(Title: Las Heras (Juan Gregorio de, 1780-1866), Argentine patriot and general who distinguished himself in the Chilean campaign under San Martín. At Cancha Rayada (1818) where the troops of San Martín suffered a reverse, it was Las Heras who saved the day by his masterly retreat and coolness in the general confusion.)
Hay héroes de circunstancias que ocupan y abandonan bulliciosamente la escena de la historia; héroes que a veces aparecen grandes a los ojos de sus contemporáneos más bien por el medio en que viven y los accesorios que los rodean, que por sus propias cualidades y por sus propias acciones.
Éstos son los héroes teatrales de la historia.
Ellos necesitan para brillar de las luces artificiales de la popularidad pasajera. Sólo se estimulan con los aplausos de la calle y de la plaza pública. Para ellos no hay elocuencia posible sino en lo alto de la tribuna y en medio de una pomposa decoración, ni heroísmo sino en presencia de millares de testigos. Esclavos de ajenas pasiones y de su propia vanidad, sólo conciben la gloria de un carro triunfal arrastrado por adoradores, y prefieren una corona de cartón dorado con tal que todos la tomen por oro de buena ley, a la inmortal corona de laurel sagrado que sólo resplandece en la obscuridad de la tumba. Hambrientos de vanagloria, ebrios de aplausos, enfermos de celos y de vanidad pueril, el aplauso de la propia conciencia no llega a sus oídos; la verdadera gloria no les satisface, el silencio los anonada, la soledad los hace creerse muertos, y el retiro es para ellos como el vacío de la máquina[417] neumática que apaga los oídos.
Sobre la tumba de éstos no se escribió nunca el sublime epitafio de Esparta: “Murieron en la creencia de que la felicidad no consiste ni en vivir ni en morir, sino en saber hacer gloriosamente lo uno y lo otro.”
Los hombres grandes por sí mismos, que no trafican con la gloria, para quienes el mando es un deber, la lucha una noble tarea, y el sacrificio una verdadera religión; los que al abandonar el teatro de la vida pública no tienen que despojarse a su puerta de las alas prestadas de un día, y queman aceite de su propia vida en la lámpara de sus vigilias, ésos viven en paz y conversan familiarmente con el genio de la soledad, el silencio serena su alma agitada por las tempestades populares. A esos hombres sienta bien el modesto retiro en que pueden ser estudiados y estimados por lo que en sí valen, despertando la admiración o la simpatía por cualidades superiores a los ingeniosos prestigios de la prosperidad.
Tales o semejantes reflexiones a éstas hacía en una hermosa y apacible tarde de verano del año 1848, atravesando la magnífica alameda de Santiago de Chile, y dirigiéndome a uno de los barrios más apartados de la ciudad, donde vivía y vive aún el general D. Juan Gregorio de Las Heras, capitán ilustre y libertador de tres Repúblicas,[418] republicano sencillo y desinteresado, que siendo uno de los héroes más notables de la epopeya de la independencia americana, vivía tranquilo en el retiro, sin espada, sin poder y sin fortuna.
Iba a pagarle la visita que infaliblemente hace este soldado lleno de cortesía a todo argentino que llega a aquel país: y al hacerlo era arrastrado por algo más que un deber social, pues admirador de sus servicios y virtudes, había encontrado en él un héroe según mi ideal, y un hombre según mi evangelio.
Al dirigirme a su casa, podía contemplar a la distancia las nevadas cordilleras de los Andes, a cuyo pie está el memorable campo de Chacabuco; y mi vista se perdía en la vasta llanura del valle de Maipú y los caminos que desde él conducen al Sur de Chile, donde Las Heras, siguiendo las huellas de San Martín, se había ilustrado en grandes batallas y combates.
Juan Gregorio de Las Heras Navarro y Lamarca, Historia general de América
Juan Gregorio de Las Heras
(Navarro y Lamarca, Historia general de América)
Lleno de estas ideas, de esos recuerdos y de este espectáculo grandioso, llegué a su antigua casa de familia, cuya arquitectura pertenece a la época colonial. Era singular que quien más había contribuído a destruir aquel régimen con su espada, hubiese encontrado en medio de tantas ruinas como hizo en ella, un viejo techo con el sello de la[419] dominación española, donde abrigar su cabeza en el invierno de la vida....
Es el Bayardo de la República Argentina, el[420] militar sin miedo y sin reproche, decano del ejército argentino por su edad, por sus servicios y por sus elevadas cualidades morales.
En su avanzada edad y a pesar de las dolencias que le aquejaban, conservaba aún cuando le vi por la última vez en Chile, en 1850, toda la arrogancia del soldado, y el reflejo de la belleza varonil de sus heroicos años. Su talla es alta y erguida, su ojo negro, profundo y chispeante, respira la firmeza y la bondad, y en sus maneras se nota algo de la habitud del mando, unido a la exquisita cortesanía de los hombres de su tiempo. En aquella época le vi una vez de grande uniforme en medio del Estado Mayor de Chile, y su imponente figura militar eclipsaba a todos, llamando sobre él la atención del pueblo, que veía en él al representante de sus más queridas glorias.
El general Las Heras no necesita apelar a la posteridad para esperar justicia y afirmar la corona sobre sus sienes. El juicio que el pueblo sólo pronuncia en los funerales de sus héroes, ha sido pronunciado ya, para honor y gloria de él y de su patria, por los hijos de la heroica generación a que perteneció, que es la posteridad a que apelaba San Martín, su ilustre maestro y compañero de gloria.
Pueyrredón era hombre, de dotes distinguidísimas y sólidas; tenía dignidad personal y un imperio particular sobre sí mismo que no se desmintió en el resto de su vida ni aun en medio de los descalabros que le esperaban. Sabía guardar con una firmeza imponente el decoro de su persona y de su poder. No mostraba ambición codiciosa ni urgente de mando. No se le vió nunca entrar en[421] intrigas ni en tentativas, encubiertas o manifestadas, para apoderarse de la autoridad. Pero cuando era llamado a tomar parte en la dirección de los negocios, ocurría sin vacilar; mostraba una paciencia pertinaz en perseguir los propósitos que lo movían; y su energía, pero sin ninguna ostentación, se hacía sentir en la netedad de sus ideas y en la firmeza de sus actos, no sólo para servir sin descanso a la causa de la independencia, sino para castigar también con una severidad extrema y extraña a los hombres que se atrevían a ponerle estorbos en su camino. Sus pasiones eran tranquilas en la superficie, y no se dejaban sentir sino[422] por la fuerza latente y bien seguida de sus frías manifestaciones.
Navarro y Lamarca, Historia general de América Juan Martín de Pueyrredón
Juan Martín de Pueyrredón
(Navarro y Lamarca, Historia general de América)
Siempre que las circunstancias lo habían exigido, Pueyrredón se había presentado al peligro con decisión. Sin blasonar de ser guerrero había adquirido grados militares con una justicia que nadie podía negarle, sin que él reclamase jamás su[423] competencia. Había figurado con honor y con notoria fama de arrojado en la primera tentativa que los ingleses hicieron para apoderarse de Buenos Aires. Después de la revolución de Mayo había desempeñado una parte principal en las provincias limítrofes del Perú como Gobernador Intendente de Chuquisaca; y cuando el desgraciado encuentro de Huaquí obligó nuestras fuerzas a evacuar la[424] línea del Desaguadero, Pueyrredón mostró un tino consumado para atravesar un país enteramente insurreccionado en contra nuestra; y con una serenidad ejemplar, salvó del contraste recursos importantísimos en dinero, materiales y tropa, privando al enemigo de todas esas ventajas que habrían sido precisas para él en aquellos momentos.
En todas las cuestiones graves de guerra o de política, Pueyrredón pensaba con madurez; pesaba el valor de los hechos y las probabilidades de todas las consecuencias, poniendo al servicio de sus combinaciones una razón fría para meditar y para resolver, con una vigorosa precisión para ejecutar. Escribía sin brillo, pero con una corrección en la frase, con tal trabazón en la lógica de sus ideas, con tal claridad clásica y consumada, que hoy mismo podría ser envidiado por el más hábil literato; y la proligidad con que sabía dividir su tiempo para encontrar el momento oportuno que correspondía al despacho de cada asunto de interés público, rivalizaba con la atención esmerada que daba a sus negocios particulares, con la moderación y con la equidad con que arreglaba los negocios que estaban ligados con los suyos; de ello tenemos pruebas numerosísimas y ejemplos bien testificados en los papeles que ha dejado.
La reserva de su carácter, la prudente parquedad de sus palabras, algo de interno y de poderoso que[425] se percibía en él, sin poder decir cómo ni dónde, le hacían impenetrable y le daban un influjo eficaz aunque latente. Su astucia era tanto más fina y previsora cuanto que todo parecía en él natural y elevado, modesto e imparcial. Con la misma naturalidad con que tomaba el poder, lo manejaba[426] hasta en los extremos de la firmeza y de la severidad, apareciendo casi indiferente a sus encantos, y dispuesto siempre a abandonarlo: y como sus modales eran cumplidos y atentos, sin ser abiertos ni obsequiosos, imponía a los demás aquella distancia respetuosa que hace tan peligrosos a los hombres serios cuando juegan en el terreno falaz de la política o de la diplomacia, y que les da ese poder mágico a que jamás llegan los charlatanes de atraer y de alejar al mismo tiempo a los que los tratan. Puestos en el poder imponen un cierto temor misterioso al vulgo, que no lo puede definir, y una sumisión religiosa a los agentes que los tienen que obedecer. Esto es lo que distingue el buen género del género falsificado.
Estas cualidades que Pueyrredón tenía en alto grado, eran las que hacían de él un hombre de gabinete consumado, y un compañero de Logia[427] incomparable para San Martín, con quien tenía[428] rasgos comunes de fisonomía política y de carácter personal.
(Title: Mariano Moreno was born in Buenos Aires in 1778. He was a man whose early death was a sad loss to the cause of the Revolution. He was a lawyer renowned for his integrity and love of country. As secretary of the Junta Gobernativa in 1810, he championed the republican form of government. La Gaceta de Buenos Aires, of which he was editor, marks the beginning of the Argentine press. He died on the high seas in 1811, bound for England as the delegate of the newly established Argentine government.)
El nombre de don Mariano Moreno estará para siempre ligado a los orígenes de nuestra independencia, como lo está en las concepciones humanas, la idea a la forma, el hecho a las intenciones. Y cuando en las solemnidades patrias miramos brillar[429] la imagen del sol en una de las faces de nuestra[430] bandera, colocamos con el pensamiento en la opuesta, la imagen de aquel ciudadano, porque él fué la luz de la revolución.
Él concentró los instintos del pueblo en su cabeza y depurándolos en tan vasto crisol, presentólos ante el mismo pueblo y ante el mundo, como su propósito grande y generoso.
Nuestra revolución nació serena como la aurora de un día hermoso, y dió sus primeros pasos conducida por la razón y el desprendimiento. Nuestros padres discutieron antes de obrar, y no admitieron el sacrificio de la sangre en el altar de la libertad que fundaban. En mayo de 1810, el[431] resentimiento y la venganza se transformaron en heroísmo, en acción vigorosa la apatía colonial, en patriotismo la antigua fidelidad, los vasallos en señores de su destino, y brotaron como por encanto, ejércitos, instituciones liberales, sentimientos de nacionalidad y todos los elementos que constituyen la Patria.
Si un pueblo sacude su yugo antiguo con tanta dignidad, es porque se siente fuerte en la justicia de su resolución, porque la virtud que es la fuerza por excelencia, le preside en sus actos.
Esa fuerza y esa virtud tuvieron por fortuna su representante en don Mariano Moreno, miembro del primer gobierno revolucionario.
Comenzó a desempeñar sus delicadas funciones a la edad de treinta años con toda la precoz madurez de sus aventajadas facultades. Brioso de carácter, elocuente, avezado a las luchas de la lógica y del derecho en las discusiones forenses, reunía en su persona otras cualidades que le hacían simpático y popular. Brillaba en su abierta fisonomía la iluminación del genio, y la rica sangre de la juventud circulaba en su rostro, bajo una tez blanca y transparente, como la savia de una planta lozana.
Mariano Moreno Navarro y Lamarca, Historia general de América
Mariano Moreno
(Navarro y Lamarca, Historia general de América)
Este atleta bajó a la arena en toda la plenitud de sus fuerzas, acendradas en la austeridad del hogar y de los estudios serios. Hijo excelente, padre afectuoso, agradecido discípulo, unía a una virginidad de sentimientos a la antigua, el atrevimiento y la audacia que inspiran las ideas que son la gloria de los tiempos modernos.
Su personalidad se eclipsa dentro de su idea, como el núcleo de un cometa en su atmósfera luminosa. La posteridad y la historia, no él, le[432] colocan entre los primeros hombres de la independencia, y le conceden su papel principal de revelación y de iniciativa en el drama de la revolución. No aspira a mandar sino a dirigir. Piensa recta y generosamente para que el pueblo pueda gobernarse a sí propio con acierto. Quiere como[433] borrar hasta los nombres propios de los mandatarios, para que la autoridad que preside los nuevos destinos de la patria, se sienta como influencia benéfica, y no se palpe como cosa natural, aspirando a dotarla, en su noble exaltación democrática, con los atributos de una entidad sobrehumana.
Moreno no tenía confianza sino en las fuerzas morales y quiso traerlas al gobierno y darlas al pueblo como palanca para remover los obstáculos que la marcha de la Revolución iba a encontrar en su camino.
Y como entre aquellas fuerzas, la más poderosa es la prensa,—instrumento hasta entonces vedado a los hijos de la Colonia para ventilar las cuestiones[434] políticas y los intereses sociales,—el secretario de la Junta se constituyó voluntariamente en redactor de La Gaceta, colocando al frente de sus escritos uno de aquellos magníficos arranques de amor a la libertad que son tan frecuentes en las inmortales páginas de Tácito. Este periódico[435] nació con el nuevo régimen, proclamando los tiempos “en que era dado pensar y manifestar sin trabas el pensamiento”.
La prensa se hizo desde entonces militante y popular. Los anteriores ensayos periodísticos se arrastraban tímidos por la senda de la erudición, y[436] apenas si una que otra chispa se derramaba a favor de los intereses públicos. Los talentos y el patriotismo de Vieytes y de Belgrano no habían[437] conseguido interesar al pueblo en la contemplación de su propio destino, y los tipos de nuestra única imprenta aparecían yertos sobre el papel como el metal de que estaban fundidos.
La Gaceta demolía y creaba al mismo tiempo. Fué el ariete asestado contra las murallas de la tiranía retrógrada del Virreinato, y la fuerza que[438] levanta sobre el cimiento de la libertad al pueblo que surgía del seno de los Cabildos abiertos. ¡Qué hermosa era la patria que pintaba la pluma del ilustre redactor! ¡Cuán orgulloso se sentía todo argentino al reconocerse hijo de esa Patria y árbitro[439] de fraguarse su propia felicidad, ejerciendo[440] derechos que antes no había comprendido!
La ciencia de la política amaneció entre nosotros y se popularizaron sus aplicaciones. Súpose entonces lo que era una sociedad entregada a sí misma y libre del freno pesado y de las riendas mezquinas manejadas por un elegido de la casualidad desde las remotas orillas del Manzanares.[441] Discutiéronse las diversas formas de gobierno a que pueden someterse los hombres en sociedad; y las Provincias, convocadas por primera vez a un Congreso,[442] vieron con sorpresa que los habitantes podían dignificarse hasta el punto de dar fuerza de ley a aquellas aspiraciones más en consonancia con sus intereses y bienestar.
Bajo el influjo de tan hábil piloto, la Revolución no podía naufragar. El rumbo estaba dado a la[443] mejor estrella, y por muchos desvíos que hubiera de experimentar la nave de la República, tenía forzosamente que llegar a la democracia.
Ésta fué la obra de don Mariano Moreno. El pueblo había conseguido su independencia; pero aquel gran patriota le preparó el porvenir americano que es hoy su modo de ser definitivo.[444]
Güemes, perteneciente a una notable familia de Salta, se presenta él mismo en sus actos, en[445] sus documentos políticos, en su correspondencia confidencial, como lo que es, como un caudillo político y militar. Éste es el rasgo prominente y verdaderamente original de su fisonomía: y es el único digno de llamar la atención, sea que[446] se le admire, sea que se le condene, porque como caudillo, fué grande, combatiendo por la causa común, y como caudillo fué funesto, contribuyendo a la desorganización política y social.
Quítese a Güemes el carácter de caudillo, y Güemes no es nada, o es cuando más una pálida fisonomía militar, que nada de extraordinario tendría en sí misma, si los hechos que ejecuta o promueve no fuesen la consecuencia de la táctica, del prestigio, de los medios de acción de caudillo representante de las masas populares, fanatizadas por la doble pasión de la independencia y de la ciega adhesión a su persona, dispuestas igualmente, a un gesto suyo, a esgrimir sus armas ya contra el enemigo común, ya contra la sociedad.
Bórrese del retrato histórico de Güemes el nombre de caudillo, y Güemes, o no será nada como militar, o será cuando más, el activo jefe de una vanguardia, hostilizando a un enemigo que, invadiendo un país accidentado y cuya[447] opinión le es contraria, viendo cortados los recursos por la resistencia de la población en masa, se ve[448] al fin obligado a retirarse después de una serie de guerrillas y combates, lo que si bien es meritorio, no sería por sí solo una cosa extraordinaria, cuando a la retirada de ese enemigo concurrieron poderosas causas más o menos inmediatas.
Quitarle ese título como el de gaucho que él hizo glorioso y que fué su nombre de guerra, es despojarle de la agreste corona que sus heroicos compañeros, aquellos hijos de la naturaleza a quienes él llamaba mis gauchos, colocaron sobre sus sienes en los bosques y valles de Salta, cuando le apellidaron el Padre de los Pobres; sería borrar uno de los rasgos característicos y propios de la resistencia popular que hizo el caudillo desde 1817 a 1821.
Navarro y Lamarca, Historia general de América Martín Güemes
Martín Güemes
(Navarro y Lamarca, Historia general de América)
Güemes era, pues, un verdadero caudillo, bajo cualquiera faz que se le considere; así lo califican los contemporáneos que lo conocieron, así lo pintan sus admiradores; así lo aclamaron sus partidarios y así se retrata él mismo.
Güemes encontró el campo preparado. No inició la revolución ni libertó pueblos, ni imprimió dirección a los acontecimientos, ni fundó nada.
La fuerza de Güemes no residía tanto en su propia individualidad, cuanto en la fuerza de las multitudes que acaudillaba y representaba, y cuya substancia, diremos así, se asimilaba: y aun cuando sin injusticia no pueden negarse cualidades superiores al que así dominaba y dirigía esas masas fanatizadas por su palabra, conduciéndolas a la lucha y al sacrificio, no era de cierto un genio superior ni en política, ni en milicia; ni sus hechos fueron precisamente los que decidieron de los destinos de la revolución, que se decidían de otros campos, con medios más poderosos de acción, y bajo una dirección más inteligente, más[449] metódica y con miras más trascendentales.
Su gloria no es ésa. Su gloria consiste en que, como caudillo, si bien cooperó, directamente algunas veces e indirectamente otras, a la desorganización general que ha prolongado una revolución social, fué siempre fiel a la idea de la unidad nacional, y salvo un corto paréntesis, reconoció siempre la autoridad general, aunque a condición de hacer lo que mejor le convenía, pues era dueño y señor absoluto dentro de las fronteras de su provincia, como él la llamaba.
Su gloria consiste en que jamás desesperó de la suerte de la revolución; que en los más tristes días, cuando ella era vencida en el exterior y se veía[450] desgarrada en sus propias entrañas por las furias de la guerra intestina, él combatió solo al frente de sus valientes gauchos en las fronteras, paralizando las operaciones de ejércitos poderosos y dando tiempo para que se desenvolviesen otras combinaciones positivas que fueron en definitiva las que salvaron la revolución. A esas operaciones concurrieron eficazmente los extraordinarios esfuerzos de Güemes, dignos sin duda de ocupar un lugar distinguido en la historia argentina, porque así como la primera conmoción revolucionaria, en 1810, determinó las actuales fronteras de la República, así también, en esa época aciaga, la espada de Güemes trazó con una línea imborrable la frontera definitiva de la Nación Argentina por el norte.
Cuando Güemes se puso al frente de la provincia de su nacimiento, ya robustecida por la fuerza moral de sus triunfos en Tucumán y Salta, por el desarrollo de las fuerzas populares que ocho años de revolución habían puesto en acción, contó además en las cuatro primeras campañas con el apoyo de un ejército que cubría su retaguardia[451] y su flanco; y en la de 1817 con el de otro que[452] iba a atravesar los Andes para dar libertad a la América, que ya para los argentinos era un hecho irrevocable.
De ahí la energía de la resistencia de Güemes, de ahí su buen éxito. ¡Honor a las Provincias del Norte, que en la época más calamitosa de la revolución, cuando el congreso de Tucumán, producto del cansancio más bien que de la fe, trazaba con colores sombríos el cuadro de una situación desesperada, apoyaron la declaratoria de la independencia que inspiraron San Martín y Belgrano! A ellas que desde entonces fueron el baluarte de la Nación, cuando ardía ésta en guerra[453] civil y cuando esa guerra devoraba hambrienta sus ejércitos regulares. ¡Honor a Güemes que dirigió esa heroica resistencia, en la cual rindió noblemente su vida! Pero ¡honor también a aquél que[454] fué el primero que les reveló su fuerza, que les dió dos días de gloria inmortal, y encendió en sus corazones el fuego sagrado de la revolución, que no había prendido en todos o se había amortiguado en algunos, cuando los llamó a empuñar las armas, y a defender a la vez su credo y sus hogares en los campos de Tucumán y Salta!
Dice de él el general La Paz en sus Memorias[455] Póstumas, que, según el Dr. Vélez Sársfield,[456] deben ser un texto bíblico para el historiador: “Si Güemes mandaba con un despotismo sostenido de la plebe que acaudillaba, se veía constituído en circunstancias[457] especiales, y por grandes que fuesen sus defectos, era el único dique que se oponía al retorno de la tiranía peninsular. Si cometió grandes errores, sus enemigos domésticos nos fuerzan a correr un velo sobre ellos, para no ver en él sino al campeón de nuestra libertad política, al fiel soldado de la independencia y al mártir de la patria.”
Le llamaron Tigre de los Llanos, y no le sentaba mal esta denominación. La frenología y la anatomía comparada han demostrado, en efecto, las relaciones que existen entre las formas exteriores y las disposiciones morales, entre la fisonomía del hombre y la de algunos animales a quienes se asemeja en su carácter. Facundo, porque así lo llamaron largo tiempo los pueblos del interior—el general D. Facundo Quiroga, el Exmo. brigadier general D. Juan Facundo Quiroga, todo esto vino después, cuando la sociedad lo recibió en su seno y la victoria lo hubo coronado de laureles,—Facundo, pues, era de estatura baja y fornida; sus anchas espaldas sostenían sobre un cuello corto una cabeza bien formada, cubierta de pelo espesísimo, negro y ensortijado. Su cara un poco ovalada estaba hundida en medio de un bosque de pelo, a que correspondía una barba igualmente espesa, igualmente crespa y negra, que subía hasta los juanetes, bastante pronunciados para descubrir una voluntad firme y tenaz. Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas, causaban una sensación involuntaria de terror en aquellos en quienes alguna vez llegaban a fijarse; porque Facundo no miraba casi nunca de frente; por hábito, por arte, por deseo de hacerse siempre temible, tenía de ordinario la cabeza inclinada, y miraba por entre las cejas, como el Alí-Bajá de Monvoisin. El Caín que[458] representaba la famosa compañía Ravel me despierta[459] la imagen de Quiroga, quitando las posiciones artísticas de la estatuaria que no le convienen. Por lo demás, su fisonomía es regular, y el pálido moreno de su tez sentaba bien a las sombras espesas en que quedaba encerrada.
La estrechura de su cabeza revelaba, sin embargo, bajo esta cubierta selvática, la organización privilegiada de los hombres nacidos para mandar. Quiroga poseía esas cualidades necesarias que hicieron del estudiante de Brienne el genio de la[460] Francia, y del Mameluco oscuro que se batía[461] con los franceses en las pirámides, el virrey de Egipto. La sociedad en que nacen da a estos caracteres la manera especial de manifestarse: sublimes, clásicos, por decirlo así, van al frente de la humanidad civilizada en algunas partes; terribles, sanguinarios y malvados, son en otras su mancha, su oprobio.
Juan Facundo Quiroga Civilización y barbarie Lithograph by P. Cadot
Juan Facundo Quiroga
(Civilización y barbarie
Lithograph by P. Cadot)
Quiroga es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido aún a contener o a disfrazar sus pasiones, que las muestra en toda su energía, entregándose a toda su impetuosidad. Éste es el carácter original del género humano; y así se muestra en las campañas pastoras de la República Argentina.
Facundo es un tipo de la barbarie primitiva; no conoció sujeción de ningún género; su cólera era de las fieras; la melena de renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos en guedejas como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz se enronquecía, sus miradas se[462] convertían en puñaladas; dominado por la cólera, mataba a patadas estrellándole los sesos a N. por una disputa de juego; arrancaba ambas orejas a una querida porque le pedía 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por él; y abría a su hijo Juan la cabeza de un hachazo, porque no[463] había cómo hacerlo callar; daba de bofetadas a una linda señorita en Tucumán a quien ni seducir, ni forzar podía; en todos sus actos mostrábase el hombre bestia aún, sin ser estúpido, y sin carecer de elevación de miras. Incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido: pero este gusto era exclusivo, dominante hasta el punto de arreglar todas las acciones de su vida a producir el terror como expediente para suplir al patriotismo y a la abnegación; ignorante, rodeábase de misterios y se hacía impenetrable; valiéndose de su sagacidad natural, de una capacidad de observación no común, y de la credulidad del vulgo, fingía una presciencia de los acontecimientos, que le daba prestigio y reputación entre las gentes vulgares.
Es inagotable el repertorio de anécdotas de que está llena la memoria de los pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienen un sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, cierta tintura de sabiduría salomónica en el concepto de la plebe. ¿Qué diferencia hay, en efecto, entre aquel famoso expediente de mandar[464] partir en dos el niño disputado, a fin de descubrir la verdadera madre, y este otro para encontrar un ladrón?
Entre los individuos que formaban su compañía, habíase robado un objeto, y todas las diligencias practicadas para descubrir el ladrón habían sido infructuosas. Quiroga forma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamaño cuantos soldados había; hace en seguida que se distribuyan a cada uno; y luego con voz segura, dice: “Aquél cuya varita amanezca mañana más grande que las[465] demás, ése es el ladrón.” Al día siguiente formóse de nuevo la tropa, y Quiroga procede a la verificación y comparación de varitas; un soldado hay, empero, cuya vara aparece más corta que las otras. “¡Miserable!” le grita Facundo con voz aterrante, “¡tú eres...!” y en efecto él era;[466] su turbación lo dejaba conocer demasiado. El expediente es sencillo; el crédulo gaucho, temiendo que efectivamente creciese su varita, le había cortado un pedazo. Pero se necesita superioridad y cierto conocimiento de la naturaleza humana, para valerse de estos medios.
Habíanse robado algunas prendas de la montura de un soldado, y todas las pesquisas habían sido inútiles para descubrir al ladrón. Facundo hace formar la tropa y que desfile por delante de él, que está con los brazos cruzados, la mirada fija,[467] escudriñadora, terrible. Antes ha dicho: “Yo sé quien es”, con una seguridad que nada desmiente.[468] Empiezan a desfilar; desfilan muchos, y Quiroga permanece inmóvil: es la estatua de Júpiter Tonante, es la imagen del Dios del juicio[469] final. De repente se avanza sobre uno, le agarra del brazo y le dice con voz breve y seca: “¿Dónde está la montura?...” “Allí, señor”, contesta señalando un bosquecillo.—“Cuatro tiradores”, grita entonces Quiroga.
¿Qué revelación era esta? La del terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vez un gaucho respondiendo a los cargos que se le hacían por un robo. Facundo le interrumpe diciendo: “Ya este pícaro está mintiendo; ¡a ver! cien azotes....” Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a alguno que se hallaba presente: “Vea, patrón, cuando un gaucho al hablar está haciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo.” Con los azotes el gaucho contó la historia como debía de ser, esto es, que había robado una yunta de bueyes.
Necesitaba otra vez y había pedido un hombre resuelto, audaz para confiarle una misión peligrosa. Escribía Quiroga cuando le trajeron el hombre: levanta la cara después de habérselo anunciado[470] varias veces, lo mira, y dice continuando de escribir:[471] “¡Eh!!!... ¡Ése, es un miserable! ¡Pido un hombre valiente y arrojado!” Averiguóse en efecto que era un patán.
De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que al paso que descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarle una reputación misteriosa entre los hombres groseros, que llegaban a atribuirle poderes sobrenaturales.
Echeverría es uno de nuestros literatos más afamados. Sus composiciones líricas, sus poemas, sus escritos en prosa fueron leídos con avidez en los tiempos ya lejanos en que inició lo que puede llamarse el movimiento revolucionario de[472] nuestra literatura. Conviene que la joven generación se familiarice con aquel noble y vigoroso espíritu que condensaba, por decirlo así, todas las nociones de la ciencia social en la época en que vivió, y que supo abrir al arte anchos y nuevos caminos, por los cuales hallaron nuestros poetas un mundo entero de bellezas desconocidas. Echeverría era un hombre reflexivo, estudioso, inspirado, y amante de su patria. Podría presentársele[473] como el tipo del ingenio sud-americano, sagaz, delicado, flexible, apto para comprender las verdades que obtiene como premio la paciente investigación, y para sentir con viveza las emociones que los bellos espectáculos de la naturaleza despiertan en las almas noblemente apasionadas.
Los jóvenes que cultivan la literatura hallarán sin duda en la lectura de las obras de Echeverría,[474] placeres delicados y puros, enseñanzas fecundas y severas. Cuando se trata de evitar que los[475] hombres de letras se puerilicen en busca de una popularidad fácil y pervertidora, cuando se trata de hacerles adquirir esos hábitos meditativos indispensables para el progreso intelectual, Esteban Echeverría, desdeñoso como Horacio de la insipiencia[476] del vulgo, investigador concienzudo en las cuestiones de la ciencia y del arte, es todavía, después de la muerte, el bienvenido para los[477] pueblos del Plata.
Sus escritos políticos no son, no pueden ser ya, por la marcha natural e incesante de las ideas, una revelación sorprendente para sus conciudadanos, como lo fueron tal vez cuando el malogrado[478] argentino volvió al seno de su patria, después de beber a largos sorbos la ilustración europea; pero son y serán siempre un alto ejemplo para enseñarnos a disciplinar y dirigir las fuerzas intelectuales en orden a hallar la solución de los problemas que se refieren al bien de la sociedad.[479]
Nada tan eficaz para inspirar aversión hacia el hueco charlatanismo de los que hablan y escriben sin reflexionar, como la lectura de las obras de Echeverría. Él conocía los serios deberes del literato y sabía practicarlos con escrupulosa austeridad. No escribía para halagar las preocupaciones vulgares y alcanzar las victorias estruendosas, pero efímeras, obtenidas por los que dicen a gritos las necedades que el vulgo ama como a sus hijos; y sacrificaba siempre el efecto inmediato a las reglas del criterio artístico, inaccesible para la gran mayoría de personas que no tienen un gusto refinado. Escribió La Cautiva en humildes octosílabos como para hacer contraste con los ampulosos alejandrinos a cuya sonoridad deben algunos versificadores su fama poco envidiable, probando que la poesía reside en las ideas y en el sentimiento, que las modestas formas de un metro sencillo pueden albergar dignamente la sublime inspiración del poeta.
Supo reconcentrarse en los senos de la conciencia y sondar pacientemente las profundidades del mundo interior, así como había estudiado las maravillas de la naturaleza. Esperó los favores de la musa en las horas silenciosas de austeras vigilias, y la invisible confidente bajó a su alma[480] con una frecuencia y una amabilidad de que pocos pueden jactarse a pesar de haberla invocado muchas veces. Rompió la tradición clásica a que[481] habían estado sujetas las generaciones poéticas de la República Argentina, quitó a nuestra literatura el carácter de “cosmopolitismo incoloro” que había tenido hasta entonces, inspirándose en las peculiaridades de nuestra naturaleza y de nuestra sociedad, e introdujo en la poesía las audaces franquezas de la expresión, que muestran con verdaderos matices y en todo su vigor los fenómenos del alma humana. Sus cuerdas favoritas eran las que se armonizan con la solemne majestad de la meditación y con los tiernos suspiros de la elegía.
En su alma se albergaba ese indefinible sentimiento en que se condensan, perdiendo mucho de[482] su amargura, los males de la vida, sin llegar a confundirse jamás con la horrible desesperación o la sarcástica indiferencia de los que han dado a la esperanza un eterno adiós. Su espíritu se oscurecía con las nubes de la tristeza como el mundo con las sombras del crepúsculo, pero brillaba también con los fulgores de halagüeñas visiones. Echeverría ha contemplado el ideal, ha sentido los dolores y los placeres de esa contemplación, y ha reflejado en bellas estrofas las variadas escenas de su drama interior.
Desde una humilde casa de adobe de la ciudad de Tucumán,[483] las Provincias Unidas de la Plata[484] lanzaron al mundo, el 9 de julio de 1816, la declaración solemne de su independencia. Fué ése un acto que, aunque más modesto que el celebrado cuarenta años antes por las trece colonias inglesas, tuvo igual si no mayor significación relativa en los destinos del pueblo que la realizaba. Esa declaración[485] audaz que se hacía seis años después[486] de iniciada la guerra separatista, en momentos en que las armas patriotas eran dominadas desde Méjico hasta Chile, tuvo la virtud de retemplar los espíritus abatidos, salvando acaso la suerte de las armas.[487] Proclamada[488] esa declaración en medio de una horrorosa anarquía, que habría de retardar por otro medio siglo[489] la unidad nacional, logró sin embargo polarizar los espíritus en el sentido de la democracia. Clausurado ese Congreso sin que sus tareas se viesen cumplidas, su papel en la historia fué el de un monumento inconcluso que recordará a los pueblos el deber sagrado de completar sus grandes líneas.
Casa donde se Reunió el Congreso de Tucumán Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas
Casa donde se Reunió el Congreso de Tucumán
(Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas)
Los lineamentos de las dos grandes revoluciones[490] de la independencia en el norte y en el sur del continente son demasiado diversos para que se los pueda superponer. No debe olvidarse que el grito revolucionario resonó en la América del Sur en 1810, cuando ya la Europa había olvidado la aventura a que se lanzara Francia en 1789; cuando[491] las acciones de la democracia habían sido despreciadas en el mercado político europeo, dominado como estaba por un escepticismo contra el cual tenía escasa acción el éxito relativo con que la América sajona había comenzado a poner en práctica sus instituciones democráticas. En el norte el deseo de instituir un gobierno propio[492] primaba sobre el anhelo de independencia, según lo comprueba el ofrecimiento de obediencia y de voluntaria contribución que hicieron las colonias inglesas al soberano; en el sur el deseo de independencia era lo primero y la forma de gobierno lo segundo. Fracasada la libertad de Francia en el imperio militar y desacreditada la república[493] por los crímenes del Año Terrible, la democracia[494] no tenía atractivos especiales para los promotores de la revolución, por lo menos para los espíritus más prácticos; antes bien esa forma de gobierno[495] concitaba peligros, entre los cuales el más grave era sin duda el de no alcanzar de la Europa el anhelado reconocimiento de la independencia.
Si éstas son razones históricas y por lo tanto ocasionales, otras más profundas y de un orden social hicieron el proceso diferente en ambos extremos de América; y por lo que toca a la del[496] Sur, más dramático y doloroso que en el Norte. El gobierno español había establecido un régimen colonial fundado en la opresión y el egoísmo, dentro de cuyo programa absoluto no cabía el ejercicio de la más débil iniciativa local. Tan profundo fué el sello impreso por el ejercicio de este paternalismo estrecho, que sus resabios son visibles todavía en la vida política de casi todas las naciones que estuvieron un tiempo sometidas a España. En muchas de ellas la evolución político-democrática ha sido entendida, a lo sumo, como el paso de la autocracia despótica al paternalismo benévolo. Aun hoy día el estudioso podría descubrir en la legislación de algunos países de la América española, una como presunción[497] de que el pueblo es el sujeto pasivo de la actividad social ejercida por el Estado, de quien se aguardan todas las iniciativas. El Estado,[498] por su parte, no hace mucho por modificar este concepto, antes bien se apresura a confirmarlo tomando[499] así toda carga que conduzca al progreso social. Hay la tendencia a mirar este progreso, este resultado, como el fin mismo de la actividad del Estado y de aquí que esas sociedades casi carezcan[500] de legislación y de órganos para instaurar procesos sociales que tengan en vista aquellos resultados, pero en los que intervenga la actividad general, con cuyo ejercicio se perfecciona la verdadera educación democrática.
Si esto ocurre en la hora presente, no es extraño que en los obscuros días de 1810, cuando la institución de la república había caído en descrédito, los fundadores de las nacionalidades hispanoamericanas no tuvieran una idea clara de la función social del gobierno democrático. Así se explica la creencia de que la perfección del estado político dependiera más de cierta virtud intrínseca de las leyes que de la virtud de los hombres. ¿No deseaban esos próceres “leyes tan perfectas que[501] fuera imposible al pueblo contravenirlas”? Se admitirá pues, que en la América española la fórmula lincolniana del gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, habría pecado por exceso,[502] al juicio de los legisladores que a lo sumo deseaban fundar un gobierno para el pueblo, pero no veían la posibilidad, ni acaso tampoco la ventaja, de instituir gobiernos del pueblo y por el pueblo, excepto en cuanto reconocían la necesidad de que[503] los gobernantes estuvieran identificados con el pueblo por razón de su origen.[504] Como lo hace notar[505] nuestro Sarmiento: “el cabildo abierto sólo[506] admitía los notables de la ciudad, apartando al pueblo del lugar de la reunión, como lo repiten las actas de la época. En el pueblo vendrían indios, negros, mestizos, mulatos, y no querían abandonar a números tan heterogéneos la elección de magistrados, si estos habían de ser blancos, y de la clase burguesa y municipal.”
En definitiva, todos los caracteres de nuestra revolución proceden de una modalidad social de las colonias hispanoamericanas, modalidad sobre cuyas consecuencias históricas nunca se insistirá[507] demasiado, pues proporcionan la clave para comprender la evolución política y el estado actual de esos pueblos. Durante el coloniaje existían allí la más brillante cultura y la ignorancia más densa. Por una parte esos países habían instituído la educación superior en sus universidades muchos años antes de que los primeros peregrinos arribasen a Plymouth; por otra, las clases inferiores de la sociedad unían a su falta de luces, la barbarie transmitida en las luchas con los elementos indígenas.
Estratificada así la sociedad, el historiador puede seguir una línea correspondiente de separación durante todo el proceso histórico. Dos factores, diferentes cuando no antagónicos, se desarrollaron[508] en esas sociedades al sonar la hora de la revolución. El uno el factor idealista, que pudiéramos decir, se inspiraba en un pensamiento aristocrático, siquiera sea dicho en su estricto sentido etimológico, puesto que respondía a la convicción de que[509] las clases superiores y cultas tienen la responsabilidad de tutela social. Para estas clases el problema político era un problema filosófico, dependiente en gran parte de una legislación apropiada. Aunque para los prohombres el gobierno más perfecto era el que garantizaba el mayor bien al mayor número, ése era el límite extremo de sus teorías democráticas. Dado el medio en que actuaban, ninguno de ellos hubiera ido tan lejos como para proclamar el derecho de todos y de cada uno a contribuir con su expresión individual a formar el ideal colectivo; a constituir, en suma, una nación que fuera expresión fiel de la cultura moral y social existente entonces en el pueblo. Ninguno se habría resignado a dejar en manos de las ciegas mayorías el futuro de la nación. Nadie habría llevado tan lejos su fe en los instintos de la colectividad. Creían, pues, en el gobierno de los mejores, es decir, de los que ellos creían tales, pues para medir los méritos de los hombres aplicaban el cartabón de la cultura y de la sabiduría y no el simple magnetismo personal ni otras cualidades elementales y primitivas, que en los estratos inferiores de la sociedad despiertan admiración y deciden la superioridad.
De acuerdo con este criterio, las naciones sudamericanas han dado a sus instituciones políticas un sello a veces diferente del que imprimieron a las suyas las colonias anglo-sajonas, diferencia, por otra parte, que nadie sería osado a condenar pues son variantes del problema que con su existencia plantea desde hace siglo y medio la democracia.[510] Para no detenernos sino en uno de esos contrastes, véase el diferente alcance que las naciones de la América hispánica han dado al concepto “representativo”, respecto del sentido que ese término recibe en las prácticas políticas de la América inglesa. Según éstas, el gobierno representativo debe reflejar fielmente la fisonomía de la sociedad que representa; y para asegurar ese carácter, los representantes son emanación directa de las circunscripciones locales. El gobierno, pues, no puede nunca ser superior al pueblo, ni acaso para el espíritu de esas sociedades es deseable que lo fuese. Los países latinoamericanos han dado a la representación un significado menos estricto, haciendo que los representantes lo sean[511] en común de las grandes divisiones políticas, con lo cual se cumple el propósito de que la representación recaiga sobre las personas de mayor prestigio y sabiduría, residentes por lo general en las capitales y centros importantes.
El otro componente de la revolución argentina lo suministra el pueblo ignorante e ineducado, aunque celoso como pocos de su independencia personal. A despecho del papel pasivo que con la mejor intención se pretendía hacerle desempeñar[512] en el drama, ese pueblo fué el verdadero protagonista. Adivinó que llegaba el momento histórico de actuar y actuó, obrando según sus fieros y primitivos impulsos, exteriorizando los cuales[513] comenzaba en realidad su larga auto-educación política. La repugnante arena de las luchas fratricidas en que se debaten sus crudos intereses, ha sido en realidad la escuela de la democracia en Sud-América. Los caudillos locales que las turbas exaltaron, son el exponente y la expresión de las sordas voluntades colectivas. Aunque figuras menores[514] de la historia, siniestras a veces, no por eso son indignas del estudio del sociólogo.
Ernesto Nelson
Ernesto Nelson
El factor idealista de la revolución y de la organización nacional tiene su campo privativo de acción en la obra legislativa y de pensamiento; el otro en la acción concreta y visible de la negra anarquía y la sangrienta dictadura. Del choque de ambas corrientes, de su compenetración gradual, resulta la fisonomía política actual de la República Argentina, país donde el conflicto entre ambas formas de acción ha durado menos que en los otros, muchos de los cuales son todavía mundos políticos en formación, habiendo algunos[515] en los que el orden y el equilibrio aun no han aparecido. No sólo ha salvado la Argentina la época ígnea de las revoluciones, sino que su ambiente social permite ya que prospere en él la forma más delicada de la democracia, o sea el voto[516] secreto, cuyo advenimiento en las prácticas políticas de la gran república del sur tiene un significativo valor filosófico, como prenda de concordia y de colaboración entre las luces de la cultura y los instintos populares a cuyas inspiraciones esa ley entregó con plena confianza sus[517] destinos futuros. En la fisonomía actual del país los dos elementos de la evolución social han dejado impresa su huella. El espíritu democrático, ya madurado, coexiste con un pronunciado idealismo, un respeto casi religioso por la cultura, que ha llevado a las legislaturas y a las mansiones presidenciales hombres de pensamiento más bien que obreros de acción práctica, con decidida ventaja a veces para la exaltación del ideal político, si bien con alguna desventaja para la acción concreta inmediata. La constante calificación de cultura que ha servido de principal requisito al ejercicio del poder, ha impedido que éste caiga en manos mercenarias o bajo el dominio de inteligencias sin cultura que degradasen su función[518] social. Por eso ha sido motivo de sorpresa para los observadores inadvertidos el encontrar en las repúblicas latinas gobiernos no tan representativos como pudiera esperarse de la general falta de cultura de las masas. Los prestigios del mando, con su escuela de méritos y de honores para los servidores del país, las prácticas apenas atemperadas del paternalismo ancestral, han creado el anhelo del bien público llevado con extrema frecuencia hasta el sacrificio personal. Y si esta excesiva actividad central acaso obra, según se ha dicho ya, inhibiendo las actividades locales, no hay[519] duda que ha contribuído a revestir la función política de mayor dignidad y a darle el carácter de una defensa contra los avances del capitalismo. Un tipo tal de democracia traerá tal vez cierto exceso de intervención oficial que no se advierte en las democracias más homogéneas, en las que el estado recibe toda la savia de los estratos inferiores de la sociedad; pero sin duda evita la maléfica influencia de los poderosos intereses privados, de cuya presión son a veces resultado[520] legislaciones que disimuladamente los sirven.
Si la legislación constructiva y la demagogia destructiva constituyen respectivamente el anverso y el reverso de la vida nacional, en pocos momentos de la historia argentina se exhiben con mayor evidencia ni en forma más irreconciliable que en[521] el acto de celebrarse el Congreso de Tucumán. Se iniciaba esta asamblea después de seis años[522] de rotas las hostilidades con la madre Patria y sucedía a una serie de esfuerzos por dar forma política definitiva a la nueva nación. El Congreso era un incidente en el proceso idealista y llevaba[523] involucrados todos los caracteres de este último.[524] Así, no fué, ni podía ser, una emanación normal de las voluntades populares. Sus organizadores “poco se cuidaron de dar a la asamblea un origen democrático” y apenas representaba ésta una parte de las “provincias unidas” en cuyo nombre hablaba. Los caudillos habían aparecido. Uno[525] de ellos atraía hacia sí a Córdoba, Uruguay, Entre Ríos, Corrientes, y poco después a Santa Fé, mientras el Paraguay se mantenía en su aislamiento. El Congreso procuró pacificar a los rebeldes decretando indultos generales, envió delegados para calmar desavenencias entre aquellos y hasta empleó la fuerza para sofocar sediciones que estallaban a su alrededor. Las actividades[526] del Congreso eran, pues, denegatorias de todo carácter representativo y significaban el ejercicio de una actividad que se invocaba en nombre de los principios absolutos más bien que en los de la representación, por mucho que se estirara el significado de ese concepto. Dada la descomposición a que en los seis años de guerra habían conducido los excesos del individualismo desenfrenado, el Congreso se abrogó la misión tutelar a que se sentía llamado, ejerciendo una acción realmente ejecutiva que lo distrajo de los propósitos cardinales para que había sido convocado, es decir, la declaración de la independencia y para redactar la constitución que habría de regir la nueva nación.[527]
El anverso y el reverso de ese momento histórico están representados, respectivamente, en la composición del Congreso por una parte, y la composición de los partidos en lucha, por la otra. El Congreso era la expresión más acabada de la cultura del virreinato; sus miembros, productos de las universidades de Córdoba,[528] de Charcas,[529] de Santiago de Chile,[530] del Colegio de San Carlos,[531] todos ellos competentes, poseídos del patriotismo más acendrado. Como sombrío contraste, véase el estado general del país,[532] según lo pintó uno de los más ilustres miembros del Congreso:[533] “Divididas las provincias, desunidos los pueblos y aun los mismos ciudadanos, rotos los lazos de la Unión social, inutilizados los resortes todos para mover la máquina, erigidos los gobiernos sobre bases débiles y viciosas, chocados entre sí los intereses[534] comunes y particulares de los pueblos, negándose[535] algunos al reconocimiento de una autoridad común, enervadas las fuerzas del estado, agotadas las fuentes de la pública prosperidad, paralizados los arbitrios para darles un curso conveniente, pujante en gran parte el vicio y extinguidas las virtudes sociales (o por no conocidas o por inconciliables con el sistema de una libertad mal entendida), conducidos, en fin, los pueblos por senderos extraños—pero análogos a tan funestos principios—a una espantosa anarquía (mal el más digno de temerse en el curso de una revolución iniciada por meditados planes, sin cálculo en sus progresos y sin una prudente previsión en sus fines), ¿qué dique más poderoso podía oponerse a este torrente de males políticos que amenazaban absorber la patria y sepultarla en sus ríos que la instalación de un gobierno que salvase la unidad de las provincias, conciliase su voluntad y reuniera los votos, concentrando en sí el poder?”
A la anterior pintura habría que agregar que la[536] revolución estaba en una situación desesperada, cercadas como se hallaban las provincias por fuerzas españolas en Chile y en el Alto Perú. El[537] Congreso mismo debió trasladarse a Buenos Aires ante la aproximación del enemigo, que bajaba del[538] Norte.
En tales condiciones la valiente declaración de la Independencia, el 9 de julio de 1816, salvó la suerte de las armas galvanizando los entusiasmos del ejército y convirtiendo la revolución en invasora: pocos meses después, en efecto, San Martín cruzará los Andes para batir a España en Chile, desde donde, unidos los argentinos y los chilenos, iniciarían la expedición libertadora que heriría al enemigo en su corazón, Lima, para luego[539] engrosar el ejército de Bolívar a quien tocaría[540] dar el golpe definitivo al poder español en América.[541]
Dados los caracteres sociológicos de la revolución; dadas, además, las circunstancias en que se hallaba el país, según las describiera[542] Fray Cayetano Rodríguez,[543] no es de extrañar[544] que el Congresoc de 1816 fuese monarquista. En su seno, en efecto, se deslizaron los más extraños proyectos para alzar en el país un trono...: un trono cuya fuerza fuera capaz de asegurar el orden interior y cuyo prestigio diera al país las garantías morales y materiales que sin duda reclamaría Europa antes de reconocer la independencia de la nueva nación y de prestarle su poderosa alianza. Se pensó en traer[545] algún miembro de una casa real europea, y hasta se propuso restaurar con tal objeto la antigua monarquía incásica.