«Aquí yace sin vida el cuerpo frío de Malara, que, roto el mortal nudo donde á Vandalia riega el grande río, voló al Cielo su espíritu desnudo.» HERRERA.

Lugar preferente ocupa en la larga lista de ilustres varones que florecieron en Sevilla durante el siglo XVI el sabio humanista D. Juan de Malara, cuyas numerosas obras han merecido el mayor elogio de la verdadera crítica desapasionada y justa, que examinando con detenimiento las producciones de cada autor, ni escatima los merecidos elogios, ni calla los defectos en que han incurrido.

Malara es una verdadera gloria de su patria, fué uno de los hombres más instruidos y sabios de su tiempo, y á él se debió en gran parte el alto grado de florecimiento á que llegaron las letras sevillanas en el siglo XVI.

Ajenos por completo á dar tinte pretensioso á estas líneas, para dedicar en ellas un recuerdo al autor de la Filosofía vulgar, nos limitaremos á trazar un breve resumen de su vida, apuntando de paso los principales trabajos en prosa y verso que legó á las futuras generaciones.

Sevilla fué la cuna del maestro Juan de Malara, y vino al mundo en 1527, ignorándose el día y mes de su nacimiento, aunque algunos autores los han señalado sin verdaderas pruebas.

La regular posición que sus padres disfrutaban hizo que Malara recibiese una instrucción bastante completa, siendo alumno del colegio de San Miguel, donde de muy antiguo existía una cátedra pública de Gramática y una escuela de primeras letras que el Cabildo Catedral á sus expensas sostenía.

Muertos los autores de su existencia, y siendo aún muy joven, se hizo Malara paje de dos señores principales á quienes unía estrecho parentesco con el Cardenal Loaísa, y estando en servicio de ellos hizo un viaje á Salamanca, de donde pasó á Alcalá de Henares, matriculándose en la famosa Universidad de este último punto, donde residió largo tiempo.

Terminados sus estudios, después de algunos años, en los cuales tuvo ocasión de tratar á muchos de los escritores más notables de entonces, volvió á Sevilla, donde fijó su residencia y donde contaba con muy buenos y leales amigos.

Una vez en nuestra ciudad, abrió Malara una clase de Gramática castellana, viéndose al poco tiempo con gran número de discípulos, que más tarde honraron al maestro y que acudieron á él atraidos por su saber é inteligencia, así como por el dulce y apacible carácter de que estaba dotado.

Casó Malara en 1564 con D.ª María Ojeda, y pasó la mayor parte de su existencia entregado á sus continuos trabajos, pero con el alma tranquila y desprovista de ambiciones locas, que tan infelices hacen á muchos hombres.

En 1568 publicó Malara su Filosofía vulgar, en la que reunió gran número de antiguos refranes, ilustrándolos muy discretamente con citas y anécdotas, que resultan en extremo curiosas y dan á conocer la vasta erudición y los profundos conocimientos que en diversas materias poseía.

Su última obra vió la luz en 1570, y lleva por título Recibimiento que hizo la ciudad de Sevilla al rey D. Felipe II (libro reimpreso en Sevilla hace pocos años): según lo que de ella escriben varios biógrafos de Malara, puede decirse que, á más de su valor histórico y de las raras noticias y detalles que contiene, es digna de apreciarse por el estilo correcto y fácil que en ella campea.

Cuando más sosegados se deslizaban los días del sabio humanista; cuando era de todos los ingenios de Sevilla atendido, y respetado por todos sus discípulos; cuando su nombre había alcanzado una verdadera popularidad, y sus numerosas obras eran leídas con la mayor avidez, la muerte vino á destruir aquel poderoso ingenio, que falleció en 1571 á la edad de cuarenta y cuatro años.

Algunas de las obras que dejó escritas Malara se han perdido, tales como sus tragedias, citadas por Juan de la Cueva, y algunas traducciones latinas de varios fragmentos de la Iliada.

Cuatro poemas compuso el docto humanista, titulados: Hércules, La Psiché, La muerte de Orfeo y el Martirio de las Santas Justa y Rufina; mas no fueron estos trabajos los que han hecho célebre ya su nombre, pues en opinión de los críticos Malara no fué versificador de gran lozanía ni de potente y variada inspiración.

Falleció el ilustre literato cuando las letras sevillanas llegaban á su mayor apogeo, y sus discípulos le lloraron, conservando vivo en sus corazones el recuerdo del maestro y las saludables enseñanzas que de él habían recibido.

XXVIII

LA ÚLTIMA PIEDRA DE LA CATEDRAL

«...Que se labre otra Iglesia, tal é tan buena, que no haya otra su igual...»

(Acta del Cabildo de 8 de Julio de 1401.)

Los interesantes detalles que hemos encontrado respecto á la ceremonia que se verificó al colocar la última piedra de nuestra hermosa Basílica nos han de servir de asunto para llenar esta página; pero antes diremos algo sobre la construcción del templo admiración de propios, envidia de extraños, y cuyo actual estado es bien lamentable.

Según las noticias más verídicas, la primera misa celebrada en la Catedral, cuando aún tenía la forma de mezquita, se verificó el 22 de Diciembre de 1248, asistiendo á ella el conquistador Fernando III y todos los nobles personajes que le acompañaron en el cerco de la ciudad.

En el siguiente año comenzaron á construirse las capillas, siguiendo estas obras lentamente, hasta que, medio siglo después, como quiera que se notaran en el edificio señales bien claras de próxima ruina, el Cabildo acordó destruir la mezquita y edificar de nueva planta una basílica que causase asombro á cuantos la vieran. Dieron principio los trabajos de derribar la antigua fábrica de los árabes, y en 1403, según hemos visto escrito, se colocó la primera piedra del monumento que tantas riquezas atesora, poniéndose la última á los ciento tres años, ó sea en 10 de Octubre de 1506.

Día solemne fué éste para Sevilla, y sentimos mucho que las noticias de que disponemos no sean tan amplias como fueran nuestros deseos. El templo remataba entonces en un elevado cimborrio, que descansaba en los cuatro pilares del crucero, y allí colocóse la última piedra por el deán D. Fernando de la Torre, con el Duque de Medina-Sidonia y don Fadrique Enríquez.

En derredor del cimborrio se habían construído amplios andamiajes, y allí subieron todos los canónigos, el Asistente y otras autoridades civiles, y gran número de personas de la nobleza sevillana, á las cuales seguía infinidad de acólitos, pajes y músicos.

Á las doce quedó la piedra en el lugar que le correspondía, y acto seguido cantóse por cuantos allí estaban un solemne Te-Deum con la fe y entusiasmo religioso de aquellos tiempos. Y en verdad que el acto que acababa de realizarse era para llenar de alegría á todos los amantes de la patria. La obra de tantos años estaba concluída; el deseo de varias generaciones se veía al fin realizado; y si desde aquel día la Religión católica contaba con un suntuoso templo para rendir culto á su Dios, el Arte contaba también desde entonces con una maravilla para rendir admiración al genio del hombre.

Después del Te-Deum bajó la comitiva á la iglesia, donde había quedado el Arzobispo Deza, que por sus años no pudo subir al cimborrio, y pasando á la capilla de la Antigua, que se encontraba adornada con ricas telas y flores é iluminada con gran número de cirios y lámparas de plata, se dió principio á una misa cantada por el Arzobispo, que duró hasta el mediodía.

El pueblo de Sevilla presenció con el mayor júbilo la terminación de su Catedral, y aunque estaban preparados para aquel día fiestas y regocijos, éstos no llegaron á verificarse á causa de encontrarse de luto la nación por la muerte de Felipe I el Hermoso, que había fallecido en Burgos el 25 de Setiembre del mismo año 1506.

Hasta el siguiente no se abrió á los fieles el templo, celebrándose entonces otras funciones religiosas, acerca de las cuales existen particulares muy curiosos.

Como no es nuestro propósito hacer que este breve apunte resulte una descripción de la hermosa Basílica, terminaremos recomendando al lector cualquiera de los muchos trabajos que por hombres eminentes se han hecho sobre el famoso templo, y ¡ojalá éste sea terminado de nuevo antes que desaparezca la actual generación!

XXIX

EL DIVINO HERRERA

«Ese es ¡oh Dios! el sonoroso acento con que canta triunfal sublime Herrera.»

El Duque de Frías.

Más que difícil, imposible es dar en estos breves apuntes un extracto de la vida y un juicio de las obras del insigne poeta fundador de la Escuela Sevillana, Fernando de Herrera, á quien sus contemporáneos llamaron el Divino, nombre que, según el gran Quintana, nadie mereció con más justicia que él.

Nuestra ciudad tuvo la honra de ser cuna de tan esclarecido ingenio, y según los datos más autorizados vino al mundo en 1534, siendo sus padres de posición harto modesta.

Dedicóse Herrera á los estudios de Teología, ordenándose de sacerdote cuando se encontraba en todo el apogeo de su lozana juventud. Disfrutó más tarde de un beneficio en la parroquia de San Andrés, y nunca quiso abandonar el estado humilde en que vivía, aunque sus muchos y buenos amigos hicieron, como dice Pacheco, «por acrecentalle en dignidad y hacienda.»

Murió Herrera en la capital de Andalucía el año 1597, y con él murió el poeta más notable de la Escuela Sevillana, que tanto esplendor y honra dió á las letras patrias.

Los versos de Herrera encantan al lector y conmueven las fibras más delicadas del sentimiento, sobre todo los que van dedicados á aquella Eliodora, por quien sintió una pasión tan honda, tan verdadera y tan constante, que torturó siempre su alma sedienta de ternuras, y le hizo gustar entre muchas amarguras esos supremos placeres que sólo están reservados á los que aman como debe amarse en la tierra.

Fué aquella mujer tan ciegamente idolatrada por el poeta, según las más autorizadas noticias, la nobilísima señora D.ª Leonor de Milán, Condesa de Gelves, cuyo esposo, gran aficionado y protector de las bellas letras, sostuvo no poca amistad con Herrera, á quien dió por algún tiempo entrada en su casa, distinguiéndole con marcadas deferencias.

Todas estas circunstancias, que hacían imposible que la pasión del vate sevillano fuese satisfecha, la acrecentaron más y más, haciendo que dominara todos sus sentimientos y fuese el constante martirio de su corazón.

La poesía más hermosa de Herrera, la que siempre es leída con deleite, y la que bastaría sólo á inmortalizar su nombre, fué la que compuso cuando murió la Condesa algunos años después, joven aún y adornada de todas sus poderosas gracias y atractivos.

El dolor, la pena y la más desconsolada amargura se desbordaron entonces en el corazón del vate y le dictaron aquellas estrofas, que no pueden ser leídas sin sentir tanta admiración como melancolía.

¿Quién no se conmueve con las palabras del enamorado, cuando escribe esto?

«Desconfío, aborrezco, amo, espero,
y llega á tal extremo el desconcierto,
que ya no sé si quiero ó si no quiero.
Testigo es de mis males el desierto,
que me ve en su desnuda y roja arena
tendido de dolor y casi muerto.
Cándida Luna, que con luz serena
miras indiferente el llanto mío,
¿has visto de otro amante otra igual pena?»

De esta composición dice Fernandez-Espino que es «la más tierna, sincera y apasionada de cuantas existen en castellano»; y bien quisiéramos reproducirla entera aquí, para que nuestros lectores saboreasen otra vez las inimitables bellezas que encierra.

Gran mérito tiene la elegía dedicada á su amigo Juan de Malara, y no son ménos notables las odas á D. Juan de Austria y á la derrota del rey D. Sebastián en África.

Herrera fué hombre que poseía gran erudición y atesoraba muchos y diversos conocimientos en todos los ramos del saber. Enriqueció la lengua, aumentándole giros, epítetos y frases; cultivó la prosa en obras tan celebradas como la Guerra de Chipre, la Vida de Tomás Moro y las Anotaciones sobre Garcilaso, y entre los muchos trabajos suyos que se han perdido figuraba una Historia general del mundo, hasta la edad del emperador Carlos V, que terminó en 1590, y que por desgracia no llegó á imprimirse.

El retrato más auténtico de Herrera es el que dibujó su íntimo amigo Pacheco en su célebre colección de varones ilustres, y por el cual están sacados los que existen en algunas bibliotecas y museos.

El nombre de Fernando de Herrera ha llegado hasta nosotros rodeado de esa aureola que envuelve á los genios, y será siempre admirado donde exista un amante de las letras; pero Sevilla, á quien tanta honra dió, aún no ha erigido á su memoria ni el más pequeño monumento ni la más modesta lápida.

XXX

LAS SOMBRAS DEL SUBTERRÁNEO

«Seres fantásticos que por las noches amedrentan al triste desvelado, y desaparecen con los primeros albores del nuevo día...»

Fernández Y González.

La calle Abades es de las más antiguas de nuestra ciudad, y en algunas de sus casas se encuentran unos profundos subterráneos, acerca de los cuales han escrito muy curiosas noticias Argote de Molina, Rodrigo Caro, González de León, Benavides y otros historiadores de Sevilla.

Tanta es la extensión de estos subterráneos, que algunas de sus ramificaciones, según dicen, se extienden á la calle Borceguinería y forman un complicado laberinto que es imposible conocer y estudiar con detenimiento.

Cuantos trabajos se han hecho á fin de reconocer aquellos lugares han dado escaso resultado; pues, sobre ser sumamente difícil penetrar en ellos, apenas si se puede permanecer allí por la atmósfera que se respira, por el frío, y por la infinidad de murciélagos que, al decir de un autor, vagan entre las oscuridades.

Según la opinión más recibida los tales subterráneos fueron descubiertos casualmente, estando practicándose unas obras en la casa del canónigo D. Juan de Falce en el año 1298; y aunque se ignora el en que se construyeran, se cree que los árabes los utilizaban para establecer la Escuela de mágia diabólica.

Desde tan remota fecha son conocidos aquellos antros, y el vulgo, siempre crédulo é inclinado á aumentar y dar tinte fantástico á las cosas, ha fraguado multitud de cuentos y leyendas sobre ellos.

Entre los muchos que suelen contarse ha llegado á nuestra noticia un suceso que, por tener algo de verdad en su fondo y ser poco conocido, lo creemos digno de figurar entre esta colección de apuntes.

En las habitaciones bajas de algunos edificios de calle Abades existen todavía unas pequeñas puertas (hoy tapiadas) que conducen por estrechas escalerillas á los misteriosos subterráneos, mirados siempre con miedo por las personas ignorantes y supersticiosas.

Cierta casa que tenía su puerta y escalerilla en el rincón de una galería que daba al patio era habitada hacia los años de 1695 por un caballero burgalés, hombre rico, soltero y de buena presencia, que vivía con las mayores comodidades y servido por un solo criado, viejo y no muy avisado.

Este señor contaba con muy buenas relaciones en Sevilla, y, libre como era, gustaba de correr aventuras galantes, cuidando sin embargo de no dar ejemplo escandaloso ni lugar á que su nombre sirviese de pasto como el de otros á las hablillas y murmuraciones de los ociosos desocupados.

Solía recogerse tarde á su domicilio nuestro caballero burgalés, y, provisto de una llave, abría la puerta y penetraba en sus habitaciones, donde no tardaba en rendirse al sueño.

Una tranquila y calurosa noche de estío hubo de recogerse más temprano que de costumbre, y como por ser verano su dormitorio estaba en una sala baja próxima al patio, para llegar á él tuvo que pasar muy cerca de la puerta que al subterráneo daba, y que creyó verla sin alteración alguna.

Entróse luego el caballero en su lecho y quedó profundamente dormido, pensando quizá en sus pasadas aventuras ó en las que tenía proyectadas, y no bien había trascurrido media hora, cuando un ruido singular y extraño le hizo volver á la realidad y abrir los ojos.

Escuchó con atención, y entonces oyó claramente rumores intensos bajo el piso de su habitación y algunos golpes secos, desiguales y prolongados.

No era el burgalés hombre que se amedrentaba con niñerías; y ya iba á saltar del lecho para coger su espada, cuando por una ventana de la habitación, que se encontraba abierta, vió, merced á la luz de la luna, pasar una sombra, á la que siguieron otras y otras, que le parecieron de gigantesca altura y raro porte.

Pruebas suficientes había dado el caballero durante su vida de no ser cobarde; pero la aparición de aquellas sombras turbó su espíritu, quitóle toda energía y le hizo temblar de pavor.

Quiso bajar de la cama y no pudo, quiso gritar y la voz se ahogó en su garganta; subiendo de punto el terror al notar que los fantasmas entraban en el dormitorio y se agrupaban en un rincón murmurando algunas palabras ininteligibles.

Así pasaron algunos momentos, momentos terribles de agitación y zozobra para el rico caballero, que se creía cercado de asesinos ó de almas de otro mundo que venían á llevarlo sabe Dios á dónde.

El caballero hizo un esfuerzo supremo para dominar su espanto, y con voz que procuró serenar dijo:—¿Quién sois? ¿qué queréis?

Pero no bien había pronunciado estas palabras, las sombras salieron precipitadas de la habitación y caminaron hacia el patio, produciendo un ruido sordo y desigual.

Rápido salió el burgalés de su estancia tras los fantasmas, que creyó ver saltando por el patio y dirigirse luego hacia la galería donde la puertecilla del misterioso subterráneo estaba. Persiguiólos el caballero, ¡y cuál no sería su sorpresa al notar que el subterráneo estaba iluminado por dentro con una luz roja é intensa!...

El burgalés, presa de un terror profundo, no pudo seguir adelante, y cayó en tierra sin sentido y aterrado...

Allí lo encontró por la mañana el viejo criado que le servía, y súpose más tarde el origen de aquellas apariciones que turbaron su tranquilo sueño, y que no era otro que el siguiente, bien prosáico á la verdad: el subterráneo de la casa se comunicaba con un edificio próximo, y varios habitantes de él decidieron una noche llevar á cabo una excursión por las misteriosas bóvedas, viniendo á salir sin darse cuenta á la casa del caballero, dando lugar á la escena que acabamos de narrar.

XXXI

LA CASA DE LOS ALCÁZARES

«Las cosas que hizo este ilustre varón viven por mi diligencia; porque siempre que le visitaba escribía algo de lo que tenía guardado en el tesoro de su prodigiosa memoria.»

F. Pacheco.

Con el nombre de Alcázares existe una calle en Sevilla, llamada en lo antiguo Ancha de San Pedro, la cual es en su mayor parte recta, alegre y con buenos y cómodos edificios.

En esta calle existe una casa que nada de particular ofrece en su fachada, pero que es hermosa en su interior, y en ella nació en 1531 y vivió largos años el insigne poeta Baltasar de Alcázar.

La mencionada finca, ocupada hoy por la benéfica asociación de Hermanas de los pobres, perteneció desde el siglo XIV á la noble familia de Arias de Saavedra, siendo adquirida mucho tiempo después por el hidalgo D. Francisco Alcázar, que en unión de su esposa D.ª Leonor de Prado fundó un mayorazgo, que vino á disfrutar más tarde su hijo segundo D. Baltasar, gloria de las letras sevillanas.

El edificio pasó en 1790 á la propiedad del Marqués de Camponuevo, y á la muerte de éste al convento de Santa Teresa, siendo adquirido hacia la mitad del presente siglo por los señores Marqueses de San Gil.

Á pesar de las obras que en el interior de aquel local se han llevado á cabo en el transcurso de los tiempos, aún conserva un carácter marcadísimo de antigüedad, que fácilmente se echa de ver cuando se traspasan sus umbrales.

En los magníficos jardines de esta casa se conserva todavía un árbol llamado el Mirto de Alcázar, á cuya sombra es fama que se sentó á componer muchas de sus poesías el festivo autor de La cena jocosa.

Nació Alcázar, como ya dijimos, en 1531, siendo destinado por su padre al servicio de las armas, y adquiriendo fama de entendido y valeroso guerrero junto al insigne D. Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz, cuyos memorables hechos son orgullo de la patria.

Retirado de la milicia, y después de haberse encontrado en gloriosos combates, Alcázar volvió á Sevilla, y estableciendo aquí su residencia, contrajo matrimonio con una virtuosa dama muy elogiada por su hermosura.

Los poderosos Duques de Alcalá hicieron al poeta Alcaide Mayor de sus propiedades, dispensándole grandes favores y teniéndolo á su servicio durante cerca de veinte años.

En este largo período fué cuando Baltasar de Alcázar escribió casi todas sus composiciones, las cuales por desgracia aún no se han visto todas reunidas y coleccionadas con esmero, pues andan desparramadas en varios libros, sin que en ninguno pueda decirse que están completas.

Su poesía que más ha elogiado la crítica, y que es sin duda más popular que todas, es La cena jocosa, relación sencilla y espontánea, abundante en donaires y graciosas locuciones, que despierta el interés del lector y que puede servir como modelo de versificación natural y suelta.

La afición que Baltasar de Alcázar tuvo por las bellas letras no fué menos que la que sintió siempre por la música y la pintura; tocaba con suma habilidad varios instrumentos, y también dibujaba, animado por su excelente amigo Francisco Pacheco, quien le retrató en su célebre colección de varones ilustres.

Juan de la Cueva, Cervantes y el divino Herrera tributaron no pocos elogios á Baltasar de Alcázar, que vivió siempre muy estimado de cuantos le trataron y lleno de consideraciones por sus envidiables cualidades.

Falleció el poeta en 1606, á la edad de setenta y seis años y en la misma casa donde vió la luz, dejando gratísima memoria en sus coetáneos y un nombre brillante é ilustre en las hispanas letras.

XXXII

UN PER-AFÁN DE RIVERA

«Corazón gastado, mofa de la mujer que corteja, y hoy, despreciándola, deja la que ayer se le rindió.»

ESPRONCEDA.

Al extremo Norte de la Alameda, y en una plaza que se llamó en lo antiguo Plaza de la Cruz del Rodeo, existe una capilla de humilde aspecto y fachada sencillísima, que se dedicó á la Virgen del Carmen, y fué levantada en memoria de un trágico suceso que vamos á recordar en estas líneas.

Los poderosos y linajudos Condes de la Torre tenían á principios del siglo XVI un hijo único, joven de apuesto continente y alegre carácter, que estaba llamado á heredar con los títulos nobilísimos de sus padres la cuantiosa fortuna que éstos poseían.

D. Per-Afán de Rivera, que así se llamaba el joven, aunque criado con toda severidad y recogimiento, cuando llegó á la mayor edad mostróse gran aficionado á correr aventuras y llevar aquella vida de peligros y diversiones que era peculiar á los calaveras de su tiempo.

No carecía de gracia y desenvoltura el hijo de los Condes de la Torre, y gozaba de cierta fama de valiente y decidor, así como de galante con el sexo bello, al cual era en extremo aficionado.

Muchas fueron sus travesuras y conquistas, muchas también sus pendencias y acaloradas disputas, y no fueron menos los relucientes escudos que derrochó en pocos años.

Á semejanza del Burlador de Sevilla, D. Per-Afán de Rivera no distinguía clases en cuestiones de faldas, y lo mismo ponía los ojos en la casta doncella que seguida de la dueña rodrigona cruzaba la calle envuelta en tupido manto, que en la desgarrada moza del partido, de andar resuelto y de traje corto y descotado.

Requirió de amores D. Per-Afán á una muchacha de posición humilde, la cual, seducida por el marcial talante y distinguido porte del galanteador, cayó en la debilidad de enamorarse de él con tanto ahinco cual si no hubiese en el mundo otro hombre de sus prendas.

Holgóse mucho el joven aristócrata de haber despertado en la incauta niña pasión tan verdadera, y le hizo mil promesas y juramentos, que, aunque no pensó cumplir, acabaron de trastornar el seso de la muchacha, que creyó de buena fe cuanto su amante le decía.

Poca paciencia tenía D. Per-Afán, y no gustaba de perder el tiempo en sus conquistas, por lo cual no dejó pasar mucho sin que la niña cayese en sus redes; y si antes le había dado su alma, dióle entonces su cuerpo, que era lindo y lleno de encantos.

Duró hasta aquel día el amor que juró sentir el hijo de los Condes; y siguiendo su sistema, abandonó pronto á la muchacha, olvidándola también por otra y otras conquistas que entonces reclamaban su atención.

Pero la doncella burlada, que era huérfana y pobre, tenía un hermano, que al enterarse por pruebas inequívocas del lance, alborotó el barrio de la Feria, y se dispuso á tomar venganza, ayudado por otros individuos que también tenían odio profundo á D. Per-Afán por motivo de sus calaveradas.

Formóse, pues, una conjuración siniestra, y durante muchos días el mujeriego aristócrata fué perseguido y acechado con la mayor insistencia.

Había éste una noche de estío asistido con varios amigos y amigas á la casa de cierto Monipodio que había en la plaza del Quemadero, y en hora avanzada salió á la calle solo, embozado en su capa y fiándolo todo, según costumbre, en su destreza en el manejo de la tizona. Pero al llegar á la Cruz del Rodeo encontró unos vecinos que estaban tomando el fresco tranquilamente, y sin motivo alguno arremetió contra ellos, insultándolos y amenazándolos de palabras y obras.

Al poco rato saliéronle al paso dos hombres encubiertos por antifaces, los cuales dieron una palmada, y al sonido de ella un grupo numeroso apareció por una callejuela, rodeando al mancebo en actitud amenazadora.

Hizo éste por arrojar la capa, y, sacando el acero, acometió á los enmascarados; pero antes que pudiera herirlos, el grupo cayó sobre él, descargándole terribles golpes y llenándolo de heridas.

Entonces uno de los encubiertos (que no era otro que el hermano de la joven burlada) sacó una daga y clavóla iracundo en el pecho de D. Per-Afán de Rivera, que exhaló al instante su último suspiro.

Cuando se divulgó por la ciudad la noticia de este trágico suceso causó honda sensación en todas las personas que conocían al infeliz, y los poderosos Condes, cuyo dolor puede imaginarse, costearon en el mismo sitio que murió su hijo la ermita dedicada á la Virgen del Carmen que existe aún en nuestros días.

Los pacíficos vecinos, á los cuales se atribuyó la muerte del joven caballero, fueron más tarde condenados á severas penas por la justicia, mientras el verdadero matador quedó en las sombras del misterio.

XXXIII

LA VELADA DE SAN JUAN

«Muy linda y elegante debía estar, cuando toda la nobleza sevillana concurría á ella, y sólo á ella porque no había otro paseo.»

El Duque de Rivas.

Feliz ocurrencia, sin duda, fué aquella que tuvo el buen asistente D. Francisco Zapata, Conde de Barajas, cuando por los años 1574 mandó construir la Alameda de Hércules, paseo el más antiguo de la ciudad, convirtiendo en agradable sitio de solaz y honesto esparcimiento el lugar donde antes se formaba un ancho pantano al que afluían las aguas sucias y corrompidas de toda la población.

Terminó su obra el Asistente elevando el piso, colocando asientos de piedra, fuentes elegantes, y ocho hileras de árboles que prestaban dulce y grata sombra, sirviendo al mismo tiempo para recreo de la vista y saneamiento del aire. Mas pareciéndole quizá que aún no estaba completo su trabajo, mandó trasladar allí dos soberbias columnas desenterradas de los barrios altos de la ciudad, donde se cree que existió un suntuoso templo consagrado á Hércules.

Ambas columnas, sostenidas por anchos pedestales, y sobre las que se ostentan dos estatuas, han sido descritas multitud de veces, y á ellas dedicó uno de sus más bellísimos artículos el insigne Duque de Rivas, que tanto cariño profesaba á nuestra capital, cuyas tradiciones cantó más de una vez en poesías inmortales.

Es opinión de muchos historiadores que en remotos tiempos penetraba un ramal del Guadalquivir por el lugar donde se levantó la puerta de la Barqueta, y que este ramal seguía por donde hoy existe la Alameda, atravesando la ciudad y saliendo cerca de la puerta de Jerez. No sabemos qué habrá de verdad en esto; mas sí puede asegurarse que á fines del siglo XV el lugar donde se encuentra la Alameda era un pantano, como hemos dicho, en extremo perjudicial para la salud por el total abandono en que se encontraba.

La Alameda de Hércules fué desde su fundación el paseo predilecto de los sevillanos, y á él concurrían los domingos serenos del invierno y las frescas tardes de primavera y estío las damas más lujosas, ricamente ataviadas, los caballeros más encumbrados y linajudos, los más ricos mercaderes y los jóvenes más apuestos y arrogantes.

Allí se juntaban muchas veces los doctos varones que formaban las ilustres academias de Pacheco y Malara; allí D.ª Feliciana de Enríquez y la Duquesa de Gelves concurrían en elegantes literas, rodeadas de entusiastas y aduladores mancebos; Medinilla y Per-Afán de Rivera sostuvieron reñidas batallas con Maniferros y Repolidos; el divino Herrera lloró tristemente los desdenes de su amada Eliodora; Rinconete y Cortadillo practicaron allí innumerables obras de caridad con bolsas ajenas; los señores inquisidores y asistentes pasearon embebidos en reposada plática; más de una casta y púdica doncella, aprovechando ligero descuido de su indispensable dueña rodrigona, deslizó perfumado y tierno billete en manos de rendido y discreto barbilindo; y allí, en fin, desde los comienzos del reinado de Felipe IV, se comenzaron á celebrar las famosas veladas en las noches de S. Juan y S. Pedro.

La época en que estas fiestas alcanzaron mayor esplendor, si hemos de creer á los fieles y puntuales cronistas, fué en los últimos años del pasado siglo y primeros del presente, cuando la aristocracia y el pueblo español, lejos de sospechar las próximas desgracias que amenazaban á la patria, entregábanse con más calor que nunca á las diversiones y regocijos, mientras el Príncipe de la Paz manejaba á su capricho los negocios del reino.

Volvamos los ojos hacia aquella época, y veamos la velada de San Juan tal como se celebraba á fines del siglo XVII, por ejemplo, cuando la riqueza y prosperidad de Sevilla aventajaban á las de muchas importantes ciudades de la Península.

Por entonces se habían llevado á cabo algunas reformas en el paseo, aumentando sus fuentes, añadiéndole nuevas calles de árboles y elevando al extremo Norte otras dos columnas más pequeñas, de escaso mérito, las cuales constan de ocho pedazos cada una y rematan en dos menguados leones con los escudos de España.

Era de ver por las noches en aquella época el aspecto que presentaban los alrededores de la Alameda.

En la antigua calle Pellejería, desde el convento de San Pedro Alcántara y hasta la del Barco, se alzaban entonces multitud de puestos y barracas en los que trianeros y ferianos vendían muñecos de barro y estampas religiosas, piñones y avellanas, alfajores de almendras y merenguillos de color. En la esquina de la calle Puerco, y frente la cruz del Paraíso, se situaban las buñolerías, donde las gitanas de la Cava Vieja, á la luz del tradicional candil y envueltas en espesas nubes de humo, fabricaban los dorados buñuelos para los mozos de rumbo y las mozas de empuje: allá cerca del convento de Belén se instalaban las casetas del siempre aporreado don Cristóbal, con su inseparable D.ª Rosita; y bajo los álamos blancos, los cipreses y los naranjos del arrecife formaban coro los vecinos del barrio, y al són de la guitarra y las castañuelas bailaban las majas y los majos el Olé, el Polvillo, los Panaderos ó cualquiera otro de los bailes populares más en boga por aquella época. Entre la doble fila de árboles de la calle central de la Alameda se veían colocadas largas hileras de vasillos de colores; junto á los Hércules se elevaban graciosos arcos de follaje, costeados por la hermandad de la Cruz del Rodeo; lucían los puestos de agua farolillos de papel y macetas de olorosa albahaca; en los dilatados asientos de piedra se formaban animadas tertulias, y la concurrencia apiñada y numerosa bullía alegre y regocijada, produciendo multitud de ruidos imposibles de calificar.

Sobre este animado cuadro lucía un cielo transparente y magnífico poblado de millares de estrellas, y en el cual se destacaba la blanca Luna, el astro de tristeza eterna y de eterna melancolía, que, deslizando sus rayos por entre el ramaje, iba á veces á sorprender un coloquio amoroso, y, con él, el secreto de dos almas jóvenes, apasionadas y soñadoras.

Era la noche de S. Juan noche de jolgorio, que solían pasarse en claro muchas personas, y era la Alameda de Hércules el sitio donde se juntaban y confundían la multitud de personajes que formaban la sociedad de nuestros abuelos, y que, como ellos, para no volver, han desaparecido.

Aquí la bella macarena, llevando airoso traje de medio-paso, peineta de carey y monillo de hombreras, desafiaba arrogante las miradas de los lechuguinos y los piropos de los manolos; allí el almibarado boqui-rubio, vestido según el último figurín de la moda francesa, chaleco de tisú, frac de raso y botas á lo bombé, dirigía su impertinente á los grupos de encopetadas damiselas; allá el chispero de tez morena y patillas cortas, camisa de chorrera, sombrero de queso y chupetín de sarasa bromeaba y reía con los compadres y padrinos; allí la interesante petimetra, con su rica falda cubierta de encajes, su talle alto con mangas de farolón y sus dos moños de colonia sobre el exagerado tupé, sostenía chispeante y animada conversación entre caballeros de empolvados peluquines y casacas bordadas; y lo mismo el discreto y ladino abate de rostro malicioso y correctos modales que el grave corregidor cachazudo y templado, lo mismo el orondo fraile de la Trinidad ó la Merced que el militar aventurero, el mercader de la calle Génova que el comerciante de la plaza, todo el pueblo de Sevilla, en fin, y todas las clases de la sociedad acudían gustosas á prestar animación y brillo á la tradicional velada.

Las casas del barrio de la Alameda eran la noche de S. Juan puntos de reuniones y alegres tertulias. En el ancho patio adornado de flores y lleno de luces se alojaba el elemento joven, encontrando ocasión de hacer gala de sus gracias y encantos ellas, y ellos de su galantería y donaire.

Había entonces una costumbre, que fué decayendo poco á poco, hasta concluir á fines del segundo tercio del siglo. Las muchachas casaderas se colocaban en las rejas al oscurecer, y desde allí solían llamar con el nombre de Juan á cuantos transeuntes les parecían á propósito; y cuando ellos se acercaban á las ventanas amables y sonrientes, se entablaban amenos diálogos, que concluían por lo general con dirigirse el transeunte á la confitería más próxima y volver cargado de enorme papelón de dulces, que repartía entre las niñas más lindas y que más le agradaban.

¡Á cuántas chistosas escenas daba margen esta costumbre! ¡Cuánto ingenio y agudeza, se derrochaban en aquellas conversaciones! ¡y cuántos noviajos y bodas se fraguaban en aquellas noches tan suspiradas por las jóvenes en estado de merecer!

En aquella bendita época los mancebos eran sin duda más crédulos que hoy, y por eso eran engañados más fácilmente por el sexo femenino, que en todos los tiempos sólo ha tratado de seducir y perder á los hombres, como dijo un santo padre, que debió ser persona experimentada y conocedor práctico de tan sutiles materias.

XXXIV

EL SANTO ENTIERRO

«Mucho, á la verdad, podía decirse de esta Hermandad, si minuciosamente hubieran de consignarse las particularidades, pormenores y variaciones de su procesión de Semana Santa en todo tiempo.»

J. Bermejo.

Algunos años hace ya que la famosa cofradía del Santo Entierro no aparece en la lista de las muchas hermandades de luz y vela que durante la semana de Pasión recorren con sus imágenes las calles de nuestra ciudad.

La historia y vicisitudes por que ha pasado dicha cofradía no dejan de ser curiosas; y por si algunos de nuestros lectores tienen interés en conocerlas, vamos á relatarlas en las menores líneas posibles, si bien otros lo han hecho con más extensión.

El nombre de la hermandad es el de Santo Entierro y María Santísima de Villaviciosa; saca tres pasos de regular mérito, en el primero de los cuales se ve una alegoría de la muerte, en el segundo una estatua yacente de Jesús, y en el último aparece la Virgen con S. Juan y las tres Marías.

La escultura del segundo paso es una de las mejores obras de Martínez Montañés, y fué construída en sustitución de otra antiquísima que dió origen á la fundación de la hermandad.

La tal fundación se debe á un caso por demás raro, ocurrido en Triana, y que las tradiciones refieren de este modo:

Había, pocos años después de conquistada Sevilla, en una casa de dicho barrio una vieja enferma que desde largo tiempo sufría una parálisis que la tenía postrada en el lecho, donde de continuo pasaba las horas muertas rezando y pidiendo á todos los santos que la llevaran de este mundo, puesto que sus graves dolencias no tenían cura. Cierto día, cuando más tranquila hallábase la anciana embebida en sus cuotidianas oraciones, vió con el mayor asombro hundirse gran parte del muro de la habitación, apareciendo ante sus ojos una imagen de Jesús tendido y amortajado. Á pesar de la parálisis, la vieja saltó del lecho ligera como una garza, y salió á la calle dando voces y poniendo en movimiento á todo el barrio, cuyos vecinos acudieron al lugar del suceso, quedándose con la boca abierta, no sólo por la aparición de la imagen, sinó por la cura milagrosa de la desahuciada vieja.

Tal caso llegó á noticias de D. Fernando III, quien ordenó se construyera una capilla en las afueras de la Puerta Real para la estatua aparecida y se fundase una hermandad que hiciese procesión todos los años.

Llevóse á cabo todo conforme lo dispuso el Monarca, transcurriendo algunos siglos sin que la piadosa congregación sufriese alteraciones que hayan pasado á la historia: pero allá por los años de 1587 un alfarero muy hábil é inteligente en su arte, natural de Génova y vecino de Triana, llamado Tomás Péssaro, movido por su devoción, estableció una hermandad en el hospital de Villaviciosa, situado en la calle Colcheros, para rendir culto á la imagen que allí se conservaba con dicho nombre, y la cual era una escultura de mediano valor artístico.

No prosperó mucho la congregación de Péssaro, según dice Bermejo en sus Glorias religiosas, aunque eran muy buenos los deseos de su fundador; y en 1601, habiéndose trasladado dicha hermandad á la capilla que ocupaba el Cristo aparecido en tiempos de D. Fernando III, se organizó la cofradía del Santo Entierro, que hizo su primera salida la tarde del Viernes Santo de 1602, que fué por cierto lluviosa en extremo y en extremo desagradable.

Desde el siguiente año fueron tantas las personas de posición que se interesaron por la nueva cofradía, que ésta llegó á su mayor apogeo, aventajando á cuantas hasta entonces hacían estación á la Catedral; y antes de morir el devoto alfarero Péssaro tuvo el gusto de ver en primera fila aquella congregación iniciada por él con tan modestos recursos y tan escasos medios.

Á fines del siglo XVII decayó un tanto la cofradía del Santo Entierro; pero recobró su antiguo esplendor en 1729 cuando el rey Felipe V se trasladó á Sevilla con la Corte, permaneciendo en nuestra capital cerca de cinco años.

No permiten las dimensiones de estos apuntes hacer detallada descripción de la manera con que en aquella época se presentaba al público la cofradía del Santo Entierro; pero bástenos con decir, para que el lector pueda formarse idea, que en ella figuraban las cruces de todas las parroquias, los frailes de todas las órdenes, el clero, las autoridades, y gran número de penitentes, músicos, soldados romanos, ángeles vestidos de caprichosos trajes, sibilas, coros, pobres de los asilos y numeroso acompañamiento de convidados.

En los comienzos de nuestro siglo la cofradía del Santo Entierro sufrió no pocas vicisitudes, que menciona González de León; la hermandad recorrió con sus imágenes varios templos, como San Pedro y San Juan de la Palma; los recursos de que disponía disminuyeron mucho, y cuando la invasión francesa puede decirse que quedó disuelta por completo, y sin duda no se hubiera vuelto á formar jamás si el Asistente Arjona no se encargara de ello, reconstruyendo los pasos y organizando de nuevo la congregación, que volvió á presentarse en la calle en 1830 y en los años siguientes, hasta en 1842, con raras excepciones.

En 1850 hizo estación, llevando casi todos los pasos de las demás cofradías, repitiéndose esto en otras ocasiones, y últimamente en 1889, después de cuya fecha no ha efectuado más su salida, á pesar de los buenos deseos de la hermandad y de los de muchos vecinos de Sevilla.

Gran número de pormenores y detalles dejamos de consignar respecto al Santo Entierro; pero á ello nos obligan las cortas dimensiones á que nos sujetamos en estas noticias.

XXXV

CERVANTES EN SEVILLA

«¿Pero por qué han de llorar los que nunca te leyeren ó que indiferentes fueren en libro tan ejemplar?»

E. Sojo.

El Príncipe de los ingenios españoles, cuyo nombre es la admiración de todos, durante su larga y agitada existencia residió más de doce años en nuestra ciudad, visitando la mayor parte de los pueblos de la provincia, teniendo ocasión de estudiar sus costumbres, caracteres y principales rasgos, como lo demostró luego en diversos pasajes de sus inmortales escritos.

Vino Cervantes á Andalucía poco antes del año 1588, cuando, después de haber compuesto sin resultados prácticos algunas obras para el teatro, solicitó y obtuvo un destino de Comisario de los proveedores de galeras D. Antonio de Guevara y don Pedro Insusa; y continuó en su empleo hasta el 1596, en que presentó con toda exactitud, según el erudito Navarrete, sus cuentas y las de los ayudantes que le acompañaban.

Empleóse también en otras comisiones; y como, á más de la anterior, obtuvo la de Recaudador de los tercios y alcabalas, que le dió Felipe II, y la persona á quien llevó ciertas cantidades recaudadas para que las llevase á la corte se fugó de España, hubo una serie de incidentes que sería prolijo contar, y que dieron por resultado la prisión de Cervantes en la Cárcel de Sevilla, donde algunos escritores suponen que dió comienzo al Ingenioso Hidalgo, sin que existan pruebas suficientes para creerlo así.

Salió Cervantes de la prisión en Diciembre de 1597, después de haber hecho al Rey presente, por documentos, su deseo de pasar á la corte, donde aclararía sus cuentas, y una vez en libertad ignóranse los sucesos que ocurrirían; pero es lo cierto que el autor insigne del Quijote siguió viviendo en nuestra ciudad todo el año de 1598, en situación no muy desahogada por cierto.

Ocupóse luego en negocios y diligencias que le encomendaron D. Hernando de Toledo y algunas personas de posición, saliendo de Sevilla por último á fines de 1602, dirigiéndose á Valladolid, donde se encontraba su familia, aunque también suponen algunos biógrafos que se detuvo en la Mancha y en el pueblo de Argamasilla, en cuyo punto fué preso y encerrado en la casa del Alcalde Medrano.

Por los datos anteriores se ve el tiempo que Cervantes residió en nuestra capital, y las diversas ocupaciones que ejerció; mas como nada hemos dicho hasta ahora de sus trabajos literarios de entonces ni de algunas particularidades curiosas, vamos á hacerlo en el menor espacio posible.

En los ratos que le dejaban libres sus cuentas y enojosas comisiones Cervantes frecuentaba el trato de los muchos varones ilustres que vivían en Sevilla, y los cuales habían hecho que nuestra población fuese centro de cultura, ya que era emporio del comercio y riquezas del Nuevo Mundo.

El divino Herrera, D. Juan de Jáuregui y el pintor Pacheco fueron grandes amigos de Cervantes, quien concurrió más de una vez á la famosa Academia de que en otro lugar nos ocuparemos, y en la que vinieron á juntarse hombres tan sabios y dotados de ingenio.

En Sevilla escribió Cervantes varias de sus novelas, entre las que se cuentan Rinconete y Cortadillo, Coloquio de los perros, El celoso extremeño, La tía fingida y El curioso impertinente; aquí compuso la poesía que se premió en el certamen de Zaragoza cuando la canonización de S. Jacinto, el soneto á la muerte de Herrera y el conocidísimo al túmulo levantado en la Catedral para las honras de Felipe II; aquí recogió muchos apuntes, que utilizó más tarde, y entabló por último conocimiento con muchas personas que habían de servirle para tipos de sus admirables creaciones.

En el convento de Santa Paula de nuestra ciudad estuvo la hermosa Isabela de La española inglesa, y cuenta la tradición que Cervantes pasaba largos ratos en la torre de San Marcos, desde cuyo punto solía ver en el jardín del convento á la linda muchacha, cuya casa estaba frente á la puerta del Compás.

Para terminar, diremos que el Príncipe de nuestros ingenios solía pasear con frecuencia por los antiguos portales de la plaza de San Francisco, donde era muy conocido de todos los que á aquel punto céntrico de la ciudad concurrían.

Habitó, según parece, tres casas en Sevilla: una próxima á Santa Paula; otra en la calle Alfolí de la Sal, y la última en la feligresía de San Isidoro; siendo de lamentar que nadie se haya ocupado en hacer algunas averiguaciones para señalar cuáles fueron estos edificios, que merecían ser adornados con alguna lápida conmemorativa.

XXXVI

DON JUAN TENORIO