Á medida que crecía el número de atacados de la peste y el de las defunciones, aumentaba el horror del vecindario, los apuros de las autoridades y los abusos y desórdenes.
Justino Matute.
El primer año del presente siglo no pudo ser más funesto para nuestra ciudad, pues ocurrió en él la invasión de la terrible epidemia conocida con el nombre de fiebre amarilla, y por tal suceso auguraban muchas personas infinitos males para el siglo que acababa de nacer.
Los daños que causó la epidemia fueron tantos, y tantas las víctimas que de ella sucumbieron, que Sevilla quedó en la situación más angustiosa; y como entonces no se contaba ni con los adelantos científicos, ni con los medios que hoy se cuenta para aliviar estas épocas calamitosas, pueden formarse idea nuestros lectores de lo que sería aquella invasión, comparable sólo á la peste levantina de 1649.
Á poco de iniciarse la fiebre en Cádiz, donde la introdujeron unos buques que del Norte de América venían, comunicóse á Sevilla, cuando más descuidadas estaban las autoridades, y cuando más sosegado el vecindario disponíase á pasar el estío del año 1800.
Corrían los primeros días del mes de Agosto, y una mañana empezaron á sentirse enfermos del mal algunos individuos del barrio de Triana, y casi al mismo tiempo fallecieron otros en Santa Lucía, extendiéndose la epidemia con rapidez extraordinaria por los Humeros, San Vicente, San Román y Santiago y otras parroquias.
Entonces se apoderó de los habitantes de la ciudad un miedo terrible; muchas familias emigraron precipitadamente; á la Junta Sanitaria faltáronle medios para evitar el aumento de la invasión, y todo fué en los primeros momentos confusiones, apuros y congojas.
Á poco llegó de Madrid una comisión facultativa, bajo la presidencia del médico de cámara don José Queralto, y en unión del Asistente interino, que lo era D. Antonio Fernández Soler, por hallarse en la corte el Conde de Fuenteblanca, comenzó á tomar medidas oportunas y á dar prudentes y acertadas disposiciones.
Crecía entre tanto la epidemia, alcanzando unas proporciones aterradoras; crecía al mismo tiempo el pánico y la angustiosa situación de los vecinos de Sevilla, y á fines de Agosto y principios de Setiembre hubo día en que fallecieron más de 460 personas.
Nada tan terrible como el aspecto que entonces ofrecía nuestra ciudad: llenas las iglesias de cadáveres, sepultábanse en anchas fosas abiertas en los Humeros, en San Vicente y en Triana; las hermandades recorrían de noche las calles, sacando en procesión de rogativa sus imágenes, á las cuales entonaban en voz alta fervorosas oraciones; tañían lúgubremente las campanas de todas las iglesias; veíanse en todas las casas escenas desgarradoras de llanto y de desolación; en los hospitales prestaban servicio de enfermeros los presos de la cárcel, por haber muerto cuantos empleados había; los talleres y establecimientos estaban cerrados, así como las oficinas y salas de la Audiencia; los vecinos formaban cuadrillas, que recogían cadáveres y les daban sepultura; los hermanos de la Caridad cruzaban por los lugares céntricos demandando limosnas para los enfermos; escaseaban los artículos de primera necesidad en los mercados y almacenes, y en las horas de la calurosa siesta reinaba por los barrios un silencio imponente, que era turbado tan sólo por el ruido de los carros pintados de negro que conducían muertos á las fosas ó por los llantos y lamentos que de las viviendas salían.
Duró tan terrible período hasta fines de Octubre, comenzando entonces á descender el número de las invasiones, y siendo menos cada día el de los fallecimientos.
Según los datos que tenemos á la vista, y que están tomados del manifiesto que hizo publicar el Ayuntamiento, sucumbieron en nuestra población de la fiebre amarilla 14.685 personas, fueron atacadas 76.483, y curaron del mal 61.718.
El domingo 23 de Noviembre cantóse con toda solemnidad el Te-Deum en la Catedral, asistiendo el arzobispo D. Luis María de Borbón, Infante de España, el Capitán General con los jefes y oficiales de la guarnición, el Asistente con el Cabildo del Municipio, y todas las corporaciones y entidades de Sevilla, celebrándose en los días sucesivos multitud de funciones religiosas en todos los templos y capillas de la ciudad.
«¿Qué persona de buen gusto, viviendo en Sevilla, puede dejar de venir todas las tardes de verano á beber la deliciosa agua de Tomares que con tanta limpieza nos da el tío Paco, y á ver este puente de Triana, que es lo mejor del mundo?»
El Duque de Rivas.
Á la entrada del paseo del Arenal, cerca del antiguo puente de barcas, y teniendo á su derecha el edificio conocido por los Almacenes del Rey y el espacioso terreno que hoy ocupa la calle Reyes Católicos, hubo en otros tiempos una especie de botillería al aire libre, ó puesto de agua, que llegó á ser famoso por más de un concepto, y que aventajaba á cuantos establecimientos de igual índole había en Sevilla.
Todavía existen algunos ancianos que lo recuerdan, y cuando traen á su memoria aquel lugar, que va en ellos unido á los plácidos ecos de la juventud perdida, se complacen en describir el célebre puesto de agua inmortalizado por la pluma del Duque de Rivas, y por el pincel de Jiménez Aranda en uno de sus más bellísimos lienzos.
¿Quién no ha visto ese drama grandioso que se titula Don Álvaro ó la fuerza del sino? En su primer acto se presenta al público el puesto de agua, donde se hallan reunidos los principales tipos que á él asistían, y donde tiene principio la exposición de la obra.
El establecimiento estaba formado por una alta estantería, un mostrador y varios bancos de madera, y mesillas pequeñas colocadas convenientemente. En la estantería encontrábanse cuatro grandes cántaras de barro, una estampa religiosa y algunas macetas de olorosa albahaca, que en estío presentaban agradable aspecto. Sobre el mostrador, limpios vasos de cristal, puestos en fila, convidaban á apagar la sed de los transeuntes, y cerca de ellos se veía la cesta de panales, las botellas con almíbar para los refrescos, las cajas con pastillas de almendras, y otros diversos objetos que se utilizaban en el servicio del público.
En la parte más elevada de la estantería, y con gruesos caracteres, había un letrero donde podían leerse estas palabras: Puesto de agua de Tomares; y la fama que dicho puesto tenía comenzó á hacer que la gente asistiese allí, convirtiendo el lugar en casino y centro donde se reunían muchas personas de las más conocidas en Sevilla á fines del siglo XVIII.
Todas las tardes de primavera y verano el dueño del establecimiento, que era un gallego bonachón y pacífico, cuando pasaban las horas de calor sofocante y empezaba á esconderse el sol, regaba la caliente tierra, quitaba las cortinas y disponía los asientos para los contertulios, que no tardaban en presentarse y formar un número regular.
Allí asistían señores de bordadas casacas y empolvadas pelucas, majos de chupetines y sombreros de queso, frailes y curas, militares retirados, comerciantes enriquecidos, y no faltaba tampoco, de cuando en cuando, algún estudiante locuaz ó algún desocupado ingenioso que amenizara la tertulia con sus dichos ó agudezas.
Diversos grupos se formaban alrededor del puesto de agua, que eran dignos de la mayor atención. En unos se leía en voz alta la Gaceta, descubriéndose todos cuando al Rey se nombraba en ella; en otro se jugaba á las damas ó al solito; en éste se conversaba sosegadamente sobre cualquier asunto de actualidad, y en aquél se pasaba el rato mirando á las buenas mozas que transitaban luciendo la gracia y el donaire natural de las hijas de esta tierra.
Uno de los concurrentes más asiduos al puesto de agua de Tomares era el célebre velonero Manolito Gázquez (de quien ya nos ocupamos), que hacía las delicias de cuantos le oían por sus ingeniosidades con visos de inocente simplicidad; otro era el diestro Pepe-Illo, que más de una vez improvisó allí alegres juergas, y pagó el gasto de todos con aquel rumbo de los toreros de otros tiempos; y también merece recordarse que allí asistían el grave Oidor Bruna, el padre Verita, el poeta Arjona y otros muchos hombres de más ó menos importancia.
La agradable vista que desde el puesto de agua se disfrutaba hacía mucho más amena la estancia en él, y á veces solían prolongarse las tertulias hasta que las campanas de la Giralda daban el toque de Queda.
Durante los días de invierno tranquilos y serenos, cuando las damas y los petimetres salían á solazarse por el Arenal, en diferentes ocasiones hacían alto en el célebre puesto, donde en aquella estación se vendían castañas, frutas secas y agua templada con sus correspondientes anises, según era tradicional costumbre.
Los contertulios del establecimiento variaron bien poco durante largo número de años; y cuando comenzaron á sentirse los primeros chispazos de aquella revolución que había de trastornar por completo el antiguo orden de cosas; cuando Sevilla, al igual de otras poblaciones, empezó á sentir los efectos de aquella funesta guerra nunca cantada como se merece, el humilde, el olvidado, el sencillo puesto de agua de Tomares se convirtió en centro de patriotas, que más de una vez prestaron estimables servicios á la nación. Y entonces ya no se conversaba pacíficamente como en otros tiempos; entonces no se jugaba á las damas ni al solito, y únicamente se discutían planes y se formaban combinaciones para destruir el común enemigo.
Á todo llega su término, y llegó también para el puesto de agua de Tomares, que desapareció por los años de 1820, después de haber visto pasar y reunirse en derredor suyo á los manolos y á los majos, á los petimetres y tutores, á los liberales y absolutistas, y á otros muchos y famosos tipos, que jugaron importantísimos papeles en aquellas generaciones.
El Duque de Rivas en su drama, y Jiménez Aranda en su cuadro ya citado; han hecho imperecedera la memoria del puesto de agua de Tomares, y á él nos ha parecido oportuno dedicar también aquí un modestísimo recuerdo.
«No sólo se consagraba animoso Matute al estudio de las letras amenas, sinó que se afanaba por infundir su entusiasmo en el ánimo de los demás.»
El Marqués de Valmar.
El nombre de D. Justino Matute y Gaviria, escritor sevillano de grandes méritos, muy amante de su patria, y persona de ilustración, no es tan conocido como debiera serlo, y puede decirse que, á no ser por la generosidad del Duque de T'Serclaes y el buen acuerdo de la Sociedad del Archivo Hispalense, que publicaron algunas de sus obras, sería muy reducido el número de las personas que podrían hoy apreciar el valor de sus trabajos, muchos de los cuales se encuentran todavía inéditos, en la Biblioteca Colombina algunos, y en poder de particulares otros.
Con objeto de contribuir con nuestras escasas fuerzas á vulgarizar el nombre de Matute, daremos aquí una breve noticia de su vida, que hemos sacado teniendo presentes varias biografías y apuntes literarios.
Nació el día 28 de Mayo de 1764, y se bautizó en la iglesia parroquial del Sagrario. Disfrutaban sus padres cómoda posición, y desde muy niño lo dedicaron al estudio, ingresando en el colegio de Santo Tomás. Estudió luego la carrera de Medicina, y se graduó de Bachiller en 1787. Al siguiente año, en unión de otros varios amigos, organizó una Academia literaria, donde dió á conocer sus primeros trabajos en prosa y verso. Prestó grande ayuda al erudito Ceán Bermúdez cuando vino á estudiar los monumentos de Sevilla, y su frecuente trato con las personas más ilustradas de esta capital hizo que su nombre obtuviera gran consideración y estima. En 1803 fundó El Correo de Sevilla, periódico cuya colección es bastante curiosa, que vivió hasta el mes de Mayo de 1808, y en el que colaboraron los mejores literatos que había aquí entonces, tales como Lista, Reinoso, Arjona, Mármol, Castro, Roldán y otros.
Desde 1807 á 1810 desempeñó la cátedra de Retórica en la Universidad; y habiéndose hecho afrancesado, obtuvo el nombramiento de Subprefecto de Jerez de la Frontera, cargo que conservó hasta el verano de 1812. En Setiembre de este año fué preso en la citada población, viéndose libre á los dos años, gracias á un indulto de Fernando VII, á quien había presentado una respetuosa solicitud. Durante su prisión escribió algunos trabajos, y vuelto á Sevilla se dedicó con verdadero afán á las investigaciones históricas y arqueológicas. Sufrió un ataque de parálisis en 1824, y á consecuencia de esta enfermedad, que le hizo pasar sus últimos días en estado lamentable, murió el 11 de Mayo de 1830 en su patria.
La posteridad ha sido ingrata con Matute, pues á pesar de las muchas obras que este hombre dejó escritas, á pesar de sus muchos conocimientos, y de lo que se afanó por enaltecer á Sevilla, no tiene en ella el menor recuerdo; y á no ser por los motivos que ya apuntamos al principio de estas líneas, sus obras serían casi ignoradas del público.
Fué D. Justino Matute persona de grande ilustración, de claro juicio, y de buen gusto en materias artísticas y literarias. No se cansaba de atesorar conocimientos, y era incansable reuniendo apuntes, notas y pormenores curiosos, muchos de los cuales permanecen todavía inéditos. Distó Matute algo de ser excelente prosista, pero escribía con claridad; y aunque desaliñado é incorrecto, se leen con agrado sus trabajos. Participaba de muchos defectos comunes á los autores de su tiempo, y era imparcial en sus juicios y poco apasionado en sus opiniones.
Hizo también versos; pero de mérito tan escaso, que seguramente no tendrán hoy ni media docena de lectores. Vázquez y Ruiz, biógrafo y entusiasta de D. Justino, dice con mucha razón que «Matute, aunque conocía perfectamente las leyes y preceptos del arte, nunca pudo remontar su vuelo á la cumbre del Parnaso»; y D. Leopoldo Augusto de Cueto escribe: «Carecía de inspiración, de naturalidad, de vigor poético, de gracia y de soltura, y muy especialmente de cadencia y de encanto rítmico. Por ningún lado era poeta.»
Como historiador diremos de él que, como no poseía imaginación lozana y fantasía suficiente para presentar los asuntos que narraba con bello ropaje, ni sabía utilizar sus notas y curiosidades de un modo ameno, sus libros ofrecen sólo un cúmulo de materiales, en extremo apreciables, de los que se puede sacar mucho importante y algo también inútil.
Las obras más conocidas de Matute son las siguientes:
Aparato para escribir la historia de Triana, Bosquejo de Itálica, Adiciones á los Hijos de Sevilla de Arana de Varflora, Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla y los Hijos de Sevilla señalados en santidad, letras, armas, artes ó dignidad. Estas tres últimas han sido publicadas hace poco tiempo, como ya apuntamos, y bien merecen un aplauso los que las han dado á luz.
Falleció D. Justino Matute en la casa número 21 de la calle Pajería, y creemos que el Ayuntamiento debiera colocar una lápida conmemorativa en la fachada del citado edificio, que lleva hoy el número 32, el cual se encuentra en igual estado que cuando en sus habitaciones espiró, anciano y casi pobre, aquel escritor, que pasó su vida entregado á continuos trabajos y desvelándose por engrandecer á la ciudad donde tuvo su cuna.
«Las plazas, circos, cosos ó palenques, que de todos los dichos modos se les ha llamado, donde se han dado y se dan fiestas de toros, lejos de ir decreciendo en número, han tenido notable aumento.»
J. Sánchez de Neira.
Este edificio, situado no lejos de la orilla del río, y en el paseo que antes se llamaba del Arenal, merece ocupar aquí un lugar, ya que siempre fué el pueblo de Sevilla tan dado á las corridas de toros.
Como quiera que el espacio de que disponemos no nos permite hacer mención de todas las curiosas noticias que hemos recogido sobre la plaza de Toros, nos limitaremos á dar un breve extracto de su historia, que quizá sea leído con gusto por los taurófilos que la ignoren.
Á principios de Febrero del año 1729 visitó á Sevilla el monarca D. Felipe V, acompañado de su esposa D.ª Isabel de Farnesio y de los Infantes y alta servidumbre de la real casa.
Celebró entonces la población multitud de festejos en honor del Monarca, invirtiendo las corporaciones muy crecidas sumas en disponer las solemnidades que más agradasen al jefe del estado.
Á su regreso de Cádiz, y poco antes de marchar á Madrid, asistió el Rey á una fiesta hípica que organizó la Maestranza de Caballería, y fué tan de su gusto aquel acto, que, deseando premiar á los caballeros maestrantes, concedióles, entre otras gracias y facultades, la de poder celebrar anualmente dos corridas de toros en plaza cerrada, cuyos productos se destinarían á la conservación de la Hermandad.
Pasados algunos años, la Maestranza escogió para construir el circo unos terrenos en el monte del Baratillo, y en Enero de 1760 comenzaron los trabajos, que se llevaron á cabo con mucha actividad, pues en ellos se ocuparon gran número de operarios y maestros de los más inteligentes.
Hemos tenido ocasión de ver un curioso ejemplar del cartel de las primeras corridas, que se celebraron en la plaza de Sevilla en los días 20 y 23 de Abril de 1763, y, por parecemos de interés, copiamos los siguientes párrafos.
Los toros lidiados eran de las ganaderías siguientes, y llevaban las divisas que se expresan.
«Del Marqués de Ruchena, Anteada.—De don Francisco del Río y Risco, Blanca.—Del Algaravejo, Negra.—De D. Ramón Liberal, Encarnada y blanca.—De D. Tomás de Rivas, Encarnada.—De D. Francisco Ezquivel, Azul y encarnada.—De don Fernando Offorno, Verde y blanca.—Del Conde del Águila, Azul y blanca.—Del Marqués de Medina, Azul y anteada.—De D. Luis de Ibárburu, Encarnada, azul y blanca.—De Manuel González, Pajiza y morada.—De Gregorio Vázquez, Negra y blanca.»
Es digno de conocerse el resto del cartelillo por la forma de su redacción y los detalles que encierra. Dice así:
«En los dos referidos días se dará muerte á 44 toros de las dichas castas, probando fortuna á su braveza de caballo los diestros Cristóbal Ravisco, Francisco Gil y Juan de Escobar; y de á pie los conocidos Juan Miguel, Manuel Palomo, Joaquín Rodríguez y Antonio Albano. Dios quiera se ejecuten sin la menor desgracia; recordando á los aficionados á esta diversión contamos desde las primeras fiestas públicas en España seiscientos sesenta y tres años, en cuyo espacio se han formado varias plazas en nuestra Península, excediendo, estando acabada (no sé si diga á las del Orbe), la de esta ciudad.»
Era entonces la plaza casi toda de madera; y, por efecto tal vez de la precipitación con que se construyó, hundióse la mayor parte en el invierno de 1766.
Entonces se hizo de material, según el plano de D. Vicente Sanmartín, y capaz para veinte mil espectadores. El redondel era el más extenso que se conocía; los tendidos tenían nueve filas de asientos; las gradas altas se cubrieron con sencillos arcos, que descansaban en airosas columnas, y el palco real fué construído de piedra tallada, con antepecho de mármol y rematando en un gran escudo con las armas de España.
Desde que se terminó la plaza no hubo un solo diestro del pasado siglo que no trabajase en ella. Martincho, José Cándido, Miguel Gálvez, Antonio de los Santos, Francisco Herrera Curro, Julián Arocha, Lorenzo Baden, Perucho, y otros más, cuya enumeración sería enojosa, lidiaron reses en el circo sevillano, que ocupaba el primer lugar entre todos los de Andalucía.
En esta plaza alcanzó las mayores ovaciones Joaquín Rodríguez Costillares, inventor de la suerte del volapié; en esta plaza se celebraron las famosas competencias entre Romero y Pepe-Illo, que tanto daban que discutir á los aficionados de antaño; y por último, en esta plaza sufrieron gravísimas cogidas no pocos diestros de á pie y de á caballo.
En el día 26 de Octubre de 1805 descargó sobre nuestra ciudad un ciclón como pocos se habían conocido, y entre muchos destrozos, los produjo grandísimos en el circo taurino, pues derribó toda la gradería de madera que formaba los tendidos de sol, arrojando á muy considerable distancia los tablones y herrajes.
Durante la dominación francesa se dieron en la plaza algunas corridas en honor del intruso; pero aunque los invasores pusieron á veces la entrada libre, costaba gran trabajo que el público asistiese á las fiestas, por lo cual las localidades se veían llenas de dragones, de mamelucos y demás gente de tropa extranjera, que presenciaban la lidia en medio del más religioso silencio.
Cuando estuvo Fernando VII en Sevilla en 1823 concurría todos los lunes á la corrida de toros, y muchas veces dirigía la lidia con señas que ya tenía convenidas, complaciéndose mucho cuando el pueblo se alborotaba por cualquier cambio de suerte inoportuno ó cuando silbaba á un diestro que pertenecía á los negros.
Juan León, Rigores, Montes, Domínguez, Cúchares, Pastor, El Lavi y Redondo trabajaron en la plaza de Sevilla durante casi todas las temporadas desde 1829 á 1840, y las parcialidades que por estos lidiadores tenían sus partidarios dieron en más de una ocasión motivo á serios disgustos y alborotos, en muchos de los cuales tuvo que intervenir la autoridad para aplacar los acalorados ánimos.
Imposible nos sería encerrar aquí los nombres de todos los diestros que en la plaza de Sevilla se han distinguido por su destreza y habilidad, así como también los muchos sucesos curiosos en ella ocurridos, y las sensibles desgracias que en no pocas ocasiones ha presenciado el público.
Quédese este trabajo para los que gusten de la fiesta llamada nacional, y dispongan de la paciencia y tiempo que á nosotros nos falta, y concluyamos estas líneas haciendo mención únicamente de las obras que se llevaron á cabo en la plaza el año 1884, y después de las cuales ha quedado como una de las mejores de la Península.
«Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición... murió de vejez.»
Mariano José de Larra.
Aunque durante los tristes años de la reacción absolutista, ó sea desde 1814 al 20 y desde el 1823 al 32, se celebraron en algunos puntos de España, como Murcia, Valencia y Logroño, autos públicos por las Juntas de la Fe, sin que estuviera establecido de derecho el tribunal de la Inquisición, Sevilla tuvo la suerte de no presenciar estos tristes espectáculos, si bien fué teatro de otros no menos lamentables, llevados á cabo por las pasiones políticas, tan excitadas en aquellos tiempos.
La última víctima sacrificada por el Santo Oficio en la capital de Andalucía fué una mujer ciega llamada Dolores López, conocida por la Beata Dolores, de quien ya hemos hablado, que fué ahorcada y reducido su cuerpo á cenizas en el lugar del Quemadero, situado en el extenso prado de San Sebastián.
Desde esta fecha no tenemos noticias de que el tribunal de la Inquisición de Sevilla celebrase otro auto público de fe hasta el verificado en la tarde del 20 de Junio de 1803, que fué el último de los que en nuestra ciudad se presenciaron, y que, á decir verdad, distó mucho de encerrar toda la importancia que solían tener los que se efectuaron en los siglos XVI y XVII.
Aunque hemos tenido ocasión de ver algunos papeles relativos al suceso objeto de estas líneas, no nos extenderemos en el asunto gran cosa; limitándonos á extractar las noticias recogidas por nosotros, que puede ampliarlas el lector, si gusta, repasando el Diario manuscrito de González de León y las obras impresas de algunos otros.
El tribunal de la Inquisición estaba á principios de siglo establecido, como todos saben, en un espacioso y antiguo edificio situado en la Alameda de Hércules, edificio que hasta la expulsión de los jesuítas había servido de colegio á los discípulos de Ignacio de Loyola, y que casi fué destruído por una explosión el memorable día de S. Antonio del año 1823, día terrible en los fastos de nuestra moderna historia.
En el auto que vamos á describir figuraba un reo vecino de esta ciudad, si bien no hemos podido averiguar su nombre, pues los autores consultados no lo citan, y en el manuscrito de González de León están como borradas las letras que formaban los apellidos de la persona castigada. Sólo sabemos que el tal sujeto era hombre de mediana posición, dependiente de rentas, de estado viudo, y nacido en la isla de León (hoy de San Fernando).
Era acusado este individuo de haber negado en público y con gran calor los dogmas de la Religión católica, y de haber cometido actos inmorales y bárbaros con tres jóvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.
Hacía ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba preso en la Inquisición, y en el citado día 10 de Junio celebróse por fin el auto público, al que concurrió una inmensa muchedumbre.
Los inquisidores D. Francisco Rodríguez Caraza, D. Ramón Vicente y Monzón y D. Joaquín Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situó sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompañamiento de familiares, alguaciles y soldados, asistiendo también á aquel acto el Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los jefes de distintas corporaciones, y gran número de invitados, que tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos á la fachada de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala, y luciendo las insignias con que estaban honrados.
Ya dispuesto todo, comenzó á la una del día la ceremonia con toda la gravedad del caso, y después de largos preliminares, dió principio la misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbítero D. Justo Ballesteros.
«Llegado que fué el Introito—escribe un testigo ocular—se empezó á leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Pérez Téllez; y acabada que fué de leer la dicha causa, siguió la misa hasta su conclusión. El reo fué condenado á tres años de presidio en África, forzosos, y á tres años de penitencia en el mismo para enseñarle la doctrina cristiana.»
La crecida multitud que se apiñaba en la plaza de San Francisco no quiso perder un detalle del largo espectáculo, y permaneció quieta en aquel lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se dió por terminado, con gran satisfacción de muchos de los que por obligación habían asistido.
Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le dirigieron algunas palabras insultantes, á las cuales contestaron otros grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente dió motivo á alguna confusión, que no tardó en sofocarse, sin que tuviera más consecuencias.
Rodeado de alguaciles y familiares, fué de nuevo el delincuente á la prisión, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se le había impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada con las que en otros tiempos imponía el Santo Oficio.
Ese fué el último auto público de fe que se celebró en Sevilla, según los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.
«D. Álvaro de Luna, perdiendo en uno vida y privanza, es menos digno de lástima que aquel que fué condenado por el destino á sobrevivir á su desgracia y á verse privado de todo, después de haberlo gozado todo.»
Mariano José de Larra.
Referir aquí, por breves palabras con que lo hiciéramos, el famoso motín de Aranjuez, que tuvo lugar en los días 17, 18 y 19 de Marzo del inolvidable año 1808, sobre ser contrario á nuestro propósito, resultaría fuera completamente de la índole de estos apuntes.
Hacemos merced á los lectores de aquellos sucesos, creyéndolos sobradamente ilustrados para que ignoren las causas y circunstancias que les dieron origen; y, limitándonos á Sevilla, referiremos una anécdota olvidada tal vez de muchos y desconocida quizá de no pocos.
El odio popular que en toda España se había levantado contra el favorito de Carlos IV, D. Manuel Godoy, estalló de una manera terrible y amenazadora conforme se divulgaron por la Península las noticias de las escenas que acababan de ocurrir en Aranjuez, y que tan claros ponían de manifiesto al fanático pueblo la perfidia y doblés del Príncipe de Asturias.
Ciegos los sevillanos por el joven que contra sus propios padres conspiraba, y creyéndole dechado de todas las virtudes, le atribuían cuantas perfecciones pueden adornar á un monarca para hacer la felicidad de una nación. Aborrecían todos á aquellos personajes que rodeaban á los reyes, suponiéndoles verdugos y opresores de D. Fernando; pero el hombre que más generalmente era aborrecido era Godoy, tan injustamente calumniado por los historiadores de nuestros días, como lo fué por sus contemporáneos.
Los encarnizados enemigos del Príncipe de la Paz solían reunirse en un café que había por entonces en la calle Génova, y en este local, convertido en club, pronunciábanse á diario discursos contra el favorito, y salían de boca de todos los concurrentes las frases más obscenas y los dichos más denigrantes.
La tarde del 22 de Marzo súpose en Sevilla la caída del valido; y, conforme circuló esta noticia por la ciudad, levantóse el pueblo, acaudillado por aquellos asiduos contertulios del café de calle Génova.
Numerosos grupos de gente de la plebe invadieron las calles, dando mueras á Godoy, y produciendo infernal gritería, reuniéndose en la plaza de San Francisco en actitud amenazadora y terrible.
Allí permanecieron largo rato vociferando y reuniendo gente, y cuando los amotinados formaban un número bastante crecido, penetraron por la calle Sierpes, dirigiéndose al hospital de S. Juan de Dios, situado en la de Gallegos.
El año 1807 el Príncipe de la Paz, patrono de la capilla mayor de dicho hospital, habíase declarado protector de la Orden de San Juan de Dios, y con tal motivo habíase celebrado en la iglesia una función solemne, colocándose el retrato de Godoy en las paredes del templo, cercano al altar mayor.
Era este retrato, pintado por D. José Cabral, una verdadera obra de arte, no sólo por su perfecto parecido, sinó por lo correcto del dibujo, la hábil combinación de los colores y lo acabado de la ejecución. En el lienzo aparecía el generalísimo vestido con un lujoso uniforme militar, cubierto el pecho de condecoraciones y bandas y en una actitud sencilla, pero que no dejaba de tener cierta majestad y arrogancia. Rodeaba el cuadro un lujoso marco con primorosas labores, en cuyo penacho se ostentaba el escudo del Príncipe.
Llegó la multitud, como decíamos, á las puertas de San Juan de Dios; allí pidieron todos la entrega del hermoso retrato, para saciar en él la rabia y el encono de que estaban poseídos.
Reclamáronse las llaves del templo al Prior, y como los comisionados para este caso tardasen en salir con ellas, el pueblo furioso entró como una avalancha en el patio del hospital, derribando la puerta de la capilla y arrancando de la pared el lienzo, que fué arrastrado á la calle entre feroces gritos de insensato júbilo.
La plaza del Salvador fué teatro entonces de una escena singular y extraña. Había cerrado la noche, y los amotinados trajeron luces de las casas próximas, aplicándolas al lienzo, que fué destrozado y convertido en leves cenizas, que disipó el viento.
Mientras acababa de perecer el retrato del favorito, sus enemigos formaron corro alrededor, escarneciendo aquella figura tan hábilmente trazada por el artista y llenándola de insultos y desvergüenzas de todas clases.
Perdióse para siempre aquel hermoso cuadro, que podía hoy ser admirado en cualquier museo, y al trocarse en humo aquel lienzo, trocábanse también en humo la grandeza y los honores de D. Manuel Godoy, cuya vida política ha sido tan calumniada.
En Febrero de 1810 Sevilla se encontraba bajo el poder de las tropas imperiales, que cometían en la ciudad los mayores desafueros, burlándose descaradamente de las capitulaciones ajustadas, conduciendo diariamente al patíbulo á cuantos hacían el menor esfuerzo para contribuir á romper aquel ominoso yugo.
Henchidos de rabia y de coraje estaban los pechos de los verdaderos patriotas, y con el mayor sigilo preparaban una conspiración terrible que, de no haberse malogrado, quizá hubiese hecho á Sevilla teatro de los episodios más gloriosos y sangrientos.
En tales circunstancias, y cuando más acalorados estaban los ánimos, repartiéronse á las personas de la población convocatorias, en las cuales se invitaba á los devotos para asistir á una gran función religiosa, que habría de celebrarse el domingo 25 de Marzo, en la parroquia de Santa Ana, para dar gracias al Cielo por la feliz venida al trono español de su majestad José I.
La sorpresa y el enojo que semejante impreso produjo pueden figurárselos nuestros lectores; y subió de punto la indignación al saberse que ni las hermandades ni el clero de Triana habían autorizado semejante conducta, y que todo era obra de un cura de la iglesia de Nuestra Señora de la O, quien, no sabiendo cómo atraerse la gracia del intruso, tuvo aquella idea imprudente y digna de la mayor censura.
D. José Areijas, que así se llamaba el presbítero afrancesado, no llegó á amedrentarse por la actitud de todos los trianeros; y contando con la defensa de los invasores, desoyó cuantas reflexiones algunos amigos llegaron á hacerle, y el día anunciado por la convocatoria dispuso con la mayor actividad cuanto era necesario para la función religiosa aplicada al buen hermano de Napoleón.
Serían las once de la mañana cuando numerosos grupos de hombres penetraron en el templo, y colocándose con el mayor disimulo en varios puntos, aguardaron á otros muchos, que poco á poco fueron entrando, y al comenzar la misa las naves de la iglesia de Santa Ana se veían completamente llenas, nó de aquel público devoto y tranquilo que diariamente asistía á los cultos, sinó de una muchedumbre inquieta y nada pacífica, cuyos rostros no eran á la verdad muy sosegados.
Continuó la misa en el altar mayor sin que nada de particular ocurriera: lanzaba el órgano sus notas armoniosas; entonaban los sochantres sus continuas salmodias, y cuando la música y los cantos terminaron, apareció en lo alto del púlpito el cura Areijas, quien, después de los latines de ordenanza, dió principio al sermón que ya tantas veces había preparado.
¡Qué sermón aquel! ¡qué palabras, qué párrafos, qué pensamientos aquellos!... Trataba de probar el buen padre de almas que á los ojos de Dios era muy agradable el reinado de Pepe-Botella, que la felicidad de España dependía de los invasores, y condenaba la guerra que se les hacía, aplicando los dictados más injuriosos á los que él llamaba traidores é ilusos empeñados en rechazar los que el Cielo había destinado para ser nuestros amigos y leales hermanos.
Á medida que avanzaba en su discurso, excitábase el cura Areijas, y manoteaba entusiasmado: ora extendía los brazos, adoptando trágicas actitudes; ora pateaba con furia y alzaba al cielo los ojos vivos y chispeantes, y ora, en fin, apretando los puños, descargaba fuertes golpes sobre la baranda del púlpito. Guardaba el concurso profundo silencio; pero cuando más embebido y fuera de sí estaba el padre, escucháronse de pronto estas palabras, que nadie supo de qué lugar del templo salían:
—¡Embustero!—dijo la voz con acento terrible;—eso es profanar la cátedra del Espíritu Santo...
Entonces estalló la tormenta que hacía largo rato estaba contenida; por doquier se oyeron gritos y protestas, la gente corrió buscando la calle, unos se atropellaban, otros se dirigían á encontrar al cura, muchos mostraban armas, y cuando mayor era la confusión, el escándalo y el alboroto, sonó un disparo en la plaza, y apareció en seguida en el templo un escuadrón de dragones franceses, quienes dispersaron á sablazos los grupos, cerraron la iglesia y escoltaron al cura antipatriota, para librarlo de las iras populares, terminando así aquella función religiosa en mal hora organizada por el atrevido presbítero.
«El que veis, sevillanos, es el justo, es vuestro amable rey Josef Primero, cuyo semblante plácido y augusto muestra que, corazón grande y sincero, ver su pueblo feliz sólo es su gusto, pues dirige á este fin todo su esmero...»
A. Lista.
Una página de la historia de nuestra ciudad vamos á recordar aquí, página triste para los buenos patriotas de otros tiempos, y alegre para los ejércitos del Capitán del siglo, que invadieron nuestro suelo, dejando en él eterna memoria.
El jueves, primero de Febrero de 1810 entraron en Sevilla los franceses, después de haber cometido todo género de excesos en los pueblos de la provincia.
Cuando las tropas imperiales se acercaban á la población, el paisanaje, alborotado, recurrió á las autoridades en demanda de auxilios para preparar una defensa heróica contra los invasores; pero lo mismo el Capitán General que el Asistente y que el Cabildo Eclesiástico, procuraron calmar la laudable efervescencia del pueblo, y por cuantos medios les fué posible impidieron que éste se dejase llevar de sus patrióticos sentimientos.
«Ansiaban los invasores—escribe el señor Gómez Ímaz—verse dueños de Sevilla; y si á ello les incitaba la codicia por la fama que siempre gozó de bella, alegre y riquísima, en la que esperaban hallar una especie de edén á lo morisco donde gozar de regalada vida con acrecentamiento de la hacienda, no menos la apetecían como punto estratégico y cuartel general de operaciones en la zona andaluza, por la situación topográfica... Maestranza, Pirotecnia, Fundición, Parque de Artillería y vía fluvial, unido todo esto á propios recursos, importancia y riquezas.»
Hallándose los franceses en Torreblanca, una comisión, formada por individuos del clero, de la magistratura, de las armas y de la nobleza, pasó á entenderse con José Bonaparte, proponiéndole una capitulación que librase á la ciudad de desgracias y de atropellos.
Aceptó el Intruso la capitulación, que después fué cumplida con poquísima exactitud, y poniendo en marcha las tropas, entraron éstas en la ciudad á las once de la mañana del ya citado primer día de Febrero.
Los soldados invasores penetraron por la puerta de San Fernando, haciendo alarde de sus fuerzas, con esa fanfarronería tan característica de nuestros vecinos del Pirineo. El aspecto de aquellos soldados tan bien equipados y tan arrogantes contrastaba singularmente con el de las pocas personas que acudieron á presenciar su llegada.
Al divisarse el coche donde venía José Bonaparte las campanas de la Giralda lanzaron alegres repiques, disparáronse multitud de cohetes, y el Ayuntamiento y el Cabildo salieron á saludar al Intruso al prado de San Sebastián.
El hermano de Napoleón se apeó del vehículo, y montó á caballo, colocándose al frente de su Estado mayor, y marchando precedido de una numerosa escolta de coraceros de la guardia municipal.
Era aquel día sereno y apacible; el sol brillaba sobre un cielo azulado y transparente, la atmósfera estaba limpia y despejada, todo lo cual contribuyó mucho á dar lucimiento al acto de pisar las calles de Sevilla las poderosas huestes de Bonaparte.
Entre los diversos personajes que acompañaban al flamante Monarca, á más del general Soult, duque de Dalmacia, del Barón Darica y de Senarmont, venían sus consejeros Aranza, Cabarrús, Solís, Montarco y Meléndez Valdés, el Duque de Treviso, el Marqués de Riomilano, O-Farril, Urquijo, Almenara y otros muchos hombres que hicieron importantísimos papeles en aquel tiempo digno de eterna recordación.
Toda la lujosa comitiva, vestida con ricos uniformes y rodeada de militar estruendo, pasó por las calles Nueva de San Fernando, Puerta de Jerez, Santo Tomás y Gradas.
Á la puerta de la Catedral, que estaba ricamente adornada, se detuvo José Bonaparte, siendo recibido en el atrio por el Cabildo, y después de breves minutos, en los que hubo corteses saludos y graves reverencias, se dirigió al Real Alcázar, donde ya tenían preparado su alojamiento.
Era entonces asistente de Sevilla D. Joaquín Leandro Solís, quien, deseando captarse las simpatías de los invasores, mandó colocar en los puntos más céntricos de la ciudad dos ó tres bandas de música, que ejecutaron alegres tocatas, organizando también una profusa iluminación en los edificios públicos, y obligando á muchos vecinos á que adornasen las fachadas de sus casas con ricas colgaduras.
Aquella misma tarde las tropas francesas se alojaron en los conventos de San Francisco, Santo Tomás, el Carmen y San Jacinto, y por la noche los soldados imperiales recorrieron las calles en numerosos grupos, promoviendo singular escándalo y alboroto, hasta hora muy avanzada.
El pueblo de Sevilla contempló lleno de despecho y coraje aquellas escenas, y permaneció casi todo encerrado en sus domicilios hasta el nuevo día, siendo muy escaso el número de los que demostraron la menor curiosidad por conocer al Monarca, á quien los andaluces dieron el nombre de Pepe-Botella.
Sin embargo de esto, el periódico oficial de los invasores, que estaba dirigido por D. Alberto Lista, decía lo siguiente al ocuparse de la entrada de José Bonaparte:
«S. M. ha sido objeto de las más sinceras muestras de respeto por parte del noble vecindario de Sevilla. Es seguro que á poco que nuestro amable y justo Rey permanezca en esta ciudad, cautivará todos los corazones de sus súbditos, á quienes ama como padre, y á quienes sólo desea ver felices y gozando de las dulzuras de una paz duradera.»
«Constitución ó muerte será nuestra divisa: si algún traidor la pisa, al punto morirá.»
(Himno patriótico.)
Las tropas francesas, que tantos estragos causaron en Andalucía, permanecieron en Sevilla desde principios de 1810, como dejarnos dicho, hasta mediados de Agosto de 1812, y durante este tiempo los invasores cometieron toda clase de atropellos y desmanes, conduciendo al patíbulo infinidad de individuos que defendían con heroísmo la causa nacional.
En el mes de Abril llegaron tropas españolas para disponer el ataque de la ciudad, lo cual no llegó á verificarse, comenzando en Agosto la evacuación de franceses, que sostuvieron un nutrido tiroteo en Castilleja con los vecinos de Triana y con el batallón de Zamora, que mandaba el general don Juan de la Cruz Mourgerón.
El pueblo de Sevilla, viéndose libre de los invasores, se entregó á los mayores trasportes de alegría, celebrando iluminaciones, funciones de teatro, conciertos en los paseos, bailes y procesiones, que tuvieron lugar en medio de un entusiasmo indescriptible.
Entonces se reunieron las autoridades locales, y acordaron publicar solemnemente la Constitución política, obra de las inolvidables Cortes gaditanas.
Señalóse para este acto el día 29 de Agosto, y en él apareció engalanada la ciudad, viéndose las calles ocupadas por numeroso público de todas las clases sociales, que se disponían á saludar en el nuevo código una era venturosa y de feliz regeneración para la patria.
Aquella tarde, que fué templada y magnífica, salió á las cinco de la casa Ayuntamiento la comitiva que iba á dar lectura á la Constitución, dirigiéndose á un amplio tablado que se había construído en el centro de la plaza de San Francisco.
Colocáronse en el tablado, el alférez mayor don Lope Olloqui, que conducía el pendón de la ciudad, el jefe político Ruiz del Burgo, el Asistente con los señores jurados, y el escribano del Municipio don Ventura Ruiz Huidobro, quien dió lectura al documento ante una numerosa y compacta muchedumbre.
La comitiva recorrió luego las calles Vizcaínos, Mar y Gradas, llegando á la puerta de la Catedral, que se había adornado con ricas telas, en la que se encontraba el Cabildo.
Repitióse ante él la lectura en la misma forma que acababa de hacerse en la plaza de San Francisco, y, por último, se verificó en el patio de Banderas, donde también se había levantado una tribuna al efecto.
Quince días después de la promulgación del código, ó sea el 12 de Setiembre, se celebró la jura en medio del mayor orden y entusiasmo.
Juró la Constitución el Cabildo en la Sala Capitular de la Basílica, y casi al mismo tiempo juró el Municipio, el Claustro de doctores de la Universidad, los magistrados de la Audiencia, los cuerpos de la plaza y todas las corporaciones y entidades oficiales, jurando por último el pueblo al siguiente día, domingo 13 de Setiembre.
Las naves de la Catedral se vieron ocupadas por numerosa concurrencia, y dió comienzo la función religiosa, con asistencia de las autoridades civiles y militares, que se situaron en unos escaños levantados á la derecha del altar mayor.
Éste ofrecía un hermoso golpe de vista; se hallaba iluminado profusamente y con el aparato de las grandes solemnidades. Comenzó la misa cantada, y á la mitad de ella el escribano Ruiz Huidobro apareció en el púlpito, llevando en sus manos un ejemplar de la Constitución, el cual leyó en voz alta para que de todos fuese oído.
El canónigo Maestre, terminada la lectura, pronunció un sermón encareciendo las ventajas que á la patria traería el nuevo código, de quien hizo grandes elogios, concluyendo su plática, que fué por cierto muy elocuente, recomendando al pueblo la obediencia á la obra de los legisladores gaditanos.
Terminada la misa, se adelantó Ruiz del Burgo, como jefe político que era de la ciudad, y dirigiéndose á la multitud que ocupaba el templo, pronunció estas palabras:
—¿Juráis guardar y observar la nueva Constitución política, publicada por la Regencia, y sancionada por las Cortes generales, que se os acaba de hacer presente?
—¡Sí juramos!—contestó la multitud.
—¿Juráis conocer y defender á vuestro rey el señor D. Fernando VII, que Dios guarde?
—¡Si juramos!—volvieron á responder todos.
Entonces las campanas de la Giralda comenzaron sus alegres repiques, los cañones hicieron salvas, y el Cabildo entonó el Te-Deum, dando fin la ceremonia cerca del medio día.
¡Quién hubiera imaginado entonces que el nuevo código que con tanto regocijo se acogía iba á ser causa de tan hondas perturbaciones para la nación!