Reseña de la continuacion de la guerra de las Alpujarras hasta su terminacion.
Puesto que ya hemos reseñado el principio de aquella guerra, nos parece oportuno para redondear nuestro libro, acabarla de dar á conocer, aunque sumariamente, á nuestros lectores.
Aben-Aboo, fue coronado según la usanza mora, y proclamado bajo el nombre de Muley Abdalá Aben-Aboo.
Pero esta jura y coronacion fue condicional por tres meses mientras venia la confirmacion del título de rey para él, del dey de Argel.
A este efecto envió á Africa Aben-Aboo á un morisco tintorero de Granada, llamado Ben-Daud, con dinero y presentes para captarse la voluntad del dey.
En poco tiempo envió Ben-Daud la aprobacion de Aluch-Alí, pero, previendo los resultados de la guerra, el buen emisario, obrando prudentemente, se quedó por allá.
Recibida la aprobacion del dey se procedió formalmente á la coronacion, poniéndole en la mano derecha una espada desnuda, y en la izquierda un estandarte, corona de oro en la cabeza y manto de púrpura sobre los hombros, y en esto le levantaron en alto por tres veces delante del pueblo y otras tantas gritaron: ¡Dios ensalce al rey de la Andalucía y de Granada, Abdalá Aben-Aboo!
Reconociéronle por su señor todos los pueblos sublebados de las Alpujarras, y todos los capitanes de moriscos, excepto Aben-Mequenum, y Giron el Archidoni.
Nombró walí de los walies ó capitan general, á Gerónimo-el-Melek, y nombró de su consejo, para tenerlos propicios, á los capitanes turcos Carcax y Dalhy.
Otro capitan turco, el Caravaxí, pasó á Africa por gente para reforzar el ejército morisco; y Huscen fue enviado con el mismo objeto de obtener gente y armas, con un presente de cautivos, al dey de Argel.
Creó una guardia de cuatro mil arcabuceros, parte de los cuales debian estar constantemente junto á su persona, y parte rodeando su casa en línea avanzada, y el lugar en que residiese, y vigilar á los que llegasen.
El miedo habia empezado á roer el corazon de Aben-Aboo, hasta el punto de no creerse seguro sino rodeado de un pequeño ejército, escogido entre las taifas de los capitanes que creia mas leales.
Uno de estos capitanes era Harum el Geniz, y la mayor parte de sus arcabuceros monfíes.
De modo que Aben-Aboo, sin saberlo, estaba en medio de sus enemigos y se creia asegurado por ellos.
El primer hecho de Aben-Aboo despues de su proclamacion, fue proveer á Castil de ferro, de armas, artillería y municiones, y á seguida sitió la villa de Orgiva, á cuyo socorro envió don Juan de Austria al duque de Sesa.
Aben-Aboo entonces dividió en dos partes su gente, dejó la una continuando el cerco de Orgiva, y con la otra parte dió sobre las gentes del duque de Sesa, en un lugar que se llamaba entonces Calat-el-Hhajara, (castillo de la peña) y hoy Acequia de las tres peñas, y despues de muchas escaramuzas, las venció matando algunos capitanes y como hasta cuatrocientos soldados, y obligando al duque á ampararse de la noche para recoger su gente y retirarse.
Por otra parte, el capitan Francisco de Medina, abandonó la villa de Orgiva á causa de faltarle municiones y víveres, y ensoberbecido con estos triunfos Aben-Aboo, bajó por Guejar y el Puntal de la Vega, robó ganados, saqueó é incendió la villa de Medina y llegó con su ejército compuesto de monfíes, turcos y moriscos hasta media legua de Granada.
El duque de Sesa por desagravio, cargó sobre la Abuñuelas, las quemó, quemó asimismo á Restaval, Belejy, Dúdar y otros lugares, y tornó á Granada, donde don Juan de Austria se encontraba reformando la infantería.
Era ya al mes de noviembre, y el invierno se presentaba recio.
Por aquel tiempo se alzó la villa de Galera á una legua de Huesca, en tierras de Baza, lugar fuertísimo en el paso de Cartagena al reino de Granada, y no distante del de Valencia.
Defendian á Galera por órden de Aben-Aboo, cien arcabuceros turcos y berberiscos, á las órdenes del Maleh, alcaide de aquel distrito: levantóse asimismo Orce, y todos los lugares del rio de Almanzora (de la Victoria).
Crecia la insolencia de los rebeldes: Aben-Aboo, mostraba ser mas diestro, mas inteligente, mas activo y mas afortunado que lo fue Aben-Humeya; llegó hasta el punto de ponerse sobre la Silla del moro, por la parte de los montes al Sur, amenazando la Alhambra y el barrio del Realejo, aunque de allí no pasaron ni hicieron demostracion alguna, y llegando solo de noche, y retirándose de dia.
Crecia el desasosiego de la ciudad, dábanse guardias y rondas en la puerta de los Molinos, en la de la Antequeruela, en el cerro de los Mártires; se enviaban descubiertas á los lugares de Pinillos y Cenes, cercanos á Güejar donde tenia su campo Aben-Aboo, y todos los dias se tenian noticias de personas y de recuas cogidas por los moriscos á las mismas puertas de la ciudad.
Entre tanto el marqués de los Velez, sitiaba á Galera, con poca artillería, con poca gente y por lo tanto con poco provecho.
Escribió don Juan de Austria á Felipe II quejándose de que le hiciese estar ocioso en Granada cuando esta se encontraba amenazada de cerca por el campo que tenia Aben-Aboo puesto en Güejar, y por otra parte por la resistencia de Galera, que podia dar causa á que la rebelion se extendiera al reino de Valencia; en vista de estas quejas, el rey mandó formar dos campos; uno á cargo de don Juan, que asistido por el marqués de los Velez, el comendador mayor de Castilla y Luis Quijada, hiciese la guerra en el rio Almanzora; y otro bajo el mando del duque de Sesa que debia quedar en las Alpujarras.
Don Juan de Austria marchó bien provisto y pertrechado contra Güejar á 23 de diciembre de 1569, con nueve mil hombres de infantería, seiscientos caballos y ocho piezas de campo. Por la parte alta, esto es, por el mas encumbrado de los dos caminos que hay de Granada á Güejar, fue el mismo don Juan con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos; Luis Quijada iba en la vanguardia con dos mil infantes; don García Manrique con el resto de la caballería, y en la retaguardia, con el estandarte real, el resto de la infantería, la artillería y las municiones, Pedro Lopez de Mendoza y don Francisco de Solís.
Pero cuando llegó la expedicion á Güejar hallaron que los moriscos habian abandonado el pueblo, retirándose á las Alpujarras. Solo se encontraron en la trinchera diez ó doce viejos que fueron degollados, ni se vió de los enemigos mas que algunas mujeres y niños, y bagajes cargados, que subian por la sierra resguardados por arcabuceros y ballesteros como en número de ciento, que disparaban, retirándose de breña en breña, estorbando que se les diese alcance. Hubo algunas muertes de una y otra parte; tomáronse cautivos á los enemigos cuarenta personas entre hombres y mujeres, matándoles otros tantos; de los cristianos murieron cuarenta soldados y el capitan Quijada, á quien, siguiendo el alcance dió una pedrada una morisca: entróse al lugar á saco y degüello, y don Juan, reposando poco en victoria tan fácil, se preparó á otra mas aventurada, marchando sobre Galera.
Corrido habia por toda España la fama de la fortaleza de aquella villa, la dificultad de entrarla y lo bien proveida de defensa que se encontraba, y multitud de caballeros de todo el reino, partieron para aquella empresa, no sin disgusto del rey que comprendia claro que era mas de estorbo que de provecho tanta gente allegadiza: enviaron las ciudades nuevas gentes de á pié y de á caballo, y poblacion hubo en que cada cinco vecinos pagaron un soldado que fuera contra Galera.
Esto significa harto claro, que, cuando tales sacrificios se hacian, se daba gran importancia, se juzgaba como de gran consideracion la guerra de las Alpujarras.
Acudieron mas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de los mismos pueblos, y organizada toda esta gente, partió la mitad con el duque de Sesa para las Alpujarras, y la otra mitad con don Juan de Austria contra Galera.
Indignado Aben-Aboo con el desgraciado suceso de Güejar, quiso dar alguna muestra de sí mismo, y envistió, aunque inútilmente, de noche, á Almuñecar y á Salobreña; y viendo el poco efecto de sus esfuerzos y la decision con que era acometido, envió de nuevo emisarios á Argel á pedir socorro.
Entre tanto el marqués de los Velez, perdiendo mas que ganando, continuaba su simulacro de sitio sobre Galera, viéndose con frecuencia obligado á retirarse, y volviendo mas por honra, que por certeza de mejores resultados.
En este lugar nos presenta la historia un diálogo notable que hemos de mostrar, aunque no sea mas que porque da á conocer de lleno, el carácter del marqués de los Velez.
Habiendo salido este á recibir á don Juan de Austria, el jóven príncipe abrazó al viejo soldado y le dijo:
—Marqués ilustre: vuestra fama con mucha razon os engrandece, y atribuyo á buena suerte, haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad cierto que mi autoridad no acortará la vuestra, pues quiero que os entretengais conmigo, y que seais obedecido de toda mi gente, haciéndolo yo mismo como hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y amparándome en todas ocasiones en vuestros consejos.
A cuyas benévolas palabras contestó el marqués con las siguientes aunque mesuradas, extrañas:
—Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un tal hermano, y quien mas ganara de ser soldado de tan alto príncipe; mas si respondo á lo que siempre profesé, irme quiero á mi casa, pues no conviene á mi edad anciana haber de ser cabo de escuadra.
Por lo que se ve, en 1570 á cuyos principios sucedió esta conversacion, los nobles castellanos aun no habian perdido los humos de la edad media; aun se hombreaban con los reyes.
El marqués de los Velez lo hizo como lo dijo: dejó la guerra y se marchó mohino á su casa donde nadie podia disputarle la primacía.
Entre tanto y mientras el duque de Sesa acometiendo la empresa de las Alpujarras, marchaba sobre Orgiva, don Juan de Austria se encaminaba sobre Galera, resuelto ya definitivamente el sitio.
Empezaron las operaciones por la alcazaba alta: se la habia minado y al volar la mina cayó un lienzo de muralla con algunos moros que le defendian; alborotáronse algunos soldados y sin órden para ello, embistieron por entre el humo y el polvo, y fueron tan rudamente rechazados por los enemigos y tal la confusion y el desórden, que el mismo don Juan arremetió en persona y tan de veras, que recibió un balazo en el peto, que aunque no le causó daño, causó sí una gran impresion en cuantos de ello tuvieron noticia, especialmente en su ayo Luis de Quijada, que no se separaba un momento de su persona, que le amaba como un padre y que jamás olvidaba, ni aun cuando por don Juan ponia en peligro su vida, el encarecimiento con que le habia encomendado la guarda de su hijo el gran emperador don Carlos.
Con gran trabajo pudo don Juan recoger la gente, que no escarmentada por el mal suceso, pidió al otro dia que se la llevase al asalto; pero don Juan viendo lo dañoso que aquel asalto seria, mandó hacer dos minas mas y cuando estas volaron, empezó á jugar la artillería y se renovó el asalto, si bien con mas órden, no menos sangriento, y despues de horribles estragos se entró el castillo, y al fin fue tomada Galera.
Don Juan fue rigorosísimo con ella; ya fuese por lo que habia resistido y la gente que habia costado, ya por poner miedo á los otros pueblos levantados: entróla á cuchillo, arrasóla, aróla y la mandó sembrar de sal, como se acostumbraba en aquellos tiempos con las casas de los traidores.
Solo quedó la peña, coronada de escombros humeantes, y la terrible tradicion de las desdichas de Maleh y de su amante Maleka, de la cual hizo Calderon su drama: el Tuzani de las Alpujarras.
En efecto, la toma de Galera, lugar fuertísimo y en el que tenian gran confianza, aterró á los moriscos: Aben-Aboo desalentado no pudo arrojar al duque de Sesa de las Alpujarras y este, sin que los moros osaran á otra cosa que á escaramucear con su gente, llegó á Güejar y de allí pasó á Válor, donde se alojó.
Don Juan, excitado por el duque de Sesa, se volvió sobre las Alpujarras pretendiendo coger á Aben-Aboo, entre su gente y la del duque, y llegó á vista de Seron, donde algunos soldados desvandados, se arrojaron á combatir, sin que nadie pudiera impedirlo, á los moros que encontraron puestos en defensa. Incitados por el ejemplo de estos pocos, fueron uniéndoseles mas, hasta que al fin, contra la voluntad de don Juan, toda la gente de su hueste se movió contra la villa: y aunque vinieron en socorro de Seron los moros de Tíjola, la villa fue entrada al primer embate, saqueada y pasados los que se encontraron dentro á cuchillo; pero esta victoria costó muy cara, tanto por el gran número de cristianos que perecieron en el asalto, como porque, herido malamente de un balazo, murió entre los brazos de don Juan, su ayo Luis de Quijada.
Aben-Aboo, viendo que los cristianos se le habian metido en el corazon de las Alpujarras, repartió su campo y la gente vecinal que llevaba consigo; puso gente en el camino de Granada para evitar que llegasen provisiones al duque de Sesa, y parte á la falda de la Sierra Nevada y al Puntal de la vega para que amenazasen á Granada: quedando él contra el duque, estorvándole los mantenimientos con los cuatro mil arcabuceros de su guardia, y los soldados del duque se vieron obligados á mantenerse con fruta seca, pescado y aceite, que recibian por las marinas, de Málaga.
Llegó el mes de abril: los moriscos si encontraban alguna ventaja en las escaramuzas ligeras, en las sorpresas de convoyes, ó de soldados que pasaban desprevenidos por la montaña, no habia lance algo formal en que no fuesen deshechos y rotos.
Cundia el desaliento.
Don Juan, venida la buena estacion, apretaba sin descanso y procuraba por medio de tratos, la sumision de los moros y la ida á Africa de los turcos.
Hablábase de condiciones pedidas por Aben-Aboo, aunque exorbitantes, y la guerra seguia, aunque embarazada por estos tratos y empeños de avenencia.
Castil de Ferro fue abandonado y ocupado por el marqués de la Fávara y por don Juan de Mendoza: solo se encontraron dentro veinte hombres, entre moriscos viejos, turcos y berberiscos, y diez y siete mujeres, en ocasion que estaban para embarcarse; alguna sidra, veinte quintales de vizcochos y la artillería que estaba en el castillo, mala y poca.
Seguíanse entre tanto tratos de reduccion con Fernando el Habaquí y Felipe II, que se habia acercado á Sevilla y luego á Córdoba; para poder proveer con mas oportunidad á la guerra, pasado el peligro y estando apagado casi el incendio, se tornó á Madrid, remitiendo para allí, la conclusion de las Córtes que poco antes habia convocado.
El mayor peligro quedaba en la Serranía de Ronda: partió para ella de órden de don Juan de Austria, el 20 de mayo, don Antonio de Luna con cuatro mil quinientos infantes y cien caballos que sacó de Ronda; en la primera salida fue rechazado y obligado á volverse á la ciudad: los moriscos de la Serranía, aconsejados por los que habian ido á ellos huidos de las Alpujarras, se concentraron en Sierra Bermeja, y en la del Iztan: tomaron el mar á las espaldas para facilitar los socorros de Berbería, y bajaban hasta las puertas de Ronda, causaban continuas alarmas, robaban los ganados y cautivaban y mataban á los labradores cristianos, no como salteadores, sino como enemigos.
Esto empezó á acontecer cuando Felipe II estaba todavía en Sevilla, y acudió de improviso al remedio, y envió á la Serranía á los duques de Arcos y de Medina Sidonia.
El de Arcos, que tenia mucha parte de sus Estados en la Serranía de Ronda, pretendió reducir á los moriscos; pero estos estaban irritados; mas que irritados, desesperados, y fue necesario recurrir á la fuerza y acometerlos en Sierra Bermeja, en el mismo lugar donde años antes murió á manos del Ferih de Benastepar, don Alonso de Aguilar, uno de los mas esclarecidos parientes del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba.
Encontraron allí, segun referia Mendoza, «Calaveras de hombres y huesos de caballos amontonados, esparcidos, segun, como y donde habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas adelante, el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas y bajas y aportilladas; iban los prácticos de la tierra señalando donde habian caido oficiales, capitanes y gente particular: referian donde y cómo se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Ureña y don Pedro de Aguilar, hijo mayor de don Alonso de Aguilar: en qué lugar y dónde se retrajo don Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida que el Ferih, cabeza de los moros, le dió primero en la cabeza y despues en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos: Yo soy don Alonso de Aguilar; las que el Ferih le respondió cuando le heria: Tú eres don Alonso, mas yo soy el Ferih de Benastepar, y que no fueron tan desdichadas las heridas que dió don Alonso, como las que recibió.... Mandó el general hacer memoria por los muertos y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos ó por extraños y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.»
Ocupó el duque de Arcos el antiguo fuerte reparándole. Vino en este tiempo resolucion del rey don Felipe, que concedia perdon á los moriscos: empezaron á presentarse algunos; pero sin armas y alegando que los que quedaban alzados no se las dejaban traer.
Pero de improviso, un morisco que habia escapado de la Inquisicion y que por temor al castigo no queria reducirse, empezó á excitarles de nuevo, á decirles que se les engañaba, que cuando se hubiesen entregado serian muertos, ó sentenciados por toda su vida á galeras, esclavas sus mujeres, vendidos sus hijos.
Tanto dijo y tanto alborotó, que los de Sierra Bermeja se levantaron de nuevo con mas furia que antes: mataron á los moriscos que trataban en el avenimiento é impidieron por el terror que se sometiesen los que querian hacerlo.
Redújoselos al fin, pero con varias alternativas, con mucha sangre y terribles catástrofes: los restos dispersos de los moriscos se acogian á las breñas, descalzos, hambrientos, miserables; las Alpujarras, el marquesado del Zenete, el rio de Almanzora, y la Serranía de Ronda, estaban ocupados por el ejército vencedor y don Juan de Austria escribia á su hermano el rey don Felipe «que la salida de los moros de todo el reino seria el postrero dia de octubre.»
Quedaban, sin embargo, acá y allá llamaradas del incendio: los labradores cristianos que habian vuelto á sus haciendas, no se atrevian á labrarlas; los caminantes eran robados y muertos, y todos los lugares enteramente de moriscos que no habian dejado las Alpujarras, eran una amenaza muda.
Aben-Aboo andaba de cerro en cerro, con un puñado de parciales llamándose todavía rey.
¿Y qué habian hecho entre tanto los monfíes?
Cejar los primeros en el combate, abandonar los lugares que se les confiaban, ser traidores á los moriscos.
Y Harum-el-Geniz era quien acompañaba siempre á Aben-Aboo.
¿Por qué hacian traicion los monfíes á sus hermanos?
Porque necesitan vengar la muerte de su emir.
Porque no habian muerto á Aben-Aboo, como habian muerto á Aben-Humeya.
Porque ignoraban donde tenia escondida á la sultana Amina, Aben-Aboo.
La guerra habia acabado, Aben-Aboo andaba fugitivo, y sin embargo, ni Angiolina Visconti, ni Harum, que acompañaba siempre á Aben-Aboo, habian logrado descubrir el paradero de la sultana.
En que se sabe entre otras muchas cosas importantes, de qué muerte murió Aben-Aboo.
El castillo de Vérchul, era, que hoy no es, un punto importante, situado en medio de las Alpujarras. Rodeado de agrias cuestas, asentado como un nido de águila sobre una roca, sin mas acceso que un tortuoso sendero, abierto á pico en una peña, podia casi llamarse inespugnable.
A su pié ramblas profundas, montañas, colinas, formaban un verdadero laberinto, extremadamente selvático, y bravío, y á lo lejos, ya sobre una cresta, ya en la vertiente de un valle, se veia algun lugarejo, algun caserio, alguna choza. Al pié del castillo estaban sobre un barranco sumamente agreste unas profundas cuevas que se llamaban de los Vérchules, y donde, como en un último refugio, se habian concentrado los restos dispersos de los moriscos fugitivos y vencidos.
Allí, hambrienta, desnuda, miserable, aterrada, aquella multitud infeliz, viejos sin hijos, huérfanos sin padres, esposas sin esposo, cuantas miserias humanas pueden concebirse, se agrupaban cubiertas de harapos, estremecidas de miedo, con los ojos fijos siempre en las distantes avenidas temiendo ver asomar por ellas las banderas de los crueles y sanguinarios soldados del rey don Felipe el II.
Pero entre estas gentes no habia un solo monfí, á excepcion del wali de los walies Harum, que no se apartaba sino por breves espacios de Aben-Aboo.
Parecia que á los demás monfíes los habia tragado la tierra.
Fuese porque reposasen en el triunfo, fuese porque creyesen inútil una persecucion de gente miserable y desvandada, ni á los alrededores del castillo de Vérchul, ni en los lugares que desde su altura se divisaban, aparecia un solo cristiano.
Pero tambien es cierto que estaba tan devastada aquella demarcacion, tan cortados los caminos que á ella conducian, por los soldados del rey de España, que los pobres moriscos acorralados en aquellas breñas no encontraban para sustentarse mas que raices de árboles, yerbas y reptiles.
De tiempo en tiempo Harum-el-Geniz solia aparecer entre aquellos desgraciados, como una providencia de Dios, con algunos mulos cargados de maiz, de trigo ó de legumbres, que aquellos infelices devoraban en pocos instantes.
Siempre que Harum llevaba uno de estos ineficaces consuelos, les decia:
—Amigos, esto ha costado sangre humana.
Y—Dios te bendiga, wali; exclamaban los míseros: Dios acoja en su misericordia á los que han derramado su sangre por nosotros.
Harum al escuchar estas palabras se volvia de espaldas para ocultar sus lágrimas y murmuraba:
—¡Estaba escrito! ¡oh! ¡si esos miserables no hubieran asesinado al emir!
Entre tanto Aben-Aboo, encerrado en el castillo de Vérchul, acompañado únicamente de Angiolina, de algunos escopeteros, de Harum y de su antiguo esclavo africano Alí, recelaba de todo, atalayaba por sí mismo los caminos, temiendo ser sorprendido, y velaba de noche por los adarves como un alma en pena.
Habia enviado á algunos de sus parientes á Africa en demanda de nuevos socorros, los esperaba con esa tenacidad con que confian en su fortuna los ambiciosos y esperanzado en estos socorros, se negaba de todo punto á someterse al perdon prometido por el rey á los moriscos que depusieran las armas.
Rey en sueños, haciasele duro el despertar: sus remordimientos, entre tanto, le obligaban á buscar el olvido en la embriaguez.
Porque los remordimientos se habian dejado oir al fin en aquella alma que todo lo habia arrostrado por la ambicion. Mientras se encontró entre el ruido de las armas, en medio de sus gentes, que seguian al combate su bandera y se batian con fe y con entusiasmo, la continua actividad, el interés siempre vivo de nuevas empresas, el ansia del mando supremo asegurado por la victoria, le habian distraido, mejor dicho: le habian embriagado hasta el punto de que nada veia mas que el dosel rojo de un trono levantado en la cámara de Embajadores de la Alhambra; pero cuando en el solitario y silencioso castillo de Vérchul, se encontró una noche y otra, velando receloso por sí mismo, bajo un firmamento opaco, reflejando en sus pupilas escandencidas por la fiebre la misteriosa luz de las estrellas, solo consigo mismo en presencia de la inmensidad muda, bajo la mirada de Dios, un frio de terror empezó á circular por sus huesos: muy pronto sus ojos de loco no vieron ya un firmamento sombrío; vieron mas que eso: millares de fantasmas que se agitaban, que hervian en aquel firmamento y que arrojaban una lluvia de sangre sobre su cabeza: estremecióle el zumbido del viento entre las almenas, creyendo escuchar en él quejas humanas, alaridos de rabia, gritos de agonía, imprecaciones, amenazas. Parecíale oir en un eco muy lejano, entre el silencio, la voz del emir de los monfíes, que exclamaba:
—¡Parricida! ¡maldito seas!
Otra, la de Aben-Humeya, que rugia:
—¡Ay de tí, fratricida!
Otra, la de su madre que exclamaba:
—¡Menguada fue la hora en que te concebí!
Otra, en fin, la de Amina, que llorando le decia:
—¡Qué has hecho de mi padre, asesino! ¡qué has hecho de mi esposo y de mi hija!
Y cuando huyendo de estas voces se precipitaba por las escaleras de los adarves, y se perdia en la profunda penumbra de los muros, pareciale ver deslizarse delante de él como pretendiendo precederle, llevarle, á un lugar de juicio supremo, los espectros de su padre, de su hermano y del marqués de la Guardia (porque Aben-Aboo creia que el marqués de la Guardia habia muerto) envueltos en sudarios rojos.
Entonces, erizados los cabellos de espanto, pálido, trémulo, cubierto de un sudor frio, penetraba en la cámara, donde sufriendo un largo, doloroso é inútil martirio, dormitaba Angiolina y exclama:
—¡Vino! ¡adorada de mi alma! ¡dame vino! ¡necesito embriagarme, dormir entre tus brazos, olvidar! ¿No oyes que quiero olvidar, ó tú tambien me haces traicion?
Y entonces Angiolina, grave, lenta, silenciosa, se levantaba, llenaba de vino un cáliz que servia de copa á Aben-Aboo y se le servia.
Aben-Aboo apuraba el vino de un trago, y pedia mas, mas, porque su miedo no desaparecia sino con la embriaguez, y se arrojaba entre los brazos de Angiolina, que cumplia heróicamente su palabra empeñada á Harum-el-Geniz, de procurar saber, á costa del último de los sacrificios que podian exigírsela, el paradero de Amina.
En vano habia apurado cuantos recursos encontró su astucia: en vano habia tendido hábiles lazos á Aben-Aboo: nada habia podido descubrir: ó Aben-Aboo ignoraba lo que habia sido de Amina, ó el recelo le hacia ser prudente aun en sus momentos de embriaguez.
Al fin Angiolina se vió obligada á guardar silencio acerca de Amina á consecuencia del siguiente diálogo que tuvo con Aben-Aboo.
—¿Qué te importa, le dijo, lo que haya sido de esa mujer?
—Tengo un gran interés, dijo con acento profundo Angiolina.
—¡Un gran interés! repuso Aben-Aboo, lanzando sobre la veneciana una mirada friamente investigadora: ¡Ah! ¡sí, es verdad! tú amabas al marqués de la Guardia, y acaso le amas aun, á pesar de que sabes por mi boca que ha muerto.... y de una manera singular: como que le ha matado la misma tierra que le sirve de sepultura.
—¿Y qué me importa el marqués de la Guardia? repuso Angiolina: ¿acaso no tuve bastantes razones para olvidarle, para despreciarle? ¿puede amar una mujer como yo á un hombre que la pospone á otra? No, la sultana Amina me interesa, no por el marqués á quien Dios perdone, como yo le he perdonado, sino por tí.
—¿Por mí?
—Si ciertamente: ¿no te amo yo?
—Escucha, Angiolina, dijo profundamente Aben-Aboo: soy jóven: criado en la montaña, pensando siempre en la corona que estoy á punto de perder ó ganar decisivamente, las mujeres no habian hablado á mi corazon. Pero te ví, y no sé qué destino incomprensible, poderoso, arrastró mi alma y la impulsó á unirse á la tuya. Te tuve á mi lado, al lado de mi madre en Cádiar: creí tus palabras de amor, y cuando por una imprevision mia fuiste á dar en manos de Aben-Humeya, sentí lo que nunca habia sentido por una mujer: la rabia de los zelos: tú acaso fuiste una de las causas mas poderosas de la muerte de Aben-Humeya.
—Pero tú sabes que Aben-Humeya me amó en vano....
—He querido creerte, porque necesitaba creerte; pero cuando me abriste tus brazos por primera vez, cuando los rodeaste á mi cuello, sabes lo que sentí...
—Tú te llamabas en aquellos momentos el mas dichoso de los hombres.
—Y lo era, en efecto, porque tu hermosura me enloquece, porque tu mirada conmueve mi alma, como no la han conmovido jamás las incertidumbres de mi triunfo y los azares de la guerra. ¿Pero sabes lo que sentia yo en el fondo de mi razon, como esclareciéndola, como pretendiendo dominar mi delirio? pues bien, escuchaba una voz que me decia:—«Los brazos de esa mujer no son los dulces lazos del amor que ansías, son una serpiente que pretende ahogarte.» Y cuando este recuerdo, cuando este recelo me asalta en medio de tus caricias; cuando pretendes averiguar el paradero de la sultana Amina, un pensamiento terrible pasa por mi cabeza.
—¿Y qué pensamiento es ese que te inspira tu delirio?
—El de ahogarte antes de que me ahogues tú.
Sonrió lánguidamente Angiolina y repuso:
—Ni yo te ahogaré, porque te amo, ni el amor que sientes por mí te permitiria ahogarme. ¡Oh! ¡no! tus recelos pueden menos que tu amor. Tú, si pones la bandera del Profeta sobre las alcazabas de Granada, me llamarás tu sultana, tu adorada sultana.
—Pero esa tenacidad en nombrarme á Amina....
—¡Tengo zelos!
—¡Zelos!
—Ella es una sultana poderosa.
Sonrió sesgadamente Aben-Aboo.
—¿Y dónde están los monfíes? ¿qué se han hecho esos valientes? pregunta á Harum-el-Geniz, el wali de los walies de esos moros y él te contestará:—«Han sido vencidos, dispersados: los unos se han acogido á la clemencia del rey de España, los otros han pasado á Africa y los que quedan aquí vagan sueltos por la montaña sin obedecer á capitan alguno? ¡La poderosa sultana! ¿Dónde está su alcazar tan maravilloso de que nos hablaban? el paraiso escondido del emir de los monfíes? Sueño, sueño todo, como la hermosa sultana Amina; como la misteriosa dama blanca de la montaña.
—¡Sueño! ¿pretenderás hacerme creer que la hija del emir, la sultana Amina, ó doña Esperanza, la orgullosa, duquesa de la Jarilla, ha sido un sueño?
—Como un sueño ha pasado, repuso Aben-Aboo.
—¡Que ha pasado!
—Si; ha muerto: ha muerto de hambre....
—¡De hambre!
—Si; yo.... por recelo de que los monfíes me vendiesen.... porque yo siempre he desconfiado de ellos, pretendí tener en rehenes á la sultana Amina, y la guardé en una cueva.... no importa dónde. Yo mismo iba á llevarla la comida, las ropas.... pero los cristianos me arrojaron de repente del lugar donde se encontraba encerrada la sultana.... yo en verdad nunca habia pensado en matarla; pero pasaron muchos dias antes de que yo volviera á apoderarme del lugar donde habia quedado abandonada; cuando fuí en su busca la encontré muerta.
—¡Muerta!
—Si; muerta de hambre.
Angiolina calló dominada por el horror. La habia revelado Aben-Aboo de una manera tan segura la muerte de Amina, que no se atrevió á dudar de ella.
—Lléname otra vez la copa, dijo Aben-Aboo.
Angiolina le sirvió la copa de nuevo.
—Cuando vengan los refuerzos de Africa, dijo Aben-Aboo, que empezaba á embriagarse, será distinto, amada mia: no estaremos en este triste castillo, cercados, atajados los caminos por los cristianos, ni nos veremos obligados á pasar la noche en vela. Dame mas vino: necesito embriagarme para tener paciencia.
Angiolina presentó otra vez la copa á Aben-Aboo. Este acabó de embriagarse completamente, cayendo en un estado en que nunca le habia visto Angiolina.
—¡Oh! dijo esta: duerme, y duerme de una manera profunda: yo no estoy segura de las intenciones de este hombre. Creo que obra con doblez respecto á mí y á Harum-el-Geniz. Acaso, acaso, seria prudente deshacernos de él. Pero si esa mujer que me propuse devolver al marqués de la Guardia no hubiese muerto... si muerto Aben-Aboo, no pudiese descubrirse el lugar donde la tiene acaso oculta. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡iluminadme!
Angiolina se sentó en el divan donde dormia Aben-Aboo, y apoyó su cabeza pensativa en sus manos.
—Todas las noches, dijo Angiolina recordando, Aben-Aboo sale de sus habitaciones por una pequena puerta de hierro, que está al fin de una galería. Luego cierra, y cuando vuelve, torna á cerrar y guarda cuidadosamente la llave entre sus ropas: si yo me atreviese...
Angiolina se inclinó sobre Aben-Aboo y contempló su semblante con una atencion profunda: Aben-Aboo dormia intensamente; le movió y no despertó: entonces cerró la puerta de la cámara, para evitar ser vista, se acercó rápidamente á Aben-Aboo, palpó sus ropas, y encontró bajo de ellas una llave y una cartera.
Guardó la llave y se acercó á la luz y abrió temblando de impaciencia la cartera.
Encontró dentro algunas cartas que la desesperaron porque estaban escritas en árabe; pero entre ellas encontró una sola que estaba escrita en castellano. Angiolina dió un grito de alegría. Al pié de aquella carta se leia como firma: Esperanza de Cárdenas.
—¡Es de ella! exclamó: pero esta carta no es una prueba de que vive: esta carta puede haber sido escrita hace mucho tiempo: veamos.
Y leyó lo siguiente:
«Al ver la manera con que obrais conmigo, vos mi pariente, vos que tanto debeis á mi padre, no sé lo que pensar de vos. El estado en que me encuentro es insoportable; lo que me haceis sufrir es tanto que temo volverme loca. ¿Temeis acaso que mi esposo pueda haceros sombra protegido por mi padre? Os engañais. Ni mi esposo ni yo renegaremos de Dios. Os lo he dicho una y otra vez. Os lo dije cuando hace tres dias me vísteis, ¿por qué no habeis vuelto? vuestro esclavo, me ha asegurado, y no lo creo, porque no sois miserable, que vos no me restituireis la libertad sino cuando os revele el lugar donde se encuentra el alcázar subterráneo de mi padre, en el cual creis encontrar inmensos tesoros. Yo dudo que por tal motivo me tengais sepultada viva, llorando, presa de la incertidumbre mas cruel: ignoro la suerte de mi padre, la de mi esposo, la de mi hija. No sé si han muerto ó si viven, pues aunque vos me asegurais de que nada tengo que temer por ellos, no os creo. Vuestro esclavo me ha dicho que sois rey de las Alpujarras. ¿Y cómo lo sois si vive Aben-Humeya, si vive mi padre? ¿y si no viven, cómo han muerto? Desesperada por no veros, he pedido á Alí, que os suplique de mi parte que vengais á verme, y me ha contestado que estais ausente: entonces le he pedido que me traiga con qué escribiros, y lo ha hecho y os escribo. Si yo nada tuviese en el mundo, sino fuese por el amor de los mios nada os diria; moriria sin suplicaros: pero el que ama no puede ser altivo. Venid, venid, y oidme: concluyamos de una vez: ya no puedo sufrir mas: si no habeis de devolverme á los mios, matadme: al menos descansaré: pero no me hagais apurar este horroroso martirio. Soy hija, soy esposa, soy madre: vos no me amais, no teneis disculpa de vuestra horrible conducta. Volvedme á los mios y nada temais porque los mios os perdonaran.—De mi tumba á 10 de marzo de 1571.—Esperanza de Cárdenas.»
—¡Ah! exclamó Angiolina, ¡no ha muerto! ¡no! ¡ese miserable me ha engañado: esta carta ha sido escrita hace tres dias: estamos á 13: si, no hay duda; durante estos tres dias, Alí ha recibido de Aben-Aboo esta llave y ha salido por la puerta de hierro de la galería: despues de algun tiempo de ausencia ha devuelto esta llave á Aben-Aboo. Pretender seducir á Alí, es un delirio: sirve á su amo con cuerpo y alma. Pues bien: esta llave está en mi poder. Aprovechemos el tiempo: veamos.
Y Angiolina salió de la cámara, se aventuró por un laberinto de estrechos corredores, llegó al extremo de uno delante de una puerta de hierro, y puso la llave en su cerradura.
La puerta se abrió y Angiolina tornándola á cerrar, alumbrándose con la lámpara que habia tomado de la cámara de Aben-Aboo, empezó á descender por una estrecha escalera de ojo.
Apenas habia cerrado Angiolina la puerta, cuando por la otra parte un hombre atlético, que se alumbraba con una linterna, llegó á la puerta y la golpeó furioso.
—¡Ah! exclamó: estas malditas visiones que mi señor me ha metido en la cabeza, me han hecho creer que esa mujer era un fantasma, y he tenido miedo, pero no: es ella, es doña Angélica; la he reconocido al volverse para cerrar la puerta. El señor no puede haberla dado esa llave. Me hubiera avisado.
Y Alí partió desalado á la cámara de su señor.
—¡Ah! ¡está borracho! ¡aletargado! gritó con rabia Alí: yo tengo una yerba que sirve para disipar la embriaguez; yerba que me ha servido para que nadie pueda notar que he bebido vino contra la ley: pero mientras voy por ella; mientras esprimo su zumo... ¡oh! y es preciso... preciso de todo punto.
Alí salió y permaneció fuera algun tiempo.
Cuando tornó traia en la mano una copa: cogió la cabeza de Aben-Aboo, le abrió la boca y derramó en ella parte del líquido que la copa contenia, poco despues, y como por un efecto mágico, Aben-Aboo despertó y volvió en sí de una manera completa.
—¡Oh! ¡qué horrible dolor en las sienes! exclamó.
—Os han embriagado señor, y ha sido preciso que yo me valga de unas yerbas para haceros volver en vos.
—¿Y quién te ha mandado eso? dijo con enojo Aben-Aboo. ¿Por qué no me has dejado dormir?
—Una sola palabra, señor; dijo Alí: ¿habeis dado á doña Angélica la llave de la puerta de las cuevas del castillo?
—No; dijo Aben-Aboo: tú estás soñando Alí.
—Doña Angélica ha entrado hace media hora por esa puerta.
—¡Doña Angélica! exclamó Aben-Aboo todo trémulo buscando la llave entre sus ropas. ¡Oh! me ha robado la llave. Esa mujer está zelosa de Amina. Esa mujer es terrible: será capaz de matarla y no nos conviene que la sultana muera.
Aben-Aboo se equivocaba, como ven nuestros lectores, respecto á las intenciones de Angiolina.
—Pronto, pronto, exclamó lanzándose á la puerta.
Pero de repente se detuvo: habia sonado fuera de los muros una corneta en un toque particular.
Aquel toque se repitió tres veces.
—Algo terrible sucede: algo que nos importa mas que esas dos mujeres: es mi secretario Bernardino Abu-Amer: suceda lo que quiera á la sultana, abre antes á Abu-Amer: sepamos qué noticias nos trae: que esten preparados los escopeteros que nos quedan.
Alí salió deshalado.
Poco despues entró con un morisco viejo, pero robusto, enérgico, que le dijo alentando apenas:
—Sálvate, señor: sálvate por las minas: ¡te hacen traicion!
—¿Y quién me hace traicion?
—Harum-el-Geniz.
—¡Oh! ¡imposible!
—Lo sé: lo he visto con mis ojos; lo he escuchado con mis oidos.
—¿Y qué has visto? ¿qué has escuchado?
—Los monfíes, todos los monfíes sin faltar uno, cercan el castillo de Vérchul.
—¡Ah! ¡los monfíes sin faltar uno! pero si los monfíes estan vencidos, fugitivos...
—Te engañas señor: son en tanto número, como cuando vivia el emir.
—Tú has soñado Abu-Amer: cuando vivia el emir tenia un ejército de diez mil monfíes.
—¡Pues todos estan allí!
—Pero si su número se habia reducido á la tercera parte... si apenas podian ayudarme.....
—Los monfíes te han engañado, te han abandonado, te han hecho traicion; han permanecido escondidos en sus guaridas, han huido sin valor delante del cristiano: recuerda señor: recuerda, créeme y sálvate.
—Pero ¿por dónde han pasado tantos hombres sin que los cristianos los detengan?
—No lo sé: pero ellos son capaces de entrar en un lugar por el aire, si les falta la tierra: ó estan en inteligencia con los cristianos...
—Si eso es... solo la sangre fria, solo el valor puede salvarnos...
—Las minas...
—Si los monfíes vienen contra mí, habran tomado las salidas.
—Acaso no las conozcan, señor.
—Ellos conocen todos los escondrijos de las Alpujarras.
—Probemos al menos, señor.
—No; el huir no es la mejor prueba: es mejor presentar la frente serena y altiva al peligro... y luego yo no he sido jamás cobarde... prefiero morir como rey, á que me den caza como á un lobo, y me acorralen y me maten villanamente. Alí, mis mejores vestiduras, mi alfanje y mi escopeta... que se preparen mis escopeteros... y mira, añadió mientras Alí le vestia; aunque la puerta es fuerte, tú eres mas fuerte que ella; rómpela á hachazos; llévatela por las minas... la noche es oscura; véndala la boca para que no pueda gritar: eres astuto, ágil: procura burlar á los monfíes... si lo consigues, toma: y Aben-Aboo escribió apresuradamente una carta: en cualquier parte encontrarás amigos mios; enviala con uno de ellos á Harum-el-Geniz: vé, haz lo que te he dicho.
—¿Y doña Angélica?
—¡Ah! ¡doña Angélica! déjala... no la toques: de seguro ella no ha querido hacerme traicion, me ama. Pero vé, vé.....
—¿Y por qué no intentar salvaros, señor?
—Es necesario anticiparse al golpe por una parte y por otra el que huye se pierde. Ve Alí, cumple con lo que te he encargado, y tú Abu-Amer, conmigo y con mis escopeteros fuera del castillo: ¿sabes dónde está Harum-el-Geniz?
—Si, en la cueva grande de los Vérchules.
—Pues á la ventura de Dios, dijo Aben-Aboo, y salió de la cámara, y luego del castillo con Abu-Amer y una cuadrilla de veinte escopeteros, que fué toda la gente que pudo reunir.
La noche era densamente oscura y nada se oia; ni aun el vuelo del viento.
Al sentir aquella calma, Aben-Aboo dijo á Abu-Amer:
—Creo que te has equivocado: todo reposa; hemos andado un buen trecho de camino, y á nadie hemos encontrado.
—Mira señor á lo alto del barranco de los Vérchules: ¿nada ves?
—Si, veo el resplandor de una luz.
—¿Y para qué crees que puedan estar velando en la cueva?
—Adelante, dijo Aben-Aboo.
Y siguieron hácia el barranco, pero apenas habian entrado en él cuando se escuchó una voz ronca que gritó:
—¿Quién va?
—El rey de Granada, contestó con voz serena Aben-Aboo.
—¡El rey de Granada! gritó la misma voz ronca, como avisando á otras gentes.
—¿Y quiénes sois vosotros? dijo Aben-Aboo sin detenerse.
—¡Los monfíes de las Alpujarras! dijo la voz de otro nombre que al frente de algunos adelantaba.
—¿Y quién eres tú que me hablas?
—¡El walí Suleiman!
—Paso al rey dijo Aben-Aboo, al sentir que le cercaban.
—Perdona señor, pero tenemos órden de llevarte á nuestro walí de los walíes.
—¡Ah! ¿con que Sidy[33] Harum-el-Geniz, se atreve á prenderme? dijo con sarcasmo Aben-Aboo.
—Sidy Harum-el-Geniz, no te prende; te detiene, porque asi es preciso para la salud del reino, y nosotros obedecemos á Sidy Harum, porque es wali de nuestros walíes.
Aben-Aboo guardó silencio y siguió hasta el pié de un sendero escarpado que conducia á la cueva grande de los Vérchules; al llegar á aquel punto mandó á los escopeteros que se quedasen abajo, y subió acompañado solo por Suleiman y por Abu-Amer.
Invirtieron un largo espacio en llegar á lo alto porque la senda era áspera, escarpada y larga. Al fin entraron en la cueva, y adelantó un hombre.
Aquel hombre era Harum-el-Geniz.
En medio de la cueva quedaban de pié otros dos hombres, pero notábase que estaban vestidos de castellanos, á pesar de que eran moriscos; el uno era Francisco de Barrado, y el otro Pedro el Zataharí.
No estaban estas personas solas en la cueva, cuya extension era inmensa; á su fondo se apiñaban ateridos de frio y de hambre, una multitud de moriscos de todas edades y sexos, y salia de aquel antro un hálito nauseabundo de miseria.
Al entrar Aben-Aboo, salió de entre aquella turba un sordo murmullo.
—¡Héme aquí! ¿qué me quieres, Geniz? exclamó con altivez Aben-Aboo: ¿qué significa lo que acontece? yo soy vuestro rey.
—Muley Abdalah-Aben-Aboo, dijo Harum-el-Geniz; solo quiero que mires á qué punto ha traido tu obstinacion á estos infelices que aquí estan desesperados, enfermos, miserables, y que consideres que las cosas son llegadas ya á tal extremo, que no ofrecen ya ni aun esperanzas de salvacion.
—¿Y qué quereis?
—El presidente de la chancillería de Granada, don Pedro de Deza y el capitan general, nos dan cartas de seguro, y el perdon de su magestad el rey de España si nos reducimos.
—¿Y quién ha andado en estos tratos? dijo afectando la calma mas fria Aben-Aboo.
—Yo, dijo uno de los dos moriscos que estaban vestidos á la castellana.
—¡Ah! ¿eres tú, Francisco de Barredo? dijo Aben-Aboo: tú en quien tanto confiaba, y tú tambien, el Zataharí, el grande amigo del único hombre que me queda leal, Abu-Amer.
—Te engañas, dijo Harum-el-Geniz, Abu-Amer te ha traido, pero sabia como nosotros para lo que venias.
—Es verdad, dijo Abu-Amer, con un insolente descaro que estaba en completa contradiccion con la afectuosa conducta que hasta entonces habia usado respecto á Aben-Aboo.
—¿Con que es decir que estoy abandonado de todos?
—No por cierto, Muley Abdalah, no por cierto, dijo Harum-el-Geniz: solo queremos hacerte partícipe de la merced que nos concede el rey de España.
—¿Y esto dices teniendo en los barrancos segun me han dicho diez mil monfíes?
—¿Y qué tienen que ver los monfíes con vosotros los moriscos? ¿acaso ellos antes de la guerra no tenian su patria en la montaña? ¿acaso no la tendran si quieren despues?
—¡Oh! ¡si! ¡los monfíes me habeis hecho traicion!
—No por cierto; pero desde que nuestro emir el gran Yaye-ebn-Al-Hhamar murió asesinado por dos miserables, juramos vengarle y le hemos vengado: uno de sus asesinos ha muerto: el otro morirá tambien.
—Justo es que muera el que ha asesinado, dijo dominando su terror Aben-Aboo; pero prescindiendo de esto: ¿creeis que no podemos resistir aun?
—Los moriscos estan desalentados, ven el poco fruto que sacan de la guerra y quieren la paz: el presidente de la chancillería les envia á decir, que se reduzcan al servicio de su magestad el rey de España, que seran perdonados, y que se les dejará vivir libremente en donde quieran; ademas de esto les ofrece mercedes que estan firmadas en este papel.
Harum sacó unos pliegos y los mostró á Aben-Aboo, que no pudo contenerse por mas tiempo:
—¿Qué es esto Geniz? exclamó con la voz trémula de cólera; ¿tal traicion me tenias guardada? ¡no me hables mas, ni te vea yo!
Y fué á tomar la salida de la cueva.
—No, no has de salir, exclamó Harum; te he llamado porque aun quedaba vivo el último de los asesinos del emir.
Aben-Aboo sintió un terror pánico y quiso huir, pero el Zataharí, Abu-Amer y Barredo se asieron á él y le detuvieron.
Entonces Harum le hirió, y al caer le dió un terrible golpe con el mocho de su escopeta.
—¡Ah traidor! dijo espirante Aben-Aboo.
—¡Esta es la justicia de Dios! exclamó Harum; ¡mueres como has matado!
Aben-Aboo hizo un débil esfuerzo pero cayó, y poco despues era un cadáver.
—¡Libres sois ya, hermanos mios! dijo Harum, mañana presentaremos á este traidor al Presidente, y os será otorgado el perdon. Si nuestro emir, nuestro valiente Yaye, no hubiera sido asesinado por esos dos miserables, por Aben-Humeya y Aben-Aboo, no os veriais obligados á acogeros al perdon de los cristianos; pero Dios lo ha querido asi. ¡Que se cumpla su voluntad!
Y como viese que algunos moriscos asian del cadáver de Aben-Aboo, y se dirigian al sendero de la cortadura les dijo:
—¿Para qué quereis sufrir esa carga fatigosa? mas pronto llegará abajo si le arrojais por ahí.
Los moriscos arrojaron el cuerpo de Aben-Aboo al barranco, desde una peña alta que estaba á la entrada de la cueva.
Era ya enteramente de dia.
La luz del alba reflejaba en la sangre de Aben-Aboo, y espantados de aquella muerte los moriscos que estaban en la cueva, empezaron á salir de ella como espectros.
Harum salió tambien con Francisco de Barredo, el Zataharí, y Abu-Amer; bajó de prisa el sendero, y rodeando por el barranco, salió á una ancha rambla donde habia una cuadrilla de monfíes.
—Tocad á recoger, dijo Harum á los trompeteros y atabaleros.
Poco despues se oyó, no solo en la rambla, sino en las alturas, una especie de toque de llamada, al cual empezaron á acudir á la rambla taifas enteras, con sus estandartes.
Poco despues un pequeño ejército de diez mil hombres, se apiñaba en la rambla.
Harum mandó traer el cuerpo de Aben-Aboo, y ponerlo en una peña alta para que le vieran todos los monfíes.
—¡He ahí al asesino de nuestro emir! gritó Harum.
Una aclamacion atronadora salió de las cerradas filas de los monfíes.
—He aquí á vuestro emir, gritó Harum descubriendo el rostro de un moro que estaba junto á él: he aquí al esposo de la sultana Amina.
—¡Viva el emir! gritaron en coro los monfíes.
—¿Pero qué haceis? dijo el marqués de la Guardia: eso no puede ser.
—Consentid por ahora, dijo Harum.
Y volviéndose á los monfíes añadió:
—El esposo de la noble sultana Amina, acepta la corona que le ofrecemos.
—¡Viva el emir! repitieron los monfíes.
—Ahora, dijo Harum, nos resta salvar á la Sultana.
Un espontáneo y bravo murmullo de asentimiento respondió á estas palabras.
—¿Pero será cierto que mi esposa está en el castillo del Vérchul?
—Tan cierto dijo Abu-Amer, como que ha encargado á su esclavo Alí que la lleve á otro lugar, y que os envie una carta que ha escrito para Sidy Harum. Ya, cuando yo dije á este que la Sultana estaba en el castillo de Vérchul no tenia duda; pero ahora no puedo tenerla, porque he visto y he oido.
En aquel momento un hombre apareció por uno de los flancos de los monfíes, y por el otro lado una mujer.
El hombre era un morisco, y la mujer Angiolina Visconti.
—¿Quién de vosotros es Sidy Harum-el-Geniz? dijo aquel hombre que traia una carta en la mano, mientras Angiolina gritaba:
—Venid, Harum, venid, que se llevan á la Sultana: venid, marqués de la Guardia, venid, que os roban á vuestra esposa.
Y Angiolina partió á correr por el mismo lugar por donde habia venido, seguida del marqués de la Guardia, que aunque debil y enfermo, sacaba fuerzas de flaqueza y corria con suma rapidez.
—Seguid, seguid, y flanquead la montaña, gritó Harum á los monfíes poniéndose tambien á la carrera tras Angiolina y el marqués, después de haber leido rápidamente la carta que le habia entregado el morisco.
Aquella era la carta que Aben-Aboo habia dado á Alí, para que la enviase á Harum.
Aben-Aboo habia desfigurado su letra: aquella carta decia asi:
Mi señor Muley Abdalah Aben-Aboo, ha salido del castillo de Vérchul, á encontrarte, Harum-el-Geniz, y temo que le hagas traicion: me apresuro, pues, á escribirte: tengo en mi poder á la sultana Amina, y será la señal de su muerte la primera noticia de una traicion hecha por tí á mi señor.—Alí, esclavo fiel del rey Abdalah Aben-Aboo.
Harum corria, y corrian los monfíes, y corria Angiolina. y el marqués excitado por el peligro de Amina iba delante de todos, por instinto, veloz como el viento, sostenido por su amor y efectuando un milagro de vigor y de fuerza, en el estado en que se encontraba.
Solo pronunciaba estas palabras.
—¡Esperanza! ¡mi Esperanza!
Y Angiolina como si toda su vida hubiera andado en la montaña, corria tambien á poca distancia del marqués, y los monfíes, abiertos en dos largas hileras, con las ballestas al hombro, trepaban á buen paso por la montaña, flanqueándola, seguros de encerrar en un círculo al hombre que se llevaba á la sultana.
El cadáver de Aben-Aboo, quedó solo en la rambla sobre la peña, con el rostro macerado, en que reflejaba los primeros rayos del sol, y algunos moriscos rodeándole, hambrientos, desnudos, le contemplaban inmóviles con un silencio estúpido.