Pero la zíngara no hizo caso; dió con el pie al cadáver de su enemigo; cogió la cazuela, objeto de la lucha; corrió en busca de su hijo, y sin cuidarse ni acordarse siquiera de sus heridas, ni de sus sufrimientos, ni de la sangre que corría por sus hombros, abrillantada por los rayos del sol, acercó el cacharro a los labios del enfermo y le dijo con sonrisa alegre y voz cariñosa:

—Aquí tienes agua, ¡bebe, hijo mío!

Los tres Reyes de Oriente.

(RICARDO LEÓN)

LOS TRES REYES DE ORIENTE

Es la Nochebuena de 1916; una noche glacial, obscura y lúgubre, sin villancicos ni serenatas, sin risas ni crótalos, sin panderetas ni albogues. En el silencio de la tierra triste sólo se escucha, de tarde en tarde, un zumbido lejano, un ronco tremor que se extiende con aciaga pesadumbre en el aire gélido y sonoro.

Por un camino, en la desierta llanura, viene de Oriente una caravana. Bajo el cielo adusto, huérfano de sus claros luminares, sólo se ven o se adivinan las siluetas: unos caballos vigorosos, unos dromedarios de robusta joroba, tres jinetes, unos bultos informes arrebozados en las tinieblas.

Llegando a cierto lugar donde se juntan otros caminos, la caravana vacila y se detiene. El cielo parece de ébano; la tierra, de bronce; el aire, un afilado puñal; y es el silencio tan hondo, que se oye el latir del corazón en las entrañas.

Una luz, verde y cruda, rasga de súbito el horizonte lejano, cunde como una centella, se abre al modo de una rosa, y cae deshecha en lágrimas sobre el manto sombrío de la noche. A esta luz, siguen muchas semejantes, y a las luces, unos retumbos pavorosos que hacen temblar la tierra, y a los retumbos, el silencio otra vez.

Y, entonces, la caravana sigue su ruta en las tinieblas...

*  *  *

Un fuerte resplandor alumbra todo el cielo en Occidente; la llanura se tiñe de roja claridad; los ámbitos se pueblan de voces y tronidos. Es la guerra que cabalga en su negro corcel por los campos europeos; es la Muerte, que, en plena Navidad cristiana, viene a arrullar las cunas con el bárbaro son del hierro y de la pólvora, a encender sus infames hogueras en la noche, en la bendita Noche en que se dijo: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...»

Y arden las casas de los hombres, como antorchas de Luzbel, bajo los rayos de la implacable artillería; a la luz de los incendios, pasan las muchedumbres de soldados con un fragor de tempestad. Son legiones innumerables de todas las razas y banderas: aquí, la cruz, allí la media luna, acá las lises, más allá las águilas y, juntos en la hueste, el casco y el turbante, el capote y el alquicel, los rostros de ébano y de nieve, todos estremecidos por la misma cólera infernal.

Y al paso de estas ciegas multitudes se abren los senos de la tierra, se conmueven las montañas, crujen los bosques, enrojecen los ríos, flamean los aires y caen las vidas de los hombres como las mieses al golpe de la hoz.

*  *  *

La caravana que venía de Oriente, para otra vez ante el desfile trágico. Rojas lenguas de fuego tiemblan al borde del camino. Una ciudad arde en la noche.

A su siniestro fulgor, se descubre la calidad y riqueza de los tres peregrinos viajeros.

Son tres Reyes. El uno es persa: venerable la figura, verdes los ojos, la barba de nieve, majestuosa la actitud. Viste una túnica de púrpura y de oro; ciñe un alfanje, con un topacio sobre el puño, y trae sobre la túnica un rico manto de armiño.

El otro Rey es árabe: tiene la barba negra y ensortijada, los labios gruesos, la nariz de fino dibujo, los ojos negros, grandes y hermosos, en figura de almendra. El sayo es bermejo, bordado con áureas labores; rojo también el turbante; preciosa la espada, con puño de oro y de rubíes; el manto, azul.

Y el otro Rey, etíope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguileña la nariz, muy rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Ciñe un vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada también la xema o toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta de corales, y a la cintura, en el verde tahalí, un cuchillo con el puño de oro y esmeraldas.

Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazán. Sígueles larga servidumbre, con camellos y acémilas, y un carro, lleno de pródigos caudales.

*  *  *

Como en el ancho desierto, cuando sopla el simún, se levantan las arenas y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire, obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, así, de pronto, una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con ímpetus de simún, llega por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes peregrinos.

Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botín, presa de un ejército alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad, cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor.

El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesía, en su habitación de campaña, toda llena de planos y mapas de colores, erizados de banderitas y alfileres.

—¿Quiénes sois vosotros—dice arrogante el general—que así os atrevéis a pasar las líneas de batalla? ¿Ignoráis, acaso, que en estas líneas no puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? ¿Quiénes sois vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osáis venir con armas y mercancías a estos lugares prohibidos? ¿Qué documentos, qué razones abonan vuestra audacia? ¿Sabéis el castigo que aquí se inflige a los espías? Hablad pronto, extranjeros; decidme quiénes sois y de dónde venís; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo sobre el pecho que no os aplique, sin más preguntas ni demoras, el fallo inexorable de nuestra ley marcial...

*  *  *

—¿No me conocéis?—responde el rey anciano.—Es mi nombre Melchor. Soy del Irán, del antiguo y famoso imperio que abatió los orgullosos bríos de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de los ríos terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan a los difuntos. He llegado hasta aquí, al través de montañas y desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo inciensos y bálsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los jardines de Tiharán; paños de seda, más finos que el plumón de un ave, sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de Ormuz; tisúes de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del Señor, de Aquel que, niño y pobre, nació en un establo de Belén...

—Yo soy Gaspar—dice el segundo rey.—Vengo del Eufrates y el Tigris, de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y Bagdad, donde aprendí los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi tienda entre los pálidos ladrillos de Khorsabad y de Nínive, de Babilonia y de Seleucia: cargué mis camellos de oro antiguo, de reliquias sagradas, magníficos despojos de los reyes de Siria; traje también yeguas de pura sangre arábiga y asnos blanquísimos, todos cargados de riquezas...

—Soy Baltasar—dice el rey negro.—Yo tengo mi palacio junto a las aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes, al través del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los cráteres. Negro soy porque el sol me abrasó desde la cuna en las tierras bárbaras y esplendorosas de Etiopía. Crucé el Mar Rojo; pasé al Yemen, a la Arabia Feliz; seguí las rutas de la Meca, de Medina y Jerusalén; el camino glorioso de Damasco; hallé los tesoros de las antiguas reinas, la de Palmira y la de Saba; dormí a la sombra de los cedros del Líbano; bañé mi rostro en el Jordán, y vengo a Europa cargado de púrpuras y marfiles, de piedras y maderas preciosas, añejos licores, sándalos, mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los niños cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de Jesús...

*  *  *

Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones de los Reyes Magos.

—Por fuerza sois—dice un príncipe grave y taciturno que acompaña al general—unos dementes o unos grandísimos socarrones cuando venís hogaño en disfraz de ingenuos y candorosos peregrinos, con aires de beatitud y de leyenda, a este mundo senil despedazado por el hierro y por el fuego. La culta, la cristiana Europa, maestra de cobardes hipocresías; la que destruye a sus propios hijos en nombre de la civilización, del derecho y de la libertad; la que puso una cruz en sus banderas y otra en el puño de sus espadas, hoy, ultrajando a Dios, se entrega a una furiosa bacanal de sangre. Ved las antorchas, las músicas y los cantos con que celebra la Navidad de Cristo: ciudades que arden, cañones que retumban, soldados que corren a la muerte lanzando gritos de odio. La paz del Señor sólo reina ya en los sepulcros. Los niños que aprendieron el nombre de Jesús, abandonan sus antiguos juegos y tienden las manos delicadas pidiendo el fusil, un fusil de veras que acierte a dar en un corazón. Ya todos saben que los Reyes de Oriente no han de venir, que aquellos Magos misteriosos y benévolos que en otras Pascuas apacibles colmaban de ofrendas los zapatitos del balcón, están ahora en las trincheras y reductos, temblorosos de frío y de nostalgia, deseando matar o morir. El acre incienso de la pólvora embriaga a los hombres, a las mujeres, a los niños; el oro se convierte en plomo, y la mirra en mortífero gas... Caminantes: si lo sois de buena fe, idos a vuestras montañas y desiertos, a los bosques de palmeras, al Nilo Azul, allá donde aun recitan al amor de la lumbre los cuentos de las Mil y una noches; huid a vuestras tierras bárbaras y remotas, y si es que allí, como creo, entraron también las Furias de la discordia y de la muerte, id a otras tierras todavía más salvajes, más escondidas y felices, donde jamás se oiga la palabra civilización, donde, a lo menos, se maten los hombres francamente, con el sano y desnudo valor de su barbarie, sin decir que se matan por la justicia y el derecho.

—Idos, sí—confirma el general,—pues a lo que veo sois hombres de bien. Pero quédense aquí vuestros bagajes y preseas, vuestros caballos y tesoros, a fin de que no caigan en manos del enemigo. Tornad a vuestras tierras, como Dios os diere a entender, que harto salváis con salvar vuestras vidas en estos infiernos de la Europa civilizada...

Y los Reyes Magos, pobres y desnudos, como el divino Infante de Belén, se van para siempre, tristes y cabizbajos, haciendo voto de no volver a este mundo por todos los siglos de los siglos.

Las tres cosas del tío Juan.

(JOSÉ NOGALES)

LAS TRES COSAS DEL TIO JUAN

Todo el pueblo sabía que Apolinar se estaba derritiendo vivo por Lucía, y que, aunque ésta no se derretía por nadie, no ponía mala cara a las solicitudes del mozo. Matrimonio igual: ella, joven, guapa, robusta y, de añadidura, rica; él, en los linderos de los veinticinco, no pobre, medio señoritín por lo que iba para alcalde, y entrambos hijos únicos. No faltaba al naciente afecto más que el sacramento de la confirmación, y para eso no había otro obispo sino tío Juan, el Plantao, padre y señor natural de la dama requerida.

El ilustre linaje de los Plantaos distinguióse desde muy antiguo tiempo por una terquedad nativa, de que estaba justamente orgulloso, y, de haber querido proveerse de heráldica, su escudo no fuera otro que un clavo clavado por el revés en una pared de gules. Apolinar sentíase cohibido por esta testarudez hereditaria, y recelaba que el tío Juan saliese con una gaita de las suyas, porque era hombre que no se apartaba de sus síes o sus noes así lo hicieran pedazos.

No hubo más remedio que pasar el Rubicón... y tirarse de cabeza en aquellas honduras insondables de la voluntad paterna. El tío Juan había dicho una vez: «¿Qué trae ese por aquí?» Y para los que le conocían el genio, era bastante.

—Ahora que está tu padre en la bodega, voy y se lo espeto, y Dios quiera que pueda salir con cara alegre... Pero antes dime, para que lleve fuerza, que me quieres como yo te quiero, con los redaños del alma.

—Apolinar, que me aburres con tus quereres y tonteos. Si quieres decírselo, anda; y lo que saques a mi padre del buche eso será, porque yo también soy plantá.

Renegando de aquellos bravíos rigores de la casta, encaminóse Apolinar a la bodega, pasando primero bajo la llorosa parra, que tendía sus sarmientos como cuerdas secas, y después por el angosto corral atestado de aperos de labranza y cachivaches de vendimia. En la puerta de la bodega enredósele un manojo de telarañas en el bombín, y tragando saliva entró en la obscura pieza.

—¡Tío Juan; eh, tío Juan...!

—¡Aquí! ¿Eres tú? Con este jinojo de tinglao no se ve gota.

Estaba el hombre muy metido en faena, en mangas de camisa, despechugado, con una pelambre de pecho que parecía una maceta de albahaca. Era más que medianamente apersonado, canoso y fuerte; y sudando, como estaba, parecía un oso polar.

—¿No se figura usted a lo que vengo?

—A tomar un jarrillo.

—No, señor; a tomar un parecer.

—Pues no es lo mesmo. Pero, anda, suéltala; que no hay hombre sin hombre.

—Con esa licencia... no sé cómo le diga que Lucía me tira un poco, un pocazo, si se han de decir las cosas conforme son. Y como me parece a mí que yo también le tiro una migaja, venía, porque es razón, a decirle qué le parece a usted de este tiraero que va por buen fin y por derecho camino.

Dióse tío Juan cuatro rasconazos en el testuz, y, volviendo las espaldas, fué a buscar el jarrillo y la venencia, y con ambas cosas en las manos, como quien echa el Dominus vobiscum, se abrió de brazos, diciendo:

—Todo el toque del hombre está en un sí y un no. Así es que, antes de soltar uno u otro, hay que rumiar bien las cosas. Tomaremos un par de alumbradores y que Dios sea con todos.

Y después de beber por riguroso turno, quedóse tío Juan rumiando aquel escopetazo, como un hermoso y prudente buey que no pone la pata sino en terreno firme.

—Pues atento a eso, digo que me parece a mí que la mujer se hizo para el hombre y el hombre para la mujer... y que por eso tiran el uno del otro. Pero como ni el hombre ni la mujer son siempre libres, otros han de agarrarse a la mancera para que el surco salga bien hecho y la simiente no se desperdicie. Yo, que por lo de ahora soy el gañán en este negocio, te digo que quien quiera ayuntarse con mi cordera ha de hacer tres cosas, sin que ninguna le perdone; no haciéndolas, ya se puede ir con viento fresco y levantar la parva.

—Aunque sean trescientas haré yo, con tal de meterme debajo del yugo. Eche usted, tío Juan, por esa boca, que ya se me hace tarde, y aunque me mande cargar con la bodega, todavía me había de parecer mandato ligero, según lo encalabrinado y emperrado que estoy con el aquel del tiraero que ya le he dicho.

—No soy tan bárbaro para mandar lo que está fuera de las fuerzas del hombre, por animal que sea. Las tres cosas que pido son éstas: que me traigan todos los días la primera gallinaza que suelte el gallo al romper el alba, para hacer un remedio de este dolor de ijares que me quita el resuello de cuando en cuando; que al que tenga ese querer, véalo yo una vez siquiera trincar un bocado de hierba sin doblar los corvejones, ni acularse, ni tenderse; que el tal me dé candela en la palma de la mano el día de mi santo por la mañana, y esto ha de ser con sosiego, sin hacer bailes, ni meneos, ni soplar, ni sacudir.

—¿Nada más?

—En eso me he plantao, y ha de ser a lo justo; que ni sobre ni falte.

—Tío Juan, vaya usted preparando el yugo más fuerte que haya en casa, porque yo me lo echo encima, si Dios no dispone otra cosa.

Y Apolinar salió de allí con la cara radiante, bailándole los ojos en una ráfaga de alegría loca, y dando al viento como romántica pluma aquel jirón de telarañas que se pegó en el sombrero.

—¡Troncho, qué suerte! Lucía, me ha dicho tu padre que te vayas preparando, que tenemos que abrir un surco.

—Qué tonto eres. ¿De qué surco hablas? Me parece que viene su merced algo repuntado y que el jarro habló más que las personas.

—Te hablo del surco que han de hacer en el mundo todas las yuntas humanas. Verás qué labor más dulce.

—¡Pero qué borrico te has vuelto!

*  *  *

«La del alba sería» cuando Apolinar acudió solícitamente a su corral sin quitar ojo del gallo hasta que dió de sí el extraño remedio del mal de ijares, que en caliente recogió, bien así como si llevase dentro una preciosa esmeralda. Cumplida por aquel día la primera condición y no sabiendo qué hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia, fuése con los cavadores a su majuelo, a matar el tiempo hasta que el estómago le avisase. Al llegar a la viña, dijo a los jornaleros:

—Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos.

—¿Pero eso qué tiene que hacer? ¡Valiente hombría!

Y cuatro o cinco, los más jóvenes, salieron del grupo y doblándose y enderezándose, sacó cada cual un sarmiento del modo y manera que los palomos cogen pajitas para hacer el nido.

—A ver yo...

¡Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, dió de cabeza en el montón. Una risa franca y noblota alegró el majuelo, y hasta el sol de color de cereza que subía por la cuesta azul parecía una gran cara hinchada de risa.

—Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas no se blandeen. Es menester cavar viñas y darle al cuerpo buenos remojones de sudor.

—¿Sí? Venga un azadón. Este no pesa, otro...

Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento:

—Hoy seré uno de tantos. Hay que apretar..., y no os compadezcáis de mí si veis que reviento, porque necesito echar un espinazo que sea a la vez tronco de olivo y vara de mimbre.

Aquella fué una jornada heroica. Los cavadores, viendo cuán gallardamente trabajaba Apolinar, mermaron cigarros, ahorraron coloquios, apresuraron meriendas y sacaron el unto a sus brazos. Al ponerse el sol, no presentaba aquella cara burlona, henchida de risa, con que apareció entre las brumas de la mañana, sino otra muy grave, casi austera, que parecía complacida con la ofrenda del sudor humano que riega el terrón y fecundiza el mundo.

Al dar de mano, dijo el jefe de la cuadrilla:

—¿No has visto la sementera?

—No.

Y Apolinar sintió una vergüenza muy honda por aquella confesión hecha en pleno campo.

—Pues, vamos, hombre; hay día para todo. Tengo una disputa con tu primo Epifanio: él, que lo suyo es mejor; yo, que lo tuyo. Como sementera temprana, la cebada nos llega a la rodilla; el trigo parece un forrajal.

Y fueron al sembrado, que con su verdor alegraba el alma, y en ella sintió Apolinar una voz gozosa que parecía brincar en otra mancha verde y lozana, gritándole: ¡Todo es tuyo; regocíjate, o no eres hombre!

Y se regocijó honradamente, paternalmente, como si toda aquella vigorosa fuerza germinativa hubiese salido de sus propias entrañas.

—¡Yo, que no había visto esto! ¡Maldito sea el casino y las cartas y quien las inventó! ¡Malditos los tabernáculos, que nos chupan el tiempo y no nos dejan ver esta gloria, esta bendición de Dios derramada por los campos!

Los sembrados del primo Epifanio no resistían la comparación. La tierra era la misma; pero rutinas, codicias, caprichos, ignorancia y necesidad la habían esquilmado y empobrecido. El viejo jornalero explicaba el caso.

—Dale a un trabajador carne y vino; a otro, papas y tomates. Eso es la tierra: un trabajador. Según le eches, así produce.

Apolinar sintió que otro amor sano y fuerte se le entraba en el alma: el amor a la tierra, el amor a lo suyo, el gozo íntimo y callado del que posee, del que se conforta al calor del surco, como semilla que germina, brota, crece y se reproduce.

—¿En qué estaría yo pensando? Tío Agapito, usted me hace un hombre. Voy a echarme al campo como una fiera.

—¡Al campo, al campo! Esa es la ubre... ¡Si vieras a cuánto gandul mantiene el campo!

—Yo soy el primero. Mejor dicho, lo fuí. Ya soy otro. Me duelen los pies... zapatos de vaca... Me duele la cabeza... tiraré este apestoso bombín y compraré un sombrero de esos fuertes, como si los hicieran de cerdas de cochino. No más vestidos de Carnaval. Tío Agapito, un abrazo, y pídale usted a Dios que allá, por la primavera, pueda yo comer hierba sin doblar los corvejones.

*  *  *

No durmió bien, porque el excesivo cansancio riñe con el sueño. En las manos parecían arder sus huesos desencajados; el espinazo se le engarrotaba... y en medio de sus dolores, otro sentimiento nuevo lo iba conquistando mansamente; un sentimiento de infinita piedad hacia el jornalero desheredado, que todos los días, a cambio de unos cuartos roñosos, aumenta el caudal ajeno con bárbaro derroche de su propia vida, y como a la madrugada oyese cantar al gallo, pregonero de su deber y compromiso, volvió a ver la claridad del naciente día, y otra vez cogieron sus doloridas manos el azadón lustroso, y el sudor del amo cayó como lluvia fecunda en la heredad, que parecía estremecerse de amor y agradecimiento.

Y un día tras otro se fué curtiendo al sol y al aire, y mientras más se endurecía la corteza, más nobles blanduras aparecían por dentro.—Como la viña de Apolinar no hay ninguna. La sementera de Apolinar es la capitana. ¡Qué suerte de hombre!—Este era el tema de conversación entre la gente labradora. Los jornaleros se disputaban la casa, porque había formalidad y trago de vino, y allí no se hacía el agio vergonzoso para la baja de jornales. Con Apolinar trabajaban los sanos, los hombres de empuje, estimulados con su ejemplo.

Pasó el invierno y el sol primaveral vistió el campo de gala. Los habares en flor henchían el aire de aromas purísimos; los trigos azuleaban, los cebadales se mecían orgullosamente a compás del viento; las yemas del higueral, reventando al esfuerzo de las primeras hojas, tendían al sol una espléndida gasa de oro verde... y los viñedos extendían sobre la rojiza tierra otra gasa de pámpanos, y ya el olor tempranero del cierne se esparcía como una caricia dulce y vivificante.

Llegó el día de la prueba; el día temido y deseado en que Apolinar tenía puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de alegría, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo y de la tierra.

No pudo Lucía convencer a su padre de que, al menos aquel día, debiera pasarlo con la chaqueta puesta.—Me ajogaría.—Y por parecerle esta razón de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubría su busto de oso polar con limpísima camisa de lienzo, por entre la cual se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondosísima. Cuando entró Apolinar, ya estaban allí el primo Clímaco y la hermana Bella con su dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atraídos por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la gula.

—Que los tenga usted muy felices, tío Juan y la compaña.

—Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo.

—Vaya, aquí tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruño.

Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas, que tiró al suelo.

—Tío Juan, eche usted cuenta.

Y más ágil que un pájaro, doblóse y pescó un manojo de hierba en flor que le caía sobre el pecho como una llama.

—Si usted quiere, me la como.

—No tienes que comerla. El toque está en trincarla.

—Lucía, coge el ascua más grande que haya en la hornilla: hala, ya está. Tío Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por mí no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo... ¡Como que tengo aquí un callo que parece una onza de oro!

—Ya está. Ahora... justo, las tres cosas. Ahora, tú, Lucía, abraza a este bruto.

El bruto no esperó a Lucía; él la abrazó con toda su fuerza.

—Tío Juan, ¿de veras que es para mí?

—Para ti, cernícalo. Y dale gracias al gallo que te curó; porque ni yo tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca.

—¿Entonces?...

—No seas borrico—dijo Lucía.—Padre quería que madrugases; si no madrugas, no me abrazas.

Apolinar soltó un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor, de fortaleza y de ventura.

—¿Sabéis lo que soñé esta noche?—dijo el tío Juan.—Pues que yo era el Padre Eterno, y esta mi cordera era la España, y yo se la daba a una gente nueva, recién venía no sé de aónde, con la barriga llena, los ojos relucientes, con callos en las manos y el azaón al hombro....

Un alarido triunfal hendió como dardo sonoro el aire azul de aquella serena mañana de estío. El sol, deslumbrante, caía en lluvia de oro sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban bajo el fresco toldo de pámpanos, y el alegre repique de las campanas parecía responder allá, en lo alto, al alborozo de la raza nueva, de la raza fuerte, que abría su fecundo surco de amor en la llanura humana.

La enamorada indiscreta

(PEDRO DE RÉPIDE)

DEL LICENCIADO ALONSO DE LAS
TORRES

Al Autor.

SONETO
Saludo a ti, señor, en el Parnaso,
como a un divino hermano de las Nueve.
La brisa suave que tu plectro mueve
agita con sus alas el Pegaso.
El más sabio varón de Halicarnaso
no fuera nunca en tus elogios breve.
Hay una diosa que en tu frente llueve
celeste luz a su celeste paso.
De la Helicona la preclara linfa,
te dió a beber con plácido secreto
en áureo vaso extraordinaria ninfa.
Bienhayan tus decires y cantares,
por ti miran laureles del Himeto
las riberas del grato Manzanares.

DEL AUTOR
Al licenciado Alonso de las Torres.

SONETO
Dolor de los amores que se mueren
y son en nuestras almas enterrados.
Dolor de los puñales bienamados
que ya más no nos buscan ni nos hieren.
No en estos melancólicos narrares,
el fausto busques de la pompa loca.
Yo cambio ese laurel de los cantares
por la rosa del beso de una boca.
Es el dolor mayor de los dolores
el deshojar la flor de unos amores
en el jardín do fuimos sus cautivos.
Añoranza de fuente en el desierto.
Dolor de los amores que no han muerto,
y Dios nos manda que se entierren vivos.

PRIMERA PARTE

CUÉNTASE EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.

En una de las más famosas y nobles ciudades de la prócer Italia, asiento de las artes y patria de los más ínclitos varones, aconteció esta rara historia que aquí se relata, y donde se muestra la ejemplaridad de los designios del Altísimo, que trae aparejada la más alta edificación así saludable para que huyan la tentación del Enemigo los que aun no pecaron, y vuelvan a la senda de la Gracia los apartados de ella.

Era, pues, en Ferrara, ciudad insigne, que había visto prender al delicado Torcuato Tasso, vate preclarísimo, y había visto también morir a aquel gallardo ingenio, príncipe soberano de los de su época, que fué el divino Ariosto, de quien pudo decirse que hubo reinas que besaron su pie, ya que egregias hermosuras y la mayor de estos últimos tiempos, como ha sido la sin par Catalina Cornaro, a quien sus paisanos los dux de la república veneta, Federico Barbarigo y Leonardo Loredano, más codiciosos que caballeros, han quitado su reino de Chipre, tuvo en ese poeta el consuelo de un amor que bien valía un trono. Y siguiendo en este relato verídico y curioso, ha de decirse, que frontera a la casa donde había muerto el Ariosto, alzábase otra suntuosísima, que bien a las claras pregonaba la elegancia y distinción de la gente principal que en ella moraba.

Estaba la tal habitada por un magistrado de uno de los más altos linajes de la ciudad, que era la magnífica señoría de Leonardo Aldobrandino, hermano de Hércules, senescal de los duques. Viudo de una señora de Pisa, tenía los ojos del alma y los del rostro puestos en su hija Renata, que era ya una doncella de diez y nueve años, más bella y fresca que las rosas de aquel gran rosal de Florencia que ha visto arder el hereje Savonarola. Sabía él que no hay mejor dueña y rodrigón para las mujeres que su propio recato, y en este punto, la virtud de Renata parecía guardarse sola. La misa de madrugada en San Lotario, oída con su padre; algún paseo por la vega de las flores al morir de la tarde, y otro rato de divertimiento con sus primas en el estrado de la casa, y siempre bajo la custodia del grave Leonardo. No perdonaba éste, en cambio, nada que dejase de adornar la gentilísima presencia de su hija; las perlerías más finas que traían los traficantes de Venecia, y los guardamacíes bordados y justillos y corseletes de seda de Persia que llevan a Ferrara los mercaderes ginoveses, nuncios del lujo y ministros del oro.

De una parte, el respeto que su alto nombre movía a todos, y de otra la seguridad de un mal fin de aventura, había librado de galanes a aquella joya ferraresa, bajo cuyas ventanas no se habían tañido músicas ni cantado sonetos. Sabíase que su padre tenía dispuesta la doncella para esposa de un caballero fabuloso. Hablábase de un grave suceso de honra que aconteció muchos años atrás a Leonardo viajando por España y hallándose en Sevilla, donde topó con un gentilhombre a quien quedó muy obligado. Era éste, español, cuatralvo en Cádiz de los galeones de nuestro prudentísimo soberano el segundo de los Filipos, que hoy asiéntanse en los cielos gozando de la bienandanza de los justos, y siendo por aquellos días acaecido el tránsito del gran monarca, apenas tomó el cetro de las Españas su hijo, nuestro actual gloriosísimo príncipe Filipo, el tercero de los de su nombre, a quien Dios Nuestro Señor dé tan larga vida como es sabio su gobierno, fué éste servido de hacer al gentilhombre su visorrey en uno de los visorreinatos que tenemos en Indias para mayor grandeza de nuestro César.

Tenía el nuevo visorrey un hijo de breve edad, que llevaba el nombre de San Miguel Arcángel, y cuando se despidieron para tornar el uno a Italia y partir el otro hacia su destino, concertaron que si Leonardo tenía alguna hija, había de ser esposa del heredero del noble español, que si la estirpe de éste no cediera a la del Infantado y Medinaceli, la del italiano era tan alta como la de los Dandolo y Colonna. Un año después nació Renata, y comunicado el suceso al visorrey, fué luego considerado su hijo, que tenía entonces no más de dos años, como esposo de la tierna Aldobrandino. Y en la traza aprobada, quedóse dicho, que tan luego como Miguel llegase a los veinte años, había de venir a Ferrara para sus bodas.

Cercana al palacio de Leonardo hallábase, y aun se halla para contento de caminantes, la celebrada hostería del Centauro, tan famosa por el arte de sus guisanderas como por las varias aventuras de amor que la han hecho tan temida de los padres y sospechosa para los maridos. Como es la mejor de la ciudad, toda la gente de calidad que viaja suele hacer en ella posada: capitanes españoles, clérigos romanos, mercaderes franceses, damas de alta condición y grandes señores detiénense en ella a su paso por Ferrara, y así es de ver el tráfago de su anchuroso patio, donde se mezclan la carroza blasonada y el carro de tráfico, el caballo del alférez y la mula del prebendado. El vino de Chianti llena con liberal abundancia los jarros de las mesas, y bajo la parra espléndida y tupida que rodea el portón, hay, como a las puertas conventuales, un congreso de pordioseros, a quienes en ciertas horas se reparte la comida sobrante. Sus aposentos son espaciosos como de la casa de un grande, y su cocina espléndida como de un monasterio de Jerónimos.

Era en el dulce morir del melancólico Octubre cuando al fenecer de una tarde arribaron dos jinetes a la hostería. Era el uno muy mozo, de gallardo y finísimo talle y rostro de ángel, y sus manos, como esas talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra del singular artífice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcábase cierto desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguíale caballero en una mula un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba allá en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego como llegaban a la puerta de la hostería, hubieron de detenerse porque costera de ellos llegaba y parábase también una gran carroza cargada de cofres. Detuviéronse y vieron descender de ella tan sólo a un caballero. Era éste mozo también, aunque de más fuerte y varonil gentileza que el joven de a caballo; morena tenía la tez y negro su cabello como de un príncipe del Oriente, que no parecía sino que su padre era el sol y que asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su continente nobilísimo. Traía obscuro su vestido y sencillo como de viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego la insigne encomienda de Santiago. Entró en el zaguán, apartóse la carroza y el mozo y su viejo acompañante entraron sobre sus cabalgaduras hasta el patio de la hostería. Había llovido algo y con eso estaba escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso continuo había hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de caer éste arrodillado, y hubiese dado también con su cuerpo en el suelo el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y había querido la suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus años, y el hallarse ambos españoles en tierra extranjera, hízoles entrar prontamente en plática y ofrecerse.—Yo me llamo don Diego de Zúñiga—dijo el del caballo—y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no tardaré en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los negocios ni los placeres, sino un gran pesar.

—Yo soy—dijo el caballero de la encomienda—don Miguel de Guzmán. Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al término de mi peregrinación. Hame traído aquí un cuidado muy grave que ya os descubriré si os detenéis aquí, y si, como pienso, hemos de ser amigos.

—Reposarme he unos días y muy de mi grado, señor don Miguel, que me obliga la merced que me hacéis de llamarme vuestro amigo—contestóle don Diego.

Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que hicieron colación, retiráronse a descansar con promesa de salir juntos al siguiente día para visitar la ciudad.

No tardó en amanecer el sol más que en saltar de sus lechos y vestirse los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa aleonada, y don Miguel, que había hecho subir sus cofres, adornóse con unas cachondas de raso y un jubón de vellorí y colgó de su cuello una finísima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho. Salieron, y su primer visita fué para el Santísimo Sacramento, como devotos caballeros que eran, y acudían a agradecerle que les hubiera dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el pío deber y oída la misa, diéronse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias y palacios, maravillas todas que tenían suspenso su ánimo, a pesar de venir de la opulenta España. Y aconteció que, como se hallasen a media mañana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero admirable comitiva. Componíanla dos graves caballeros ataviados con sumo lujo, y entre los dos una doncella, portento casi más por su talle y por su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riquísimas y blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el aparato de cetrería. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos señores, don Miguel y don Diego se informaron de quiénes eran.—Son—les contestaron—el señor senescal Hércules Aldobrandino, su hermano Leonardo y su sobrina Renata. ¡Qué bien se echa de ver que sois forasteros al no conocer a tan visibles personas!

Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven, prosiguieron su paseo, hasta que fué hora de retornar a la posada. Y a petición de don Diego separáronse después del meridiano yantar para el reposo de la siesta.

Buena siesta diere Dios a don Diego, que así que se vió en su aposento a solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a llorar como una Magdalena después del arrepentimiento.—Malhaya mil veces, Marcos amigo—le decía—, malhaya mil veces la hora en que nos partimos de nuestra casa si había de ser para tal fin de viaje, que me pienso que no llegaré a Mantua y quedaré con la maldición de mis padres y sin el asilo de mi tía la priora.

—Sosegáos, señora mía—respondió el escudero—que aína os turbáis y me dais ganas de llorar a mí también. Mirad, doña Mencía, mi ama, que si ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarán de vuestro varonil disfraz. Hicísteis mal en prometer a don Miguel que os detendríais aquí, pues lo que importa es que lleguéis cuanto antes a Mantua, donde os espera la paz del monasterio.

—¡Ay! ¿Por qué nací mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pensé en mi tía doña Clara y en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Más me valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de nuestra ciudad, que no hacer peligrar aquí mi vocación forzosa y la salvación de mi alma.

—Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi señora. Pero decidme, ¿qué mal pájaro os ha picado que os ha causado tal maleficio?

—Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Niño es y sabe más que cien doctores.

—Acabáramos, doña Mencía de mi alma, que ya me asombraba a mí que el tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino.

—Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. ¿No has parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en la galanura de su decir y en la discreción de su pensar? Heme aficionado a él de tal manera y cobrádole un tan grandísimo afecto, que sangre del corazón llorarían mis ojos si me arrancasen de su compañía.

Juntos pasaron el siguiente día ambos muy divertidos con sus pláticas. Era el don Miguel muy letrado y placíase en decir versos que sabía, y sólo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama cruel. Así aconteció que hallándose juntos tuvo el don Miguel la donosa ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que él compuso cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos:

SONETO
Sabio lunar que colocarse supo
tan sabiamente en el redondo seno.
De orgullo le supongo y gozo lleno
por la preciosa suerte que le cupo.
Es flor de tal jardín, él es el astro,
astrolabio, astro mago, guía y norte
de esa esfera de amor. ¡Oh rey sin corte!
Planeta de ese cielo de alabastro.
Atrae por quemar. Fuego de Neso.
Imán de la mirada. Imán del beso.
Para encender los labios con su llama,
y que la apague al recibirlos luego,
lago que apaga de la antorcha el fuego,
los verdes ojos de la rubia dama.

No apercibióse Guzmán de la turbación que disimulaba en cuanto podía don Diego, según avanzaba él en el declamado de los versos, que a bien que él pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversión, y no que caían en los castísimos oídos de una noble doncella. Así al terminarlos y recibidos plácemes por su arte de bien decir, fué requerido el de Zúñiga para recitar a su vez. Era éste grave aprieto para la dama; pero cediendo a la fatalidad de la ocasión, hubo de decir con voz algo turbada, pero suave y cristalina, esta canción que recordaba: