal Colón, llegando á ser su «amigo y confidente», según palabras del sabio Navarrete en el tomo tercero de la Colección de documentos inéditos.

Estaba Berardi muy bien relacionado con personas de influencia y prestigio, y al oir de los labios de Colón el grandioso pensamiento, explicado con aquella fe y entusiasmo propios de su genio, tomó cariño á tan elevada idea y trató de poner á su compatriota en relaciones con algunos personajes de importancia y valimiento que entonces residían en Sevilla, «predilecta mansión—como dice Rodríguez Pinilla—de los más grandes magnates de la nobleza y de la Corte.»

Presentóse el genovés al poderoso Duque de Medina-Sidonia, quien, después de escucharle, le ofreció su valioso apoyo, cosa que no llegó á cumplir en manera alguna, pues parece que un sacerdote, que en la casa ducal gozaba de mucha consideración, persuadió al dueño á que dejase de prestar oídos á pensamiento tan loco y fuera de razón como lo era aquel del navegante aventurero.

Decidióse Juan Berardi por hacer cuanto le fuese posible en beneficio de su compatriota, con Scandiano Oliveri y otros florentinos que se encontraban en Sevilla, los cuales recomendaron á Colón á don Luis de la Cerda, primer duque de Medinaceli, uno de los mayores potentados de la nobleza de Castilla, que sostenía una escuadrilla en el Mediterráneo y el Atlántico.

Entusiasmóse Medinaceli con el atrevido proyecto, y mantuvo á Colón en su casa largo tiempo, como asegura el mismo Duque en la carta que en 1493 envió al Cardenal Mendoza. Además quiso llevar á cabo la gigantesca empresa, y ofreció al genovés cuatro carabelas, para que en ellas saliese del Puerto de Santa María á buscar el camino de las Indias.

Pero, según escribe el padre Las Casas, enterada la reina Isabel de los propósitos del Duque por Alonso de Quintanilla, dirigió una importante carta ordenando «que cesase el negocio, porque quería ella misma seguirlo á sus expensas.»

Había hecho Colón presente á Medinaceli que iba á dirigirse á Francia, esperando encontrar favorable acogida en la Corte de Luis XI; pero á tanto llegaron las buenas promesas del Duque, que lo hizo desistir del viaje, enviándolo á Córdoba, en cuyo punto, y por mediación de Quintanilla y Mendoza, celebró la primera entrevista con los Monarcas en el mes de Enero del año 1486.

Partió el genovés de Sevilla, y no volvió á esta ciudad hasta después del descubrimiento, siendo recibido con grandes muestras de consideración y aprecio por todos en general, y muy particularmente por aquellos que fueron sus amigos cuando pobre y sin recursos llegó de Portugal.

En Sevilla permaneció Colón desde el mes de Junio hasta fines de Agosto del 1493, organizando la escuadra para el segundo viaje, que partió de la bahía gaditana el 5 de Setiembre, y que estaba compuesta de catorce carabelas y tres carracas, siendo tantos los que acudieron á Sevilla para embarcarse, que muchos quedaron en tierra sin poder formar parte de la expedición.

Entre los que marcharon con el Almirante figuraban Ojeda y Juan de la Cosa, Margarite, Aguado, Díaz de Pisa, Boil, y el docto cuanto modesto fray Antonio de Marchena, amigo inseparable del descubridor del Nuevo Mundo.

La capital de Andalucía volvió á ver á Colón á fines del año 1499, pero en situación bien lamentable por cierto; acababa de desembarcar en Cádiz cargado de cadenas por órden del iracundo Bobadilla y se dirigía á Granada, donde los Reyes le recibieron, no con tanta satisfacción como en Barcelona, pero sí compadecidos de su triste suerte.

Hiciéronse también en Sevilla los preparativos para el cuarto viaje en el otoño del 1501; costando gran trabajo equipar la flota, que al fin estuvo dispuesta y salió de Cádiz el 13 de Enero del año siguiente.

Presentóse por última vez el Almirante en nuestra ciudad en Noviembre de 1504, después de su larga y penosa expedición, enfermo, achacoso y con el corazón oprimido y apenada el alma por las ingratitudes de que á cada paso era víctima.

En Sevilla pasó todo el invierno escribiendo cartas al Rey para que le prestase auxilios, de los que estaba tan necesitado, sin recibir del Monarca providencia alguna; y en la primavera siguiente marchó á Segovia, donde á la sazón se hallaba la Corte, que miró con desdén á Colón, quien, pasando luego á Valladolid, murió abandonado y solo el 20 de Mayo de 1506, á la edad de sesenta años y á los dieciséis de haber llevado á cabo su prodigioso descubrimiento.

XIX

EL HORNO DE LAS BRUJAS

«Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?»

SHAKESPEARE.

La calle que hoy tiene el nombre del eximio poeta y sabio genealogista D. Gonzalo Argote de Molina era en lo antiguo una de las calles más irregulares de la población, en la que existieron, entre algunos buenos edificios, varias casuchas que servían de guarida á gente de fama nada envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.

Cuenta la tradición que en una de estas casuchas, la más sucia y abandonada de todas, habitaba á fines del siglo XV cierta anciana á quien tenía el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus puntos y ribetes de hechicería.

Era la vieja de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada á la confección de filtros y brevajes, echadora de cartas, adivina de lo porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaña, con quienes solía reunirse por las noches, entregándose á ceremonias misteriosas que daban mucho que hablar á los vecinos del barrio.

Tenía la bruja un hijo, sabe Dios de quién, mocetón zafio y descreído, espadachín y pendenciero, que le ayudaba en sus ridículas faenas, y el cual promovía con frecuencia grandes escándalos siempre que al amanecer llegaba á acostarse, acompañado de mujerzuelas y gente de la heria, entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.

Sucedió una noche, que llegando solo por casualidad y embriagado á su casucha, halló la puerta tan cerrada que por más golpes que dió en ella no consiguió que le abriesen, pues la madre y las demás brujas que con ella estaban entonces en un sótano, embebidas con sus prácticas de hechicería, ni oyeron los aldabonazos ni los gritos y juramentos del mocetón.

Aburrido éste, y no pudiendo apenas tenerse en pie, efecto del mucho mosto que se había echado al coleto, á falta de otro lugar más á propósito donde pasar el resto de la noche, que era fría y desagradable, metióse en un gran horno que en el muro exterior había, y que por la mañana solía encender la vieja para que fuesen á cocer el pan los vecinos, que por tal servicio pagábanle algunos maravedises, cuya cantidad no precisa la tradición.

No bien entró el zafio en el horno, acometióle un profundo sueño, quedando tan dormido, que después de salir el sol continuaba roncando sobre los ladrillos cual pudiera hacerlo en una cama de blandas plumas.

Y sucedió después, que llegada la hora en que la horrible bruja solía encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oyó gritos pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y después de inútiles esfuerzos, cayó al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y rezando á toda prisa cuantas oraciones le vinieron á la memoria.

Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera contener las llamas, que rápidamente habían adquirido las mayores proporciones, haciendo ver á los que quisieron verlo que aquello no era otra cosa que un providencial castigo á las impiedades del hijo y á las hechicerías de la madre.

Pero hé aquí que cuando más apurada era la situación, cuando nadie podía acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir el edificio, acertó á pasar la calle un fraile de la orden de San Francisco, llamado Fr. Diego de Alcalá, varón muy respetado del vulgo y á quien se le atribuían algunos milagros.

Comprendió el regular que aquella desgracia podía arreglarse, y compadecido de los lamentos de la vieja y de los ayes del zafio, corrió con premura á rezar un par de Salves á la Virgen de la Antigua, y lo mismo fué hacerlo al llegar á la Catedral, se apagaron las llamas instantáneamente, saliendo en seguida el muchacho del horno sin la más leve quemadura.

Ante el milagro, la anciana abandonó sus brevajes, sus filtros y sus brujerías, haciéndose ferviente devota, y el mozo tomó la buena senda, llegando á ser con el tiempo prior de un convento de franciscanos en Granada.

Esta es la tradición que dió origen á que la calle que tiene hoy el nombre ilustre de Argote de Molina se llamase durante muchísimos años calle del Horno de las brujas; si bien no me es desconocido el origen que otros autores le atribuyen con buenas pruebas, asegurando que allí vivieron dos hermanas que tenían un horno donde fabricaban tortas al estilo del pueblo de Brujas.

XX

LA INQUISICIÓN

«Y pudo ya mi vista descubrir más claramente la profundidad donde la inefable justicia ministra de Dios Supremo castiga á los falsificadores.»

DANTE.

Cuando el pontífice Sixto IV, á petición de los reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, instituyó la Inquisición para combatir los herejes en los reinos de España, no tardó Sevilla en tener su Tribunal de la Fe, como una de las ciudades más importantes de la Península.

En tiempos de D. Fernando III construyóse un castillo donde hoy se encuentra la plaza de Abastos de Triana, y en este edificio se estableció en 1481 el Tribunal de la Inquisición, llevando á cabo en él no pocas reformas para el objeto á que se destinaba.

Entonces se le hicieron multitud de calabozos, salas de tormentos con todos los útiles necesarios, capilla, salón de consejo y cuantas dependencias eran ocupadas por los familiares, carceleros y demás individuos que se dedicaban á la persecución de los impíos, asalariados por los inquisidores.

El aspecto que ofrecía el castillo, según se ve en antiguas estampas, no podía ser más tétrico; sus altos muros, de negruzca piedra, eran lisos y sin adorno alguno; sus cinco torres almenadas presentaban pequeñas ventanas, cubiertas de espesos hierros; su puerta principal era sólida y severa en demasía, y sobre ella se colocó una lápida en conmemoración del establecimiento del Tribunal.

Los inquisidores, que entonces se hallaban en todo el apogeo de su fuerza, no debieron perder el tiempo en bagatelas; pues consta por una inscripción hecha por los mismos que desde el citado año de 1481, hasta fines del 1524, quemaron en la hoguera á mil herejes y convirtieron á veinte mil.

En el invierno de 1626 una avenida del Guadalquivir inundó el castillo inquisitorial, obligando á los que le habitaban á trasladarse á un edificio situado en la calle Real de San Marcos, lo que se verificó con gran aparato.

La nueva casa que durante trece años ocupó el Tribunal de la Fe era la misma que habitó D.ª Estrella de Tavera, la heroína de la famosísima comedia de Lope de Vega, cuyos amores con Sancho Ortiz dieron tanto que hablar por mediar en ellos el rey D. Sancho IV.

Á principios de 1639 concluyéronse las obras de reparación en el castillo de Triana, y éste volvió á ser ocupado por los inquisidores.

Cerca de dos siglos permaneció todavía la Inquisición en el castillo de Triana; pero como éste, á pesar de las obras en él practicadas, no ofrecía grandes seguridades á causa de la mucha antigüedad de su construcción, fué preciso abandonarlo, y en Noviembre de 1785 trasladóse el Tribunal á un palacio que había sido colegio de jesuítas hasta la expulsión de la Orden en 1767.

Estaba este edificio al final de la Alameda, y ocupaba gran parte de las calles Hombre de Piedra y Becas, siendo bastante amplio y capaz para tener encerrados más de doscientos presos. Gracias á que por entonces el Tribunal hacía pocas víctimas, contentándose con quemar en efigie á los reos ó tenerlos encerrados en inmundos calabozos.

El año 1805 se celebró el último auto de fe, siendo entregado el delincuente á la justicia ordinaria, que lo condenó á presidio; y en 1810, al ser invadida Sevilla por las tropas de Napoleón, se extinguió el Tribunal, que ya daba pocas señales de vida.

Cuando la reacción absolutista de 1814 la Inquisición se organizó de nuevo en el mismo edificio de la Alameda; pero entonces, aunque contaba con el apoyo de muchos, ni era temida, ni hacía nada que respondiese á los fines para que se creó.

Disolvióse para siempre el Tribunal en 1820, y el local que ocupaba se destinó á cuartel de infantería, destruyéndose casi por completo el 13 de Junio de 1823, cuando estalló el depósito de pólvora que en él existía, causando grandes destrozos y matando á gran número de los que formaban las hordas absolutistas que en aquel memorable día cometieron tantos excesos en nuestra ciudad.

Del último edificio ocupado por el Santo Tribunal sólo quedan hoy restos muy incompletos, pues los distintos usos á que ha sido destinado durante largos años han hecho que no se pueda formar exacta idea de lo que fué en no lejanos tiempos.

XXI

LA MISA DE LOS NAVEGANTES

«En tanto el gran Magallanes áncoras levar ordena, y á su voz vibrante y firme se da la armada á la vela. Ya, cual cisnes, se deslizan las gallardas carabelas del padre Betis undoso por la corriente serena...»

Lamarque de Novoa.

En aquel tiempo en que España era la más poderosa nación del mundo y jamás en sus dominios se ponía el sol llegóse á la Corte del emperador Cárlos V un navegante cuyo nombre solo causa admiración y respeto á la posteridad.

Nos referimos al portugués Hernando de Magallanes, bravo guerrero, viajero infatigable, y vencedor en África y en la India, que después de haber servido al rey D. Manuel, partió para nuestra patria, donde fué acogida y puesta en práctica aquella gigantesca empresa de dar la vuelta al mundo, cosa que hasta entonces nadie se había atrevido á llevar á cabo.

Sevilla, cuya prosperidad y florecimiento eran entonces grandísimos, fué el lugar donde preparóse la expedición, que salió del puerto el miércoles 10 de Agosto del año 1519, y en las primeras horas de su mañana.

Pero antes de partir los valientes que en aquellas cinco carabelas iban á realizar tan peligroso y memorable viaje, asistieron á una ceremonia religiosa que, por ser quizá de pocos conocida, vamos á relatarla conforme á los datos que hemos conseguido adquirir.

El día 6 de Agosto una multitud inmensa rodeaba el convento de Santa María de la Victoria, situado en Triana, donde poco antes se habían establecido los frailes de la orden de San Francisco de Paula. La iglesia se veía llena de gran número de fieles, y por todas partes se notaba que alguna importante ceremonia iba á tener lugar en ella.

Y así era en efecto: después de una solemne misa, el Asistente de la ciudad iba á hacer entrega á Hernando de Magallanes del pendón de S. M. que llevaría consigo en la arriesgada empresa, cuyos preparativos estaban del todo terminados.

Serían las nueve de la mañana cuando el navegante portugués llegó al templo, seguido de los capitanes, oficiales y demás gente de tropa que se había reunido, y algunos momentos después entró el grave asistente D. Sancho Martínez de Leiva, acompañado de los señores del Cabildo, en unión de los cuales colocóse en un lugar preferente que cerca del altar mayor se le tenía dispuesto. Acto seguido subieron los sacerdotes las gradas del ara y comenzó la misa cantada, que escuchó el numeroso concurso de fieles con la devoción y respeto de aquellos tiempos.

Hermoso golpe de vista el que la iglesia presentaba. Magallanes y sus compañeros, vestidos con ricos trajes militares y armados de todas armas, se hallaban sentados en largas tribunas á la izquierda de la Epístola; frente los caballeros y nobles señores del Cabildo; ante el altar, lleno de luces y de flores, los sacerdotes con sus ricas capas de tisú y primorosos bordados de oro; en el resto del templo la multitud apiñada, que guardaba profundo silencio; en el coro los regulares, que entonaban por lo bajo sus eternos rezos; y para embellecer aquel cuadro, los rayos del sol de estío, que, penetrando por las pintadas vidrieras, iban á deshacerse en los dorados retablos ó en el rojo terciopelo que cubría los muros.

Concluida la misa, levantóse el Asistente, y con toda la seriedad del caso puso en manos del navegante portugués el pendón real. Magallanes entonces avanzó algunos pasos hasta colocarse en lugar donde todos pudieran verle, y una vez allí, desnudó su acero, y mostrando el pendón, pronunció con palabras claras y reposado tono el juramento de fidelidad al Monarca á nombre de quien había de tomar posesión de las tierras que en el viaje descubriera.

Acto seguido, escribe un historiador que «por su orden de categorías en la armada prestaron juramento á Magallanes los capitanes y oficiales que á partir se disponían, ofreciéndole además, bajo el propio empeño, de seguir los rumbos y derrotas que el Capitán general les mandase, obedeciéndole en todo como si al mismo Rey en persona sirviesen.»

Largo rato duró aquella escena, y cuando fué concluída, con igual parsimonia que había entrado salió el Asistente Leiva, seguido del Cabildo, y el navegante con sus soldados, que eran objeto de gran curiosidad por parte de los vecinos de Triana, quienes apenas podían comprender la magnitud de aquella expedición que estaba preparada.

Según dijimos más arriba, los cinco barcos se dieron á la vela el día 10 de Agosto de 1519; el estrecho fué descubierto por Magallanes á mediados de 1520, y el 27 de Abril del siguiente año falleció el ilustre hijo de Villa de Sabrosa en un reñido combate que con los indios sostuvo.

El 27 de Setiembre de 1522 regresaron á Sanlúcar las carabelas, mandadas por Sebastián del Cano, y se dice, aunque lo tenemos por verdad muy dudosa, que una de estas naves permaneció casi destrozada en el muelle de los Remedios hasta los comienzos del pasado siglo.

XXII

EL ALMA EN PENA

«Densa niebla cubre el cielo, y de espíritus se puebla vagarosos...»

ESPRONCEDA.

Entre la multitud de leyendas, cuentos y tradiciones que han llegado hasta nuestros días acerca de las calles y edificios más ó menos notables de la capital de Andalucía, hay algunas casi ignoradas de la mayor parte de las gentes, y las cuales conviene dar á luz, á fin de que no se olviden del todo ni por completo se pierdan; que cuando algún curioso las saca de nuevo á plaza ataviadas con apropiado ropaje, seguramente son del agrado del público.

Tal ocurre quizá con el suceso que vamos á relatar en las presentes líneas, que bien pudiera servir de asunto para una novela si cayese en manos de quien, con alguna fantasía y conocimiento de la época en que tuvo lugar, supiera aderezarlo y ofrecerlo como merece.

Larga es la fecha en que ocurrió el caso; mas no por esto debe dudarse de él, pues existen autores que con toda formalidad lo relatan como verídico, y hasta hace próximamente medio siglo se conservó en la calle del Caño, situada en la collación de Santa Lucía, la casa donde vivió el principal personaje de este hecho.

Gobernaba España la católica majestad de don Felipe II, y á principios de 1566 habitaba una modesta finca de la citada calle Caño cierta mujer pobre y anciana, viuda de un soldado muerto en Portugal, que tenía una hija, á lo sumo de catorce primaveras, de tan lindo rostro y singular donaire, que á pesar de su pobreza era objeto de ciertas preferencias por parte de los vecinos, y solicitada por más de un amador, codicioso de los favores de tan bella criatura.

Conociendo esto la vieja, ejercía de continuo gran vigilancia sobre su pimpollo; que si al morir el soldado no dejó un escudo, dejó en cambio á su esposa un buen concepto del honor, para que éste no se empañase ni perdiera.

Difícil nos sería describir las perfecciones de la joven, que se llamaba Costanza, pues la tradición sólo dice que era hermosa, y añade que también era muy recatada y honesta, y que cuantos mozos le hacían cerco se veían obligados á renunciar á sus pretensiones.

Hubo uno, sin embargo, que supo proceder con más habilidad y maña, y haciéndose oir de Costanza, requirióla de amores con tanta fortuna, que la incauta niña tomóle singular afición y dió en celebrar con él nocturnas y solitarias entrevistas, que cuando la madre dormía se llevaron á cabo.

Pasaron así algunos meses, y cuando más felices parecían los novios, la honesta y recatada doncella, que tan prendada había estado, tomó de pronto invencible antipatía á su galán, y decidió romper con él á todo trance.

El mozo, que debía estar ya entonces muy enamorado, y que seguramente era poco conocedor de las veleidades y mudanzas del sexo femenino, hizo cuanto pudo por volver á atraerse el cariño de Costanza, pero todo resultó inútil; y harto de aguantar desdenes, convencido de que nada podía conseguir, desistió de sus proyectos con gran pesar y profunda pena.

Tan á pechos tomó el hombre aquella mala acción, que viniéronle terribles melancolías y esquivó el trato de las gentes, desapareciendo por fin de Sevilla sin que se supiera á dónde había marchado.

Costanza, que tan honesta y recatada fué siempre, según la tradición, sintió bien poca cosa la ausencia del amante, y apenas habían pasado algunos meses admitió el cariño que otro le ofrecía, guiado de intenciones no muy sanas y laudables.

Un amigo del desdeñado amador dijo que éste había muerto entonces; y aunque Costanza lo supo, ni se apenó por ello ni mostró sentimiento alguno, distraída como estaba con su nuevo galán.

Poco después de haber empezado la niña sus nuevas relaciones comenzó á susurrarse entre los vecinos de la collación de Santa Lucía que por la calle del Caño y sus alrededores había aparecido un fantasma de los que en aquella época eran tan frecuentes; pero algunos vecinos que parecían estar mejor informados aseguraron que se trataba de un alma en pena que venía á este mundo para arreglar algún asuntillo que dejó pendiente.

Hiciéronse cruces al conocer la noticia, y más se asombraron los ignorantes cuando supieron que desde la media noche hasta la hora del alba en la calle Caño oíanse de tiempo en tiempo lamentos ininteligibles, arrastres de cadenas y otros cuantos sonidos que demostraban la presencia del alma en pena.

Cuando esto llegó á oído de la madre de Costanza no fué la última en amedrentarse, cuidando mucho de cerrar por las noches las puertas de su casa con llaves, cerrojos y trancas, y rezar, á más del Rosario, antes de acostarse otras muchas oraciones propias para alejar las almas en pena que vienen á molestar el sueño del vecindario.

Crecía entre tanto el pavor á medida que trascurrían las noches, y así pasaron algunos meses, al cabo de los cuales una mañana los transeuntes y los habitantes de la calle del Caño se veían formando grupo frente á la casa de Costanza y entretenidos en sabrosos diálogos.

Avisóse á la justicia y se presentaron los alguaciles, que penetraron en el edificio, encontrando á la vieja dando lastimeros gritos y llorando á lágrima viva como suele decirse.

Interrogada por los golillas, manifestó que su hija había desaparecido sin saber por dónde, y que no había dejado huella alguna en su escapatoria...

Pasado algún tiempo se supo, no sabemos por quién, que Costanza había sido arrebatada de su casa por el alma en pena, y que ésta no era otra que la de su desdeñado amador.

XXIII

LA CAPILLA DE LOS REYES

«Anhelaba el Cabildo ofrecer al poderoso Monarca de ambos mundos una obra digna de su grandeza, y para alcanzarlo pensó abrir una especie de liza entre los más célebres artistas de aquel tiempo.»

J. Amador de los Ríos.

Entre las muchas bellezas dignas de ser admiradas que encuentra el que visita la Catedral de Sevilla, llama notablemente su atención la Capilla de los Reyes, cuyos planos fueron debidos al maestro Martín Gainza, dando comienzo su construcción en 1550.

Veinticinco años duraron los trabajos de esta suntuosa Capilla, en la que siguieron los arquitectos Fernán Ruiz y Pedro Díaz Palacios, y que fué terminada en 1575 por Juan de Maeda, que ejecutó algunas obras de importancia en los templos de nuestra capital.

Pertenece su arquitectura al estilo greco-romano; tiene, en opinión de los inteligentes críticos, poca elegancia, demasiados adornos, y está dividida en siete espacios por ocho pilastras con capiteles esmeradamente acabados.

En el centro de esta Capilla suntuosa, y sobre una elevada gradería, se encuentra el altar, obra de Luis Ortiz, donde está colocada una escultura de madera, de autor desconocido, que representa á la Virgen con el Niño sobre la falda, el cual está vestido con traje del siglo pasado: esto es, casaca, pantalón corto y medias de seda.

La imagen, que por su carácter parece del siglo XIII, según los historiadores, fué regalada al monarca Fernando III por su primo el rey de Francia Luis IX, y acerca de ella corren las más curiosas tradiciones.

Está la imagen sentada en rico sillón, que ostenta primorosas labores y adornos de plata: sale en procesión todos los años el día 15 de Agosto, recorriendo las calles que rodean á la Catedral, y tienen los vecinos de Sevilla gran devoción por ella.

Al pié del ara donde está la Virgen existe la rica urna de plata que guarda desde 1729 los restos de D. Fernando III, primer rey de Castilla y Aragón y conquistador de Andalucía, que falleció en esta ciudad el día 30 de Mayo de 1252, y á quien el papa Clemente X declaró santo en 1671, celebrándose con tal motivo suntuosas fiestas en Sevilla, describiendo las cuales hemos leído varias curiosísimas relaciones escritas en aquella época.

Bajo las magníficas bóvedas de la capilla de los Reyes duermen el sueño eterno D. Alfonso el Sabio, muerto en 1284, á los treinta y dos años de su reinado; D. Pedro I, el Justiciero, monarca cantado tantas veces por los poetas, y cuyos huesos se trasladaron desde Madrid en 1877; su legítima esposa D.ª María Padilla, que al ocurrir su muerte en 1354 fué sepultada en el monasterio de Santa Clara de Astudillo; D.ª Beatriz, primera mujer de D. Fernando, y los infantes D. Pedro, D. Fadrique, D. Juan y D. Alonso.

Un personaje ilustre en la historia moderna de España descansa allí también junto á los reyes y príncipes: el sabio Conde de Floridablanca, Ministro de Carlos III y Presidente de la Junta Suprema de Gobierno cuando invadieron las tropas francesas nuestro territorio. Floridablanca murió el día 30 de Diciembre de 1808, celebrándose sus exequias con todos los honores que correspondían al elevado cargo que entonces desempeñaba.

La reja de la capilla de los Reyes es una verdadera obra de arte, concluída en 1775, cuya descripción sería por demás prolija: sus columnas, sus complicadas labores y las figuras de gran tamaño colocadas en su remate son dignas del mayor elogio.

En la Capilla se conservan multitud de joyas históricas de alto precio, entre las que no dejaremos de citar en estos breves apuntes la bandera y una espada de D. Fernando III, la magnífica corona regalada por D.ª Beatriz y los riquísimos trajes bordados de oro y pedrería que viste la antigua imagen de la Virgen de los Reyes.

El día de S. Clemente, aniversario de la conquista de Sevilla, y el 30 de Mayo, se descubre la urna donde yace el rey Fernando III, pudiendo ver el público tras aquellos cristales los restos del poderoso monarca victorioso en tantas batallas y terror de las huestes agarenas.

La capilla de los Reyes ha sido visitada por cuantos monarcas han venido á Sevilla, y en ella se da continuo y muy esplendoroso culto.

XXIV

LA MORERÍA

«Sitios peligrosos eran aquéllos, donde no era fácil llegar sin exposición de graves riesgos.»

L. M.

En uno de los puntos hoy de más tránsito de la capital existió hasta la tercera década del presente siglo un famoso barrio, llamado de la Morería porque es fama que al ser reconquistada Sevilla por D. Fernando III en él se juntaron las familias moras que quedaron viviendo en la ciudad.

Este barrio estaba formado por un laberinto de encrucijadas y callejuelas de feísimas y miserables casuchas, bajo cuyos techos se albergaban gentes de reputaciones dudosas y de las más extrañas cataduras.

Allí se escondían las echadoras de cartas, las viejas que confeccionaban filtros y bebedizos, los valentones que siempre tenían cuentas pendientes con la justicia, y todos esos tipos que tan admirablemente retrató la pluma del gran Cervantes al ocuparse del antiguo pueblo bajo de Sevilla.

Ninguna persona de mediana posición se determinaba á pasar por las calles de dicho barrio sin estar expuesta á sufrir más de un percance, pues los moradores de aquellos tugurios tenían formada una especie de asociación tenebrosa, que se asemejaba algo á la célebre Corte de los Milagros.

De noche las calles de la Morería presentaban un sombrío aspecto; y cuando alguna vez la ronda cruzaba en silencio por aquellos lugares, se veía sorprendida á lo mejor por una lluvia de piedras que, sin saber de dónde venían, obligaban á los corchetes á ponerse en precipitada fuga.

Para que todo contribuyera á hacer inexpugnable aquel barrio, se levantaban á su alrededor los espaciosos conventos del Buen Suceso y los Descalzos, la iglesia de San Pedro y la primitiva Fábrica de Tabacos, que fué construída en el siglo XVI.

Estos amplios edificios, con sus altos paredones y su macizo aspecto, parecían defender la Morería, donde nunca fué posible hacer cumplir las ordenanzas municipales, y donde los habitantes vivían en una salvaje independencia.

Muchas eran las tabernas que en el barrio de que nos ocupamos existían, y no eran menos los garitos y casas non sanctas donde Celestinas, Aspasias y Proserpinas se entregaban con entera libertad á sus execrables comercios.

El Ayuntamiento dió en distintas épocas varias órdenes á fin de que se hicieran algunas requisas por la Morería con frecuencia; pero estas órdenes no pudieron cumplirse á causa del riesgo que corrían cuantos eran enviados á aquella visita de inspección.

Todos los mendigos, todos los discípulos de Caco, todos los vagos de la peor calaña que durante el día vagaban desperdigados por Sevilla, iban á recogerse al oscurecer en los antros de la Morería, donde se consideraban seguros de no caer en manos de la justicia.

Á principios de siglo tenían allí su albergue los servidores de José María y del Rubio Espera, los espías de los Niños de Écija y los secuaces del Pájaro Verde, que tan sangrientos crímenes cometieron en los campos andaluces.

Por entonces el edificio de la antigua Fábrica de Tabacos fué destinado á cuartel de infantería, y esto dió origen á no pocas colisiones y alborotos entre los soldados y los paisanos en la triste época del gobierno absoluto.

Concluiremos estos apuntes sobre la Morería diciendo que hacia el año 1840 se desalojaron las casas de aquel inmundo barrio, comenzando el derribo de todas ellas y construyéndose años más tarde en aquel lugar el paseo de Argüelles, uno de los más concurridos y animados de Sevilla.

XXV

LA VIRGEN DE TORRIJIANO

«Muriendo está Torrijiano, muriendo está en su prisión por el hambre, que es la pena que se ha impuesto en su furor.»

Cano y Cueto.

El hecho de que vamos á ocuparnos ha llegado hasta nosotros descrito con ligeras variantes, aunque igual en el fondo, y para relatarlo hemos de procurar seguir la relación que corre como más auténtica.

Á principios del siglo XVI vivía en Sevilla, y en una modesta casa situada en la Resolana del barrio de la Macarena, el insigne escultor florentino Pedro Torrijiano, que tan perfectas y acabadas obras dejó en varios templos de nuestra capital.

Fué Torrijiano un distinguido discípulo del maestro Lorenzo de Médicis, y estando en el taller de éste con otros compañeros tuvo su famosa riña con Miguel Ángel, á quien de un golpe rompió parte de la ternilla de la nariz, dejando, para mientras viviese, señalado al autor del Moisés y del Juicio final.

Huyó después de aquella riña Torrijiano de Italia, pasando á Inglaterra, donde vagó muchos años sin residencia fija y sufriendo no pocos disgustos y sinsabores, pues parece que el carácter del artista florentino era por demás violento, exagerado y nada simpático.

Á España llegó Torrijiano más tarde, atraído por las bellezas del suelo y por los elogios que de nuestra cultura intelectual de entonces había oído hacer, recorriendo algunas provincias y fijando su residencia en Granada, población entonces donde se encontraba lo más florido de la nobleza castellana.

Hizo Torrijiano algunas hermosas esculturas para los conventos que entonces se edificaban en la ciudad del Darro, y cuando su fama se iba extendiendo por aquel punto una agria disputa que, por motivos que ignoramos, tuvo con algunos señores de alta categoría le obligó á cerrar su taller y á salir precipitadamente de aquella hermosa ciudad tan cantada por las liras de nuestros poetas.

Entonces vino Torrijiano á Sevilla, ejecutando al poco tiempo de su llegada obras tan notables como los bajo-relieves de la portada del Hospital de las Cinco Llagas, según dice un autor, y el San Jerónimo para el convento de Buenavista.

Algún tiempo después el poderoso Duque de Arcos encargó al florentino una escultura de barro que representase á la Virgen con el Niño Jesús en los brazos, escultura que había de ser colocada en el magnífico oratorio que en su palacio tenía el Duque.

Cuando la estatua fué concluída envió el linajudo noble á sus criados á casa de Torrijiano para que la recogiesen y al mismo tiempo entregaran al autor el precio de su trabajo en varios talegos de maravedises.

Al ver Torrijiano la forma en que se le hacía el pago de la obra, despertóse de súbito su cólera, deshaciéndose en denuestos contra el Duque, y llegó á tanto su enojo y su indignación, que allí mismo cogió la estatua, y arrojándola con violencia al suelo, la hizo trozos, diciendo á los criados del poderoso magnate que, pues recibía el dinero en tan pequeñas monedas, recibiese él también la estatua en pequeñas fracciones.

Este hecho produjo gran escándalo en Sevilla y alborotó á la gente devota, que lo calificó de terrible sacrilegio, haciendo que el Duque se querellase al tribunal de la Inquisición, el cual prendió á Torrijiano, acusándole de impío y hereje consumado.

Encerrado en una mazmorra del castillo de Triana pasó el escultor insigne muchos meses, falleciendo por último en el año de 1522 entre horribles torturas, pues se negó á comer el más corto alimento durante bastante número de días.

XXVI

LA CALLE DEL DIABLO

«Mientras la infelice muere diz que el viento repetía: Mal haya quien en promesas de hombre fia.»

(Trova antigua.)

Pocos tal vez al leer el título de estas líneas sabrán á qué calle nos referimos y dónde se encuentra situada una vía con nombre tan poco simpático.

Á fin de aclarar sus dudas, si es que las hay, diremos que el nombre de calle del Diablo corresponde á la que después llevó el de San Antonio y se encuentra en la parroquia de San Bartolomé.

Diósele el nombre de San Antonio porque en la fachada de una de sus casas existió hasta 1840, próximamente, un nicho en el que se veía una estatuita de barro representando al fraile penitente que con singular valor supo rechazar las tentaciones del demonio.

Junto á esta imagen ardían en otros tiempos dos farolillos de aceite, única luz que de noche alumbraba la vía que nos ocupa; y está probado que los piadosos vecinos de aquellos alrededores tenían gran devoción al santo, cuya colocación en aquel sitio debióse á un suceso extraordinario en el cual creían á piés juntillas nuestros abuelos, que por regla general tenían muy buenas creederas.

El caso fué el siguiente, poco más ó menos, según lo relata la tradición que hasta nosotros ha llegado. Durante los días de Carnaval del año 1548 varios jóvenes de relajada vida y de licenciosas costumbres que había en Sevilla cometieron muchos excesos y tropelías, sin que evitarlo pudieran, ni el celo de las autoridades ni el temor que entonces á todos inspiraba el tribunal de la Inquisición.

De aquellos mozos calaveras cuatro se distinguieron más que sus acompañantes por las locuras de sus actos y por el singular escándalo que promovieron.

No contentos de sus fechorías, después de haber alborotado grandemente por las calles, herido á tres sujetos, insultado á muchos y saqueado un bodegón, la noche del martes de Carnaval, cuando pasaban medio ebrios por el convento de Madre de Dios, hallaron á un viejo que acompañado de una joven venía, y les entraron ganas de darles una pesada broma.

Uno de los calaveras, sin andarse con más palabras, acercóse con resolución á la muchacha, y con gran presteza dióle un fuerte tirón del manto y estampó en sus mejillas un impuro y ruidoso beso.

Lleno de ira el anciano, iba á castigar el atrevimiento del mozo, cuando los otros le sujetaron por la espalda y, envolviéndole la cabeza en la capa que traía, lo arrastraron al callejón próximo, mientras la joven caía desmayada y era recogida por el calavera que le dió el beso.

Tétrico, oscuro y estrecho el callejón donde metieron al anciano, ofrecía el aspecto más á propósito para que en él se cometieran actos que la luz clara alumbra pocas veces. En brazos del galán llegó allí también la joven, cuyo rostro pálido por el desmayo excitó los deseos del calavera y púsole en situación harto difícil.

Rugía amarrado el viejo, á quien habían tendido en el suelo para que no pudiera defenderse, y en tanto aquellos perdidos rodearon á la muchacha, haciendo todos muchos elogios de su belleza y encantos, que pudieron apreciar merced á un débil rayo de luna que hasta el centro de la callejuela se deslizaba.

Varios de los mozos quisieron besar á la joven, pero vieron con sorpresa que el que primero lo había hecho opúsose á ello y con tono serio y enérgico díjoles que no consentiría que ninguno la tocase.

Surgió de aquí una disputa, que se fué agriando por momentos; cruzáronse palabras duras é insultos de ambas partes, salieron á relucir los aceros, y no tardó en empezar una reñida pelea, en la que el galán defensor de la beldad llevaba la peor parte, puesto que todos á él dirigían sus armas. Habilísimo sin duda era éste, cuando en pocos momentos logró, no sólo defenderse, sino herir á dos de los que le combatían, y desarmó al tercero, que dejó el campo y huyó de manera no muy airosa.

Cuando el mancebo se quedó solo con la dama sintió un rumor extraño cerca de él, y vió entre las sombras una figura siniestra que blandía en la mano un acero y se disponía á acometerle.

Los ojos del desconocido brillaban con luz fosforescente y en su rostro se dibujaba una mueca espantosa. El joven y la sombra entablaron una porfiada riña, en la que el primero fué herido de mortal estocada.

Al siguiente día fueron encontrados en la calleja el cuerpo de la muchacha y el de su padre, que presentaban profundas heridas. El del galán no pareció por parte alguna, y se cuenta que el diablo lo llevó consigo, y que éste no era otro que el desconocido que se le apareció en tan fea traza.

Para conmemorar este hecho, y espantar á Luzbel si en alguna ocasión le daban ganas de volver por allí, se colocó en la calleja la imagen de san Antonio que mencionamos más arriba.

XXVII

EL MAESTRO MALARA