Nos parecen absurdos tales proyectos hoy que vemos lozano el árbol de la democracia que a todos los pueblos de América nos cobija; pero no se olvide que para entonces el Congreso de Viena había arrancado esa planta del suelo de Europa como cizaña peligrosa, sin que el débil retoño sajón hubiera dado todavía los ricos frutos que los tiempos le reservaban. Para los americanos de hoy, a uno y otro lado del ecuador, el patriotismo del suelo está reforzado por un patriotismo de principios, un noble orgullo de haber nacido bajo la estrella de la igualdad de ventajas; pero entonces la libertad no tenía el sentido noble que le han dado después los triunfos del individualismo. Felizmente, aun cuando el bando monarquista contaba con opiniones de tanto peso como las de San Martín y de Belgrano—al segundo de los[546] cuales el Congreso hizo el honor de oír en sesión secreta especial—y aun cuando la causa de la democracia tuvo una pobre defensa de parte de uno de los detractores de la monarquía, la buena[547] doctrina triunfó en esa hora crítica para la república y para la América toda. Como se ve, aquel instante de la historia es un punto de empalme en el cual los destinos del continente estuvieron en peligro de tomar otro carril que hubiera llevado las ideas y los hombres por otros campos de la acción política y social, transformando la vida de medio hemisferio y afectando tal vez seriamente la suerte de las instituciones democráticas en los Estados Unidos. Afortunadamente, en ese minuto supremo, una mano firme[548] se apoderó de la palanca que podía haber cambiado la marcha y antes de que los demás actores se percataran, un gran convoy de pueblos había entrado en la vía que conduce a los destinos[549] superiores de la humanidad.
Aunque el Congreso no dió al país la constitución que de aquél se esperaba, salvó, como se ha visto,[550] la suerte de la democracia. Por este solo hecho la posteridad le ha perdonado su ofuscación, sus vacilaciones entre el régimen republicano federal por el cual se pronunció primero y el centralista que luego adoptó, y hasta las veleidades monárquicas en que más tarde reincidió. En cambio, la luz que encendió en aquella hora vespertina señaló constantemente el puerto seguro a los pueblos que estuvieron a punto de extraviarse para siempre cuando cerró la larga noche de la[551] anarquía.
(Title: Buenos Aires. The name Buenos Aires goes back to two legends. The one says that on landing the settlers exclaimed, “¡Qué buenos aires!”, whence the name. The other, and more likely one, says that the sailors, hard pressed by bad weather, made vows to “la Virgen de Buenos Aires”, their patron saint, and upon landing safely named the place Buenos Aires, in gratitude to her.)
Se necesita hacer un esfuerzo de imaginación para comprender hoy lo que era Buenos Aires ahora setenta años. La porción urbana que servía de asiento a la iniciativa política y gubernamental de la comuna, ocupaba un radio bastante modesto. Tomando por texto el plano de la ciudad, que, por orden del virrey Avilés, levantó en el año de 1800 el señor don Pedro Cerviño, agrimensor y piloto muy competente, se ve que los suburbios, es decir, la parte en que no había paredes sino cercos de tunales, comenzaban, por el sur, en las manzanas limitadas hoy por las calles de Méjico y de Chile. A ese lado, la ciudad quedaba separada de sus orillas por esa avenida caudalosa de las lluvias que llaman el tercero del[552] sur, cuyo nombre antiguo era el Puente de los Granados, porque atravesaba terrenos de la propiedad de la familia de este nombre, a la que pertenecía la virtuosísima madre de nuestro amigo y co-redactor D. Juan María Gutiérrez.[553] Allí comenzaban ya los cercos que encerraban una infinidad de huecos o eriales atravesados por sendas, y en cuya extensión vivían, en casas muy modestas, no sólo las familias pobres, sino también un extenso número de las de mediana condición, sin necesidad y sin idea ninguna de la riqueza. El amueblado de una familia común podía calcularse, cuando más, entre cien y ciento cincuenta pesos de plata. Duraba de una generación a la otra, y no se renovaba jamás sino por piezas insignificantes. La mesa y el mantenimiento se reducía, en general, al gasto de dos a[554] cuatro reales por día, sin dejar de ser abundante y suculenta, porque todos tenían aves y verduras en sus corrales, y lo único que se compraba era la carne y el pan.
Estos suburbios, muy bien caracterizados por Cerviño con el nombre de tunales, se corrían desde el Puente de los Granados (en la calle del Perú), siguiendo una línea oblicua hacia el noroeste, hasta la plaza de Monserrat, que quedaba lindera, diremos así, con el despoblado; y que era por lo mismo un suburbio popular de los más poblados, y muy turbulento por cierto. La iglesia y la parroquia de la Concepción quedaban naturalmente entre las quintas y entre los cercos agrestes de las orillas. Entre Monserrat y la Plaza Nueva (hoy Mercado del Plata) había unas cuantas manzanas de población algo compacta aunque de pura clase pobre; y lo que es hoy calle de Salta quedaba entonces entre los eriales y los huecos, que eran verdaderos matorrales de hinojos y de cardos, erizados de arbustos de sauco, y de montes de durazneros que servían para abastecer de leña a la población. En toda la línea del norte, que es[555] hoy la calle de Corrientes, comenzaban de nuevo los tunales, los huertos, los cercos agrestes, los eriales con sendas, hasta el Retiro, donde estaba la Plaza de Toros, y cuyas cercanías estaban rústicas y muy pobladas de orilleros. Había también por allí algunas quintas, que eran verdaderas soledades bastante difíciles de cuidar: campo de la justicia de los prebostes de la Hermandad.[556]
En un país tan pluvioso como el nuestro, formado por terrenos de aluvión, es evidente que entonces no podía haber caminos públicos en un estado de mediano servicio. Los pantanos rodeaban la ciudad haciendo un verdadero laberinto de sendas y de portillos, que requerían una especial vaquía de parte de los que tenían que practicarlos. Más atrás de la zona solitaria de las quintas, había algunas chacras extensas erizadas de montes, de espinillos y de durazneros, entre los cuales eran célebres, como abrigos de bandidos, el monte de campana cerca de lo que es hoy la Floresta, el monte de Castro, entre Flores y Morón, el callejón de Ibáñez; a los que no les iban en zaga otros lugares, que aunque más cercanos, tenían también malísima fama; como el hueco de los Sauces, los cercos de los Ejercicios, la quinta de Rivadavia, el paso de Burgos, el hueco de Cabecitas y el de doña Ingracia; y sobre todo, los zanjones del tercero del norte, que eran hasta 1830 uno de los puntos más selváticos y agrestes que pudiera tener a su costado una ciudad civilizada y revolucionaria[557] como era la de Buenos Aires en 1815.
Era natural que el centro más urbano y más noble de la Comuna participase en algo de las malas condiciones de sus suburbios. La carestía de la piedra, la dificultad de sacarla de la Banda Oriental, por falta de brazos aptos y por falta de buques[558] en que conducirla, hacían que apenas hubiese[559] una que otra calle, malísimamente empedrada. Se conocía por calle del Empedrado la que hoy es[560] de la Florida; y no es poca lástima que se le haya quitado este título original de nobleza, que le corresponde en la tradición de la cultura de nuestra ciudad. Las lluvias copiosísimas de aquellos tiempos han dejado fama en el recuerdo de nuestros padres. Al correr como torrentes, para salir al río, o para empozarse en los pantanos, se llevaban gran parte del piso, abriendo curvas de zanjas profundas y de precipicios entre una y otra acera, y hacían imposible atravesar las calles (fuera de ocho o diez cuadras en el centro) por otra parte que por las esquinas, donde había apoyos de grandes piedras puestas a distancia para afirmar el pie. Era tal este estado, que en la parte que es hoy calle de Cangallo (entre Florida y Maipú) había lagunas donde se ahogaron algunos lecheros en tiempos del virrey Vértiz, como consta de documentos oficiales.
Por la noche, esta espléndida ciudad de Buenos Aires, que hoy enrojece su atmósfera con los reflejos del gas, presentaba un aspecto desolado, si es que las tinieblas pueden tener aspecto. A lo largo de la calle del Correo (hoy Perú) se divisaban de un extremo a otro, cuatro linternillas diminutas que señalaban las cuatro mesitas en que los loteros privilegiados por el Cabildo expedían cedulillas, arrimados a la pared y con un pequeño farol que era la única luz de esa calle central. Las veredas eran de mal ladrillo, húmedas, estrechas, desiguales, y temblorosas encima del barrial en que tenían su asiento; y en muy pocas calles las había.[561]
Buenos Aires era una ciudad baja, aplastada y cubierta con las capuchas de los tejados de feísimo aspecto; que tenía, sin embargo, la reputación de[562] la belleza entre las otras ciudades españolas. Pero esa fama le venía de sus habitantes, más bien que de su suelo. En ambos sexos, ellos eran de espíritu alegre y suelto; de alma impresionable y simpática; admiradores entusiastas y copistas ardientes de las grandes novedades de la civilización. Naturalmente inclinados a lo liberal; con algo de aturdido y de liviano, pero siempre bien inspirados, inclinados a la pompa y halagados por la vanagloria que viene de hacer el bien y de realizar hazañas. La sociedad era por esto expansiva y hospitalaria. Su arrogancia era abierta, porque consistía siempre en el anhelo de que su revolución y sus progresos sirviesen a todos,[563] e hiciesen de nuestro suelo y de nuestras leyes, el abrigo de todas las razas del mundo que no estuvieran bien avenidas en el suyo.
Tal era entonces la capital, en cuya frente el[564] poeta de la revolución había escrito estos versos tan arrogantes como adecuados, entonces, al genio de la Comuna:
Pero, ésta era la ciudad que había hecho la Revolución de Mayo, que la había defendido y salvado contra todo el poder de la España, proclamando los principios más elevados, más generosos y más humanitarios de la civilización moderna. Ésta misma era la ciudad que había vencido y rendido dos ejércitos ingleses; que había deshecho y apresado tres escuadras españolas; que había plantado la bandera argentina en las murallas de Montevideo; que iba con un paso seguro a reconquistar a Chile, a libertar al Perú, y a llevarle soldados a Bolívar para ganar la batalla famosa de Junín y libertar a Quito. Para motejar, entonces, la arrogancia de la cuarteta, sería preciso ver cómo podrían borrarse de la historia, o como podrían motejarse los hechos gloriosos que la inspiraron.
No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle del Perú y de la Victoria ha cambiado en los veintidós años transcurridos: el centro comenzaba en la calle de la Piedad y[565] terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia de las tiendas estaba representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina, mostrador[566] democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de la noche y el toque de las ánimas. El barrio de las tiendas de tono se prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas cinco cuadras constituían en esa época el boulevard de la fashion de la gran capital.
Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local, han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador[567] corrido y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge.
¡Oh, qué tiendas aquéllas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en el muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la marchanta conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y el pulgar, sin obligación de penetrar a la tienda.[568]
Aquélla era buena fé comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera engolosina sin satisfacer las exigencias del tacto que reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible. ¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! ¡Cuán lejos están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia! No pasaba una señora ni una niña sin tributar los más afectuosos saludos a la rueda de contertulianos sentados cómodamente en sillas colocadas en la calle y presididos por el dueño del establecimiento. Y cuando las lindas transeuntes penetraban a la tienda, el dueño dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientas con un efusivo apretón de manos, preguntaba a la mamá por “ese caballero”,[569] echaba algunos requiebros de buen tono a las[570] señoritas, tomaba el mate de manos del cadete y lo ofrecía a las señoras con la más exquisita amabilidad; y sólo después de haber cumplido con todas las reglas de este prefacio de la galantería, entraban clientas y tenderos a tratar de la ardua cuestión de los negocios.
Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe, porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés formados a la entrada de la casa, que, a su calidad de mercadería de fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse los tertulianos[571] habituales del establecimiento. Y después los mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados de selvas de lana, con que las fábricas de Manchester reemplazaban en nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubusson y de Gobelinos[572].
¡Qué agilidad aquélla con la que el patrón, apoyándose sobre la mano izquierda, saltaba el mostrador! ¡Qué gracia con la que desplegaba ante los ojos de las clientas, de un golpe, y como un prestidigitador, la pieza de percal, de muselina o de barège envuelta alrededor de la tablilla, que quedaba, desnuda de su preciosa mercancía, abandonada indiferentemente sobre el mostrador! ¡Qué elasticidad de movimientos, qué vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para medir sobre la vara el lote vendido, dejándolo[573] amontonarse ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora, poniéndoselo en la mano, restregándolo para justificar la falta absoluta de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de la trastienda lleno de agua, para ensopar en él el extremo de la pieza de muselina y justificar la tinta indeleble de la tela!
Europa pierde anualmente una parte de su población, insignificante por el número si se la compara con la gran masa humana que habita su suelo, valiosa por las iniciativas enérgicas y el coraje que demuestra al abandonar la tierra patria con rumbo a lo desconocido.
Todas las semanas apártanse de sus costas enormes buques, que vomitando humo se lanzan a través de las infinitas y azules soledades, repleto el cóncavo vientre de carne humana, que sufre, se agita, sueña o se estremece con los internos espejismos de la esperanza. Salen de los muelles escarchados y brumosos del Báltico; de los puertos ingleses, negros de polvo de hulla, en cuyo ambiente grasoso parece esparcirse un vago perfume de té y tabaco con opio; de las costas de la Francia oceánica, que opone sus bancos vivos de[575] mariscos y los obscuros pinares de sus landas a los rabiosos asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las bahías españolas, inmensas copas de tranquilo azul, sobre las cuales trenzan y destrenzan las gaviotas el blanco aleteo, como asustadas por el intempestivo chirrido de una grúa o el mugido de una sirena; de las escalas del Mediterráneo, sonrientes y adormecidas bajo la ardiente lluvia del sol; ciudades blancas, con la alba crudeza de la cal o la suave y aristocrática del mármol; ciudades en cuyos embarcaderos flota un ambiente de hortalizas marchitas y frutos sazonados, y en las que el viento de tierra lleva hasta los buques, junto con el nupcial aliento del naranjo y el varonil incienso del almendro, briosos rasgueos de la guitarra ibera, los repiqueteos del tamboril[576] provenzal y lánguidos arpegios de las mandolinas italianas.
Los gigantes marinos mueven las invisibles uñas de sus hélices y se despegan de la tierra. Su proa, como un hocico inteligente, parece husmear el horizonte para adivinar la senda a traves del infinito, y en torno de su grupa rebullen convertidas[577] en jabonosa espuma las aguas grises o negruscas de los mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánticas o las verdes linfas mediterráneas, pobladas de chisporroteos de sol y escamas de oro, que pasan y se renuevan como estrellas fugaces en las glaucas profundidades.
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Desapareció la tierra: agua por todas partes. El azul blanquecino del cielo sobre el azul negrusco[578] de las olas. La proa que se alza hasta ocultar la faja del horizonte o se hunde elevando sobre su ángulo la lejana línea del mar, como una muralla oscura; la popa, que parece desplomarse en el abismo a cada ondulación, o al remontarse acaricia algunas veces el espacio con infructuosas paletadas de sus hélices; el mugir lejano de las máquinas en lo más profundo de las entrañas del leviatán de acero, revelan únicamente el movimiento,[579] la marcha. Sin esto el buque parecería inmóvil encantado en medio de la inmensidad[580] circular y monótona. Avanza y avanza, y siempre parece estar en el mismo sitio, en el centro exacto del circo infinito.
¿Adónde va el buque a través del misterio azul? ¿A qué lejana tierra de ensueño conduce su cargamento de miseria y esperanza?...
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Hace años, estos férreos transportadores de hombres seguían todos el mismo rumbo, con la tenacidad rutinaria del rebaño que, una vez aprendido un camino, no sabe salirse de él.[581]
Al abandonar las costas europeas ponían la proa al Oeste, siguiendo los mares septentrionales agitados o brumosos. Todos se daban cita en las costas de una inmensa nación, tragaderos insaciables[582] de hombres, olla hirviente de todas las razas, tierra de prodigios monstruosos, de iniciativas desconcertantes en fuerza de ser grandiosas; país rodeado de una leyenda de maravillas, con minas de oro más opulentas que las del tiempo de Salomón,[583] edificios de mayor altura que la torre de Babel[584] o los pensiles de Semíramis, e invenciones[585] como no las soñaron los antiguos magos.
Ahora ya no navegan todos los gigantes del mar con rumbo a los Estados Unidos de la América del Norte. El camino se ha bifurcado. El colosal rebaño de humo y acero se reparte, y mientras unos marchan todavía hacia el Oeste para llevar las últimas provisiones de energía humana al pueblo más progresivo de los tiempos modernos, otros ponen la proa al Sur en busca de un nuevo país abierto a la ilusión y al noble espíritu aventurero de los que desean cambiar de medio.
En todas las épocas de la Historia han existido ciudades de renombre mundial, ciudades-esperanza[586] hacia las cuales se han vuelto con anhelante deseo los ojos de los hombres. Lo que la gloriosa Atenas fué para los artistas de remotos siglos, lo que representó Roma para los varones del mundo antiguo, que veían en ella un escenario sonoro de[587] su actividad intelectual, lo han sido otras poblaciones[588] para los hombres ansiosos de conquistar rápidamente una posición económica sin tropezarse con las trabas y obstáculos que oponen las sociedades viejas y exuberantes de población.
El nombre de estas ciudades de prodigios evoca imágenes de suntuosidad y amontonamiento de riquezas; sugiere la visión de fortunas amasadas vertiginosamente; suena en los oídos con el sugestivo retintín del oro, y todos los valerosos en el eterno combate de la vida corrieron a ellas con la desesperación heroica del que ansía morir o abrirse paso.
Bagdad, la mágica Bagdad de Las mil y una[589] noches, ha hecho soñar durante mil años a los pueblos orientales, que veían en la lejana metrópoli del Tigris inmensos tesoros guardados por los genios y las peris para premios de los buenos.
La medioeval Toledo, patria de mágicos prodigiosos,[590] brujos omnipotentes y alquimistas fabricantes de oro, ocupó la imaginación de los europeos siglos y siglos, evocando en su sencilla fantasía montones inmensos de monedas rutilantes, cuevas rellenas de barras del precioso metal, palacios carcomidos, próximos a hundirse bajo el[591] peso de inauditas riquezas. ¡Ser brujo de Toledo! ¡Poseer la receta misteriosa para la fabricación del oro!... Esta ilusión estaba tan arraigada en el alma medioeval, que ha perdurado a través de los siglos, y aun hoy las viejas judías de Salónica[592] y Constantinopla que guardan las tradiciones de España, patria de sus mayores, cantan viejos romances a la gloria de la ciudad del Tajo y sus fantásticas riquezas.
Durante la colonización hispanoamericana, el renombre de una ciudad casi desconocida ahora, conmovió el mundo. ¡Potosí!... Al pronunciar[593] este nombre veíase con la imaginación un monte inmenso de engañosa corteza terrena, en la que bastaba arañar un poco para que quedasen al descubierto las entrañas de metal deslumbrador. Semejantes al rey Midas de la[594] leyenda, que convertía en oro todo cuanto tocaba, los hombres de este país de maravillas vivían rodeados de una abrumadora y forzosa suntuosidad. La plata valía menos que el hierro y la loza grosera. De plata eran las herramientas del trabajo, los objetos de usos más viles, las vajillas ordinarias, y hasta los guijarros con que se apedreaban los muchachos.
¡Potosí! ¡Mágico nombre!... En Europa los labriegos se hacían soldados para poder llegar en son de conquista al famoso país: los estudiantes y los clérigos cambiaban las negras bayetas escolásticas por el coleto de ante y la espada del aventurero: hasta los nobles abandonaban el regalo y las intrigas de la corte y partían a la conquista del Vellocino, despreciando la renta[595] vulgarísima y reposada de sus cortijos, toradas y tierras de pan llevar, ante la esperanza de una[596] fortuna inmensa, rápida, fulminante, en un país donde acababa de realizarse el secular ensueño de El Dorado.[597]
Luego, durante una mitad del siglo XIX, otro nombre de América hizo palidecer el de la famosa[598] ciudad del Alto Perú. ¡California! ¡Los placeres de oro inmediatos al Pacífico!... Y los soñadores de Europa que habían dedicado de antemano su vida a la aventura y al peligro, corrieron al encuentro de esta nueva resurrección de la Quimera que agitaba sus escamas de oro al otro lado[599] de los mares: y las gentes de simple entendimiento y férrea voluntad les siguieron en esta peregrinación hacia la riqueza, descuajándose de la existencia sedentaria, arracándose de las raíces que les unían a la aldea natal, al campo alimentador de su estirpe, para afrontar los peligros de una correría errante e incierta.
Hoy todos estos nombres no son más que recuerdos históricos, rótulos sonoros de ilusiones muertas, de esperanzas hechas polvo. El metal precioso, que era su alma, desapareció arrastrado por la circulación mundial, y sólo queda la mísera[600] máscara que lo contuvo, ruinas que hablan con su triste aspecto de una esplendidez desaparecida para siempre.
Pero la humanidad necesita una ilusión, una esperanza de riqueza que la acaricie en sus horas de desengaño y penuria, y otro nombre ha venido a sustituir a los mágicos nombres antiguos:... ¡Buenos Aires!
Es necesario ser europeo para comprender lo que estas palabras significan en el Viejo Mundo. ¡Buenos Aires!... Al pronunciar este nombre, la imaginación no ve minas de oro, tesoros resplandecientes que se ofrecen a la codicia del recién llegado sin más trabajo que agacharse para poseerlos. Hoy hasta los más ilusos saben que la conquista de la riqueza supone esfuerzo, y Buenos Aires, a través de las más optimistas fantasías, aparece siempre como un El Dorado del trabajo. Lo que este nombre evoca en la mente de los peregrinos mundiales que marchan hacia la tierra argentina no es una visión de oro, sino de rebaños infinitos, al lado de los cuales parecen míseras tropillas los ganados bíblicos de los profetas y la fortuna pastoril de los pueblos nómadas de la antigüedad; campos inmensos como un océano terrestre sobre los cuales tiene el cielo los mismos espejismos y rutilantes atardeceres que sobre el mar; suelos de maravillosa fecundidad, que sólo hay que abrirlos con el surco para que surja al momento, en forma de espléndidas cosechas, una energía fecundante, resto sin duda de las primeras fuerzas que presidieron la formación planetaria y que han estado dormidas durante miles de siglos en las entrañas del globo.
Vista del Puerto de Buenos Aires Copyright by Underwood & Underwood, N. Y.
Vista del Puerto de Buenos Aires
(Copyright by Underwood & Underwood, N. Y.)
Buenos Aires, cuyo nombre se confunde con el de todo el país argentino en la simple imaginación de muchas gentes, significa la fortuna por el trabajo. Pero hasta este trabajo tiene algo de maravilloso, de inaudito, de nunca visto. El trabajo europeo es para el emigrante una esclavitud penosa, ingrata, degradadora, de la que quiere librarse para siempre: escasos jornales, que apenas si bastan[601] para la satisfacción de las necesidades más primarias; imposibilidad del ahorro como medio de cambiar algún día de posición; falta absoluta de esperanza de mejoramiento; largas temporadas de famélico descanso por abundancia excesiva de brazos, y por encima de todo esto el fatalismo social del mundo viejo, que marca al pobre desde que nace, condenándolo a permanecer eternamente abajo, sin una ilusión, sin un resquicio en su mísera obscuridad, por donde pase la mano de la Fortuna y le busque a tientas tirando de él hacia lo alto.
¡Buenos Aires!... Este nombre hace soñar al desesperado. Al repetirlo mentalmente se siente fortalecido, con energías centuplicadas para la lucha. ¡Trabajará! el trabajo no le da miedo. Desarrollará una actividad triple o cuádruple que en Europa sin sentir cansancio, porque verá inmediatamente en sus manos el resultado de sus esfuerzos y conocerá la remuneración amplia y generosa. Sus brazos van a ser algo solicitado y respetado, con un valor positivo, sin el desprecio de la infinita concurrencia. Al fin va a entrar en relación con el dinero, antes invisible, y el trabajo le buscará, en vez de marchar tras él implorándolo como una limosna.
Hay además en todo emigrante algo de esperanza novelesca; la quimera que acompaña siempre a los hombres, aun a los de pensamiento más rudimentario, en todas las empresas de su vida. ¡Buenos Aires!... Al conjuro de este nombre surgen en la memoria historias maravillosas de rápidas y enormes fortunas; cuentos reales de lo que pudieran llamarse Las mil y una noches de la riqueza moderna: historias de españoles que llegaron al suelo argentino sin otro haber que un hato de ropa al hombro, para juntar en los años de su existencia veinte millones de pesos y extensiones de tierras grandes como provincias: historias de italianos que emprendieron el viaje para ser músicos en cualquier teatrillo de extramuros y acabaron poseyendo centenares de leguas en la fecunda Pampa. ¿Por qué han de ser ellos los únicos? Lo que ocurre a un hombre, ¿no puede ocurrirle a otro?
—¡Quién sabe!... ¡Quién sabe!...
Y murmurando mentalmente palabras de esperanza, se duermen sobre las cubiertas en la noches templadas de la travesía, unos contra otros, confundiendo miserias e ilusiones, como dormían en sus campamentos, muchas veces sin comer y transidos de frío, los soldados de Napoleón, pensando en el majestuoso Murat,[602] antiguo mozo de mulas; en el rey Bernadotte[603], nacido en una panadería; en todos los príncipes, mariscales y monarcas venidos de abajo, lo mismo que el último granadero; recuerdos que inflamaban su entusiasmo, borrando con el cálido esponjazo de la ilusión penalidades y desalientos.
¡Buenos Aires!... ¿Qué misterioso poder hace circular este nombre por toda Europa? ¿A impulsos de qué ley surge siempre con caracteres de fuego en la negra pesadilla del desesperado que recuerda con terror los compromisos y miserias del día siguiente? ¿Quién lo murmura, como un tenue susurro de esperanza, al oído de todos los que desean cambiar de suelo y de existencia?
Años atrás el Gobierno argentino fomentaba directamente la inmigración, tenía agentes reclutadores en todas las naciones, pagaba los pasajes; pero ahora hace mucho tiempo que ha abandonado este sistema. Ya no se cuida de atraer gente, pues tiene confianza en las excelentes condiciones del país y sabe que aquélla no ha de faltarle. Deja que el emigrante llegue a impulsos de su propia voluntad, costeándose el viaje (con lo que evita en parte el contingente de mendigos profesionales), y sólo se encarga de auxiliarle y dirigirle desde que pisa el suelo argentino. ¿Quién, pues, aconseja al emigrante europeo este viaje? ¿Quién ha lanzado el nombre mágico, evocador de esperanzas, en el escondido valle del centro de Europa, en la casa de madera perdida bajo las nieves de la estepa rusa o los fiords noruegos, en la exigua aldea de pescadores a orillas del Atlántico y del Mediterráneo, o en los barrios policromos de las tortuosas y dormidas ciudades de Oriente?...
Se dirá que los más[604] de los que emigran tienen parientes o amigos establecidos desde muchos años antes en la tierra argentina. Cerca de dos millones de extranjeros viven en ella, y éstos, satisfechos de su nueva existencia y gozando de una prosperidad—por escasa que sea—siempre superior a la que disfrutaban en el viejo continente, ejercen una atracción poderosa sobre su lejana patria.
Muchos de los que se embarcan sienten acallada su zozobra por la seguridad de que alguien les espera en la orilla americana. El muchachuelo español de boina azul que entona canciones en los bailoteos de a bordo, lleva oculta en el pecho una carta para el paisano y pariente que salió hace años de la aldea asturiana o la casería vasca para no volver más, sobreviviendo en la memoria de la familia y el vecindario con el prestigio de lejanas y fabulosas riquezas. El personaje omnipotente es almacenero en el campo, tiene un boliche en las inmensidades de la Pampa o Río Negro, y[605] el muchachuelo, apenas desembarque, pasará por Buenos Aires velozmente, yendo a caer en línea recta tras un mostrador, centenares de leguas tierra adentro, donde con una adaptación sonriente, como si hubiera salido de la casa paterna un día antes, comenzará a servir copas a los parroquianos de poncho, chiripá, bota de potro y sonoras[606] espuelas, que tal vez saluden a un futuro millonario en el listo galleguito. Los hebreos del lejano Oriente llevan recomendaciones fraternales para sus correligionarios de Buenos Aires dedicados a industrias urbanas, o para los que cultivan las colonias de Entre Ríos. Los italianos cuentan[607] siempre en Argentina los parientes a centenares. Algunos de los que van en el buque han hecho el viaje varias veces. Son golondrinas que llegan[608] en la época de la recolección de las cosechas, cuando se pagan los jornales a precios exorbitantes, y luego, con los ahorros bajo el ala, emprenden el viaje de retorno, tomando el transatlántico como quien toma el tranvía. Muchos que llegan por primera vez serán colonos, peones del campo, al lado de los amigos que les precedieron, o se dedicarán bajo su dirección y consejo a todas las faenas urbanas.
Es cierto que una parte de emigración actual va a la Argentina atraída por los compatriotas que hicieron antes el viaje, o recomendada a éstos. Pero, ¿quién atrajo y aconsejó a los que llegaron primeramente por su propia iniciativa? ¿Quién impulsa ahora a los que se presentan solos, sin apoyos ni conocimientos, fiados al buen gesto del destino? ¿Quién ha hecho que el recuerdo de Buenos Aires surja como una suprema solución en el ánimo de todo europeo que atraviesa uno de esos conflictos que cambian una vida?
Cada grupo cosmopolita que llega a los muelles de Buenos Aires es una nueva prueba de la fama mundial de la ciudad-esperanza, moderna Sión para todos los que ansían paz, trabajo y bienestar.
Su nombre circula por el mundo viejo como una brisa dulce que despierta las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos que empiezan a dudar de la que tienen por no encontrar en su seno más que pobrezas y opresiones, sienten como un rejuvenecimiento al pensar en este país maravilloso donde se realizan los más asombrosos avatares. Es la tierra donde el holgazán se siente activo, el apático se mueve con los entusiasmos del optimismo, y el que era en el viejo continente torpe e inútil, deformado por la estrechez del ambiente natal, surge del duro quiste rutinario con originales iniciativas, como si le inspirase el nuevo medio.
“¡Buenos Aires!”, murmura el viento en las noches invernales, al colarse por el cañon de la chimenea en la cocina campestre, española o italiana, donde la familia pasa las horas triste y silenciosa, rumiando cómo podrá evitar al día siguiente el embargo de los cuatro terrones que[609] constituyen su fortuna, o cómo adquirirá el pan necesario: “¡Buenos Aires!”, muge el vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de la isba rusa: “¡Buenos Aires!”, parece escribir el sol en arabescos temblones de[610] luces y sombras en los muros calizos de la callejuela oriental, ante los ojos del pobre otomano, encorvado por la servidumbre y el miedo: “¡Buenos Aires!”, repiten las alas de oro de la Ilusión cuando vuela de reverbero en reverbero, a altas horas de la noche, por los desiertos bulevares[611] de las grandes metrópolis europeas, precediendo los pasos del pobre desesperado, sin hogar, sin pan, que estudió para morirse de hambre, que ha visto fracasadas por falta de ambiente todas sus iniciativas, y tal vez piensa en el suicidio.
Vicente Blasco Ibáñez Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas
Vicente Blasco Ibáñez
(Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas)
Y todos, sin distinción de razas y clases, ignorantes e intelectuales, fuertes o humildes, al conjuro de este nombre ven alzarse en el último término del paisaje de su fantasía, bañada por la luz verde de la esperanza, una mujer majestuosa, pero de esbeltez juvenil, sin la pesadez imponente de la matrona; una mujer blanca y azul como las[612] vírgenes soñadas por Murillo, con el purpúreo[613] tocado, signo de libertad, sobre la suelta cabellera; una mujer que sonríe abriendo en cruz los brazos amorosos y deja caer desde su altura de montaña palabras que revolotean como pétalos de rosa y mariposas de oro.
—Venid a mí, los que tenéis hambre de pan y sed de libertad. Venid a mí, los que llegasteis tarde a un mundo demasiado repleto. Mi hogar es grande; mi casa no la construyó el egoísmo. Está abierta a todas las razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.—
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El buque sigue avanzando. Cambia el cielo y cambia el mar. Hay días en que el férreo vaso cabecea con mayor violencia sobre las olas y la muchedumbre aparece menos espesa, con grandes claros. Los que se sienten heridos por el mareo, ocúltanse en las profundidades del buque. Otros permanecen tendidos al aire libre, pálidos, inmóviles como cadáveres después de una catástrofe. Ya no suenan músicas: una tristeza gris parece gravitar sobre la cubierta, rociada de vez en cuando por el polvo acuoso de las olas, que chocan contra los flancos de la nave, levantando una cortina de espumas. Los habituados al viaje, que llevan a prevención como supremo lujo[614] un asiento de tijera o una silla de lona, permanecen sentados, fuman y miran al mar con aire de conocedores, insensibles a la general molestia que parece enseñorearse del buque.
Cuando las muchedumbres europeas de la primera Cruzada, armadas al azar, y sin otra disciplina que el entusiasmo religioso, caminaban hacia Oriente, su fe y su ignorancia les hacían sufrir tremendas decepciones.
Siempre que en el horizonte aparecían las torres y cúpulas de una ciudad, la piadosa e inocente turba estremecíase de gozo.
—¿No es Jerusalén?... Sí: es Jerusalén; la ciudad santa. ¡Hosanna! ¡Hosanna!
Los viejos gemían enternecidos; los monjes lanzaban su inflamada predicación; los hombres requerían las armas, creyendo llegado el momento de pelear contra los infieles; los niños entonaban cánticos y las hembras gritaban de entusiasmo, incorporándose en los carretones, a la cola del inmenso éxodo.
Estos infelices cruzados, cuando imaginaban hallarse próximos a Jerusalén, estaban aún en las llanuras de la Baja Alemania o de Austria, y el espejismo del entusiasmo repetíase todos los días al avanzar por el centro de Europa, creyendo haber llegado al término de la jornada cada vez que columbraban a lo lejos una ciudad o un castillo.
La misma ilusión del deseo acompaña a los pobres emigrantes, entusiastas cruzados de los tiempos modernos. La ansiada Jerusalén surge ante sus ojos en toda ribera que costea el buque, en todo puerto donde echa el ancla.
¡Buenos Aires! ¿Dónde está Buenos Aires?... Un estremecimiento de esperanza corre por la muchedumbre cuando aparece frente a la proa una faja de tierra. Hasta los más ignorantes conocen la cantidad de días que debe durar la navegación; pero la ansiedad les hace creer en un milagro, en una marcha extraordinaria del buque, y al ver la tierra, se gritan unos a otros:
—¡Buenos Aires!... ¿Será esto Buenos Aires?
No: no es la ciudad-ilusión. Es Pernambuco, es Bahía, es Río Janeiro; y cuando el transatlántico queda fondeado a la vista de la tierra, los peregrinos se agolpan en la borda, mirando la ciudad lejana, pero sin deseos de bajar a ella, faltos de curiosidad. Para ellos no hay nada que les interese en este país: su esperanza vuela más lejos.
Los que hacen el viaje por primera vez, admiran el color negro y la crespa y lanuda pelambrera de los lancheros; compran las frutas raras amontonadas en las barcas que circulan como insectos en torno del gigante marino; admiran su sabor exótico, y al fin acaban por volver la espalda a la costa, tendiéndose en sus mantas y colchonetas, aburridos de esta inercia, deseando reanudar antes el viaje. Buenos Aires es lo que les importa. ¿Cuándo llegarán a Buenos Aires?...
En la espléndida bahía de Río Janeiro, la hermosura del panorama los conmueve unos instantes. Luego reaparece la indiferencia. Ellos no han de vivir en esta tierra; ¿para qué interesarse por sus montañas rosadas de bizarras formas, y sus calles blancas, con dobles filas de altos cocoteros?
Cuando el transatlántico emprende otra vez la marcha, la gente canta y ríe, creyéndose próxima al término del viaje. Ya no aguardarán más: casi se hallan a la vista de la ciudad de la esperanza: la próxima escala es Buenos Aires. Y transcurren varios días sin ver otra cosa que cielo y mar. Algunas veces se marcan en la línea del horizonte manchas obscuras que parecen nubes bajas y son montañas.
El aislamiento de la navegación, la vida común con gentes tan diversas en medio de la soledad de los elementos, la marcha hacia otro mundo misterioso, parece haber transformado la moral de los emigrantes, creando en ellos una nueva personalidad. ¡Adiós, timideces del terruño, humildades de familia, miedos rutinarios a todo lo que se sale de la estrecha norma de lo vulgar!
El pobre campesino, acostumbrado en su país al expolio y la miseria resignada, se siente ahora altivo, con nuevas fuerzas para hacer frente a todos los obstáculos. El viento del océano, al ensanchar sus pulmones, parece echarle atrás los hombros, dando a la cabeza una erguida altivez. Oyendo a los aventureros, a todas estas gentes de extraños países, empieza a considerar con cierto orgullo su condición de emigrante y de pobre. La soledad atlántica, las largas horas de recogimiento, lejos de toda organización social, le hacen apreciar la pequeñez de los hombres y de sus leyes, y se contempla a sí mismo más grande, más poderoso. Las preocupaciones que en tierra firme fueron muchas veces su tormento, las desprecia ahora por insignificantes, viéndose lejos de ellas.
El hombre del viejo mundo desaparece. Cada singladura se lleva algo de su antiguo sér. Van[615] desapareciéndose de su ánimo las timideces y resignaciones de la educación tradicional. Son a modo de escamas del primitivo organismo que se despegan de la piel y caen al agua. Cada día pierde una. Cuando llegue al término de su viaje será otro.
Siéntese capaz de las grandes iniciativas. El pobre de Europa, sometido, y a la huelga, sin esperanzas, sin afanes de actividad, que al fin tuvo que embarcarse y emigrar, le parece ahora un hombre distinto. ¡Lo que trabajará él en el[616] Nuevo Mundo! Hará fortuna a las buenas o las malas. Siente en su ánimo la fría audacia, el egoísmo homicida de los aventureros que todo lo justifican con las necesidades imperiosas de la lucha por la existencia. Su alma es la de los héroes de Balzac que contemplaban París desde una[617] altura, con ojos de invasor implacable y desdeñoso, murmurando: “¡Tú serás mío!”[618]
¡Buenos Aires!... Él conquistará la gran ciudad; se batirá con ella a brazo partido para poseerla, para dominarla. Aislado en el mar, lejos de la realidad, en plena fantasmagoría de la ilusión, se considera capaz de los más estupendos esfuerzos. En sus conquistas imaginativas entra[619] por mucho el desconocimiento del país adonde se dirige, esa ignorancia de América que es en el viejo mundo algo secular e inconmovible. Sabe que Buenos Aires es una gran ciudad, se la imagina semejante a una buena capital de provincia pero al mismo tiempo, con bizarra confusión imaginativa, ve tigres que saltan y juguetean como gatos en los alrededores de la urbe; serpientes colosales que ondulan o se arrollan a los árboles de los paseos; negros indolentes a los que hay que dar con el látigo para que trabajen; indios pintarrajeados y emplumados que asaltan los tranvías de los arrabales y se llevan cautivas a las señoras; una mezcla de civilización avanzadísima y de tremenda barbarie. ¡Desdichado país si no vinieran de afuera los hombres blancos para salvarlo!... El alma de un paladín de romances de caballería late en él, quitando todo valor a la palabra “imposible”. Matará, si es preciso, tigres y pitones; hará prisiones a los feroces indios y, pasándoles una anilla por la nariz, los llevará a trabajar ricas tierras, escogidas a su gusto. ¡Él lo hará todo!...
Las olas violentas que chocan contra el buque han cambiado de color. Ahora son rojizas, como una melena leonada, y sucias por el barro que llevan en suspensión. Se ve el lejano perfil de una costa por estribor, y los emigrantes abren los ojos asombrados al oír que ya no están en el mar, que este espacio infinito de agua, con su oleaje tempestuoso, es un río, el famoso río de la Plata.
Empieza a anochecer, y en la costa, cada vez más cercana, se marcan centenares de luces. Al principio, forman líneas, como si indicasen la horizontalidad de caminos y bulevares exteriores; luego se hacen más densas, se agrupan, se remontan por invisibles cuestas, se diferencian en rojas y blancas, destacándose las eléctricas como gotas caídas de la luna, entre las temblonas pinceladas del gas.[620]
—¡Buenos Aires! ¡Viva Buenos Aires!—gritan a proa, con entusiasmo de peregrinos.
No, tampoco es Buenos Aires. Es Montevideo.
El buque tras una detención de algunas horas, sigue su rumbo. Ahora parece que navega sobre algodones. Los pasajeros, acostumbrados al movimiento de todo cuanto les rodea, a sentir ondular el piso bajo sus plantas, a la oscilación general de los objetos, experimentan una extrañeza casi molesta, al ver que el buque avanza, y, sin embargo, parece inmóvil. El río, obscuro, toma[621] blancuras de leche bajo la luz de las farolas de los buques. Una línea de boyas encendidas marca el paso a las embarcaciones en esta inmensidad.
La placidez de la navegación, el momentáneo silencio, el descansar de maderas y hierros que han venido frotándose y cantando un monótono ric-ric durante medio mes, todo invita al sueño; y sin embargo, pocos duermen.
La gente, tendida en la cubierta y en los sollados, sueña con los ojos abiertos. Percibe la proximidad de algo extraordinario, algo que la estremece con la emoción de lo desconocido. Cree oír la respiración de un organismo enorme. Buenos Aires está cerca. Y los que ansiaban tanto llegar a ella, vacilan ahora y tiemblan. ¡Adiós, fantasías de la soledad! Ya se hallan vecinos a la gran Esfinge. ¿Cómo irá a recibirles?...
Los bravos exterminadores de serpientes y de indios empiezan a dudar de sus fuerzas. Hay algo en el ambiente que repele estas fantasmagorías, que ríe de ellas, como los buenos vecinos de la[622] Mancha reían de los heroicos e irreales propósitos del esforzado hidalgo. El emigrante empieza a sentirse igual a como era antes de poner el pie en el transatlántico. ¡Acabaron los ensueños del mar! Reaparecen sus indecisiones, sus timideces, su falta de confianza en la suerte.
El animal humano está próximo, la sociedad sale a su encuentro, y esto basta para que se desvanezca[623] el superhombre de vida fugaz engendrado en las soledades de la navegación; el héroe de todos los arrojos, que no reconocía obstáculos.
Apenas apunta el día, la cubierta se llena de gente. Las boyas luminosas destacan sus luces cabeceantes en la penumbra del crepúsculo. Todos se agolpan en la proa deseosos de ser los primeros en contemplar la esperada visión.
—¡Buenos Aires!... ¿Dónde está Buenos Aires?
Una cortina de niebla oculta el horizonte. La sirena del buque ruge a ciegas en este ambiente blanco y denso, semejante al de los mares septentrionales. El agua, de un color lácteo, a impulsos de la marea ascendente, choca con manso susurro contra los costados de la nave. A través de los espesos telones de la atmósfera pasan otras sombras, lentas, enormes y negras: vapores que avanzan con la grave calma del peligro; veleros de arboladura escueta que se deslizan siguiendo sumisos el tirón del remolcador.
De pronto, el transatlántico modera su leve marcha; apenas se mueve ya. Al mismo tiempo desgárranse los velos del horizonte y la luz pálida de la mañana saca de la bruma todo un mundo. Aparece a ambos lados del buque el río inmenso, sin orillas, como un mar de dilatados horizontes, y frente a la proa una ciudad, más bien dicho, una extensión cubierta de edificios, ilimitada, sin términos visibles, infinita como la superficie acuática.
—¡Buenos Aires! ¡Al fin!... Esto es Buenos Aires.
La retina no puede abarcar los muelles, que se[624] pierden de vista; las dársenas llenas de buques, que se esfuman en el horizonte; los almacenes y elevadores de trigo, altos y majestuosos como catedrales; las arboledas que siguen la ribera; las calzadas polvorientas por donde pasan trenes y rosarios interminables de carretas. Detrás, altos edificios y suaves rampas marcan una altura, una cuchilla de tierra, el perfil de una meseta de contornos pulidos por el secular arrastre del río; y sobre esta meseta se extiende la urbe, uniforme, baja, monótona, pero de una grandiosidad inabarcable; una ondulación de tejados grises, que se pierde en el horizonte, que avanza tierra adentro, borrando toda idea de límites, desorientando a las imaginaciones, que en vano pugnan por abrazarla; un caparazón gigantesco, en el cual cada escama es la cubierta de una vivienda; un escudo inmenso e igual, del que sobresalen torres y cúpulas como un adorno de clavos, y borlones de seda verde, que son frondosos jardines.
Los que llegan se sienten intimidados por esta enormidad. La capital gigantesca parece caer sobre ellos con mortal gravitación.
—¡Qué grande!... ¡Qué grande!...
¡Adiós arrogantes propósitos de conquista, gallardías audaces de dominación y rápido encumbramiento! Es la ciudad la que conquista a los recién venidos, la que los hace sus esclavos, tímidos y sumisos, con sólo mostrarse un momento, fría y casi dormida entre las brumas del amanecer.
Muchos de los que llegan nacieron en una aldea o en el campo; no han visto otras ciudades que las de los puertos de embarque, y quedan espantados, enmudecidos por el respeto y el pavor a la vista de esta gran metrópoli de rápidas transformaciones, que todo lo encuentra estrecho, que rompe cada cinco años el traje de albañilería que le fabrican los hombres, y crece y crece, no reconociendo fronteras en su desarrollo.
Buenos Aires: Los Elevadores Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.
Buenos Aires: Los Elevadores
(Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.)
Lisboa es más escenográfica, con su caserío en cuesta que permite apreciar las grandezas de[625] la edificación: Río Janeiro realza su belleza arquitectónica dentro de un estuche de verdura, entre montañas que forman un marco rosado a la copa de su bahía; pero los emigrantes experimentan una impresión más profunda, de asombro y anonadamiento, a la vista de Buenos Aires. Sus frentes se contraen; sus ojos miran con incertidumbre.
—¡Qué grande!... ¡Qué grande!...
Y todos piensan con una emoción parecida al miedo, en lo que les aguarda dentro de este caserío achatado, monótono, infinito, igual a la concha protectora de una gran bestia prehistórica.
Avanza lentamente el transatlántico, con ligeras pausas de inmovilidad, como si fuese tanteando el camino para evitarse un encontrón. Navega entre diques, y va a atracar dulcemente en un amplio muelle defendido por una cubierta de acero y cristales, como una estación de ferrocarril.
En el desembarcadero se reúnen grupos de curiosos. Los marineros de la vigilancia marítima, con el machete al cinto, forman fila para contener al gentío que pretende avanzar y llama a gritos a los amigos que llegan en el buque. La policía huronea y mira con ojos inquietos, temiendo el desembarco de gentes peligrosas, de elementos de desorden barridos por las aventuras del viejo mundo.
¡Cuán pequeño es ahora el transatlántico! Pegado a tierra puede apreciarse mejor su grandeza, y, sin embargo, parece más mezquino, más insignificante que en medio de los amplios puertos donde echó sus anclas antes de llegar aquí. La comparación con centenares y centenares de otros buques, que alineados en las tranquilas aguas del río, entre muelles, diques y puentes se esfuman en el horizonte, borra la apreciación de su tamaño. La cantidad desvanece el valor de la dimensión. ¡Son tantos y están tan agrupados los gigantes marinos!... Cada uno de estos buques, destacándose aislado en medio del azul de una bahía, puede admirar por la grandeza y arrogancia de sus proporciones. Aquí no es nada; se pierde entre sus compañeros en una extensión acuática de catorce kilómetros: es una chimenea más entre centenares de chimeneas; dos mástiles que vienen a confundirse en la inmensa selva de palos y cordajes sobre la que revolotean las banderas como mariposas de colores.
Las dársenas, enormes plazas de agua, no son dársenas: son corrales de buques donde se aglomeran los monstruos flotantes como doméstico rebaño.
Los mercenarios de Salambó,[626] al marchar de Cartago, veían con cierta inquietud, clavadas a los árboles por los cuatro remos, bestias moribundas que agitaban su roja melena entre estertores agónicos.
—¿Qué nación es ésta que crucifica a los leones?...—murmuraban asombrados los personajes de Flaubert.
Algo semejante piensa el viajero al llegar al puerto de Buenos Aires, en una mañana fría y brumosa.
—¿Qué pueblo es éste que trata a los gigantes del mar como si fueran reses?...
Todos los días se presentan en sus muelles enormes transatlánticos, mansos, lentos, como vacas rojas o negras que vinieran a pastar en las praderas azules del océano. Detiénense junto a sus almacenes para ser ordeñados por la poderosa ciudad, a la que dan generoso alimento; y cuando sus entrañas están exhaustas, cuando han soltado el chorro de hombres y hasta la última gota sólida del cargamento, Buenos Aires les da con un pie en[627] la amplia grupa, enviándolos a descansar en sus inmensos corrales de agua. Entran en una dársena, y si en ella no hay lugar, se trasladan a otra, y luego a otra, pasando entre murallas, apartando[628] puentes, seguidos de remolcadores que silban, corren y rodean el pesado rebaño de leviatanes como si fuesen sus zagales. Y en los inmensos apriscos acuáticos descansan los monstruos varios días, recibiendo la alimentación de tierra adentro, que les sirven grúas y elevadores, hasta que repletas sus entrañas de vigorosas riquezas y con nueva sangre negra en las carboneras, vuelven a emprender la marcha, río abajo, hacia los azules[629] campos.
Ya atracó la nave. Se arrancan los emigrantes de la contemplación de la ciudad, para arrollar y enfardar sus ropas. El puente ha quedado tendido desde el muelle a un costado del buque. ¡Gente a tierra!... Las mujeres toman de la mano sus ristras de pequeñuelos y se colocan sobre la cabeza, como enorme turbante, el atado de ropas. Los hombres se concorvan bajo los fardos de mantas y colchones. Algunos, pobremente vestidos de señoritos, desembarcan con las manos en los bolsillos, silbando para distraer su emoción. Otros llevan por todo equipaje una guitarra y saludan con gritos y risotadas a los amigos que les esperan en el muelle.
El rebaño de miseria y esperanza desfila y desfila hacia lo desconocido. ¿Qué les aguardará en el interior de este monstruo gris y achatado que todos los días devora su ración humana?...
Los peregrinos pasan y pasan por el puente de madera, bajo la mirada escrutadora de la policía. ¡Ni una palabra! El ambiente es de libertad. El Hotel de Emigrantes ofrece asilo a los que se presentan sin amigos y recomendaciones. Las oficinas están abiertas para los que llegan desvalidos, sin un propósito determinado. La nueva tierra les ofrece cama, alimento y el ferrocarril o los vapores fluviales necesarios para que se trasladen al interior, donde hay demanda de brazos.
Los que llegan no encuentran obstáculos, y, sin embargo, parecen cohibidos, atemorizados.
“¡Ay, Buenos Aires!... ¡Tan grande!... ¡Tan grande!...”
La inmensa metrópoli sudamericana pesa sobre ellos con toda su enormidad.
Nadie echa ya la cabeza atrás con arrogancia belicosa, ni saca el pecho fanfarronamente. Las frentes se bajan a impulsos de la inquietud; las espaldas parecen encorvarse como si sintieran por adelantado el peso de una vida de laboriosidad que va a empezar.
Y los soñadores del océano, que fantasearon las más absurdas grandezas como final de su viaje, entran a la nueva vida por un camino fácil, encontrando inmediatamente el trabajo y el pan; pero entran cabizbajos... como animales domados... como ilusos que despiertan para caer en la realidad.
Buenos Aires: La Avenida de Mayo Copyright by Newman Traveltalks and Brown & Dawson, N. Y.
Buenos Aires: La Avenida de Mayo
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