—¿Dónde vas, Alfonso doce,
dónde vas, triste de ti?
—Voy en busca de Mercedes,
que ayer tarde no la vi.

La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido. También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!... ¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la vida... Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada, tan feliz!... Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la serenidad del crepúsculo.—¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué te complaces en segar las vidas en flor?

Desde que se dió cuenta de la gravedad de su mujer, todos los días, en sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía. El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar.

Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella se negaba a aceptar.—No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho más mala de lo que creéis.

Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba. Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.

—¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá?

—Sí, ángel mío.

—¿Y a mí no me ha traído ninguno?

Paulina alzó la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los cabellos dorados de la niña.

—No te ha traído ninguno porque éste es para ti. Para ti, ángel mío. Tú le llevarás cuando yo me muera.

—Bueno; pero como tú no te vas a morir...

Ella no contestó. Un gesto doloroso crispó toda su cara, y se le llenaron de lágrimas los ojos. Joaquín cogió a los niños y los puso dulcemente en el pasillo.

—Id a la cocina y decid a Juana que os dé de merendar.

Luego, al ver que Paulina seguía sollozando:

—Pero, nena, por Dios, no seas así... no te pongas así... ¿No comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga y...

Paulina seguía llorando. Se inclinó sobre ella y la besó en los ojos con caricias de inefable ternura.

—Mi nenita... ¡mi nena!... Vamos, ¿lo ves?... ¿Lo ves?... ¡Si ya lo sabía yo!

Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar él acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdió la serenidad y se asustó, creyendo que era el último. Afortunadamente, la digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pasó; aclaróse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas crispantes, los saltos descompasados del corazón y el ronco silbar de la garganta. Quedóse de cara a la pared, bañada en sudor, aniquilada, destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al cabo de un rato:

—¿Quieres que te quite el collar? Te molesta, ¿verdad?

Pasó dulcemente una mano por debajo del cuello y desabrochó el cierre. Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una hoja de papel. La cogió inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se movió. Fué al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, miró el papel: medio pliego de cartas escrito con lápiz.

«Mi alma:

Una convulsión nerviosa le cerró los ojos.

Los volvió a abrir.

«Mi alma: Te escribo estas dos líneas aprovechando un momento en que me dejan sola. Estoy muy mala. Sé que nunca más me volverás a ver. Esta es la única pena que tengo: morirme sin...»

No decía más.

Se llevó una mano a los ojos y con la otra se apoyó en una silla, porque todo su cuerpo vacilaba. Así estuvo mucho tiempo, mucho. Luego, lentamente, volvió a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se estrujaron, enlazadas con ademán de desesperación y de impotencia. Ella no se había movido. Dormía dulcemente, reposadamente.

De pie junto a la cama, la miró largo rato. Al suave resplandor del globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles desrizados y marchitos, los párpados translúcidos, las ojeras amoratadas y profundas, los labios secos, incoloros y exangües; las manchas cárdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil resonó en el pasillo, y pasaron los niños retozando.

Abrió muy despacio la puerta y, con ademán imperioso, les impuso silencio:

—¡Chisss...! Mamá está dormida. No hagáis ruido.

Errores corregidos por el etext transcriptor:
gritando:—«No;=> gritando:—«¡No; {pág 30}
sobre esta roidlla=> sobre esta rodilla {pág 21}
»Oh, Dios mío!=>»¡Oh, Dios mío! {pág 28}
limpia de pelo las otras=> limpias de pelo las otras {pág 35}
la senda de sus sueños.=> la senda de sus sueños! {pág 67}
ESCENA IX=> ESCENA IV {pág 71}
en tus presencia=> en tu presencia {pág 72}
La nadre y la hermana=> La madre y la hermana {pág 91}
Ah, en cuanto a eso sí.=> Ah, en cuanto a eso sí! {pág 105}
yo padre y tu madre=> yo padre y tú madre {pág 108}
quien su padre recomendaban el cuidado=> quien su padres recomendaban el cuidado {pág 128}
encueros vivos=> en cueros vivos {pág 128}
brillaban las gusanos=> brillaban los gusanos {pág 162}
La epopeya de una zíngraa=> La epopeya de una zíngara {pág 165}
fué lllamada=> fué llamada {pág 224}