Al afirmar el darwinismo social que las formas superiores de la asociación humana sólo son posibles por medio de la guerra, incurre en contradicciones fundamentales. Tal observación implica la idea de que actos de disociación puedan producir la asociación y que actos patológicos sean normales. En efecto, la guerra no es más que una serie de homicidios y de destrucciones de la riqueza; significa una disminución de la intensidad vital, un estado patológico de los individuos.

Afirmar, pues, que se aumenta la intensidad vital de las sociedades por medio de la guerra equivale a afirmar que con las enfermedades aumenta la salud de los hombres.

Si los hombres se encontrasen entre sí naturalmente en las relaciones en que se hallan el león y el antílope; si la asociación fuese imposible entre ellos, el darwinismo social sería una teoría verdadera. Pero como la asociación es posible entre los hombres, resulta que la guerra es un estado patológico y la conquista violenta es un acto patológico. Una enfermedad puede atacar a un hombre desde los primeros momentos de su existencia. Hay individuos que aun enferman antes de salir del seno de su madre. Luego la enfermedad sigue al hombre paso a paso durante toda su existencia y llega un momento en que triunfa y las fuerzas disolventes causan la muerte. Negar estos hechos sería soberanamente ridículo; pero ellos no autorizan de ninguna manera a afirmar que la enfermedad sea la causa y la condición misma de la salud. Seguramente la disociación (la muerte) es un fenómeno tan natural como la asociación; pero es contradictorio afirmar que sea la causa primera y la condición indispensable para alcanzar las formas superiores de la asociación. Sin embargo, no sostienen otras cosas los darwinistas sociales cuando dicen que la conquista es la condición indispensable para alcanzar las formas superiores de la asociación.

En la sociedad, el robo no produce la riqueza, sino la miseria, la guerra no produce la actividad social sino la estagnación social. Sin duda, la locura, el vicio y el crimen son hechos tan naturales como la razón, la virtud y el honor, pero son éstas y no aquéllas las causas de la prosperidad social. Así como un hombre alcanza la mayor suma de exuberancia vital si no está nunca enfermo, del mismo modo la sociedad logra su máximum de bienestar si no se producen en ella hechos patológicos, es decir, homicidios y expoliaciones.

Una de las fuentes del darwinismo social es la hipnotización producida por la guerra. Ésta como un ciclón, impresiona los espíritus con la inmensidad de las catástrofes que ocasiona. Se descuida el examen de los mil pequeños hechos de la vida cotidiana que constituyen la verdadera trama de la existencia social, los observadores se sienten atraídos únicamente por los acontecimientos trágicos de las batallas. Los sociólogos caen ahora en los errores porque han pasado los geólogos en otros tiempos. Estos últimos han afirmado también, cuando su ciencia estaba en pañales, que las transformaciones operadas en la superficie del globo habían tenido por causa terribles cataclismos periódicos. Después los geólogos se han convencido, observando los hechos más de cerca, que las transformaciones de la corteza terrestre se han efectuado por la acción de los fenómenos ordinarios que han obrado durante períodos muy largos. Igualmente se empieza a comprender que la evolución del género humano y la civilización no son de ninguna manera el producto de terribles catástrofes periódicas, sino de los pequeños hechos diarios que en número inmenso han venido repitiéndose durante períodos muy prolongados.

No es la guerra la que da origen a la civilización, sino el trabajo. Después del reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos por la corona británica, algunos ciudadanos americanos en 1812, 1845, desde 1861-65, y en 1898 han hecho la guerra. Estos individuos en conjunto han consagrado tal vez cinco mil días a las matanzas. Pero desde 1783 a 1905 el total de los ciudadanos americanos ha consagrado cuarenta mil días a la actividad productora, o sea 915 veces más que a la actividad guerrera. Se ve, pues, que esta actividad es un elemento casi despreciable con relación a la primera. Los progresos de los Estados Unidos han sido precisamente llevados a cabo por los cuarenta mil días consagrados a la producción y de ninguna manera por los cinco mil consagrados a la destrucción. Salta a la vista que es anticientífico afirmar que un fenómeno que es la 900 quinceava parte del conjunto de los fenómenos sociales es la causa principal e indispensable del progreso de las colectividades.

Lo que es cierto de los Estados Unidos en particular lo es de la humanidad en general.

«El Estado, dice Ratzenhofer[8], no es el producto de intereses que obren libremente, como sucede en el caso de la horda, la tribu, los partidos y las otras uniones sociales. Es el producto del conflicto de los intereses hostiles. Es un hecho de organización coercitiva... Toda evolución es el producto de la lucha... Pero la violencia es el poder creador del Estado. Tal es la idea fundamental del Estado que no acepta ninguna desviación: admitir que sea un simple producto de la civilización que provenga de un arreglo pacífico o de cualquier otro hecho de este género, significa contradecir las enseñanzas de la sociología y marchar tras experiencias políticas destinadas a concluir de la manera más deplorable».

Novicow se complace en rebatir las afirmaciones de Ratzenhofer en los siguientes párrafos:

«Los sociólogos darwinistas no tienen informaciones completas sobre la manera cómo se han formado todos los Estados de nuestro globo. Las tienen solamente sobre la formación de algunos. Es decir, que después de haber estudiado un cierto número de hechos han razonado así: los hechos observados por nosotros se han verificado en todas partes y siempre; luego, podemos establecer el esquema natural de la formación del Estado. Ese luego implica una deducción lógica y no una observación directa, porque para tener la observación directa habría sido preciso disponer de datos sobre la formación de todos los Estados, lo que es imposible.

«La forma superior de la asociación no depende únicamente del número de los asociados, proviene de una organización más perfecta. Cuando dos tribus compuestas, supongamos de mil personas, se funden en una por medio de la conquista, no resulta de ningún modo que su organización se mejore por el solo hecho de aumentar los medios del grupo. Mil bisontes reunidos a otros mil formarán un ganado de dos mil cabezas, pero no constituirán una organización de una naturaleza superior. Para que la sumisión de una poblada a otra pueda producir ventajas, es menester que el conquistador posea facultades mentales superiores a las del vencido. Para que el conquistador pueda hacer pasar un grupo de hombres de la faz de la tribu a la faz del Estado, es necesario que él mismo se encuentre ya en esta faz; porque si se halla en la de la horda, fundará simplemente una horda más grande, ni más ni menos como la reunión de dos ganados de bisontes produce un ganado más grande. ¿Y de qué manera el pueblo conquistador habría llegado al grado del Estado si este sólo se consigue por medio de la conquista? Es menester, entonces, que el conquistador actual haya sido subyugado antes por otros; mas entonces, ¿como pudo perfeccionarse el primero? Es preciso, pues, admitir que se ha perfeccionado sólo por medio de procedimientos civiles e intelectuales. Ahora, si es así, queda arruinada la base de la teoría darwiniana. Si una sola sociedad humana ha podido llegar a constituir un Estado sin necesidad de la conquista, no es esta una condición indispensable para alcanzar tal perfeccionamiento.

«Ratzenhofer afirma que el Estado es un hecho de organización, pero pretende que sólo puede porvenir de un hecho de desorganización. Ratzenhofer no podrá negar que el Imperio Romano estaba dotado de cierta organización cuando fué invadido y destruído por los germanos. La conquista es, pues, la sustitución del desorden al orden, es la desorganización del Estado y no su organización. Más tarde los jefes germanos han sustituído un orden nuevo al antiguo. ¿Cómo no ve Ratzenhofer que sólo cuando los efectos de la conquista se han borrado completamente se llega a establecer el Estado como una forma social superior?

«Pasaremos a la observación de otros hechos. El estudio del origen de la sociedad americana es preciso para el sociólogo. Se ve ahí el principio de una sociedad en plena luz de la historia. Los hechos que han ocurrido en las colonias inglesas de las faldas de los Alleghanys han debido verificarse de un modo muy análogo en la alta antigüedad. Es menester considerar que todas las sociedades humanas han empezado en cierta época por el establecimiento de algún grupo en un país desierto, como lo hicieron los emigrantes de la Gran Bretaña cuando llegaron al nuevo mundo. Después de la sumisión de una raza por otra, dicen los darwinistas, sobrevienen para formar una asociación superior el establecimiento de las castas, la desigualdad política y la sustitución de la ley a la fuerza. Ninguno de estos períodos considerados indispensables se encuentran en la historia de los Estados Unidos. He aquí cómo se ha constituído esta sociedad: hombres libres e iguales se han agrupado primeramente en comunas (townships); comunas iguales y libres han organizado voluntariamente el Estado colonial para su mayor seguridad y comodidad. Por fin, Estados iguales y libres han organizado voluntariamente y con un interés positivo el Estado federal. ¿Se ven aquí las castas, la desigualdad política y luego la supresión de esta desigualdad y el establecimiento de la justicia? Que a veces las cosas hayan pasado en el mundo de acuerdo con el esquema de Ratzenhofer es incontestable. Pero que las cosas no pueden pasar de otra suerte está decisivamente contradicho por los hechos.

«Ratzenhofer puede responder que él habla del origen del Estado en la época primitiva; pero, fuera de que es imposible determinar en qué momento principia y concluye este período primitivo, tal punto de vista no resiste a la crítica. Una teoría científica o es verdadera para todas las épocas o es falsa. Un sociólogo no puede escoger fantásticamente un momento cualquiera de la historia de la humanidad y decir que no toma en consideración lo que ha sucedido después. Los acontecimientos de 1870 han constituído tan completamente (o más quizá) un Estado (la Alemania), como los que se han verificado en la aurora de la historia. Es muy frágil una teoría aplicable sólo a la época prehistórica, sobre la cual se tienen datos extremadamente inciertos. Nada más cómodo que las novelas prehistóricas; tan sólo es menester no olvidar de referirlas como tales y no confundirlas con la ciencia severa y positiva. ¿Qué se diría de un naturalista que en un tratado de embriología no quisiere considerar los seres que nacen a nuestra vista sino únicamente los nacidos en la época terciaria?

«Así el esquema de la formación del Estado elaborado por Ratzenhofer no resiste ni la crítica de la lógica ni la de los hechos. A este esquema erróneo, continúa Novicow, voy a oponer el que me parece corresponde a la realidad más de cerca.

«El hombre desciende de un animal inferior; ha comenzado, pues, por ser nómade. Mientras fué así, los límites de la asociación humana no han podido ser marcados por el territorio. Han sido determinados por las relaciones individuales, por los lazos del parentesco, real primero y después real y ficticio. Es el período de la horda, del clan y de la tribu.

«Después el hombre se establece en un territorio determinado; se pone a practicar la agricultura y a construir habitaciones. Sucesivamente aparecen la diferenciación del trabajo y el cambio. La producción crece y se diversifica. Entonces son creadas unas después de otras las instituciones de todo género que aseguran el funcionamiento de la actividad económica y política. Al mismo tiempo, en virtud de la vida sedentaria, el lazo social se transforma lentamente (lo que requiere siglos): de individual se convierte en territorial. Una aglomeración más densa, la ciudad, alrededor de la cual se agrupan los agricultores, es la primera forma de esta nueva entidad: es la comuna, la cité, el municipio o el township. Cuando relaciones frecuentes se establecen entre ciudades vecinas, se hace sentir la necesidad de darles una organización de conjunto o, en otros términos, de fijar un cierto número de normas jurídicas. Ciudades o comunas unidas entre sí forman el Estado. Gracias a la organización más perfecta de este grupo social, se desarrolla la riqueza, es posible el ocio, y con éste nacen las necesidades de la inteligencia. Tal es la marcha normal de la evolución social. Se ve que en ella la guerra no es necesaria, como no lo es la enfermedad para agrupar en asociación biológica los 60 trillones de células que forman el cuerpo humano».

No es posible dejar de conocer que Novicow ha sido más sólido en el ataque al darwinismo social que en la construcción de su propia doctrina. Su esquema es demasiado simple y fácil. Conviene recordar, antes de poner punto final a esta parte, que los autores que sostienen teorías que pueden quedar comprendidas dentro del darwinismo social más o menos atenuado no son, por supuesto, únicamente los tres nombrados en líneas anteriores. L. Stein en su obra La Question sociale au point de vue philosophique se expresa en los siguientes términos sobre el origen del Estado: «Comprenderemos ahora cómo se ha efectuado el paso de la sociedad al Estado. La caza, trabajo impuesto a los hombres por las condiciones económicas, colocó a los grupos sociales, que en tiempos anteriores habían sido pacíficos, en un estado de guerra perpetua. O bien acechaban el momento de caer oportunamente sobre sus vecinos, o bien se esforzaban en no ser sorprendidos por ellos. Así surgió y se constituyó el tipo guerrero, cuya nitidez y precisión fueron aumentado con el transcurso de las edades. Este tipo exigía imperiosamente la división de la sociedad, en gentes industriosas y en protectores. El proceso de las diferenciaciones progresó desde entonces rápidamente. La primera división en estados había roto el comunismo primitivo, roto el curso ordinario de la sociedad gentil; sólo el nacimiento del Estado hizo imposible un bellum omniaum contra omnes.

Se ve que, según Stein, si el Estado no es el resultado de la conquista de un grupo social por otro, se deriva, sin embargo, necesariamente de la guerra entre los grupos.

Volviendo para terminar, a nuestro autor, debemos decir que si bien es cierto que sus doctrinas están exactamente citadas por Novicow cuando éste se propone atacar el origen que los darwinistas atribuyen a las formas superiores de la sociedad y del Estado, con todo, esas citas no constituyen la expresión completa de las teorías de Mr. Ward. Cualesquiera que sean las ideas del sociólogo norteamericano sobre el génesis del Estado, no afirma que la violencia sea la única manera de lograr el establecimiento de esa forma social. Al contrario, como tendremos que verlo más adelante, el remedio que indica para nuestros males sociales consiste en el perfeccionamiento del organismo social por medio de una mayor conciencia social, por medio de una educación amplísima; en el establecimiento de una forma de gobierno que se llama Sociocracia, o sea el gobierno de la sociedad misma, lo que viene a significar en substancia el establecimiento de un Estado superior, que sirva a todos los intereses sociales y no a tal o cual clase, y cuya creación haya sido hecha posible en virtud únicamente del desarrollo de la inteligencia social.

V
OPTIMISMO O PESIMISMO.—MELIORISMO.

Después de este breve e incompleto resumen de las doctrinas de nuestro autor sobre el origen y primitivo desarrollo de la sociedad y del Estado, cabe ya preguntarse con él, dando un paso fuera de la sociología pura: ¿Qué concepto general debemos formarnos de este mundo? ¿Con qué ánimo debemos actuar en esta sociedad en que vivimos? ¿Seremos optimistas? ¿Seremos pesimistas?

Examinemos ligeramente estas dos tendencias.

Sostener con los optimistas que nuestro mundo es el mejor de los mundos posibles, equivale a repetir una doctrina que desde un punto de vista filosófico y social no resiste a la más superficial impugnación, y constituye a la fecha una ingenuidad que hace sonreir con los recuerdos del Cándido de Voltaire.

El pesimismo es la doctrina que ha tenido por sustentadores más conocidos a los filósofos alemanes, Schopenhauer y Hartmann. Según estos escritores, son más los dolores que los placeres de la vida. Esto es en cuanto a la cantidad. Cualitativamente, sólo el dolor es positivo, y el placer y la felicidad son negativos; resultan de que nos libramos de algún deseo que ha sido para nosotros, como todos los deseos, un aguijón desagradable. Mas, por nuestra naturaleza, apenas satisfecho un deseo aparece otro y así sucesivamente se va eslabonando desde el nacimiento hasta la muerte una serie de estados desagradables.

Esta filosofía es también inexacta. Nos conviene concretarnos a atacarla por su base y probar que los placeres constituyen por un lado estados psíquicos, y por otro lado que somos capaces de gozar de algunos de ellos sin haber pasado antes por dolores previos que sean la condición sine qua non de aquéllos.

Los placeres ocupan como estados psíquicos una extensión más o menos larga de tiempo. Es esta una cuestión de psicometría. Como las experiencias de la observación interna son muy expuestas a ilusiones, es mejor buscar la demostración de lo que afirmamos en las sensaciones más simples. Una persona, por ejemplo, no tiene el menor deseo de comer un dulce, no siente el ansia desagradable de un apetito no satisfecho. Sin embargo, se echa a la boca un confite delicado, lo saborea y experimenta una sensación de placer que no ha venido precedida de ningún dolor anterior y que es completamente positiva.

En las emociones complejas la duración del estado placentero es mayor aún que en las emociones simples, y para gozar de ellas no necesitamos tampoco haber pasado antes por el purgatorio de algún dolor. Las emociones del amor no le dejarán en este respecto lugar a dudas a nadie que las haya sentido verdaderamente, a no ser que sea algún joven poeta de escasa inspiración y que por lo mismo canta lo que menos conoce: el dolor. El placer que nos produce la contemplación de un bello cuadro, de una hermosa estatua, la lectura de un buen libro, el conocimiento de una vida heroica, la admiración de los paisajes de la naturaleza, es, por dicha nuestra, perfectamente positivo y no necesitamos conquistarlo por medio de ningún tormento anterior.

La verdad es que el pesimismo constituye el fruto de un estado social imperfecto, malo, hostil, y uno de los problemas que tiene la ciencia por delante es destruir y aniquilar al pesimismo merced a la transformación y mejoramiento del estado social.

La solución de este problema es más difícil que entre nosotros en la vieja Europa, que se halla atada a su pasado por mil tradiciones falsas que en cierto sentido tienen petrificados a buen número de sus espíritus. Es una prueba de esa incapacidad para mirar los problemas humanos frente a frente y esforzarse por resolverlos sin el auxilio de tradiciones reconocidamente erróneas, la novela de A. Fogazzaro llamada El Santo. Ver la salvación de la sociedad, como se dice en ese libro interesante, en la renovación del catolicismo efectuada gracias a la infusión de doctrinas nuevas en los arcaicos dogmas, es sólo la inspiración de un misticismo decadente.

La filosofía que se levanta frente a frente de este misticismo, evangelio de la desesperación y del optimismo, evangelio de la inacción, es el meliorismo[9]. El meliorismo es el utilitarismo científico que descansa en la ley de causalidad y en la eficacia de la acción humana bien dirigida. Como su nombre mismo lo da a entender, esta doctrina que aspira exclusivamente al mejoramiento de las condiciones de la vida humana. Está muy lejos de repetir con el optimismo que el nuestro sea el mejor de los mundos posibles; pero tampoco cree con el pesimismo que no tenga remedio. Se coloca a igual distancia de estos dos extremos y lanza a los hombres sus voces de aliento invitándolos a la acción.

Este término meliorismo fué usado primeramente por la célebre novelista inglesa J. Eliot con el objeto de expresar su propia manera de ser. Constituye el meliorismo un principio dinámico, un principio de actividad, opuesto al laissez faire clásico. Implica el adelanto del estado social por los medios indirectos que inventa la inteligencia y no se contenta únicamente con aliviar los sufrimientos presentes, como lo hace la buena caridad sentimental y vana, sino que aspira (oh, ilusión) a crear condiciones bajo las cuales no existan sufrimientos.

VI
ECONOMÍA DE LA NATURALEZA Y ECONOMÍA DE LA MENTE

Llegamos aquí a una parte bastante original de las doctrinas de Mr. Ward, la que él llama economía de la naturaleza y economía de la mente.

En los principios del meliorismo va implícita la afirmación de que lo artificial, por lo menos desde un punto de vista antropocéntrico, es superior a lo natural. Una casa es mejor habitación que una caverna. La aseveración recién anotada es la razón de ser de las ciencias aplicadas. Lo hecho por el hombre es no sólo más adecuado a sus propios fines que lo que le ofrece espontáneamente la naturaleza, sino que, además, es llevado a cabo con menor pérdida de fuerzas. Queda probada esta afirmación comparando los procedimientos creadores de la naturaleza o economía de la naturaleza y los procedimientos creadores de la mente o economía de la mente.

La naturaleza es extremadamente práctica, pero no económica, y es muy explicable que no lo sea. Las acciones y producciones de la naturaleza se ejecutan por medio de un gran derroche de sus energías. Su manera de proceder muy distinta de la del hombre, es exclusivamente genética, lo que quiere decir que es tan sólo movida por causas eficientes que no tienen la conciencia de ningún fin. En la economía genética, al mismo tiempo que no se economiza ninguna fuerza, para producir los más insignificantes resultados, tampoco nada se hace que no produzca algún resultado por pequeño que sea. Al revés, en la economía propiamente humana o teleológica (porque siempre obra proponiéndose fines) se despliega mucha parsimonia en los gastos y sucede al mismo tiempo que a menudo grandes trabajos se llevan a cabo sin resultados, a causa de algunas interpretaciones erróneas de los fenómenos. La naturaleza no se equivoca nunca, pero derrocha. El hombre economiza sus energías, pero a menudo sus errores lo hacen fracasar. Así el hombre, al revés de la naturaleza, es económico, pero es siempre práctico.

Concretemos más la cuestión.

La extravagancia de los medios que emplea la naturaleza para llevar a cabo sus adaptaciones y creaciones ha sido un motivo corriente de observaciones. El profesor Huxley hizo ver en una conferencia que cada arenque hembra de medianas proporciones ponía 10.000 huevos y que de éstos morían 9.998 mucho antes de llegar a la madurez. Darwin calculó los huevos de una blanca Doris y supuso que serían no menos de 600.000. Al mismo tiempo encontró que los individuos de esa especie no eran numerosos, de manera que los huevos se producían en una cantidad desmesuradamente superior a la que se aprovechaba. Igual cosa se observa en la langosta de Juan Fernández; pone alrededor de 100.000 huevos y se pierde el mayor número de ellos.

Semejantes proporciones entre los muchos nacimientos o embriones y las pocas vidas completas revelan grandes derroches, e iguales derroches se notan en las semillas de los vegetales. Las semillas, los huevos y otros gérmenes parecen destinados a ser plantas y animales, pero ni uno entre miles o entre millones cumple con su destino. Así como de la luz solar que se derrama en todas direcciones sólo una porción insignificante es interceptada por la tierra o por otros planetas para utilizarla en favor de la vida, así también acontece con los organismos empezados. Sólo una pequeña parte de ellos alcanza el presunto fin de su creación. Indudablemente que este orden de sembrar al azar y de que por cada ser que subsista 10.000 perezcan, sería considerado como el peor de los desórdenes, si lo imaginamos aplicado a cualquier asunto humano.

La naturaleza obra con la seguridad de que sus recursos son inagotables. Es posible decir que está empeñada en crear todas las formas concebibles. Cada cual sabe qué maravillosa variedad de especies existen en los reinos animal y vegetal. Pero estas variadas formas, tan numerosas como son, representan sólo los éxitos de la naturaleza y no sus múltiples fracasos. Aun entre las mismas formas vivientes hay una larga escala que va desde los fuertes hasta los débiles y el destino de estos últimos consiste en ser arrojados del mundo por los primeros. Los mismos organismos fuertes sólo conservan temporalmente su vigor. Como los imperios humanos, tienen su apogeo y su caída, y los pasos de la historia natural, de igual suerte que los de la historia humana, están marcados con los restos de las dinastías destronadas y las ruinas de las razas extintas.

En los procederes del hombre racional se encuentra por primera vez algo digno del nombre de economía. Sólo por medio de previsiones y designios de que la naturaleza no es capaz, es posible llevar a cabo algo económicamente. Los canales son más rectos y adecuados a su objeto que los ríos.

Aquí conviene tocar ligeramente un punto de economía política que dice relación con esta materia.

Hace algunos siglos que fueron observadas la uniformidad e invariabilidad de los fenómenos astronómicos y físicos; después se efectuó igual observación con los animales y se encontró que sus acciones, aunque mucho más complicadas, obedecen a leyes fijas que el hombre es capaz de entender y aprovechar. Luego se extendió dicha afirmación a los actos más simples de los hombres y de los niños, y por último, no se requirió más que un corto paso adicional para llegar a la más amplia generalización y sostener que todas las actividades humanas y todos los fenómenos sociales se hallan tan rígidamente sujetos a una ley natural como lo están las actividades de los niños y de los animales y los movimientos de los cuerpos terrestres y celestes. Los primeros economistas se apoderaron de este razonamiento especioso e incompleto e hicieron de él la piedra angular de su ciencia y la base de sus grandes leyes sobre el comercio, la industria, la población y la riqueza.

Ha sido este un error que ha provenido de ignorar la existencia de una facultad racional en el hombre, que, aunque no sustrae las acciones de éste a la influencia de las leyes naturales, con todo, las complica de un modo tan enorme que no es posible encerrarlas dentro de las simples fórmulas que bastan a explicar y a prever los motivos animales. La acción del factor intelectual o racional en el hombre es tan colosal que cualquiera ponderación del error de los primeros economistas no resulta exagerada. Pongamos un ejemplo más.

El sistema de la naturaleza para que las semillas se desarrollen, consiste en confiarlas al viento, al agua, a los pájaros y a otros animales. De las semillas lanzadas así, sólo muy pocas llegan a crecer, y de las que crecen son contadísimas las que alcanzan el estado de madurez. ¡Cuán distinta es la economía, la actividad del ser racional! El hombre prepara el terreno, lo limpia a fin de que no haya competidores vegetales, y luego con cuidados planta las semillas distanciadamente con el objeto de que no se amontonen y se dañen unas a otras; cuando ha aparecido el brote cuida solícitamente de que no sea destruído por algunos enemigos vegetales o animales, proporciónale agua cuando la necesita y aun coloca los abonos y substancias químicas que puedan servir para hacer que la planta crezca más vigorosa. Tal es la economía de la mente.

El hondo significado de esta diferencia de procedimientos ha sido expresado en el principio de que «el medio transforma al animal mientras que el hombre transforma al medio».

El hombre procede en lo posible con economía de tiempo y de energía, procede con arte. Las artes tomadas en conjunto constituyen la civilización material que es debida exclusivamente a las facultades intelectuales del hombre.

En el perfeccionamiento mismo de las plantas y animales es posible observar la superioridad de los procedimientos humanos sobre los de la naturaleza. Como se ha dicho, el animal es transformado por el medio en que habita, dentro del cual el factor más importante es el orgánico, las otras especies animales y vegetales con que tiene que entablar la lucha por la existencia.

Es falsa la idea dominante de que, como resultado de esta lucha, sobreviva lo más perfecto posible. El efecto de la contienda consiste en impedir que cualquiera forma alcance su máximum de desarrollo y hacer que todas las formas que logran sobrevivir se mantengan en cierto nivel relativamente bajo de desenvolvimiento. Cuando la competencia es evitada, como acontece en lo tocante a algunas especies por medio de la acción del hombre, grandes progresos son inmediatamente llevados a cabo por la forma así protegida y pronto sobrepuja a las que se encuentran sometidas a la necesidad de la lucha. Tal cosa ha ocurrido con los cereales, con los árboles frutales y con los animales domésticos, con todas las especies que el hombre ha sustraído al imperio de la ley biológica y colocado bajo el de la ley de la mente.

A este respecto cuenta Mr. Ward un caso muy interesante[10]. «Hace algunos años, dice, cuando era yo un amateur de la botánica, en una de mis excursiones de herborizador pasé por un campo solitario y abandonado, distante algunas millas de la capital nacional, y enverdecido por la presencia de una peculiar hierba completamente desconocida para mí. La examiné atentamente, y aunque algo conocedor de la flora indígena de esa región, fuí sorprendido por esta pequeña extranjera. Era muy verde y sus frutos y sus flores se veían bien; pero tenía cierta apariencia desgreñada y poco natural, indicadora de tiempos difíciles y de una dura lucha por la existencia. Recogí una buena cantidad de ella, coloquéla cuidadosamente en mi portafolios y la traje a casa junto con mis otros trofeos. Sin precipitación y con todos los requisitos necesarios procedí a analizarla. Era entonces yo diestro en la disecación de las plantas y en un momento compelí a mi hierbecita a revelar su nombre. Con gran sorpresa mía dijo llamarse Triticum aestivum. Como los más de ustedes saben, el Triticum aestivum es aquel noble cereal que suministra la susbtancia de la mayor parte del pan de todo el mundo. ¿Puede ser ésto trigo? me pregunté medio dudoso de mi exactitud. Hice una nueva prueba y otra vez la respuesta fué: Triticum aestivum. Interrogúela aún por tercera vez, pero como un espíritu seco y porfiado lanzó rápidamente las mismas palabras: Triticum aestivum. No había equivocación. Esta pobre hierbecita debió salir de algunos granos de trigo sembrados o arrojados por algún accidente casual en este paraje desierto y silvestre lleno de vegetación natural. Aquí germinó y creció y trató de elevarse a la majestad y altura que se ve en los campos cultivados de granos. Pero ¡ay! no pudo. A cada paso fué encontrando la resistencia de un medio no arreglado ni preparado por la inteligencia. Le faltó el cuidado del hombre que aleja la competencia, destruye los enemigos y crea condiciones favorables al más alto desarrollo. El hombre procura a la planta cultivada una oportunidad para progresar y la diferencia entre mi extenuada hierbecita y el trigo de un campo bien labrado es diferencia únicamente de cultivo y no de capacidad nativa. En pocas palabras: es la diferencia entre la naturaleza y el arte (nature and nurture)».

La competencia, pues, no sólo envuelve el gran derroche que se ha descrito, sino que aun impide el máximum de desarrollo, desde que lo mejor que se puede alcanzar bajo su influencia es muy inferior a lo obtenido gracias a la acción de lo artificial, es decir, a la supresión de la competencia por medio de la inteligencia y de la razón.

Por más difícil que pueda ser para los filósofos modernos entender esto, tal fué sin embargo, una de las primeras verdades que iluminó al entendimiento humano. Consciente o inconscientemente se sintió desde un principio que la misión de la mente era luchar con la ley de la competencia, resistirla y vencerla. La ley de hierro de la naturaleza, como puede propiamente llamársela (la ley de Ricardo sobre los salarios no es más que una manifestación de ella), se ha puesto por doquiera al través de los pasos del progreso humano, y todos los esfuerzos para marchar adelante, (ya sean físicos, sociales o morales) del hombre racional, han constituído un combate contra este tirano, la ley de la competencia. Todo utensilio, todo invento mecánico, toda cosa artificial que sirve a algún propósito humano, es un triunfo de la mente sobre las fuerzas físicas de la naturaleza que se hallan sin cesar y sin un fin determinado en competencia. El cultivo y desarrollo de las plantas útiles y la domesticación de algunos animales significa el someter a una dirección las fuerzas biológicas y eximir algunas formas vivientes de la acción de una ley natural que debilita sus poderes naturales de desenvolvimiento. Todas las instituciones humanas—religión, gobierno, ley, matrimonio, etc.—y todos los modos de regularizar la vida social, industrial y comercial, son, considerados ampliamente, tan sólo otras tantas maneras de resistir y vencer a la ley de la competencia en sociedad. Finalmente, la ley moral de los hombres ilustrados no constituye nada más que los medios adoptados por la razón, por la inteligencia y por la sensibilidad refinada para aniquilar la naturaleza animal del hombre, para encadenar el egoísmo competidor que todo hombre ha heredado de sus antepasados animales.

Es verdad que el gran desarrollo del cerebro y de la inteligencia que ha caracterizado al hombre fué debido exclusivamente a la misma ley egoísta de la mayor ventaja, de la competencia. El cerebro no difiere a este respecto de los cuernos, de los dientes o de las garras. En la gran lucha que el animal humano tuvo que llevar a cabo para obtener la supremacía, el cerebro lo habilitó definitivamente para triunfar, y bajo la ley biológica de la selección, cuando la superior sagacidad significó mayor aptitud para sobrevivir, el cerebro humano fué gradualmente desarrollado, célula tras célula, hasta que los hemisferios completamente desenvueltos quedaron agregados a los ganglios primitivos. El intelecto en un principio fué un mero servidor de la voluntad; pero en virtud de su peculiar carácter fué capaz de percibir que el método animal directo no era el más provechoso, aun en la más ruda lucha por la existencia, y así empezó, ya en una época muy remota, y en favor de su propio egoísmo, a contrarrestar aquel método y a adoptar el opuesto, el que se sirve de designios previos, del cálculo y de la cooperación. Las asociaciones de individuos se convierten a su vez en corporaciones más extensas, los trusts. Todo este proceso de cooperación compuesta no se detiene hasta que todo el producto de una industria dada es manejado por un solo cuerpo de hombres. Este cuerpo adquiere un poder absoluto sobre el precio del artículo producido. Así, por ejemplo, todo el petróleo que produce un país puede estar en las manos de un solo trust, y a fin de obtener para los capitalistas que lo forman las mayores ventajas posibles, el precio será puesto a la mayor altura que los consumidores se resignen a pagar antes de volver a usar velas de esperma o de recurrir al gas o a la electricidad. No se establece ninguna relación entre el precio y el costo de producción y éste puede ser veinte o cien veces más bajo que aquél y los provechos del trust incrementarse proporcionalmente.

Lo mismo pasa con el carbón, el hierro, el azúcar, el algodón, etc.

A pesar de lo mala que esta situación puede parecer, no deja de tener sus lados buenos. Aunque estos inmensos beneficios van a parar exclusivamente a las cajas de unos pocos afortunados que han sabido colocarse en la embocadura de estas grandes corrientes de riquezas, sin embargo, para los consumidores el valor de todas las comodidades así monopolizadas es generalmente menor de lo que era cuando estaba entregado completamente a la influencia de la competencia.

Tal aserto debe sonar de una manera extraña en los oídos de los economistas, que consideran la competencia como el antídoto en contra del monopolio y a la cual le señalan como uno de sus efectos principales la baja de los precios. Pero los hechos contradicen esta manera de ver. He aquí la opinión resumida, al respecto, de un distinguido economista, el profesor Simón N. Patten:

«Empleo el término despilfarro (waste) en un sentido amplio para indicar con él todas aquellas causas que mantienen los precios de las cosas más altos de lo que serían si los vendedores no tuvieran que ir a buscar a los compradores. En otros tiempos, los vendedores permanecían tranquilos en sus almacenes o en sus oficinas, esperando la llegada de los compradores. Si en una tienda se vendía paño más barato que en otra, el comprador la buscaba y adquiría lo que deseaba. Pero estos buenos tiempos ya pasaron. Un vendedor debe estar alerta para atraerse parroquianos y clientela o sus competidores lo arruinan. Su tienda debe estar en una buena calle, ha de gastar considerables sumas en propaganda y tiene que despachar agentes en todas direcciones para inducir al público a que compre sus artículos. ¿Y qué efecto produce este sistema sobre los precios? ¿No vienen a ser mucho más altos de lo que habrían sido si el comprador buscara al vendedor en lugar del vendedor al comprador? El número de éstos es siempre mucho menor que el de aquéllos y es considerablemente mucho más fácil que el comprador encuentre al vendedor y no que éste halle a aquél. En los Estados Unidos se gastan al año por esta razón en agentes viajeros 200.000.000 de pesos oro, desembolsos que, como todos los demás ocasionados por la competencia, no van a incrementar absolutamente en nada el bienestar de las poblaciones».

«El público está tan aferrado a la vieja fórmula de que la competencia baja los precios, que no ha apreciado los cambios que se han operado en los métodos de negociar. Piensa que una multitud de competidores en algún ramo de comercio constituye una salvaguardia para que los precios sean bajos. Mas, los rivales comerciantes consideran que la baratura pacífica produce pocos beneficios. Sin duda, el público desea la baratura, pero está dispuesto a pagar un poco más caro a los que le ayudan a buscar. Cuando los comerciantes reconocen estos hechos y organizan sus negocios sobre una base agresiva, las cosas baratas tórnanse recuerdos del pasado y los precios llegan a una misma o mayor altura que si fueran manejados por un trust o un inteligente monopolio.»

Esto es lo que pasa entre los individuos racionales. Si la sociedad misma considerada en conjunto fuera racional, tales hechos parecerían absurdos y si llega alguna vez a ser racional no se tolerará ni por un instante semejante absurdidad. Algunos han comparado, es verdad, a la sociedad con un organismo, pero es un organismo como los de las épocas geológicas arcaicas, sin ganglios nerviosos coordinadores o directores, o más bien como una de aquellas bajas colonias de células, cada una de las cuales, de igual suerte que los individuos de la sociedad, es perfectamente independiente de la masa general, salvo que por el simple hecho de la coherencia se consigue cierto grado de protección, tanto para las células individuales como para toda la masa.

Una nueva y reformada economía política se consagrará sin duda a mostrar ampliamente, no las glorias de la competencia, sino la manera cómo la sociedad debe conducirse a fin de aprovechar los beneficios que la competencia pueda ofrecer, privando al mismo tiempo a ésta de sus efectos derrochadores y agresivos. La razón y la inteligencia, poderosos factores de civilización, no deben ser desalentadas, pero es conveniente que se las despoje de sus uñas y de sus garras. El camino para contrarrestar los malos efectos de la mente que opera entre individuos, consiste en infundir una gran parte de esa misma facultad intelectual en el poder director de la sociedad. Un arma tan poderosa como la razón es peligrosa en manos de un individuo que la maneja en contra de otro individuo. Es todavía más peligrosa en manos de corporaciones que proverbialmente no tienen alma. Y significa el mayor de los daños cuando llega a ser manejada por un sindicato de corporaciones que trata de someter a su capricho la riqueza del mundo. Es salvadora únicamente cuando la emplea la conciencia social, el ego social (personificado de alguna manera) y emanado del cerebro colectivo de la sociedad toda. El arma de la inteligencia ha de ser manejada por la conciencia social, únicamente con el objeto de favorecer el interés común del organismo social. Sólo así se conseguirá la verdadera, completa y espontánea acción personal: la libertad individual podrá venir únicamente por medio de la mayor regulación social.

Las opiniones de Mr. Ward sobre la desorganización social y la manera de remediarla conducen indudablemente a una ampliación de las facultades del Estado, asunto sobre que tendremos que volver más adelante.

VII
LA SOCIOLOGÍA APLICADA.—INTERPRETACIONES DE LA HISTORIA.—CONSECUENCIAS DEL ERROR.

Internándonos más en el campo de la desorganización humana, llegamos a percibir nuevos caracteres de la sociología aplicada, que es la ciencia que señala los medios de ponerle término a dicha desorganización. Mientras que la sociología pura trata del desarrollo espontáneo de la sociedad, la sociología aplicada se ocupa de indagar cuáles sean los medios artificiales idóneos para acelerar el proceso espontáneo de la naturaleza.

Toda ciencia aplicada es necesariamente antropocéntrica. La antigua teoría antropocéntrica que enseñaba que el Universo había sido especialmente fabricado en interés del hombre, era no sólo falsa, sino también perniciosa, por cuanto engañando al hombre con el pretenso optimismo de las cosas, lo desarmaba para la acción eficaz y mejoradora. Pero el antropocentrismo verdadero y científico es altamente progresista desde el momento que enseña que si bien el mundo no se halla de por sí perfectamente adaptado a las necesidades del hombre, puede éste en virtud de su propio esfuerzo llegar a adaptarlo.

Durante las edades teológica y metafísica del pensamiento, la filosofía estuvo absorbida en la contemplación del supuesto autor de todas las cosas. La ciencia pura produjo el primer cambio de frente de las preocupaciones intelectuales: la mente pasó del estudio de Dios al de la naturaleza. La ciencia aplicada ha venido a efectuar el segundo cambio de rumbo y la tercera orientación de la filosofía: la atención que la mente consagraba a la naturaleza, la ha dirigido ahora al hombre.

La sociología aplicada supone la superioridad de lo artificial sobre lo natural, en lo cual no difiere de ninguna otra ciencia aplicada, y cree, por lo mismo, en la eficacia del esfuerzo humano, y ataca la doctrina del laissez faire. En contra del «miserable laissez faire», como dice Spencer en su obra Justicia, que no es más que un veneno moral (Fouillée) y un «nirvana social» (Stein), se levanta la divisa del «hacer marchar» sin cuyo reconocimiento y aceptación no hay ciencia de sociología aplicada.

Para que asuma con provecho esta actitud activa que pretende, es menester que llegue a las verdaderas raíces de los males que aspira a curar.

En este punto tocamos la cuestión de cuáles son las causas fundamentales de la vida social, o sea el problema de la interpretación de la historia. Como se sabe, existen en esta materia dos distintas doctrinas que dan soluciones que parecen completamente opuestas: la interpretación económica o concepción materialista de la historia y la interpretación ideológica o intelectualista. En realidad, establecer la conciliación entre estas teorías, no es difícil.

Aunque la tesis de que las ideas gobiernan al mundo puede ser retrotraída hasta encontrarla afirmada por Platón y Virgilio, sin embargo, los sostenedores del materialismo histórico y de que el factor fundamental y que todo lo decide en la vida social es el factor económico, prefieren tomar como blanco de sus ataques las proposiciones sostenidas por Augusto Comte en su Filosofía Positiva. Es lo que ha hecho, por ejemplo, Herbert Spencer, aun sin ser un paladín del materialismo histórico, al exponer los puntos en que disiente de las doctrinas del fundador del positivismo. «El mundo, dice Spencer, no es gobernado y transformado por las ideas, sino por los sentimientos, a los que las ideas sólo sirven de guías.»

El mecanismo social no descansa sobre opiniones, sino casi enteramente sobre caracteres.

Iguales conceptos han emitido Guillermo de Greef, Labriola y otros.

En verdad, la controversia ha provenido más bien de la falta de comprensión de las ideas que se combaten. Comte no ha sostenido que sean las ideas teóricas las que gobiernen al mundo. Éstas son sustentadas sólo por un pequeño número de personas y no dan el principal impulso a los movimientos sociales. A las ideas que se ha referido Comte, son a las incorporadas en la masa de la sociedad, a las opiniones, como él mismo lo dice. Su famosa ley de las tres edades, se refiere a esa clase de ideas y su Política Positiva podría ser denominada también «Plan para convertir las ideas positivas en ideas corrientes o para hacer que el pensamiento científico sea tan universal como en otro tiempo lo fué el pensamiento religioso».

Es posible afirmar que las ideas corrientes o universales en cualquier tiempo han sido y son simples creencias. La característica de éstas es que son sustentadas sin prueba o evidencia suficiente. ¿Sobre qué descansan entonces? Sobre intereses, sobre sentimientos que constituyen el núcleo de lo que se considera necesario a la conservación de la especie y del individuo. Están formadas por afirmaciones a veces ni evidentes ni probadas, sobre las cuales los hombres en masa no admiten discusión ni réplica.

Este elemento del interés es, pues, el que liga las creencias a los deseos y reconcilia las interpretaciones ideológica y económica de la historia.

Cada creencia envuelve un deseo o más bien una gran cantidad de deseos y ahí se halla la base de su poder para producir efectos. La creencia o la idea considerada como un fenómeno puramente intelectual no es una fuerza. La fuerza descansa en el deseo, el cual no puede ser ocasionado por la creencia. Los deseos son aspiraciones que nacen de la naturaleza del hombre y de las condiciones de la existencia. Son aspiraciones que requieren satisfacciones, y la suma total de las influencias internas y externas que obran sobre un grupo o un individuo conducen a la conclusión, creencia o idea de que cierta proposición es verdadera. Esta proposición, aunque pueda ser expresada en forma indicativa como una verdad independiente, es esencialmente un imperativo y exige la ejecución de ciertas acciones consideradas esenciales para la conservación del individuo o del grupo.

Así las ideas de que hemos hablado y que son las tomadas en cuenta por los partidarios de la interpretación ideológica de la historia, son aquellas ideas, opiniones o creencias que han sido formadas por las condiciones económicas de la existencia, tomando el término económico en su más amplio sentido. Dichas creencias son consideradas fundamentales para la vida de la sociedad y son aceptadas por todos o por el mayor número de los individuos sin considerar la mucha o poca verdad objetiva que encierren.

Ahora, cuando las creencias que se desenvuelven de la manera que se ha visto, resultan ajustadas a la verdad, no hay más que regocijarse de ello; pero cuando no sucede así y las creencias son falsas, como acontece con las ideas antropomórficas y con casi todas las religiones, se llega a la raíz de los males de que padece la raza humana: el error. Sus consecuencias han sido y son inmensas y funestas.

He aquí algunas de ellas[11] consideradas principalmente desde un punto de vista religioso.

I. Automutilación.—Constituye una costumbre muy extendida, que se practica principalmente en los funerales, con el objeto de apaciguar al espíritu que ha partido, o en otras circunstancias para satisfacer a algún dios.

II. Superstición.—Bajo este nombre se comprenden un gran número de costumbres y prácticas que, aunque generalmente no producen la destrucción de la vida humana, restringen la libertad de acción y llenan la mente de temores y miedos infundados. Es la superstición una barrera para el progreso intelectual y material, y especialmente grave cuando pasa del estado de barbarie al de civilización y se infiltra en éste. Como un ejemplo se puede citar el conocido caso de la oposición que hallaron los ferrocarriles en la China porque el ruido y el movimiento iban a molestar a los muertos.

III. Ascetismo.—Es desconocido para los salvajes y apenas posible en un estado de verdadera barbarie. Ha debido nacer en un grado más alto de desarrollo intelectual. Aunque basado en el temor, contiene algunas esperanzas que hace que sea esencialmente egoísta.

IV. Zoolatría.—El totemismo animal de los salvajes y de las tribus bárbaras que es una forma del culto de los animales, se convierte en un asunto muy serio cuando en pueblos más civilizados como los de la India, por ejemplo, hace sagrados los reptiles y las bestias feroces, e impide destruirlos. En 1899 murieron en la India 24.621 personas a consecuencia de mordeduras de serpientes, y en 1901 ese número fué de 23.166. Los tigres, leopardos, lobos, hienas, etc., matan de 2.000 a 3.000 personas más cada año. Todos estos animales son sagrados, y se consideran ocupados por almas humanas.

V. Hechicería.—Es una creencia universal entre todos los pueblos salvajes y bárbaros y hasta fines del siglo xviii ha sido muy general entre los civilizados. Aun en 1902 se inició en Chicago un proceso en contra de una mujer porque había hechizado a otra, y había hecho que se le cayera el pelo. Miles de personas han sido arrastradas al patíbulo por errores de esta clase.

VI. Persecución.—Limito la extensión de este término a la persecución religiosa, esto es, a la persecución de los llamados herejes. Un hereje es una persona que tiene una creencia religiosa diferente (a veces en muy pequeños detalles) de la que profesa un mayor número de personas en el país en que vive, las cuales han adquirido poder sobre las vidas y libertades de los ciudadanos. La persecución es propia sólo de los pueblos algo civilizados, porque como se sabe, no existe variedad de creencias entre los salvajes. Diferencias de creencias es señal de civilización, y siempre ha sucedido que los disidentes han sido los más civilizados. La persecución y destrucción de ellos, como las efectuó la Inquisición en su tiempo, significa el asesinato de la élite de la humanidad. Los que pueden escapar, huyen a otros países y el pueblo perseguidor se ve privado de todos sus más vigorosos elementos. El objeto que se ha tenido en vista al practicar la persecución es conseguir que las creencias sean uniformes, es decir, reducir un pueblo civilizado a la condición de pueblo salvaje. Esto ha sido hecho repetidas veces, particularmente en España, y la historia ha recordado las consecuencias que de ahí se han derivado. Un pueblo que no tolera diferencias de opiniones, degenera y entra a ocupar un lugar entre las naciones inferiores.

VII. Resistencia a la verdad.—Es más seria para la humanidad en general que cualquiera otra de las consecuencias del error, o tal vez que todas ellas combinadas, la oposición que siempre el error presenta al avance de la verdad. En las épocas primitivas fué imposible la existencia de la verdad.

El error era aceptado por todos, sin que a nadie se le ocurriese siquiera ponerlo en duda. Todos los pasos hacia la verdad fueron dados en épocas posteriores, principalmente en épocas que los etnólogos clasifican entre las civilizadas. Cada herejía, por muy pequeña que sea, significa un paso hacia la verdad. «Más tarde la resistencia a la verdad» se ha manifestado principalmente en la forma de oposición a la ciencia.

VIII. Oscurantismo.—Esta es una forma más sutil de persecución. Consiste, sobre todo, en la prohibición o en la supresión de libros y folletos y en la censura de la prensa. Ya sabemos que esto no tiene valor, ahora, entre los pueblos verdaderamente civilizados, porque, como dijo Helvetius (De l'Homme), «sólo en los libros prohibidos se encuentra la verdad: los demás mienten», y es cosa averiguada, que en los índices de libros prohibidos se encuentran la mayoría de las obras que el mundo ha considerado grandes y memorables. Existe un país europeo, sin embargo, en el cual la prohibición se hace efectiva por la acción del Gobierno mismo que cuida de dar a luz un índice de libros vedados, y castiga severamente a los infractores de sus paternales prohibiciones. Es Rusia. Entre los autores condenados en este país del absolutismo, tienen el honor de figurar Spencer, Haeckel, Zola, Ribot, etcétera.

Creemos oportuno mencionar por último, agregándola a lo dicho por Mr. Ward, otra especie de oscurantismo difuso, difícil de percibir, y que por lo mismo ejerce una influencia maleante, tan insensible como eficaz y funesta: es a la que se ha referido el original Rector de la Universidad de Salamanca, señor de Unamuno, cuando ha dicho que en España la Inquisición se halla latente en la sociedad. Nosotros, los hispanoamericanos, debemos ver también si en nuestros rescoldos del coloniaje, que aun no se apagan, no queda algo de aquel inhumano fuego que atemorizaba a nuestros abuelos.

VIII
LA LUCHA CONTRA EL ERROR.—EL GENIO.—LA EDUCACIÓN

Lo que hemos dicho sobre el error y sus consecuencias nos conduce a deducir uno de los fines de la ciencia social aplicada. Destruir, expulsar los errores y difundir ampliamente el conocimiento de la verdad, con el objeto de que no sea ésta, como ahora, sólo la propiedad de una pequeñísima fracción de la humanidad, constituye una de las principales misiones de la ciencia social aplicada.

Es menester insistir en la necesidad de la difusión universal de la verdad. Los hombres que se ven privados de ella, los cuales todavía forman la enorme mayoría de la humanidad, se hallan sumidos en esta desgraciada situación, no por incapacidad de ellos mismos ni por culpa de ellos, sino, en gran parte, a causa de las circunstancias en que han nacido y en que han vivido.

Las afirmaciones anteriores plantean la cuestión de la cantidad de fuerzas intelectuales, genios y talentos, existentes en la sociedad de una manera latente y que se pierden por falta de cultivo, de oportunidades adecuadas a su desarrollo.

El examen de esta posibilidad está relacionado con la dilucidación de otro problema que ha sido en varias épocas y ocasiones debatido por distintos escritores: el de si el genio obra en virtud de sus propias fuerzas sin tomar nada del medio en que actúa o es únicamente un resultado del medio y de las circunstancias. Lo admirable que hay en esta discusión es cómo los que han tomado parte en ella han sabido defender sólo los extremos o los casos más exagerados. Sabido es que hacen suya la primera creencia los que predican el culto de los grandes hombres o héroes como Carlyle; los que como Guyau en su obra El arte desde el punto de vista sociológico sostienen que el genio crea su medio; y los que como Galton en «Genio hereditario» mantienen la tesis de que el genio es exclusivamente un producto de las facultades trasmitidas por herencia de padres a hijos.

Un autor desconocido entre nosotros, Alfredo Odin, profesor de la Universidad de Sofía, ha efectuado sobre este asunto un trabajo rigurosamente científico, aplicando con toda la estrictez que ha podido un método estadístico. En su obra Génesis de los grandes hombres[12] ha examinado y analizado las vidas de más de 6.000 hombres de letras francesas de los tiempos modernos. El método que ha seguido no le ha permitido ni extenderse a otros países ni a hombres de otras esferas. El medio lo ha dividido en medio físico, etnológico, religioso, local, económico, social y educativo, y ha estudiado la influencia de cada uno de ellos detenidamente formando mapas y cuadros muy completos. De ellos ha sacado en claro que el medio físico y etnológico no son factores que deban tomarse en cuenta al indagar el génesis de los grandes hombres. El medio religioso no carece de importancia. En cambio el medio económico, social y educativo es de influencia decisiva para impedir o permitir el florecimiento de los grandes hombres. No ha habido un sólo grande hombre que no haya disfrutado de algunas condiciones favorables a su educación o a su preparación para sus trabajos posteriores y que no haya tenido algunos recursos para hacer frente a las dificultades materiales de la vida. Darwin no tuvo que preocuparse jamás de trabajar para mantenerse y Spencer pudo consagrarse sin cuidados económicos a su grande obra, porque recibió de algunos parientes herencias y legados, sin los cuales tal vez no habría escrito los libros que escribió. En vista de todas las observaciones y datos acumulados, Odin ha llegado a afirmar que el «genio no está en los hombres, sino en las cosas».

Este aserto encierra una parte considerable de la verdad. Podemos imaginarnos los frutos que darían un Goethe, un Zola entre los fueguinos. Pero, por otra parte, miles de hombres han vivido más o menos en las condiciones de Goethe y Zola sin que las corrientes del mundo hayan hecho brotar en sus cerebros una sola chispa, un solo rayo de luz.

Así, debe decirse más bien que los grandes hombres han sido producidos por la cooperación de dos causas, genio y oportunidad, ninguna de las cuales por sí sola habría hecho nada. Pero el genio es un factor constante, muy abundante en todas las categorías de la vida, mientras que la oportunidad es un factor variable y esencialmente artificial. Como tal, es algo que puede ser suministrado prácticamente, a voluntad. Por esto, la formación de grandes hombres, de agentes de civilización, de creadores de cosas nuevas, no es una concepción utópica, sino una empresa posible. Es algo relativamente sencillo y consiste tan sólo en poner al alcance de todos los miembros de la sociedad una oportunidad igual de ejercitar las facultades mentales que posean. Hay muchos sustitutos, procedimientos artificiales, para las varias especies de circunstancias favorables, pero todas quedan reducidas a la formación de un conveniente medio educativo. Así el factor real, que depende de nuestra voluntad, para el desarrollo del genio y del talento y el progreso de la civilización, es el establecimiento en una escala universal y gigantesca de un medio educativo, cuyas influencias han de ser aprovechadas no sólo por los hombres sino igualmente por las mujeres, las que por las normas antifeministas o androcéntricas que predominan, no han podido ser lo que debieran haber sido si en el mundo hubieran imperado e imperaran puntos de vista más equitativos y libres de prejuicios respecto de ellas.

Con el establecimiento de amplias instituciones educativas se centuplicarán las fuerzas intelectuales y morales de la sociedad; la igualación de las oportunidades producirá más o menos la igualación de las inteligencias y hasta que esto suceda no se pueden tener esperanzas de una repartición equitativa de las riquezas materiales de la sociedad.

De muchas maneras se ha planteado hasta ahora algo desordenadamente el problema de la educación y sus soluciones han sido señaladas por varios ideales. Muchos individuos han fundado instituciones para realizar algún ideal predilecto y la Iglesia ha conducido siempre las empresas educativas de acuerdo con sus creencias; pero ante todo el Estado, es decir, la sociedad comprendida en su capacidad colectiva, ha sido el que ha efectuado más importantes progresos en esta materia. Todo lo que ha hecho a este respecto ha sido más provechoso que lo llevado a cabo por los individuos o por los cuerpos eclesiásticos. Aunque no se puede decir que haya visto claramente que la educación debería consistir en la completa apropiación social de los conocimientos que han civilizado al mundo, con todo, ha dado importantes pasos hacia la realización de esta verdad, y ha obrado mejor que nadie en la convicción de que la educación debe ser para todos, de que es una necesidad social y de que sus beneficios son proporcionales a su extensión. En Francia y Alemania, casi toda la educación superior se encuentra ahora socializada y el Estado considera en esos países la instrucción pública como una de sus grandes funciones. Inglaterra y otras naciones van lentamente marchando hacia este ideal y no cabe la menor duda de que el siglo xx verá la completa socialización de la educación en el mundo civilizado. Y esto es lo que debe suceder y lo que conviene que suceda, porque la sociedad es la más interesada en el resultado. Es el recipiente de los principales beneficios, que de la educación se desprenden. Además, la educación es una de esas empresas que no pueden ser dirigidas por la ley de la oferta y de la demanda y según los principios de los negocios. Para la educación no existe el pedido en el sentido económico. Los niños no conocen nada de su valor y los padres muy a menudo no la desean. Puede afirmarse que el interés social es el único que la pide y la sociedad misma debe satisfacer su propio anhelo.

Aquellos que fundan establecimientos de educación y promueven empresas educadoras, se colocan en el lugar de la sociedad y no deben olvidar que la situación que asumen les obliga a obrar y hablar generosamente en nombre de ella y según las conveniencias de ella y no guiados por algún interés económico egoísta.

IX
LA SOCIOCRACIA

La educación entendida de la manera amplia y completa que hemos visto, que ha de ser lo propio de la función del Estado, hará surgir alguna vez una mayor integración social que produzca una verdadera conciencia social con voluntad e inteligencias sociales.

Hacer uso de estos últimos conceptos es establecer una analogía entre el individuo y la sociedad y considerar a ésta, de igual suerte que al primero, como un organismo. Es una comparación, no biológica, sino psicológica.

La voluntad individual no es más que la facultad que un ser pone en ejercicio para satisfacer sus deseos. La impresión que llega a la conciencia produce un movimiento reflejo que es la acción apropiada. En la sociedad las necesidades de los individuos (en cuanto tienen importancia colectiva) luchan por alcanzar el campo de la conciencia social, que es el Estado organizado, y tratan de verificar reacciones análogas que ocasionen la satisfacción deseada. En los gobiernos bien constituídos esta analogía es muy clara y se logra conseguir en ellos cierto grado de correspondencia o simpatía en contestación a los movimientos de los centros sociales, algo semejantes a los reflejos de la voluntad individual. Pero aun en las formas de gobierno más rudas y bajas existe un poco de aquella correspondencia. Todo gobierno, aun el más despótico, es hasta cierto punto representativo del estado social en que funciona, y muy a menudo, más de lo que generalmente se cree, es tal vez el mejor que puede existir dentro de las circunstancias en que actúa. Por ejemplo, se considera generalmente al gobierno ruso fuera de armonía con el pueblo del imperio; pero esto es probablemente un error que proviene de dos causas. Aquellos que viven bajo un gobierno más liberal se inclinan a imaginarse que las otras sociedades han de ser como la suya propia. Se olvidan que la gran razón porque un gobierno es más liberal reside en que la sociedad es mucho más inteligente, y que es la sociedad la que determina el carácter del gobierno. La segunda equivocación resulta de que el pueblo ruso es muy heterogéneo. Existe en ese país una numerosa clase inteligente que no merece el gobierno bajo cuya tiranía padece. Pero esta clase es relativamente pequeña y el gobierno representa más bien a la gran masa del pueblo, para la cual tal vez no sería fácil encontrar un gobierno mejor. El gobierno tiene siempre que adaptarse a la peor de las clases de la nación y una pequeña banda de ciudadanos incultos rebaja su standard en una proporción mucho mayor de lo que debería ser, según la importancia de dichos ciudadanos. Esto hace que la clase inteligente aparezca como peligrosa y turbulenta, e induzca a algunos a mirar la inteligencia como una calamidad antes que como una bendición. El mayor desideratum social es cierto grado de uniformidad en las inteligencias o sea la homogeneidad moral e intelectual.

Que los gobiernos fracasen a menudo en sus medidas para satisfacer las aspiraciones sociales, es explicable de la misma manera que son explicables los fracasos de la voluntad individual. En ambos casos el mal está en la ignorancia de las leyes físicas y en especial de las de la naturaleza humana. En los gobiernos es ignorancia de las leyes sociales. Aquellos que hacen leyes malas, ineficaces o perjudiciales, no tienen conocimiento de la naturaleza de las fuerzas sociales.

No es lógico, pues, sólo por esas faltas de éxito argüir que el Estado no debe extender más sus poderes. Él es el órgano de la conciencia social y debe tratar siempre de obedecer a la voluntad de la sociedad. Debe estar pronto a conseguir o hacer lo que la sociedad pida. Las funciones del gobierno no están necesariamente limitadas a las pocas que ha desempeñado hasta ahora. El único límite es el del bien de la sociedad y mientras exista algún medio para conseguir este fin por la acción del Estado, ese fin debe ser puesto en práctica.

De los gobiernos existentes es posible decir que sólo en grado muy insignificante constituyen la conciencia, la voluntad y la inteligencia de la sociedad. La conciencia social ha sido hasta ahora excesivamente débil, pareciéndose más bien a la conciencia de un caenobium como en las Flagellata y Ciliata antes que a la de cualquier animal superior. La voluntad social es por esto tan sólo una suma de deseos contendientes que se neutralizan en gran escala unos a otros y consigue muy poco movimiento en una dirección dada. El intelecto social es un pobre guía por ahora, no porque no sea suficientemente vigoroso, sino porque los conocimientos que se refieren a la sociedad son tan limitados y los que existen están en las cabezas de aquellos individuos que no tienen voz en los negocios del Estado.

Sólo por medio de esa educación amplia de que se ha hablado antes, y después de largos períodos, llegarán a ser la voluntad y la inteligencia social para la sociedad algo semejante a lo que es ahora la mente para los individuos.

Los gobiernos del pasado y del presente han sido y son esencialmente empíricos. Los términos de monarquía y democracia con que se les designa han pasado a ser inadecuados.

Casi todas las monarquías de Europa, con excepción de dos, son ahora democracias, si es que hay algún gobierno que merezca este nombre, y en América, donde todo son repúblicas en el nombre, en el fondo son autocracias y oligarquías, en las cuales las elecciones se reducen a meras farsas.

Donde la evolución ha sido más completa, los gobiernos han pasado de ser autocracias a ser aristocracias y democracias. En estos cambios la naturaleza humana no se ha alterado: el egoísmo sigue siendo el mismo. Lo que ha variado es la manera de satisfacerlo.

El resultado general ha sido que el mundo, después de estar regido por autocracias y aristocracias y habiendo entregado la dirección de sus destinos a la democracia, ha venido a caer, en virtud de la reacción que se ha verificado en contra de los poderes personales que ha disminuído notablemente la acción de los gobiernos, en las manos de las plutocracias. Estas tratan de supeditar a las democracias que suponen su existencia ajustada a supuestas leyes naturales, lo que las haría dignas también de ser denominadas fisiocracias. En realidad, por su afirmación interesada de que es menester limitar las facultades de los gobiernos, lo que hacen es sostener el imperio de un individualismo exagerado que mantiene a las naciones en una situación acrática (acracia) por no decir anárquica. Laissez-faire es la divisa de este extremado individualismo que conduce a la anarquía en todo, menos en el reforzar los derechos de propiedad existentes, divisa que se proclama en alta voz y mantiene cegada a la opinión pública sobre la verdadera condición de las cosas.