«Es tu sér: que del coro empíreo vino al estilo y pincel vida y concierto.»
CÉSPEDES.
En varios templos de Sevilla, tales como la Catedral, San Roque, Santa Inés, San Bernardo, y también en el Museo Provincial, se encuentran muchos lienzos de un notable artista que floreció en los comienzos del siglo XVII, y cuyo nombre no será desconocido ciertamente para ninguno de nuestros lectores. Estos lienzos, que por el color y la manera especial con que están pintados se distinguen de todos, fueron ejecutados por Francisco Herrera, á quien para distinguirlo de sus hijos, que también al arte se dedicaron, se le da el nombre de Herrera el Viejo.
De la vida de este pintor, nacido en Sevilla en 1576 y muerto en Madrid el año 1650, se cuentan anécdotas y pormenores muy curiosos; y de ellos vamos á relatar uno que, no por ser algo conocido, deja de tener interés.
Á pesar de su talento y del mérito de las obras de Herrera, fué muy poco estimado de sus coetáneos, siendo causa de aquella indiferencia con que lo miraban el carácter violento, desabrido y colérico que poseía, por lo cual se vió precisado á pasar la mayor parte de su existencia alejado del trato de las gentes y encerrado en su casa, de donde en muy pocas ocasiones salía.
Allí, solitario y taciturno, pintaba sus lienzos, ayudado, según se dice, de una sirvienta, pues ningún joven quería ser su discípulo, y los que llegaban á tomarle por maestro se alejaban bien pronto de su lado, como hizo, entre otros muchos, el inmortal Velázquez.
Francisco Herrera tenía también muchos enemigos que se había acarreado por su insociable carácter, y eran los primeros que le hacían guerra sus compañeros de profesión, ninguno de los cuales dejaba de tener de él alguna queja ó motivo de resentimiento.
No sólo se ocupaba Herrera el Viejo en pintar hermosos cuadros como el Ultimo Juicio ó los Pasajes de la vida de la Virgen, sinó que también hacía bellísimos dibujos y grabados en bronce, que eran dignos de ser elogiados algo más que entonces lo fueron.
Lejos del mundo y olvidado de muchos vivía Herrera por los años de 1621, cuando empezó á levantarse contra él un rumor que cada día se hizo más insistente, y que parecía no estar desprovisto de fundamento. Decíase por todos que el pintor se dedicaba en sus soledades á labrar monedas falsas, y aseguraban muchos haberlas encontrado en su poder y estar dispuestos á presentar cuantas pruebas se ofreciesen.
Tanta intensidad, y tantos vuelos tomaron aquellos rumores, que la justicia tomó cartas en el asunto, y, avisado Herrera, corrió á refugiarse en el Colegio de San Hermenegildo, para donde había pintado algún tiempo atrás un magnífico cuadro, que estaba colocado en el retablo mayor y que representaba una apoteosis del mártir titular.
Pasó mucho tiempo, y un día del año 1624, en la casa en que se albergaba el pintor se empezaron á hacer grandes preparativos, arreglándola toda y disponiéndola como si alguna gran solemnidad fuera á celebrarse. Á la siguiente mañana el monarca Felipe IV, que se encontraba en Sevilla, visitó el Colegio de Jesuítas, acompañado de la Reina y de gran número de personajes de la corte, recorriendo con detenimiento las galerías, patios y dependencias del edificio, y llegando al templo, donde lo primero que llamó su atención fué el gran cuadro de San Hermenegildo que en el altar mayor estaba colocado.
Permaneció el Monarca un buen rato contemplando aquella soberbia obra de arte, y tanto le agradó, que mostró deseos de saber el nombre del que la había ejecutado.
Díjole entonces uno de los padres jesuítas que aquel cuadro estaba pintado por un monedero falso, que, á fin de librarse de la persecución de la justicia, se había refugiado en aquel convento.
Entonces contestó el Rey:
—En esta causa soy yo el juez y la parte; venga, pues, el artista monedero, que tengo ganas de conocerlo.
Avisado Herrera, de allí á poco se presentó en la iglesia, arrojándose á los pies de Felipe IV todo conmovido y temeroso.
Entonces el Rey le dijo, después de mirar un rato el soberbio lienzo:
—Quien tales obras ejecuta no ha menester más plata ni oro;—y tocando con sus manos la frente de Herrera, que yacía hincado de rodillas, añadió:—alzad, que estáis ya libre, siempre que no volváis á incurrir en tan feo delito como el de que se os acusa.
Herrera el Viejo no pudo contener su emoción ante aquel rasgo del Monarca, y á pesar de ser duro de corazón y nada sensible, sus ojos se arrasaron de lágrimas, y con frases entrecortadas por la emoción dió las gracias al Rey, quien hizo grandes elogios de la pintura que en el altar mayor se ostentaba.
Este cuadro de San Hermenegildo puede admirarse hoy en el extenso salón del Museo Provincial, donde es una de las verdaderas joyas que le enriquecen.
«Él ofendió á mi marido, y de ello fuí yo la causa; y con todo esto le quiero y lo tengo acá en el alma.»
(Romancero de Gazul.)
Hojeando un libro hace mucho tiempo, que de la historia de Sevilla trataba, encontramos el asunto del dramático suceso que vamos á narrar; y como dudásemos algo del caso, hemos preguntado ahora á distintas personas versadas en noticias de nuestra población, las cuales nos han asegurado ser cierta, más no en todos sus detalles, la tragedia, que ocurrió de modo distinto á como en el libro decía.
Entre los buenos edificios que existen en la histórica calle de las Armas hay uno de construcción antigua, de hermosa fachada y de extensas proporciones, que se comunicaba con el abandonado callejón de los Estudiantes por un postigo que ha desaparecido.
Era morador de esta casa á fines del siglo XVII un caballero de edad algo avanzada y de buena fortuna, que para su desgracia había contraído matrimonio con una joven linda y dotada de un corazón volcánico y apasionado.
Creíase dichoso el buen señor, sin que ningún pesar turbara la calma en que vivía, entregado á su afición predilecta, que era la floricultura, y enamorado de D.ª Elvira, mujer en quien tenía absoluta confianza, sin que nunca cruzara por su mente la idea atormentadora de los celos.
Pero mientras él cuidaba las macetas y arreglaba las flores de su jardín, álguien había tenido ocasión de acercarse á la joven esposa y deslizar en sus oidos palabras de amor y frases apasionadas, que, despertando en el corazón femenino deseos que parecían olvidados, hicieron nacer un amor ilegítimo, pero profundo, arraigado y sincero.
La confianza del marido prestaba alientos á los enamorados, quienes, sabiendo ocultar aquellos sentimientos que les unían, nunca dieron el menor motivo á la más leve sospecha de nadie ni á la más ligera murmuración.
Sin embargo de esto, al cabo de muchos meses hubo álguien que creyó descubrir un leve indicio, y espió con cautela para conseguir su intento. Una astuta criada de D.ª Elvira comenzó á dudar de la fidelidad de su señora, y después de no pocas observaciones y hábiles pesquisas, notó que casi todas las noches, cuando el reloj daba la una y la casa yacía en profunda oscuridad y silencio, una sombra se deslizaba por el patio, entreabría con sigilo la puerta que comunicaba al jardín y cruzaba éste; luego descorría el cerrojo del postigo que daba al callejón de los Estudiantes, y á los pocos momentos solía penetrar en él un bulto, que en unión de aquella sombra se ocultaba en una pequeña habitación que cerca del jardín existía.
¡Cuán ajenos estaban los cautos amantes de que sus dulces coloquios y sus naturales expansiones tenían un testigo que no eran ciertamente los frondosos árboles, ni la blanca luna que en el trasparente cielo se alzaba!
La astuta sirvienta, convencida hasta la saciedad de la grave falta que D.ª Elvira cometía, demostró por ella tan mala voluntad, que con el mayor disimulo y la más pérfida astucia hizo llegar al confiado marido la horrible noticia de su deshonor, oculto para el mundo durante tanto tiempo.
Pero el viejo no era hombre de violento carácter ni de grandes bríos, y en vez de tomar rápida venganza, calló como si nada supiera, y siguió cuidando sus flores y contentando á su esposa, mientras en su cerebro maduraba un plan terrible y sangriento.
Seguía el jardín siendo punto de las citas que con su amante tenía D.ª Elvira, y al mediar la noche nunca faltaba ella á descorrer el cerrojo del postigo por donde entraba su rendido y constante adorador.
El año 1697 tocaba á su término, y en una de las de aquel Diciembre la infiel esposa cruzaba á la hora convenida el solitario jardín con el ánimo casi tranquilo y el pecho lleno de ilusiones y de deseos, que pronto iban á verse satisfechos una vez más.
Aunque las sombras que rodeaban á D.ª Elvira eran profundas, ya conocía el camino, y con seguro paso llegó á la puertecilla y, una vez abierta, aguardó la primera caricia del hombre á quien amaba.
Á los pocos instantes un hombre embozado hasta los ojos apareció en el dintel; pero lejos de estrechar entre sus brazos á la dama, se le acercó rápidamente, y sacando de entre los pliegues de su capa un enorme cuchillo, lo hundió con violencia en el seno palpitante de D.ª Elvira, que como herida por un rayo cayó en tierra, exhalando su vida en un indescriptible sollozo. El embozado salió de nuevo, y cuando instantes después vió entre la oscuridad de la calleja que un hombre penetraba con cautela por el postigo, cerró éste por fuera con llave, y salió con precipitación, dando vuelta al edificio, en cuyo patio aguardábale la delatora sirvienta.
Al ruido y las voces que luego en el jardín se oyeron acudieron los criados que dormían, y el dueño de la casa, aparentando la mayor sorpresa; pudiendo entonces ver todos á D.ª Elvira en el suelo con el pecho ensangrentado, y junto á ella un hombre, á quien tomaron por autor del bárbaro asesinato. Este hombre fué preso, y ahorcado más tarde, sin que se supiera hasta muchos años después la verdad de lo ocurrido en aquella terrible noche, y por confesión de la criada cuando estaba en el lecho de muerte.
«¿Quién de tus bellas Vírgenes la norma, gran Murillo, te dió? ¿Dónde las viste, ó cómo al mundo presentar supiste tipos celestes con humana forma?»
M. A. Príncipe.
El gran pintor, gloria de España y honra de su siglo, que tan acabadas pruebas de su genio ha legado á la posteridad, debe tener un recuerdo entre estos apuntes; y al tomar ahora la pluma, á él vamos á dedicar las presentes líneas.
Bartolomé Esteban Murillo, hijo de nuestra población, pasó en ella su tranquila y laboriosa existencia consagrado al arte, sin que por entonces su nombre, hoy universal, llegase á ser conocido apenas fuera del círculo de sus amigos. Uníase en él la modestia al genio, y por esta causa rehusó cuantas ocasiones se le presentaron de adquirir esos títulos y honores que tanto buscan otros hombres sin mérito alguno para obtenerlos.
En la humilde casa donde vivía el gran maestro pintaba sus lienzos prodigiosos, y pasando del taller á la iglesia ó al convento para donde se ejecutaron, quedaban allí, limitándose el triunfo que alcanzaba el artista á bien poca cosa.
Juan del Castillo, pintor que residía en nuestra ciudad por los años de 1640, tuvo la honra de ser el que enseñó á Murillo los primeros rudimentos del arte, sin que jamás llegara el discípulo á imitar en nada el estilo del maestro, como puede verse en los cuadros que del segundo existen en el Museo y en varios templos y capillas.
Con sólo las lecciones que había recibido, comenzó Murillo á pintar siguiendo su propia fantasía, hasta que encantado por las obras de Frutet y de Pedro de Campaña, y deseando admirar los tesoros artísticos que se encontraban en el Real Palacio de Madrid, trasladóse á la corte en 1643, donde se encontraba el insigne Velázquez, con quien hizo buena amistad, y tuvo ocasión de estudiar los mejores modelos. Cuando á los dos años regresó á Sevilla, de donde había salido sin participar ni á sus amigos el viaje, comenzó á trabajar con verdadero empeño, causando bien pronto la admiración de cuantos tuvieron ocasión de contemplar las obras que sus pinceles producían.
Desde el 1648 hizo para la Catedral los cuadros de San Leandro y San Isidoro, el San Antonio de la capilla del bautismo, las mártires Santas Justa y Rufina, San Fernando, San Hermenegildo, los cuatro Arzobispos de la diócesis, la magnífica Concepción, el Ecce-homo y otros varios, trabajando también en la restauración de la Sala Capitular, que por entonces sufrió algunas obras.
Cuando el piadoso caballero D. Miguel de Mañara construyó la iglesia del Hospital de la Caridad, Murillo pintó para ella ocho lienzos, que están reputados por los mejores que hasta entonces había producido.
Innumerables fueron los cuadros que ejecutó desde entonces hasta el 1680, y entre ellos sólo citaremos varias Concepciones, en las cuales ni antes ni ahora ha tenido rival; el Retrato de D. Justino Neve, San Pedro, la Virgen con el Niño y los dieciocho que pintó para el monasterio de Capuchinos.
Salió Murillo de su querida ciudad poco tiempo después, dirigiéndose á Cádiz, donde comenzó la que había de ser su última obra. Estando un día trabajando en el lienzo que representa los Desposorios de Santa Catalina, tuvo la desgracia de caer del andamio en que se hallaba subido, lastimándose varias partes del cuerpo.
Trasladáronle entonces á Sevilla, donde al poco tiempo de su llegada, habiéndose agravado en su dolencia, falleció el día 3 de Abril de 1682, á las cinco de la tarde, mientras estaba dictando su testamento.
Su cadáver fué enterrado en la parroquia de Santa Cruz, colocándose sobre el nicho una modesta lápida, en la cual se dibujó un esqueleto y la frase siguiente: Vive moriturus.
Cuando el derribo de la iglesia se perdieron los restos del gran pintor, siendo imposible encontrarlos, á pesar de cuantas diligencias se hicieron después.
Bartolomé Esteban Murillo nació en una casa de la calle Tiendas, y su partida de bautismo, que se conserva en San Pablo, dice así:
«En lunes primero día del mes de Enero de mil y seiscientos y dieciocho años, yo el licenciado Francisco Heredia, beneficiado y cura de esta Iglesia de la Magdalena de Sevilla, bauticé á Bartolomé, hijo de Gaspar Esteban y de su legítima mujer María Pérez. Fué su padrino Antonio Pérez, al cual amonesté el parentesco espiritual, y lo firmé. Fecha ut supra.—Licenciado Francisco Heredia.»
Terminaremos estos breves apuntes con el acta de su enterramiento, que, según la copia que tenemos á la vista, dice así:
«En cuatro de Abril de mil seiscientos ochenta y dos años se enterró en esta iglesia de Santa Cruz de Sevilla el cuerpo de Bartolomé Murillo, insigne maestro del arte de pintura, viudo que fué de doña Beatriz Cabrera y Sotomayor: otorgó su testamento por ante Juan Antonio Guerrero, escribano público de Sevilla, y dijo la misa de cuerpo presente el licenciado Francisco González de Porras.»
«En vano, dueña, es callar ni hacerme señas que nó; he resuelto que sí yo, y os tengo de acompañar: y he de saber dónde vais, y si sois hermosa ó fea, quién sois, y cómo os llamáis, y aun cuanto imposible sea.»
ESPRONCEDA.
El suceso que nos mueve á tomar la pluma no es de aquellos que ocupan un lugar más ó menos importante en los anales de Sevilla; pero á pesar del silencio que sobre él guardan las historias, bien creemos hacer en sacarlo á luz, pues no nos merece duda su autenticidad.
Hé aquí el caso como lo hemos oído á personas respetables, que de igual modo lo oyeron referir á sus padres y abuelos.
En los primeros años del siglo XVII era muy conocido en Sevilla y estimado por personas de todas las clases sociales un joven de gallarda presencia, de esmerada educación y de pingües rentas, llamado D. Álvaro González de Aguilar, oriundo de una ilustre familia granadina, y nacido y educado en la capital de Andalucía. Hombre mozo de ardiente sangre, y sin el freno de respetables personas, llevaba D. Álvaro una vida alegre y bien poco ordenada, tomando siempre muy principal parte en todos aquellos lances y aventuras de los que esperaba sacar algún provecho, sin que le hiciera desistir de ello el mayor ó menor riesgo que se exponía á correr por llevarlos á cabo.
Nuestro joven era gran adorador del sexo bello, y no por cierto de los platónicos; que de haber sido de éstos más de una vez hubiérase librado de graves compromisos que en distintas ocasiones le estrecharon, y de los que había logrado salir por su destreza y valentía unas veces, y otras por sus auríferos doblones, que D. Álvaro prodigaba cuando era caso como hombre generoso y conocedor de los corazones femeninos.
González de Aguilar no era ciertamente un calavera provocador, corrompido y vicioso; sus excesos no llegaban á vergonzosas degradaciones; solamente en ocasión muy rara daba alimento á las murmuraciones con sus aventuras, que dicho sea en verdad, ni á la honra de su casa ofendían, ni al nombre que llevaba imprimían mengua.
Una noche de principios de otoño de 1605 vagaba D. Álvaro por los intrincados y sombríos callejones del barrio de Santa Cruz sin rumbo fijo, muy embozado en su amplia capa, con el sombrero hacia los ojos y con la imaginación abstraída en muchos y varios pensamientos.
Era la noche aquella en que rondaba el joven noche de luna clara, merced á la cual podían distinguirse los lugares que recorría; pues en lo tocante á alumbrado artificial no había por allí ni siquiera la socorrida lamparilla de un retablo, que pudiera servir de guía al extraviado caminante por aquellas tenebrosidades.
Cuando más abstraído parecía el apuesto joven en sus pensamientos, oyó lejanos pasos que avanzaban en dirección igual á la suya; y como pudiera apreciar ser aquéllos por lo breves y menudos pasos de mujer, activó los suyos D. Álvaro hasta colocarse cerca de la persona que á tan desusada hora recorría sitios tan poco frecuentados. Era ésta, como supuso, una dama; pero tan envuelta iba en su negro manto, y con tal destreza, se recataba el rostro, que era imposible distinguir sus facciones, pudiendo asegurarse sólo que su cuerpo era esbelto y su andar gallardo y airoso.
Siempre ha sido el barrio de Santa Cruz, como ya hemos dicho en otro lugar, uno de los más á propósito de Sevilla para aventuras y lances de todas especies; y si hoy todavía tienen fama aquellas callejas por lo sombrías, misteriosas y solitarias, calcúlese el lector lo que serían en la época del suceso que vamos á referir.
Acercóse González de Aguilar á la desconocida, no tardando en dirigirle algunas frases galantes, que no obtuvieron contestación alguna, con lo cual acrecentóse la curiosidad del galanteador y nació en su pecho vivo deseo de dar digno remate á la que ya consideraba como feliz aventura.
Siguió la tapada sin detenerse ni precipitar el paso, y siguió el joven cerca de ella, apurando todos los recursos de su ingenio para poderla hacer hablar, cosa que le fué imposible conseguir en muy largo espacio de tiempo, notando él con cierta extrañeza que la dama tampoco debía llevar dirección fija en su marcha, pues con frecuencia volvía á la misma calleja por donde antes había pasado, rodeaba una manzana de edificios para salir al mismo lugar, ó cruzaba una plazuela para internarse de nuevo en otra travesía lóbrega que ya tenía recorrida.
Pasaba así el tiempo, y D. Álvaro comenzaba á desesperarse; todas las casas estaban cerradas, el silencio era absoluto, y el frío de la noche comenzaba á molestar al galanteador impenitente. De pronto lo dama se detuvo, volvióse hacia Gonzalo de Aguilar, y con voz firme y tono misterioso le dijo:
—¿Estáis dispuesto á seguirme mucho tiempo?
—Si no os es enojosa mi compañía,—contestó D. Álvaro—estaré cerca de vos toda la noche.
—Decidido estáis, caballero—replicó la tapada; y apartando el manto de su rostro, dejó ver á la luz de la luna una cara hermosa y joven, de facciones correctas y sensuales, en la que se destacaban dos grandes ojos, negrísimos y brillantes, sombreados de largas pestañas.
Pronto comprendió nuestro galán que su conquista no era una de tantas busconas como le salían al paso muchas noches; y al contemplar las perfecciones de aquel rostro, las redondas curvas que bajo los pliegues de aquel manto se adivinaban, y aquel elevado seno aprisionado en ajustado corpiño, no pudo menos, á fuer de perfecto amador, que aumentar sus palabras galantes y en extremo expresivas.
Guardó la hermosa silencio mientras D. Álvaro expresaba con la mayor vehemencia sus amorosos pensamientos, y cuando pareció haber terminado le dijo:
—Si vuestras palabras son verdaderas, seguidme, que no os pesará haberme acompañado por estas soledades.
Un momento después los dos personajes se ponían en marcha; pero entonces iban muy juntos y hablaban en voz muy baja. Algunas calles más recorrieron con lentos pasos, con los brazos enlazados y la mayor satisfacción por parte del caballero, llegando á salir por último á una calleja, formada la acera derecha por una larga tapia de los jardines del Alcázar y la izquierda por algunas casuchas de pobre aspecto. Esta calleja, perteneciente á la antigua Aljamia de los judíos, se llama hoy Muro del Agua, y apenas ha sufrido alteración alguna desde la época del suceso que vamos relatando.
Cuando la rendida pareja llegó á aquel lugar, ella sacó de entre los pliegues del manto una llave, y abriendo con ella una puertecilla baja y estrecha, formada toscamente en el muro, invitó á entrar á D. Álvaro.
El mancebo se encontró en una habitación de regulares dimensiones y modesto mobiliario, alumbrada por un colosal velón puesto sobre una mesa de pino. Había también en aquella estancia un arca vieja, algunas sillas, y en el fondo, revueltas sin cuidado alguno, las ropas de un lecho.
D. Álvaro se despojó de su capa y tomó asiento, preparándose á pasar un rato en extremo agradable; había tomado ya gran confianza con la hermosa dama, y no tardó en entablarse entre los dos un amenísimo diálogo, donde abundaron las frases galantes por parte del mancebo y las palabras tiernas por la de la dama, cuyos pudores y escrúpulos estaban vencidos en toda línea.
Al poco tiempo, por indicaciones de González de Aguilar, la hermosa se dispuso á salir, pues viniéronle deseos á él de apurar algún vaso de vino que le alegrase en la amorosa velada, y ella aseguróle que en una casa próxima había un amigo que se prestaría á darlo de la mejor gana.
Salió la bella, y cuando D. Álvaro quedó solo comenzó á pasear la habitación, y fijándose en las ropas del lecho, que en un rincón yacían, tiró de un lienzo blanco que parecía tapar alguna cosa, y al instante retrocedió espantado, lanzando un grito indefinible. Bajo aquellas ropas había descubierto una cosa horrorosa: el cuerpo de una persona, cubierto de sangre y mutilado con la mayor crueldad.
El caballero, con los ojos desmesuradamente abiertos, el cabello erizado y descompuesto el rostro, tuvo aún fuerzas para recoger el velón y aplicar la luz á aquel rincón de la sala. Era el cuerpo de un hombre joven, tenía la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y cortadas ambas manos por las muñecas. La luz cayó de sus manos, y quedó á oscuras. D. Álvaro buscó á tientas la puerta, presa del mayor terror, y cuál no sería su angustia al notar que estaba cerrada por fuera. Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de abrirla con desesperación, valiéndose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y procurando, por último, hacer saltar la cerradura con la punta de su espada. Este recurso extremo le proporcionó el placer de encontrarse en la calle, después de haber sufrido los minutos más terribles de su vida; pero cuando se consideraba libre y comenzaba á retirarse con precipitados é inciertos pasos de aquel sitio, vió de pronto aparecer cerca de él dos embozados con las espadas desnudas, que, acompañados de la dama, se disponían á acometerle. D. Álvaro se volvió hacia atrás, y sacando fuerzas de flaquezas emprendió la más rápida carrera que le fué posible, internándose entre los revueltos callejones, donde merced á las tinieblas pudo escaparse de la persecución de que era objeto.
Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por más tiempo las impresiones que había, recibido, y cayó al suelo sin conocimiento.
Al volver en sí era ya día claro, y unos vecinos de la plaza de D.ª Elvira lo habían encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigándole toda clase de cuidados. D. Álvaro refirió á todos lo que le había acontecido: dióse parte á la justicia, y cuando ésta se presentó en la casa no encontró ni el mutilado cadáver ni la más leve señal de que allí hubiese habido álguien recientemente. La accesoria estaba vacía y desalquilada desde mucho tiempo antes, no siendo posible, apesar de cuantas diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que quedó envuelto como otros tantos en el misterio, así como sus tenebrosos autores.
«Se encargó á la pericia del célebre rejero Sebastián Conde la construcción de una cruz de hierro.»
Velázquez y Sánchez.
Las calles de nuestra población estaban en lo antiguo llenas de arquillos, retablos y cruces, que les daban un aspecto por demás sombrío é interceptaban el paso de los transeuntes.
Era una de las más famosas de las cruces la que se alzaba frente al convento de las Mínimas, y de cuya historia vamos á hacer un breve extracto.
Los vecinos devotos del barrio del Salvador acordaron en 1692 colocar una cruz de hierro en la confluencia de las calles Sierpes (que entonces se llamaba Espaderos) y Cerrajería, encargando su construcción á Sebastián Conde, famoso maestro rejero, que por su habilidad y pericia gozaba de bastante nombre en aquella época.
Instalóse la Cruz el 1.º de Noviembre del ya citado año, después de haber dado permiso el Ayuntamiento, celebrándose en el lugar donde fué colocada una solemne función religiosa, que se repetía todos los años el 3 de Mayo, hasta que en 1729, con motivo de la visita de la Corte á Sevilla, se condujo la Cruz al convento de las Mínimas, para restituirla á su sitio cuando terminasen las fiestas. Pero transcurrió el tiempo sin que tal idea se llevase á cabo, y esto dió lugar á que en la sequía de 1734 pidiesen los vecinos su reinstalación, la cual se llevó á efecto coincidiendo con ella una abundante lluvia, que todos tuvieron como palpable milagro.
Volvió á quitarse la Cruz en 1796, y otra vez instalada, tornó á removerse en 1816, cuando las Princesas del Brasil pasaron por nuestra capital con dirección á la corte de España.
Por último, en 1818 se colocó nuevamente, desapareciendo al fin en 1847, y siendo llevada al museo arqueológico instalado en el ex-convento de la Merced, donde en la actualidad se encuentra.
Esta Cruz, acerca de la cual corrían en boca del vulgo no pocas tradiciones, es una obra de gran trabajo, aunque no de muy buen gusto.
En los primeros años del siglo XVIII fué muerto en desafío al pie de ella un caballero de la nobleza sevillana, famoso en su tiempo por sus amoríos y su vida galante y aventurera.
La muerte de este caballero quedó envuelta en el misterio, sin que la justicia pudiera sacar nada en claro de las averiguaciones que se hicieron; y es fama que el santo tribunal de la Inquisición tomó cartas en el asunto, y por su mandato cesaron todas las diligencias y todas las investigaciones.
Años después acostumbraba á colocarse todas las noches al pie de la cruz de la Cerrajería un hombre de aspecto venerable, el cual, hincado de rodillas, parecía orar con la mayor devoción, pasando allí horas enteras con la cabeza baja, como sumido en profundas meditaciones.
Pero cuando después del toque de Queda pasaba cerca del devoto algún trasnochador, veía con gran sorpresa que el pecador contrito se erguía con la mayor presteza, y sacando una enorme navaja de la capa, desbalijaba al transeunte de cuanto dinero ó ropa llevaba encima.
Por los años de 1800 al pié de la Cruz se celebraban alegres festejos populares, y en las noches de primavera y estío se adornaba de flores y de farolillos, reuniéndose en el corro los majos y majas, que bailaban al són de guitarras y castañuelas.
En la cruz de la Cerrajería solían hacer estación las hermandades del Rosario que á media noche recorrían las calles de la ciudad, y que no siempre terminaban con el mayor orden, pues en muchas ocasiones se promovían algaradas y motines, en los que tuvo más de una vez que intervenir la ronda para poner en paz á los fervientes devotos, que con la mejor buena fe se propinaban sendos garrotazos, labrando así la fama de que hoy gozan los Rosarios de la Aurora.
Se dice que en la Cerrajería existió también otra cruz de madera, adosada al muro de una casa; pero acerca de ésta conocemos bien escasos detalles, y por tal motivo dejamos de ocuparnos de ella.
«Pero los seres que, teniendo conciencia, se cubren con el antifaz de la hipocresía, fingiendo la virtud que más conviene á sus designios, no son ya viciosos, sinó criminales.»
Adolfo Llanos.
Pocos de nuestros lectores habrán oído el nombre de este militar, cuya historia no deja de ser interesante y curiosa, y á título de lo qué vamos á narrarla, siguiendo para ello las escasas noticias que de dicho sujeto hemos podido encontrar.
D. Gaspar de Yelves era descendiente de una conocida familia de Castilla la Nueva, y nacido en nuestra ciudad poco antes de mediar el siglo XVII, siendo educado con bastante esmero por sus padres, señores muy amantes de sus rancios pergaminos y del mayor ó menor brillo de su casa.
Apenas tuvo la edad precisa D. Gaspar, ingresó en el ejército y militó largos años bajo las órdenes de algunos ilustres caudillos, encontrándose en las campañas de Portugal sostenidas por el rey Felipe IV, y en otras guerras, donde se distinguió por su bravura y arrojo.
Cansado ya de la vida agitada, y no queriendo correr, según parecía, más riesgos, D. Gaspar Yelves se retiró del ejército y contrajo matrimonio con una dama rica y huérfana, en compañía de la que parecía disfrutar de la mayor tranquilidad y ventura.
Hacia el año 1672 D. Gaspar y su esposa vivían en una casa de buen aspecto, que estaba situada en la calle de Alfaqueque, y frecuentaban el trato de las personas más conocidas y principales del barrio de San Vicente, quienes les guardaban toda clase de deferencias y atenciones.
El Capitán Yelves era, así en su trato como en sus modales, un perfecto caballero, y era hombre muy instruído y de amena conversación, que se captaba las simpatías de todos por su carácter franco y expansivo y por su esplendidez y generosidad.
Ajeno de cuidados parecía vivir al lado de su esposa, y cuantos le trataban creíanle feliz y dichoso, no faltando muchos que le envidiasen y se hicieran lenguas de las buenas cualidades que poseía.
Al poco tiempo de instalarse D. Gaspar Yelves en su domicilio de la calle Alfaqueque, comenzó á hacer algunos viajes, que le tenían alejado de su casa varios días y semanas; y, según su mujer manifestaba á los que iban á verle, negocios relacionados con unos bienes que estaban en pleito eran los motivos de las ausencias del marido.
Nadie ponía esto en duda, y todos creían de buena fe á la señora, cuyas palabras gozaban el mejor concepto.
Por los años de 1695, y cuando España atravesaba una situación harto lamentable bajo el reinado del Hechizado Monarca, aparecieron en los campos andaluces unas numerosas partidas de bandoleros, que con la mayor audacia llevaban á cabo robos y atropellos incalificables, cometiendo también crueles asesinatos y brutales excesos.
Estas cuadrillas de ladrones eran el terror de la gente honrada; y aunque las autoridades ponían en juego toda clase de resortes, nunca podían echar mano á aquellos foragidos, que con exquisita táctica sabían burlar á la justicia, y eran tan diestros en borrar las huellas de sus pasos, como sanguinarios en la comisión de sus execrables delitos.
El capitán retirado D. Gaspar de Yelves seguía mientras tanto haciendo sus frecuentes viajes, y el último que hizo á mediados del 1697 se prolongó tanto, que puso en cuidado á su esposa y á cuantos eran sus amigos.
Por aquellos días habían verificado los bandoleros un robo de gran consideración en una iglesia, y fué tanta la actividad que se desplegó entonces por la justicia, que no tardaron en ser capturados algunos de los autores del hecho, siendo conducidos á la cárcel de Sevilla y ahorcados en el mes de Enero de 1698 en la plaza de San Francisco.
Cuando el que aparecía como jefe de la partida llegó al patíbulo, algunos de los que presenciaban la triste escena no pudieron contener un grito de admiración y sorpresa. El capitán de los bandidos era el capitán retirado D. Gaspar Yelves, que de tantas simpatías y consideraciones gozaba en Sevilla.
La cabeza del reo—según dice un autor—estuvo tres días pendiente de una escarpia en la fachada de la casa de la calle Alfaqueque, y el cuerpo fué descuartizado, según la bárbara costumbre de aquellos tiempos.
«Dignos son de la residencia de un príncipe los jardines, el parque y el palacio de San Telmo.»
J. Guichot.
En las afueras de la extinguida puerta de Jerez, y hacia la orilla del río, se alza un magnífico palacio que sirve de habitual residencia á una Infanta de España tan virtuosa como estimada del pueblo de Sevilla.
Este edificio, que ocupa una amplia extensión de terreno, es de los más hermosos que existen en la capital, no sólo por la posición en que se encuentra situado, sinó por el lujo de sus salones y sus comodidades y desahogo.
En él estuvo el Colegio de San Telmo, de cuya historia vamos á hacer un breve extracto, que no hará mal entre estas breves noticias que vamos reuniendo.
D. Fernando Colón, hijo del insigne navegante, propuso en 1539 al emperador Carlos V la fundación de un Colegio en el cual se instruyese á los niños huérfanos para destinarlos á la marinería y pilotaje.
Propuso también aquel docto y sabio bibliófilo que dicho Colegio se estableciera en lugar próximo al río, en el barrio de los Humeros y en terrenos de su propiedad, demostrando vivos deseos de que se organizara una clase especial de Matemáticas, á la cual serían llamados los mejores profesores de esta ciencia que entonces había en España, y que por cierto no eran muchos.
El loable proyecto de D. Fernando no encontró apoyo en el Emperador ni en las personas de influencia y dineros; y al morir el hijo del Almirante quedó olvidado, hasta que, cerca de dos siglos después, Carlos II ordenó la fundación del Colegio, nombrando Juez al Presidente de la Contratación, y disponiendo que lo administraran los individuos de la Universidad de Mareantes establecida en el populoso barrio de Triana desde mediados del siglo XVII.
Construyóse el edificio cerca de la puerta de Jerez, siguiendo la opinión de inteligentes alarifes, dando comienzo los trabajos en 1682 y terminándose éstos en 1733.
La portada principal del Colegio (que era tal como se encuentra) es de pésimo gusto, recargada de adornos y estatuas, y pertenece al estilo churigueresco. Según hemos visto en algunos papeles consultados para escribir estos apuntes, costó la obra 50.000 pesos, y duró desde el 1725 hasta el 1797.
De aquel Colegio salieron no pocos hombres notables, y los nombres de muchos de ellos han pasado á la posteridad, que los admira.
El rey Carlos III dió nuevas ordenanzas al colegio de San Telmo, que desde entonces, extinguida ya la Universidad de Mareantes, dependió del Ministerio de Marina.
El año 1850 suprimióse el Colegio, y el amplio y hermoso edificio se cedió á los Duques de Montpensier, los cuales establecieron allí su residencia, después de llevar á cabo muchas é importantes reformas en el vasto local.
En sus salones reunieron objetos de gran valor, antigüedades y muebles riquísimos, y con ellos una colección de cuadros de autores españoles, italianos y franceses, entre los cuales figuraban Murillo, Velázquez, Zurbarán, Morales, Frutet, Piombio, Bessano, Valdemeulen, Duval y otros muchos; pero esta riquísima galería de obras pictóricas se ha deshecho en gran parte, pasando las obras á poder de individuos de la familia Real.
Los jardines que rodean el palacio son quizá los más deliciosos de cuantos existen en la ciudad; y lo mismo en los serenos días de invierno, que en las agradables tardes de primavera y estío, ofrecen al que pasea por ellos grato solaz y agradable y honesto esparcimiento.
Hace poco tiempo S. A. R. la Infanta viuda de Montpensier ha llevado á cabo un buen rasgo de generosidad, cediendo gran parte de estos jardines al pueblo de Sevilla para que pueda disfrutar de ellos. Actualmente, llevadas á cabo las obras necesarias para abrir aquellos jardines al público, son de los más concurridos de la capital.
«¡Gran lástima fué la demolición de una puerta como la de Triana, que tanto mérito tenía!»
C. P.
La más hermosa y acabada de cuantas puertas tenía Sevilla era la de Triana, á la que vamos á dedicar un recuerdo, que quizá sea leído con gusto por los que alcanzaron á verla.
Debióse su traza, según la opinión más recibida, al notable arquitecto Juan de Herrera, que tan soberbios monumentos dejó en nuestra ciudad, y quedó concluída á fines del año 1588, derribándose para hacerla otra antigua puerta que estaba á la entrada del barrio de la Cestería.
Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de orden dórico, y presentaba dos soberbias fachadas de gran elevación y magnífico aspecto. Á ambos lados de su arco existían cuatro colosales y estriadas columnas, que descansaban en sólidos pedestales y sostenían una gran cornisa, en la que se hallaba un balcón espacioso y de largas dimensiones; rematando el monumento en un ático triangular, adornado de estatuas de regular tamaño y vistosas pirámides hábilmente labradas.
Bajo la cornisa del balcón existía una lápida, cuya inscripción latina decía lo siguiente, según la traducción de un escritor muy versado en las antigüedades de nuestra ciudad:
«Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la parte del orbe Felipe II, el amplísimo Regimiento de Sevilla juzgó deber ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio, favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección D. Juan Hurtado de Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo en la misma floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588.»
En la Puerta que vamos describiendo hallábase el extenso salón llamado el Castillo, donde estaban las celdas que servían de prisión á los nobles y caballeros de importancia.
Era esta Puerta la que más se adornaba en las festividades públicas, no se cerraba á ninguna hora de la noche, y por ella entraron los monarcas Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796; Fernando VII, en 1823, y la reina Isabel II, en 1862.
Delante del monumento se extendía el espacioso llano donde después se ha construído la calle Reyes Católicos, y este lugar era sumamente concurrido por los desocupados, que allí acudían á tomar el sol en invierno, y á refrescarse en las noches de estío.
Cerca del arco de la puerta se encontraba á principios del siglo, en un hueco de la pared, el célebre cafetín llamado de Julio César, donde se reunían los rateros y truhanes que mejor cobraban el barato y tenían siempre cuentas pendientes con la justicia.
En los días de toros el aspecto de los alrededores de la puerta de Triana era en extremo alegre y animado, pues por debajo de aquel arco pasaban las manolas, vestidas con ricos trajes; los majos, de redecilla y castoreño, y los calesines, tirados por fogosas jacas, adornadas de borlas, campanillas y cascabeles.
En la calle de San Pablo estaban entonces muchas de las posadas y mesones que existían en Sevilla, y por esto veíanse reunidos siempre junto á la puerta de Triana pintorescos grupos, formados por los hijos de las distintas provincias, que llegaban á nuestra capital á vender los productos de sus pueblos y á realizar multitud de tráficos y negocios más ó menos importantes.
Cerca de la Puerta existían dos fuentes, una de las cuales se conserva todavía, aunque muy variada, y que se construyó el año 1816 por el asistente de la ciudad D. Francisco Laborda y Pleyler.
Entre los recuerdos históricos que iban unidos á esta notable puerta sólo mencionaremos dos de no poca importancia. En Mayo de 1808 fué arcabuceado en ella por las turbas populares el Conde del Águila, y en Junio de 1823 el valiente López Baño penetró por ella después de haber derribado á cañonazos sus hojas.
El soberbio monumento á que hemos dedicado estas líneas fué derribado en 1869, sin que bastaran á impedir su destrucción ni lo magnífico de la obra ni los recuerdos históricos que en sí tenía.
«El convento casa grande de San Francisco, reputado como uno de los templos más notables de España.»
J. Guichot.
Uno de los mejores y más amplios edificios que las Órdenes religiosas tenían en Sevilla era el convento de San Francisco, al que el vulgo daba el nombre de Casa grande, y que ocupaba todo el terreno donde hoy existe la plaza de San Fernando y varias de las calles que en ella desembocan.
La iglesia del Convento era verdaderamente notable por su arquitectura; sólo tenía una nave, pero de grandeza y capacidad; en sus paredes había lienzos debidos á los más reputados maestros sevillanos; en sus altares primorosas esculturas de Montañés, Roldán, Cornejo, Hita del Castillo y Monler; y encerraba además el templo muchas riquezas en telas, joyas y objetos del culto.
Tenía aquél su entrada por el arco que hace esquina á la calle Tintores, y de él se pasaba al compás, donde existía la capilla de San Antonio de los Portugueses.
En el convento de San Francisco existían gran número de buenas capillas, y en ellas se encontraban establecidas las hermandades siguientes: la de San Luis de Francia, la de San Eligio, la de La Palma de los Vizcaínos, la de Nuestra Señora de los Reyes y San Mateo, la del Calvario, la de Nuestra Señora de Belén, la de San Antonio de los Castellanos, la de Ánimas, la de Santiago, la de la Vera-Cruz, la de Nuestra Señora del Rescate, y por último la muy famosa del Pecado mortal.
Poseía el Convento hermosos y alegres patios, con fuentes de abundante agua, que le concedió el rey D. Enrique el Doliente; amplias galerías con bellos artesonados; salones capaces para reunir gran número de personas; multitud de celdas y dependencias, y una extensa huerta, objeto de muchos cuidados, en la cual había toda clase de flores y variados frutos, y en la que los regulares pasaban ratos muy deliciosos.
En los días tranquilos y transparentes del invierno y en las poéticas tardes de primavera, ¡con cuánto sosiego verían los religiosos deslizarse las horas en aquella huerta, lejos de los ruidos del mundo, y escuchando sólo el alegre canto de las aves, el murmullo de las aguas ó el manso ruido de las hojas mecidas suavemente por la brisa!...
El convento de San Francisco debió su fundación al rey D. Fernando III, que lo cedió á los religiosos de la Orden que con él vinieron á la conquista de Sevilla.
Ignórase cual sería el lugar primitivo donde se estableció, pero se sabe con certeza que en el año 1268 D. Alfonso el Sabio hizo que los franciscanos se trasladasen á un palacio de su propiedad, el cual no es otro que el edificio de que nos vamos ocupando.
D. Pedro el Justiciero costeó algunas importantes obras en la casa, haciendo que ésta se ampliase y dispusiera de mayores comodidades.
Los monarcas D. Enrique III y D. Juan II no escasearon sus mercedes al convento de San Francisco, haciendo que éste fuera el mejor y más amplio entre los innumerables que tenía la ciudad.
Durante el siglo XV se efectuaron obras de bastante importancia en el edificio, y en 1650, habiéndose derrumbado buena parte de los techos, construyéronse éstos nuevamente, así como varias capillas y altares.
Nada ocurrió en el Convento digno de ser mencionado durante el pasado siglo, ó al menos hasta nosotros no ha llegado la noticia de ningún hecho que merezca consignarse en estos apuntes; pero en 1810 sobrevino una catástrofe que produjo la indignación de todos por las circunstancias que en ella se pudieron notar.
Cuando los franceses entraron en Sevilla alojóse en la Casa grande un regimiento de línea, y en la madrugada del día 1.º de Noviembre se declaró de pronto un voraz incendio, que destruyó en pocas horas todo aquel inmenso edificio, quedando únicamente la iglesia y los muros exteriores.
Los franceses nada hicieron por apagar el fuego; y como quiera que al instante de iniciarse éste los invasores pusieron á salvo sus equipos y demás utensilios, huyendo luego del lugar del siniestro, creyóse con razón bastante fundada que el hecho distó mucho de ser casual.
En 1813 se abrió de nuevo al culto la iglesia, comenzando las obras de reconstrucción del Convento en 1815, las cuales se siguieron muy lentamente, trascurriendo años sin adelantar gran cosa, y sin que pudiera acabarse más que un patio y algunas galerías y celdas.
Llegó la exclaustración en 1835, y entonces se suspendieron para siempre los trabajos, la iglesia quedó separada del resto del edificio, y éste sirvió largo tiempo para cuartel de los milicianos de la ciudad.
Iglesia y cuartel desaparecieron más tarde, y en Febrero del año 1850 se colocó en aquellos lugares la primera piedra para edificar la hermosa plaza de San Fernando.