El reverso de la medalla.
Era verdaderamente lástima que la fortuna no ayudase á Yaye.
Mientras él se embriagaba al lado de doña Isabel, el destino implacable, seguia su terrible camino y le preparaba nuevas desgracias.
Yaye se habia arrepentido tarde.
Las pasiones, los odios, los intereses que se habian cruzado en su camino habian llegado á tal extremo que solo un milagro de Dios podia deshacer sus fatales consecuencias.
Como si la justicia divina le castigase, no habia llegado á la posesion completa del amor de doña Isabel, de su eterno sueño, de su pasion viva, sino cuando otras terribles desgracias amargaban su felicidad y la ennegrecian.
Y deciamos mal cuando llamamos felicidad al estado en que se encontraba Yaye; es verdad que habia momentos en que la hermosura, la magia y el amor de doña Isabel le hacian olvidarse de todo y no vivir mas que para ella: pero ya lo hemos dicho: aquellos solo eran momentos que pasaban con una rapidez fatal para traerle de nuevo á la memoria á su hijo, apoderado de su hermana en una situacion misteriosa, tras cuyas tinieblas podia suponerse todo lo mas horrible: veia á su pueblo ensangrentado de una manera criminal, horrorosa en una guerra feroz: lo veia todo perdido, sin esperanza de recobro, desde la felicidad de su hija hasta la libertad de su patria.
Porque dado caso que Amina le fuese devuelta, ¿en qué estado se la devolverian? Suponiendo lo que no era probable que Aben-Aboo la hubiese respetado, ¿cómo hacer creer al marqués de la Guardia en aquel respeto? ¿Cómo arrancar de en medio de los dos esposos el terrible espectro de la desconfianza, y la amargura de la suposicion, matando sus placeres, su paz, su felicidad? ¿Cómo evitar que el marqués vertiese ó procurase verter la sangre de Aben-Aboo ni cómo podía su mismo padre dispensarse de castigarle?
Y viniendo á los moriscos ¿cómo volver atrás despues de las horrorosas desvastaciones, de los asesinatos, de los horribles crímenes cometidos en las Alpujarras? ¿Cómo seguir adelante, solos, abandonados de todos, encerrados en las breñas de las Alpujarras, rodeados por los ejércitos de España, y combatidos por los grandes capitanes de Felipe II?
Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye, habia corrido al remedio de aquellos males con una energía imponderable: habia aterrado á los monfíes, ahorcando á algunos de aquellos que se habian mostrado mas infames en el degüello de las Alpujarras: se puso á su frente, los reorganizó, se dejó ver de todos ellos indómito, soberano, prepotente, con la espada desnuda y la cólera y la amenaza en los ojos. Les afeó sus excesos, y promulgó una ley por la cual se prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar á los niños menores de siete años, á las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun á los hombres que no hubiesen tomado las armas ó que tomándolas no hubiesen hecho resistencia, ó que después de hecha se hubieren entregado: en una palabra, regularizó la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero cuando ya habian sucumbido doce mil víctimas; cuando el horror de aquella catástrofe zumbaba por España, pidiendo venganza, y por Europa, llamando gravemente la atencion de las córtes extranjeras: en cuanto á sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se habia tragado á Amina, á su hija y á Aben-Aboo: solo se habian encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfíes que conducían las literas y los que las precedian, muertos á hierro, y las dos doncellas que acompañaban á Amina en aquella ocasion, degolladas: vestigios que no eran los mas á propósito para tranquilizar á Yaye acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto á su hijo, Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doña Elvira de Céspedes habian asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en la cabeza y la espada desnuda, avanzado á las posiciones del ejército de España, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombrío, y receloso.
Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales walíes de Yaye, acompañados de cuadrillas compuestas de los monfíes mas astutos y mas prácticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaña, buscaban por todas partes á los que se habian perdido, pero de una manera inútil.
Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia descubierto, y mas desesperado cada dia después de este aviso, iba á buscar consuelo en el frenesí de su amor por doña Isabel: de aquel amor que le embriagaba.
Antes de presentarse á ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre sí mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo, como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su esposa.
Doña Isabel le preguntaba por su hijo.
Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejército, que se obtenian triunfos y que pronto podría, sin manchar su honra, dejando encomendada la prosecucion de la guerra á buenos caudillos, abandonar á España é ir á gozar de su felicidad al extranjero.
Doña Isabel creia á Yaye, era feliz, le inundaba con todo el poderío de su magnifica hermosura, con toda la poesía de su alma, con toda su pureza de niña, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia soñar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella; algunas horas de felicidad suprema.
Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doña Isabel, caia de repente de aquel cielo soñado, al infierno de la terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle. Los sucesos ayudaban á la venganza de sus enemigos.
Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas, porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el absurdo.
A tal especie pertenecia el odio que profesaban á Yaye Laurenti y Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqués de la Guardia, habian herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos personajes.
Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera llevado á la córte con una intencion terrible á Amina, Amina no hubiera excitado las pasiones de nadie.
Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doña Elvira: Yaye meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por último en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud acerca de su orígen, de su posicion y de los proyectos de su padre.
Ninguna historia como la de Yaye tan á propósito para probar la influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que Yaye habia hecho, era lógico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye habia hecho se habia vuelto contra él amenazador y terrible.
Jóven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco años, no se atrevia á volver la vista atrás, porque el pasado le obligaba á cerrar los ojos, pretendia huir de su presente, y no se atrevia á mirar al porvenir.
Ni aun podia salvarse, huyendo con doña Isabel, la única felicidad de su vida, á continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro.
¿Y qué peligro podia ser este?
Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crímenes.
La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo desconfiaba, era ya una terrible amenaza.
¿Por qué se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? ¿Por qué Aben-Humeya se mostraba con él taciturno, reservado, sombrío?
Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no podia conjurar aquella tempestad y se aterraba.
Por eso iba á buscar la felicidad del olvido y de la embriaguez, todas las noches, al lado de su esposa.
Por eso doña Isabel habia sorprendido alguna vez su sueño fatigoso, su suerte horrible.
Yaye no podia expiar de una manera mas horrorosa sus errores, ó sus crímenes.
En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido.
Necesitamos dividir nuestra atencion entre tres lugares distintos.
Dos de ellos los conocemos.
El otro nos es enteramente desconocido.
Si penetramos en el uno, en el subterráneo donde vivió en otro tiempo Calpuc, á donde este tuvo herido á Miguel Lopez, y donde Miguel Lopez murió por último de hambre, encontraremos á uno de nuestros perdidos personajes.
A Amina.
La veremos sentada sobre un lecho, inmóvil, teniendo sobre su regazo á su pequeña hija, á quien amamanta; y para besar la cual de una manera delirante, sale de tiempo en tiempo de su inaccion.
Nada falta en el subterráneo que pueda hacer soportar la permanencia en él de una persona: nada mas que aire y dìa.
Por lo demás se ha procurado embellecer y hacer habitable, cuanto ha sido posible, aquel antro.
¿Quién habia revelado á Aben-Aboo la existencia de aquel antro?
Nuestros lectores adivinan su nombre sin duda. Habia sido Laurenti.
Nuestros lectores saben que Laurenti habia encontrado en un proceso en la Chancillería de Granada, la historia entera en que se contenia la muerte de Miguel Lopez, la del capitan Sedeño, el orígen de dona Estrella de Cárdenas, y demás sucesos que dejamos relatados en la primera parte.
La justicia habia bajado al subterráneo, guiada por el mismo Calpuc; pero despues aquel subterráneo habia quedado abandonado.
Un dia en que Aben-Aboo vagaba fugitivo por la montaña, y se habia entrado á dormir en una cueva, encontró junto á sí, al despertar, una carta.
Aquella carta contenia las siguientes palabras:
«Hace ya muchos dias que vagais á pié, acompañado de algunos hombres de vuestra confianza, llevando con vos una dama y una niña, y evitando, siempre con peligro, el encuentro de los monfíes que os buscan. Esa señora, demasiado delicada para andar con lluvia y con nïeve por breñas y vericuetos, será causa de que una vez deis en las manos del emir, que no seria en tal caso muy humano con vos. Yo, como vos, soy enemigo del emir, y quiero ayudaros, indicándoos un lugar muy escondido, donde podreis guardar á vuestra prisionera y quedar libre para vuestros negocios y para evitar la persecucion de que sois objeto. (A seguida el autor del anónimo daba á Aben-Aboo las señas indudables, por las cuales podia dar con el subterráneo). No desconfieis de quien os escribe, concluia, porque si fuese vuestro enemigo, podria haberos muerto ó preso mientras dormiais, en vez de haber dejado junto á vos y sobre vuestra ballesta, esta carta.»
Temeroso Aben-Aboo de que embarazado por Amina y por su hija, diesen con él los monfíes que le buscaban, como ya habia estado á punto de suceder alguna vez, buscó el subterráneo por las señas que tan misteriosamente le habian dado, y encerró en él á Amina y á su hija.
Aben-Aboo se encontraba, como Yaye, sin poder ir ni atrás ni adelante. Su tio Aben-Jahuar le habia metido de una manera insidiosa en aquel laberinto, del cual el jóven no encontraba la salida.
Sabia, á no dudarlo, que el emir no tenia duda alguna de que él habia sido el raptor de Amina: sabia que del mismo modo que Yaye le habia colmado de beneficios, se ensangrentaria con él, si le habia á las manos, porque sabia demasiado hasta donde llegaba la tremenda justicia del emir. Habia conocido al fin claramente, que su tio Aben-Jahuar le habia envuelto con una intencion refinadamente traidora en aquel compromiso, y en vez de presentarse lealmente á Yaye, para manifestarle la verdad de los hechos é implorar su perdon, le aconsejó su miedo deshacerse á todo trance y cuando pudiese del hombre que se lo inspiraba.
La muerte del emir estaba decretada en el pensamiento de Aben-Aboo como un medio de seguridad; la de Aben-Jahuar como la satisfaccion de la venganza de una parte, y por otra como una medida prudente que debia librarle de un rival peligroso, porque Aben-Aboo habia comprendido de una manera clara que el objeto de Aben-Jahuar era destruir cuantos obstáculos se oponian á su ambicion, y quedar solo, como señor soberano, al frente de la rebelion de los moriscos.
Para esto necesitaba Aben-Aboo una alianza, y la buseó, ó mejor dicho, aplazó el buscarla en Aben-Humeya.
Aben-Aboo entraba de lleno impulsado por su ambicion y por su miedo en la senda del crimen.
Sin embargo, y como á mujer, habia tratado y trataba con un profundo respeto á Amina.
Consistía esto, primero: en que Aben-Aboo no amaba á Amina, porque estaba enamorado de la princesa: segundo, en que habiendo resuelto deshacerse por medio del asesinato de Yaye, el resto de conciencia que le quedaba le separaba de la jóven: y tercero, en que, prescindiendo de estos dos antecedentes, sabia que Amina jamás podria ser para él mas que una esclava violentada.
Aben-Aboo tenia en Amina una carga que conservaba por temor, y que en todo caso podia servirle para dictar condiciones al emir.
Asi es que cuando Aben-Aboo bajaba todos los dias al subterráneo á cuidar de Amina, no la hablaba una sola palabra.
Unicamente un dia la dijo:
—Parto para una empresa aventurada, en la cual podré perecer: os dejo provisiones para muchos dias. Si falto tres, rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aquí sepultada.
Amina lanzó un grito de terror, estrechando contra su corazon á su hija.
¿Cuál podria ser la empresa aventurada que acometia Aben-Aboo?
Antes necesitamos revelar á nuestros lectores los otros dos lugares donde encontraremos el resto de nuestros perdidos personajes.
El segundo lugar que hemos dicho que conocemos, era el subterráneo de la princesa encantada.
Si entramos en él una noche, encontraremos á dos personas muy conocidas nuestras: á doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor y á Aben-Jahuar, su cuñado.
El lugar en que se encontraban no era aquel salon árabe en que ya hemos entrado una vez con Laurenti y Cisneros, sino un pequeño retrete, á que se entraba por una de las puertas que, como dijimos, daban al corredor por donde era necesario pasar para llegar á la gran cámara.
Doña Elvira estaba recostada en un colchon doblado que la servia de divan: Aben-Jahuar estaba sentado junto á ella en un escabel ó banquillo de pino; una candileja clavada en la pared, alumbraba aquel espacio de una manera siniestra, y por último, algunas astillas de madera en el centro del pavimento roto, servian de calorífero.
Doña Elvira se conservaba sumamente hermosa; pero su hermosura habia tomado un aspecto terrible: conocíase que el disgusto contínuo, la ira reprimida, el deseo contrariado, el orgullo ofendido, habian ido fijando lentamente su marca en aquel semblante, hasta darle el aspecto del de un hermosísimo demonio; su sencillo y severo traje estaba en armonía con la terrible expresion de su semblante, y sin embargo, sonreia á su cuñado, y le sonreia con tal intencion, de una manera tal, que Aben-Jahuar estaba fascinado: porque en la mirada de doña Elvira hácia él habia amor, mas que amor, pasion: Aben-Jahuar se creia soñando.
—¿Sabes Elvira, la dijo, que apenas puedo creer á lo que mis oidos han escuchado, á lo que ven mis ojos? ¿Que tú me amas y que me amas hace mucho tiempo?
—Si, dijo doña Elvira, te amo, te amo porque lentamente tu amor y tus sacrificios me han obligado. ¿Y sabes por qué te he ocultado mi amor?
—Yo creia que era imposible que me amases, dijo con recelo Aben-Jahuar.
—¡Imposible! ¿y por qué?
—Porque... creia que amabas á otro.
—¿A Yaye? dijo con la mayor naturalidad doña Elvira.
—Si, á Yaye, contestó con acento reconcentrado Aben-Jahuar.
—¡Qué poco conoces el corazon de las mujeres!
—Sin embargo, has rechazado constantemente mis deseos.
—Porque no queria comprometerte... porque esperaba á concluir para siempre de una manera desembarazada.
—¿Concluir, qué?
—Concluir mi venganza.
—¿Contra Yaye?
—Contra Yaye.
—¿Venganza de amor?
—Venganza de odio.
—¡Tú has amado á Yaye!
—Yo no podia amar al asesino de mi marido.
—¡Ah!
—Yo no podia ni puedo amar al que es un obstáculo para el engrandecimiento de mi hijo.
—¿Consistirá tu odio en que Yaye se haya casado con Isabel?
—No, de ningun modo: ¡Isabel y Yaye! ¡digno consorcio! la mujer adúltera unida al asesino de su marido!
—Dame una prueba indudable de que me amas.
—¿Y qué prueba? dijo doña Elvira infiltrando una candente mirada en los ojos de Aben-Jahuar.
—Sé mi esposa.
—Juro serlo en el momento en que me vengue de Yaye.
—¿Y cómo piensas vengarte? preguntó Aben-Jahuar.
—No lo sé: hace mucho tiempo que Dios ó el diablo protegen á ese hombre: he gastado á manos llenas el oro para lograr que se apoderan de él, y no he podido conseguirlo.
—En otro tiempo le tuviste en tu poder.
—¡Enfermo! ¡hé ahi como me muestra su agradecimiento Yaye! casa á su hija con ese marqués de la Guardia, hace su compañero en el gobierno de los monfíes al hijo de su amante, y todo viene á asegurarme su intencion de que piensa robar á mi hijo la corona de Granada.
—Una sola palabra, Elvira.
—¿Cuál?
—¿No has sido tu tambien adúltera?
—¡Yo!
—¿No has sido amante de Yaye?
—¡Yo amante de ese miserable!
—Pronto me darás una prueba de si le amas ó le aborreces.
—¡Una prueba!
—Si, porque si es cierta tu sed de venganza muy pronto vas á ser vengada.
—¡Vengada! exclamó doña Elvira, y palideció y se extremeció.
—¡Paréceme que te espanta mi venganza, Elvira! dijo con acento terrible Aben-Jahuar.
—¡Porque tiemblo! tiemblo de impaciencia.
—Pues creo que esta noche quedarás vengada.
—¡Esta noche! ¿pero cómo?
—¿Qué te importa como sea, si esta noche ves ante tus plantas al emir?
—¡Pero explícame!...
—¡Oh! ¡oh! cualquiera diria Elvira que le amas y que temes por su vida.
—¡Su vida! exclamó doña Elvira no pudiendo contenerse en el fingimiento que se habia propuesto: ¿pues qué le vais á matar?
—Verdaderamente Elvira, dijo Aben-Jahuar con acento siniestro, ¿qué estás muy ansiosa de su sangre?
—¡Si! ¡pero!... ¡pero quién le va á matar! exclamó doña Elvira descubriendo cada vez mas su amor hácia Yaye.
—No ha faltado quien diga á tu hijo, quien se lo pruebe, que Yaye fue la causa de la prision y de la muerte de mi hermano.
—¿Y mi hijo lo ha creido?...
—Acaso en estos momentos, tu hijo se encamina al lugar donde sabe que debe encontrar al emir solo y desarmado.
—¡Para matarle!
—Cree que el emir ha sido la causa de la muerte de su padre.
—Pero eso no es verdad: Yaye no ha tenido culpa alguna...
—¿Pues no le acusabas poco hace tú misma?...
—¡Mentira! ¡mentira! y escucha hermano: yo te creo violento, zeloso, irritado, pero no miserable: escúchame por Dios hermano... porque es necesario evitar un horrible crímen.
—¿Es decir, que amas á Yaye?
—¡Oh! ¡Dios mio! ¡si! exclamó doña Elvira cubriéndose el rostro con las manos: le amo desesperadamente hace veintidos años.
—¿Y por qué me engañabas? dijo Aben-Jahuar, dominando su odio y dando á sus palabras un acento tristemente melancólico: ¿por qué me decias que querias vengarte de Yaye?
—¡Oh! ¡yo no sé! ¡yo no sé! ¡yo estoy loca! Yaye me ha despreciado: le he escrito arrojando en mis cartas todo mi corazon, y no ha contestado á mis cartas: he querido apoderarme de él, y no he podido: ¡al fin se ha casado!... ¡se ha casado con Isabel! yo queria vengarme... quiero vengarme... pero ya te lo he dicho: no sé como: porque yo no quiero matarle...
—Le matará tu hijo.
Doña Elvira al escuchar esta terrible profecía lanzó un grito de horror.
—¡Mi hijo! exclamó: ¡mi hijo! ¡un parricidio!
—¡Un parricidio! exclamó Aben-Jahuar levantándose: ¡un parricidio has dicho!
—Si, si: ¡porque... mi hijo es hijo de Yaye!
Destelló de los ojos de Aben-Jahuar una mirada salvaje indescribible.
—¡Oh! exclamó: ¡oh! pues entonces es necesario... necesario de todo punto evitar... yo no sabia... yo estaba engañado... y ese hombre... ese hombre extraño que nos ha procurado este asilo... ese hombre á quien yo esperaba...
—Pero yo quiero ir, volar junto á mi hijo: decirle: el hombre que quieres asesinar es tu padre... es necesario salir al momento de aquí... ¡Dios mio! ¡ Dios mio! ¿no oyes que es necesario que salgamos de aquí?...
—Pero yo no sé las salidas, dijo afectando desesperación Aben-Jahuar.
—¡Llévame, llévame á detener á mi hijo! exclamó doña Elvira arrojándose á sus piés: logre yo impedir ese horroroso crímen... y te amaré, Fernando, te amaré con toda mi alma... y seré tuya, y seré tu esclava. ¿No oyes que mi hijo es hijo de Yaye?
—Alzate, y silencio; suenan pasos; acaso sea ese hombre: si es él, aun tenemos tiempo... si, si, él es... pero enjuga tus lágrimas, tranquilízate... se acerca.
—¡Ya es hora! dijo acercándose á la puerta Laurenti.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Debemos trasladarnos á otro lugar, al lugar que hemos dicho que no conociamos, y donde encontraremos á Angiolina.
Todos los que hayan estado en Granada ó en las Alpujarras, habran tenido ocasion de ver que hay una clase de gente pobre, que vive en muy pobres habitaciones.
Son estas, cuevas naturales, á las que se ha puesto una puerta, abierto una chimenea, dilatado y blanqueado el interior. En Granada y en las Alpujarras, hay barrios enteros de estas viviendas, barrios cuyas calles son barrancos, y á los que sirve de terrado el repecho de la montaña, cubierta de higueras de Túnez y de pitas, entre las cuales se levanta el humo de las chimeneas.
Por lo general las gentes que viven en estos miserables albergues son gitanos.
En una de estas negras viviendas, entró Aben-Aboo, la misma noche en que tuvo lugar la escena anterior.
El jóven iba solo, vestido á la berberisca y armado con un arcabuz.
Dentro de la cueva estaba una vieja calentándose junto á un fuego medio extinguido, y asando castañas.
Cuando entró, el jóven se dirigió á la vieja.
—¿Ha pasado alguien? dijo Aben-Aboo.
—¡Nadie! dijo la vieja: hoy como todos los dias el barranco ha estado solitario; solo he visto á lo lejos por la loma de la fuente pasar un pastor de cabras.
—¿Y no se acercó?
—No.
—¿Qué hizo?
—¿Qué hizo? estar parado algun tiempo apoyado en su báculo.
—¿Y nada mas? ya te he dicho que observes bien cuanto hagan los que pasen cerca ó lejos de la cueva.
—¿Qué hizo? no me acuerdo de que haya hecho nada.
—¡Nada! exclamó con impaciencia Aben-Aboo.
—Nada hizo, solamente puso un lazo en un madroño.
—¡Ah! ¿un lazo para coger gorriones?
—Eso es.
—¿Y no volvió?
—No por cierto; aunque á poco de irse, cayó un gorrion en el lazo: yo esperé algún tiempo á ver si volvia, y como no volvia, atravesé el barranco, llegué al madroño, cogí el gorrión, me le traje, le asé y me le comi.
—¡Un lazo para coger gorriones! murmuró Aben-Aboo.
Y luego sacando de su bolsillo unas monedas de plata, dijo á la vieja:
—Vete.
—¡Que me vaya! ¿y á dónde?
—Ya no haces falta aquí.
—¿Y quién cuidará de esa señora?
—Te digo que no haces ya falta, tu cueva está cerca: vete con tus hijas.
—¿Y ya no me dareis mas dinero?
—¡Toma, toma, sanguijuela insaciable! dijo Aben-Aboo, dando á la vieja dos ducados mas.
—Todos los dias el hambre pide pan: antes cuando mi marido y mis hijos vivian, trabajaban y mi casa estaba alegre, porque siempre habia una olla al fuego y pan en la cesta; pero los cristianos mataron á mi marido y á mis hijos: mi casa ha quedado triste, y mis hijas buscan á los pastores y á los monfíes para que les den un pedazo de pan, porque tienen hambre.
—Yo mandaré que te den cuatro ducados todos los meses.
—¡Cuatro ducados! ¡Dios es grande y misericordioso, y os recompensará, señor!
—Bien, pero vete: necesito quedarme solo.
Aben-Aboo franqueó la puerta.
—¡Qué oscura y qué callada está la noche! dijo la vieja, asomando á la puerta la cabeza: pero á bien que dentro de dos horas saldrá la luna. Que Dios os guarde, hermoso señor.
Y la vieja se rebujó la cabeza en un andrajo, salió de la cueva, y pronto se perdió entre la oscuridad.
Aben-Aboo cerró entonces fuertemente la puerta.
—¡Un lazo para coger gorriones! repitió Aben-Aboo, tomando de un hueco de la cueva una linterna, y encendiéndola con una astilla del fuego: esa es la señal convenida: ¡esta noche! ¡esta noche al fin!
Aben-Aboo se estremeció, y permaneció inmóvil con la linterna en la mano.
—¡Esta noche...! ese hombre, ese castellano es terrible: me ha probado casi que el emir es el asesino de mi padre: me ha probado que mi madre es una infame; ella amaba al emir antes de casarse con mi padre: recien casado con ella, don Diego de Válor y mi tio Aben-Jahuar se llevaron consigo á mi padre, y la justicia le encontró despues muerto de hambre y herido en el mismo lugar donde tengo escondida á la sultana Amina: ¡Dios es justo y misericordioso! Pero aun no estoy satisfecho: ese Godinez ó ese demonio en quien parece confiar tanto doña Elvira, la madre de Aben-Humeya, no me ha presentado ninguna prueba concluyente: es cierto que me ha hecho reparar en muchas circunstancias que casi me convencen... pero me ha dicho que la prueba indudable la tiene la princesa, que por su rivalidad con Amina, se la procuró: la princesa está en mi poder... puedo tocar la verdad, y sin embargo esa verdad me estremece.
Aben-Aboo dió un paso hácia una oscura gruta de la cueva que conducia al interior, y se detuvo otra vez irresoluto.
—¿Seré yo acaso el instrumento de una venganza infame? se dijo: pero no: la princesa... la princesa me embriaga... parece amarme... ¿pero estaré yo ciego? sin embargo la princesa me domina, sabe que soy su esclavo... sabe cuánto la amo, que mi amor puede arrastrarme á una violencia, y sin embargo, se encuentra conmigo alegre, satisfecha, tranquila: solo me opone que mientras viva el marqués de la Guardia... indudablemente el amor que ha tenido al marqués se ha convertido en odio... y yo... yo la amo mas cada dia. Es necesario resolverse.
Y Aben-Aboo penetró en aquel antro.
Llegó á un ángulo, arrolló con el pié un monton de tascos de estopa, removió despues el suelo terrizo que la estopa habia dejado descubierto, y apareció una trampa de madera.
Levantó aquella trampa, bajó unas escaleras abiertas á pico, y se encontró en un pequeño espacio, donde habia una cama, una silla y una mesa con una lámpara encendida.
Salióle al encuentro una mujer vestida de negro.
Aquella mujer le abrazó y le besó en la frente.
Aben-Aboo se estremeció porque aquella mujer era Angiolina Visconti.
—¡Oh!; ¿cuándo sereis mi esposa? exclamó el jóven.
—Cuando sea viuda, contestó tranquilamente Angiolina.
—¡Viuda!
—Ya sabeis que yo no he pertenecido mas que á un hombre, que le he considerado mi esposo, y que mientras viva...
—El marqués ha muerto, dijo Aben-Aboo.
—¡Que ha muerto el marqués! dijo Angiolina con un acento reconcentrado, comprimiendo y dominando la angustia que se apoderó de su alma.
Aben-Aboo que la observaba profundamente, engañado por el violento esfuerzo con que Angiolina habia dominado su alma, dijo para sí:
—Indudablemente la princesa, no ama ya al marqués: si le amara se hubiera estremecido, se hubiera entregado á alguna demostracion de dolor al saber su muerte.
Angiolina leyó sin duda el pensamiento de Aben-Aboo en su mirada, porque dijo con interés, con conmocion, pero sin terror, sin sentimiento:
—¿Y dónde ha muerto el marqués?
—En Cádiar: la noche de Navidad; la compañía entera á cuyo frente se encontraba ha sido exterminada.
—¡Ah! ¿y le habeis matado vos?
—Afortunadamente no.
—¿Por qué decís afortunadamente?
—Porque no quisiera unirme á vos trayendo las manos manchadas con la sangre de ese nombre á quien habia considerado como vuestro esposo.
—¿De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro para huir con vos de Cádiar?
—¿Llevais por él luto?
—¿No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo?
—¿Y esa muerte no os causa pesar?
—Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de la de cualquier otro.
—Pero no os mostrais alegre.
—Yo no tengo mal corazon.
Era que Angiolina no tenia sobre sí misma dominio bastante para llevar su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del marqués, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos esfuerzos para que no saliesen á sus ojos las lágrimas, á sus labios los gritos desesperados.
—¿Será acaso que no creais que el marqués haya muerto? dijo el receloso jóven.
—Sí lo creo: porque según lo que ha pasado en las Alpujarras, el marqués que era muy noble y muy valiente ha debido morir.
—¡Ah! ¡le elogiais!
—El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada primero á desear vengarme de él, después á despreciarle, no prueba que cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para probaros que os creo, voy á deciros una sola palabra: soy vuestra.
—¡Que sois mia! exclamó Aben-Aboo, levantándose de la silla.
—¡Si, si, dijo Angiolina conteniéndole con un movimiento: después de algunos dias...
—¡Ah! dijo Aben-Aboo. ¡Otro plazo!
—¿No despreciaríais algun dia á una mujer que os abriese sus brazos, caliente aun el cadáver de su esposo?
—¡Esa extraña manía de llamar vuestro esposo al marqués...!
—Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo.
—¿Cómo?
—Sabeis que soy enemiga del emir, porque de él vienen mis desgracias. Si él hubiera guardado mas á su hija, no me hubiera visto ultrajada por el marqués. Si mi esposo...
—¿De qué esposo hablais ahora...?
—Del príncipe Lorencini Maffei.
—¡Ah!
—Si, mi esposo no sé por qué malhirió al emir en Madrid, y huyó: desde entonces quedé abandonada, y me ví obligada á ampararme de Cisneros. Solo por una sucesion de tristes casualidades he podido venir á vuestras manos. Aborrezco al emir y á su hija, el odio que siento hácia ellos me abrasa el corazon. Si exterminais al emir y á la sultana Amina... el dia en que me digais: no existen, podéis pisar su sepultura, aquel dia... me arrojo en vuestros brazos.
Angiolina se estremeció horrorizada de sí misma: sabia que Aben-Aboo era hijo del emir, hermano de Amina, y sin embargo le pedia la sangre de su padre y de su hermana: y era que aunque comprimia su dolor, dolor causado por la noticia de la muerte del marqués, que Aben-Aboo la habia dado con la mayor seguridad, aunque sabia que el marqués no habia muerto, la enloquecia, la hacia sentir una horrible sed de exterminio, la arrastraba á todo.
Una fatalidad mas que se levantaba contra Yaye.
Porque Angiolina, que, como hemos dicho, solo era infame cuando se tocaba á su corazon, á sus zelos, á su desesperacion por el marqués, se habia reservado de dar á Aben-Aboo la prueba aparentemente terrible de que Yaye habia tenido parte en el asesinato de Miguel Lopez.
Si Aben-Aboo no se hubiera enamorado de Angiolina hasta el punto de inventar una mentira para procurarse su posesion, acaso Angiolina no se hubiera atrevido á afrontar el horroroso crímen de levantar el puñal de un hijo contra su padre.
Pero al escuchar la noticia de la muerte del marqués, noticia dada con tal maestría, que Angiolina creyó en ella, enloqueció y lo arrostró todo: en aquellos momentos, si hubiera podido, hubiera incendiado la creacion.
—¡Otra condicion mas! exclamó Aben-Aboo.
—Pero condicion que podeis satisfacer fácilmente.
—¡Matando al emir!
—¿Acaso no fue él la causa, y el cómplice de la muerte de vuestro padre?
—Me lo habeis repetido mil veces, pero no me habeis dado la prueba, dijo Aben-Aboo.
—¡La prueba! ¿queréis la prueba? exclamó Angiolina levantándose de donde estaba sentada, y sacando de debajo el cofre de sus alhajas que habia traido de Granada: os voy á dar la prueba, añadió abriendo con mano temblorosa el cofrecillo, y sacando de él unos papeles doblados que entregó á Aben-Aboo.
Aquellos papeles eran parte del testimonio que Laurenti habia traido de Granada: en él constaban las informaciones hechas acerca de la muerte de Miguel Lopez, la acusacion y la sentencia contra don Diego de Córdoba y de Válor, y las inculpaciones que este habia hecho, descargándose, contra el emir de los monfíes, puesto que monfíes habian sido los asesinos visibles de Miguel Lopez.
Si Aben-Aboo hubiera meditado un poco, hubiera aplazado hasta informarse mejor, la ejecucion de su venganza: hubiera podido saber por Aben-Jahuar que ninguna parte habian tenido Yaye ni su padre Yuzuf en aquella muerte; pero solo leyó esta terrible frase: los monfíes fueron los asesinos de Miguel Lopez, y el emir de los monfíes estaba enamorado de doña Isabel de Córdoba y de Válor.
Aben-Aboo, con los ojos desencajados se volvió á Angiolina despues de haber cogido aquellos papeles, que por desgracia para Aben-Aboo estaban autorizados en forma.
—Me habeis dicho que sereis mia, el dia en que podais pisar las sepulturas de Yaye y de Amina. Os aseguro que si cumplis vuestra promesa sereis mia mañana.
Y sin decir una palabra mas, salió desencajado, frenético.
Cuando se quedó sola Angiolina, lanzó un largo grito de angustia, se arrojó de costado sobre el lecho y rompió á llorar por el marqués.
Aben-Aboo entre tanto corria frenético á través de las breñas, en medio de las tinieblas de la noche.
En que se cuentan sucesos horribles.
Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto á una chimenea en su alquería de Cádiar.
Doña Isabel sentada frente á él, indolente, magnífica, pero preocupada, fijaba su vista distraida á través de los cristales de una ventana, en la luna que acababa de parecer sobre una montaña inmediata.
Yaye estaba tambien profundamente pensativo.
—Será necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigiéndose á doña Isabel.
—¿Romper por todo? exclamó esta.
—Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar á nuestro hijo: necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglará: es un sacrificio, un sacrificio enorme: ¿pero qué hacer?
—¿No hemos resuelto ya que nuestro hijo sepa la verdad de su nacimiento?
—Si, es cierto: pero yo lo dilataba; yo esperaba; el momento es llegado: despues de esto...
—Despues de esto, y para evitar nuevas y mayores desgracias, será necesario que hagas otra revelacion á otro hijo tuyo.
Yaye se puso pálido: hasta entonces doña Isabel ni una sola palabra le habia dicho que indicase que conocia el misterio del nacimiento de Aben-Humeya: las últimas palabras de doña Isabel, aunque tranquilas y afectuosas, le aterraron.
—¡De otro hijo mio! exclamó: ¿acaso sabes?... ¿acaso esa funesta mujer te ha revelado?....
—No; mi cuñada nada me ha dicho: ¿pero no sabia yo que hace veinte y dos años, doña Elvira te tuvo en su poder? ¿Acaso pudieron engañarse mis ojos? como no pudo engañarse mi corazon, no pudieron engañarse mis zelos; yo sabia que doña Elvira te amaba, que te amaba con toda su alma, con toda la vehemencia de un empeño contrariado. Mi hermano, despues de haber quedado tú en poder de doña Elvira por aquella sucesion terrible de fatalidades, solo volvió para estar un momento al lado de su esposa y ser preso por el Capitan general. Cuando nació Aben-Humeya, no pude dudar de que era tu hijo: lo que habia visto, el tiempo trascurrido desde la prision de mi hermano, hasta el nacimiento de Aben-Humeya, todo me confirmó en que era tu hijo. He guardado este terrible secreto de familia, pero en el estado á que han llegado las cosas, es necesario que Aben-Aboo y Aben-Humeya sepan que son hermanos: preciso de todo punto.
—¿Y crees que yo fui culpable, que yo acepté por mi voluntad los amores con doña Elvira? dijo Yaye cuya voz temblaba.
—¡Doña Elvira era muy hermosa! contestó tristemente doña Isabel.
—Doña Elvira abusó de mi situacion: cuando doña Elvira me perteneció, yo no vivia, propiamente dicho: estaba dominado por un marasmo profundo... y es mas Isabel, y puedes creerme como si leyeses en mi conciencia: en medio de aquella fascinacion fatal, yo creia poseerte cuando poseia á doña Elvira. ¡Oh! ¡cuán terrible, cuán funesta es mi historia!
—No hablemos mas de eso: ha sido lo que Dios, sin duda para probarte, ha permitido que sea. Pero en el punto en que nos encontramos, es necesario obrar, y obrar pronto: romper esa cadena funesta con que nos estrecha el destino y nos ahoga; remediar como se pueda el mal causado, y empezar otra nueva vida, una vida enteramente distinta. Me has prometido arrojar esa sangrienta corona; quiero mejor vivir en una choza, al lado del mar, alimentándome de la pesca, tranquila, descuidada, feliz, con el amor de mi familia, que los alcázares dorados, la servidumbre de los esclavos, las vestiduras regias, la grandeza del imperio, en medio de los remordimientos de horribles crímenes y bajo el peso de insoportables cuidados.
—¡Oh! ¡si quisiera Dios!
—¡Ojalá que Dios no esté irritado contra nosotros!
Y doña Isabel se puso de pié.
—¿A dónde vas? la dijo Yaye.
—Ha salido la luna, contestó doña Isabel.
—No te comprendo.
—Dentro de un momento me comprenderás.
—Pero...
—Silencio... déjame hacer.
—Te confieso que me espanta ese misterio.
—Ese misterio se esclarecerá pronto; pero no me detengas, dentro de un momento volveré.
Doña Isabel salió, y Yaye quedó entregado á una ansiedad indescribible, á una curiosidad punzante y gravísima.
Doña Isabel entre tanto habia ido á una retirada habitacion de la alquería, cuyas ventanas daban sobre un barranco.
Pero antes de decir lo que encontró doña Isabel en aquel aposento, debemos poner en antecedentes á nuestros lectores.
Algunos dias antes, doña Isabel habia recibido por medio de un gitano, mientras paseaba en el valle próximo á la alquería, una carta de su hijo concebida en estos términos:
«Necesito hablaros, madre mia: si quereis concederme esta merced, esperadme esta noche cuando salga la luna en una de las ventanas de vuestra casa que dan sobre el barranco. Yo llevaré una escala que vos podreis recoger con un cordon. Nada de esto digais á vuestro esposo.—Vuestro hijo que bien os quiere, Diego Lopez Aben-Aboo.»
Esta carta maravilló á doña Isabel, porque no podia comprenderla: ella creia que su hijo estaba al frente de los monfíes avanzado contra Granada.
Pero eran tan graves las circunstancias en que se encontraba Yaye, en que ella misma se encontraba, que guardó un profundo silencio acerca de la carta de su hijo, y aquella noche, en el momento que salió la luna, fué á la ventana indicada por Aben-Aboo, la abrió é hizo una ligera señal; la contestaron con otra señal desde abajo, y doña Isabel echó el cordon de que se habia provisto, sintió que abajo tiraban de él, tiró á su vez doña Isabel y trajo consigo una escala: la aseguró al alfeizar, se atirantó, y poco despues entró por la ventana un hombre.
Aquel hombre era Aben-Aboo.
—¿Qué significa esto, Diego? le dijo con ansiedad doña Isabel.
—¿Estamos solos, madre mia? dijo el jóven mirando con recelo á su alrededor.
—Si, solos estamos: el emir está en la montaña y no vendrá hasta la media noche.
—Tenemos entonces tiempo sobrado.
—Pero yo te creia lejos de aquí.
—¿No os ha dicho nada vuestro esposo, madre?
—¿Y qué habia de decirme?
—¿Nada os ha dicho de mí?
—No; solamente que te encontrabas mandando los monfíes hácia el puente de Tablate.
—¡Ah! ¿no os ha dicho que yo le hago traicion?
—No... no... ¿pero eso es verdad?
—No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos á todo trance.
—Mi esposo está satisfecho de tí.
—Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaña.
—¡Engañarme!
—Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo, madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando.
—Pero ¿por qué huyes?
—Porque sé que el emir me cree traidor, y me castigará. Vos sola, vos sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en escucharme. Si me escucha, yo me justificaré: os lo aseguro, porque soy inocente: pero quiero que me escuche aquí, aquí y á solas.
Doña Isabel, que amaba con delirio á su hijo, se afligió, lloró, y le prometió que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto dividirlos y enemistarlos, seria castigado.
Doña Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues.
Doña Isabel iba á cumplir su promesa.
Abrió una ventana, arrojó una piedrecilla al barranco, y se oyó abajo una palmada.
Doña Isabel echó un cordon, le retiró, trayendo una escala, la aseguró, y á poco apareció un hombre en la ventana y saltó dentro.
Era Aben-Aboo.
—¿Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad.
—No; pero le he preparado; ahora le hablaré; él tambien desea hablarte: pero, qué pálido estás Diego, qué desencajado: ¿te ha sucedido alguna desgracia, hijo mío?
—Es que tengo miedo, madre.
—¡Miedo! ¿y de qué?
—¡Miedo del emir!
—¡Miedo de mi esposo! ¿crees tú que aunque fueses culpable, el emir podría castigarte?
—¡Oh! ¡madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros.
—¿Quién?
—Mi tio don Fernando el Zaguer.
—¡Oh! ¡siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas, Diego, nada: ¿no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te ama... á tí... porque... porque eres mi hijo?
—¡Madre, madre! ¡decís eso de una manera!
—El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan á tu madre, que te tocan á tí: por terrible que te parezca lo que te revele mi esposo... créelo, hijo mio, créelo: tu madre te dice que lo creas.
—¡Pero explicadme!
—No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicará.
—Una palabra: ¿ese secreto pertenece á vos?
—Si.
—¿Y por qué no me lo revelais?
—¿No te digo que seria para mí un horrible sacrificio?
—Me poneis en confusion, madre.
—Mi esposo te sacará de ella. Adios.
—¿Tardará mucho en venir, madre?
—Tardará un tanto, porque necesito prevenirle. Adios.
Y doña Isabel, conmovida y trémula escapó.
Aben-Aboo se quedó solo.
—Si, si, dijo: sin duda pretenden revelarme, que mi padre murió á manos de mi tio don Diego de Córdoba y de Válor: pero es ya tarde; ya sé á lo que debo atenerme: ¿se referirá esa revelacion á Amina? ¿Quién sube? pero es preciso no perder el tiempo; ¡ola! ¡eh! ¡primo! ¡subid, y subid pronto! dijo Aben-Aboo en voz breve asomándose á la ventana.
Poco despues otro hombre entró en la habitacion.
Era Aben-Humeya.
—¿Está el emir en la alquería?
—Si, contestó Aben-Aboo.
—¿Y has hablado á tu madre?
—Si.
—¿Y nada sospecha?
—Nada.
—¿De modo que podemos dar el golpe?
—Si, podremos vengar á nuestros padres.
—¡Oh! ¡y qué horribles misterios, primo!
—Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caerá sobre los infames: él muerto: mi madre... no la mataré, porque al fin me llevó en sus entrañas; pero castigaré en ella á la infame que se ha unido con el asesino de su esposo, con el padre de su hijo.
—Si, si; con el asesino de mi padre.
—Despues, tú, rey de Granada, yo, emir de los monfíes...
—Una palabra, primo: ¿sabes tú del paradero de Amina?
—Yo no: ¿la amas?...
—Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la amistad del emir.
—Y yo lo mismo.
—Muerto el emir...
—Amina nada importa...
—Si la encontramos...
—Si la encontramos la jugaremos á los dados.
—La jugaremos...
—Y quien la gane....
—La encerrará en su haren.
—Convenido.
—Me parece que suenan pasos.
—¡Oh! ¡si! debe ser el emir; escóndete y está pronto: cuando yo me abrace á él, hiérele tú por detrás.
—Esconderme ¿y dónde?
—Aquí, tras de este tapiz. Pronto; ocúltate.
Aben-Humeya se escondió.
En aquel momento se abrió la puerta y apareció Yaye.
Se detuvo á alguna distancia de Aben-Aboo y le miró profundamente: el jóven temblaba.
—Tu madre me ha dicho que deseabas hablarme, dijo el emir.
—Si, si señor, deseaba hablaros, porque me han calumniado, porque han suscitado vuestra cólera contra mí.
—Creo que aquí no hay calumnia, sino error, dijo conteniéndose Yaye. Pero necesito que me hables con verdad: ¿me has injuriado de una manera irreparable?
—No señor.
—¡Desdichado de tí si no has respetado á Amina!
—Señor, dijo Aben-Aboo, poniéndose letalmente pálido.
—Si, desdichado de tí... porque es necesario decírtelo de una vez... Amina es tu hermana.
—¡Que Amina as mi hermana! exclamó aturdido por aquel golpe imprevisto Aben-Aboo.
—Si, tu hermana, dijo profundamente conmovido Yaye, porque tú eres... porque tú eres mi hijo...
—¡Vuestro hijo! ¡que yo soy vuestro hijo! exclamó Aben-Aboo... pero esto no puede ser, no... mi padre se llamaba Miguel Lopez.
—Tu padre soy yo: tú naciste diez meses despues de la muerte de Miguel Lopez.
—¡La prueba! ¡la prueba! gritó Aben-Aboo.
—¿No te ha dicho tu madre que creas cuanto yo te digo?
—Pero mi madre es vuestra esposa, exclamó Aben-Aboo: mi madre tiene interés... en hacerme pasar por vuestro hijo...
—Aben-Aboo, gritó Yaye: ¿te atreverás á dudar de mí?
Mí padre murió asesinado y le asesinásteis vos.
—¿Yo?...
—Si, vos, emir de los monfíes... y por vengar á mi padre yo he venido á mataros...
—¡A matarme! exclamó Yaye, cuya frente se cubrió de sudor frío.
—Si, á mataros y os mato, exclamó Aben-Aboo, y por un movimiento rápido, que Yaye aturdido no pudo evitar, se abrazó á él.
Y en aquel momento Aben-Humeya, saltó como un tigre del lugar en donde estaba escondido, y antes de que Yaye pudiese desprenderse de Aben-Aboo, le clavó un puñal por tres veces en un costado, gritando:
—¡Muere, asesino de mi padre! ¡su hijo le venga en tí!
—¡Misericordia de Dios! exclamó cayendo Yaye: ¡asesinado, y asesinado por mis hijos!
Aquella exclamacion en la boca de un hombre herido de muerte, aterró á los dos jóvenes que se miraron pálidos de espanto.
—¡Ah! ¡que os perdone Dios! exclamó Yaye cayendo; ¡que os perdone Dios, porque no habeis sabido lo que habeis hecho!
—Pero... exclamó Aben-Aboo, inclinándose sobre el emir; ¿sostendreis aun á punto de muerte esta impostura?
—¡Que os perdone Dios! dijo con desesperacion Yaye.
—¿Será cierta esa horrible revelacion?...
—Corred, corred: buscad socorro; dijo el emir: yo quiero salvarme, no por mí, sino por vosotros: quiero salvarme para que no tengais el remordimiento de un parricidio.
En este momento un hombre apareció en la ventana y saltó á la estancia.
Aquel hombre era Laurenti.
—¿Es decir que todo se ha consumado? dijo viendo á Yaye por tierra sobre un lago de sangre: ¿es decir que los hijos han matado á su padre?...
—Laurenti, exclamó Yaye... tú...
—Si: yo el bandido que se venga.
—¿Has dicho que el emir es nuestro padre? exclamaron los jóvenes.
—Si, y os traigo la prueba. Lee tú esta carta de tu madre, Aben-Humeya; la escribió hace veinte y dos años; toma tú esotra, Ahen-Aboo; tambien hace veinte y dos años que la escribió tu madre doña Isabel.
—¡Ah! ¡las cartas! ¡las terribles cartas que me robaron! exclamó espirando Yaye, mientras los jóvenes devoraban las cartas en que sus madres habian anunciado su nacimiento á Yaye.
—Si, si, te las robé yo, dijo Laurenti, rompiendo los sellos de la Inquisicion: me he vengado y nada tengo ya que hacer aquí. Adios.
Y antes de que los dos jóvenes pudieran detenerle, se precipitó á la ventana y se deslizó por la escala.
—¡Oh! ¡no hay duda, no hay duda, exclamó con desesperacion Aben-Aboo, es mi padre! ¡Estoy maldito de Dios!
Y sin atreverse á mirar á Yaye huyó, ganando la ventana y la escala.
Aben-Humeya quedó inmóvil, aterrado, como herido por un rayo, despues de leer la carta de doña Elvira.
Luego tieso, ríjido, terrible, como impulsado por un poder superior, se acercó á Yaye, se inclinó sobre él y le miró.
Yaye estaba muerto.
—¡Mi padre! dijo con voz ronca: ¡mi padre! añadió, y se apretó las sienes con las dos manos, y luego con los cabellos erizados, vacilante, como un ebrio, se acercó á la ventana, ganó la escala y se deslizó por ella.
El cadáver de Yaye quedó sobre un lecho de sangre en la estancia, y á los piés de la mesa donde estaba la luz, las dos cartas que el horror habia dejado caer de las manos de Aben-Humeya y de Aben-Aboo.