Jamás sin dolor profundo produjo el hombre obras verdaderamente bellas.
Disfraz abominable y losa fúnebre son las sonrisas y los pensamientos cuando se vive sin patria, o se ve en garras enemigas un pedazo de ella: un vapor de embriaguez perturba el juicio, sujeta la palabra, apaga el verso, y todo lo que produce entonces la mente nacional es deforme y vacío, a no ser lo que expresa el anhelo de las almas.
¿Quién siente mejor la ausencia de un bien que el que lo ha poseído y lo pierde?
Los que no creen en la inmortalidad creen en la historia.
Es necesario elevarse como los montes para ser vistos de lejos.
La falta de proporción parece indispensable a la grandeza.
Como la montaña, la vida del hombre que perdura ha de ser selvática, enmarañada: acá una cripta, allá un roble, por allá una enredadera; incorrecta, abrupta, rugosa.
La pasión es una nobleza.
Los apasionados son los primogénitos del mundo.
Los fuertes doman la pasión; pero en cuanto logran extinguirla, cesan de ser fuertes.
Hasta para ser justo se necesita ser un poco injusto.
La fama es premio justo de quien tiene el valor de sacrificar el grato sigilo de su persona a la idea que defiende.
Donde el virtuoso se recata, el ambicioso vence.
La justicia manda reconocer que el mundo adelanta por la obra unida, hostil en la apariencia e idéntica en el fondo, de la ambición y la virtud.
Triunfa de lado la virtud en la política, pero nunca de un modo directo y absoluto.
El alma, es verdad, va por la vida como en la cacería la cierva acorralada, sin tiempo para despuntar los retoños jugosos, o aspirar el aire vivífico, o aquietar la sed en aquel arroyuelo del bosque que corre entre las dos riberas verdes, luz de rretida, joya líquida, discurso de la naturaleza que fortifica y alecciona por donde pasa. En cuanto el alma asoma, un escopetazo la echa abajo: para vivir, hay que esconderla donde no nos la sospechen, y en las horas de soledad, en las horas de lujo, sacarla a la luz tenue, como el relicario que guarda la efigie de la mujer querida, y llorar sobre ella, acariciarle la cabellera pegada a las sienes, aquietarle la mirada ansiosa, y decirle con la voz de los desesperados: "¿cuándo acabaremos, alma?"
Todo vivo, que debiera ser un aroma, es un cómplice; y la existencia es más feliz mientras son más numerosas y francas las complicidades.
Todo es símbolo y síntesis, y hay que ir a buscar la raíz de todo.
Morir, ¿no es volver a lo que se era en principio?
V
El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso, aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado, es siempre hermoso.
Nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre.
Los niños son los que saben querer; los niños son la esperanza del mundo.
Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían.
Para escribir bien de una cosa hay que saber de ellas mucho.
Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo.
Es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar, porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas.
Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía.
Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado.
Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado.
Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país donde nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado.
El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado.
El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón.
Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para ser dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama.
Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor.
En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz.
Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarle a los hombres su decoro.
Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.
Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto.
Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad.
Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.
Un escultor es admirable porque saca una figura de la piedra bruta: pero esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres.
La palabra de un hombre es ley.
La fortuna es ciega y favorece a los necios.
La fuerza no sirve para todo.
De los casamientos no se puede decir al principio, sino luego, cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados se ayudan y quieren bien, o si son egoístas y cobardes.
Tener talento es tener buen corazón.
Todos los pícaros son tontos.
Los buenos son los que ganan a la larga.
Los hombres son soberbios y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o más inteligente que ellos.
Son los hombres los que inventan los dioses a su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente, con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que las ha creado y las adora en los templos.
El hombre se ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y siente la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida.
Los países no se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el modo con que quiere que lo gobiernen.
Los pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reirse mucho y dar gritos y saltos.
En la vida no se puede hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una locura.
Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo.
Con la imaginación se ven cosas que no se pueden ver con los ojos.
La superstición y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos los pueblos.
El mundo tiene más jóvenes que viejos.
Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste.
Cada ser humano lleva un ser ideal, lo mismo que cada trozo de mármol contiene en bruto una estatua, tan bella como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo.
La educación empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte.
La mente cambia sin cesar, y se enriquece y perfecciona con los años.
Las cualidades esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre, se dejan ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una mirada.
Todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia, por respeto a sí propio y al mundo.
Lo general es que el hombre no logre en la vida un bienestar permanente sino después de muchos años de esperar con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca.
El ser bueno da gusto y lo hace a uno fuerte y feliz.
La fuerza del genio no se acaba con la juventud.
Nadie debe morirse mientras pueda servir para algo.
La vida es como todas las cosas, que no debe deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer.
Así es la vida, no cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer.
Los niños debían juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quién podían hacerle algún bien, todos juntos.
Mejor es morir abrasado por el sol que ir por el mundo, como una piedra viva, con los brazos cruzados.
Los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza con su virtud o les estorba las ganancias.
El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre solo.
Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar.
Se es bueno porque sí; y porque allá dentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los demás.
Los hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar, ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar otros.
Los hombres cada uno cree que sólo lo que él piensa y ve es la verdad.
Todos los hombres tienen la misma pena, y la historia igual, y el mismo amor.
El mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.
Es un presumido el que se crea más sabio que la naturaleza.
Los pueblos que se cansan de defenderse llegan a halar, como las bestias, del carro de sus amos.
A los pueblos pequeños les cuesta mucho trabajo vivir.
Con lanzas no se puede pelear contra balas.
La vida no es propiedad del hombre, sino préstamo que le hizo la naturaleza.
Morir no es más que volver a la naturaleza de donde se vino y en la que todo es como hermano del hombre.
No hay gusto mayor, no hay delicia más grande que la vida de un hombre que cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas.
La vida es toda de dolor; y el dolor viene de desear, y para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo.
El hombre no ha de descansar hasta que no entienda todo lo que ve.
Los hombres somos como el león del mundo, y como el caballo de pelear, que no está contento ni se pone hermoso sino cuando huele batalla, y oye ruido de sables y cañones.
La mujer es como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado y cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que las flores.
Con el elefante sucede como con las gentes del mundo, que porque tienen hermosura de cara y de cuerpo las cree uno de alma hermosa, sin ver que eso es como los jarrones finos, que no tienen nada dentro, y una vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras polvo.
A los niños no se les ha de decir más que la verdad, y nadie debe decirles lo que no sepa.
Hay gente loca, y es la que dice que no es verdad sino lo que se ve con los ojos.
Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar, y hacer que la electricidad, que mata en un rayo, alumbre en la luz.
La vida de tocador no es de hombres.
VI
¿Qué es ver la luz y celebrarla de lejos, si se la huye de cerca?
¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer?
¿Qué es ver caer la torre deshecha sobre el pueblo amado, y tener al pueblo por la espalda, como la celestina a la novicia dolorosa, para que le caiga mejor la torre encima?
¿Qué es aborrecer al tirano, y vivir a su sombra y a su mesa?
¿Qué es predicar en voz alta o baja, la revolución, y no componer el país desgobernado para la revolución que se predica?
¿Qué es la gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión, y el cauce abierto para cuando la llama se desborde, y el cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?
Lo más del hombre, y lo mejor, suele ser lo que en él sólo ven a derechas quienes como él padezcan y anhelen.
Los pueblos, injustos en la cólera o el apetito, y crédulos en sus horas de deseo, son infalibles a la larga.
De luz se han de hacer los hombres, y deben dar luz.
De la Naturaleza se tiene el talento, vil o glorioso, según se le use en el servicio frenético de sí, o para el bien humano; y de sí elabora el hombre, aquilatándose o reduciéndose, el mérito supremo del carácter.
Unos están en el mundo para minar; y para edificar están otros.
La pelea es continua entre el genio albañil y el genio roedor.
Unos trabajan con la uña y el diente, otros con la cuchara y el nivel.
Cuando, con el corazón clavado de espinas, un hombre ama en el mundo a los mismos que lo niegan, ese hombre es épico.
Con independencia, en hombres como en pueblos, la mayor humildad es corona; y sin ella el genio mismo va de saltimbanqui, y la virtud, de verse incapaz, se vuelve ponzoña.
Honrar a la patria es una manera de pelear por ella.
El lacayo muda de amo y se alquila al señor de más lujo y poder. El hombre de pecho libre niega su corazón a la libertad egoísta y conquistadora y adivina que el triunfo del mundo, más que en los edificios babilónicos caedizos, reside en la abundancia de generosidad, en aquella pasión plena del derecho que lleva a respetar el ajeno tanto como el propio.
Los compromisos de los gobiernos, ligados a veces por la prudencia con respetos que lastiman su corazón, son acaso menos eficaces que la simpatía irresponsable y ambiente del pueblo decidido a favorecer en sus alrededores el triunfo de la libertad.
Lo que la cancillería, ahita de tratados de paz y respeto, no puede a veces intentar, lógralo, sin que se le pueda poner la mano encima, la ayuda secreta del alma del país, que alienta el brazo alzado contra los tiranos.
Las alianzas que contraen de sí propias las almas de los pueblos y se firman por los más puros de sus hijos ante el altar en que las mujeres y las niñas ofrendan flores a un hombre que sólo fué poderoso por el entendimiento y la bondad, son más duraderas y apetecibles que los contratos que suelen ajustar las necesidades políticas y los intereses.
De hombres tiernos y creadores necesita el mundo, que con las mieles de su corazón vayan cerrando las heridas que tiene que abrir en el bosque nuevo el hacha.
Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen.
Como con el agua fuerte se ha de ir tentando el oro de los hombres.
Que se marque al que no ame, para que la pena lo convierta.
Más bello será vivir en el lazo de los mundos, con la libertad fácil en un país rico y trabajador, como pueblo representativo y propio, donde se junta al empuje americano el arte europeo que modera su crudeza y brutalidad, que rendir el alma nativa, a la vez delicada y fuerte, a un espíritu nacional ajeno que contiene sólo uno de los factores del alma de la isla—que vaciaría en la isla pobre y venal los torrentes de su riqueza egoísta y corruptora—, que convertiría un pueblo fino y de glorioso porvenir en lo que Inglaterra ha convertido el Indostán.
¿Adónde, sino en las tumbas y en la miseria, están los hombres útiles?
Abrazo sea el mar, y uno los cubanos de la Isla y los de afuera.
Así se alzan los pueblos: no apedreándose las casas de acera a acera, ni recortándose los méritos como cortesanos envidiosos, sino reconociendo el mérito a pleno corazón, convidando a la virtud por el estímulo del respeto con que se la premia, juntándose los hombres en una casa sola, para venerar y amar.
Juntarse: esta es la palabra del mundo.
Como se apartan los ojos de las villanías, para que la piedad del silencio ayude a hacerlas menos feas y aborrecibles, así se ha de volver los ojos a los espectáculos de la virtud, para que se mantenga o reviva la esperanza en el alma de los hombres.
Suele la imprevisión humana tener a mal que el hombre bueno propague la justicia y salude el talento y la virtud, sin subir o bajar más el sombrero porque el padre del hombre virtuoso haya nacido en África o Europa; ¡pues si nació en África esclavo y de su esclavitud sacó al hijo que se hombrea con el hijo de los libres, mayor es la dificultad vencida, y más bajo debe ir el sombrero!
El peligro de educar a los niños fuera de su patria es casi tan grande como la necesidad, en los pueblos incompletos e infelices, de educarlos donde adquieran los conocimientos necesarios para ensanchar su país naciente, o donde no se les envenene el carácter con la rutina de la enseñanza y la moral turbia en que caen, por la desgana y ocio de la servidumbre, los pueblos que padecen en la esclavitud.
Es grande el peligro de educar a los niños afuera, porque sólo es de padres la continua ternura con que ha de irse regando la flor juvenil, y aquella constante mezcla de la autoridad y el cariño, que no son eficaces, por la misma justicia y arrogancia de nuestra naturaleza, sino cuando ambas vienen de la misma persona.
No se ha de criar naranjas para plantarlas en Noruega, ni manzanos para que den fruto en el Ecuador, sino que al árbol deportado se le ha de conservar el jugo nativo, para que a la vuelta a su rincón pueda echar raíces.
La naturaleza del hombre es por todo el universo idéntica, y tanto yerra el que suponga al hombre del Norte incapaz de las virtudes del del Mediodía, como el de corazón canijo que creyese que al hombre del Sur falta una sola siquiera de las cualidades esenciales de los hombres del Norte.
Los hábitos prolongados crían en los hombres, y en los pueblos, tal modificación en la expresión y funciones de la naturaleza, que, sin mudarla en lo esencial, llegan a ser imposibles al hombre de una región con cierto concepto de la vida y ciertas prácticas, la dicha del contento y el éxito del trabajo en otra región de prácticas y concepto de vida diferentes.
Un país muy poblado y frío, donde la agria necesidad aguza y encona la competencia entre los hombres, cría en éstos costumbres de egoísmo necesario que no se avienen con la franqueza y el desinterés propios e indispensables en las tierras abundantes, donde la población escasa permita aún el acercamiento y grata obligación de la vida de familia.
El fin de la educación no es hacer al hombre nulo, por el desdén o el acomodo imposible al país en que ha de vivir, sino prepararlo para vivir bueno y útil en él.
Un pueblo crea su carácter en virtud de la raza de que procede, de la comarca en que habita, de las necesidades y recursos de su existencia y de sus hábitos religiosos y políticos.
La diferencia entre los pueblos fomenta la oposición y el desdén.
La superioridad del número y del tamaño, en consecuencia de los antecedentes y de las oportunidades, cría en los pueblos prósperos el desprecio de las naciones que batallan en pelea desigual con elementos menores o diversos.
La educación del hijo de pueblos menores en un pueblo de carácter opuesto y de riqueza superior, pudiera llevar al educando a una oposición fatal al país nativo donde ha de servirse de su educación—o a la peor y más vergonzosa de las desdichas humanas, al desdén de su pueblo—, si al nutrirlo con las prácticas y conocimientos ignorados o mal desenvueltos en el país de su cuna, no se le enseñaran, con atención continua, en lo que se relacionan con él y mantienen al educando en el amor y respeto del país adonde ha de vivir.
¿A qué adquirir una lengua, si ha de perturbar la mente y quitarle la raíz al corazón?
El carácter pujante y respetado, triunfa del desierto y la noche de la vida extranjera.
Es hermoso ver luchar a un hombre honrado; verlo padecer, puesto que del espectáculo de su dolor se sacan fuerzas para oponerse a la maldad.
A los hombres los reúne el vicio o la virtud.
Hay blancos y negros tan juntos por la virtud, que no será posible separarlos sin separarlos antes de sus propias entrañas.
Lo dominante es el amor.
La patria está hecha del mérito de sus hijos, y es riqueza de ella cuanto bueno haga un hijo suyo, sobre todo si trabaja en lo que ya han brillado otros y lo de él resulta más útil y completo que lo de sus predecesores.
Lo que importa en poesía es sentir, parézcase o no a lo que haya sentido otro; y lo que se siente nuevamente, es nuevo.
A la vida se le van cayendo los velos poco a poco, y cuando se conoce y rehuye lo de verboso e inútil que hay en ella, vuelve como una ingenuidad al corazón, que en los hombres sensibles y adoloridos se refleja, a la tarde de los años, en la sencillez de la poesía.
Guerra es pujar, sorprender, arremeter, revolver un caballo que no duerme sobre el enemigo en fuga, y echar pie a tierra con la última victoria.
En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay una poesía para mucho; todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia aparente de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia.
Agradecer es un gusto.
Los hombres siempre se están cayendo, es verdad, pero ven a uno que anda firme, y de la vergüenza todos le siguen andando.
El genio no puede salvarse en la tierra si no asciende a la dicha suprema de la humanidad.
La personalidad individual sólo es gloriosa y útil a su poseedor cuando se acomoda a la persona pública.
El hombre, como hombre patrio, sólo lo es en la suma de esperanza o de justicia que representa.
Cuando la patria aspira, sólo es posible aspirar para ella.
Los hombres secundarios, que son aquellos en quienes el apetito del bienestar ahoga los gritos del corazón del mundo y las demandas mismas de la conciencia, pueden vivir alegres, como vasos de fango repintado, en medio de la deshonra y la vergüenza humanas. Los hombres que vienen a la vida con la semilla de lo porvenir y luz para el camino, sólo vivirán dichosos en cuanto obedezcan a la actividad y abnegación que de fuerza fatal e incontrastable traen en sí.
Debe el hombre reducirse a lo que su pueblo, o el mayor pueblo de la humanidad, requiera de él, aunque para este servicio sumo, por la crudez de los menesterosos, sacrifique al arte difícil de componer para la dicha social los elementos burdos de su época, el arte, en verdad ínfimo, de sacar a pujo la brillantez de la persona, ya esmerilando la idea exquisita, que viene mareada del universo viejo, ya levantando, a fuerza de convulsiones inmorales, una vulgar fortuna.
El odio canijo ladra y no obra.
Sólo el amor construye.
Se aborrece a los viles, y se ama, con las entrañas todas, a los hombres pudorosos y bravos.
Cuando se vive en villanía, no hay más que un pensamiento honrado, que ha de morder el corazón hasta que estalle y triunfe, y de quemarlo como una llaga, y de despertarlo en el reposo inmerecido: y es el de echar la villanía abajo.
En la deshonra, en la usurpación insolente del suelo en que se nació y del espacio en que pudieran abrir las alas nuestras facultades; en el comercio, hediondo como el pus, con la ralea que roba a nuestra tierra los frutos de su suelo y el decoro de sus hijos, y los corrompe y empobrece, sólo una especie de hombres puede vivir sin la perenne idea de mudarle el aire al cielo impuro: los hombres deshonrados.
Hombres hay para el pesebre, que viven de estrujar y de engullir; hombres de corral, a la verdad, que en el cieno están bien, que es blando y engorda.
Por el desinterés son bellos los hombres; y feos, y aun abominables, por el interés excesivo, que de la legítima prudencia sacan excusa para la inactividad y la avaricia.
Como con bubas en el rostro y jorobas en la espalda, andan por el mundo los que en las penas de él, y a la hora en que trabajan por remediarlas los corazones poderosos, pasan de prisa y como escondidos por donde el deber labra y padece, para que el deber no les sienta el paso egoísta y no les pida una migaja de su pan.
La lisonja inútil del mundo acaba tal vez en la tumba.
No hay cuenta que no se pague en la naturaleza armoniosa y lógica; y para no llevar como una cadena al pie el deber desatendido, cúmplase el deber, por la ventaja mundana y moral que hay en cumplirlo, y llévese como título y como ala.
El mundo es patético, y el artista mejor no es quien lo cuelga y recama, de modo que sólo se le vea el raso y el oro, y pinta amable el pecado oneroso, y mueve a fe inmoral en el lujo y la dicha, sino quien usa el don de componer, con la palabra o los colores, de modo que se vea la pena del mundo y quede el hombre movido a su remedio.
Negarse y recogerse en sí, y huir de la necesidad del mundo, y adularle el poder, es el pálido oficio de las almas inferiores.
Ámese al hombre entusiasta y desinteresado.
VII
Un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército.
Quien no sabe excusar y admirar, es ínfimo.
Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene de más cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno y más fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor y más naturalmente en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o gusto.
Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer.
No hay más viejos que los egoístas.
El egoísta es dañino, enfermizo, envidioso, desdichado y cobarde.
A esa literatura se ha de ir: a la que ensancha y revela, a la que saca de la corteza ensangrentada el almendro sano y jugoso, a la que robustece y levanta el corazón.
El mundo es fuerte y bello por los amigos.
El pueblo más grande no es aquel en que una riqueza desigual y desenfrenada produce hombres crudos y sórdidos y mujeres venales y egoístas; pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras.
La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce.
Todo trabajador es santo y cada productor es una raíz; y al que traiga trabajo útil y cariño, venga de tierra fría o caliente, se le ha de abrir hueco ancho, como a un árbol nuevo.
Honran y sirven a su pueblo los que, aun fuera de justa medida, premian en nombre de él la fe en su porvenir y la fidelidad a sus ideales.
De la transfusión de la sangre mueren los enfermos, cuando no es sangre afín.
Venérese a los hombres de religión, sean católicos o tarahumaras; todo el mundo, lacio o lanudo, tiene derecho a su plena conciencia; tirano es el católico que se pone sobre un indú, y el metodista que silba a un católico.
Hállenos de escudo suyo el criollo a quien se impida negar, y el católico a quien se impida afirmar.
El hombre sincero tiene derecho al error.
El gobierno es la equidad perfecta y la serenidad.
Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos en el goce de la tierra trabajada—y de su idea libre, que ahorra sangre al mundo—, si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño a un lado, o se le abre en dos y se pasa; y así se entra, por sobre el hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino.
El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre.
Es culpable el que ofende a la libertad en la persona sagrada de nuestros adversarios, y más si los ofende en nombre de la libertad.
Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con tenerla a los que no la poseen.
Quien se da a los hombres es devorado por ellos...; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra.
Unos perciben la composición del detalle, y son los que analizan y como los soldados de la inteligencia; y otros descubren la ley del grupo, y son los que sintetizan y como los legisladores de la mente.
Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí la faena.
Si se es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser rico.
¡Cuánta batalla ganada supone la riqueza! ¡y cuánto decoro perdido! ¡y cuántas tristezas de la virtud y triunfos del mal genio! ¡y cómo, si se parte una moneda, se halla amargo, y tenebroso, y gemidor su seno!
Los románticos han pecado sólo por su caballeroso exceso de fidelidad a aquella época de renovación sublime.
El hombre, que lleva lo permanente en sí, ha de cultivar lo permanente; o se degrada y vuelve atrás en lo que no lo cultive.
A lo transitorio se esclavizan y venden los que no saben descubrir en sí lo superior y perdurable.
Hay hombres hechos, por su ruin natural, para que se acuesten sobre ellos.
No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, con su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre. A veces está el hombre listo y no lo está su pueblo. A veces está listo el pueblo y no aparece el hombre.
El que anda, vence.
Hay que obligar a la gente a pensar, que es trabajo que suele agradar menos a los petimetres literarios y políticos que el de ponerle colorines y floripondios a la fachada de la historia.
Para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria.
Los gobiernos perfectos nacen de la identidad del país y el hombre que lo rige con cariño y fin noble, puesto que la misma identidad es indispensable, por ser en todo pueblo innata la nobleza, si falta al gobernante el fin noble.
Lo primero que ha de hacer el hombre público, en las épocas de creación o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que valga ella a la patria.
Las batallas se ganan entre ceja y ceja.
La grandeza de los caudillos no está, aunque lo parezca, en su propia persona, sino en la medida en que sirven a la de su pueblo; y se levantan mientras van con él, y caen cuando la quieren llevar detrás de sí.
A lo que se ha de estar no es a la forma de las cosas, sino a su espíritu.
Lo real es lo que importa, no lo aparente.
En la política, lo real es lo que no se ve.
La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos.
A todo convite entre pueblos hay que buscarle las razones ocultas.
Ningún pueblo hace nada contra su interés; de lo que se deduce que lo que un pueblo hace es lo que está en su interés.
Si dos naciones no tienen intereses comunes, no pueden juntarse. Si se juntan chocan.
Los pueblos menores, que están aún en los vuelcos de la gestación, no pueden unirse sin peligro con los que buscan un remedio al exceso de productos de una población compacta y agresiva, y un desagüe a sus turbas inquietas, en la unión con los pueblos menores.
Los actos políticos de las repúblicas reales son el resultado compuesto de los elementos del carácter nacional, de las necesidades económicas, de las necesidades de los partidos, de las necesidades de los políticos directores.
Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podrá hacerlo con prisa el estadista ignorante y deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas ideas, podrá recibirlo como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir y ha de decir qué elementos componen el carácter del pueblo que convida y el del convidado y si están predispuestos a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no que los elementos temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende con peligro del invitado; ha de inquirir cuáles son las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus partidos, y los intereses de sus hombres, en el momento de la invitación.
Un pueblo crece y obra sobre los demás pueblos en acuerdo con los elementos de que se compone.
La acción de un país, en una unión de países, será conforme a los elementos que predominen en él, y no podrá ser distinta de ellos.
Si a un caballo hambriento se le abre la llanura, la llanura pastosa y fragante, el caballo se echará sobre el pasto y se hundirá en el pasto hasta la cruz, y morderá furioso a quien le estorbe.
Dos cóndores, o dos corderos, se unen sin tanto peligro como un cóndor y un cordero. Los mismos cóndores jóvenes, entretenidos en los juegos fogosos y peleas fanfarronas de la primera edad, no defenderían bien, o no acudirían a tiempo y juntos a defender, la presa que les arrebatase el cóndor maduro.
Prever es la cualidad esencial, en la constitución y gobierno de los pueblos.
Gobernar no es más que prever.
No basta que el objeto de la vida sea igual en los que han de vivir juntos, sino que lo ha de ser la manera de vivir; o pelean, y se desdeñan, y se odian, por las diferencias de manera, como se odiarían por las de objeto.
Los países que no tienen métodos comunes, aun cuando tuviesen idénticos fines, no pueden unirse para realizar su fin común con los mismos métodos.
Quien dice unión económica, dice unión política.
El pueblo que compra, manda.
El pueblo que vende, sirve.
Hay que equilibrar el comercio para asegurar la libertad.
El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno.
El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político.
La política es obra de los hombres, que rinden sus sentimientos al interés, o sacrifican al interés una parte de sus sentimientos.
Cuando un pueblo fuerte da de comer a otro, se hace servir de él.
Cuando un pueblo fuerte quiere dar batalla a otro, compele a la alianza y al servicio a los que necesitan de él.
Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro, es separarlo de los demás pueblos.
El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir alguno, prefiera al que lo necesite menos.
La Unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él contra otra.
Todo lo primitivo, como la diferencia de monedas, desaparecerá cuando ya no haya pueblos primitivos.
Se ha de poblar la tierra, para que impere, en el comercio como en la política, la paz igual y culta.
El que vende no puede ofender a quien le compra mucho, y le da crédito, por complacer a quien le compra poco, o se niega a comprarle, y no le da crédito.
No debe levantarse entre países que comercian poco, o no dejan de comerciar por razones de monedas, una moneda que perturba a los países con quienes se comercia mucho.
Hay un modo de andar, de espalda vuelta, que aumenta la estatura.
Mostrarse acomodaticio hasta la debilidad no sería el mejor modo de salvarse de los peligros a que expone en el comercio, con un pueblo pujador y desbordante, la fama de debilidad.
La cordura no está en confirmar la fama de débil, sino en aprovechar la ocasión de mostrarse enérgico sin peligro. Y en esto de peligro, lo menos peligroso, cuando se elige la hora propia y se la usa con mesura, es ser enérgico.
Sobre serpientes ¿quién levanta pueblos?
Escasos, como los montes, son los hombres que saben mirar desde ellos, y sienten con entrañas de nación, o de humanidad.
Quien piensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes pone al curso natural de los sucesos.
VIII
Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados.
Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos.
Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano.
Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor.
Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses.
Cree el soberbio que la tierra fué hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña.
La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diez y nueve siglos de monarquía en Francia.
El gobierno ha de nacer del país.
El espíritu del gobierno ha de ser del país.
La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.
El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.
El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés.
Las repúblicas han purgado en las tiranías su capacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos.
Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno.
La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno la lastima, se lo sacude y gobierna ella.
En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política.
El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive.
Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías.
La universidad europea ha de ceder a la universidad americana.
Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.
El heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra.
La razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de uno sobre la razón campestre de otros.
El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima.
Crear es la palabra de pase de esta generación.
El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!
Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.
Estrategia es política.
Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente.
Los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles.
Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él.
Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odios de razas, porque no hay razas.
El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color.
Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas.
Pensar es servir.
Ciencia y libertad son llaves maestras que han abierto las puertas por donde entran los hombres a torrentes, enamorados del mundo venidero.
Las fuerzas extraordinarias, en los hombres como en las tierras, por coartadas y obscurecidas que anden, surgen siempre.
Es imposible que un gran territorio agrícola y minero no sea también un gran territorio industrial.
Lo que tiene razón de vivir trae consigo tal pujanza, que no hay preocupación de escuela, ley hostil o capricho pasajero que lo ahogue.
Cuando existen para un suceso causas históricas, constantes, crecientes y mayores, no hay que buscar en una pasajera causa ínfima la explicación del suceso.
El soldado de fila no ve nunca los ensueños de gloria o deleites de sacrificios que iluminan o enternecen, en la hora del combate, los ojos del capitán.
A la larga, todo pueblo saca ventaja, por la fama que asegura y respeto que inspira, de haber sido heroico;... así como queda para befa y mote cuando tarda en serlo.
El poeta debe callar su dolor hasta la hora sublime en que el verso tallado en él busca salida, despedazando las entrañas, para consolar la pena de los hombres con la poesía misma que la pena inspira.
La mente tiene, como la Naturaleza, sus leones pavorosos, sus tigres felinos, sus zorras aprovechadas y sus pájaros que vuelan y ven de alto.
Cada cosa, en sí, es suma y clave del conjunto de las cosas.
El que lleva la belleza en sí, ¿cómo creerá en lo feo del Universo?
Padecer es un deber, y, acaso, una necesidad de los poetas.
Lo que escribe el dolor es lo único que queda grabado en la memoria de los hombres.
Vivir en la Tierra no es más que un deber de hacerle bien. Ella muerde y uno la acaricia.
Créese riqueza pública, protéjase el trabajo individual; así, ocupadas las manos, anda menos inquieta la mente.
La facilidad del trabajo es el principal enemigo de las revoluciones.
La tierra es la gran madre de la fortuna. Labrarla es ir directamente a ella.
De la independencia de los individuos depende la grandeza de los pueblos.
Venturosa es la tierra en que cada hombre posee y cultiva un pedazo de terreno.
Toda muerte es principio de una vida.
Para hacer poesía hermosa, no hay como volver los ojos fuera: a la Naturaleza; y dentro: al alma.
Sólo para hacer el bien la fuerza es justa.
La riqueza exclusiva es injusta.
Es rica una nación que cuenta muchos pequeños propietarios.
En economía política y en buen gobierno, distribuir es hacer venturosos.
No hay en la tierra más vía honrada que la que uno se abre con sus propios brazos.
La dignidad es como la esponja: se la oprime, pero conserva siempre su fuerza de tensión.
La dignidad nunca muere.
La política grandiosa es el primer deber; la mezquina el mayor vicio nacional.
La actividad es el símbolo de la juventud.
Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender.
Una escuela es una fragua de espíritus.
La educación es como un árbol: se siembra una semilla y se abre en muchas ramas.
Sea la gratitud del pueblo que se educa, árbol protector, en las tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy les hacen tanto bien. Hombres recogerá quien siembra escuelas.
Aire de ejemplo, riego de educación necesitan las plantas oprimidas.
La libertad y la inteligencia son la natural atmósfera del hombre.
Los ojos de los hombres, una vez abiertos no se cierran.
Los mismos padecimientos por el logro de la libertad encariñan más con ella; y el reposo mismo que da el mando tiránico permite que a su sombra se acendren y fortalezcan los espíritus.
Quien quiera pueblo ha de habituar a los hombres a crear.
Quien crea, se respeta y se ve como una fuerza de la naturaleza, a la que atentar o privar de su albedrío fuera ilícito.
Una semilla que se siembra no es sólo la semilla de una planta, sino la semilla de la dignidad.
La independencia de los pueblos y su buen gobierno vienen sólo cuando sus habitantes deben su subsistencia a un trabajo que no está a la merced de un regalador de puestos públicos, que los quita como los da y tiene siempre en susto, cuando no contra él armados en guerra, a los que viven de él.
No hay cosa que moleste tanto a los que han aspirado en vano a la grandeza como el espectáculo de un hombre grande.
Crecen los dientes sin medida al envidioso.
Es bueno que se truequen en universidades los conventos.
La grandeza, luz para los que la contemplan, es horno encendido para quien la lleva, de cuyo fuego muere.
Sentirse amado fortalece y endulza.
Honrar, honra.
No hay como vivir para aprender a tener compasión de los que viven.
La habilidad es la cualidad de los pequeños.
Las virtudes son menos estimadas por aquellos que viven en constante contacto con los virtuosos.
Hay sucesos tales, que exigen tanta grandeza en los que han de soportarlos como en los que los realizan.
¿Qué es la grandeza, sino el poder de embridar las pasiones, y el deber de ser justo y de prever?
El lamento es de ruines cuando está en frente la obra.
Suelen mezquinas causas domar a hombres egregios.
En tiempos de peligro, el pesar mayor es estar lejos de él.
¡Cuán poco puede el genio generoso contra la obra de la discordia de los hombres!
¡Qué dolor ver claramente en las entrañas de los siglos futuros y vivir enclavado en su siglo!
Es la palabra águila que no consiente tener plegadas las alas largo tiempo.
Hallan los hombres excusa a los actos censurables en la frecuencia con que éstos acontecen y en la impunidad en que queda el delito.
Es más fácil apoderarse de los ánimos moviendo sus pasiones, que enfrenándolas.
Traiciones tiene la Historia, y parricidios.
Prevenirse no está de más, si se quiere salvar el espíritu de América, y se le tiene en algo, y se sabe lo que vale.
Es de hijos poner, y no quitar, a la virtud y hacienda que les vinieron de sus padres.
Honrar en el nombre lo que en la esencia se abomina y combate, es como apretar en amistad un hombre al pecho y clavarle un puñal en el costado.
Tiene el chiste su decoro literario, y el buen ingenio desdeña esa barata jocosidad que está en hacer alusiones a cosas deshonestas.
Ni religión católica hay derecho de enseñar en las escuelas, ni religión anticatólica.
Sea libre el espíritu del hombre y ponga el oído directamente sobre la tierra; que si no hubiera debido ser así, no habría sido puesto en contacto de la tierra el hombre.
Poesía es un pedazo de nuestras entrañas, o el aroma del espíritu recogido, como en cáliz de flor, por manos delicadas y piadosas.
Entristece ver a los hombres movidos por sus pasiones o azuzando las ajenas.
Los siglos se petrifican y se hacen hombres; pero para eso es necesario que pasen siglos. Después, a gran distancia, se observan mejor su tamaño y su obra.
El que vió hervir en tacho burdo el hierro de que se hizo el primer clavo, no imaginó la fogueante y hendente locomotora, que cabalga en los montes y los lleva a rastras.
Savia quieren los pueblos y no llagas.
Es estéril el consorcio de dos razas opuestas.
Las grandes personalidades, luego que desaparecen de la vida, se van acentuando y condensando; y cuando se convoca a los escultores para alzarles estatuas, se ve que no es ya esto tan preciso, porque como que se han petrificado en el aire por la virtud de su mérito, y las ve todo el mundo.
Hay seres humanos en quienes el derecho encarna y llega a ser sencillo e invencible, como una condición física.
La Humanidad no se redime sino por determinada cantidad de sufrimiento, y cuando unos la esquivan, es preciso que otros la acumulen, para que así se salven todos.
Es dado a ciertos espíritus ver lo que no todos ven.
Para otros la Tierra es un plato de oro, en que se gustan manjares sabrosos; y los hombres, acémilas, buenas para que los afortunados las cabalguen.
La prosperidad que no está subordinada a la virtud, avillana y degrada a los pueblos; los endurece, corrompe y descompone.
La perla está en su concha y la virtud en el espíritu humano.
La virtud crece.
El honor humano es imperecedero e irreducible, y nada lo desintegra ni amengua, y cuando de un lado se logra oprimirlo y desvanecerlo, salta inflamado y poderoso de otro.
Odian los hombres y ven como a enemigo al que con su virtud les echa involuntariamente en rostro que carecen de ella; pero apenas ven desaparecer a uno de esos seres acumulados y sumos, que son como conciencias vivas de la Humanidad, y como su médula, se aman y aprietan en sigilo y angustia en torno del que les dió honor y ejemplo, como si temiesen que, a pesar de sus columnas de oro, cuando un hombre honrado muere, la humanidad se venga abajo.
Se afirma un pueblo que honra a sus héroes.
La vida es relativa y no absoluta.
Los pueblos pueden necesitar de la protección, como un niño de andadores.
Puede ser útil proteger una industria genuina, mientras las restricciones necesarias para protegerla no impongan a la nación un sacrificio superior al beneficio que a toda luz haya de sacar de ella.
Con el mucho auxilio sucede a las industrias lo que a la criatura a quien nunca saquen del andador: que no aprenderá a andar.
Lo que se vió es lo que importa, y no quien lo vió.
El apuntador molesta en los libros como en el teatro.
Lo que se quiere es saber lo que enseña la vida, y enoja que no nos dejen ver la vida como es, sino con estos o aquellos espejuelos.
Con tanto como se escribe está aún en sus primeros pañales la literatura servicial y fuerte.
El hombre es uno, y el orden y la entidad son las leyes sanas e irrefutables de la naturaleza.
Los pueblos no se rebelan contra las causas naturales de su malestar, sino contra las que nacen de algún desequilibrio o injusticia.
Todo acto equitativo en provecho de la masa laboriosa, contribuye a afirmar la seguridad pública.
La América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos, y de abominar todo lo que los aparte.
Las puertas de cada nación deben estar abiertas a la actividad fecundante y legítima de todos los pueblos.
Las manos de cada nación deben estar libres para desenvolver sin trabas el país, con arreglo a su naturaleza distintiva y a sus elementos propios.
Los pueblos todos deben reunirse en amistad y con la mayor frecuencia dable, para ir reemplazando, con el sistema del acercamiento universal, por sobre la lengua de los istmos y la barrera de los mares, el sistema, muerto para siempre, de dinastías y de grupos.