Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la puerta del cuarto de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida, con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta con telas de sacos, parecía un cadáver; el médico la fajaba en aquel momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre manchaba los ladrillos.

Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á su hermana, impasible, con los ojos brillantes.

El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su lado, cambió de postura é intentó darle de mamar.

Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira.

Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.

El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo prometía.

Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que le pusieron como un trapo.

El no negó nada. Al revés.

—Durante el embarazo—dijo—ha dormido en el suelo sobre la estera.

Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este se encogía de hombros estúpidamente.

—¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!—decía una.

Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta.

La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús, ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes en los días posteriores iba de su casa á la imprenta sin hablar una palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.

Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño á la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo daba sin inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é hidrocéfalo, murió á la semana.

La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía, se había lanzado á la vida.

 

El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía secretario ó escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al andar é iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de San Vicente de Paúl, visitaron á la hermana de Jesús y á otras personas que vivían en rincones y tabucos de la casa.

Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, por curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y Jesús, que no hacían más que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron por su casa como por una extraña.

—¡Hipócritas!—decía el albañil á voz en grito.

—Pero, hombre. ¡Cállese usted!—exclamó Manuel—que le van á oir.

—¿Y qué?—replicaba el vecino—¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A hacer el paripé, á eso vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? ¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.

Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.

En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven.

Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.

El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó un sin fin de miserias y dolores.

La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.

Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir ó arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los compusiera.

Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las sobras de su comida.

—¡Moler con la generosidad de la carnicera!—dijo el albañil, que escuchaba la narración de la vecina.

—También la gente del pueblo—repuso Jesús en broma, recordando una frase de zarzuela—tiene su corazoncito.

Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del cuarto.

—Ya es feliz esta mujer—murmuró Jesús irónicamente—; tenía que morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?

El albañil murmuró:

—Me parece.

El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.

Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro, una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un chico de dos ó tres años.

—Yo quisiera que usías—dijo la vieja—la metieran á esta chica en un asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida, murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que la llevaran á un asilo.

La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y agarró de la mano al chico.

—Esta niña—dijo el secretario, el de los papeles—, tiene por su hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no sería cruel separarlos.

—Estaría mejor en un asilo—añadió la vieja.

—Ya veremos, ya veremos—replicó el señor anciano—. Se fueron los tres.

—¿Cómo te llamas tú?—le preguntó Jesús á la chica.

—¿Yo? Salvadora.

—¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico?

—Sí—contestó sin vacilar la niña.

—Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta—dijo Jesús como para dar una explicación de su rasgo—. Si no la van á separar de su crío y es una barbaridad.

La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:

—¿No me conoces?—le preguntó, encarándose con él.

—Sí, hombre... El Aristón.

—El mismo.

—¿Vives aquí?

—Ahí en el Corral.

El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas fúnebres.

Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los muertos.

En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.

Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.

—¿A dónde me llevas?—le preguntó Manuel.

—Si quieres venir, verás un muerto.

—¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto?

—Voy á velarle y á rezar por él—dijo el Aristón.

En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había un hombre muerto, tendido sobre un jergón...

De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito:

«Ande, ande, ande
la marimorena;
ande, ande, ande,
que es la Nochebuena.»

En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie.

CAPÍTULO IV

La Navidad de Roberto.—Gente del Norte.

A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de Bernardo Santín, envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un zumbido suave.

Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta Esther y paso adentro.

—¿Y Bernardo?—preguntó Roberto.

—No ha venido en todo el día—contestó la ex institutriz.

—¿No?

—No.

Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo denunciaba allí la mayor miseria.

—¿Se han llevado la máquina?—preguntó Roberto.

—Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me aconseja usted que haga, Roberto?

Roberto paseó de un lado á otro del cuarto, mirando al suelo; de repente se detuvo ante Esther.

—¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?

—Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un camarada.

—Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no se si el consejo le parecerá á usted brutal...

—Diga usted.

—Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.

Esther calló.

—Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía, incapaz de vivir é incapaz de comprender á usted.

—¿Y qué voy á hacer?

—¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y de inglés. ¿Es que le sería á usted dolorosa la separación?

—No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido nunca.

—Entonces, ¿por qué se casó usted con él?

—Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día siguiente estaba arrepentida.

—Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna aventurera que quiere legitimar su situación con un nombre; luego, cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á una mujer ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre, aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar?

—No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión, tendría que contarle mi vida, desde que llegué á Madrid con mi madre. Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y buscaba lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas á todas horas, correteando por las calles para encontrar una plaza de institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que sentí la tentación de suicidarme, de echarme á la mala vida, de tomar una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el español y el inglés. Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta me recibe con los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata; si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada á pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi protectora, que comenzó á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba, se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de esto Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria á la que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas horas, me dijo que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad exquisita, un corazón de oro; que me adoraba. Efectivamente, recibí cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó mi imaginación, me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome casada se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio, Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las había dictado Fanny.

—¿Fanny dice usted?—preguntó Roberto.

—Sí; ¿la conoce usted?

—Creo que sí.

—Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me ha llevado á una situación aún peor que aquella en que me encontró. Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él citándole para mañana.

—Ha hecho usted mal, Esther.

—¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?

—¿Qué adelantará usted con eso?

—Vengarme; ¿le parece á usted poco?

—Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.

—No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin castigar su perfidia.

—¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?

—¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio? Además, en mí sería un derecho, no una falta.

—Haría usted además desgraciado á Oswald.

—¿No me han hecho desgraciada á mí?

Esther se hallaba presa de una gran excitación.

—¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?—le preguntó Roberto.

—Sí, creo que sí.

—Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?

—¡Sí!

—Es mi prima.

—¿Su prima de usted?

—Sí. Le advierto á usted que es muy violenta.

—Lo sé.

—Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte.

—Lo sé también.

—¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted, un hombre á quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí á usted fué porque me engañaron respecto á usted, y me dijeron que era usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse á oir tranquilamente esta confidencia.

—¿Y qué va hacer?

—Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un instrumento de venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.

—¿No perturbaron la mía?

—Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.

—No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.

—¿Cuál?

—El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted ha sido bueno para mí—murmuró Esther ruborizándose.

—No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted sí. Fanny es colérica.

—¿Quiere usted venir mañana?

—Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir?

—¿No es usted amigo mío?

—Sí.

—Entonces venga usted.

Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos, muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al encontrar solo á Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine, que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á escribir un libro, el Anti-latino, considerando los pueblos latinos como degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no había hecho nada. Francia tenía á su alrededor la muralla de la China; como ha dicho Björson: desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el mejor músico á Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin embargo, en Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por el estilo. Los escritores originales de París plagian á Nietzsche; los músicos latinos han copiado y saqueado á los alemanes; la ciencia francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza despreciable.

Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald. ¡Le parecía tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á quien citaba una mujer y hablaba de sociología!

Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le preguntó de sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto discretamente salió del taller y comenzó á pasear por el corredor.

—¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?—dijo Esther á Oswald.

—Sí, creo que sí.

—Me alegro.

—¿Por qué?

—Porque vendrá también ella.

—¿Tiene algo que ver en este asunto?

—Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?

—Sí, ya hace tiempo.

Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa. De pronto se oyó un campanillazo formidable.

—Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta.

Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.

—¿No me esperabas?—preguntó á Esther.

—Sí, sabía que vendría usted.

—¿Qué le quieres á Oswald?

—Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted que Oswald había engañado á una mujer para abandonarla después.

—¡Yo!—dijo con asombro el pintor.

—Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor despreciable y sin talento.

Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.

—Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos—siguió diciendo Esther dirigiéndose á Oswald—no dejó ocasión de hablar mal de usted, de insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba á usted como un malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...

—¡Mientes, mientes!—gritó Fanny con voz chillona.

—Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había cometido conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer, valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.

—Pero usted me escribió una carta—dijo Oswald.

—Yo, no.

—Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras.

—No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería á todo trance apartarle á usted de mí.

—¡Oh! Ha matado mi vida—exclamó Oswald de un modo enfático, y se sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de la silla y comenzó á pasear de un lado á otro del cuarto.

—Esta es la verdad, la pura verdad—afirmó Esther—, y quería que la supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.

—¡Ha matado mi vida!—repitió Oswald con su tono enfático.

—Ella. Ha sido ella.

—Te mataré—gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos á Esther.

—¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?—preguntó Oswald.

—Sí.

—Ahora ¿podrá usted oirme?

—Ahora, ja... ja...—rió Fanny—; ahora tiene un amante.

—No es cierto—exclamó Esther.

—Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo puedes negar.

—¡Ah! Estaba aquí hace un momento—dijo Oswald.

—No es mi amante, es un amigo.

—¿Pero por qué le has llamado á Oswald?—gritó Fanny con rabia—. ¿Es que le quieres?

—¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con la vida de los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he vengado.

—Te mataré—volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á Esther.

—¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada.

Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y violentamente la hizo separarse de Esther.

—¡Ah! ¿Eres tú, Bob?—dijo Fanny serenándose inmediatamente—; has venido á tiempo; iba á matarla.

La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema de ajedrez. Fanny quería á Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y Esther no sentía inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos análisis psicológicos que no conducían á nada. Había obscurecido; Esther encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba en frío; Oswald hablaba monótonamente.

—Se tú el árbitro—dijo Fanny á Roberto.

—Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido á Esther un perjuicio material grandísimo.

—Estoy dispuesta á indemnizarla.

—Yo nada quiero de usted—exclamó Esther.

—No; perdone usted—dijo Roberto—, perdone usted que tercie en este asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido tranquilamente; por tu culpa se ve así.

—Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla.

—Yo he dicho también que no quiero nada de usted.

—No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana podré verte, Fanny?

—Toda la tarde te esperaré.

—Está bien; trataremos de ese asunto.

Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y tendió la mano á su primo.

—¿Sin rencor?—le preguntó Roberto.

—Sin rencor—afirmó ella dando una sacudida violenta á la mano de Roberto.

Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron solos en el taller.

—¿Sabe usted una cosa?—dijo Roberto riendo.

—¿Qué?

—Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.

—Me abandona usted, Roberto—murmuró Esther con melancolía.

—No; vendré mañana á ver á usted.

—No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.

—¿No le parece á usted peligroso?

—¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí?

—Para los dos quizá.

—¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me moleste.

—No le molestará ya más.

—Lléveme usted de aquí á cualquier parte.

—Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en conseguir mis fines.

—¿Y yo entro en todo lo demás?

—Sí, porque si no me desviaría de mi camino.

—Es usted inflexible.

—Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal, trabajador, á quien llegaría usted á querer; ese hombre ha resultado un miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.

—Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza porque nadie le atiende, yo sigo adelante.

—Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición? ¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es así.

—No hay salvación; mi vida está aniquilada—murmuró Esther con la mirada brillante.

—No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.

Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.

—Adiós; trataré de seguir sus consejos—y le tendió su mano.

Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.

Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño que implora:

—¡Oh, no se vaya usted!

Roberto volvió.

—Yo no le desviaré de su camino—exclamó Esther—. Lléveme usted de aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.

—Vamos—murmuró Roberto emocionado—. ¿No le va usted á avisar á Bernardo?

Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó á Roberto que esperaba á la puerta.

—Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por compromiso, no—dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.

—Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos—repuso él con cariño. Ella entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de la frente, la besó con dulzura.

—No, así no, así no—exclamó Esther temblando, y agarrando á Roberto por las muñecas le presentó los labios.

Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó á su cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la cabeza á los pies.

—¿Vamos?

—Vamos.

Salieron de casa.

Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la mano, murmuraba:

—¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre?

CAPÍTULO V

Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón.—La iniciación del amor.

La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos huérfanos recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la Salvadora y el chiquitín entraron á formar parte de la familia.

Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.

—La chica esta no nos va á dejar vivir—decía Jesús.

La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez más sombrío y más tétrico.

Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la imprenta, Jesús le preguntó á Manuel:

—Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?

—¡Pse!

—¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?

—¿Y qué le vas á hacer?

—Cualquier cosa preferiría yo á esto.

—¡Si estuvieras solo como yo!

—La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir—dijo Jesús.—En la primavera—añadió—tenían que hacer los dos un viaje á pie por los caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.

Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por delante de ellos una estudiantina tocando un alegre paso doble. Empezaba á nevar; hacía mucho frío.

—¿Vamos á cenar hoy bien?—dijo Jesús.

—En casa nos estarán esperando.

—¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la vida pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?

Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras cenaban, hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.

—Ahora hay que ir al baile del Frontón—murmuró Jesús con voz estropajosa á los postres—. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga juerga!, y la imprenta pa el gato.

—Eso es—repetía Manuel—, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla. ¡Anda, tú!

Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en una taberna á tomar dos copas.

Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán, y allí se empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le echaban fuego.

—Anda, vamos—le dijo á Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle; pero se decidió por marcharse y dejó á Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de la taberna.

Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante sus ojos, le mareaban. Llegó á la Puerta del Sol. En la esquina de la Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía á hablar con los hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.

Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa.

—Tú, ¿qué haces?—le dijo Manuel bruscamente.

—¿No lo ves? Vender Heraldos.

—¿Y nada más?

Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:

—Y jugar.

Manuel estaba con el corazón palpitante.

—¿No tienes novio?—la dijo.

—No quiero chulos.

—¿Por qué no?

—Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten, además, de palos. Sí, sí...

—¿Cuánto quieres por venir conmigo?

—¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!

—¿Que no?

—Vaya que no.

—Yo tengo—murmuró Manuel con jactancia—cinco duros para tirarlos y tú no me sirves á mí para nada.

—Y tú á mí ni pa la limpieza.

—Oye—añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y le dió un empellón.

—Vamos, ¡quita, asaúra!—gritó ella.

—No quiero.

—Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?

—Si quieres te convido á café—y Manuel hizo sonar el dinero en su bolsillo.

La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les siguió.

—¿Este perro es tuyo?

—Sí.

—¿Cómo se llama?

—Sevino.

—¿Y por qué le llamas así?

—Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.

Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa próxima á una puerta que daba á un callejón.

La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba á las dos; para cuando ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta el anochecer; vendía una mano de Heraldos y diez Corres, y luego... lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y cuando ésta suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas.

Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin comprender apenas lo que le hablaban.

Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado á quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.

La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un puesto de periódicos, que prestaba un duro á los chicos que vendían el Blanco y Negro por la mañana, y que por la noche le tenían que devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.

Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, aunque ya no recordaba dónde.

—Vamos á ese baile—dijo.

—¿A cuál? ¿Al del Frontón?

—Sí.

—Hale.

Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.

Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.

Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez ó doce puntos brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, centelleaban de un modo deslumbrador.

Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas desocupado.

Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.

Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media docena de máscaras. Se generalizó el baile; á la luz fría y cruda de los arcos voltaicos se veía á las parejas dando vueltas hombres y mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si asistieran á un entierro.

Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó de cólera.

A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo ó gritaba desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.

Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con aspecto petulante y la mirada agresiva.

Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y que se les enredaban al pasar.

Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna mujer guapa, gritando con una voz aniñada:

—¡Olé ahí! ¡Vaya caló!

—Adiós, Manolo—oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con una máscara elegante, muy ceñido á ella.

—Vete á verme mañana—dijo Vidal.

—¿A dónde?

—A las siete de la noche en el café de Lisboa.

—Bueno.

Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de tocar en un intermedio.

—¿Vamos?—preguntó Manuel á la muchacha.

—Sí, vamos.

Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico. Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.

Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle de Correos, y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un farol grande con una luz muy triste.

Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura desaparecieron...

CAPÍTULO VI

La nieve.—Otras historias de don Alonso.—Las Injurias. El Asilo del Sur.

Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á pierna suelta. Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.

Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín jugaba en el suelo.

—¿Y Jesús?—preguntó Manuel.

—¡Tú lo sabrás!—contestó la Salvadora, con una voz colérica.

—Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo... Manuel se esforzó en inventar una mentira.—Quizás esté en la imprenta—añadió.

—No, en la imprenta no está—replicó la Salvadora.

—Le buscaré.

Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.

—Aquí estuvo—contestó el mozo—hasta que se cerró la taberna. Luego se fué, hecho un pepe, no sé á dónde.

Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día siguiente á la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una inercia imposible de vencer.

En el corredor se encontró con la Salvadora.

—¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?—le dijo.

—No.

—Bueno, pues no vuelvas más por aquí—añadió la muchacha, encolerizada—; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y si le ves á Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.

Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la nieve; el agua negra corría por el arroyo.

Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía á Vidal; pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué á pasear por las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por una irradiación luminosa.

Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama.

—Mañana voy á la imprenta—se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy temprano, con este propósito; se levantó, se acercó á la imprenta, y, al ir á entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un escándalo, y no entró.—Si no es ahí, encontraré trabajo en otra parte—pensó, y volviendo por sus pasos se fué á la Puerta del Sol, después á la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.

Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no resonaban en el suelo.

Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa blanca.

Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se asomó á ella y preguntó al maquinista por Jesús.

—Menuda bronca le ha echado el amo—le contestó.

—¿Le ha despedido?

—No que no. Anda, sube tú ahora.

Manuel, que iba á subir, se detuvo.

—¿Se fué ya Jesús?

—Sí. Estará en la taberna de la esquina.

Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus pensamientos sombríos.

—¿Qué haces?—le preguntó Manuel.

—¡Ah! ¿Eres tú?

—Sí; ¿te ha despedido el Cojo?

—Sí.

—¿Estabas pensando en algo?

—¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á tomar unas copas.

—No, yo no.

—Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.

Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.

—Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una chillería de dos mil demonios.—dijo Manuel—¡Vaya un genio que tiene!

—¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de que la chiquita esté en casa, porque así le defiende á la Fea, que es más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda de la quincena?—preguntó el cajista á Manuel.

—¿A mí? ni un botón.

Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le quería como á un hermano.

—Y, ¡maldito sea el veneno!—concluyó diciendo—, si yo no soy capaz de hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.

Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto á todo.

Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron otras copas de aguardiente.

Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos completamente borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, reclamándoles á ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que pagaban ó se marchaban á la calle, y el cajista la replicó que les echara si se atrevía.

La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso á los dos en la calle.

—Rediós ¡con el sexo débil!—murmuró Jesús—. A esto le llaman el sexo débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.

Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío.

De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les tiraba una bola de nieve.

—¿De quién se reirán?—pensaba Manuel.

La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio, dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose; danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave desprendido del cuello de un cisne.

A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores, las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.

Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.

—El sexo débil. ¿Eh, Manuel?—siguió Jesús con su idea fija—, y á uno le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... ¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?... todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa... el sexo débil... pues cógela y te hielas.

Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde entonces perdieron ya la conciencia de sus actos...

 

A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.

Jesús tosía de una manera horrible.

—Estáte tú aquí—le dijo Manuel.—Voy á ver si encuentro algo que comer.

Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los hombros y le decían:

—Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?

Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.

Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él.

—No hay que apurarse; ya vendrá la buena—murmuró el Hombre Boa.—¿Tú tienes algún sitio á dónde ir?

—Una tejavana.

—Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los tres.

Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró hacer fuego dentro del cobertizo.

Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en América...»

—Una vez en América—(y esta historia es la menos insubstancial de las que contó)—íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos carabineros y soldados yanquis.

Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm... búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y graznidos de aquella gente.

Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:—¿Quién es esa señora?—Es la reina—me dijo—, y desea un poco más de música. Yo la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda: «Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo hice lo mismo: ¡Muy señora mía!

Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el programa. Yo era el director.—Hay que hacer el «Indio á caballo»—me dije—; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo conocerán. Luego sacaré equiyeres, acróbatas, equilibristas, pantomimistas, y al último los clauns, que darán el golpe. Al que iba á hacer el «Indio á caballo» le advertí:—Mira, tú ponte lo más parecido á ellos.—Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!

Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por encima de su cabeza.

—El «Indio á caballo»—prosiguió don Alonso—se ganó los aplausos de los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los clauns. Ahora sí que va á haber jaleo—pensé yo—; y, efectivamente, no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se divierten!—pensaba yo—, cuando viene un mozo á decirme:—¡Señor director!, ¡señor director!—¿Qué pasa?—El público entero se va.—¿Qué se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los clauns, y creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función. Entro en la pista, y saco á los clauns á trompicones. Luego, para quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.

Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento silbaba y gemía á lo lejos.

Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los truenos.

—¡Vaya una tempestad!—murmuró Jesús.

—¡Las tempestades de tierra!—replicó don Alonso—. ¡Valiente filfa! Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en América...

Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les sacaba la pecera.

No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de sitio, porque entraba el agua por el tejado...

A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, husmeaban en los montones de basura.

Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del Príncipe Pío.

Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y Manuel fueron partidarios de no entrar allá.

Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.

El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de golfos.

Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo. Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas muertas y secas.

Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste; á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros marchaban por el Arroyo de Embajadores.

Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y de la miseria.

—Si los ricos vieran esto, ¿eh?—dijo don Alonso.

—Bah, no harían nada—murmuró Jesús.

—¿Por qué?

—Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de hambre, le quita usted la mitad de su dicha.

—¿Crees tú eso?—preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro.

—Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente, mientras nosotros...

Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara mal de los ricos.

Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla del cigarro en la boca...

Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la casa desalquilada y los echó de allí.

Los días siguientes, Manuel y Jesús—el titiritero había desaparecido—se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en un convento ó en un asilo, iban viviendo.

La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias fué un día de Marzo.

Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos, en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.

Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes, hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal aspecto en grupos de tres y cuatro.

Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los Tres Ojos.

Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la derecha, camino de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera, le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.

Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron en el Asilo.

La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...

Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.

Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala.

—Aquí no corre tanto el aire—dijo un viejo mendigo que se preparaba á tenderse cerca de Manuel.

Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané.

—¡Qué tunantes sois!—les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel—. Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe!

—¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!—replicó uno de los golfos.

—Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el tambor—dijo otro.

—¡Granujas! ¡Golfos!—murmuró el viejo con ira.

Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral de tela y lo dejó en el suelo.

—Es que estos granujas nos desacreditan—explicó el viejo—; el año pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una cañería.

Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.

Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo del esplendor de la vida pasada.

La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.

Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad oficial.