«Yo soy, en opaco bulto
y en obscura confusión,
con manto de estrellas, noche
negra, imagen del temor.
Soy cómplice tenebroso
de cuantos hurtos Amor
no fía de las auroras
y esconde a la luz del sol.
Amadis, duerme seguro;
duerme, que en sueño no
puedes temer los peligros
desta encantada ilusión.»

cuando al aparecer la soberana sobre su carro triunfal comenzó a arder toda la escena, y no quedó cosa en pie.

La confusión fué grandísima, y nadie miraba a más que ponerse en salvo, sin cuidarse, grandes ni pequeños, de auxiliar a sus reyes.

Del Rey, no parece que se ocupara alguien; de la Reina... apenas iniciado el fuego viósela desaparecer en brazos del amoriado Conde, que acudió a ponerla en sitio seguro, tanto que no la hallaron hasta mucho después, cuando no faltaba quien temiese que hubiese perecido abrasada. Y puede que al receloso no dejárale de asistir razón.

*     *     *

Momentos antes de comenzar la fiesta, en un rincón apartado del jardín, Villamediana y un paje sostenían este diálogo:

—¿Olvidaste la lección?

—No, señor.

—Bien; ya sé que eres hombre para un caso delicado. Ni un momento antes ni otro después, en el preciso instante de aparecer S. M., prendes la tela. Ya sabes cómo pago y ya sabes cómo castigo.

Oyéronse hacia aquella parte risas y voces femeniles, y el breve diálogo quedó allí.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Y cuando la confusión era más grande, que nadie se veía ni se entendía, por los más espesos senderos del jardín corría un caballero con una dama en los brazos.

—El fuego de mi corazón, que no otro alguno, es quien incendió el teatro—decía el galán;—y como pavesa divina vos trajo a mí; dos veces reina: de mi vida y de mi patria.

—¡Ay, Conde! Que nos habemos perdido—decía ella.—Pobres de nosotros.

—Pobres, no; felices, porque nos amamos.

Cerca sonaron voces de

—¡Aquí está la Reina!

Y más chillonas que todas, las del bufón Miguelillo, que decía:

—¡La salvó Villamediana!

CAPITULO VI

DESPUÉS DE LA QUEMA

Desde el punto y hora en que la Corte tornara a Madrid, comenzó a correr por toda la villa el olor de la chamusquina de Aranjuez. Y más intensidad dijérase que había a raíz de acontecer la desdicha.

La Reina, apenas hallaba hora en que mostrar, diáfana, su belleza espléndida, sin sombra alguna de preocupación; y en lo que al Rey hace, más taciturno y sombrío solía estar que acostumbraba su devoto abuelo.

No así el de Olivares, a quien la satisfacción parecía salírsele por los poros, pues con estas intrigas que su hada la Fortuna preparábale y otras que él sabía muñirse muy bien, iba alcanzando el dorado logro de sus egoístas aspiraciones.

Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía.

No se le veían más de los ojos, y a aquella pulidez conque denantes solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituído el desmayo y lacitud del sauce.

No dejaba día sin acudir a su despacho, pero sin detenerse ni bromear con los cortesanos, y únicamente acompañábale, alguna que otra mañana, el beneficiado de la mezquita cordobesa, don Luis de Góngora.

Viéndoles a entrambos graves y silenciosos, convidaba a pensar que era el Conde ánima en pena que hubiere sacado el insigne clérigo, y como cosa maravillosa traíala a presentar ante Sus Majestades.

Con mucho calor comentábase en todo el Alcázar, desde los aposentos de los mozos hasta las regias antecámaras, que volviera el de Tassis a la regia mansión, y no faltó quien recordara que, por harto menos que lo de Aranjuez, hase dado otras veces muerte a mucha gente de campanillas.

En fin, que todo Palacio era como revoltillo de personajes, que en el meollo de un grande ingenio comenzaban a planear una gran tragedia, a la manera de aquellas que inmortalizaron el teatro helénico.

Bajaba una mañana el Rey a tomar el coche que había de conducirle al Pardo, donde tenía determinado distraer el mal humor con el noble ejercicio de la caza, cuando al cruzar por el salón de reinos salióle al paso doña Francisca de Tabora, quien, arrodillándose delante y con voz muy alterada, ya por la emoción, ya por el despecho, dicen que le dijo:

—Señor, deme Vuestra Majestad las manos para besárselas, y mire que quiero que me dé su licencia para apartarme del servicio de la señora Reina. Nuestro Señor me niega la salud, y más que para servir, quieren mis achaques que esté para que me sirvan.

No hizo aprecio el monarca, y díjola que dejara aquello para tratarlo en otra ocasión, porque en aquella no había lugar.

Luego encontráronse frente a frente las dos rivales, y es fama que la escena que tuvieron más tiró hacia la calle que hacia los estrados cortesanos.

Miguel Soplillo, el bufoncejo, que en todo hacía honor a su apellido, no tardó en irle con el cuento al señor don Juan; y el tal, que en este asunto, ya de puro insensato raya en loco, anduvo lo más del día buscando a doña Francisca para castigarla por el desacato, como a moza de rompe y rasga.

Al fin parece que acalláronle los consejos de don Luis de Góngora, y los peligros que columbraba, de llegar al escándalo, y sólo con la promesa de unas sátiras, que levantaran ronchas, vino a conformarse.

CAPITULO VII

AQUELLA FIESTA DE TOROS...

Ya parece que van apoltronándose fijamente en sus empleos los nuevos señores que han de aconsejar y despachar los destinos del nuevo reinado.

Algo adelanté en mi pretensión, que hoy estuve en la secretaría de la maestranza de Zaragoza, y parece que entre las primeras pretensiones que firme Su Majestad, luego de pasadas estas fiestas, será una la de mi arcedianato. Si ello es como dánmelo por servido (que achacan el no estarme ya disfrutando dél a incuria de los anteriores gobernantes), a fe que como dicen de Zamora, no le he ganado en una hora.

Bien va de fiestas este año de 1622, y seguramente que quien más han de holgarse con él son los bienaventurados, que por la ejemplaridad de sus vidas y alteza de sus virtudes asiéntanse a la diestra de Dios Padre.

Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús, y parece que más que todos, por ser nacido y criado en Madrid, aquel Santo Isidro, mozo de labor en tierras de vino de Vargas, andan estos días de servilleta prendida, pues va a dárseles ya, en definitiva, la cédula de Santidad.

Las fiestas de toros celebradas en la Plaza Mayor han sido famosas.

Paréceme que esta clase de divertimiento ha de encontrar de día en día más arraigos en España, pues hásela tomado tanto el gusto, que ya más de una vez han acaecido lamentables desgracias al procurarse puesto la plebe para presenciarlas.

Yo de mí sé decir que es cosa que me agrada sobremanera.

Aquel donosísimo juego de ímpetu y destreza entre el bruto y el hombre, ¡vive Dios que enciende los ánimos y acucia la sangre adormida!

Es de los más bravos caballeros que yo he visto, don Cristóbal de Gaviria; no le va en zaga aquel Pedro Verger, alguacil de Corte, a quien en una destas fiestas agravió tan cínicamente el dicho Conde, al verle entrar todo galán y enjoyecido:

«Qué galano entra Verger
con cintillo de diamantes,
diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer.»

¡Digan si puede insultarse más bellacamente a un cristiano!

Notable, ciertamente, fué la fiesta; y mucho regocijó, tanto a hidalgos como a plebeyos, el arrojo y empaque de los caballeros.

Desde muy temprano hubieron de acudir Sus Majestades, que desde los amplios balcones de la Panadería presenciaban el lucido festejo.

Comenzaron a desfilar los caballeros en plaza, y cada uno levantaba un murmullo de simpatía entre los miles de espectadores.

Todos, al llegar bajo el balcón real, hacían la pleitesía de rigor, e iban luego a ocupar su puesto en la liza.

Llegó, en fin, Villamediana, tan galano y gentil, que resumió en sí todas las simpatías de la gente.

Hubo una grande curiosidad por descifrar el jeroglífico de su emblema.

Nadie le comprendía.

Traía bordados sobre el pecho, hacia la parte del corazón, unos reales de plata.

Sobre ellos, escrita iba esta divisa:

Son mis amores.

Entre la gente palaciega había muy empeñado interés en descifrar qué quiera decir ello.

En el mismo balcón que ocupaban los monarcas abrióse polémica entre doña Antonia de Acuña, doña María de Guzmán y el bufón don Miguelico.

Doña Isabel escuchábalos mal de su agrado, y la vida diera porque se quedaran mudos.

El Rey no atendía sino el bullicio de fuera.

El Conde Duque le llamó la atención para que atendiera el coloquio, que era muy pintoresco.

A la postre, acabóle Soplillo diciendo:

—¡Vive Roque, que somos mentecatos! Pues si ello es tan claro y transparente como el sol que nos alumbra. ¿No son reales los timbres de su emblema?

—Sí—respondieron las damas.

—Y encima, como abrazándolos—replicó el histrioncillo,—¿no lleva escrito «Son mis amores?»

Y las damas tornaron a afirmar.

—Pues más cristalino, ni el agua destilada. «Mis amores son reales».—Y el muy bellaco lo decía silabeando las palabras, como muchacho que comienza a andar por las páginas de la cartilla.

La Reina quedó como muerta.

El Rey atarazó al enano, que todos temieron que fuera aquel su postrero día, y rugió más que dijo:

—Pues yo se los haré cuartos...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Tan bravamente parece que se portó en la lidia el alcurniado y maldiciente poeta, que para él fueron los lauros y vítores de la plebe y la nobleza.

El Rey no hizo demostración alguna, ni en favor ni en contra.

Diz que uno de los rejonazos que asestó el Conde fué tan bizarro, que el toro cayó redondo sin rastro alguno de vida.

Doña Isabel no fué dueña de sí misma, y advirtiendo que se desarrugara el ceño de su augusto esposo, exclamó:

—¡Bravo por el Conde! Pica bien Villamediana.

A que respondió Don Felipe, apartándose del balcón (con lo que dióse la corrida por terminada):

—Pica bien, pero muy alto.

CAPITULO VIII

DE CÓMO HAY GENTE PARA TODO

Dejemos aquí nuevamente que la musa de la novela historial hurte unos cuantos párrafos en los diarios avisos del clérigo pretendiente (aunque más justo fuera decir que pretendió, pues ya su paciencia y necesidad tuvieron premio, y logró el arcedianato que tan justamente pedía).

Bien es, por otra parte, que la dicha musa tomara estas breves líneas a su cargo, porque como ya su reverencia tiene en qué emplear el tiempo, no anota y comenta con el celo que hasta aquí tuvo por norma.

*     *     *

Ha dos o tres días que no viene por las Losas, y por ende ni pide ni importuna, un individuo astroso, que blasona de haber militado en Flandes y en Italia.

A decir verdad, tenía más trazas de rufián que de soldado.

De toda su estampa veíase que era hombre capaz de cualquier hazaña, como ésta no tuviere la nobleza por norma.

Traía no sé qué cartas para el almirante don Fadrique Enríquez, y siempre que hablaba era su boca un manantial de por vidas y denuestos. No logró ser recibido por el dicho magnate, y al fin una mañana (que a todo se atreven los ignorantes y desvergonzados), consiguió ver al Conde Duque, y de entonces acá no ha vuelto por las Losas en guisa de pedigüeño, sino que derecho iba al despacho de S. E. el señor don Gaspar.

Ignacio Méndez le decían.

La última vez que se le vió salía a la par de Olivares, y alguien dice que al punto de despedir a éste junto al estribo del coche, oyóle estas palabras:

—Descuide Vuecelencia, que destos días no pasa, y si hasta aquí no pudo ser, fué porque no hubo lugar. Ahora yo fío que sí, y todos quedaremos algo más que satisfechos. No habrá medio de que hable. Pero miren que yo voy bien confiado y hago cuenta de que no hay alcaldes ni alguaciles en la Corte...

CAPITULO ULTIMO

Y ASÍ MURIÓ EL CONDE

Y al fin plúgole al trágico poder que estas cosas ordena y dispuesto tan justamente tiene el principio y cabo de todo lo nacido, que llegara el aciago día del eterno crepúsculo del señor don Juan de Tassis Peralta, Conde de Villamediana.

Aunque grande era la enemiga que S. E. tenía en la Corte, no dejó un solo día de asistir a despachar como Correo y Caballerizo Mayor; pero ya su caída era inevitable, aunque a la verdad, nadie pensaba que fuera caída de muerte criminal.

Muchos auguraban su desgracia, pero casi todos pensaban que fuese destierro, como otras veces aconteciera.

El de Olivares no daba opinión alguna sobre tal asunto si algún indiscreto le preguntaba, y lo más que parece que llegó a decir (y no era poco), fué que destas tormentas había frecuentemente en los palacios, y en algunas caían exhalaciones que llevaban la muerte, pero que eran accidentes que nadie podía evitar.

Aquella mañana del 21 de Agosto de 1622 entró el Conde a la hora que tenía marcada de costumbre, más agudo y decidor que nunca.

Aún era comidilla de grandes y chicos la desdichada muerte de don Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, a quien por cuestión de amores sacó deste valle de lágrimas su deudo don Diego Enríquez la noche del 7, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo.

—De amores dicen que murió—habló Villamediana en el primer corro que halló a mano;—buena enfermedad es, y Dios me acabe della.

Prosiguió luego la charla.

Los alfilerazos personales y políticos entretenían notablemente a un grupo de caballeros que esperaban audiencia de S. M., y aunque harto sangrientas las semblanzas y demasiado atrevidas las reprensiones, cautivaban los chispazos de su mal empleado ingenio.

De todo habló; de los negocios de Flandes e Italia, del resello y contraste de la moneda, de la flota de Indias recién llegada a Cádiz, de la soberbia y favor del Conde-Duque, de la necedad y presunción del de Osuna, y de todo hizo tiras.

Pasó don Baltasar de Zúñiga, confesor del Rey y tío del Privado, y llamándole a una parte díjole en voz tan queda que dejara de oírse:

—Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la vida.

Juiciosa advertencia que fué acogida por don Juan con una nueva y más afilada burla, que hirió muy gravemente la suspicacia del prócer religioso.

Salió a poco un gentilhombre y dió razón de que Su Majestad hacía punto en las audiencias por aquella mañana, con lo que todos abandonamos la regia antecámara.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

A última hora de la tarde volvió el Conde a Palacio.

Traía inusitada cohorte de criados, aparato que en él no era costumbre, pues la más compañía con quien solía vérsele era algún allegado o deudo o con el racionero de la catedral de Córdoba don Luis de Góngora.

Sin duda que venía a algún asunto de su alto cargo, pues que estuvo un breve rato en la secretaría del Consejo de Castilla y allí dejó unos pliegos que portaba.

Cuando salió, era a tiempo de que tornaban los Reyes.

Llegábase para cumplimentarles, pero el Rey cruzó ante él como si no le hubiese reparado.

La Reina inclinó ligeramente la cabeza y también pasó sin mirarle.

No fué ajeno el real desvío a los ojos de los demás cortesanos, pero a la arrogancia del Conde supo contenerles el gozo que pugnaba por saltarles al rostro.

Llegóse a donde estaba su íntimo camarada don Luis de Haro, camarero de la Reina, el cual, en manos de un palafrenero, dejaba su brioso alazán, y hablaron con esta brevedad:

—Don Luis, ¿finásteis por hoy vuestro menester?

—Hasta mañana a las once, disponed de mí.

—Me place.

—¿Me necesitáis?

—Habemos de hablar; ello, si es que cosa más urgente no os lo veda.

—Si la hubiere, necesitándome vos dejárala para después. Pasemos, si gustáis, a mi aposento.

—Tengo el coche en la puerta, subamos a él. Y mientras nos lleva hacia el Prado, pues la serenidad de la noche que comienza invita al paseo, charlaremos.

—¿Melancolías?... ¡Ay, señor don Juan! ¿Por qué no olvidáis este asunto y atenazáis el corazón? Mirad que porque como a hermano os quiero, os lo aconsejo.

—Mas desto y de otras cosas que en esto tienen su daño hablaremos en el coche. Este caserón se me cae encima, y pluguiera a Dios...

—Andad, andad, don Juan, que nos miran.

Y saliendo a buen paso, en el zaguán hallaron el coche del Conde.

Subieron a él y muy despaciosamente echó el cochero hacia la calle Mayor.

Sin duda que la conferencia era urgente y grave, como el Conde prometiera, porque para no ser interrumpida con el horrible estrépito de piedras y herrajes, caminaba el coche a todo el sosiego de las orondas mulas que le arrastraban.

Pasada la Platería, un hombre salió de los soportales y haciendo una seña al cochero para que detuviera la marcha, acercóse hacia la parte en que iba el de Tassis y rogóle que se apeara, pues que tenía que darle un recado importante que no consentía testigos.

Sin recelo alguno alzóse don Juan de su asiento, pero no bien había puesto el pie en el estribo, cuando aquel bellaco, sin darle tiempo para defenderse, sacó una ballestilla y asestóle tal golpe en el pecho, que allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta.

Diz que tan bestial fué la embestida, que «arrebatándole el arma la manga y carne del brazo hasta los huesos, penetró el pecho y el corazón y fué a salir a las espaldas.

»A la voz triste que dió el Conde, atropellado del dolor, acudió don Luis, y conociendo el mal recaudo sucedido, quiso echar tras el asesino», entendiendo que primero era éste cuidado que el del moribundo; pero con tal prisa y azoramiento iba, que trabucándosele las piernas con el cuerpo de don Juan, cayó sobre él.

Consiguió levantarse y dió tras el criminal, pero todo fué inútil; las sombras de la noche, que ya había cerrado del todo, y dos embozados que resguardábanle, hicieron inútil este cuidado.

Entretanto la vida de Tassis quedaba hecha regueros de sangre.

Lleváronle al zaguán de su casa, que estaba casi frontera de donde vino a encontrar fin tan desdichado.

Del asesino nada se supo; por fórmula solamente abrióse una indagatoria, pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor...

——

La historia íntima de aquel reinado conserva el nombre de un guarda mayor de la Casa de Campo.

De él decían malas lenguas (y puede que hubieran razón, que pocas veces nacen las hablillas sin algún fundamento), que era el brazo siniestro del Rey Don Felipe IV de Austria, porque vengábale los agravios secretos...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala muerte del Conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel, pero tanto empeño tuvo él en insinuarlo, que bien pudiera.

Creen los más que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir, fueron quienes trajéronle a este término desastroso.

Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del interés que mostró la villa toda y de los epigramas y elegías de los más notables ingenios, ninguno prevaleció; sólo quedó como artículo de fe,

que el matador fué Bellido
y el impulso soberano...

EL RABION

(CONCHA ESPINA)

—¡Martín!

—¡Ñoraa!...

—¿Habrá crecida?

—Habrála, que desnevó en la sierra y bajan las calceras triscando de agua, reventonas y desmelenadas como qué...

—¿Pasarán las vacas al bosque?

—Pasan tan «perenes».

—Pero ten cuidado a la vuelta, hijo, que el río es muy traidor.

—A mí no me la da el río, madre.

El muchacho acabó de soltar las reses y las arreó, bizarro, por una cambera pedregosa que bajaba la ribera.

Había madrugado el sol a encender su hoguera rutilante encima de la nieve densa de los montes y deslumbraba la blancura del paisaje, lueñe y fantástico, a la luz cegadora de la mañana. Ya la víspera quedó el valle limpio de nieve, que, sólo guarecida en oquedades del quebrado terreno, ponía algunas blancas pinceladas en los caminos.

El ganado, preso en la corte durante muchos días de recio temporal, andaba diligente hacia el vado conocido, instigado por la querencia del pasto tierno y fragante, mantillo lozano del «ansar» ribereño.

Martín iba gozoso, ufanándose al lado de sus vacas, resnadas y lucias, las más aparentes de la aldea; una, moteada de blanco, con marchamo de raza extranjera, se retrasaba lenta, rezagada de las otras. Llegando al pedriscal del río, unos pescadores comentaron ponderativos la arrogancia del animal, mientras el muchacho, palmoteándola cariñoso, repitió con orgullo:

—¡Arre, Pinta!

—¿Cuándo «geda», tú?—preguntaron ellos.

—Pronto; en llenando esta luna, porque ya está cumplida...

Las vacas se metieron en el vado, crecido y bullicioso, turbio por el deshielo, y los pescadores le dijeron a Martín lo mismo que su madre le había dicho:

—Cuidado al retorno, que la nieve de allá arriba va por la posta.

El niño sonrió jactancioso:

—Ya lo sé, ya.

Y trepó a un ribazo desde cuya punta se tendía un tablón sobre el río, comunicando con el «ansar» a guisa de puente. A la mitad del tablón oscilante, el muchacho se detuvo a dominar con una mirada avara de belleza la majestad del cuadro montañés; la corriente, hinchada y soberbia, rugía una trágica canción devastadora, y el bosque, verdegueante con los brotes gloriosos de la primavera, daba al paisaje una nota serena de confianza y de dulzura tendiendo su césped suave hacia las espumas bravas y meciendo sobre el rabión furioso los árboles floridos. Lejano, en la opuesta orilla del bosque, el río hacía brillar al sol otro de sus brazos que aprisionaba el vergel.

Quiso Martín ocultarse a sí mismo el desvanecimiento que le causaba aquella visión maravillosa y terrible de la riada, y burlón, sonriente, murmuró cerrando los ojos ante las aguas mareantes:

—¡Uf!... ¡cómo «rutien»!...

Luego, de un salto, ganó la otra ribera, en uno de cuyos alisos estribaba el colgante puentecillo, conocido por «el puente del alisal». Entonces el niño, un poco trémulo, volvió la cara hacia el río, le escupió, retador, con aire de mofa, y aun le increpó:

—«Rutie», «rutie», ¡fachendoso!...

Después, internóse en el bosque, al encuentro de sus vacas.

Era Martín un lindo zagal, ágil y firme, hacendoso y resuelto; pastoreaba con frecuencia los ganados que su padre llevaba en aparcería, que eran el ejemplo y la admiración de los ganaderos del contorno. Del monte y del llano, Martín conocía como nadie los fáciles caminos; los ricos pastos y las fuentes limpias para regalo de sus vacas. El pastor sabía que sobre la existencia próspera de aquellos animales constituía la familia su bienestar, y viviendo ya el niño con el desasosiego de la pobreza encima del tierno corazón, guardaba para sus bestias una vigilante solicitud, un interés profundo, en cuyo fondo apuntaban, acaso, el orgullo del ganadero en ciernes y la codicia del campesino. Pero inseguros estos sentimientos en los once años de Martín, aparecíanse en aquella almita sana cubiertos de simpática afición hacia los animales, muy propia de una buena índole y de una generosa voluntad.

*     *     *

Aplicadas habían pastado las muy golosas, y en cada cabeceo codicioso mecieron las esquilas en la serenidad del bosque una nota musical, mientras Martín sonreía, halagado por aquel manso tintineo que era la marcha real de su realeza pastoril; sentado en un tronco muerto, iba entreteniendo la tarde en la menuda fabricación de unos pitos, que obtenía ahuecando, paciente, tallos nuevos de sauce, cortados sin nudos. Para conseguir el desprendimiento de la corteza jugosa, era necesario,—según código de infantiles juegos montañeses—acompañar el metódico golpeteo encima del pito, con la cantinela: Suda, suda, cáscara ruda; tira coces una mula; si más sudara, más chiflara...

Martín había repetido infinitas veces este conjuro milagrero, y tenía ya en la alforjita que fué portadora de su frugal pitanza una buena colección de silbatos sonoros. Miró al sol y calculó que serían las cinco. Las vacas estaban llenas y refociladas; rumiaban tendidas en gustoso abandono, babeando soñolientas sobre las margaritas, gentiles heraldos de la primavera en los campos de la montaña.

Al mediar el día, había saltado el Sur, ya iniciado desde el amanecer en hálitos tibios, que sólo el ábrego puede levantar en los días primerizos de Marzo; iba creciendo el temeroso vocear del río y llegaba al fondo del «ansar», apagado en un runruneo solemne. Martín pensó volverse a la aldea; al paso perezoso del ganado tardaría una hora lo menos; el tiempo justo para no llegar de noche.

Se levantó el muchacho y su vocecilla aguda rompió el sosiego de la tarde, arrullada por el río.

—¡Vamos... Princesa, Galana, arre...; arriba, Pinta...; Lora, vamos...!

Hubo un rápido jadear de carne, con sendas sacudidas de collaradas y sonoro repique de campanillas; y los seis animales se pusieron en marcha delante del zagal.

Al cuarto de hora de camino, Martín empezó a inquietarse; el río bramaba como una fiera, mucho más que por la mañana. Y cuando el muchacho se fué libertando de la espesura intrincada del «ansar», vió con terror que no quedaba en las altas cimas de la cordillera ni un solo cendal blanco de la reciente nevisca; la hoguera del sol y los revuelos del ábrego realizaron el prodigio.

—Irá el río echando pestes—decíase Martín;—habrá llegado punto menos que al puentecillo, y tal vez el ganado tema vadear...

Impaciente, arreó vivo y apretó el paso; y a poco, alcanzó a ver el desbordamiento de las aguas en los linderos del bosque. Dió una corrida para asegurarse de si estaba firme su puente salvador... ¡estaba! Respiró tranquilo... Ahora todo consistía en que las reses vadearan tan campantes como de costumbre. Las incitó: estaban un poco indecisas; volvían hacia el muchacho sus cabezas nobles, en cuyos ojazos mortecinos parecía brillar una chispa de incertidumbre... Hubo unos mugidos interrogantes.

Ansioso el niño, las excitó más y más, y de pronto, una entró resuelta, río adelante; las otras la siguieron, mansas y seguras, menos la Pinta que, rezagada siempre, no había dado un paso.

Martín la arreó, acariciándola:

—¡Anda, tonta, tontona!...

La vaca no se movía.

El zagal, imperioso, la empujó; pero ella mugía, obstinada y resistente, hasta que, sacudiendo su corpazo macizo, con brusco soniqueo de campanillas, dió media vuelta alrededor del muchacho y se lanzó a correr hacia el bosque.

Quedóse Martín consternado y atónito. Pero no tuvo ni un momento de vacilación: su deber era salvar a la Pinta de la riada formidable que, sin tardar mucho, inundaría por completo el «ansar» mecido entre los dos brazos del coloso.

Las otras cinco vacas, dóciles a la costumbre de aquella ruta, acababan de vadear el río con denuedo, y Martín, hostigándolas desde la orilla con gritos y ademanes, las vió andar lentamente camino de la aldea. Entonces corrió en busca de la compañera descarriada, la mejor de su rebaño, aquella en que la familia toda se miraba como en un espejo.

Sonaba el tintineo melódico de la esquila, con placidez de égloga, en la espesura del bosque soñero; y, guiado por aquel son, el niño halló a la bestia jadeante y asombrada delante del segundo torrente que el río derramaba en el «ansar». Le amarró el pastor al collar una cuerda que desciñó de la cintura y, riñéndola, muy incomodado, la obligó a tornar a la senda conveniente.

La Pinta no opuso resistencia: tal vez estaba arrepentida de su insubordinación, a juzgar por las miradas de mansedumbre con que respondía a las amonestaciones severas de Martín.

—¿No ves, bruta—decíale, afligido y razonable,—que estamos, como quien dice, en una ínsula?... ¿No ves que todo esto se va a volver un mar, mismamente, y que si te ahogas pierde mi padre lo menos cuarenta duros?... ¡Pues tendría que ver que no quisieras pasar!... ¡Sería esa más gorda que otro tanto!...

La charla afanosa del rapaz y el blando soniquete del esquilón daban una nota argentina a la orquesta grave de la riada. Habíase encalmado el viento; dormía, sin duda, en algún enorme repliegue de las montañas azules, sobre las cuales temblaba puro el lucero vespertino, arrebolado de nubes rojas.

El bravo corazoncillo de Martín golpeaba fuerte cada vez que el niño pensaba en el puente liviano del alisal.

Había ensanchado el río atrozmente sus márgenes en el tiempo que el zagal perdiera con la fuga de la Pinta; ahora, el vado espumoso y borbollante no remansaba.

Angustiado el niño, viendo crecer la noche en aquel asedio terrible del agua, amarró la vaca a un árbol y trepó a cerciorarse del estado del puente.

Pero el puente... ¡había desaparecido!

Martín, anonadado, estuvo unos minutos abriendo la boca, en el colmo del estupor, delante de aquella catástrofe irremediable y espantosa. Un velo de lágrimas cayó sobre sus ojos cándidos: ¿Qué hacer?... Sintió una necesidad espantosa de pedir socorro a voces; de llorar a gritos; pero la soledad medrosa del paraje y el estruendo de las aguas, le dominaron en un pánico mudo, aniquilador. Alzó maquinalmente la mirada al cielo, y la súbita esperanza de un milagro acarició su alma con un roce suave, como de beso; ¡si viniera un ángel a colocar otra vez el puente en su sitio!... Y ensayó el pastor unas vagas oraciones, repartidas, confusamente, entre la Virgen del Carmen y San Antonio.

Pero ¡el ángel no venía; el río seguía creciendo, y la noche cayó, impávida y serena, encima de aquella desventura!

Asiéndose entonces a la única posibilidad de salvación, Martín se llegó hasta la Pinta, la desamarró y, acariciándola mucho, mucho, con las manitas temblorosas, la echó un delirante discurso, rogándola que vadease el río y que le salvara. Despacio, con grandes precauciones, según le hablaba, se subió a sus lomos, asiendo siempre la soga con que la había apresado.

Martín empezó a creer en la realización del prodigio, porque la bestia, sumisa y complaciente, entró sin vacilar en el agua, llevándole encima. Y llegó a su apogeo el tremendo lance lleno de temeridad y de horror.

Hundíase el animal en el río espumoso y rugiente, y resbalaba y mugía, en el paroxismo del espanto, mientras que el niño, abrazándose a la recia carnaza vacilante, la besaba sollozando, gimiendo unas trémulas palabras, que tan pronto iban dirigidas a Dios como a la Pinta.

La tonante voz del río empapaba aquella humilde vocecilla de cristal, cuando el alma candorosa del pastor sintió otra vez el beso del milagro. Dominando el estrépito de la riada, unas voces le llamaban con insistencia: había gente, sin duda, en la otra orilla; le buscaban sus padres, sus vecinos...

Martín se creyó salvado. Alzó la frente en las tinieblas con un movimiento de alegría loca, y al soltarse del brazo que daba a la Pinta, un golpe de agua le echó a rodar en las espumas del rabión.

Todavía, por un instante, tuvo Martín asida una tenue esperanza de vivir: conservaba en su mano la cuerda que la vaca tenía atada al collar. La corriente, de una bárbara fuerza, tiraba del niño hacia abajo; hacia el abismo; hacia la muerte. La vacona, con la elocuencia brutal de esfuerzos y berridos, tiraba de él hacia la orilla... Pero, ¡podía más el rabión, que ya iba arrastrando al animal detrás del niño!

Entonces él, bravo y generoso en aquel instante supremo, soltó la cuerda, y dijo con una voz ronca y extraña:

—¡Arre, Pinta!

Aún gritó: ¡madre! Abrió los brazos, abrió los ojos, abrió la boca, creyó que todo el río se le entraba por ella, turbio y amargo; sintió cómo el vocerío de la corriente, que todo el día le estuvo persiguiendo, le metía ahora por los oídos una estridente carcajada, fría y burlona, como una amenaza que se cumple; y vió, por fin, cómo temblaba en el cielo, entre nubes rojas, el lucero apacible de la tarde... El rabión se le tragó en seguida, inerme y vencido, pobre flor de sacrificio y humildad...

La Pinta, dueña de la codiciada margen, miraba con ojos atónitos y mansos a un grupo de gente que la rodeaba, y a una triste mujer que, habiendo recibido en mitad del corazón la postrera palabra de Martín, en trágica respuesta, contestaba a grito herido:

—¡Allá voy, allá voy!...

Y corría la infeliz, ribera abajo, a la par del río, hundiéndose en los yerbazales inundados, perdida en las negruras de la noche, y en la sima de su dolor...

LA FRIA MANO DEL MISTERIO

FERNÁNDEZ-FLÓREZ

(HISTORIA DE PESADILLA)

Después del casamiento, mi mujer me arrastró rápidamente hasta el coche. A la puerta de la iglesia, de pie sobre las losas que cubrían las tumbas de los feligreses, los padres de Osvina lloraban. Mi suegro era alto, delgadísimo, de corva nariz; tenía los ojos redondos; su mujer era enjuta también, enlutada, triste. No hablaron; sacudían sus manos como manojos de raíces. Apenas había amanecido y la lámpara del altar se veía en la obscuridad de la iglesia como un ojo de fuego parpadeante. Llovía. Cuando arrancaron los caballos, mi mujer alzó las ventanillas y se acercó a mí, temblando, con una inquieta mirada de temor.

Puedo jurar que soy un buen creyente; el cura de San Eleuterio puede decir cómo todas las tardes, al toque de Angelus, entraba yo a rezar largamente en la iglesia. Pero yo tengo el espíritu enfermo, muy enfermo... Yo he querido alejarme de supersticiones y de brujerías, y ellas me han cercado y perseguido siempre: alguna puertecilla estaba abierta en mi alma, por la que ellas venían. Creo estar en pecado mortal. Rezaba y rezaba y el Espíritu Malo reía tras de mí. Una vez, en la iglesia de San Eleuterio, he visto alzarse la losa del sepulcro del conde de Ginzio y, por la abertura, curiosear unas cuencas vacías. Otra vez, también después del Angelus, cuando todo el templo estaba solitario y tranquilo, vi con mis tristes ojos al difunto abad de Racemil atravesar la nave y entrar en el confesonario donde en vida se sentaba para oír los pecados de las devotas. Cuando me casé, Osvina me quiso explicar estos misterios. Ella sabía hablar con los espíritus; la había enseñado su padre. En la sala grande y pobre de su caserón, alguna noche había visto yo a mi suegro alzarse de pronto, con los ojos redondos brillantes y agrandados, y extender sus manos sarmentosas hacia las tinieblas. Entonces pasaban unas tenues sombras por el círculo de luz que el quinqué proyectaba en el techo, y yo huía, amedrentado.

Y Osvina me lo había dicho todo. Habían evocado una vez el espíritu de su primer novio, aquel que murió una noche de tempestad, en las aguas alborotadas de la ría, cuando se obstinó en cruzar él solo de margen a margen para ver a la amada. Los marineros no quisieron partir y marchó él en la dorna, jurando por Dios que habría de llegar junto a Osvina. Murió. Dos días después la corriente arrastró a flor de agua su cadáver. Sobre el vientre hinchado y deforme se había posado un cuervo, triste y quieto, con el corvo pico oculto entre las negras plumas.

Desde la evocación, Osvina temblaba al recuerdo del novio muerto. A veces, en nuestra charla de enamorados, se interrumpía ella bruscamente y miraba hacia atrás con sus ojos también redondos y grandes, como si hubiese oído pasos a su espalda. En más de una ocasión intentó referirme el trance extraño de aquella entrevista de ultratumba, y siempre calló, angustiada por un temor agudo... Yo bien sé que no debí casarme con ella, pero aquellos ojos verdes y enormes me atraían como una tentación. En sueños los veía, solos, separados del rostro, brillando sobre un fondo negro... Acaso fuesen, sin embargo, los ojos del padre.

*     *     *

Era de noche ya cuando llegamos al pueblo. El coche se detuvo en una calle estrecha, de antiguas casas cuyos muros había ennegrecido la lluvia. La dueña de la fonda nos recibió alzando sus cortos brazos. Era anciana ya, diminuta, de lento y sordo hablar. Cuando joven, había sido criada en casa de Osvina. Nos precedió hasta una habitación; hizo acomodar nuestras maletas. Luego, inmóvil en el umbral, con las manos cruzadas sobre el vientre, observó:

—¡Qué guapa está mi joven señora!... ¡Tantos años pasados sin verla!

Después se dolió de su vejez, se dolió de su suerte:

—No hay en la casa más que don Amaro el médico, y su esposa. ¡Son malos tiempos, son muy malos tiempos, mi joven señora!...

Avanzó para ayudarla a cambiar sus ropas; nos guió después al comedor. Don Amaro y su mujer aguardaban ya, ante la mesa. El tenía abundante pelo gris y una frente enorme y unos ojos pequeños, de agudo mirar, amparados por unas gafas gigantescas. Su mujer era joven, casi una niña aún, hermosa como un bien de Dios; en todo su rostro había una enorme serenidad inconmovible, una quietud total, la absoluta ausencia de gestos; sus ojos eran como los ojos de una muñeca, que miran sin ver. No la he visto jamás reir, ni llorar, ni emocionarse. El velón de tres brazos que alumbraba la mesa hacía lucir sus rubios cabellos con el mismo tono suave de la miel. Comía con movimientos reposados e iguales, como obedeciendo a un oculto aparato de relojería que la rigiese. Sentada frente a mí, sentí durante la cena el peso constante de su mirada, tan insistente, tan tenaz, que pudo turbarme. El médico parecía no advertirlo. Al terminar, se alzó, cogió del brazo a su mujer y salieron. La vi marchar erguida, muda, solemne, con cierta rigidez en sus movimientos... el doctor hablaba a su oído algunas palabras confusas.

Aun le oímos charlar después, ya en nuestra habitación, contigua a la de ellos. Al través del tabique, la voz del doctor llegaba sordamente; parecía al principio cariñosa, después, semejaba rogar. Se oyó sólo la voz de don Amaro. Se hizo el silencio al fin. Entonces, de todos los rincones de la casa vetusta pareció brotar la melancolía. Nuestra lámpara alumbraba débilmente; el pabellón del lecho arrojaba a la pared su sombra como la sombra de una negra Estadea. Callábamos, presa de una vaga inquietud. Se sentía un leve zumbar: quizás el de la sangre en los oídos; quizás el de los espíritus que vuelan en la noche; quizás era, tan sólo, la vida misteriosa de la casa. Las casas tienen también su vida. Algo de la substancia espiritual de los que en ellas moran, va quedando en los rincones obscuros, en las paredes, entre las vigas del techo, hasta en los ocultos agujeros que abre la polilla. Es una vida formada de muchas partículas de vida. En las casas antiguas, por las que han desfilado las venturas y las tristezas de muchas generaciones, esa vida es tan fuerte que influye en la nuestra. Nosotros no la podemos ver, en la aparente quietud de las cosas, pero existe: los espíritus de los niños, sensibles a todo influjo, cercanos a lo sobrenatural, de donde vienen, la advierten con mayor claridad: así sienten en las habitaciones obscuras un vago terror. Y a veces, nosotros, al quedar solos en una casa en silencio, hemos sentido como la presencia de otro sér misterioso que nos acechase; y entonces hemos sufrido un impulso vehemente de huir. ¡Oh, sí: podéis creer en el espíritu de las casas, que a veces es trágico, que a veces es sonriente y protector!... El que supiese leer en esos ligeros rumores de que se llenan los edificios durante la noche, conocería muchos secretos tenebrosos.

Y nosotros sentimos despertar la vida del caserón: pasos imperceptibles, que se advierten porque cruje la madera del suelo; un suave rumor, como de charlas contenidas; una risa ahogada que se confunde con el trotecillo de un ratón... Desde el fondo de un espejo nos atisbaba algo invisible. Osvina, pálida, fría, miraba hacia los rincones obscuros; ¿qué adivinaba su alma, hecha al horror?... Yo miré sus grandes ojos redondos, dilatados de espanto. Y en los verdes iris vi claramente el rostro enjuto y el puntiagudo mentón y la corva nariz de su padre, inclinada hacia el pecho, como el pico del cuervo que se posó una vez sobre el cadáver del novio muerto en la ría lejana.

*     *     *

Si las palabras llegasen a expresar toda la fuerza de lo sobrenatural, yo podría enloqueceros con el relato de aquellos días angustiosos pasados en el caserón, mientras fuera caía implacablemente la lluvia. El cielo era obscuro como la alcoba de un enfermo; frente a nuestras ventanas se alzaban los muros de la catedral, y los monstruos de las gárgolas vomitaban incesantemente el agua turbia de los tejados, como en una náusea continua. Mi mujer, enovillada en el diván, más pálida que nunca, más transparente su piel, callaba y callaba, en un silencio desesperante y tenaz. Había sentido vagar por la estancia el espíritu del novio muerto, hosco y vengativo, y se advertía sobrecogida por un pasmo de horror. Una noche, al saltar al lecho, asombrado por el pabellón carmesí, gimieron las tablas con un largo lamento. Entonces Osvina huyó, acongojada:

—En esta cama alguien murió sin confesión—me dijo.

Y no quiso volver a ella. Todas las horas de la noche las pasó en el diván. ¿Dormía? Entre las cortinas de la cama yo la vi con sus manos extendidas hacia el espejo, suelto el cabello, entreabierta la boca, hipnóticos los verdes ojos enloquecidos. En el cristal azogado brillaban otros ojos también; cuando me incorporé para abarcar la escena, volvió a oírse el gemido del lecho. Entonces ella dejó caer sus manos, y una sombra huyó de prisa por el espejo, con las mismas largas piernas del padre... A veces, la oía hablar confusamente, como si soñase. En una ocasión me despertó una hora sonando en el reloj de la catedral; abrí los ojos. Volaba una mariposa sobre la llama del velón, y las alas fingían en el techo una sombra de garra. Bien vi acercarse la sombra hasta mi mujer, como unos dedos dispuestos a apresar fuertemente. Gimió ella en el diván, como bajo el influjo de una pesadilla. Entonces la mariposa ardió en la llama. Hubo una súbita claridad, y todo quedó nuevamente encalmado.

*     *     *

¿Quién reía así en el caserón?... ¡Oh! Es seguro que jamás entre aquellas paredes hubiese sonado otra vez la risa. Era una carcajada aguda que atravesaba los muros como un estilete de acero, fría, sutil, inquietante. Una vocecita atiplada gritó:

—¡Eh, buena ama, vieja ama, eh!... ¿Aún no os ha pedido posada el diablo?

Y la hostelera replicaba con su tono habitual, doliente y mustio.

Aquella tarde conocimos al nuevo huésped. Era un hombre chiquito y gordo, ágil como una pelota que fuese de bote en bote, inquieto, charlatán. Tenía millares de arrugas junto a los ojos minúsculos y su boca se abría, para reir, en toda la extensión de las mejillas. Saltaba, más que andar. Habíamos comenzado la cena cuando él salió con estrépito de su cuarto y llegó a ocupar su asiento, al otro lado de Elena, la mujer del doctor. Pero botó en la silla, apenas sentado, para gritar:

—¡Eh, vieja, vieja!... ¿Por qué habéis puesto hoy el velón de tres brazos?...

Y se precipitó a incendiar su servilleta, arrollada como para formar una antorcha. La posadera acudió con otra luz más. Entonces él suspiró satisfecho y arrojó la quemada servilleta.

—Es—dijo mirándonos—que los velones de tres brazos atraen los espíritus.

Osvina lo miró a su vez, calladamente. El hombrecillo gordo gritó:

—A mi vecina no le molestan los espíritus.

Y rompió a reir escandalosamente, echándose hacia atrás en su asiento, mirando a Elena con sus ojillos llenos de malicia.

Elena no contestó. Como siempre, tenía fijos en mí sus ojos serenos. Ni aun se movió un solo músculo en su rostro. Don Amaro, lívido, más encrespados los grises cabellos, arrojó el tenedor sobre la mesa, gruñendo:

—¡Cada cual vive la vida que tiene!... No puedo tolerarlo a usted...

Cogió a su mujer del brazo y se fueron. El hombrecillo se desmayaba de risa. Luego continuó devorando, como si repentinamente se hubiese olvidado de todo. Cuando calmó su apetito, me miró fijamente:

—¡Oh!—hizo, con un gesto de alegre sorpresa.—¡Samuel, mi admirable Samuel! ¿No conoce usted a los amigos?

—Señor—protesté—no soy Samuel. Me llamo Héctor; no le he visto a usted en toda mi vida.

El rió:

—¡Eh! ¿No me ha visto?... ¿Dice que no me ha visto?... El viejo judío Samuel, que tenía su tienda en Stettin, no me ha visto nunca. ¡Ji, ji!...

Tuvo otro largo acceso de risa, y tosió. Entonces asió la copa de agua y la acercó a sus labios; pero el agua se desparramó por el mantel, totalmente, como si un émbolo la impeliese. El hombrecillo tornó a posar la copa vacía, con un gesto melancólico:

—¡Siempre me ocurre así!...

Y apuró el vino, con un ademán resignado.

Después de cenar, nos siguió a nuestra alcoba y se sentó en el diván, a mi lado.

—Y bien—dijo.—¿Para qué fingir? Cada cual vive la vida que tiene, como dijo el doctor. Yo estoy muy contento por haber hallado a un viejo amigo.

Encendió su pipa.

—Ya hace cien años, ¿eh?...

Fumó unos largos minutos.

—Yo hice un buen negocio con Juliano Swart. ¿Recuerda usted a Swart?... ¡Qué bien bebía la cerveza negra de Stettin!... Decidimos que el espíritu del que muriese primero avisase al otro los medios de la inmortalidad. Firmamos el pacto con agua bendita, en una hoja de pergamino. Desde entonces no puedo probar el agua; el agua huye de mí. El pobre Juliano murió un día en que había bebido más cerveza que nunca y durmió sobre la nieve. Después vino, obediente al pacto, a traerme el secreto. Pero los espíritus se han indignado contra él. Ahora quieren matarme.

Volvió a envolverse en humo y volvió a reir.

—Pero yo les he burlado bien. Mientras duermo, corren furiosamente por la estancia y derriban los muebles. Al principio, el estrépito me producía insomnios. Ahora, me he acostumbrado y puedo dormir.

Bajó la voz para contarme:

—Pongo una calavera en la puerta de mi alcoba, y los espíritus se precipitan en ella. ¿No conoce usted ese amor a su vieja cárcel, que los lleva a entrar en los cráneos muertos y vacíos?... En el fondo de una calavera hay siempre algunos espíritus detenidos. Por eso infunden a las gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la puerta, duermo confiado.

—¡Es una ratonera!—agregó.—¡Una buena ratonera!...

Y, feliz por habérsele ocurrido la comparación, volvió a reir con su risa aguda que atravesaba todos los muros.

Luego dió dos brincos sobre los muelles del diván y marchó a acostarse, sin decir adiós.

Yo no le detuve. En aquel instante, como un relámpago vivísimo, advertí la visión de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras un mostrador, en una covacha sombría, en una calleja de Stettin... Recordé haber conocido a aquel hombre pequeño y grueso como un barril de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huyó a saltitos, como el compañero de Juliano Swart.

*     *     *

Mi mujer languidecía. Aquella tarde había hablado de que era precisa una separación. En las sombras de los rincones veía siempre el espectro del novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseída de un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volvía a callar.

Llovía; llovía siempre. Junté mi frente a los cristales y vi cómo los monstruos de las gárgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al final de la galería advertí de pronto la blanca figura de Elena, que me miraba. Entonces tuve como un enternecimiento súbito, como un ansia de amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tenía en su espíritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Saludé tristemente. Ella siguió mirando, sin contestar. ¡Qué serena paz la de sus ojos!... Me acerqué a ella con lentitud. Comencé a hablar:

—¡Usted es feliz, señora: usted es feliz!...

No respondió. Yo abrí mi corazón angustiado y narré todas mis cuitas:

—Osvina no me quiere.

Me invadía la paz de su mirada; de pronto me asaltó un pensamiento, que fué la última llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. ¿Me amaría Elena? ¡Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo sentí el suave e isócrono susurro de su aliento. Era hermosa como una visión de cuento de hadas. Mi ternura creció. Arrojéme a sus plantas y rompí en sollozos sobre sus manos blancas y tibias:

—¡Oh, Elena, Elena!... ¡Yo soy muy infeliz!...

Ella se dejaba acariciar, inmóvil, quizás petrificada en compasión. Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano, con aquella su fijeza constante. Besé sus dedos afilados. Entonces sonó la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrás de mí, jubiloso:

—¡Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! ¡Ah, ah!...

Me erguí, entre azorado y colérico. Elena no se alteró. Murmuré con saña:

—¿Quién le autoriza a usted para insultar a una dama?...

Siguió riendo aun. Uní mis manos en torno a su cuello, en un impulso de ira.

—¡Eh!—gruñó, desasiéndose—¡eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo no he insultado a la dama de tus amores. Esta señora no se ofende jamás.

Después se empinó para decirme al oído:

—Elena no tiene alma.

Vió mi gesto y rió otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresión, parecía ajena al momento, como sumida en su distracción habitual.

—Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a morirse. El doctor logró salvar la materia, restaurar vísceras, ligar tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo. Pero concluyó tarde su faena, y el alma se había escapado ya. ¡Je, je!... ¡Tiene un gran talento don Amaro, pero no podrá encontrar el alma de su Elena!...

Oyéronse unos golpes secos sobre la madera del piso.

—Es la calavera, que salta—explicó.—Está llena de espíritus.

Y continuó:

—El doctor se casó con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase. Elena no siente más que el hambre, la sed, el sueño, la fatiga... ¡Es una hermosa muñeca mecánica!...

Los golpes volvieron a oírse en la estancia vecina. El hombrecillo suspiró:

—Está demasiado llena la calavera. Tendré que vaciarla. ¡Eh! ¿Por qué no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habrá de contarlo nunca; nadie se habrá de enterar, ni aun ella misma.

Y le hizo gracia la idea y tornó a sus explosiones de alegría. Sonó entonces un golpe mayor y pasó un instante de silencio.

De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el hombrecillo había palidecido también. Hizo girar sus pequeños ojos metálicos y se puso lívido:

—¡Han escapado, voto a...!

Salió. Yo le seguí. Sobre el diván, Osvina, pendiente la negra cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepúsculo se habían reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresándola. Vi asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de desolación... Huí... En el pasillo tropecé con los trozos de la rota calavera; salí a la calle... Corría, corría... El hombrecillo gordo brincaba tras de mí, moviendo ágilmente sus cortas piernas.

Corría... soplaba... A veces oía su voz angustiosa que suplicaba:

—¡Eh, viejo Samuel: espera por mí!... ¡No me abandones, viejo!...

Pero yo sabía que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corría sin contestar, seca la boca, erizado el cabello...

TREMIELGA

(ORTEGA MUNILLA)

A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo más alto del cimborrio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estábamos el maestro Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos Evangelista que el día anterior habían hecho surgir de la pared nuestros pinceles. ¡Qué artistas éramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi pincel con un rayo de sol, porque, como éste, hacía brotar flores dondequiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente, sino por sentirlo, decía de la paleta de aquel venerable viejo que era una sonrisa del arco iris.

—Echa más oro ahí—me dijo, mojando su pincel en la cazoleta del amarillo rey.

—¿Cuándo acabamos nuestra obra?—le pregunté a tiempo que cumplía sus órdenes.

—Mañana... ¡Cuarenta años encerrado en esta catedral! ¡Qué larga fecha! ¡Aquí entré de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los franceses... Aquí me enamoré de mi Pepilla Alderete... Aquí conocí a aquel desventurado Tremielga!...

—Aquí me conoció usted a mí, señor mío, que yo soy alguien—exclamé festivamente.

Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorística salida.

No se rió el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza que hacía temblar sus barbas de plata; no me miró afable como solía con aquellos ojos castaños pálidos. Quedóse pensativo y mudo, con el pincel alzado, la frente contraída por las mil arrugas de su vejez y las piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y al dar en la noble faz del decrépito artista, tiñendo su blusa azul de los colores naranjados rosa de los vidrios, prestábale mucha semejanza con uno de aquellos personajes bíblicos que, evocados por nosotros, habían venido a habitar las crujías del templo, los dorados camarines, el trascoro y la sacristía.

—Tú eres un niño y no te fijas aún en las cosas graves; pero aun siendo así, como es, he de contarte una historia que puede serte útil—me dijo, después de un rato de silencio, sólo interrumpido por el metálico chocar de los candeleros que un monacillo, vestido de vieja sotana, ponía en un altar.—¿Te acuerdas tú, muchacho, de mi amigo Tremielga?

—¡Y cómo si me acuerdo!—contesté, sin dejar de esgrimir el pincel sobre la cabeza de San Marcos.

Aun me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con sus ojos de color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada persona, que parecía un aguilucho desplumado...

—Pues bien; ese aguilucho desplumado fué grande amigo mío; pero no amigo de esos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia, compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada... pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y relaciones de afinidad.

-Por ejemplo—dije yo—, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma, hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.

—Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle... Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué... Tenía yo diez y nueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó de mí. Era el mes de Mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de Mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas, atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendóme la graciosa cara de mi Pepilla; prendóme su cinturita de palma valenciana; prendóme la dulce canturía de su voz; prendóme el enano pie que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como diciendo: «¡Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo este alcázar de hermosura!...» Y me enamoré locamente de Pepilla... Más de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla; pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su rostro.

Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma que aún no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa, embalsamaba nuestras almas!... Un día en que pintaba el décimo retrato de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la mano y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo:

—¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí. ¡Ah, ladrón del arte! ¡Así crece tu nombre!

—¿Estás loco, Tremielga?

—Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía!

No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente, clavándoseme en el alma como púas de zarza.

—¡Tremielga te tiene envidia!—me decían las gentes.

Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo de sus bocetos! ¡Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la realidad! ¡Era imposible!

Otra vez me dijeron:

—¡Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero mucho.

Aquello era otra cosa. Yo no podía dudar del talento de Tremielga, pero podía dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposición. Traté de convencerme, y adquirí el convencimiento que vino a rasgar mi alma con sus uñas horribles. Imagínate, Leoncillo querido, que al ir a acariciar el perro que te sirvió de compañía durante tu vida toda, hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, símbolo de la inteligencia y la felicidad, la cabeza escamosa y fría de una víbora. Pues eso me sucedió a mí al ver que mi amigo, mi hermano, me engañaba.

Una noche salía yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla. Nunca lucieron más aquellas ascuas de oro, que dicen que son mundos arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio más dulce y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por Pepilla corría, corría cantándome con su voz monótona mil himnos de amor. ¡Oh, noche divina! Fué la primera que en mis labios besaron aquellos párpados que parecían hojas de rosa puestas por un hada allí para ocultar dos tesoros de diamantes. Aún se estremece dulcemente mi alma con tal recuerdo y tiembla mi corazón en su cárcel de huesos como pájaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral parecía burlarse de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que medía el tiempo; las ventanas góticas de este viejo edificio contemplábannos cual ojos envidiosos, y a veces yo creía ver dibujarse y palpitar en su órbita el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras, señalando el hueco de las ojivas; e imaginaba—¡necio de mí!—ver en aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me despedí de Pepilla y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba eché a correr. ¡Cuál no sería mi asombro al hallarme detrás de la primera esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado!

—¡Anda, miserable!—me dijo apretando ambos puños y acercando su cara a la mía con aire de reto.—Me has arrancado el alma. Aquella Venus que yo soñé ha pasado a ser tuya ilegítimamente... Oye, Lucio, yo pensaba matarte, pero esto no resuelve nada. Pepilla vestiría luto y estaría más bonita, más interesante con el traje negro, con la palidez del dolor, con la honda fiereza que había de despertar en su espiritillo voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque aquí la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de mis pulmones, reduciéndolos a pavesas... ¿Crees tú que es sangre lo que bulle por estas venas?—y señalaba con su tembloroso dedo índice los gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las vetas de óxido, en el jaspe.—Pues no es sangre, sino pólvora líquida... Tú pintas mejor que yo, eres más amado que yo; me quitaste los laureles de la frente y el anillo nupcial del dedo. ¡Maldigo Dios, tu pincel y tu alma!

Y se alejó.

¡Qué cosa más atroz es causar daño al prójimo! ¡Cuando se hace sin voluntad experiméntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo sentiría pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y de cuya hormiga se supiera que tenía razón, esperanza, porvenir! ¡Yo había aplastado, sin quererlo, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y en su postrer pataleo me daba compasión el mirarla cómo iba echando fuera los últimos alientos y las últimas ilusiones!...

Se fué a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la luna; en su corazón unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de paja atados en haz de dolor. Allá vivió doce años, y cuando vino de nuevo, éramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus amigos y casi tus parientes. Venía como tú le conociste. Era, según has dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea desproporción distribuídos; pero al encontrarme un día en la calle, se irguió súbitamente, y durante un minuto volví a ver en Tremielga a aquel muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del presente, satisfecho del pasado.

—¡Ah, Lucio, Lucio!—exclamó.—Despídete de tu fama, pintorcillo. Esta idea no me la quitarás. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa magnífica. ¿Quieres saber dónde la concebí? Pues fué en Pirmansen, junto a un río negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas miré salir una musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. ¡Te compadezco!

Aquel mismo día me contaron que Tremielga había ido a ver al obispo, Mecenas inteligente y pródigo de los pintores, para pedirle que le concediera un salón de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro famoso que estaba terminando. Supe también que había dicho Tremielga en la plaza:

—Ese pillo que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola vez su primacía. ¡Qué asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay allí luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se pasean sobre el campo como gasas fúnebres del ángel de las batallas; fieros rostros de soldados en los que brilla el júbilo de la victoria y humildes caras de vencidos que piden protección. Se hablará en el mundo de mi obra, y dirán al pasar junto a la tumba de Tremielga: «¡Aquí duerme el genio!»

El obispo le otorgó lo que pedía. Instalóse el cuadro en un aposento espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. Allí estaba el autor, consumido por la fiebre del trabajo, y el interno rescoldo de su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tomó asiento en su estadal y nos bendijo, tiró Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba su obra. Cayó al suelo el telón y miramos todos. Pero, no bien puso sus ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa saltó de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantares, dijeron: