CAPITULO XXXIII
HACE EL VIRREY INFORMACION DEL MILAGRO

Persuadido el Visorrey don Francisco de Toledo que los indios Chiriguanas le tractaban verdad, para más en ella confirmarse y confirmar á otros determinó hacer una informacion de todo lo dicho por los indios que trujeron las cruces, y los testigos que tomaba y examinaba eran los mismos que dijeron la fiction, y algunos de los que estaban acá; hízose la informacion con esta solemnidad; hallóse presente á ella el mismo Visorrey, el Presidente de la Audiencia, Quiñones; el dean de La Plata, el doctor Urquiza; el licenciado Villalobos, vicario general por la Sede vacante, un hombre gran cristiano; tres secretarios: el de gobernacion, Navamuel; el del Audiencia, Pedro Juares de Valer; el de la Sede vacante, Juan de Losa; tres lenguas: un religioso nuestro nacido y lego en el Rio de la Plata, llamado fray Agustin de la Trinidad; Mosquera, de quien habemos tractado, y el mestizo Capillas. La hora señalada era de las cuatro de la tarde hasta las ocho de la noche; yo me hallé á toda ella, porque iba por compañero del religioso lego, y así lo pedí para ver en qué paraba esta fiction. Los indios que vinieron con las cruces fueron los primeros examinados, y declararon como habian referido en su embajada. Luego llamaron á otros de los que estaban acá que decian saber lo propio, y nunca tal dijeron hasta venidos los de las cruces; declararon tambien el don Francisquillo, y sucedió lo que diré: declaraban dos juntamente, y disparaban de lo que los otros habian declarado; á este tiempo el don Francisquillo, haciendo fuerza al portero del Virrey, como lo tenian por medio truhan, y el Visorrey gustaba de verle tartamudear en nuestra lengua, entró dentro de la sala donde el Visorrey y los demás estábamos, y arrimóse á la pared frontera de donde era el examen; el cual, oyendo cómo disparaban de lo quél y los demás examinados habian declarado, díjoles: Hermanos, ¿no os dije ayer todo lo que habiades de decir? ¿cómo decís al contrario? y todos tres lenguas fueron tan cortos, que no advirtieron al Visorrey de lo que aquel don Francisquillo les dijo, para que se entendiera la fiction destos. Dijéronlo ya que nos veníamos á nuestras casas acompañando al dean, porque era todo camino entonces, y aun más de una cuadra; lo dijeron porque veniamos tractando que era fiction y mentira, y ellos para confirmarlo dicen lo que el Francisquillo dijo á los que disparaban de los demás encaminados, y fué promision de Dios, porque aunque lo dijeran, no fueran creidos. Con mi poco talento yo me deshacia viendo lo que pasaba, y que el Visorrey nos detuviese allí tanto tiempo, y otra noche siguiente díjele: Suplico á Vuestra Excelencia sea servido oirme; respondióme: Decid; Señor, dije, si es verdad lo que éstos dicen que aquel ángel les predica, y afirman que unas veces le ven, otras no, y cuando le ven entra en la iglesia muy resplandeciente y hermoso, no hay duda sino que, para confirmacion de que es ángel, ó Sandiago, como ellos dicen, enviado de Dios, que para que le crean habrá hecho algun milagro. Porque esta es orden de Dios, como consta de Moisés, con los hijos de Isrrael, que para que le creyesen hizo milagros delante dellos, y lo mismo hicieron los apóstoles y otros muchos sanctos para confirmacion de la fe y predicacion evangélica; mande Vuestra Excelencia se les pregunte si ha hecho algun milagro. El Visorrey dijo: Bien decís; pregúntenselo. Pregúntanles las lenguas si aquel ángel ó Sandiago ha hecho algun milagro; responden haber hecho tres; el primero fué que le llevaron una yegua picada de una víbora, que era de un curaca, para que la sanase, y la sanó; este buen milagro es, porque convenia no se perdiese la casta de los caballos en los Chiriguanas. El otro, que á un muchacho picado de otra víbora, llevándoselo, lo sanó. El tercero fué, que no queriendo unos Chiriguanas salir de las casas donde estaban, á oirle su predicacion, les dijo: ¿así, no quereis oir la palabra de Dios? pues yo haré venga del cielo fuego y os abrase, y descendió fuego del cielo y los abrasó; y aun añadieron otro, que son cuatro: que en un pueblo llamado Cuevo, no le queriendo oir, les dijo: Pues yo me iré, y os dejaré; é se fué, y la cruz que estaba en la plaza de la iglesia se levantó y se fué en pos de Sandiago y se plantó en la plaza del otro pueblo. Examinando á otros dos indios, y preguntándoles destos milagros, en los dos primeros confirmáronse; en lo del fuego de la casa, dijeron haberse quemado acaso, pero que dentro della nadie pareció; y lo de la cruz de Cuevo no hobo tal, sino que allí está, y en el otro pueblo los indios dél pusieron una cruz delante de la iglesia; y con todo esto se pasó adelante con la fiction, y se creyó, y en la informacion se escribieron ochenta hojas, ó pocas menos; empero, cuando se huyeron los Chiriguanas (como en el capítulo siguiente diremos), ya entonces se creia la fiction ser mentira, é yo me atreví á hablar cerca desta materia y que habia salido verdad lo por mí dicho, que no querian sino engañar al Visorrey, y á la primera noche que sucediese tempestuosa, huirse á sus tierras, como lo hicieron.

CAPITULO XXXIV
LOS CHIRIGUANAS SE HUYEN

El Visorrey don Francisco de Toledo, hecha la informacion, fué deteniendo á los indios Chiriguanas, sin dejarles volver á sus tierras, lo cual ellos sintiendo determinaron de huirse; esto fué descubierto, y el Visorrey mandó que de una casa que les habia dado, un poco apartada del pueblo, en la parroquia de San Sebastian, se mudasen á otra dentro del pueblo, donde se tuviese un poco de más recaudo con ellos, y si se huyesen luego fuese sabido; subcedió, pues, así, que venida una noche muy tempestuosa, como las suele hacer en aquella cibdad y en toda la provincia, se huyeron todos los que habian quedado, y entre ellos Baltasarillo y el Chiriguana llamado Inga Condorillo. Sabido en casa del Visorrey por sus criados, antes que amaneciese dispiertan al Visorrey, á quien ni en aquella hora ni en otra, como durmiese, se atrevian á despertar, y dícenle: ¡Oh! señor, los Chiriguanas se han huido; entonces díceles: No me quede ninguno de vosotros en casa que no los vaya siguiendo y me los traya; sale la voz por el pueblo, de donde algunos de los criados del Visorrey y otros de la ciudad, con sus vestidos negros, sin esperar á más, toman sus caballos, y aun los ajenos, que hallaban á las puertas de sus amos, y sin más detenerse, unos por una parte y camino, otros por otra é por otro camino, se parten en busca de los Chiriguanas, sin saber el camino que llevaban; dióse aviso luego á los chacareros de los valles por donde necesario habian de pasar, y á los que á las riberas de los rios tenian sus haciendas, que velasen é procurasen haberlos á las manos. Prendieron al Baltasarillo y á otros tres, que trujeron al Visorrey. El Inga Condorillo con los demás aportó al valle do Oroneota, donde hay un poblezuelo pequeño de los indios llamados Churumatas; en el paso estaban un mulato con dos indios, á donde llegando el Inga Condorillo con sus compañeros, con un cuchillo carnicero hirió al mulato, que luego huyó, y luego acometen á los indios, hiérenlos á ambos, al uno de muerte, de que dentro de breves dias murió; al otro más livianamente, con lo cual se escaparon hasta hoy, de suerte que lo que yo dije salió verdad; pero primero que saliese andaba como corrido, sin atreverme á hablar, ni haber quien se atreviese de los pocos que conmigo concordaban y sentian, aunque despues que los recogieron á la cibdad, algunos libremente decian su parecer.

CAPITULO XXXV
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO DETERMINA IR Á LOS CHIRIGUANAS EN PERSONA

Sintió gravemente el Visorrey la huida de los Chiriguanas, como á quien unos indios bárbaros así burlaron, por lo cual, y porque convenia hacerles guerra, subjectarlos, ó echarlos á lo menos de aquellas montañas y carnecerias donde vivian, dende á pocos dias determinó él en persona ir á castigarlos, y de allí entrar en Santa Cruz de la Sierra y sacar á don Diego de Mendoza y justiciarle, como lo hizo despues, y de un tiro matar dos pájaros; sacó tiendas, las cuales armaron delante de su casa, en la cuadra de la iglesia mayor; nombró por capitan general á don Gabriel Paniagua, vecino de la ciudad de La Plata, hombre muy rico, comendador de Calatrava; por maestre de campo, á don Luis de Toledo, su tio. Antes de se determinar tuvo muchos acuerdos y consejos, en los cuales por el Audiencia siempre fué contradicho su parecer de ir en persona, y se lo requirieron, porque para aquella guerra era suficiente un capitan general con ciento y cincuenta soldados y tres capitanes, á quien mandase ir al puesto del rio de los Sauces, dond'el capitan Andrés Manso tuvo poblado, y de allí hiciese la guerra como convenia hacerse á estos come hombres, lo cual mejor que otro lo haria Pedro de Segura, de nacion vizcaino, cursado en guerra contra los Chiriguanas, á quien ya tenia perdido el miedo; envióle á llamar, que vivia pobremente con su mujer y hijos en un valle llamado Sopachui, más de veinte leguas de la ciudad de La Plata, el cual venido y ofreciéndose á servir á Su Majestad y al Visorrey en lo que le mandase, conforme á su obligacion de hijodalgo; empero pidiéndole algun socorro para dejar á su mujer y hijos, no se le dió, y le despidió diciéndole se volviese á su casa.

Determinóse, pues, el Visorrey, contra el parecer del Audiencia y de los demás vecinos y hombres que tenian experiencia cómo se habia de hacer aquella guerra, de ir en persona, y así aderezó y mandó aderezar las cosas necesarias.

CAPITULO XXXVI
EL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO PIDE PARECER SI DARÁ POR ESCLAVOS Á LOS CHIRIGUANAS

Determinado el Visorrey de entrar en persona contra estos come hombres, enemigos comunes del género humano, llamó á consulta al Audiencia, Sede vacante, Cabildo de la ciudad de La Plata y á las Ordenes, y en particular á estas, y letrados, si podia lícitamente dar por esclavos á los Chiriguanas que se prendiesen en aquella guerra; juntos á la hora señalada, y pidiendo parecer, y dando las causas que le movian á poderlo hacer, hablando primero el doctor Urquizu, dean, le dijo que en la guerra justa, como era la presente, era lícito al rendido captivarle, por ser ya Derecho y comun consentimiento de las gentes, porque si á un enemigo, en la tal guerra, teniéndole rendido, le puedo quitar la vida, gran beneficio le hago, dándosela, hacerle mi esclavo; empero porque él habia visto una cédula del Emperador y rey nuestro señor Carlos V, en que mandaba que á ningunos indios, por delictos gravísimos que tuviesen, ni porque se hobiesen rebelado contra su corona Real, ni por comer carne humana, ni por otros ningunos de sus Virreyes, gobernadores, ni capitanes generales, les pudiesen dar por esclavos, ni á los ya reducidos á su servicio, ni á los que de nuevo se reduciesen, y así ponia en su libertad á todos los indios que como esclavos servian, vendidos y comprados; por lo cual, conforme á esta cédula, usada é guardada, no era lícito darlos por esclavos, por ser ley de nuestro Rey y príncipe, en la cual para con estos indios moderaba la ley y Derecho de las gentes de que arriba hicimos mencion que en la guerra justa al rendido justamente se hace esclavo; á esto respondió el Virrey, aquella cédula haberla Su Majestad despachado y establecido aquella ley para los vecinos de México, donde el Visorrey don Antonio de Mendoza tuvo muchos esclavos indios con sus ingenios, y que no se entendió en estos reinos. Oído esto por el doctor Urquizu, dijo: Si Vuestra Excelencia esa ley puede así interpretar, con justo título los puede dar Vuestra Excelencia por esclavos. Con este parecer fueron todos los demás prelados de las Ordenes, y casi concluida la consulta, y en este parecer resuelta, viéndome el Visorrey, mandóme decir lo que sentia, y es cierto que no siendo yo sino un muy simple y sencillo religioso de mi Orden, era compañero de mi prior, me habia asentado muy abajo, y aun casi me escondia, porque ni me viesen ni me preguntasen, pareciéndome ya en este particular de los Chiriguanas me tenian por sospechoso. Pero no me pude esconder qu'el Visorrey no me mandase decir mi parecer, al cual dije (no parezca á nadie alabo mis agujas; tracto verdad coram Deo et Christo Jesu): Señor, si la ley del Emperador y rey nuestro señor, de gloriosa memoria, no se entiende en estos reinos, lo que á Vuestra Excelencia se ha respondido se puede justísimamente hacer; pero aunque sea así, Vuestra Excelencia debe mandar se modere este rigor desta suerte, pareciendo conviene que los niños y mujeres inocentes, excepto las viejas, porque éstas son malditas, por cuyo consejo estos Chiriguanas van á la guerra, no se den totalmente por esclavos, sino que el que los captivare se sirva dellos toda su vida como de tales, no los pudiendo vender ni enajenar, y que si algun otro se los hurtare ó sosacare, sea castigado como si cosa propia se le hobiera hurtado; los demás inocentes queden libres como vasallos de Su Majestad, para que Vuestra Excelencia los encomiende á quien fuese servido. Muévome á esto, porque todos estos reinos se han de reducir á la corona de Castilla, y en contorno de los Chiriguanas hay indios, y lejos dellos, que no están reducidos. Pues si estos tales oyeren decir que los cristianos han hecho esclavos, compran y venden y han destruido á estos come hombres, no sabiendo la razon é justicia de parte de Vuestra Excelencia para mandarlo, tenernos han más aborrecimiento del que nos tienen, y el nombre de cristiano se hace más odioso. El Visorrey dijo era piadoso parecer; empero, no lo queriendo admitir, mandó al general don Gabriel saliese á la plaza y con la solemnidad acostumbrada publicase á fuego y á sangre la guerra contra estos Chiriguanas, declarándolos y dando por esclavos á todos cuantos en ella se rindiesen y prendiesen; lo cual hizo luego, y en la plaza públicamente se publicó y pregonó como el Visorrey lo mandaba.

CAPITULO XXXVII
EL VISORREY MANDA AL GENERAL DON GABRIEL ENTRE CONTRA LOS CHIRIGUANAS POR EL CAMINO DE SANTA CRUZ.

Publicada la guerra á fuego y sangre, y dados por esclavos los Chiriguanas, mandó el Visorrey al general don Gabriel que con 120 soldados, sin la gente de su casa, entre contra estos enemigos comunes por el camino que va á Santa Cruz de la Sierra, y procure allanar al cacique Vitapue, que está en medio del camino, ó á lo menos impedirle que no pueda ir á socorrer á los demás contra quien el Visorrey entraba. Apercibióse el General de lo necesario, y con los soldados dichos, muy buenos y bien aderezados, tomó su camino. Lo que le subcedió diremos cuando hobiéramos concluido con lo que aconteció al Visorrey.

CAPITULO XXXVIII
EL VISORREY NOMBRA CAPITANES Y ENTRA EN LA TIERRA CHIRIGUANA

Nombró tambien otros capitanes: por la ciudad de La Plata, á don Fernando de Zárate, vecino della; por la villa de Potosí, á Juan Ortíz de Zárate, su criado. Mandó que todos los vecinos del Pueblo Nuevo viniesen á servir á Su Majestad en esta jornada, ó enviasen personas en su lugar con sus armas y caballos; los más vinieron; los otros enviaron soldados á su costa; otros muchos hijosdalgo, conforme á su obligacion, se ofrecieron á servir y fueron sirviendo sin interés ni socorro alguno. Partió, pues, el Visorrey llevando en su compañía los lanzas y arcabuces para la guarda de su persona, y para hacer lo que se les mandase. Por justicia mayor del campo, al licenciado Ricalde, con buena casa de soldados vizcainos y mucho gasto. Salieron con él de la ciudad de La Plata pocos más de 400 soldados, todos deseosos de concluir con esta maldita canalla y de vengar la injuria hecha al Visorrey, engañándole como le engañaron; fueron tambien con él otros soldados que tenian sus haciendas en los valles fronteras desta gente, y que aquella tierra la habian visto muchas veces.

La primera jornada fué legua y media de la ciudad, á un valle llamado Sotala, á donde se acabaron de juntar las cosas necesarias de mantenimientos, y carneros para llevarlos; vinieron tambien allí indios de servicio y de los Chichas, que es gente buena y bellicosa, con sus arcos y flechas. En este valle quisieron algunos criados del Virrey saber qué tan fuerte era el arco Chiriguana, y tomando una cota la pusieron en un costal de paja y á los indios Chiriguanas que llevaban para guias hiciéronlos tirasen á la cota, y á los Chichas; los Chichas desembrazaron primero, pero sus flechas resurtieron. Los Chiriguanas desembrazando pasaron la cota y costal de banda á banda, de lo cual fueron no poco admirados; es el Chiriguana bravo hombre de arco y flecha, como dejamos dicho: y aunque es así que se llevó gran cantidad de comida, porque siempre se temió hambre, y temiéndola, los cursados en aquella tierra y el camino que llevaban, dijeron al Virrey que para tal tiempo proveyese, á lo menos dejase proveido, que de la ciudad de La Plata y sus términos, en el rio de los Sauces, ó asiento de Condorillo, le tuviesen comida, porque seria necesaria; no los quiso oir, y subcedió así como diremos, que si lo dejara proveido, no se viera el campo en la necesidad que se vió. Llegando, pues, á las puertas de las montañas Chiriguanas, luego despachó al capitan Juan Ortíz de Zárate con su compañía de cincuenta soldados, sin otros diez que le dió viejos y cursados, á un pueblo, creo llamado Tucurube, el primero por aquel camino; el cual llegó á tan buen tiempo, que no halló indio en él que le pudiese hacer resistencia, sino las mujeres y niños, por haber tres ó cuatro dias se habian partido á cazar indios chaneses para su carniceria, y entre las mujeres vivia una mestiza que dijimos haberse quedado en los Chiriguanas cuando mataron al capitan Andrés Manso y á todos los que con él estaban, la cual con las demás indias se huyó al monte, y conocida por algunos, llamándola, no quiso volver, tiró su camino con las demás y hasta hoy se quedó hecha chiriguana. Hallóse aquí mucha comida de maíz, frísoles, zapallos, yucas y otras suertes de mantenimientos de que se sustentan y hacen sus brevajes en mucha cantidad; oí certificar á algunos que con él fueron serian de todas comidas más de 3.000 fanegas. Apoderóse del pueblo, que no era más de tres casas como las usan, muy anchas y más largas. Los del pueblo van al monte y avisan á los Chiriguanas den luego la vuelta, porque los cristianos se han apoderado de las casas y comidas; los cuales dentro de pocos dias volvieron y entraron como de paz, no todos, sino los más principales, que á escondidas preguntaban quién era el capitan; si era conocido dellos, viejo ó chapeton, ó si por ventura era el capitan Hernando Diez de Recalde, que allí como soldado iba. El capitan Hernando Diez era dellos muy conocido por muchas y muy buenas suertes que habia hecho con ellos; temianle y deseaban haberle á las manos; mas como supieron era chapeton, y dellos no conocido, luego le tuvieron en poco y engañaron, comenzándole á servir y traer agua y leña y lo que les pedian. El capitan Juan de Zárate despachó luego al Visorrey un soldado con la nueva de la presa de la comida que tenia; el capitan alojó sus soldados á lo largo de los buhios, de suerte que por las espaldas estaban seguros; empero los Chiriguanas le persuadieron se metiese en uno dellos, porque las indias que traian leña y agua y demás cosas para guisar de comer tenian miedo de los soldados, y no venian de buena gana, ni se atrevian á entrar dentro del buhio; persuadióse á ello, aunque por algunos soldados le fué rogado no lo hiciese ni desamparase su alojamiento; con todo eso se metió dentro de la casa, á donde por algunos dias le aseguraron los Chiriguanas sirviéndole con mucho cuidado. Empero no eran tan recatados que los que tenian alguna experiencia de sus malas costumbres, por los ademanes y otras cosas, entendianles los pensamientos, por lo cual avisaron al capitan se velase y no hiciese tanta confianza de aquella gente sin Dios, sin ley y sin rey; no quiso admitir este buen consejo, diciendo no era él hombre á quien los Chiriguanas habian de engañar, no se acordando habian engañado al Visorrey, con todo su buen entendimiento. Los que se recelaban, que fué el capitan Hernando Diez de Recalde, con un hijo suyo y un negro, y otros tres ó cuatro que se le llegaron, no dormian en el buhio, sino fuera, las espaldas seguras con unas piruas de maíz juncto al buhio (pirua es un cercado como de dos varas y media, redondo, de cañas, donde se encierra el maíz), y la noche de cierto dia que conocieron lo que habia de hacer la gente enemiga, se repararon lo mejor que pudieron y estuvieron apercebidos velándose; esta noche, el capitan descuidado, dan los Chiriguanas en él y en los demás que dormian á sueño suelto y sin centinelas; mataron á un español y á uno ó dos mulatos, y no sé cuántos indios, y hirieron á otros, y á soldado hobo, y lanza, que le pasaron un muslo con una flecha, revuelto con su frezada. Los que estaban fuera, éstos detuvieron á los indios que no entrasen tan de golpe, y mataron algunos con sus arcabuces, porque los que hicieron daño en el buhio fueron los que allí se habian quedado, como ellos decian, á dormir, y á la hora señalada tomaron las armas que entre la leña metieron, y con ellas hicieron el daño dicho, y al capitan hirieron livianamente en una mano. Los Chiriguanas, como los de fuera les daban priesa, huyeron al monte; llegó el dia; curaron los enfermos y enterraron los muertos, y el capitan fué á buscar los enemigos, pero no hallándolos, se volvió; los cuales se entiende haber recebido no poco daño, por la sangre que á la mañana se vió juncto á la casa. Dende á pocos dias determinó el capitan dejar el pueblo y comidas, y dar la vuelta en busca del Visorrey, á donde llegando, y sabido el subceso, no lo quiso ver ni hablar por muchos dias, y no sin mucha razon, porque si el capitan Juan de Zárate siguiera el parecer de los expertos en la guerra Chiriguana, casi la habia acabado; pero, como dijimos arriba, los que vienen de España tiénennos por más que bárbaros; dijéronle no desamparase la comida sin órden del Visorrey, ni el pueblo, la cual, si no dejara, era fácil llevarla al real y no se padeciera la hambre que despues se padeció, á lo menos no tanta.

CAPITULO XXXIX
EL VISORREY NOMBRA CAPITAN Á BARRASA, SU CAMARERO, Y LO ENVIA AL PUEBLO DE MARUCARE

Prosiguiendo la tierra adentro el Visorrey con su campo, lo asentó en cierta parte cómoda, de donde nombrando por capitan á Francisco Barrasa, su camarero, le mandó escogiese cincuenta hombres en todo el ejército, y con ellos fuese á un pueblo del curaca Marucare, que dijimos haber salido á la cibdad de La Plata con Mosquera, pero el Visorrey le dió licencia para volverse á su tierra.

Antes que pasase más adelante, se me podria preguntar por qué el Visorrey no quiso recebir el consejo de los vaquianos. A esto respondo lo que oí á un personaje con quien el Virrey tractaba lo íntimo de su corazon, que era el padre fray García de Toledo: el Virrey se persuadió á que viendo los Chiriguanas la pujanza con que entraba él propio en persona, y que por ninguna via se podian huir de sus manos, se le habian de venir á entregar sin tomar armas; que no se pudiesen huir, era como demostracion, porque los de[16] Vitupue habian de caer en las manos de don Gabriel, general del campo; si huían á Santa Cruz, en las de don Diego de Mendoza, á quien mandó saliese hasta tal puesto con sesenta soldados y algunos amigos indios, cual lo hizo; si la tierra adentro, habian de dar en los Tobas, que dijimos ser gigantes y enemigos capitales de los Chiriguanas; persuadido con estas conjeturas no hizo caso de los buenos consejos; digo tambien que la gloria de la conquista de los Chiriguanas se la quiso atribuir á sí y á los suyos, y no á los capitanes y soldados viejos, como la del Inga, porque al mismo padre fray García oí decir que si los chapetones no fueran á ella, no se hiciera el efecto que se hizo, porque éstos se echaron el rio abajo, pidieron y sacaron al Inga y á sus capitanes.

Volviendo á nuestra historia, el capitan Barrasa escogió los más principales del ejército en linaje y no en trabajo, ni en ejercicio de guerra, que fueron á los vecinos de la cibdad de La Paz y otros. Desta suerte salieron en sus caballos hasta el pie de una cuesta por donde no se podian aprovechar dellos, y el pueblo estaba fundado en lo alto della; la cuesta agria y larga, el calor mucho, los cuerpos cargados de armas y no acostumbrados á traerlas, hobo algunos que dieron señal, y muy baja; finalmente, llegaron á lo alto; los indios, que antes que subieran la cuesta los habian visto, no se atreviendo á resistirlos se metieron en la montaña con sus hijos y mujeres, dejando las casas desamparadas; los nuestros, cuando llegaron ya llevaban alguna hambre, y entrando en las casas buscaban qué comer; dieron en una olla grande llena de maíz cocido; metian las manos y á puñados sacaban el mote (mote es maíz cocido), lo cual con mucho gusto comian; empero uno, metiendo la mano un poco más adentro, encontró con un brazuelo de un niño; sacólo á fuera sin saber lo que sacaba; en viendo los nuestros la carne humana, fué tanto el asco que recibieron, que lo comido y lo que más tenian en el cuerpo, con grande asco lo lanzaron fuera, y sin hacer otro efeto se volvieron al real. No hallaron alguna comida porque los indios la tenian en la montaña puesta en cobro, y si fueran hombres de guerra y dieran sobre los nuestros cuando andaban sin órden buscando la comida, no sé cómo volvieran.

CAPITULO XL
DE LA HAMBRE QUE COMENZABA EN EL REAL Y ENFERMEDAD DEL VISORREY

De aquí partió el Visorrey, donde tenia alojado el campo, la tierra adentro, y prosiguiendo su camino dió en el rio llamado de Pilaya, á quien algunos llamaron el rio Incógnito, no lo siendo; muchos iban en el real que le habian visto antes. Ya en este tiempo se comenzaba á sentir falta de comida en el real, porque la tierra no la lleva sino en los lugares donde los Chiriguanas siembran sus comidas, y siendo la tierra montosa, los árboles son infructíferos, si no son unos llamados cañares[17] que son los azofeifos nuestros; otros no sé que lleven fructa, sino muchas garrapatas, á los cuales arrimándose, á un hombre caen tantas que le cubren de arriba abajo. Los Chiriguanas sus comidas habíanlas metido en la montaña, y aunque las buscaban los nuestros, no las hallaban. El Visorrey, ó por la destemplanza de la tierra del mucho calor ó por otras causas que descomponen los cuerpos humanos, comenzó á enfermar de unas bravas y recias calenturas que le iban creciendo y enflaqueciendo mucho, por las cuales é no poder caminar el Virrey en su literilla de hombros (la tierra no sufria litera de acémilas que llevaba) se detenian en los alojamientos más de lo necesario para pasar adelante; su médico todo lo posible hacia para su salud, y dia de Nuestra Señora de Agosto, cuando se pensó tener acabada la guerra, le desafució, y con todo esto el Visorrey no queria sino proseguir su jornada. Lo cual visto por el licenciado Recalde, entrando á visitarle en la tienda le dijo el estado de su enfermedad, y que si Nuestro Señor disponia dél en aquella tierra, allí le habian de sepultar, aunque esto no hacia al caso, porque la comun sepoltura de todos los hombres es la tierra. Lo que más se habia de advertir, y por lo que más se habia de mirar, era que todos se perderian cuantos con él entraron, y el reino del Perú corria mucho riesgo (como era verdad) de perderse con alguna tirania, y subcediera así si Nuestro Señor otra cosa no ordenara. Tambien le puso delante de los ojos la hambre que se augmentaba en el real, y quien más la padecian eran los pobres indios; por tanto, le suplicaba mirase los grandes inconvenientes que se siguieran, irremediables, por los cuales perderia el crédito que con Su Majestad habia ganado hasta allí, y no permitiese que los miserables indios, á quien sacó de sus tierras, tan miserablemente murieran, porque acosados de la hambre se huian del real, sin saber camino, los cuales cayendo en las manos de los Chiriguanas, luego eran comidos, y cuando no, daban en manos de tigres, de que es aquella tierra poblada, y los despedazaban; lo cual siendo como era así, Su Excelencia mandase dar la vuelta al Perú, pues ya se habia hecho todo lo posible, y los Chiriguanas no parecian en el mundo.

CAPITULO XLI
EL VISORREY MANDA VOLVER EL CAMPO AL PERÚ

Viendo, pues, el Visorrey su poca salud, y lo que el licenciado Recalde le aconsejaba era lo justo, bueno y sancto, y el riesgo qu'el reino corria, determinó mandar se diese la vuelta al Perú, ya todo el campo muerto de hambre, y los que más la padecian eran los pobres indios, los cuales si encontraban con algunas sillas se comian los cordobanes y guarniciones; los más se aventuraban á salir á este reino, y salieron algunos; vi un indio en la cibdad de La Plata, del repartimiento del capitan Hernando de Zárate, que á su ventura se atrevió á salir y llegó á la cibdad, y fuese derecho á casa de su amo, donde á la sazon estábamos dos religiosos; doña Luisa, mujer del capitan don Fernando, cuando le vió compadecióse grandemente y todos nos compadecimos; regalóle, acaricióle, mandó que le diesen de comer; no parecia sino la estatua de la muerte, en los puros cueros y en los huesos; al cual preguntándole el estado de los nuestros, dijo lo que habemos referido. Preguntámosle más: ¿cuántos Chiriguanas traian en colleras? lleváronlas Chichas de acá. Respondió estas palabras: Ni solo una uña de chiriguana traen los cristianos.

Todo el real casi venia á pie, porque los caballos, pasaron de más de 1.600, se quedaban estacados de cierta yerba que comian, haciendo espumarajos; salieron cual ó cual, y como no habia en qué traer la ropa, quedábanse los toldos armados y las petacas llenas.

El licenciado Recalde se mostró gran cristiano para con los indios, y Nuestro Señor se lo pagó, porque encontrando al indio animado ó á la peña, transido de hambre, le hacia dar de comer, lo traia en su compañia, y si no podia caminar, en sus caballos ó mulas lo mandaba subir; dejando su caballo, y quitándolos á sus criados y á los de su casa, los daba á los indios; albergábalos, curábalos en sus toldos, con lo cual libró no pocos de la muerte y sacó á esta tierra; finalmente, sus toldos eran las enfermerias de los pobres indios. Con mucho trabajo salió el Visorrey y el campo á la tierra del Perú, á un valle llamado Tomina, sin que en el camino recibiese algun daño de los Chiriguanas, que fué no poca merced que Nuestro Señor hizo á todo el reino, y si bien se considera, confesaremos que el mismo Dios puso[18] en las manos de los nuestros á los Chiriguanas, y los cegó para que no conociesen la oportunidad, creo por la gran soberbia con que entraron.

Si el capitan Juan de Zárate siguiera el consejo que le daban, habria preso y captivado muchos de los principales Chiriguanas, enseñándoselos con el dedo en el pueblo donde dijimos llegó y no halló resistencia alguna. Fué señor de la comida, y si no la desamparara no se padeciera en el real la penuria que della hobo, ni hobiera hambre, y la guerra casi era acabada, y si no acabada, se habria puesto en término de acabarla presto. Puso tambien Nuestro Señor á los españoles en las manos Chiriguanas; empero, usando de su acostumbrada misericordia con ellos, cegó á los Chiriguanas para que no conosciesen el tiempo, ni se aprovechasen dél ni de sus propias costumbres de pelear, porque con ser gente que no pelea sino á traicion y de noche, con nosotros pocas veces de dia, sí de noche; si fueran dando arma en el campo, de suerte que los desvelaran y hicieran estar en arma toda la noche, hambrientos, sin fuerzas para tomar armas, y desvelados, ¿cómo volvieran á este reino? ¿por qué camino?

Abriéndolo venian; cególos Dios, y olvidáronse de su órden de pelear. Del campo dióse aviso al Audiencia y á la cibdad cómo salian y cuán destrozados y hambrientos. Salió con la brevedad posible el Presidente Quiñones á les llevar refresco, el cual llegando al valle de Tomina y sabiendo cuánta más necesidad traian de la que en las primeras cartas se habia significado, y que los gastadores estaban cerca, ya casi arrimados á los árboles, tomando su mula y en ella unas alforjas, y los demás que con él iban haciendo lo mismo, con la priesa posible llegaron donde los gastadores estaban, entre los cuales hallaron dos ó tres ya arrimados á unas peñas, los ojos vueltos en blanco, de hambre; animóles y dióles el refresco que llevaba, con lo cual los volvió en sí y avisó al campo cómo habia llegado con bastimentos y otro dia seria con ellos; con esto los unos y los otros se animaron y llegaron al valle nombrado Tomina, sin que se perdiesen tres soldados, á donde fueron muy caritativamente recebidos de los que en él habitaban, españoles chacareros, que con gran liberalidad daban de comer á todo el campo, vaca, ternera, cabritos, ellos y sus mujeres amasando de dia y de noche el pan para los que á sus casas llegaban con no poca pérdida del crédito español.

CAPITULO XLII
LO QUE SUBCEDIÓ AL GENERAL DON GABRIEL PANIAGUA

El general don Gabriel Paniagua, prosiguiendo su viaje por donde le fué mandado, con 120 soldados (como dijimos), entró en la tierra Chiriguana sin que los indios se le atreviesen á salir al camino, ni estorbar el paso; solo un dia, en un pajonal crecido, le tenian armada una celada, que si no se descubriera acaso, le hicieran algun daño; llegó á este pajonal ya tarde, donde, alojando la gente, ya comenzaban á armar sus toldos, atar los caballos y el bagax ponerlo en medio del alojamiento; un soldado iba en busca de su caballo, que se le habia apartado un poco de trecho del alojamiento, el pajonal adelante, y era hacia aquella parte donde los enemigos estaban acachados y escondidos, para en comenzando á cenar, ó al primer sueño, dar en los nuestros.

Los indios como vieron que el soldado iba para ellos con su escopeta al hombro, pensaron ser sentidos, levántanse y descúbrense de la emboscada. El soldado, vistos, disparó su arcabuz contra ellos y volvióse al campo tocando arma.

A esto los demás tomaron sus escopetas, y puestos en órden, como mejor pudieron se defendieron y ofendieron al enemigo, sin que ellos recibiesen en la persona daño alguno; al ruido de los arcabuces, los caballos, que no estaban atados, se metieron en la montaña y se desaparecieron, pocos de los cuales volvieron á la compañía; esta fué la mayor pérdida que subcedió al general don Gabriel, ni tuvo otro encuentro. Puesto, pues, en medio de las montañas Chiriguanas, no sabia cosa alguna del Visorrey; no le avisó, ni pudo, como estaba concertado; indios no le molestaban ni los hallaban; el tiempo del verano era acabado; las aguas comenzaban, hasta que desde un cerro le dijeron los enemigos todo lo que pasaba en el campo del Visorrey: la enfermedad, la hambre, y que ya el Visorrey habia dado la vuelta al Perú; que se saliese, por ser ya tiempo de sembrar, y no les impidiese las sementeras, porque si aguardaba á las aguas ni él podria salir, y le faltarian las comidas, ni ellos sembrar, y así perecerian todos; el consejo no fué errado.

El general, pues, viendo, y sus capitanes, ser posible lo que los Chiriguanas decian, considerando el tiempo y lo demás, determinó de dar la vuelta al Perú, y saliendo sacó toda su gente sana y salva, sin más pérdida de aquellos pocos caballos que se huyeron en la refriega dicha; en llegando á tierra de paz, luego fué cierto de lo que los Chiriguanas le habian dicho ser verdad, y viniéndose para la cibdad de La Plata halló en ella dias habia al Virrey muy enfermo.

CAPITULO XLIII
DESPIDE LOS SOLDADOS EL VISORREY Y LLEGA Á LA CIBDAD DE LA PLATA

En este valle de Tomina despidió los soldados, dándoles licencia, en donde descansó el Visorrey hasta adquirir unas pocas de fuerzas, las cuales, en dándole los aires del Perú comenzó á recobrar, y la enfermedad á disminuírsele, pero no de manera que se pudiese tener en pie ni andar un paso; mas sintiéndose ya con algunas fuerzas se puso en camino para la ciudad de La Plata, adonde llegó en una literilla de hombros en que le traian dos lacayos, tan flaco y desfigurado, que se tuvo muy poca esperanza de su salud; mas Nuestro Señor se la dió enteramente, y todo el pueblo dió muchas gracias á la majestad de Dios porque le sacó vivo. Alcanzada esta salud y compuestas algunas cosas tocantes al buen gobierno de aquella provincia, dende á cinco ó seis meses tomó el camino para Potosí, á donde, hallando que muchos de los que tenian indios para sus ingenios se habian ocupado más en recoger metales de los desmontes, y en traspasar la ordenanza por él hecha (como dejamos dicho), que en beneficiar y labrar sus minas, los condenó á tres tomines ensayados por quintal, con los cuales enteró la caja Real de lo que della habia sacado para la guerra chiriguana, y lo demás repartió en los que más habian gastado, como fué al licenciado Recalde aplicó cierta cantidad y á otros.

Pudiera escrebir otras cosas particulares que en esta provincia sucedieron, mas déjolas porque no paresca se tratan con alguna manera de pasion, de la cual estamos muy lejos; empero la verdad de la historia no se ha podido dejar. Partió de Potosí, asentado todo lo necesario para su buen gobierno, para la ciudad de La Plata; de allí á Arequipa, de donde se fué á embarcar, creo son 22 leguas, á la playa de Quilca; embarcado, en breves dias llegó al puerto del Callao, de la ciudad de Los Reyes, adonde fué muy bien recebido.

CAPITULO XLIV
DEL CAPITAN FRANCISCO DRAQUE, INGLÉS, QUE ENTRÓ POR EL ESTRECHO DE MAGALLANES

El año de 77, así como en España y toda Europa, pareció en la media region del aire el más famoso cometa que se ha visto; tambien se vió en estos reinos á los 7 de Octubre con una cola muy larga que señalaba al estrecho de Magallanes, que duró casi dos meses, el cual pareció ser anuncio que por el Estrecho habia de entrar algun castigo enviado de la mano de Dios por nuestros pecados, como sucedió; que dende á dos años, poco más ó menos, que se acabó, y el Visorrey don Francisco de Toledo residiendo en la ciudad de Los Reyes, entró en el puerto della un navio inglés, enemigo, con un capitan llamado Francisco Draque, de noche, sin que hobiese imaginacion que tal pudiese subceder, en el cual tiempo en la ciudad de Los Reyes no habia un grano de pólvora, ni gentilhombre lanza que tuviese lanza, ni gentilhombre arcabuz que tuviese arcabuz, por se los haber comido y no les haber pagado lo situado por el marqués de Cañete, de buena memoria. El ejercicio de las armas se habia olvidado, no sólo en aquella ciudad, sino en todo el reino, por haber mandado el Visorrey ningun hombre caminase con arcabuz, so pena de perdido, y á los corregidores de los partidos tenia mandado lo ejecutasen. En esta sazon, pues, llegó este pirata, que robase y afrentase y le diese un bofetón de los grandes que han recebido, ni creo recibiran tan presto los leones del Perú.

El capitan inglés, luterano, con órden de la reina Maria, inglesa, tambien luterana, una de las malas hembras y crueles que ha habido en el mundo, se aventuró con tres navios á salir de Inglaterra y venir á estos reinos á robarlos y á hacerse señor de la mar, caso jamás imaginado, y de ánimo más que inglés, porque salir de su tierra y venir por mares y temples tan contrarios al temple inglés, y seguir derrota que tantos años no se seguia, ni otra que la nao Victoria no habia hecho, porque de las que con ella salieron sola ésta volvió, las demás se perdieron, y de las del obispo de Plascencia don Gutierre de Caravajal, ni una sola se salvó: atreverse este capitan inglés á renovar esta navegacion, ya casi olvidada, y á meterse en las manos de sus enemigos, como se metió, tan apartado de donde le pudiese venir socorro, fué más que temeridad, sino que como venia para castigo destos reinos por nuestros pecados, todo le subcedia bien. Partió, pues, de Inglaterra con tres navios, segun algunos referian habérselo oído; piérdense los dos á la entrada del Estrecho, ó á la salida; sólo él desembocando de la vuelta sobre mano izquierda, costeando la tierra y costa primera de Chile, donde en el puerto Valparaiso, viniendo falto de comida, halla dos ó tres navios con oro, aunque poco; no fueron 30.000 pesos; halla comida, y vino, y proveyéndose de lo necesario, costeando, sondando los puertos y las caletas, sin que hallase resistencia alguna, viene hasta el puerto de Coquimbo, adonde, no hallando qué pillar, treinta leguas de allí, ó poco más, llegó á la bahia. Salada, donde estuvo dos meses y más dando carena á su navio y haciendo una lancha, sin que le diesen la menor pesadumbre del mundo, pudiéndosela dar y facilísimamente. No parece sino que todo le subcedia al sabor de su deseo, y á los nuestros les faltaba el consejo, como es así realmente. Era azote enviado de Dios; habia de azotar. En Chile, á la sazon, Rodrigo de Quiroga, de quien tractaremos adelante, bonísimo caballero, estaba en Arauco con la gente de guerra; despacha al capitan Gaspar de la Barrera, y deshace el campo, pero no fué de ningun efecto, porque se tardó mucho (y no pudo ser menos) en aprestar el navio, y cuando llegó á Coquimbo ya el capitan Francisco habia salido de la bahia Salada con su navio y lancha, y no fué seguido porque el capitan Gaspar de la Barrera no llevaba más comision de hasta los términos de Chile. Sale de la bahia Salada y llega en breve al puerto de Arica, donde halla tres navios, y como tal no habia caido en entendimientos de los nuestros, viéndole venir de arriba, que es decir de Chile, alegráronse todos los del puerto diciendo: ¡navio de Chile, navio de Chile! de donde habia dias ninguno bajaba; solo un piloto, nombrado maese Benito, en viéndole dijo: No, aquel no es sino navio enemigo. Hacian todos burla dél, y él más se afirmaba en decir era navio enemigo. Conocióle, como dijo despues, en las velas; las nuestras son blancas mucho, las de los ingleses son pardas, no son tan blancas como las nuestras. Pues como el navio enemigo se viniese llegando al puerto, antes de surgir dispara una pieza de artilleria; luego se entendió ser verdad lo que decia Maese Benito. La poca gente del pueblo, con el corregidor y tesorero del Rey, Pedro de Valencia, pusiéronse en arma para se defender; á las mujeres enviáronlas la tierra adentro, pero el enemigo no curó saltar en tierra (ni supiera, porque, como habemos dicho, no tiene sino una caletilla muy angosta para desembarcar; lo demás es costa brava, llena de peñascos); en surgiendo con la lancha y batel llenos de gente armada vase á los navios, que sin gente estaban, y en el del pobre maese Benito, que habia tardado del puerto del Callao hasta Arica más de seis meses y no habia aun descargado el vino de Castilla que llevaba; entra en él y halla 150 botijas de vino de Castilla; en los otros dos solamente halló; en el uno, 12.000 pesos en barras que habia embarcado un buen hombre, llamado Céspedes, que con su mujer se embarcaba para se ir á España; tenia embarcada la plata, y él con solos 500 pesos estaba en tierra, y su mujer, aguardando á que el maestre con el navio se partiesen; llevóse el capitan Francisco esta plata y vino; los navios quemólos, no curando de saltar en tierra; no le convenia.

Luego el corregidor despachó un hombre al puerto de Arequipa, que por la posta fuese á dar aviso de lo que pasaba, y si algun navio habia en el puerto, avisase luego alzase velas y se fuese, y si tenia algunas barras, las echase en tierra; fué Nuestro Señor servido que, con no ser de viaje por la mar más de un dia natural de Arica al puerto de Chile, así se llama el de Arequipa, por falta de tiempo tardase el capitan Francisco Draque tres dias; llegó el aviso por tierra; en el navio, que era de un Fulano del Rio, donde yo estaba fletado para bajar á Los Reyes, estaban embarcadas 1.200 barras del Rey y de particulares. Luego á gran priesa las desembarcaron, y á la última batelada el Francisco con el navio, y la lancha con el batel, el cual con la mayor priesa que pudo se metió en la caleta, en la cual echó todas las barras, que eran las últimas, por miedo de la lancha, que le venia ya en los alcances, la cual no se atrevió á entrar dentro de la caleta. La caleta es angosta, fondable, y el agua tan clara que parece se pueden contar las arenas, y muy segura[19].

El capitan Francisco entró en el navio, y no hallando sino el casco, lo tomó y llevó consigo, y en alta mar lo dejó con sus velas altas y prosiguió su camino y viaje para el puerto del Callao. Del puerto de Chile luego dieron mandado á la ciudad, que son 18 leguas, y no de buen camino, y sin agua, la cual se alborotó grandemente, y el corregidor despachó tres ó cuatro vecinos en muy buenas mulas al puerto, para que viesen lo que habia y avisasen; creyeron que el otro habia de ser tan necio que habia de saltar en tierra y venir á robar la ciudad.

Los que tenian registradas sus barras, que eran no pocos, luego con sus armas caminaron al puerto, mas cuando á él llegaron hallaron sus barras en tierra y el enemigo partido. Sola una barra de más de 1.200 faltó, de un soldado que en mi compañia habia venido desde Potosí á aquella ciudad, para se ir á España con 3.500 pesos que en breve habia ganado. La barra valia más de 380 pesos ensayados; el cual para cobrar su barra fué discreto: hizo un anzuelo de cincuenta pesos de plata; echólo á la mar y halló su barra, que es decir dijo públicamente: mi barra no se puede esconder, el que la tomó dela á tal persona; yo no quiero saber quién es, y he aquí cincuenta pesos, que él da luego los cincuenta pesos; diólos á la persona señalada, y otro dia pareció su barra. De aquí del puerto se despachó otro español por tierra por la posta que diese aviso al Visorrey en la ciudad de Los Reyes, que son 160 leguas tiradas; fué con toda la brevedad posible, y en todos los valles luego le daban recado de cabalgaduras para pasar adelante, hasta dos leguas de Los Reyes, en un pueblo llamado Surco, donde halló al corregidor, que no debiera, llamado Puga, portugués, ó gallego, el cual diciéndole á lo que venia, y que le diese un caballo para ir de allí á Los Reyes para avisar al Visorrey, le tuvo por loco y que venia borracho, y aun dicen le echó en la cárcel; finalmente, no le dando recado, un dia que le detuvo y más, en este tiempo llegó el capitan Francisco con su navio; no pudo antes, porque en este tiempo que navegó por nuestra mar á Los Reyes era verano y hay muchas calmas en la mar, y por esto llegó el mensajero por tierra primero que él por la mar; si el corregidor le diera crédito, el puerto estuviera apercebido, y no se fuera el enemigo riendo, ni robara lo que robó; pero era azote de Dios, y habia de azotar. El Puga tenia en casa del Virrey amigos que ataparon la boca al mensajero para que no dijese nada al Visorrey. Llega, pues, el capitan Francisco al Callao, y aunque le vieron sobre tarde, entendióse era navio que bajaba principalmente de Arequipa, á quien aguardaban por momentos; fué cuerdo, entró de noche por no ser conocido y se atrevió á mucho á entrar aquella hora por el estrecho, que será de una legua, que hace la isla con la tierra firme, porque aunque es limpio y fondable, han de entrar por cuatro brazas de agua casi al medio dél. Pero es fama traia desde el paraje de España un portugués por piloto, que lo habia sido en esta mar; de otra suerte no se atreviera á entrar; porque yo he venido de Arica al Callao, y con ser el piloto muy bueno y muy cursado, llegando á boca de noche no se atrevió á entrar, y nos quedamos mar en través á la boca de la isla; finalmente, él entró, y anduvo picando cables, y aun preguntando si el navio de San Juan de Anton estaba en el puerto, que no sabemos quién le dijo se habia fletado en él la cantidad de plata que le tomó. Pero de un maestro ó piloto fué conocido, el cual de su navio echándose á nado salió á tierra diciendo: ¡arma, arma! Alborótase toda la gente, que seria poco menos que á media noche; luego despáchase al Visorrey, no diciendo ni sabiendo si eran luteranos, ó si era navio de tiranos, alzados en el reino ó en Chile. El Visorrey, oida la nueva, y la ciudad, tocan cajas, y en las calles ¡arma, arma! sin saber contra quién, y como no habia armas en la ciudad, hallóse grandemente confuso. Con todo eso, al amanecer entró en el puerto, y toda la ciudad con él, sin arcabuces ni artilleria, que ni en la ciudad, sino una poca y sin municiones habia. Pero ¿qué habia de hacer? y es así que en toda esta costa en todo tiempo, en anocheciendo, casi cesa el viento, y no torna á ventar hasta las ocho de otro dia. El Francisco no se atrevió, ni le convenia, saltar en tierra, porque en las ventanas de las casas, rompiendo sábanas, y por las puertas, hicieron mechas y las encendieron para que el luterano creyese eran arcabuces; habiendo picado muchos cables, y los navios sin amarras andando de aquí para allí, él se apartó y pretendió salir del puerto, y seguir su viaje, sino que le faltó el viento, y cuando el Visorrey llegó al Callao le vió y todos los demás, en calma, las velas pegadas á los mástiles. Empero, como no tenia armas ofensivas más que espadas, cotas pocas, no se atrevió á enviar contra él algunos bateles grandes y barcos de pescadores; que si hobiera con qué esquifarlos y arcabuces para ofender al enemigo luterano, armando cinco ó seis contra él, antes que viniese la marea, pudiera ser le rindieran y le hicieran pedazos el timon; pero no habiendo un grano de pólvora en la ciudad, no se podia hacer esto. El enemigo, á vista de todo lo mejor del reino, en comenzando la marea sigue la mar abajo su derrota. Los mercaderes que en el navio de San Juan de Anton, que habia pocos dias se habia partido del puerto para Tierra Firme, que enviaban en él sus barras, así para aquel reino como para España, dijéronle al Virrey; Señor, en el navio de San Juan Anton enviamos nuestras haciendas; dadnos licencia para que despachemos de aquí un barco grande destos de pescadores á avisarle; ya nos habemos concertado con el señor del barco, y dice él irá y avisará por dos ó tres barras que le demos; con vuestra licencia lo enviaremos á nuestra costa, porque el Rey no pierda 300.000 pesos que allí iban ni nosotros nuestras haciendas. El Visorrey no quiso dar la licencia; por ventura entendió era imposible que el enemigo alcanzara al navio de San Juan Anton; esto á uno ó dos de los mercaderes que allí enviaban su plata, y al mismo pescador que se ofrecia á ir, lo oí como lo tengo referido, y es así. No siendo, pues, avisado el navio de San Juan de Anton, como se fuese deteniendo por los puertos, y el enemigo en busca suya, finalmente le alcanzó en la punta llamada de San Francisco, ya que queria atravesar para Tierra Firme, y aunque nuestro navio le vió, no imaginó tal, antes, creyendo era navio de los que quedaban en el puerto del Callao, que bajaba tambien á Tierra Firme, le aguardó.

El capitan Francisco, llegándose cerca dél, dispárale una pieza de artilleria y dícele: Amaina, por la tierra de Inglaterra; los nuestros pensaron ser burla, y dijéronles una palabra afrentosa, sin saber eran luteranos; entonces el enemigo afierra con el navio nuestro; entró, ni llevaban armas los nuestros para ofender ni defenderse; ríndense, roba el luterano cuanta plata en él habia, más de 400.000 pesos ensayados; á los nuestros no les hizo otro daño que quitarles las haciendas; no venia por más. El Visorrey, como mejor pudo despachó uno ó dos navios contra el enemigo, y metió en ellos los vecinos criollos sin armas, sin artilleria, sin municion, con sus capas negras y medias de punto y vestidos de ciudad; siguieron al enemigo sin verle dos ó tres dias, al cabo de los cuales volvieron al puerto; el Visorrey mandólos poner en carretas, y así los trujo á la ciudad afrentosamente, y no sé si con prisiones, y los tuvo algunos dias en la cárcel.

Despues de lo cual armó dos navios como mejor pudo; nombró por capitan á un criado suyo llamado Frias, y por almirante al capitan Pedro de Arana, con órden que siguiese al enemigo hasta la costa de la Nueva España; salieron del puerto, y muy buenos soldados y hombres de vergüenza en ellos; pero como el enemigo habia pasado adelante, sin hacer otro efecto se volvieron al Callao.

El capitan Francisco Draque prosiguió su viaje á la costa de México, donde tomó otro navio que del puerto de Guatulco habia salido para estos reinos cargado de mercaderias, y como no venia por ropa, sino por plata, dejóle seguir su derrota, tomando algunas cosas de que tenia necesidad, cuales eran velas y jarcias, y sus soldados tomaron algunos fardos de ropa, no en mucha cantidad, y pasando adelante siguió la derrota á la China; de allí, la que hacen los portogueses, y la volvió á entrar en el mar Occéano, y de allí á Inglaterra, cargado de barras de plata.

CAPITULO XLV
LA INQUISICION VINO Á ESTE REINO

Al mismo tiempo que Su Majestad proveyó por Visorrey destos reinos á don Francisco de Toledo, proveyó tambien Inquisidores que residiesen en la cibdad de Los Reyes; un proveimiento acertadísimo y necesarísimo, en lo cual se manifestó cuánta verdad sea que el corazon del Rey está en las manos de Dios. El mismo Dios, para bien de todos sus reinos, muchas veces le pone en el corazon cosas necesarísimas, que se hagan, las cuales estaban como olvidadas, y si no olvidadas, no parecia haber necesidad de hacerse; fué, pues, mocion del muy Alto que la majestad del rey nuestro señor en aquel tiempo se acordase de inviar Inquisidores á estos reinos y al de México, en la misma flota que vino el Visorrey don Francisco de Toledo; vinieron proveidos por Su Majestad dos varones tales cuales convenian para asentarla y para las cosas que subcedieron: Licenciado Bustamante, que murió en Tierra Firme, y el licenciado Cerezuela; al licenciado Bustamante subcedió el Inquisidor Antonio Gutierres de Ulloa, todos en sus facultades muy doctos, grandes cristianos, celosísimos de las cosas de la fe, de mucho pecho y no menos prudencia, dotados del mismo Dios de las partes requisitas para el oficio; vino fiscal el licenciado Alcedo; secretario, Ambrosio de Arrieta; todos cuales se requerian. Entraron en la cibdad de Los Reyes, hizóseles el recebimiento cual convenia conforme á lo ordenado por Su Majestad; asentaron la Inquisicion prudentísimamente, y comenzaron á hacer su oficio con tanta rectitud y cristiandad cuanta se requiere, y todo el reino conoció y conoce. Luego se vió la necesidad que della habia, y cómo fué inspiracion de Dios que Su Majestad la enviase, porque si no, corria gran riesgo la cristiandad en estas partes, como pareció por las personas luteranas, y no sé si me diga peores, que luego prendieron, y por el primer aucto de la fe que hicieron, donde se vió claramente el riesgo de todo el reino, de lo cual no es de nuestro intento tractar agora, más de lo que habemos dicho, que fué providencia admirable de Dios que en este tiempo la enviase, la cual es imposible falte para el buen gobierno de toda la cristiandad.

Hecho el primer aucto, que fué famoso, el licenciado Cerezuela, proveyéndole Su Majestad á una silla episcopal de Las Charcas, por su mucha humildad y cristiandad no la aceptó, antes pidió licencia para se volver á España, la cual alcanzada, llegando á Cartagena, dentro de pocos meses loabilísimamente acabó sus dias. Quedó por algunos años el Inquisidor Ulloa justísima y prudentísimamente haciendo su oficio, hasta que vino el doctor Prado, varon realmente humanísimo, benignísimo, afabilísimo y humildísimo, y dotado de una gravedad, que se hace amar de todo el reino y reverenciar, por Visitador de la Inquisicion, y Presidente en ella mientras hacia su oficio, la cual visitó con admirable rectitud, como ha parecido y parecerá en todos siglos, con la cual volvió á España, y allá, aprobándola, volvió con su presidencia, donde murió; antes que el doctor Prado volviese de España llegó á la cibdad de Los Reyes el licenciado don Pedro Ordoñez Flores, por Inquisidor, varon no menos loable que los referidos, integérrimo en toda virtud; trajo recados para que el Inquisidor Ulloa fuese á visitar el Audiencia de la cibdad de La Plata; quedó solo en el oficio hasta que vino el doctor Prado, gobernándolo con la prudencia, discrecion y justicia que todo el reino ha conocido y conoce. El Inquisidor Ulloa partió de Los Reyes; fué á visitar el Audiencia, de donde bajando á la cibdad de Los Reyes, dentro de pocos dias, no fueron seis, con gran sentimiento de la cibdad, y aun del reino, pero con gran conocimiento de Dios, recebidos todos los sanctos sacramentos, murió; hízosele solemnísimo enterramiento, donde se hallaron presentes Virrey, Audiencia, Inquisicion y todas las Ordenes; así honra la Majestad de Dios á sus siervos que en las cosas de la fe le sirven. Tambien murió antes el secretario Arrieta, y el licenciado Alcedo, fiscal; ambos acabaron loablemente; en lugar del secretario Arrieta los Inquisidores nombraron por secretario, mientras de España venia otro, á Melchor Perez de Maridueña, suficiente para el oficio por su mucha virtud y cristiandad, y en lugar del licenciado Alcedo á don Pedro de Arpide, el cual murió en Cartagena de camino para España; en lugar del secretario Arrieta vino de España proveido Jerónimo de Eugui, por secretario, varon de muchas y muy buenas prendas y loables costumbres, con las demás partes que para el oficio se requieren, como la experiencia lo ha mostrado y lo muestra.

CAPITULO XLVI
DE LAS VIRTUDES DEL VISORREY DON FRANCISCO DE TOLEDO

Al Visorrey don Francisco de Toledo dotó Dios Nuestro Señor de muchas y muy buenas calidades y partes, como quien lo habia criado para gobernar; dióle bonísimo entendimiento, presto y subtilisimo, sino que á los de no tan bueno parecia confuso. Los de tales entendimientos en breves palabras incluyen mucho, y á los que no lo alcanzan parece confusion, por lo cual el principio de proponérsele habia de cogerle intento, porque despues parecia confundirse é implicar muchas cosas. Amigo, como los demás señores, que en una palabra le propusiesen, ó respondiesen, y aunque lo que proponia fuese árduo, no le daba gusto le pidiesen espacio para responder; decia que, pidiéndole término, era querer consultar al vulgo y á la plaza. En su tiempo, como habemos dicho, se descubrió el beneficio del azogue; envió mucha plata al Rey nuestro señor, así de los quintos como de otras cosas, y de un año para otro prometia más y lo cumplia. Era hombre casto y amigo de la castidad; comia como señor, su mesa abundante. Trujo buena casa de criados y pajes, y el primero de los Virreyes que llevaba, yendo á caballo, los pajes delante de sí destocados. Fué libérrimo en no admitir dádiva, ni cohecho, ni nadie se le atrevió á tal; fué muy amigo de que se administrase justicia, y encargaba grandemente la ejecucion della. Labró en este reino abundancia de plata, y mandó esculpir particularmente en una mesa la guerrilla del Inga. Sacó la Universidad que en nuestro convento[20] por[21] cédula del invictísimo Carlos Quinto, de gloriosa memoria, en él habia fundado, y púsola, como dijimos, en el lugar donde el Visorrey, de buena memoria, don Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, fundó el regimiento de San Juan de la Penitencia. Dábale mucho gusto se dijese dél deshacia motines y alzamientos, y sobre esto mandó dar tormento á dos españoles que de la cibdad de La Paz le trujeron presos á la de La Plata; no sé si tenian ánimo para ello; conocílos. Fué el primero Visorrey que mandó le predicasen en Palacio. Salia pocas veces á pasearse á caballo por la cibdad, lo cual era frecuente en sus predecesores, el buen marqués de Cañete y el conde de Nieva. Reformó muchas cosas dignas de reformación, y cuando no hobiera hecho otra cosa sino reducir los indios á pueblos, habia alcanzado bonísimo nombre de gobernador, y celoso de la policia y cristiandad destos indios. El cual, habiendo gobernado once años, si no fueron trece, se fué á España, donde en Lisbona besó las manos á Su Majestad; mandóle ir á descansar á su casa, que se cree lo sintió demasiado, en la cual dentro de poco tiempo dió el alma á Dios de una apoplejia que no le dejó testar.

CAPITULO XLVII
DON MARTIN ENRIQUEZ, VISORREY DESTOS REINOS

Importunado Su Majestad del rey Filipo nuestro señor por don Francisco de Toledo, Visorrey, proveyó en su lugar á don Martin Enriquez, Visorrey de México, el cual vivió en este reino poco más de dos años; gran gobernador, gran cristiano, gran limosnero; su salario, que son 40.000 ducados, repartia en tres partes: la una tercia parte para pobres; la otra, para su plato; la otra, para sus hijos. Era pequeño de cuerpo, delgado, el rostro un poco blanco. No consintió que ningun religioso que fuese á negociar con él, ni sacerdote, l'esperase mucho tiempo, porque tenia mandado á sus criados y pajes que en viendo en la sala alguno deste género luego le avisasen, como no estuviese durmiendo ó rezando. Luego que llegó á la cibdad hobo cierto rumor de ingleses, ó nueva venida de Chile, y luego, por que no le hallasen desapercibido, nombró cuatro capitanes de infanteria, todos nacidos en Los Reyes, hijos de conquistadores de los más principales: al capitan Diego de Agüero, capitan Juan de Barrios, capitan don Josephe de Ribera y capitan Pedro de Zárate, con 150 soldados cada compañia, y por capitan de los hombres de á caballo al licenciado Recalde; mandó en un domingo se hiciese la reseña; salieron los capitanes muy aderezados. El Visorrey fuese á las ventanas de Palacio, por debajo de las cuales pasaron los capitanes y soldados disparando sus arcabuces y haciendo su salva. Repartió la cibdad entre estas cuatro capitanias, mandando cada uno tuviese sus armas prestas y acudiese con ellas al tiempo de la necesidad á su bandera. La tierra, en el poco tiempo que gobernó gozó de mucha paz, y la cibdad de hartura; mas como Nuestro Señor fué servido llevarle para sí, á todo el reino dejó en gran tristeza; fué muy llorada y sentida su muerte de toda la tierra en general, y en particular de los pobres; murió recebidos todos los sacramentos; hízosele solemnísimo enterramiento en el convento de San Francisco.