En que empieza á desenlazarse nuestra historia, con la salida pera la eternidad de dos de sus principales personajes.

Entre tanto doña Isabel esperaba impaciente.

Suponia que debia ser larga la entrevista de Yaye y de Aben-Aboo y no se habia atrevido á escucharla.

Durante algun tiempo permaneció anonadada en un sillon junto á la chimenea. Luego, no pudiendo dominar su ansiedad se levantó, fué á su aposento, abrió una puerta, entró en un pequeño retrete, se arrodilló delante de un reclinatorio en que habia un cristo crucificado y se puso á rezar.

Para doña Isabel aquella era una situacion suprema.

Su pudor de madre iba á verse herido por la horrible revelacion que Yaye en aquellos momentos hacia sin duda á su hijo.

Un terror misterioso se habia apoderado de doña Isabel.

Se sentía mal, con el alma comprimida y no sabia darse razon de la causa.

Estaba bajo la influencia de esa intuicion inexplicable que nos anuncia una desgracia; intuicion ó augurio del cual no podemos darnos cuenta, sino cuando la desgracia ha acontecido.

Dominaba en torno suyo un silencio profundísimo y aquel silencio la asustaba.

Se distraia y solo rezaban sus labios.

Su corazon no estaba en Dios, sino en aquel apartado aposento donde se habian encerrado Yaye y Aben-Aboo.

Pasó asi algun tiempo, sin que nada turbase aquel denso silencio, aquella calma glacial.

De repente se oyeron fuertes ladridos de los perros de la alquería, luego ruido de voces, y al cabo pasos precipitados en la cámara de doña Isabel.

Esta se levantó del reclinatorio y corrió á su cámara.

En ella encontró á Harum-el-Geniz, en cuyo semblante se notaba algo extraordinario.

—¿Qué sucede? dijo doña Isabel.

—Debe amenazarnos una gran desgracia, señora, dijo el leal monfí.

—¡Una gran desgracia!

—Si, porque Aben-Jahuar el Zaguer, vuestro hermano y vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, acaban de llegar á la alquería y preguntan anhelantes por el emir, por vos, por vuestro hijo, por Aben-Humeya.

—Hacedles, hacedles entrar al momento, dijo doña Isabel.

Aben-Jahuar y doña Elvira fueron introducidos.

Doña Elvira se avalanzó pálida á doña Isabel.

Hacia veinte y dos años que aquellas dos mujeres no se veian: es mas, que se aborrecian.

Doña Isabel miró con una expresion de gran extrañeza á su cuñada.

—¿Qué quereis en mi casa, señora? la dijo.

—¡Qué quiero! salvar á Yaye, á quien vos habeis perdido, contestó doña Elvira.

—¿Qué decis? exclamó con un supremo desprecio doña Isabel.

—¿Dónde está Yaye? exclamó con afan doña Elvira.

—Si, ¿dónde está el emir? repitio Aben-Jahuar.

—¿Pero por qué me preguntais por él de ese modo?

—Urge aprovechar los momentos, hermana, dijo Aben-Jahuar, imponiendo silencio con un ademan á doña Elvira.

—Está aquí, en su casa, dijo cada vez mas admirada doña Isabel.

—¡Ah! ¡loado sea Dios! dijo Aben-Jahuar.

—Está hablando de negocios de familia con mi hijo, añadió doña Isabel.

—¿Que está encerrado con tu hijo, hermana? exclamó Aben-Jahuar, palideciendo de nuevo: ¿y hace mucho tiempo que han quedado solos?

—Cerca de una hora; pero no comprendo....

—¡Una hora! exclamó aterrada doña Elvira.

—Ha tenido tiempo bastante para asesinarle.

—¡Para asesinarle! exclamó doña Isabel: ¿qué decis?

—Tu hijo cree á tu esposo asesino de su padre.

Doña Isabel no escuchó mas: se precipitó hacia la habitacion donde habia dejado á Yaye y á su hijo, y Aben-Jahuar y doña Elvira la siguieron.

La puerta de aquella habitacion estaba cerrada por dentro, y no se escuchaba hablar á nadie en aquella habitacion.

—¡Harum! ¡Harum! gritó fuera de sí doña Isabel: echad esta puerta abajo, echadla.

Acudieron Harum y algunos monfíes y la puerta cayó por tierra.

Un grito de horror se exhaló de todas las bocas al ver el espectáculo que se presentó de repente á los ojos de todos.

Yaye estaba boca abajo sobre un lecho de sangre.

Todos quedaron inmóvibles, aterrados; doña Isabel con el semblante desencajado, con la mirada extraviada, dió algunos pasos hácia el cadáver, luego se detuvo, vaciló, lanzó uno de esos horribles gritos que solo lanzan las mujeres, y que solo expresan en toda su tremenda extension, el horror, el dolor, la desesperacion: extendió los brazos y cayó de boca sobre el cadáver, como un árbol á quien el hacha hiere por el pié.

Doña Elvira habia quedado muda, inmóvil, con la mirada terriblemente fija en aquel grupo horrible de la esposa desmayada, sobre el cadáver del esposo asesinado.

Aben-Jahuar, horrorizado de sí mismo, miraba tambien, como petrificado, aquel grupo, abrumado por el peso de su conciencia.

Harum blasfemaba, levantando el cadáver de su señor, llorando, rugiendo, amenazando á los cielos y á la tierra.

Los otros monfíes habian levantando á doña Isabel que parecia muerta, y la habian llevado á un divan.

De repente Harum, cierto ya, de que su señor no existia, le dejó de nuevo sobre la alfombra, y se volvió con la cólera reconcentrada del tigre á doña Elvira y á Aben-Jahuar.

—Vosotros habeis venido, dijo lanzando llamas por los ojos, vosotros habeis venido á esta casa anunciando una desgracia, preguntando por Aben-Aboo y por Aben-Humeya.

—¡Ellos! ¡ellos! ¡los malditos! ¡ellos han sido! gritó doña Elvira: ¡sus hijos! ¡el hijo mio y el hijo de esa mujer!

Y doña Elvira, con los ojos inflamados, pero sin verter una lágrima, adelantó hácia el cadáver:

—¡Yaye! exclamó: ¡tú has sacrificado todo cuanto has tenido á tu alrededor! tu aliento ha sido maldito para todo lo que ha tocado, y te has despedazado á tí propio, porque has caido bajo el puñal de tus hijos: ¡has vivido de la desgracia agena, y te has labrado tu propia desgracia! ¡Que te perdone Dios!

Y aquella mujer cayo de rodillas, levantó las manos al cielo, y luego se cubrió con ellas el rostro, y rompió á llorar.

—¡Idos! exclamó Harum-el-Geniz, dirigiéndose á Aben-Jahuar: ¡idos antes que mi razon se extravie y no pueda responder de mí mismo! ¡idos y llevaos á esa mujer!

—Una palabra, dijo Aben-Jahuar que apenas podia hablar: el emir tenia una hija.

—¿Sabeis vos lo que ha sido de la sultana Amina?

—La sultana Amina está en poder de Aben-Aboo.

—¿Pero dónde, dónde?

—En el mismo subterráneo donde murió de hambre Miguel Lopez.

—¡Es decir que vos, cuando tanto sabeis, sois cómplice en el robo de la sultana, y acaso en el asesinato del emir! dijo Harum, desnudando su puñal y adelantando demudado hácia Aben-Jahuar.

Una mano vigorosa detuvo el brazo de Harum.

Volvióse, y vió tras sí, pálido como un cadáver, á Calpuc, al rey del desierto mejicano.

—¡Idos! ¡idos! exclamó Calpuc con voz conmovida.

—Si, me voy, dijo con acento sentido Aben-Jahuar y pluguiera á Dios que nunca hubiera venido: pero recordad, Calpuc: Amina está en el subterráneo donde vos tuvísteis á Miguel Lopez.

Y arrojando una última é indescribible mirada á Yaye, y asiendo de la mano á su cuñada, salió.

Quedaron solos Calpuc, Harum y algunos monfíes junto al cadáver de Yaye y doña Isabel desmayada.

—Aquí hay una escala, dijo uno de los monfíes.

—Por aquí han huido los infames, gritó Harum.

—Y en el suelo hay dos cartas, dijo otro monfí.

Tomólas Calpuc, y las leyó extremeciéndose; despues las quemó á la luz de la lámpara.

Calpuc parecia sereno, pero en lo pálido de su semblante, y en lo concentrado de su mirada, revelaba todo lo intenso de su padecimiento interno.

—¡Todo! ¡todo cuanto he amado! exclamó mirando á Yaye.

Harum no podia creer aquello, no queria creerlo, y continuaba rugiendo y blasfemando.

—¡Juro al Dios Altísimo y Unico, desgraciado señor, no reposar hasta vengarte! ¡juro al Dios Altísimo y Unico, vengarte de tus asesinos! ¡no reposaré hasta verter la sangre de Aben-Aboo y de Aben-Humeya!

—Si, pero es necesario salvar á la esposa y á la hija de tu señor: la esposa está allí, entre la vida y la muerte... la hija... yo iré delante de vosotros á salvar á mi nieta.

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Yaye fue puesto en un lecho por los monfíes que acompañaban á Harum, y doña Isabel conducida á su aposento y entregada al cuidado de sus doncellas.

Poco despues, armados y á gran paso, atravesaban la montaña cincuenta monfíes mandados por Harum y guiados por Calpuc.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Entre tanto Aben-Jahuar y doña Elvira marchaban por un estrecho camino.

Doña Elvira lloraba.

Aben-Jahuar iba profundamente pensativo.

Al llegar cerca de una venta, Aben-Jahuar se detuvo, y dijo á doña Elvira:

—No podemos permanecer en las Alpujarras; aquí todo es terrible para nosotros.

—¡Oh! ¡terrible, muy terrible! exclamó doña Elvira.

—Debemos pasar á Africa: la guerra, muerto Yaye, enemistados Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados los monfíes en la venganza del emir, fracasará: ¿no podremos olvidar lejos de esta tierra tantos horrores?

—Haced de mí lo que os plazca, porque ya todo me importa poco, contestó doña Elvira.

Y se dirigió á la venta en la que entró con Aben-Jahuar.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al mismo tiempo Laurenti se encaminaba acompañado de Cisneros á la cueva donde habia dejado Aben-Jahuar á Angiolina.

—¿Con que hemos concluido ya, señor Godinez? dijo el comediante.

—Si; si por cierto. Yo os daré tales papeles, que cuando os presenteis con ellos al arzobispo de Toledo, basten para que podais sin miedo volver á vuestro oficio, por toda España, y permanecer cuanto querais en la córte.

—¿Y esa mujer?

—¿La amais todavia?

—Os lo confieso.

—Pues renunciad á ella, porque soy mas fuerte que vos, y tambien la amo.

Llegaban en aquel punto á la cueva: en el barranco un hombre tenia dos caballos del diestro.

—Esperad aquí, dijo Laurenti.

Y entró en la cueva.

Al sentir sus pasos en la escalera, Angiolina, que habia esperado llena de ansiedad algunas horas hacia, se levantó anhelante creyendo que era Aben-Aboo.

—¿Me habeis vengado ya? exclamó.

—Si, dijo Laurenti: Aben-Aboo ha matado á su padre.

Angiolina dió un grito al reconocer á Laurenti.

—Y como nada tenemos que hacer aquí ya, dijo el bandido, nos volvemos á Roma, mi adorada Angiolina. El destino ha querido que no salgas de mis manos, hermosa; primero he sido para tí en los tiempos mas felices de mi vida, un hombre misterioso, que gozaba, sino tus amores, tu hermosura; despues tu salvador Bempo; luego á veces tu esposo el príncipe Lorenzini Maffei, á veces Bempo tu esclavo: después he sido Salvador Godinez, autor de comediantes, y al cabo vengo á ser Laurenti el bandido, Laurenti tu señor. Prepárate para acompañarme mientras escribo una carta para que ese pobre enamorado tuyo Andrés Cisneros pueda volver á la córte.

Laurenti sacó de su bolsillo un tintero de asta, le destornilló, sacó de una cartera papel, y escribió una carta al arzobispo de Toledo, recomendándole á Cisneros, que era merecedor de la gracia del rey, decia, contribuyendo á la muerte del emir de los monfíes, el enemigo mas respetable que tenia España en las Alpujarras.

Laurenti firmaba aquella carta con el nombre de Lope de Arias.

Mientras Laurenti escribia, Angiolina, considerándose perdida, habia meditado un atrevido proyecto: resuelta ya á lo que pensaba hacer, compuso su semblante, se dominó, y cuando Laurenti la mandó que le siguiese, se apoyó sonriendo de su brazo.

—Sin duda meditas alguna traicion, dijo el bandido, cuando tan tranquila te muestras.

—¡Una traicion! dijo Angiolina: te engañas Laurenti... ¿acaso no eres tu mi esposo? ¿acaso no me he vengado ya de ese aborrecido emir? ¿pues qué causa puede haber para que yo me entristezca?

—Asi cantan las sirenas, pensó para sus adentros Laurenti.

Y siguió hácia afuera llevando consigo á Angiolina.

Cuando llegaron al barranco, Laurenti dijo acercándose á Cisneros.

—Tomad la carta que os habia prometido para el arzobispo de Toledo, y una bolsa con que podais hacer el viaje. Montad á caballo y adios.

—¿Y no nos volveremos á ver?

—¿Quien sabe? contestó Laurenti.

—Adios, señora, adios, dijo Cisneros montando á caballo.

Angiolina no contestó, y Cisneros se alejó despechado.

Laurenti puso sobre un cogin, en el arzon delantero, á Angiolina, y montó á caballo; dió algunas monedas á quien habia tenido aquellos caballos, y siguió el barranco adelante.

Por algún tiempo caminaron en silencio.

La noche era nebulosa, fria, áspero el terreno y el caballo, aunque era fuerte y ágil, tropezaba con frecuencia.

—¿Nada tienes que decirme, Angiolina? dijo Laurenti.

—Nada, absolutamente nada, contestó Angiolina con la voz perfectamente sonora.

—¿No te aterra estar en mi poder?

—No.

—¿No temes que yo sea para tí un amante excesivamente despótico?

—No, Laurenti, no: si yo hubiera sabido que Bempo, el hombre que me ha acompañado durante diez años, eras tú, tú el primer hombre de mi amor...

—¡De tu amor...!

—Si tú hubieras observado otra conducta conmigo... sino me hubieras sentenciado á aquella oscuridad misteriosa, á aquella prision, á aquella violencia contínua...

—¡Me hubieras amado...!

—Yo te amaba y te aborrecia á un tiempo.

—No te comprendo.

—Miraba en tí á un tiempo el amante y el verdugo: hui del verdugo, pero he recordado siempre al amante.

—Para ultrajarle.

—No.

—Has sido querida del marqués de la Guardia.

—Me arrojó en sus brazos un empeño de mujer.

—Has sentido zelos de muerte contra la hija del emir.

—Siempre mi empeño y mi vanidad de mujer: pero me he vengado y estoy tranquila: he vuelto á tu poder, y no tiemblo, porque sé que me amas Laurenti, que enloqueces por mí, que por mí eres capaz de todo: porque sé que no seré tu esclava, sino tu señora.

—¡Ah!

—Si; mis miradas te embriagan, mis palabras te fascinan: mi amor te hace esclavo mio.

—Es verdad, dijo con voz ronca Laurenti: por tu amor he cometido mis mas repugnantes crímenes; mis crímenes mas horribles: esa hermana en poder de su hermano... ese padre asesinado por sus hijos...

Laurenti se estremeció: Angiolina se estremeció tambien.

A entrambos los habian llevado el amor y los zelos á crímenes monstruosos; en entrambos la conciencia se sublevaba contra sus hechos, implacable, severa: eran dos espíritus condenados.

Pero en entrambos quedaba arraigado el gérmen que los habia llevado á aquellos crímenes.

Laurenti amaba con toda su alma á Angiolina, y por un fenómeno singular, á aquel amor se unia un odio implacable, porque Laurenti se sentia aborrecido por ella.

Lo mismo acontecia á Angiolina; amaba, codiciaba al marqués, pero el marqués habia herido su corazon y su vanidad, abandonándola, despreciándola por Amina.

Angiolina creia muerto al marqués; le creia muerto por consecuencia de los manejos vengativos de Laurenti, y sentia contra él una insaciable sed de venganza.

—¡Oh! ¡yo te mataré! dijo en su pensamiento Angiolina, cuando conoció que Laurenti estaba, mas que nunca lo habia estado, enamorado de ella.

—Angiolina, dijo Laurenti, despues de algunos momentos de silencio: si tú me amases, aun podria ser feliz.

—¿Y por qué no he de amarte? ¿no has hecho por mi inmensos sacrificios? ¿no lo has sufrido todo? ¿no me has visto acompañada por el marqués, apoyada en su brazo, sonriéndole enamorada?

—¡Ah! exclamó Laurenti.

—Sin embargo, yo no amaba al marqués: estaba únicamente ofendida en mi orgullo, y creia amor lo que solo eran zelos de vanidad, empeño. Pero cuando he sabido que el marqués ha muerto, no he llorado...

—¿Quién te ha dicho que ha muerto el marqués? exclamó Laurenti, disimulando su extrañeza, porque sabia bien que el marqués vivia.

—¡Aben-Aboo! contestó Angiolina.

—¿Has sabido que el marqués ha muerto, y no has vertido todo tu corazon en lágrimas? ¡si tu hubieras muerto, yo no hubiera podido sobrevivirte!

—Eso debe probarte que no le amaba.

—¡Ah! yo te lo perdonaria todo Angiolina si pudiera creerte.

—¿Y qué pruebas puedo darte para que me creas?

Laurenti se estremeció de conmocion, estrechó convulsivamente la cintura de la jóven y la besó en el cuello.

Angiolina suspiró, se volvió, y rodeó sus brazos al cuello de Laurenti.

—¡Yo te amo! le dijo suspirando.

Y le besó en la boca.

—¡Oh! ¡tu amor! ¡tu amor Angiolina! exclamó el bandido ¿no me engañas?

—No; yo te amaré toda tu vida y aun despues de tu muerte.

—¡Oh! ¡amado por tí, mi vida será muy corta, porque la felicidad me matará!

—No, no te matará la felicidad, dijo Angiolina, apoderándose rápidamente de la daga de Laurenti, y estrechándole con fuerza contra su seno: te mato yo.

Laurenti dió un grito: habia sentido una punzada agudísima en su costado izquierdo, un cuerpo agudo que penetraba lentamente en su carne.

—Si, te mato yo; miserable asesino; raptor y deshonrador de mujeres; ladron infame.

Y Angiolina apretaba con fuerza la daga sobre el costado de Laurenti; y la estrecha daga penetraba con lentitud.

De repente Laurenti abrió los brazos, cayó sobre la grupa del caballo, y desde allí al suelo.

Angiolina saltó del caballo, y fué al sitio donde estaba Laurenti.

—¡Muerto! exclamó reconociéndole: ¡le he atravesado el corazon! ¡miserable, que has sido la causa de todas mis desgracias! ¡al fin me veo libre de tí! ¡líbre y sola! Ya me he vengado de tí, pero aun me queda que vengarme de otro hombre: don Juan ha muerto... es necesario que Aben-Aboo muera tambien: y le mataré; sí, le mataré, no sé cómo, pero el infierno le arrojará en mis manos.

Y temerosa de que Laurenti no estuviese bien muerto, con la crueldad del odio y del miedo, le atravesó las sienes con la daga, sirviéndose para hacer penetrar el arma, de una piedra á manera de martillo.

La daga quedó atravesada en el cráneo de Laurenti.

Angiolina registró los bolsillos del cadáver, se apoderó del dinero que llevaba y de sus pistoletes, y montando de nuevo á caballo, se alejó, exclamando con un gozo horrible.

—¡Oh! ¡de esta vez estoy segura de no volverte á encontrar!

Y resuelta á todo, llevando en la mano un pistolete amartillado, dejó al caballo en libertad de marchar por donde mejor quisiera.

Poco le importaba lo que pudíera acontecerla; si encontraba cristianos, les diria que era una cautiva escapada del poder de los monfíes, y si eran monfíes se declararia cautiva de Aben-Aboo.

El caballo caminaba á la ventura.

De repente, al atravesar una rambla, se escucharon pasos y voces de hombres, y se vieron relumbrando algunas antorchas.

Al sentir las pisadas del caballo, todos aquellos hombres avanzaron y rodearon á Angiolina.

—Es una dama, exclamaron con asombro.

—Sí, una dama que huye de sus enemigos, exclamó Angiolina.

—¡Ah! dijo un jóven que acababa de sobrevenir: vos sois la princesa Angiolina Visconti.

—Y vos sois don Fernando de Válor.

—Sí, yo soy Aben-Humeya.

—Pues me doy por dichosa, dijo Angiolina, porque he huido de mis verdugos, y os buscaba para que me amparáseis, señor.

—¡Ah! hermosa princesa, en mala hora venis á ampararos de mí: pero no importa: asid del diestro el caballo de esa dama, y adelante. No podemos detenernos un momento hasta que estemos en medio de mi ejército. Hasta entonces, perdonadme si para salvaros y para salvarme, no me detengo un punto. Adelante, adelante y aprisa: es necesario que antes del amanecer lleguemos al Laujar.

Aben-Humeya siguió á gran paso al frente de sus moriscos entre los cuales siguió marchando el caballo de Angiolina, ó mas bien del difunto Laurenti.

CAPITULO XXXIX.

De cómo se perdieron de nuevo Amina y el marqués.

Entre tanto Calpuc, Harum, y un cuerpo como de quinientos monfíes, marchaban á gran paso atravesando las Alpujarras en direccion á Orgiva.

Iba ademas con ellos otra persona muy conocida nuestra.

El marqués de la Guardia que habia sido sacado por Harum del alcázar subterráneo del emir.

El marqués caminaba entre Calpuc y Harum.

De tiempo en tiempo Calpuc exhalaba un profundo suspiro, al que contestaba una imprecacion del marqués y una blasfemia de Harum.

—¡Por los siete cielos, y por el infierno! exclamaba Harum: ¡muerto mi señor, y muerto villanamente á traicion! ¡muerto por esos dos miserables!



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¡Muere, asesino de mi padre!

El marqués juraba y votaba, y ofrecia su alma al diablo por matar á Aben-Aboo que le habia robado á su esposa y á su hija; pero el marqués no sabia, que Aben-Aboo y Aben-Humeya eran hijos del emir, y que por lo tanto Amina era hermana de ellos.

Calpuc guardaba tambien dentro de su alma aquel terrible secreto.

Los tres aguijaban sus caballos, hasta el punto de dejar atrás á los monfíes, que aunque iban á la carrera, no podian seguirlos.

De tiempo en tiempo Harum se volvia y gritaba á los monfíes:

—¿Os habeis convertido en bueyes cansados, de cabras sueltas que érais? ¿no sabeis que vamos en busca del asesino del emir, que vamos á libertar á la sultana?

Los monfíes lanzaban un alarido de furor y forzaban su carrera.

Pero por mucho que apresuraban su marcha, y aunque eran fuertes é incansables, no podian seguir á los caballos.

Estos les tomaron gran delantera.

A punto de amanecer, el caballo del marqués, mas fuerte, ó mejor llevado por su ginete, habia adelantado á los de Calpuc y Harum, y entraba en la rambla de los Gamos, en aquella rambla donde existia aun la encina muerta, de cuyas deshojadas ramas habia mandado colgar veinte y dos años antes Yuzuf, padre de Yaye, á los monfíes asesinos de Miguel Lopez.

Pasaba el marqués á la carrera junto á aquella viegísima encina, cuando de repente se oyó el galope de otro caballo, y apareció al fin, trayendo sobre su lomo un hombre y una mujer.

Este caballo, conduciendo aquel grupo, pasó como una exhalacion por delante del marqués cortando la carrera á su caballo.

A la luz de la mañana, el marqués creyó reconocer en aquella mujer á Amina, en aquel hombre á Aben-Aboo, y no pudo quedarle duda, porque reconocido por Amina, la oyó gritar:

—¡Sálvame! ¡sálvame de este infame!

El marqués revolvió violentamente su caballo, exponiéndole á dar de través, y destrozándole en esta vuelta violenta; y se puso en seguimiento de Aben-Aboo.

Pero fuese que el caballo de este fuese mas fuerte que el del marqués ó que estuviera mas descansado, á pesar de la desventaja de llevar sobre sí dos personas, siguió sosteniendo la ventaja que habia ganado, y sin que el marqués pudiera por mas que castigaba y excitaba á su caballo, hacerle disminuir aquella ventaja.

Hubo un momento en que Aben-Aboo revolvió su caballo con la intencion manifiesta de venir sobre el marqués y empeñar un combate.

Pero vió tras el marqués á otros dos ginetes á lo lejos, aunque no pudo reconocerlos, y allá, mas lejos aun, los monfíes que entraban á la carrera en la rambla, y se puso de nuevo en fuga.

—¡Flanquead! ¡flanquead y cortadle la huida! gritó Harum á los monfíes: ¡flanquead, mientras nosotros le seguimos por derecho!

Y los monfíes, al escuchar aquella voz de mando, se dividieron en dos bandas, y tomaron los atajos y los desfiladeros de la sierra.

El marqués continuaba clavando sus espuelas en los flancos de su caballo que lanzaba gemidos de dolor, y corria cubierto de espuma, pero sin alcanzar ventaja.

El caballo de Aben-Aboo no podia adelantar tampoco, por el aumento de su carga.

De repente el caballo del marqués, se paró jadeante: se extendió, tosió fatigosamente, arrojó un vómito de sangre y cayó muerto.

Don Juan lanzó una blasfemia, se desembarazó de los estribos, y siguió corriendo tras Aben-Aboo, pero desesperado.

De improviso lanzó un grito de alegría.

El caballo de Aben-Aboo habia caido rebentado tambien.

Calpuc y Harum continuaban montados, pero sus caballos se resistian á las espuelas y se negaban á correr.

Los monfíes empezaban á aparecer sobre los flancos de la montaña y se oian sus gritos de amenaza á Aben-Aboo.

Este se desembarazó tambien de los estribos, asió á Amina; cargó con ella y se embreñó.

Parecia inevitable la captura de Aben-Aboo, ó que á lo menos se veria obligado á abandonar su presa.

De tiempo en tiempo, Amina lanzaba un grito de socorro, y Harum, que habia logrado incorporarse al marqués, gritaba á los monfíes, algunos de los cuales preparaban sus arcabuces y sus ballestas:

—¡No tireis! ¡no tireis! ¿no veis que podeis herir á la sultana?

Aben-Aboo, como si le hubiera prestado fuerzas un poder sobrenatural, seguia corriendo.

Oyóse de improviso un grito de triunfo de Aben-Aboo.

Acababa de entrar en la jurisdiccion maldita, por decirlo asi, de la Princesa encantada; en aquel escondrijo que habia encontrado por casualidad Laurenti.

Ya hemos dicho que aquel lugar era terriblemente respetado por la credulidad supersticiosa de los monfíes: al llegar á cierto punto, Harum se detuvo aterrado, como si hubiera tratado de penetrar en el infierno, y los monfíes que flanqueaban la montaña, se detuvieron tambien y retrocedieron cuando reconocieron la hoya.

Solo el marqués, con la espada desnuda en una mano, y un pistolete amartillado en la otra, seguia tras Aben-Aboo y Amina, que se acercaban ya á la roca á la que se habia dado el nombre de Princesa encantada.

Aben-Aboo dió la vuelta á la roca y penetró por la grieta, recorrió los primeros senos, y al llegar á un paraje se detuvo, dejó en el suelo á Amina que se habia desmayado por la emocion y la fatiga, se inclinó sobre el suelo, levantó una piedra, y descubrió una mecha de yesca seca y perfectamente preparada.

Aben-Aboo cogió aquella mecha entre la cazoleta del pedreñal, y dió fuego: la mecha empezó á arder; Aben-Aboo cargó de nuevo con Amina y continuó descendiendo á la carrera, internándose rápidamente en el subterráneo.

El marqués de la Guardia, aunque muy retrasado, penetró tambien en la gruta espada en mano, siguiendo á Aben-Aboo.

Entre tanto los monfíes detenidos por su terror supersticioso en la frontera, por decirlo asi, de aquel terreno maldito, no daban un paso: el mismo Harum vacilaba, solo Calpuc atravesó á la carrera aquella demarcacion fatal.

Excitado al fin Harum por su lealtad á sus señores, la pasó tambien.

Pero ni un solo monfí adelantó.

Limitáronse á rodear aquella demarcacion.

Calpuc adelantaba, Harum le seguia.

De improviso una detonacion horrorosa hizo temblar la tierra; la roca que representaba la Princesa encantada, voló lanzando á gran altura enormes fragmentos, y solo quedó en el lugar que ocupaba un monton de escombros calcáreos.

Calpuc y Harum se detuvieron pálidos de espanto; y los monfíes lanzaron un alarido de terror.

Era imposible ya penetrar en el subterráneo: Aben-Aboo, Amina y el marqués de la Guardia, habian quedado sin duda sepultados.

Calpuc y Harum, pasado el primer momento de terror, corrieron al lugar de la catástrofe, y al contemplar aquel hacinamiento de rocas rotas, impidiéndoles el paso, separándolos de Amina y del marqués, cayeron de rodillas y oraron por ellos.

Pero de repente Harum se alzó.

En su semblante pálido se veia una expresion terrible de venganza, de una venganza ansiosa; sus ojos destellaban sombríos relámpagos de muerte.

Como él, Calpuc se habia alzado rígido y terrible.

—De seguro, dijo volviéndose á Harum, en esta terrible voladura, solo ha perecido el marqués de la Guardia. Aben-Aboo se ha dirigido aquí sin vacilar: debia conocer este escondrijo: debia tenerlo preparado á todo evento. Las voladuras se efectúan siempre para arriba: esto lo sé yo muy bien, como que he hecho volar muchas masas de pedernal, en el desierto mejicano para buscar el diamante: esa caverna debe tener una salida por la cual se habrá sin duda salvado ó se salvará con Amina Aben-Aboo... pero el pobre marqués...

—Acaso se haya salvado tambien, murmuró con acento ronco Harum; seguia ya de cerca á Aben-Aboo.

—Pero lo que nos queda que salvar es mi viznieta; sin duda ha sido abandonada por Aben-Aboo en el lugar donde ha tenido oculta á mi nieta. Corramos, Harum, corramos: salvemos al menos á la última de nuestra familia.

—Y á los que no podamos salvar, los vengaremos, exclamó Harum roncamente.

Y alejándose de la sima que habia abierto la explosion llegó con paso lento y tardo al lugar de donde no se habian atrevido á pasar los monfíes.

Calpuc le seguia.

Harum hizo sonar su corneta.

Poco despues los quinientos monfíes, con sus dos banderas, estaban agrupados á su alrededor:

—¡Valientes! gritó Harum: ya sabeis que el emir ha sido asesinado por Aben-Aboo y Aben-Humeya.

—¡Venganza! gritaron á una voz todos los monfíes como impulsados por un mismo pensamiento.

—¡Si, venganza, y venganza terrible! vosotros sois los valientes que componiais la guardia del emir, los que ibais tras su bandera: á vosotros toca vengarle y le vengareis. ¿Hay alguno entre vosotros que no quiera jurar enemistad á muerte á Aben-Aboo y Aben-Humeya?

Todos callaron.

—Mirad que vuestro silencio es un juramento de venganza contra esos dos infames: que el que no quiera ser de los nuestros hable, y quedará libre.

Continuó aquel elocuente silencio.

—¿Es decir que desde hoy todos somos hermanos? gritó Harum.

—Si.

—¿Que todos nos obligamos á ayudarnos, defendernos y avisarnos?

—Si.

—¿Que en cualquier tiempo y ocasion puedo contar con vosotros cuando os llame?

—Si.

—¡En el nombre de Dios Altísimo y Unico! ¡que ninguno de vosotros olvide lo que ha jurado, sino quiere ser tenido por infame y traidor!

—¡No! ¡no! gritaron en coro los monfíes.

—Pues bien: que ninguno de vosotros diga ni aun á su padre el nombre de los asesinos del emir.

—¡No! ¡no!

—Ahora, valientes, separémonos: yo haré de modo que todos, cualquiera que sea en el lugar donde nos encontremos, sepamos los unos de los otros: quedaos conmigo los de mi taifa: los demás á vuestros apostaderos.

Harum extendió el brazo en un ademan de imperio, y los monfíes se disolvieron, encaminándose á distintos puntos.

Solo quedaron con Harum cien hombres con una bandera.

—Ahora, dijo Calpuc, á mi antiguo subterráneo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al oscurecer de aquel mismo dia, Calpuc y Harum penetraron en el subterráneo.

Antes de llegar á la habitacion donde habia muerto Miguel Lopez, oyeron el llanto desesperado de una criatura.

Cuando llegaron á aquella habitacion, encontraron á la pequeña hija de Amina abandonada sobre el lecho.

Tomóla Calpuc en sus brazos, la besó en la frente, y exclamó llorando:

—¡Lo último, lo último acaso que me queda de todo cuanto he amado!

CONCLUSION.

LA VENGANZA DE LOS MONFIES.

CAPITULO XL.

En qué estado se encontraba la guerra de las Alpujarras algunos meses despues de los sucesos anteriores.

La guerra de las Alpujarras se hacia cada vez mas difícil y de resultado mas dudoso.

El marqués de Mondéjar no tenia medios para reprimir la insurreccion.

Le faltaban hombres y dinero.

Ademas, entre él y el presidente de la Chancillería, se cruzaban competencias de autoridad.

Las prudentes medidas que el marqués de Mondéjar tomaba para mantener en paz á los moriscos del Albaicin y de la Vega, eran inutilizadas por las severas é imprudentes represiones que el presidente don Pedro de Deza ejecutaba sobre los moriscos.

Los alguaciles y las guardas de la Chancillería, se permitian con ellos toda clase de excesos, y por la mas leve causa, con los mas absurdos pretextos, eran encarcelados.

La mayor parte huian á las Alpujarras.

La rebelion crecia.

Un dia y otro llegaban noticias terribles.

Ya era la de que en Guecija, los monfíes, despues de haber acorralado en la torre de su iglesia á una comunidad entera de frailes agustinos la habian matado, echándoles aceite hirviendo por un agujero abierto en el techo de la habitacion en que se encontraban; ya de que habian enchido ó rodeado de pólvora al cura de Mairena, y le habian puesto fuego, y de que habian enterrado hasta la cintura al vicario de la misma villa, y le habian asaeteado; enterrando á otros eclesiásticos hasta el cuello, y dejándolos morir de frio y de hambre; ya de que á otros cristianos habian mutilado los miembros y entregádolos á las mujeres para que con almaradas los acabasen de matar; ya que á este ó al otro corregidor, alguacil, corchete, ó miembro de justicia habian acañabereado, apedreado, desollado ó despeñado; ya que á los hijos del alcaide de la Poza llamado Arze, habian dado cruel muerte degollando al uno; azotando, crucificando, é hiriendo en el costado al otro, como en escarnio y reproduccion de la muerte de Jesucristo; ya que un convento entero de monjas habia sido entrado, y repartidas las monjas jóvenes entre ellos y hechas sus mancebas, y destinadas á la mas dura servidumbre las monjas viejas: ya, en fin, de horrores repugnantes, inconcebibles, de todo punto infames, practicados por los monfíes.

Los que escapaban, maltratados algunos y heridos, llevaban el terror á Granada, y las peticiones de represion y de venganza de los ciudadanos atemorizados, hacian mas precaria la situacion de los moriscos de la ciudad, y enconaban las diferencias entre el presidente don Pedro de Deza, y el capitan general, marqués de Mondéjar.

Este opinaba que nada debia hacerse contra los que en nada habian delinquido, y protegia abiertamente á los moriscos de la ciudad, porque decia:

—Si ellos tuviesen pensamiento de alzarse, y de faltar á la lealtad al rey, hubieran aprovechado la entrada de los monfíes en el Albaicin la noche de Navidad: manteniéndoles en su lealtad por medio de la blandura; se conseguirá que muchos de los moriscos de las Alpujarras que ven la guerra dudosa y la temen, se vengan á Granada á ponerse bajo el amparo del rey, cuando si á los de la ciudad se les trata con rigor, huiran á las Alpujarras y aumentaran desesperados la fuerza de la rebelion.

Pero en contra de las razones del marqués, el presidente decia.

—Los de la ciudad y los de las Alpujarras son unos mismos: si los de acá no se han levantado, es porque no han visto seguro el suceso, pero el dia en que por recibir ayuda de Berbería los rebeldes, ó por otra circunstancia, crean llegada la hora del triunfo, se sublevaran y nos encontraremos con los enemigos en casa. Deben, pues, ser considerados como enemigos ocultos y tratados con rigor.

No se sabia á cuál de estos dos opuestos pareceres conceder el acierto; pero el resultado era que el presidente conspiraba contra el marqués de Mondéjar; y que el marqués de Mondéjar andaba contrario y enemistado con el presidente; que la ciudad, dependiente de la Chancillería en gran manera, andaba rehacia en ayudar en lo que podia al marqués, y que los habitantes castellanos, acusaban públicamente de blandura y de parcialidad por los moriscos al capitan general, y pedian le sustituyese el marqués de los Velez don Luis Fajardo, adelantado de Murcia, en quien decian tener mas confianza.

Del mismo modo los caballeros y gentes que habian venido á ayudar en la empresa al marqués de Mondejar, estaban divididos, ayudando los unos al capitan general, poniéndose los otros de parte del presidente y del marqués de los Velez.

Aben-Humeya entre tanto habia acabado de levantar todas las Alpujarras; habia dado ocasion á que el fuego cundiese á la tierra de Almería, á la Axarquia de Málaga y á la serranía de Ronda; habia enviado embajadores al rey de Argel avisándole del buen punto en que se encontraba la guerra, y pidiéndole socorro, y habia enviado á Africa á Hernando el Habaquí á tomar turcos á sueldo, de los que andaban pirateando en el Mediterráneo.

Entre tanto las gentes del rey de España llevaban en las Alpujarras la peor parte; el capitan Avila habia sido vencido y encerrado en Adia; Castil de Ferro fue tomado por los monfíes; Orgiva habia sido entrada y ocupada; y el mismo Aben-Humeya, cargando con seis mil hombres sobre el puente de Tablate donde estaban las avanzadas de la gente del marqués de Mondejar, las hizo retroceder, venciéndolas y obligando al capitan Diego de Quesada que las mandaba á retirarse á Durcal.

Por esta victoria de Aben-Humeya, Granada estaba amenazada.

El marqués de Mondejar se vió obligado, pues, á salir contra el enemigo, dejando encomendado el gobierno de la ciudad á el presidente don Pedro de Deza, y llevando por todo ejército ochocientos infantes, doscientos caballos y algunos caballeros particulares.

Cuando llegaron encontraron cortado el puente.

Al otro lado estaba Aben-Humeya con un estandarte y tres mil y quinientos hombres entre monfíes y moriscos, armados parte con arcabuces y ballestas, parte con hondas y armas enhastadas.

Parecian dispuestos á defender á todo trance aquella puerta de las Alpujarras.

Aben-Humeya, ginete en un caballo negro, con corona en la cabeza y vestiduras reales, seguido de su estandarte, recorria sus apiñados escuadrones que ocupaban el repecho; alentaba á los unos, excitaba á los otros, ofrecia recompensas, se multiplicaba, acudia á todas partes, y obraba, en fin, como un valiente capitan.

El marqués de Mondejar por su parte, mandó á la infantería forzar el paso del puente; pero la infantería que acompañaba al marqués, reunida de improviso pocos dias antes, mal regida y poco disciplinada, fue rechazada por los monfíes, que repasaron el puente cargando en tropel y con recio alarido sobre las gentes del marqués.

Entonces Mondejar mandó cargar á la caballería, pero á la primera envestida empezaron á arremolinar algunas picas de su escuadron, y el marqués, resuelto á todo, se vió obligado á envestir en persona, seguido de su guardia, de sus escuderos y de los caballeros particulares que le acompañaban.

Aconteció que, como el paso era estrecho, entre dos cerros, y los monfíes se embarazaban unos á otros por el poco espacio, y presentaban un frente de ocho hombres, no pudieron resistir los primeros la acometida del marqués y de sus gentes, fueron arroyados y arrojados á los barrancos laterales los primeros en que se encarnizó la embestida, y revueltos los de detrás, y siendo muy estrecho el paso del puente, cayeron la mayor parte despeñados al fondo del tajo, se retiraron los demás, y alentada la gente del marqués, pasó á la carrera y á la deshilada por las tablas, apretando á los monfíes y haciéndoles retirarse á la montaña, donde no podian perseguirlos los caballos.

El marqués pasó adelante, puso alguna arcabucería en el castillo de Lanjaron, que encontró abandonado, y acampó en una cumbre delante de los enemigos.

Pero esta victoria, señalada é importantísima, porque quebraba el primer ímpetu de los monfíes, debida al arrojo y á la sangre fría de Mondejar, no fue bastante para darle autoridad como capitan y acallar las rencillas y las competencias del presidente de la Chancillería y la rivalidad del marqués de los Velez.

De nada le sirvió tampoco el haber libertado á Orgiva, el haber conseguido notables ventajas sobre el enemigo, obligándole á concentrarse, y todo esto con poca gente, sin ningun dinero, sin bastimentos ni provisiones.

Culpábasele por el presidente Deza de haber causado con sus contemporizaciones la rebelion de los moriscos; se desestimaban sus triunfos, se atribuian al acaso mas que á la pericia, todo esto en cartas al rey en que por el contrario se elogiaba al marqués de los Velez, que, requerido por el presidenta Deza, habia entrado con sus deudos, amigos y allegados en el reino de Almeria; se ponderaban su valor y su pericia: se referia enfáticamente cómo habia combatido una gruesa taifa de moros que atravesaban desvandados por Illar; cómo habia tomado á Flix, villa de moriscos y saqueádola y llevádola á sangre y fuego, y matando mas mujeres que hombres, y cómo por falta de vituallas, se habia visto obligado á recogerse á Casar de Canjayar, á quien por otro nombre llamaban y aun llaman hoy, barranco de la Hambre, en memoria de que en él se recogieron los moriscos cuando don Fernando el Católico fué sobre Andarax, en la primera rebelion de las Alpujarras, barranco en el cual murieron de hambre casi todos los moriscos que en él se refugiaron.

Felipe II recibia estas cartas; las leia detenidamente, conocia la parcialidad que en ellas se encerraba, y no proveia socorros ni para Mondejar ni para el marqués de los Velez, ni se decidia por el uno ni por el otro.

Política incomprensible, que dejaba crecer una rebelion respetable, que dilataba la guerra y empequeñecia la influencia del rey en las Alpujarras.

Sin embargo, puso algun temor á los moriscos la toma de Poqueira, Jubiles y Paterna, lugares que por su aspereza creian inexpugnables, tomas tanto mas dolorosas para ellos, cuanto por la reputacion de fuertes de aquellas villas, habia recogido en ellas todos sus caudales que fueron tomados por los cristianos.

Con estas ventajas creyó el marqués de Mondejar tener ya vencida y á punto de terminar la rebelion; pero esta, que parecia sosegada en el centro de las Alpujarras, saltó por otras partes á las Guajaras, que son tres lugares pequeños al Poniente de las Alpujarras, situados entre Almuñecar y el valle de Lecrin, en la rambla que va á parar al puerto de la Herradura.

Los monfíes ocuparon los dos peñones que se llaman las Guajaras, uno alto, de subida áspera y dificil, y otro mas bajo y accesible.

Fortificáronlos como pudieron, con piedra seca y mantas y enjalmas, á falta de tierra y ramas, y aumentado su número por tres mil moriscos de los lugares vecinos, esperaron al marqués, que dejando con sobrada impremeditacion á sus espaldas lugares sospechosos y mal reducidos como Ohañez y Válor, cargó sobre las Guajaras donde de nuevo aparecia la rebelion audaz y provocadora.

Desastrada pudo ser para los castellanos esta empresa por la imprevision del marqués de dejar á sus espaldas y á sus flancos lugares enemigos.

Acometidas las Guajaras, los monfíes y los moriscos se defendieron con el valor de la desesperacion; el ardor del capitan de infantería don Juan de Villaroel empeñó á una bandera de arcabuceros en el asalto imprudente del peñon mas difícil; cundió la imprudencia, y ya pasaban de ochocientos infantes los que subian por lo mas áspero del peñon, sin que el marqués de Mondéjar pudiese contenerlos; alentado el capitan Villaroel con aquel aumento de gente, creyendo tener asegurado para sí el honor de la jornada, desoyendo las órdenes del marqués, prosiguió en el asalto de una manera desvandada, dando ocasion á los monfíes de que le rechazasen con sus arcabuces y ballestas, y con una lluvia de piedras derrumbadas desde el alto del peñon.

De los moros, todos eran á arrojar: hombres, mujeres, viejos y niños.

Los cristianos fueron rotos, muertos de una manera desastrada la mayor parte de ellos; cargados por los moros que, al ver el desórden, saltaron del peñon abajo, y mataron entre otros muchos hidalgos al imprudente capitan Villaroel, que cayó desalentado con la espada en la cinta, acuchillado en la cabeza, y mutiladas las manos con que pretendia parar los golpes de los alfanjes y yataganes.

Murió allí tambien don Luís Ponce de Leon, que estando herido de muerte y por tierra, le despeñó un criado suyo por salvarle; y asimismo murieron el veedor de las compañías de Granada Juan de Ronquillo, y el único hijo del maestre de campo Hernando de Oruña, que cayó ensangrentado á los piés de su mismo padre.

El marqués, á la vista de aquel estrago y de los enemigos que embravecidos por el triunfo cargaban, prolongándose por la cumbre para tomarle las espaldas, guiados por los terribles walies Gironcillo y el Zamar, envió á don Alonso de Cárdenas con una manga de arcabucería á que contuviese su ímpetu.

Logróse, conteniéndose el impetu de los enemigos; llegó la noche, y el marqués con su gente recogida y en ordenanza permaneció acampado delante de los moros.

Al amanecer llegó al campo del marqués su retaguardia, compuesta de cinco mil quinientos hombres y cuatrocientos caballos.

Renovóse de nuevo el asalto del peñon por todas partes, y siendo el combate encarnizado todo el dia, con gran mortandad de los cristianos, que eran heridos por los moros desde sus reparos y asperezas á mansalva.

Visto por los monfíes y los moriscos que se encontraban cercados, que el campo del marqués habia vencido, que les faltaban municiones y víveres, y que al dia siguiente podrian resistir mal un nuevo asalto, rompieron durante la noche por el lugar que encontraron mas flacamente cercado, salvándose los monfíes con sus capitanes Gironcillo y el Zamar, y sacando las mujeres y niños que pudieron, pero quedando otro gran número de los naturales en las Guajaras defendiendo el peñon.

El marqués puso parte de su gente en demanda de los que huian, y el wali Zamar, embarazado por el peso de una hija doncella, á quien habia tomado en sus brazos, porque no podia seguir de cansada, fue herido en un muslo por un arcabucero preso, cautivada y deshonrada aquella hija por cuya salvacion se habia perdido, y enviado él mismo á Granada, donde le mandó atenacear el conde de Tendilla, hijo del marqués de Mondéjar.

Los horrores crecian.

Los desdichados que habian quedado cercados en el peñon, gente floja, mujeres, niños y viejos la mayor parte, fueron acometidos, tomada la cumbre del peñon despues de un ligero combate, y pasados todos los que allí se encontraron á cuchillo, sin distincion de persona, edad, ni sexo.

Cuando hoy se pasa por entre los peñones de las Guajaras, los naturales señalan algunas anchas ráfagas de tierra roja, y pretenden que aquella es la señal de la sangre vertida en aquella jornada.

Esta jornada fue de poco honor para Mondéjar; habia triunfado si, pero perdiendo la mitad de su gente, sin un gran resultado decisivo, puesto que aquella matanza de moriscos irritó mas que aterró á los insurreccionados.

Aquella victoria habia sido tan costosa, que se tenia por una derrota, é hizo pensar que si de esta suerte seguia triunfando con frecuencia el marqués, se necesitarian para la guerra de las Alpujarras los ejércitos de Jerjes y los tesoros de Creso.

Apretaban, pues, el presidente Deza y los vecinos mas calificados de Granada en que se encomendase la empresa de la pacificacion de las Alpujarras al marqués de los Velez, quitando este cargo al de Mondéjar.

Este último, por su parte, daba por concluida la guerra; pero para desmentirle se levantaban Ohañez y el marquesado del Zenete con nuevo empeño y temeridad increible; apenas castigados estos lugares, se alzaban otros, y los vencidos volvian á levantarse cuando el ejército cristiano, yendo de acá para allá, los desalojaba para ir á sujetar nuevas insurrecciones.

Perseguíase, buscábase á Aben-Aboo y Aben-Humeya, y no se les encontraba; pero los soldados no se volvian sin haber saqueado y cometido todo género de excesos en los lugares á donde habian ido á buscarlos.

Válor, Narila, Orgiva, sufrieron sucesivamente cuantas calamidades pueden llevar la guerra y el bandidaje á una poblacion; las mujeres y los niños eran cautivados y vendidos, y muertos los hombres y los viejos.

Veíase con frecuencia una larga caravana de moriscas descalzas, desgreñadas, aterradas, llevando sus hijos en los brazos unas, y otras de la mano, atravesando las montañas, escoltadas por algunos monfíes, en fuga de los cristianos que se habian acercado á su poblacion.

Acontecia muchas veces que estas pobres caravanas de fugitivos encontraban con un cuerpo de cristianos, que los acometian, se ensangrentaban en ellos, los cautivaban, y no perdonaban género de ferocidad.

Otras veces, por el contrario, los monfíes encontraban al revolver de un desfiladero una inmensa turba desvandada de soldados españoles, cargados con la presa de una poblacion que acababan de saquear, y llevando consigo mujeres cautivas; entonces los cristianos, embarazados por el botin, eran degollados, sin que los monfíes tomasen uno solo preso, y á veces sin que perdiesen los degolladores un solo hombre.

Era, en fin, una guerra de exterminio y de bandidaje, cuyo fin no se veia, y que amenazaba siempre con el peligro de que el turco tomase parte en ella, enviando á las Alpujarras un formidable ejército.

Por resultado de un terrible descalabro sufrido en Válor por las gentes del marqués, el rey mandó á este que recogiese su gente á los lugares fuertes y suspendiese todo género de hostilidades hasta recibir nuevas órdenes.

Algo mas adelante el rey conoció que se necesitaba mas capitan para aquella empresa, que el marqués de los Velez y el de Mondéjar, y encargó de ella á su hermano don Juan de Austria, á quien, á pesar de su mocedad, daba aliento y autorizaba la generosa sangre de su padre, el poder y respeto de su hermano, y bajo cuyas órdenes estarian mas obedientes los capitanes y mas sujetos los soldados.

Por otra parte, alentados los monfíes y los moriscos por las ventajas que recientemente habian alcanzado tras los pasados desastres, habian crecido en brios; Aben-Humeya mas ayudado por los suyos entró con mayor autoridad en el gobierno; imitó la manera de ordenar la gente y de combatir de los cristianos, dividió su ejército en tercios, compañías y escuadras; nombró para estos cuerpos, maestres de campo, coroneles, capitanes, alféreces y cabos; dió á cada compañía una bandera, y como estandarte suyo levantó un guion rojo con las armas de Granada.

Dividió las Alpujarras en partidos, y estos partidos en taas, poniendo en cada taa para su gobierno un alcaide que atendiese á la defensa y al mando de su demarcacion, y por último, para su decoro y seguridad personal, creó una guardia de cuatrocientos arcabuceros.

Tranquilos entre tanto y sosegados los moriscos de Granada, y los de la Vega, estaban muy lejos de temer la inmensa desgracia que se les preparaba con la venida de don Juan de Austria.

El primer augurio de estas desdichas, fue la matanza que hicieron algunas gentes de Granada, de moriscos que estaban presos en la cárcel de la Chancillería por mandado del presidente Deza.

Culpábaseles, con razon ó sin ella, de estar en tratos con los de las Alpujarras, para alzarse con la ciudad, y entregarla al saqueo, al incendio y al degüello.

Aumentó el temor y el odio de los cristianos el haber corrido la voz el dia 17 de marzo de 1569, de que en la ladera de la Sierra Nevada mas próxima á la ciudad, se habian visto de noche fuegos que parecian señales, y que de algunas ventanas y terrados del Albaicin habian contestado con otras lumbres.

El presidente habia tomado precauciones en consecuencia, y habia mandado á don Gerónimo de Padilla, capitan de la gente de guerra que aseguraba al Albaicin, y al cuadrillero Bartolomé de Santa María, que mandaba las rondas, estuviesen atentos y prevenidos, y al alcaide de la cárcel que tuviese gran cuidado con algunos moriscos principales que tenia presos.

El alcaide reunió á algunos parientes y amigos suyos armados para que custodiasen á los presos, y todo parecia estar prevenido, cuando una casualidad vino á producir una catástrofe.

Desde muy antiguo, la campana de la torre de la Vela del castillo de la Alhambra, al dar las once de la noche, toca treinta y tres campanadas; á este toque se llamaba en aquellos tiempos el cuarto de la modorra.

La noche del 18 de marzo, como el encargado de la campana tocase este cuarto mas tarde que de costumbre, y de una manera mas apresurada, creyóse en la ciudad que tocaba á rebato y se alborotó Granada.

Alborotáronse asimismo los presos de la cárcel, tanto cristianos como moros, y llegaron á tal punto que vinieron á las manos.

Los moriscos se valian para acometer y defenderse, de muebles, ladrillos y palos que sacaban de los calabozos, y los cristianos y la guardia, unos con los travesaños de los grillos, otros con sus espadas y arcabuces acometian á los moriscos.

El corregidor Juan Rodriguez de Villafuerte, que dormia en una sala del palacio de la Audiencia, oyó entre sueños el ruido del combate de la cárcel, se levantó y mandó á un soldado que fuera á ver qué era aquello.

El soldado volvió diciendo que los moriscos presos se habian rebelado, y que estaban peleando con la guardia y con los otros presos cristianos; que los unos decian «¡viva Mahoma!» y los otros, «¡viva la fe de Jesucristo!»

Avisado de lo que sucedia el presidente don Pedro de Deza, mandó que la compañía de infantería que estaba de guardia en la Plaza Nueva, cercase la cárcel, pero á este tiempo ya grandes turbas de gente de la ciudad, creyendo que se tocaba á arrebato, habian acudido armadas y entrado en la cárcel.

Los moriscos desesperados, habian juntado las esteras, los muebles, las camas, y les habian puesto fuego, y los cristianos á un tiempo apagaban el fuego y pasaban á cuchillo á los moriscos entre torbellinos de humo.

Diez horas duró esta escena de sangre, y fueron muertos á hierro y fuego ciento diez moriscos que estaban presos, y cinco cristianos, resultando ademas diez y siete heridos.

Muchas casas del Albaicin fueron saqueadas y robadas, y gran número de moriscos, aterrados, pasaron á las Alpujarras á aumentar la rebelion.

En estas circunstancias el 6 de abril de 1569 partió don Juan de Austria para Granada, desde Aranjuez, á donde habia ido á recibir instrucciones del rey.

Acompañábale su ayo don Luis Quijada, y el 12 del mismo mes llegó á la villa de Iznalloz, á cinco leguas de Granada, en la que entró al siguiente dia con gran solemnidad, como quien era hijo del famoso emperador don Carlos, y hermano del rey de España.

Acompañábale en la entrada el marqués de Mondejar que habia venido para esto solo de las Alpujarras.

Salióle á recibir el conde de Tendilla con doscientos ginetes, vestidos y armados á la morisca, y adelantó al lugar de Albolote.

Fuera de las puertas de la ciudad, le recibió el presidente Deza con cuatro oidores, y los alcaldes del crímen, y el corregidor con cuatro veinticuatros y sus tenientes y el arzobispo con cuatro dignidades del cabildo, y muchos caballeros particulares.

Todas estas gentes llegaron hasta el rio Beiro, próximo á la ciudad por la parte de la puerta Elvira, y allí encontraron á don Juan de Austria.

En el llano del rio estaba formada la infantería en número de diez mil hombres, que al pasar don Juan, hicieron salva con sus arcabuces.

Por industria del presidente Deza, y para predisponer al rigor la jóven alma de don Juan de Austria, se habia preparado una farsa.

Al llegar á la puerta de Elvira, le salieron al encuentro mas de cuatrocientas mujeres, desarrapadas, desmelenadas, enlutadas, dando alaridos, y arrojándose á los pies de su caballo.

—Justicia, señor, justicia, gritaban en coro.

—Nosotras somos las viudas y las huérfanas de los que han matado cruelmente los viles moriscos de las Alpujarras.

—Venganza contra los asesinos de nuestros padres, de nuestros esposos, de nuestros hijos, de nuestros parientes.

—Justicia, señor, y que no tengamos el dolor de ver á nuestros enemigos perdonados.

Y siguieron con sus alaridos, con sus lágrimas y con sus aclamaciones de venganza, hasta el punto de que don Juan de Austria se enterneció, las consoló y las prometió cumplida venganza, todo con gran consentimiento del presidente Deza, autor de aquella pantomima, y con no pequeño fruncimiento de cejas del marqués de Mondéjar, que veia claro á donde iba encaminado todo aquello.

Entrado don Juan en la ciudad, no tardó en presentársele una diputacion de los moriscos del Albaicin y de la Vega, compuesta de cuatro de los mas rícos y principales de ellos y un procurador general, el cual le espetó el siguiente discurso que tomamos á la letra del historiador Mármol:

«Grande es el contento que aquestas gentes tienen de ver á vuestra excelencia en esta ciudad para el remedio de tantos males como hay en ella, que cierto es, representan su destruicion. Temen que algunos habran desatado las lenguas y dado falsas nuevas de su fidelidad, diciendo ser autores del mal, ó favorecedores de los malos; mas confian en Dios, y en la bondad y clemencia de Su Magestad, que los que hubieren sido leales, seran favorecidos y bien tratados, como es justo sean rigorosamente castigados los que pareciere haber sido culpados en el levantamiento. Quéjanse que son molestados por los ministros de las cosas de justicia y de guerra con cohechos; que los soldados les roban sus haciendas y les deshonran sus casas; y que hasta agora los superiores no han puesto remedio en ello. Y suplican á vuestra excelencia lo mande remediar de manera, que desagraviados de lo pasado, proviniendo á lo porvenir, cese el alojamiento de las gentes de guerra en las casas, y tengan libertad de poder ir seguros á sus labores. Bien sabe que en esta ciudad cada uno da fuerza á la ruin opinion, ó la acrecienta de manera, que muchos temen lo que ellos mesmos inventaren; mas asegúralos la prudencia de vuestra excelencia, en cuya proteccion y amparo ponen sus vidas, honras y haciendas.»

A lo que don Juan de Austria, con sumo agrado, contestó con las palabras siguientes:

«El Rey, mi Señor, me mandó venir á este reyno, por la quietud y pacificacion de él; sed ciertos que todos los que hubiéredes sido leales al servicio de Dios, Nuestro Señor, y de Su Magestad, como decís, sereis mirados, favorecidos y honrados, y se os guardarán vuestras libertades y franquezas; pero tambien quiero que sepais, que juntamente con usar de equidad y clemencia, con los que lo merecieren, los que no hubieran sido tales, serán castigados con grandísimo rigor. Y en cuanto á los agravios que vuestro procurador general dice que habeis recibido, darme habeis vuestros memoriales, que yo lo mandaré ver y remediar luego, y quiéroos advertir, que lo que dixeredes sea con verdad, porque de otra manera habriades hecho daño á vosotros mesmos.»

Pero al salir los moriscos consolados con las nobles palabras de don Juan de Austria, estaban lejos de sospechar la tormenta que amenazaba á sus cabezas.

Pocos dias despues de la llegada de don Juan de Austria, llegó el duque de Sesa, y con su presencia empezó á tratarse del asunto de la pacificacion en consejo.

Componíase este consejo, bajo la presidencia de don Juan de Austria, del arzobispo, del duque de Sesa, del marqués de Mondéjar, de Luis Quijada, y del presidente Deza, al cual se añadió algunos dias el licenciado Bribiesca de Muñatones, del consejo y cámara de Felipe II, al cual habia enviado este exprofeso á Granada.

El marqués de Mondéjar fue de opinion, á la que se adhirieron el arzobispo y Luis Quijada, de que se remediase el daño poniendo guarniciones bastantes en los lugares de las Alpujarras, concentrando á los moriscos que querian la paz en la parte llana de las taas de Verja y Dalias, y tomar las sierras con la gente de guerra: que sino bastase esto, se le diesen al mismo marqués mil infantes y doscientos caballos, con los cuales, y con la gente que habia dejado en Orgiva, destruiria los sembrados y quemaria á los moriscos todos los bastimentos que tenian, reduciéndolos por hambre.

Pero el presidente Deza, enemigo declarado del marqués de Mondéjar, creyó insuficiente lo que aquel habia opinado, y dijo que lo que se debia hacer antes que todo, era quitar de Granada y de la Vega á los moriscos y deportarlos tierra adentro de España, para que no pudiesen ayudar á los moriscos rebelados con avisos, armas y gentes. Aconsejó ademas, que para aplacar á Dios, ofendido por tanto sacrilegio y tanto delito, se ejecutase un rigurosísimo castigo en los alzados empezando por las Albunuelas y siguiendo á las otras taas de las Alpujarras.

Pidió, en fin, como buen clérigo de aquellos tiempos, la deportacion, el hierro y el fuego para los moriscos, y declaró que solo de este modo podria llegarse á la pacificacion absoluta y duradera del reino.

El marqués de Mondéjar, apoyado por el arzobispo y el duque de Sesa, se opuso con energía á tan violentas y sanguinarias medidas, como quien sabia bien por haber sido muchos años capitan general de Granada, que no era de los moriscos toda la culpa del alzamiento, sino del rigor y de la injusticía con que hacia tantos años se les venia tratando.

Dijo: que no podia ni debia despoblarse un reino como el de Granada, de gente útil y rica, exponiéndose á perder el fruto las de ricas industrias que solo los moriscos conocian; que no era el rigor lo mas á propósito para reducir á gentes que excitadas por añejos y cada dia mas duros rigores, se habian levantado, y que solo servirian para despoblar y empobrecer el reino por una parte, y por otra para hacer mas encarnizada y duradera la guerra.

Durante esta controversia, sobrevino el licenciado Muñatones, con la autoridad de enviado especial del rey, y aunque al principio repugnó la deportacion, instigado al fin por Deza y por el licenciado Bohorques, gente de su mismo oficio, convino en ella y en extremar el rigor; tuvo esta opinion mayoría, se aprobó, y no le quedó al marqués otro recurso que representar al rey, y enviar con la representacion á la córte á su hijo el conde de Tendilla.

Esta lucha del consejo producia dilaciones, se perdia tiempo y de él se aprovechaba Aben-Humeya para rehacerse, para organizar á sus gentes, en una palabra.

Conoció el consejo lo que en tiempo se perdia, y se dió órden de seguir la guerra mientras llegaba la resolucion del rey acerca de las medidas que debian tomarse respecto á los moriscos.

Llamóse de nuevo gentes de las ciudades, se atendió á la provision de víveres y municiones, enviáronse banderas de infantería de guarnicion á las principales villas de las Alpujarras, y se recomendó á sus capitanes que tuviesen gran cuidado con la costa, porque se habian recibido noticias de la llegada de galeotas de Berbería con gente, armas y municiones para los moriscos.

En efecto, Aben-Humeya enviaba mensages y presentes á los alcaides y faquís que privaban con el Xerife y con el dey de Argel para que inclinasen y decidiesen á sus amos á socorrerle. De Tetuan habian venido á las Alpujarras algunos soldados y mercaderes con provisiones; el dey de Argel, Aluch-Alí, prometia venir en socorro de las Alpujarras en el momento que llegasen cuarenta galeras que Selim II le enviaba para aquella empresa; por último, el Xerife habia enviado á Aben-Humeya algunas fuerzas, y muchos turcos aventureros habian venido á ponerse bajo sus banderas.

Alentados los moriscos al ver que les acudian tantas gentes, no solo dieron por logrado el triunfo, sino que volvieron á las poblaciones, y se dedicaron á sus industrias y á las labranzas de sus campos.

Este aumento de fuerza de los rebelados, y la confianza de los moriscos eran demasiado amenazadores para que el receloso Felipe II no se decidiere por las medidas terribles.

Entre tanto seguia completándose el alzamiento de las Alpujarras, y empezaba el de los lugares del rio Almanzora.