CAPITULO XLVIII
EL CONDE DEL VILLAR, VISORREY DESTOS REINOS

Por la muerte del excelentísimo y gran limosnero don Martin Enriquez, Su Majestad proveyó á don Francisco de Torres y Portugal, conde del Villar, bonísimo caballero y de acendrado ingenio para gobernar; amicísimo de hacer justicia y que ninguno de sus criados se oliese recibia la menor cosa del mundo; el cual, al que traia de España, por un no sé qué que dél se dijo le despidió en Tierra Firme y mandó volver á España; servíale despues otro criado suyo mozo, llamado Cabello, al cual por ser comprehendido en ciertas dádivas que recebia le descompuso con gran infamia, y á un soldado, que se decia era el trujamán, llamado Gatica, le mandó, ó por mejor decir condenó, al remo de las galeras, que estaban en el Callao, donde fué castigado valientemente; las cuales dos galeras, teniendo á cargo dellas el general Pedro de Arana, estuvieron muy bien tripuladas, particularmente la mayor, y otros dos navios gruesos con su general llamado...[22]. Sucedió, pues, por el estrecho de Magallanes entró el capitan Candelin, luterano inglés, y desembocó en esta mar con tres navios, el uno de alto bordo, los dos pequeños, y descubriéndose en la tierra de Chile, luego el gobernador don Alonso de Sotomayor en un navio[23] despachó, avisado de lo que habia, á un muy buen soldado llamado Verdugo, el cual llegando á la cibdad de Los Reyes dió aviso al Visorrey, el cual se lo agradeció mucho, y aun prometió hacer mercedes; la cibdad se puso en armas, y el Callao; los capitanes nombrados por don Martin Enriquez, de buena memoria, quedáronse con solo el título, porque el Conde nombró otros; envió á Huánuco y aun á todas las cibdades los vecinos viniesen con sus armas y caballos, de las cuales vinieron de muy buena gana; pero como se tardó más de ochenta dias que no pareció en la costa el enemigo, burlaban en Palacio y fuera dél del pobre Verdugo; ya no habia quien le quisiese dar de comer, si no era el licenciado Ulloa, á quien siempre le pareció ser verdadero el aviso. Los demás decian que alcatraces eran los que habian visto, y no navios.

El enemigo, del largo viaje traia sus navios destrozados; dióles lado en la bahia Salada, entre Caquimbo y Copiapó, en la costa de Chile, donde el capitan Francisco Draque dió al suyo y hizo su lancha; detenerse en esto fué causa no se mostrase en la costa, donde en las partes convenientes habia sus atalayas.

No sabiendo nueva del enemigo en este tiempo (éralo de enviar la plata á Tierra Firme, así la de Su Majestad como de particulares), en[24] dos navios que habia gruesos en el puerto, de Su Majestad y de armada, cargan toda la plata con la artilleria en los navios; despáchalos á Tierra Firme; despachados, y cerca ya de aquel reino, segunda la nueva que el enemigo habia parecido sobre Arica, donde no se atreviendo ni á surgir, siguió su camino la costa en la mano, buscando leña, agua y mantenimientos, que ya le faltaban, pero en ningun puerto se atrevia á saltar en tierra para buscarlo; llegó al puerto de Pisco, á donde la villa de Ica y el corregimiento, con la gente que en él habia, y en los valles comarcanos, habia venido; tampoco aquí se atrevió á saltar en tierra. El conde del Villar ya habia proveido lo necesario en el puerto, donde habia más de 600 infantes y más de 200 hombres de á caballo, con muy buenas ganas de venir á las manos con el enemigo; empero no teniamos navios gruesos para le buscar ó seguir, ni artilleria gruesa.

Nombró el Visorrey por General á su hijo don Jerónimo de Torres, de 22 años ó 24, caballero de grandes esperanzas. A la sazon yo vivia en el convento de Los Reyes, y pidiendo licencia al Provincial me fuí con un compañero al nuestro del Callao, donde vi todo lo que pasaba, y con ánimo, si se siguiera al enemigo, de embarcarme con los nuestros.

Una tarde, pues, tocase un arma á mucha priesa, que el enemigo se habia descubierto con sus navios y parecia traia su derrota de entrar en el puerto entre la isla y la tierra firme, lo cual no le pasó por el pensamiento; toda la gente de guerra salió á la plaza y estuvo en escuadron; empero el luterano siguió su viaje la mar abajo, por detrás de la isla, de donde las atalayas le vieron muy claro, y pasando con su viaje, luego las atalayas vinieron diciendo el enemigo habia pasado. Con esto se deshizo el escuadron; ya no era necesario. Sabido por el general de las dos galeras, Pedro de Arana, el enemigo haber pasado, hizo un chasqui que en menos de media hora llegaba al Visorrey á la cibdad, como el mismo general Pedro de Arana, acabado de despachar, me lo vino á decir, avisando al Conde cómo el enemigo era pasado, y que agua arriba irle á buscar, teniendo el barlovento, no convenia, como se habia hecho; pero ya habiendo pasado, iba perdido; que Su Excelencia le diese licencia para salir en pos dél, con sus dos galeras, que él se lo traeria ajorro al puerto, y si no, le cortase la cabeza, porque el enemigo buscaba dónde tomar agua y leña, y ésta no la podia tomar sino en el puerto de Guarmey, donde necesariamente le habia de hallar, cuarenta leguas del puerto del Callao, y allí con sus dos galeras le maniataria; yo le pregunté si las galeras estaban con el aderezo necesario, y respondióme: La grande puede ir de aquí á México y volver; la pequeña (era vieja) hasta Paita. El Conde, recebido este despacho, mandóle no se moviese hasta ver mandato suyo, el cual nunca llegó, y es cierto si sale el general Pedro de Arana con las galeras, le halla en Guarmey como lo habia imaginado; allí surgió el enemigo y tomó agua y leña sin que nadie se lo estorbase. Luego otro dia que pasó el enemigo tractan de enviar dos navios, los mayores que habia en el puerto, tras él; mas como no habia artilleria ni municiones, cesó todo. El luterano siguió desde Guarmey su viaje, y prosiguiendo la costa, más abajo de Trujillo encuentra con uno ó dos navios que de los valles venian para Lima cargados de azúcar, sebo, corambre y otras cosas; desbalijólos y dejó á sus dueños perdidos. En este mismo paraje, sobre el puerto de Zaña, llegó un navio llamado la Anunciada, cargado con más de 200.000 pesos de mercadurias, que venia de Tierra Firme para el puerto de la cibdad de Los Reyes, y el piloto é pasajeros, deseosos de saber nuevas del Perú, no conociendo al navio enemigo, arribaron sobre él, el cual les disparó muy cerca una pieza de artilleria, diciendo: Amaina por la reina de Inglaterra; y como se iban llegando y oyeron las voces que amainasen, viéndose en un peligro tan grande, amainando las velas ya al medio de los mástiles se encomendaron muy de veras á Nuestra Señora del Rosario, la cual les hizo merced que sucedió una refriega de viento, embarazó las del navio luterano y las del navio católico pareció que las habia aizado arriba, y en dos palabras se vieron libres de aquel peligro, el navio enemigo á sotavento y el nuestro poniéndose á la bolina prosiguió su viaje y en breve tiempo llegó al puerto de la cibdad de Los Reyes, en la cual á uno de los pasajeros oí lo referido, y los demás decian lo mismo, dando gracias á Nuestro Señor que por intercesion de su Sanctísima Madre les habia librado.

Con el despojo de los dos navios dichos, que le fué no de poco momento, pasó adelante y llegó á la isla de la Puna, donde descargó sus navios y dió lado. Aquí tuvo una refriega con los vecinos de Guayaquil, donde le mataron 15 ó 16 hombres y quemaron parte de la jarcia, y si fueran hombres de guerra, ó tuvieran capitan experto, le quemaran los navios; pero como éste venia por azote para los mexicanos, contentáronse los nuestros con este pequeño efecto, como los vecinos de Santiago de Chile, que sabiendo habia llegado un poco más arriba del puerto, salieron contra él, y con la gente que habia echado en tierra pelearon; matáronle otros 16 ú 18 hombres, sin salir ni herido uno de los nuestros; prendieron tres ó cuatro, los cuales si, como se trató aquella noche, se quedaran emboscados, les mataran muchos más, porque hobo quien dijo al corregidor, que era el capitan: Señor, quedémonos emboscados esta noche, que los enemigos han de salir á enterrar sus muertos y á tomar aguas y darémosle otra bativa arma, mayormente que ni de dia ni de noche el artilleria no nos puede hacer daño; no se recibió este consejo, y subcedió así, que los enemigos salieron en tierra y enterraron los muertos, y en el arena, por no se atrever á ir al rio, temiendo daño, hicieron hoyos para sacar algun agua medio salobre. El capitan contentóse con lo hecho y no quiso pasar una mala noche.

Salió este pirata de la Puna; siguió su camino hasta el puerto de la Navidad, en la costa de México, adelante de Guatulco, donde vienen á reconocer los navios de la China; allí vino uno muy grande; dicen traia oro de mercaderia; como venia descuidado sin armas, facilísimamente le rindió, y dejando azotado al reino de México, volvióse á su tierra con mucha más hacienda que llevó Francisco Draque.

Despues desto, pasado casi año y medio, no sé qué se les antojó á los del Callao, ó algunos dellos, que á las diez de la noche habia visto un farol cerca de la isla por sotavento della; tocan arma en el Callao; despachan al Conde á poco menos de media noche; tocan arma en la cibdad; alborótase toda. El General de los navios de la armada que estaba en el puerto, sin órden del Visorrey levanta anclas y parte con sus dos navios en busca del farol, y así se lo escribió al Visorrey. El Visorrey, á las tres de la madrugada parte de la cibdad para el puerto con lo mejor della, dejando echado bando que todo el pueblo le siguiese. A la sazon yo era prior de nuestro convento de Los Reyes; fuime al puerto; llegué ya que era amanecido, y al Conde ofrecíle ochenta religiosos, si fuesen necesarios, para seguir al enemigo ó defender el puerto, que ni pasasen de cincuenta años ni bajasen de 25; agradeciómelo mucho, y dijo: Con tan buen socorro no hay que temer aunque toda la Inglaterra venga, y cumpliera mi palabra, porque vivíamos en el convento 120 religiosos; de otras religiones no sé que saliese nadie.

Quiso Dios, y no fué nada, ni tal farol hobo, sino que al que hacia la guardia aquella hora, un planeta se ponia al Poniente un poco más encendido que otras veces, y parecióle farol, ó los ojos los debia tener encendidos, y alborotó el puerto y la cibdad, y al buen viejo conde del Villar hízole llevar una mala noche en peso, que no durmió en ella ni media hora.

Antes desto, estando el Conde en el Callao, habiendo despachado el armada con la plata para Tierra Firme, subcedió un temblor de tierra muy grande, que arruinó muchas casas en el Callao, y en la cibdad hizo lo mismo; fué uno de los mayores que se han visto en este Perú, y tras él en el Callao se siguió retirarse la mar y luego volver con tanta vehemencia é ímpetu, que saliendo de madre anegó muchas casas y derribó, y el Conde, que estaba á la sazon, como habemos dicho, en el puerto, corrió mucho riesgo de la vida, porque las casas donde posaba, que eran de Fulano Trujillo, dieron consigo en el suelo, y la mar llegó y entró por ellas, y si no fuera por buena diligencia, y principalmente porque Nuestro Señor le quiso guardar, allí pereciera, porque en acabando de salir huyendo de lo uno y de lo otro, la escalera y lo alto dió consigo en el suelo.

Gobernó muy bien, poco más de cuatro años, aunque sus continuas enfermedades no le daban tanto lugar; tenia muy entero el entendimiento, con ser muy viejo; á sus importunaciones, el Rey nuestro señor le dió licencia para dejar el cargo; fuese á España, y como era viejo en breve tiempo acabó sus dias en buena vejez.

CAPITULO XLIX
SU MAJESTAD PROVEE Á DON GARCIA DE MENDOZA POR VISORREY DESTOS REINOS

El conde del Villar, viéndose enfermo, cargado de años y cuidados del gobierno deste Perú, con cartas suplicaba á Su Majestad le librase de tan pesada carga; libróle della y dióla á don García de Mendoza, hijo del gran limosnero y amigo de pobres marqués de Cañete, de felice memoria, Visorrey que fué destos reinos, el cual vino con su padre ya conocido en toda esta tierra, y dende su tierna edad dió muestras de lo mucho que habia de ser y valer, y aunque cuando llegó á estas partes no habia heredado el marquesado, y gobernando acá lo heredó, siempre le llamaremos marqués de Cañete. La nueva de su proveimiento causó mucha alegría en los ánimos de cuantos vivíamos en estas regiones, porque se entendió habia de ser para gran bien dellas (como lo fué), siguiendo las pisadas de su padre. Con próspero viaje llegó á Tierra Firme, y de allí al puerto del Callao; no quiso desembarcarse en tierra ni venir por ella, por ahorrar de gastos á los indios y á los españoles. Trujo consigo á la ilustrísima señora doña Teresa de Castro y de la Cueva, su mujer, señora de grandes virtudes, gran cristiana, de quien en breve no se puede tractar, dejándolo para otra cojuntura, y á don Beltran de la Cueva, su cuñado, caballero de admirables y grandes virtudes, que les son como naturales á la sangre de donde descienden. Fué recibido el Marqués solemnísimamente con mucho aplauso y gasto de los vecinos, estantes y habitantes; halló en la cibdad al conde del Villar, á quien tractó con la cortesanía y respecto que se le debia, y el Conde hizo lo mismo como nobilísimo y generosísimo caballero. Quitó luego algunos gastos excesivos que se hacian en el puerto del Callao, de la hacienda de Su Majestad. Certificáronme eran más de 300.000 pesos cada año; tractó de hacer las casas reales; hízolas muy buenas y estrados para el Audiencia, sin llegar á quinto ni á otra hacienda de Su Majestad, sino mandando aplicar condenaciones. Halló la ciudad un poco hambrienta; en el tiempo que gobernó, casi seis años, siempre la tuvo muy abastada de pan y de lo necesario. Tuvo ánimo y valor para hacer lo que ninguno de sus antecesores, desde don Francisco de Toledo acá, se atrevió á hacer, ni el mismo don Francisco de Toledo con ser tan temido, que fué asentar las alcabalas; mandábaselo así Su Majestad expresamente. Oí decir á un criado suyo, y fidedigno, que muchas noches se le pasaban en blanco, no pudiendo dormir, antes que las pregonase, buscando unos y otros medios cómo sin riesgo del reino se asentasen, y viendo las dificultades que se le ofrecian, todo era sospirar. Por una parte temia alguna rebelion; por otra, si no lo hacia, perdia mucho de su crédito con Su Majestad, que le mandaba con los mejores medios que pudiese las asentase, y no las dejase de asentar; finalmente, dióse tan buena maña, que las publicó, asentó é hizo recebir, y aunque se temió algun escándalo, no en la ciudad de Los Reyes, sino en las demás del reino, fué Nuestro Señor servido se aceptasen como justísimo derecho debido á Su Majestad, y no se paga sino á dos y medio por ciento.

CAPITULO L
QUITO NO QUIERE RECIBIR LAS ALCABALAS, Y MEDIO SE REBELA

Entre todas las cibdades destos reinos, sola la de Quito no quiso acudir á lo que al servicio de su Rey debia, en la cual no sé cuántos criollos (así llamamos á los acá nacidos) de poco juicio, particularmente al que tomaban por cabeza, un muchacho de treinta años, de poca cordura y menos experiencia, que no sabia limpiarse las narices, encomendero y de buena renta y bastantes haciendas, casado, hijo del contador Francisco Ruiz, á quien conocí, conquistador y gran servidor de Su Majestad en la tirania de Gonzalo Pizarro. Estos, con otros nacidos en España, no quisieron recebirlas, y casi se pusieron en arma, á los cuales el Audiencia Real no fué poderosa para refrenarlos, no sé si por faltar el ánimo al Presidente, doctor Barros, y á los demás Oidores, ó por otros respectos de atraerlos por bien.

Tuvieron éstos más que necios hombres por muchos dias nombrados sus oficiales de guerra, y cada dia su escuadron en la plaza de 1.800 hombres, los más arcabuceros.

El que los bandeaba y por cuyo consejo particularmente se regian era un Fulano Vellido, hombre bajo y atrevido, muy adeudado, lo cual le sacó de juicio á ser el autor deste disparate; empero, viendo el Audiencia que el todo deste dependia, dió órden cómo en secreto, en una reseña que ellos hacian, le matasen, en la cual le dieron dos arcabuzazos, de que murió en su cama, sin saber los demás quién se los dió. Era cosa de muchachos y como muchachos se perdieron.

El Marqués, con cartas y mensajeros y con todos los buenos medios posibles, prudentes y amigables, les rogaba se quitasen y no quisiesen ir contra el servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad, y no se señalasen ellos solos, habiendo el Cuzco, la cibdad de La Plata y Potosí, con las demás del reino, admitido las alcabalas, enviándoles testimonio de todo; y no aprovechando cosa alguna, antes cada dia se iban desvergozando más, determinó el Marqués enviar allá con título de capitan general y justicia mayor al General de las galeras, Pedro de Arana, con cincuenta lanzas y arcabuces, el cual partiendo del puerto y llegando á Guayaquil, de donde sacó alguna más, convocó tambien de la ciudad de Cuenca otra poca, y con toda ella se puso á 25 leguas de Quito en el pueblo de Riobamba, amonestándoles se redujesen al servicio del Rey, deshiciesen la gente, no saliesen cada dia en alarde á la plaza y despidiesen los oficiales de guerra que tenian nombrados, y á la Audiencia dejasen libremente hacer justicia, no la teniendo opresa; pero todo era cantar á sordos, porque á un regidor de Quito, llamado Francisco ó Pedro de Arcos, enviaron á un pueblo llamado Llactacunga, doce leguas de la cibdad, hombre de más de 80 años, á hacer pólvora, que es la mejor del mundo (son los materiales bonísimos), el cual, llegando, luego quitó la vara al corregidor del Rey, puso otro en su lugar, hizo su pólvora, y desde allí enviaba cartas de desafio al general Pedro de Arana, diciéndole se volviese, y si no queria, que ya ambos eran viejos y podian vivir poco, que los dos en campo averiguasen la justicia deste negocio; mas el General disimulaba y reiase de la locura del regidor; este buen hombre escribió tambien á los de Quito le enviasen ducientos arcabuceros, que él echaria de la tierra al General Arana, aunque con otras palabras, llamándole vejezuelo; los de Quito no se atrevieron, ó por no acabarse de declarar ó por otros respectos. Si lo hacen, se declaran totalmente, y declarados teniamos la guerra civil en casa.

Mas el General Pedro de Arana fué madurando y esperando, y cansándolos, con mucha prudencia, hasta que vinieron á deshacer la gente y á no salir, ni estar en escuadron en la plaza, en el cual, si no eran algunos vecinos viejos, los oficiales de la Audiencia y los del Sancto Oficio, todos los demás entraban en el escuadron cada dia, y el comisario de la Inquisicion con sus ministros, uno de los cuales es hermano mio, que sirve el oficio de notario, salió de la cibdad y fué hasta Riobamba, donde estaba el General Arana, á ofrecerse á todo lo que les mandase, como servidores de Su Majestad; recibiólos muy bien y mandólos se volviesen á la cibdad para que le avisasen de lo que pasaba. Así, deteniéndose y madurando las cosas con mucha prudencia, el mismo que habia de ser cabeza, Juan de la Vega, se le vino á rendir y á excusar; mandóle tambien con otros no sé cuántos mozos que con él vinieron, se volviesen y quitasen; volviéronse y quitáronse; ya no habia estruendo de armas en la cibdad, en la cual fácilmente entró; puso en libertad al Audiencia, su gente apercebida en la plaza; haciansele las ceremonias de guerra que se suelen hacer á los Generales cada dia; prendió, procedió contra los culpados; á los que pudo haber á las manos ahorcó, y entre ellos al vejezuelo Arcos, dándole por traidor, derribándole su casa y arándosela de sal; fueron 24 ó 25 los que justició, y justiciara á más si el Marqués no le fuera á la mano, teniendo y usando de misericordia con los presos; á Juan de la Vega no le pudo haber; vínose á escondidas á la cibdad de Los Reyes; confiscóle los bienes y dióles por perdidos; quitóle la encomienda de los indios; perdió su casa, hacienda y el nombre que su padre habia ganado. El marqués[25] no supo estaba en Lima escondido; los que le tenian escondido[26] dieron órden cómo se fuese á España y presentase delante de la Majestad del Rey nuestro señor, ó de su Consejo Real de Indias, que teniendo atención á los servicios de su padre, que por ser conquistador y servidor del Rey en la tirania de Gonzalo Pizarro le quitó los indios y sus haciendas, y le hizo ir huyendo á México, le perdonaria; mas el miserable de su hijo, por querer ser traidorcillo, perdió cuanto le dejó su padre; argumento eficaz que confirmó aquella verdad: No gozarán los terceros herederos los bienes mal ganados. No sabemos si Su Majestad ha usado con él de su acostumbrada clemencia. Los religiosos de las Ordenes mostraron lo que debian en servicio de Dios Nuestro Señor y de su Rey, si no fué uno á quien sus prelados castigaron rigurosamente con justicia.

Los nuestros, entre los demás, cuando tenia esta desbaratada canalla á los Oidores como presos y opresos, sin consentir se les diese de comer, rompiendo por el escuadron entraban en las casas reales, y les llevaban la comida en las mangas de los vestidos. Si estos traidorcillos se declararan de todo puncto, mucho era el riesgo que se corria de perderse el reino, porque ni por mar ni por tierra les podian hacer daño; tiene pasos fortísimos aquella provincia para entrar en ella, los cuales ocupados, no dejaran entrar un pájaro, y de asentadero pueden derribar á los que contra ellos fuesen, y mientras más fueran, más perdidos; por lo cual ni el Marqués ni el General Pedro de Arana tienen que atribuirse mucho en esta pacificacion, sino atribuirla toda á Nuestro Señor, como lo hicieron, y á las oraciones y diciplinas de todos los conventos de la cibdad de Los Reyes; soy testigo que en el nuestro todas las noches despues de maitines habia oracion comun, y en la casa de novicios tres dias en la semana tambien disciplina y oracion comun sin la que habia en la iglesia de los padres sacerdotes, que en ella se quedaban en oracion particular, y despues andaba la disciplina, todos suplicando á Nuestro Señor no nos castigase con guerra civil. Nuestro Señor dió la paz, que no se esperaba por manos solas de hombres poderse alcanzar.

Lo mismo se hacia en los demás monasterios; yo escribo lo que en el nuestro vi, y fué la Majestad de Dios servida se apagase aquesta centella, por hacernos á todos merced. Ganada esta paz, llana la cibdad, castigadas las cabezas y otros que se habian desvergonzadamente señalado, el Visorrey proveyó por corregidor y con título de capitan general á don Diego de Portugal, caballero muy conocido y de partes muy necesarias para aquella cibdad, mandando se viniese el General Pedro de Arana á la cibdad de Los Reyes para hacerle merced, en nombre de Su Majestad, por sus servicios. El cual llegando al Callao por la mar, donde el Marqués estaba despachando contra un inglés, como luego diremos, que ojalá llegara un mes antes, le recibió muy bien y dióle 6.000 pesos de renta por dos vidas; empero, como era muy viejo, gozólos poco: dentro de breves meses murió. Otras sombras de rebelion hobo en el Cuzco, de gente muy baja, que es asco tractar sus oficios, ni ponerlos en historia: un botijero y un no sé qué más, pagaron su desvergüenza en la horca, porque otro lugar mejor no merecian.

CAPITULO LI
EL MARQUÉS TIENE AVISO DE CHILE QUE UN PIRATA INGLÉS HA LLEGADO AQUELLA COSTA

Acabado con tan buen subceso lo que de Quito se temia, dende á pocos meses tuvo el Marqués aviso por un navio, despachado del puerto de Valparaiso de Chile, que un pirata luterano inglés habia, sin se haber descubierto en otra parte de toda aquella costa, entrado en él con un solo navio[27] de 300 toneladas, muy fuerte y bien artillado, y una lancha, y como entró de repente habiase hecho señor de los navios, donde halló matalotaje bastante de vino, tocino, biscocho y otras cosas, y luego puso bandera de paz y de rescate; rescatáronse los navios, aunque dicen Su Majestad tiene mandado no se haga, mas entonces fué necesario, porque si no se rescataran los quemara, y no se avisara de Chile su entrada, como se avisó; porque en anocheciendo, el un navio alzó anclas y velas, y cogió la delantera al enemigo y vino á dar el aviso con tiempo.

Cuando el pirata llegó al puerto de Valparaiso, en uno de los navios estaba su piloto y maestre, llamado Alonso Bueno, casado en la ciudad de Los Reyes, el cual al general de navio dijo (era hombre noble y confiado): Bien sé que me has de matar; en la ciudad de Los Reyes tengo mujer y hijos y hacienda, y debo y me deben; dame licencia para hacer una memoria que sirva como de testamento, para se la enviar á mi mujer y descargar mi ánima, y sepa lo que le queda á ella y á sus hijos. El pirata se lo concedió, porque no le quiso rescatar, tomándole por piloto para toda esta costa y la de México. Alonso Bueno, con esta licencia, tomó tinta y papel, y escribe al Marqués dándole aviso del navio del enemigo, cuán grande, cuán fornido, qué gente y qué piezas de artilleria traia, y cómo le llevaba por fuerza por piloto de toda esta costa pero que él le llevaria poco á poco, y le meteria en el Callao; que tuviese dos navios gruesos á la punta de la isla, para que no se pudiese huir, y á dos bergantines fuera de la isla al barlovento della, que en viendo el navio enemigo huyesen para que el enemigo los siguiese y se metiese en el puerto, y se lo pornia en las manos como lo venia haciendo. Este aviso diólo secretamente en el puerto de Valparaiso al capitan Ramir Yañez de Saravia, vecino de la ciudad de Santiago, que allí habia venido con gente, entraba y salia en el navio enemigo, para que con la brevedad posible en uno de los navios rescatados, en siendo de noche, lo despachase al Visorrey del Perú, lo cual así se hizo, y el general del navio inglés no le pidió el testamento, creyéndole; si se lo pidiera antes de darlo, luego ahorcara á Alonso Bueno. Recíbese el aviso, y despáchase el navio, y fué Nuestro Señor servido que no le faltase viento y llegase muchos dias primero qu'el enemigo. Todo lo cual sabido por el Visorrey, no le temió, antes se alegró, por esperar en Nuestro Señor le habia de haber á las manos. Luego nombró por general de dos galeones que habia en el puerto, muy buenos, á su cuñado don Beltran de la Cueva; por almirante, á don Alonso de Carvajal, caballero de hábito de Calatrava. Añadió otro navio grande y muy bueno, de quien señaló por capitan á...[28] Manrique, y como aquel á cuyo cargo tenia el reino, estaba apercebido de mucha municion, pólvora, balas rasas y de cadena, bombas de fuego, mucha y muy buena artilleria, que se labra en la ciudad tan buena como en Alemaña, piezas de cuarenta quintales y más; fuese al puerto, en siendo avisado el luterano habia llegado á Arica, donde no se atrevió ni á surgir; dió priesa al buen aderezo de los navios, y en la Almiranta nombró otro capitan á...[29] de Pulgar, hombre experto en la guerra, como el capitan Manrique. Proveyó otras tres fragatas, que fuesen como busca ruido, y en ellas nombró sus capitanes: en la una, á...[30] García Gorvalán, cursado mucho en la mar, y para que si fuese necesario vinieran á dar aviso de lo que pasaba, hizo gente y pagóla; hobo muchos hidalgos y caballeros que se ofrecieron, á su costa, ir sirviendo, y aun pagaron soldados, como fué Luis de la Serna, regidor de Los Reyes, que por ser viejo y enfermo no fué á servir en persona: envió cuatro soldados á su costa; y otro vizcaino...[31] Vergara, con otros dos y su persona hizo lo mismo, á quien el Marqués lo agradeció mucho y alabó. Pidió religiosos en los monasterios; la obediencia me mandó fuese con un compañero, llamado fray Bernardino de Lárraga, y fuimos en la Almiranta; en la Capitana iban dos padres de la Compañia, por respecto del padre Hernando de Mendoza, hermano del Marqués y cuñado del General. En el otro navio, llamado San Joanillo, y por otro nombre Nuestra Señora del Rosario, dos religiosos de Nuestra Señora de las Mercedes; iban en nuestro navio, pagados, casi ochenta soldados y más de treinta hijosdalgo y caballeros á su costa; en la capitana, otros tantos y más, y con el capitan Manrique, fuera de los soldados, otros amigos suyos, hombres de vergüenza, y entre ellos el capitan Baptista Gallinato. Aprestáronse los navios muy bastantemente, y seis ó siete dias antes que partiésemos llegó de Quito el general Pedro de Arana en la galizabra, capitan della Joan Martinez de Leiva de Lizárraga, que despues fué en demanda del enemigo, y llegado persuadia al Marqués le diese licencia para ir en esta armada con su galizabra, navio menor que cualquiera de los tres, y hacia mucha agua. Al cual, diciéndole el Marqués: ¿Cómo quieres ir, si la galizabra hace tanta agua que de tres á tres horas da á la bomba? Al cual respondió graciosamente: Tambien, señor, un hombre orina de tres á tres horas, y no se muere.

Pasó esto por donaire, y no le dejaron ir.

CAPITULO LII
PARTE LA ARMADA DEL PUERTO EN BUSCA DEL ENEMIGO, AGUA ARRIBA

Con tanto y buen recado los navios, con tanta y buena gente y mejores ganas de se ver con el enemigo, nos hicimos á la vela una tarde, y antes el Marqués visitó los navios y prometió hacer mercedes á todos, animándolos á que cada uno hiciese lo que debia, así al servicio de Nuestro Señor como de nuestro Rey.

Otro dia salimos fuera de la isla y fuimos en busca del enemigo, que no sé si fué muy acertado, por tenernos cogido el luterano y ganado el barlovento, el cual en esta mar y en todas es la mayor parte de la victoria, y principalmente en esta nuestra costa; porque como los navios no sean igualmente veleros, unos suben más, otros menos, que es unos son mejores de la bolina que otros, por lo cual no pueden ir en conserva como cuando navegan á popa, ni se pueden socorrer los unos á los otros tan prestos, y á veces es imposible socorrerse. Empero al Marqués parecióle no era posible el enemigo írsenos de las manos, y pretendió tenerle rendido antes que al paraje de Lima llegase. Nuestra Almiranta y el pataje donde iba el capitan García Gorvalán eran los mejores veleros, y por esta razon éramos los más delanteros. La órden que llevaba era ésta: que no nos desabrazásemos de la tierra de diez á doce leguas, y que á las noches fuésemos la vuelta de la mar, y de dia viniésemos la vuelta de la tierra, que era lo cierto é conveniente. El Marqués tenia por momentos chasquis por tierra, con aviso dónde llegaba el enemigo. El armada seguia su derrota en busca dél. Sucede, pues, que llega el enemigo á la playa de Chincha, y luego fué dello avisado el Marqués, el cual despachó un barco de pescadores, con órden que no parase hasta hallar el armada, avisando al General dónde habia llegado el cosario, y que dos ó tres dias se habia detenido en aquella playa. Alonso Bueno venia cumpliendo todo lo que habia escripto. Sábado, pues, víspera de la Trinidad del año de 94, á la tarde, hallándonos un poco en alta mar, siete leguas más abajo de donde el enemigo estaba, llega el aviso del Marqués á la Capitana. El General disparó luego una pieza de artilleria; llegáronse los dos navios gruesos y patajes. No sé quién le aconsejó que mandase aquella noche le siguiesen, porque haria farol, y dió cuenta del aviso que tenia del Marqués; hízose su mandado, y en lugar de ir la vuelta de la mar, venimos la vuelta de tierra, con pocas velas y viento, y con unas olas muy hinchadas que daban muestra del mucho temporal que otro dia habiamos de tener. Cuando amaneció y volviamos la vuelta de la mar, porque nos hallábamos no cinco leguas de tierra, descubrimos al enemigo al barlovento de nuestra armada, á lo que decian los pilotos cuatro leguas más arriba, el cual, como nos descubrió, preguntó á Alonso Bueno ¿qué navios eran aquellos? Respondióle: los grandes llevan mercaderias á Arica para Potosí; los pequeños son barcos que van por vino y trigo á los valles que dejamos atrás; pero viendo que íbamos la vuelta de la mar, y como en su seguimiento, él tambien dejó de venir á popa via, y viró la vuelta de la mar á la bolina; el pataje donde iba el capitan Gorvalán hallóse más á barlovento que ninguna otra de nuestras velas, y tiró tras él, y le ganó el barlovento; pero como era pataje, y sin gente ni artilleria, no se atrevia á aferrar con el enemigo, y aunque aferrara era imposible nosotros favorecerle, digo la Almiranta, que se halló más á barlovento que las demás velas; tras nosotros, y á sotavento, se seguia la nao del capitan Manrique; la Capitana se halló más metida en tierra y más á sotavento; visto al enemigo, y su lancha delante dél, luego le comenzaron á seguir, atesando las velas todo lo posible para alcanzarle y pelear con él conforme al órden que del Marqués se llevaba; mas fué Nuestro Señor servido que cargó tanto el viento, y con tanta furia, que la Capitana quebró el mástil mayor de gavia, y no pudiendo sufrir la fuerza del esgarrón arribó á popa al puerto; lo mismo hicieron los patajes. Es cierto que en mi vida ceñí espada, y que viendo al enemigo y cuán lejos estaba de nosotros, y el viento que tomaba más fuerza, que ni me alboroté, ni pareció habiamos de venir á las manos. Nuestra nao seguia al enemigo, y en pos de nosotros la del capitan Manrique, y atesando todo lo posible las bolinas, con la furia del viento rómpesenos el boliche de la vela mayor de gavia, que para tomarle y coserle se pasaron más de dos horas, y como sin vela mayor de gavia, ni á bolina ni á popa salga ni navegue mucho el navio, en este tiempo el navio del capitan Manrique nos cogió el barlovento, y delante de nosotros iba navegando, cuando con una ola muy muy grande da una cabezada el navio y hace pedazos la entena mayor, y no pudiendo navegar, ya nuestra vela de gavia estaba cosida, fácilmente le dejamos atrás, y nunca más le vimos hasta lunes otro dia á las diez horas. La Almiranta, pues, sola iba siguiendo al luterano, y ganándole tierra, el cual bien creyó habiamos de pelear; echó la barca fuera, y alijó su navio limpiándole la cubierta; todo esto vimos, é ya que anocheció no estábamos media legua dél, pero en anocheciendo, cerrándose la noche, aunque seguimos un poco de tiempo nuestra derrota, viéndonos solos amaináronse las velas y con pocas y bajas íbamos la vuelta de la mar; ya que amaneció, ni navio de amigo, ni de enemigo, viamos. La culpa que tan mal nos sucediese, y que un solo navio con una lancha se nos fuese no se ha de atribuir sino á la soberbia nuestra; por ventura nos parecia éramos poderosos contra toda Inglaterra. Tambien la echamos al que dió el consejo que la víspera de la Trinidad, sábado, en la noche viniésemos la vuelta de tierra; porque es así cierto que, si se hace y guarda la órden del Marqués, y aunque no la diera se habia de guardar, que de noche fuéramos la vuelta de la mar, de dia á la de tierra, cuando volviéramos, el domingo de la Trinidad, sobre tierra, hallábamos al enemigo sobre ella y el armada á barlovento dél, y era imposible írsenos; á la mar no se podia ir, porque se la teniamos ganada; pues habia de abordar en tierra; eso queriamos, sino que debió imaginar quien dió el consejo que, como estábamos enmarados y no mucho, cuando llegó el aviso del Marqués donde estaba el enemigo, si el bordo de la mar lleváramos aquella noche, el enemigo pasara entre la tierra y nosotros, y por ventura, ó no le viéramos á la mañana, ó no le alcanzáramos, y otra excusa no hay; tambien es cierto que si el capitan inglés fuera hombre de conocimiento de mar, muy á su salvo pudiera cazar á popa contra la Almiranta, viéndola sola y sin quien la pudiera favorecer, y si esto hace, necesariamente habiamos de huir, porque no le habiamos de esperar con el lado descubierto á la bolina, para que en él asentara su artilleria y nos echara á fondo. Nuestro navio era imposible poder disparar contra él, porque las escotillas del artilleria estaban calafeteadas, y cuando no lo estuvieran, no nos podiamos aprovechar dellas, por el barlovento, por no estar muy altas, y no se poder hacer punteria; por el sotavento menos, por ir debajo del agua, sino qu'el enemigo, conociendo no le podiamos esperar, no quiso acometernos, y la mar andaba tan alta, que ni los de barlovento ni los de sotavento se podian aprovechar de pieza ni de arcabuz, y llegados á aferrar, mejores éramos que ellos.

CAPITULO LIII
VUÉLVESE LA ARMADA AL PUERTO

El Almirante, viéndose solo en alta mar, púsose mar al través para ver si algun navio de los nuestros parecia, y en particular el del capitan Manrique, el cual á hora de media dia llegó donde estábamos, á quien el Almirante mandó no se desabrazase de nuestro navio, y habido consejo pareció se debia ir al puerto en busca del General para seguir su órden, y no le hallando en la mar, cuatro leguas antes de entrar en el puerto despachó el Almirante á un criado suyo con el maestre del navio, llamado Andrés Gomez, dándole relacion de lo que pasaba, y no entraria en el puerto hasta ver su mandamiento, porque no sabia del General; recebido este despacho, el Marqués le mandó se volviese al puerto, y dentro de tres dias se aderezase y proveyese de todo lo necesario, y con título de General, con el navio del capitan Manrique, se partiese luego y siguiese al enemigo hasta Inglaterra, y la conducta de capitan general se la enviaria al puerto. Con este recado nos volvimos al puerto, á donde aun no habia entrado la Capitana, no poco tristes, porque á seis velas se nos habia el enemigo ido; la culpa ya dije fueron nuestros pecados y soberbia, y el que aconsejó aquella noche viniésemos el bordo de tierra; no la tiene el General, porque no sabe de bordos de mar ni de tierra, ni marear velas; sabe gobernar un ejército entero, sabe pelear y mandar pelear, y sabe acudir á la sangre ilustrísima de donde desciende. Porque pasó así: recebida por el Almirante la respuesta del Marqués, me enseñó la carta y le dice: Señor, esto no habrá efecto, porque el General no desembarcará en tierra hasta verse con el enemigo y traerlo rendido, ó morir en la demanda, y cuando el Marqués le quitare el cargo, irá por soldado, porque á su ser y honra no le conviene otra cosa; y así fué, porque surto en el puerto y sabido lo que el Marqués proveia, no quiso salir del navio, sino fué un domingo á oir misa, y luego se volvió á embarcar, y finalmente, viendo el Marqués que el General no queria dejar de ir en busca del enemigo con el oficio, ó como soldado, le mandó seguir al luterano tomando la nao Almiranta por capitana, y á la galizabra por Almiranta, en que se embarcase el Almirante. El cual pareciéndole se le hacia agravio, porque la galizabra es navio pequeño, y apenas cabian en él sus hijos, que llevaba dos mancebos de buenas esperanzas y pensamientos, como lo mostraron visto el enemigo, ni sus criados, pidió le diesen la Capitana en que meterse, la cual á su costa aderezaria, pues el daño no era tanto ni de tantos dias, donde serviria como lo habia hecho, y habria lugar para su casa y criados y los demás hijosdalgo y caballeros que se le habian allegado; en esto se pasaron algunos dias, pocos, y no concediéndosele lo que pedia, pareció no satisfacia á su honra, y se le agraviaba (y si era agravio ó no, no es de mio juzgarlo), se quedó y con él los caballeros y hijosdalgo que á su mesa sustentaba muy cumplidamente, y los religiosos que con él íbamos tambien nos quedamos.

CAPITULO LIV
EL MARQUÉS DESPACHA SEGUNDA VEZ EN SEGUIMIENTO DEL ENEMIGO

Excusándose don Alonso de Carvajal porque no le daban, ó su navio, ó la Capitana, como habemos dicho, el Marqués nombró por almirante á Lorenzo de Heredia, hijodalgo, nacido en la cibdad de Huánuco, hombre de brio y buenas partes, dándole la galizabra, y en ella por capitan al mismo que la ha traido y nombramos arriba, gran enemigo de ingleses, sin temor alguno dellos, por haberse visto muchas veces en la mar del Norte y peleado con ellos, y haber hecho muchas y muy buenas suertes, que á esta sazon ya tenia dado á la galizabra y tomádole el agua, donde se metieron los soldados necesarios; el General, con la brevedad posible, con solos dos navios muy bien aderezados y con soldados pagados; de los demás caballeros hijosdalgo que la primera vez á su costa fueron, pocos ó ningunos admitió; partió del puerto del Callao, y llegando á la playa de Trujillo halla allí al piloto Alonso Bueno, que unos dicen el enemigo le echó en tierra, otros que de noche se lanzó á la mar, y nadando se escapó; recibiólo el General en la Capitana, y fuese con él; llegó al cabo de San Francisco, ó un poco más abajo, antes que el enemigo atravesase para Tierra Firme; descubriéndolo la galizabra aferró con él, y la Capitana, queriendo darla favor, aferró tambien con la galizabra y la nao enemiga; peleó valientemente con los enemigos, de los cuales murieron más que los nuestros, y desaferrándose pelearon hasta que la noche los despartió, á cañonazos; los ingleses se espantaban viendo cuán buen artilleria era la nuestra, porque les pasaban de claro en claro el navio.

Otro dia de mañana tornan los nuestros á ver al enemigo (que fué necio, conociendo la ventaja de nuestra parte, aquella noche no mudar derrota y escaparse); torna la galizabra aferrar con él y á pelear, pero desaferrándose la nao enemiga dispara una pieza de artilleria y da con el mástil mayor de nuestra galizabra en el agua; luego tocóle un clarin como cantando victoria; mas nuestro capitan Leiva de Lizárraga no por eso desmayó, y llegándosele el General le dijo se recogiese á un puerto allí cercano, para se reparar; respondió no tenia necesidad, porque con medio mástil seguiría al enemigo, y le rendiria, y replicándole el General que con qué velas, dijo: de las orejas mías haré velas para seguirle; llegó la noche y despartiéronse; otro dia de mañana tornan á ver al enemigo, al cual ya faltaba la gente, porque viendo los nuestros que las velas aquella noche no las habian renovado ni cosido, que estaban hechas arneros de las balas de nuestra artilleria, conocieron que ya no tenia gente y le habian muerto mucha; con esto vanse nuestros navios para el enemigo, y quiso Dios que disparando la galizabra una pieza da en la triza de la vela mayor y échala en el suelo; de la Capitana se dispara otra, que se llevó tres ó cuatro soldados, apercebidos para en aferrando ponerse fuego y quemarse á ellos y á los nuestros. Entonces el cosario inglés levantó una banderilla en que confesó rendirse; entraron los nuestros dentro, saquearon lo que pudieron y alegres con la victoria, preso y rendido el enemigo, fuese á Tierra Firme al puerto de Panamá, á donde rehizo las quiebras de los navios. Subcedió esta victoria dia de Nuestra Señora de la Visitacion, 2 de Julio del año de 94, como dijimos; luego despachó el General un caballero de los criados del Marqués con la nueva de la victoria; llegó á Los Reyes en breve, porque saltando en tierra, y caminando de dia y de noche, mudando caballos, fué en menos de 25 dias, á las 10 de la noche. El Marqués á aquella hora avisó á la iglesia mayor y monasterios repicasen las campanas, y saliendo de su casa, acompañado de toda la cibdad, á caballo, anduvo las estaciones por los monasterios dando gracias á Nuestro Señor por la victoria, y tan á poca costa de los nuestros.

Todo lo referido vi en una carta quel padre presentado fray Tomás de Heredia me escribió, sacada de otra que su hermano el almirante Lorenzo de Heredia le escribió de Tierra Firme.

Gobernó el Marqués seis años estos reinos, sin que le subcediese cosa mal en que pusiese las manos, enviando cada año mucha plata á Su Majestad más que ningun Virrey antecesor suyo, porque sacó mucha de la composición de las tierras y heredades que los españoles poseian, para que se les quedasen fijas y perpétuas, sin que dende en adelante hobiese pleito sobre ellas; vendió otras muchas que estaban yermas por no haber herederos algunos, particularmente en los Llanos. La cibdad de Los Reyes estuvo abundantísima de pan y demás mantenimientos, y las cosas todas puestas en mucho órden y concierto, sin que en todos estos seis años sucediese en el reino disparate digno de memoria, si no fué el de Quito, que largamente habemos referido. A su importunacion Su Majestad le hizo merced mandarle ir á su marquesado, porque estando acá le heredó, dejando en el gobierno deste reino al Visorrey don Luis de Velasco, caballero del hábito de Santiago, que gobernaba los reinos de México, el cual agora con mucha rectitud y cristiandad nos gobierna.

CAPITULO LV
DE LA JORNADA Y DESCUBRIMIENTO QUE HIZO EL ADELANTADO ALVARO DE AMENDAÑA

Aunque arriba brevemente tractamos del descubrimiento primero que hizo Alvaro de Mendaña, gobernando los reinos del Perú el licenciado Castro, y el segundo de que agora tractaremos, gobernando don García de Mendoza, marqués de Cañete; despues hube á mis manos una relacion larga de lo subcedido en este segundo viaje, la cual abreviaré todo lo posible. Dos años, poco más ó menos, antes que don García de Mendoza, marqués de Cañete, acabase de gobernar, despachó por órden de Su Majestad del Rey Filipo Segundo, que goza del cielo (aunque contra su voluntad) á Alvaro de Mendaña con dos navios grandes y una galeota y fragata, á que volviese á descubrir é poblar las islas que antes habia descubierto, que llamaron de Salomón, y á una muy grande que pusieron por nombre Guadalcanal. Llevaba el Adelantado por almirante á Lope de la Vega, y por capitan de la gente que se hizo en Lima á don Lorenzo, su cuñado, y por maestre de campo á Merino. Llevaba consigo casi 600 personas, soldados marineros, hombres casados y gente de servicio; muchos bastimentos, piezas de artilleria y municiones bastantes; todos se embarcaron en el puerto de Zaña, y porque allí no hubo cómodo para hacer aguada, bajaron á Paita, donde la hicieron, y hecha, siguieron su derrota procurando ponerse en el altura del Callao en doce grados desta parte acá de la línea y polo Antártico, y dentro de 38 dias que partieron de Paita, antes que anocheciese descubrieron una isla, al parecer quince leguas de donde se hallaron. Fué grande la alegría que todos recibieron, y al amanecer se hallaron como cinco leguas della, y la mar cubierta de canoas pequeñas y mayores de que se aprovechan los indios;[32] llegáronse cerca dellos, que hacian mucha algazara y muestras de espanto, los cuales, llegándose á los navios, y particularmente á la galeota, entraron muchos tan crecidos y dispuestos, aunque desnudos, que les parecian gigantes; pretendieron tomar la galeota, mas los soldados que iban dentro fácilmente los rebatieron y echaron fuera; tambien quisieron entrar en los navios grandes, y se les consintió en la Capitana; entraron admirados de ver gente vestida y en navios tan grandes; subcedió allí que uno destos naturales tomó un perrillo de falda en las manos, y luego como que jugaba con él se lanzó á la mar, zabulléndose debajo del agua, y salió más de dos tiros de arcabuz adelante con el perrillo en la mano, y se embarcó en una canoa de las suyas; desde allí este indio, con otros muchos en sus canoas, hacian señas á los nuestros que fuesen á ellos, enseñándoles como con la mano otras islas, por donde se entendió que no eran todos de la que solamente hasta entonces se habia descubierto; empero, como la intencion del Adelantado fuese ver aquella isla y tomar puerto en ella, declinó el piloto sobre ella y descubrió una playa, al parecer deleitosa, poblada de muchas casas, y cerca dellas gran cantidad de platanales, palmas y otros árboles fructales. En esta playa se descubrió una ensenada con rios y muchas casas y mayor concurso de gente que se ponian á defender el puerto, el cual no se tomó por ser el viento contrario, y visto no se podia tomar, el Adelantado mandó disparar una pieza de artilleria y arcabuceria, que oído el trueno no paró natural en la mar ni en la costa, y como no se pudo surgir en este puerto prosiguieron adelante en demanda de otras tres islas que á diez ó doce leguas se descubrian, una dellas mayor que las otras. Otro dia al amanecer se hallaron como dos leguas cerca della, de donde salieron muchas canoas con muchos indios tambien desnudos, y entre ellas una muy grande, encima de la cual estaba armada una barbacoa en la cual cabian setenta hombres, sin los que iban remando por banda, y así como los pasados se admiraban de ver gente nueva, lo mismo hacian éstos; usan arco y flecha de palma, y macanas y piedras, que tiran con tanta fuerza que doquiera que alcanzan no es necesario otro golpe; los navios se fueron llegando para ver si se hallaba puerto; en unas ensenadas que se descubrian en esta isla habia tres cordilleras muy alegres á la vista, muy verdes, y tambien se descubrian sabanas apacibles; no se pudo tomar puerto, y los navios desembocaron por un estrecho que se hacia entre esta isla y otra, en lo más angosto de media legua, la una y otra playa muy poblada de caserias y gente desnuda, los cabellos, en hombres y mujeres, tan largos que les llegaban á los pies.

Pasado este estrecho, que no tenia de largo legua y media, se determinó tomar puerto en la isla de mano izquierda, que parecia la mayor; los soldados bien apercebidos para lo que se ofreciese, echóse á la mar un batel y en él 25 soldados, y la galeota y fragata los fuesen haciendo espaldas para descubrir algun puerto conveniente; salió el maestre de campo...[33] Merino con ellos, á los cuales cercaron muchas de aquellas canoas, llegándose tan cerca que parecia les querian coger á manos, mas con los arcabuces los hicieron desviar, que no paró canoa ni indio delante; desta suerte prosiguieron hasta llegar á tierra, y saltaron los soldados en ella sin haber quien les estorbase el paso, y llegaron á ponerse debajo de un árbol muy grande que parecia á los que en el Perú llaman ceibas; los naturales que se habian acogido al monte, como en número de diez en diez salian dando unas carrerillas, y luego se sentaban, no se atreviendo á llegar á los nuestros; uno destos gigantes se mostró más atrevido y llegó más cerca, lo cual visto por el maestre de campo se fué solo para él con su espada y daga en la cinta, y llegando el indio tomó de la mano al maestre de campo y lo abrazó en señal de mucha amistad, y trayéndolo consigo el maestre de campo donde estaban dos soldados le hicieron muchas caricias y regalos, lo cual visto por los demás se llegaron á los nuestros, aunque con algun temor; mandó el maestre de campo se hiciese ningun agravio. Algunos traian plátanos, cocos, palmitos y otras raíces no conocidas, con que se sustentan; muestra de oro ni plata no se halló. La dispusicion de los miembros es proporcionada, más colorados que blancos; las mujeres tambien son desnudas, y algunas traen cubiertas sus vergüenzas con hojas de plátanos ó cortezas de árboles, no tan dispuestas como los varones.

Porque aquí en esta playa no habia puerto seguro para los navios, se determinó que en la fragata se volviesen 16 soldados, y en el batel en que se salió á tierra se quedó el maese de campo con seis soldados y cuatro marineros, los cuales fueron costeando esta isla, y pasado como espacio de una hora descubrieron una ensenada y puerto muy seguro, con dos rios y pueblo formado con cantidad de gente, y muchos árboles fructales, limpio y de mucho fondo; saltaron en tierra el maese de campo y los soldados, y los marineros volvieron á dar aviso al Adelantado, del puerto y seguridad dél, con lo cual todos recibieron mucho contento; partido el batel, los naturales de la isla se llegaron á los pocos soldados que habian quedado, tocándoles las manos (por ventura para ver si eran de otro metal que las suyas), con no poco temor los nuestros por ser tan pocos. Empero, para atemorizarlos, el maese de campo mandó á un soldado, bonísimo arcabucero, llamado Andrés Dias, tirase á un pajarito que revoleaba en un árbol, el cual lo hizo y derribó, y los naturales, con gran admiracion, lo tomaron en sus manos espantados del caso. Aquí los naturales determinaron matarlos, desenlazando los cabellos de la cabeza, que es señal entre ellos de acometer. Los nuestros, viéndolos de mal talante, se fueron recogiendo á una ramada juncto á la playa á manera de tarazana, donde labraban los naturales una canoa muy grande, donde tuviesen las espaldas seguras, primero disparándoles los arcabuces, que hizo los naturales huir, y los nuestros sin peligro ninguno se recogieron y hicieron fuertes; era ya tarde, y los nuestros, temerosos no les cogiese la noche en aquel puesto, por tener muy pocas municiones, fué Dios servido vieran entrar en el puerto la nao Capitana disparando el artilleria, lo cual visto por los naturales se fueron todos al monte; luego llegaron los demás navios, dando gracias á Nuestro Señor que les aparejó tan buen puerto. Amanecido, el Adelantado mandó hacer aguada y que saliesen los que quisiesen á tierra, los cuales todos casi salieron, y los sacerdotes, y se dijo misa, la cual todos oyeron con mucha devocion, y viendo los naturales no se les hacia mal ninguno se llegaban á los nuestros. Entre otras fructas se halló una en árboles grandes, tan grande como una naranja, muy verde en la corteza; cómese lo que está dentro della asada, qu'es blanca como manteca, y aunque habia muchos árboles destos y con mucha fructa, en pocos dias no se hallaba una. Demás desto se hallaron en esta isla muchos plátanos, cocos, palmitos, cañas dulces y otras[34] fructas no conocidas de los nuestros; puercos de monte, el ombligo en el estómago, tortugas y gallinas; al fin de tres ó cuatro dias, los naturales les dieron un arma para echarlos de su tierra, y el mismo dia, sosegado este alboroto, se vieron venir por una puncta diez ó doce canoas cargadas de gente caminando hacia la Capitana, y el Adelantado, temiéndose de alguna desgracia ó tracto doble de los naturales, mandó á los soldados estuviesen á puncto con sus arcabuces, y al artillero cargase dos ó tres pedreros, y llegando á tiro, el Adelantado mandó disparar uno dellos, que, dando en las canoas, hizo mucho daño, y los que quedaron heridos y vivos se volvieron huyendo por donde habian venido. A esta sazon el batel que venia con agua los siguió y trujo las canoas á la Capitana, con plátanos, cocos y otras fructas. Visto esto por los naturales, huian de los nuestros[35].

CAPITULO LVI
[DE CÓMO LOS NUESTROS LLEGARON Á UNA ISLA POBLADA DE NEGROS Y DE LAS REFRIEGAS QUE CON ESTOS HUBO][36]

Hecho esto, con toda la seguridad del mundo se hizo la aguada y leña, y pasados quince dias despues de llegados, los nuestros desampararon la isla y puerto. Salieron en demanda de las islas que en el primer viaje descubrió el Adelantado. Otro dia siguiente se descubrieron unas islas bajas de muchos arrecifes, y detrás dellas tierras altas, con lo cual se alegró el Adelantado, diciendo ser aquéllas las que buscaban; mandó al piloto arribase sobre ellas; por el mucho viento contrario, con mucho descontento de todos, prosiguieron adelante, consolándoles el Adelantado y certificándoles que poco más adelante descubririan muchas más islas, porque de cinco grados á quince eran sin número. No fué cuerdo el Adelantado en desamparar lo que Nuestro Señor le habia dado, porque de allí se pudiera descubrir lo demás. En breves horas perdieron de vista estas islas y navegó muchos dias sin ver tierra, mas vian gran cantidad de pájaros de la mar; desafuciado de verla, navegando de diez á once y á doce grados se descubrió un farelloncillo redondo, no de media legua, con algunos arbolillos, despoblado, blanco con el estiércol de los pájaros; pensóse se hallaria alguna isla cerca, mas salióles al revés su pensamiento, porque desde que desampararon las islas, en dos meses, poco menos, no encontraron con tierra, por lo cual toda la gente iba muy desgustada, perdidas las esperanzas de hallar otra ocasion como la pasada, faltos de mantenimientos y de agua, aunque Nuestro Señor proveyó de algunos aguaceros con que recogieron alguna. Pasados estos aguaceros hubo unas nieblas muy grandes y oscuras, por ocho ó diez dias; al fin dellos se descubrió tierra; salieron todos á verla como si vieran su salvacion: era una isla muy larga, y á la una parte della se descubrió un volcan que de rato en rato lanzaba mucho fuego; cuando llegaron á este paraje faltó la nao Almiranta, y preguntando á la galeota y fragata por ella, respondieron no la haber visto despues que la noche antes la vieron á sotavento de la Capitana, de la cual respuesta se entendió haber arribado á otras islas que en aquel rumbo se descubrian. La Capitana y fragata y galeota se arrimaron á tierra v descubrieron una ensenada grande de más de diez leguas, en cuyo medio estaba el volcan arriba dicho, y con buen viento entraron en ella, en la cual se descubrian grandes poblazones. El Adelantado mandó se arrimasen los navios á tierra para tomar puerto antes que anocheciese; finalmente, entraron muy adentro de la ensenada y surgieron en 40 brazas, con gran admiracion de los naturales y contento del Adelantado y demás soldados, aunque no parecer el Almiranta les ponia no poco temor no se hobiese perdido. Luego otro dia de mañana el Adelantado mandó al capitan y piloto de la fragata fuese en busca della, y si dentro de cuatro dias no la hallase se volviese; esperábase hobiese arribado á alguna de aquellas islas que de allí se parecian. Este mismo dia acudieron á la Capitana muchos de los naturales, que todos son negros atezados, y otros como membrillos cochos, de cabellos largos, con sus armas, arcos y flechas; muchos destos eran potrosos y con encordios y llenos de sarna; entre ellos venia un negro que parecia ser rey, por el respecto que le tenian; el cual así como entró en el navio, lo primero que dijo fué: capitan, capitan; que admiró mucho, por oir nombre español en tierra tan remota. El Adelantado mandó que todos delante dél estuviesen destocados, para que aquellos bárbaros entendiesen era el General de todos. Este negro se llegó al Adelantado, diciendo: capitan, capitan, muchas veces; Malope capitan, y dándose en los pechos; por donde se entendió pedia al Adelantado su nombre para trocar el suyo; porque como le respondió Mendaña, el negro hizo señas qu'el se llamaba Mendaña y el Adelantado Malope. Hiciéronles buen tratamiento, dándoles algunos juguetes y cosas de comer, las cuales por ninguna via gustaron por más que fueron importunados. Pidieron por señas fuese alguno de los soldados con ellos á tierra, y ofreciéndose á ello uno de más de 50 años, á quien el Adelantado dió licencia, quedando dos negros en rehenes, aquella misma tarde le volvieron al navio, porque no se atrevió á hacer noche con aquellos naturales; preguntósele qué le habia parecido de la tierra: no supo dar razon de cosa alguna, porque apenas hubo saltado en ella cuando pidió le volviesen al navio. Dentro de dos dias volvió la fragata no trayendo nueva alguna de la Almiranta, diciendo habia descubierto unas islas bajas y con ellas un bajio muy grande, por el mismo rumbo que habia llevado la Almiranta; por lo que luego se entendió era perdida, porque nunca más pareció. Fué mucho el sentimiento que en todos se hizo, por ir en ella casi la mitad de la gente. El Adelantado determinó saltar en tierra y aguardar por ventura arribaria si no fuese perdida. Luego se echó el batel á la mar á traer agua y leña; entraron por un rio arriba poco trecho, de donde desde el mismo batel se tomaba el agua dulce, la cual tomando salieron del monte muchos de aquellos negros disparando sus flechas con mucha algazara; los nuestros se retiraron, dos soldados mal heridos: el uno de muerte; el otro quedó tuerto de un flechazo, por lo cual juró el maestre de campo que se lo habian de pagar con las septenas, y luego se determinó que aquella noche saltasen en tierra algunos soldados bien apercebidos y diesen al amanecer sobre un pueblo que desde allí se via cerca, entre árboles, de que toda la tierra es muy poblada; hízose así, y siguiendo el maestre de campo por una senda lodosa, una cuesta arriba y como media legua de camino, se descubrió una centinela; un soldado pidió licencia al maestre de campo para derribarle, y alcanzada dió con él en el suelo, lo cual hecho entraron todos de tropel, que serian treinta soldados, por las casas, que parecian estar vacias de gente, porque la habitacion destos negros es entre suelos, cubierto el suelo con hojas de palma, y allí duermen y hacen su habitacion; las casas son redondas, y por todas partes descubiertas; un soldado mirando para arriba metió una espada por el entresuelo, y los que en él estaban se alborotaron y hicieron mucho ruido, y el soldado dió voces diciendo se advirtiese habia mucha gente; visto esto, el maestre de campo repartió por las casas cercanas los soldados para que se pudiesen socorrer los unos á los otros; de aquel buhio, donde se descubrió la gente de los entresuelos, por el agujero que hizo la espada del soldado se disparó una flecha y hirió á un soldado en un ojo, que no parecia sino un rasguño pequeño; empero murió dentro de 24 horas; por donde se entiende la puncta de la flecha traia yerba. El maese de campo, enojado, mandó poner fuego á los buhios, porque no se quisieron dar á paz, y los que salian huyendo del fuego peleaban defendiendo sus vidas valientemente. A las voces acudieron otros naturales con sus armas y piedras arrojadizas; más de dos horas pelearon con los nuestros, y viendo el maese de campo que se defendian mandó á los soldados que de tropel los acometiesen, lo cual apenas hecho los naturales se desgalgaron por aquellas cuestas abajo, dejando sus casas, en las cuales habia poco más que nada; sacáronse cantidad de plátanos verdes, cocos, palmitos y doce puercos de monte que los perros que llevaban los soldados cogieron. Con esta rica presa se volvieron á la playa, donde hallaron algunos soldados y otra gente menuda que habia desembarcado, así para socorrer si fuese necesario como para espaciarse. El maese de campo mandó hiciesen señas á la Capitana para que les enviase el batel y fuesen á dar cuenta de lo subcedido; la comida que se trujo so repartió entre soldados, marineros y demás gente. Aquí se determinó se fuese á buscar puerto más apacible, porque dentro de la ensenada se descubrian playas y tierras y muchas poblazones, y la costa llena de naturales, lo cual se hizo yendo el Adelantado en la galeota, y el maese de campo; iban tan cerca de tierra que los naturales se querian entrar en la fragata, metiéndose en la mar hasta la cintura. Sondóse el puerto, hallóse limpio; dejóse una boya en lugar conveniente para que allí surgiese la Capitana, á quien se avisó y surgió donde habia quedado la boya, teniendo muy cerca de allí un rio caudaloso. Surta la nao Capitana y volviendo á ella el Adelantado y maese de campo se entró en acuerdo lo que se debia hacer, y salió acordado se saltase en tierra para ver lo que prometia de sí, y si fuese tal, poblar en ella. Los negros se metian en la mar casi hasta perder pie, de donde arrojaban las flechas hasta los navios. El Adelantado, viendo este atrevimiento, mandó saliesen algunos soldados con sus arcabuces para que los espantasen, y por capitan don Lorenzo su cuñado, el cual saltando en tierra y los negros huyendo, fué siguiendo el alcance, excediendo de lo que se le habia mandado; lo cual visto, el maese de campo llegándose á bordo la fragata y galeota saltó en ella con gente para ir á socorrer al capitan don Lorenzo, temiendo los naturales no le tuviesen armada alguna emboscada; saltó en tierra y fué á alcanzar al capitan don Lorenzo una legua de camino, junto á un rio, adonde le reprehendió ásperamente, el cual no respondió palabra, y todos tuvieron temor que de aquella reprehension subcediese alguna cosa en daño de todos, como despues subcedió, y pareciendo al maese de campo ser muy bueno el puerto para fundar pueblo, avisó dello al Adelantado, á quien le pareció bien, porque de allí se podria tornar á buscar la Almiranta; desembarcóse la gente y el Adelantado señaló los solares para hacer las casas, entretanto haciendo cada uno su ranchillo donde albergarse.