«Á quien quise provoqué, con quien quiso me batí, y nunca consideré que pudo matarme á mí aquel á quien yo maté.»

ZORRILLA.

En esta colección de apuntes sevillanos no podía faltar en modo alguno el popularísimo caballero, hijo de nuestra ciudad, sobre quien tanto se ha escrito y tanto se ha discutido.

Llega el mes de Noviembre con su Conmemoración de los difuntos, y al mismo tiempo aparece en la escena de nuestros teatros ese personaje esencialmente español, audaz hasta la temeridad, pendenciero por naturaleza, burlador de mujeres y lleno de vicios que tienen un sello especial de grandeza y de hidalguía.

La figura de Tenorio resucita todos los años al sonido de las campanas que doblan tristemente por los que fueron; y el pueblo, que durante el día visitó el campo-santo para llevar coronas y faroles á las tumbas del padre, de la esposa ó del hijo por siempre ausentes, acude en la noche al teatro, donde presencia una vez más la escandalosa escena de la hostería, el rapto de la ideal novicia, el convite interrumpido por la fatídica sombra de Ulloa, y la salvación del alma pecadora del protagonista.

Esto de que las costumbres hacen leyes probado se ve únicamente con las representaciones del Tenorio. Ley se ha hecho ponerlo en escena en los primeros días de Noviembre; y tan es así, que otro cualquier día del año nadie concurre al coliseo que anuncia en sus carteles la popular obra de Zorrilla.

Sólo parecen bien las arriesgadas aventuras del audaz sevillano en los momentos en que la Naturaleza, despojada de sus espléndidas galas, cual si se asociase al duelo de la humanidad, se prepara á recibir al anciano Invierno.

Y ahora preguntamos: ¿ese D. Juan Tenorio, tipo acabado del calavera de otros tiempos, conjunto de todas las maldades, alma indómita y corazón de fuego, ha vivido en el mundo real, ó es únicamente la creación de un poeta?

Hé aquí una duda difícil de aclarar. Los críticos no han podido averiguar aún la verdad en este punto, y el origen de D. Juan Tenorio es un misterio.

Cada escritor de los que tratan el asunto dice una cosa distinta; cada uno lo presenta de modo diferente, si bien están conformes en achacar al héroe todas las travesuras imaginables; pero la fuente primitiva, el cimiento sobre el que se han construído tantas obras, no se ha precisado de manera clara, terminante y que no ofrezca lugar á dudas.

Á Tirso de Molina corresponde desde luego la gloria de haber sido el primer poeta que dió á conocer al D. Juan famoso. Cuantos después de Téllez le han tratado en leyendas, dramas y novelas, inspiráronse en lo que él dijo, y siguieron sus huellas más ó menos cerca ó con peor ó mejor acierto.

El burlador de Sevilla dió origen á cuanto de este personaje escribieron Molière, Corneille, Dumas, Byron, Junqueiro y otros autores extranjeros y nacionales; ¿pero en qué tradición, en qué documento, en qué hecho se inspiró Tirso de Molina?

Aquí entran las opiniones particulares de los críticos, que, como casi siempre ocurre, son muy diversas, y no es cosa de reproducirlas ahora.

Dejo, pues, á un lado el origen de D. Juan Tenorio, para que otro con más instrucción y paciencia se dedique á ponerlo en claro; y para concluir dedicaré algunos párrafos á la obra del inmortal poeta, que, abrumado de años y de laureles, era hasta hace poco el único que nos quedaba de una época gloriosa para las letras españolas.

Cuando Zorrilla escribió su célebre drama estaba muy lejos de sospechar que iba á ser la más popular y aplaudida de sus obras. Él mismo, en sus Recuerdos del tiempo viejo, nos dice de qué manera tan curiosa comenzó el trabajo. Sin haber formado plan ni haber meditado el asunto, dejó correr la pluma, y fué llenando cuartillas y más cuartillas de versos, si á veces incorrectos, fáciles, inspirados y armoniosos; y tras una escena imaginó otra, y en corto número de días la obra quedó terminada, y se estrenó sin que su autor llegara á repasarla con algún detenimiento.

El éxito fué grande; el público de entonces aplaudió, como aplaude el de hoy y como aplaudirá el de mañana, porque las creaciones del genio siempre causan admiración, cualquiera que sean los gustos que priven y las escuelas que estén en moda.

Parecía casi olvidado el Tenorio de Zorrilla algunos años después de su estreno. Lo puso en escena el actor D. Pedro Delgado, que se hallaba en todo el apogeo de sus facultades, y entonces se inició la costumbre de representarlo en los primeros días de Noviembre, y entonces se extendió por todas partes, y el propietario de la obra hizo una fortuna.

Zorrilla había vendido la propiedad, en cantidad no muy crecida por cierto, y nada percibió de lo mucho que produjo, cosa que el vate ha lamentado no pocas veces en diversas composiciones.

Hablar aquí del drama sería á mi juicio perder el tiempo, cuando no hay español que no le haya visto representar, ni persona medianamente ilustrada que no sepa sus versos de memoria. Nuestro propósito no ha sido otro sino que el nombre del legendario personaje sevillano figure en este libro, donde sólo se tratan cosas de Sevilla.

XXXVII

EL ANGOSTILLO DE SAN ANDRÉS

«Una calle estrecha y alta la calle del Ataúd, cual si de negro crespón lóbrego eterno capuz la vistieran...»

ESPRONCEDA.

Hoy no tiene esta vía nada de particular; es una de tantas calles estrechas é irregulares como en Sevilla existen, no muy limpia, y de poco tránsito: pero en otros tiempos, cuando el vulgo era más ignorante que ahora; cuando había aún quien creyese en brujas, duendes, fantasmas y toda esa caterva de seres extraordinarios; cuando las patrañas y absurdas consejas eran artículos de fe para el pueblo supersticioso, el Angostillo era sitio terrible, donde tenían lugar los sucesos más extraordinarios.

Era entonces el aspecto de esta estrecha y tortuosa calleja el más sombrío que puede imaginarse. Á un lado se alzaban los muros de la parroquia de San Andrés; al otro los altos paredones del hospital del Pozo Santo; había dos ó tres casas de miserable aspecto, viejas y ruinosas; á la desembocadura de la calle Cadenas se veía un edificio muy antiguo, que estaba siempre deshabitado desde que la Inquisición sorprendió en él una sociedad de molinistas; y para acabar de dar carácter á esta vía, se encontraba en ella un pesado retablo, donde existió un lienzo representando á la Concepción, ante el cual ardía de noche triste lamparilla de aceite, que lanzaba sobre la imagen sus menguados resplandores.

Mas no por haber allí un cuadro piadoso dejaban de vagar los diablos y duendes por el Angostillo; y tanta afición habían tomado al lugar, que ninguno les parecía tan á propósito para hacer sus sandeces y picardías.

¡Con cuánto terror contaban las viejas los sucesos del Angostillo! ¡Con qué miedo se oían los relatos de trágicas escenas allí ocurridas! ¡Con qué exageraciones y comentarios circulaban por toda la ciudad las hazañas que diariamente cometían las brujas y endemoniados!...

Paseaban durante la noche por la estrecha calleja pálidos espectros de ojos fosforescentes y largas túnicas, los cuales solían algunas veces asaltar al incauto transeunte, obligándolo á entregarles cuanto llevase encima, y dándole muerte si mostraba resistencia á ser despojado.

Vagaba también por el Angostillo el famoso duende Martinito, á quien nadie vió nunca, pero que todos hablaban de él ponderando su pequeñez excesiva y su travesura singular, que ejercitaba muy particularmente en engañar doncellas, á las cuales tenía encerradas en un palacio bajo tierra para irlas entregando según convenía á los caballeros enamorados y que le daban en cambio la salvación de sus almas.

Al pie del retablo que ya hemos citado verificábanse con frecuencia desafíos y riñas entre Maniferros y Repolidos, y muchas veces fueron de allí levantados por la mañana los cuerpos de no pocos infelices acribillados de estocadas.

En una de las casuchas del Angostillo veíanse entrar todos los domingos al toque de la Queda varios embozados, los cuales permanecían en el edificio hasta sonar el Alba, hora en que volvían á salir con el mismo silencio; y aunque parte del vulgo se deshacía en conjeturas, jamás pudo averiguar con certeza cuál era el objeto que á aquella casa llevaba á los misteriosos embozados.

Un individuo, sin embargo, más curioso ó más atrevido, quiso enterarse de lo que tales reuniones querían decir, y cierta noche púsose en acecho, favorecido por las sombras, junto al umbral de la casucha, distinguiendo entre las tinieblas á los embozados que iban llegando cuando las campanas de la Catedral dieron la Queda.

Con el silencio de la noche, que era templada y hermosa, oyó al poco rato un ruido singular dentro del edificio, escuchando también débiles quejidos y sollozos entrecortados, que parecían de mujer; mas cuando estaba el curioso con toda atención, se vió rodeado sin saber cómo de un grupo de hombres, quienes sin proferir palabra alguna le amarraron, vendándole los ojos, y cargaron con él á cuestas.

Fué tal el terror que se apoderó entonces del infeliz, que perdió el conocimiento, y cuando volvió en sí hallóse tendido en el Campo de los Mártires y en el más completo estado de idiotismo, en el cual vivió hasta los últimos días de su existencia.

Hoy, que ya nadie teme al Angostillo, nos ha parecido oportuno dedicarle un recuerdo en esta colección de ligeros apuntes.

XXXVIII

LA ACADEMIA DE PACHECO

«Por tí, honor de Sevilla, el docto, el erudito, el virtuoso Pacheco, que con lápiz generoso guarda aquellos borrones que honraron las naciones.»

QUEVEDO.

Tanta fué la prosperidad y grandeza de Sevilla en el siglo XVI, que algunos historiadores la comparan con Atenas en tiempos de Pericles y con Roma en la época de Augusto.

Con verdad puede decirse que la capital andaluza era centro de cultura intelectual, pues en ella tenían residencia esclarecidos varones que lograron adquirir fama imperecedera como poetas, pintores, escultores, prosistas y guerreros.

Entre estos hombres, orgullo de la patria, vivía Francisco Pacheco, artista por naturaleza, alma noble y henchida de bellos sentimientos y espíritu muy aficionado al estudio de todos los ramos del saber y al cultivo de las Musas.

Nació Pacheco, según los datos más auténticos, en 1573, dedicándose desde muy joven á la pintura bajo la dirección de Luis Fernández, que por aquella época tenía su taller en nuestra ciudad. Los primeros lienzos de Pacheco se dieron al público en 1590. Siete años después pintó al temple uno de los trozos del soberbio catafalco levantado en la Catedral para los funerales de Felipe II, que inspiró al gran Cervantes el más popular de sus sonetos.

Trasladóse Pacheco á Madrid hacia el 1611, volviendo á la corte pasado algún tiempo, y en los meses de su residencia en la villa estudió con sumo detenimiento las obras del Greco, de Carducho y de Céspedes. Vuelto á Sevilla, comenzó á pintar numerosos cuadros para las iglesias y conventos, inaugurando de allí á poco su famosa Academia, á la que concurrieron los mayores ingenios que por entonces existían en España.

Estaba instalada esta Academia en la calle Armas, en un edificio cómodo y espacioso, donde también tenía su estudio Pacheco, y del cual salieron tan notables pintores como Alfonso Coello y el gran maestro Diego Velázquez.

No tardaron en hacerse célebres las tertulias de la Academia que tanta honra dió á las letras patrias, pues allí asistieron: el inspirado Arguijo, protector de los ingenios de su tiempo; el P. Juan de Pineda; el racionero Pablo de Céspedes, pintor famoso, arquitecto y poeta; Gutiérrez de Cetina, el autor de tiernísimos madrigales; el divino Herrera, fundador de la Escuela Sevillana; Rioja, el cantor de las flores; el docto agustino Fr. Pedro de Valderrama; el maestro Francisco de Medina; el licenciado Cristóbal Mosquera, discípulo del ilustre Malara; el piadoso fraile Núñez Delgadillo; el malogrado doctor Gonzalo Sánchez Lucero; el inimitable poeta festivo Alcázar; Argote de Molina, cuyo nombre tanto se respeta hoy; el insigne pintor maese Pedro de Campaña; Rodrigo Caro; Miguel de Cervantes, y otros muchos varones ilustres que acudieron á aquel torneo de la inteligencia, donde se llevaron tantas cuestiones literarias y científicas, tantos pensamientos elevados y tan diversos y varios asuntos.

«Francisco Pacheco,—escribe el señor Asensio—al ver llegar á su reunión tantos varones notables, tuvo la feliz idea de irlos retratando unos después de otros, y la delicada atención de añadir á cada imagen un resumen ó elogio, en el que daba noticias de la vida y de las obras del personaje.»

Cultivó Pacheco, como ya hemos dicho, la poesía y la pintura, sobresaliendo en ambas cosas, pues su inteligencia privilegiada y su infatigable laboriosidad y amor al estudio se reunieron para dar vida á sus inmortales obras.

Entre las literarias se encuentran bellísimas poesías, doctas disertaciones y un Tratado del arte de la pintura, que, según palabras de un eminente crítico, «excede en erudición histórica y en la seguridad de los consejos á cuanto en la materia se había escrito hasta aquella época.»

Entre sus lienzos más notables mencionaremos su Juicio final, sus pasajes de la Historia de Ícaro, Dédalo, su San Miguel, y los que existen en las iglesias de Brenes y Alcalá de Guadaira.

Falleció Pacheco en Sevilla el año 1654. Juan de la Cueva, Lope de Vega y otros de sus coetáneos le dedicaron sentidos elogios, y la posteridad, que le admira, rendirá siempre tributo á su genio y sabiduría.

XXXIX

EL SERMÓN DE LAS MANCEBÍAS

«¿... Qué te vale tu lindeza? ocasiones de tristeza: tu beldad y hermosura, para ser mal empleada: más te valiera ser fea...»

C. de Castillejo.

La calle de la Laguna, que por sus hermosos edificios, su esmerada limpieza y su rectitud y anchura es una de las mejores calles de nuestra ciudad, edificóse á mediados del siglo XVII en el lugar donde desde muy antiguo tuvieron sus viviendas las mozas del partido, que se hallaban entonces separadas del resto de la población en aquel barrio, conocido con el nombre de barrio de las Mancebías.

Formábanlo éste multitud de casuchas desiguales y de horrible aspecto, y para entrar en él había que traspasar un arquillo situado al final de la calle de Atocha.

En aquel barrio existía una laguna de pestilentes aguas, que allí afluían de diversos sitios, y á esto se debió que la calle tomase el nombre que aún lleva.

Muy crecido era á la verdad el número de las distraídas mozas que en las mancebías habitaban, y, á fin de tenerlas á raya, el Ayuntamiento costeaba un personal bastante numeroso que de continuo las vigilase y examinara, dando también con frecuencia sabias órdenes encaminadas á contener los excesos y abusos de aquellas mujeres que por tan malos caminos iban.

No satisfecho con esto, y á fin de atraer á las ninfas por la mejor senda, el Cabildo nombraba un alguacil que las llevaba los domingos á oir misa, haciéndolas confesar y comulgar en la iglesia de San Francisco cuando era llegado el tiempo de Cuaresma; y por si aún no era suficiente, todos los años se celebraba en la misma mancebía una función religiosa, acerca de la cual hemos leído detalles muy curiosos y que tal vez desconocerán nuestros lectores.

Celebrábase esta fiesta de las rameras el día 22 de Julio, revistiendo caracteres de grande solemnidad, á la que contribuía mucho el Ayuntamiento, y aun algunas personas ricas y devotas.

Alzábase en el centro de una calle de la Mancebía cierta cruz de hierro que descansaba en un ancho pedestal con gradas, y ante esta cruz colocábase un púlpito, desde el cual algún fraile anciano y que reuniese buenas dotes oratorias pronunciaba un larguísimo sermón dirigido á las Aspasias y Proserpinas.

Éstas, á quienes se obligaba á abandonar sus tugurios, rodeaban al predicador guardando la mejor compostura que podían, y escuchando con el mayor silencio las palabras del fraile, empeñado en convencerlas de lo que las mozas no se querían convencer.

Á este sermón no faltaban nunca los señores del Cabildo municipal, y algunos caballeros de la nobleza, quienes solían colocarse en largos bancos que en lugar señalado se situaban.

Daba principio la fiesta religiosa al mediodía, y cuando el orador sagrado bajaba del púlpito, después de agotar todos sus razonamientos y amenazas con las ninfas, éstas oían una arenga de los individuos encargados de vigilarlas, y terminaba el acto con una detenida inspección del burdel y de sus moradoras.

«Pero no siempre—escribe el médico Pizarro en un curioso folleto—las predicaciones daban su fruto, pues algunos mal intencionados hallaban modo de turbarlas con escenas inconvenientes, ora ocultándose de antemano en la Mancebía, ora penetrando por un portillo que existía cerca de la laguna...»

Los días de fiesta iban á los lupanares algunos sacerdotes, quienes pronunciaban de tugurio en tugurio pláticas religiosas encaminadas á salvar á aquellas almas pecadoras empedernidas.

Las mozas, que no eran muy aficionadas á recibir tales visitas, para excusarse de ellas, comenzaron á salir de la Mancebía, estableciéndose en aquellos puntos de la ciudad donde creían estar más tranquilas para dedicarse á sus negocios, y de aquí resultó que el barrio fué quedando desierto de sus antiguas moradoras.

Por los años 1640 empezaron los derribos de aquellos lupanares, construyéndose algún tiempo después la hermosa calle de la Laguna, y desapareciendo para siempre el inmundo barrio de las Mancebías.

XL

DON JUAN DE ARGUIJO

«Aquí don Juan de Arguijo, del sacro Apolo y de las Musas hijo, ¿qué lugar no tuviera, si viviera? mas, si viviera, ¿quién lugar tuviera?»

Lope de Vega.

En aquella época memorable de feliz renacimiento de las letras sevillanas, al mismo tiempo casi que Herrera, Pacheco, Jáuregui, Escobar, Malara, Guzmán, Álvarez y otros muchos ingenios, floreció un varón ilustre, hijo de nuestra ciudad, y á cuya memoria vamos á consagrar hoy estas modestas líneas.

Aludimos al insigne poeta D. Juan de Arguijo y Manuel, autor de aquellas hermosas composiciones de las que Lope de Vega hizo grandes elogios, tan justos como merecidos.

Pocas son las poesías que D. Juan de Arguijo ha legado á la posteridad; pero son suficientes á inmortalizar su nombre, que va hoy unido al de los más preclaros é insignes literatos de su época, con quienes sostuvo gran amistad y frecuente trato.

Heredó Arguijo de sus padres un capital bastante crecido, y recibió una educación esmerada, conforme á su clase, llamando la atención desde los primeros años de su juventud por sus aficiones al estudio y por las disposiciones que tenía para ejercitarse en el cultivo de las Musas.

No son en verdad muy completos los datos que de la dilatada vida de D. Juan de Arguijo han llegado hasta nuestros días; mas por ellos sabemos que estudió Humanidades con gran aplicación, que fué caballero Veinticuatro del Ayuntamiento, que estuvo casado con D.ª Sebastiana Pérez de Guzmán, señora de ilustre familia, que tuvo entusiasta afición por la música y las bellas artes, y que murió por los años de 1624 á una edad respetable.

Una de las condiciones que poseía Arguijo, y que realza notablemente su nombre, es su generosidad sin ejemplo, la cual le granjeó infinitas simpatías entre sus coetáneos. Sus manos estuvieron siempre prontas á socorrer con largueza á cuantos ingenios necesitados encontró al paso, y protegió las letras, estimulando con sus liberalidades á cuantos hombres acaudalados había en Sevilla.

Nunca dejó Arguijo sin amparo á un escritor que solicitase su apoyo, ni nunca desatendió á los hombres que, dotados de talento, carecían de medios materiales para abrirse paso. El generoso sevillano, que disponía de rentas muy suficientes á vivir con gran desahogo, invirtió la mayor parte de su fortuna en costear libros ajenos, en fomentar los estudios de quienes los necesitaban, y en proporcionar á sus amigos cuantas relaciones y conocimientos pudieran serles útiles y provechosos.

Como rasgo de la prodigalidad del poeta se cita que cuando la Marquesa de Denia pasó por Sevilla dióle tan espléndido alojamiento Arguijo en su hacienda de Tablantes, que por el gasto que entonces hizo quedó tan mermada su fortuna, que le obligó á vivir con bastante modestia el resto de sus días.

Las poesías que D. Juan de Arguijo escribió están suficientemente juzgadas por la crítica y por los más autorizados maestros, los cuales, analizándolas con la mayor atención, han puesto de relieve las muchas bellezas que encierran.

El soneto, la más difícil quizá de las composiciones castellanas, fué lo que más cultivó el vate sevillano; y algunos de ellos pueden servir, como efectivamente sirven, de modelo. Díganlo sinó el que dedicó al Guadalquivir, y varios de los que figuran en el Parnaso español, en la Colección de poesías selectas castellanas y en el opúsculo anotado por el maestro Francisco de Medina.

Arguijo siguió en sus versos al divino Herrera, y según palabras de un crítico moderno, «por el gusto, por su rica y esmerada dicción poética, por la fuerza de su fantasía y por la gravedad y arrebato del pensamiento compite con los primeros líricos españoles.»

La casa donde vivió y murió D. Juan de Arguijo existe todavía, y está situada en el número 2 de la calle que tiene su nombre, y que en otros tiempos se llamaba de la Virreina por haber morado en ella una señora de grandes virtudes y singular hermosura viuda de un virrey del Perú.

El edificio, que es bastante amplio, ha sufrido notables alteraciones, pero aún tiene cierto carácter antiguo, que contribuye á dárselo el gran balcón de su fachada y el escudo de armas que en ella se ostenta. En el jardín se encuentran todavía las hornacinas que, según dice Fabié en sus notas á los Sucesos de Ariño, contuvieron gran número de esculturas que el poeta hizo traer de Italia.

Arguijo fué sepultado en la iglesia de la casa que los jesuítas fundaron en 1569 en la calle Compañía, al pie del altar de la Concepción, donde también descansaban sus padres, hermanos y cercanos parientes.

XLI

LOS FANTASMAS DEL BLANQUILLO

«... Entre los giros secretos que van formando las brisas hacia ella avanzan inquietos, entre canciones y risas, larga fila de esqueletos.»

S. Rueda.

En una especie de plazuela llamada de Vib-Arragel, que existía frente á la histórica puerta que se conoció con el nombre de la Barqueta, hubo un ancho terraplén, elevado á la altura de la muralla, al cual se subía por dos escaleras cómodas y desahogadas.

Este sitio era conocido con el nombre del Blanquillo, ignoro por qué causa, y era lugar tan sombrío y de tan triste aspecto, que sólo el contemplar aquellas negruzcas paredes, que llegaban al río, aquellos robustos torreones que las cercaban y aquellas zarzas que entre las piedras crecían, inclinaba el ánimo á las ideas melancólicas.

Por eso el vulgo nunca miró con buenos ojos el Blanquillo, y á propósito de él contábanse cien historias de fantasmas y encantamentos desde tiempos muy remotos, llegando á tanto las supersticiones, que uno de los actos más heróicos que podía entonces cometer un jaque sevillano era ir de noche al terraplén y pasearse allí algunos ratos tomando el fresco.

Cuando las nocturnas sombras caían sobre la población, el Blanquillo tomaba un tinte singular y fantástico, y en aquellas horas de tinieblas salían los espectros y los duendes con todo el aparato que tales alimañas traen consigo.

Los torreones que rodeaban el terraplén servían de albergue á los brujos y brujas, á quienes muchos juraban haber visto correr por los aires, atravesar el río sobre las aguas y ejecutar otras muchas habilidades de esta calaña. En el Blanquillo decíase que un moro descomunal enterró viva á una doncella hija suya que dejó de serlo por cierto caballero cristiano; allí los judíos habían sacrificado muchos chiquillos con gran refinamiento de crueldades; allí aparecieron un día los cadáveres de dos amantes que tuvieron el mal gusto de escoger aquel sitio para sus amorosas expansiones, y allí, en fin, ocurrían todas las noches las más extraordinarias y terribles cosas que pueden imaginarse.

Pero uno de los sucesos que más consternaron al vecindario y á todo el pueblo de Sevilla fué el que vamos á narrar, acaecido, si no miente la tradición, en los comienzos del siglo XVII, que fué siglo de cosas estupendas y nunca vistas.

En el barrio famoso de la Macarena, donde siempre habitaron hombres de conciencia ancha, perdonavidas y barateros, había uno que solía tener á raya á los valientes, gloriándose de haber despachado para el otro mundo á varios formidables ternes, por lo cual su fama era grande y por todos los de su jaez estaba públicamente reconocida.

Cierta noche de invierno serena y clara encontrábase el matón reunido con varios amigos en una taberna, y no se sabe por qué se habló de los fantasmas del Blanquillo, contándose algunas de las últimas hazañas de ellos, y muy particularmente de las que cometía uno que á las dos en punto de la noche salía á pasearse por la muralla hasta el convento de San Juan de Acre.

Hizo el valiente macareno burla y chacota de aquellas niñerías; y como manifestase á los suyos que habíanle entrado deseos de entendérselas con el tal fantasma para quitarle las ganas de hacer más sandeces, dijéronle los amigos que fuera á buscarle al mismo Blanquillo, donde no tardaría en topar con él.

No quiso el mozo desperdiciar la ocasión de perlas que se le ofrecía para dar una prueba más de su heroísmo, y prometió que aquella misma noche iba á concluir con cuantos fantasmas le viniesen á las manos.

Dudáronlo algunos, creyéronlo otros, hablóse mucho y nació una apuesta, que el terne prometió cumplir; y de allí á poco salió de la taberna acompañado de sus amigos, que le dejaron en las tapias del convento de Calatrava, siguiendo él resueltamente hacia la plaza de Vib-Arragel.

Quedóse solo nuestro hombre, y comenzó á subir la escalera del Blanquillo en el momento en que las campanas de la Giralda daban las dos de la noche.

Todo era silencio en aquel lugar; la luna sólo se veía en algunos intervalos por entre espesos nubarrones, el frío era intenso, y en conjunto el aspecto de aquel cuadro no podía ser más imponente.

Llegó el mozo al centro de la esplanada y se detuvo largo rato, paseando luego con el mayor sosiego, y cuando más tranquilo se figuró que podía estar, vió con gran sorpresa que por el filo del asiento que rodeaba el Patín de las damas avanzaba una figura, que mal podía calcular de dónde saliera, cubierta con blanco traje, tapado el rostro por un capuchón blanco también y de larga punta, y llevando en sus manos una larga vara, en cuyo extremo superior ardía cierta llama azulada y fatídica.

Dirigió el valiente algunas palabras al fantasma, pero éste no hizo caso alguno, y sin amedrentarse por las bravatas siguió su marcha reposada hasta colocarse cerca del macareno.

Éste, á pesar de sus bríos, sintióse sobrecogido un punto, y echando mano á un pistolón que llevaba al cinto, apuntó é hizo fuego dos veces sobre el blanco personaje; mas cuando esperaba que el fantasma caería desplomado á sus pies, observó con asombro que éste se llevaba la mano izquierda al pecho y sacaba de su seno las dos balas que el macareno le había disparado.

Entonces nuestro hombre quedó atónito, un sudor frío corrió por su cuerpo, turbóse su vista, y cuando iba á emprender rápida fuga descargaron sin saber cómo un golpe tan violento sobre su cabeza, que cayó en el suelo sin sentido.

Por la mañana el cuerpo del terne apareció flotando sobre las aguas del río, cerca de San Jerónimo, sin que dieran ningún resultado cuantas diligencias practicó la justicia para esclarecer este misterioso crimen.

«Y si, lector, dijeres ser comento,
como me lo contaron te lo cuento.»

XLII

EL ESCULTOR MARTÍNEZ MONTAÑÉS

«Famoso artífice, que por estas y otras obras adquirió grandes créditos, no sólo en Sevilla, sinó también en los países extranjeros.»

Arana de Varflora.

No se ha podido averiguar todavía, á pesar de las activas diligencias de los eruditos, si este insigne escultor, el más notable sin duda que en el siglo XVII tuvo España, es ó no hijo de Sevilla; pues mientras unos señalan nuestra patria como punto de su nacimiento, otros lo niegan, y sin presentar documento alguno afirman que nació en Alcalá la Real, pequeño pueblo de la provincia de Jaén, por los años de 1590.

Mas sea ó no sevillano, es lo cierto que Martínez Montañés vivió en la capital de Andalucía desde su infancia, que en esta ciudad pasó toda su existencia, y que aquí ejecutó todas las inimitables esculturas que hoy admira la posteridad.

Los templos de Sevilla se encuentran llenos de obras del insigne artista, con quien en vano quisieron competir en su tiempo otros escultores, también andaluces, quedando á gran distancia.

La más notable, quizás, de las figuras que produjo su habilísimo cincel es la del Jesús que construyó para el convento de la Merced Calzada, que hoy posee la hermandad llamada de la Pasión, y que excede al elogio más alto que de ella se haga.

La actitud del Nazareno, agobiado por el peso de la cruz; la dolorosa expresión de su rostro, que se inclina suavemente sobre el pecho; aquellos brazos que se extienden desfallecidos, sujetando á duras penas el instrumento del cruel suplicio; aquellos pies ensangrentados que pisan las abruptas peñas de la subida del Gólgota; toda la figura en sí resulta tan artística, tan humana, tan perfectamente concluída, y tiene rasgos tan llenos de inspiración, que es imposible contemplarla sin sentir algo, que conmueve y llega al corazón. ¡Lástima grande que tan hermosa figura se vea cubierta hoy por un ropaje de terciopelo lleno de costosos bordados y lentejuelas, que es verdaderamente antiestético y un ridículo anacronismo!

Se cuenta que la primera vez que esta hermosa escultura salió en procesión las gentes lloraron conmovidas al verla; y escribe el padre Valderrama, que el mismo Martínez Montañés iba á buscarla por las calles que había de pasar, diciendo á sus amigos «que era imposible hubiese él ejecutado obra tan admirable.»

Otra de sus figuras muy celebrada es el Crucificado que existe en la iglesia de San Leandro; y deben citarse tras de ella el Santo Domingo que hizo para el convento de Porta-Cœli, el Jesús llamado del Gran Poder, que posee la cofradía de San Lorenzo, el San Pedro Alcántara que se colocó en el monasterio de esta Orden, y el retablo mayor del convento de Santiponce, ejecutado por él en 1622.

Sería tarea por demás larga enumerar todas las esculturas que Martínez Montañés nos ha dejado como otras tantas pruebas de su admirable genio, y sería más larga y difícil tarea aún señalar la multitud de bellezas que en cada una se encuentran. Un reputado crítico dice «que pocos escultores le han aventajado en la naturalidad de las actitudes, en el plegar de los paños y en la dulzura y expresión de los rostros.»

Hizo también preciosos niños, muchos de los cuales se conservan todavía y se distinguen al momento de todos los que en aquella época se construyeron.

Juan Martínez Montañés falleció á principios del año 1649 en una humilde casa de la calle llamada entonces Cruz de la Parra, siendo causada su muerte por la cruel epidemia llamada peste levantina, que tan horrorosos estragos causó en Sevilla.

El cadáver del insigne artista fué enterrado en una ancha fosa que por entonces se hizo á la salida de la Puerta Real, confundiéndose sus huesos con los de los muchos desgraciados que allí se arrojaban en los días de la epidemia.

Martínez Montañés fué casado, y tuvo varios hijos; su existencia fué modesta y oscura, sus costumbres intachables y su mano estuvo siempre pródiga en socorrer á cuantos pobres llegaban á su puerta.

Para terminar, citaré un detalle que no es muy conocido: en 1636 pasó á Madrid para hacer el modelo de la estatua ecuestre de Felipe IV por el retrato que pintó Velázquez, y cuyo modelo se envió al florentino Tacca, y en 1648 aún no le había sido posible cobrar en completo el dinero en que se estipuló su trabajo.

XLIII

LOS ESCLAVOS NEGROS

«¿No será menos amargo el pesar que su tormento? un hondo arrepentimiento finará con el morir.»

J. Balmes.

Hay en el barrio de San Bartolomé una calle de corta extensión, que se llamó en lo antiguo calle de la Rosa y hoy se conoce con el nombre de Armenta, y en cuya calle aún se conserva un edificio donde ocurrió el trágico suceso que vamos á narrar, teniendo presentes cuantas noticias hemos podido recoger al efecto.

Hacia los últimos años del siglo XVI habitaban en esta casa dos hermanos de distinto sexo, de linajuda familia, de posición bastante desahogada y muy estimados en Sevilla, pues frecuentaban el trato de la gente más distinguida de la ciudad.

Por razones que luego comprenderá fácilmente el lector callamos los apellidos de estos dos hermanos, y sólo diremos de ellos los nombres: llamábase él D. Luis y ella D.ª Aurora, habían quedado huérfanos y pasaban tranquilamente la existencia disfrutando los muchos bienes que de sus ancianos padres habían heredado.

Era el D. Luis caballero que poseía bellísimas cualidades de carácter, y era la D.ª Aurora doncella de rara hermosura, que apenas contaba veintitrés abriles y estaba adornada de todas las gracias y encantos que una mujer puede atesorar, amén de otras dotes que la hacían digna de toda consideración y respeto.

Los hermanos, que se profesaban entrañable afecto, estaban servidos por dos criados antiguos en la casa de sus padres, hacia quienes tenían muchas deferencias, no comunes, ni entonces ni ahora, entre el que es servido y el que sirve.

Habían sido estos criados en su niñez esclavos en África, y si negros eran sus rostros, más negros aún eran los pensamientos que en mal hora comenzaron á cruzar por los oscuros rincones de sus cerebros.

La gracia juvenil, las turgentes formas y aquel gracioso continente de D.ª Aurora hicieron nacer en el pecho del más joven de los criados una pasión brutal y torpe, que, cuando no pudo tenerla más en silencio, comunicóla á su compañero, trazándole un plan horrible, é invitándole á que con él gozase á la peregrina hermosura.

Transcurrieron algunos meses, y durante este tiempo los pérfidos servidores maduraron su proyecto infame; y mientras encontraban ocasión propicia de llevarlo á efecto, crecía en el mísero corazón del esclavo aquel volcán de impuros apetitos y de lascivos deseos.

Asuntos particulares obligaron por su mal á don Luis á ausentarse algunos días de la casa, y cierta noche, á la hora de las Ánimas, cuando D.ª Aurora se disponía para recogerse, se vió sorprendida por el feroz negrazo, cuyo gesto y actitud demostraron bien pronto á la infeliz doncella el grave riesgo que su preciada honra en tales momentos corría.

Imposible le fué á la joven pedir socorro, é imposible le fué medir sus débiles fuerzas con las del esclavo, y éste huyó luego saboreando su bárbaro triunfo, ocultándose donde no creía llegase á ser capturado. Mas su compañero, que, horrorizado de aquel crimen desistió de tomar parte en él, cuando regresó D. Luis de su corto viaje contóle el caso, indicándole el lugar donde se refugiaba el autor de su deshonra.

Guardó silencio el caballero, sin que á nadie trascendiese lo que había ocurrido, y lanzóse en busca del servidor infame, á quien encontró al fin y dió muerte de certera estocada.

Al punto regresó ciego de ira á su domicilio, y al salirle al encuentro el otro esclavo se arrojó sobre él y lo estranguló, echando su cadáver en un pozo. Y quizás hubiera hecho lo mismo con su infeliz hermana, á no esconderse D.ª Aurora en el rincón más apartado del edificio.

Al siguiente día desapareció D. Luis, suponiéndose que se embarcó con rumbo á América, de donde no tornó jamás, y á los pocos meses la hermosa dama entró en un convento, que era entonces el lugar donde se acogían cuantos deseaban pasar tranquila la existencia.

XLIV

LA CARTUJA

«Que invirtáis todos mis bienes en proseguir con ahinco la fundación comenzada, para que sirva de asilo á religiosos cartujos cerca la orilla del río.»

J. Gestoso.

Magnífico y soberbio era á la verdad el monasterio que en las afueras de Sevilla, y á la derecha del Guadalquivir, poseían los frailes cartujos, y al evocar su recuerdo sentimos algo así como una sombra de envidia hacia aquellos dichosos seres que, alejados de miserias y cuidados, vieron deslizarse allí con la mayor tranquilidad las horas de esta breve y pasajera existencia.

La Cartuja ocupaba una grandísima porción de terreno, y «su aspecto exterior era más bien el de un pueblo, no pequeño, que el de un convento de anacoretas», según escribe González de León, que alcanzó á verlo cuando los frailes estaban en todo su apogeo.

Á más del edificio ocupado por los monjes y por el templo, había graneros y departamentos, repletos siempre de cereales y vituallas; almacenes de maderas, hierros, casas habitadas por trabajadores y criados, talleres de carpintería, jardines deliciosos, y huertas que rendían abundantes frutos.

La comunidad era bien numerosa; en las arcas de la tesorería se guardaban muchos millones en relucientes monedas de oro y plata, y en los estantes de la biblioteca infinidad de volúmenes raros y curiosos; en las bodegas exquisitos vinos, y en las despensas sabrosos manjares; y para que nada faltase á los frailes, los mejores artistas habían dejado en el convento numerosas joyas de arte de inestimable precio.

La Cartuja se fundó el año 1401 por el arzobispo de Sevilla D. Gonzalo de Mena, quien costeó los primeros trabajos para la erección del edificio, y dejóle á su muerte más de treinta mil doblas de oro.

En el lugar donde se comenzó á levantar tan soberbio edificio existía una ermita, en la que se conservaba una antiquísima imagen de la Virgen, llamada de las Cuevas, la cual fué colocada en el retablo mayor de la iglesia.

La suma donada por el Arzobispo fué á parar en gran parte á manos del Rey de Aragón, quien dispuso de ella para costear la guerra contra los moros; pero el adelantado de Andalucía D. Per-Afán de Rivera le dió á los frailes una cantidad igual á la que habían perdido, y entonces se siguieron las obras, que, merced á las muchas donaciones de otros caballeros, se terminaron después de mediar el siglo XV. Á propósito de esto extractamos estas curiosas noticias de la Historia eclesiástica del Abad Gordillo:

«Tenía el Arzobispo Mena un criado natural de Burgos, llamado Juan Martínez de Victoria, á quien había dado un canonicato de la Catedral... y teniéndole consigo en Cantillana, al tiempo de su muerte le encomendó la continuación de la fábrica y aumento del monasterio, y en su confianza le dejó treinta mil doblas de oro moriscas para que con ellas acudiese á su intento y confianza que de él hacía. El canónigo Martínez de Victoria tomó á su cargo la prosecución de la fábrica del monasterio. Fué esto en tiempo en que el infante de Castilla D. Fernando vino á Sevilla á buscar dinero para hacer la guerra á los moros. El Infante llamó al canónigo Victoria y le pidió las treinta mil doblas para la guerra; éste negó tener las doblas, y entonces el Infante determinó darle tormento, y se lo dió muy recio. Viendo que no declaraba, el Infante le hizo jurar que no tenía el dinero; y por no jurar en falso, Martínez de Victoria confesó dónde tenía la cantidad que tanto había defendido como fiel criado.»

Dado el poco espacio de nuestros apuntes, sólo nos detendremos en hablar de la iglesia de la Cartuja, que causaba admiración en todos los que la visitaban.

Llegábase á ella después de pasar un extenso patio, y era de una sola y amplia nave, de altos techos y macizas paredes de ladrillos y piedras. En los altares, que eran muchos y de varios gustos, existían hermosas figuras de Martínez Montañés y Roldán; cuadros debidos á los pinceles de Morales, Alonso Cano y Durero: la sillería del coro principal era obra de Duque Cornejo, y las estatuas que cerca de ella estaban colocadas fueron construídas por el florentino Torrijiano, según he visto escrito.

Ocupaba la sacristía mayor una hermosa pieza de buenas luces, de pintadas vidrieras, y de sólidas y labradas estanterías, en las cuales se guardaban riquísimas telas, preciosas joyas y toda clase de objetos para el culto.

El Arzobispo Mena, fundador de la casa, estaba enterrado en la capilla de la Magdalena, y en otra capilla, á expensas del primer Marqués de Tarifa, se construyó un soberbio mausoleo, donde fueron sepultados D. Per-Afán de Ribera, sus dos esposas, que yacen hoy en la Universidad, y desde 1512 hasta 1536 estuvieron allí en modesto nicho los restos de Colón, que, llevados á Santo Domingo, pasaron á la isla de Cuba en 1795, donde se encuentran actualmente.

La Cartuja fué casi destruída por los invasores soldados de Napoleón en 1811, y al marcharse éstos restauróse la iglesia, que se abrió al culto en 1816.

Cuando los nuevos frailes empezaban las obras de reparación del convento vino la exclaustración, y en 1843 se estableció en el edificio la fábrica de loza que tan conocida es en todas partes por sus productos, y de la cual nada diremos por parecernos que nos apartaríamos del principal objeto que nos ha movido á trazar estas líneas.

XLV

LA ROLDANA

«Roldán dejó varios discípulos, entre ellos su hija Luisa, notable artista, á quien los sevillanos dieron el nombre de la Roldana.»

J. H.

Vamos á ocuparnos de la célebre escultora Luisa Roldán y Mena, conocida por la Roldana; y si bien son pocos los datos biográficos que de ella conocemos, sus obras son suficientes á llenar muchas páginas en su elogio.

Hija de Pedro Roldán, artista que trabajó mucho para los templos de Sevilla, aprendió desde pequeña la escultura, aventajando con el tiempo á su padre, el cual, aunque ejecutó algunas figuras no exentas de mérito, hizo muchas que no resisten la crítica más indulgente.

Nació la Roldana en 1656, y, como siendo muy joven quedó huérfana de madre, encargóse del gobierno interior de su casa, ayudando al mismo tiempo en las esculturas á su padre, sin abandonar por ello las labores domésticas, á que debe dar particular atención toda mujer hacendosa y prudente.

Con las lecciones que á diario recibía y con el talento de que la naturaleza la había dotado fué cada vez adelantando más en los trabajos que comenzaba, llegando á construir estatuas tan bellas como las que se encontraban en el extinguido convento de las Mínimas.

Cuéntase que por entonces, habiendo rechazado el Cabildo una escultura que por su encargo hizo Pedro Roldán, su hija la arregló de tal modo, que fué admitida por los canónigos con satisfacción extraordinaria.

Y no fué ésta la sola ocasión en que la Roldana corrigió á su padre, pues en la Virgen de los Dolores que existe en San Pablo y en el paso de la Mortaja de Santa Marina también puso sus manos, y por cierto con los mejores resultados.

Para la iglesia de San Bernardo ejecutó cuatro figuras, que merecen citarse por la verdad que tienen, por la sencillez de las actitudes y por los conocimientos anatómicos que revelan.

Representan tales esculturas á San Miguel, á San Agustín y á Santo Tomás, siendo la más notable la última, de la Fe, que como las anteriores se hallaba en el altar donde también existía el célebre cuadro de la Cena pintado en 1622 por Francisco Varela.

Cuando Pedro Roldán se encargó de construir el paso de la Oración del Huerto, de Monte-Sión, su hija le ayudó notablemente; y son de su mano, el ángel que sobre nubes se levanta bajo la palmera y los medallones de relieve que ostenta el zócalo en la peana.

Para la magnífica iglesia de San Miguel hizo Luisa Roldán la estatua de dicho arcángel, puesta en el retablo mayor, y de la que escribía un erudito historiador las siguientes palabras:

«La gallardía y franqueza del dibujo, la hermosura del joven rostro, en que á la vez se expresan el valor guerrero y la dulzura, y la exacta conclusión de las carnes y ropajes, es encantadora. Pocas veces se habrán ocupado las gubias de los escultores para cortar su madera con más acierto y facilidad.»

En lo que más sobresalió la Roldana fué en las figuras pequeñas; y existen de ella algunos niños admirables, que se conservan en los conventos de monjas.

La fama de esta mujer llegó hasta Madrid, y el desdichado monarca Carlos II la mandó llamar á la corte, nombrándola escultora de cámara y encargándole algunos trabajos con destino al monasterio del Escorial.

Desde el año 1695 la Roldana vivió en Madrid, hasta 1704, en que falleció víctima de una enfermedad aguda.

Su padre había muerto en 1700 sin dejar bienes algunos de fortuna y en medio de la soledad y el reposo de una casa de campo que tenía próxima á Sevilla.

Luisa Roldán, según los autores que la conocieron, fué de agradable rostro, de estatura proporcionada y de formas correctas; tenía un carácter dulce y expansivo: contrajo matrimonio con D. Luis de los Arcos, caballero, sevillano, de quien no tuvo hijos; y habiendo recibido aquella educación propia de su época, era muy dada á rezos y devociones, aunque sin extraordinarias mojigaterías.

XLVI

EL PINTOR MONEDERO