Cupole a España la desgracia de estar desempeñando el gobierno de la isla en estas críticas circunstancias un jeneral poco apto para luchar con la intelijencia militar del conde de Albemarle i salvarla contra los medios poderosos que habian puesto en sus manos el ministerio ingles i el feliz écsito de la conquista de la Martinica. Al encargar el gobierno supremo al mariscal de campo Dn. Juan de Prado el mando de esta posesion importante a fines de 1760, receloso de las miras de Cromwell i de las tentativas hechas por el almirante Vernon en 1742, i viendo que la atencion de las armas británicas se fijaba en hostilizar a los franceses en sus colonias del mar Caribe, le encargó mui particularmente la reparacion i fortificacion del recinto de la Habana i que tomase ántes que todo el mayor empeño en levantar un castillo en las alturas de la Cabaña, cuya necesidad habia manifestado su antecesor Cajigal:[64] mantuvo ademas un ejército en la isla que al tiempo de la invasion era de 4600 hombres, la estacion naval del puerto de la Habana se componia de una escuadra de doce navios i cuatro fragatas a las órdenes del marques del Real Trasporte, i confiado en lo fuerte de la plaza i aun mas en el clima destructor de la isla, habia dispuesto que se guardasen allí sus tesoros de América i que sirviese de almacen principal de sus establecimientos militares i navales del Nuevo Mundo.[65]
Pero ni las recomendaciones del supremo gobierno, ni los fundados temores que a principios de 1762 se tenian ya en la Habana de que los ingleses preparaban un armamento para invadir la ciudad,[66] ni las noticias de la conquista de la Martinica, donde se sabia estar el jeneral Monckton con un ejército i escuadra poderosos,[67] pudieron vencer la apatia del nuevo gobernador, i moverlo a poner la plaza en estado de defensa contra cualquier ataque que pudiera sobrevenir en caso de un rompimiento con Inglaterra. Las medidas adoptadas por el jeneral Prado se circunscribieron a activar algunas obras útiles a la ciudad, dictar providencias públicas i secretas para conocer el número de hombres que habia en la isla capaces de tomar las armas, i celebrar varias juntas con los jefes militares i oficiales de graduacion residentes en la Habana, ausiliandose del consejo de los jenerales conde de Superunda i Dn. Diego Tabáres, que accidentalmente se encontraban allí de paso para España; sin que de estas juntas saliese nada de consecuencia, ni jamas el gobernador se mostrase persuadido de los riesgos probables de una invasion.[68]
Bien es verdad que varias causas contribuyeron a impedir que el jeneral Prado cumpliese las órdenes soberanas en los primeros tiempos de su gobierno. Encontrose sin recursos bastantes en la Habana para emprender la costosa obra de las fortificaciones que se le habia encargado, i las calamidades que abrumaron a la poblacion con el azote espantoso de la fiebre amarilla en el verano de 1761, ocuparon su atencion i le arrancaron gran número de brazos i otros medios con que hubiera podido contar en circunstancias ménos azarosas.[69] Para cúmulo de males, el buque conductor de los despachos del supremo gobierno a los gobernadores de las Antillas informándoles de la declaracion de guerra entre Inglaterra i España fué apresado por el patache del navio Dublin, quedando aquellas autoridades ignorantes de todo lo que pasaba en Europa; i el jeneral Prado llegó a tener noticias positivas de un acontecimiento tan importante a mediados de marzo por una comunicacion de M. de Blenac desde el Cabo frances, instruyendolo de la nueva alianza entre España i Francia, i ofreciéndole las fuerzas de su mando para ausiliarlo contra el enemigo comun de ambas naciones, ofrecimiento que no creyó aquel conveniente aceptar, mui ajeno de sospecharse que la Habana corriese ningun peligro. Cuenta Beatson que el jeneral Prado participaba en tanto grado de las prevenciones nacionales contra los estranjeros, que al recibir la carta de M. de Blenac, se volvió a los que con él estaban, diciendo: "Con tanto gusto permitiria yo a nuestros buenos aliados la entrada en el puerto, como a la misma escuadra del almirante Pocock."[70]
Estas consideraciones no podran sin embargo justificar la situacion en que se encontraba la Habana al presentarse la escuadra inglesa a la vista del puerto el 6 de junio, ni la incredulidad de Prado llevada al estremo de haber pasado cerca de tres meses en una criminal inaccion despues de las noticias recibidas de Haití. Era tal su tenacidad en rechazar la idea de que los ingleses pudieran venir sobre una plaza que él consideraba inespugnable, que despues de haberse presentado delante de Cojímar, pasó al castillo del Morro aquella misma mañana a observar sus movimientos, i como al volver a la Habana encontrase las tropas sobre las armas por órden del teniente-rei, desaprobó su conducta i dispuso que volviesen a sus cuarteles. Pocas horas despues avisaron del Morro que los navios ingleses arribaban sobre la costa con evidentes señales de intentar un desembarco, i entónces conoció el gobernador lo que ya era una verdad para muchos.
La confusion natural a un pueblo que se vé sorprendido, desarmado i con medios imperfectos de defensa para resistir a un enemigo poderoso, sucedió a la inquieta duda que hasta entónces habia reinado, i el ruido i estruendo de las campanas de los templos i la artilleria de los fuertes aumentaban la consternacion del vecindario. Pero pronto el sentimiento noble del patriotismo predominó i calmó los ánimos de aquellos habitantes, i todos acudieron espontaneamente a la sala real a aumentar el número de los combatientes, armados unos i otros en busca de armas, ofreciendo a las autoridades el sacrificio de sus vidas en defensa de la Grande Antilla.[71] Miembros todos de la gran familia española, identificados con los estrechos vínculos de una misma relijion, idioma i costumbres i rejidos i gobernados bajo iguales principios de lejislacion civil i política, se veian allí el nervudo viscaino, el grave navarro i el activo catalan, unidos con el culto castellano, el andaluz alegre i el criollo de ojos centellantes, rivalizando en el glorioso deseo de medir sus fuerzas con el enemigo, castigar su arrojo i salvar aquella porcion de la patria comun del riesgo inminente que la amenazaba.
Inmediatamente se formó un consejo de guerra presidido por el gobernador Prado, compuesto del teniente-rei, sarjento mayor de la plaza, del jeneral de marina, marques del Real Trasporte, intendente Dn. Lorenzo Montalvo, i los capitanes de navio de los buques de la escuadra anclados en el puerto: los jenerales conde de Superunda i Dn. Diego Tabáres, invitados por el gobernador, accedieron a formar parte de este consejo.[72] Conocidas las fuerzas de la guarnicion de la plaza, que ascendian inclusos los enfermos a cerca de tres mil hombres con los jefes i oficiales,[73] i ademas la marineria de la escuadra[74] que serian mil doscientos hombres;[75] se acordó repartir al vecindario como tres mil quinientos fusiles, muchos de ellos descompuestos, i algunas carabinas, sables i bayonetas que se encontraron en la sala real;[76] de este modo logró Prado reunir un ejército de cerca de siete mil hombres, con una fuerza adicional de mil doscientos marineros, de la maestranza que era mucha, i de los negros esclavos ofrecidos voluntariamente por sus dueños, los cuales sirvieron de gran utilidad en las operaciones por el lado de la bahia i en los trabajos de fortificacion.[77]
Como se presumiese que el enemigo intentaba efectuar un desembarco por las playas entre Bacuranao i Cojímar i otro por la parte de la Chorrera, se mandaron reforzar las guarniciones de los fuertes situados en aquellos puntos: que una division de sobre tres mil hombres, compuesta del rejimiento de Edimburgo i el resto de la caballeria de la plaza, de varias compañias de infanteria del ejército i milicia i algunos lanceros rurales al mando del coronel Dn. Carlos Caro, pasase a defender la costa por la parte de Cojímar,[78] que el coronel Dn. Alejandro Arroyo, con otra de tres compañias del rejimiento Fijo de la Habana, algunos piquetes de otros cuerpos i doscientos hombres de marina, cubriese la playa desde San Lázaro a la Chorrera: considerando el consejo que la parte al este del puerto seria probablemente el punto principal del ataque, acordó tambien poner en completo estado de defensa los castillos del Morro i la Punta cuyo mando fué confiado a los capitanes de navio Dn. Luis de Velasco i Dn. Manuel de Briceño, i que se levantaran en las alturas de la Cabaña parapetos i baterias, se abriesen fosos i se hiciesen otras varias obras importantes, mandando incendiar todos los cacerios que podian comprometer su defensa. El capitan de navio Dn. Juan Ignacio de Madariaga, en quien el jeneral Prado delegó su autoridad para los demas puntos de la isla, fué encargado de dirijir todas las operaciones esteriores por el lado del oeste de la ciudad, mantener espeditas las comunicaciones i hostilizar al enemigo en el campo.[79]
En la mañana del 7 de junio mandó el almirante Pocock embarcar en los botes una parte de la marineria, finjiendo que iba a hacer un desembarco como a cuatro millas al oeste de la Habana, con objeto de distraer la atencion de los españoles, al mismo tiempo que el conde de Albemarle desembarcaba el ejército entre Bacuranao i Cojímar a seis millas al este del Morro, sin esperimentar ninguna resistencia. Ya en la playa el ejército ingles, se presentó un cuerpo de tropas de la division del coronel Caro hácia aquella parte de la costa, el cual fué inmediatamente dispersado por los fuegos de las fragatas Mercury i Bonetta, que de órden del comodoro Keppel empezaron a barrer la playa i bosques inmediatos con bala i metralla; i habiéndosele opuesto al paso del rio Cojímar una fuerza mayor, protejida por el castillo que defendia la entrada, el navio Dragon, al mando del Honorable A. Hervey, se aprocsimó i acalló inmediatamente los fuegos de aquel, con lo que el ejército pasó el rio sin dificultad alguna.[80] El coronel Caro se replegó sobre la villa de Guanabacoa en dos pequeñas columnas en que habia formado su division, compuesta la una de la tropa de linea i ciento cincuenta jinetes de Edimburgo i la otra de la milicia i voluntarios bajo sus órdenes.[81] El conde de Albemarle descansó aquella noche en Cojímar; mandó situar en el bosque inmediato varias guardias avanzadas para evitar una sorpresa, i el ejército permaneció tendido a lo largo de la playa.[82]
El dia siguiente al amanecer se movió el ejército en direccion de Guanabacoa, mandado por el mismo jeneral en jefe, quien dió órden al coronel Carleton de atravesar el bosque con mil doscientos hombres en la misma direccion de la villa i cortar la retirada a un cuerpo de tropas que estaba allí apostado. El coronel Caro salió de la villa con ánimo de oponerse al enemigo: situó todas las milicias en posicion ventajosa en lo alto de una loma protejidas por el escuadron de dragones de Edimburgo, i dispuso que la caballeria voluntaria se colocase a retaguardia, i que toda la tropa de linea se emboscase en un platanal cercano.
Este plan i el número de hombres situados sobre la loma hicieron que el coronel Carleton contuviese su marcha, i ocupando una fuerte posicion envió a informar al jeneral de la fuerza de los españoles. El aviso del coronel llegó cuando el ejército ingles avanzaba hácia la llanura, separado del cuerpo de aquel solamente por el rio Cojímar. El conde de Albemarle le envió órden terminante de atacar la division española, que era el cuerpo de milicias, mientras él lo hacia tambien por el lado opuesto en direccion contraria a Guanabacoa. No bien habia empezado el coronel Carleton a ponerse en movimiento, cuando Caro mandó al capitan Don Luis Basave que con treinta dragones i los voluntarios de caballeria cargase la infanteria lijera enemiga situada a la derecha de la division, prometiéndose reforzarlo con todos los demas jinetes en caso necesario. Hízolo así Basave; pero fué rechazado por una vigorosa descarga, dispersándose al punto el escuadron, i el coronel Caro viendo el terror que habia sobrecojido al resto de su jente, dispuso la retirada en direccion de la Habana, la cual ejecutó en buen órden. Carleton se reunió al cuerpo del ejército, i el jeneral entró en Guanabacoa i se apoderó de la villa, sin mas oposicion que el débil ataque de Basave, que costó la vida a treinta hombres.[83]
Esta ventaja, adquirida con tanta facilidad i a las pocas horas de haber pisado el enemigo las playas de Cuba, llenaba de congoja al leal pueblo de la Habana; i el consejo de guerra en lugar de alentar con medidas acertadas el valor de aquellos habitantes, propendia mas que el enemigo mismo a aumentar sus dudas i confusion. Diose órden para que inmediatamente saliesen de la ciudad todas las mujeres i niños i los relijiosos de ambos secsos protejidos por un piquete de cien hombres, sin permitirseles los medios necesarios para la conducion de sus equipajes, i tambien que fuese reducida a cenizas toda la barriada de estramuros con el fin de despejar los aproches a la plaza. Así que la matrona cubana, acostumbrada a las delicias i regalo de la paz i de la vida doméstica, para quien el sonido de las campanas i el estruendo del cañon habian sido siempre nuncios de un dia de regocijo i fiesta, se veia ahora, envuelta en el torbellino de la guerra, arrancada de sus hogares, separada de su esposo i de sus hijos, correr a sepultarse en las profundas soledades de los bosques de su patria, sin mas proteccion ni consuelos que los de la divina Providencia; mientras que los defensores del pabellon de Castilla contemplaban desde los baluartes i murallas a los objetos mas caros al alma atravesando las campiñas a pié i desfallecidos i perderse de vista en las alturas del Cerro i loma de Soto, al mismo tiempo que las llamas de estramuros destruian la fortuna de innumerables familias.
Viendo el jeneral Prado que los progresos de los invasores aumentaban el peligro por la parte del Morro, despues de la toma de Guanabacoa, destacó al coronel Dn. Pedro Castejon con una fuerza de setecientos cincuenta hombres de ejército i mil de milicias a cubrir las obras que se estaban levantando en la interesante posicion de la Cabaña.[84] El acierto i oportunidad de esta medida se notaron bien pronto; pues aquella misma noche el jeneral ingles envió al coronel Howe con dos batallones de granaderos por entre un bosque espeso inmediato a Cojímar para que reconociera el castillo del Morro i asegurase la comunicacion entre éste i el rio,[85] i como la guarnicion de la Cabaña descubriese aquella fuerza cuando empezaba a subir el monte, la rechazó con una descarga de fusileria i algunos cañonazos, i la obligó a retroceder inmediatamente.[86] Mientras todos estos sucesos, el almirante Pocock se mantenia con una parte de sus fuerzas navales a sotavento de la ciudad para oponerse a cualquiera salida que intentase hacer la escuadra surta en el puerto, i mandó que el Alarm i el Richmond se ocupasen en sondear a lo largo de la costa por la parte del oeste mas inmediata al castillo de la Punta.[87]
El jeneral Prado adoptó el 9 dos resoluciones que han sido consideradas por todos los que han escrito sobre esta conquista como las que mas influyeron en el triunfo de las armas británicas. Desde el principio de la invasion habia preocupado a los miembros del consejo de guerra el estraño temor de que el enemigo pudiera forzar la entrada del puerto, cosa en que ciertamente jamas pensó el almirante ingles, que veia lo angosto del canal i la resistencia invencible que opondrian contra tal intento los fuertes i la escuadra.[88] Tales cuidados habian inducido al gobernador a disponer desde el dia 7 que la boca del puerto fuese cerrada con una cadena de gruesos maderos herrados i que ademas se colocasen en el canal, asegurados con fuertes amarras, los navios Neptuno, Europa i Asia; pero creyendose aun poco seguro con estas inútiles precauciones, tuvo la rara idea de mandar echar a pique a la entrada del canal dos de aquellos navios para inutilizar el paso, lo cual se efectuó con tanta precipitacion i desórden que algunos de los marineros de a bordo hubieron de ahogarse.[89] No satisfecho con una medida que mas parecia inspirada por los mismos enemigos que por el natural raciocinio de aquella junta,[90] tuvo Prado aquel dia el fatal desacuerdo de mandar destruir la trinchera que con gran trabajo se habia levantado en las alturas de la Cabaña, donde estaban ya montados nueve cañones de a 18 en dos baterias que daban frente a los caminos de Guanabacoa i Cojímar, haciendo bajar a la plaza la artilleria i que se incendiasen las obras construidas de madera.[91]
Estas medidas injustificables en militares de tan alta graduacion como los que componian el consejo, produjeron un descontento jeneral en las tropas i el pueblo i desalentaron el ánimo aun de los mas decididos españoles, conociendo el aturdimiento de los miembros de aquella junta i la incapacidad del gobernador: algunos llevaron su desconfianza hasta el estremo de calificarlas actos de traicion, i la opinion mas jeneral se fijó en que se trataba de abrir camino al rendimiento de la ciudad.[92] El conde de Albemarle salió aquel mismo dia de Guanabacoa con todo el ejército, dejando una guarnicion al mando del teniente-jeneral Elliott, i acampó en los bosques entre Cojímar i el Morro.[93]
Bien pronto se tocaron los funestos efectos de las resoluciones adoptadas por el jeneral Prado. No mas tarde que al siguiente dia, habiendo Lord Albemarle comunicado al almirante ingles que pensaba empeñar un ataque sobre la Cabaña, viendo éste que no tenia nada que temer de la escuadra española encerrada en el puerto, pensó distraer la atencion de la plaza hácia el oeste de la ciudad, para facilitar los intentos de aquel por la parte del este. Al efecto dispuso que por la tarde se acercasen a la costa los navios Belleisle i Nottingham al mando de los capitanes Joseph Knight i F. Collingwood, i batiesen el castillo de la Chorrera, i que las fragatas Cerberus, Mercury i Bonetta i la goleta Lurcher se mantuviesen haciendo fuego contra el bosque durante la noche; mientras que él en persona efectuaba un desembarco por Punta Brava[94] con toda la marineria embarcada en los botes de la escuadra.[95]
El rejidor Dn. Luis de Aguiar, promovido recientemente a coronel de milicias, estaba encargado de la defensa de la Chorrera i playas de San Lázaro con solo alguna tropa rejimentada de milicias que apénas llegaba a mil hombres, en reemplazo de la de ejército que a cargo del coronel Arroyo cubria aquel punto i fué llamada a la plaza desde el dia anterior. El débil torreon sostuvo todo el dia el ataque de los dos navios con las escasas i bisoñas fuerzas del rejidor Aguiar hasta que se le agotaron las municiones, i solamente despues de haber recibido órdenes se retiró al dia siguiente causando gran daño al enemigo.[96] Los milicianos probaron en esta accion que no cedian en valor i disciplina a las mejores tropas del ejército, cuando estaban mandados por jefes intelijentes i animosos, recobrando una reputacion que habian comprometido en la defensa de Guanabacoa las poco acertadas disposiciones del coronel Caro. El ejército improvisado por el almirante avanzó hasta la loma de San Lázaro, donde levantaron trincheras e hicieron un campamento. Durante toda la noche estuvieron bombardeando la ciudad desde la ensenada de Taganana tres bombardas protejidas por los navios Edgar i Stirling-Castle i la fragata Echo.
Al mismo tiempo que los navios ingleses rompieron el fuego contra la Chorrera, el coronel Carleton con la infanteria lijera i los granaderos estacionados en Cojímar atacó la Cabaña,[97] i despues de varias tentativas, en que fué rechazado por las baterias del Morro i por un pequeño destacamento de milicias, enviado allí al mando del capitan Dn. Pedro Morales cuando ya era imposible sostener la posicion, se apoderó el 11 al mediodia del punto mas importante de la plaza con una pérdida casi insignificante de su jente.[98]
Prado conoció todo el valor que tenia la posicion de la Cabaña, cuando los ingleses empezaron a hacer sus preparativos para rendir el Morro, i se empeñó en desalojarlos de allí sacrificando gran número de jente, que con mejor crédito de su honra hubiera sabido arriesgar sus vidas en defenderla. En los capítulos siguientes se verá el mal écsito de sus tentativas, i los efectos que produjo el no haber fijado aquel jeneral toda su atencion en conservar aquella llave principal de la defensa de la Habana.
Ya en posesion de la Cabaña, resolvió el Conde de Albemarle poner sitio al castillo del Morro, i encargó su direccion al jeneral Guillermo Keppel. Al efecto, habiendose verificado un reconocimiento minucioso de esta fortaleza, se determinó, de acuerdo con la opinion del jefe de injenieros, levantar una bateria de cañones a doscientos cincuenta pasos del fuerte, que era la distancia mas inmediata a que podia construirse quedando los obreros defendidos por el bosque, i dos mas para el uso de cañones i morteros. Con el fin de desalojar del fondeadero los buques de guerra que en combinacion con la guarnicion del Morro impedian que progresasen las fortificaciones, se acordó una cuarta bateria de obuses por la parte de la bahia.
Arduo empeño seria el referir aqui los trabajos que pasó el ejército sitiador en los dias que duró la construccion de estas baterias a causa de las dificultades casi invencibles que oponian a su intento la falta absoluta de agua en las inmediaciones del monte, lo escabroso del terreno i el sol abrasador del estio en aquellas ardientes rejiones, teniendo que combatir al mismo tiempo con los sitiados que constantemente se empeñaban en desalojarlos i destruir sus obras. Los soldados perecian de sed, de calor i de fatiga, sin que bastasen todas las medidas que se adoptaron para suavisar su situacion; i ciertamente hubiera perecido todo el ejército a los rigores del clima i continuos ataques de los españoles, si no lo hubiesen alentado la constancia jenial del carácter ingles i la buena armonia que siempre reinó entre los jefes i oficiales de las fuerzas de mar i tierra, quienes se disputaban a porfia todos los medios de ausiliarse mutuamente.
El comodoro Keppel desde la desembocadura del Cojímar proveia el ejército de agua i comestibles, hacia bajar a tierra la artilleria necesaria para las baterias, abria nuevos caminos por entre bosques i malezas para su conducion por un terreno erizado de rocas, i ayudaba a la construccion de las fortificaciones con la jente de su escuadra. Tambien el almirante Pocock envió desde la Chorrera dos morteros de la bombarda Grenada i gran cantidad de materiales.[99]
Las tropas de ejército i marina destinadas a sostener el campo i ayudar a los del Morro, procuraron hostilizar constantemente al enemigo i entorpecer sus progresos, logrando causarles mucho daño. El jeneral Prado dispuso un ataque atrevido en el cual tomaron parte las tropas de la plaza en combinacion con las del castillo i la escuadra. El coronel Arroyo con seiscientos hombres de ejército desembarcó el 29 por la bateria de la Pastora, al mismo tiempo que lo hacia por el horno de Barba el teniente de navio Dn. Francisco del Corral con trescientos de marina, llevando la difícil empresa de clavar la artilleria de la Cabaña; pero no habiendo podido sorprender la guarnicion, ni concertar el ataque simultaneo de ambas divisiones, la superioridad de las fuerzas enemigas los obligó a retirarse con una pérdida considerable. La division de Corral tuvo treinta muertos i cuarenta heridos, cayendo prisionero el capitan Dn. Manuel de Frias; i la de Arroyo sufrió aun mayores pérdidas por el arrojo con que los granaderos de Aragon se empeñaron sobre las baterias, quedando muchos de ellos sin vida sobre los mismos cañones enemigos.[100]
Receloso el conde de Albemarle de que pudiese repetirse esta tentativa con mejor fortuna para las armas españolas, hizo apresurar la conclusion de las fortificaciones, i el 30 fueron conducidos al campamento todas las municiones i pertrechos necesarios i quedaron aquellas enteramente listas para abrir sus fuegos contra el imponente castillo del Morro. Constaban de una llamada Guillermo, situada hácia la parte izquierda del campo, con cuatro cañones de a 24 i dos morteros de trece pulgadas; otra, la Gran bateria, de ocho cañones i dos morteros de igual calibre que la anterior, i una tercera, la paralela de Dixon o de la izquierda, de dos morteros de diez pulgadas i doce mas pequeños; la bateria construida sobre la playa era de dos morteros de trece pulgadas, uno de diez i catorce mas pequeños; montando las cuatro un total de doce cañones de a 24 i treinta i cinco morteros de varios calibres. El número de cañones de que podia servirse el Morro por el frente de la Cabaña era de diez i seis o diez i siete de bala de seis a doce libras i un mortero de ocho pulgadas.[101]
La mañana del 1º de julio empezaron las baterias enemigas a asestar sus tiros contra el Morro, el cual contestó con igual brio. El fuego de los ingleses fué mui superior al de los españoles en el curso jeneral de la accion por ser sus fortificaciones mas consistentes que el débil parapeto de mamposteria que cubria el Morro por aquella parte i tener mayor número de hombres empleados en los cañones. En combinacion con las fuerzas del campo, empezaron a batir el castillo los navios Cambridge, Dragon i Marlborough a las órdenes del capitan Hervey, que voluntariamente se ofreció a dirijir esta peligrosa operacion: el fuego duró por el lado del mar desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, sostenido por una i otra parte con el mismo calor, sin que hubiese un momento de intermision. El Morro, situado sobre una roca escarpada i alta, llevaba gran ventaja sobre los navios, cuya inmensa artilleria apénas hizo mella en sus firmes baluartes, i ademas el fuego de la Punta i de las baterias de la ciudad le ayudaban a batirlos haciendoles un daño inmenso. El Cambridge, situado bajo la metralla del castillo, fué el primero en quedar desmantelado i fuera de combate, i poco despues se mandaron retirar los otros dos.
Esta atrevida accion, aunque sostenida por los ingleses a costa de gran pérdida de jente les sirvió sin embargo de mucho para sus operaciones por la parte de tierra, pues distraida la atencion de los sitiados, no pudieron en todo este largo tiempo responder como quisieran a las baterias de la Cabaña que hacian un fuego formidable i causaban gran daño al castillo. Pero cuando el valiente Dn. Luis de Velasco acabó con los navios i pudo acudir a la muralla de tierra, pronto ciñó su frente una nueva corona de triunfo obligando a los ingleses a cesar el ataque. Jamas, desde el principio de la invasion, habian éstos probado tan heróico valor, i entónces empezaron a conocer que el ilustre defensor del Morro era un adversario digno de las armas británicas. La pérdida de ambas partes fué grande por el lado del campo; pero considerablemente mayor que la de los españoles la de la escuadra inglesa en la accion hácia la parte del mar, en la cual tuvieron cuarenta i dos hombres muertos, entre ellos el capitan de navio Godfrey que mandaba el Cambridge, i ciento cuarenta heridos.[102]
Las baterias inglesas continuaron el fuego al dia siguiente con mejor resultado que el anterior, logrando demoler el frente del castillo i toda la bateria de aquella parte, que montaba ocho cañones; pero al mediodia les fué forzoso suspender la accion por haber corrido peligro de incendiarse la Gran bateria: no obstante esto, los fuegos del castillo quedaron reducidos aquella tarde a solo dos cañones que disparaban a largos intérvalos. A pesar de las precauciones tomadas, cuando ya los enemigos la creyeron segura, se renovó el incendio con tal violencia el dia tres a causa de la sequedad de las fajinas i el fuego constante del fuerte, que no bastaron todos los medios empleados para estinguirlo, i en pocas horas fué víctima de las llamas una obra en que se habia empleado durante diez i siete dias el trabajo de mas de quinientos hombres. Igual contratiempo ocurrió en las otras baterias las dos noches siguientes, i con gran dificultad pudieron salvarse dos troneras hácia el lado derecho i el espaldon de los morteros del lado izquierdo, los cuales continuaron sirviendo, así como dos baterias a barbeta, hasta que la artilleria del castillo inutilizó los primeros i obligó a los enemigos a abandonar los segundos.[103]
El empezar de nuevo estas obras era empresa sumamente penosa, por haberse aumentado cada dia i complicado los trabajos del sitio de una manera insoportable. Los rigores del clima se hacian sentir cada vez mas con la falta absoluta de las lluvias en los últimos veinte dias i con el desarrollo de enfermedades adquiridas por la tropa durante su permanencia en la Martinica: la necesidad de continuar el sitio i las pérdidas sufridas en el ejército habian duplicado el trabajo de los pocos que aun conservaban algunas fuerzas i podian llenar sus deberes. Por este tiempo sobre cinco mil soldados i tres mil marineros se hallaban postrados en el campo i los hospitales, la pésima calidad de las provisiones ecsasperaba las enfermedades, i la falta de agua era de todos sus sufrimientos el mayor i el que mas aniquilaba aquel ejército. La necesidad de acudir a proveerse de ella a una gran distancia i el no hallar siempre la bastante a saciar su sed los desesperaba en sus vanos esfuerzos. Sobre todos estos contratiempos veia el conde de Albemarle que se acercaba la estacion del otoño sin tener probabilidad de rendir el fuerte i la plaza, i temia que si llegaba a desarrollarse una de las tempestades tan comunes en aquellas costas, la escuadra estaba espuesta a una ruina casi inevitable; i entónces, perdida tan necesaria asistencia en el estado del ejército, no le quedaria otro recurso que levantar el sitio. Esta situacion en lugar de abatir el ánimo de aquel ilustre jeneral i al almirante Pocock, sirvió solamente para encender mas sus nobles deseos de llevar a término feliz la conquista que se les habia encomendado, i su prestijio i valor infundieron nueva vida en las tropas i las animaron a emprender trabajos increibles.
La esperiencia habia demostrado que los sitiadores habian cometido una falta grave tanto en levantar la Gran bateria demasiado cerca del Morro, cuanto en creer que éste se rendirla en el momento en que lograsen inutilizar toda su artilleria, cosa que suponian efectuar facilmente con aquella: esta falta costó la vida a gran número de hombres. Verificado un nuevo reconocimiento, el jeneral Keppel resolvió alterar el plan de las fortificaciones, i dispuso que las baterias fuesen construidas a doble distancia del Morro que las recien-incendiadas, cambiando ademas la de morteros de la paralela izquierda en una de cañones i haciendo otras reformas que ecsijian los fuegos de la ciudad i de la Punta, los de la escuadra surta en el puerto i las baterias flotantes de los sitiados.[104]
El 9 por la mañana tenian los ingleses doce cañones montados i algunos morteros, i el 11 constaban ya las baterias de diez i ocho cañones. En este dia volvió a empezar el fuego con buen écsito por parte de los sitiadores, i fué contestado del castillo con ocho o nueve que tenian montados: aquellos tuvieron tres cañones fuera de uso i por la tarde se les volvieron a incendiar los merlones de la bateria principal i estendiendose el fuego de la derecha a la izquierda los consumió todos sin que fuese posible evitarlo. A pesar de este contratiempo las baterias tuvieron el 14 veinte cañones montados, estando reducidos los del castillo a cinco o seis la mañana de aquel dia i a dos por la tarde: todo el lienzo de las murallas presentaba del lado de la Cabaña el aspecto mas ruinoso, i el 15 al anochecer quedaron desmontados los cañones de aquel frente. Los sitiados, no obstante los repetidos ataques del enemigo i su crítica situacion, parecian resueltos a disputar el terreno con heróico valor hasta haber disparado el último tiro: gran ausilio era para aquel fuerte el tener francas las comunicaciones con la ciudad i la escuadra, que lo suplian de hombres i artilleria i reparaban constantemente las pérdidas causadas por los ataques de los sitiadores.[105]
El 16 se vió obligado a bajar a la ciudad Dn. Luis de Velasco quebrantado de fatiga i sintiendo agudos dolores, a causa de un fuerte golpe que habia recibido en la espalda; i como lo acompañase su segundo Dn. Bartolomé Montes, quedó de gobernador del castillo Dn. Francisco de Medina.[106] En este mismo dia dispuso el conde de Albemarle que la guarnicion de Guanabacoa se replegase sobre el campamento intermedio de Cojímar i la Cabaña.[107]
Disgustada la guarnicion con la ausencia de Velasco i repugnando el paisanaje ir a morir infructuosamente bajo las órdenes de otro jefe que el que por su heroismo habia llegado a ecsitar la admiracion de los mismos contrarios, apénas si dió señales el Morro de estar defendido en todo aquel dia i el siguiente. Viendo éstos la inaccion de los españoles, aunque sin conocer la verdadera causa, empezaron a poner en uso los grandes preparativos que por algunos dias los habian traido ocupados, para adelantar sus obras sobre el fuerte i apresurar su rendicion.[108]
Comenzaron pues, el 17 el hornillo de una mina en direccion de una pequeña bateria en el ángulo del caballero de la mar, aunque las gruesas raices de un inmenso tronco que hallaron al paso les impidieron seguir adelante aquel dia.[109] El jeneral Prado tuvo noticia de esta mina por un desertor irlandes, i mandó injenieros a reconocer aquel punto: éstos opinaron que no era posible hacer una contramina, por ser el terreno de roca viva i faltar los instrumentos necesarios para aquella operacion, i solo se remedió el mal con una cortadura que los injenieros consideraron suficiente para disminuir los efectos de la esplosion.[110] El 18 por la noche habian logrado adelantar la mina dos terceras partes de la distancia i situar un campamento a la orilla del bosque hácia el estremo del baluarte; i el 19 se apoderaron del camino cubierto delante de la punta del baluarte de la derecha i principiaron otra mina a lo largo de él hácia el frente derecho, donde formaron otro campamento.
Los mineros estaban ya el 20 debajo de la cortina del orejon de la mar, único punto por donde era posible seguir los trabajos de la mina al pié de la muralla, por ser el foso del frente que mira a la Cabaña de sesenta pies desde el principio de la contraescarpa i de éstos mas de cuarenta profundizaban en las rocas. Por fortuna de los mineros habia una punta saliente al estremo del baluarte, que servia para cerrar el foso i prevenir cualquier sorpresa por la parte del puerto, i por allí saltaron con alguna dificultad al pié de la muralla, cosa que no hubieran podido alcanzar por ninguna otra parte sino valiendose de escaleras de cuerda, operacion penosa i de mucho peligro. Era aquel pico tan angosto que no habia posibilidad de defender el paso contra el fuego del flanco opuesto; pero se resolvieron aun a riesgo de la vida i lograron salvarlo a costa de la de solos tres o cuatro. Los que trabajaban por la parte esterior del camino cubierto empezaron aquella tarde a cavar un pozo con el fin de poder desplomar la contraescarpa i cubrir el foso en caso necesario, i continuaron minando a lo largo del glácis, apoderandose de un cañon que tenian los sitiados en el ángulo saliente: estos mineros i zapadores encontraron grandes dificultades a causa de las rocas con que tropezaban a cada paso, cuya remocion les costaba mucho tiempo i trabajo.[111]
En el castillo se habia animado un poco la guarnicion con la vuelta de Montes el 19, ya graduado de teniente coronel i encargado del mando de la compañia de alternacion, la cual se componia de tropas de todos los cuerpos que guarnecian el fuerte. Los enemigos, que habian logrado acercarse por el baluarte de Pina, tenian al abrigo de las peñas un destacamento de sobre cincuenta hombres haciendoles un fuego continuo de fusil, i contra éste mantenia el castillo aquella compañia escojida en punto avanzado sobre la estacada. Las bombas i granadas hacian sobre ella un estrago espantoso: este punto costaba a los sitiados porcion de vidas, i la guarnicion empezó a clamar por salir al campo donde pudiera batirse con ventaja. Sabido esto, determinó Prado dar un golpe de mano con tropas de la ciudad ayudadas de los fuertes, i probar de reducir a los ingleses a levantar el sitio.[112]
Aun sin este motivo era ya evidente que el Morro no podria sostenerse muchos dias en el estado ruinoso en que se hallaba, si se le abandonaba a sus medios de defensa solamente, contra el aparato de baterias concluidas en la Cabaña i el progreso inevitable de las minas inglesas. Muchas veces habia recomendado Velasco que se le ayudase por el campo con tropas de la ciudad,[113] haciendo ver al consejo que la defensa del castillo era imposible si no se destruian las obras con que el enemigo desmoronaba las murallas i baluartes. Al fin la necesidad movió a Prado a hacer ya tarde lo que la prudencia de aquel célebre capitan le aconsejaba desde los principios con esperanzas de mas feliz resultado: acordose una sorpresa contra la Cabaña para desalojar a los enemigos de sus campamentos, inutilizarles sus cañones e incendiar todas sus baterias.
Cerca de las cuatro de la mañana del 22 desembarcaron por la bateria de la Pastora sobre mil quinientos hombres formados en tres divisiones[114] al mando de Dn. Juan Benito Lujan.[115] La primera se adelantó desde un banco de arena que estaba detras de la bateria, i fué detenida por una avanzada de treinta hombres que al mando del capitan Stuart los entretuvo cerca de una hora sosteniendo un vivo fuego, hasta que llegaron cien zapadores en su ausilio i despues el tercer batallon de Americanos del rei, i obligaron a los españoles a retirarse con gran precipitacion, haciendo en ellos una horrible matanza: algunos pudieron llegar a los botes para volverse a la Habana, pero muchos se arrojaron al mar i mas de ciento cincuenta se ahogaron; ademas, el baluarte oeste de la Punta, las lineas i flancos de la entrada i los buques del puerto hacian al mismo tiempo un fuego vivísimo sobre aquel punto sin que los contuviera el ver que sacrificaban a sus mismos compañeros con tal de destruir a los ingleses vencedores del campo. La segunda division se apresuró a salir por el ángulo saliente del Morro para atacar sobre el glácis a los zapadores i al destacamento emboscado que los defendia; pero fueron rechazados en poco tiempo. La tercera llegó tarde al antiguo reducto que destruyeron los españoles ántes de abandonar la Cabaña a los principios de la invasion, i encontrando a los enemigos preparados a recibirlos se retiró por donde mismo habia venido sin disparar una bala. La guarnicion de la plaza permaneció en continuo movimiento durante el ataque i algunos se embarcaron en botes para ayudar a sus compañeros; pero conocieron que todo esfuerzo era inútil i que solo corrian a su propia perdicion, i desistieron de acercarse a la Cabaña. La pérdida de los españoles fué de cuatrocientos hombres entre muertos i ahogados, ademas de un gran número de heridos: los ingleses tuvieron noventa entre muertos i heridos.[116]
A haber logrado los españoles el objeto que se habian propuesto, no cabe duda de que los enemigos hubieran levantado el sitio inmediatamente i reembarcadose en la escuadra para la Martinica o sus colonias del Norte de América. El daño causado por el primer incendio de las baterias i los trabajos sufridos en su reciente reedificacion tenian al ejército i armada aniquilados de fatiga; las enfermedades i escasez de recursos los diezmaban en los hospitales; nada se sabia de la division que se esperaba de New York con refuerzos. Si la fortuna se hubiera mostrado propicia a los españoles en este último arrojo de valor, mui pocos oficiales se hubieran atrevido a proponer la construccion de nuevas fortificaciones, i ninguno de ellos alimentado las esperanzas de un écsito feliz en los grandes sucesos que tuvieron lugar mas adelante para honor i reputacion de aquel ejército i gloria inmarcesible de las armas británicas.[117]
Pero los medios de ejecucion estuvieron mui distantes de corresponder a la idea que inspiró al consejo. La mala estrella que guiaba al jeneral Prado en este desventurado sitio lo llevó esta vez a cometer errores de gran magnitud. En lugar de escojer tropas de linea aguerridas, acostumbradas a la disciplina i evoluciones militares, para que pudieran con buen écsito llevar a cabo el ataque de unas baterias situadas en posiciones ventajosas i defendidas por un ejército que acababa de efectuar la conquista de las Antillas francesas, mandó Prado que saliesen al campo mil milicianos recien-llegados los mas del interior[118] i sobre quinientos pardos i morenos de la Habana,[119] deseosos todos de pelear i mui ajenos de sospecharse que los habian de enviar a morir miserablemente en pago del noble espíritu que los animaba de ser útiles a su pais i defenderlo contra la invasion estranjera: aunque no habia temores de que el enemigo pudiese intentar ningun ataque sobre la ciudad, la desidia criminal del gobernador llegó hasta no agregar a aquella fuerza ninguna tropa de la guarnicion; i para colmo de desaciertos diole en el Sr. Lujan un jefe incapaz de mandarla, pues su turbacion i falta de disposiciones comprometieron desde sus principios el resultado de una empresa tan bien meditada.[120] Así que en la tregua que se acordó para enterrar los cadáveres, celebrando los soldados ingleses la intrepidez con que los tierradentros habian avanzado por la cuesta de la Gran bateria, decian que los españoles eran valientes pero que no tenian jefes que supiesen mandarlos.[121]
No fueron éstos los únicos cubanos que probaron su valor en el campo del este: distinguiéronse tambien durante el sitio algunos vecinos i naturales de Guanabacoa. Ademas del alcalde mayor provincial Dn. José Antonio Gomez, a quien el Sr. Pezuela llama "el valiente partidario" i dice que fué uno de los jefes de milicias,[122] i del teniente Dn. Diego Ruiz, que segun Valdes, "perdió la vida en el empeño de atacar una partida ventajosa a la suya,"[123] merece una mencion especial el guerrillero Pepe Antonio, cuya memoria conservan aun los habitantes de aquella villa. Este animoso criollo llegó a adquirir una gran reputacion en el ejército español i a hacerse temible entre los mismos ingleses. Como buen conocedor de los intrincados montes i espesos bosques de Guanabacoa, acosaba por todas partes las avanzadas enemigas i los piquetes que salian del campamento o bajaban de la escuadra para proveer al ejército de víveres i municiones, logrando frecuentemente batirlos, dispersarlos i hacerles gran número de prisioneros. Sus hechos de arrojo i valor llegaron a hacerlo tan popular que logró con sus propios esfuerzos reunir una partida de trescientos hombres, compuesta de los guajiros mas valientes de aquellas campiñas, los cuales armó i equipó con los despojos cojidos al enemigo. Si en lugar de contener en su gloriosa carrera a este bravo guerrillero, se le hubieran dispensado la proteccion i consideraciones a que se habia hecho acreedor, probablemente hubiera engrosado su ya numerosa partida i causado inmenso daño a las tropas inglesas; pero el Coronel Caro, que tan mal habia probado por aquellos montes cuando con fuerzas superiores tuvo el encargo de embarazar el desembarco del conde de Albemarle, ahora cometió la grave falta de llamar a Pepe Antonio a Jesus del Monte, quitarle lo mejor de su jente, tratarlo con una aspereza poco digna de sus méritos i afearle acciones que todos aplaudian con entusiasmo. Esta injusta i cruel conducta de Caro hizo tanto efecto en el ánimo de aquel buen patriota, que viéndose humillado i sin medios de ser útil a su pais, murió de pesadumbre a los cinco dias de habersele quitado el mando de una fuerza creada, armada i organizada sin ausilio alguno estraño i con solo su valor e intrepidez.[124]
La situacion en que habia quedado el Morro despues de la tentativa del 22, i el abatimiento i disgusto de la tropa obligaron a Velasco, ya mui repuesto de sus males, a apresurar su vuelta, i el 24 se encargó otra vez del mando de la fortaleza, llevando consigo a su amigo i compañero de armas el marques Gonzales, que voluntariamente se brindó a compartir con él los riesgos de una defensa desesperada. La guarnicion, relevada con tropas de la ciudad i aumentada hasta ochocientos hombres, teniendo a su frente al ídolo del ejército, olvidó el estado crítico del fuerte i desplegó gran actividad en la reparacion de sus murallas i baluartes i en batir las fortificaciones del campo enemigo.[125]
Pero éste tenia ya demasiado adelantados sus preparativos para el ataque de la fortaleza: sus baterias tanto por el frente del Morro como por la parte de la bahia, estaban concluidas, la fragata española Perla, que por muchos dias habia estado haciendo gran daño a los sitiadores por el lado del oeste desde la entrada de la bahia cerca del caballero de la mar, habia sido echada a pique el 26 por un obus de la bateria Dixon, i las minas amenazaban desplomar el castillo. Para colmo de males, el dia 28 llegó el brigadier Burton con parte de la primera division de las tropas del Norte de América convoyadas por el navio Intrepide, i la llegada de esta fuerza de refresco en tan críticas circunstancias reanimó el espíritu abatido del ejército i avivó en todos el deseo de llevar a cabo una conquista tan dilatada i penosa. La division del brigadier Burton salió del puerto de New York el 11 de junio, i el 24 de julio naufragaron en Cayo Confite, cuatro trasportes i el navio Chesterfield que venian en el convoi, los cuales se vió aquel obligado a dejar allí: el Intrepide tuvo la fortuna de encontrar el 25 la fragata Richmond que estaba a la mira del convoi, la cual inmediatamente que supo la ocurrencia hizo rumbo para aquel cayo, i despues el almirante Pocock envió otros buques de guerra para conducir los náufragos a la Habana.[126]
El conde de Albemarle conociendo el valor heróico de Velasco i apreciando la noble resolucion que lo alentaba a sacrificar su vida entre las ruinas del desmoronado castillo ántes que rendirse, le escribió pintándole con con franqueza digna de un enemigo jeneroso la verdadera situacion de las cosas i toma inevitable del fuerte, invitándolo en nombre de la humanidad, que le imponia el deber de salvar la vida de sus soldados i la suya propia, a evitar el gran número de víctimas que habian de perecer en el asalto, i dejando a su voluntad las condiciones que gustase estipular para rendir el fuerte.
"Del esfuerzo del rendido jeneralmente labra el vencedor sus triunfos, le decia Albemarle, i a proporcion de la resistencia que sostiene es aplaudido el ajente que la conquista. Ni V. S. puede ascender a mas en su defensa, ni yo llegar a merecer ménos con motivo de sus glorias. El aspirar con la muerte a mas distinguidos aplausos es usurparle a su soberano de un tan ilustre capitan, i a mi de la complacencia de conocerle: en lo primero interesa V. S. con su conservacion las reflecsiones de su monarca; i en lo segundo consagra V. S. a mi gusto la dulce idea que me ha formado la esperanza de tratarle, amarle i servirle. Estoi persuadido de que si el rei católico fuera testigo de cuanto V. S. ha actuado, desde el dia que rompí el sitio, seria el primero que le mandaria capitular, sin que le estimulase otro objeto, que preservar tan ilustre i distinguido oficial. Los hombres como V. S. no deben por ningun caso esponerse al riesgo de una bala cuando no depende del riesgo el todo de la monarquia: conózcame V. S. i hallará verificado cuanto llevo espuesto, en cuya consequencia espero en todo mañana ver a V. S. i darle un abrazo, para lo cual dicte V. S. en las capitulaciones todos los artículos que le sujiera el honor que corresponde a su persona i a las de su guarnicion."
Velasco conocia mui bien que el Morro era la única esperanza de la plaza i que tomado, la pérdida de la ciudad era inevitable, i apreciando la distincion que se hacia de su valor i capacidad confiándole su defensa, decia al conde: "Este castillo que por fortuna defiendo, es limitadísimo asunto para que la fama lo coloque en el número de las heróicas conquistas que V. E. ha conseguido, mas ya que mi destino me puso en él me es preciso seguir el término de mi fortuna, i dejar a el arbitrio de sus acasos la decision." Refiriendose a la obligacion que el deber militar le imponia de sostener aquella defensa hasta el último trance de su vida, continuaba: "No aspiro a inmortalizar mi nombre, solo deseo derramar el postrer aliento en defensa de mi soberano, no teniendo pequeña parte en este estímulo la honra de la nacion, i amor a la patria." A la hidalga propuesta de que dictase los términos en que debia rendir el fuerte, respondia con igual cortesia: "Los tratados de capitulaciones que V. E. me manda formar con las ventajas que me produzca el honor es uno de los muchos rasgos brillantes, que V. E. dispensa a sus cuasi prisioneros, manifestando su escelente bizarria, que superadas del enemigo las armas, quedan las suyas rendidas de los que supieron contrastarlas: de esto i mucho mas es digno el que sostiene con aquellas circunstancias la causa de su soberano." Y por último concluye su contestacion así: "No hallando término que una la solicitud de V. E. i la mia, quedo con el dolor de que sea en este caso preferente al deseo de servirle la última determinacion de las armas."[127]
El fuego de los españoles contra el campamento ingles que habia continuado con ardor desde la vuelta de Velasco, se renovó el 30 a las dos de la mañana por la parte del ángulo del caballero de la mar, con ánimo de impedir los trabajos de los zapadores i mineros. Como medio mas eficaz de alcanzar su objeto, habian situado dos lanchas i una bateria flotante en la bahia con órden de hacer fuego dentro del foso, lo cual ejecutaron con descargas de fusileria i metralla. Los ingleses acudieron prontamente por el baluarte del oeste i empeñaron un ataque tan terrible sobre las lanchas i la bateria, que obligaron a los españoles a retirarse, i las obras fueron concluidas a pocas horas sin mas interrupcion.[128]
Listo ya todo en el campo ingles, dispuso el jeneral Keppel empezar inmediatamente el ataque del castillo, encargando el asalto al teniente coronel Stuart con seiscientos cincuenta hombres de los regimientos Royals, Marksmen, el 35º, el 90º, i el de Sappers. Al mediodia, estando Dn. Bartolomé Montes en la bateria de San Nicolas reconociendo por órden de Velasco una fragata de guerra inglesa que se habia acercado por aquella parte, sintió el estruendo causado por la esplosion de las minas que tenian los ingleses en el ángulo del caballero de la mar i en el camino cubierto, i vió sepultarse entre las ruinas del primero las centinelas avanzadas i los marineros que defendian el orejon de la mar. Este suceso cojió enteramente de sorpresa a la tropa, que estaba tomando el rancho en las casamatas. Al momento envió Montes un recado a Velasco con el capitan Dn. Lorenzo de Milla intruyendolo de lo que pasaba, i pronto llegó allí vestido de petiuniforme i ceñida la espada el valiente gobernador, quien viendo los efectos de la esplosion, retrocedió al Morrillo i mandó recojer todas las escalas de cabo o que las cortasen a fin de que la guarnicion se mantuviese firme en la defensa del fuerte. Pero no bien habia dejado Velasco aquel punto para dirijirse al baluarte de la bandera, cuando el piquete que dejaba a la espalda, en lugar de obedecer sus órdenes, se arrojó por las escalas a las embarcaciones que estaban atracadas junto al Morrillo i se pasó a la Punta.
La mina de la contraescarpa habia hecho poco daño al castillo, pero la del baluarte desplomó dos lienzos de la bateria i abrió una brecha que el jeneral Keppel i el jefe de injenieros reconocieron i creyeron practicable. Al punto subió el teniente Carlos Forbes con su piquete de Royals i formó en el tope de la brecha, desalojando de las murallas a los españoles, que mas que en resistirlos pensaban en abandonar el castillo; logrando bajar por las mismas escalas del Morrillo toda la marineria, los artilleros de brigada i algunos otros, i arrojarse fuera del Morro. Esta cobarde desercion abatió el ánimo de las demas tropas, quienes, desoyendo la voz de sus oficiales, se ocultaron en las trincheras i al abrigo de los blindajes que se habian colocado para defensa de las bombas enemigas. Los soldados de Mr. Forbes, reforzados con otros muchos que habian logrado penetrar en el castillo, avanzaron hasta la cresta de una rampa que conducia a la bateria baja de San Nicolas, donde se habia hecho una cortadura con sacos de tierra, cuyo paso intentó disputarles el Sr. Montes con su compañia de alternacion que cubria otra cortadura al pié de la misma rampa; pero fué rechazado. Los enemigos se adelantaron con igual écsito hasta la cortadura que habia dejado Montes, defendida con dos cañones de a 24 por el teniente de artilleria de marina Dn. Fernando de Párraga, el cual resistió valerosamente el ímpetu de los ingleses con solos trece hombres de su rejimiento, quienes vendieron caras sus vidas, quedando allí todos inmolados con su valiente oficial: ejemplo glorioso, por desgracia no imitado sino por mui pocos de sus compañeros.
Entre tanto el invicto Velasco, dejando la defensa de las avenidas a cargo de los bizarros oficiales Montes i el Marques Gonzalez, se ocupaba en animar i ordenar a sus bravos soldados en la bandera i en las tres cortaduras que habia en aquella cortina, infundiéndoles valor con su serenidad, aunque atormentado quizá con el triste presentimiento de que la pérdida del castillo era inevitable. Los enemigos se habian aumentado considerablemente, entrandose por el caballero de la mar i la cortina del medio que daba paso al baluarte de tierra: los valientes Royals de Mr. Forbes, unidos con las compañias de los tenientes Nuguent del rejimiento número 9º, i Holroyd del 19º habian avanzado hácia las tres cortaduras i logrado, despues de un combate sangriento, arrollar a los españoles, i se precipitaban hácia la bandera, tal vez con el intento jeneroso de persuadir a Velasco a que se rindiese i conservase su preciosa vida para acciones de guerra mas afortunadas.
Pero ya era demasiado tarde. Cuando aquel capitan jamas vencido, animaba a los de las cortaduras a resistir hasta el último trance, una bala enemiga le atravesó el pecho dejándolo herido mortalmente, i fué retirado al cuerpo de guardia. El marques Gonzalez empeñado con heróico valor en defender la trinchera, recibió casi al mismo tiempo dos heridas i espiró abrazado a la bandera; i el Sr. Montes se vió obligado a dejar el lugar de la accion herido gravemente en un brazo. Sin jefes ya ni fuerzas para combatir los pocos valientes que allí quedaban, el jeneral Keppel, que habia llegado con jente de refresco i estaba en posesion de la bateria de San Nicolas, se adelantó con los suyos i plantó el pabellon británico en las almenas del castillo, anunciando al consejo de guerra que habia perdido la segunda llave de la defensa de la ciudad, i que la hora se acercaba en que verian tambien ondear en sus murallas el pabellon que acababa de plantar sobre la tumba gloriosa de tantos valientes, dignos de mejores jefes.[129]
El jeneral ingles, acompañado de todos sus oficiales, pasó en seguida a ver a Velasco i tributarle todas las atenciones i honores correspondientes a su mérito. Habiendo manifestado deseos de que se le trasladase a la Habana para ser curado de su herida, fué acompañado hasta la ciudad por un coronel ingles. Al dia siguiente murió este héroe ilustre, modelo de lealtad, de valor, i subordinacion militar, sentido universalmente de los españoles i de todo el ejército enemigo, i admirado de cuantos fueron testigos de sus hazañas i glorioso fin: hiciéronsele todos los honores fúnebres que permitia el estado de la ciudad, i el conde de Albemarle pagó un noble tributo de respeto a su memoria, suspendiendo aquel dia las hostilidades i contestando en el campamento la descarga hecha en la ciudad en honor del héroe.[130] Aquel mismo dia tuvo el jeneral Prado la atencion de enviar un parlamentario al conde para darle gracias por los cuidados i distinciones usadas con Velasco i pedirle el cadáver del marques Gonzalez, el cual no pudo encontrarse en el arruinado castillo.[131] Cuando el rei Dn. Carlos III. tuvo noticia de la defensa hecha por Dn. Luis de Velasco, quiso demostrar a la nacion el alto aprecio que hacia de su valor, i concedió a su primojénito la noblesa de España con el título de Visconde del Morro, disponiendo ademas que perpetuamente hubiese un buque con su nombre en la armada española.[132]
A la historia de Cuba pertenece de derecho el grato deber de trasmitir en sus pájinas la memoria de Velasco a las jeneraciones venideras. Por dos sendas diversas caminan al templo de la inmortalidad aquellos que siguen la penosa carrera de las armas. La una sembrada con el laurel glorioso del triunfo, derrama su luz radiante sobre la frente del orgulloso conquistador; la otra erizada de espinas, corona con las pálidas sombras de la muerte las sienes del héroe sacrificado en las aras de la patria. El primero salva el espacio que lo separa de la gloria entre el aplauso de sus compatriotas, i a veces entre las lágrimas de los pueblos sojuzgados; el segundo baja a la tumba acompañado de la admiracion i bendiciones de la humanidad. A Velasco le estuvo reservado atravesar la ménos brillante aunque la mas meritoria a los ojos de los hombres: él probó sus leales i patrióticos sentimientos con el valor i abnegacion de los mártires, enseñó con el ejemplo la leccion severa del poder que tienen en los ánimos esforzados los principios del deber i del honor, i defendió el castillo del Morro hasta ecsalar el último aliento ántes que rendirlo a los enemigos de su pais. La historia de Cuba conservará siempre el heroismo de su muerte como uno de los timbres mas gloriosos de su corona nacional.
En al asalto del 30 tuvieron los españoles una pérdida de setecientos seis hombres entre muertos, heridos i prisioneros, i los ingleses cuarenta i dos entre muertos i heridos.[133] El sitio del castillo duró cuarenta i cuatro dias, i en todo este tiempo murieron mas de mil españoles del ejército i milicias i mas de dos mil ingleses,[134] incluyendo en este número los que sucumbieron de enfermedades i a los rigores del clima.