De cómo se encontraron reunidas de una manera extraña, personas que se creian muy separadas.

En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea encendida, habia dos mujeres.

Era la una doña Isabel de Córdoba y de Válor: la otra Angiolina Visconti.

Doña Isabel, si bien contaba ya cuarenta años, estaba en el esplendor de su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada, esmaltada, por decirlo así, de la jóven, de la adolescente casi, sino en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con temor ó al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la frente, ó por mejor decir, la ensanchan: doña Isabel no tenia ya la belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro y virginal; doña Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado, de una vida robada á la felicidad, habia impreso, fijado sobre su semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente y resignado, y esta expresion daba á su hermosísimo semblante, á su ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo así, casi divino: doña Isabel era á los cuarenta años, una de esas mujeres que hacen bendecir á Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de competencias de todo género, que absorven completamente la vida y el alma de un hombre.

Sin embargo, en los veintidos años que habian pasado desde la muerte de Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de Yaye.

¿En qué podia consistir esto, tratándose de una mujer tan hermosa y tan pura?

Consistia en que en Cádiar no la conocia nadie mas que los parientes próximos de su hijo, su confesor y un escaso número de mujeres.

Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doña Isabel no salia de su casa sino para ir á misa (eso todos los dias), y en esta sola ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa.

Su casa, encerrada dentro de una tapia y situada en una altura, estaba libre de miradas curiosas, y en ella no penetraba nadie, mas que, como hemos dicho los parientes, y estos viejos unos, ó casados los otros, y algunas mujeres.

La hermosura pues, de doña Isabel, solo se conocia de fama.

Pero lo repetimos: era esta tal, que á pesar de ser hermosísima Angiolina, se encontraba como empalidecida, como borrada, como vulgarizada, al lado de doña Isabel.

Encontrábanse las dos, en el momento en que las presentamos de nuevo en escena, en esa disposicion de ánimo en que se piensa mucho y se habla muy poco.

Ademas, la situacion en que se encontraban colocadas la una respecto á la otra, era tirante y difícil: vivian juntas y apenas se conocian: al llevar Aben-Aboo á Angiolina de Granada, habia dicho á su madre:

—Esta dama es una noble viuda á quien amo, y que se encuentra sola en el mundo: sino fuera la persona que es, pudiera haberme recibido en su casa, como otras tantas; pero esto no era conveniente ni decoroso, ni para ella ni para mí: he contado, pues, con que vos la servireis de madre hasta el dia en que pueda llamarse vuestra hija.

Doña Isabel tendió la mano á la aventurera que su hijo la presentaba, la admitió en su casa, la llamo su parienta para salvar las apariencias, y nada la preguntó ni nada la dijo Angiolina.

La dulzura y la virtud, y la magnífica belleza de doña Isabel, empezaron á dominar á la veneciana, que se sintió arrastrada hácia ella. Angiolina por su parte, que era una mujer digna y noble cuando no se trataba de su empeño por el marqués de la Guardia, empezaba tambien á hacerse lugar en el corazon de doña Isabel.

Esta no sabia quién era: pero aquella mañana en el exámen, delante de la Inquisicion, se habia llamado Angiolina princesa.

Doña Isabel no habia podido olvidar aquella revelacion: ni que el inquisidor habia tratado á Angiolina como una conocida antigua, ni la turbacion y la vacilacion de Angiolina al reconocer al inquisidor. Cuando doña Isabel dejaba de pensar en esto, se la venia á la memoria la terrible muerte de Malicatulzarah, con sus horribles detalles, con toda su aguda pasion, y entonces los ojos de doña Isabel se llenaban de lágrimas, y su corazón se levantaba á Dios rogando por aquellos desventurados.

Por esta razon estaba tan profundamente pensativa doña Isabel.

El haberse visto reconocida por Molina de Medrano cuando menos lo esperaba; el haber visto aquella mañana desde la atalaya entre las breñas y á lo lejos á Laurenti y á Cisneros, y el recuerdo de la sangrienta escena de la iglesia, tenian tambien profundamente pensativa á Angiolina.

Dieron las ánimas, y doña Isabel las rezó.

Contestóla Angiolina, y por esta razon se cruzaron entre ellas algunas palabras.

—Cómo zumba el viento en la chimenea, dijo doña Isabel arreglando los tizones.

—Todo es hoy lúgubre, contestó Angiolina.

—¿Y mi hijo? ¿dónde estará mi Diego? añadió doña Isabel: otras noches ha venido mas temprano.

—Aquí estoy madre, dijo la voz de Aben-Aboo á la puerta.

Y el jóven adelantó, se quitó la gorra, la capa y el talabarte, y se sentó delante del fuego entre las dos mujeres.

—No es prudente andar á deshora por la calle cuando tenemos el pueblo lleno de soldados, y cuando la Inquisicion hace su visita, dijo doña Isabel: recelan demasiado de nosotros, y es peligroso...

—Pues ved ahí, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo.

Palideció doña Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo y no contestó.

Angiolina miró de una manera profunda al jóven.

Su semblante estaba terriblemente contraido, ceñudo.

—Supongo, dijo doña Isabel, que nos acompañarás á la misa del gallo.

—Cabalmente he venido á deciros que no ireis.

—¿Que no iremos? exclamó doña Isabel: ¿y por qué?

—Porque no debeis ir.

—¡Que no debemos ir! explícate por Dios, Diego.

—Ha llegado la hora, replicó el jóven.

—¿La hora de qué?

—Esta mañana se ha vertido en la iglesia sangre inocente.

—¡Ah! exclamaron las dos mujeres.

—Esta noche se verterá en la misma iglesia sangre de infames.

—Pero tú no la verterás, Diego, hijo mio; exclamó toda asustada doña Isabel: el crímen ageno no autoriza el crímen propio; tú te harás ageno á esos crímenes.

—¿Crímenes llamais á la venganza de un pueblo oprimido?

—Dios toma á su cargo las lágrimas y la sangre de los que sufren.

—No queremos esperar tanto.

—Pero no meditas que una vez dado un paso...

—Se dan diez, ciento, mil... en buen hora: yo daré el primero sin vacilar.

—No, tú no darás ninguno.

—He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beberé, madre.

—Pero te perderás, y perderás á los tuyos.

—¿Temeis que alguien perezca en esa lucha, señora? dijo con acento de reconvencion Aben-Aboo.

—Temo que perezcas tú, contestó con dignidad doña Isabel que habia comprendido la intencion de su hijo.

—¿Y no temeis por nadie mas?

—Temo por todos, por todos, Diego, ¿lo entiendes?

—Yo creia que antes que por mí temblabais por...

—¿Por quién? preguntó con tal altivez doña Isabel que Aben-Aboo á su despecho se vió obligado á bajar los ojos.

En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba á hacerse difícil, se abrió la puerta y apareció en ella Alí, el esclavo de Aben-Aboo.

—Señora, dijo; vuestro hermano don Fernando, que viene con otro caballero, desea veros.

—Dí á mi tio, contestó Aben-Aboo, que pase á mi habitacion.

—No, no, dijo doña Isabel: díle que entre aquí.

El esclavo salió.

—Acaso mi tio me busca á mí, no á vos, señora.

—Tu tio, dijo á la puerta Aben-Jahuar, os busca á todos; pasad, primo, pasad; hermana, te traigo un antiguo conocido.

Y adelantaba llevando de la mano á Yaye que temblaba como un niño.

Todos se pusieron de pié.

Aben-Aboo miró con recelo á su tio: doña Isabel fijó una mirada atónita, vaga, indescribible en Yaye, y Angiolina al ver al emir se puso sumamente pálida.

—¿Qué es esto, dijo Aben-Aboo? pues no me habiais dicho...

—Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte.

—Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas; seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre gravísimos asuntos.

—Aben-Aboo vaciló un momento, y luego dijo:

—Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi madre, tio don Juan: oid vos señora á ese mi tio que se queda con vos, como yo voy á oir á este con quien me voy.

Y salió con Aben-Jahuar.

—Permitidme, dijo Angiolina; vais á hablar de graves negocios y...

—No, no; quedaos doña Angélica, dijo con precipitacion doña Isabel.

—La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento natural, dulce, casi cariñoso, dice bien; tenemos que tratar gravísimos asuntos, prima, y necesitamos tratarlos á solas. Venid, princesa, venid y perdonadme, pero graves razones me disculpan.

—¡Oh! siempre estais para mí perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la mano de Yaye se dejó conducir á una puerta inmediata.

Doña Isabel habia quedado de pié y temblando junto á la chimenea.

Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lúcida, ardiente, medrosa, enamorada.

Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado.

Yaye cerró las dos puertas de la habitacion.

—¡Oh, no! exclamó doña Isabel; pueden venir, encontrar las puertas cerradas.

—Nadie vendrá, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi nombre á nuestro hijo.

—¡Ah! exclamó doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.

Yaye se acercó y apartó las manos del rostro de doña Isabel.

Esta le miró frente á frente.

Sus ojos parecian absorver á Yaye.

—¡Oh Dios mio! ¡mas hermosa que hace veinte y dos años!

Doña Isabel bajó los ojos y calló.

—¡Veinte y dos años sin vernos! continuó Yaye: ¡veinte y dos años amándonos de una manera desesperada!

—¡Ah! ¡no, no, yo no! exclamó doña Isabel.

—Si, me amas, tus ojos me lo dicen, me lo dicen tus manos que tiemblan entre las mias, me lo dice tu alma, Isabel, esposa mia.

Y en un momento de fascinacion aquellos dos semblantes se unieron, aquellas dos bocas se besaron.

Doña Isabel exhaló un grito ahogado, se retiró bruscamente de Yaye, se desasió de él y le dijo trémula y conmovida:

—Vete.

—¡Que me vaya!

—Si, vete: vete y déjame con mi pobre amor sin esperanza, resignado, sufrido; vete, y no me atormentes, porque me atormentarias en vano, Yaye. Lo que Dios quiso que fuera, fue: me has hecho avergonzarme ante mí misma; no me hagas que me avergüence ante Dios; vete, Yaye, vete: sabes que te amo, que te amo como el primer dia en que te confesé mi amor, pero... Dios no quiere que pasemos de ahí; vete, Yaye, y déjame en mi triste paz.

—Los dos somos viudos, dijo Yaye.

—Pluguiera á Dios que no lo fuésemos, repuso doña Isabel.

Ennegrecióse el semblante del emir.

—¿Habré yo vivido soñando? dijo.

—Sí, contestó doña Isabel; toda tu vida ha sido un sueño, y un sueño horrible.

—Pero es que quiero despertar de ese sueño: es que quiero olvidar lo que por mí ha pasado: es que quiero volver á la vida, renacer transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo claramente que Dios aparta de mí su mano y maldice todas mis obras: ¿será tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que continuamente ha alumbrado mi existencia? ¿será que trás tantos años de esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar á tí, á tí á quien he buscado en vano, á tí á quien adoro y á quien me amparo perdida ya la esperanza de todo?

—¿Y la patria á quien me sacrificaste, Yaye?

—¡La patria! ¡la patria! exclamó con sordo acento el emir; ¡no hay esperanza para la patria como no la hay para mí!

—Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doña Isabel, ha sido mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos á la rebelion, en vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por vosotros, los que queriais ser á costa suya; se han rebelado una y cien veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles á fuerza, de indómitos, y solo han conseguido venir al punto de un rompimiento fatal: esta mañana, ¡oh Dios mio! ¡esta mañana he visto morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del señor manchado de sangre y... ¡te he acusado Yaye!

—¡Isabel! exclamó el emir.

—Sí; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. ¡Acuérdate!

—¡Isabel! repitió Yaye.

—¿Qué has hecho de tus hijos, emir de los monfíes? exclamó con acento solemne y doloroso doña Isabel.

—¡Oh! ¡calla! ¡calla! exclamó Yaye con terror: y luego añadió con voz sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios.

—¡Oh! ¡si! exclamó doña Isabel: malditos de Dios porque son hijos del adulterio.

—Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueño horrible: que necesito tu amor para ahogar en él mis recuerdos... mis remordimientos... porque tengo remordimientos, Isabel... remordimientos crueles... y tú... tú eres la primera causa de esos remordimientos.

—¡Yo...!

—Si, tú, porque tú fuiste mi primera víctima.

A esta confesion tan franca, tan espontánea, la generosa doña Isabel no supo qué contestar.

—Cuando yo te conocí, continuó Yaye, alentado por el silencio de doña Isabel; cuando yo te conocí, abria mis alas al viento de la vida, volaba de frente, al sol, le miraba cara á cara, y en vez de deslumbrarme, me parecia el sol pequeño. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no se ha cerrado la dolorosa herida que abrió en mi alma nuestra separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste suya, pudo calmar la desesperada amargura que sintió mi alma al verte su esposa. Yo te necesitaba para llegar á mis sueños de gloria, como la nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio. Durante veintidos años he estado pensando continuamente en tí; llorándote á mis solas, ó entregado al furor por no poseerte: durante veintidos años, me has esquivado, te has apartado de mí, y yo que siempre he estado á tu alrededor, no me he valido de los mil medios con que contaba para apoderarme de tí, porque no podia decirte: soy tuyo, enteramente tuyo: tú eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra: tú lo eres todo para mí, noble y pura mujer engrandecida por el martirio.

Doña Isabel miraba fascinada á Yaye: podia decirse que su magnífica hermosura se habia transfigurado.

Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz.

La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon, y miraba de hito en hito á Yaye.

Y un amor inmenso, sin reserva, apareció en su rostro en una explosion de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubló de nuevo bajo su pálida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apagó bajo dos brillantes lágrimas, y oprimiéndose el pecho sobre el corazon, exclamó:

—¡Ya es tarde!

Yaye se estremeció.

Aquella terrible frase ¡ya es tarde! hacia mucho tiempo que se presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos.

—¡Tarde! ¡tarde aun para arrepentirse!

—Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan, exclamó dolorosamente doña Isabel. ¿Qué vá á suceder en Cádiar esta noche?

Yaye se estremeció.

—Es necesario vengar á nuestro pueblo, dijo con voz ronca.

—Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran de crímenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le destrozas como madre. ¿Qué vá á ser de nuestro hijo, Yaye?

Y arrebatada por su pasion de madre, doña Isabel levantó la voz mas de lo que hubiera debido.

—¡Oh! ¡silencio! ¡silencio, imprudente! exclamó el emir palideciendo de una manera mortal: cuando yo entré aquí estaba contigo una mujer terrible, esa italiana, esa farsanta... nos hemos olvidado de todo al vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista.

Y Yaye tomó una bujía y salió á una habitacion inmediata.

—Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo á entrar; he cerrado las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos decidamos pronto: tu hermano no podrá entretener por mucho tiempo á nuestro hijo: escúchame Isabel, y escúchame como quien vá á salvar ó á perder irremisiblemente á una criatura: estoy cansado de la vida: la fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar á mi pueblo será inútil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la corona: se levantan á un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos para los otros: esto acabará mal: Selin II que podria ser para nosotros una poderosa ayuda, está demasiado entretenido con los venecianos, y nada hará por el momento: Felipe II sujeta á Flandes con el severísimo gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter la rebeldía en Italia: todo nos sale mal. Desde hace año y medio, Dios se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo seré el último emir, que nuestros hijos seran los últimos moros de España.

—Hace veintidos años, pensaba yo del mismo modo: veia á pesar de mi juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de España era una lucha insensata: veia con dolor á mis hermanos empeñados en esa lucha.... pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque sufro demasiado. ¿A qué has venido con mi hermano, amparándote de él?

—He venido á decirte: sé mi esposa.

—¿Y para qué se ha llevado mi hermano á nuestro hijo?

—Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia.

—¡Tú herencia!

—Sí; yo abdico en él mi dignidad de emir de los monfíes.

—¡Dios mio! ¡mi hijo rey de tus bandidos!

—Mis bandidos le haran mejor de lo que él seria sin ellos.

—Pero... en vez de evitar...

—Yo no puedo evitar nada. ¡Dios lo quiere! Aben-Aboo es ambicioso, Isabel.

—¡Oh Dios mio!

—Y no podrás acusarme de que yo he excitado su ambicion.

—¡Oh no!

—Los parientes de Miguel Lopez, su ascendencia, su nombre, todo le ha alentado para fundar esperanzas ambiciosas sobre la corona de Granada; ademas, Isabel, la fatalidad me hizo traer hace año y medio á las Alpujarras á mi hija Esperanza.

—¡Ah! ¡pobre niña! exclamó doña Isabel.

—La fatalidad ó mi ambicion, ó Satanás, han determinado su destino. Esperanza cayó entre los brazos de un castellano, y fue necesario ocultar su deshonra. Mi alcázar subterráneo la ahogaba: entonces y mientras le construia un pequeño palacio en Yátor, Esperanza salió á respirar el aire libre por las noches y por las mañanas.

—¡Ah! ¡la Dama blanca de la montaña!

—¿Quién fue el primero que pronunció este nombre? La fatalidad sin duda. No podia haberse elegido un nombre mas misterioso ni mas incitante. ¡La Dama blanca de la montaña! ¡la hermosísima Dama blanca! y como si la fatalidad no hubiera quedado satisfecha, extendió este nombre por todas las Alpujarras: le llevó á los oidos de todos los moriscos, y acreciendo la fatalidad, Aben-Humeya y Aben-Aboo, la buscaron, la vieron escondidos en las quebraduras y... se enamoraron de ella sin conocerla; de ella... de su hermana...

—¡Oh! ¡que horror!

—Luego sospecharon que era mi hija..... despues esta sospecha se convirtió en certidumbre y entrambos me la pidieron por esposa.

—Dios te castiga de una manera tremenda Yaye, y el castigo de tu culpa recae sobre los que han tenido la desgracia de pertenecerte. Tú has condenado á tu amor y á tu familia: tú has hecho maldito á todo lo que has tocado con tu mano.

—Mi culpa ha sido haber amado á mi patria y habérselo sacrificado todo... mi culpa ha sido...

—Haber ambicionado lo imposible, haber mirado con desprecio la felicidad sencilla, humilde, pero tranquila, sin remordimientos. Has querido salvar á tu pueblo y le has perdido.

—Sea como quiera ya es tarde para volver atrás: vale mas morir luchando, que ser martirizados lentamente dia por dia, hora por hora, minuto por minuto: en el punto en que estan las cosas... y no nos engañemos, en el punto en que yo las encontré... la lucha la guerra, han sido y son la única, la última esperanza de nuestro pueblo. Nuestro hijo ha tenido la desgracia de nacer de tí...

—¡Ah! exclamó doña Isabel!

—Y acaso, si hubiera sido hijo de Miguel Lopez, si este hubiera vivido, fuera mas feroz, mas impetuoso. La sangre de los Válor que corre por sus venas es la que le da soberbia: si fuera hijo de otra mujer...

—¡Me acusas! es decir que yo no debí casarme.....

—Acaso no: y si tu no te hubieras casado...

—Mi desesperacion al verme abandonada...

—¡Tu venganza!

—¡Ah Dios mio!...

—Dejemos, pues, las recriminaciones porque entrambos tenemos de qué acusarnos. Si tu no te hubieras casado, hubieras sido mi esposa: Aben-Humeya, mi otro hijo de la fatalidad, tú lo sabes bien Isabel, no existiria; no existiria mi otra hija Esperanza: nuestro hijo educado por mí, seria un caballero...

—¿Y qué no lo es?

Movió dolorosamente la cabeza Yaye.

—Mucho me temo dijo, de que Aben-Aboo no sea un infame.

—Le juzgas con demasiada ligereza.

—¡A qué ha traido esa comedianta de Granada! ¿sabes tú quien es esa comediante?

—Solo sé que es una ilustre dama viuda...

—Tu hijo afrenta á su madre permitiendo que se la engañe, que se la escarnezca: esa mujer es enemiga á muerte de mi hija, enemiga mia: Aben-Aboo, uniéndose á ella, se conjura contra mí que le he colmado de beneficios; acaso se apresta á ser el brazo de exterminio de esa mujer.

—¡No, no! ¡Dios no lo permitirá!

—Nuestros padres han cometido sin duda grandes pecados, porque estamos malditos de Dios.

—¿Has venido á acabarme de rasgar el corazon?

—Solo un medio de salvacion nos queda.

—¿Cuál?

—Sé mi esposa...

—Y siendo yo tu esposa...

—Cuando seas mi esposa, Aben-Aboo sabrá quien es su padre.

—¡Otro sacrificio..!

—Te lo pido por nuestro hijo...

—¡Pero si es ambicioso..!

—Cúrele yo del amor de su hermana, que ya sabré buscarle en Africa un reino donde mande á su placer.

—¡Ay! no tengo esperanza ninguna, Yaye.

—Ni amor tampoco.

—Amor si; y un amor desesperado: lo sabes: te lo escribí hace veintidos años: te amaré siempre, te dije entonces, y he cumplido mi juramento; yo te amo Yaye, ahora mas que entonces; con toda mi alma, con todo mi deseo, y me pareces mas hermoso y mas grande: pero en medio de los dos se levanta una sombra maldita.

—¿Piensas acaso que yo tuve alguna parte en el asesinato de Miguel Lopez?

—¡Ah, no! ¡no! ya lo sé: ya sé que eres inocente de aquel crímen: pero escucha: algunas noches estoy desvelada: mi cabeza revuelve sus recuerdos, y tu entre ellos te levantas diciéndome siempre yo te amo: te miro enamorado, anhelante, sufriendo por mí; y cuando voy á arrojarme en tus brazos me detiene una sombra horrible, la sombra de Miguel Lopez. Yo te amaba me dice: y tu amor me costó la vida: un hijo de otro lleva mi nombre: yo me vengaré en ese hijo de la afrenta que se me ha hecho: Yaye te ama, le amas tú, pero yo espíritu condenado vago en derredor de vosotros envidioso de vuestra felicidad..... ¡oh! ¡yo estoy loca, Yaye! todo lo que pasa á mi alrededor me asusta; el mas leve ruido me estremece; creo que solo estoy segura á los piés del altar, á donde no se atreven á perseguirme esos recuerdos, ni ese horrible fantasma.

—Pues bien, dijo Yaye: vamos juntos al pié de ese altar arrodillémonos ante él, y levantémonos con las manos asidas, esposos.

—¿Y cómo vendrias tú ante el altar del Dios de los cristianos?

—Isabel, ¿creerás en lo inmenso de mi amor, cuando sepas que ese amor me ha convertido?

Doña Isabel lanzó un grito de alegría.

—¿Convertido tú?

—Mira:

Y Yaye se abrió el jubon, y mostró á doña Isabel el relicario con la imágen de la Vírgen, que ella le habia dado veintidos años antes, pendiente de su cuello.

—Pero este relicario quedó en poder de mi cuñada doña Elvira, dijo alentando apenas doña Isabel.

—Es verdad, pero yo se lo hice robar. ¿No sabes que mis monfíes entran en todas partes?

—Y la santa imágen de la Vírgen... ¡oh Dios mio!.. ¡y mi amor..! ¡no me engañes por Dios, Yaye!

—Mi hija Esperanza á quien amo con toda mi alma, es cristiana tambien como tú; el padre de doña Estrella, de la madre de Esperanza, el rey del desierto de Méjico, profesa tambien el cristianismo; rodeado de una familia de convertidos, he meditado mucho y me he convertido tambien.

Doña Isabel miró de una manera vaga, ansiosa, insensata á Yaye, y poniendo sus manos sobre sus hombros, le dijo con la voz desfallecida:

—Júrame que no mientes, Yaye: ¡júramelo!

—Te lo juro por el misterio de la Encarnacion del Verbo, contestó Yaye.

—¡Cristiano! ¡cristiano! exclamó estremecida de placer doña Isabel: pues bien: soy tuya, tuya: tu esposa, tu amante, tu esclava, lo que tú quieras que sea... ¡oh Dios mió! ¡Dios mio! ¡al fin has tenido compasión de mí!

Y doña Isabel se arrojó entre los brazos de Yaye, le estrechó en ellos, y rompió á llorar.

Yaye lloraba de placer.

—Serenémonos dijo: retirando suavemente á doña Isabel, y sentándola en un sillon. Es necesario evitar que nuestro hijo nos encuentre encerrados.

—Sí, si; es necesario, necesario de todo punto que... que nuestro hijo.....

Y doña Isabel se detuvo.

—Para curarle de su ambicion, es necesario darle á probar algunos amargos desengaños: yo abdico en él: pero mi nombre y mi espada quedan al frente de los monfíes....

—¡Con que esa guerra es inevitable!

—Has olvidado ya la muerte de la desdichada Malicatulzarah.

—¡Oh miserables! exclamó con fiereza doña Isabel.

—¿Crees que los castellanos no son unos infames, á quienes si pudiéramos deberiamos exterminar?

—Harto se han ensangrentado con los pobres moriscos.

—Pues bien, Isabel, ha llegado el dia de la venganza: no podremos exterminar á todos los verdugos, pero gran parte de ellos caerán bajo nuestra espada... y.... ¿quien sabe? Tu amor me engrandece, Isabel mia, el Dios misericordioso á quien adoro, me demostrará que me ha perdonado por tu amor, si me concede el triunfo...

—Y yo te aliento al combate: antes temblaba, temblaba por mi hijo... pero ahora... ahora que levantas tu corazon á Dios, ahora que solo desnudas tu espada para defender al débil y al oprimido, ahora Yaye, siento hervir en mis venas la sangre de mi raza: levántate, valiente mio, y extermina en nombre del Dios de la justicia á esos miserables asesinos de viejos, moribundos y mujeres: levántate con la espada de Dios en la mano, y cuenta con el aliento de tu esposa...

—Silencio, se acercan... por aquella otra puerta que no está cerrada, dijo Yaye.

En efecto, se oian pasos precipitados.

Levantóse el tapiz y apareció Aben-Aboo, adelantó, se detuvo, y fijó una mirada indescribible en Yaye y en su madre.

Tras él venia Aben-Jahuar.

—¿Es verdad lo que acaba de decirme mi tio, señor? dijo el jóven con la voz ronca.

—¿Y qué os ha dicho mi buen primo?

—Me ha dicho que mi madre y vos...

—Es verdad lo que mi hermano te ha dicho, hijo mio. Amo á nuestro pariente Sidy Yaye.

—¿Y os casais con él?

—Me caso.

—¿Y vos me dejais la dignidad de emir de los monfíes?

—Sí, porque os amo Aben-Aboo, porque quiero que no tengais zelos de vuestro primo Aben-Humeya.

—¿Es decir que vais á ser mi padre...?

—Si.

—¿Que levantaré vuestra bandera contra los castellanos?

—Si.

—Yo habia creido que todo esto era un sueño terrible, dijo con voz casi sepulcral Aben-Aboo.

—¡Te parece terrible mi casamiento con tu madre, mi abdicacion en tí de mi corona! dijo con extrañeza Yaye.

—¿Sabia esto mi tio Aben-Jahuar hace algun tiempo? dijo el jóven señalando con una mirada hosca al morisco.

—No lo ha sabido hasta esta noche.

—Madre, dijo el jóven acercándose á doña Isabel y asiéndola una mano; que Dios os haga feliz; señor, añadió asiendo otra mano de Yaye, os juro que muy pronto habeis de ver el buen uso que hago del poder que me dais.

—Tú serás sin embargo, mi hijo y mi vasallo, dijo Yaye.

—Lo seré, señor.

—Si cumples bien y fielmente, como lo espero, antes de mucho, tu madre y yo nos retiraremos á una vida oscura y pacífica.

—A donde quiera que vayais, allí irá con vosotros el corazon de vuestro hijo.

—Esta noche es la mas feliz de mi vida, dijo Yaye: mi hija sale de España con su esposo; una mujer digna del amor de un héroe, me da con su amor la paz de mi alma, y tú valiente hijo mio, aceptas mi espada, y te aprestas á un combate que ya no puede dilatarse: nuestro pariente el noble Aben-Jahuar nos ayuda con su valor y sus consejos, y Aben-Humeya verá con placer, que ya entre él y su valiente primo no existe motivo de rivalidad. Dios ha querido que llegue este fausto momento. Hagámonos, pues, dignos de él, aprovechando el tiempo en su servicio, Isabel: añadió volviéndose á ella: no salgais esta noche de vuestra casa: suceda lo que suceda, nada temais. Pero añadió en voz tan baja que solo doña Isabel pudo oirla; tened mucha cuenta con esa mujer, con esa italiana.

—Pero... murmuró doña Isabel.

—Os va en ello la honra y acaso la vida. Y luego añadió alto: mi valiente sobrino, mi noble primo: ya es tarde y sabeis que nos esperan. Adios Isabel, os repito que nada temais, y, sobre todo, no olvideis lo que os he encargado.

—Adios, señor, dijo doña Isabel: adios hermano, adios hijo mio.

Y al pronunciar estas últimas palabras, se arrojó sollozando en los brazos de Aben-Aboo.

—¡Oh madre mia! ¡madre mia! exclamó el jóven, ¡rogad á Dios!

Pronunció con tal acento Aben-Aboo sus últimas palabras, que doña Isabel, sin poderse explicar la causa de ello se estremeció.

Poco despues estaba sola, pensativa, pálida y llorosa al lado de la chimenea: una mujer de pié, inmóvil en una puerta, la observaba.

Era Angiolina.

—¡Con que Aben-Aboo es vuestro hijo! ¡con que tú no has tenido otro esposo que el emir! murmuraba la veneciana. ¡Ah! ¡ah! ¡mi venganza se va haciendo cada dia mas horrible!

Y dos gruesas lágrimas surcaron las mejíllas de aquella mujer singular.

CAPITULO XXV.

De qué modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre.

Cádiar estaba en aquellos momentos completamente desierto.

Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la única luz dudosa y fantástica que determinaba de una manera vaga las formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles.

Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo á lo largo de las tapias, en direccion á la montaña.

Reinaban, pues, en la villa, una tranquilidad absoluta y un silencio profundo.

La oscuridad era tambien densa, modificada solo por el débil reflejo de la nieve.

En ninguna ventana, ni aun por los resquicios se veia luz, á excepcion de una casa, en la cual se veia un rojizo reflejo, tras las vidrieras de un balcon.

Aquella casa era la del beneficiado Juan de Ribera.

Ademas la puerta estaba abierta, y en el zaguan se veian dando guarda algunos soldados y dos alguaciles del Santo Oficio, lo que demostraba que el inquisidor Molina de Medrano se habia aposentado en casa del párroco.

Mariblanca, maese Barbillo y el niño de coro, estaban atareados en la cocina, cuidando de cazuelas y cacerolas, lo que demostraba tambien que el beneficiado por temor ó respeto á la Inquisicion, se habia propuesto obsequiar con una excelente cena de navidad al señor ministro de la Suprema, Molina de Medrano.

Maese Barbillo y Mariblanca estaban indudablemente en mala disposicion de ánimo, iban de acá para allá evitando tropezarse, no se miraban y se mostraban silenciosos y ceñudos.

Pero á primera vista se notaba que el ceño y el disgusto de Mariblanca, nada tenia que ver con maese Barbillo, á quien trataba con una indiferencia, y casi podriamos decir con un desprecio, irritante.

El aspecto sombrío de Mariblanca, era la causa del aspecto hosco de maese Barbillo.

Solo el niño de coro se mostraba indiferente, y dirigia la palabra ya al uno ya á la otra, sin obtener por contestacion mas que monosílabos.

Sin embargo, una observacion del niño de coro vino á dar lugar al diálogo siguiente:

—¿Sabeis señora Mariblanca, que esta Noche-Buena pasa lo que nunca ha pasado? dijo el niño de coro.

—¿Y qué pasa esta Noche-Buena que no ha pasado en otras, Cristovalillo? dijo Mariblanca mirando con recelo al muchacho.

—No andan mozos por las calles, respondió el niño.

—Nieva y hace frio, repuso Mariblanca.

—El año pasado nevaba mas y el frío no podia resistirse, y acuérdese vuesamerced, señora ama; á estas horas todo era cuadrillas de mozos, y habia un ruido de zambombas, rabeles y villancicos, que daba gozo.

—Tiene razon Cristobalillo, dijo el sacristan: esta noche parece Cádiar un cementerio.

—¿Qué entendeis vos de eso maese Barbillo? dijo con despego Mariblanca: si esta noche no rondan ni cantan, será porque no quieran, ó por que tienen miedo ó frio, y sobre todo, ¿qué se os da?

—Sin duda que habeis pisado alguna mala yerba, María; dijo maese Barbillo.

—Pudiera ser, contestó Mariblanca.

—Y tanto como que puede ser: y á propósito, ya que se os sacan algunas palabras del cuerpo: ¿qué diablos haciais en la cañada de San Juan esta tarde?

—¡Yo! contestó con precipitacion Mariblanca.

—No me querais negar que habeis ido á la cañada de San Juan: os he visto yo al pasar por el camino cuando iba á Yátor con el señor beneficiado.

—¿Quién ha traído los berros de la ensalada? dijo Mariblanca.

—Es verdad que en la cañada de San Juan hay muy buenos berros; pero tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantìdad no pequeña.

—Os engañais; lo que yo he traido son setas.

—Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder arrojeis al albañal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis guisado.

—No la serviré á nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese guiso de setas y truchas le he hecho yo para mí.

—¡Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis morir envenenada.

—¡Yo! ¡tan desesperada creeis que esté!

—No lo digo por tanto... pero hé aquí que son las once... Cristovalillo anda vete á vestir al señor beneficiado, que dentro de poco tendremos que ir á la iglesia á la misa del gallo.

Cristovalillo miró picarescamente al sacristan y al ama, y salió cantando un villancico.

Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tomó otro talante y se encaró con Mariblanca.

—¿Por qué estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo.

—¡Qué no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca.

—Creo que yo tengo derecho á preguntaros.

—¡Vos! ¿y quién os le ha dado?

—Tenemos tratado casarnos.

—¡Se tratan tantas cosas que no se cumplen!

—Señora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho.

—¿Qué os he concedido otro dia mas de lo que os doy ahora?

—¡Ah! ¡ah! es verdad que hace mucho tiempo que me estais haciendo penar.

—Dejadme en paz, Barbillo, y no me canseis con vuestras quejas ni con vuestros zelos; ningun motivo os he dado; ningun favor os he hecho...

—Ya lo creo, como el licenciado tiene ojos de lince...

—Ya sabeis que el licenciado me importa tanto como vos: en una palabra, Barbillo: solo he querido á un hombre; solo he sido de un hombre, y es disparate pretender que sea de otro... lo entendeis... si no lo entendeis, bien claro os lo digo: acordaos de ello siempre, y no me fastidieis mas.

—¿Pero me habeis prometido?...

—Porque no me atosigueis continuamente.

—¿Es decir que no sereis mi mujer?...

—¡Yo!... ni de vos ni de nadie.

—Ya, ya lo creo; no habia querido deciros nada porque no me dijérais que era zeloso; pero se conoce que ha vuelto al pueblo el capitan Diego de Herrera.

—Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el capitan.

—¡Que os casais!

—Si por cierto: por toda una eternidad.

—¡Ah! ¡ah! ¡con un miserable que os insultó!...

—Señor Barbillo, dijo á la puerta de la cocina el niño de coro.

—¿Qué diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva interrupcion.

—No soy yo quien quiere, sino el señor beneficiado. Me ha dicho que vayamos á la iglesia.

—¡Pero si acaban de dar las once!

—No importa: como oficia el señor inquisidor...

Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y empezó á quitarse su mandil de cocinero.

—¿Y vos no ireis á la misa del gallo? dijo á Mariblanca.

—Ya veis que tengo que acabar de arreglar la cena.

—Es verdad: como tenemos convidados...

—Señor Barbillo, dijo otra vez el niño de coro: que el señor beneficiado y el señor inquisidor van ya camino de la iglesia.

—¿Nos veremos luego Mariblanca? dijo el sacristan.

—Ciertamente, porque yo creo que vendreis á cenar...

—Despues...

—¿Despues de la cena?

—Sí.

—Tengo un convidado...

—¿El capitan?...

—Cierto: le espero... para pelar la pava...

Barbillo lanzó una mirada de tigre á Mariblanca, y salió.

La jóven quedó sola en la cocina.

Esperó á que pasase algun tiempo, y luego tomó una bujía, la encendió y salió al zaguan.

No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al inquisidor.

La puerta de la calle estaba cerrada con llave.

—¡Ah! ¡ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy á encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis á entrar, yo os lo juro.

Y echó los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y á mas de esto la atrancó.

Luego recorrió la casa. Nadie habia en ella.

Entonces bajó al huerto, apagó la luz, se acercó á la tapia y cantó un villancico de Navidad.

Se oyó fuera un silbido y Mariblanca calló.

Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vió trepar á un hombre por la tapia y saltar al huerto.

Mariblanca se estremeció, adelantó hácia el bulto y exclamó:

—¡Padre! ¿eres tú?

—Yo soy, dijo una voz ronca.

—Ven, ven conmigo, le dijo asiéndole de una mano.

Y condujo á su padre á un sotechado, abrió una puerta y le introdujo en una habitacion oscura.

—Espera aquí, le dijo.

—¿Qué aposento es este? dijo la misma ronca voz.

—Es el mio. Espera, voy por luz.

Mariblanca salió y poco tiempo despues volvió con dos bujías que puso sobre una mesa.

Aquella mesa estaba cubierta por un mantel y por un servicio para dos personas.

—¿Me has convidado á cenar, mi buena hija? dijo Melik-el-Ferih, que él era, mirando de una manera profundamente amenazadora á la jóven.

El Ferih llevaba el trage característico de los monfíes é iba completamente armado.

—Te he convidado para que conozcas á tu hija.

—Tú deshonraste á tu familia.

—Me cegó el amor de un hombre.

—Tú renegaste del Dios Altísimo y Unico.

—Por salvar la honra de mi familia.

—Tú huiste de mi casa.

—Creí haber matado al infame que se burló de mí.

—Has sido manceba de un clérigo.

—Quien te ha dicho eso ha mentido, padre: tu hija ni ha dejado de ser honrada, ni ha dejado de ser mora. Tú verás, padre, tú verás, cómo satisface tu honra tu hija.

Movió fatídicamente la cabeza el Ferih.

—Si no quedas satisfecho, padre, mátame.... pero espera.... espera.... y verás que tu hija es digna de tí.

—¿Pero qué prueba puedes darme...?

—Estoy esperando de un momento á otro al capitan Diego de Herrera.

—Para cenar con él....

—Sí, para cenar con él. Y ya es la hora, padre, ya es la hora exclamó con voz lúgubre Mariblanca.

—¿Y quieres que yo asista á tu cita?

—Escóndete.

—Esconderme....

—Sí, escóndete en mi alcoba y espera.

Y la jóven llevó tras las cortinas de su alcoba á su padre que la siguió fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de Mariblanca.

La jóven salió entonces al huerto.

Durante algunos instantes el aposento permaneció desierto; al fin, se abrió la puerta y apareció Mariblanca llevando de la mano al capitan Herrera.

Este venia casi ébrio y se arrojó cansado sobre una silla.

Mariblanca salió y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.

—¿Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos estado bebiendo de lo lindo mi cuñado Ocampo, el alférez de la compañía y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes á descansar como dos buenos casados: no sé, no sé cómo he podido trepar por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. ¡Vive Dios y qué hermosa está la muchacha!.... ¿Sabes, Mariblanca, que me se va quitando la borrachera?

—¿Sabeis, señor mio, que á mi no me gustan los hombres borrachos? dijo sonriendo dulcemente Mariblanca.

—¡Ira de Dios! á fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo Dios, no me acordaba de tí, y sino te veo... ¡bah! no hubiera vuelto á acordarme... pero asi que te ví... ven y dame un abrazo Alida.

—No he de acercarme á tí, mientras estes de ese modo.

—Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma... como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas acostumbrando á esto.

—Diego, comiendo se quita la embriaguez.

Y Mariblanca servia un plato al capitan.

—¡Comiendo, eh! ¡pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y tengo apetito. ¡Ah! ¡ah! ahora el señor beneficiado estará en la iglesia bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo.

El capitan comia con apetito.

Mariblanca se sirvió del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo á la boca se puso pálida y se estremeció; sin embargo comió.

—¡Qué felices vamos á ser Diego! dijo Mariblanca: ¡oh! ¡que felices! ¡vamos á estar eternamente juntos!

—Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jóven y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un modo...

—Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.

—No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... ¡diablo! no parece sino que sabes cuando vamos á morir.

Mariblanca soltó una carcajada que heló la sangre al capitan.

Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcástica, tan llena de crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos.

—Tienes una manera muy singular de reir, niña, dijo el capitan.

—Es verdad, cuando te conocí reia de otro modo. Es verdad que entonces era feliz y confiada... despues... han pasado diez años, diez años de vergüenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta convertirse en esa risa de odio y de venganza.

Y soltó otra carcajada mas terrible.

El capitan se levantó: Mariblanca se levantó tambien.

—¿Qué significa esto? exclamó: ¿qué burlas son estas, Alida?

—Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no confio mucho en el puñal que ya me engañó una vez, y te hiero de una manera mas segura, capitan Herrera.

—Vamos, tú estas loca Alida, dijo el capitan sentándose de nuevo: con todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga malo. Dejémonos de niñerías, sigamos nuestra cena, y hablemos como buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas.

—Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje.

—¿Qué viaje?

—El que vamos á hacer juntos dentro de un momento á la eternidad.

—¡Un viaje á la eternidad! exclamó el Ferih saliendo de repente de detrás de las cortinas de la alcoba.

—¡Un monfí! exclamó el capitan.

—Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y soltó otra carcajada.

—Pero ese manjar que has comido... estas pálida, lívida..... hija mia, exclamó el Ferih que al fin era padre.

—Eran truchas, con hongos venenosos de las humbrías de la cañada de San Juan; en la salsa habia jugo de yerbas.

—¡Ah! ¡infame ramera! exclamó el capitan que aun conservaba sus fuerzas, lanzándose sobre Mariblanca.

Pero el Ferih le asió del cuello y ciego de furor, le dió de puñaladas.

El capitan cuando le soltó el Ferih, cayó desplomado debajo de la mesa.

—¡Mata ahora á tu hija, padre! exclamó Alida, repitiendo otra horrible carcajada.

—¡Oh! ¡matarte! ¡matarte, hija mia! ¡no, no! yo te perdono: yo quiero que vivas: yo durante mi destierro de España no te he olvidado un solo dia: yo no me hubiera atrevido á matarte.

—Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra vez... he visto al miserable... le amo... y él... él no me amaba... solo pretendia volver á burlarme...

—Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro...

—¿Para qué?... ¿para que la justicia encuentre aqui al capitan asesinado?

—¡Oh! ¡Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas pálida...

—Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba.....

—Está en la montaña, exclamó con desesperacion el Ferih.

Y luego añadió con un acento de resolucion suprema.

—Pero no importa... no... yo te salvaré.

Y asiendo de su hija, la cargó sobre sus hombros; salió al huerto, buscó el postigo, dejó por un momento á Alida en tierra, violentó el postigo con sus fuerzas de toro y dió á correr con ella, por las desiertas calles hácia la salida de la villa.

En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga, tocaban á la misa del gallo las campanas de la iglesia.

—Es de noche, decia Alida dejándose conducir, y con voz ya bastante débil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.

El Ferih rugia.

—La nieve cubre la montaña... no encontrareis la yerba, repetia con voz mas débil Alida.

El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.

—La muela del Hermitaño donde se encuentra la yerba está lejos, y habré muerto antes de que llegues.

El Ferih corria y lloraba.

De repente Alida se retorció entre sus brazos y dió un horrible grito.

El Ferih sintió un estremecimiento de horror.

—¡Padre! ¡padre! exclamó Alida llorando: mátame, porque padezco horriblemente.

El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion.

Estaba en el campo á la salida del pueblo, y se habia parado bajo el saliente de una roca.

El horror, la fatiga, le obligaron á descansar un momento; se sentó y al poner la mano sobre el suelo se estremeció de alegría.

Habia creido tocar la yerba salvadora.

Arrancó algunos tallos y los mordió.

Entonces lanzó una exclamacion indescribible.

—¡La bendita yerba de San Juan! exclamó.

—Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.

—¡Tarde hija mia! ¡tarde! ¡Dios nos favorece! toma: la yerba de San Juan te salvará.

—Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: véngame padre... un cristiano me ha asesinado.

El Ferih pretendió introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el dolor: cuando arostrándolo todo el Ferih logró abrir con su puñal los dientes de Alida, la cabeza de esta cayó desplomada.

Ya todo era inútil: la infeliz habia muerto.

En aquel momento repicaron á gloria las campanas de la iglesia de la villa.

El monfí que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se alzó rígido y trémulo.

No dió un solo grito, no derramó una sola lágrima, pero exclamó de una manera terrible:

—¡Los cristianos! siempre los cristianos! ¡ayer mi honra! ¡hoy su vida! ¡Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!

Y se llevó á la boca una bocina y la tocó, haciendo retumbar las breñas.

Y luego de breña en breña se oyeron á la redonda bocina de bocina, y aquella señal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en círculo y á la carrera sobre Cádiar los monfíes.

Las campanas seguian repicando á gloria.

CAPITULO XXVI.